El 10 de junio de 1926, Antoni Gaudí, cuando se dirigía al
oratorio de San Felipe Neri, fue atropellado por un tranvía en la Gran Vía,
entre las calles Gerona y Bailén. Debió ser habia 1990, cuando la editorial
Martínez Roca me encargó un libro sobre el arquitecto que enlazase con su
vertiente “esotérica”. Mi padre era gaudiniano y con él había visitado en los
años 50 las obras de la Sagrada Familia. El libro se publicó unos meses más
tarde con el título de El misterio Gaudí. Quedé bastante insatisfecho
con el resultado y con la velocidad exigida por la editorial. Y, por eso, unos
años después, escribí por iniciativa propia, Gaudí
y la masonería, publicado por Editorial PYRE (y que hoy puede
adquirirse en Amazon), mucho más trabajado y -lo que es importante- utilizando
fuentes “asépticas” o bien biografías y trabajos escritos por “gaudinianos de
estricta observancia”. Me he desinteresado por la temática gaudiniana en los
últimos años (sólo escribí un desmentido al
“Hotel Atraction” de Nueva York, un completo fake que no podía ser
ignorado por los gaudinianos ortodoxos que, sin embargo, lo dieron por bueno),
no he vuelto a publicar nada sobre Gaudí ni a leer lo que se ha escrito desde
entonces. Ahora me gustaría añadir unas notas críticas.
1. GAUDÍ NO ERA, DESDE LUEGO, UN SANTO, NI SIQUIERA UN BEATO
La modernidad devalúa la santidad. Si tenemos en cuenta algunos de
los santos elevados a los altares en los últimos 30 años, nos daremos cuenta de
que su valor es muy relativo y, en algunos casos -y preferimos no dar nombres-
algunos de los nuevos santos podían recibir cualquier título honorífico menos
el de “santo”.
Para la Iglesia Católica existen peldaños para ascender a la
santidad: ser declarado “venerable” es uno de ellos. Desde hacía algo así como
30 años, existía entre los “gaudinianos de estricta observancia” la idea de que
Antoni Gaudí debía ser santificado. Y fue el 14 de abril de 2025 cuando el
Papa Francisco “reconoció sus virtudes heroicas”. Pero el título de
“venerable”, seguía al de “siervo de Dios” que había sido aprobado por la Santa
Sede con un decreto nihil obstat que implicaba el que se aceptaba el
inicio del proceso para la declaración (o denegación) de la condición de Santo.
El paso siguiente a la “venerabilidad” sería la beatificación. Y en eso
están en el momento de escribir estas líneas.
El arzobispo de Barcelona, Ricard María Carles habia abierto el
proceso en 1998 “por hacer del arte un himno de alabanza a Dios”. Con la declaración del Papa Francisco se daba un primer paso al
frente, muy esperanzador para los “gaudinianos de estricta observancia”.
Estos forman un grupo compacto que figura en torno a las obras de la Sagrada
Familia y a la Cátedra Gaudí. El problema es que, por amparados que estén
en sus capacidades técnicas y en sus títulos universitarios, una
aproximación que vaya más allá de los datos incluidos en las “biografías
clónicas” de Gaudí, indican que, carecía de “madera de Santo”. Múltiples
anécdotas y detalles certifican que en sus primeros años (entre 1870 y 1882)
sus destinos anduvieron muy próximos a los de la masonería catalana. Es
cierto que un masón puede rectificar y volver al camino de la fe, pero el gran
problema es que, en su ancianidad, Gaudí era lo que hoy suele conocerse como
un “viejo cascarrabias”. Irritable, intolerante con las opiniones que no
coincidían con las suyas, terco, incluso intransigente con quien cometiera
gestos que él rechazaba: fumar o, incluso, no le hablara en catalán.
