sábado, 25 de junio de 2022

2F-FrancoFilms: una nueva web sobre cine español entre 1939 y 1975

Por si no conoces todavía nuestra nueva web sobre el cine español entre 1939 y 1975 y eres aficionado al cine, aquí te la presentamos. Encontrarás cada dos días una película comentada y con apoyo de entre 10 y 20 cortes de la misma, podrás encontrar también la cartelería y los programas, la ficha técnica de cada pelicula y dónde verla o bajarla gratuitamente, así como encontrar algunos PDFs que contribuyan a darte más información sobre la cinta. No es solamente "cine franquista", sino "cine filmado en España durante el franquismo": 2f-francofilms









jueves, 23 de junio de 2022

EL TIEMPO DE LOS FASCISMOS (3 DE 3): EL FASCISMO Y LA TÉCNICA

Todo esto nos lleva a percibir los fascismos que instalados en el tiempo de la Segunda Revolución Industrial y, por tanto, como una de las respuestas a los efectos más perversos de la misma. La otra respuesta fue el bolchevismo, pero, entre ambos existían profundas diferencias: los bolcheviques de todo el mundo (que pronto se convirtieron, a partir del IV Congreso del Komintern, en simples auxiliares de la política exterior de la URSS) querían alcanzar para su país el nivel de vida logrado en los EEUU. Los últimos escritos de Lenin al respecto son significativos y demuestran que el “modelo americano” era el tomado como referencia: producción y consumo, darían lugar a un elevado nivel de vida para el pueblo ruso. En cambio, los fascismos tendían a algo muy diferente: sus fundadores y sus primeros miembros eran “hombres modernos”, no solamente les interesaba integrar raíces y justicia social, sino que, además, estaban pendientes de los avances técnicos de su época. No es por casualidad que en todos estos movimientos se encontraban aviadores, incluso pioneros de los viajes trasatlánticos. Les gustaban los coches y la velocidad. Fueron grandes aficionados al cine en todos los casos y supieron integrar la radio como método de difusión de sus ideas e, incluso, en el Tercer Reich, realizaron transmisiones de televisión. Hitler fue el primer político en realizar una campaña electoral trasladándose de una ciudad a otra en avión. Es cierto que todos estos elementos eran propios de la época, pero lo interesante es constatar que solamente los fascismos supieron integrar estas técnicas con la acción de gobierno y que todos sus dirigentes estaban predispuestos a aceptar las innovaciones desde el mismo momento en que aparecían en el horizonte y, una vez en el gobierno, dieron prioridad a las vanguardias científicas: aviación a reacción, cohetería, elaboración de la primera pila de energía nuclear, arquitectura, bellas artes

En este sentido, los fascismos fueron regímenes “modernos”, nacidos en la Segunda Revolución Industrial, y que deliberadamente situaron a sus países en la vanguardia de la técnica, da la exploración (se interesaron por recorrer los lugares más apartados del planeta, desde el Tíbet hasta el Ártico) y de ciencias que, hasta ese momento, eran “alternativas” o estaban en pañales y en las décadas posteriores fueron desarrollándose (ecología, etología) . De no haber estallado la Segunda Guerra Mundial y haber resultado derrotados, la Tercer Revolución Industrial hubiera estallado una o dos décadas antes irradiando a través de los países fascistas. Los fascismos contribuyeron a estimular la creatividad y a generar un caldo de cultivo en el que, quien tenía algo que decir y un proyecto que realizar, encontraba los medios necesarios para llevarlo a cabo.

De hecho, si en la postguerra el neo-fascismo no fue capaz de recuperar el terreno perdido con la derrota de 1945 y jamás volvió a ser un movimiento con verdadero arrastre popular y soporte de masas (salvo en algunos momentos muy concretos), se debió, por supuesto, a muchas causas, pero entre las menos mencionadas y más notables, es que sus dirigentes ya no estuvieron en condiciones de “sintonizar” con las innovaciones técnicas que fueron apareciendo. Tardaron en incorporarlas a su arsenal político-propagandístico. Sus dirigentes no volvieron a aparecer en lugares relevantes como usuarios de nuevas tecnologías o como protagonistas de su impulso. Se diría que quedaron desconectados de las líneas de tendencia de las vanguardias científicas y culturales de su tiempo, cuando dirigentes del fascismo propiamente dicho, no solamente aparecían como sus usuarios de cualquier avance tecnológico, sino que, una vez en el poder, convirtieron las conquistas tecnolólgicas en políticas de Estado.

Detrás de esta inadecuación, lo que subyace es que los fascismos vencidos no consiguieron renovar su doctrina, ni encontrar grupos sociales, ni dirigentes carismáticos que estuvieran en condiciones de adaptar sus movimientos a las nuevas condiciones que iba generando la evolución del mundo. Poco a poco, la época en la que habían nacidos los fascismos fue quedando atrás. La propia evolución del mundo generada por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial, implicó cambios en la estructura mundial del capitalismo: las corporaciones multinacionales constituyeron el desarrollo de las “sociedades por acciones” presentes desde los primeros momentos de la Segunda Revolución Industrial. El proceso de acumulación de capital prosiguió y en la fase siguiente, la especulación financiera fue ganando terreno a la inversión productiva.

No es por casualidad que lo que, en un número anterior de la Revista de Historia del Fascismo, hemos llamado “la gran crisis del neo-fascismo” (volumen LXXI, correspondiente a Septiembre-Octubre de 2021), estallara en los años 60: 15 años después del final de la Segunda Guerra Mundial se había demostrado que el ciclo “revolucionario fascista”, desde el arranque de su trabajo político hasta la conquista del poder, ya no sería breve como el que habían protagonizado Hitler y Mussolini. También resultaba evidente que no habían aparecido líderes con carisma suficiente para suplir a los fundadores históricos. Ni siquiera estaba claro a qué clases sociales iban a dirigir el mensaje los distintos movimientos neofascistas. Ninguna de las corrientes existentes tenía en cuenta la totalidad de los problemas que estaba afrontando la sociedad en aquellos momentos: unos se contentaron con lenguajes anticomunistas, mientras que otros se autoimponían como límite el ser partidos de “derecha nacional” que solamente aspiraban a apoyar gobiernos conservadores apoyando a la “derecha liberal”. Y luego estaban los “revolucionarios”, los “ultrarrevolucionarios” y los “hiperrevolucionarios” que parecían cada vez más desconectados de la realidad y tenían una irreprimible tendencia a creer en planteamientos cada vez más delirantes y minoritarios, pero que ignoraban por completo el concepto de estrategia política y solamente estaban en condiciones de unir tacticismo y mitomanía. En los años 60, los neofascistas en todo el mundo realizaron “experimentos nuevos” ante el fracaso de su andadura desde 1945 hasta 1960. El resultado fue, en todos los casos, negativo. Ya explicamos el motivo: aunque estos círculos hubieran contado con brillantes estrategias y líderes carismáticos, el problema era que, a partir de 1945, resultaba extremadamente difícil generar una estrategia de conquista del poder en el ámbito neofascista. No es que se equivocaran de estrategias, era que no existía ninguna estrategia que hiciera posible revivir la experiencia histórica de los fascismos.

A esto se unió otro problema: los años 60 fueron años de cambio en todo el mundo. Incluso a los sectores más lúcidos del neofascismo les costó interpretar los nuevos elementos que iban apareciendo en el horizonte y, cuando lo conseguían, ese fenómeno ya había pasado de actualidad y solamente una minoría había conseguido entender lo ocurrido. La historia se estaba acelerando, mientras que la capacidad de evolución del neo-fascismo se ralentizaba. Para encubrir ese retraso general del movimiento neo-fascista aparecieron sectores que optaron, simplemente, por asumir cualquier moda cultural que apareciera en el horizonte: bastaba con que fuera lo suficientemente provocativa y llamara la atención. En la RHF-LXXI que hemos mencionado, la hemos aludido a la “fiebre maoísta” y, posteriormente, a la “fiebre guerrillera” que acudió a los ambientes más marginales del neo-fascismo de los 60 y 70. Pero ya era imposible de recuperar la iniciativa y, habitualmente, cuanto más marginal era un movimiento político y más reducida era su clientela, el maximalismo y el narcisismo eran su compañía inseparable.

