miércoles, 28 de enero de 2026

EL CENTENARIO DE GAUDÍ Y LA SAGRADA FAMILIA (ALGUNAS PRECISIONES CRÍTICAS) [2 de 2]


Continuamos con la segunda parte de nuestros comentarios sobre el "Año Gaudí". Nos centramos en algunos aspectos de su trabajo (su intento frustrado de "superar al arte gótico"), de su personalidad (su mal genio, en concreto) y de sus orientaciones políticas (¿era regionalista, nacionalista o independentista?), para establecer una conclusión muy simple: lamentamos profundamente que Gaudí se haya convertido en un reclamo publicitario para el Ayuntamiento de Barcelona y una máquina de atraer turismo, justo en unos momentos en los que la Ciudad Condal ha pasado a ser considerada como una de las más peligrosas de Europa. 

 

9. LA AMBICIÓN FRUSTRADA: PASAR A LA HISTORIA DE LA ARQUITECTURA SUPERANDO AL GÓTICO

Pero no nos desviemos. Gaudí era el objeto y el sujeto de este artículo y a él retornamos. Hay en su personalidad algo de “titanismo”: el Titán es aquel que intenta un desafío ambicioso y… fracasa. Gaudí intentó imitar a la naturaleza y fracasó. Pero quizás el mayor reto que se propuso fue “superar al arte gótico”. Este arte, para él, tenía un elemento indeseable: los contrafuertes, arbotantes y pináculos que permitían aligerar, elevar los muros y convertirlos en ventanales apuntados por donde entraba la luz a través del vitral. Así pues, se propuso lograr un modelo constructivo que eliminase esos elementos. Así nació su obsesión por los paraboloides, hiperboloides, helicoide y demás… nunca antes ensayados en arquitectura. Estas formas permitirían liquidar contrafuertes y obtener formas nuevas “orgánicas”. En el período que nosotros hemos calificado como “neo-masónico” de Gaudí (1870-1882), ya intentó el “arco catenario” en la Cooperativa de Mataró.

El resultado es modesto: incluso muy modesto. La prueba de su fracaso es que nunca más ha sido utilizado en arquitectura. En el interior del edificio de Mataró, que todavía puede visitarse, se perciben claramente sus limitaciones: las naves no pueden ser muy anchas y si se quiere elevar la anchura hay que elevar también la altura, pero también el grosor de cada arco. Un “arco catenario” de la altura de la nave de la catedral de Beauvais (48,5 m), debería tener una nave de no menos de ¡292’5 metros de ancho!… ¿Podemos imaginar catedrales o edificios industriales más anchos que largos?

Para colmo, los arcos implican que los muros laterales o bien sean inclinados o bien precisen de una estructura propia, autónoma de los arcos catenarios, para ser rectos. Sin contar el resultado estético próximo a la fealdad absoluta en algún edificio diseñado por gaudinianos de estricta observancia.


Chalet-refugio de Ull de Ter, proyecto firmado por Jeroni Martorell, una de las pocas muestras de arquitectura en las que se aplicó el arco catenario con el resultado que puede percibirse...

Otros intentos de superar la arquitectura clásica más parecen ensayos de geometría recreativa que obras que puedan pasar por sí mismas a la historia de la arquitectura: las columnas inclinadas del Park Güell y las columnas “arborescentes” de la Sagrada Familia, sin ir más lejos, verdaderos “bosques petrificados”.

Julius Evola decía que el mundo moderno vive de todo lo que las anteriores civilizaciones han rechazado. Recuerda que la máquina de vapor, en la antigua roma, era un mero juguete para niños, pero que nunca se había aplicado al transporte, de la misma forma que el planeador estaba al alcance de civilizaciones tradicionales que dominaban tanto la física como la observación de la naturaleza y eran perfectamente conscientes -por sus observaciones sobre la naturaleza- que era posible que volaran objetos más pesados que el aire. Si nadie hasta Gaudí había utilizado los arcos catenarios sería por algo. Probablemente porque en ellos está ausente la sensación que el mundo clásico quería transmitir de orden, ritmo, medida y armonía. Esto es lo que está ausente en la geometría gaudiniana.