Por no mencionar un ego que, precisamente, se demuestra en algunas
de sus obras (en la Sagrada Familia y en la Casa
Milà, por ejemplo, entre otras). Se ha achacado este comportamiento a dolencias
que había contraído y que le llevaron a retiros y descansos, pero lo cierto es
que toleró muy mal las críticas, siempre y a lo largo de toda su vida
(incluso las que procedían de autoridades religiosas: partió peras con el
cabildo de la Catedral de Palma después de haber gastado ingentes cantidades en
una restauración y se fue del palacio arzobispal de Astorga con los planos bajo
el brazo, por no hablar de 1903, se entrevista con la Junta del Santuario de la
Misericordia, ofreciendo el proyecto de un nuevo santuario en su ciudad natal
de Reus que fue desestimado por su coste faraónico: “Vámonos que en nuestro
pueblo no nos quieren”´, dijo a su ayudante; y otras muchas anécdotas más).
2. ERA REALMENTE GAUDÍ “EL ARQUITECTO DE DIOS”
Dios ha tenido arquitectos. Muchos. De la inmensa mayoría se
ignora todo, incluido su nombre. De otros, solo
tras arduas investigaciones, se ha podido establecer su identidad: y no por
voluntad de ellos, sino por decisión propia. De la propia Catedral de Barcelona
se sabe que el plano originario fue concebido por el “maestro Carlí de Ruan”,
pero no se sabe mucho más de él. De Notre Dame de París se sabe solo que el
pórtico meridional tuvo como maestro de obras a Jean de Chelle, pero no se sabe
mucho más de él. De la impresionante Catedral de Chartres el anónimo maestro de
obras no dejó ni una sola huella de su personalidad. Y así sucesivamente. Estos
eran verdaderos “arquitectos de Dios”. Esto eran los que habían renunciado a sí
mismo y a dejar constancia de su individualidad, autoanulados voluntariamente,
para mayor gloria de Dios y de los templos que construyeron. Y es que el
anonimato es la garantía del verdadero “arte sagrado”.
Fue solo a partir del Renacimiento cuando el artista se creyó
obligado a firmar su obra para certificar su paso a la historia. Construir
un templo no es garantía de que el resultado sea una obra de “arte sagrado”,
sino más bien, un “encargo” que quien lo ejecuta puede tener más o menos fe,
compartir o no los ideales religiosos de quien se lo encarga.
En el caso de Gaudí, cuando se embarcó en las obras de la Sagrada
Familia, ya había entrado en la órbita del catolicismo… pero hay que realizar
dos matizaciones importantes.
3. PRIMERA MATIZACIÓN: DE LA MASONERÍA AL CATOLICISMO, UN TRÁNSITO
RADICAL
En nuestra obra Gaudí
y la masonería, no es que afirmáramos taxativamente que Gaudí
había pertenecido a las logias, sino que nos limitamos a demostrar -y creo que
lo hicimos fehacientemente- que desde su infancia hasta 1882, tanto el entorno
personal del arquitecto, como sus primeras obras, tuvieron siempre el
acompañamiento de personajes de la masonería: desde el trabajo en el taller
de los hermanos Fontseré (vinculados a la Gran Logia de Catalunya de Rosendo
Arús), hasta la Cooperativa Obrera Mataronense, pasando por las farolas
instaladas en la Plaza Real y aprobadas por el ayuntamiento de la época, con
fuerte presencia masónica, todos sus amigos de infancia, eran declaradamente
masones. Gaudí, en esa época, era un tipo displicente: se cuenta que no bajaba
de la calesa para examinar las obras, o que tenía maneras de dandy.
Pero, en 1882 se percibe un cambio brusco en su biografía: los
masones desaparecen de su entorno y empieza a tener como clientes y amigos a
miembros de la alta burguesía. Y estos nuevos clientes tienen dos
características propias: su catolicismo y el poder dedicar a sus caprichos
ingentes cantidades económicas. Son los Güell, especialmente, vinculados
también a la saga de Antonio López, Marqués de Comillas, ¡el principal
benefactor de las iniciativas antimasónicas en la España del último tercio del
XIX!
Gracias a estos “próceres”, Gaudí puede realizar la famosa
“maqueta funicular” que emplearía en el ensayo a pequeña escala de la Sagrada
Familia y en la iglesia de la Colonia Güell, de la que solo se construyó la
cripta.
