jueves, 28 de mayo de 2026

MEMORIA HISTÓRICA DEL FRANQUISMO: LA CUESTIÓN MONÁRQUICA O COMO JUAN CARLOS LLEGÓ A SER REY DE ESPAÑA

Era evidente que, ante el cambio del panorama internacional que se había iniciado en 1942 con el declive de los fascismos y coronado en 1945 con la creación de un “nuevo orden internacional”, iba a repercutir en el interior del régimen español. Como ya hemos visto, el primer y más temprano paso, fue la sustitución de los “falangistas revolucionarios” y pro–Eje del entorno de Serrano Suñer, por nacional–católicos. Poco a poco, primero tímidamente, y luego con más intensidad hasta mediados de los años 60, el régimen lanzó una nueva consigna que sustituía, tanto al falangismo como al nacional–catolicismo: la “democracia orgánica”, a pesar de que, en el fondo, no era nada más que una adaptación del corporativismo fascista y del corporativismo católico del XIX.

El régimen, no se presentaba como un “estado fascista”, sino como una “monarquía católica, social y representativa”. El gobierno de Franco se explicaba como una especie de interregno de “regencia” hasta que se nombrara a un nuevo rey. Y este era el problema: que el plazo se iba dilatando más y más. Nunca parecía ser un buen momento para operar el “recambio” definitivo y toda la armadura institucional del régimen parecía temporal, improvisada y sin futuro.

Una regencia es un período en el que una persona (el regente) o un consejo ejercen las funciones de la jefatura del Estado en un sistema monárquico porque el rey legítimo no puede hacerlo. La regencia, en la práctica, es un gobierno interino que mantiene la estructura monárquica mientras se espera a que el titular legítimo pueda o deba asumir el mando. Esta situación se produce, generalmente, por tres razones: la minoría de edad del heredero de la corona, cuando el rey está enfermo o mentalmente impedido, o bien cuando el trono está vacante, pero el país se define legalmente como una monarquía. Este último era el caso del régimen español.

Inicialmente, la Ley de Sucesión de 1947 fue la ley más importante de este período porque definió a España como un Reino, pero sin especificar qué rey, ni siquiera qué dinastía se sentaría, antes o después, en el trono. Esta Ley declaraba a Franco como Jefe del Estado vitalicio, con la potestad de nombrar a su sucesor como rey o regente. Aunque su título oficial era “Caudillo”, en la práctica actuaba como un regente a perpetuidad. Él guardaba el trono “vacante” hasta que decidiera quién sería el sucesor.

A medida que la guerra iba quedando atrás y se pensaba más en el futuro, parecía evidente que la regencia de Franco, antes o después, incluso si era vitalicia, concluiría. La Ley de Sucesión apenas explicaba lo que ocurriría después y apenas mencionaba que, en caso de fallecimiento del Caudillo o de su incapacidad, asumiría la jefatura un “Consejo de Regencia” de forma transitoria para asegurar que el sucesor nombrado tomase posesión del cargo sin que hubiera un vacío de poder. Eso era todo.

La generación militar de Franco era, mayoritariamente, “alfonsina”. Tras el fallecimiento de Alfonso XIII en Roma el 28 de febrero de 1941, su hijo Don Juan de Borbón, Conde de Barcelona, era sucesor directo… pero nada garantizaba que, una vez nombrado Rey, no emprendiera la “vía inglesa”, esto es, la creación de una “monarquía constitucional” con partidos políticos, estructura liberal con cambios continuos de rumbo y se retornara a una situación anterior al 18 de julio de 1936.

Y eso implicaba que los objetivos que se había fijado Franco en 1936 quedarían sin alcanzar, en especial el desarrollo económico de España y el recuperar el tiempo perdido en relación a otros países europeos. Eso, por sí mismo, explica el por qué, durante los años 40 y 50, años duros para el régimen de Franco y en los que todavía distaba mucho por alcanzarse ese objetivo final, el tema de la restauración monárquica no ocupara un lugar preponderante. Solo fue a mediados de los años 60, en pleno furor desarrollista, cuando se dieron pasos adelante en esta dirección y se redactó la última de las Leyes fundamentales del Reino, la Ley Orgánica del Estado. A partir de ahí, sí puede decirse que el régimen español se “institucionalizó” completamente. Y, aunque no tuviera una “constitución” propiamente dicha, el racimo de las siete “leyes fundamentales” ejercía esa misma función.

El otro problema era que, en la coalición cívico–militar que dio lugar a la sublevación de julio de 1936, habían participado los requetés, las milicias carlistas, de manera muy significativa, especialmente en el Norte de España. Durante el conflicto, los requetés aspiraban a la instauración de su línea monárquica en el trono. Su participación fue decisiva en algunos momentos de la guerra y contrastó con la ausencia prácticamente total de combatientes “alfonsinos” (exceptuando oficialidad profesional en donde sí eran mayoritarios).

Durante la guerra no surgieron apena tensiones con los falangistas; existía entre ambas facciones cierta competencia en cuanto a arrojo y heroísmo, pero no se produjeron choques de importancia hasta que llegó la paz. Como ya hemos visto, los incidentes del Santuario de Begoña marcaron un antes y un después. Ni siquiera la creación del “Movimiento Nacional” con la fusión de las milicias falangistas y carlistas, tuvo efectos prácticos. Los carlistas siguieron utilizando la boina roja, pero no la camisa azul y los falangistas a la inversa. Las diferencias entre ambos grupos eran lo suficientemente fuertes como para que cada uno se atuviera a sus propios rasgos de identidad.

Entre 1939 y 1945, para la inteligencia británica, estaba claro que el riesgo eran los “falangistas revolucionarios” (el grupo formado en torno a Serrano Suñer) y era a estos a los que habia que neutralizar. Ya hemos visto cómo lo hicieron. Inmediatamente antes y después del “incidente de Begoña”, los falangistas fueron desarrollando un sentimiento antimonárquico que no estaba implícito en el ADN de la Falange fundacional.

En efecto, les habían llegado rumores de que “los monárquicos” recibían apoyo de los aliados, especialmente del Reino Unido y que pretendían instaurar una monarquía. Fue en esos años en los que la “solidaridad de las trincheras” que había evitado el choque directo entre falangistas y carlistas, se transformó en el antimonarquismo falangista que no era capaz de distinguir entre “carlistas y tradicionalistas” a un lado y “monárquicos alfonsinos y juanistas”, a otro.

En cuanto a las relaciones entre carlistas y el régimen de Franco, éste les reconoció siempre su valor en la guerra, sus sacrificios y su contribución a la victoria. Y, a cambio, les dio una presencia casi continua en el ministerio de Justicia (como a los falangistas se les dio en los sindicatos y en el ministerio de Trabajo). Pero, donde Franco no estaba dispuesto a ceder era en el establecimiento de una monarquía tradicionalista sentando en el trono a uno de los pretendientes carlistas (existieron varios y a este tema consagramos el volumen LVII de la Revista de Historia del Fascismo). Franco consideraba que, salvo en Navarra, País Vasco, Cataluña y zonas de Andalucía, el carlismo no estaba suficientemente extendido como para que todo el país aceptase su línea monárquica.

El franquismo hizo con el carlismo lo que el tiempo no había conseguido: desmovilizarlo. Una parte, se integró en el régimen, otra parte, minoritaria, con el tiempo, pasaría a combatirlo y terminaría, a mediados de los 60, haciendo causa común con la “oposición democrática”, cambiando sus objetivos de “Dios, Patria, Rey”, por “Libertad, Federalismo, Autogestión”. Otra parte, se difumino dentro de las estructuras del régimen; líderes carlistas, como el Conde de Rodezno, aceptaron cargos en el gobierno para intentar influir desde dentro. Sin embargo, el carlismo en su conjunto fue marginado gradualmente por Franco que no compartía especialmente su foralismo.

En este contexto de confusión ideológica y política, el sector mayoritario del carlismo optó por la “inactividad política”. Cuando muere Franco, el carlismo todavía mantenía algunas “brasas” dispersas. Su canto del cisne y la exteriorización de todos estos problemas y disidencias internas tuvo lugar poco después de la muerte de Franco, en el Montejurra–76, en el que las dos fracciones entraron en conflicto abierto y a tiros.

El gran problema del carlismo fue la falta de apoyos internacionales. Los movimientos similares en otros países europeos (el Ejército de la Santa Fe en Italia, los jacobitas ingleses o los vandeanos franceses) habían desaparecido y “ser monárquico” en los años 50 y 60 implicaba, casi necesariamente, ser partidario de una monarquía constitucional a la inglesa. Y ese era el terreno en el que mejor se movían los antiguos alfonsinos, devenidos “juanistas” (y que, ciertamente, habían conseguido integrar a algunos antiguos tradicionalistas).

