jueves, 23 de abril de 2026

CIENCIA MODERNA Y SABIDURÍA TRADICIONAL – CIENCIA NO SABIA - Un texto de Titus Burckhardt

Los cinco ensayos que componen Ciencia moderna y sabiduría tradicional, obra escrita por el autor tradicionalista Titus Burckhardt y hoy descatalogada, tienen un solo fin en común: recordar que existe un tipo de conocimiento que trasciende a la razón discursiva. Al haberse olvidado, en el mundo moderno, lo que es la simbología y al no tener conciencia de las consecuencias del pensar en términos científicos, el autor, Titus Burckhardt, pone en evidencia los límites de la ciencia moderna y sus contradicciones, tomando como base algunos ejemplos típicos: la «física relativista» de Einstein; el «biologismo evolucionista» de Teilhard y la «psicología de las profundidades» de Jung. La obra publicada en 1979 por Ediciones Taurus, está hoy agotada y resulta inencontrable. El texto que ofrecemos a continuación Ciencia no sabia (Unweise Wissenschaf), constituye el capítulo II de la obra.


CIENCIA NO SABIA

En las páginas que siguen queremos poner en evidencia algunas fisuras que, aunque en el mejor de los casos se muestran paliadas, se extienden a todas las ciencias modernas de la naturaleza; son evidentes en todas las teorías modernas sobre la materia viva e incluso aparecen, sin lugar a dudas, en el campo de la física, considerada como la más fiable de todas las ciencias modernas.

Todos los errores de las llamadas ciencias «exactas» proceden del hecho de que la mentalidad que sustenta estas ciencias tiende a prescindir de la existencia del sujeto humano, que, pese a todo, es el espejo en el que el fenómeno del mundo se revela.  El referir toda observación a fórmulas matemáticas permite hacer abstracción en una larga medida de la existencia de un sujeto conocedor, y comportarse como si sólo existiera una realidad «objetiva»; se olvida deliberadamente que ese sujeto, precisamente, es la única garantía de la constante lógica del mundo; y que ese sujeto, a quien no debe entenderse sólo en su naturaleza relativa al yo, sino, antes bien, en su esencia espiritual, es el único testimonio de toda la realidad objetiva.

En verdad, el conocimiento «objetivo» del mundo, es decir, independiente de las impresiones que se refieren al yo y, por lo tanto, «subjetivas», presupone ciertos criterios ineluctables que, a su vez, no podrían existir si en el propio sujeto individual no hubiese un fondo imparcial, un testigo que trasciende el yo, en resumen, si no existiera el espíritu puro.  En última instancia, el conocimiento del mundo presupone la unidad subyacente del sujeto que conoce, de modo que se podría decir de la ciencia deliberadamente agnóstica de nuestro tiempo, lo que Meister Eckhart dijo de los que reniegan de Dios: «Cuanto más blasfeman, más alaban a Dios». Cuanto más proclama la ciencia un orden exclusivamente «objetivo» de las cosas, más pone de manifiesto la unidad subyacente en el espíritu; lo hace, desde luego, indirecta e inconscientemente y en contradicción con sus propios principios; sin embargo, en cierto modo afirma lo que pretende negar.



En la visión científica moderna, el sujeto humano completo, que implica al mismo tiempo sensibilidad, razón y espíritu pUro, se ve sustituido artificialmente por el pensamiento matemático.  Se llega incluso hasta excluir toda visión del mundo frente a la cual se albergan dudas: «El auténtico progreso de la ciencia natural -escribe un teórico moderno[1]-, radica en que se aleja cada vez más de lo que es meramente subjetivo y destaca cada vez más claramente lo que existe independientemente de la mente humana, por lo cual tendrá poca similitud con lo que la percepción original consideraba real».  No se trata, pues, de eliminar todo el conocimiento física y emocionalmente condicionado por el observador individual; hay que despojarse también de lo que es inherente a la percepción humana, es decir, de la síntesis de varias impresiones en una imagen.  Mientras que para la cosmología tradicional la integridad de las imágenes constituye el verdadero valor del mundo visible, confiriéndoles su carácter de símbolo y de metáfora, para la ciencia moderna sólo el esquema conceptual, al que puedan referirse algunos procesos espacio-temporales, posee un valor cognoscitivo. Esto es debido al hecho de que la fórmula matemática admite un máximo de generalización sin separarse de la ley del número, por lo cual permanece controlable en el plano cuantitativo. Por esta misma razón no puede captar toda la realidad tal como aparece a nuestros sentidos: la pasa a través de un tamiz, por así decirlo, y considera irreal todo lo que queda excluido en este proceso. En él se suprimen, naturalmente, todos los aspectos puramente cualitativos de las cosas, es decir, todas aquellas cualidades que, aun siendo perceptibles a través de los sentidos, no son exactamente mensurables; son estas cualidades las que representan para la cosmología tradicional los indicios más claros de las realidades cósmicas, que atraviesan el plano cuantitativo y lo trascienden. La ciencia moderna no sólo prescinde del carácter cósmico de las cualidades puras, sino que también pone en duda su existencia desde el momento en que se manifiestan en el plano físico. Para ella, los colores, por ejemplo, no existen como tales, sino sólo como impresiones «subjetivas» de diversos grados de oscilación de la luz: «Una vez admitido el principio -escribe un representante de esta ciencia[2]- según el cual las cualidades percibidas no pueden considerarse como cualidades de las propias cosas, la física propone un sistema absolutamente obvio e indiscutible de respuestas a las preguntas relativas a lo que realmente subyace en esos colores, sonidos, temperaturas, etc.» ¿Acaso el carácter unívoco al que se alude no consistirá en el hecho de haber reducido en gran medida la cualidad a la cantidad?  Con ello la, ciencia moderna nos invita a sacrificar una buena parte de lo que para nosotros constituye la realidad del mundo; lo que nos ofrece a cambio son esquemas matemáticos cuya única ventaja consiste en ayudarnos a manejar la materia en el plano que esa ciencia elige, es decir, el de la mera cantidad.