En realidad, ni siquiera se aplicó en la Colonia Güell para la que fue elaborada.
Simplemente, la iglesia nunca se construyó sobre la cripta.
Es en ese período en el que Gaudí alcanza una fe religiosa incontestable y renuncia a sus veleidades “masónico-sociales”, pero no olvidar -y esto es importante- algunos elementos de la geometría masónica (el cubo que indica las seis direcciones del espacio y otros detalles que aplicará en su obra, incluido el zodiaco del Pórtico del Nacimiento de la Sagrada Familia y las tortugas sobre las que se sostiene).
4. SEGUNDA MATIZACIÓN: EL ABUELO MILÀ Y LA TRIFULCA CON GAUDÍ
Gaudí fue, en los años de madurez, el arquitecto de la alta
burguesía catalana. Pero, en 1906 uno de estos burgueses catalanes, Pedro Milá,
carecía de la fe religiosa de otros de los asistentes a las veladas del Liceo.
Allí, en su palco, solía acudir con su querida, mientras que su esposa Rosario
Segimón, piadosa mujer, quedaba en el hogar rezando el rosario. Pedro “Perico”
Milá había hecho su fortuna con la industria del textil, mientras que su esposa procedía, como Gaudí, de Reus y lo esencial de su fortuna era herencia de
su primer esposo, un indiano acaudalado, José Guardiola, fallecido
prematuramente. A la vista del celo católico de la Rosario Segimón, Gaudí
proyectó el edificio de “La Pedrera” o Casa Milà, como peana de una gigantesca
escultura de la Virgen del Rosario que tenía que figurar sobre el terrado,
esculpida por Carles Maní, amigo íntimo del arquitecto.
El edificio se construyó entre 1906 y 1910. En 1909 tuvo lugar
la “Semana Trágica” en la que ardieron 80 edificios religiosos solo en
Barcelona. Colocar una estatua de la Virgen del Rosario en pleno Paseo de
Gracia, hubiera constituido casi una provocación. Así que, especialmente Perico
Milá, se opuso a esa colocación. Existen distintas versiones sobre la
actitud de Rosario Segimón, pero lo cierto es que, hay coincidencia en que,
tras la muerte de Gaudí, ella mandó destruir elementos decorativos y mobiliario
diseñado por el arquitecto.
la gigantesca estatua de la Virgen del Rosario ideada, inicialmente, por el arquitecto.
“La Pedrera” (en español, “La Cantera”) fue un edificio extraordinariamente innovador, especialmente por su estructura metálica, mucho más que por su aspecto externo, que recibió abundantes críticas. Pero el problema surgió en 1912, cuando un fallo judicial dio la razón a Gaudí y obligó a Perico Milà a pagar una desmesurada cantidad por “honorarios pendientes”. El interesado alegó que se había quedado sin dinero por los altos costes de la construcción que Gaudí no había previsto desde el principio. Las pareja Milà-Segimón se vio obligada a hipotecarlo para poder pagar lo decretado por la sentencia judicial. Los Milà pagaron a Gaudí, pero no olvidaron el calvario que había pasado en esos años: desavenencias con el arquitecto sobre la decoración y la concepción de la vivienda, sobre los elementos decorativos y el mobiliario interior, líos (que describiremos más adelante) con el Ayuntamiento, etc.
Y ese fue el final de la luna de miel de Gaudí con la burguesía
catalana: Perico Milà, españolista y diputado de Solidaridad Catalana en 1907, monárquico independiente en
1910 y en 1914, luego partidario de la Dictadura de Primo de Rivera y de la abolición del sufragio
universal y enemigo del estatuto de autonomía de Macià, y un hombre popular en
la Barcelona, no lo olvidó. Se explayó entre sus amigos y, especialmente,
en los entreactos del Liceo y en las veladas sociales que reunían a la
burguesía en los palacetes del Ensanche, sobre el comportamiento, las rarezas, los excesos presupuestarios y
el fanatismo religioso del arquitecto.