Hacia finales de los años 40, lo esencial del carlismo –que todavía era un movimiento de masas en algunas regiones–, al menos, sus dirigentes, habían entendido perfectamente que su contribución al bando sublevado en 1936 no sería recompensada con la instauración de su línea monárquica en el trono. Muy pocos dudaban de que sería un pretendiente de la otra rama dinástica, el que sucedería a Franco; pero subsistían dudas: ¿quién?, y ¿cuándo?

Para un monárquico, la “legitimidad” es el elemento que obliga al respeto y a la aceptación de la autoridad de un Rey. Y en este punto, parecía claro que, cuando Franco hablaba de la “restauración de la monarquía” sería fiel a este punto. Y el legítimo heredero de la Corona era Don Juan de Borbón, Conde de Barcelona, hijo de Alfonso XIII y de Victoria Eugenia de Battenberg.

Don Juan, quinto hijo y tercer varón de Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg, había nacido el 20 de junio de 1913, en el Palacio Real de La Granja de San Ildefonso, en Segovia. No le correspondía la titularidad del trono: el primogénito de los hermanos era Alfonso (nacido en 1907), le seguía Jaime, Beatriz y María Cristina. Don Juan no estaba destinado a reinar, pero su hermano mayor Alfonso, el primogénito, renunció a sus derechos para casarse con una plebeya y su otro hermano, segundo en la línea de sucesión, fue apartado por ser sordo de nacimiento. De esa forma, Don Juan se convirtió en heredero al trono. En cuanto a las mujeres, la Ley Sálica las apartaba de la sucesión. El título de “Conde de Barcelona”, por el que es más recordado, lo adoptó en 1941, tras la muerte de su padre Alfonso XIII, como un “título de incógnito” que representaba la soberanía de la Corona española sin utilizar el título de Rey mientras no pudiera reinar.

A su vez, Don Juan, se casó en Roma el 12 de octubre de 1935 con su prima, María de las Mercedes de Borbón–Dos Sicilias. La pareja tuvo cuatro hijos nacidos en el exilio: la Infanta Pilar Duquesa de Badajoz, Juan Carlos que luego sería Rey de España, la Infanta Margarita Duquesa de Soria y el malogrado Infante Alfonso, fallecido en 1956 en un accidente en el que se ha vinculado con cierta frecuencia (y sin base real), a su hermano mayor Juan Carlos. Su padrino fue el rey Jorge V del Reino Unido y el agua utilizada para su bautismo fue traída especialmente del río Jordán, una tradición habitual en la familia real española.

Al comenzar la Guerra Civil, Don Juan intentó unirse al bando sublevado de Franco para luchar. Sin embargo, fue interceptado en la frontera y obligado a regresar al exilio por orden del general Mola. Inicialmente, Don Juan creyó que Franco restauraría la monarquía en su persona, pero la dilación y la espera interminable, le llevó a un progresivo enfrentamiento público con Don Juan.

A principios de los años 40, Franco ya había empezado a desconfiar de Don Juan que había encarrilado sus aficiones de marino en la Royal Navy británica, navegando por el Índico y el Pacífico. Durante su estancia en la marina británica, se hizo dos tatuajes de dragones en los brazos, una rareza para la nobleza de la época. Tras pasar por Francia, Suiza e Italia, la familia se instaló en 1946 en Estoril (Portugal), en la conocida “Villa Giralda”. Allí vivió durante casi 35 años, desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta la Transición española.

Antes del distanciamiento definitivo, en el curso de una reunión de 1948 en el yate Azor, Franco y Don Juan acordaron que el hijo de éste, Juan Carlos, se educara en España bajo la tutela del Régimen. Es posible que, en esa etapa, Don Juan todavía tuviera alguna esperanza de sentarse en el trono. Si la tenía, pronto se eclipsaron.

Dos años antes de la reunión en el Azor, el 6 de abril de 1946, y a poco de instalarse en Estoril, Don Juan creó su “Consejo Privado”, una especie de organismo consultivo que le asesoró en su reivindicación al trono de España. Este organismo estaba compuesto, en su mejor momento, por 90 miembros, todos ellos salidos de la aristocracia financiera, las élites intelectuales y la política monárquica de la época.

En su primer año de vida, el consejo fue presidido por el militar monárquico, Alfredo Kindelán, quien al año siguiente sería sustituido por un intelectual poco dispuesto a mostrar disidencias públicas hacia el régimen: José María Pemán que lo dirigiría hasta su disolución en 1969, cuando Franco designó oficialmente a su hijo, Juan Carlos, como su sucesor a título de Rey. José María de Areilza (quien además presidía el Secretariado Político, el brazo ejecutivo del Conde), José María Gil–Robles, Antonio García–Trevijano, Joaquín Calvo Sotelo, Carlos Ollero Gómez, Alfonso García Valdecasas, fueron otros miembros relevantes. Participaron también aristócratas como el Duque de Alba, el Duque del Infantado, el Conde de los Andes y el Conde de los Gaitanes. Entre los intelectuales estaba presente Gonzalo Fernández de la Mora, Luis Rosales, Florentino Pérez Embid, Pedro Sainz Rodríguez (exministro), Luis María Anson (periodista), José de Yanguas Messía (exministro y vicepresidente del consejo) y Joaquín Satrústegui.

La creación del Consejo Privado fue la resultante lógica del “Manifiesto de Lausana”, hecho público el 19 de marzo de 1945, el documento más importante emitido por Don Juan de Borbón durante el franquismo. Se publicó dos meses antes de la rendición del Tercer Reich, cuando muchos creían que el régimen de Franco parecía haber llegado a la estación término. Don Juan entendió que, si la Monarquía quería sobrevivir, debía distanciarse del régimen de Franco (próximo a las potencias del Eje) y presentarse ante los Aliados como una alternativa democrática. En el manifiesto, Don Juan criticaba duramente al régimen de Franco, calificándolo de “sistema inspirado en los regímenes totalitarios” que ponía en peligro el futuro de España y proponía, como no podía ser de otra manera la restauración de una “Monarquía tradicional” que sería “democrática y constitucional”. Como complemento, aludía a una “amnistía política para los vencidos de la Guerra Civil”.

Este documento convenció a Franco de que Don Juan nunca podría ser su sucesor y sometió a referéndum la Ley de Sucesión de 1947, que se incorporaría a las “Leyes Fundamentales”. De los 16.187.992 electores, votaron 14.454.426; los votos afirmativos fueron 12.628.983 (89,86%) y los negativos 643.501. El texto establecía la constitución de España como reino y la sucesión de Franco como el jefe de Estado español, que sería propuesto por el propio Franco a título de rey o de regente del reino, pero que tendría que ser aprobado por las Cortes españolas. Y esto fue lo que Carrero Blanco, entonces subsecretario de Presidencia comunicó a Don Juan: Franco nombrará al monarca del reino “cuando lo considere conveniente” y le comunicó que podría “ser Rey de España, pero de la España del Movimiento Nacional, católica, anticomunista y antiliberal”.

A pesar de que el “Manifiesto de Lausana” marcara el inicio de lo que se llamó la “oposición monárquica”, lo cierto es que, muy esporádicamente, Don Juan de Borbón publicó otros tres documentos estratégicos para presentarse como la única salida democrática para la España de posguerra. La respuesta a la Ley de Sucesión y a la carta de Carrero Blanco fue el llamado “Manifiesto de Estoril” en el que Don Juan declaraba ilegal e inválida la ley.

Hubo que esperar hasta 1969 (más de veinte años) para que, tras el nombramiento de Juan Carlos como sucesor “a título de Rey”, Don Juan emitiera un comunicado (conocido como “Manifiesto de 1969”) en el que, no atacaba directamente a su hijo, pero reafirmaba su derecho exclusivo a los derechos dinásticos, calificando la acción de Franco como una “ruptura en la línea de sucesión”. De hecho, la ruptura había tenido lugar en 1931, cuando se instauró la República.

Resulta sorprendente, por otra parte, que, entre estos pocos manifiestos y una actividad política muy menguada durante todos esos años, figurase en 1948 un acuerdo secreto entre Don Juan y ¡el PSOE! Para crear un frente común contra Franco y establecer un régimen democrático. Este acuerdo demostraba que Don Juan estaba dispuesto a cualquier cosa para llegar al trono, incluso pactar con quien había derribado del trono 17 años antes a su padre… pero, también, que todo esto ocupaba un lugar muy secundario en su relajada vida personal en Estoril.

Acaso por esa falta de compromiso (e, incluso, de interés) por los sucesos políticos que estaban ocurriendo en España, el papel de la “oposición monárquica” fue siempre muy limitado y de la que se tenían escasas noticias, salvo en los corrillos de la aristocracia y de la élite económica. Por otra parte, la reunión en el yate Azor y los contactos con Franco, así como el hecho de que el presidente del Consejo Privado fuera José María Pemán, le permitían no cortar completamente los contactos con el régimen de Franco, a fin de mantenerse como una “figura de unidad”.

