Ninguna
civilización ha sido tan ruidosa como esta. Ni el bullicio de los arrabales de
la Roma Imperial, ni el molesto sonido producido por canteros, caldereros y
herreros medievales puede compararse al fragor de nuestras actuales ciudades;
ciertamente, el ulular de las sirenas y el repiquetear de las máquinas nacidas
con la primera evolución industrial, empezaron a causar daños en los aparatos
auditivos de muchos obreros, pero no fue sino hasta mediados de este siglo
cuando la polución acústica se convirtió en un problema generalizado y siempre
en aumento.
En otro tiempo
el silencio -esto es, la ausencia de ruido- fue condición necesaria para
alcanzar lo que fue considerado como la más alta cota de la condición humana:
la experiencia mística.
La conclusión es
simple: si el silencio nos eleva, el ruido nos sume en lo infernal. Y hoy los
estruendos han ahogado cualquier silencio.
DEL SUSURRO AL
UMBRAL DEL DOLOR
Se considera que
el ruido es una sensación acústica molesta. La intensidad del ruido se mide en
decibelios. Cincuenta decibelios nos situarían en el umbral de la conversación,
menos supondría apenas un susurro; la audición repetida de sonidos superiores a
85 decibelios puede causar daños físicos y psicológicos; niveles superiores a
132 ocasionan incluso sensación de dolor y a partir de 140 el peligro de rotura
de tímpanos o alteraciones psicomotrices puede ser incluso inmediato. En el
conocido cruce madrileño del Paseo de las Delicias con la calle de Méndez
Alvaro, hacia las 16 horas, el nivel de ruido fluctuaba entre 74 y 90 decibelios, es decir, suficiente para causar un deterioro físico del aparato
auditivo de los vecinos.
Lo peor es que
las administraciones han renunciado a combatir lo que se ha dado en llamar
"polución acústica". El gobierno de Westfalia decía en su programa de
1975: "No cabe la posibilidad de reducir el ruido provocado por los
vehículos, ni tampoco de los reactores en la proximidad de los aeropuertos,
pues el número de vuelos diarios crecerá en los siguientes años. Respecto a las
fábricas e industrias, los ruidos son inevitables, dado que las máquinas se
preparan de forma que su productividad sea mayor y al aumentar las revoluciones
de sus mecanismos, el problema acústico de los talleres se agudiza". Lo
peor no es eso, sino que, lejos de disminuir, la polución acústica aumenta de
día en día.
RUIDO EN LOS
NUEVOS HABITOS SOCIALES
Fenómenos tan
aparentemente banales como el cambio de hábitos alimentarios han tenido una
incidencia directa en la polución acústica, cuando a mediodía y por las noches
cientos de motoristas cruzan las calles en todas direcciones transportando
pizzas y otros alimentos servidos a domicilio en ciclomotores petardeantes,
dotados de escape libre o con silenciadores trucados o simplemente en mal
estado.
Por otra parte,
equipos de Hi-fi, cada vez más potentes, colocados en automóviles los
convierten en discotecas ambulantes capaces de hurtar un sueño tranquilo a los
vecinos. Los auriculares de los "walkman" de ayer y de las terminales de móvil de hoy que, teóricamente deberían
individualizar la audición de música, utilizados en su volumen máximo por
jóvenes consumidores de música máquina y bacalao, son oidos por los viajeros de
los transportes colectivos. En el metro de Londres pueden verse decenas de
carteles alusivos a este trastorno: "Solo para sus oídos, por favor";
no parecen tener mucho éxito. Finalmente en las discotecas y bares musicales
los decibelios han aumentado hasta producir en jóvenes menores de 20 años con
empacho de rock y derivados, cefaleas, zumbidos en los oídos, irritación
nerviosa, falta de dominio de sí mismos, disminución de la actividad,
debilidad, dolores de estómago, agotamiento físico y mental, etc.
Es evidente, por
lo demás, que todas estas músicas de más que dudosa calidad tienen otras
repercusiones sociológicas no desdeñables: quienes utilizan automóviles con
equipos Hi-fi a todo volumen o auriculares individuales, o asisten a discotecas
y bares musicales están aislados en sí mismos: el volumen del ruido es de tal
calibre que impide cualquier tipo de comunicación con los demás, atonta los
sentidos e impide cualquier actividad discursiva, interior o exterior; sufren
los efectos de tales ruidos incluso cuando el foco emisor está ya cerrado.