La consecuencia fue que Gaudí dejó de ser "el arquitecto de la
burguesía catalana". Poco después, en 1918, moriría su principal protector,
Eusebio Güell, cuyos pedidos habían cesado en 1914.
5. TERCERA MATIZACIÓN: EL CAMBIO DE GUSTOS DE LA BURGUESÍA
A pesar de que Gaudí no fuera “modernista” (partidario del “art Nouveau”) en sentido estricto, lo cierto es que su nombre ha quedado unido a este movimiento. Y el modernismo era " naturaleza", ornamentación floral, abundancia de detalles decorativos, cierto barroquismo, asimetrías, uso de cerámica con motivos florales, decoración animal, trencadís... El modernismo era, en definitiva, "exceso".
En
1906, Charles Maurras dominaba la cultura francesa y tenía antenas en Cataluña.
Sus temas habían calado incluso en el ámbito político, recuperados por Prat de
la Riba y otros miembros del regionalismo catalanista, que querían “modernizar”
Cataluña, pero con “orden, rigor, mediterranismo”. Eugeni d’Ors supo plasmar
estas aspiraciones en sus Glosas. De ahí surgió el “novecentismo”. Era una "nueva ola" que arrasó con el "modernismo".
En el terreno arquitectónico, d’Ors y los novecentistas cargaron
contra los excesos del “modernismo” arquitectónico. Venían a decir que una
ciudad, construida con los principios estéticos del “modernismo”, sería una
ciudad fantasmal y de pesadilla. Ahí estaban La Pedrera, la Casa Batlló (“la casa de
los huesos”) y la propia Sagrada Familia para confirmarlo. Todas obras de
Gaudí.
Al abandono por parte de la burguesía catalana se unió el cambio
en los gustos de la burguesía catalana: el modernismo y, con él, las
concepciones estéticas de Gaudí quedaron rebasadas y olvidadas. ¡Fue entonces
y, solo entonces, cuando Gaudí se concentró en la Sagrada Familia!
Y este es el problema: en 1914 cesaron los pedidos del Conde de
Güell; en 1906 se inició el “novecentismo” y el cambio de gustos estéticos de
la burguesía. La estética de Gaudí dejó de interesar y, para colmo, pasó a ser
considerado como un “arquitecto problemático” a causa de su choque con Perico
Milà. ¿Qué le quedaba? La Sagrada Familia… Es cierto que había asumido la
dirección de las obras en 1883, pero solamente a partir de 1914 fue cuando se
dedicó en exclusiva a la construcción del Templo ¿por fe religiosa?, o más
bien, ¿por qué ya no tenía otros encargos?
6. EL HOMBRE QUE SUSURRABA A LA NATURALEZA... Y NO RESPETABA NORMA ALGUNA
Otros han considerado a Gaudí como “el arquitecto de la
naturaleza” en la medida en que en varias de sus obras -especialmente en el
Park Güell, pero también en la Sagrada Familia, se propuso “imitar a la
naturaleza”. Eso le ha dado fama en países como Japón en donde esta
concepción se cultiva casi como un bien nacional. Pero el problema es que, si
se trataba de eso, el intento gaudiniano, ha tenido como resultado un absoluto
fracaso. Hay partes del Park Güell que todavía reflejan ese fracaso. Zonas
en las que la fealdad evidencia hasta qué punto puede ser desagradable el
querer imitar lo inimitable… y fracasar en el empeño.
Gaudí desconoció lo que, a principios del siglo XIX ya estaba casi totalmente olvidado en el ejercicio de la arquitectura: que la belleza de la naturaleza reside en que, tanto en el proceso de cristalización de los minerales y de las formas naturales, como en la estructura vegetal, existen “pautas”: estructuras geométricas regulares en el mundo mineral y la divina proporción se repite en el mundo vegetal y animal, e incluso en el las proporciones del cuerpo humano.
Todo está sometido a cánones fijos e inamovibles, verdaderos “patrones”
que, por sí mismos, nos hablan de la belleza de unos rostros y de la fealdad de
otros, nos atrae una estatua, sin saber por qué: pero está ahí; el “número
áureo”, la “divina proporción” nos dicen claramente que la belleza no es nunca “excentricidad”,
sino más bien ritmo, medida y armonía. Eso, como veremos, es lo que falta en la
Sagrada Familia y en otras construcciones de Gaudí.
