domingo, 10 de mayo de 2026
jueves, 7 de mayo de 2026
Si todos los problemas fueran tan fáciles de resolver como el de la vivienda… (5 de 5) – Cinco soluciones sencillas
6. Cinco soluciones radicales a un problema grave para el futuro
de España
El problema de la vivienda tiene solución. Incluso es una solución
sencilla que no puede desvincularse de otros problemas que afronta en estos
momentos nuestro país. El que nos haya seguido hasta aquí, habrá intuido por sí
mismo, las soluciones al problema. Podemos identificar, como mínimo, cinco:
PRIMERA SOLUCIÓN: REMIGRACIÓN
Empecemos por el “factor social”. Si se construyen menos viviendas
de las que implica aumentar cada año la población en 300—400.000 personas, la primera
solución que cae por su propio peso es : remigración. Vienen más de los que
el mercado laboral puede acoger y, para colmo, vienen sin ningún tipo de preparación.
Si bien su mero peso muerto hace aumentar el PIB año tras año, igualmente, al ser
completamente improductivos y, más que eso, auténticos lastres para la
economía, el PIB per cápita, va disminuyendo. En bruto: sobran entre cinco y
siete millones de inmigrantes. O, dicho de otra manera: además del cierre de
fronteras a la inmigración ilegal (“llegas ilegalmente, te deportamos
rápidamente”), se impone el retorno de inmigrantes improductivos, en paro, y
cuyo balance final entre “aportaciones por trabajo” y “recepción de subsidios”
sea negativo para la economía nacional. Por supuesto, remigración de delincuentes,
tras cumplir pena de prisión: retirada de nacionalidad, si es que la han
obtenido, y repatriación y automática tras cumplir una pena. Estas medidas
contribuirían a reducir el fenómeno de la okupación, dar garantías a los
propietarios para animarlos a lanzar sus viviendas al mercado de alquiler y,
simplemente, aumentar la oferta de vivienda, con lo que el precio de la venta y
el alquiler bajaría, especialmente en las “zonas tensionadas”. Por otra
parte, si alguien se sorprende de la consigna “españoles primero”, debería
tomar cursos de lógica y viajar por el mundo. Especialmente, si recordamos que
nuestro país, hoy, es el producto del trabajo de las generaciones que nos
precedieron: es de lógica, pero también de justicia, que alguien recién
llegado, ilegalmente o nacionalizado al cabo de unos años, tenga los mismos
derechos que la población cuyos padres y demás antepasados han contribuido a la
construcción del país.
SEGUNDA SOLUCIÓN: REDUCCIÓN DE LOS IMPUESTOS
El Estado y sus múltiples escalones burocráticos son responsables
de buena parte del aumento del precio de la vivienda. Y es el “factor económico” sobre el que se puede operar
fácilmente. La reducción de la inmigración parasitaria generará un ahorro en
subvenciones y subsidios que permitiría bajadas drásticas de impuestos.
Obviamente, si estas medidas fueran acompañadas de otros tendentes al ahorro en
el gasto público (especialmente, reducción de los escalones administrativos, en
gastos inútiles y en subsidios a entidades privadas -sindicatos, partidos,
ongs- que, en tanto que, privadas, deben vivir de sus cuotas o de los fondos
que ellos mismos recauden), debería permitir la reducción de los impuestos
que implica la vivienda y su compra, entre el 50y el 70%. Esto, por otra
parte, animaría la inversión privada a retornar al sector de la construcción de
vivienda pública y, como siempre que se ha hecho, dinamizaría la economía. Hoy
sabemos que las políticas “socialistas” a lo Robin Hood en el mejor de los
casos (robar a los ricos para dárselo a los pobres… después de apartar la parte
de la banda de ladrones) siempre implican la fuga de capitales, la falta de inversión
y, en definitiva, etapas de languidez económica y aumento de la deuda pública.
Empobrecimiento, en una palabra.
TERCERA SOLUCIÓN: COMPROMISO DE LOS AYUNTAMIENTOS Y SIMPLIFICACIÓN
DE LA ADMON.
La burocracia debe racionalizarse al máximo. Lo cual es posible
con los actuales avances de la informática y de la Inteligencia Artificial. Los
partidos políticos se han convertido en verdaderas agencias de colocación de
sus miembros en cargos administrativos que solamente deberían ofertarse por
oposición libre. Hay más funcionarios de los
necesarios, más niveles de administración de los que requiere la buena gestión
(en Cataluña, además de la administración del Estado, de las Diputaciones
Provinciales, de la administración autonómica -que quiere reproducir como
fotocopia reducida la del Estado- y la administración municipal… para colmo,
existen los “consejos comarcales” a los que se han atribuido funciones de muy
escasa envergadura que cualquier otro nivel administrativo habría podido asumir.
No es raro que Cataluña sea el líder en el Estado de pago de impuestos y que,
el objetivo del nacionalismo independentista, sobre todo, sea la “condonación
de la deuda pública”). Además, la administración municipal es lenta,
farragosa, cara en lo que se refiere a permisos de construcción y plazos de
aprobación de obras. Así pues, por sí mismo, se impone una reducción de la
burocracia y un aumento de su eficacia: lo que implica que los puestos
de funcionarios no pueden ser inamovibles, que todo funcionario que se
siente en un despacho público debe de haber alcanzado su puesto por
oposición, que a todo funcionario público debe exigírsele el mismo
horario que en cualquier otro puesto de trabajo y que, a fin de cuentas, se
trata de que en este terreno se racionalice la administración: menor costa y
mayor eficacia. Además, los ayuntamientos son propietarios de suelo
público. La lógica implica también que, si un ayuntamiento admite
empadronar cada año a 2.000 nuevos ciudadanos… deberá liberalizar suelo y
facilitar la construcción, como mínimo de entre un tercio y la mitad de
viviendas par albergarlos (entre 700 y 1.000 viviendas) y puede hacerlo liberalizando
suelo y reduciendo impuestos municipales.
CUARTA SOLUCIÓN: INDUSTRIALIZACIÓN DE LA CONSTRUCCIÓN
Es preciso racionalizar los procesos constructivos al máximo,
introduciendo nuevas técnicas de construcción.