Este proceso de la realidad pasada por el cedazo matemático rechaza no solamente las cualidades llamadas «secundarias» de las cosas perceptibles, como son los colores, olores, sabores y las sensaciones de frío y calor, sino también y principalmente lo que los filósofos griegos y los escolásticos llamaron la «forma», es decir, el «sello» cualitativo, la «marca» de la unidad esencial de una criatura.  Para la ciencia moderna esta forma esencial no existe: «La creencia acariciada por algunos aristotélicos -escribe un representante del punto de vista moderno- de poder, mediante una "iluminación" de nuestro intelecto, por obra del intellectus agens, entrar intuitivamente en posesión de los conceptos relativos a la esencia de las cosas de la naturaleza, no es más que un hermoso sueño... Las esencias de las cosas no pueden ser contempladas, sino que deben deducirse de la experiencia mediante una ardua labor de investigación»[3]. 

Un Plotino, un Avicena o un Alberto Magno le habrían, probablemente, replicado que nada es tan evidente en la naturaleza como las esencias (no los «conceptos de la esencia») de las cosas, desde el momento en que se manifiestan en sus formas. Estas, desde luego, no pueden descubrirse mediante una «ardua labor de investigación», dado que no pueden medirse cuantitativamente; sin embargo, la penetración espiritual, que sí las capta, se apoya espontáneamente en la percepción sensible y, en cierto modo, también en la imaginación, en la medida en que ésta sintetiza las impresiones recibidas del exterior.



¿Qué sería, por otra parte, ese intelecto humano que intenta comprender la esencia de las cosas mediante una «ardua labor de investigación»? O está en condiciones de alcanzar su meta o no lo está.  Sabemos que el intelecto humano es limitado; pero también sabemos, por otra parte, que puede captar verdades que subsisten independientemente del individuo aislado; en otras palabras, que en el intelecto se expresa una ley que está por encima del individuo. 

Sin entrar en discusiones filosóficas, podemos comparar la relación del intelecto individual con su fuente cognoscitiva supra-individual, el espíritu puro definido por la cosmología medieval como intellectus agens y, en sentido más amplio, como intellectus primus, con la relación existente entre el reflejo y la fuente luminosa; esta imagen expresa la realidad mejor y más exhaustivamente que cualquier definición: el reflejo está limitado por el medio en el que se produce; para el intelecto humano ese medio es la facultad racional y, en un sentido más general, la psique; pero la naturaleza de la luz es esencialmente siempre la misma, tanto en su fuente como en su reflejo; igualmente es así para el espíritu, que, sean cuales fueren los límites formales, es siempre el mismo.  El espíritu, por otra parte, es, por su propia esencia, conocimiento; tiene la virtud de conocerse a sí mismo, y en la medida en que se conoce a sí mismo, en principio, conoce también todas las posibilidades en él comprendidas.  Este es el acceso, no tanto a la estructura material de cada cosa en particular, como a sus «esencias».

El verdadero conocimiento cosmológico se basa siempre en los aspectos cualitativos de las cosas, es decir, en las «formas» como trazas de la esencia.  He aquí por qué la cosmología es a la vez directa y especulativa, pues capta las cualidades de las cosas inmediatamente, sin rodeos ni dudas, extrayéndolas de sus circunstancias particulares para contemplarlas en su realidad universalmente válida, que se manifiesta en diferentes planos existenciales al mismo tiempo.

Respecto a la dimensión «horizontal» de la existencia material, la dimensión de las cualidades cósmicas es «vertical», pues une, lo inferior con lo superior, lo transitorio con lo eterno. Así contemplado, el cosmos revela su intrínseca unidad descubriendo al mismo tiempo una cambiante multiplicidad de aspectos y dimensiones. Tales contemplaciones suelen ser de una belleza poética que no resta nada a su veracidad, ya que toda auténtica poesía contiene un presentimiento de la unidad esencial del mundo; por eso el profeta del Islam pudo decir: «Se esconde, ciertamente, en el arte de la poesía una parte de la sabiduría».

Si a esta visión de las cosas se le puede reprochar el ser más contemplativa que práctica y el omitir las relaciones materiales de las cosas entre sí -reproche que en realidad no es tal-, de la ciencia moderna, en cambio, podría decirse que despoja al mundo de su jugo cualitativo.



El «gran» argumento a favor de la ciencia moderna estriba en su éxito técnico; argumento de gran peso en la conciencia de la masa, aunque menor a los ojos de los científicos, que se dan perfecta cuenta de las veces que un descubrimiento técnico ha partido de teorías totalmente insuficientes o incluso erróneas. Como prueba de verdad en el sentido más profundo, el éxito técnico es dudoso; en efecto, una teoría puede captar la realidad en la medida requerida por determinada aplicación técnica e ignorar, sin embargo, su verdadera esencia. 

Así ocurre con frecuencia, y las consecuencias de una poco sabia dominación de la naturaleza son cada vez más evidentes: en un principio se pusieron de manifiesto, sobre todo, en un plano humano, imponiendo al hombre una forma de vida mecanizada, contraría a, su verdadera naturaleza; en una segunda fase, estos inventos, que siempre se caracterizan más por el no saber que por el saber, ejercen peligro las propias bases de la vida terrenal por sus efectos nocivos en el reino viviente[4]; y, aun cuando este proceso no alcance a poner en peligro las propias bases de la vida terrena[5], en un momento dado, cuando las consecuencias de las intervenciones imprudentes en la naturaleza se hayan acumulado y acelerado inesperadamente, para evitar calamidades aún mayores[6] habrá que soportar los sacrificios mayores de cuantos el hombre haya debido nunca soportar para la mera conservación de su existencia.

Podemos objetar que la ciencia como tal es responsable de esta evolución, que se halla ya contenida en la propia estructura de la ciencia moderna.  Evolución que nace de una unilateralidad determinada, en primer lugar, por el hecho de que, siendo el mundo fenoménico infinitamente múltiple, cualquier ciencia que lo trate sólo podrá ser incompleta.  Además, la mezcla peligrosa y explosiva de saber y no saber, característica de la ciencia moderna, se debe a que niega sistemáticamente todas las dimensiones no puramente físicas de la realidad.  Esta exclusividad verdaderamente inhumana de la ciencia moderna es responsable de fisuras, ya implícitas en sus propios fundamentos; estas fisuras, que no afectan sólo al plano teórico, están lejos de ser inofensivas; representan, al contrario, en sus consecuencias técnicas, otros tantos gérmenes de una catástrofe.

