lunes, 25 de mayo de 2026

Introducción a La Catedral de Joris-Karl Huysmans

 

La traducción y edición de La Catedral de J. K. Huysmans está disponible en Amazon desde hace un mes. Transcribimos aquí la introducción que realizamos para esta versión. Durante nuestro exilio en Francia, tuvimos ocasión de visitar en varias ocasiones Chartres y podemos dar fe de que, como decía Barrés en La Colina Inspirada, "hay lugares en los que sopla el espíritu". Chartres es uno de ellos. La aparición de esta edición española de La Catedral ha coincidido con la peregrinación anual realizada por la cristiandad francesa desde París a esta ciudad y a la que se han sumado la cifra récord de 20.000 amantes de las tradiciones de su país. Si alguien creía que el interés por este lugar sagrado de la cristiandad francesa habia desaparecido (cuya importancia es equivalente a Santiago de Compostela), se ha equivocado. Ciertamente, el catolicismo francés siempre ha sido más combativo que el español, pero, dormido durante unas décadas, es hoy como un gigante que despierta y que empieza a caminar. En esta introducción, el lector se pondrá al día de la temática de la novela, de la personalidad de Huysmans y de su alter ego, "Durtal". Pero, sobre todo, conocerá el simbolismo místico de aquella catedral y de la fe de quienes la construyeron. 


INTRODUCCIÓN A

"LA CATEDRAL"

DE JORIS-K. HUYSMANS

El año en que se publicó en Francia la primera edición de La Cathédrale se recuerda en España como el más desastroso de su historia: 1898. Ni su autor, ni su temática parecían encajar muy bien con la situación emocional del país. Más de sesenta años después García Mercadal publicó una traducción para Editorial Escelicer, hoy inencontrable y muy buscada por los coleccionistas. Eran los tiempos del “desarrollismo” (1961) y el país parecía dispuesto a realizar lo que podríamos llamar “deberes atrasados” también en el terreno literario y editorial.

Por nuestra parte, tuvimos conocimiento de esta obra de Huysmans hacia principios de los años 70, cuando leímos El misterio de la Catedral de Chartres, de Louis Charpentier, un autor adscrito al “realismo fantástico”, pero con una pluma singularmente seductora. Archivamos el nombre de Huysmans en nuestra memoria y cuando el exilio nos obligó a fijar nuestra residencia en París tuvimos ocasión de comprar una edición de lujo de la misma obra publicada por Robert Lafont. Visitamos Chartres y tuvimos ocasión de admirar su catedral.

Fue más tarde, cuando empezamos a tener conocimiento de quién era Joris-Karl Huysmans. Somos “de ciencias”; por tanto, no se nos puede reprochar esta ignorancia en materia literaria. Pero el azar quiso que nos topáramos con su figura cuando nos interesamos por las relaciones entre literatura y ocultismo. En la introducción a La colina inspirada de Maurice Barrès ya aludimos a Huysmans y a sus correrías por los medios ocultistas fin de Siècle en París que no vamos a repetir aquí. Cayó en nuestras manos una vieja edición de Allá abajo que supuso el primer contacto real con su literatura. Gracias a Internet dimos con un ejemplar en PDF de La Cathédrale, con la notación “This digitalized version © www.huysmans.org” que reavivó nuestro interés, tanto por la literatura de Huysmans y de su época, como por la catedral de Chartres. Porque la “catedral” a la que alude el título de la novela es esa.

Desde hace años solamente hemos decidido traducir y editar aquellos textos que, de una forma u otra, nos han seducido y que creemos pueden ser útil para otros. Afortunadamente, las herramientas modernas de traducción, edición y búsqueda, facilitan extraordinariamente la tarea. Y las hemos aprovechado, especialmente en las Notas a pie de página.

A este respecto, hemos decidido colocar un buen número de notas especificando lo esencial de personajes que, ya sea porque pertenecen a la cultura francesa o por ser poco o nada conocidos en nuestro tiempo y en nuestro ámbito cultural, pueden generar dudas en el lector. Así mismo, hemos decidido también excluir de estas precisiones a la mayoría de santos que se mencionan (y son muchos) a lo largo de estas páginas. El motivo es que su biografía está al alcance de cualquier que se interese por cada nombre y pueden ser localizados con facilidad en la red o en cualquier enciclopedia convencional. Hemos evitado también dar precisiones sobre artistas que son suficientemente conocidos. También hemos colocado algunas especificaciones sobre giros verbales, palabras en desuso en nuestra lengua, términos técnicos poco conocidos por un público no especializado en arquitectura medieval, que consideramos que pueden ayudar al lector. Buena parte de estas notas han sido generadas por Inteligencia Artificial.

Vayamos ahora a presentar algunos comentarios, informaciones y datos, necesarios para situar al autor, a su generación, a su estilo y a sus personajes, necesarios para aprovechar la lectura de una obra que tiene ya más de 125 años.

El autor: Joris‑Karl Huysmans

Joris-Karl Huysmans nace en París el 5 de febrero de 1848 con el nombre de Charles-Marie-Georges Huysmans. Su padre, Godfried Huysmans, era un litógrafo holandés descendiente de una familia de pintores; su madre, Malvina Badin, era francesa y maestra de escuela. Fue bautizado el día siguiente de su nacimiento en la iglesia de Saint-Séverin, realizó su primera comunión en 1860 y fue confirmado al año siguiente. Estos primeros contactos con el catolicismo, aunque pronto quedarían eclipsados por un largo período de escepticismo y alejamiento del catolicismo, marcarían el trasfondo cultural sobre el que más tarde se tejería su obra.

Tras la muerte de su padre en 1856 y el nuevo matrimonio de su madre con un empresario protestante, el joven Huysmans fue enviado a un internado parisino, la Institución Hortus, de la que siempre guardó recuerdos amargos. Cursó estudios en el Liceo Saint-Louis y comenzó la carrera de derecho, que no terminó. En 1866, con dieciocho años, ingresó como funcionario del Ministerio del Interior, empleo que mantendría durante treinta años, hasta su jubilación en 1898 como jefe de sección honorífico. Esa doble vida –burócrata durante el día, escritor y crítico de arte por la noche– constituye uno de los rasgos más característicos de su personalidad: un hombre meticuloso y reservado que, en sus páginas, desplegaba un universo interior de una riqueza y una intensidad poco comunes.

Su trayectoria intelectual suele dividirse en tres grandes etapas: naturalista, decadente y católica. Cada una de ellas refleja no solo un cambio de estética, sino también una transformación profunda interior de su visión del mundo.

En sus primeros años como escritor, Huysmans se adhirió al naturalismo de Émile Zola, del que fue su discípulo más aventajado y seguramente el más pesimista. En sus novelas iniciales –entre las que destacan Marthe (1876), Las hermanas Vatard (1879) y En familia (1881)– aplicó el bisturí del naturalismo con una precisión feroz, retratando la sordidez de los burdeles, las pensiones de mala muerte y la mediocridad de la clase obrera parisina; estos relatos están caracterizados por un minucioso retrato de los ambientes populares parisinos, con un estilo descarnado y a menudo satírico.

Pronto comenzó a sentirse incómodo con los presupuestos materialistas del naturalismo, que le parecían demasiado restrictivos para explorar las dimensiones más sutiles de la experiencia humana. Le separaba de Zola en que éste creía en el progreso y en la ciencia como herramientas de redención social, mientras que para Huysmans la fealdad de la realidad material le generaba asco y repulsión. Pronto vivió el naturalismo como un “callejón sin salida”. Si el mundo se limitaba a lo que podía verse, tocarse y olerse, la existencia era una condena insoportable.

La ruptura definitiva se produjo en 1884 con la publicación de À rebours (A contrapelo), muestra de esta decepción y de su gran negación, una obra que se convertiría en el manifiesto del decadentismo y en una de las novelas más influyentes en el último cuarto del siglo XIX. El protagonista, Des Esseintes –precursor directo del Durtal, protagonista de La Catedral– un esteta refinado y neurasténico, retirado del mundo en una villa a las afueras de París en donde pasa el tiempo cultivando sensaciones artificiales, encarna el hastío, la búsqueda de experiencias al límite, con un rechazo absoluto a la vulgaridad de la vida moderna. La novela fue recibida con entusiasmo por el grupo de los “decadentes” y contribuyó decisivamente a la fama de Huysmans.

Hoy se considera a esta novela el “manifiesto del decadentismo”. Barbey d’Aurevilly, escritor católico, tras leer la obra dijo “Al autor solo le queda elegir entre la boca de una pistola o los pies de la Cruz”. Huysmans tardaría todavía 10 años en decidirse por la última opción.

Este grupo se oponía al estilo burgués y a la representación cruda de la realidad (que tachaba de “feísmo”), querían reaccionar contra el realismo naturalista y el positivismo, hegemónicos en aquel momento en la cultura francesa. Sus miembros eran definidos como “esteticistas”, buscaban el arte por el arte y la belleza como fin supremo y lo hacían con una actitud aristocrática y refinada frente a la mediocridad burguesa. Sentían una fascinación especial por lo prohibido, la muerte, el ocultismo y lo perverso, como recursos para refugiarse en mundos artificiales generados por el alcohol y las drogas: cualquier cosa era lícita para huir de la realidad y de la fealdad que le acompañaba.

Para sus descripciones utilizaban un lenguaje rico, ornamental y cargado de símbolos: así evocaban sensaciones y significados más allá de la descripción directa. Todos ellos, eran pesimistas por naturaleza, figuran hoy en el panteón de los autores ilustras: son los Charles Baudelaire (precursor del movimiento con obras como Las flores del mal), los Paul Verlaine (maestro del decadentismo), los Arthur Rimbaud (“poeta maldito” por excelencia), los Stéphane Mallarmé (introductor del simbolismo como pilar del decadentismo, los Théophile Gautier (precursor con la idea del “arte por el arte”), los Jules Barbey d’Aurevilly, Villiers de l’Isle-Adam,  Jean Lorrain, Jules Laforgue, Octave Mirbeau, Rachilde, Tristan Corbière, Remy de Gourmont y el dramaturgo Maurice Maeterlinck, etc.

El movimiento también irradió hacia otros países europeos: en Italia, la literatura de D’Annunzio fue su figura central. En el Reino Unido, el propio Oscar Wilde se vio muy influencia por Huysmans y, más en concreto, por A contrapelo. Y aún faltaban siete años para que Huysmans entregara a su editor el manuscrito de Là-bas (Allá lejos) que marca el punto más alto de esta corriente.

No faltaron tampoco españoles que se sumaron a este estilo. Antonio de Hoyos Marqués de Vinent, es quizás el representante más puro de esta corriente, a pesar de que Valle Inclán en sus cuatro “Sonatas” protagonizadas por el Marqués de Bradomín, haya perfilado los contornos del perfecto dandy decadente. En Hoyos, el placer, el vicio, la perversión y los ambientes más sórdidos y marginales de Madrid, desde los salones de la alta sociedad hasta los bajos fondos. Fue un provocador nato y una figura central de la bohemia madrileña. El hermano mayor de Antonio Machado fue el que abrazó con más claridad la “pose” decadente. Su poesía, especialmente en sus primeros libros como Alma y, sobre todo, en El mal poema (1909) —donde se denomina “Yo, poeta decadente”—, está impregnada de los temas del movimiento: el hastío vital, el amor por lo bohemio y marginal, la noche y el alcohol. Aunque en él pudiera ser más una actitud estética de juventud que un convencimiento profundo, sus versos son una de las cimas del decadentismo poético en España. Álvaro Retana a quien el franquismo condenó al ostracismo por su estilo de vida y su literatura, Emilio Carrere, el granadino Isaac Muñoz, José de Zamora, completan la abultada nómina de decadentistas españoles hoy, salvo Valle Inclán, completa e injustamente olvidados.

Durante ese período Huysmans sumerge a sus personajes –y, por extensión, a sí mismo– en los abismos del ocultismo y la demonología. Buscaba una forma de espiritualidad que constituyera para él una roca en el océano contra el naturalismo y el positivismo. Pero, como todo, existen dos formas de superar un fenómeno: “hacia arriba” o “hacia abajo”. Y llegó un momento en el que Huysmans se saturó de frecuentar círculos ocultistas, estudiar a los satanistas contemporáneos y mostrar un interés morboso por la magia negra. Lejos de solucionar sus crisis interiores, esa inmersión en lo siniestro terminó generándole un profundo malestar interior que lo llevó, paradójicamente, a plantearse la cuestión del bien y la posibilidad de la redención. Había dejado de mirar “hacia abajo” y empezaba a dirigir su vista a los cielos.

Durtal el alter ego de Huysmans

El punto de inflexión se produjo en 1892, cuando Huysmans comenzó a asistir a los cursos de la abadía benedictina de Saint-Martin de Ligugé y entró en contacto con el escritor católico Léon Bloy, quien se convertiría en su mentor espiritual. En 1895, tras un retiro en el monasterio trapense de Notre-Dame d’Igny, Huysmans experimentó una conversión que describiría como una “gracia inesperada” y que cambiaría para siempre el rumbo de su vida y de su obra. No fue un camino fácil, tuvo altibajos. Él mismo declaró que se había convertido “a pesar de los sacerdotes” y que ese tránsito no lo había generado ni la teología ni los eclesiásticos, sino impulsado por la belleza de la liturgia, el canto gregoriano y la arquitectura gótica. En otras palabras: entró en la religión católica “por al atrio de la belleza”. Y esto se manifestaría en sus obras, especialmente en su trilogía En route (En ruta), que discurre, primero en un monasterio trapense, luego en La Catedral situada en Chartres y, finalmente, en L’Oblat (El oblato), en donde el protagonista ingresa como oblato en la abadía benedictina de Ligugé y consolida su vida católica.

“Durtal”, el protagonista de esta trilogía es, obviamente, el alter ego del propio autor. Aparece por primera vez en Là-bas (1891), Durtal embarcado en una investigación sobre la vida de Gilles de Rais, mariscal de Juana de Arco, que derivó hacia el satanismo más criminal; Durtal, siguiendo a este personaje siniestro se embarcará en prácticas satánicas y rituales de magia negra. Está, entonces, fascinado por el mal. Es, a la vez, un tipo solitario, atormentado, en constante lucha consigo mismo y con el mundo, e intelectual refinado que busca desesperadamente un sentido para su vida. La trilogía que seguirá a Là-bas culmina diez años después de la publicación de esta obra, en L’Oblat: son diez años en la vida de Durtal-Huysmanss que le llevan del decadentismo al catolicismo. Durtal resume la experiencia espiritual de su autor.

