domingo, 17 de mayo de 2026

CRÓNICAS DEL FINAL DE LA MODERNIDAD (5) – CHINA EN EL PRINCIPIO Y EN EL FIN DE NUESTRO CICLO


DE LA CHINA ORIGINARIA A LA CHINA DEL MAÑANA: 

UNA INVERSIÓN ABSOLUTA

Empezábamos esta serie diciendo que con China de Fo-hi, de Lao-tsé y de Confucio se inició un ciclo de civilización que ahora está concluyendo. Ese ciclo nació en el Imperio Celeste y termina en el mismo lugar… solo que como su inversión. Todos los valores, incluso las instituciones que estuvieron presentes en aquel momento histórico mítico siguen presentes, pero invertidos, sino pervertidos íntegramente.

Sin apurar estas “inversiones” vamos a destacar apenas cinco que nos parecen decisivas.

La China tradicional fue un Estado autosuficiente, renunció a contactar con pueblos más allá de sus fronteras y construyó la muralla más grande del mundo para protegerse de las inversiones de los pueblos bárbaros y proteger así su identidad y su soberanía.

Esta tendencia a la autarquía y al aislacionismo se ha invertido en la China del siglo XXI, convirtiéndose en el principal exportador de tecnologías de la comunicación. China, no solo no quiere estar aislada, sino que trabaja para “conectar” a todo el mundo con todo el mundo. El repliegue hacia el interior propio de la China tradicional, se ha convertido en un despliegue agresivo, en términos comerciales, hacia el exterior. Tras haber sido el principal beneficiario de la globalización, China ha entendido perfectamente que, tras ese primer impulso inicial, puede alcanzar la hegemonía económica mundial y, con ello, la hegemonía geopolítica en pocos lustros.

Tanto la Ruta de la Seda Digital, a la que ya hemos aludido, como la Belt and Road Iniciativa (BRI, Un cinturón, una ruta) que, hoy por hoy, es el megaproyecto geopolítico y económico internacional más ambicioso de China, confirman esa dirección expansiva. La BRI, trata de conectar China con Europa, África, América Latina y el resto de Asia mediante una red masiva de infraestructuras comerciales. De un lado, una red de corredores logísticos, carreteras, líneas de ferrocarril de alta velocidad y oleoductos que conectan el interior de China con Asia Central, Rusia y Europa, de otro, una cadena de puertos e infraestructuras portuarias que enlazan el litoral chino con el Sudeste Asiático, el Océano Índico, el Mar Rojo y el Mediterráneo. El potencial económico del Estado Chino le permite financiar y construir puertos estratégicos en todo el mundo, centrales eléctricas, presas, aeropuertos y redes de telecomunicaciones (la aludida Ruta de la Seda Digital).

Estas redes permiten China colocar en el exterior su sobreproducción de acero, cemento y maquinaria pesada, empleando a sus propias constructoras estatales, diversifica las rutas de importación de petróleo y gas, reduciendo su dependencia del Estrecho de Malaca (un punto crítico controlado por EEUU).

China ha aprendido de los años en los que el Fondo Monetario Internacional ha concedido préstamos absolutamente insostenibles para naciones en desarrollo que, para poder pagarlos, debieron “privatizar” las propiedades del Estado a grupos económicos extranjeros y está haciendo exactamente lo mismo. Además, estas ayudas (que, en grandísima medida se pierden en bolsillos corruptos, algo con lo que China cuenta, por otra parte) suponen votos a favor de las políticas chinas en la ONU y en sus agencias.

Aquella China tradicional autoaislada y que renunciaba a buscar algo más allá de sus altos muros, ya no existe y ha sido sustituida por un régimen que trata de estar presente en todas las naciones, colonizar los mercados mundiales, hacerse con los elementos más suculentos de la soberanía de las naciones par alcanzar su objetivo indisimulado: la hegemonía económica mundial, con la convicción de que eso le proporcionará una hegemonía política a escala internacional.

