El Relojero de la Tradición:
Gaston Georgel
y la Convergencia Cíclica hacia el Horizonte de 2030
La obra de Gaston Georgel que el lector tiene entre sus manos no es un tratado de historia al uso, sino la cartografía de un destino ineludible. En un mundo que mide el éxito por la acumulación de datos y la velocidad del progreso lineal, Las cuatro edades de la humanidad se alza como un recordatorio de las leyes cíclicas que rigen el cosmos. Georgel, actuando como el «relojero» de la Tradición, no se limitó a teorizar sobre la decadencia espiritual, sino que tradujo las intuiciones metafísicas de René Guénon al lenguaje de la precisión matemática y el ritmo astronómico. Traducir hoy este texto es un llamamiento a la resistencia ante el horizonte que nos agurda en el año 2030, una fecha que Georgel señaló hace décadas como el umbral donde nuestra civilización agotaría sus posibilidades para dar paso a la «gran liquidación» y a un «tiempo nuevo».
Georgel, a pesar de su importancia, es uno de los
autores tradicionalistas más desconocidos en el ámbito iberoamericano. La
relación de Georgel con Guénon no fue académica, sino de mentor-discípulo a
través de correspondencia. Georgel validó con datos históricos y matemáticos la
doctrina del Manvantara expuesta por Guénon e integró la cronología hindú en el
ciclo astronómico precesional como expondremos más adelante.
Mientras que Guénon operaba en el plano de los
principios puros —exponiendo la doctrina de los ciclos con la cautela de quien
sabe que dar las fechas exactas es peligroso para el profano—, Georgel aplicó
esos principios al rigor del calendario.
Es fundamental aclarar que Georgel, a diferencia
de otros de sus discípulos, no trató de rectificar la cronología o las ideas
expuestas por Guénon, sino que más bien fue lo que podríamos llamar su
continuador técnico. Se conserva la correspondencia cruzada entre ambos.
Inicialmente, Guénon se mostraba contrario ante el intento de fijar fechas
precisas para el fin del Kali Yuga. Sin embargo, Georgel, mediante un
estudio exhaustivo de las crónicas históricas y de la astronomía, convenció al
metafísico francés de que el ritmo de la historia de Occidente seguía patrones
matemáticos que eran posibles de detectar.
Guénon reconoció que la obra de Georgel permitía
pasar de la intuición de la decadencia a la evidencia del alcance de nuestro
ciclo y situar nuestro tiempo dentro de las «eras» contempladas por la
Antigüedad. Si Guénon diagnosticó la enfermedad de la modernidad, rescatando
las doctrinas tradicionales, Georgel fue quien calculó cuánto tiempo le quedaba
de vida a la civilización actual.
En el curso de la elaboración de Las Cuatro
Edades de la Humanidad, Guénon estuvo en contacto permanente con Georgel,
aportó algunas ideas, rectificó otras. Lamentablemente, Guénon murió pocas
semanas después de la publicación de esta obra y, aunque no pudo realizar una
recensión y un comentario en su revista —Études Traditionelles— la obra
es, hoy en día, la referencia absoluta para cualquiera que quiera entender, no
solo por qué el mundo moderno colapsa, sino cuándo se espera que
ese colapso llegue a su punto de inflexión.
Ni esta obra, ni ninguna otra de Georgel habían
sido traducidas a nuestra lengua hasta ahora. Tuvimos conocimiento de la misma
gracias a la revista Totalité, publicada en París a finales de los 70 y
hasta mediados de los 80 y, posteriormente, leímos otros textos del mismo autor
que, en esos mismos años, era una lectura obligada para todos los
tradicionalistas europeos, seguramente a causa de la proximidad al «año
Orwell», 1984, y de las tensiones internacionales que acompañaron la última
fase de la Guerra Fría.
Georgel sigue siendo hoy el principal exponente
de la «ciclología tradicional» en Occidente. Solamente Jean Phaure en su obra Le
Cycle de l’Humanité Adamique (Dervy Livres, París 1973), ha añadido algunas
ideas. Mientras Guénon sentaba las bases metafísicas en obras como El reino
de la cantidad, Georgel aplicó esas leyes al devenir histórico concreto. A
diferencia de Guénon —alejado de todo lo que no fuera metafísica—, a Georgel le
preocupaba, como a todos nosotros, situar nuestro momento histórico dentro de
las tradiciones de Oriente y Occidente; y aspiraba a responder a las preguntas
clave: ¿cuánto tiempo le queda a nuestra civilización antes del
desmoronamiento? ¿cómo situar en nuestra cronología gregoriana la culminación
del Kalí-Yuga hindú, de la Edad del Hierro greco-latina y de la Edad del Lobo
nórdica? ¿Es posible integrar estas profecías con el ciclo astronómico
reconocido por la “ciencia oficial” de la Precesión de los Equinoccios? ¿Cuál
es la fecha clave ante la que debemos estar atentos?
El viaje que nos propone Georgel es, por tanto,
un descenso de la Metafísica a la Cronología. Lo que el lector encontrará en
esta obra —especialmente si conoce el conjunto de los trabajos de René Guénon—
es validar con datos históricos y matemáticos la doctrina del Manvantara
tal como éste la expuso en La crisis del mundo moderno. Podrá compararla
con otras cronologías: la expuesta por Hesíodo en Los Trabajos y los Días,
y las observaciones de la astronomía oficial sobre el «Gran Año» o «Año
Platónico».