Decía Gaudí que las formas rectas son las del mundo y las curvas sugieren a Dios. Pero hay un matiz: olvidaba que, la esfera -no la “curva”- ha sido siempre considerada como la más perfecta, prefiguración simbólica de lo divino porque se da en ella la paradoja de que su centro está formado por la confluencia de infinitas rectas, pero también por que su superficie exterior está formada por infinitos puntos. Y si el círculo (utilizado en el diseño de las bóvedas góticas) es superior a la elipse y refleja mejor la armonía y la imagen de lo divino es porque ¡tiene un solo centro! Mientras que óvalo y elipse se trazan ¡a partir de dos centros!

Los arquitectos que están al frente de la Sagrada Familia han exaltado hasta la saciedad los estudios de geometría gaudiniana que serán aplicados al Pórtico de la Gloria, el principal y que todavía queda por construir mientras no se solucione el problema de las manzanas habitadas al frente en la calle Mallorca. Se entiende perfectamente el porque lo han dejado hasta el final y, no solo por la existencia de vecinos: es la fachada más discutible y en la que, por cierto, se pondrán en práctica algunas de las concepciones de la geometría gaudiniana aplicada a la arquitectura.

10. ¿CATALANISTA O INDEPENDENTISTA?

A Gaudí la política le interesó poco o nada, salvo quizás en su período de juventud (en donde estuvo próximo a movimientos anarquizantes). Luego, desinteresado por la política, pareció sentirse próximo al regionalismo catalanista del que el conde de Güell era uno de los impulsores. Como se sabe, el catalanismo político surgió tras la tercera guerra carlista y no fue más que un nacionalismo moderado en el que la burguesía regional quería tomar, mediante algún tipo de acuerdo con el gobierno del Estado, las riendas de su propio destino. Burguesía catalana y regionalismo están, pues, íntimamente ligados. Si Gaudí fue el “arquitecto de la burguesía catalana” es lógico que compartiera también los ideales de los primeros espadas de esos burgueses, empezando por su sempiterno protector, Eusebio Güell.

Ahora bien, el “regionalismo catalanista”, debía, casi necesariamente, transformarse en “nacionalismo” y el destino de todo nacionalismo no puede ser otro que el “independentismo”.

En 1924, dos años antes de su muerte, Gaudí fue detenido tras la manifestación del 11 de septiembre al dirigirse en catalán a los agentes de policía y negarse a cambiar de idioma (se dirigía a la Iglesia de los Santos Justo y Pastor). Eran los tiempos de la dictadura de Primo de Rivera y pasó cuatro horas en comisaría.

Es lícito dudar sobre la “evolución política” de Gaudí. Es un debate que todavía no se ha cerrado. Pero algunas cosas están claras: el desprecio hacia todo lo que no fuera catalán. Un ejemplo de su juventud es significativo: la directiva de la Cooperativa Mataronense invitó a miguel Morayta a un acto en sus locales (construidos por Gaudí), Gran Maestre del Gran Oriente Español (lo fue entre 1889 y 1901 y luego a partir de 1906) y Grado 33 del Rito Escocés Antiguo y Aceptado). Al hablar, se accionó un mecanismo para poner en marcha una corriente de agua que caía como una cascada cerca del escenario; la asistencia no podía oír la alocución de Morayta por el ruido del agua, Gaudí comentó: Si no se entiende lo que dice, mejor. Porque esa gente de Madrid son todos un atajo de tontos”, frase lapidaria.

Y parece que esta consideración fue una constante en su vida. Si la anécdota anterior se remonta a 1881, el encuentro -más bien el encontronazo- con Miguel de Unamuno tuvo lugar en 1911 según unos autores y en 1906 según otros. El encuentro fue organizado por el poeta Joan Maragall y tuvo lugar en las obras de la Sagrada Familia. Desde el principio las cosas no fueron bien: Gaudí se dirigió al vasco en catalán y éste, ya desde el principio, aborrecía la estética modernista. Gaudí explicó cómo sería la Sagrada Familia. Unamuno se limitó a comentar: “La obra de un loco”, mientras que Gaudí, mostraba idéntico desdén por su interlocutor: “No agrada a cap castellà” (No gusta a ningún castellano). 

Lo cierto es que, durante la dictadura de Primo de Rivera, el regionalismo ya había generado una “oposición de izquierdas”. La figura de Macià había irrumpido en 1922 con Estat Catalá. Al año siguiente se exilió en París. ¿Permaneció Gaudí en las mismas posiciones que el regionalismo del Conde Güell? ¿O se decantó hacia el independentismo radical de Macià? La polémica sigue abierta.