En segundo lugar, las tradiciones chinas siempre valoraron al campesinado y al “sabio”, mientras que denostaban al comerciante y al vendedor de bienes de consumo. Esto fue lo que dio estabilidad a la sociedad china durante cuatro milenios, pero también lo que justifico su atraso secular hasta el siglo XX. El pilar de la sociedad china tradicional fue una alianza tácita entre campesinos y “sabios”. Entendemos por “sabios” a las élites instruidas en el pensamiento de Confucio y Lao-tsé, entre los que se encontraban los emperadores que elaboraron los textos sapienciales y sus aplicaciones prácticas en todos los terrenos. Los “sabios” no permitieron que los adelantos tecnológicos penetraran en el país, convencidos de que pequeñas causas podían producir grandes efectos y alterar el orden social.

Este aspecto también ha quedado atrás: por las grietas en la Gran Muralla se ha filtrado el espíritu occidental, la necesidad de experimentar progresos materiales, protagonizarlos y vivir en un país “a la altura” de las tres revoluciones industriales que se han producido en Occidente. Por esas grietas se habían filtrado virus procedentes de Occidente que, paradójicamente, el milenario mandarinato (esto es la sumisión al poder establecido mientras este satisficiera las necesidades básicas), podía poner en práctica mucho mejor que en los lugares de procedencia corroídos por legislaciones débiles, poderes “soft” y un indiscutible ablandamiento en las costumbres. En el último tramo del maoísmo, el gobierno chino ya percibió que no podía seguir manteniendo durante muchas décadas la “tensión revolucionaria”: era preciso progreso económico social.

Concretar esa idea se hizo mucho más urgente después de los incidentes de la plaza de Tiananmen se produjeron en el año 1989, el mismo año en el que cayó el Muro de Berlín. En aquel momento, el gobierno chino intentó reformas que se saldaron con un empobrecimiento de la población. La liberalización parcial de los precios en 1988 provocó una inflación oficial de más del 20% (y cercana al 30% en zonas urbanas) y la pérdida de poder adquisitivo de los salarios. Las reformas desmantelaron el sistema de empleo e ingresos garantizados de por vida por el Estado: la inseguridad laboral y desempleo crecieron por primera vez para la generación “pos-revolución cultural”.

En aquel momento, coexistían dos sistemas de precios (uno fijado por el Estado y otro libre) permitió que los funcionarios del Partido Comunista compraran a precios bajos regulados y los revendieran en el mercado libre. Por otra parte, las zonas del interior habían sido abandonadas a su suerte y solamente las zonas costeras y sus grandes ciudades habían experimentado ciertos progresos.

Todo esto generó el estallido de Tienanmen agravado por los recortes cada vez mayores a la libertad de expresión y a la falta de transparencia. A todo esto, se unía una lucha despiadada en la cúpula del partido entre reformistas moderados y comunistas dogmáticos de la que, tras la intervención del ejército en Tienanmen salieron favorecidos los duros (Deng Xiaoping). Los líderes reformistas fueron purgados y se decretó la Ley Marcial que abrió el camino de la intervención militar en la plaza entre el 3 y el 4 de junio.  Se persiguió y arrestó a miles de simpatizantes reformistas dentro de las universidades, los medios de comunicación y la burocracia del Estado. Tienanmen fue el último intento “contrarrevolucionario” que vivió la sociedad china.

Esta política duró hasta 1992, cuando el régimen optó por la línea de “apertura económica radical, pero control político de hierro”. Los resultados pueden valorarse en la actualidad.

Esta nueva política recluyó a los “duros” en determinados organismos de control social, les dotó de nuevos instrumentos para ejercer su función de apagafuegos de cualquier situación de crispación, mientras que la economía y el desarrollo industrial se pusieron en manos, no de “sabios”, ni de “funcionarios”, sino de tecnócratas. El “sabio” taoísta, el erudito confucionista es hoy el tecnócrata al servicio de la planificación del desarrollo económico y de la investigación científica. Lo que en los primeros era búsqueda de la estabilidad, en estos últimos lo que cuenta es el dinamismo, la carrera contra reloj para alcanzar la hegemonía mundial, a despecho de cualquier otra consideración, mientras los miembros del partido a través de organismos de gobernación e interior, se sienten cómodos utilizando métodos masivos de control social de los que la publicidad institucional, encontrando razones justificadoras, hace que el propio pueblo chino, haya asumido que todo es “por su bien”.