Pero, desde 1945 y 1947, parecía muy claro que, si Franco tenía la intención de ceder la jefatura, antes o después, Don Juan no iba a heredarla. Pero existían otras dos posibilidades, una de ellas era que, finalmente, Franco optara por un candidato monárquico, pero de otras ramas de la familia Borbón: los Borbón Dos Sicilias, los Borbón Parma, o los Borbón Dampierre… Si nos atenemos a la “línea de sucesión alfonsina” (Borbón Anjou), el sucesor debería ser Don Juan… o bien su hijo Juan Carlos. Pero había otros borbones.

Juan Carlos había nacido en Roma, donde su familia, la Casa Real española, vivía exiliada tras la proclamación de la Segunda República. Pasó sus primeros años entre Roma, Estoril (Portugal) y Suiza, recibiendo una educación en colegios católicos y privados. Estudio en el colegio de San Sebastián y más tarde en la Academia Militar de Zaragoza (1955–1957), en la Escuela Naval de Marín y en la Academia General del Aire, formándose como oficial de los tres ejércitos, cursó también estudios de Derecho, Ciencias Económicas y Políticas en la Universidad Complutense de Madrid. 

En 1969, Juan Carlos juraba los “Principios Fundamentales” del Régimen, asumiendo simbólicamente la continuidad del sistema franquista. A partir de ese momento se convirtió oficialmente en “Príncipe de España” y sucesor del general Franco en la jefatura del Estado. Franco confiaba en que Juan Carlos perpetuaría el sistema tras su muerte. Además, la sucesión había quedado asegurada.

Parecían haberse disipado todas las dudas sobre la sucesión. El nombramiento de Carrero Blanco como “presidente del gobierno”, mostró que se trataría de una “monarquía tutelada” y a la sombra de las “Leyes Fundamentales del Reino” que Juan Carlos había jurado en las Cortes.

Se ha dicho que, durante su educación y su estancia en España, Juan Carlos fue el “rehén político” de Franco. No es cierto. La estancia de Juan Carlos y su educación fue el resultado del acuerdo suscrito en el yate Azor entre Franco y Don Juan. Lo que si fue evidente es el resentimiento que acumuló Don Juan a lo largo del franquismo y que culminó con el hecho de que no fuera tomado en consideración para recuperar el trono. No sería sino muy tardíamente, en 1977, cuando renunció a sus derechos dinásticos en favor de su hijo, ya convertido en rey.

Pero, a falta de una “oposición monárquica” real, la cuestión de la sucesión tuvo algunos flecos más antes de 1975. En efecto, la boda entre Alfonso de Borbón y Dampierre, y María del Carmen Martínez–Bordiu y Franco, hija mayor de Carmen Franco y, por tanto, nieta del Jefe del Estado, fue uno de los grandes acontecimientos sociales del tardofranquismo. La ceremonia se celebró en la capilla del Palacio de El Pardo y contó con la presencia del propio Francisco Franco como padrino. Como regalo de bodas, Franco le otorgó el título de Duque de Cádiz y el tratamiento de Alteza Real, un gesto de alto significado político que algunos interpretaron como un posible intento de cambiar la sucesión a su favor.

A pesar de su linaje, su padre había renunciado a los derechos al trono español por su discapacidad auditiva, y el propio Alfonso fue educado fuera de España, llegando a no hablar español hasta los 17 años. Aunque era un Borbón español –era hijo del infante Jaime de Borbón (hijo del rey Alfonso XIII) y nieto, por tanto, del último monarca antes de la Segunda República; por tanto, era primo hermano del entonces príncipe Juan Carlos–, para la corriente legitimista francesa, Alfonso de Borbón era el heredero directo de la Casa de Borbón de Francia y había heredado el título de Duque de Anjou.

Henri de Orleans, jefe de la Casa de Orleans, demandó a su primo Alfonso ante la justicia civil francesa por “usurpación de títulos” y “uso de símbolos”. En diciembre de 1988, apenas un mes antes de la muerte de Alfonso, el Tribunal de Gran Instancia de París dictó una sentencia que supuso una victoria moral y legal para él. El tribunal declaró que, bajo las leyes de la República Francesa, los títulos de nobleza y los escudos de armas de las antiguas familias reinantes no tienen protección legal como tales dentro del orden público actual. La justicia dictaminó que Alfonso podía seguir usando el título de duque de Anjou y las flores de lis, ya que los Orleans no tenían el monopolio sobre unos símbolos que pertenecen a la historia de Francia y a todos los descendientes de la Casa de Borbón. 

Su matrimonio fracasó. En 1979 se separaron y cuatro años después se divorciaron definitivamente. La década de los 80 fue trágica para él. En febrero de 1984, sufrió un grave accidente de tráfico en el que falleció su hijo mayor, Francisco de Asís, de 11 años. Alfonso, que conducía el vehículo, quedó sumido en una profunda depresión. Una vez recuperado, el 30 de enero de 1989, en la estación de Beaver Creek (Colorado, EE. UU.) antes de un campeonato mundial, chocó a gran velocidad contra un cable de acero que unos operarios habían colocado a la altura de su cuello, falleciendo prácticamente decapitado. Su hijo pequeño, Luis Alfonso de Borbón y Martínez–Bordiú, heredó sus títulos nobiliarios y es hoy quien reclama para sí el trono de Francia como “Luis XX” para los círculos legitimistas.

No parece realista pensar que Franco, monárquico alfonsino, hubiera valorado seriamente, instalar en el trono a Alfonso de Borbón; harina de otro costal es que el matrimonio Franco no estuviera orgulloso de que una nieta entroncara su linaje con el de los borbones españoles. Es también posible que Franco utilizara este matrimonio para ejercer algún tipo de presión sobre el príncipe de España y, más aún, sobre su padre, Don Juan Conde de Barcelona.







martes, 26 de mayo de 2026

Memoria histórica del franquismo: Las privaciones de la posguerra

La alegría por el final de la Guerra Civil y el alivio experimentado por la sociedad española por el término de la Segunda Guerra Mundial, con la sorpresa y el dolor que causaron las bombas de Hiroshima y Nagasaki o bombardeos insensatos como el que cayó sobre Dresde al final de la guerra, no bastaron para traer prosperidad a la sociedad española. España, como veremos, quedó aislada del contexto internacional, en una situación parecida a la que sufre Cuba como resultado de los años del castrismo. Para la sociedad española, en general, el período entre 1945 y 1950 fue la peor etapa de la posguerra.

Habitualmente, los historiadores cometen el error de atribuir a la “autarquía” la responsabilidad del racionamiento y de la pobreza de la postguerra. Se equivocan: en realidad, no fue el gobierno de Franco el que adoptó la “autarquía” como regla general de su política económica, sino que fueron las circunstancias externas que ya hemos repasado, en especial el desenlace de la Segunda Guerra Mundial y las consecuencias de la Conferencia de Postdam, lo que forzó al franquismo a vivir solamente de sus propios recursos, no como un deseo, sino como una situación de hecho impuesta por las circunstancias.

Por otra parte, el término “autarquía” no es el que mejor define esta situación, por mucho que se haya generalizado. La “política económica autárquica” no implica, en absoluto, cierre de fronteras a todos los productos extranjeros. Una política de este tipo, nunca se aplicó ni siquiera en los países que optaron por sistemas “autárquicos”. Esta política, antes bien, consiste en que cada país fabrica y/o cultiva productos de todo tipo, intercambiando los excedentes que no precisen para su propio pueblo, por productos en los que ese Estado es deficitario, o simplemente no está en condiciones de disponer.

En el fondo, la “autarquía” es una “economía de proximidad”: se opta por cultivar hortalizas, antes que importarlas de los países más alejados del consumidor. El hecho de que la “globalización” haya hecho que se importe jengibre en China o en Perú, cuando podía cultivarse en España (y ser rentable para los agricultores), no implica, ni siquiera que sea más barato (el jengibre a 15 euros el kilo, resultaría uno de los productos más rentables de la agricultura y no precisaría ni gastos en fletes, combustibles ni apenas logística). Por tanto, ni la globalización es la panacea universal, ni la autarquía el demonio personificado.

Un sistema autárquico sería aquel en el que el comercio internacional se centrara solamente en excedentes de producción de un país, a cambio de productos deficitarios. Eso es todo. Y no es, desde luego, lo que la historiografía sugiere en el caso del franquismo, que, en realidad fue obligado a consumir solamente productos españoles a causa del cerco internacional y del cierre de fronteras.

En realidad, el aislamiento involuntario de España en esa época fue la causa de que la producción agrícola e industrial estuviera muy por debajo de los niveles previos a la Guerra Civil (la renta per cápita no recuperó el valor de 1935 hasta 1953… esto es, hasta que el “cerco internacional” se fue relajando hasta desaparecer. En esas circunstancias, de carestía generalizado, el Estado estaba obligado a intervenir la economía y a imponer las cartillas de racionamiento.