Ese giro hacia el catolicismo comienza con Là-bas en donde el eje de la trama es la investigación que su alter ego, Durtal, realiza sobre el satanismo moderno para escapar del aburrimiento. Huysmans, finalmente, comprendió que, si el Mal absoluto existía y era una fuerza tangible y, por tanto, el Bien absoluto debía ser igualmente real. La lógica de la sombra lo llevó a buscar la luz. La conversión definitiva se narra en En route (En camino, 1895), donde Durtal se retira a un monasterio trapense.

Pero, es en La Catedral donde esa conversión se estabiliza y se vuelve intelectual. Aquí, el autor decide que la literatura debe servir para “desenterrar” el simbolismo perdido de la Edad Media. Para él, el arte medieval no era solo estética, era una lengua sagrada que el hombre moderno, cegado por el positivismo, ya no sabía leer. Durtal es, para su autor, el vehículo de una autopsia espiritual.

A lo largo de la trilogía entenderemos la compleja personalidad de Durtal y las razones de su conversión: no ha recibido una iluminación súbita y simplista; su fe es estética, intelectual y, a menudo, torturada; es, básicamente, un hombre que “quiere creer”, pero cuyo cerebro, educado en el escepticismo y el análisis científico, ofrece resistencias que, una y otra vez, van reapareciendo.

En tanto que viejo esteta, no reza, sino que observa. Su espiritualidad no sería nada sin el filtro del arte. Para él, la simple belleza es la prueba más verosímil de la existencia de Dios. Su actitud es la de un crítico de arte que espera que las piedras de las que está hecha la catedral y su estatuaria, le respondan. Rechaza, prácticamente en bloque la modernidad que asimila a la fealdad. El autor ha diseñado un personaje que conoce muy bien: ¡es él mismo! ¡alguien que parece haberse equivocado de siglo! Vive en el siglo XIX, pero no es del siglo XIX: su corazón late a ritmo del siglo XIII. Está presente y debe soportar un mundo que ni es el suyo ni del que se siente parte. No busca integrarse en ese mundo que rechaza, ni afirmar su Ego, como en el período decadentista: solo quiere disolverse en la liturgia.

Para comprender plenamente la obra, es necesario situarla en el contexto cultural del fin de siglo europeo. Este periodo se caracteriza por una profunda crisis de valores: el positivismo y el cientificismo, dominantes en la segunda mitad del siglo XIX, comienzan a ser cuestionados, mientras surgen corrientes alternativas que buscan nuevas formas de sentir. El simbolismo, el decadentismo y diversas corrientes espiritualistas reflejan esta inquietud. En este marco, la trayectoria de Huysmans resulta paradigmática: su evolución desde el naturalismo hacia una literatura espiritualizada reproduce, en clave individual, una tendencia más amplia que siguió una parte importante de la cultura europea. Y es que, más allá de su contenido artístico, La Catedral plantea cuestiones filosóficas fundamentales: la relación entre forma y sentido, entre materia y espíritu, entre conocimiento y fe.

Para Huysmans, La Catedral fue una estación de tránsito. Tras haber explorado el pecado en Là-bas y el arrepentimiento en En route, Durtal (y Huysmans) encuentra en Chartres el rigor intelectual necesario para dar el último paso: la oblación. “Oblato” proviene del latín oblatus (“ofrecido”), y designa a los laicos asociados a una orden religiosa tradicional que viven según su espiritualidad sin ser monjes de clausura, o miembros de congregaciones misioneras.

Este tránsito final es algo que ya puede preverse desde el capítulo final de La Catedral cuando entiende que no basta con contemplar la belleza de la piedra; hay que vivir la regla. La trayectoria real del autor culmina con su mudanza a Ligugé, para vivir cerca de una abadía benedictina. Si en La Catedral el protagonista es el edificio, en su siguiente y última gran obra, L’Oblat, todo girará en torno a la Liturgia.

Y Huysmans murió como vivió, como un monje laico. Su final fue uno de los testimonios de entereza más estremecedores de la literatura francesa. Padeciendo un cáncer de mandíbula atroz, se negó a recibir morfina para “ofrecer” su dolor, muriendo en 1907 envuelto en el hábito benedictino. Esta coherencia final otorga a La Catedral una gravedad que trasciende a lo puramente literario.

La Catedral, un best-seller de su tiempo

La Catedral se publicó en 1898. Previamente, Huysmans había fragmentado el texto en catorce entregas que se publicaron como folletín en L’Écho de Paris entre octubre y noviembre de 1897. Fue, sin duda, el mayor éxito comercial de Huysmans; las regalías que obtuvo le permitieron jubilarse anticipadamente de su puesto en el Ministerio del Interior y dedicarse por completo a la escritura.

Algunos críticos cuestionaron la sinceridad de la conversión del escritor, acusándolo de haber fabricado su fe como un nuevo disfraz estético. No parece que fuera así y, de todas formas, el público recibió la obra con entusiasmo, y la novela se convirtió rápidamente en un texto de referencia para los católicos que buscaban un lenguaje literario capaz de expresar su experiencia espiritual en el mundo moderno.

La acción de La Catedral tiene lugar casi enteramente en la ciudad de Chartres. Sugiero seguir en Google Maps los recorridos que realizó el autor, en una ciudad, cuyo casco antiguo ni ha cambiado excesivamente. Durtal se ha instalado allí tras su período de retiro en el monasterio trapense. Vive en una relativa tranquilidad, dedicado al estudio de la catedral gótica y de los símbolos que la adornan.

En Chartres, Huysmans busca lo que él llama el “arte primitivo”: ese momento del siglo XIII donde el artista era anónimo y su obra era pura oración. En contrapartida, el autor no puede ocultar el odio estético que le produce el arte de su tiempo. Durtal desprecia las iglesias modernas, decoradas con lo que se llamaba entonces “estilo Saint-Sulpice” (o sansulpiciano), arte religioso industrial, dulzón y mediocre). Considera que la fealdad en la iglesia es una forma de pecado. Por eso, Chartres es su último refugio: es el único lugar donde la belleza es tan absoluta que permite la presencia real de lo sagrado. La catedral le genera lo que hoy llamaríamos una “experiencia multisensorial”. El “canto llano”, el gregoriano, compañero inseparable de la liturgia católica tradicional, que no busca el aplauso, sino la introspección, como también las descripciones del incienso, del olor a cera vieja, el frío de las losas, son los elementos que hacen que el afianzamiento de las convicciones de Durtal se trasladen al lector.

La Catedral no es una novela convencional. De hecho, carece de trama narrativa, no hay intriga; lo más que puede llamarse “acción” se reducen a visitas a la catedral, conversaciones con su director espiritual, el abate Gévresin y sus meditaciones sobre la teología, liturgia e historia del arte. La figura del abate Gévresin, está inspirada en parte por el abad benedictino que guio a Huysmans en sus primeros pasos en la fe, encarna la sabiduría tradicional de la Iglesia. Gévresin no impone a Durtal una rígida disciplina, sino que lo acompaña con paciencia y comprensión, ayudándolo a descifrar los símbolos de la catedral y a encontrar en ellos un camino hacia Dios.

Pero, en realidad, el protagonista ni siquiera es humano; no es Durtal, sino la propia catedral de Chartres.

Huysmans se empeña en dedicar cientos de páginas a describir, analizar y desentrañar el significado de cada elemento arquitectónico, cada vidriera, cada escultura. Huysmans aborda el conjunto del edificio como un “texto simbólico” escrito en piedra que hay que descifrar. Ve todos los elementos de la catedral como alegorías de la fe cristiana, una teología hecha piedra y vitrales (esto es, de luz). En este sentido, esta obra puede leerse simultáneamente como relato, como ensayo simbólico y como documento espiritual.

Más que narrar acontecimientos, La Catedral invita al lector a participar en una experiencia de lectura contemplativa. La progresión narrativa es sustituida por una acumulación de descripciones, interpretaciones y asociaciones simbólicas que exigen una actitud activa y reflexiva. El autor nos sugiere que el mundo puede ser interpretado como un sistema de signos, y que la tarea del sujeto consiste en descifrarlo. La Catedral es, precisamente el paradigma del mundo en el que está incluido todo lo que puede tener relieve para un católico.

Junto al abate Gévresin, como guía intelectual, su ama de llaves, la señora Bavoil, representa la fe sencilla, mística y popular que Durtal admira pero que, por su propia naturaleza intelectual, no puede alcanzar. Ambos personajes forman con Durtal, una tríada que permite a Huysmans exponer todas las facetas de la vida espiritual sin caer en el sermón. Durtal es el punto medio: el hombre que posee la cultura, pero añora la inocencia y aspira a la perfección. La señora Bavoil representa la “fe del carbonero”, primitiva, espontánea, sincera. Gévresin es el camino.

Huysmans describe la catedral con un lenguaje biológico. La nave es el pecho que respira; las criptas son las raíces oscuras y uterinas; las agujas de los campanarios son gritos de piedra lanzados al cielo. Durtal pasea por el edificio sintiendo que las piedras tienen voz. El lector descubrirá que, bajo la pluma de Huysmans, la arquitectura pierde su rigidez y se convierte en algo fluido, cambiante según la luz del día o la hora del oficio religioso.

La catedral es interpretada a la luz de los bestiarios, los lapidarios, los tratados de herboristería y los textos de los Padres de la Iglesia. El simbolismo de las piedras preciosas, de las plantas, de los animales, todo es movilizado para mostrar cómo la catedral gótica resume en sí misma todo el conocimiento sagrado de la Edad Media.

Para Huysmans, la catedral gótica no es solo un edificio bello; es una manifestación de Dios en la materia. Cada elemento de la catedral tiene un significado teológico. La orientación hacia el Este simboliza la espera del sol de justicia que es Cristo. Las torres representan la oración y la contemplación. El laberinto del pavimento (ese laberinto que conecta la catedral con el pasado greco-romano) es una alegoría del camino del peregrino hacia Dios. Los vitrales, con sus colores intensos, son una imagen de la Jerusalén celestial. En palabras de Huysmans, la catedral es “la Biblia en piedra”, un libro que aquellos que saben leer pueden recorrer con los ojos y con el alma.

El Durtal que recorre la catedral ya no es el buscador que investiga los crímenes de Gilles de Rais y asiste a misas negras. Antes de llegar a Chartres ha pasado por la trapa, pero no ha podido olvidar completamente sus viejos hábitos: la duda, las tentaciones de la carne, el orgullo intelectual... Ahora, recorriendo la Chartres, se encuentra en un estado intermedio, no es el escéptico ni el satanista de los primeros libros, pero tampoco ha alcanzado la paz del creyente plenamente realizado.

Uno de los temas recurrentes en la caracterización de Durtal es la lucha entre su orgullo intelectual y la humildad que la fe cristiana le exige. Durtal es un hombre culto, un erudito que sabe muchas cosas sobre la teología y la historia de la Iglesia, pero ese saber corre el riesgo de convertirse en un obstáculo para la verdadera conversión. A lo largo de La Catedral, Gévresin le recuerda repetidamente que la fe no es cuestión de inteligencia, sino de abandono y de confianza.

Esta tensión entre la cultura y la fe es uno de los aspectos más modernos de la novela. Durtal no es un campesino crédulo ni un asceta que renuncia al mundo; es un intelectual del siglo XIX que busca conciliar su amor por el arte y la erudición con una vida espiritual auténtica. En este sentido, su figura anticipa muchos de los dilemas del intelectual católico contemporáneo.

El tema central de la novela es, sin duda, la relación entre belleza y fe. Huysmans sostiene, a través de la experiencia de Durtal, que la belleza no es un adorno superficial ni un mero placer estético, sino una de las vías más directas para experimentar la presencia de lo sagrado.

Esta idea tiene profundas raíces en la tradición cristiana –desde el Pseudo Dionisio hasta los teólogos del gótico–, pero adquiere un matiz muy particular en el contexto del fin de siglo. En una época dominada por el positivismo, el materialismo y la fe en la ciencia, Huysmans propone que la belleza artística es un testimonio de la existencia de Dios más convincente que cualquier argumento filosófico. La catedral de Chartres, con su perfección formal y su riqueza simbólica, se convierte así en una “prueba de la verdad del catolicismo”: solo una religión verdadera, piensa Durtal, podía haber inspirado una obra de semejante grandeza. Cada escultura, cada vidriera, cada capitel, enseña una verdad de la fe y contribuye a la educación espiritual del pueblo. Esta concepción del arte como “teología en imágenes” está en las antípodas de la idea moderna del arte por el arte.

Para Huysmans, el arte auténtico no puede ser neutral o indiferente ante la Verdad; debe estar al servicio de algo más grande que sí mismo. Y ese algo más grande, en su caso, es la fe católica. La Catedral representa la cima de lo que el propio autor denominó “naturalismo espiritualista”. ¿Qué significa este concepto para el lector? Significa que Huysmans no abandona su técnica de observador minucioso, sino que cambia el objeto de su estudio. Ya no analiza el vicio en los suburbios, sino la virtud en las piedras; ya no describe la descomposición de un cuerpo, sino la ascensión de una aguja gótica.

Pero este relato es también y sobre todo una crítica de la modernidad. Huysmans opone a la sociedad burguesa, materialista y utilitaria del siglo XIX la civilización medieval, que era, a sus ojos, orgánica, simbólica y orientada hacia Dios. La catedral gótica es, en este sentido, el símbolo de todo lo que la modernidad ha perdido: la unidad entre lo material y lo espiritual, la dimensión comunitaria de la fe, la presencia de lo sagrado en la vida cotidiana. La descripción de la catedral se convierte así en una elegía por un mundo desaparecido y un alegato a favor de su recuperación.

Uno de los conceptos centrales de la obra es la idea de la catedral como “libro de piedra”. Este motivo, heredado de la tradición medieval, implica que el edificio constituye un sistema de signos destinado a instruir y elevar espiritualmente al fiel. La exaltación del gótico en La Catedral implica una crítica implícita de la modernidad. Para Huysmans, la arquitectura medieval encarna una síntesis de fe y arte que la época contemporánea ha perdido. Frente al eclecticismo y la funcionalidad de la arquitectura moderna, el gótico aparece como expresión de una espiritualidad encarnada en la materia. Esta oposición no es meramente estética, sino también filosófica: la modernidad es percibida como una época de dispersión y superficialidad, mientras que la Edad Media representa una unidad perdida.