Los actuales son lentos, exigen mucho personal cualificado, los costes de
material son imposibles de detener en tanto que dependen de múltiples factores
internacionales. Pero lo que si se puede tender es a la reducción de los
tiempos de construcción y estos implica tender a las construcciones modulares,
a los prefabricados, a la construcción industrial. Y esto es posible,
especialmente en la construcción de viviendas, en un momento en el que escasea
el personal cualificado y estamos en vísperas de la revolución de la robótica
que, antes o después, penetrará en el sector. Así pues, el aumento en el
precio de los materiales, podría compensarse suficientemente con un aumento
paralelo de la automatización y la industrialización: la construcción de módulos
en talleres no particularmente grandes, fabricados en serie, que luego pueden
instalarse como piezas de un “lego” gigantesco, contribuiría a racionalizar las
obras, evitar que unos días no se pudiera trabajar a causa del tiempo, que se
produjeran la mayor parte de accidentes laborales, o que las viviendas construidas
por operarios de poca o nula experiencia y con materiales deficientes, mermaran
la calidad de las viviendas.
QUINTA SOLUCIÓN: ELIMINACIÓN DE LOS “PISOS TURÍSTICOS”
Las aplicaciones que tienden al alquiler de viviendas turísticas,
simplemente, deberían cerrar. Sin excepción. El
sistema anterior de contratación resultaba mucho más equilibrado para evitar
los procesos de gentrificación en el centro de las grandes ciudades. Por lo
demás, las empresas que se dedican a ese tipo de negocio quedarían forzadas
a convertirse en empresas de hostelería convencionales, lo que aumentaría los
volúmenes de contratación de personal y las plazas hoteleras, sin competencia
desleal. En cuanto a los particulares que desearan alquilar habitaciones,
especialmente para estudiantes o trabajadores de paso, simplemente deberían de
darse de alta en webs gestionadas por los ayuntamientos. Esta medida, además
de contribuir al negocio hotelero y hostelero, generaría puestos de trabajo y, obligaría
a particulares y a propietarios, o bien a vender sus pisos o bien a situarlos
en el mercado de la vivienda convencional, lo que, unido a las medidas
anteriores, contribuiría a restablecer la normalidad del sector e, incluso, a
rebajar los precios de la vivienda de propiedad y de alquiler al aumentar
drásticamente la oferta.
* * *
Creemos que estas cinco medidas están al alcance de un gobierno
dispuesto a solucionar los problemas generados por la vivienda. La izquierda ha
planteado este objetivo tomando como señuelos de sus ataques, a elementos muy
secundarios y que no dependen más que de la coyuntura (como los ataques a la
banca cuyos tipos de interés no los fijan ellos, sino el Banco Central
Europeo). Los propios bancos han extraído lecciones de la crisis de las
subprime y no están dispuestos a dar hipotecas por el 120% como hace 20 años.
Por lo demás, la situación económica del país no permitiría un segundo rescate
a la banca como el que realizo Zapatero durante la crisis.
Ninguna de estas medidas es contraproducente para la economía
nacional. La remigración masiva solamente generaría una bajada del PIB, pero
contribuiría también a que el precio de la vivienda de propiedad y de alquiler,
se abaratara. No sería preciso construir tantas viviendas, porque la población
del país se habría estabilizado y, a partir de ese momento, si sería ocasión de
ofrecer incentivos fiscales a las nuevas parejas que desearan tener hijos. Por
otra parte, aunque disminuyera el PIB, el PIB per cápita aumentaría.
Vale la pena meditar sobre el alcance de estas cinco medidas que,
indudablemente, no podrían ser implantadas aisladamente, sino como aspectos
integrados dentro de un programa de recuperación identitaria y de regeneración económico-social
y promovido por un verdadero gobierno de “salvación nacional”.

Si todos los problemas fueran tan fáciles de resolver como el de la vivienda… (4 de 5) – La construcción ¿buen o mal negocio?
5. La construcción: un negocio de escaso “valor añadido”
La idea según la cual los “constructores” se dedican a una actividad
particularmente lucrativa y construyen el principal factor desencadenante de
los ascensos en el precio de la vivienda, era cierto en el pasado… pero ya no
lo es. La mala fama de los “constructores” ha sido sustituida hoy por la
voracidad de las diferentes administraciones del Estado que se llevan uno de
cada cuatro euros del precio de la vivienda…
Desde siempre, la construcción ha presentado niveles de productividad y valor
añadido inferiores a los de otros sectores como la industria manufacturera o
los servicios tecnológicos. A
nivel mundial, la productividad en la construcción ha crecido apenas una cuarta
parte de lo que lo ha hecho la industria manufacturera en las últimas décadas y,
al menos en España, apenas se han registrado avances tecnológicos en el sector.
A diferencia de las empresas dedicadas a la “obra pública”, concentradas en
pocas grandes empresas con contratos desmesurados y uno de los principales
factores de corrupción y cobro de comisiones ilegales, las empresas que
construyen viviendas son mayoritariamente pequeñas empresas y autónomos, frecuentemente
bajo la forma de “sociedades limitadas”, lo que dificulta las economías de
escala y la inversión en I+D. Los beneficios netos suelen oscilar entre el 5%
y el 10%. En España, por ejemplo, construir vivienda es un 12,5% menos rentable
que en el resto de Europa debido a costes crecientes y carga fiscal.
La tendencia de los sectores más avanzados del
sector es a la “construcción industrial”, módulos prefabricados que se arman
como un “lego” en el emplazamiento de la obra. Esto, apenas se hace en España, en donde existe muy poco personal que
conozca estas técnicas que están penetrando muy lentamente y de forma
absolutamente minoritaria. España sigue siendo el país en donde un albañil “espabilado”
decide trabajar por su cuenta en lugar de para un patrón. Incluso en estos
tiempos, más que a la construcción de nuevos edificios, este albañil suele
dedicarse a “reformas”.
A pesar de su escaso valor añadido y de la nula
penetración de las nuevas tecnologías (salvo en el estadio del diseño), el
valor indirecto del sector de la construcción es importante para la
economía nacional al movilizar a la industria de materiales, servicios
financieros, arquitectura e ingeniería. Globalmente, representa en estos
momentos en España entre el 5,3% - 5,7% del PIB. Es también un motor fundamental de ocupación,
con más de 1,4 millones de afiliados en España en 2024-2025.
Ahora bien, en el sector de la construcción
estamos lejos de los salarios que cobraban peones y oficiales albañiles o
yeseros a principios durante la primera década del milenio y que indujo a una
parte de nuestra juventud a abandonar los estudios y dedicarse a la
construcción. Aunque los salarios actuales pueden parecer mayores en cifra
absoluta, no han crecido al mismo ritmo que la inflación y el coste de vida, lo
que se traduce en una pérdida de poder adquisitivo. Para hacerse una idea del
desastre salarial del sector, estos simples datos bastan: en 2007 un oficial
de 1ª cobraba mensualmente entre 2.000 y 3.000 euros, en 2.026, apenas cobra
entre 1.800 y 2.100 euros, mientras que un peón en 2007 percibía entre 1.200 y
1.500 euros y actualmente entre 1.100 y 1.300. Y esto sin contar la
inflación acumulada que en España entre enero de 2007 y mayo de 2026 es de
aproximadamente un 48%... En otras palabras, lo que en 2007 costaba 1.000 €,
hoy requiere unos 1.480 € para mantener el mismo poder adquisitivo.