Sobre esto último cabe decir que el que el eje de
la Tierra se mueve como el de una peonza, generando el fenómeno conocido en
astronomía como «Precesión de los Equinoccios». La prolongación del Eje
terrestre se desplaza de una a otra “Estrella Polar” en un círculo completo a
través de las doce constelaciones zodiacales, en cada una de las cuales
permanece durante 2.160 años y, por tanto, su tránsito completo es de 2.160 x
12 = 25.920, duración del «Año Platónico», constituyendo cada una de sus doce
etapas, los «Meses Platónicos». Para Georgel y la escuela tradicionalista, este
número no es solo una aproximación astronómica, sino una constante numérica
sagrada de la que dependen de forma exacta las fluctuaciones de las
civilizaciones, las transiciones de las mentalidades humanas y el paso de una
«era astronómica» a otra, nombradas según la constelación en la que se
encuentra. En la actualidad estaríamos, pues, en un momento de tránsito entre
la «Era de Piscis» y la «Era de Acuario».
La tesis de Georgel es que la Tradición hindú ya
conocía este fenómeno de la Precesión de los Equinoccios y, por tanto, juzga
que es posible (y necesario) realizae un «encaje» entre las «eras zodiacales» y
la teoría hindú del Manvantara que nos habla de cuatro «edades»,
coincidiendo el ciclo de 25.920 años con la duración exacta de la Edad de Oro (Satya
Yuga). Así pues, no es que estemos «cambiando de era astronómica», sino
que, además, estamos en los minutos finales del Kali Yuga, la última
fase del actual Manvantara.
Desde la perspectiva tradicionalista, el inicio
de Acuario coincide con la «fase de liquidación» del ciclo actual. Georgel
sugiere que el paso a Acuario marca el punto donde las estructuras del mundo
moderno se desmoronan para permitir el «reseteo» del sistema. Para Georgel, el
inicio de una era zodiacal no es un evento aislado, sino un engranaje que hay
que situar dentro del Manvantara.
La exigua biografía de un desconocido discípulo de Guénon
Antes de seguir, creemos conveniente aportar unos
pocos datos biográficos sobre Georgel que servirán, sobre todo, para mostrar su
ortodoxia en relación a las tesis guënonianas. La brevedad de esta exposición
no debe sorprender. Georgel no era un hombre que buscara notoriedad. Ni
siquiera existe una foto suya (las que aparecen en bases de fotografías
corresponden a un actor, célebre en los años 20, del mismo nombre con el que se
le suele confundir).
Gaston Georgel nació el 25 de marzo de 1899 en Le
Tholy (región de los Vosgos) y falleció el 31 de julio de 1988 en Belfort.
Cursó estudios superiores de Historia en la ciudad de París. Fue precisamente
durante sus años de formación universitaria cuando descubrió, de manera
puramente accidental en una revista, un artículo sobre las simetrías numéricas
en los reinados de Francia. Este hallazgo fortuito lo llevó a investigar a
fondo las estructuras del tiempo no lineal y los ritmos de las civilizaciones; su
carrera se orientó para siempre en el análisis de los patrones cíclicos y la
cronología sagrada.
Esta investigación no era algo extraño en la
época: Oswald Spengler acababa de publicar su obra La decadencia de
Occidente, tratando de fijar una «filosofía de la historia» que permitiera
prever acontecimientos futuros y leyes cíclicas en el devenir de los seres
humanos. En nuestro país, concretamente en Cataluña, el «farmacéutico de
Figueras», Alexandre Deulofeu, se interesó también por el tema que le obsesionó
a lo largo de toda su vida tratando de encontrar un patrón cíclico (al margen
de la escuela tradicionalista) o, como él llamó, «la matemática de la
historia», obsesión que trasladó al pintor Salvador Dalí en su «período
místico-nuclear» y que ya le había llamado la atención durante su inmersión en
el surrealismo.
A lo largo de su vida, Georgel trabajo
discretamente como empleado público en el servicio postal y en la
administración local, siempre en la ciudad de Belfort en el Franco Condado no
lejos de Suiza; a pesar de ser calificado frecuentemente como «historiador» o
«ensayista» en las reediciones de sus obras, Georgel nunca ejerció como
profesor universitario ni como investigador institucional. Fue un licenciado en
Historia que utilizó sus conocimientos para establecer una «cronología
tradicional». Su trbajo se sitúa al margen de las modas académicas y de la
obligatoriedad de seguir el método histórico lineal-progresista, que él mismo
criticó en sus libros
A raíz de sus descubrimientos, Georgel conectó su
trabajo con Guénon. Entablaron una correspondencia epistolar que duró varios
años. Guénon ya había mencionado la doctrina de los ciclos cósmicos (basada en
el Manvantara de la cosmología hindú), pero consideraba que los cálculos
cronológicos exactos eran casi imposibles de precisar para el hombre moderno.
Georgel, sin embargo, asumió el reto y dedicó su vida a intentar traducir
matemáticamente esos ciclos a la historia humana concreta. Les quatre âges
de l’humanité, es considerada su obra cumbre y el estudio occidental más
serio sobre los ciclos cósmicos.
En este libro y en todos sus trabajos
posteriores, calculó minuciosamente el final de la actual Edad de Hierro.