En el momento en el que Texas Instruments lanzó el primer transistor de silicio difundido comercialmente, Occidente empezó a cambiar. Era 1954. Inicialmente, sólo estuvieron presentes en determinadas manufacturas, pero diez años después, el invento no dejaba de perfeccionarse e integrarse en más y más circuitos. Un joven ingeniero, director de los laboratorios Fairchild Semiconductor (una rama del holding creado por Sherman Fairchild, todas ellas directamente vinculadas a la industria militar), Gordon Moore, observó que cada año la complejidad y potencia de los circuitos integrados y, por tanto, sus transistores, duplicaban su potencia y se abarataban. Estableció una primera ley que modificó en 1975, previendo dos años para cada duplicación de la potencia de los chips –circuito electrónico de silicio que combina en su interior pequeños transistores y otros componentes producidos por fotolitografía- con el abaratamiento de su coste. Moore fue uno de los fundadores de la compañía Intel, cuyo Intel 4004, lanzado en 1971, contenía 2.300 transistores. Cincuenta años después, el Graphcore MK2, contiene 60.000 millones de transistores… Lo que va de uno a otro, es la distancia entre la Tercera y la Cuarta Revolución Industrial.

Un mundo nuevo empezó a nacer a finales de los años 70: el de la microinformática. A la mutación de los 60, que fue, especialmente, una mutación cultural y supuso un cambio general de costumbres, sucedió la revolución tecnológica de los 80. La “revolución del silicio” había comenzado. El 12 de agosto de 1981 se lanzó el IBM PC. No era barato, pero el desarrollo de diversos productos de software que permitían reducir costos y tiempos a las pequeñas y medianas empresas y, por lo demás, casi inmediatamente, la informática empezó a invadir los hogares. No se trataba de un ordenador especialmente volcado a las video-juegos sino que permitía aplicaciones profesionales. Pronto se convirtió en estándar del “ordenador personal”. Desde entonces, el PC, provisto de un sistema operativo MS DOS y luego de Windows hizo posible la primera revolución informática en el marco de la Tercera Revolución Industrial. Lo que algunos han llamado “la revolución wintel” (del software diseñado por Microsoft y del hardware de Intel).

Cada época, cada revolución industrial marca a fuego todos los elementos de carácter político, sociológico y cultural que nacen en su interior. Las vanguardias de la “revolución wintel” no llegaron solas: el neoliberalismo se convirtió en doctrina económica globalizada, el mundo comunista se volatilizó, la segunda revolución de las comunicaciones generó Internet (la primera, se había desarrollado durante la Segunda Guerra Mundial y contribuyó al “empequeñecimiento” del mundo). Los únicos programas políticos que sobrevivieron fueron los de la socialdemocracia y el liberalismo conservador, centro-derecha y centro-izquierda. Los partidos comunistas entraron en la marginalidad a partir de los primeros síntomas de debilidad de la URSS. Incluso el neo-fascismo tuvo que reconvertirse allí en donde existía: en Francia, el “fenómeno Le Pen” se orientó hacia un nacionalismo tradicional primero, más tarde hacia un populismo, y, finalmente, hacia un “realismo identitario” con Marine Le Pen; en Italia, el MSI pasó a ser “Alternativa Nazionale” y acentuar sus rasgos de “derecha nacional”, mutando su “neo-fascismo” por el “post-fascismo” antes de diluirse en el mix berlusconiano.

Eran intentos de reacomodarse a las nuevas situaciones que iban apareciendo. En otros lugares, el neo-fascismo no era lo suficientemente fuerte como para que tratara de adaptarse: simplemente prosiguió sin inmutarse hasta su extinción en países como España, sacudido por fenómenos que le fueron restando espacio político (como ocurrió con la irrupción de Vox en España, pero también con la Acción por Alemania que bloqueó las posibilidades de crecimiento del NPD), o bien logrando éxitos puntuales en momentos de crisis profunda (Amanecer Dorado en Grecia).

El tiempo del fascismo había quedado definitivamente atrás. Vale la pena, ahora, examinar, aquellas tendencias que consideraron, dentro del fascismo y del neo-fascismo, la irrupción del fenómeno de la técnica.

 








 

miércoles, 22 de junio de 2022

EL TIEMPO DE LOS FASCISMOS (2 DE 3): EL FASCISMO Y LA TÉCNICA

 

Claro está que había hijos de trabajadores entre los dirigentes socialistas de todos estos países, pero lo esencial es establecer que los programas y las estrategias fueron elaboradas por hijos de burgueses provistos de una formación cultural muy por encima de los propios de la clase trabajadora.  Fueron estos intelectuales quienes, para “enlazar” con la clase obrera se vieron obligados a relacionarse con movimientos sindicalistas y reivindicativos, surgidos en las fábricas, de donde procedieron los partidos de izquierda que estuvieron vigentes durante todo el siglo XX y alguno de los cuales todavía sobrevive hoy.

Los mecanismos que habían hecho posible que miembros de la burguesía acomodada se decantaran por la causa de las clases trabajadoras eran muy diversos: de un lado, el ya mencionado miedo que sentían a la “proletarización”; si esta se producía era necesario que la clase obrera experimentara una mejora en sus condiciones de vida. Se trataba de un mecanismo psicológico que resulta muy evidente, especialmente, en los escritos fabianos. Otros de estos burgueses se identificaron por el proletariado por simple resentimiento a los que eran de su propia clase (las acusaciones de Bakunin a Marx y a Engels por este motivo son elocuentes: trataba a ambos de “resentidos” y “profesionales del odio”). Y luego estaban aquellos otros que habían asumido ideales humanistas y estaban extremadamente sensibilizados con las malas condiciones de vida de las clases trabajadoras. A algunos les enfurecía la situación sanitaria de los barrios más pobres, a otros su indigencia cultural y educativa, los había que no podían soportar las injusticias y los malos tratos a los que eran sometidos los trabajadores por sus capataces, mientras los accionistas de las sociedades anónimas miraban a otra parte.

Era esto último lo que indujo al fundador de Falange Española cuarenta años después, a certificar que “el nacimiento del socialismo fue justo”. Y si hemos traído esta frase de José Antonio Primo de Rivera aquí es porque sintetiza y resume perfectamente el criterio de todos los doctrinarios del fascismo y del mismo espíritu del movimiento.

Mussolini, por ejemplo, había militado durante años en el socialismo y su paso por esas filas no se limitó a ser un simple militante: ocupó puestos de dirección. Hitler, por su parte, conocía de primera mano la experiencia de la pobreza. Ambos, por lo demás, eran hijos de familias de clase media baja, pero eran lectores empedernidos, autodidactas, que no desdeñaban ninguna ocasión para absorber conocimientos y forjarse ellos mismos ideas propias sobre lo que está sucediendo en los primeros años del siglo XX. Se vieron afectados por el mismo miedo a la “proletarización” que experimentaron todos los doctrinarios de la izquierda. De no haberse producido la revolución de 1917 en Rusia y las oleadas bolcheviques sobre Europa del Este en el período 1918-1923, es incluso posible que hubieran militado en formaciones de izquierda. Pero lo que vieron, tanto en Rusia como en Alemania y el caos que se instaló en Europa Central especialmente en 1919-22, les convenció de la necesidad de romper con el “socialismo marxista”. Antes de esa fecha, para ellos, el enemigo eran los “grandes capitalistas” y los “señores del dinero”. A partir de percibir las masacres que estaban ocurriendo en Rusia, los efectos de la “revolución húngara” de Bela Kuhn, el caos que se instaló en Alemania, con la “revolución de los consejos obreros” en Baviera, la insurrección de los “espartaquistas” en 1919, los distintos alzamientos bolcheviques hasta 1922 y, sobre todo, al identificar la acción de la izquierda como uno de los factores que llevó al hundimiento de los frentes alemanes, de enero a noviembre de 1918, les convenció de la necesidad de añadir a la búsqueda de la “justicia social”, otro elemento. Lo encontrarían en los “valores nacionales”. Y, de ahí, era inevitable que derivaran otras interpolaciones ideológicas: el antisemitismo, en la medida en que identificaron a los dirigentes de la izquierda comunista y socialistas de la época, en toda Europa, como de “origen judío” (a decir verdad, lo eran), el anticomunismo (en Alemania, los núcleos socialistas y espartaquistas fueron considerados como los principales actores de “la puñalada por la espalda”). Formados por excombatientes que habían luchado durante cuatro años bajo la bandera de su patria, identificaban en ésta, los “valores nacionales” que había que defender y restaurar a la vista de que los “regímenes parlamentarios” habían sumido a las naciones en el ciclo parlamentarismo – corrupción – caos – elecciones… Había surgido, en el seno de la Segunda Revolución Industrial, un movimiento nuevo: los fascismos que, además de buscar “justicia social”, aspiraban a la “integración nacional”, por encima de las clases sociales; defendían que el Estado era la encarnación jurídica de la nación y, por tanto, la defensa de la integridad y salvaguarda del nivel de vida de los ciudadanos, dependía del Estado. Y que el Estado y el Pueblo, considerado como una unidad por encima de las clases sociales, debían de ser “fuertes”, “unidos” y trabajar para realizar el “destino nacional”. Con ligeras variantes y añadidos, los fascismos irradiaron en todo el mundo, obteniendo adhesiones crecientes en el período 1928-1939.