Esto explica, por sí mismo, dos fenómenos que
están protagonizando el sector de la construcción en estos momentos: por una parte, los salarios no han subido lo
suficiente para atraer a los jóvenes españoles, quienes prefieren otros
sectores con condiciones laborales menos penosas por sueldos similares; por
otra, la inmigración masiva se ha incorporado al sector de la construcción
(hoy, uno de cada cuatro trabajadores es extranjero, pero, en realidad, a
esto hay que sumar los extranjeros que han obtenido nacionalidad española, con
lo que estamos en torno a 50% de trabajadores españoles y 50% de origen
extranjero), con un fenómeno nuevo e inédito: un altísimo nivel, récor
histórico, de absentismo laboral.
En efecto, el absentismo en el sector de la
construcción en España alcanzó en 2025 su máximo histórico, situándose en el 6,2%
de las horas pactadas. Aunque tradicionalmente ha sido el sector con menor
absentismo en comparación con la industria o los servicios, la tasa ha crecido
de forma alarmante, duplicándose en la última década. Lamentablemente, para los
que explican que la inmigración es la solución a todos los problemas, un
análisis superficial indica que el único elemento nuevo que ha aparecido en
la ecuación en los últimos diez años, ha sido la incorporación masiva de
inmigrantes al sector. Cada trabajador del sector perdió una media
de 113 horas anuales (unas 14 jornadas completas o casi tres semanas de
trabajo). Se estima que, en la práctica, por cada 16 trabajadores
contratados, solo 15 están trabajando de forma efectiva. Las bajas por
enfermedad común o accidente concentran el 72% del crecimiento del
absentismo desde 2018. Desde hace dos décadas, es habitual que marroquíes con
alguna dolencia de espalda, entren a trabajar en una empresa de construcción y
al poco tiempo acudan al médico para gestionar una “incapacidad laboral” que
les da derecho a percibir una pensión. Por otra parte, han aumentado las bajas “psiquiátricas”
muy difíciles de determinar si son auténticas o meras excusas para realizar “chapuzas”
o “ñapas” para vecinos, amigos o familiares. Si tenemos en cuenta que las
cifras que hemos presentado han sido dadas por el ministerio de trabajo y que
éste tiende siempre a enmascarar los datos reales (se estima que el paro real
en España, por ejemplo, es casi el doble del admitido oficialmente), es posible
que todas estas cifras sean mucho más dramáticas aún.
Según la Confederación Nacional de la Construcción
(CNC), el absentismo tiene para las empresas un coste superior a los 3.500
millones de euros anuales, lo que equivale al 1,7% de las ventas totales
del sector.
En 2025, el número de trabajadores extranjeros
en el régimen general de la construcción se sitúa en torno a los 243.480
afiliados. Oficialmente, representan el 23,2% de todos los empleados
inscritos en el sector. Los colectivos más numerosos en el sistema de Seguridad
Social (incluyendo otros sectores) proceden de Marruecos, Rumanía, Colombia
y Venezuela. El 88,6% de los trabajadores extranjeros en España ya
cuenta con un contrato indefinido, una tasa ligeramente superior incluso
a la de los trabajadores nacionales (88,4%), siempre según cifras oficiales.
En las obras del Estadio del Barcelona (verdadero “parto
de los montes” que arrancó en 2023 y todavía distan mucho de haber concluido,
funcionando el estadio en el momento de escribir estas líneas al 60% de su
capacidad total), buena parte del impresionante retraso se ha debido a
conflictos laborales y altercados violentos entre grupos nacionales de
trabajadores inmigrantes: octubre de 2024, pelea multitudinaria en la que
participaron entre 20 y 30 operarios de nacionalidad albanesa y rumana; el
enfrentamiento incluyó el uso de palos y barras y se saldó con seis heridos
leves; mayo de 2024: altercado previo fuera del recinto, en la calle Arístides
Maillol, que terminó con dos heridos y cuatro detenidos; la mayoría de los
involucrados en las peleas pertenecían a empresas subcontratadas externas y
residían temporalmente en hoteles de Calella. El FC Barcelona ha instado a la
constructora principal, la turca Limak, a extremar la seguridad y el control de
estas subcontratas tras repetirse estos episodios.
El sector de la construcción será, aparentemente,
uno de los más beneficiados por el proceso de regularización extraordinaria
de 2026, ya que permite formalizar la situación de miles de personas que ya
trabajaban de forma irregular, ayudando a cubrir las vacantes que las empresas
no logran llenar con personal local… eso, al menos, es lo que dice la
publicidad oficialista. Pero la realidad es muy diferente: la inmensa mayoría
de los inmigrantes que han llegado a España desde principios del milenio
carecían por completo de formación laboral. La han ido adquiriendo a lo largo
de su estancia en España y, por lo demás, un buen albañil o un buen peón, no
nacen de la concesión de los papeles de regularización, sino de su experiencia
previa en el sector. De lo contrario, en una obra resulta extremadamente
peligroso contratar a personal sin conocimientos expresos y prácticos en una
obra. Incluso en los sectores en los que el trabajo es más simple
(albañiles “en seco” o pladuristas), hace falta experiencia y “rodaje” para
poder efectuar correctamente el trabajo. Además, por supuesto, de conocer bien
el idioma… lo que no es el caso de la inmensa mayoría de los que se acogerán a
la regularización que carecen de lo uno y de lo otro. Así pues, nos
atrevemos a prever que la “regularización” masiva, lejos de resolver el
problema de la construcción terminará agravándolo aún más.
Luego, está la subida en el precio de los
materiales de construcción (un 5,46% en el último año). Cemento y hormigón,
son los materiales que más presión mantienen debido a los costes energéticos de
su fabricación. El cemento ha acumulado subidas de hasta el 45% en los últimos
cinco años y se prevé un alza adicional del 2% al 5% en 2026. Muy afectados por
la transición energética (demanda de cables y perfiles solares), tendrán un incremento
de entre el 5% y el 8% para este año. La cerámica y los revestimientos siguen a
un alza del 12% debido al encarecimiento del gas necesario para los hornos.