Aunque inicialmente apuntaba al año 1999, reajustes matemáticos posteriores
basados en el mecnismo de las precesiones equinocciales retrasaron la fecha
clave de la gran transición cíclica hacia el icónico año 2030. Y resulta
sorprendente porque esta obra fue escrita en la postguerra e impresa
originalmente en la ciudad francesa de Besançón por las Éditions “Servir”. El
proceso de redacción y corrección del manuscrito se extendió entre 1945 y
1948), período en el que Georgel intercambió numerosas cartas con René Guénon
para ajustar los complejos cálculos matemáticos y doctrinales sobre los ciclos
cósmicos antes de mandarlo a la imprenta. Lo que resulta más sorprendente aún,
y de ahí buena parte del interés que merece esta obra, es que en la época en la
que Georgel escribió su obra nadie, absolutamente nadie, pensaba que el año
2030 fuera la culminación de una «agenda» elaborada por las Naciones Unidas.
¿Nos está diciendo Georgel que 2030 es la
culminación de la historia, tal como pretende la ONU? En absoluto. Lo que nos
sugiere es que la Era de Acuario no es el inicio de una nueva «civilización
progresista», sino el punto de ruptura necesario, el punto de desorden máximo,
en el que coinciden matemáticamente el fin de una era zodiacal (la Era de
Piscis) y el agotamiento del Gran Ciclo de 64.800 años. El año 2030 no es solo
una fecha en nuestro calendario, sino el momento en que el fenómeno de la
precesión astronómica se alinea con la muerte simbólica de una humanidad que ha
olvidado su origen.
Georgel murió en 1988 y sus archivos personales
fueron entregados al Estado (FranceArchives) que aún no los ha digitalizado y,
por tanto, son prácticamente inaccesibles. Fuera de Francia, sus libros son muy
apreciados por investigadores tradicionales de Rusia, Brasil, Hungría y Estados
Unidos.
Una triple coincidencia
Así pues, 2030, inicio de la Era de Acuario, es
el marco astronómico de esta transición, no solo dejando atrás la Era de Piscis
(en la que nos encontramos actualmente), sino también la Edad Oscura, la Edad
de Kali y el inicio de una reordenación del Cosmos. La Era de Acuario supone,
pues, el «clímax del invierno cósmico» en el que la humanidad toca fondo antes
de que la rueda vuelva a la Edad de Oro.
Georgel llega al año 2030 porque es el año donde
coinciden los tres “relojes”:
— El reloj hindú de los Yugas (6.480 años del
Kali Yuga).
— El reloj de las Eras astrtonómicas (el fin de
Piscis).
— El reloj de los Ritmos Históricos (la aceleración final que empezó
en 1314).
Esa triple coincidencia le da la seguridad
matemática para fijar la fecha. En 1986, en su última obra Chronologie des
derniers temps, publicada dos años antes de morir, insiste en que el final
del actual Manvantara (el cierre del Kali Yuga) se sitúa en torno
al año 2030 o 2031 y alude al rápido desencadenamiento de las crisis y de la
disolución de las estructuras tradicionales como preámbulo al «Gran Retorno».
Todo lo que ha ocurrido en los cuarenta años que
median entre la publicación de esta obra y la actualidad, encajan perfectamente
con el cuadro descrito por Georgel en la «fase de liquidación» que previó como
necesaria antes de la restauración de una nueva Edad de Oro: la aceleración del
tiempo (sensación de que los eventos ocurren cada vez más rápido), la
disolución de las fronteras y las identidades tradicionales, la afirmación de
una «espiritualidad a la inversa» o caricatura de la tradición.
Mientras otros autores tradicionalistas hablan de
la «decadencia» en términos doctrinarios, poéticos o filosóficos, Georgel
ofrece un calendario y destruye el mito del progreso. Igual que un ser humano
nace, crece, envejece y muere, la humanidad atraviesa fases biológicas
inevitables. Su obra demuestra que no vamos hacia «mejor», sino hacia el cierre
de un ciclo de posibilidades. Manejando textos de la tradición hindú, describe
al Kali Yuga como la edad de menor duración, pero la más intensa: todo
es materia, cantidad y velocidad. Pero, como un motor recalentado y cansado, el
sistema actual ya ha agotado su «combustible» metafísico; la digitalización
total, la IA, la robótica, la ingeniería genética, todas las tecnologías que
entran dentro de la Cuarta Revolución Industrial, la pérdida de lo humano y la
aceleración del rasero igualitario, son las características de nuestro tiempo,
después de todo lo cual ya no puede pensarse en nada, no existe más «progreso»
posible, ni posibilidd de nuevos enfoques en la misma dirección. De vivir
Georgel consideraría que todo esto son elementos que confirman la idea que
previó, de que el tiempo se está «comprimiendo» y «acelerando» antes de la gran
transición.