Los fascismos nacieron como respuesta a las injusticias del capitalismo (que, en grandísima medida, sus dirigentes habían experimentado en su propia piel) y a las brutalidades del bolchevismo. Pero, pronto descubrieron la imposibilidad táctica de combatir en dos frente al mismo tiempo. La alternativa era: o se aliaban con la derecha conservadora para combatir a la izquierda, o lo hacían con esta última para desalojar del poder a la derecha. Allí donde el fascismo tuvo éxito, se impuso la primera opción. En realidad, Hitler realizó un hábil cálculo estratégico. Dividió al mundo no-nacional-socialista en dos fracciones: el “enemigo principal” y el “enemigo secundario”. A partir de aquí, la mecánica era simple: aliarse con el segundo, para combatir al primera. Liquidada esta fase, se trataba de deshacerse el “enemigo secundario”. El fascismo alemán fue quien más brillantemente aplicó esta estrategia “gradualista”: al no poderse realizar la “revolución nacional-socialista” en una sola fase, era preciso descomponer este proceso en tramos sucesivos, como si se tratara de subir por una escalera: en el peldaño inicial se encontraba Hitler al salir de la cárcel tras el frustrado golpe de Estado de noviembre de 1923. El primer peldaño fue la reconstrucción del NSDAP, operada entre 1926 y 1927. El segundo fue iniciar el coqueteo con la derecha y, concretamente, con el sector más interesante, el DVNP (Partido Nacional del Pueblo Alemán) una formación conservadora de extrema-derecha, cuyo interés no era su fuerza, ni su programa, ni siquiera sus objetivos, sino el hecho de que su dirigente más característicos, Alfred Hugenberg, fuera el propietario de una cadena de prensa, el Grupo Hugenberg, que controlaba el 50% de la prensa alemana de la época y buena parte de la industria del cine a través de la UFA. Durante la campaña realizada conjuntamente por el DVNP y el NSDAP para la celebración de un plebiscito contra el “Plan Young” en 1928-29, Hitler apareció por primera vez en todos los medios de comunicación del Grupo Hugenberg publicados a lo largo de todo el país. De ser el líder local de un partido desintegrado y presente especialmente en Baviera (como era el NSDAP antes de noviembre de 1923), pasó a ser un personaje conocido en toda Alemania, mucho más carismático que los dirigentes del DVNP y con un programa más realista y claro.

Hugenberg, cuya fortuna hacía estado relacionada con la Casa Krupp, participó en el primer gobierno de Hitler como “ministro de agricultura y alimentación”. Renunciaría pocos meses después, en junio de 1933, siendo sucedido por Walter Darré, mucho más popular y carismático entre los agricultores. La izquierda comunista, con su habitual esquematismo maniqueo, durante muchos antes (entre 1929 y junio de 1933), difundiendo la visión, absolutamente increíble e inverosímil, de que Hitler era un “títere” de Hugenberg y que, en realidad, la Casa Krupp era quien decidía, primero, los destinos del NSDAP y luego, tras el nombramiento de Hitler como jefe de gobierno, dirigiría ¡a través de Hubengerg!, el Tercer Reich. Un desenfoque así era el tributo a la idea de que la burguesía y el proletariado estaban en guerra y que los representantes de los primeros, la industria monopolista, siempre estaban en la dirección del Estado allí donde no se había producido la toma del poder por los bolcheviques.








martes, 21 de junio de 2022

EL TIEMPO DE LOS FASCISMOS: EL FASCISMO Y LA TÉCNICA (1 de 3)

Los trabajos del profesor Zeev Sternhell, sobre la “prehistoria” del fascismo, sitúan en la Francia de finales del XIX, todos los elementos dispersos con los que un cuarto de siglo después, Mussolini realizará su síntesis. Ahí estaban el sindicalismo revolucionario, el boulangerismo, el nacionalismo maurrasiano, el socialismo nacional, el antisemitismo, la psicología de masas. La tesis ha sido muy contestada, pero tiene un poso de verdad en lo que se refiere al fascismo italiano. Incluso podría extenderse a los fascismos “latinos” (de la Europa Mediterránea y de la Europa francófona) en donde la influencia maurrasiana es, siempre, una constante: en el nacional-sindicalismo lusitano y en las distintas corrientes del fascismo español (en el Partido Nacionalista Español, en Acción Española y en el círculo de intelectuales que rodeó a José Antonio Primo de Rivera y en él mismo). El fascismo alemán experimenta otros tipos de influencia.

Hasta 1937 pudo hablarse del “Brennero ideológico” que separaba a ambas formas de fascismo. Como se sabe, el paso del Brennero, en la provincia italiana de Bolzano, marca la divisoria entre el mundo latino y el mundo germánico. Todavía hoy la lengua mayoritaria del lugar es el alemán, pero el 20% de la población habla italiano. Y, por lo demás, la zona está a pocos kilómetros de la frontera austríaca. En tanto que nacionalistas, los gobiernos de Mussolini y de Hitler, en los primeros años 30, se profesaron cierta desconfianza. Era cierto que Hitler, en sus primeros años, había tomado a Mussolini como modelo, pero existía un problema de áreas de influencia en la Mitteleuropa y en los Balcanes. Además de la disputa por el Tirol y por la influencia en Austria (en donde ambos gobiernos pretendían influir). Fue a partir del estallido de la Guerra Civil española, cuando el Reino de Italia y el Tercer Reich, empezaron a acercar posiciones y, año después, ya podía hablarse de la desaparición de las rivalidades.

Se entendía por “Brennero ideológico” la adscripción de los distintos partidos fascistas en cada país a una forma u otra de fascismo: o bien al fascismo alemán o bien al fascismo italiano. De hecho, la propia creación de los Comités de Acción por la Universalidad de Roma, fue un intento de la Italia fascista de unificar y aproximar los partidos que se declaraban próximos a la experiencia italiana y utilizarlos como auxiliares para su política exterior. Así, por ejemplo, a partir de la segunda mitad de 1935, Falange Española y su líder, José Antonio Primo de Rivera, empezaron a prestar servicios para el gobierno italiano: en La Rebelión de los Estudiantes, David Jato explica como la Falange madrileña repartió panfletos en las calles contrarios a las sanciones de la Sociedad de Naciones a Italia por la incorporación de Abisinia a su Imperio. El propio José Antonio, en su discurso sobre política exterior en las Cortes, defendió esa intervención y alertó sobre las consecuencias de apoyar las sanciones. En otros países, se produjeron en aquellos meses, movimientos y campañas similares, sufragadas por distintos organismos del gobierno italiano.

También de daba el caso de países en los que existían dos partidos fascistas. Uno, inevitablemente, se orientaba hacia el régimen alemán, mientras que el otro cortejaba al italiano. A partir del acercamiento de posiciones que se produjo entre ambos países en 1936 y 1937, estas rivalidades fueron desapareciendo y el “Brennero ideológico” se diluyó. Con la incorporación de las leyes raciales en Italia a partir de 1938, puede decirse que, incluso en el terreno ideológico, Italia pasó al campo del nacional-socialismo germano. A partir de ese momento, a pesar de sus variantes nacionales y de sus orígenes diferenciados, es posible hablar de un fascismo con rasgos comunes en todo el mundo.