Al estar excluida del Plan Marshall, y de los nuevos organismos internacionales de cooperación económica y financiación, la España de Franco tardó más en recuperarse de los efectos de la Guerra Civil y de los efectos de su neutralidad en la Guerra Mundial. El año 1946 fue particularmente duro. La sequía redujo las cosechas a la mitad y empeoró una situación, ya de por sí, dramática.

El 14 de mayo de 1939, recién concluida la Guerra Civil, el gobierno había implantado la cartilla de racionamiento, un sistema que, en teoría, debía distribuir los alimentos de manera equitativa, pero que en la práctica fue ineficaz y profundamente injusto. Se establecían raciones diarias (por ejemplo, 400 gramos de pan para un hombre adulto) que casi nunca se cumplían. Pero, en muchas ocasiones, la distribución se reducía a la mitad o incluso desaparecía durante días.

En 1940, se crearon tres tipos de cartillas según la capacidad económica declarada: 1ª para los que tenían medios económicos suficientes, 2ª para las clases medias y 3ª para las humildes. La reaparición del contrabando y del estraperlo, que nunca habían desaparecido en España, generó el que solamente las clases altas pudieran tener acceso, no solamente a bienes de consumo, sino a las calorías necesarias en la alimentación. Se ha dicho que, en 1941, el racionamiento solo cubría un 34% de las necesidades calóricas mínimas y que, en 1946, la media de calorías ingeridas era de 1.430 al día, un 28% menos de lo necesario. A estas cifras, se añadía el que algunos alimentos básicos eran elaborados con harinas de baja calidad mezcladas con algarrobas o patatas, la leche y el vino se adulteraban con agua y para algunas familias modestas, productos básicos como los huevos se convirtieron en un artículo de lujo y el chocolate en algo inalcanzable. El café se hacía con achicoria, cebada o algarrobas tostadas.

Estas carencias alimentarias tuvieron profundas consecuencias para la sociedad de la posguerra. Se estima que entre 1939 y 1942, al menos 200.000 personas murieron de enfermedades asociadas a la malnutrición. Aumentó especialmente la mortalidad infantil, mientras florecía el mercado negro conocido como “estraperlo”, en el que podían encontrarse productos que estaban fuera del mercado “oficial” y de los límites de las cartillas de racionamiento a precios desorbitados que solo una minoría podía permitirse.

Especialmente en las grandes ciudades y en las poblaciones de medio tamaño, era frecuente ver largas colas frente a los comercios asignados. En Madrid, en 1945, el Monte de Piedad registró cerca de 400.000 empeños, la mayoría de ropa. La mendicidad se extendió. Y aparecieron focos de corrupción que trataban de beneficiarse del contrabando, el estraperlo y la carestía.

La situación comenzó a mejorar lentamente a partir de 1952, cuando se retiraron las cartillas de racionamiento, y empezó a disminuir la presión internacional, para acelerarse con el Plan de Estabilización de 1959. La entrada de capitales extranjeros, el fin del aislamiento internacional (con la entrada en la ONU en 1955) y la apertura económica pusieron fin a la autarquía y, con ella, al fantasma del hambre.

La postguerra española fue más prolongada que la europea: se extendió desde el final de la guerra Civil hasta principios de los años 50. Y fue una época dura para la sociedad española que, en buena medida, sobrevivió gracias al apoyo del gobierno argentino del general Perón. Hoy resulta imposible dudar que el apoyo de la República Argentina fue un salvavidas crucial en un momento de máximo aislamiento internacional para el gobierno de Franco.

Este respaldo se materializó en tres frentes principales: un masivo acuerdo comercial y crediticio, una firme defensa diplomática, y un gesto propagandístico de alto impacto con la gira de Eva Perón por España.

La ayuda económica fue el pilar más tangible del apoyo argentino. Entre 1946 y 1948, se firmaron acuerdos clave que permitieron a España sobrevivir a una grave crisis de subsistencia y al mismo tiempo recibir un primer impulso para la industria. El 30 de octubre se firmó un convenio en Buenos Aires por el que Argentina otorgaba a España un crédito rotatorio anual de 350 millones de pesos por tres años, con un interés muy bajo del 2,75%, y un préstamo adicional de 400 millones para saldar deudas anteriores. En 1948, este crédito se amplió hasta 1.750 millones de pesos, extendiendo los plazos hasta 1951. Esto permitió poner en marcha y mantener algunas industrias vitales, pero el problema a finales de los años 40 era, sobre todo, alimentario.

En este frente vital, Argentina se comprometió a enviar toneladas de productos alimenticios esenciales: 400.000 toneladas de trigo y 120.000 de maíz en 1947, además de carne, legumbres y aceite. Por su parte, España exportaba a Argentina productos industriales como acero, plomo, mercurio, maquinaria y textiles, necesarios para el proceso de industrialización argentino. Además, en octubre de 1948, se firmó el Convenio Hispano Argentino de Inmigración, permitiendo que los españoles que lo desearan emigraran a Argentina con los mismos derechos y obligaciones que los ciudadanos locales, aliviando la presión social en una España devastada por la miseria.

Cuando en 1946, la Asamblea General de la ONU recomendó el aislamiento diplomático de España, la Argentina de Perón fue uno de los pocos países que desafió abiertamente el boicot.  La diplomacia argentina defendió al régimen franquista en Naciones Unidas y en conferencias interamericanas, tratando de persuadir a otros gobiernos latinoamericanos para que mejoraran sus relaciones con España. El punto más alto del apoyo político y simbólico fue la visita de 18 días que Eva Perón realizó a España en junio de 1947. Su viaje constituyó un fenómeno de masas, desde su llegada al aeropuerto de Barajas por el propio Francisco Franco y su esposa, hasta su salida con destino a Italia. El impacto internacional fue todavía mayor teniendo en cuenta la relevancia que había adquirido Eva Perón en la escena internacional.

Aunque esta alianza se enfrió hacia 1949 debido a la crisis económica argentina que interrumpió los envíos de cereal, el respaldo del primer gobierno de Perón fue determinante para sortear los años más duros del aislamiento internacional hasta que la Guerra Fría y el anticomunismo llevaron a Estados Unidos a buscar una nueva alianza con España a partir de 1950.

>  El fin del aislamiento internacional

El 4 de noviembre de 1950, la ONU revocó la recomendación de retirar embajadores, dando el primer paso para la reinserción diplomática de España. La Resolución 386 (V) de la ONU fue promovida por Estados Unidos en el contexto del inicio de la Guerra Fría. Tras años de una política de aislamiento que consideraban “inútil”, la Administración de Harry S. Truman decidió modificar su enfoque para integrar a España como aliado estratégico contra la Unión Soviética. La resolución se aprobó con 38 votos a favor (EEUU, el bloque árabe y los países iberoamericanos, salvo México), 10 en contra (la URSS, Israel y los países del Este europeo) y 12 abstenciones (encabezados por Francia y el Reino Unido, aliados de EEUU). El viraje estadounidense, obviamente, se vio favorecido por la Guerra Fría y la necesidad de contener la expansión del comunismo llevó a Washington a buscar aliados estratégicos en Europa. El anticomunismo de Franco dio sus frutos en esa época y España se convirtió en un socio valioso para Estados Unidos. Antes, en septiembre de 1950, Estados Unidos ya había concedido a España su primer crédito estatal por valor de 62,5 millones de dólares, allanando el camino para la futura instalación de bases militares estadounidenses en territorio nacional.

Según declaraciones de la presidencia de los EEUU (Hary S. Truman), el aislamiento solo había servido para “fortalecer al régimen de Franco en vez de debilitarlo”, lo que justificaba el giro hacia la integración. Esta posición culminaría con el ingreso de España en la ONU el 14 de diciembre de 1955, junto con otros 15 nuevos Estados. Antes, en 1953, ya se habían firmado los acuerdos mutuos de defensa y seguridad con los EEUU. A cambio de permitir la instalación de bases militares estadounidenses en Rota, Torrejón, Zaragoza y Morón, España obtuvo un reconocimiento implícito, ayuda económica y, sobre todo, respaldo político. Finalmente, el 14 de diciembre de 1955, España ingresó en las Naciones Unidas junto con otros nuevos 15 estados.

La intensificación de la Guerra Fría había operado el “milagro”. Si, gracias a la República Argentina y al General Perón, España pudo evitar una hambruna generalizada entre 1946 y 1949, la Guerra Fría obligó a los EEUU a aproximarse al gobierno español. Era una cuestión geopolítica: la recién constituida OTAN, apenas tenía 1.000 km de profundidad, desde la frontera entre las dos Alemanias hasta los Pirineos: poco, para articular una defensa en el caso de que los tanques rusos decidieran lanzarse a la ofensiva. Era necesaria la incorporación, directa o indirectamente, de España a la “defensa occidental”, para aportar esa “profundidad” que era la única que podía garantizar tiempo de reacción suficiente. A eso se le llamó “cooperación estratégica”, una transacción por medio de la que España recibía 1.500 millones de dólares en los primeros 10 años en créditos y suministros de maquinaria, petróleo y algodón, a cambio de autorizar la construcción de las cuatro bases militares.