Es cierto que el precio de los materiales de
construcción es el rubro menor en el sector de la construcción, pero estas
alzas tienen su incidencia en el precio final de la vivienda. Con todo, el Estado y sus distintos y múltiples
niveles administrativos, constituyen uno de los primeros factores de
encarecimiento de la vivienda. Los ayuntamientos dependen mucho de la
construcción para financiarse, por lo que rara vez bajan sus tasas. Por ejemplo,
la mayoría de ayuntamientos aplican el impuesto máximo legal permitido (4%
sobre el coste de la obra). Aunque algunos municipios bajan el tipo para
incentivar reformas, la tendencia general es mantenerlo alto para compensar
otros gastos. Las tasas por tramitación de licencias y ocupación de vía pública
(vallas, andamios) suelen actualizarse anualmente con el IPC, lo que supone una
subida constante en términos nominales.
Las 17 taifas autonómicas no suelen cobrar
impuestos directos a la constructora como entidad, pero sí afectan a su negocio
a través de impuestos que gravan la compra de suelo y las escrituras. Algunas
comunidades ofrecen tipos reducidos para viviendas protegidas o para jóvenes,
lo que ayuda a la constructora a vender, pero los tipos generales se mantienen
estables o suben ligeramente para financiar servicios públicos (y/o el pago de
comisiones y corruptelas generalizadas). Los cánones de saneamiento y
residuos han subido en casi todas las comunidades para cumplir con las nuevas
normativas medioambientales europeas sobre gestión de escombros…
Las cotizaciones a la Seguridad Social y las
aportaciones obligatorias al nuevo Plan de Pensiones del Sector de la
Construcción han incrementado el coste real por trabajador para la empresa,
lo que funciona como un "impuesto indirecto" a la actividad.
Para una empresa que cubra todo el ciclo (compra
de suelo, gestión de la promoción y construcción propia), el beneficio neto
promedio suele oscilar entre el 10% y el 15% sobre el valor total de la
inversión (Ventas), aunque este margen se ha estrechado en los últimos dos años,
mientras que los riesgos han ido en aumento. Ahora bien, es fundamental distinguir entre el beneficio de “construir” y
el de “promover”, ya que son riesgos y rentabilidades muy distintos: la
constructora tiene un margen neto muy ajustado: entre el 2% y el 5% y un riesgo
alto debido a que cualquier subida inesperada en el precio de los materiales o
retraso en la obra puede “comerse” todo el beneficio. Como vimos antes, con
costes subiendo al 5,4%, muchas constructoras trabajan hoy al límite de la
rentabilidad. Si la empresa compra el suelo y gestiona el proyecto su margen
neto es mayor: entre el 12% al 18%, pero con un alto nivel de riesgo financiero
y comercial si la obra no se vente o el suelo se deprecia por cualquier motivo.
Al haber subido los tipos de interés también se ha elevado la “carga financiera”
(pedir dinero al banco para construir sea mucho más caro que durante la década
pasada). Además del salario de los trabajadores, las empresas pagan
aproximadamente un 33-35% adicional sobre el salario bruto de cada albañil u
oficial en concepto de Seguridad Social. Si un oficial cuesta 2.500 € al mes a
la empresa, unos 800 € van directos al Estado antes de que el trabajador vea su
nómina.
En cuanto a las “promotoras-constructoras”, en las
que una misma empresa lo hace todo, el beneficio medio se desglosa
aproximadamente en una vivienda de precio de mercado:
- Coste del Suelo: 20-25% del precio final.
- Coste de Construcción (PEM + Beneficio Industrial): 45-50%.
- Gastos (Licencias, financiación, marketing): 10-15%.
- Beneficio antes de impuestos (Margen del promotor): 10-15%.
En una promoción inmobiliaria estándar en España,
la suma de todos los impuestos suele representar entre el 20% y el 25% del
precio final de la vivienda. Una
vez que la empresa descuenta todos sus costes (suelo, materiales, sueldos) y
obtiene su beneficio neto, debe pagar una cuarta parte de sus beneficios al
Estado: Si la empresa gana 100.000 € limpios, el Estado se queda con 23.000
€ - 25.000 €. En las ventas de viviendas, se suma el 10% del precio de
venta que paga el comprador, pero recauda el Estado. En locales o garajes
independientes, sube al 21%. A lo que hay que sumar entre el 0,5% y el 1,5%
(según taifa) por las escrituras de obra nueva y división horizontal. Luego
está el “Impuesto de Construcción” que supone el 4% sobre el coste real de la
obra (el presupuesto de ejecución material) que va directo al Ayuntamiento y
las tasas municipales, licencias de obras, de primera ocupación y tasas de
gestión de residuos (aproximadamente el 1-2% del coste de construcción).
Para las empresas de la construcción, el margen es,
realmente, mucho más pequeño de lo que la imaginación popular deja entrever. El
gran beneficiario y el gran responsable de la elevación del precio de la
vivienda es el Estado y sus diferentes niveles burocrático-administrativos.
Vale la pena no olvidarlo cuando se discute sobre las responsabilidades en el
aumento del precio de la vivienda.

Si todos los problemas fueran tan fáciles de resolver como el de la vivienda… (3 de 5) – El alquiler imposible y los procesos de “gentrificación” y “turistificación”
4. La cuestión de los alquileres: la alternativa imposible.
Ahora bien, para aquellos que, por imposibilidad económica o por que
su estilo de vida implica desplazamientos y cambios de ubicación, la propiedad
de la vivienda no es una necesidad imperiosa, así que utilizaban su
alternativa: la posibilidad del alquiler. Esta posibilidad, simplemente, ha
desaparecido. Antes se alquilaba porque el precio mensual era más barato que
el pago de una hipoteca. Lo hacían especialmente los jóvenes, a la espera
de poder ahorrar lo suficiente para comprar una vivienda. O gentes que, por su
movilidad laboral o, simplemente, como opción personal, rechazaban el ser
propietarios de un piso. Pero el mercado del alquiler, simplemente es hoy prácticamente
inaccesible, hasta extremos dramáticos.
A ello han contribuido distintas causas:
1) Incompetencia gubernamental: durante
el franquismo eran frecuente los contratos de alquiler de por vida que
heredaban hijos y nietos con aumentos de precio mínimos. Pero, durante la
transición, la inflación se aproximó en algunos momentos hasta el 30%,
obligando a los “Pactos de la Moncloa” para frenar su impacto, con lo cual se
produjo un desfase entre los alquileres de “renta antigua” y la realidad
económico-social: los beneficiarios de estos alquileres pagaban rentas
ridículas y, los propietarios, buscaban “quitárselos de encima”, algo imposible
a la vista de las leyes proteccionistas dictadas por el franquismo.