Las razones de uno y otro bando parecen incompletas: si los independentistas frecuentemente han dicho que en la Torre Bellesguard Gaudí se mostró “abiertamente independentista”, eso es discutible. Más bien se mostró como medievalista y el hecho de que, le leyenda diga que en la zona en la que se construyó el chalé estuvo la residencia de Martín I el Humano, y aunque sea cierto que introdujo en la construcción símbolos catalanistas y cristianos, es excesivo atribuirle en esa época una vocación “independentista”, cuando más bien es, como máximo, una muestra de adhesión a la “identidad catalana católica” propia del regionalismo.

La leyenda del “Gaudí separatista” fue cultivada, en primer lugar, por la prensa lerrouxista. En realidad, tras su período juvenil donde apareció en lugares anarquizantes y masónicos, durante su madurez estuvo próximo a las tesis catalanistas de Prat de la Riba y del propio Eusebio Güell. Al morir éste en 1918 y cesar la colaboración entre ambos, más o menos, en 1914 (fin del Park Güell y paralización de las obras de la Cripta de la Colonia Güell), ¿se adhirió Gaudí a las ideas y al entorno de Macià? No está demostrado, pero sí es cierto que albergó durante toda su vida resentimientos hacia “Madrid” y desprecio hacia todo lo que no fuera “tradición catalana”.

11. UN ABUELO CON MUY MAL GENIO

Algunos datos biográficos sobre Gaudí, especialmente a partir de 1910, nos lo muestran como una especie de “abuelo Cebolleta” con muy mal genio y poca tolerancia hacia las críticas. Cuatro años después, en 1914, se dedicó -por las razones que ya hemos comentado- exclusivamente a las obras de la Sagrada Familia. En esos años murieron varios familiares y amigos muy próximos. Uno de los biógrafos de Gaudí (Van Hensbergen) explica que en 1911 se le diagnosticó brucelosis, uno de cuyos síntomas son los cambios bruscos de humor, los accesos de cólera, el agotamiento físico, etc. La brucelosis es lo que ha permitido explicar algunos de los comportamientos y exabruptos del arquitecto. A esto se unían dos elementos que Gaudí practicó en su madurez: ciertas formas de ascetismo católico (ayunos prolongados) y las costumbres dietéticas y recomendaciones higiénicas del abate Sebastián Kneipp (vinculadas con la hidroterapia y a la kinesioterapia). Sea como fuere, Gaudí entre 1910 y 1911 sufrió dos graves dolencias: brucelosis y depresión severa.


El abate Sebastián Kneipp fundador de la hidroterapia y cuyos curiosos consejos higiénicos y nutricionales seguía Gaudí al pie de la letra

Sus amigos le indujeron a que se restableciera en Vich. Fue invitado por al domicilio señorial de Doña Concepción Vila. Pero aquel ambiente le disgustó aún más: consideraba que incitaba al hedonismo y, al parecer, durmió en el suelo. Cuando algún solícito viguetano se ofrecía a conducirle por los recorridos artísticos de las inmediaciones, el paseo solía ser difícil. El arquitecto no apreciaba lo que veía: “No es arte verdadero, sólo copias de obras mediterráneas”. Aprovechaba para denostar a Van Eyck o Rembrandt a los que calificaba, de manera excesiva, como “artistas de comedor burgués, decoradores de tercer orden”. Joaquín Vilaplana, familiar de la anfitriona debió de sufrir el carácter difícil que mostraba Gaudí en ese momento. Posteriormente dijo que “le dio la impresión de que Gaudí poseía una gran cantidad de conocimientos, pero que prefería aparecer como un snob de la humildad y la pobreza”. Las tres semanas que estuvo en Vich no sirvieron de gran cosa, tan sólo para que diseñara unas farolas muy criticadas que fueron, finalmente, derribadas en 1924; duraron, pues, trece años.

Al año siguiente, en la primavera de 1911, su médico, el doctor Santaló, le diagnosticó la fiebre aftosa (o fiebre de Malta). Lo llevó a Puigcerdá y se alojaron en el Hotel Europa. Al salir de estas crisis se orienta cada vez más hacia el catolicismo y hacia las recomendaciones dietéticas del abate Kneipp.