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Tras su lanzamiento, no le faltaron críticas y, especialmente, de algunos sectores de la Iglesia que vieron la aproximación de Huysmans a la religión como demasiado «estética» y le acusaron de confundir la fe con el gusto por el arte gótico.

Pero lo cierto es que La Catedral ocupa un lugar central en la producción de Huysmans y representa el momento de mayor equilibrio entre sus dos grandes pasiones: la búsqueda estética y la búsqueda espiritual. En sus primeras obras, el arte era un fin en sí mismo; en sus últimas obras, la fe se impone como el valor supremo. Aquí, ambas dimensiones se integran armoniosamente: la belleza de la catedral es el vehículo que conduce a Durtal a la fe, y la fe, a su vez, da un sentido más profundo a esa belleza.

Además, no hay que olvidar que, además de ser un relato de ficción, es algo más. Lo que el lector tiene en las manos es un tratado de iconografía, una historia del arte y también una guía espiritual, todo ello envuelto en un estilo literario de belleza singular.

Lo que ha intentado Huysmans escribiendo un relato sin acción, sin trama, es algo inédito y apenas ensayado en la historia de la literatura: no hay amores imposibles, no hay duelos ni crímenes, nada de persecuciones ni de cambios constantes de escenario para entretener y capturar la atención del lector; solo hay un hombre que camina por una catedral y que, en cada piedra, en cada vidriera, descubre un nuevo significado y una nueva invitación a creer.

No hay acción, todo es contemplación: esa es su principal riqueza y su corolario es que las grandes aventuras no son las que ocurren en el mundo exterior, sino las que se desarrollan en el alma humana.

La Catedral en el siglo XXI

Hoy, esta novela es un tesoro olvidado. Y, sin embargo, el mundo ha ido discurriendo, mal que bien, por los mismos senderos que ya se anticipaban a finales del XIX, solo que de manera cada vez más acelerada. Así pues, la novela es tanto más actual en la medida en que responde al mismo mal, centuplicado, que en la época en la que se escribió.

En este momento de cierta recristianización de la sociedad europea, los viajeros que la han leído saben perfectamente que puede ser una guía de viaje para los turistas que visitaban Chartres. Este año 2026, la tradicional peregrinación a Chartres ha registrado 14.000 altas en las primeras 24 horas de apertura de inscripción el pasado domingo de Ramos. En las mismas fechas, el año anterior apenas se registraron 6.000. Los organizadores anticipan que en 2026 se superarán los 20.000 peregrinos.

Esta peregrinación de Chartres se celebra tradicionalmente cada año durante el fin de semana de Pentecostés. La ruta cubre aproximadamente 100 kilómetros en tres días, partiendo desde las cercanías de la iglesia de Saint-Sulpice en París. Este aumento, además de mostrar el “renacimiento espiritual” de la juventud francesa, muestra también la preocupación a la creciente islamización del país y el rechazo cada vez más desacomplejado. Seguramente muchos de ellos habrán leído el libro que tiene usted entre las manos.

Y es que, más de un siglo después de su publicación, La Catedral es una obra “olvidada”, pero no muerta: sigue gozando de una vida latente; es leída y admirada por quienes buscan en la literatura algo más que entretenimiento: una reflexión sobre el sentido de la existencia, sobre la relación entre el arte y la fe, y sobre la posibilidad de encontrar lo sagrado en medio de un mundo que parece haberlo olvidado. Quienes visitan la catedral de Chartres, pueden aún llevar en la mano el libro de Huysmans como un mapa para recorrer no solo el edificio de piedra, sino también el edificio interior de sus propias almas. Esa es, quizás, la mayor prueba de la grandeza de esta obra singular: que sigue hablando a los lectores de hoy con la misma fuerza y la misma profundidad con que habló a los de ayer.

La Catedral, como el lector tendrá ocasión de comprobar, no es una novela en el sentido convencional, sino una experiencia intelectual y espiritual. Su lectura requiere tiempo, atención y disposición para la reflexión. De hecho, induce sobre todo a la reflexión. La obra invita a recuperar una forma de mirada capaz de descubrir el sentido en las cosas, y a reconocer en el arte una vía hacia lo trascendente. En un contexto contemporáneo marcado por la aceleración y la fragmentación, La Catedral ofrece una alternativa basada en la lentitud, la profundidad y la unidad del saber.

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El problema que encuentra el traductor de esta novela es como convertir uno de los rasgos característicos de la escritura de Huysmans a un lenguaje actual y comprensible. El autor utiliza frecuentemente arcaísmos, neologismos y lenguaje técnico que es preciso, adaptar a un lenguaje actual y comprensible, si se quiere comprender el sentido del relato. Hemos intentado realizar una traducción y una edición que sea comprensible para el lector. Esperamos que éste se siente tan satisfecho de su lectura como nosotros mismos lo hemos estado traduciéndolo.









domingo, 24 de mayo de 2026

BILYCHNIS. Una ventana abierta al mundo de la “espiritualidad crítica”

 

Prólogo de introducción a la recopilación de ensayos publicados por Julius Evola en la revista Bilychnis que hemos traducido y publicado recientemente en EMINVES. Creemos que es la primera vez que se difunde en España un ensayo sobre la trayectoria de esta revista publicada en Italia en el primer tercio del siglo XX y que era conocida en nuestro país solamente por determinadas élites culturales. El hecho de que se tratara de una revista « protestante » publicada por la Facultad de Teología Bautista de Roma en la que se incluían trabajos de autores muy diversos, indica la amplitud de miras, tanto de la iniciativa editorial como de Julius Evola que supo elegir temáticas polémicas que podrían interesar a los lectores de la publicación.  El volumen, además de los nueve ensayos evolianos, se completa con los artículos que publicó en diversos momentos de su vida sobre René Guénon. La obra puede ser solicitada a eminves@gmail.com, o bien adquirida en Amazon-Libros.


BILYCHNIS

Una ventana abierta al mundo de la “espiritualidad crítica”


El caso de la revista Bilychnis es extraño y, hasta cierto punto, sorprendente. En 1970, Edizioni di Ar, publicó una recopilación de los ensayos escritos por Julius Evola para esta publicación, así como la reproducción de las notas bibliográficas que entregó. Por entonces, en 1980, la revista Bilychnis estaba completamente olvidada.  Dejó de aparecer en 1931 y muy pocos la recordaban. Sin embargo, en los últimos años, distintos estudios han contribuido a desenterrar esta experiencia única en la historia religiosa del siglo XX europeo. Hoy, los números de Bilychnis están a disposición del público en formato PDF y son decenas los estudiosos de la espiritualidad en el siglo XXI, los que recurren a ella en tanto que «verso libre» y, por tanto, «auténtico», sin prejuicios, limitaciones, ni deudas a ningún dogma en concreto.

Y esto es quizás lo más significativo de esta publicación: que siendo editada por un grupo protestante (la Facultad de la Escuela Teológica Bautista de Roma), muy pocos de entre sus colaboradores pertenecían a esta corriente. En realidad, fue un foro abierto a cualquier forma de espiritualidad que presentara calidad suficientes como que los criterios vertidos por sus autores merecieran discutirse. Colaboraron católicos, agnósticos, protestantes y personalidades interesadas (y buenos conocedores) de distintos aspectos de la espiritualidad. Julius Evola fue uno de los más asiduos y alternó la entrega de artículos a Bilychnis con los publicados en su revista Ur.

De hecho, cuando hoy la revista ha sido «recuperada» por el progresismo, tienen dificultades en explicar la presencia de Evola y la de Giuseppe Tucci, que no terminan de encajar del todo en la interpretación que hoy dan a la publicación. Habitualmente se la considera como una especie de «avanzada» de criterios liberales y positivistas al estudio de las religiones comparadas y una tribuna de la herejía «modernista» condenada por el papado y, más o menos, rehabilitada por el Concilio Vaticano II. Pero fue mucho más... y en esta introducción pretendemos situar al lector en lo que supuso para sus lectores en el primer tercio del siglo XX.

Antes de dar paso a la traducción de los ensayos evolianos entregados a Bilychnis, valdrá la pena escribir algunas páginas sobre la situación espiritual en la cual nació (y murió) la revista, sus colaboradores, su importancia para el estudio de las religiones y sobre su final. Nacida antes de la Primera Guerra mundial, se la pude considerar una revista representativa del «novecento» italiano. Su final veinte años después, en 1931, se produjo por simple asfixia económica, poco después de que el régimen fascista firmara el Concordato con el Vaticano. Hemos buceado en las páginas de Bilychnis y encontrado firmas de una talla moral e intelectual inusual. Todos con personalidad propia, todos primeros espadas de los estudios sobre las religiones en la primera mitad del siglo XX, todos con algo que decir y muchos de ellos sin ninguna confesión en particular a la que plegarse.

Vamos, pues, a ofrecer una perspectiva de esta publicación y de su tiempo.

1. “Bilychnis” ¿por qué este nombre?

Se trató de una revista «transgresora» que nació con una deliberada voluntad «renovadora» en el panorama cultural italiano del «primer novecento». Publicada con el formato de revista religiosa, sus aspiraciones, aun partiendo de la religión iban mucho más allá. Podría haberse titulado tranquilamente «revista de espiritualidad» sin traicionar a sus contenidos. De hecho, el leitmotiv de la revista, que aparece en la ilustración de la portada, es «ciencia» y «fe».

Estas dos palabras, que al mismo tiempo son las «ideasfuerza» que justifican la existencia de la publicación, tienen también que ver con su título y con su simbolismo. Su nombre hace referencia a la lámpara que usaban los primeros cristianos en las catacumbas, simbolizando «las dos llamas de la ciencia y la fe». La idea que trataban de transmitir era que, ambas «luces», que hasta ese momento se habían presentado como separadas y contrapuestas, podían alimentarse mutuamente. En todos los números de la revista aparecía en la portada el logotipo de la publicación diseñado por Paolo Paschetto, hermano de uno de los impulsores de la publicación, el pastor Ludovico Pachetto. Paolo Paschetto, reconocido artista, fue el diseñador de la parte gráfica de la revista y, posteriormente, también sería el creador del emblema de la República Italiana 

La revista fue publicada por la Facoltà Teologica Battista di Roma, fundada a finales del siglo XIX para formar pastores y teólogos protestantes. Así pues, se trataba de una revista de estudios «meta–religiosos», publicada en Roma, pero fuera de la disciplina del Vaticano. Uno de los profesores que habían ejercido en este centro religioso, era el misionero norteamericano Dexter G. Whittinghill, verdadero promotor del proyecto. Whittinghill creía que el protestantismo italiano necesitaba una revista intelectual capaz de dialogar con la cultura moderna europea. A la vista de la debilidad del protestantismo italiano, su idea no era crear una revista interna para uso de pastores y de sus menguadas congregaciones, sino una revista científica y cultural abierta.

La revista se publicaría entre 1912 y 1931. El primer año apareció bimestralmente, pero entre 1914 y 1930 estuvo puntualmente en el buzón de sus suscriptores cada mes. Finalmente, en 1931 volvió a ser bimestral para desaparecer poco después. No se conoce con exactitud la tirada de cada número, pero puede deducirse que nunca fue menor a 500 ejemplares, ni mayor a 1.500. Tenía un tamaño de 17 x 24 cm y su extensión oscilaba entre las 200 y las 300 páginas. Cada entrega contenía artículos de investigación, reseñas y crónicas sobre el pensamiento religioso y filosófico de la época, así como noticias y comentarios de actualidad. 

A pesar de su aparente modestia, esta revista fue, desde su mismo nacimiento, por la calidad de los trabajos que publicó, la pluralidad de opiniones y la actualidad de los temas tratados, un referente para el diálogo entre la fe y la razón en el contexto del protestantismo liberal italiano y de la cultura. Bilychnis formaba parte de una red internacional de revistas de teología liberal y estudios religiosos.

2. Evola y Bilychnis

La presencia de Evola en Bilychnis es ejemplo de la apertura intelectual de la publicación. Evola nunca se definió como «cristiano», ni siquiera como católico, pero en 1925 ya era una figura muy conocida en el ámbito cultural italiano. Era hasta cierto punto normal que, en tanto que Evola, especialmente al final de su «período filosófico», empezara a manifestar interés y conocimiento por «los problemas del espíritu», fuera incluido en la nómina de autores a los que recurría la revista. Y es que Bilychnis aspiraba a ser un crisol de ideas donde cabían las voces más diversas.

El momento álgido de la publicación se situa entre el inicio de la Primera Guerra Mundial y los primeros años del régimen fascista en Italia. Seguramente fueron las tensiones internacionales y las masacres que estaban teniendo lugar en los frentes, lo que hizo que resurgiera el interés por las cuestiones del espíritu. Fue solamente a partir de mediados de los años veinte, cuando Evola inició la colaboración con Bilychnis que se prolongará hasta, prácticamente, el último número de la revista, a principios de 1931. Durante los años del fascismo, Bilychnis había visto reducido cada vez más su espacio a causa del progresivo control que el nuevo régimen ejercía sobre la prensa; pero fue a partir de la firma de los acuerdos de Letrán que sellaron el concordato entre la Santa Sada y el Estado italiano, cuando el régimen hizo prácticamente imposible la aparición de la revista.

Así pues, la colaboración de Evola con Bilychnis se extiende desde 1925 a 1931. El contenido recogido en el presente volumen engloba la totalidad de los ensayos que hemos localizado de Evola en esta publicación y que podemos divididos en dos grandes grupos: los ensayos, nueve en total, y los comentarios sobre libros: veinticinco.

La evolución de Evola después de ser licenciado del ejército al concluir la Primera Guerra Mundial y hasta el inicio de su colaboración con Bilychnis, fue vertiginosa y se divide en dos fases marcadas por una transición radical: del Dadaísmo (arte de vanguardia) al Idealismo Mágico (filosofía pura).