La concepción puramente matemática de las cosas, al estar inevitablemente ligada a la naturaleza esquemática y discontinua del número, omite todo lo que, en el inmenso tejido de la naturaleza, está hecho de pura continuidad y de relaciones sutilmente mantenidas en equilibrio.  Ahora bien, la continuidad y el equilibrio son, por otro lado, más reales que lo discontinuo o anecdótico e infinitamente más preciosas; son, simplemente, indispensables para la vida.  

Para la física moderna, el espacio en que se mueven los astros y el espacio medido por las trayectorias de los cuerpos más pequeños, como los electrones, se concibe como un completo vacío.  Aunque esta concepción sea contraria a la lógica y a cualquier representación intuitiva, se mantiene porque permite representar las relaciones espaciales y temporales entre los diferentes cuerpos o corpúsculos de manera matemáticamente «pura». En realidad, un «punto» físico «suspendido» en un vacío absoluto carecería totalmente de relación con cualquier otro «punto» físico; estaría, por así decirlo, suspendido en la nada.  Aunque se hable de «campos magnéticos» que establecerían relaciones entre cuerpo y cuerpo, no se especifica cómo esos campos magnéticos se sostienen. El espacio totalmente vacío no puede existir; no es sino una abstracción, una idea arbitraria que demuestra hasta dónde puede llegar el pensamiento matemático cuando, artificialmente, se desvincula de la intuición concreta de las cosas.



Según la cosmología tradicional, el espacio está uniformemente lleno de éter.  Sin embargo, la física moderna niega la realidad del éter, después de comprobar que no supone ningún obstáculo para el movimiento rotatorio del globo terráqueo; se ha olvidado que este «quinto elemento», que constituye el fundamento de todos los modos de ser materiales, no posee en sí mismo ninguna cualidad física particular.  Representa el fondo continuo del que se destacan todas las discontinuidades materiales, de modo que no puede oponerse a cosa alguna.

Si la ciencia moderna aceptara la presencia del éter, quizá podría responder a la pregunta de si la luz se propaga como onda o como emanación corpuscular; es notable cómo, según el punto de vista, los fenómenos luminosos pueden explicarse de un modo u otro, sin eliminar la contradicción entre ambas interpretaciones. Es probable que la propagación de la luz no se explique ni de una ni de otra manera, sino sólo a partir del hecho de que la luz está en relación directa con el éter y, como tal, participe de su naturaleza, que es describible como un continuo indiferenciado.

Un continuo indiferenciado, empero, no puede subdividirse en una serie de unidades similares ni, a pesar de peinar el espacio, puede medirse gradualmente esta parece ser también una característica de la velocidad de la luz, al menos de modo aproximado; a lo que hay que añadir que la luz recorre el espacio más rápidamente que cualquier otro movimiento; su velocidad representa un valor límite propiamente dicho.

En 1881, Michelson estableció, mediante sus experimentos, que la velocidad de la luz era invariable tanto si se la medía en el sentido del movimiento terrestre como en sentido contrario; este valor de velocidad, aparentemente, absoluto ha colocado a los astrónomos modernos frente a la alternativa de asumir la inmovilidad de la Tierra, negando con ello el sistema heliocéntrico, o de refutar los conceptos habituales de espacio y tiempo.  Einstein fue inducido a considerar espacio y tiempo como dos magnitudes relativas dependientes de las condiciones de movimiento del observador y sólo la velocidad de la luz como única constante; ésta sería siempre y en todo lugar idéntica, mientras que espacio y tiempo cambiarían uno respecto al otro, hasta que el espacio casi pudiese disminuir en favor del tiempo, y viceversa.

Esta teoría es seductora a primera vista, pues parece plausible que la luz pueda «medir» con su propio movimiento el espacio y el tiempo.  El experimento de la velocidad de la luz, que ha servido de base al desarrollo de la teoría, ha debido necesariamente tener en cuenta en sus cálculos al espacio y al tiempo tal como se presentan en nuestra experiencia cotidiana. ¿Qué es, pues, la famosa «constante» que expresaría la velocidad de la luz?  En la práctica se escribe «300.000 kilómetros por segundo» suponiendo que este valor, aunque deba expresarse de distintas maneras según las circunstancias, permanecería igual a sí mismo en todo el cosmos.  Pero ¿cómo puede un movimiento con una determinada velocidad, cuya definición seguirá siendo una determinada relación entre espacio y tiempo, ser en sí mismo la medida, por así decirlo, absoluta de estas dos condiciones del estado físico? ¿Acaso no se intercambian dos planos distintos de la realidad?  Estamos dispuestos a creer que la naturaleza de la luz es fundamental para todo el mundo físico y que el movimiento de la luz representa algo así como la medida cósmica de este mundo, pero esto ¿qué tiene que ver con el número, o, lo que es más, con un número determinado?[7].

Se nos dice que la realidad no se conforma necesariamente a nuestros conceptos innatos de espacio y tiempo; pero a la vez se da por sentado que el universo físico se conforma a ciertas fórmulas matemáticas que después de todo se basan en axiomas igualmente innatos.



Se dice que espacio y tiempo varían según el estado de movimiento del observador y que la contemporaneidad no existe objetivamente, pero los criterios matemáticos, según se afirma, son los mismos en todo lugar.

Es como si el mundo físico, que, aun poseyendo una lógica propia, no representa sin duda más que una realidad condicionada, pudiera ser superado y aprehendido en su totalidad por el pensamiento matemático. Hay que tener cuidado: no de una visión o introspección puramente espiritual, sino de una sucesión de fórmulas puramente matemáticas. ¿Cómo se desarrollará, pues, en la práctica la nueva exploración del universo?  El astrónomo, que calcula el número de años-luz que nos separan de la nebulosa en la constelación de Andrómeda, refiriéndose al desplazamiento de las líneas en el espectro, confía, pese a su pensar en términos relativos, en que la velocidad de la luz sea igual a la que puede medir en la Tierra; y que la naturaleza de la luz y la naturaleza de la materia sean invariables en todo el cosmos visible.  Confía, en suma, en que el tejido del mundo será siempre y en todas partes idéntico al minúsculo pedacito que el hombre puede probar. ¡Qué mezcla singular de total confianza por parte de la física y de desconfianza matemática frente a los conceptos directamente dados de espacio y tiempo! ¿Qué ocurriría si como puede fácilmente suceder se cuestionara la validez universal de la supuesta velocidad de la luz?  Esto haría tambalearse al único punto cardinal fijo de toda la teoría einsteiniana de la relatividad.  Toda la concepción moderna del cosmos, y no sólo la de Einstein, se pulverizaría inmediatamente como una quimera[8].