Georgel demuestra que el Año Platónico (la precesión), las Edades según el hinduismo y la aceleración de la historia, son engranajes perfectos de una misma maquinaria. Para comprender la magnitud de la tesis de Georgel, el lector debe abandonar la noción moderna de que el tiempo es una línea infinita y homogénea que siempre tiende al progreso indefinido. Para Georgel y para la escuela Tradicionalista, el tiempo es cualitativo y se despliega en forma de espiral descendente. La unidad que articula toda su obra es el Manvantara, un ciclo completo de humanidad que Georgel fija en 64.800 años.
|
Ciclo Hindú |
Años |
Prop. |
Relación con las Eras Zodiacales |
|
Satya Yuga (Oro) |
25.920 |
4 |
Equivale a 1 ciclo precesional completo (12
eras zodiacales). |
|
Treta Yuga (Plata) |
19.440 |
3 |
Equivale a 9 eras zodiacales. |
|
Dvapara Yuga (Bronce) |
12.960 |
2 |
Equivale a 6 eras zodiacales. |
|
Kali Yuga (Hierro) |
6.480 |
1 |
Equivale a 3 eras zodiacales (Piscis es la
última). |
|
TOTAL Manvantara |
64.800 |
10 |
30 Eras Zodiacales en total. |
La «Era de Piscis» (que Georgel asocia con los últimos 2.160 años), en la que nos encontramos en el actual ciclo precesional, no es solo una era más, sino que coincide con la era del último Yuga: el final de la Era de Piscis (de 2.160 años) es también el final del Kali-Yuga (6.480 años) y del actual Manvantara (64.800 años). Y ese año es el 2030. Así pues, estamos ante un “triple portazo” cósmico. La coincidencia de este cambio astronómico con el agotamiento matemático del Kali Yuga nos sitúa ante lo que Georgel denomina «la liquidación de los tiempos», un periodo donde «la aceleración es tal que la historia misma parece colapsar bajo su propio peso».
Contras las interpretaciones modernas sobre la Era de Acuario
Para entender lo que sigue hará falta establecer algunos conceptos de uso frecuente en astrología. Como se sabe el zodiaco es una franja de la bóveda celeste atravesada por 12 constelaciones, cada una de las cuales abarca, para la tradición astrológica, 30º de abertura. Para la astronomía moderna dichas constelaciones existen igualmente, pero la separación entre ellas es arbitraria. Ahora bien, dichas constelaciones no son percibidas siempre en la misma forma desde la Tierra. En efecto, el eje terrestre, sufre una lenta pero constante -y mesurable- oscilación, como efecto del juego de atracciones gravitacionales ejercidas por el Sol y la Luna sobre nuestro planeta. Este movimiento -similar al de una peonza- provoca un fenómeno conocido como "predecesión de los equinoccios" consistente en el desplazamiento del "punto vernal" (intersección entre el ecuador de la bóveda celeste y la franja de la misma atravesada por las constelaciones zodiacales). La oscilación del eje terrestre hace que, desde la tierra, el punto vernal se desplace de una constelación a otra en sentido contrario a las agujas del reloj; pues bien, a este proceso se le denomina "predecesión de los equinoccios" y determina las eras zodiacales. Como hemos visto, actualmente nos encontramos al final de la "Era de Piscis", próximos a entrar en la "Era de Acuario".
Georgel advierte que lo que el mundo moderno
llama «Era de Acuario» es, en realidad, la fase de disolución final. El aire
(elemento de Acuario) representa la desmaterialización: internet, la «nube», la
IA, lo virtual, la pérdida de contacto con la tierra y con lo humano. Es la
«espiritualidad invertida» de la que hablaba René Guénon en El reino de la
cantidad. Sitúa aquí el límite porque, matemáticamente, es donde se agotan
las posibilidades de manifestación de nuestra humanidad actual. Acuario
actuaría como el «vacío» o el espacio de transición hacia un nuevo Satya Yuga
(la Edad de Oro del mundo clásico).
La misma fascinación contemporánea por la Era de
Acuario es, según la lógica de Georgel, un síntoma del fin del ciclo. Mientras
la astrología popular la ve como un amanecer, la ciclología tradicional la
identifica como la medianoche del ciclo. Tanto Georgel como Guénon coinciden en
advertir sobre la facilidad con la que el mundo moderno adopta conceptos como
el Acuario al estilo ocultista o al manejado por la ONU en la Agenda 2030. Lo
que se tiene por un «logro», no sería más que un signo —otro más— de la aceleración
de los tiempos.
Lo que hoy se conoce popularmente como «Era de
Acuario» es una construcción moderna que surgió a finales del siglo XIX y se
consolidó en el XX. Aunque hoy es un concepto relativamente popularizado, su
origen estuvo ligado a círculos ocultistas que buscaban dar un marco
astrológico a los cambios sociales y espirituales.
Es imperativo que el lector distinga entre este
producto del imaginario ocultista y la función que esta era zodiacal ocupa en
la cronología de Georgel.
Desde la década de 1960, primero la
contracultura, luego la New Age y, finalmente, el transhumanismo, han saludado
a «Acuario» como una era de fraternidad e igualdad universal, un «despertar de
conciencia» (recuérdese la ópera rock Hair); pero, la perspectiva de la
Tradición Primordial es mucho más sobria. Desde este punto vista —que es el de
Georgel— podemos decir que «Acuario» supondrá, algo parecido a la Caja de
Pandora: tras difundir todos los horrores del universo, ofrecerá la esperanza
de una nueva Edad de Oro y la restauración de la espiritualidad primordial.