Como se sabe, Evola, entre 1919 y 1921, fue el principal exponente del dadaísmo en Italia. Nihilista, muy influido por Nietzsche y por el movimiento formado en torno a la figura de Tristán Tzara, este período se caracteriza por una búsqueda confusa y caótica de la liberación a través del arte y de la lucha contra los valores burgueses.

El propio Evola cuenta que superó esta etapa que le había conducido prácticamente hasta el límite del suicidio, mediante la lectura de un texto hindú. Este episodio, que tuvo lugar en 1921, supone el inicio de una segunda fase en su evolución. Él mismo la llamó, «fase del idealismo mágico» que se prolongará hasta 1925. Tras abandonar la pintura y la literatura dadaísta, Evola se sumerge en la filosofía técnica. Su objetivo es llevar el idealismo alemán (Fichte, Schelling) a sus últimas consecuencias: si el «Yo» crea el mundo, el individuo debe convertirse en lo que él llamaba un «Individuo Absoluto» con poder sobre la realidad. Es su «período filosófico», que cristalizó en dos obras: Saggi sull’idealismo magico y L’Individuo e il divenire del mondo, ambas publicadas al final de este período, en 1925. En dichos ensayos propondrá que el conocimiento no es contemplación, sino acción y poder. En esta segunda obra, sentará las bases de su metafísica.

Pero su etapa filosófica no nos muestra a un Evola «tradicionalista», sino más bien a un nietzscheano individualista y aristocrático. Es considerado entonces el filósofo de la libertad absoluta y de la autoafirmación del Yo, frente a un mundo que experimenta como caos y decadencia. En la senda de Nietzsche y de la fenomenología, busca la «superación del humano» a través de la voluntad pura.

Pero, al final de ese período empieza a interesarse por la tradición hermética y el esoterismo. Inicia su amistad con Arturo Reghini y, a través de este, conoce la obra de René Guénon. A partir de ese momento inicia un camino que lo consolidará como uno de los pilares del «pensamiento tradicional» y en el curso del cual elaborará sus obras más importantes y por las que ha pasado a la historia de las ideas.

El inicio de ese período coincide con los años de colaboración con Bilychnis.

A pesar de que Reghini no tuvo contacto directo con la redacción de Bilychnis, es probable que le indicara a Evola la conveniencia de que contactara con la redacción. De hecho, Reghini había facilitado a Evola el acceso a círculos intelectuales y esotéricos. Le orientó hacia la lectura de textos herméticos y alquímicos esenciales; también la transmitió el interés por la «tradición de Roma» (que terminaría siendo uno de los elementos de la ruptura entre ambos).

Hay que decir que, hasta 1928, la relación entre Evola y Reghini fue muy estrecha. En 1924, Evola era un joven que procedía del arte de vanguardia y de la filosofía idealista. Reghini, por el contrario, era más mayor y su pensamiento estaba más consolidado. Era, además, miembro de la masonería, especialista en pitagorismo, simbolismo masónico y hermetismo. Ambos colaboraron en las revistas Atanòr, Ignis y Ur y fue en esta última en donde se produjo la ruptura entre ellos a finales de los años 20. Los desacuerdos doctrinales sobre la tradición romana y sobre otras corrientes iniciáticas, pesaron en la ruptura tanto como los conflictos personales dentro del grupo de Ur. Su distanciamiento personal se hizo insalvable a partir de 1928.

Sin embargo, ambos conocían la obra de Raffaele Pettazzoni, inspirador de Bilychnis y uno de los impulsores de los estudios de historia comparada de las religiones moderna en Italia. Profesor de la Universidad de la Sapienza en Roma. A diferencia de Reghini y de Evola, Pettazzoni no era esoterista ni tradicionalista, pero compartía intereses temáticos con ambos, en especial sobre religiones antiguas, mitología, cultos mediterráneos y simbolismo religioso.

Mientras Reghini defendía la idea de una «tradición iniciática itálico–romana» anterior al cristianismo, ligada al pitagorismo, a las religiones mistéricas y a la tradición pagana romana, Pettazzoni, desde la Academia, se mostraba interesado también por la religión romana arcaica y la evolución histórica de los mitos. A pesar de que sus enfoques eran distintos (Pettazzoni desde un punto de vista histórico–crítico y Reghini y Evola desde el prisma esotérico–tradicional), lo cierto es que trataban muchos de los mismos temas.

En la medida en que no constan contactos directos entre Reghini y Pettazzoni, podemos considerar que Evola fue el punto intermedio y el nexo entre ambos: a mediados de los años 20, Evola dialogaba con académicos como Pettazzoni, pero, al mismo tiempo, colaboraba con esoteristas como Reghini. Por eso, su obra temprana combina filosofía idealista, historia comparada de las religiones y esoterismo. Evola tenía, pues, las cartas de presentación adecuadas para una publicación como Bilychnis. No podía decirse lo mismo de Reghini en cuya ecuación personal se encontraba su adhesión pública y activa a la masonería, su militancia en el neopaganismo romano y su línea menos académica y más explícitamente esotérica que la que podía admitir la publicación que era, no lo vayamos a olvidar, protestante, académica e interesada en historia y filosofía religiosa.

La colaboración de Evola con Bilychnis fue muy regular y, a partir del Volumen XXV, correspondiente a enero–febrero de 1925, se hizo muy habitual hasta el último número de la publicación.

Tras ese final, Evola abordó otras iniciativas editoriales. Al interrumpir la experiencia de Ur (12 fascículos) y Krur (otros 10 más), publicadas entre 1927 y 1929, Evola fundó la revista La Torre (subtitulada Foglio di espressioni varie e di Tradición una) en 1930. Sin embargo, esta publicación solamente pudo aparecer entre el 1 de febrero y el 15 de junio de 1930. Se publicaron un total de 10 números. Tras cinco meses de actividad, la revista fue cancelada por el régimen. Tras el cierre de La Torre, Evola continuó difundiendo sus ideas a través de la columna Diorama Filosofico en el diario Regime Fascista. En otras palabras, el régimen «asfixió» a la revista como un tributo a los Acuerdos de Letrán firmados por el Vaticano y Mussolini en el que éste se comprometía, además de las compensaciones económicas por la pérdida de los Estados Pontificios en 1870, a «Conceder privilegios especiales a la Iglesia en Italia», como hacer obligatoria la enseñanza de la religión católica en las escuelas, reconocer efectos civiles al matrimonio canónico y declarar la religión católica como la única religión del Estado.

Esta alianza de la Iglesia con el Estado fascista cambió por completo el panorama cultural en Italia. El Vaticano reivindicó todos los terrenos en los que la religión podía tener algún protagonismo y Mussolini (agnóstico y muy supersticioso) no quiso oponerse a las aspiraciones de la Iglesia. Obviamente, las revistas que trataban asuntos de espiritualidad desde posiciones no–vaticanas, se vieron torpedeadas por la nueva situación. La Torre fue una de ellas.

La otra víctima de este giro político fue Bilychnis. Entre 1929 y 1931, disminuyeron las colaboraciones, los problemas financieros aumentaron y el espacio para debates religiosos independientes se fue contrayendo. Finalmente, la revista siguió los pasos de La Torre y dejó de publicarse en 1931, tanto por las presiones políticas como por las dificultades económicas

3. Los impulsores, sus intenciones y sus circunstancias

Se reconoce a Dexter G. Whittinghill el haber sido el impulsor de Bilychnis. Se trata de un pastor y misionero bautista norteamericano, representante en Italia de una de las ramas de la Iglesia Bautista Norteamericana y presidente del Seminario Teológico Bautista en Roma. Whittinghill, tuvo la idea de una revista de estudios religiosos, completada por una colección de libros sobre el mismo tema (la Biblioteca di Studi Religiosi) relacionados con la línea editorial de la revista.

Hay que conocer los principios de la Iglesia Bautista para entender por qué la revista Bilychnis estaba abierta a colaboraciones que llegaran extramuros de su propia confesión. En efecto, los bautistas son cristianos «evangélicos», que defienden la supremacía de la Biblia como única autoridad en materia de fe y práctica. Sostienen la libertad de conciencia y la salvación mediante la fe en Cristo. Creen que el despertar de la conciencia y su reforma en el libre ejercicio de todas sus facultades sanas y en la disciplina de la lucha por la vida superior, es un derecho inherente al nacimiento y que, con la libertad de pensamiento y de conciencia, son los más altos ideales humanos que pueden defenderse. De ahí que invitaran a colaborar en la revista a «agnósticos y creyentes», «católicos y protestantes».

Si Whittinghill, fue el impulsor de Bilychnis, le correspondió a Ludovico Paschetto, el ejercer como director de la publicación. Nacido en 1879, Paschetto fue una figura central del protestantismo italiano, destacando como pastor bautista, arqueólogo y editor. Pertenecía a una familia de antigua tradición evangélica; su padre era pastor bautista y él mismo estudió en la Facultad Teológica Bautista de Roma. Ejerció entre 1924 y 1941, como pastor en Turín y compartió tareas en la dirección de la congregación con Whittinghill. Destacó también en arqueología cristiana y clásica. Su obra más famosa en este campo es Ostia colonia romana, publicada en 1912, la cual sigue siendo una referencia importante para los estudios sobre el antiguo puerto de Roma. Una parte importante de su prestigio en el campo teológico se debe a su papel en Bilychnis. Su deseo de conjugar rigor científico y religión lo situó en el centro de los debates teológicos de su tiempo. 

Trescientos años antes de la propuesta de Whittinghill a la congregación bautista romana, se había fundado la Iglesia Bautista en Holanda e Inglaterra, surgiendo del movimiento separatista inglés. John Smyth y Thomas Helwys, sus impulsores, abogaron por el bautismo de creyentes a una edad adulta y se erigieron en defensores la libertad religiosa, separándose de la Iglesia de Inglaterra. En 1611, Helwys publicó la primera confesión de fe bautista en 1611 y regresó a Inglaterra para establecer la primera comunidad de esta religión en suelo inglés. Se expandieron rápidamente desde Inglaterra hacia las colonias americanas, destacando la fundación de la primera iglesia en América por Roger Williams en 1638 en Rhode Island. En la actualidad, las distintas comunidades bautistas en las que se ha ido fragmentando este movimiento son fuertes en el sur de los Estados Unidos y en el llamado «cinturón de la Biblia».

Uno de los principios de esta confesión es que el bautismo infantil no es bíblico, sino que debe realizarse con pleno conocimiento de causa en una edad adulta y por convicción íntima del individuo. El bautismo de esta confesión se realiza por inmersión total en agua, simbolizando la muerte y resurrección de Cristo. Además de esta forma de bautismo, la liturgia que practica esta confesión se limita a la «Cena del Señor», acto conmemorativo que recuerda el sacrificio de Jesús. No hay más sacramentos, ni nada equivalente, ni tampoco existen jerarquías internas, ni nada parecido al papado. Jesucristo es reconocido como la cabeza suprema de la Iglesia y el único vehículo para la Salvación. Ésta se entiende como un regalo de Dios recibido solo por gracia a través de la fe, sin necesidad de buenas obras para obtenerla.

Una confesión religiosa con estos principios, de forma natural, podía impulsar cualquier proyecto de colaboración con otros grupos religiosos. La idea era que cualquier «diálogo interreligioso» puede ser positivo si se aborda con amplitud de ánimo y con una clara determinación de llegar a la «verdad» sin dogmatismos, ni apriorismos. Todos los bautistas compartían esa misma actitud.

Lanzada la idea por Whitinghil y Paschetto en 1911, en las semanas siguientes se sumarían algunos colaboradores procedentes del mundo católico. El más respetado y conocido sería Ernesto Buonaiutti, sacerdote católico, historiador y académico que también había iniciado una cruzada personal para tratar de conciliar la fe con la modernidad y la ciencia. Buonaiuti había sido uno de los líderes del «modernismo teológico» en Italia. Configurado como una tendencia teológica dentro de la Iglesia Católica, el «modernismo» fue condenado por el Papa San Pio X en 1907 y definido en su encíclica Pascendi Dominici, como «la síntesis de todas las herejías». 

Los puntos en los que insistía la crítica teológica «modernista» chocaban frontalmente con los dogmas aceptados por la Iglesia. Los «modernistas» sostenían que la religión no proviene de una revelación divina, sino de un sentimiento o necesidad religiosa interna del ser humano. En cuanto a los «dogmas» no podían ser tales: debían «evolucionar» y cambiar yendo al paso con el contexto histórico y cultural de cada época. Trataban de aplicar métodos científicos y críticos al estudio de la Biblia, llegando a distinguir entre el «Jesús histórico» y el «Cristo de la fe» y, finalmente, sugerían que la Iglesia debía acomodarse a los «signos de los tiempos» y al conocimiento científico positivo, en lugar de intentar iluminar al mundo con una verdad absoluta. Su máximo inspirador, el sacerdote francés Alfred Loisy, vio la totalidad de su obra condenada e incluida en el «índice de libros prohibidos». La crisis fue lo suficientemente grave como para que el Papa Pío X impusiera un juramento obligatorio a todos los clérigos y profesores de seminarios para asegurar su adhesión a la doctrina tradicional.

Ernesto Bounaiuti había sido el principal exponente del «modernismo» teológico en Italia. Catedrático de Historia del Cristianismo en la Universidad de Roma (La Sapienza) desde 1915, destacó siempre por su postura crítica e independiente que provocó una serie de enfrentamientos directos con la Santa Sede. En 1926 fue declarado excomulgado vitandus (alguien a quien los fieles deben evitar), la forma más severa de excomunión, debido a su negativa a abandonar la enseñanza y retractarse de sus ideas. En 1931, fue uno de los pocos profesores universitarios (solo 12 en toda Italia) que se negó a jurar fidelidad al régimen fascista de Mussolini, lo que le costó abandonar su cátedra. Murió en 1946 sin haber sido reconciliado formalmente con la Iglesia, aunque él siempre se consideró un católico fiel al espíritu del Evangelio. Su vida quedó plasmada en su famosa autobiografía, Pellegrino di Roma (Peregrino de Roma). 

El compromiso de Buonaiuti con Bilychnis fue fundamental para atraer a otros «contestatarios católicos» que compartían las posiciones «modernistas» a la publicación. A medida que el Vaticano fue estrechando el cerco en torno él, Buonaiuti fue aumentando su proximidad a Whitinghil y a Paschetto que nunca pusieron el más mínimo reparo para publicar sus ensayos y artículos. De hecho, Buonaiuti fue uno de los colaboradores más asiduos de la revista; para él, publicar en Bilychnis suponía eludir la censura presente en todas las publicaciones católicas.