El abrazo del presidente Eisenhower a Franco en 1959 certificó de cara a la opinión pública internacional y a las cancillerías europeas que el régimen ya no era un “paria internacional”, sino un gobierno que empezaba a ser reconocido internacionalmente.

Paradójicamente, con la Guerra Civil, Franco evitó que España se transformara en un Estado comunista, y fue ese mismo anticomunismo el que facilitó que el régimen pudiera prolongarse desde 1950, un cuarto de siglo más.

La Iglesia se había adelantado por poco a los EEUU. Un mes antes de que se firmaran los acuerdos con los EEUU, el Vaticano firmó el Concordato por el que la Iglesia disponía de exenciones fiscales, el Estado se declaraba “confesionalmente católico”, la religión católica se enseñaba en escuelas públicas y privadas. Por su parte, el Papa concedía a Franco el “derecho de presentación” de obispos (el Jefe del Estado podía presentar una terna al Vaticano para elegir a quiénes estarían al frente de la Iglesia en España). Con este acuerdo, Franco pudo presentarse ante el mundo como el defensor de la cristiandad frente al “comunismo ateo”.

Estos acuerdos permitieron que España emprendiera la senda del “desarrollo”. La entrada de divisas y tecnología estadounidense preparó el terreno para el Plan de Estabilización de 1959. En pocos años, se pasó de una economía agrícola y pobre a una industrial y turística. Fue el inicio de la llegada del SEAT 600, el turismo de masas en las costas y la creación de una nueva clase media.







lunes, 25 de mayo de 2026

Introducción a La Catedral de Joris-Karl Huysmans

 

La traducción y edición de La Catedral de J. K. Huysmans está disponible en Amazon desde hace un mes. Transcribimos aquí la introducción que realizamos para esta versión. Durante nuestro exilio en Francia, tuvimos ocasión de visitar en varias ocasiones Chartres y podemos dar fe de que, como decía Barrés en La Colina Inspirada, "hay lugares en los que sopla el espíritu". Chartres es uno de ellos. La aparición de esta edición española de La Catedral ha coincidido con la peregrinación anual realizada por la cristiandad francesa desde París a esta ciudad y a la que se han sumado la cifra récord de 20.000 amantes de las tradiciones de su país. Si alguien creía que el interés por este lugar sagrado de la cristiandad francesa habia desaparecido (cuya importancia es equivalente a Santiago de Compostela), se ha equivocado. Ciertamente, el catolicismo francés siempre ha sido más combativo que el español, pero, dormido durante unas décadas, es hoy como un gigante que despierta y que empieza a caminar. En esta introducción, el lector se pondrá al día de la temática de la novela, de la personalidad de Huysmans y de su alter ego, "Durtal". Pero, sobre todo, conocerá el simbolismo místico de aquella catedral y de la fe de quienes la construyeron. 


INTRODUCCIÓN A

"LA CATEDRAL"

DE JORIS-K. HUYSMANS

El año en que se publicó en Francia la primera edición de La Cathédrale se recuerda en España como el más desastroso de su historia: 1898. Ni su autor, ni su temática parecían encajar muy bien con la situación emocional del país. Más de sesenta años después García Mercadal publicó una traducción para Editorial Escelicer, hoy inencontrable y muy buscada por los coleccionistas. Eran los tiempos del “desarrollismo” (1961) y el país parecía dispuesto a realizar lo que podríamos llamar “deberes atrasados” también en el terreno literario y editorial.

Por nuestra parte, tuvimos conocimiento de esta obra de Huysmans hacia principios de los años 70, cuando leímos El misterio de la Catedral de Chartres, de Louis Charpentier, un autor adscrito al “realismo fantástico”, pero con una pluma singularmente seductora. Archivamos el nombre de Huysmans en nuestra memoria y cuando el exilio nos obligó a fijar nuestra residencia en París tuvimos ocasión de comprar una edición de lujo de la misma obra publicada por Robert Lafont. Visitamos Chartres y tuvimos ocasión de admirar su catedral.

Fue más tarde, cuando empezamos a tener conocimiento de quién era Joris-Karl Huysmans. Somos “de ciencias”; por tanto, no se nos puede reprochar esta ignorancia en materia literaria. Pero el azar quiso que nos topáramos con su figura cuando nos interesamos por las relaciones entre literatura y ocultismo. En la introducción a La colina inspirada de Maurice Barrès ya aludimos a Huysmans y a sus correrías por los medios ocultistas fin de Siècle en París que no vamos a repetir aquí. Cayó en nuestras manos una vieja edición de Allá abajo que supuso el primer contacto real con su literatura. Gracias a Internet dimos con un ejemplar en PDF de La Cathédrale, con la notación “This digitalized version © www.huysmans.org” que reavivó nuestro interés, tanto por la literatura de Huysmans y de su época, como por la catedral de Chartres. Porque la “catedral” a la que alude el título de la novela es esa.

Desde hace años solamente hemos decidido traducir y editar aquellos textos que, de una forma u otra, nos han seducido y que creemos pueden ser útil para otros. Afortunadamente, las herramientas modernas de traducción, edición y búsqueda, facilitan extraordinariamente la tarea. Y las hemos aprovechado, especialmente en las Notas a pie de página.

A este respecto, hemos decidido colocar un buen número de notas especificando lo esencial de personajes que, ya sea porque pertenecen a la cultura francesa o por ser poco o nada conocidos en nuestro tiempo y en nuestro ámbito cultural, pueden generar dudas en el lector. Así mismo, hemos decidido también excluir de estas precisiones a la mayoría de santos que se mencionan (y son muchos) a lo largo de estas páginas. El motivo es que su biografía está al alcance de cualquier que se interese por cada nombre y pueden ser localizados con facilidad en la red o en cualquier enciclopedia convencional. Hemos evitado también dar precisiones sobre artistas que son suficientemente conocidos. También hemos colocado algunas especificaciones sobre giros verbales, palabras en desuso en nuestra lengua, términos técnicos poco conocidos por un público no especializado en arquitectura medieval, que consideramos que pueden ayudar al lector. Buena parte de estas notas han sido generadas por Inteligencia Artificial.

Vayamos ahora a presentar algunos comentarios, informaciones y datos, necesarios para situar al autor, a su generación, a su estilo y a sus personajes, necesarios para aprovechar la lectura de una obra que tiene ya más de 125 años.

El autor: Joris‑Karl Huysmans

Joris-Karl Huysmans nace en París el 5 de febrero de 1848 con el nombre de Charles-Marie-Georges Huysmans. Su padre, Godfried Huysmans, era un litógrafo holandés descendiente de una familia de pintores; su madre, Malvina Badin, era francesa y maestra de escuela. Fue bautizado el día siguiente de su nacimiento en la iglesia de Saint-Séverin, realizó su primera comunión en 1860 y fue confirmado al año siguiente. Estos primeros contactos con el catolicismo, aunque pronto quedarían eclipsados por un largo período de escepticismo y alejamiento del catolicismo, marcarían el trasfondo cultural sobre el que más tarde se tejería su obra.

Tras la muerte de su padre en 1856 y el nuevo matrimonio de su madre con un empresario protestante, el joven Huysmans fue enviado a un internado parisino, la Institución Hortus, de la que siempre guardó recuerdos amargos. Cursó estudios en el Liceo Saint-Louis y comenzó la carrera de derecho, que no terminó. En 1866, con dieciocho años, ingresó como funcionario del Ministerio del Interior, empleo que mantendría durante treinta años, hasta su jubilación en 1898 como jefe de sección honorífico. Esa doble vida –burócrata durante el día, escritor y crítico de arte por la noche– constituye uno de los rasgos más característicos de su personalidad: un hombre meticuloso y reservado que, en sus páginas, desplegaba un universo interior de una riqueza y una intensidad poco comunes.

Su trayectoria intelectual suele dividirse en tres grandes etapas: naturalista, decadente y católica. Cada una de ellas refleja no solo un cambio de estética, sino también una transformación profunda interior de su visión del mundo.

En sus primeros años como escritor, Huysmans se adhirió al naturalismo de Émile Zola, del que fue su discípulo más aventajado y seguramente el más pesimista. En sus novelas iniciales –entre las que destacan Marthe (1876), Las hermanas Vatard (1879) y En familia (1881)– aplicó el bisturí del naturalismo con una precisión feroz, retratando la sordidez de los burdeles, las pensiones de mala muerte y la mediocridad de la clase obrera parisina; estos relatos están caracterizados por un minucioso retrato de los ambientes populares parisinos, con un estilo descarnado y a menudo satírico.

