El llamado “maquis” fue apenas una molestia para el régimen de Franco. Una forma de supervivencia de algunos antiguos republicanos que, ya fuera por idealismo o por delitos de sangre cometidos durante la Guerra Civil, no pudieron normalizar su situación en la postguerra. Era, por lo demás, la típica forma de guerra española que tan buenos resultados dio en la guerra contra las tropas napoleónicas.
La palabra “maquis” procede del
francés maquis, que designa un matorral espeso o maleza,
característico de la vegetación mediterránea de Córcega y otras regiones del
sur de Francia y hace referencia al terreno agreste y accidentado donde se
ocultaban los guerrilleros. La palabra fue adoptada durante la Segunda Guerra
Mundial, por la Resistencia francesa para denominar a los grupos de
partisanos que, tras la derrota de Francia en 1940, se refugiaban en las zonas
boscosas y montañosas para combatir a la ocupación alemana y al régimen de
Vichy. Estos combatientes eran conocidos como maquisards.
En España, el término se aplicó por analogía
a los guerrilleros antifranquistas que, tras la Guerra Civil. Además de maquis,
también se utilizaban otros términos como “huidos” o “fuxidos” (en
zonas como Galicia, Asturias o León) para referirse a los republicanos que
huían de la represión y se echaban al monte.
Nunca fue un fenómeno “popular”, y, a pesar de
que el régimen aplicó la “teoría del silencio” y prohibió la difusión de
noticias sobre sus acciones, en las zonas rurales en la qu se registró su
presencia, tampoco fueron muy populares: se les atribuía, con más o menos
razón, el ser ladrones de ganado y saqueadores: en el fondo, su principal
problema era sobrevivir y a eso dedicaban buena parte de sus esfuerzos.
El maquis español se prolongó desde 1939 hasta
bien entrada la década de 1950, y con acciones meramente residuales hasta principios
de los años sesenta. Entre 1939 y 1944, los miembros del maquis eran antiguos
republicanos que, por su cuenta, huyeron a las montañas para evitar la
represión y, sin un plan prestablecido, solamente buscaban sobrevivir. En esas
circunstancias es difícil saber cuántos republicanos se encontraron en esa
situación. Parece que fueron poco más de 5.000 y sus acciones apenas tuvieron
repercusión bélica.
Fue en octubre de 1944, una vez se retiraron las
tropas del Tercer Reich del Sur de Francia, cuando se produjo la famosa “Operación
Reconquista de España”, más conocida como “invasión del Valle de Arán”. Apadrinada
por el Partido Comunista, logró reunir a 4.000 guerrilleros que se habían
curtido en operaciones en la retaguardia alemana entre 1941 y 1944 y tenían
también experiencia en combate durante la Guerra Civil. El objetivo consistía
en “liberar” una zona de Cataluña, para constituir allí un embrión de “gobierno
republicano” que fuera reconocido por las potencias internacionales.
La operación fue idea de Jesús Monzón,
entonces líder del PCE. Monzón estaba convencido, en contra de los informes de
los propios militantes del interior, de que España estaba en una “etapa
prerrevolucionaria” y que el menor impulso externo haría caer al régimen. En
realidad, como se comprobó, el error de cálculo fue monumental.
La invasión comenzó el 19 de octubre de
1944, cuando varias columnas de la Agrupación de Guerrilleros Españoles
(AGE) cruzaron los Pirineos al mando del coronel Vicente López Tovar;
estaban armados con material capturado a la Wehrmacht. Inicialmente, los
guerrilleros tomaron varios pueblos fronterizos sin apenas resistencia (Les,
Bausén o Bossòst), pero no lograron entrar en Salardú, ni alcanzar la capital
del valle, Viella.
Como era de esperar, no se produjo ninguna insurrección
popular e, inmediatamente, el ejército contraatacó con artillería pesada y
aviación, obligando a los guerrilleros a replegarse. Cinco días después, quedó
claro que la operación había fracasado, convirtiéndose en una masacre para los
comunistas: casi 600 murieron en combate y otros 800 fueron hechos prisioneros.
Los 50.000 hombres movilizados por el ejército de Franco y al mando del General
Moscardó, sufrieron, por su parte, 248 bajas mortales.
La Agrupación de Guerrilleros Españoles (AGE) fue disuelta por las
autoridades francesas y sus miembros se dispersaron. Los grupos que más se
adentraron en el interior para crear, según el plan de Monzón, otros focos de
insurrección, quedaron aislados y fueron exterminados por el ejército. El
fracaso tuvo graves consecuencias internas para el PCE. Jesús Monzón fue
finalmente detenido y encarcelado en Barcelona en julio de 1945, cuando se
dirigía a Francia para reunirse con la cúpula del partido tras el fracaso de la
operación. Condenado a 30 años de prisión en 1947, fue expulsado del PCE dos
años después, condenado por “desviacionismo”. Siempre ha recaído la sospecha de
que su presencia en España fue denunciada por Santiago Carrillo (que lo
sustituyó y denigró). Pasó 14 años en la cárcel y murió en su Pamplona natal en
1973, olvidado por todos.