Si insistimos en esta temática es para remarcar cuál fue el tiempo de los fascismos. No existen, antes de la Primera Guerra Mundial y mueren con la conclusión de la Segunda. Lo que sobrevivirá a partir de 1945 serán regímenes autoritarios y paternalistas (como el español o el portugués), formas de populismo (peronismo), pero en absoluto “fascistas”. En cuanto a los “partidos fascistas”, aparecerán limitaciones legales en todo el continente para reconstruirlos, así que cabrá, más bien, hablar a partir de entonces de neo-fascismo. No costará mucho, por tanto, aceptar que el tiempo de los fascismos abarca desde el 23 de marzo de 1919 hasta el 23 de mayo de 1945 cuando el gobierno presidido por el Gran Almirante Karl Dönitz, con el título de Presidente del Reich, se rindió a las tropas británicas. Antes de estas fechas debe de hablarse, en rigor, de “pre-fascismo” y después de “neo-fascismo”.

¿Cómo puede enmarcarse el “tiempo de los fascismos” dentro de la historia?

  • Desde el punto de vista estrictamente histórico (esto es, de la narración y exposición de acontecimientos pasados y dignos de figurar en la memoria, ordenados cronológicamente), los fascismos forman parte de la historia de la primera mitad del siglo XX.
  • Desde el punto de vista sociológico, suponen una revuelta autoritaria de las clases medias alarmados por el desorden en el que estaban sumidos sus respectivos países y por la amenaza bolchevique que se cernía sobre toda Europa.
  • Desde el punto de vista económico, era una revuelta contra las crisis cíclicas del capitalismo, y en particular contra la “gran depresión” iniciada en 1929, lo que implicaba un rechazo a la economía liberal y al absentismo del Estado en los mercados.
  • Desde el punto de vista doctrinal, eran un producto de síntesis entre temáticas vinculadas hasta entonces a la izquierda (la idea de justicia social) y a la derecha (la idea nacionalista de libertad e independencia nacional.
  • Desde el punto de vista político, respondían a la fuerte contestación que habían tenido los regímenes parlamentarios en los años 20 y 30 y se decantaban hacia formulaciones corporativas en los que la sociedad civil se impusiera sobre los partidos políticos.

Y todo esto había que enmarcarlo dentro de un momento concreto de desarrollo de las fuerzas productivas y del capitalismo: la llamada Segunda Revolución Industrial. Esta, se había iniciado a partir de 1870, con la difusión del motor de explosión y de la electricidad, lo que, en pocos años, había permitido la creación de nuevos tipos de fábricas y de producción. Tanto el “taylorismo” (técnicas de organización y optimización del trabajo) como el “fordismo” (la producción en cadena), permitieron la implementación de este sistema en los países desarrollados y, al mismo tiempo, exigieron nuevos combustibles y nuevas fuentes de energía, mucho más eficientes que las de la anterior revolución industrial.

De hecho, la aparición de los fascismos coincidió con el período en que las "sociedades anónimas" ya habían mostrado su peor rostro (desde el último cuarto del siglo XIX hasta la Primera Guerra Mundial). Esta fue, en esa época, la fórmula jurídica habitual de las grandes empresas en aquella época, buscaba maximizar beneficios. Ya no se trataba de aquellos primeros empresarios que mantenían con sus trabajadores relaciones casi familiares, ni de aquellas “colonias textiles” en las que el patrono ofrecía a los obreros, no solo trabajo, sino además vivienda, entretenimiento y servicios (escuelas pala sus hijos, economatos, lavaderos comunitarios, lugares de culto y espacios de ocio) en un entorno próximo a la fábrica y, próximo también a la vivienda del propietario de la empresa: estamos ante un capitalismo preocupado solamente por la cuenta de beneficios y por el valor de las acciones.

Esto generó una respuesta social que se fue concretando en el último tercio del siglo. La Liga Comunista, pequeña organización obrera internacional, secreta, encargó a Marx y Engels en noviembre de 1847, la redacción de un “programa teórico y político” que sería el Manifiesto Comunista publicado al año siguiente. Pero, en los primeros años, este documento apenas tuvo repercusión. No es por casualidad que solamente empezó a tener repercusión en 1872, cuando se reeditó en Londres. En su primer cuarto de siglo, el manifiesto solamente sirvió para desacreditar las tesis de los socialistas utópicos y crear un polo de atracción en la Asociación Internacional de Trabajadores, fundada en Londres en 1864, a partir de la Liga de los Justos (la organización clandestina que encargó el manifiesto a Marx y a Engels) que luego pasó a llamarse Liga de los Comunistas. Hasta el episodio de la Comuna de París (marzo-mayo de 1871), la AIT fue una organización minoritaria y prácticamente desconocida para la opinión pública. Al año siguiente los comunistas de Marx y Engels sufrieron la escisión de los anarquistas bakuninianos. Las dos fracciones ni siquiera estaban de acuerdo en la interpretación de los sucesos de la Comuna.

Los problemas siguieron, especialmente en Alemania con la posterior escisión entre comunistas y socialdemócratas y así se llegó a la Primera Guerra Mundial. Lo que vale la pena señalar era que el tránsito de la Primera a la Segunda Revolución Industrial y la creación de las sociedades por acciones interesadas solamente en la maximización de los beneficios, cambiaron la estructura de las industrias: el patrón dejó de ser una especie de “padre” para los trabajadores y se convirtió en explotador a través de la figura del “capataz”, el perro fiel cuya función era aplicar con mano de hierro los objetivos fijados por la dirección. De aquí al enunciado de la “lucha de clases” no había más que un paso que Marx y Engels dieron con la publicación de su “manifiesto”.

Esta “lucha” era, más bien teórica que práctica y no fue sino hasta que el sindicalismo estuvo bien implantado cuando adquirió el rostro que tuvo hasta el último cuarto del siglo XX. La “conciencia de clase proletaria” solamente aparecía en determinados momentos y era, más el producto de un estado de ánimo que el resultado de la explotación capitalista. Así mismo, no todos los “burgueses” actuaban como tales, ni todos los “proletarios” están adornados con la tan cacareada “conciencia de clase”. En realidad, los “capataces” procedían del proletariado y, frecuentemente, eran sus elementos más enérgicos. Así mismo, existían burgueses que tenían una “conciencia social” mucho más desarrollada y que ponían a disposición de las clases trabajadoras. Además, eran ellos los que poseían un bagaje cultural suficiente como para realizar análisis políticos y elaborar propuestas que tendieran a dar soluciones globales a los problemas que iban apareciendo. Esto explica el por qué buena parte de los líderes y doctrinarios tanto del socialismo, como de la socialdemocracia, como del bolchevismo o del anarquismo, no habían nacido en la clase obrera propiamente dicha, sino más bien en los sectores burgueses, algo que vale incluso para Marx y Engels y, no digamos, para Bakunin

No son casos únicos. Lenin era hijo de un burócrata zarista. Su rival, Yuli Martov, judío acomplejado por su físico, era hijo de una familia muy acomodada. Alexandr Potrésov, que con Lenin y Martov, había fundado el periódico Iskra, procedía de la baja nobleza rusa. Alexandr Parvus, también judío, era de clase media. Los padres de Lev Davidovich Bronstein, alias “Trotski” eran pequeños terratenientes. El padre de Bujarin era recaudador de impuestos ennoblecido. Zinoviev, procedía de una familia de ganaderos suficientemente cultos como para educarlo en su hogar. En Alemania, Kautsky era hijo de artistas bohemios acomodados. August Bebel era hijo de burgueses empobrecidos. Berstein, también judío, había tenido más surte y procedía de una familia burguesa acomodada. 