Si, durante milenios, el mandarinato se impuso porque el campesinado chino apreciaba a sus “sabios” y la población se había adaptado al conformismo y a la estabilidad, ahora, esa misma población, acepta sin prácticamente disidencias el principio de “un país, dos sistemas”: marxismo-leninismo de cara al interior y capitalismo salvaje en su proyección exterior. Todo para que el antiguo campesino, puede acceder a los escaparates del consumo. El ansia de libertad ha sido completamente sofocado y reconvertido en búsqueda del mayor nivel de consumo en el menor tiempo: es el gobierno para el “último hombre” nietzscheano.

Los robots perros-policía, armados con fusiles de asalto, que circulan por la ciudad de Xiong'an no son solo significativos de la invasión de las nuevas tecnologías, sino de un poder que ya no se ejerce como se ejercía en la antigua China imperial. Fo-hi basaba el orden social en la armonía con el Cielo y las leyes de la naturaleza (los Trigramas). El gobernante era un intermediario entre lo divino y lo humano. Si las cosas no iban bien, se producían desastres naturales, hambrunas, sequías, derrotas, eso significaba que el gobernante había perdido el “favor del cielo” y, por lo tanto, era legítimo destronarlo. Esta doctrina, que implicaba una forma de gobierno llamada “actuar sin actuar”, el Wu-Wei al que ya hemos aludido, doctrina derivada del taoísmo.

Esta forma de gobierno, no promueve la pereza ni el abandono, sino no forzar las cosas ni actuar en contra de la naturaleza: “Es blanda como el agua y se adapta a cualquier vasija o terreno, no pelea contra la roca, pero con el tiempo es capaz de desgastarla”. Consiste en responder a las situaciones de la vida de forma natural, intuitiva y limpia, sin sobrepensar, igual que un árbol crece o un animal caza. Sugiere que el mejor gobernante es aquel que apenas se hace notar, si el emperador no trata de legislarlo todo, ni imponer aranceles asfixiantes ni guerras caprichosas, el pueblo se organiza y prospera por sí mismo en armonía.

Era evidente que esta forma de gobierno no satisfacía los deseos de Mao, ni del marxismo-leninismo chino, por lo que, durante la “revolución cultural”, se intentó borrar el pasado: se destruyeron templos y se persiguió a los maestros del confucianismo y del taoísmo, filosofías que fueron consideradas “supersticiones feudales”. El Estado dejó de creer en nada superior a él y se configuró como materialista y ateo, negando el orden cósmico tal como fue enunciado originariamente por Fo-hi, sustituyéndolo por los ideales de progreso técnico y social.

Las cosas han cambiado, como puede apreciarse, pero, en el fondo, se trata, como hemos dicho desde el principio de una “inversión” radical mucho más que de un cambio. Hoy, la legitimidad a la que recurre el Partido Comunista es puramente material y técnica: los planes quinquenales se van cumpliendo, hay orden, progreso, estabilidad, crecimiento… Esa “eficacia” en la gestión es lo que le otorga el derecho a gobernar: no es ya el “mandato del cielo”, sino la “eficacia en la tierra”.

Si ese orden se rompiera, la hegemonía del Partido Comunista podría peligrar, el orden se rompería y el secretario general, Xi Jinping, al mismo tiempo presidente de la República y jefe supremo de las fuerzas armadas, podría ser derribado, sino por una revuelta popular, si al menos por su propio Comité Central. Así pues, a la pregunta de que tan lejos está la China de hoy del Imperio Celeste del pasado, puede responderse afirmando, simplemente, que están en el mismo eje, solo que, en polos diferentes, uno es la inversión del otro.

La comparación puede llevarse hasta el límite. De la misma forma que Fo-hi estableció los primeros ministerios y apellidos para organizar a la población, la China moderna utiliza hoy el Hukou (registro de residencia) y las tecnologías de datos para mantener un control social riguroso.

Lo que más puede llamar la atención a un occidental es que, en las últimas décadas, el gobierno chino haya abandonado la doctrina maoísta de que Fo-hi y los creadores de la China tradicional fueran enemigos feudales. Hoy se promueve el estudio de los clásicos y la figura de los “ancestros”, pero no tanto para rescatar sus valores o su espiritualidad (el gobierno sigue siendo materialista y ateo), como para fortalecer la identidad nacional frente a cualquier influencia exterior. El Partido Comunista ha rescatado incluso la idea taoísta de “Sociedad Armoniosa”, considerada por los analistas como una reinterpretación moderna del equilibrio que buscaba Fo-hi con sus ocho trigramas, cuanto en realidad es hoy una “armonía” impuesta mediante sistemas de control social sin precedentes, en la que un arsenal inagotable de leyes y regulaciones sustituyen a los trigramas.