Acuario no representa, por tanto, una «nueva civilización», como creían los
hippys de los años 60, los fundadores de la ONU (convencidos de que su
fundación en 1945 marcaba el inicio de la “Era de la Luz” o los ocultistas del
siglo XIX y del primer tercio del siglo XX como Paul Le Cour el ocultista que
más teorizó sobre las esperanzas en Acuario), sino una promesa de
enderezamiento tradicional.
No hay que olvidar —que es lo que suelen olvidar
todos los ocultistas y progresistas— que el signo complementario de Acuario es
Leo y que de la misma forma que la Edad de Piscis ha tenido como protagonismo a
una religión basada en “los peces”, “los pescadores” y en “la Virgen” (Virgo es
el complementario de Piscis), la relativa ambigüedad de Acuario está compensada
por el fuego y la luz que deriva de Leo.
El mito de Acuario y el
cristianismo
Acuario es un signo de aire. Georgel veía en esto
la prefiguración de una sociedad desvinculada de la tierra (que para él
representaría la economía financiera sobre la real, la identidad digital sobre
la física, la robótica sobre lo humano, la materia sobre el espíritu). Lo que
el mundo moderno llama «globalismo» y los hippies y ocultistas llamaron
«fraternidad acuariana», no es más que una inversión de la verdadera unidad
espiritual; una uniformidad impuesta por la técnica, no por la luz interior.
Georgel sostiene en su obra que la entrada
definitiva en las influencias de Acuario coincide con el agotamiento matemático
del Manvantara. El año 2030 no es, por tanto, el inicio de una utopía,
sino el umbral de la “Gran Liquidación”, el momento en que la humanidad agota
sus posibilidades actuales para dar paso, tras una crisis catártica, a un nuevo
Satya Yuga o Edad de Oro”.
La pregunta que algunos pueden plantearse es: «si
la era de Piscis ha estado marcada por el cristianismo, ¿implica esto que al
salir de esta era zodiacal, el cristianismo desaparecerá?».
Para Georgel, el declive de la Cristiandad no es
fruto de un error político, o una fatalidad derivada del materialismo, ni
siquiera una consecuencia inevitable de la tecnificación de nuestras
sociedades, sino una necesidad cíclica. En el Evangelio según San Mateo
(capítulo 18:7) escrito está: «¡Ay del mundo por los escándalos! porque
necesario es que vengan escándalos; mas ¡ay de aquel hombre por el cual viene
el escándalo!», idea que se repite en el Evangelio de Lucas (Lucas 17:1-2):
«Es imposible que no vengan escándalos; pero ¡ay de aquel por quien vienen!».
En otras palabras: un mal puede ser necesario si contribuye a confirmar el
orden cósmico. Y así debe ser entendido nuestro tiempo, como un desorden tan
necesario como inevitable para contribuir al orden general.
Dicho lo cual sería necesario analizar si existe
algún elemtno que sugiera el presentimiento de «Acuario». Como se sabce, el
mito de Acuario está vinculado al «copero de los dioses», a la figura del
«aguador». La constelación de Acuario se sitúa en una región del cielo que los
astrónomos antiguos llamaban «El Mar» o «Aqua», debido a que está rodeada por
otras constelaciones relacionadas con el agua (Piscis, Cetus o el río Erídano).
En Babilonia se asociaba este signo con el dios Ea (o Enki), dios de la sabiduría
y de las aguas dulces subterráneas, a quien se representaba sosteniendo un
jarrón del que brotaban ríos. Esta época del año coincidía con su temporada de
inundaciones destructivas. En Egipto la constelación se vinculaba con el dios
Hapi, la deificación de las crecidas del río Nilo. Se creía que la primavera y
las inundaciones que fertilizaban las tierras comenzaban exactamente cuando el
aguador sumergía su enorme jarra en el río. Y, en el mundo clásico, la
mitología griega adaptó estas tradiciones previas a través de la historia de
Ganímedes, un príncipe troyano de extraordinaria belleza del que Zeus se
enamoró y raptó para llevarlo al Monte Olimpo, donde recibió la inmortalidad y
asumió el rol de copero de los dioses. Zeus inmortalizó su silueta en las
estrellas como la constelación de Acuario, el portador del agua. Hay que
entender por esa «agua», no un elemento físico, sino una metáfora de sabiduría,
conocimiento, ideas y nutrición intelectual.
Pues bien, en el Evangelio aparece la figura del
«aguador» en varios fragmentos. En Marcos 14:13 puede leerse: «Y envió a dos
de sus discípulos, y les dijo: Id a la ciudad, y os saldrá al encuentro un
hombre que lleva un cántaro de agua; seguidle». Y en Lucas 22:10: «Él
les dijo: He aquí, al entrar en la ciudad os saldrá al encuentro un hombre que
lleva un cántaro de agua; seguidle hasta la casa donde entrare». El
«aguador» es, por tanto, una señal dada por Jesús a Pedro y Juan para que
encontraran, sin levantar sospechas ante las autoridades que ya lo buscaban, el
lugar exacto donde se celebraría la Última Cena.