La “Operación Reconquista” fue silenciada, tanto
por sus promotores (para ocultar su fracaso), como por parte del régimen (para
asfixiar con el silencio a la guerrilla) y, acaso por todo esto, el mayor auge
del “maquis” fue entre los años 1945 y 1947, cuando la victoria aliada permitió
pensar, tanto a los escasos núcleos guerrilleros del interior, como a los
anarcosindicalistas radicados en Toulouse que estas acciones lograrían llegar a
buen puerto. Todos ellos presumían de que la victoria aliada cortaría las alas
al régimen de Franco; engañados por su propia propaganda, creían que el régimen
carecía de todo apoyo internacional y se obstinaban en no reconocer que tres
años de Guerra Civil habían sido suficientes como para que la población desease
prolongarla. Olvidaban que el país que más tibio se había mostrado en su
condena al régimen de Franco, los EEUU, empezaban a ver en él un aliado seguro
en la Guerra Fría.
Animados por esta valoración errónea de la
situación, tras la disolución de la AGE, los núcleos anarcosindicalistas tomaron
el relevo y propiciaron acciones mayoritariamente de “guerrilla rural”
(ocupaciones de pueblos en los que no existían puestos de la Guardia Civil, en
el curso de las que reunían a la población para realizar mítines improvisados,
requisar víveres y repartir propaganda,) y algunas, mucho más escasas, de “guerrilla
urbana” (atentados contra sedes del Movimiento, atracos a entidades bancarias,
asesinato de jefes de las organizaciones del Movimiento). Las zonas donde se
concentraron estas acciones fueron en antiguas zonas mineras con proliferación
de “huidos” (Asturias y León), y zonas con mucho arraigo del anarcosindicalismo
(Cataluña, Extremadura y Andalucía). Eran acciones llamadas al fracaso y que
exponían a sus miembros a la represión.
El régimen movilizó a la Guardia Civil y desplegó
al ejército en las zonas de mayor actividad de estos grupos. La “estrategia del
silencio”, unida a la infiltración sistematizada por parte de la Guardia Civil
(era frecuente que sus miembros, vestidos de paisano, se infiltraran en los
pueblos fingiendo ser maquis para identificar a sus colaboradores y sembrar la
desconfianza) consiguió desactivar a la mayor parte de estos grupos ya en 1947.
Los guerrilleros apresados fueron juzgados por tribunales militares y se
aplicaron penas de muerte a todos los sospechosos de haber participado en
delitos de sangre, tanto en la actividad del “maquis” como en la Guerra Civil.
La infraestructura de apoyo desapareció cuando muchos civiles, presionados por
la Guardia Civil, acabaron delatando a los guerrilleros.
Para colmo, surgieron divergencias importantes
entre los distintos grupos “guerrilleros”. El PCE intentó controlar y dar una dirección
política única a las agrupaciones, lo que generó fricciones con anarquistas,
socialistas y guerrilleros autóctonos situados fuera de la disciplina
comunista.
A esto se unieron las distintas visiones de las
direcciones políticas: los que se mantenían en el interior de España eran
profundamente pesimistas en relación a estas acciones y en muchas ocasiones se
negaron a cumplir órdenes que les llegaban del “exterior” de España. Los
exiliados republicanos, tanto anarquistas como comunistas, eran mucho más
optimistas, multiplicaban órdenes creyendo que la situación les era favorable
y, en muchos casos, órdenes que implicaban como resultado una mayor desconexión
con la sociedad.
Entre los caídos en combate (en torno a 2.000 en
ese período, por 257 miembros de la guardia Civil muertos), los desertores, los
que ganaron la frontera francesa y nunca más volvieron, y los que se entregaron
desde el momento en que quedó claro que los Aliados no intervendrían en España,
especialmente tras el inicio de la Guerra Fría, que convirtió a Franco en un
aliado potencial para Occidente, a principios de los años 50, el movimiento
podía darse por liquidado, si bien algunos grupos resistieron hasta bien
entrada la década de 1950 e, incluso hasta los primeros años 60. A partir de
1948, el propio Stalin aconsejó al PCE abandonar la estrategia de “lucha armada”,
mientras la CNT–FAI prolongaría unos años estas locas esperanzas.
La actitud del gobierno francés cambió
radicalmente a principios de los años 60. En efecto, cuando se inició la Guerra
de Argelia y quedó clara la voluntad de De Gaulle, entonces presidente del
país, de dar la independencia y ceder al FLN, apareció el movimiento de
resistencia armada conocida como Organisation de l’Armé Secrète (OAS) que
pronto encontró en España un “santuario” seguro. El gobierno francés entendió
que, si quería evitar que España se convirtiera en el territorio privilegiado
de acción de los activistas de la OAS, debía de actuar contra los
anarcosindicalistas exiliados en Toulouse y cortar toda posibilidad de que
siguieran enviando terroristas al interior.
Quico Sabaté fue cazado el 5 de enero de 1960 (edad 44 años), en San
Celoni, Ramón Vila “Caracremada”, murió en una embocada en 1963. Dos años
después, moría José Castro “O Piloto” en Lugo. Con ellos se extinguieron los
últimos núcleos guerrilleros.