Pronto comenzó a sentirse incómodo con los presupuestos materialistas del naturalismo, que le parecían demasiado restrictivos para explorar las dimensiones más sutiles de la experiencia humana. Le separaba de Zola en que éste creía en el progreso y en la ciencia como herramientas de redención social, mientras que para Huysmans la fealdad de la realidad material le generaba asco y repulsión. Pronto vivió el naturalismo como un “callejón sin salida”. Si el mundo se limitaba a lo que podía verse, tocarse y olerse, la existencia era una condena insoportable.

La ruptura definitiva se produjo en 1884 con la publicación de À rebours (A contrapelo), muestra de esta decepción y de su gran negación, una obra que se convertiría en el manifiesto del decadentismo y en una de las novelas más influyentes en el último cuarto del siglo XIX. El protagonista, Des Esseintes –precursor directo del Durtal, protagonista de La Catedral– un esteta refinado y neurasténico, retirado del mundo en una villa a las afueras de París en donde pasa el tiempo cultivando sensaciones artificiales, encarna el hastío, la búsqueda de experiencias al límite, con un rechazo absoluto a la vulgaridad de la vida moderna. La novela fue recibida con entusiasmo por el grupo de los “decadentes” y contribuyó decisivamente a la fama de Huysmans.

Hoy se considera a esta novela el “manifiesto del decadentismo”. Barbey d’Aurevilly, escritor católico, tras leer la obra dijo “Al autor solo le queda elegir entre la boca de una pistola o los pies de la Cruz”. Huysmans tardaría todavía 10 años en decidirse por la última opción.

Este grupo se oponía al estilo burgués y a la representación cruda de la realidad (que tachaba de “feísmo”), querían reaccionar contra el realismo naturalista y el positivismo, hegemónicos en aquel momento en la cultura francesa. Sus miembros eran definidos como “esteticistas”, buscaban el arte por el arte y la belleza como fin supremo y lo hacían con una actitud aristocrática y refinada frente a la mediocridad burguesa. Sentían una fascinación especial por lo prohibido, la muerte, el ocultismo y lo perverso, como recursos para refugiarse en mundos artificiales generados por el alcohol y las drogas: cualquier cosa era lícita para huir de la realidad y de la fealdad que le acompañaba.

Para sus descripciones utilizaban un lenguaje rico, ornamental y cargado de símbolos: así evocaban sensaciones y significados más allá de la descripción directa. Todos ellos, eran pesimistas por naturaleza, figuran hoy en el panteón de los autores ilustras: son los Charles Baudelaire (precursor del movimiento con obras como Las flores del mal), los Paul Verlaine (maestro del decadentismo), los Arthur Rimbaud (“poeta maldito” por excelencia), los Stéphane Mallarmé (introductor del simbolismo como pilar del decadentismo, los Théophile Gautier (precursor con la idea del “arte por el arte”), los Jules Barbey d’Aurevilly, Villiers de l’Isle-Adam,  Jean Lorrain, Jules Laforgue, Octave Mirbeau, Rachilde, Tristan Corbière, Remy de Gourmont y el dramaturgo Maurice Maeterlinck, etc.

El movimiento también irradió hacia otros países europeos: en Italia, la literatura de D’Annunzio fue su figura central. En el Reino Unido, el propio Oscar Wilde se vio muy influencia por Huysmans y, más en concreto, por A contrapelo. Y aún faltaban siete años para que Huysmans entregara a su editor el manuscrito de Là-bas (Allá lejos) que marca el punto más alto de esta corriente.

No faltaron tampoco españoles que se sumaron a este estilo. Antonio de Hoyos Marqués de Vinent, es quizás el representante más puro de esta corriente, a pesar de que Valle Inclán en sus cuatro “Sonatas” protagonizadas por el Marqués de Bradomín, haya perfilado los contornos del perfecto dandy decadente. En Hoyos, el placer, el vicio, la perversión y los ambientes más sórdidos y marginales de Madrid, desde los salones de la alta sociedad hasta los bajos fondos. Fue un provocador nato y una figura central de la bohemia madrileña. El hermano mayor de Antonio Machado fue el que abrazó con más claridad la “pose” decadente. Su poesía, especialmente en sus primeros libros como Alma y, sobre todo, en El mal poema (1909) —donde se denomina “Yo, poeta decadente”—, está impregnada de los temas del movimiento: el hastío vital, el amor por lo bohemio y marginal, la noche y el alcohol. Aunque en él pudiera ser más una actitud estética de juventud que un convencimiento profundo, sus versos son una de las cimas del decadentismo poético en España. Álvaro Retana a quien el franquismo condenó al ostracismo por su estilo de vida y su literatura, Emilio Carrere, el granadino Isaac Muñoz, José de Zamora, completan la abultada nómina de decadentistas españoles hoy, salvo Valle Inclán, completa e injustamente olvidados.

Durante ese período Huysmans sumerge a sus personajes –y, por extensión, a sí mismo– en los abismos del ocultismo y la demonología. Buscaba una forma de espiritualidad que constituyera para él una roca en el océano contra el naturalismo y el positivismo. Pero, como todo, existen dos formas de superar un fenómeno: “hacia arriba” o “hacia abajo”. Y llegó un momento en el que Huysmans se saturó de frecuentar círculos ocultistas, estudiar a los satanistas contemporáneos y mostrar un interés morboso por la magia negra. Lejos de solucionar sus crisis interiores, esa inmersión en lo siniestro terminó generándole un profundo malestar interior que lo llevó, paradójicamente, a plantearse la cuestión del bien y la posibilidad de la redención. Había dejado de mirar “hacia abajo” y empezaba a dirigir su vista a los cielos.

Durtal el alter ego de Huysmans

El punto de inflexión se produjo en 1892, cuando Huysmans comenzó a asistir a los cursos de la abadía benedictina de Saint-Martin de Ligugé y entró en contacto con el escritor católico Léon Bloy, quien se convertiría en su mentor espiritual. En 1895, tras un retiro en el monasterio trapense de Notre-Dame d’Igny, Huysmans experimentó una conversión que describiría como una “gracia inesperada” y que cambiaría para siempre el rumbo de su vida y de su obra. No fue un camino fácil, tuvo altibajos. Él mismo declaró que se había convertido “a pesar de los sacerdotes” y que ese tránsito no lo había generado ni la teología ni los eclesiásticos, sino impulsado por la belleza de la liturgia, el canto gregoriano y la arquitectura gótica. En otras palabras: entró en la religión católica “por al atrio de la belleza”. Y esto se manifestaría en sus obras, especialmente en su trilogía En route (En ruta), que discurre, primero en un monasterio trapense, luego en La Catedral situada en Chartres y, finalmente, en L’Oblat (El oblato), en donde el protagonista ingresa como oblato en la abadía benedictina de Ligugé y consolida su vida católica.

“Durtal”, el protagonista de esta trilogía es, obviamente, el alter ego del propio autor. Aparece por primera vez en Là-bas (1891), Durtal embarcado en una investigación sobre la vida de Gilles de Rais, mariscal de Juana de Arco, que derivó hacia el satanismo más criminal; Durtal, siguiendo a este personaje siniestro se embarcará en prácticas satánicas y rituales de magia negra. Está, entonces, fascinado por el mal. Es, a la vez, un tipo solitario, atormentado, en constante lucha consigo mismo y con el mundo, e intelectual refinado que busca desesperadamente un sentido para su vida. La trilogía que seguirá a Là-bas culmina diez años después de la publicación de esta obra, en L’Oblat: son diez años en la vida de Durtal-Huysmanss que le llevan del decadentismo al catolicismo. Durtal resume la experiencia espiritual de su autor.

Ese giro hacia el catolicismo comienza con Là-bas en donde el eje de la trama es la investigación que su alter ego, Durtal, realiza sobre el satanismo moderno para escapar del aburrimiento. Huysmans, finalmente, comprendió que, si el Mal absoluto existía y era una fuerza tangible y, por tanto, el Bien absoluto debía ser igualmente real. La lógica de la sombra lo llevó a buscar la luz. La conversión definitiva se narra en En route (En camino, 1895), donde Durtal se retira a un monasterio trapense.

Pero, es en La Catedral donde esa conversión se estabiliza y se vuelve intelectual. Aquí, el autor decide que la literatura debe servir para “desenterrar” el simbolismo perdido de la Edad Media. Para él, el arte medieval no era solo estética, era una lengua sagrada que el hombre moderno, cegado por el positivismo, ya no sabía leer. Durtal es, para su autor, el vehículo de una autopsia espiritual.

A lo largo de la trilogía entenderemos la compleja personalidad de Durtal y las razones de su conversión: no ha recibido una iluminación súbita y simplista; su fe es estética, intelectual y, a menudo, torturada; es, básicamente, un hombre que “quiere creer”, pero cuyo cerebro, educado en el escepticismo y el análisis científico, ofrece resistencias que, una y otra vez, van reapareciendo.