La rama inglesa del socialismo, el laborismo, tenía idéntica composición social en su estrato dirigente: todos los dirigentes que dieron vida al socialismo fabiano, eran, no solamente de extracción burguesa, sino considerados como afamados escritores: Bernard Shaw procedía de la clase media de Dublín, Charlotte Wilson era hija de un médico acomodado, Emmeline Pankhurst, nacida en Manchester pudo educarse en el mejor colegio de Neully en París gracias a la fortuna familiar, tanto a ella como a H.G. Wells, así mismo miembro de la Socidad Fabiana, lo que les aterrorizaba en el fondo era descender en la escala social. Wells era hijo de burgueses en riesgo de empobrecimiento. En cuanto al matrimonio de Sidney y Beatrice Webb, el primero era hijo de profesionales acomodados y ella era hija de un comerciante de Liverpool. Otra de las dirigentes fabianas era Annie Besant, luego encarrilada por la secta del ocultismo teosófico, era hija de la clase media alta emparentada con la pequeña nobleza. Finalmente, Graham Wallas, se había educado en Oxford…








lunes, 20 de junio de 2022

CRONICA DESDE MI RETRETE: THELMA Y LOUISE MARCHAN JUNTAS

Las elecciones andaluzas han sido importantes, porque miden la magnitud de la catástrofe de la izquierda: el pedrosanchismo ya no tiene ninguna posibilidad de extender su reinado. Tras Andalucía caerá la Comunidad Valenciana. El PSC (que no el PSOE) resistirá en Cataluña a costa de la debilidad de la derecha y del desgaste indepe, siempre y cuando a Illa no se le recuerdo mucho su gestión pandémica. Pero lo importante de las elecciones andaluzas de ayer no es esto, sino el que el PP haya obtenido la mayoría absoluta y, por tanto, gobernar en solitario. De no haber obtenido un mínimo de 55 diputados, hubiera necesitado, o bien el apoyo de VOX o bien la abstención del PSOE. De haber optado por lo segundo -que es lo más probable que hubiera negociado- el problema era que el PSOE le hubiera exigido el mismo trato en Castilla-León. Y eso hubiera hecho dudar a muchos de sus votantes sobre si votar al PP no terminaba siendo lo mismo que regalar el voto al PSOE sólo que algo más descafeinado. Con el resultado andaluz, Feijóo salva las apariencias. Su “chico”, allí, gobernará en solitario.

PP: EL VOTO MÁS SEGURO CONTRA EL PSOE (¿SEGURO?)

El voto en las elecciones autonómicas, casi nunca se realiza en función de la gestión que ha realizado el gobierno regional, sino, más bien, en función de la política nacional, especialmente en regiones que carecen de partidos nacionalistas y de tradición autonomista. Lo que ha ocurrido en Andalucía era previsible y ni siquiera los “bienpagaos” del CIS se han atrevido a “cocinar” los resultados: no es el pobre diablo que colocaron a la cabeza de la candidatura socialista, el tal Espadas, el que la ha perdido, sino Pedro Sánchez. ¿Cómo iba a ganar con el lastre de tres años de desastres?

Lo raro es como los “barones del PSOE” no han exigido un golpe de timón, la ruptura con el perroflautismo, el alejamiento de los ministros de ese residuo volátil que un día fue “Unidas Podemos”, una política más realista con mejor gestión y menos coñas de “Agendas 2030”, con menos estupideces LGTBIQ+ que solamente interesan al 5% de la población, con menos inmigración, con menos subsidios que luego pagamos todos y con menos presión fiscal, con menos corrupción y más ejercicio de soberanía nacional, con menos giros en política exterior (terreno en el que cada giro supone una desvalorización de la solvencia de un país indicando a las claras que ese país carece de “políticas de Estado”), con menos cultura de la muerte (aborto, eutanasia, cuarta tanda de vacunación) y más rigor y prontitud en la atención hospitalaria y en los CAP… Todo esto y mucho más es lo que ha generado que el candidato socialista se haya quedado en frontera de los 30 (menos de 30, se consideraba que la derrota habría pasado a ser tsunami).

La dimensión de la derrota socialista en votos es espectacular. No olvidemos que, en las elecciones de 2018, el PSOE fue el partido que obtuvo más votos en las elecciones regionales: 1.010.889. Ya en aquel momento, se señaló una pérdida importante de votos. En las de 2015 obtuvieron 1.411.278 que, a su vez, suponía una derrota en relación a las elecciones anteriores de 2012 (1.527.923 votos) y, no digamos en relación a las anteriores de 2008 en las que Chaves se quedó con 2.178.296 votos que vio como su resultado anterior (2.260.545 votos en 2004) quedaba mermado, siendo el techo de los resultados obtenidos por este partido en aquella región.

La tendencia es clara: desde 2004 hasta 2022, el PSOE se ha instalado en una pérdida continua de votos en Andalucía. No faltan motivos: la corrupción el primero de todos. A medida que se ha ido haciendo pública mediante sentencias judiciales en firme, los datos y las cifras sobre lo que el PSOE andaluz ha robado, el electorado ha respondido alejándose poco a poco, pero progresivamente de una sigla que debería haber sido declarada “responsable civil subsidiaria” de las exacciones cometidas por sus dirigentes en el ejercicio de sus cargos y disuelto como “organización criminal”.

El gran problema para el PSOE es que, ha perdido fuerza en todas las capitales de provincia. No se trata solamente de que haya perdido 3 diputados y 127.182 votos, sino que, en total, lleva acumulada desde 2004 la pérdida de 1.376.838 votos. Es decir, que el antaño “régimen socialista andaluz” se ha empequeñecido casi a una tercera parte de lo que fue en su momento álgido.

Los socialistas deberían haber aprendido que los “picos” más espectaculares de sus pérdidas de votos en Andalucía han coincidido con los momentos de las peores actuaciones socialistas en el gobierno de la nación. En 2008 cuando el zapaterismo se empeñaba todavía en negar que la crisis económica alcanzaría a nuestro país (pérdida del 3,6% de votos), en 2012 cuando el recuerdo del fracaso de la gestión socialista ante la crisis económica mundial estaba muy reciente como que pudiera olvidarse (crisis de la construcción, crisis bancaria, crisis de la deuda), cuando la pérdida fue aun mayor (el ¡29,9% de los votos obtenidos en las anteriores elecciones!). Ya en esa ocasión el partido más votado fue el PP, pero lzquierda Unida corrió en su ayuda y salvó la cara a Griñán.

A partir de ese momento, la pérdida socialista de votos fue imparable: menos 7’6% en 2015, menos 28,4% en 2018, menos 12,6% ayer. Por primera vez en su historia, el PSOE se sitúa por debajo del millón de votos. Hasta ahora las geometrías electorales implicaban que, si el PSOE perdía la mayoría en Andalucía y en Cataluña, le resultaba imposible obtener una mayoría absoluta en unas elecciones generales. En Cataluña resiste, pero en Andalucía es un despojo.

“¿QUÉ BIEN LO HA HECHO EL PP EN ANDALUCÍA?” O MÁS BIEN “¡VAMOS A ECHAR A SÁNCHEZ!”

Lo peor que puede hacer un partido cuando gana es no ser consciente de a qué se ha debido su victoria. Ni el PP de Casado, ni el de Feijóo, como tampoco el de Rajoy, suscitan grandes entusiasmos. Ninguno de sus líderes es un personaje carismático, que otorgue seguridad a los electores. De hecho, ocurre todo lo contrario. Y en cuanto al programa electoral, si lo comparamos, lo que nos resulta es el mismo programa que el PSOE solamente que descafeinado en algunos extremos, con ambigüedades en otros, con prioridades en unos casos y prejuicios en otros. Pero siempre, como el PSOE, fieles a la Agenda 2030, solo que interpretada sin las obsesiones propias de la extrema-izquierda. Es cierto que, ante la presión fiscal creciente, una propuesta de reducción de impuestos cala en el electorado, pero también es cierto que lo esencial y lo único que explica la victoria del PP es la mala gestión y los aliados del pedrosanchismo. Lo hemos dicho muchas veces: hoy ya no se vota a tal o cual programa, esta o aquella sigua que se identifica con nuestras esperanzas, sino que se vota contra un candidato en concreto. Lo hemos visto recientemente en Francia, en las elecciones presidenciales, o se votaba contra Marine Le Pen o se votaba contra el statu-quo. Y lo que decían los candidatos era muy secundario: el elector no sabe lo que quiere, pero sí reconoce a lo que detesta.