La doctrina católica apenas ha reparado en esta
figura y en su papel capital; significativamente, uno de los pocos teólogos que
se han preocupado por su figura ha sido el Papa Benedicto XVI en su obra Jesús
de Nazaret donde dice que pudo haber sido un sirviente o un «miembro de la
comunidad esenia». Lo deduce porque en la Palestina de aquella época, la acción
de llevar agua a los hogares era realizada por mujeres, así que, si se trataba
de un hombre, era muy probable que perteneciera a este grupo religioso formado
por hombres que vivían en comunidad y practicaban la castidad, por lo que
debían hacer ellos mismos todas las tareas… incluida la de aguador. La
explicación es ingeniosa, pero abre nuevos interrogantes: ¿confiaba Jesús en
los esenios más que en sus propios partidarios?, ¿Jesús era un miembro de la
secta esenia?, ¿un acto tan importante como la Última Cena podía confiarse a un
esenio?, ¿no sería arriesgado confiar la organización del evento a alguien que
no perteneciera a la propia comunidad? ¿Existe otra interpretación?
La hay, en efecto. El simbolismo cristiano está
íntimamente ligado al simbolismo de Piscis: el Pez (Ichthys) símbolo del
propio Cristo y emblema de identidad de los primeros cristianos. Como se sabe,
los cristianos primitivos adoptaron la palabra griega para pez, ΙΧΘΥΣ (Ichthys),
como un código de reconocimiento. Cada letra correspondía a la confesión de fe:
Iēsoûs Christós Theoû Yiós Sōtèr (“Jesús Cristo, Hijo de Dios,
Salvador”). Piscis se asocia con las redes, el océano y la captura de almas en
el plano espiritual. El hecho es que los primeros discípulos eran pescadores de
Galilea: «Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres» (Mateo
4:19) dijo a Simón Pedro y a Andrés, a los que se sumarán otros del mismo
oficio que arrojarán las redes para captar almas. El milagro de los panes y los
peces que aparece repetido en los evangelios, conecta con el principio de
abundancia espiritual de Piscis. Los cinco panes y los dos peces de los que se
alimentarán cinco personas. La propia constelación de Piscis, desde tiempos
precristianos se representa con el símbolo de dos peces unidos por una cuerda.
La constante presencia del «agua» en episodios evangélicos (el caminar sobre
las aguas en Mateo 14:25, que representa la supremacía del espíritu por encima
de las corrientes emocionales y materiales del mundo, el Bautismo en el Jordán,
en el que el agua se convierte en el canal de purificación e iniciación
espiritual, el episodio de la tempestad calmada en el que Jesús reprende al
viento y ordena al mar: «Calla, enmudece» (Marcos 4:39), manifestando su
regencia divina sobre el océano. El episodio del lavatorio de los pies en la
Última Cena. El episodio del pago del impuesto del templo en el que Jesús
ordena a Pedro: «ve al mar, y echa el anzuelo, y el primer pez que sacares,
tómalo, y abierta su boca, hallarás un estatero [una moneda]; tómalo, y
dáselo por mí y por ti» (Mateo 17:27). El pez emerge directamente como el
proveedor del sustento y de la resolución de problemas terrenales… Todo ello
demuestra la predilección casi obsesiva de los narradores evangélicos por
describir mediante símbolos, siempre vinculados a Piscis, la nueva religión. A
lo que hay que sumar el papel de la Virgen en la Tradición Cristiana: la Madre
de Dios, y la importancia creciente que ha tenido su culto, especialmente en
los dos últimos siglos, en la liturgia católica. La Virgen, está inequívocamente
vinculada a la constelación y al signo astronómico de Virgo, el opuesto y, por
tanto, complementario, de Piscis en la rueda del zodíaco.
Así mismo, llama la atención la importancia del
Carnero en algunos fragmentos evangélicos. Este aspecto es importante, porque
el Carnero está vinculado al signo de Aries, el inmediatamente anterior a
Piscis. Jesucristo encarna el puente exacto entre ambas eras, marcando el fin
de los antiguos sacrificios de sangre y el inicio de una nueva actitud
espiritual. Así pues, la Era de Aries sería la del Antiguo Testamento y su
inicio simbólico dataría de cuando Dios detiene el sacrificio de Isaac que
estaba a punto de realizar Abraham y provee en lugar del hijo a un carnero
trabado en un zarzal por sus cuernos. El Shofá (Cuerno de carnero), era el
instrumento sagrado del pueblo de Israel para convocar las asambleas, derribar
los muros de Jericó o anunciar el año del Jubileo era precisamente el shofar,
fabricado con el cuerno de un carnero macho. La misma liberación de Egipto se
selló con la sangre de un cordero untada en los umbrales de las puertas (Éxodo
12). Toda la teología del Antiguo Testamento se sostuvo sobre el sistema
levítico de sacrificios continuos de ovejas, carneros y corderos en el Templo
para expiar el pecado. Cuando Moisés baja del Sinaí encuentra a su pueblo
adorando a un ídolo en forma de becerro de oro que destruye, convierte en polvo
y arroja al río.
Cuando nace Jesús de Nazaret, el Sol del
equinoccio vernal está abandonando la constelación de Aries para adentrarse en
la de Piscis. En los evangelios, Jesús asume el papel del último cordero de la
historia. Por eso, en el episodio del Bautismo en el Jordán, Juan el Bautista
lo presenta al mundo diciendo: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el
pecado del mundo» (Juan 1:29). La crucifixión representaría el sacrificio
definitivo del arquetipo de Aries. Jesús muere como el cordero pascual
absoluto.