Una de sus construcciones -acaso de las visualmente más toscas-,
el “Capricho de Comillas”, en su mismo nombre, encierra su cuestionable
belleza: en efecto, se trata de un “capricho”, pero no del cuñado del
Marqués de Comillas, Máximo Díaz, sino más bien del arquitecto. Y Gaudí
multiplicó sus “caprichos” (esto es, sus extravagancias “originales” y siempre
muy personales). Lo hacía, incluso, a despecho de las normas legales. Dos
ejemplos a vuelapluma que recordamos.
.con una torre de dudoso gusto
Uno de ellos es una columna de la Casa Milà que invadía la
acera del paseo de Gracia, prácticamente en la confluencia con la calle
Provenza, excediendo la línea de edificación permitida por las ordenanzas
municipales. La columna, además, era completamente innecesaria y una simple
modificación de los planos no hubiera alterado en absoluto la forma ni la
estructura del edificio. Gaudí, ya en un período tardío de su vida (1909), se
negó a modificar el plano: él y la propiedad del inmueble fueron sancionados. Gaudí
amenazó con colocar un letrero con la inscripción: “Aquí estaba la primera
columna de La Pedrera”. Finalmente,
el ayuntamiento desistió de la sanción.
En la Sagrada Familia volvió a repetir una “originalidad” de este
tipo. Y en esa ocasión, no solo no tuvo en cuenta los límites de la manzana
del Ensanche que la Asociación Josefina hubo comprado para construir allí la
Sagrada Familia, sino que amplió el proyecto hasta, prácticamente “apropiarse”
de casi la totalidad de la manzana situada frente al pórtico principal, con una
escalinata y una plataforma de acceso que debería discurrir sobre la calle Mallorca,
con unos pebeteros diseñados en la manzana fuera que hoy está completamente
construida y en donde viven -si no recuerdo mal- en torno a 150 familias.
Imaginemos que, a cualquier arquitecto, sin ir más lejos, a Puig i
Cadafalch, le encargan la Casa Terradas (la Casa de las Punxes), inspirada por
la obra de Viollet le Duc y de resonancias medievales. El edificio tiene una
forma casi triangular situado en una isleta del Ensanche, entre la Diagonal
como hipotenusa y las calles Rossellón y Bruc como catetos. Imaginemos que Puig
i Cadafalch hubiera sufrido un “calentón creativo”, inspirado por Viollet, y diseñado como “originalidad”, una especie de paramentos “defensivos” a
modo de murallas, inspiradas en la ciudadela de Carcasona, invadiendo el
terreno que no era propiedad de Bartomeu Terradas, quien le encargó la obra.
Posiblemente, el resultado estético hubiera sido notable… pero vulnerando
cualquier norma municipal e invadiendo terrenos que escapaban a la propiedad de quien había realizado el encargo.
Pues bien, la Asociación Josefina había comprado una manzana del Ensanche
y fue en ese entorno en donde encargó al arquitecto Francisco de Paula del
Villar el diseño del edificio. Al año siguiente de iniciadas las obras, un
desacuerdo entre la Asociación y el arquitecto hizo que este dimitiera y fuera
contratado Antoni Gaudí. Este modificó radicalmente el proyecto originario
(neogótico y muy parecido a la Iglesia de las Salesas del paseo de San Juan,
pero duplicando las dimensiones). Gaudí sabía muy bien que la Asociación
Josefina era propietaria de una manzana. No de dos. ni mucho menos de tres. Pero actuó como solía
actuar y como actuaría en la Casa Milá: haciendo de su capa un sayo y
modificando (y amplificando) más y más el proyecto hasta sus dimensiones
actuales y sin que, en el momento de escribir estas líneas, se haya resuelto el
destino de los vecinos de la manzana, hoy completamente construida, situada
frente a lo que será el pórtico principal o Pórtico de la Gloria...
por la Asociación Josefina, Gaudí, por su cuenta, extendió el proyecto a las
situadas frente al pórtico de la Gloria (aún por construir),
tomando una (o dos) manzanas como si fueran propias (zonas en rojo).