*
* *
El maquis español de posguerra demostró que, si
bien la lucha guerrillera es la forma típica de combate del pueblo español
desde la más lejana antigüedad, solamente es eficiente si cuenta con un
extendido apoyo del a población civil. La represión que ejerció el franquismo
sobre las infraestructuras de apoyo al maquis, no fue superior al que las
tropas napoleónicas y los dirigentes “afrancesados” realizaron sobre los
guerrilleros durante la guerra de la Independencia, lo que demuestra,
ampliamente, que el maquis de posguerra apenas tenía apoyo civil en las zonas
donde actuó.
Por otra parte, como ya hemos señalado, para que
una lucha guerrillera tenga éxito, sus acciones deben suscitar admiración en la
población civil. Y éste no era el caso de las partidas de posguerra. Por una
parte, la “estrategia del silencio” con la que el régimen de Franco “castigó” a
la guerrilla fue motivo más que suficiente para que, salvo en las zonas
afectadas, la población tuviera noticia de sus acciones. Por otra parte, el
hecho de que el maquis apenas tuviera apoyo civil, obligó a sus miembros a
luchas, sobre todo, por su vida. Y esta experiencia resultó dramática, tanto
para sus miembros como para las zonas en las que actuaron y facilitó argumentos
al régimen para describir a sus miembros como atracadores, ladrones de ganado y
saqueadores.
En cuanto a las circunstancias internacionales,
tampoco les fueron favorables. Su acción se situó en la parte de Europa que
quedó en la zona de influencia norteamericana. La URSS estaba muy lejos y la
inicial permisividad francesa se fue apagando cada vez más para extinguirse por
completo a finales de los 50 y principios de los 60, cuando Franco permitió que
los dirigentes de la OAS se asentaran en España. El gobierno de De Gaulle
entendió perfectamente el mensaje y, a partir de ese momento, los restos en
putrefacción del maquis se quedaron sin “santuario”. En esas circunstancias,
teniendo que ejercer la clandestinidad a los dos lados de la frontera, el
movimiento se extinguió por sí mismo.
En resumen, podemos decir que solamente en el
momento de la “invasión” del Valle de Arán, el maquis intentó una operación
estratégica articulada según criterios militares. El problema era la
desproporción de fuerzas y el que, a fin de cuentas, no es que se tratara de
una estrategia equivocada -que lo era- sino que no existían posibilidad de
estructurar una estrategia para derribar al franquismo sin el apoyo y la
cooperación de los EEUU y, estos, incluso en los momentos finales de la Segunda
Guerra Mundial, no estaban dispuestos a correr el riesgo de que se instalara en
España un gobierno pro-soviético. En cuanto a Francia, estaba muy debilitada y
jamás habría conseguido recuperar por sí mismo su territorio nacional, de no
ser por el concurso de la aviación y de los blindados norteamericanos. Y, en
cuanto a la URSS quedaba, geográficamente, demasiado lejos.
Ahora bien, la invasión del Valle de Arán costó
varios centenares de vidas: el franquismo tenía “repuestos”, el maquís, en
cambio, contaba con fuerzas muy limitadas. Todo el mundo era consciente de que
la Agrupación de Guerrilleros Españoles era una “organización de pantalla” del
PCE y que la “dirección militar” de este partido era la que impulsaba la
operación. Su desastre, no solamente agotó las pocas reservas humanas de las
que disponía la guerrilla, sino que además, su fracaso contribuyo a un
desprestigio absoluto del partido e inhibió a posibles aspirantes a integrarse
en el maquis. Y ya se sabe cómo trataban los partidos comunistas a los
dirigentes que fracasaban: con la purga, la expulsión y, en el caso de Monzón,
con las sospechas de si fue delatado por el aspirante a ocupar su puesto:
Santiago Carrillo.
El episodio del maquis constituyó una angustiosa
aventura para sus miembros. Apenas estuvieron en condiciones de realizar
acciones “ofensivas”, todo se redujo a operaciones para lograr sobrevivir y
unos cuantos asesinatos de dirigentes del “partido único”, ninguno de los
cuales era relevante para la marcha de la administración franquista. Fueron, en
definitiva, rescoldos de la Guerra Civil que algunos se resistían a enterrar.
Murió, no tanto por la represión, como de “muerte natural”: en aquel momento, los
españoles que querían “paz, pan y progreso” eran mayoría y, unos por
identificación con los ideales que preconizaba el franquismo, otros por que
aceptaron la situación y pensaban en sus familias y en el futuro de sus hijos,
y, otros, finalmente, por indiferencia y pasividad, no estaban dispuestos a
luchar en nombre de la “libertad” contra el franquismo. En realidad, el fracaso
del maquis, es también el signo más evidente de que, a pesar de haber perdido a
sus aliados del Eje, en 1944, el franquismo ya estaba asentado sólidamente en España.
Diga lo que diga la “memoria histórica” sanchista, lo cierto es que la lógica y la racionalidad, circulan en dirección opuesta.


