EL DIOS DEL
SILENCIO
El mundo clásico
conoció una divinidad alegórica representada por un joven que se tapa la boca
con el dedo o con una venda y ostenta una rama de albérdigo -cuya hoja tiene
forma de lengua- como atributo; era Silencio, aquel "que no tiene defecto
alguno" y que estaba presente en la celebración de todos los misterios; su
rito implicaba necesariamente la concentración y ausencia de cualquier ruido.
En Roma se
celebraba el 18 de febrero la festividad de Muta, una diosa menor a la que se
sacrificaba para impedir las murmuraciones. Madre de los lares, se la
relacionaba a los espíritus de los muertos, que habitaban en el mundo del
silencio. Ovidio nos cuenta en qué
consistía el ritual sacrificial: una anciana rodeada de 12 vírgenes sacrificaba
a la diosa, colocaba tres granos de incienso en un agurejo ante su altar,
mientras guardaba siete habas negras en la coba. Luego la anciana cogía la
cabeza de la estatua y la encolaba con pez, la atravesaba con agujas de latón y
la arrojaba al fuego que luego cubría con yerbabuena. Finalmente escanciaba
vino sobre ella y daba de beber a las vírgenes, bebiendo ella también hasta
emborracharse. El ritual terminaba cuando la anciana despedía a las doncellas
diciendo que había encadenado a las lenguas maledicentes.
En el mismo
ámbito romano el dios Mutino era invocado para guardar secretos y retener los
pensamientos ocultos y Lara, otra diosa, fue llamada "la charlatana"
porque comunicó a Juno los amores que sostuvo con su esposo Júpiter.
EL SILENCIO DE
LA HUMANIDAD MEDIEVAL
La admiración
del mundo clásico por el silencio se prolongó en la humanidad medieval. En las
grandes ciudades los oficios ruidosos fueron situados allí donde menos pudieran
escucharse: los herreros y caldereros, los molinos y batanes, estuvieron
situados, generalmente en los arrabales o en lugares extremo.
La quietud se instauró en los monasterios y algunas órdenes ascéticas recogieron entre sus votos el del silencio, junto al de castidad y obediencia. Los claustros construidos en todos los recintos monacales estaban estudiados para atenuar toda sonoridad, casi a modo de las cámaras de aislamiento sensorial actuales. Todo debía facilitar el recogimiento y la meditación de los que el ruido era la principal amenaza.
Existió en aquel
tiempo un silencio negativo: el que Satán imponía a sus fieles cuando debían
afrontar los interrogatorios de la Inquisición. A los inquisidores les llamaba
mucho comprobar que, inexplicablemente, algunos de los herejes o brujos
interrogados no abrían la boca ni siquiera para gritar su dolor; atribuyeron
dicho comportamiento a un pacto diabólico: Satanás les habría paralizado las
cuerdas vocales y la lengua. Dicho pacto sería sellado por un amuleto que los
interrogados esconderían entre sus cabellos; de ahí que, a partir del famoso
"Tratado sobre las brujas" de Henri Bouguet, herejes y brujas fueran
rapados antes del interrogatorio. Consta que, efectivamente, entre los cabellos
de algunos se encontraron extraños y sacrílegos amuletos...
LA CIVILIZACION
DEL RUIDO
Se diría que a
partir del Renacimiento se inicia un lento avance del ruido y los espacios de
silencio se van haciendo progresivamente más reducidos. A ello contribuye
fundamentalmente el aumento del comercio y la proliferación de carromatos cuyas
ruedas golpean agresivamente unas calles que, cada vez más, empiezan a ser
pavimentadas. El aumento de la población urbana y las subsiguientes
construcciones necesarias para albergarla hacen que cada esquina se convierta
en una cantera. Pero con todo, las casas son de piedra y el sonido se transmite
difícilmente. Deberán de pasar cuatro centurias para que prolifere la
utilización del cemento y muy especialmente del hierro, excepcional buen
conductor del sonido; casi al mismo tiempo las paredes se adelgazarán y la vida
familiar perderá intimidad.
La revolución
industrial, la era del maquinismo, primero, luego, la aparición de nuevos
inventos, la proliferación del ferrocarril, del automóvil y de la navegación
aérea, los sistemas de reproducción del sonido, todo ello irá en detrimento del
dios del Silencio que quedará arrinconado en espacios cada vez más alejados y
reducidos y, desde luego, nunca en las grandes aglomeraciones urbanas.