El trío estaba muy unido e identificado a la finalidad inicial de la publicación: establecer una «verdad histórica» y unas líneas constantes de la «espiritualidad» cuyo impulso reconocían en otras confesiones religiosas surgida del tronco mosaico, pero también extramuros de éste. En la práctica, la publicación fue una especie de puente entre católicos «espiritualistas» y protestantes de distintas ramas. Ambos sectores estaban muy interesados en las «nuevas filosofías» que iban apareciendo en ese momento y en religiones o confesiones que todavía se conocían poco en Europa. Según sostenían los fundadores de la revista, estas tareas no podían realizarse dentro de un enfoque dogmático o desde la perspectiva de una religión concreta. Era preciso adoptar una postura independiente situada en lo que ellos llamaban «ecumenismo cultural».

Además de estos nobles ideales confesados, resulta particularmente claro que Bilychnis constituyó un «refugio de disidentes»; gentes que, por una u otra razón, habían encontrado problemas dentro de los grupos naturales en los que se habían formado, con Bilychnis disponían de un balón de oxígeno para salvar la censura de la que eran objeto. Y esto vale incluso para la figura de Julius Evola que no se sentía a gusto en el ambiente académico en el que había publicado sus obras sobre el «individuo absoluto» y que buscaba un espacio natural en el que poder difundir sus ideas. La situación de Buonaiuti era parecida.

Tras la unificación italiana, las comunidades protestantes eran muy pequeñas en ese país. Bautistas y metodistas eran conscientes de que difícilmente podrían influir en la masa de la población italiana, muy vinculada al Vaticano. Por tanto, intentaron desplazar su papel de lo estrictamente religioso al plano cultural e intelectual. Y necesitaban «instrumentos» para presentar batalla en este terreno. Fue así como Whitinghil y Paschetto no encontraron dificultades en el ámbito bautista para llevar adelante el proyecto. Sabían, además, que si lograran que la idea de «libertad religiosa y de conciencia» penetrase entre los sectores intelectuales italianos, esto supondría un desplazamiento objetivo de su conciencia, del catolicismo dogmático a la esfera del protestantismo. Y, si se lograba que el ámbito cultural italiano asumiera esta postura, parecía evidente que, antes o después, esto terminaría calando en el pueblo italiano. Tal era la intención real de los impulsores, al margen de las intenciones declaradas en los manifiestos fundacionales de la publicación.

Las ideas del trío fundador estaban muy influidas por la teología liberal europea de la época. La influencia venía de Alemania y de teólogos como Adolf von Harnack y Ernst Troeltsch. Esta corriente había desarrollado una nueva forma de estudiar el cristianismo, mediante el análisis histórico, la crítica filológica de los textos bíblicos y el estudio comparado de las religiones. Eran ideas que se enseñaban en universidades de Europa Central pero que en la Europa del sur apenas eran conocidas. Whitinghil, Paschetto y Buonaiuti, consideraban que una de las funciones de la publicación sería introducir ese tipo de investigación en el mundo intelectual italiano.

A pesar de que, como veremos, la publicación se dotó de un amplio número de colaboradores pertenecientes a distintas tendencias, el eje central estaba constituido por editores bautistas y «modernistas» procedentes del mundo católico, distanciándose de la escolástica tradicional. Bilychnis fue en el primer tercio del siglo XX, lo que hoy se llamaría un «laboratorio de ideas», una orientación inédita y prohibida para autores católicos. 

Buonaiuti, cuya postura antifascista se fue endureciendo con el paso del tiempo, murió en 1946. Cuatro años después, fallecería Dexter Gladney Whittinghill, a los 90 años de edad, tras haber regresado de su misión en Italia. Finalmente, Ludovico Paschetto, murió en 1962 en La Spezia.

4. El objetivo editorial

Es habitual que el primer número de una publicación defina la línea que ésta va a seguir en los volúmenes siguientes. A principios de 1912, llegó a las librerías italianas este primer número de Bilychnis: rivista di studi religiosi. En el editorial, en forma de manifiesto, se afirmaba que los objetivos de la nueva publicación eran: 1) estudiar la religión con métodos científicos, 2) promover el diálogo entre fe y cultura moderna y 3) acoger autores de diferentes convicciones. Sin embargo, a lo largo de sus casi veinte años de existencia, este «programa mínimo inicial» se fue ampliando, a medida en que la historia de Italia y de Europa iban cambiando.

La revista se proponía crear un espacio de diálogo entre religión y pensamiento moderno. En ese primer número se invitaba a colaborar tanto a creyentes como agnósticos, católicos y protestantes, defendiendo la libertad de conciencia y el intercambio de ideas. El concepto de la publicación era servir de foro plural de debate religioso, filosófico y cultural, donde escribieron intelectuales de distintos campos. Era un período de crisis en el que algunos intelectuales tenían mucho que decir.

La primera gran crisis que vivió esta publicación fue el estallido de la Primer Guerra Mundial, apenas dos años después de su aparición. La guerra convenció a muchos de la impermanencia de la vida humana y de su fugacidad y, acaso por eso mismo, la religiosidad aumentó su impacto entre las poblaciones. En los años que median entre 1912 y 1919, los volúmenes de la revista estuvieron dedicados al estudio de las religiones comparadas desde el punto de vista crítico. Eso interesó al público, en tanto que era un campo aún inédito. El catolicismo había perdido terreno en aquellos momentos y el protestantismo, en sus distintas corrientes, siempre fue minoritario en Italia, lo que explica que los monográficos y los artículos que se incluyeron tuvieran que ver con las religiones orientales, el judaísmo y el islam, fórmulas religiosas que todavía se conocían mal y, lo que era peor, lo poco que se conocía era a través del teosofismo blavatskyano que las había deformado y caricaturizado, demostrando su incomprensión total hacia el fenómeno espiritual.

Después de la Primera Guerra Mundial, cuando estuvo claro el impacto que había tenido el conflicto entre los supervivientes, tanto en los países vencedores como en los vencidos, se produjo una crisis moral sin precedentes. Los esfuerzos realizados por los combatientes de primera línea y los sufrimientos de la retaguardia, contrastaban con la debilidad de las razones que habían impulsado al conflicto. Se alardeaba de que había vencido «la democracia» (y así era, hasta cierto punto), los Imperios Centrales, el Imperio turco y el Imperio Ruso habían resultado derrotados y se habían impuesto repúblicas y regímenes democráticos… en los que todo siguió igual o peor; existía libertad… para morirse hambre (como ironizase años después Primo de Rivera). El sacrificio había sido inmenso, pero muchos empezaron a preguntarse si la democracia lo merecía. Esto llevó a abrir dos temas nuevos de debate: el primero sobre el estado moral de Europa en la primera postguerra y, luego sobre las relaciones entre política democrática y fenómeno religioso.

El catolicismo de la época no estuvo en condiciones de capitalizar esta crisis moral; y, no solo eso, a partir de 1926, con la inclusión de la obra de Charles Maurras en el Índice de Libros Prohibidos, el catolicismo francés (y en grandísima medida, los intelectuales de la Europa Mediterránea que se habían sumado a sus ideas) recibió un durísimo golpe. La debilidad del protestantismo en esta zona impidió que sus distintas corrientes pudieran tomar el relevo del inicio de la crisis de la Iglesia Católica (que solamente se manifestaría en toda su amplitud cuarenta años después al cierre del Concilio Vaticano II). Todo esto provocó el que la sociedad europea se fuera secularizando, algo que el equipo redaccional de Bilychnis percibió inmediatamente. Los contenidos de la revista en la primera mitad de los años 20, reflejan tal estado de ánimo y muestran como los intelectuales afectos a las confesiones religiosas intentaban interpretar la crisis cultural del periodo de entreguerras.

La guerra produjo tensiones internas en la redacción. Un estudio clave sobre este tema es el artículo de Anna Maria Strumia titulado La rivista “Bilychnis” e la Grande Guerra: gli evangelici tra pacifismo e patriottismo. Este análisis, publicado en una obra colectiva sobre las iglesias evangélicas en Italia durante la guerra, desvela las contradicciones que la publicación tuvo que capear. El pacifismo era una actitud inherente a todos los movimientos evangélicos llegados de los Estados Unidos y muchos colaboradores de Bilychnis se sintieron inicialmente inclinados a rechazar la violencia y abogar por la mediación, defendiendo los valores del Evangelio por encima de los nacionalismos. Pero esto no afectaba a los que procedían de otras corrientes, para los cuales, o bien la participación en el conflicto (Italia entro en guerra en 1915) podía llegar a justificarse como un deber cívico, o bien suponía un compromiso con los valores democráticos frente a las monarquías de los imperios centrales. La revista se convirtió en un espacio neutral donde coexistían redactores apelaban a la conciencia pacifista con otros que mostraban simpatía por el nacionalismo italiano. La dirección de la revista optó por pedir moderación a unos y otros y atenuar los choques de criterios.

A fin de cuentas, Bilychnis había partido en su andadura como un espacio de diálogo y reflexión, buscando conciliar los valores del cristianismo (en clave protestante) con las corrientes del pensamiento moderno, incluyendo el socialismo. La evolución que se produjo desde la fundación de la revista hasta que se manifestaron los síntomas que siguieron a la Primera Guerra Mundial, evidencian el tránsito de una publicación nacida en un contexto teológico, que a causa de los cambios sociológicos, culturales y psicológicos, terminó convirtiéndose en una publicación interdisciplinaria.

Por una parte, el repaso de los números publicados demuestra que, en todo momento, los trabajos sobre teología y estudios bíblicos, que estaban en el origen de la publicación nunca terminaron por abandonarse. Abundan artículos y ensayos sobre crítica histórica de la Biblia, el cristianismo primitivo, la teología protestante, las comparaciones y equivalencias entre catolicismo, protestantismo y otras religiones. Son notables los ensayos sobre la figura histórica de Jesús, el desarrollo de las primeras comunidades cristianas y la evolución doctrinal del cristianismo. Poco a poco, se fueron volviendo más habituales los estudios sobre historia de las religiones: judaísmo, islam, religiones asiáticas. Era normal, porque en esos años, la «historia de las religiones» se estaba abordando por primera vez desde una perspectiva científica y eso despertó el interés del equipo redaccional.

Dada la dificultad en distinguir, especialmente en las formas de religiosidad oriental, las fronteras entre el pensamiento religioso y la filosofía, muchos artículos abordaron temas de ética, filosofía de la religión, racionalismo y fe y crítica del positivismo. Pero también la radicalización de los discursos políticos en el ámbito italiano (y europeo) entre 1919 y 1923, favoreció el que, cada vez con mayor frecuencia aparecieran textos sobre sociología y política cultural (libertad religiosa, secularización, educación, relaciones entre Iglesia y Estado), hasta el punto de que la revista se convirtió en un espacio de discusión sobre la modernización de Italia.

El hecho de que el equipo de redacción fuera protestante, favoreció el que se insistiera en los movimientos disidentes que se daban dentro de la Iglesia Católica. No puede olvidarse que una parte sustancial de los redactores procedían de los márgenes de la Iglesia católica e, incluso cuando la polémica sobre la herejía modernista había quedado muy atrás (la condena oficial del Vaticano data de 1907), Bilychnis siguió publicando ensayos sobre este tema prácticamente hasta el final de su andadura en 1931. Los tres ejes centrales de la herejía modernista —crítica histórica de la Biblia, compatibilidad entre fe y ciencia y teología abierta al pensamiento moderno— siguieron estando siempre presentes en momentos en los que la propia Iglesia ya había dejado atrás la lucha contra el «modernismo». Se discutieron temas «sensibles»: evolución y teología, límites del positivismo y papel de la religión en relación a la ciencia.

Bilychnis estaba conectada con la escuela de teología liberal suiza que había nacido en la Universidad de Ginebra, con el protestantismo francés del que hacían gala los pensadores de la Universidad de Estrasburgo y con los círculos protestantes británicos. En efecto, a principios del siglo XX, diversos núcleos de intelectuales cristianos radicados en Suiza, vinculados a corrientes protestantes, trataron de adaptar el cristianismo a la cultura moderna, la razón y la ciencia. Percibieron que, antes o después, los dogmas recibirían la puntilla definitiva por parte del pensamiento científico que remataría la obra del racionalismo. Inspirado en figuras como Friedrich Schleiermacher, se consolidó en el ámbito académico y universitario suizo y europeo, un enfoque antropocéntrico (centrado en el ser humano) más que teocéntrico, desembocando en la ética y las enseñanzas morales de Jesús más que en la doctrina dogmática. La teología liberal fue predominante hasta la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, el estallido de la guerra y la crisis social rompieron la confianza en el progreso y en las posibilidades de la cultura moderna. 

En lo que se refiere al núcleo de teólogos de la Facultad de Teología Protestante de la Universidad de Estrasburgo fue un centro intelectual de primer orden, marcado por la transición de la soberanía alemana a la francesa, a principios de siglo, fueron un producto de su tiempo y de situación. En efecto, Estrasburgo, a partir de 1918 fue incorporada a Francia, tras pertenecer a Alemania desde la Guerra Franco–Prusiana de 1870. Esto facilitó el que los teólogos más destacados de este periodo combinaron el rigor de la investigación histórica, típicamente alemán, con un enfoque liberal y humanista, mucho más francés. La firma más notable de este grupo fue Albert Schweitzer, teólogo y médico, fue director de la facultad. Es mundialmente conocido por su investigación sobre la «vida de Jesús» y sobre la mística de San Pablo.

Finalmente, el grupo Bilychnis estuvo también en contacto con los «nuevos teólogos británicos», especialmente con los procedentes de la New Theology, liderada por el predicador R.J. Campbell desde el City Temple de Londres. En 1907 publicó su manifiesto The New Theology, insistiendo en la inmanencia Divina (Dios no está «ahí fuera», sino dentro de la humanidad y de la naturaleza) y el rechazo del pecado original. En esos mismos años, había surgido el Círculo de Cambridge, que sería el equivalente a la herejía «modernista» en las Islas Británicas. Teólogos como F.C. Burkitt y B.H. Streeter se centraron en la investigación histórica rigurosa, tratando de identificar al «Jesús histórico» y alejándose de la metafísica. A pesar de que existieron distintas orientaciones en cada uno de estos teólogos, existía una tendencia acusada a manifestarse a favor de las reformas sociales. No tenían paciencia suficiente en esperar la Parusía, para realizar el Reino de Dios, sino que lo consideraban como un proyecto social y político para el aquí y el ahora. Se estaba empezando a concretar lo que sería el pensamiento social–cristiano moderno que, en algunos momentos se identificaba con el laborismo y el socialismo, y en otros más restringidos con la «política social de la Iglesia».