De hecho, el fracaso del marxismo-leninismo chino después de casi ochenta años de gobierno, ha consistido en tener que renunciar a algunos de sus postulados habituales (dictadura del proletariado, anticapitalismo, gobierno de los trabajadores, internacionalismo, etc), introduciendo iniciativas oportunistas, pero necesarias si de lo que se trataba es de lograr la hegemonía mundial y la aceptación del sistema por parte de la sociedad (a la vista de que en la URSS, entre otras cosas, la causa de la destrucción del bolchevismo fuera el no haber estado en condiciones de proporcionar a la población unos estándares de desarrollo y comodidad propios de la segunda mitad del siglo XX, manteniendo siempre en las fronteras del subdesarrollo a la población, mientras el Estado, como tal, rivalizaba en misiles balísticos intercontinentales con los EEUU y estuvo a punto de tomar la iniciativa en la carrera del espacio).

El comunismo entendió perfectamente que no podía modificar el ADN plurimilemario de la población china, así que se limitó a cambiar el contenido, pero manteniendo el molde. El resultado ha sido, como hemos augurado desde el principio, una forma de civilización exactamente invertida a la originaria. China sigue dirigida por “sabios”, pero estos ya no son el Emperador y su entorno, sino el Partido Comunista, el sistema es único y centralizado y sigue estando dirigido por algo parecido al “Wu-wei”, pero convertido en control robótico, sistemas tecnocráticos de IA y de control social que ejercen un peso psicológico sobre la sociedad, pero no requieren actuaciones directas ni enérgicas estilo Tienanmen.

En la China antigua el control social se ejercía mediante una burocracia funcionarial al servicio del emperador, hoy se ejerce digitalmente: el algoritmo ha sustituido al pincel hecho con bambú y pelo de comadreja siberiana, mucho más eficiente en la modernidad. La antigua burocracia confucionista no ha desaparecida, simplemente, se ha adaptado: el Estado sigue teniendo una estructura central fuerte (como en la era imperial), manejada en lo esencial por chips de silicio y sistemas de IA que esperan ser alimentados en el futuro con energía de fusión y cuya única medida de eficacia es la productividad y el aumento de las posibilidades de consumo.

La memoria china es, por todo esto, larga y profunda, por eso no ha olvidado lo que Occidente ya no recuerda: el siglo XIX, como hemos visto, fue para china el “Siglo de la Humillación”. Debió necesariamente abrir sus puertas, ceder territorios, aceptar las propuestas comerciales inaceptables de los imperialistas británicos, ver como franjas amplias de población quedaban inhabilitadas e inmovilizadas para cualquier tarea a causa del consumo del opio. China no ha olvidado y los dirigentes occidentales se equivocan si piensan que son como ellos. La España de 1956, había olvidado la innoble guerra hispano-norteamericana impuesta por los EEUU apenas medio siglo antes. La España de 2026 ha olvidado los soldados españoles asesinados en el Sáhara por los polisarios o en Ifni por las bandas irregulares pagadas por Rabat. Alemania prefiere no recordar los bombardeos de terror que sufrieron sus ciudades, incluso cuando la guerra estaba material ganada por los aliados. Pero China no olvida el “Siglo de la Humillación” cuyo contenido se enseña desde la enseñanza primaria con la moraleja de que “hay que desconfiar de los occidentales”. Una “humillación” es algo que debe resarcirse, una deuda que hay que pagar. Cuando el gobierno chino elabora el catorceavo plan quinquenal, implementando sus tecnologías 5G, su sistema de IA, su robótica, sus sistemas de ingeniería genética, lo que está haciendo es invertir la historia próxima: humillar hoy al humillador de ayer.