El cambio es tan
vertiginoso que afecta más directamente a las nuevas generaciones. A principios
de los años 80 un estudio de la Universidad de Tennesse realizada sobre 4.500
estudiantes demostró que tenían como promedio un oído tan malo como el de una
persona de 65 años. En EE.UU. casi dos millones de trabajadores sufren déficits
auditivos, en otros países industriales las cifras son idénticas; en Madrid el
25% de la población infantil y adulta, sufría una merma en su capacidad
auditiva. No puede extrañar que ante todo esto el Consejo Internacional de
Música en un simposium organizado por la UNESCO proclamara en 1968 que
"todo hombre tiene derecho al silencio"... pero en las décadas
siguientes este derecho ha sido brutalmente lacerado por la marcha de los
acontecimientos.
DE LA VIBRACION
ACUSTICA A LOS INFRASONIDOS
El ruido puede
provocar -y de hecho frecuentemente provoca- transtornos orgánicos graves: desminución de los movimientos estomacales,
dilatación de las pupilas, aumento de la presión sanguínea, alteraciones de
imnpulsos cardíacos, agresividad, disminución del pulso, producción excesiva de
hormonas, bajada en la producción de jugos gástricos y saliva y predisposición
al infarto.
En general estas
anomalías se producen por saturación de ruidos, pero la vibración producida por
el sonido tiene efectos igualmente dramáticos. En 1953 y 1954 se estrellaron varios
aviones "Comet" en todo el mundo. Se trataba de uno de los primeros
reactores comerciales y su problema consistió en que los ingenieros desconocían
los efectos de lo que se llamó "fatiga de material" producido por la
vibración de los gigantescos motores Rolls-Royce.
Los llamados
infrasonidos, inaudibles, pero que afectan a nuestro organismo más que el ruido
propiamente dicho. Cuando la frecuencia de los infrasonidos alcanza los 7
Herzios, la misma de las ondas cerebrales, se produce un acoplamiento causante
de dolor de cabeza, ahogo, visión borrosa, fatiga e incapacidad para
desarrollar trabajos intelectuales.
Los
infrasonidos, pasan sin duda más discretos que los ruidos, sin embargo se
utilizan cada vez en más actividades industriales: limpieza de ropas y joyas,
tratamientos médicos, soldaduras, aleaciones, laminación de metales,
polímerización, etc. Se tiene la convicción que pueden producir mutaciones más
fuertes que la radioactividad.
ATAQUE A LO MAS
INTIMO DEL SER HUMANO
Hoy pocos dudan
que medicinas tradicionales como la acupuntura china tienen un efecto benéfico
sobre el ser humano. Pero los mismos médicos que aprueban el tratamiento a base
de acupuntura, ignoran los fundamentos de esta práctica ancestral. La teoría
médica china se basa en la existencia de una fisiología oculta del ser humano,
compuesta por 750 centros de energía y "meridianos"; la enfermedad
consistiría en una anómala circulación energética por esos puntos que las
agujas reconducirían por sus canales normales.
La medicina
china, como la hindú o tibetana, incluso como las concepciones que se admitían en Occidente, implicaban el conocimiento de "centros" de
energía en el cuerpo humano, sutiles e imperceptibles a simple vista, pero que
el "iniciado" podía identificar y sanar. Cada uno de estos centros
estaría -siempre según esta doctrina médica- conectado a una determinada
función orgánica o a unos sentidos físicos.
Estas
tradiciones negaban que estos "centros" fueran inmateriales,
sostenían, sin embargo, que se trataba de materia más sutil que la ordinaria,
es decir que vibraba a una frecuencia menor. Hoy los acupuntores sostienen que
buena parte de las enfermedades propias de la humanidad civilizada han nacido
del deterioro que sufren estos centros sutiles agredidos por ruidos y
vibraciones y ponen como ejemplo la vibración del sonido que se siente a la
altura del esternón cuando estamos sometidos al estruendo de una discoteca.
Allí anida el "Anahata-chakra", un centro de energía identificado con
el corazón y cuyo deterioro implica una merma de la sensibilidad y de la
intuición.
LA MISTICA DEL
SILENCIO
Sea como fuere,
más allá del lenguaje propio de cada tradición o de una u otra escuela médica
concreta, todos coinciden en que la vibración sonora a partir de según que
niveles supone un peligro, unos se limitarán a los riesgos del cuerpo físico y
otros hablarán de males situados en esferas más profundas de la personalidad.