El PP se ha alzado con un máximo histórico: 1.582.412 votos y 58 escaños, el 43,13%. Lo que supone duplicar ampliamente sus votos en relación a 2018, cuando obtuvo 750.778 votos, el 29,5% y 26 escaños. ¡Que gran victoria! Sí, pero no tanto. Es victoria en la medida en que ha tenido mayoría absoluta, pero no tanto dado que no ha superado el techo que logró Javier Arenas en 2008, obteniendo 1.730.154 votos. Hay 140.742 votos de diferencia a favor de Arenas.

Es el resultado que más beneficia a Feijóo: no necesitará los votos de Vox para gobernar, ni tendrá que negociar con el PSOE su abstención a cambio de un cordón sanitario frente a Vox.

Pero ahora le queda al PP andaluz lo más difícil: gobernar en solitario. Hay muchas cosas que reformar en Andalucía y sin una presión por la derecha, lo más probable es que el PP se apoltrone, deje las cosas como están y se preocupe solamente de la gestión del día a día, procurar que el cobro de comisiones no resulte escandaloso y que los grupos subsidiados lo sigan siendo. ¿Inmigración? Mirar a otro lado. ¿MENAS? Callar y esperar que no pasen grandes desgracias. ¿Políticas informativas? En la onda de la Agenda 2030. ¿Políticas educativas? Ni tocarlas.

VOX: RECORDANDO A PIRRO DEL ÉPIRO

El mejor escenario para Vox era que el PP no obtuviera mayoría absoluta y precisara del concurso de sus votos para gobernar. Feijóo hubiera optado, que nadie lo dude, por negociar la abstención del PSOE antes que por aliarse con Vox. Lo ha dicho y repetido desde que accedió a la secretaría general del partido. Un pacto de este tipo en Andalucía hubiera repercutido muy negativamente en los resultados del PP en toda España: no se vota a una sigla para que cuente con la complicidad y la aquiescencia de la rival contra la que se ha votado. No se vota al PP para que gobierne con la abstención del PSOE, contra el que se ha votado, sino para que haga una política diametralmente opuesta al pedrosanchismo. Feijóo no está en eso: Feijóo está a lo diga la Agenda 2030 y el Foro Económico Mundial. Así de simple. El problema es que eso, que saben todos los analistas y que no se dice a la opinión pública, queden expuesto ante la opinión pública como hubiera ocurrido de no haber obtenido el PP mayoría absoluta en Andalucía.

De haber quedado en minoría, tanto si el PP pactaba con PSOE su abstención en la investidura, como si se veía obligado a contar con Vox para reeditar una coalición, como si renunciaba a pactos y convocaba nuevas elecciones, Vox obtenía réditos políticos de sus 14 parlamentarios electos. En la primera opción, el PP quedaría desenmascarado como “aliado virtual” del PSOE. En la segunda, el PP, aliándose con Vox, rompería puentes con el PSOE y, lo que es aún más importante, con el conglomerado mundialista que está tras la Agenda 2030 y con los promotores de la globalización atrincherados en el Foro Económico Mundial. Además, obviamente, que Vox se hubiera beneficiado de las mieles de compartir el gobierno de Andalucía. En la tercera opción, unas nuevas elecciones, el resultado hubiera sido incierto para el PP. En cualquier caso, Vox hubiera reforzado sus posiciones. Pero no con el resultado que se ha producido: el PP no precisa a Vox para gobernar, puede sacar adelante cualquier iniciativa sin contar con nadie y la única ventaja es ver si algo cambia en Andalucía (y en qué dirección cambia) o nada cambia. No van a ser los pactos los que aíslen a Vox, sino la mayoría absoluta de un partido que sigue pensando en términos canovistas y fraguistas: “sin enemigos a mi derecha”, esto es, procurando mantener toda la franja política que va del centro a la extrema-derecha dentro de su sigla.

Los resultados para Vox han sido buenos, aunque no espectaculares. Los 493.932 votos obtenidos por Macarena Olona, suponen un 13,46% y le han otorgado 14 diputados, dos más que en las anteriores elecciones, en las que obtuvo 100.000 votos menos con un 10,96%. Han pasado de ser el quinto partido, a ser el tercero. No es un mal resultado, pero les resulta insuficiente para jugar en esta legislatura un papel decisivo. Saber de dónde proceden estos votos va a ser decisivo para que el partido adopte definitivamente una línea clara: o bien se sitúan en la línea del populismo europeo, enfrentados decididamente a la Agenda 2030 y a las intrigas del Foro Económico Mundial, o bien realizan un mix liberal, patriótico, católico, como si fueran una especie de “PP Auténtico”. La segunda línea sería un error. Más aún: un suicidio electoral. Mejor quedarse el original que la fotocopia. En otras palabras: cuanto más se distancie Vox del PP, cuanto más se afianza en una línea populista e identitaria, más votos ganará de otros sectores sociales y menos dependiente será del electorado pepero.

La experiencia europea demuestra que la derecha liberal termina haciendo siempre exactamente lo mismos que el centro-izquierda, solo que con otro lenguaje, otro ritmo, otra narrativa y otras prioridades: pero, en su esencia, todo sigue igual. Por eso, el único fenómeno verdaderamente nuevo en la política europea del siglo XX es la aparición de los populismos. La única oposición posible parte de ahí. Todo lo demás, más que “oposición” es “cooperación”.

LA EXTREMA IZQUIERDA, PRODUCTO VOLATIL Y VARIOPINTO

No una sido dos candidaturas de extrema-izquierda las que se han roto la dentadura en estas elecciones. Pero nos engañaríamos si viéramos solamente una derrota de dos candidaturas. En absoluto, es la derrota de dos “coaliciones” de partidos. Observen: Adelante Andalucía-Andalucistas (nombre redundante que ya indica las obsesiones nacionalistas del mix), está forma por Adelante Andalucía, Anticapitalistas Andalucía, Izquierda Andalucista, Primavera Andaluza y Defender Andalucía. Mas graciosa es la segunda coalición, Izquierda Unida Verdes-Mas País-Verdes-Equo-Iniciativa del Pueblo Andaluz, que conforma Por Andalucía. Ahora bien, dentro de esta coalición se encuentran Izquierda Unida Los Verdes – Convocatoria por Andalucía, Más País Andalucía, Verdes Equo Andalucía, Iniciativa del Pueblo Andaluz. Alianza Verde y Podemos Andalucía (como apoyo externo)… Estas sopas de siglas, encabezadas respectivamente por Teresa Rodríguez e Inmaculada Nieto han obtenido resultados que corresponden a sus capacidades políticas reales.

Teresa Rodríguez y su coalición han podido retener 167.970 votos y 2 sueldos de diputado. Mejor le ha ido a Por Andalucía, el mix de Inmaculada Nieto, con 281.688 votos y 5 diputados. La suma de ambos da 449.658 votos, que está 140.326 votos por debajo de los resultados obtenidos por ambas coaliciones… en coalición. Los siete diputados que han obtenido en total, suponen una pérdida de 10 en relación a los que obtuvo Adelante Andalucía en 2018.

Las conclusiones son claras: no se trata de “candidaturas”, se trata de coaliciones heteróclitas, dentro de los cuales, cada grupo es, además, una federación de grupos. Y, para colmo, hay dos. Podemos ni siquiera está presente de pleno derecho. En fin, el caos que llevan los restos en putrefacción de la extrema-izquierda, ha sido reconocido como tal. El techo de este sector, en las actuales circunstancias y dadas sus preferencias es la suma de colgaos, porrerillos, feministas radicales, ecolocos, fanáticos LGTBIQ+… y algún que otro viejo rokero que todavía recuerda cuando militó en el Partido del Trabajo o en la Liga Comunista durante la transición. Poco más. La fragmentación es el reflejo de la crisis terminal de las opciones políticas.

¿Y QUÉ ME DICEN DE LA ABSTENCIÓN?

Ha votado el 58,35% del electorado. No hay que alarmarse: en el 2018 votaron menos (56,56%) y en el 1990 se alcanzó el récord histórico (55,34%). Se vota poco en Andalucía, esa es la realidad. Sobre una población de 8,472.407 habitantes, han votado menos de la mitad: 3.710.609, a los que hay que restar todavía 36.865 votos en blanco y 41.646 votos nulos. El PP gobernará con mayoría, pero esa mayoría, justo es reconocerlo, apenas supone el 18,67% del total de la población andaluza. Es la democracia y son sus reglas. Amén.