En 1985, con los socialistas en el poder, la Ley Boyer (Real Decreto-Ley 2/1985) marcó un
cambio de paradigma en el mercado inmobiliario español al introducir la
liberalización de los contratos de alquiler. Sus efectos principales devastadores. El efecto más radical fue la eliminación de la prórroga
forzosa para los nuevos contratos. Antes de 1985, los inquilinos tenían
derecho a prorrogar el contrato indefinidamente con los precios congelados. La
Ley Boyer establecía que la duración del contrato sería pactada libremente por las
partes. Se pasó de alquileres vitalicios a contratos con una fecha de
finalización clara, frecuentemente de un año o menos. Y si bien es cierto que
los precios, momentáneamente, se ajustaron a la realidad del mercado, con el
paso del tiempo se fueron imponiendo sus secuelas más infames.
La medida, esperaba ampliar el parque de alquiler
(muchos preferían tener pisos vacíos antes que arriesgarse a un inquilino de
por vida), pero se generó una mayor inseguridad jurídica y financiera para
los arrendatarios. Los inquilinos quedaban expuestos a subidas drásticas de
precio o a la no renovación del contrato al finalizar el plazo pactado. Esto
provocó una rotación constante de inquilinos, un encarecimiento progresivo del
acceso a la vivienda y un deterioro de las mismas viviendas. La medida, en
su conjunto, puede ser definida como “tragedia social”, no tanto por su efecto
inmediato como por sus secuelas que fueron visibles a cinco años vista.
En 1994, la Ley de Arrendamientos Urbanos (LAU) de
1994, intentó equilibrar de nuevo la balanza estableciendo plazos mínimos
obligatorios (entonces de 5 años) para dar estabilidad al inquilino… de ahí que
la “inseguridad”, en lugar de ser de un año o menos, pasara a ser quinquenal,
dándose el caso de que, en un lustro, las condiciones del mercado podían
suponer (no solo para inquilinos, sino también para comercios) una variación
radical en el precio, imposible de pagar, especialmente en las grandes ciudades.
Esta ha sido la causa de muchos fenómenos deletéreos para la sociedad ante los
que el Estado se ha visto impotente o, simplemente, ha dejado a la población al
albur de las circunstancias.
Durante el sanchismo, se han ido sucediendo medidas
cada vez más absurdas y contraproducentes para tratar de resolver los problemas
planteados. En 2023, el gobierno aprobó
la Ley de la Vivienda que debía permitir a las administraciones intervenir para
controlar los precios del alquiler. Lo esencial de esta ley es la “declaración
de zonas tensionadas”, esto es de áreas geográficas —barrio, municipio o
distrito— donde el acceso a la vivienda está en riesgo debido a que los precios
son excesivos para la población local. Para que una Comunidad Autónoma
pueda declarar una zona como tal, debe cumplirse al menos uno de estos dos
criterios: Que el coste medio de la hipoteca o el alquiler, sumado a los gastos
y suministros básicos (agua, luz, etc.), supere el 30% de los ingresos medios
de los hogares de la zona, o que el precio de compra o alquiler haya subido, en
los últimos cinco años, al menos 3 puntos porcentuales por encima del IPC
acumulado de esa comunidad. Una vez que una zona es declarada oficialmente
tensionada (por un periodo inicial de 3 años prorrogables), se aplican el tope
al alquiler para grandes tenedores (propietarios de más de 5 o 10 viviendas según
la región), para los pequeños propietarios, el precio del nuevo contrato no
puede superar la renta del contrato anterior (más la actualización anual
correspondiente), el inquilino tiene derecho a solicitar prórrogas anuales de
su contrato hasta un máximo de 3 años manteniendo las mismas condiciones, a lo
que se unen incentivos fiscales (bonificaciones en el IRPF de hasta el 90% si
rebajan el precio del alquiler un 5% respecto al contrato anterior).
Como todas las medidas demagógicas, anunciadas a
bombo y platillo por el sanchismo, la repercusión de la Ley de la Viviendo y la
declaración de “zonas tensionadas” ha sido la puntilla que ha terminado
agravando aún más el problema. Cataluña ha sido la comunidad pionera en
aplicar estas zonas. Los resultados tras el primer año muestran que se han perdido
de cerca de 60.000 unidades de alquiler habitual en Cataluña. Muchos
propietarios han retirado sus pisos del mercado, los han puesto a la venta o
los han derivado al alquiler de temporada (habitaciones, meses) para evitar la
regulación. El número de nuevos contratos de arrendamiento firmados ha caído
a mínimos históricos.
Incluso en zonas no declaradas tensionadas, la ley
ha introducido cambios que han alterado el mercado. Incluso un detalle
secundario de la ley como la prohibición de cobrar los honorarios de la
inmobiliaria al inquilino (ahora los paga el propietario), se ha traducido en
un aumento del precio inicial de la renta para compensar el gasto... El
endurecimiento de los procesos de desahucio y las prórrogas extraordinarias
para personas calificadas como “vulnerables” han generado un “miedo al impago”,
provocando que los propietarios exijan requisitos más estrictos (avales,
nóminas muy altas). En resumen: la aplicación de esta ley ha provocado un colapso
en la oferta de alquiler de larga duración, derivando el mercado hacia
modalidades no reguladas.
2) Pisos turísticos y procesos de gentrificación: tras la crisis económica de 2008-2011, apareció el fenómeno de
los “pisos turísticos” amparado en simples aplicaciones informáticas creadas
para fomentar el turismo al margen de las cadenas hoteleras. Pronto, los
propietarios de viviendas se dieron cuenta de que este modelo de negocio les
reportaba más beneficios que el simple alquiler, sin riesgos de inseguridad
jurídica. Incluso propietarios de pisos de varias habitaciones decidieron incorporarse
alquilando temporalmente una parte de su vivienda. Es un modelo flexible de
negocio que apenas comporta riesgos. Cada propietario puede aceptar o rechazar
una propuesta de alquiler a la vista del historial del aspirante y,
paralelamente, éste puede ver las condiciones reales y las opiniones de
anteriores inquilinos. Sin embargo, pronto se percibieron los factores más
indeseables de este modelo. El “legislador”, como siempre, actuó tarde,
tímidamente y mal.
En lugar de regular inmediatamente los alquileres turísticos,
inexplicablemente, esperó a que estos se hubieran generalizado e, incluso,
cuando los “grandes tenedores” de vivienda entraron en el negocio. El resultado fue que aumentó el turismo, pero empezaron a
producirse visibles cambios en las grandes ciudades: el parque de alquiler convencional
se retrajo (se gana más alquilando a turistas por una semana que mediante alquileres
sometidos a la Ley de Arrendamiento Urbano). Esto provocó una avalancha de “pisos
turísticos” cada vez más descontrolados. Además, el hecho de que el “modelo
turístico español” se base -especialmente en ciertas regiones- en “turismo de
aluvión”, o turismo low cost, joven, con muy escasa educación cívica, sin excesivo
respeto por los vecinos, ganas de juerga y alcohol barato (una lata estándar de
cerveza barata en el Reino Unido cuesta 3,16 €, mientras que en España, por ese
precio pueden comprarse 10 latas de cerveza barata en un super Dia), así
como el absoluto descontrol de las policías municipales ha generado el que la
vida tranquila se haya convertido en imposible en las zonas turísticas de las
grandes ciudades.