Por que,
efectivamente, las viejas tradiciones ancestrales coinciden en afirmar que las
enfermedades del cuerpo tienen su causa en estratos más profundos y
évidenciarían, a fin de cuentas, enfermedades del alma. Dado que lo más
importante para la humanidad tradicional fue desplazar el eje de la
personalidad, del cuerpo físico y de la mente, al alma, se prevenía todo
aquello que pudiera causar daños a esa "fisiología oculta" que sería
una especie de cuerpo sutil situado entre el cuerpo físico y el alma y al mismo
tiempo se primaba todo lo que podía beneficiarlo. Y en el terreno que nos ocupa se huía del
ruido y se aconsejaba el silencio.
"Nadie
puede dialogar con Dios sino es a través del silencio" había predicado el
gran místico alemán Dietrich Eckhart. El silencio se consideraba que era un
preludio a la revelación divina y no era posible experimentar la presencia
divina entre algarabía y bramidos. Algunas escuelas de meditación budistas son
extremadamente radicales a este respecto: "si algo molesta tu meditación y
mancha tu silencio, destrúyelo".
La mística
católica y musulmana se preocupa de distinguir entre silencio y mutismo: el
silencio, da grandeza a los acontecimientos, el mutismo los esconde y degrada,
implica un cierre a la revelación divina. Dios solo llega al alma que hace
reinar en ella el silencio pero abandona a la que se disipa en palabra vana y
estéril.
Una de las
prácticas comunes a todos los sistemas de meditación tradicionales consiste en
la observación del silencio. Se trata de que el praticante se sitúe en un lugar
silencioso, colocándose en una postura cómoda, frecuentemente con la columna
vertebral erguida. En ese instante y tras unos ejercicios previos de
relajación, deberá advertir el silencio de su propia interioridad, "oir el
silencio".
Un libro
tibetano tiene precisamente por título "La Voz del silencio":
"Aquel que pretenda oír la voz de la Nada, el "Sonido insonoro"
y comprenderla tiene que enterarse de la naturaleza del Dharana" , así
empieza el tratado, y termina "Mira, tú has llegado a ser la Luz, tú te
has convertido en el Sonido; tú eres tu maestro, eres tú mismo el objeto de tus
investigaciones, la incesante voz que resuena a través de las eternidades,
libre de cambios, exenta de pecado, los siete sonidos en uno, la voz del
silencio".
El taoismo chino
hacía del silencio una escuela de vida: "El silencio es la mejor escuela
de los humanos", "si quieres vivir en paz, mira, escucha y
calle", "el hombre cuanto más ha sufrido es más silencioso",
"más amenaza quien guarda silencio que quien grita desordenadamente",
"únicamente el silencio es grande, el reso es debilidad", todos estos
proverbios taoistas confirman la virtud del silencio e implícitamente condenan
la proliferación de sonidos: tanto la "logomaquia" (el hablar vano y
la charlatanería) como los ruidos que distorsionen la quietud estable y
silenciosa de una búsqueda interior.
TAMBIEN LA
MISTICA CRISTIANA...
Algunos maestros
de meditación advierten al sujeto sobre el riesgo de la meditación sobre el
silencio; saben que hay gente que se sobrecoge en un ambiente de total
insonoridad. Bernanos haciéndose eco de esta sabiduría escribió: "Existen
cosas que no amamos, pero que nos fascinan. Una de ellas es el silencio".
El mismo Escribá de Balaguer, fundador del Opus Dei otorga una gran importancia
al silencio y entroncando con la mística cristiana escribe en la cita 281 de "Camino":
"El silencio es como el portero de la vida interior" y en la 304
añade: "Procura lograr diariamente unos minutos de esa bendita soledad que
tanta falta hace para tener en marcha la vida interior".
Monseñor Escribá
había tomado como referencia los textos de Meister Eckhardt, pero también de
Miguel de Molinos y su "Guía Espiritual" y, particularmente la
"Imitación de Cristo" de Thomas de Kempis: "No esté tu paz en la
boca de los hombres, pues si pensaren de ti bien o mal no serás por eso otro
hombre".
* *
*
Todos estos
textos nos hablan claramente de un mundo hecho de silencios en el que se tenía
por posible el entrar en contacto con estratos más profundos de la
personalidad. Al igual que en los templos griegos presididos por la estatua de
Harpócrates, dios del silencio, en el atrio de nuestro mundo interior, la
ausencia de ruido y la quietud son las compañías necesarias para su visita y
redescubrimiento. Plutarco, uno de los más activos propagadores del culto a
Silencio, escribió esta frasee lapidaria: "De los hombres aprendemos a
hablar. A callar solo de los dioses".
¿Cómo el hombre que el destino ha situado en las puertas del tercer milenio podrá conocer esa parcela interior en un mundo hecho de ruidos, estridencias y vibraciones acústicas, en un mundo que es puro ruido?