Quien calla otorga así que el 47% del electorado que ha renunciado a votar, demuestra que las elecciones autonómicas no les interesan ni para protestar. Tampoco hay que sorprenderse mucho por los votos en blanco o nulos que son, más o menos, los de otras convocatorias: 60.000 en las elecciones de 2008, 57.000 en las de 2012, 95.000 e las de 2015, 137.000, récord histórico en 2018 y 77.000 en domingo pasado. Nada del otro mundo: la autonomía andaluza sobrevivirá a estos porcentajes y a este desinterés evidente de los andaluces por la política.

Los niveles de abstención y voto en blanco/nulo, demuestran que ningún partido político ha logrado recuperar la confianza del electorado, ni suscitar entusiasmos. Estamos en 2022: nadie cree en nada. Sorprende que la gente que vota vaya a votar. Seguramente lo hace por encabronamiento contra tal o cual político, o simplemente porque es funcionario y debe su cargo al partido (en los años de Griñán y Susana Díaz de cada dos afiliados al PSOE andaluz, uno era funcionario público. No se me ocurren muchos otros motivos por los que alguien pueda ir a votar en 2022 y en las actuales circunstancias.

CONCLUSIÓN: THELMA Y LOUIS CONDUCEN JUNTAS

Desahuciado. El pedrosanchismo, como tal, está desahuciado como lo estuvo el zapaterismo inmediatamente después de inaugurarse su segundo período de gobierno. Las elecciones andaluzas certifican que los sectores a los que ha ido dirigido sus políticas (LGTBIQ+, feminismo radical, ecologismo, veganos, animalistas, abortistas, abolicionistas de la legislación antidrogas, inmigrantes nacionalizados) no son los suficientemente fuertes ni suscitan excesivos entusiasmos como para mantener un gobierno en el poder que trabaje solo y exclusivamente para ellos. La esperanza del pedrosanchismo es que la derrota fuera dulce y que el PP andaluz no obtuviera mayoría absoluta: así la sigla socialista tendría algo que negociar. Ahora es cuando el pedrosanchismo empieza a ver el vacío ante sus pies. Vacío profundo, sima sin retorno, angustia y estrés generado por una caída interminable… En eso está Pedro Sánchez.

Lo normal sería que ahora rectificara sus posiciones, recompusiera el gobierno, pactara con el PP elecciones anticipadas antes de fin de año y rompiera con sus hasta ahora aliados: los de Podemos y los indepes. Pero eso supondría reconocer que se ha equivocado y Pedro Sánchez no es de esos: como buen psicópata integrado, cree que solo él tiene razón y lo suyo es lo que importa, lo único que importa y lo que vale la pena defender.

En cuanto al Foro Económico Mundial no realizará presiones sobre el gobierno español: consciente desde hace mucho de que el pedrosanchismo era “asunto resuelto” y su etapa de permanencia había caducado, ya tienen su opción: Feijóo, que les ha garantizado que ni Vox, ni pactos con nadie que pueda cuestionar ni la globalización, ni la Agenda 2030.

No existe tal oposición, la política del PP es tan timorata y similar a la del PSOE que solamente variarán los ritmos, las velocidades y poco más. Ciertamente, el PP ha demostrado ser mejor administrador de los recursos públicos que el PSOE, pero, ahí empieza y termina toda diferencia.

Con Rajoy entraron los mismos inmigrantes ilegales que con Zapatero y Aznar, no lo olvidemos, fue quien abrió de par en par las puertas a la inmigración ilegal. La delincuencia ha ido creciendo al paso que aumentaba la inmigración ilegal. Ahora los MENAS son los que dominan en las calles de muchos arrabales y en las inmediaciones de sus centros. No hemos visto ni oído ningún gesto de Feijóo, defendiendo a la sociedad española del salvajismo que se está apoderando de las calles y que va en detrimento de la única industria que se mantiene en el país, el turismo.

Thelma y Louise, una película inolvidable con un final catárquico: recuerden a ambas lanzando el coche hacia el precipicio. Si lo conduce Telma, con su pañuelo rojo, pisará a fondo el acelerador. Si hubiera sido Louise, con un vestido azulado, la velocidad será sido menor. Pero el final no hubiera variado. Pues bien, esta es la perífrasis simbólica de esta España, a ratos gobernaba por el PSOE y a ratos por el PP. Varían las velocidades, no la dirección. Siempre el precipicio está al final del camino. Las elecciones andaluzas han supuesto ese momento en el que una pasa el volante a la otra.








 

viernes, 17 de junio de 2022

CRÓNICAS DE LA LOCURA DE NUESTRO TIEMPO: TRES NOTICIAS CIENTÍFICAS PARA PENSAR (y pensar mal)

 

Me encantan las revistas de divulgación científica. Su lectura es cada vez más necesaria para hacerse una idea de los cambios que se están produciendo en nuestro tiempo. Ahora bien, hay que leerlas con espíritu crítico. El “gran hermano” también ha puesto la zarpa en este tipo de prensa, a veces con intención de adoctrinamiento y otros como resultado de una de las orientaciones de la Agenda 2030 y de la Cuarta Revolución Industrial: la desvalorización de lo humano.

La revista italiana Scienze, por ejemplo, subtitulada “Investigación – Tecnología – Actualidad – Futuro”, en su número correspondiente a los meses de junio-julio, ofrece, por ejemplo, tres artículos suficientemente ilustrativos de las tendencias de nuestro tiempo. No os las perdáis:

En la página 13, por ejemplo, podemos leer un artículo dentro de la rúbrica “Zoologia”. El tema mereció mi atención. Traduzco: “Los chimpancés utilizan insectos ‘medicinales’ para curarse las heridas”. Hasta aquí no hay nada extraordinario: cuando he tenido perros, no “mascotas”, sino perros de verdad, he observado en muchas ocasiones que cuando tienen problemas digestivos, tienen tendencia morder restos de madera carbonizada del fuego de las chimeneas. Si el problema es intestinal, en cambio, comen determinadas hierbas… ellos, que son carnívoros. Así pues, el que un chimpancé cace al vuelo determinados insectos, los mezcle con su saliva y se los coloque en el lugar donde se ha herido, en principio, es curioso, pero no extraordinario.

Lo verdaderamente extraordinario, es el subtítulo del artículo: “Su comportamiento indica que los primates son capaces de sentimientos parecidos a la empatía”. No hay nada en el artículo que sugiera de manera particular este subtítulo, pero la tendencia actual es a considerar cualquier especie animal como “ser sintiente”, mucho más si aparece en la escala evolutiva próximo al género humano. El Proyecto Gran Simio del que se habló mucho en la primera fase del zapaterismo sigue en pie y los hay dispuestos a partirse el pecho por los derechos de los primates.

Hubiera sido mucho más correcto aludir al INSTINTO, eso que el género humano está perdiendo pero que aun sigue vivo en especies animales. El instinto es lo que hacía que mis perros royeran carbón o comieras hierbas, solamente cuando sentían malestar. Nadie se lo había enseñado, como nadie ha enseñado a los chimpancés a utilizar determinados insectos para sanar. El instinto es fundamental, incluso para el género humano: perdido el instinto, difícilmente puede sobrevivirse. Los tres “instintos básicos” son el territorial, el de reproducción y el de agresividad: patria – familia – defensa. Mirad en vuestro entorno y decidme si queda algo de estos instintos.

Segunda noticia a destacar en Scienze. Está en la página siguiente: “Un paciente terminal ha sido mantenido con vida con un corazón de cerdo genéticamente modificado”. Y añade el subtítulo “Esta operación, la primera de su género en el mundo, ha demostrado que un corazón animal puede funcionar como un corazón humano. Puede tratarse del primer paso fundamental hacia los trasplantes del futuro” (pág. 14). En un “destacado” se indica: “Esta operación nos aproxima a la solución de la crisis debida a la escasez de órganos”.

La lectura del artículo es algo desmoralizadora: por una parte, el experimento logró que el paciente -David Bennett de 57 años, de Maryland- sobreviviera ¡dos meses! La FDA norteamericana concedió un permiso de emergencia para realizar esta operación. Para llevarla a cabo hubo que “silenciar” tres genes del corazón del cerdo que hubieran podido provocar efecto rechazo. En su lugar se insertaron tres genes humanos. Esto se llama “xenotrasplantes”, cuando un organismo no humano es colocado en un humano. Algo completamente inútil, pero significativo, en sí mismo.