Foto tomada en Montserrat en 1904:
el doctor Santaló en primer plano a la derecha, con el padre de Gaudí detrás y a la derecha la sobrina del arquitecto, que figura con sombrero detrás de su padre. Santaló acompañaría a Gaudí en Puigcerdá para restablecerse de un proceso depresivo

Esto le lleva, no solamente a renunciar al tabaco (como mínimo hasta 1904 Gaudí fue un empedernido fumador de puros) sino a mostrarse intolerante con quien fumara cigarrillos: “¡Tire el cigarro!”, solía ordenar imperativamente a sus colaboradores, argumentando: “Dios no hizo las narices para que echaran humo como una chimenea”. El pintor castellonense Joan Porcar explicó la anécdota de que, en cierta ocasión, Gaudí hablaba sobre el Escorial en términos poco elogiosos; Porcar no le hacía mucho caso y seguía fumando; esto sacó a Gaudí de sus casillas: “Es un cigarrillo lo que perderá a los valencianos”, y Porcar añade: “Desde aquel día me tuvo cierta manía”. Porcar, intentando mejorar la relación y aprovechando que se encontró al arquitecto acompañado por el escultor Matamala en una parada de autobús, les pagó el billete. Los dos artistas ni siquiera le saludaron y mucho menos se dignaron hablar con él. Al día siguiente, para fatalidad de Porcar, se volvió a encontrar a Gaudí y lamentó el cáncer de Matamala a causa del cual le extirparon la nariz. Gaudí literalmente le dijo “Fot el camp”.


El pintor Juan Bautista Porcar, en su juventud, supo que fumar un simple cigarrillo suponía que Gaudí lo excluía de toda cortesía y saludo...

No puede decirse que estos comportamientos fueran, precisamente, los propios de un aspirante a la beatitud.

12. LOS FLECOS NO EXPLICADOS DEL “MISTERIO GAUDÍ”

Los últimos libros y artículos publicados en torno a la figura de Antoni Gaudí van en la dirección requerida por el Ayuntamiento de Barcelona para contribuir a la promoción turística de la ciudad. Todos ellos repiten lo ya dicho en las biografías clónicas, o bien, intentan no complicarse la vida, eludiendo los aspectos problemáticos de su biografía. Y, por supuesto, cuando aluden a la destrucción de las maquetas y de los documentos de Gaudí en la Sagrada Familia en julio de 1936, hacen equilibrios para evitar por todos los medios mencionar a sus autores…

Por otra parte, estas biografías también evitar mencionar que entre 1870 y 1882, como ya hemos dicho, prácticamente todos los pedidos, relaciones, amistades y proyectos del arquitecto estuvieron, de cerca o de muy cerca, vinculados al ambiente masónico barcelonés (y, concretamente, a la masonería disidente fundada por Rosendo Arús i Arderiu). Procuran evitar también explicar los “tránsitos” gaudinianos hacia el catolicismo y jamás han aclarado fehacientemente las convicciones políticas del arquitecto y su evolución. En cuanto al simbolismo que utilizó han procurado reducirlo al marco cristiano, atribuyendo a otros y a restauraciones posteriores, lo que no entraba en esa definición.

Es muy triste que un artista termine siendo una especie de comodín para justificar cualquier cosa. Para el entorno de gaudinianos de estricta observancia lo esencial es mostrar a un Gaudí como genial innovador de la arquitectura y católico en grado heroico merecedor de la santidad. Para el ayuntamiento, es simplemente un reclamo turístico. Y más que Gaudí, algunas de sus obras. Cualquier cosa para atraer turistas a los edificios construidos por Gaudí, mientras la ciudad gentrificada se va deshaciendo de sus ciudadanos y convirtiéndose en un entorno cada vez más hostil y peligroso.

Pero, siguen existiendo algunos “misterios” en torno al personaje y a su obra.

Entre otros, hay tres puntos en los monumentos gaudinianos que está unidos por un rasgo común: al unir los tres se forma un triángulo rectángulo de catetos iguales: estos puntos son, la peana del monumento a Buenaventura Carles Aribau situado en el parque de la Ciudadela realizado cuando trabajaba en el estudio de arquitectura de los hermanos Fontseré, el calvario del Park Güell y la verja del dragón Ladón en Pedralbes. Lo más perturbador de estos tres monumentos es que, en dos de ellos, encontramos símbolos masónicos (el cubo y la piedra cúbica puntiaguda) y, concretamente la forma original del calvario del Park Güell que conocemos gracias a una fotografía al haber sido destruido en las primeras semanas de la Guerra Civil por los esbirros del Frente Popular, no vemos tres cruces convencionales, sino la cruz de las tres dimensiones del espacio (de origen masónico) y en la que cada una de las cruces apunta en dos direcciones distintas, norte-sur, este-oeste, con la particularidad de que la tercera (desfigurada en la reconstrucción posterior a la guerra) y que debería apuntar en dirección arriba-abajo, era, originariamente, el triángulo masónico de catetos iguales