Todas estas redes europeas contribuyeron a ampliar el número de redactores y la influencia de Bilychnis.

Pero, como hemos dejado intuir antes, existía una intencionalidad inherente al proyecto y no confesada tan explícitamente. En primer lugar, se trataba de dar legitimidad académica a la teología protestante y mostrar que esta corriente estaba conectada con la cultura europea moderna. Y para alcanzar este objetivo, parece evidente que debían crear un espacio de libertad intelectual en temas religiosos y hacer gala de una extraordinaria apertura de miras.

Pero, lo que interesó más al público no fueron estos temas, que, en el fondo, eran ya conocidos en el momento en el que apareció el primer número de la revista. La gran aportación de Bilychnis fue el estudio de las religiones comparadas y tratar de situar a las confesiones cristianas dentro del panorama religioso mundial. Han quedado, estudios sobre budismo e hinduismo, sobre religiones iranias, islam y judaísmo, que figuraron como los primeros de su tiempo.

En un momento en el que todavía existía un fuerte sentimiento antisemita en Europa, la revista ofreció un espacio para el estudio del judaísmo, las relaciones entre judaísmo y cristianismo y la cultura hebrea moderna, artículos en los que pudieron manifestar sus puntos de vista autores judíos (en especial Giorgio Levi Della Vida o Dante Lattes). Pero, quizás, en el terreno en el que la revista publicó artículos más novedosos y que despertaron el mayor interés, fue en la comparación entre religiones orientales y teología cristiana. En este campo destacó Giuseppe Tucci, futuro fundador del Istituto Italiano per il Medio ed Estremo Oriente que colaboró aportando sus conocimientos en materia de religiosidad oriental, un campo prácticamente inédito en la época. Y ahí fue donde Julius Evola también tuvo algo que decir.


5. Los colaboradores

Tanto en historia de las religiones, como en comentarios sobre filosofía, metafísica y cultura, o en estudios sobre el judaísmo, temáticas ocultistas y las corrientes protestantes, Bilychnis contó con especialistas de primera fila.

Quienes, desde luego, sufrieron más represalias por su colaboración con la revista fueron los teólogos católicos considerados como «modernistas». La reacción del Vaticano y de los sectores católicos tradicionales ante Bilychnis fue de profunda hostilidad y sospecha. La publicación, nacida en el momento en el que la herejía «modernista» no se había extinguido, fue vista por el Vaticano como un Caballo de Troya que introducía ideas heterodoxas en el mundo católico italiano. La mirada de la Santa Sede, como hemos visto, se centró especialmente en Buonaiuti, pero no solo en él.

Los medios de comunicación vaticanos advirtieron a los católicos que la lectura de la revista era peligrosa para la fe, ya que mezclaba el rigor científico con presupuestos teológicos protestantes y «modernistas». Por su parte, como no podía ser de otra manera, los católicos liberales y modernistas la recibieron con entusiasmo. Las sanciones impuestas por el Vaticano a los colaboradores católicos de Bilychnis fueron severas, y la jerarquía eclesiástica utilizó todo el peso del Derecho Canónico para frenar la influencia de estos intelectuales. Las sanciones oscilaron entre la «suspensión a divinis», la excomunión o la expulsión de sus cátedras para los profesores que publicaban en la revista. Muchos artículos publicados originalmente en Bilychnis fueron recopilados en libros que acabaron inmediatamente en el Índice de Libros Prohibidos y, a través de la revista oficial del Vaticano, L’Osservatore Romano, y en la revista jesuita La Civiltà Cattolica, se publicaron ataques directos contra los colaboradores «modernistas» de Bilychnis, tachándolos de «apóstatas».

Buonaiuti murió sin que se le levantara la excomunión. En su lecho de muerte, hubo contactos para una reconciliación, pero el Vaticano exigía una retractación pública de sus ideas que él, por coherencia intelectual, no aceptó. Se le prohibió un funeral católico oficial, aunque algunos amigos sacerdotes asistieron a título personal. Solo décadas después, tras el Concilio Vaticano II, la Iglesia rehabilitó su figura como historiador, aunque no su estatus canónico.

La historia del cristianismo fue tratada en particular por Luigi Salvatorelli, uno de los colaboradores más prolíficos de Bilychnis, donde desempeñó un papel fundamental como historiador del cristianismo y analista político. Salvatorelli utilizó Bilychnis para difundir sus investigaciones sobre los orígenes cristianos desde una metodología estrictamente histórica y laica, alejada de la dogmática eclesiástica. Solía descender al terreno político y sus artículos a menudo abordaban la relación entre la Iglesia y el Estado, defendiendo una visión liberal y laica que chocaba con las posturas oficiales del Vaticano en esa época.

Al igual que otros miembros del círculo de Bilychnis, Salvatorelli estaba vinculado al clima intelectual del «modernismo». Publicó numerosos ensayos que luego formarían parte de sus libros más conocidos, centrándose en figuras como San Francisco de Asís, a quien analizó como una figura histórica y social más que puramente hagiográfica. Fue un firme opositor al régimen de Mussolini y uno de los pocos intelectuales que mantuvo una postura antifascista durante todo el periodo.

Otro «modernista» católico, Romolo Murri, sacerdote y figura central de esta herejía, fue otro de los colaboradores de Bilychnis que habían resultado «represaliados» por la Iglesia a causa de su disidencia teológica. Coincidía con la revista en el intento de conciliar la fe católica con la modernidad política y social. La propuesta fundamental de Murri fue la autonomía de los católicos en la vida política. Sostenía que la Iglesia debía abandonar su postura de rechazo al Estado liberal y que los creyentes debían organizarse de forma independiente a la jerarquía eclesiástica para luchar por reformas sociales. En 1909, dos años después de la condenado del «modernismo», Murri tras ser elegido diputado por un partido radical, fue excomulgado formalmente. Previamente había sido suspendido del ejercicio sacerdotal por su desobediencia y su actividad política. Tras años de alejamiento de la Iglesia, y en sus últimos años, vio en el fascismo una fuerza capaz de realizar la «revolución nacional» que la democracia liberal no había logrado, llegando a escribir sobre el «espíritu religioso» del movimiento de Mussolini. Poco antes de su muerte en 1944, se reconcilió con la Iglesia Católica y se le levantó la excomunión.

El aggiornamento (puesta al día) de la Iglesia en los años 60 hizo que cambiara la catalogación. Los redactores católicos de Bilychnis, en lugar de ser «herejes», pasaron a ser «precursores». Pero los disidentes católicos no eran los únicos que participaban en la revista.

El hecho de que estuvieran presentes también redactores judíos ha permitido decir que Bilychnis se convirtió en uno de los pocos espacios de diálogo judeo–cristiano que existieron en Italia antes de la Segunda Guerra Mundial y que precedería en cuarenta años a una de las temáticas más polémicas del Concilio Vaticano II: liquidar el antisemitismo de origen católico y la acusación que pesaba sobre el «pueblo judío» como «pueblo deicida».

Dante Lattes, intelectual y rabino judío, considerado como uno de los padres del sionismo en Italia, a lo largo de toda su vida se preocupó por revalorizar y defender la cultura judía e integrarla en la italiana. Además de colaborar frecuentemente con Bilychnis, dirigió la influyente revista Rassegna Mensile di Israel, referente intelectual de la comunidad judía italiana frente al ascenso del fascismo. Con la promulgación de las leyes raciales en 1938, fue puesto bajo vigilancia policial por sus vínculos con la Organización Sionista Mundial con sede en Londres. Emigró en febrero de 1939, estableciéndose primero en Tel Aviv y luego en Jerusalén, pero se vio obligado a destruir todo su archivo antes de partir. Regresó a Italia después de la Segunda Guerra Mundial para ayudar a reconstruir las instituciones judías italianas.

Otro de los colaboradores de origen judío y que publicó frecuentes ensayos sobre su tradición, Felice Momigliano, centró su obra en la síntesis entre el pensamiento mazziniano, el socialismo humanitario y la tradición judía. Defendió un judaísmo moderno y abierto, influenciado por los modelos europeos de reforma, que permitiera a los judíos ser ciudadanos italianos plenos sin renunciar a su herencia espiritual. Falleció en 1924, mismo año en que el fascismo consolidó su poder. Momigliano utilizó Bilychnis para explorar la intersección entre el pensamiento judío y los valores universales. En su ensayo Ebraismo e cristianesimo, publicado en la revista en 1922, analiza las conexiones y diferencias éticas entre ambas religiones. También publico diversos ensayos y notas sobre el movimiento sionista y el futuro de Palestina, que fueron recopilados o citados en estudios biográficos posteriores.

Finalmente, Giorgio Levi Della Vida publicó diversos trabajos de carácter académico y crítico sobre historia de las religiones, filología semítica y reseñas críticas de obras contemporáneas. Esta participación en Bilychnis refleja su compromiso con una visión laica y científica de la cultura. Su colaboración en la revista hizo que aumentaran las sospechosas de que se trataba de una publicación «antifascista». En efecto, en 1924, fue elegido presidente de la Unión Nacional de Fuerzas Liberales y Democráticas, fundada por Giovanni Amendola y al año siguiente firmó el Manifiesto de los Intelectuales Antifascistas; más tarde sería uno de los pocos profesores universitarios (12 como hemos dicho) que rechazaron prestar el juramento de fidelidad al régimen fascista en 1931. En Bilychnis publicó artículos sobre lingüística semita, judaísmo e islamismo. Es considerado uno de los arabistas e islamólogos más importantes del siglo XX. Tras su expulsión de la universidad, trabajó catalogando los manuscritos árabes de la colección vaticana, una labor técnica monumental que sigue siendo referencia para los investigadores actuales. Aplicó el método histórico para entender el origen del Islam, la genealogía de las tribus árabes y la literatura clásica.

Solo hemos podido localizar un ensayo de Giuseppe Tucci, publicado en Bilychnis: Di una Leggendaria biografia cinese di Nagarjuna (en Bilychnis II. serie, n. 135, 1923). En esa época Tucci tenía 29 años y fue uno de los colaboradores más jóvenes de la revista. El artículo aborda una biografía legendaria china del importante filósofo y monje buddhista indio del siglo II d.C.,  Nagarjuna, fundador de la escuela Madhyamika. Tucci, por entonces, empezaba a consolidar su carrera como orientalista que le llevaría a ser uno de los «tibetólogos» más eminentes del siglo XX. La revista, encontró en Tucci a un estudioso capaz de tender puentes entre Oriente y Occidente con rigor académico.

El hecho de que Evola publicara uno de los primeros comentarios sobre la obra de René Guénon en Bilychnis es igualmente significativo de ese interés. A pesar de las diferencias de matiz, de tono y de referencias, los autores tradicionalistas coincidían con el resto de colaboradores en denunciar la crisis moral de la postguerra y el materialismo creciente. Eso fue lo que justificó una colaboración que, en la práctica, excedía el estudio objetivo de las religiones.

Ya hemos aludido al papel de Raffaele Pettazzoni en Bilychnis. Ahora volvemos a mencionarlo a la vista de que aportó a la revista sus ensayos sobre la historia de las religiones. Se le considera el fundador de esta disciplina en Italia, otorgándole un carácter científico, laico y comparativo. Desvinculó el estudio de lo sagrado de la teología confesional, sosteniendo que la religión no puede entenderse de forma aislada, sino a través de la comparación de diferentes culturas y tiempos. A diferencia de otros autores que buscaban «arquetipos» eternos (como Mircea Eliade), Pettazzoni enfatizaba que cada fenómeno religioso es un producto histórico concreto. Rebatió la teoría del «monoteísmo primordial» (que afirmaba que la humanidad empezó creyendo en un solo Dios y luego «degeneró» en el politeísmo). Para él, el monoteísmo era una revolución histórica que surgía en contextos específicos frente al politeísmo previo. Estudió la figura de los «dioses celestes» en las culturas primitivas, no como una revelación divina, sino como una proyección de la estructura social y la observación de la naturaleza. Los artículos que publicó en Bilychnis estaban habitualmente relacionados con estas temáticas. En el publicado en 1922, La formazione del monoteismo, argumenta que el monoteísmo no es un estado primitivo de la humanidad, sino una formación histórica que surge como una «revolución» frente a sistemas politeístas previos. Las ideas que Pettazzoni comenzó a publicar en revistas como Bilychnis y en Indo–iranian studies (1925) sobre la omnivisión (capacidad de Dios para ver, percibir y conocer simultáneamente todo lo que existe, ha existido o existirá) y omnisciencia divina (conocimiento total, la cualidad de saberlo todo) fueron el núcleo de su futura gran obra. En estos ensayos preliminares, ya planteaba que la «omnisciencia» no es solo un atributo abstracto, sino que tiene una raíz histórica vinculada a la mirada del cielo y la vigilancia moral de los seres humanos. Pettazzoni utilizaba  Bilychnis  para dialogar con otros grandes estudiosos de la época, analizando las obras de autores como Franz Cumont (experto en religiones mistéricas) o los trabajos sobre el «modernismo».

Si Pettazzoni fue el exponente del estudio sobre religiones comparadas en Bilychnis, ¿cuál fue la actitud del máximo exponente de esta especialidad, Mircea Eliade, en relación a la revista? Eliade no colaboró en Bilychnis, pero mantuvo una relación muy estrecha con la revista y el círculo intelectual que la rodeaba durante su juventud. Durante sus años de formación y sus viajes a Italia (1927 y 1928), el joven Eliade fue un lector asiduo de Bilychnis y de otra revista similar, Ricerche Religiose. A través de estas publicaciones italianas, descubrió a autores fundamentales para su obra posterior, como Kierkegaard, Unamuno y Rudolf Otto. En particular, Eliade se sintió fascinado por los artículos que Julius Evola publicaba en Bilychnis y en la revista Ur. Mantuvo una relación de amistad y correspondencia con Raffaele Pettazzoni, aunque tenían enfoques distintos (Pettazzoni era puramente histórico y Eliade más fenomenológico/metafísico), aunque ambos compartían el interés por el estudio científico y comparativo de las religiones. A través del ambiente intelectual de revistas como Bilychnis, la obra de Eliade comenzó a ser conocida y debatida en Italia, país con el que mantuvo un vínculo académico de por vida. 