Esfuerzo inútil porque en varios países del mundo se están haciendo experimentos éticamente mucho más asumibles. En Israel se ha “impreso” en 3D un corazón humano con una “bioimpresora” que utiliza como “tinta”, células madre del propio paciente (noticia en LINK). Imposible que haya rechazo. Se lleva experimentando con esta técnica desde 2019. Obviamente, son técnicas aún en base de experimentación en lo que se refiere a organismos sensibles como el corazón, pero ya se han implantado orejas impresas en 3D, huesos, tendones, incluso se ha conseguido implantar fragmentos de médula espinal en un paciente paralítico y conseguir que camine de nuevo (noticia en LINK). Hoy, estas investigaciones (de las que en Noticias Google encontraréis cientos de informaciones) están muy avanzadas. Éticamente son irreprochables: se utilizan células madre del propio paciente para realizar los cultivos utilizados por las “bioimpresoras”.

Ahora bien, la “quimera”, esto es, la mezcla de genes de animal y ser humano, es harina de otro costal. Recuerda demasiado a la novela de Verne, La isla del doctor Moreau (reinterpretada en algún episodio de los Simpson). No solamente puede cuestionarse su ética (la creación de nuevas especies humano-animales), sino su necesidad.

En los años 30 existió un médico desaprensivo de origen jázaro, Serge Abrahamovitch Voronoff que desarrolló un método consistente en colocar testículos de mono en escrotos humanos con “finalidades terapéuticas”. En una primera fase, los que iban a su clínica -élites sociales- podían elegir monos enjaulados como quien va a una marisquería y señala la langosta que quiera zamparse. Los ayudantes de Voronoff castraban al mono, trituraban sus testículos, los licuaban, e inyectaban el líquido resultante en el paciente. El efecto placebo hacía lo demás. Voronoff viajaba mucho y, en Egipto, se interesó por los efectos de la castración en los eunucos. Atribuyó el “efecto de rejuvenecimiento” a los testículos. Se equivocó, por supuesto. Para dar un paso adelante, fue cuando implantó glándulas tiroides de chimpancés en humanos. Era un buen relaciones públicas, así que el marketing hizo el resto. Financiado por Evelyn Bostwick, una millonaria norteamericana hija del fundador de la Standard Oil, con la que se casó (ella era también de familia jázara), empezó a trasplantar rebanadas de testículos de mono al escroto de sus pacientes. En 1923, 700 cirujanos de todo el mundo, le ovacionaron por sus experimentos en el Congreso Internacional de Cirujanos de Londres: admitieron que había conseguido rejuvenecer a pacientes. El que alguien sea científico no quiere decir que no meta la pata. Sus tratamientos estuvieron de moda en los años 20. Luego, las infecciones generadas y la percepción de que sus pacientes envejecían igual que cualquier otro, hicieron el resto. Pocos periódicos notificaron la muerte de Voronoff en 1951. Hoy, algunos intentan rehabilitarlo.

La tercera noticia de Scienze es aún más impactante porque abre un camino nuevo para la ciencia. En las páginas 16 y 17, el periodista Heyley Bennett publica un significativo artículo titulado: “Envenenamiento animal” y se pregunta: “¿Cuántas son las emisiones de carbono de mi mascota y qué puedo hacer para reducirlas?”. Reconozco que es un planteamiento que nunca me lo hubiera planteado. El autor es vegano y preocupadísimo por las emisiones de CO2. Le preocupa, por ejemplo, que “nuestras mascotas consuman casi el 20% de la carne y del pescado de nuestro planeta”. Y se pregunta a continuación en la entradilla: “¿No podrían adoptar nuestras mascotas estilos de vida menos peligrosos para el medio ambiente?”. Como vegano que es, realiza una tarea misional. Se plantea si una dieta de vegetales sería perjudicial para las mascotas. Nos dice que perros y gatos consumen un 25% en EEUU de las proteínas animales y, para obtenerlas, se vierten a la atmósfera el CO2 equivalente a “casi 13 millones de vehículos a motor”. La conclusión es clara: si nuestras mascotas fueran veganas, el medio ambiente lo agradecería. Al parecer, los gatos tendrían dificultades en seguir una dieta vegana, pero los perros, en cambio, “serían más adaptables”. Como necesitan proteínas, no hay problema: se les alimenta con insectos y asunto resuelto. El autor recomienda, larvas de mosca, pero le preocupa que sus criaderos sigan generando CO2. Y, además, el autor ve otro problema; traduzco literalmente, porque el párrafo resulta casi increíble: “Imponer un estilo de vida vegano a vuestro gato podría impulsarlo a desfogar sus frustraciones en la fauna local, dañando a la población de pájaros y roedores. Una investigación publicada en Nature, afirma que, en los EEUU, los gatos matan cada año a 4 millones de pájaros y entre 6 y 22 millones de pequeños mamíferos, con notable preocupación de los naturalistas”

También se plantea que los envases de comida para mascotas están hechos con materiales no reciclables. Y, en el éxtasis, entra en una materia que resultaba inevitable: la caca. Cierto pudor, ha hecho que el autor colocara esta traca al final del artículo. Da algunos datos interesantes. Siempre he sostenido que, para el foráneo que no vive en Barcelona, la ciudad huele a porro, alcantarilla y meada de perro. En Barcelona hay un perro por cada diez vecinos. Y lo que es, aún peor: hay casi tantos perros como niños de 0 a 12 años. Estremecedor, ¿verdad? Es decir, que los 150.000 perros barceloneses defecan diariamente toneladas de mojones y no menos de 150.000 litros de orines. El cálculo es mío y nunca he estado seguro de que fuera cierto. Pero la revista de divulgación científica Scienze da unas cifras avaladas por otra publicación prestigiosa, Nature: “Un estudio de 2017 ha descubierto que los 163 millones de perros y gatos de los EEUU producen una cantidad de excrementos próxima a 90 millones de seres humanos (…) Recientemente, algunos investigadores alemanes han calculado el impacto del cambio climático de un perro, estableciendo que supone el 7% de un habitante medio de la UE”.

El artículo termina recomendando que a la hora de elegir mascota tengamos en cuenta la “huella de carbono” que supone y recomienda como “mejor opción” una tortuga: viven mucho, cagan poco y su impacto en el cambio climático es imperceptible. Además, no lodran.

Hoy, estaba desayunando a primera hora en mi pueblo. Delante de mi mesa han pasado en torno a 25 personas. Solamente tres de ellas, no salían a pasear al perro. El promedio quedaba compensado con algunos propietarios de mascotas que paseaban dos y tres perros.

La “fiebre de las mascotas” es otro de estos reflejos artificiales generados en la modernidad: dado que las nuevas tecnologías generarán de aquí al año 2030, la pérdida de no menos de 1.000.000.000 de puestos de trabajo, el “salario social”, el “metaverso” y el “porrito” son necesarios para mantener tranquila a la población y evitar estallidos sociales. Tampoco estará de más que las sociedades pierdan coherencia y cohesión mediante inyecciones masivas de poblaciones halógenas, cuantas más y más diversas, mejor. Un cambio en la alimentación será, igualmente necesario: un filete de ternera aporta excesivas energías. Pero, si se trata de pagar “salario social”, cuanto menos población exista, mejor: de ahí que no se haga absolutamente nada para prohibir aditivos químicos identificados como verdaderos asesinos de espermatozoides, no existan ayudas fiscales para la maternidad, y, se sugiere que la mejor compañía y el sustitutivo de los hijos, son las mascotas… Para que luego venga una revista científica y te diga que, además, deberías de sentirte responsable porque tu mascota aumente la “huella del carbono” y que deberían de hacer de él un vegano de estricta observancia.

¿No creéis que, tras la lectura de estas tres noticias, alguien se ha vuelto loco? ¿No creéis que las tres noticias, en su aparente banalidad y la última, incluso, en su estupidez, son el termómetro de la locura de nuestro tiempo? ¿No veis en todo esto una tendencia hacia la desvalorización de lo humano que clama a gritos?