La representación tradicional y mítica de Fo-hi con cuerpo de serpiente es uno de los símbolos más antiguos de la cultura china. La serpiente era considerada el ancestro directo del dragón chino, Fo-hi representado con cuerpo de serpiente sugiere un estatus de ser divino y poderoso. La muda de piel que realiza la serpiente, Fo-hi representa el renacimiento de la civilización y la inmortalidad del conocimiento. Casi siempre se le representa junto a su hermana y esposa Nüwa, con sus colas de serpiente entrelazadas, que simbolizan las fuerzas mantenedoras del equilibrio del universo; Fo-hi muestra una escuadra (símbolo de la Tierra y el orden) y Nüwa un compás (símbolo del Cielo y la creación). Juntos, ordenan el cosmos. El padre de ambos, un agricultor, se enfrente al Dios del Trueno, logra engañarlo, atrapándolo dentro de una jaula de hierro y prohíbe estrictamente a sus dos hijos dar agua al prisionero. Pero Fo-hi y Nüwa, movidos por la piedad, le dan una sola gota de agua. El Dios del Trueno recupera sus fuerzas y escapa, antes, agradecido se arranca un diente y se lo da a los niños, ordenándoles que lo planten inmediatamente en la tierra. En cuestión de horas, este crece hasta convertirse en una calabaza gigante, en el interior de la cual se esconderán cuando el Dios del Trueno desate una tormenta que inunda a toda la tierra. Convertidos en los únicos supervivientes, Fuxi y Nüwa deben repoblar la tierra: pero son hermanos, lo que les genera un dilema ético. Deciden consultar a un poder superior y encienden dos hogueras independientes en lo alto de las dos montañas. El humo de las dos hogueras se entrelaza, indicando que el Cielo aprueba su unión. Es así como repueblan toda la Tierra, toda la Tierra, no solo China.

Algo habían intuido los antiguos “sabios” de China, cuando eligieron este símbolo que hoy, inevitablemente, nos recuerda la doble hélice de ADN, esa que la “Ingeniería Cromosómica Programable” a la que ya hemos aludido, altera, destruye y reconstruye a voluntad. Y es que China, hoy, más que “repoblar la Tierra”, aspira a conquistar la Tierra. Hasta ese extremo llega la inversión.

Y eso implica que, si estamos llegando a la inversión total de los orígenes, es que estamos al final de un ciclo, de la misma forma que la muerte es la inversión del nacimiento, principio y fin o que las primeras luces del día son lo opuesto a las últimas del anochecer. Idea que queda confirmada porque a todos los especialistas en prospectiva les resulta muy difícil pensar en una “quinta revolución industrial”, acaso porque si la Cuarta ya es fronteriza con la Ciencia Ficción y pensar en la siguiente implica casi necesariamente aplicar la paradoja de Fermi:

- ¿Por que no se manifiestan las civilizaciones extraterrestres? Porque han desaparecido víctimas de su propio desarrollo tecnológico… su luz llega a nosotros, cuando ya se han autodestruido.

 

 

 

 

 







CRÓNICAS DEL FINAL DE LA MODERNIDAD (5) – CHINA Y LA CUARTA REVOLUCION INDUSTRIAL

 

CHINA EN EL DEVENIR DE LAS REVOLUCIONES INDUSTRIALES

Si tratamos de encontrar un “patrón” a la hegemonía de las naciones capaz de prever y también de explicar por qué el protagonismo político-económico se ha ido desplazando de unas naciones a otras, comprobaremos que solamente a partir de la invención del vapor es posible establecer leyes empíricas que se cumplan inexorablemente. De todas las explicaciones, más o menos, “mecanicistas” que se han dado, seguramente la teoría de las revoluciones industriales es la más sólida.

Dicha teoría establece que en cada revolución industrial (y vamos por cuarta), de manera natural el poder mundial se ha ido desplazando de unas a otras naciones a causa de tres factores: las nuevas tecnologías, las materias primas necesarias para implementar tales tecnologías y los motivos geopolíticos que siempre concurren para otorgar potencia a las naciones. Revisando lo ocurrido en las tres primeras revoluciones industriales, puede inferirse lo que ocurrirá en la cuarta.

Durante la primera revolución industrial, el eje de la potencia mundial se instaló en el Reino Unido gracias a la concurrencia de varios factores. Basada en la invención del vapor, en las islas británicas se explotaban suficientes minas de carbón y hierro situadas muy cerca unas de otras y de la superficie. El carbón era el combustible esencial para la máquina de vapor, y el hierro el material para las nuevas máquinas y ferrocarriles. Por entonces, el Reino Unido tenía ya una monarquía parlamentaria (tras la revolución de 1699) en el que la burguesía había escalado puestos de poder y la aristocracia los había cedido. La propiedad privada se había consagrado como un derecho y los empresarios sabían que sus beneficios no serían confiscados según las necesidades del Estado. Además, el Reino Unido había apostado por ser una “potencia naval” y, como todo Estado así concebido, podía espolear el comercio mundial, comprar y vender manufacturas en todo el mundo.