En tanto que viejo esteta, no reza, sino que observa. Su espiritualidad no sería nada sin el filtro del arte. Para él, la simple belleza es la prueba más verosímil de la existencia de Dios. Su actitud es la de un crítico de arte que espera que las piedras de las que está hecha la catedral y su estatuaria, le respondan. Rechaza, prácticamente en bloque la modernidad que asimila a la fealdad. El autor ha diseñado un personaje que conoce muy bien: ¡es él mismo! ¡alguien que parece haberse equivocado de siglo! Vive en el siglo XIX, pero no es del siglo XIX: su corazón late a ritmo del siglo XIII. Está presente y debe soportar un mundo que ni es el suyo ni del que se siente parte. No busca integrarse en ese mundo que rechaza, ni afirmar su Ego, como en el período decadentista: solo quiere disolverse en la liturgia.

Para comprender plenamente la obra, es necesario situarla en el contexto cultural del fin de siglo europeo. Este periodo se caracteriza por una profunda crisis de valores: el positivismo y el cientificismo, dominantes en la segunda mitad del siglo XIX, comienzan a ser cuestionados, mientras surgen corrientes alternativas que buscan nuevas formas de sentir. El simbolismo, el decadentismo y diversas corrientes espiritualistas reflejan esta inquietud. En este marco, la trayectoria de Huysmans resulta paradigmática: su evolución desde el naturalismo hacia una literatura espiritualizada reproduce, en clave individual, una tendencia más amplia que siguió una parte importante de la cultura europea. Y es que, más allá de su contenido artístico, La Catedral plantea cuestiones filosóficas fundamentales: la relación entre forma y sentido, entre materia y espíritu, entre conocimiento y fe.

Para Huysmans, La Catedral fue una estación de tránsito. Tras haber explorado el pecado en Là-bas y el arrepentimiento en En route, Durtal (y Huysmans) encuentra en Chartres el rigor intelectual necesario para dar el último paso: la oblación. “Oblato” proviene del latín oblatus (“ofrecido”), y designa a los laicos asociados a una orden religiosa tradicional que viven según su espiritualidad sin ser monjes de clausura, o miembros de congregaciones misioneras.

Este tránsito final es algo que ya puede preverse desde el capítulo final de La Catedral cuando entiende que no basta con contemplar la belleza de la piedra; hay que vivir la regla. La trayectoria real del autor culmina con su mudanza a Ligugé, para vivir cerca de una abadía benedictina. Si en La Catedral el protagonista es el edificio, en su siguiente y última gran obra, L’Oblat, todo girará en torno a la Liturgia.

Y Huysmans murió como vivió, como un monje laico. Su final fue uno de los testimonios de entereza más estremecedores de la literatura francesa. Padeciendo un cáncer de mandíbula atroz, se negó a recibir morfina para “ofrecer” su dolor, muriendo en 1907 envuelto en el hábito benedictino. Esta coherencia final otorga a La Catedral una gravedad que trasciende a lo puramente literario.

La Catedral, un best-seller de su tiempo

La Catedral se publicó en 1898. Previamente, Huysmans había fragmentado el texto en catorce entregas que se publicaron como folletín en L’Écho de Paris entre octubre y noviembre de 1897. Fue, sin duda, el mayor éxito comercial de Huysmans; las regalías que obtuvo le permitieron jubilarse anticipadamente de su puesto en el Ministerio del Interior y dedicarse por completo a la escritura.

Algunos críticos cuestionaron la sinceridad de la conversión del escritor, acusándolo de haber fabricado su fe como un nuevo disfraz estético. No parece que fuera así y, de todas formas, el público recibió la obra con entusiasmo, y la novela se convirtió rápidamente en un texto de referencia para los católicos que buscaban un lenguaje literario capaz de expresar su experiencia espiritual en el mundo moderno.

La acción de La Catedral tiene lugar casi enteramente en la ciudad de Chartres. Sugiero seguir en Google Maps los recorridos que realizó el autor, en una ciudad, cuyo casco antiguo ni ha cambiado excesivamente. Durtal se ha instalado allí tras su período de retiro en el monasterio trapense. Vive en una relativa tranquilidad, dedicado al estudio de la catedral gótica y de los símbolos que la adornan.

En Chartres, Huysmans busca lo que él llama el “arte primitivo”: ese momento del siglo XIII donde el artista era anónimo y su obra era pura oración. En contrapartida, el autor no puede ocultar el odio estético que le produce el arte de su tiempo. Durtal desprecia las iglesias modernas, decoradas con lo que se llamaba entonces “estilo Saint-Sulpice” (o sansulpiciano), arte religioso industrial, dulzón y mediocre). Considera que la fealdad en la iglesia es una forma de pecado. Por eso, Chartres es su último refugio: es el único lugar donde la belleza es tan absoluta que permite la presencia real de lo sagrado. La catedral le genera lo que hoy llamaríamos una “experiencia multisensorial”. El “canto llano”, el gregoriano, compañero inseparable de la liturgia católica tradicional, que no busca el aplauso, sino la introspección, como también las descripciones del incienso, del olor a cera vieja, el frío de las losas, son los elementos que hacen que el afianzamiento de las convicciones de Durtal se trasladen al lector.

La Catedral no es una novela convencional. De hecho, carece de trama narrativa, no hay intriga; lo más que puede llamarse “acción” se reducen a visitas a la catedral, conversaciones con su director espiritual, el abate Gévresin y sus meditaciones sobre la teología, liturgia e historia del arte. La figura del abate Gévresin, está inspirada en parte por el abad benedictino que guio a Huysmans en sus primeros pasos en la fe, encarna la sabiduría tradicional de la Iglesia. Gévresin no impone a Durtal una rígida disciplina, sino que lo acompaña con paciencia y comprensión, ayudándolo a descifrar los símbolos de la catedral y a encontrar en ellos un camino hacia Dios.

Pero, en realidad, el protagonista ni siquiera es humano; no es Durtal, sino la propia catedral de Chartres.

Huysmans se empeña en dedicar cientos de páginas a describir, analizar y desentrañar el significado de cada elemento arquitectónico, cada vidriera, cada escultura. Huysmans aborda el conjunto del edificio como un “texto simbólico” escrito en piedra que hay que descifrar. Ve todos los elementos de la catedral como alegorías de la fe cristiana, una teología hecha piedra y vitrales (esto es, de luz). En este sentido, esta obra puede leerse simultáneamente como relato, como ensayo simbólico y como documento espiritual.

Más que narrar acontecimientos, La Catedral invita al lector a participar en una experiencia de lectura contemplativa. La progresión narrativa es sustituida por una acumulación de descripciones, interpretaciones y asociaciones simbólicas que exigen una actitud activa y reflexiva. El autor nos sugiere que el mundo puede ser interpretado como un sistema de signos, y que la tarea del sujeto consiste en descifrarlo. La Catedral es, precisamente el paradigma del mundo en el que está incluido todo lo que puede tener relieve para un católico.

Junto al abate Gévresin, como guía intelectual, su ama de llaves, la señora Bavoil, representa la fe sencilla, mística y popular que Durtal admira pero que, por su propia naturaleza intelectual, no puede alcanzar. Ambos personajes forman con Durtal, una tríada que permite a Huysmans exponer todas las facetas de la vida espiritual sin caer en el sermón. Durtal es el punto medio: el hombre que posee la cultura, pero añora la inocencia y aspira a la perfección. La señora Bavoil representa la “fe del carbonero”, primitiva, espontánea, sincera. Gévresin es el camino.

Huysmans describe la catedral con un lenguaje biológico. La nave es el pecho que respira; las criptas son las raíces oscuras y uterinas; las agujas de los campanarios son gritos de piedra lanzados al cielo. Durtal pasea por el edificio sintiendo que las piedras tienen voz. El lector descubrirá que, bajo la pluma de Huysmans, la arquitectura pierde su rigidez y se convierte en algo fluido, cambiante según la luz del día o la hora del oficio religioso.

La catedral es interpretada a la luz de los bestiarios, los lapidarios, los tratados de herboristería y los textos de los Padres de la Iglesia. El simbolismo de las piedras preciosas, de las plantas, de los animales, todo es movilizado para mostrar cómo la catedral gótica resume en sí misma todo el conocimiento sagrado de la Edad Media.

Para Huysmans, la catedral gótica no es solo un edificio bello; es una manifestación de Dios en la materia. Cada elemento de la catedral tiene un significado teológico. La orientación hacia el Este simboliza la espera del sol de justicia que es Cristo. Las torres representan la oración y la contemplación. El laberinto del pavimento (ese laberinto que conecta la catedral con el pasado greco-romano) es una alegoría del camino del peregrino hacia Dios. Los vitrales, con sus colores intensos, son una imagen de la Jerusalén celestial. En palabras de Huysmans, la catedral es “la Biblia en piedra”, un libro que aquellos que saben leer pueden recorrer con los ojos y con el alma.