Tres obras gaudinianas dispuestas en el callejero barcelonés en forma de triángulo rectángulo de catetos iguales, orientado de Norte a Sur. En el centro, el triángulo de piedra (destruida durante la guerra civil y restaurado como se ve en la foto superior izquierda)


Para que tres puntos pudieran alinearse de esta forma en el mapa barcelonés, con un margen de muy pocos metros, se precisa algo más que una feliz casualidad, especialmente por que están distribuidos con la misma forma incluida en la tercera ¿cruz? del calvario.

Sin olvidar, por supuesto, que la cruz más habitualmente utilizada por Gaudí en todas sus construcciones, la cruz espacial, no es más que un cubo que proyecta sus caras en las tres dimensiones del espacio, algo que se ve perfectamente en la que colocó como coronación del colegio de las Teresianas en Sarriá. Las explicaciones de los gaudinianos son algo ingenuas: que si se trata del fruto del ciprés abierto, que si tiene esa forma para verse mejor en todas las direcciones, etc. Pero nada de todo esto se puede aplicar a las tres cruces del Turó de las Menas en el Park Güell, especialmente antes de ser desfiguradas por la barbarie anarquista.

Las cruces tridimensionales en el colegio de las Teresianas de Sarriá,
en cuyo núcleo muestran la "piedra cúbica" masónica de la que la cruz tridimensional es su desarrollo espacial.

Podríamos seguir, pero el límite de este artículo nos sugiere detenernos aquí. Pretendíamos solamente plantear algunas de las cuestiones que los gaudinianos no han resuelto, han ignorado o han resuelto de manera poco asumible.

13. CUANDO SUBIRACHS ENTRA EN ESCENA

Josep Maria Subirachs fue contratado para realizar las esculturas del Pórtico de la Pasión. Había sido contrario a la continuación de las obras, pero enlazar su biografía con la de Gaudí era algo que siempre le tentó. Había nacido menos de un año después de la muerte del arquitecto. Coincidí con él en varios programas de radio, invitado por Sebastia d’Arbó y, reconozco que una cosa fue la impresión que me dio al conocerlo y otra la interpretación que hice de su obra en la Sagrada Familia antes de conocerlo.

Empecemos diciendo que Subirachs me parece un escultor genial, uno de los mejores del siglo XX catalán. Y, sin duda, el que utilizaba un arsenal de símbolos más tradicionales. Aunque siempre fueran los mismos. La reiteración con la que utilizó el de la “piedra cúbica” me permitió pensar que quizás estuviera ligado a la masonería o a alguna sociedad iniciática. Fue, precisamente, un amigo miembro de la Gran Logia de España, el que me animó a que viera los trabajos que estaba realizando Subirachs en el Pórtico de la Pasión: y fue así como tuve conocimiento del “cuadrado mágico” y de otros símbolos en los que un masón podía reconocerse: el lazo de unión en la figura de Cristo en la Columna de la Pasión, una “G” bien visible en la túnica de Cristo yacente a la derecha del pórtico en el segundo nivel, la forma del Alfa y del Omega, deliberadamente representados como los símbolos de los cuatro elementos en el hermetismo clásico, una cruz de la que solamente se percibe la forma de la escuadra, el icosaedro regular de Dürero en la puerta de bronce, el laberinto en la misma puerta, etc.

  

   

Algunos de los elementos simbólicos del pastiche inorgánico colocado por Subirachs en el Pórtico de la Pasión: el cuadrado mágico, la columna de la Pasión con el nudo de la fraternidad masónica, el Alfa y el Omega estilizados con forma de los cuatro elementos alquímicos (fuego, tierra, agua y aire), la "G" masónica en el pecho de Cristo yacente, el laberinto y, finalmente, en la parte inferior derecha de la puerta de acceso al templo, el icosaedro ya utilizado por Dürer en su grabado La Melancolía.