Consideremos una vez más el abc de la teoría einsteiniana: espacio y tiempo, así lo afirma esta teoría, se miden de modo distinto según el movimiento del observador; lo único definitivo es la velocidad de la luz.  Sin embargo, esta velocidad debe tener en sí misma su propia medida, porque ¿con relación a qué podría ser medida si no? Se supone que es constante para hacer cuentas redondas, pero nada nos asegura que la velocidad de la luz no varíe según la esfera cósmica en que se expande la luz; además, es muy probable que sea así, puesto que no existe en parte alguna ningún fenómeno idéntico a sí mismo. Lo único inmutable es la acción fuera del tiempo, el «fiat lux» creativo; el movimiento de la luz se expresa mediante el «valor límite» de su velocidad; aunque sólo aproximadamente y con toda la relatividad típica del mundo corpóreo.

Es posible, pues, que todas las distancias entre los astros calculadas en «años luz» tengan una validez tan «subjetiva» como las relaciones de cualquier cosmología «obsoleta», sin hablar del hecho de que el conocimiento de la naturaleza está condicionado por los límites de nuestras facultades sensoriales.

En el mismo orden de ideas, queremos citar aquí la teoría según la cual el espacio en que se mueven los astros, es decir, el espacio total del universo físico, no corresponde al espacio euclidiano, sino a un «espacio» que no admite el postulado euclidiano de las paralelas (por un punto pasa una sola recta paralela a otra recta dada); tal «espacio» refluye sobre sí mismo sin una curva definida.  Se podría ver en esta teoría una expresión de la indefinitud propia del espacio total, pues en realidad el espacio no es ni finito ni infinito; sólo el Absoluto es infinito.  Los antiguos expresaban esta indefinitud comparándola a una esfera cuyo radio excedía toda medida y que a su vez estaba contenida en el Espíritu universal. Pero no es esto a lo que aluden los físicos modernos cuando hablan de un espacio no euclidiano; para ellos se trata de una concepción rectificada del espacio: el euclidiano representaría sólo un caso excepcional del espacio efectivo, y la concepción de éste, aun siendo insólita, sería fácilmente accesible a una imaginación entrenada.



Ahora bien, esto en absoluto es cierto, y se basa en una singular confusión entre la espacialidad real y una especulación matemática que, si bien deriva de conceptos geométricos, no es espacialmente representable. En realidad, no es posible representarse el «espacio» no euclidiano más que indirectamente, comparándolo al euclidiano, ya que las figuras más simples, bidimensionales, de aquél son referibles a un modelo euclidiano tridimensional; cuando se trata de más de dos dimensiones, la comparación deja de funcionar y no nos queda más que una estructura matemática cuyas magnitudes, aun llevando el nombre de elementos espaciales, se sustraen a nuestra imaginación. Además, en este caso, la lógica propia de la imaginación es desmontada por conceptos puramente matemáticos para, finalmente, violentar retroactivamente la propia imaginación. Mientras que el primer paso, la superación matemática de la imaginación, puede ser lícito, el segundo, es decir, su violación matemática, supone una tendencia, de la que ya hemos hablado, que convierte una facultad mental  -la de pensar en términos matemáticos- en un absoluto.

De acuerdo con el esquematismo matemático, la materia es concebida como algo inconexo, como un elemento discontinuo, pues se considera que los átomos, así como los corpúsculos de los que están compuestos, se encuentran en el espacio mucho más aislados que los mismos astros. Cualquiera que sea la concepción del orden atómico dominante -las teorías sobre la materia se suceden con una rapidez desconcertante-, siempre se trata, sin embargo, de un sistema dentro del ámbito de «puntos» físicos o energéticos distintos.  Mas, puesto que el medio por el que estas minúsculas partículas de la materia pueden ser observadas, que suele ser la luz, representa a su vez un continuo, de ahí surge enseguida una contradicción entre una representación discontinuo y una representación continua de la materia; cuando luego se intenta superar esta contradicción, resulta de ello una situación sin salida, como cuando el acto de ver intenta verse a sí mismo. En este punto, nos gustaría recordar la doctrina tradicional de la materia25 según la cual el mundo procede de la materia prima por «diferenciación sucesiva» en virtud de la «acción inmóvil» de la entidad plasmadora del espíritu creador.  La materia prima no es, sin embargo, perceptible en sí misma; indiferenciada, se encuentra en la base de todas las condiciones o formas diferenciables, siendo esto válido no sólo para la materia prima de todo el cosmos, tanto visible como invisible, sino también, en sentido más limitado, para la materia que compone el mundo corpóreo. Los cosmólogos medievales la llamaban materia signata quantitate, «materia caracterizada por la cantidad»: la materia de cualquier cuerpo fenoménico es siempre lo que aún no ha sido plasmado y que, por lo tanto, no puede definirse con ninguna de las características válidas en este mismo campo.  En conjunto, el mundo discernible se desarrolla entre dos polos que escapan a cualquier conocimiento distintivo: el polo de la esencia plasmadora y el polo de la materia indiferenciada, del mismo modo que el espectro de los colores puede manifestarse, en virtud de la descomposición de la luz blanca (y, como tal, incolora), en un medio también incoloro como una gota de agua o un cristal.

La ciencia moderna, que a pesar de su pretendido pragmatismo busca una explicación válida y exhaustiva de los fenómenos visibles y cree encontrar la razón última de la naturaleza de las cosas en una determinada estructura intrínseca a la materia física; debe suministrar la demostración de que toda la riqueza cualitativa del mundo sensorialmente perceptible se basa en las agrupaciones cambiantes de pequeñísimos corpúsculos.  Es evidente que esta reducción está destinada al fracaso, pues si bien estos «modelos» llevan en sí aún ciertos elementos cualitativos aunque sólo se tratara de su imaginaria estructura espacial-, se trata, al fin y al cabo, de una reducción de la cualidad a la cantidad; pero la cantidad jamás podrá comprender la cualidad.