La aparición del ferrocarril coincidió con una mejora de las técnicas de cultivo, gracias a lo cual la población creció rápidamente y empezó una migración del campo a la ciudad, lo que abarató los costes de la mano de obra industrial. Todo esto actuó en sinergia: irrupción del ferrocarril, seguridades jurídicas, mejora de las comunicaciones interiores y exteriores, abaratamiento de mano de obra y existencia de un sistema bancario más desarrollado que en otros países, lo que permitío un acceso más fácil al crédito. Esto generó, además, que los comerciantes (entre los que se encontraban los nuevos miembros de la burguesía, pero también aristócratas que habían entendido que su futuro dependería de las inversiones y de las iniciativas económicas que emprendieran) aumentaran su poder. Londres se convirtió en el centro financiero mundial y, consiguientemente, toda la política del Reino Unido, a partir de ese momento, fue regida por intereses económicos. El ejército británico se convirtió en la punta de lanza de la Compañía de las Indias y en torno a estos dos polos, se construyó el imperio británico, el primer imperio comercial global de la historia.

La unión de nuevas tecnologías, los factores políticos y financieros, el ascenso de nuevos grupos sociales, generaron todos los cambios que se pusieron de manifiesto desde la implementación del vapor hasta el último tercio del siglo XIX, cuando las cosas empezaron a cambiar. En resumen: el vapor generó un impulso económico industrial que garantizó la hegemonía mundial del Reino Unido.

Pero las cosas no se detuvieron ahí; siguieron mutando de nuevo cuando volvieron a irrumpir nuevas tecnologías en el período que puede situarse entre 1870 y 1945, el ciclo de la Segunda Revolución Industrial, que hicieron que la hegemonía mundial empezara a desplazarse.

Era la época de los nacionalismos y en Europa Central se produjo la “primera reunificación alemana” operada por Bismarck en un territorio que esta ese momento estaba literalmente balcanizado. La intención de Bismarck era constituir una “gran Alemania” que reuniera a todos los territorios de habla germánica en una sola Nación-Estado. Bismarck era consciente de que, el poder industrial permitía a la reunión de todos esos pequeños territorios, convertirse en una gran potencia industrial. El resultado fue la creación de una “pequeña Alemania” de la que quedaron fuera los territorios del Imperio Austro Húngaro.

La victoria de Alemania sobre Francia, en 1870, supuso, el fin definitivo de la aspiración francesa de competir por la hegemonía europea y estuvo motivada por el control que se disputaban ambos países sobre los territorios mineros de Alsacia y Lorena. Alemania arrebató a Francia estos territorios, que albergaban los yacimientos de mineral de hierro más grandes de Europa y al combinar este hierro con el carbón abundante que Alemania ya poseía en la cuenca del Ruhr, el país multiplicó su capacidad siderúrgica, superando rápidamente a Francia y alcanzando a Gran Bretaña.

Los 5.000 millones de francos-oro que debió pagar Francia como indemnización histórica, unido al descubrimiento de nuevas tecnologías de producción de acero (el “convertidor Bessemer” hizo que el hierro fuera sustituido por el acero), y científicos alemanes perfeccionaron las aleaciones de acero (añadiendo níquel y cromo), desarrollando blindajes militares superiores y aceros inoxidables para la construcción y maquinaria pesada; todo esto dotó a la joven economía alemana de un impulso desconocido hasta entonces.

Tras la derrota de Francia, era evidente que la nueva potencia era hegemónica en la Europa Continental y disputaba al Reino Unido la primacía industrial. Esta ofensiva alemana tenía mucho que ver, e incluso estaba íntimamente relacionada, con los avances de la ciencia. Las aportaciones científicas alemanas más decisivas se concentraron en el campo de la química industrial (dominaba el 80% del mercado químico mundial gracias a descubrimientos de laboratorio aplicados a la producción en masa: colorantes sintéticos, descubrimiento del ácido acetilsalicílico puro en 1897 por los laboratorios Bayer, fabricación de fertilizantes artificiales a gran escala, producción de explosivos, pero, sobre todo, avances en el terreno de la electricidad y la termodinámica.