Particularmente, el “cuadrado mágico” era perturbador: único en la historia del esoterismo, se sumara en la dirección que se sumara, siempre daba 33. Realicé un estudio simbólico, cuyo resultado reproduzco en la foto. De todo ello deduje: 1) Que Subirachs estaba familiarizado con el simbolismo tradicional, 2) Que Subirachs pertenecía a alguna “sociedad iniciática” que detentara el depósito de ese simbolismo, 3) Que si esos símbolos se habían colocado en el Pórtico de la Pasión era porque existía algún tipo de nexo simbólico-iniciático entre Gaudí y Subirachs…

Todo erróneo. Cuando conocí al escultor, en apenas cinco minutos me explicó de donde procedían todos sus símbolos: ¿La “G” en la túnica de Cristo yacente? Un pliegue de la mortaja. ¿El cuadrado mágico? Lo creó él mismo después de meditar sobre él varias semanas. ¿El alfa y el omega? Los propios del estilo lineal y con aristas que Gaudí había querido para ese pórtico. ¿La forma del nudo de la Columna de la Pasión? Un elemento decorativo, sin más. En la larga conversación que mantuve con él en un bar de la Calle Maestro Nicolau, quedó claro que Subirachs tenía conocimientos sobre simbolismo, que le llamaban mucho la atención los símbolos y las proporciones, pero que todo ello era independiente de cualquier conocimiento esotérico y de cualquier grupo iniciático, empezando por la masonería. Eran, tan solo, elementos propios de un artista moderno y de su estilo personal. Nada más. No puedo decir si mi decepción fue superior o inferior a mi sentimiento de haber, literalmente, metido la pata en el libro El misterio Gaudí y en varios artículos publicados en revistas. Subirachs, eso sí, elogió mi conocimiento sobre el simbolismo con una frase difícil traducción al castellano: “Las saps ben llargas”, me dijo. Luego me invitó a recorrer con él la Sagrada Familia cuando estuviera cerrada al público. Allí vivió -como Gaudí- mientras prosiguió su trabajo.

14. EL GRAN PROBLEMA INCONFESADO DE LA SAGRADA FAMILIA:
EL PÓRTICO PRINCIPAL

Lo cierto es que Gaudí realizó en vida una maqueta de este pórtico que solo se corresponde, hasta cierto punto, con el proyecto que, antes o después, se intentará llevar a la práctica. De los tres pórticos: el del Nacimiento es el más barroco, el de la Pasión el más espectacular, pero el principal, el de la Gloria, es el que resulta estéticamente más discutible. El proyecto originario implicaba que tendría forma de bosque de ¿cipreses?, sobre los cuales, en las copas, deberían colocarse filacterias con los fragmentos del Credo. Y a los lados, otros cuatro campanarios. El resultado final vuelve a dar la razón a Oriol Buigas y a su definición de la Sagrada Familia como “mona de Pascua”.



El Pórtico de la Gloria que completa el aspecto de "mona de Pascua" del Templo.

Estas torres tendrán en su interior campanas tubulares. El pórtico estará cubierto por las cuatro bóvedas hiperboloides inferiores de los campanarios y (copiamos de una web dedicada a este pórtico) “por un conjunto de quince linternas desiguales, con un total de veinte bóvedas. Descansará sobre veintiuna columnas. Las puertas serán cinco, una por cada nave lateral y una central triple para la nave principal que, como los otros pórticos estarán dedicados a las virtudes teologales, fe, esperanza y caridad”. Y sigue: “El elemento más espectacular del conjunto, serán unas construcciones en forma de nubes que subirán por los cuatro campanarios siguiendo las linternas y que llevarán escrito en caracteres de enorme dimensión el Credo Credo in unum Deum Patrem Omnipotentem, creatorem coeli et terrae. Estas nubes rodearán una imagen de Dios, etc, etc, etc”.

 

 
  

La maqueta originaria del Pórtico de la Gloria y las interpretaciones más fieles a los deseos de Gaudí que han sido atemperados por el equipo técnico actual de la Sagrada Familia

Gaudí parece haber tenido en cuenta el “programa iconográfico” de algunas catedrales medievales, con imágenes del Antiguo y del Nuevo Testamento en la decoración de los capitales, los tapices, las imágenes sagradas, etc. Esto era necesario y comprensible en aquellos tiempos lejanos en donde no existía la imprenta y el único medio de transmitir imágenes sagradas y de instruir a la población sobre los valores, dogmas y personajes del catolicismo era mediante la iconografía. Pero ese tiempo ha pasado: a la imprenta, se han unido la radio, la televisión, internet… Hoy una concepción iconográfica medievalista implica que un templo quedaría -como es el caso de la Sagrada Familia- excepcionalmente recargado; como ocurre en el Pórtico del Nacimiento, donde los visitantes quedan sin saber dónde mirar, ni percibir la totalidad de los símbolos y personajes allí representados, o como ocurre en el Pórtico de la Pasión tratando de interpretar símbolos y personajes muy oscuros por lo demás.