En su obra De Unitate et Uno, Boecio comparó convincentemente la «forma» de una cosa, es decir, su aspecto cualitativo, con una luz mediante la cual conocemos la esencia de la cosa en cuestión.  Prescindiendo lo más posible de los aspectos cualitativos de la existencia física con la intención de captar su fondo cuantitativo, o sea, la materia pura, se actúa como un hombre que apagase todas las luces para escrutar mejor la naturaleza de las tinieblas.

Así, la ciencia moderna no aprehenderá nunca la esencia de la materia en que este mundo se fundamenta. Ni siquiera se le acercará, ya que, con la progresiva exclusión de todas las características cualitativas en favor de definiciones puramente matemáticas de la estructura material, se sitúa dentro de unos límites en los que la exactitud se convierte en indeterminación. Es eso precisamente lo que ha ocurrido, llevando a la física nuclear moderna a sustituir progresivamente la lógica matemática por estadísticas y cálculos de probabilidades.  Parece como si las leyes de causa y efecto no alcanzasen plenamente los terrenos a los que ha sido empujada en nuestros días esa ciencia; la lógica se pone en duda y se empieza a especular sobre si el fenómeno basilar de la naturaleza es determinado o indeterminado, y si, en el segundo de los casos, las llamadas leyes de la naturaleza no serían más que una especie de aproximación estadística. Está claro que entre el mundo cualitativamente diferenciado y la materia indiferenciada hay, por así decirlo, una zona intermedia, la zona del caos.  La indeterminación pertenece al caos, y en él se incluye la desproporción entre lo que parece causa y lo que parece efecto.  Son característicos de esta zona los siniestros peligros que la escisión atómica implica.

Si las antiguas cosmogonías parecen infantiles e ingenuas cuando las tomamos literalmente y no en su simbolismo -lo que significa no comprenderlas-, las teorías modernas sobre el origen del mundo son, por demás, simplemente absurdas; no ya por su formulación matemática, sino por la ingenuidad con que sus autores se constituyen en testigos imparciales del fenómeno cósmico.  A pesar de su convicción, expresamente profesada y tácitamente presupuesta, de que el propio espíritu humano no es sino un producto de tal fenómeno; si fuera ello cierto, ¿cuál sería, entonces, la relación entre esa nebulosa primordial de cuyo torbellino material se querría hacer derivar el mundo, la vida y el hombre, y ese pequeño espejo mental que se pierde en conjeturas -no otra cosa sería la inteligencia para los científicos-, seguro de encontrar en sí mismo la lógica de las cosas? ¿Cómo puede el efecto ser juez de su propia causa?  Si en la naturaleza existen leyes constantes -las leyes de la causalidad, del número, del espacio y del tiempo- y si algo en nosotros mismos tiene derecho a decir: esto es verdadero, aquello es falso, ¿quién garantiza la verdad: el objeto o el sujeto conocedor? ¿Acaso nuestro espíritu no es más que espuma sobre las olas del océano cósmico, o existe en su fondo un testigo intemporal de la realidad?

Algunos defensores de tales teorías nos responderían que solamente se ocupan de la realidad física y objetiva y no se pronuncian sobre los fenómenos subjetivos; probablemente se referirían a Descartes, quien definió espíritu y materia como dos realidades coordinadas pero distintas una de otra.  Esta concepción contiene una pizca de verdad, aunque se equivoca en su unilateralidad.  Desde luego, el dualismo cartesiano preparó a las mentes para prescindir de todo lo que no fuera naturaleza física, como si el hombre mismo no fuera la demostración de que la realidad encierra en sí múltiples modos o grados de existencia.

El hombre de la antigüedad, que imaginaba a la Tierra como una isla circundada por el océano primordial y al cielo como una cúpula protectora; o el hombre medieval, que veía los cielos como esferas concéntricas que desde el centro de la Tierra se irían escalonando hasta la esfera, que todo lo abarca y no limitada en sí misma, del Espíritu divino, esos hombres tenían ciertamente una concepción errónea de las relaciones reales del universo físico; en cambio, eran conscientes del hecho, infinitamente más importante, de que el mundo corporal no representa toda la realidad, la cual está como circundada y penetrada por una realidad más amplia y más sutil, que se halla a su vez contenida en el Espíritu; indirecta o directamente, sabían, además, que, respecto al Infinito, la vastedad del universo es nula.

El hombre moderno ha aprendido que la Tierra no es más que una esfera suspendida en un abismo sin fondo, con un movimiento vertiginoso y complejo regido por otros cuerpos celestes, incomparablemente mayores que esta Tierra e increíblemente lejanos; sabe que la Tierra en la que vive no es más que un granito de arena con relación al Sol y que el Sol no es mas que un granito de arena respecto a las miríadas de otros astros incandescentes; y sabe que todo se mueve.  Una irregularidad en ese juego de movimientos astronómicos, la incursión de un astro extraño en el sistema planetario, una variación en la trayectoria solar o cualquier otro accidente cósmico, bastarían para que la Tierra se tambaleara en su rotación, para trastornar la sucesión de las estaciones, para cambiar la atmósfera y destruir a la humanidad.  El hombre moderno sabe también que el mínimo átomo contiene fuerzas que, una vez desencadenadas, incendiarían la Tierra casi instantáneamente.  Para la ciencia moderna, tanto lo «infinitamente grande» como lo «infinitamente pequeño» se presentan como un mecanismo complicadísimo cuyo funcionamiento depende de una serie de potencias ciegas.

No obstante, el hombre de nuestro tiempo vive y actúa como si el desarrollo normal y cotidiano de los ritmos de la naturaleza le estuviera asegurado.  Efectivamente, no piensa ni en los abismos del mundo estelar ni en las terribles fuerzas latentes en cada brizna de materia.  Contempla el cielo encima de él como lo ve cualquier niño, con su Sol y sus estrellas, el recuerdo de las teorías astronómicas le impide conocer en ellos signos divinos.  El cielo ha de ser para él la manifestación natural del Espíritu que engloba al mundo y lo ilumina; sustituye esta «ingenua» y profunda visión de las cosas por el saber científico, no como una nueva conciencia de un orden cósmico superior, un orden del que, corno hombre, forma parte, sino como una desorientación, un desasosiego irremediable ante abismos sin común medida con su persona.  Porque nada le recuerda que, en definitiva, el cosmos entero está contenido en él, no en su ser individual, cierto, sino en el espíritu que está en él y que al mismo tiempo es más que él y que todo el universo fenoménico.