Las medidas de control han llegado demasiado tarde, cuando los
centros de las grandes ciudades han sido abandonados por los propietarios,
comprados por los “grandes tenedores” y convertidos en “pisos turísticos”. A partir del 1 de
julio de 2025 (es decir casi ¡¡20 años!! después de que aparecieran en
España las apps de “alquiler turístico”), es obligatorio que todas las
viviendas de este tipo (VUT) obtengan un número de registro nacional único, sin
el cual Airbnb y demás no podrán anunciar pisos sin este código verificado. Ahora,
para abrir una nueva VUT en un edificio, se requiere la autorización expresa de
la comunidad (voto favorable de 3/5 partes de propietarios y cuotas). Además,
los vecinos pueden imponer cuotas de comunidad hasta un 20% superiores para
estos pisos… Tarde, muy tarde, rematadamente tarde, porque hoy, muchos
edificios del centro de las grandes ciudades ya han sido comprados íntegramente
por los grandes tenedores y apenas quedan vecinos habituales o no queda ni uno.
En cuanto a los ayuntamientos están aplicando la “mano
dura”. Barcelona ha anunciado un plan para eliminar las licencias de los 10.000
pisos turísticos actuales para finales de 2028, convirtiéndolos de nuevo en
viviendas residenciales. Pero no hay que hacerse ilusiones: el ayuntamiento no
ha actuado en beneficio de la población, sino de las grandes empresas
hoteleras. Lo peor no es eso, sino que Barcelona vive hoy solamente del turismo
(incluso los miles de chorizos que operan en la ciudad, llegados con la
inmigración, actúan preferentemente sobre el turismo). Un descenso de los pisos
turísticos, implicará el que los edificios “colonizados” por alquileres turísticos
serán convertidos en hoteles, con lo que no variará nada en esencial; por otra
parte, el descenso temporal de plazas turísticas mermará la capacidad económica
de la ciudad, con lo que el ayuntamiento, en absoluto dispuesto a rebajar el
ritmo de obra pública y de burocracia, no tendrá inconveniente en aumentar
multas e impuestos a residentes, para garantizar su propia estabilidad
económica y la de su ayuntamiento. El propio Estado ha decidido “resolver”
la cuestión de los alquileres turísticos cobran a partir de 2025, el 21% de IVA
a los alquileres vacacionales que ofrezcan servicios propios de la hostelería
(limpieza periódica, cambio de ropa de cama, recepción).
Si el problema de los “pisos turísticos” ha
generado cambios profundos en el centro de las grandes ciudades, peor aún ha
sido la llegada masiva de inmigrantes que han colonizado los barrios más
baratos, de carácter popular que hasta hace un par de décadas estaban solamente
habitados por trabajadores y en los que, actualmente, se dan los mayores
porcentajes de inmigración masiva y descontrolada. Son también barrios
dejados de la mano de Dios en los que la policía aparece poco, o no aparece y
se da rienda suelta, sino a la actuación de los delincuentes, sí al menos a que
vivan y realicen sus “negocios” allí.
En grandísima medida este fenómeno está vinculado
a la “okupación” de viviendas favorecida, ampliada y facilitada por el gobierno
sanchista. En realidad, el sanchismo ha trasladado a la sociedad civil su
negligencia en todos los órdenes: habiendo renunciado a la construcción de viviendas
de protección oficial solo para inmigrantes y, a la vista, de que los
propietarios son muy renuentes a alquilar viviendas que, saben perfectamente
que, a partir del primer mes, dejarán de cobrar la mensualidad y los inquilinos
se transformarán en “inquiokupas”, alegando cualquier tipo de vulnerabilidad
real o supuesta, el Estado ha transferido su obligación constitucional de
asegurar el “derecho a la vivienda”, a la sociedad, permitiendo masivamente las
okupaciones.
En la actualidad, no existe un censo oficial
exacto de cuántas personas viven actualmente como "okupas" en España,
ya que los datos institucionales miden denuncias (hechos conocidos) y no
individuos. No obstante, las cifras más recientes a mayo de 2026 permiten
realizar una estimación del fenómeno. Solo en 2025, las fuerzas de seguridad
registraron 14.875 denuncias por ocupación ilegal (usurpación y allanamiento),
siendo el año anterior 16.426. El descenso se debe, sobre todo, a la
seguridad de que, denunciar solamente va a añadir un gasto adicional al
problema y cada vez más propietarios optan por otras vías. Se estima que cerca
de 23.000 viviendas en el mercado de venta en España tienen constancia de estar
ocupadas ilegalmente…
Algunas plataformas de propietarios calculan que
podría haber cerca de 80.000 personas habitando viviendas sin título legal en
España, incluyendo tanto la "okupación" clásica como la
"inquiokupación" (inquilinos que dejan de pagar). Sin embargo, otras
cifras, mucho más realistas, indican que 500.000 de personas vivirían en estos
momentos en situación de “okupas” en todo el territorio nacional. Cataluña se ha convertido en el paraíso mundial
de la “okupación”, concentrando más del 40%. Por supuesto, tanto el
gobierno, como las comunidades autónomas más afectadas (Cataluña, Madrid y
Andalucía) hacen todo lo posible para evitar dar cifras absolutas y realistas
sobre el fenómeno de la okupación ilegal. No se trata, por supuesto, de un
olvido fortuito, sino de una negligencia deliberada para evitar que la
población conozca la situación real del fenómeno y exija responsabilidades.
Los grupos considerados en “situación de vulnerabilidad
económica y social” resultan prácticamente inexpulsables de sus viviendas okupadas
ilegalmente. La mera declaración de “vulnerabilidad” permite solicitar la suspensión
extraordinaria de un desahucio hasta el 31 de diciembre de 2026. Pero las
condiciones para presentarse como “vulnerable” son tan laxas que prácticamente
se extienden a toda la población que ejerce “okupación”. Basta con tener un
hijo mejor de edad, algún mayor a su cargo o alegar hacer sido víctima de “violencia
de género” (incluso con fallos judiciales en contra), personas en situación de dependencia
o con enfermedades que incapaciten para trabajar, haber sufrido una pérdida
sustancial de ingresos o vivir de pensiones no contributivas, bastan para que
los Servicios Sociales emitan informes favorables a la “vulnerabilidad”.