7. LA SAGRADA FAMILIA, ACASO LA OBRA MÁS DISCUTIBLE DE GAUDÍ
La Sagrada Familia sorprende por lo inusual, mucho más que por la belleza de sus formas. Todo “capricho” tiende, ciertamente a generar sorpresa. Pero sorpresa no es admiración, ni siquiera sinónimo de belleza.
Salvando distancias, algo de esto ocurre con la Torre Eiffel: sorprende e,
incluso, todos hemos ascendido a ella para ver París desde lo alto. Pero no es “belleza”,
precisamente, lo que destila, a diferencia de Notre-Dame que sí es objetivamente bella (en tanto que su fachada y sus formas se atienen a las proporciones clásicas y a la sección áurea). La modesta capilla
de Santa Lucía, el claustro de la Catedral de Barcelona, no tienen tantas
ambiciones como la Sagrada Familia… pero, sin embargo, transmiten una
irreprimible sensación de serenidad y paz.
No he conocido, todavía, a nadie que le “gustara” la Sagrada
Familia. Cuando Oriol Buigas se opuso a la continuación de las obras
diciendo que el resultado final parecería una “mona de Pascua”, definió
justamente lo que muchos pensamos. Incluso el gaudiniano más ortodoxo del
siglo XX, Joan Bassagoda Nonell, reconoció en un programa de radio en el que
yo mismo participé que “la Sagrada Familia no figuraba entre lo mejor de
Gaudí”. Y, ciertamente, es un pastiche de estilos, cuyo resultado final es
la “mona de Pascua” que temía Buigas.
Neoclásico en la cripta, neogótico en el ábside, modernista en detalles
del Pórtico del Nacimiento, casi cubista en el Pórtico de la Pasión, surrealista
en la coronación de las torres. Un verdadero pastiche de estilos, a ratos
anárquico, siempre extraño y excéntrico. Solo eso.
8. LA BARCELONA DE 1882 Y LA BARCELONA DE 2026
En 1882, cuando la Asociación Josefina inició las obras de la
Sagrada Familia, Barcelona era una ciudad católica. Incluso el sindicalismo cristiano tuvo cierto arraigo en la
ciudad. Todas las autoridades de la época -salvo, obviamente, los masones, el
movimiento anarquista y los socialistas- compartían el catolicismo popular. Era
normal, pues, que, en aquella época, en la que los “templos expiatorios”
constituían lo que podríamos llamar una “innovación litúrgica”, Barcelona
tuviera de la que salió el Sacre Coeur de Montmartre o el Templo Expiatorio del
Sagrado Corazón en el Tibidabo barcelonés. Los católicos de la época juzgaban
que el laicismo, la revolución y el republicanismo eran pecados que había que
expiar. Por eso se construyeron los “templos expiatorios”.
Pero a partir de los años 60, la fe de los barceloneses fue
descendiendo como resultado de las nuevas orientaciones del Concilio Vaticano
II y de los cambios sociales que se fueron produciendo en aquella década. Ese
descenso fue vaciando las iglesias y relajando la fe. En mi infancia,
frecuentaba tres iglesias del Ensanche (la Milagrosa, San José Oriol y los Salesianos),
cada domingo se ofrecían, en cada una de ellas, cuatro misas, entre 8:00 y 14:00,
además de la de 19:00, y en todos los casos, los bancos estaban repletos de
fieles. Luego, se fueron vaciando. Hoy se ofrece en estas iglesias una sola misa dominical con asistencia muy menguada.
Estamos en 2026. Se calcula que las obras de las torres de la Sagrada Familia concluirán a mediados de este mismo año. De hecho, hoy solo falta colocar la cruz de las tres dimensiones del espacio en la torre más alta, para dar por concluido lo esencial de la construcción. Solo quedará el más que problemático pórtico principal, pero, en cualquier caso, el año del centenario de la muerte de Gaudí es también el año de la finalización de lo esencial de las obras. También la fachada de la Catedral de Barcelona, se concluyó en 1913, aun cuando el ábside había sido iniciado en 1298, esto es, 615 años después…
verdadero mirador turístico e incluso "zona de refugio" para turistas ante las
legiones de chorizos y delincuentes que actúan a pie de calle en la BCN de 2026...