 


[1] James JEANS, Die neuen Grundlagen der Naturerkenntnis, Stuttgart, 1935. 

[2] B. BAVINK, Hauptfragen der heutigen Naturphilotsophie, Berlín, 1928.

[3] Josef Geiser, Ailgemeine Philosophie des Seins und der Natur, Münster (Westfalia), 1915.

[4] Es interesante notar, en este contexto, que sea ahora, precisamente, la primera vez que se ve seriamente perjudicada la pureza del agua, del aire y de la tierra.  La pureza de estos elementos, que siempre se restablece por sí sola, es la expresión del equilibrio de la naturaleza, razón por la cual tierra, agua, aire y fuego fueron sagrados en todas las edades precedentes.  

[5] Es puede suceder también independientemente de los peligros de la fisión atómica.

[6] El hecho de que los gobiernos intervinieran en el control de nacimientos significaría una intromisión en la vida del individuo inimaginable hasta ahora, incluso bajo los regímenes dictatoriales más feroces.

[7] Véase la excelente crítica de la teoría einsteiniana de Maurice Ollivier en Physique moderna et Réalité, Editions du Cédre, París.

[8] Estas líneas ya habían sido escritas cuando nos enteramos a través de un informe del científico español Julio Palacios («El hundimiento de una teoría», en ABC, Madrid, noviembre de 1962) de que, según la revista de la sociedad norteamericana de óptica, Wallace Kantor, de la Western University of California, demostró inequívocamente con sus experimentos que la velocidad de la luz no es constante en el sentido einsteiniano, sino que disminuye o aumenta según el movimiento de la fuente luminosa.  La teoría de Einstein ha sido, pues, privada de todo fundamento; de todos modos, tendrá que pasar mucho tiempo antes de que sus elucubraciones desaparezcan de los libros de texto y se saquen las debidas conclusiones de esta delusión; hay que darse cuenta de que la relatividad de esta existencia espacio-temporal, que indudablemente subsiste desde un punto de vista más elevado, no puede ser demostrada a partir de un elemento cualquiera, como es la velocidad de la luz, correspondiente a esta misma existencia.  Considerada con la debida perspectiva histórica, la teoría einsteiniana de la relatividad aparecerá quizá como un equivalente de la filosofía existencialista que, con la ayuda de análisis lógicamente desesperados, quiere demostrar que la lógica no es válida. De igual modo se oponen a la teoría de Einstein los cálculos del doctor Harlan Smith, de la Universidad de Texas, relativos a ciertos cuerpos celestes «quasi-estelares» que a una distancia de un billón de años-luz y con diámetros de, por lo menos, mil años-luz, presentan pulsaciones de luz de cerca de trece años

25 Cfr. nuestro libro sobre Alquimia, op. cit, 42

  

 







LA POLÍTICA EXTERIOR DEL SANCHISMO O EL SUICIDIO ESPAÑOL A PLAZO FIJO (4 de 4) – “Migración circular” y “conflicto ucraniano”

6. La “migración circular” como iniciativa en política exterior

La “africanización” de nuestra política exterior, se está vendiendo como “pasos agigantados” para un “nuevo modelo migratorio” bautizado como “migración circular”, algo parecido a inventar la sopa de ajo en el siglo XXI. En la orwelliana guerra del lenguaje utilizada por el sanchismo, este nuevo invento consiste en un sistema de contratación que permite a trabajadores extranjeros viajar a España para trabajar en sectores específicos (como la agricultura o la hostelería) durante un periodo determinado y, una vez finalizado el contrato, regresar a su país de origen con la garantía de poder volver a ser contratados en la siguiente temporada… Por supuesto, este sistema es tan absurdo y engañoso como cualquier otra medida de Sánchez, pero justifica los acuerdos y los pactos suscritos en los dos últimos años con países africanos. El gobierno ha declarado que esta “migración circular” está diseñada para fomentar una migración “legal, segura y ordenada”…

Pero el problema es que resulta innecesario contratar en los países de origen a trabajadores para un país está próximo a los 4.500.000 de trabajadores reales en paro (aunque solo declare oficialmente 2.400.000…). En este terreno la “imaginería laboral” del Ministerio de Trabajo, ha rebasado las peores previsiones orwellianas: un parado es un parado, alguien que no trabaja, pero el ministerio, hoy, considera no-parados a los “fijos discontinuos inactivos” (900.000 personas), a los demandantes con "disposición limitada" (367.000 personas), a “Otros no ocupados” (casi 200.000 personas) calificadas como demandantes de empleo pero que el Ministerio no suma al dato de paro registrado a pesar de que no tienen un trabajo en ese momento: desempleados que siguen cursos de formación, estudiantes que buscan trabajo, etc.; y, finamente, 11.000 personas más procedentes de ERTEs. Y un contingente, posiblemente entre 800.000 y 1.000.000 de personas que, por algún motivo, reciben pensiones no contributivas y ni trabajan ni están inscritos en listas de paro, fundamentalmente inmigrantes en situación irregular. Sumado, todo esto, da una cifra que no puede ser mucho menor de los 4.500.000, número de parados reales.


En esta perspectiva resulta absolutamente innecesarios los pactos para generar “migración circular”, que no harán sino aumentar el número de ilegales. Desde el momento en el que un trabajador llegado de África logra insertarse en este programa en su país de origen, trabaja dos o tres meses (que es, como máximo, lo que dura una campaña agrícola), pero puede obtener permisos de residencia de ente 4 y 9 meses… tiempo suficiente como para entrar en contacto con otros africanos en paro que le comunican que el Estado los mantiene a ellos y a sus familias por tiempo indefinido, sin necesidad de trabajar ¿qué puede, pues, impulsar a ese beneficiario de la “migración circular” para regresar a su país de origen y volver al año siguiente? Obviamente, le resulta mucho más rentable no regresar y engrosar la cifra de ilegales en vías de regularización.