El Durtal que recorre la catedral ya no es el buscador que investiga los crímenes de Gilles de Rais y asiste a misas negras. Antes de llegar a Chartres ha pasado por la trapa, pero no ha podido olvidar completamente sus viejos hábitos: la duda, las tentaciones de la carne, el orgullo intelectual... Ahora, recorriendo la Chartres, se encuentra en un estado intermedio, no es el escéptico ni el satanista de los primeros libros, pero tampoco ha alcanzado la paz del creyente plenamente realizado.

Uno de los temas recurrentes en la caracterización de Durtal es la lucha entre su orgullo intelectual y la humildad que la fe cristiana le exige. Durtal es un hombre culto, un erudito que sabe muchas cosas sobre la teología y la historia de la Iglesia, pero ese saber corre el riesgo de convertirse en un obstáculo para la verdadera conversión. A lo largo de La Catedral, Gévresin le recuerda repetidamente que la fe no es cuestión de inteligencia, sino de abandono y de confianza.

Esta tensión entre la cultura y la fe es uno de los aspectos más modernos de la novela. Durtal no es un campesino crédulo ni un asceta que renuncia al mundo; es un intelectual del siglo XIX que busca conciliar su amor por el arte y la erudición con una vida espiritual auténtica. En este sentido, su figura anticipa muchos de los dilemas del intelectual católico contemporáneo.

El tema central de la novela es, sin duda, la relación entre belleza y fe. Huysmans sostiene, a través de la experiencia de Durtal, que la belleza no es un adorno superficial ni un mero placer estético, sino una de las vías más directas para experimentar la presencia de lo sagrado.

Esta idea tiene profundas raíces en la tradición cristiana –desde el Pseudo Dionisio hasta los teólogos del gótico–, pero adquiere un matiz muy particular en el contexto del fin de siglo. En una época dominada por el positivismo, el materialismo y la fe en la ciencia, Huysmans propone que la belleza artística es un testimonio de la existencia de Dios más convincente que cualquier argumento filosófico. La catedral de Chartres, con su perfección formal y su riqueza simbólica, se convierte así en una “prueba de la verdad del catolicismo”: solo una religión verdadera, piensa Durtal, podía haber inspirado una obra de semejante grandeza. Cada escultura, cada vidriera, cada capitel, enseña una verdad de la fe y contribuye a la educación espiritual del pueblo. Esta concepción del arte como “teología en imágenes” está en las antípodas de la idea moderna del arte por el arte.

Para Huysmans, el arte auténtico no puede ser neutral o indiferente ante la Verdad; debe estar al servicio de algo más grande que sí mismo. Y ese algo más grande, en su caso, es la fe católica. La Catedral representa la cima de lo que el propio autor denominó “naturalismo espiritualista”. ¿Qué significa este concepto para el lector? Significa que Huysmans no abandona su técnica de observador minucioso, sino que cambia el objeto de su estudio. Ya no analiza el vicio en los suburbios, sino la virtud en las piedras; ya no describe la descomposición de un cuerpo, sino la ascensión de una aguja gótica.

Pero este relato es también y sobre todo una crítica de la modernidad. Huysmans opone a la sociedad burguesa, materialista y utilitaria del siglo XIX la civilización medieval, que era, a sus ojos, orgánica, simbólica y orientada hacia Dios. La catedral gótica es, en este sentido, el símbolo de todo lo que la modernidad ha perdido: la unidad entre lo material y lo espiritual, la dimensión comunitaria de la fe, la presencia de lo sagrado en la vida cotidiana. La descripción de la catedral se convierte así en una elegía por un mundo desaparecido y un alegato a favor de su recuperación.

Uno de los conceptos centrales de la obra es la idea de la catedral como “libro de piedra”. Este motivo, heredado de la tradición medieval, implica que el edificio constituye un sistema de signos destinado a instruir y elevar espiritualmente al fiel. La exaltación del gótico en La Catedral implica una crítica implícita de la modernidad. Para Huysmans, la arquitectura medieval encarna una síntesis de fe y arte que la época contemporánea ha perdido. Frente al eclecticismo y la funcionalidad de la arquitectura moderna, el gótico aparece como expresión de una espiritualidad encarnada en la materia. Esta oposición no es meramente estética, sino también filosófica: la modernidad es percibida como una época de dispersión y superficialidad, mientras que la Edad Media representa una unidad perdida.

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Tras su lanzamiento, no le faltaron críticas y, especialmente, de algunos sectores de la Iglesia que vieron la aproximación de Huysmans a la religión como demasiado «estética» y le acusaron de confundir la fe con el gusto por el arte gótico.

Pero lo cierto es que La Catedral ocupa un lugar central en la producción de Huysmans y representa el momento de mayor equilibrio entre sus dos grandes pasiones: la búsqueda estética y la búsqueda espiritual. En sus primeras obras, el arte era un fin en sí mismo; en sus últimas obras, la fe se impone como el valor supremo. Aquí, ambas dimensiones se integran armoniosamente: la belleza de la catedral es el vehículo que conduce a Durtal a la fe, y la fe, a su vez, da un sentido más profundo a esa belleza.

Además, no hay que olvidar que, además de ser un relato de ficción, es algo más. Lo que el lector tiene en las manos es un tratado de iconografía, una historia del arte y también una guía espiritual, todo ello envuelto en un estilo literario de belleza singular.

Lo que ha intentado Huysmans escribiendo un relato sin acción, sin trama, es algo inédito y apenas ensayado en la historia de la literatura: no hay amores imposibles, no hay duelos ni crímenes, nada de persecuciones ni de cambios constantes de escenario para entretener y capturar la atención del lector; solo hay un hombre que camina por una catedral y que, en cada piedra, en cada vidriera, descubre un nuevo significado y una nueva invitación a creer.

No hay acción, todo es contemplación: esa es su principal riqueza y su corolario es que las grandes aventuras no son las que ocurren en el mundo exterior, sino las que se desarrollan en el alma humana.

La Catedral en el siglo XXI

Hoy, esta novela es un tesoro olvidado. Y, sin embargo, el mundo ha ido discurriendo, mal que bien, por los mismos senderos que ya se anticipaban a finales del XIX, solo que de manera cada vez más acelerada. Así pues, la novela es tanto más actual en la medida en que responde al mismo mal, centuplicado, que en la época en la que se escribió.

En este momento de cierta recristianización de la sociedad europea, los viajeros que la han leído saben perfectamente que puede ser una guía de viaje para los turistas que visitaban Chartres. Este año 2026, la tradicional peregrinación a Chartres ha registrado 14.000 altas en las primeras 24 horas de apertura de inscripción el pasado domingo de Ramos. En las mismas fechas, el año anterior apenas se registraron 6.000. Los organizadores anticipan que en 2026 se superarán los 20.000 peregrinos.

Esta peregrinación de Chartres se celebra tradicionalmente cada año durante el fin de semana de Pentecostés. La ruta cubre aproximadamente 100 kilómetros en tres días, partiendo desde las cercanías de la iglesia de Saint-Sulpice en París. Este aumento, además de mostrar el “renacimiento espiritual” de la juventud francesa, muestra también la preocupación a la creciente islamización del país y el rechazo cada vez más desacomplejado. Seguramente muchos de ellos habrán leído el libro que tiene usted entre las manos.

Y es que, más de un siglo después de su publicación, La Catedral es una obra “olvidada”, pero no muerta: sigue gozando de una vida latente; es leída y admirada por quienes buscan en la literatura algo más que entretenimiento: una reflexión sobre el sentido de la existencia, sobre la relación entre el arte y la fe, y sobre la posibilidad de encontrar lo sagrado en medio de un mundo que parece haberlo olvidado. Quienes visitan la catedral de Chartres, pueden aún llevar en la mano el libro de Huysmans como un mapa para recorrer no solo el edificio de piedra, sino también el edificio interior de sus propias almas. Esa es, quizás, la mayor prueba de la grandeza de esta obra singular: que sigue hablando a los lectores de hoy con la misma fuerza y la misma profundidad con que habló a los de ayer.

La Catedral, como el lector tendrá ocasión de comprobar, no es una novela en el sentido convencional, sino una experiencia intelectual y espiritual. Su lectura requiere tiempo, atención y disposición para la reflexión. De hecho, induce sobre todo a la reflexión. La obra invita a recuperar una forma de mirada capaz de descubrir el sentido en las cosas, y a reconocer en el arte una vía hacia lo trascendente. En un contexto contemporáneo marcado por la aceleración y la fragmentación, La Catedral ofrece una alternativa basada en la lentitud, la profundidad y la unidad del saber.

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El problema que encuentra el traductor de esta novela es como convertir uno de los rasgos característicos de la escritura de Huysmans a un lenguaje actual y comprensible. El autor utiliza frecuentemente arcaísmos, neologismos y lenguaje técnico que es preciso, adaptar a un lenguaje actual y comprensible, si se quiere comprender el sentido del relato. Hemos intentado realizar una traducción y una edición que sea comprensible para el lector. Esperamos que éste se siente tan satisfecho de su lectura como nosotros mismos lo hemos estado traduciéndolo.