Con su muerte en la cruz y la posterior
destrucción del Templo de Jerusalén en el año 70 d.C., se cierra un período (el
«mes platónico de Aries») y se abre otro (el «mes platónico de Piscis»), de la
misma forma que con la destrucción del «Becerro de Oro» por parte de Moisés,
queda clausurado el período anterior (el «mes platónico de Tauro», identificado
con la religiosidad egipcia, en la que el buey Apis, la vaca Hathor, mientras que uno de los títulos del Faraón era
Ka-nakht, «Toro Victorioso», incluso en la célebre Paleta de Narmer, se
representa al faraón directamente bajo la forma de un toro que derriba las
murallas de las ciudades enemigas y aplasta a los adversarios). Es
significativo, en cualquier caso, que mientras en el Antiguo Testamento, Yavhé
se revela especialmente a pastores de ovejas en el desierto (como Moisés o
David), el Dios Hijo del Nuevo Testamento elige como futuros líderes
espirituales a pescadores del Mar de Galilea. El cayado del pastor se
transforma en una red del pescador. Así mismo, mientras en la era de Aries la
purificación se realizaba mediante el fuego del altar del Templo, en la Era de
Piscis el rito central de iniciación y renacimiento pasa a ser el Bautismo por
agua.
Resulta aleccionador constatar que las esperanzas
apocalípticas siempre terminan decepcionando a quienes las sustentan. Los
judíos de la época de Cristo, bajo la influencia del período anterior,
esperaban a un Mesías guerrero y conquistador, esperaban un «Rey de los
Judíos», en sentido de líder político-militar, lo propio de la época de Aries
cuyo planeta «regente» es Marte, asociado al dominio, la dirección, la guerra y
el combate; pero, en su lugar apareció el Cristo que predicaba el perdón, el
sacrificio personal, el amor incondicional y la disolución del ego. En los
mismos años en los que Cristo nació en Palestina, los arúspices romanos miraban
a los peces en los ríos intentando intuir los rasgos que se esperaban de la
renovación de los cultos. Siempre hay «intuiciones» que pocas veces logran
concretar la esencia de la espiritualidad del futuro.
A partir del Concilio Vaticano I, la Iglesia
empezó a reavivar el culto a la Virgen que, desde entonces, ha ido adquiriendo
cada vez mayor importancia; la totalidad del Concilio Vaticano II estuvo
dedicada al aggiornamento de la religión católica, esto es, a su «puesta
al día». Mientras, el mundo va cambiando, y da la sensación de que el mundo se
está «feminizando» e, incluso, Ganímedes, el «copero de los dioses» es
presentado como un arquetipo gay (dado que Zeus se enamoró de él). La propia
Agenda 2030 es un racimo de objetivos que tienen en cuenta la interpretación
que sus mentores hacen de la New Age, o Era de Acuario: la era de la
“igualdad”, la era en la que las barreras entre los sexos, las razas, las
naciones, las religiones, las culturas, desaparecerán, y sólo existirá la
«Humanidad» con mayúscula, en un clima de paz, fraternidad y derechos humanos…
Pero, aunque no puede afirmarse cómo será el
tiempo nuevo, si sabemos que no irá en ninguna de esas direcciones: ahí está el
complemento de Acuario, Leo, el signo solar por excelencia, que indica
jerarquía, orden, autoridad. Y la interpretación correcta de Acuario, no es
como «exaltación de la humanidad», sino como «retorno a la verdadera
espiritualidad».
Así pues, ¿habrá que pensar en una Iglesia
fortalecida más allá de 2030 que haya retornado a los valores, las liturgias y
los estilos de Trento? Nos tememos que no. Si el tránsito del Antiguo
Testamento al Evangelio supuso un cambio total de perspectiva, el tiempo del
Paráclito que está por llegar, implicará cambios no menos radicales,
probablemente surgidas de destrucciones drásticas (que no solamente pueden ser
físicas, sino también morales; de hecho, hoy es tan probable un colapso de
civilización a causa de una catástrofe natural, una guerra o una pandemia, como
derivada de un olvido absoluto de lo que es la ética y la moral, por no hablar
de la metafísica).
Lo que sí podemos afirmar es que el catolicismo,
tal como lo hemos conocido en nuestro ciclo histórico, está llegando a su fin.
Y nos atreveríamos a decir que los arquetipos de ese tiempo nuevo serán los
símbolos del «espíritu» (no en vano, será una era del espíritu), de la
«jerarquía» (por la presencia de Leo), de la «juventud» (porque el ciclo nuevo
se sitúa en el origen de una nueva Edad de Oro como sugiere Georgel), y, desde
luego, más próxima a la espiritualidad primordial (dado que el «copero de los dioses»,
vive con ellos en el Olimpo).
Más allá de 2030
Acuario es un signo de Aire, y Georgel analiza
esto con una agudeza asombrosa. Previó quye «lo intangible» estaría presente
alque el final del ciclo. Hoy vemos esta presencia en la digitalización total,
las criptomonedas, internet, la inteligencia artificial. No es «progreso
espiritual», es, más bien, pérdida definitiva de contacto con la realidad
orgánica y terrenal. Todo lo «moderno» es volátil. El «aire» de Acuario
representa la inestabilidad. Todo se vuelve fluido, efímero y sin raíces,
rasgos Georgel identifica como el estado previo a la regeneración.