Por otra parte, si bien es cierto que falta mano de obra en España, no es menos cierto que falta mano de obra CUALIFICADA (especialmente en la construcción) y que el modelo de “migración circular no va a paliar: ni en África existe esa mano de obra que conozca los sistemas constructivos europeos, ni ese modelo migratorio les va a permitir adquirirla mediante cursos de formación profesional. En cuanto a la inmigración no cualificada, la única que puede encontrar trabajo en los campos, en España hay suficientes ilegales como para cubrir toda la demanda, así que importar más solamente supone agravar la cuestión migratoria.

Quizás en materia migratoria es donde la política Sánchez es más errática y suicida y no basta con interpretarla como “tierra quemada”. Él mismo, ha integrado sus medidas en materia de inmigración en el capítulo de “política internacional”: ya hemos visto sus reiteradas visitas a África, lo que ha dado y ofrece a cada país. El balance es netamente deficitario para nuestro país. La explicación oficial de tal política es que el gobierno quiere hacer de España el “socio estratégico” que lidere la influencia de la UE en África, combinando inversiones económicas con un modelo de migración legal y ordenada… pero, el problema es que Sánchez actúa por iniciativa propia, no por mandato de la UE, que lo considera un “maldito”, un disidente que juega un juego personal y propio que cada vez tiene menos que ver con la política central de la UE a la que sus medidas en materia migratoria están visiblemente perjudicando.

Y es entonces cuando llegamos a la “regularización masiva”. Inicialmente apoyada por el PP (que propuso “rebajar” la cifra de regularizaciones a 500.000 y que, luego, a la vista de la impopularidad de la medida, y del tirón de Vox, optó por desvincularse), finalmente iniciada en abril de 2026, como era de esperar, ha estimulado el “efecto llamada”, al anunciarse anticipadamente, has generado la llegada de inmigración procedente, no solo de África sino de inmigrantes en situación de ilegalidad en otros países de Europa, y que se realizará sin la más mínima garantía de veracidad de los documentos presentados y sin capacidad de verificación alguna.

En el momento de escribir estas líneas, ningún analista duda de que los “regularizados” rondarán entre los 750.000 y el millón, estimulando un nuevo “efecto llamada” que hará que en apenas unos meses nos encontremos con el mismo número de ilegales que en el momento actual. Y todo esto en un momento en el que la construcción de viviendas está a mínimos, los alquileres y los precios de la vivienda suben ¡como ocurre en una economía de mercado en donde hay más demanda de vivienda (400.000 inmigrantes al año) que no es cubierta por la oferta inmobiliaria.

Los gobiernos europeos, por otra parte, temen que esta regularización (que permitirá que los “legalizados” en España circulen por todo el ámbito de la UE) repercuta en sus propios países y esto genere una nueva oleada de votos hacia los partidos populistas, permanecen, entre temerosos y expectantes ante el desarrollo de la regularización.

Ahora bien ¿qué ha impulsado a Sánchez a esta medida absurda e impopular? No cabe decir solamente que busca una situación de “tierra quemada” (que su sucesor se vea desbordado, no esté en condiciones de afrontar la crisis y en unos años, el socialismo vuelva a gobernar el país), porque, otras medidas sugieren que Sánchez prepara lo más parecido a un “pucherazo electoral” (especialmente con la concesión de nacionalidad a ¡nietos de republicanos exiliados!).

La respuesta está en la foto de la reunión de Barcelona de la “internacional progresista”: Sánchez y el hijo de Soros, sugieren que el primero, en su afán de supervivencia, ha hecho suyas las tesis que ha defendido Soros en las últimas décadas. Y todos los gobiernos europeos han entendido perfectamente y desde hace años que Soros es un aventurero de la política, interesado en sus maniobras especulativas y en la defensa de sus “mitos progresistas” generados en su infancia de judío húngaro obsesionado por su origen étnico y deseoso de ANULAR cualquier sistema de identidad étnica o nacional que consideraba culpables de la discriminación de la que era objeto. Para ello era preciso anular la diferenciación racial y eso solamente podía hacerse mediante el mestizaje.

El delirio de Soros (avalado por los miles de millones entregados a su fundación Open Society) y coincidente -por otros motivos- con las políticas de la clase funcionarial de la ONU y de sus agencias (especialmente de la UNESCO), es el que ha hecho de la inmigración masiva un tema defendido por la “izquierda progresista mundial”. No es que a Sánchez le interese una verdadera mierda el plan de Soros, es que es uno de los pocos puntos de apoyos con los que cuenta en ese momento y Sánchez hará con Soros lo mismo que ha hecho con Marruecos, seguirle la corriente si eso le ayuda a permanecer unas semanas más en el poder.

Pero el resultado objetivo de todo esto es dramático para el futuro de España:

1) España está cada vez vas lejos del pelotón de cabeza de la UE (Francia y Alemania) que, en la práctica, están marginando y evitando a Sánchez por todos los medios (dar la mano y/o fotografiarse con un corrupto es un lastre de futuro). Sus choques con EEUU, su trilerismo en el tema de las negociaciones con la OTAN, su juego personal en detrimento de cualquier proyecto o política europea, le abocan a ese aislamiento.

2) España se está “africanizando” a marchas forzadas: en primer lugar, por la diferencial demográfica que hace que los africanos (magrabíes y negros) sean cada vez más y tengan cada vez más hijos y los españoles de origen seamos cada vez menos y con menos hijos. Medidas como la permisividad a la “inmigración masiva”, la “migración circular”, los acuerdos con países africanos apuntan en esa dirección.

7. La cuestión ucraniana en la política exterior española

Sánchez mantiene un apoyo verbal y material continuado a Ucrania, aparentemente alineado con los socios de la OTAN y la Unión Europea. Sánchez afirma creer en el “multilateralismo” apoyado por la UE, pero, una vez más, sus palabras desmienten los hechos. Alguien que rompe con los EEUU, abre de par en par las puertas a China y opta por Ucrania en guerra con Rusia, no está por el “multilateralismo”, sino que, no tiene una opción clara y diáfana en política exterior. O dicho de otra forma, cualquier iniciativa en política exterior de Sánchez sigue estando subordinada a sus intereses personales.

Creer en el “multilateralismo”, en principio, supondría aceptar que Rusia tiene derecho a asegurar su defensa nacional y la integridad de sus ciudadanos, especialmente de aquellos que fueron incluidos en Ucrania, pero que se sienten rusos y viven en territorios que SIEMPRE han sido rusos.