En lugar de la Gloria y la Majestuosidad que debería transmitir el Pórtico principal, volvemos a ver un efecto estético muy cuestionable y un intento nuevamente frustrado de imitación de la naturaleza, agravado por las filacterias (a veces representadas en formas de nubes) y recargado por las torres y sus campanas tubulares (sobre estas, Gaudi dejó algunas notas; recuerdo, por ejemplo, haber leído que cada uno de los campanarios debería tener una campana con una nota diferente de la escala musical; al estar los campanarios abiertos con numerosos orificios, el aire, al pasar por ellos, debería componer una “música celestial”; podemos imaginar lo que representaría para el barrio el oír permanentemente esa música y entendemos perfectamente por qué no se han colocado esas campanas en el interior de las torres. También he leído que el proyecto gaudiniano original debería albergar 84 campanas tubulares de bronce a modo de gran carillón, cada una de las cuales sería que cubre todas las notas de un piano. Estas campanas se colocarán en el interior de los 12 campanarios. En fin, un proyecto “kolosal”, pero también arriesgado, difícil de ejecutar e, incluso, molesto y de resultado dudoso (el muy pequeño carillón instalado en el interior de la Cripta de la Colonia Güell, no pasa de ser un juego infantil).

 

15. AUTOCRÍTICA Y CONCLUSIÓN

Mi padre era gaudiniano y yo visité por primera vez de su mano las obras de la Sagrada Familia en los años 50. Desde entonces me ha interesado la obra de Gaudí, aunque disto mucho de ser un “experto”. Simplemente, en algunos escritos me he limitado a dar mi opinión y a realizar algunas observaciones sobre su vida y su obra. Si me he podido equivocar ha sido por la premura con la que suelo escribir y pido perdón por ello.

Me gusta la arquitectura, pero no he estudiado arquitectura. La obra de Gaudí, desde aquella primera visita con mi padre a la Sagrada Familia, me ha sorprendido, pero no puedo decir que me haya gustado. En estas líneas creo haber presentado un criterio de objetividad presente en la Catedral de Barcelona y en Notre Dame de París: la “divina proporción” o “proporción áurea”. Allí donde está presente, sea un monumento, una máquina o un rostro, allí puede decirse que, objetivamente, “hay belleza”. En función de este criterio, puedo decir que en la obra de Gaudí hay más excentricidad que “originalidad” (si por originalidad endentemos lo que se remonta a los “orígenes”).

Ya he dicho que la personalidad de Gaudí me parece provista de un “titanismo” que, como siempre, tiene el fracaso al final del camino. Y Gaudí fracasó:

- su templo expiatorio iniciado en la Barcelona católica, se consumará cuando el islam sea la religión más seguida en la ciudad;

- su templo no servirá para expiar los pecados de un pueblo que ha dejado de creer en los valores cristianos, sino para servir a la promoción turística de la ciudad.

- Gaudí fracasó en su intento de superar la arquitectura gótica.

- Fracasó en su intento de “imitar la naturaleza”.

- La “moda gaudiniana” atrajo solo durante unas décadas a la burguesía catalana, pero fracasó desde el momento en que se impuso el novecentismo.

- Su vida fue estéril: no dejó detrás, ni hijos, ni siquiera discípulos. Los que intentaron imitar su estilo (Jujol, en concreto), no lograron consolidar una escuela y sus resultados fueron más bien discretos, sino tristes.

Hoy, incluso, podemos pensar que su proceso de beatificación es un recurso más para reforzar el atractivo turístico de Barcelona, algo en lo que coinciden gaudinianos ortodoxos y administradores municipales. Ya hemos visto que vivió el catolicismo de una manera extrema, pero no logró superar sus accesos de ira, sus enfados propios de viejos cascarrabias y sus actitudes despreciativas, impropias de la santidad. Pero, bueno, justo es decir que en las últimas décadas se ha santificado a personajes que tenían todavía menos méritos que Gaudí…