En cuanto a la «fraternidad universal» que
prometen los entusiastas de Acuario es, para Georgel, una parodia de la unidad
tradicional. A Georgel no le hubiera costado identificar el globalismo y la
colectivización tecnológica con formas de «espiritualidad invertida». Es una
unión «por lo bajo» (el consumo, la técnica) y no «por lo alto» (lo sagrado).
Lo más impactante de su tesis, es que Acuario
actúa como un disolvente. Su función no es construir una nueva civilización
duradera, sino «limpiar» los restos del Kali Yuga. Georgel sitúa esta
influencia como una fuerza que acelera la caída de las viejas instituciones
para dejar el terreno vacío.
Georgel acuñó el término «Fase de Liquidación»
para describir los últimos años antes del gran cambio. Para él, nuestro tiempo
es el periodo de «agotamiento de las posibilidades». Previó que las estructuras
creadas durante la última fase de la Edad de Hierro (economía basada en la
deuda, Estados tecnoburocráticos dirigidos por auténticos bandidos que, no
solamente no se atienen a alguna pauta moral, sino que desconocen incluso que
lo que es la moral, tecnologías deshumanizantes, sustitución de lo humano por lo
mecánico, reducción del «espíritu» a la «nube universal» como sostiene el
transhumanismo) llegarían a un punto de saturación donde ya no podrían
sostenerse. Se trataría de un agotamiento sistémico más allá del cual ya no hay
nada que pueda ofrecerse. Esto explica la dificultad que tienen los futurólogos
y los especialistas en prospectiva en definir lo que vendrá después de la
Cuarta Revolución Industrial hoy en curso. Por tanto, se equivocan quienes
creen que los grandes avances operados en el curso de esta mutación tecnológica
conducen a un mundo mejor en el que, incluso, la vida humana se prolongará casi
hasta el infinito (ver lo que escribimos en Info-Krisis sobre las teorías
transhumanistas). Georgel, de vivir hoy, consideraría que la aceleración tecnológica
actual es, en realidad, el “giro final” de una peonza antes de caer. Cuanto más
rápido gira el mundo, cuanto mayor es su aceleración, paradójicamente está más
cerca está de su detención absoluta…
El 2030 es el muro contra el que choca la
modernidad, permitiendo que la rueda vuelva a su posición original: el inicio
de un nuevo Satya Yuga. Acuario disuelve todo lo que es “forma” para que
solo quede la «esencia».
Gaston Georgel, arraigado en su tierra natal
Georgel toma la cifra tradicional del ciclo
completo de la humanidad (64.800 años) y la divide según la proporción 4:3:2:1.
Como vimos, el Kali Yuga (la última décima parte) dura 6.480 años. Sitúa el
inicio de este Kali Yuga en el 4450 a.C. (una fecha que coincide con ciertos
cálculos tradicionales y el inicio de la civilización sumeria/egipcia). Si
sumamos: -4450 + 6480 = 2030 d.C. El paso de la Era de Piscis a la de Acuario
no es exacto en todos los sistemas, pero al cruzarlo con los ritmos de la historia
europea, el «punto de inflexión» donde la influencia de Piscis se agota
totalmente y la de Acuario toma el mando de forma disruptiva cae exactamente en
el entorno de 2030.
Sin embargo, en tanto que ciudadano francés y
buen conocedor de la historia de su país, considera que ésta es una especie de
«termómetro espiritual» de Occidente. Su análisis de Francia le indica que está
sometida a lo que llama «el pulso de la historia», un ciclo de 528 años que
nuevamente le lleva a través de una «curva de aceleración de la historia» hasta
el año 2030 en el que llega a su asíndota (el punto donde la línea se vuelve
vertical y el tiempo “estalla”.
Traducir Las cuatro edades de la humanidad
en este preciso momento histórico no ha sido un mero trabajo editorial, sino
una respuesta a la urgencia de los tiempos. Al cerrar este volumen, el lector
ya no podrá mirar el calendario con la misma inocencia. Gaston Georgel nos ha
entregado las llaves para comprender que el caos que nos rodea —esa sensación
de abismo que define nuestra década— no es el triunfo del sinsentido, sino el
cumplimiento de una ley cósmica inexorable.
La fecha de 2030, que atraviesa estas páginas
como una advertencia constante, no debe ser recibida con el terror paralizante
de los antiguos apocalipsis, sino con la serenidad propia del Hombre de la
Tradición. Georgel nos enseña que el fin de la Edad de Hierro es la condición
necesaria para que la tierra vuelva a ser virgen, para que la luz del Satya
Yuga vuelva a iluminar una humanidad restaurada en su eje espiritual.
Si la modernidad es, como decía Guénon, una
anomalía en la historia, la obra de Georgel ha descrito el cronómetro que marca
el final de esa desviación. Esta traducción busca ofrecer una brújula a
quienes, en mitad de la actual crisis terminal de un ciclo, se niegan a ser
arrastrados por la corriente de lo virtual y lo efímero. Al final del ciclo,
solo lo que es esencial sobrevive. Que estas páginas sirvan para que el lector
encuentre, en medio del naufragio del mundo moderno, esa «isla de los
bienaventurados» que la Tradición siempre ha mantenido preservada para quienes
saben leer los signos de los tiempos.
La rueda gira. El ciclo se agota. El retorno está
próximo.
Ernesto Milá
(20.05.2026)

