No olvidemos que el conflicto de Ucrania se inició por la “marcha hacia el Este” de la OTAN, iniciada durante el derrumbe de la URSS y que ha proseguido inexorable hasta la frontera ruso-ucraniana. La pretensión de la OTAN de incluir a Ucrania en su dispositivo, fue la causa, la única causa del inicio del conflicto: no ha existido, desde el derrumbe de la URSS ninguna aspiración rusa sobre Europa Oriental, ni mucho menos ahora.

Sin embargo, el hecho de que en Polonia, los países Bálticos, y los Países Nórdicos, exista en estos momentos una psicosis de guerra (que se intenta extender a Alemania) y se esté a la espera “de un momento a otro” de un ataque ruso, es una ficción que ha nacido de la necesidad de la UE, especialmente de Alemania, de encontrar una industria que sustituya a la del motor, que quedará prácticamente liquidada por la competencia china. Esa industria “de sustitución” es la industria armamentística. Pero los armamentos no se “consumen” si no se estimula el miedo a un conflicto bélico. Esa es la razón por las que en algunos países se vive una psicosis de guerra.

En lo que se refiere al conflicto ucraniano, prácticamente está liquidado desde las primeras semanas de guerra. Rusia tiene desde hace años lo que pretendía: el dominio sobre el Dombass y Crimea. No aspira a más, tiene en Siberia territorios inexplotados e interminables, provistos de riquezas minerales, así que no necesita de “sueños imperiales”, ni de peligrosas fantasías expansivas. Sin embargo, Zelensky se niega a dar por finalizado un conflicto en el que, antes o después, irremisiblemente, va a tener que aceptar pérdidas territoriales.

De momento este conflicto está despoblando Ucrania que ya ha perdido casi una cuarta parte de su población desparramada en países de Europa del Este. Los desertores del ejército ucraniano, los que se niegan a vestir uniforme y optan por ir a Europa, las familias que huyen de la guerra por encontrarse en zonas militares, los muertos en el conflicto (que organismos imparciales evalúan entre 500 y 600.000 personas, mientras que Zelenski solo reconoce 55.000, a lo que habrá que sumar entre 25 y 50.000 civiles) y los que se encuentran en regiones de mayoría rusa que nunca se han considerado ucranianos. Los 43 millones de habitantes que tenía el país en 2022 se han reducido a 33. La UE ha absorbido la mayoría de esa merma que se suma al 20% del territorio ocupado por los rusos. A esto se une la “catástrofe demográfica”: la natalidad se ha desplomado cayendo por debajo de un hijo por mujer. En 2025 y principios de 2026, se ha registrado una proporción de tres muertes por cada nacimiento.

El diagnóstico, por todo lo anterior, es fácil de establecer: Ucrania ha perdido en este conflicto, puede darse como “parte derrotada”. Sin embargo, Zelensky entendió muy pronto que la guerra le sirve para muñir a los países occidentales, especialmente a la UE. No hay que olvidar que, Ucrania arrastra una corrupción endémica que se ha centuplicado con la guerra y con el gobierno de Zelensky (que ha tenido que prescindir de varios colaboradores de su propio entorno, por esta causa). Como no podía ser de otra manera, Sánchez es una de las personas con las que Zelensky se siente más cómodo… y por ello ha viajado en cuatro ocasiones a España para entrevistarse con Sánchez.

España ha comprometido una cifra total de casi 4.000 millones de euros en apoyo militar bilateral desde el inicio del conflicto. El pasado 18 de marzo de 2026, durante la cuarta visita de Volodímir Zelenski a Madrid, Sánchez anunció un nuevo paquete de 1.000 millones de euros para este año. Una novedad clave de este acuerdo es el impulso a la coproducción y cofabricación de material bélico (drones, misiles y radares) trabajando "codo con codo" entre empresas españolas y ucranianas. Entre los paquetes más recientes de ayuda (finales de 2025 y principios de 2026) se incluyen sistemas de defensa antiaérea y antidrones, radares de exploración y vigilancia aérea, munición y equipamiento defensivo diverso valorado en unos 300 millones de euros. A lo que hay que sumar el apoyo total (financiero, humanitario y para refugiados) estimado en casi 17.000 millones de euros. También se han habilitado partidas específicas para acelerar la reconstrucción de infraestructuras críticas y desminado humanitario. Finalmente, en el capítulo de “acogida de refugiados”, España, a pesar de la lejanía, ha facilitado el estatus de protección temporal a 338.576 ucranianos, que han pasado a residir principalmente en Alicante, Barcelona, Madrid y Malaga.

Mientras que la asistencia a “refugiados” (en realidad, en muchos casos, a simples desertores que se niegan a cumplir su servicio militar) es la baza “humanitaria”, el resto de acuerdos tienen un trasfondo militar. Esta es la baza que esgrime Sánchez ante Trump y ante la propia OTAN asegurar que ha subido el “presupuesto de defensa”.

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Hasta aquí las líneas esenciales de la política exterior sanchista. A nadie se le escapa que se trata de una política internacional improvisada, sin garantía de continuidad, que, por eso mismo, va a continuar aumentando el descrédito y la irrelevancia de España en materia internacional, además de ser una auténtica sangría para la economía española que invierte de forma ingente más y más fondos que nadie sabe a ciencia cierta a dónde van realmente a parar y en qué se emplean. Una política que es, a fin de cuentas, contradictoria y elaborada para dar una excusa al CIS para elevar la intención de voto al PSOE.

Como hemos dicho desde el principio, no se busca le “interés nacional”, sino que es una política de baja cota, guiada por los “intereses personales” de Sánchez, Zapatero y de personajes nefastos y ya olvidados como José Bono, instalado definitivamente en su palacete de la Medina de Tánger, una zona privilegiada con vista al estrecho de Gibraltar y al puerto de la ciudad. Toda esta patulea de terminará cayendo antes o después… el problema es qué quedará de España y, dado el tema de este estudio, qué quedará de la política exterior española. Por que quien venga detrás deberá reconstruir partiendo prácticamente de cero esa política exterior.

Un gobierno digno de tal nombre, por cierto, consensua la política exterior con el principal partido de la oposición, para evitar giros bruscos que terminen restando credibilidad internacional. Y eso, precisamente, es lo que Sánchez no ha intentado como mínimo desde 2021.