Alessandro Chiappelli fue otro de los asiduos colaboradores de Bilychnis, que aportó a la revista ensayos en los que buscaba conciliar el cristianismo con la filosofía moderna. Sus artículos se centraban en la vertiente ética y espiritual de la religión, alejándose del dogmatismo rígido. Fue una de las voces que, dentro de Bilychnis, defendió la necesidad de una profunda «reforma religiosa» en Italia. Publicó numerosos ensayos analizando el cristianismo primitivo desde una perspectiva histórica, un tema recurrente en la revista para cuestionar las estructuras de poder de la Iglesia contemporánea. Sus reflexiones más extensas fueron publicadas en la colección de libros vinculada a la revista, consolidando su papel como mentor de las nuevas generaciones de estudiosos laicos. Era senador del Reino y profesor universitario, su presencia en Bilychnis otorgaba a la revista una gran autoridad intelectual frente a las críticas de los sectores católicos más conservadores.

En el campo de la filosofía, sin duda, uno de los colaboradores más asiduos e importantes fue Adriano Tilgher (1887–1941). Tilgher publicó en la serie de los Quaderni di Bilychnis (Cuadernos de Bilychnis) una de sus obras más influyentes: La visione greca della vita (La visión griega de la vida) en 1922. En este texto, exploraba la cosmovisión antigua frente a la crisis de la modernidad. Tilgher fue un puente fundamental en la revista para introducir en Italia el pensamiento de Kierkegaard y sus ensayos ayudaron a desplazar el foco desde el idealismo hegeliano hacia una filosofía de la vida y la crisis del individuo. Tilgher se situó en una postura de independencia intelectual, pero no tuvo inconveniente en ser uno de los firmantes del Manifiesto de los Intelectuales Fascistas. En Bilychnis analizó la religión, no como dogma, sino como una experiencia vital y problema ético, lo cual encajaba perfectamente con el espíritu «modernista» y laico de la publicación. 

Por su parte, Giuseppe Rensi fue otro de los colaboradores de la revista que marcaron la pauta filosófica de la publicación. Su participación es fundamental para entender la evolución de su pensamiento, especialmente en su etapa de transición hacia el escepticismo irracionalista. Siguiendo la línea modernista y liberal de Bilychnis, Rensi publicó ensayos que analizaban el fenómeno religioso desde una perspectiva filosófica y no confesional. Sus artículos en la revista a menudo exploraban la tragedia de la existencia, un tema que culminaría en obras como Filosofía del error y del dolor. Para Rensi, la religión no era un conjunto de verdades lógicas, sino una respuesta necesaria al absurdo del mundo.

La espiritualidad eslava fue el objeto predilecto al que Ettore Lo Gatto dedicó varios ensayos en Bilychnis durante la década de 1920. Gracias a sus trabajos el pensamiento religioso y literario ruso fue conocido en Italia. Lo Gatto publicó ensayos clave sobre figuras fundamentales del pensamiento espiritual ruso como el dedicado a Fiódor Dostoievski (Rusia y su problema religioso según Dostoievski, 1922), donde analizaba la dimensión mística y profética del autor. En la serie Quaderni di Bilychnis, Lo Gatto tradujo obras esenciales de pensadores rusos, en particular de Vladimir Soloviev (sus Tres discursos en memoria de Dostoievski, que dio a conocer la teosofía y el misticismo ruso en Italia). Regularmente publicaba su sección, Rivista delle riviste russe (Revista de las revistas rusas), donde informaba a los lectores de Bilychnis sobre las novedades intelectuales y las condiciones culturales en la Rusia soviética de la época. Gracias a él, la espiritualidad eslava, sin interferencias políticas, pudo llegar al público italiano.

Existió una participación femenina en Bilychnis, minoritaria, pero que vale la pena recordar. Eva Kühn, esposa del político liberal Giovanni Amendola, no se limitó a ser traductora y puente cultural, especialmente entre la literatura rusa y el público intelectual italiano. Fue una de las principales responsables de la difusión de Fiódor Dostoievski en Italia. Tradujo para I Quaderni di Bilychnis, obras como I ragazzi (Los muchachos, fragmento de Los hermanos Karamázov), aportando una sensibilidad que conectaba con el interés de la revista por la psicología religiosa y acompañando a sus traducciones de un aparato crítico que ayudaba a entender el contexto espiritual y místico de los autores eslavos. Utilizaba el seudónimo de «Magrebi» en sus colaboraciones, manteniendo siempre ese interés por la espiritualidad y la crisis del individuo moderno que caracterizaba a la revista. Su trabajo en Bilychnis fue fundamental para que la revista cumpliera su misión de ser una «ventana al mundo», permitiendo que la mística y la literatura del Este europeo dialogaran con la tradición italiana.

Finalmente, Ada Meille fue otra de las figuras centrales en la vida de Bilychnis, desempeñando un papel que combinó la gestión editorial con la activismo pedagógico y religioso. Trabajó codo a codo con el director Lodovico Paschetto en la organización de los contenidos y en la colección de I Quaderni di Bilychnis. Sus artículos en la revista se centraron frecuentemente en la educación religiosa y moral. Defendía un modelo educativo laico pero espiritual, que formara ciudadanos conscientes y éticos, alineado con el espíritu de la «Escuela Nueva». Era miembro de la comunidad bautista y representaba el ala del protestantismo italiano que buscaba influir en la cultura nacional a través del diálogo intelectual y la reforma de las costumbres. Al igual que Eva Kühn, colaboró en la selección y reseña de obras extranjeras que trataran temas de renovación espiritual y social, ayudando a que Bilychnis mantuviera su carácter cosmopolita.

6. Bilychnis y España

A pesar de que no existan estudios sobre las relaciones entre la redacción de la revista Bilychnis en nuestro país, la publicación era suficientemente conocida por algunos de los exponentes más notorios de la Generación del 98 y de la Generación del 14. Este vínculo se centró en la superación del positivismo y la búsqueda de una nueva espiritualidad laica. No fueron en absoluto relaciones orgánicas (en España no existió una publicación equivalente a Bilychnis, sino más bien de relaciones personales e intercambios epistolares. Si bien no hemos localizado ningún autor español que publicara artículos directamente en Bilychnis, puede hablarse con propiedad de la existencia de una presencia española significativa a través de traducciones, reseñas e influencia mutua con intelectuales de la época.

Entre estas interinfluencias intelectuales cabe citar a Rensi, principal introductor y traductor de la obra de Miguel de Unamuno en Italia. En las páginas de Bilychnis, Rensi reseñó y difundió obras como Del sentimiento trágico de la vida, encontrando en el filósofo español un alma gemela en su lucha contra el racionalismo y su enfoque en el «hambre de inmortalidad».

Adriano Tilgher, por su parte, utilizó Bilychnis para dialogar con el pensamiento existencial europeo, manteniendo una afinidad con el pensamiento de Unamuno, y más especialmente con el de José Ortega y Gasset. No hay que olvidar que, en los años 20 floreció en España un clima intelectual extraordinariamente rico y la última vez en el que un nutrido grupo de intelectuales españoles, fueron leídos en Europa y participaron en debates de altura con sus homólogos de otros países.

Ángel Álvarez de Miranda introdujo en España el estudio científico y laico de lo sagrado. Se había formado en Roma, como discípulo directo de Raffaele Pettazzoni, compartiendo su método histórico–comparativo y alejándose de la interpretación puramente teológica. Estudió las religiones mistéricas y la tradición española. Su tesis doctoral, Mitos y ritos de la sacralidad del toro, es una de sus obras más citadas, donde analiza la profundidad religiosa de la tauromaquia. Otra de sus obras, muy influida por Pettazzoni es Las religiones mistéricas. Antes de morir prematuramente a los 42 años, fundó en 1954, la cátedra de Historia de las Religiones en la Universidad de Madrid siguiendo los principios laicos y científicos promovidos por Bilychnis.

La revista sirvió también de puente para el pensamiento europeo y, por supuesto, para el pensamiento español de la época. Se hicieron recensiones de trabajos de Ortega y Gasset y Eugenio d’Ors, lo que demuestra que el círculo de Bilychnis seguía muy de cerca el auge intelectual español de los años 20 y especialmente los textos publicados por la Revista de Occidente. Ambos proyectos, en efecto, compartían la misión de europeizar sus respectivas naciones y elevar el nivel del debate filosófico y religioso más allá de las instituciones eclesiásticas.

Giorgio Levi Della Vida, mantuvo lazos con los estudiosos españoles de la herencia andalusí, siendo una referencia respetada por la escuela de filología semítica en España. Levi Della Vida, se interesó muy de cerca los trabajos de la escuela española de arabistas liderada por Asín Palacios. Levi Della Vida valoraba el rigor filológico de Asín, especialmente en sus estudios sobre el pensamiento de Algazel y la influencia islámica en la Divina Comedia de Dante. La revista fundada por Asín Palacios, Al–Andalus, fue una referencia obligada para investigadores como Levi Della Vida. Aunque Levi Della Vida mantenía una postura más laica y científica frente a la visión más teológica de Asín (era sacerdote), ambos compartían el uso del método histórico–crítico y la convicción de que la cultura mediterránea no podía entenderse sin el aporte árabe e islámico. Un punto de unión fundamental fue el interés de ambos por las fuentes islámicas en la obra de Dante Alighieri. Mientras Asín Palacios revolucionó el campo con su obra La escatología musulmana en la Divina Comedia (1919), Levi Della Vida analizó estas tesis desde la perspectiva de la filología semítica, contribuyendo al debate que internacionalizó esta teoría.

Pero fue en el terreno de la mística española del Siglo de Oro, en donde el interés de la publicación italiana fue mayor por este movimiento español. Bilychnis dedicó espacio al análisis de la mística española (Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz) desde una perspectiva psicológica e histórica, un tema que interesaba profundamente a sus editores modernistas. Se publicaron artículos que analizaban a Santa Teresa de Jesús como un caso de estudio para la «psicología de la religión». Autores como Mario Rossi exploraron la estructura de la conciencia mística y la «verdad psicológica» de sus escritos. La revista incluyó ensayos que desglosaban la simbología de San Juan de la Cruz. Se le presentaba como el poeta místico por excelencia, cuya «noche oscura del alma» era una metáfora de la desposesión absoluta necesaria para el conocimiento metafísico. Gran parte de la mística española entró en Bilychnis a través de la interpretación de Unamuno. Se publicaron estudios sobre la «mística de la acción» española, comparando la lucha espiritual del caballero cristiano con la del héroe trágico moderno. La revista sirvió como puente para que los lectores de Bilychnis releyeran a los clásicos españoles, viéndolos no como defensores del dogma romano, sino como individuos que buscaron una relación directa y «auténtica» con la divinidad, al margen de la jerarquía.

Bilychnis fue, en definitiva, una ventana de recepción fundamental para el pensamiento español contemporáneo en la Italia de entreguerras.

7. El fin de Bilychnis

Las intenciones iniciales de la revista no tuvieron en cuenta la evolución de la política internacional ni de los sucesos que tendrían lugar en Italia durante los años de vida de la publicación. Hemos aludido al trauma que representó la Primer Guerra Mundial, uno de cuyos efectos fue la aparición de los fascismos, el más temprano de los cuales arraigó en Italia con la figura de Mussolini y del Partido Nacional Fascista.

Los choques de la revista con el Estado Italiano se iniciaron a poco de llegar el fascismo al poder. En 1923, cuando el ministro de educación del primer gobierno de Mussolini, Giovanni Gentile, impulso la reforma de la enseñanza en Italia, restableciendo la enseñanza obligatoria de la religión católica en las escuelas primarias, Bilychnis publicó varios comentarios hostiles. Ada Meille y otros colaboradores (como Luigi Salvatorelli) denunciaron que la reforma «entregaba la conciencia de los niños al clero». Para un grupo de origen bautista y espíritu laico, esto era una traición al espíritu del Risorgimento y a la libertad de culto. Meille, defensora de la pedagogía activa, alegaba que la educación moral no debía consistir en memorizar catecismos dogmáticos, sino en desarrollar la conciencia individual y el sentido del deber. Frente al modelo autoritario de Gentile, proponía una espiritualidad libre que no necesitara el control de la Iglesia oficial. Para Meille, la religión era una experiencia interior y privada, mientras que, para el fascismo, era un medio para cohesionar a las masas. Al ver que la escuela pública se cerraba al pluralismo, el grupo intensificó la publicación de I Quaderni di Bilychnis, la colección de libros anexos a la revista, con títulos sobre ética laica y otras tradiciones religiosas (como el budismo o el misticismo ruso de Eva Kühn) para ofrecer una alternativa cultural a las familias que no querían una educación exclusivamente católica–fascista.

A pesar de que no fue el mejor comienza de su relación con el nuevo régimen, lo cierto es que, en su primera etapa, el fascismo no declaró la guerra a la revista. Pero, desde el principio quedó claro que se trataba de una publicación «disidente» de la línea mayoritaria por la que discurría Italia en materia religiosa. Parecía natural que la libertad de conciencia con la que se movían los redactores de la publicación, así como el hecho de que el editor fuera una confesión religiosa minoritaria, en la que, además, participaban teólogos católicos disidentes de la línea oficial vaticana, hiciera que el régimen temiera un enfrentamiento con la Iglesia Católica. Si bien, en los primeros años, la presión fue prácticamente nula y se limitó a una observación periódica, a partir de la firma de los Acuerdos de Letrán en 1929 entre el Estado y la Santa Sede, la hostilidad del régimen hacia la publicación fue creciendo por la presión de la Iglesia Católica.

Mussolini necesitaba el apoyo del Vaticano y, a cambio, entre otras concesiones, el régimen se comprometió a reprimir a las minorías religiosas y a las voces críticas que la Iglesia consideraba como heréticas. El Estado italiano dejó de ser neutral y empezó a ver a las publicaciones protestantes y a los disidentes católicos como «elementos de desunión nacional». Los dos años que median entre la firma de los Acuerdos de Letrán y la desaparición de la revista, supusieron un calvario para la publicación. El fascismo promovió la idea de que el protestantismo era una influencia extranjera (anglosajona) peligrosa para la identidad italiana. 