El problema es que, entre el inicio de las obras de la Sagrada
Familia y la fecha de finalización, Barcelona ha cambiado: la ciudad, antaño
católica, ya no lo es. Existen más “puntos de oración” islámicos, que iglesias
católicas, en la ciudad. Este “pequeño” detalle es
determinante, porque si Gaudí y su equipo, iniciaron las obras fue como un acto
de fe católica… pero, si el ayuntamiento decidió continuarlas, estimularlas
y acelerarlas ha sido por un motivo bien diferente: la promoción turística de
la ciudad. Y eso es lo miserable.
Las obras se han acelerado hasta tal punto que las torres
iniciadas por Gaudí (que solo pudo ver concluida la de San Bernabé) y las
torres que se han ido concluyendo desde finales de los 70, son completamente
diferentes. Había prisa por terminar lo que debía ser el enésimo atractivo
turístico de la ciudad: la zona olímpica, Diagonal Mar, el centro comercial
de La Maquinista, la Torre Mapfre, el Hotel Arts, la Torre Agbar, el hotel Vela,
etc…
construidas cuando se aceleró la conclusión del templo con fines turísticos.
Obsérvense las notables diferencias entre lo "viejo" y lo "nuevo"
¿Es Barcelona una ciudad turística que justifique el esfuerzo y la
velocidad constructiva del Templo Expiatorio de la Sagrada Familia? Hay que reconocer que, a diferencia de 1882, Barcelona, hoy ya no
es el motor económico de España; por su proximidad a la frontera, Barcelona es,
hoy, sobre todo, un centro turístico. ¿Hasta cuando seguirá siéndolo? No
mucho, desde luego, a tenor del dudoso prestigio que ha ido adquiriendo la
ciudad como una de las “más peligrosas de Europa”. Ladrones, chorizos,
violadores, mangantes de toda la galaxia parecen haberse concentrado en la
Ciudad Condal. Pero esto no durará siempre. Las autoridades locales,
autonómicas o estatales, no parecen muy decididas a atajar la delincuencia
drásticamente (condición sine qua non para que Barcelona siga siendo una
ciudad turística). Así pues, hay que prever que la última “gallina de los
huevos de oro” que le queda a la ciudad terminará por ser una gallina vieja
incluso para hacer caldo.
Y en medio de ese caos que se avecina y que ya está sobre nosotros
(hoy mismo Podemos y Sánchez han sacado adelante el decreto para regularizar a
medio millón de ilegales, que, finalmente serán 750.000 y que en apenas unos
años habrán pedido reagrupaciones familiares hasta triplicarse en número), hay
más posibilidades de que la Sagrada Familia, antes o después, se convierta en mezquita que siga
siendo “atractivo turísticos”, para un turismo que es cuestión de poco que deje
de visitar la ciudad. ¿O es que alguien va negar la islamización creciente de
Cataluña y a negar que entre 2040 y 2050, el número de ciudadanos de origen
africano superará al de autóctonos?
Segunda Parte:
9. LA AMBICIÓN: PASAR A LA HISTORIA DE LA ARQUITECTURA SUPERANDO AL ARTE GÓTICO
10. ¿CATALANISTA O INDEPENDENTISTA?
11. UN ABUELO EXCÉNTRICO CON MUY MAL GENIO
12. LOS FLECOS NO EXPLICADOS DEL “MISTERIO GAUDÍ”
13. CUANDO SUBIRACHS ENTRA EN ESCENA
14. EL GRAN PROBLEMA INCONFESADO DE LA SAGRADA FAMILIA: EL PÓRTICO PRINCIPAL
15. AUTOCRÍTICA Y CONCLUSIÓN