De hecho, a partir de la “regularización masiva”
de 2026, los informes sobre “vulnerabilidad”, ni siquiera son realizados por
los “servicios sociales” de los ayuntamientos, sino por entidades (los
sindicatos comegambas) y ONG “acreditadas” (cuyo negocio depende precisamente
de la inmigración masiva). Además, por supuesto, de la Cruz roja, cuya actividad
principal en España es la ayuda a la inmigración desde el minuto 1. Así pues
¿qué puede fallar?
Todos estos fenómenos, reunidos, han contribuido a
desencadenar un brutal proceso de “gentrificación” en los últimos años. Se llama “gentrificación” al proceso de
transformación urbana en el que la población original de un barrio deteriorado
o de clase trabajadora es desplazada por otra completamente diferente. Existen
gentrificaciones “positivas” (cuando el grupo social que llega es de un nivel económico
y cultural superior al que resulta desplazado) y gentrificaciones “negativas”
(cuando un grupo, habitualmente extranjero a nuestra identidad, nuestra
cultura, nuestros hábitos de vida y nuestra educación promedio, desplaza a la
población que siempre ha tenido un barrio). Estos últimos procesos aumentan
siempre a velocidad asindótica: los ciudadanos autóctonos, al verse literalmente
rodeados por halógenos, optan por cambiar de barrio.
Estos fenómenos se dan sobre todo en las grandes
ciudades (pero también pueblos de tamaño medio), siempre son espontáneos y los
vecinos alegan los mismos motivos: no se reconocen en los recién llegados,
aumenta la inseguridad ciudadana, las agresiones sexuales se convierten en
habituales, la policía deja de garantizar la seguridad, aumenta el tráfico y el
consumo de drogas, se producen frecuentes altercados entre grupos de
inmigrantes, los servicios sociales se deterioran hasta extremos próximos al
colapso, etc, etc, etc.
Esto en lo que se refiere a la “gentrificación
negativa”, pero la “gentrificación positiva” tampoco es para echar cohetes. Tras
desalojar a los vecinos habituales en estos barrios (a través de muchos
procedimientos, entre los que el mobbing es uno de ellos, pero también
la compra de las propiedades a precios bajos facilitados por políticas
municipales deliberadas (en la Plaza Real, un conocido concejal socialista
del ayuntamiento de Barcelona adquirió a bajo precio la mayor parte de los
inmuebles en los años 90, literalmente abandonando a la delincuencia la plaza, con
lo que los precios bajaron hasta convertirse en auténticos saldos; acto seguido,
estando la mayor parte de la zona bajo su propiedad, consiguió que a escasos
metros de la Plaza Real, el ayuntamiento instalara una comisaría de policía,
simplemente, cruzando las Ramblas. La zona se “dignificó”, la delincuencia fue
dispersada, y los pisos pudieron venderse y/o alquilarse a precios de “centro
de Barcelona”).
Los negocios locales (fruterías, mercerías)
desaparecen y son sustituidos por franquicias o servicios enfocados al nuevo
público o al turismo. La “gentrificación” no es exactamente “turistificación”,
pero se aproxima y, en la práctica, sus efectos son exactamente los mismos.
El desplazamiento es causado por nuevos residentes de diferente nivel económico,
mientras la turistificación sería el desplazamiento es causado por la
implantación masiva de pisos turísticos. La distinción entre ambos conceptos es
casi una pedantería

Si todos los problemas fueran tan fáciles de resolver como el de la vivienda… (2 de 5) – La “memoria histórica”… - ¿Por qué sube hoy el precio de la vivienda?
2. ¿Ha existido alguna vez política de la vivienda en España?
Si,
con Franco (con perdón…)
Lo cierto es que estas cifras son casi ridículas
con las que ofreció el régimen franquista a la “memoria histórica”. En efecto,
durante los años 60, España alcanzó un porcentaje de vivienda de protección
oficial (VPO) significativamente más alto que el actual en términos de
producción, aunque no como parque público de alquiler permanente. Entre 1961 y
1975, ¡el 52,48% de todas las viviendas construidas estuvieron bajo algún
régimen de protección estatal! Se
mostraba el cartel metálico en cada edificio, con el emblema de las cinco
flechas y el yugo. En los años 60 se llegaron a construir hasta 200.000
viviendas protegidas al año y el régimen entregó más de 4 millones de viviendas
con protección oficial entre 1961 y 1975.
Buena parte de esas viviendas eran de propiedad,
como decía el eslogan franquista: el régimen buscaba una “sociedad de
propietarios, no de propietarios”. El Estado avalaba y subvencionaba la
construcción, pero el objetivo final era que el trabajador comprara la casa a
precios asequibles… con la condición de que no la vendieran ni la alquilaran en
los 20 o 30 años posteriores. Compárense esas cifras con las de los años 2023-2025,
donde la cifra de construcción de vivienda protegida ha caído drásticamente,
situándose en apenas unas 9.000 a 18.000 unidades anuales. En la actualidad
apenas se construye el 10% de lo que se construía en los años 60, cuando la población
del país era de apenas 30.000.000.
Lo “parajódico” es que la población que vive en
España crece hoy a más velocidad que en los años 60. En 10 años, entre 1960 y
1970, la población española pasó de 30’5 a 33,9 millones, con un crecimiento constante
del 1% interanual: 1960: +256.000
habitantes, 1961: +284.250 habitantes, 1962: +284.116 habitantes, 1963:
+273.285 habitantes, 1964: +312.544 habitantes, 1965: +345.097 habitantes, 1966:
+328.902 habitantes, 1967: +399.753 habitantes, 1968: +430.187 habitantes, 1969:
+327.920 habitantes. La natalidad se mantuvo muy elevada debido a la bonanza
económica de los años 60 y a las políticas de incentivos de la época. Además,
descendió la mortalidad gracias a la modernización sanitaria y la mejora en la
alimentación. A pesar de la fuerte emigración hacia Europa (Alemania,
Suiza, Francia), el crecimiento natural (nacimientos menos defunciones) fue tan
alto que compensó con creces la salida de trabajadores.
La “pequeña diferencia” es que hoy la población no
crece por la demografía española sino por la política de inmigración que,
básicamente, consiste en que cualquiera que quiera beneficiarse del estado del
bienestar creado POR LOS ESPAÑOLES con el esfuerzo y el trabajo de las
generaciones que nos precedieron, puede hacerlo sin ningún impedimento (como demuestran las regularizaciones masivas
acometidas por Zapatero y Sánchez) y gozar, desde el minuto uno de su estancia
ilegal, de los beneficios sociales pagados por nuestros impuestos.
3. Por qué ha ido subiendo más y más el precio de la vivienda
Parece muy claro que, cuando un gobierno permite que la población crezca
a una velocidad mayor que su capacidad (o voluntad) de construir viviendas,
según la ley de la oferta y la demanda, el precio de la vivienda crece: a más
demanda y menos oferta, el precio se dispara (de la vivienda y de cualquier
producto de mercado).