Los Acuerdos de Letrán, por un lado, resolvieron la llamada «cuestión romana» y crearon el Estado de la Ciudad del Vaticano. Por otro, establecían al catolicismo como la única religión del Estado italiano y daban a la Iglesia un poder sustancial, especialmente en la educación de los jóvenes. El Papa Pío XI llegó a calificar a Mussolini como «el hombre de la Providencia». Pero el precio de esta alianza fue alto para las minorías religiosas.

El historiador Kevin Madigan, en su libro The Popes against the Protestants, documenta cómo, a partir de este momento, se desató una campaña contra los protestantes que se prolongaría hasta el inicio de la Segunda Guerra Mundial. El pacto entre el régimen y el Vaticano creó un clima de hostilidad sistemática hacia las minorías religiosas, que eran vistas como una amenaza para la identidad católica de Italia y, por extensión, para el proyecto nacionalista del fascismo. Esta ofensiva cristalizó en una reforma legislativa restrictiva para las comunidades protestantes, limitando su proselitismo y sus actividades públicas. El jesuita Padre Tacchi Venturi, actuó como intermediario con Mussolini, para alertar sobre el «peligro protestante» y pedir medidas restrictivas contra estos grupos religiosos. Los lugares de culto protestantes fueron cerrados y se impidieron sus reuniones. En este contexto, publicaciones como Bilychnis, que promovían el diálogo y el estudio crítico desde una perspectiva protestante, eran vistas con una profunda desconfianza. En resumen, la presión que sufrió Bilychnis no fue un caso aislado, sino parte de una ofensiva más amplia y sistemática contra el protestantismo en la Italia fascista, impulsada por una poderosa alianza entre el régimen de Mussolini y la Iglesia Católica, que veían en la uniformidad religiosa un pilar para su proyecto social y político.

Los redactores fueron sometidos a vigilancia por parte de la OVRA, Organizzazione per la Vigilanza e la Repressione dell’Antifascismo (Organización para la Vigilancia y la Represión del Antifascismo), cuyo objetivo principal era la persecución, vigilancia y represión de cualquier individuo u organización opuesta al régimen fascista. Se había creado en 1927 y disponía de una amplia red de informantes y agentes encubiertos. Tenía autoridad para realizar arrestos políticos, aplicar sanciones administrativas (como el confinamiento o confino) y utilizar todo tipo de presiones para obtener confesiones. Estaba organizada en «zonas de inspección» y dependía directamente de la Dirección General de Seguridad Pública.

Para la OVRA, Bilychnis era doblemente sospechosa: primero por ser editada por una confesión religiosa protestante (que era visto por el fascismo como un cuerpo extraño a la nación) y en segundo lugar por haber dado cabida a intelectuales que se movían con criterios de libertad de pensamiento (como el mismo Julius Evola y, por supuesto, como los herejes «modernistas»). Cada número era revisado minuciosamente. El régimen castigaba cualquier atisbo de pensamiento que promoviera la conciencia individual por encima de la lealtad al Estado. Varios números fueron secuestrados por la policía (como ocurrió con el fascículo de enero–febrero de 1931) por contener material considerado subversivo o contrario a los intereses del Estado. Además, el régimen utilizaba trabas administrativas para dificultar la circulación de la revista, como retrasos en los permisos de correos o presión sobre los quioscos y librerías para que no la exhibieran.

La posición de la revista se hizo insoportable cuando adoptó una postura crítica frente a la obligatoriedad de la enseñanza de la religión católica en las escuelas y su defensa de la libertad de conciencia. En 1931, el régimen fascista emitió un decreto que obligaba a todos los profesores universitarios a jurar lealtad al fascismo, so pena de prohibición de ejercer la enseñanza. Ernesto Buonaiuti, perdió su cátedra. Se dieron de baja suscriptores y disminuyeron las donaciones económicas. En torno a Bilychnis, el régimen estableció un «cinturón sanitario» en el que todo aquel que lo cruzaba quedaba expuesto como «sospechoso» de colaborar con una iniciativa, a su vez, igualmente «sospechosa». La prensa oficialista atacaba a Bilychnis no solo por motivos religiosos, sino tachándola de ser un instrumento de propaganda extranjera contrario al espíritu de la «Nueva Italia».

Finalmente, en 1931, ante la imposibilidad de mantener su línea de independencia e incapaz de afrontar el acoso constante de las autoridades, la Facultad de la Escuela Teológica Bautista se vio obligada a cesar la publicación por «falta de fondos», a pesar de que estuvo claro que esa misma «falta de fondos» se debía al «cinturón sanitario» creado por el régimen y a los cambios de orientación de su política religiosa, así como a la actitud de la Santa Sede. Mussolini no estaba dispuesto a enfrentarse al papado en defensa de una pequeña publicación.

De las tres revistas protestantes que se publicaron en la Italia de los años 20, CoenobiumConscientia y Bilychnis, esta última logró sobrevivir a las otras dos. Conscientia apareció entre 1922 y 1927 y, desde el principio, mostró una orientación cultural antifascista. Había sido fundada y dirigida por Giuseppe Gangale, intelectual de origen calabrés vinculado al protestantismo (especialmente al mundo bautista y valdense). Gangale concebía su revista como un espacio para la «reforma religiosa» de Italia, creyendo que el país necesitaba una base ética y espiritual distinta a la del catolicismo tradicional para sostener una verdadera democracia. Al igual que Bilychnis, su trayectoria se caracterizó por su defensa de la libertad de conciencia, el laicismo y la autonomía del individuo frente al Estado. Fue un órgano de expresión para el «protestantismo civil», que buscaba aplicar los valores del Evangelio a la vida pública y social. Desde sus inicios, mantuvo una postura crítica hacia Mussolini. Se opuso a la retórica nacionalista y a la progresiva limitación de las libertades. Por sus páginas pasaron firmas de destacados antifascistas y pensadores liberales, convirtiéndose en una de las pocas voces disidentes que sobrevivieron en los primeros años del régimen. La revista fue finalmente clausurada en 1927 por orden de las autoridades.

El caso de Coenobium es sensiblemente diferente. Se publicó entre 1906 y 1925, editada en lengua italiana desde Lugano (Suiza) y difundida en la península itálica. Esto le permitió mantener una libertad editorial mayor que otras publicaciones durante los primeros años del fascismo, aunque finalmente sucumbió a las presiones de la época. Creada por Enrico Bignami, un intelectual con un pasado garibaldino y socialista que buscaba un espacio de diálogo libre de dogmas, se definía como una revista internacionalista y ecléctica, dedicada al estudio libre de las religiones, la filosofía y la ética. Su lema implícito era el intercambio de ideas entre Oriente y Occidente, y entre diferentes corrientes del pensamiento místico y racional. La revista cesó por falta de fondos y por las dificultades crecientes de su distribución en Italia.

8. Bilychnis aquí y ahora

La revista Bilychnis desapareció en 1931, pero su intento de diálogo entre fe y ciencia, sobrevivió. Irónicamente, hoy en día, las facultades de teología católica estudian con normalidad las obras que en los años 20 causaban la expulsión de sus autores. La importancia de Bilychnis ha sido reconocida en estudios académicos posteriores. En el siglo XXI se han publicado dos trabajos a los que remitimos por la cantidad y calidad de su documentación: Bilychnis. Una rivista tra fede e ragione (1912–1931) de Antonio Mastantuoni (Claudiana, 2012), que, además de una introducción muy bien documentada, constituye una antología fundamental de artículos publicados en la revista; así mismo, uno de los capítulos de la obra La riforma nell’Italia del primo Novecento: gruppi e riviste di ispirazione evangelica de Laura Demofonti (Edizioni di storia e letteratura, 2003), dedica un capítulo extenso a la publicación. En la actualidad, la totalidad de números publicados por Bilychnis entre 1912 y 1931 puede consultarse digitalmente en formato PDF.

Podría decirse que estamos en una fase de redescubrimiento de textos escritos ahora hace un siglo. Bilychnis está despertando un interés creciente en el mundo académico y en los interesados por reconstruir la historia de las religiones en el siglo XX, por motivos muy diversos. Por un lado, forma parte de la historia intelectual de Italia en el Novecento; buena parte de sus colaboradores, en efecto, fueron personalidades que destacaron en la primera mitad del siglo XX y que modelaron, en gran medida, las ideas que, a medida que avanzaba el tiempo, terminaron por imponerse incluso en el interior de la Iglesia Católica, a partir del Vaticano II. No podemos olvidar que, buena parte de los seminarios actualmente existentes siguen «copados» por profesores formados en la «teología liberal». Pero también en el mundo protestante latino, los colaboradores de Bilychnis tuvieron un lugar preeminente en la circulación de ideas entre los teólogos romanos, alemanes, suizos, franceses y en los círculos judíos europeos. La incorporación de especialistas en historia de las religiones, dio un impulso al estudio comparado de este fenómeno. Y, el hecho de que estuviera publicado por una entidad de origen evangélico, induce a examinar el papel de las minorías protestantes en los países mediterráneos.

Podría decirse que, hace 100 años, los colaboradores de Bilychnis tenían una acusada tendencia a interesarse por problemas que hoy siguen abiertos, en especial, las relaciones entre religión, ciencia y modernidad. Se ha definido a la publicación como una «revista de frontera» situada entre teología, historia, filosofía y ciencias de la religión, pero también existía un impulso crítico hacia formas de espiritualidad «materializadas» y, por tanto, su adhesión a la «modernidad» era condicionada.

A pesar de que Evola no fue uno de los colaboradores más prolíficos y que solamente se embarcó en la aventura a partir de 1925, alternándolo con otras publicaciones, su figura, así como la de Ernesto Buonaiuti, han experimentado un redescubrimiento en las últimas décadas. Evola es reconocido hoy como el primer gran especialista de Nietzsche en Italia; no falta un año sin que se publique algún estudio sobre su obra, se reediten sus textos en los idiomas más variados o se convoquen coloquios y simposios para tratar algún aspecto concreto de su obra.

En lo que se refiere a la rehabilitación de Buonaiuti, es mucho más significativa, a la vista de su papel central desempeñado en la publicación. Aunque la Iglesia no ha levantado formalmente su excomunión post–mortem, su figura ha sido rescatada en el ámbito cultural italiano. entre teología, historia, filosofía y ciencias de la religión. En 2015 y 2023, se han celebrado coloquios y congresos en Roma (especialmente en la Universidad La Sapienza) para analizar su impacto en los trabajos sobre historia del cristianismo; editoriales italianas como Gabrielli Editori o Aragno han reimpreso sus obras y biografías, presentándolo. no como un «hereje», sino como un protagonista del pensamiento religioso moderno. 

La comunidad bautista italiana sigue reivindicando a Bilychnis como uno de sus mayores logros culturales, destacando su capacidad de dialogar con el mundo laico y católico en una época de gran intolerancia.

Tras el cierre de Bilychnis en 1931, su valioso patrimonio bibliográfico y documental no desapareció, aunque quedó disperso y bajo el control de las instituciones del régimen fascista y del Vaticano. Gran parte del archivo administrativo y los fondos bibliográficos permanecieron en la sede de la Facultad Teológica Bautista en Roma. Sin embargo, la presión política y económica del fascismo limitó enormemente el acceso a estos materiales durante años. Con el tiempo, documentos relacionados con la vigilancia policial de la revista y sus colaboradores (especialmente sobre figuras como Buonaiuti) pasaron a formar parte del Archivio di Stato di Roma. Estos expedientes son hoy fundamentales para entender la represión que sufrió la publicación. Hoy en día, existen colecciones completas y fondos relacionados con la revista conservados en las Universidades de Trieste y de Roma Tre.

Por su parte, la editorial protestante Claudiana, heredera en parte del espíritu cultural del protestantismo histórico italiano, ha mantenido vivo el interés por el catálogo de Bilychnis, publicando estudios y monografías sobre su importancia histórica. Para evitar la pérdida definitiva de este patrimonio, se han llevado a cabo proyectos de digitalización. Actualmente, se pueden consultar números completos a través de plataformas como el Internet Archive o proyectos de memoria histórica como L&L Lives and Libraries. La Fondazione Centro Culturale Valdese mantiene una colección completa de la revista que puede consultarse a través de la web de la institución. Para consultar físicamente los documentos, correspondencia y fondos relacionados con los directores y el círculo de Bilychnis, la institución clave en Roma es la Biblioteca y el Archivo de la Facultad Valdense de Teología en Via Pietro Cossa, 42, cerca de la Piazza Cavour.

En el Archivo Central del Estado (Archivio Centrale dello Stato – ACS, en Piazzale degli Archivi, 27, Distrito EUR) se encuentran también numerosas referencias a la revista a causa de la vigilancia a la que fue sometida por la policía de Mussolini. Los archivos y documentos de Ernesto Buonaiuti, pueden consultarse en el Fondo Buonaiuti, depositado en la Fundación Lelio y Lisli Basso (Via della Dogana Vecchia, 5, cerca del Panteón). Allí se encuentran decenas de cartas y borradores de artículos destinados a Bilychnis. Finalmente, en el Archivio Storico della Compagnia di Gesù, dependiente de la Curia General de los Jesuitas, en Roma, se guardan informes y análisis críticos que los redactores de La Civiltà Cattolica hacían sobre cada número de la revista.

La publicación en 1970 por parte de Edizioni di Ar del volumen I Saggi di Bilychnis (Los ensayos de Bilychnis), que reunía la totalidad de los ensayos y comentarios bibliográficos entregados por Julius Evola a la redacción de la revista, precedido de una breve «nota introductoria» de la editorial, reeditado en 1987, fue uno de los primeros elementos que recordaron la importancia de aquella publicación. Y fue gracias al ejemplar que nos entregó en Barcelona, un amigo y camarada próximo a esa editorial, Massimiliano Fachini (q.e.p.d.), en 1973, durante un tiempo exiliado en Barcelona, como tuvimos conocimiento de esta publicación y de los ensayos publicados allí por Julius Evola.

Ernesto Milá. San José de Costa Rica, diciembre 2024