Por tanto, aquí y ahora, el precio de la vivienda crece, porque la
población residente en España está creciendo a causa de la inmigración
descontrolada. Desde el zapaterismo, los
gobiernos socialistas son perfectamente conscientes de que solamente pueden
alardear de “progreso” manejando cifras “macroeconómicas” (esto es, alejadas de
la “economía real” en la que se mueve el ciudadano de a pie). Una de estas
cifras es el PIB, verdadero tótem del socialismo. A más PIB, más “crecimiento
económico”, nos dicen… sin embargo, la experiencia y las cifras demuestran que
el crecimiento del PIB, en estos momentos, va parejo al crecimiento de la pobreza.
¿Cómo es posible? Simplemente por que la inmensa mayoría de los
recién llegados, o bien trabajan en las franjas salariales más bajas y de forma
esporádica, o bien, ni siquiera han venido a trabajar, sino a beneficiarse del “estado
de bienestar” que, para ellos se reduce a “vivienda gratis” (okupación,
inquiokupación), “telefonía gratis”, “energía gratis” (o a cargo de los ayuntamientos),
“subsidios múltiples” (a más hijos, más subsidios; a más personas a su cargo,
más subsidios; y, a la adquisición del título de “vulnerables” que,
prácticamente, se regala aun sin solicitarlo, y que permite tratamiento
preferencial en toda las ayudas sociales e impiden desokupaciones), buena parte
de los transportes públicos gratuitos, “medicina gratuita”, “asistencia legal
gratuita”, incluso la mayoría de delitos menores (y no tan menores) salen
gratis para la nueva delincuencia, que no tiene ni vivienda fija, ni nombre
fijo, ni siquiera se sabe de dónde viene, ni cuáles son sus antecedentes, ni su
estado de salud físico no mental….
En otras palabras, el PIB crece, simplemente, paralelo al
crecimiento de la población: que, en estos momentos, es solamente a causa de la
inmigración masiva. Hoy existe inmigración por que está simplemente
subvencionada, por mucho que el gobierno no haya preguntado a la población si
deseaba esta fórmula o la rechazaba. El aumento del PIB se consigue
inyectando subvenciones a todas las actividades que redundan en un aumento de
consumo: 150 personas, por pobres que sean, consumen más que 100. La
diferencia es considerada un “éxito” para el gobierno… a pesar de que,
paralelamente, la pobreza vaya en aumento. Diferente sería, si en lugar del
PIB, el progreso se midiera mediante el “PIB per cápita”: la totalidad del
movimiento económico dividido por el total de la población… como la lógica más
elemental implica. Pero la lógica no rige ni para el sanchismo, ni para la
economía liberal, ni para la UE.
Así pues, esta diferencia entre crecimiento poblacional y
escasa construcción de vivienda pública y privada, es la PRIMERA CAUSA del
aumento del precio de la vivienda.
Se argumentará que en períodos anteriores en los que el fenómeno
de la inmigración no era tan impactante y en los que se construía mucha más
vivienda pública y privada, los precios se habían, igualmente, disparado. Esto
es cierto solamente en un momento: durante el período en el que Aznar ocupó la presidencia
del gobierno y llegó a su clímax con Zapatero hasta el “estallido de la burbuja
inmobiliaria”. Pero el problema entonces era muy parecido al de ahora, pero se
añadían algunos otros elementos inéditos y ausentes en la actualidad.
Durante ese período 1996-2008, el precio de la vivienda respondió
a condiciones de mercado
alteradas por factores financieros, demográficos y regulatorios que crearon la
famosa “burbuja inmobiliaria”. La
Ley del Suelo aprobada en 1998 aspiraba a bajar los precios aumentando la
oferta de terreno urbanizable, sin embargo, los precios se dispararon por tres
factores:
1) Aumento de la demanda de vivienda impulsada por
el crédito fácil: La entrada de
España en el euro y la política monetaria del Banco Central Europeo provocaron
una bajada histórica de los tipos de interés. Esto, sumado a la
facilidad con la que los bancos concedían hipotecas (a veces por más del 100%
del valor, e, incluso hasta el 120%), disparó la demanda de compra muy por
encima de las necesidades reales de vivienda.
2) La vivienda se convirtió en un activo de
inversión a partir de la crisis bursátil
de finales del milenio (la crisis de las “punto.com”) y los inversores vieron
en el "ladrillo" un valor refugio más rentable y seguro. Esto
convirtió a la vivienda en objeto especulativo con la esperanza de revender más
caro en un próximo futuro, lo que alimentó una espiral de precios que la mayor
oferta de suelo no pudo frenar.
3) Variación de los factores demográficos. Por primera vez, la llegada masiva de inmigrantes
durante ese período (6.000.000 entre 1997 y 2008) generaron un aumento real de
la demanda “natural”. A este elemento que apareció por primera vez, se añadió
otro que, también había podido preverse: la generación de los 70 llegó a la
edad de emancipación y necesitaba vivienda.
4) Fallos en la oferta de suelo. Los ayuntamientos mantuvieron el control sobre las
recalificaciones, lo que limitaba la velocidad a la que el suelo llegaba al
mercado. El suelo urbanizable no bajó de precio porque se habia convertido en
un bien escaso y estratégico para los promotores, quienes acumulaban terrenos
para controlar su salida al mercado.
En el fondo, el gran fracaso del modelo económico
de Aznar (consistente en combinar la construcción como elemento clave del
dinamismo económico, con el acceso barato al crédito, salarios bajos y una
política de inmigración masiva) constituyó un autentico suicidio para la
economía nacional, especialmente en un país en el que la burocracia municipal
era (y sigue siendo) lenta y cara, no solo para recalificar suelos, sino
también para dar permisos de construcción, y, lo que aún es peor, para poner
terreno público a disposición de la construcción.
Pero si la política de Aznar constituyó “pan para
hoy y hambre para mañana”, peor todavía -si cabe- lo hicieron las
administraciones sucesivas que carecieron completamente de política económica,
al margen de la impuesta por la UE, y que reprodujeron todos los errores que
habían llevado al estallido de la burbuja inmobiliaria entre 2008 y 2011.
De hecho, si en la actualidad, el riesgo de
estallido de la burbuja es menor, no se debe a las políticas del gobierno
Sánchez, sino más bien a la experiencia adquirida por los bancos que niegan
hipotecas a quienes tienen una sombra de duda sobre su solvencia presente y
futura, y a la subida de los tipos de interés.

