Hertz demostró la existencia de las ondas electromagnéticas, la base científica que hizo posible la invención de la telegrafía sin hilos y la radio, Siemens descubrió el principio de la dínamo eléctrica, permitiendo la generación masiva y el transporte de electricidad para mover maquinaria industrial y tranvías, Diesel aplicó las leyes de la termodinámica para patentar en 1892 el motor de encendido por compresión (motor diésel), mucho más eficiente y potente que las máquinas de vapor para barcos, trenes e industria pesada. A esto se sumaron avances en la medicina (Koch descubrió la acción de las bacterias responsables de la tuberculosis y el cólera. Röntgen descubrió la radiación electromagnética en 1895 y con sus “rayos X”, revolucionó el diagnóstico médico y el control de calidad en la fundición de metales para la industria pesada. 

En 1914, era evidente que el Imperio Británico había perdido terreno suficiente, en especial por su retraso relativo en relación a Alemania y que, en la práctica, estaba perdiendo la hegemonía mundial. De ahí que optará por provocar el desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial para tratar de salvar lo salvable. Sin embargo, lo inexorable de las revoluciones científicas, hizo imposible que pudiera retener por mucho tiempo ese dominio, especialmente porque, tanto en la primera como en la segunda Guerra Mundial, debió recurrir a una alianza con el otro pueblo anglosajón situado al otro lado del Atlántico, para derrotar a una Alemania que se había reforzado aún más tras las crisis que siguieron al Tratado de Versalles, entre 1933 y 1939, mientras que el Imperio Británico entraba en fase de centrifugación.

Los dos conflictos mundiales, fueron, en la práctica, especialmente el segundo, el desencadenante de la Segunda Guerra Mundial y supuso el fin de la Segunda Revolución Industrial: la bomba atómica de Hiroshima y Nagasaki, la llegada del hombre a la Luna, la civilización del petróleo, la aviación comercial, la televisión, los inicios de la microcomputación, y, sobre todo, el hecho de que, los EEUU estaban alejados de los teatros de guerra europeos y ningún otro país pudiera disputarles la seguridad y la estabilidad en su propio continente, no contribuyeron a mantener los imperios francés y británico, como pensaban los dirigentes de ambos países, sino a abrir un nuevo ciclo histórico-industrial que tendría su eje en los EEUU y que ya podía preverse desde la irrupción del “fordismo”: la producción optimizada y estandarizada en cadena.

Además, durante la segunda revolución industrial, la aparición del motor de combustión interna, había generado una sustitución progresiva del carbón por el petróleo. El “taylorismo” y la “organización científica del trabajo”, habían optimizado hasta el límite la producción industrial en masa. Algunos elementos que alcanzarían máxima importancia durante la Tercera Revolución Industrial, se habían construido en la Segunda, impulsados por ingenieros visionarios y políticos previsores: los canales de Suez y Panamá, las primeras redes de comunicaciones sin hilos y por ondas.

En 1945, Europa estaba, literalmente, destrozada y era imposible que pudiera recuperarse de un conflicto que solamente había favorecido a los EEUU y gracias al cual -no en vano, el “partido de la guerra” (con Churchill a un lado del Atlántico y Roosevelt al otro) había sido el máximo instigador del conflicto-. Además, a partir de ese momento, los EEUU ya no tuvieron competencia para dominar la economía mundial durante todo el ciclo que va desde 1945 hasta la gran crisis económica de 2008-2011.

De la misma forma que el Reino Unido había sustituido a Francia como nación más poderosa, y a causa de la repercusión de las nuevas tecnologías, y cómo Alemania había desplazado hacía sí misma como economía más poderosa, ahora, a partir de 1945 con una hábil combinación entre poderío industrial (frente a una Europa en ruinas), secuestro de científicos (Operación Paper Clip), poderío militar (nuclear y convencional) y, finalmente, dinamismo industrial, consiguieron instalarse como potencia hegemónica durante el período conocido como Guerra Fría.

En 1945 entramos en la Tercera Revolución Industrial. En una primera fase, se produjo la innovación en las comunicaciones: a raíz de los nuevos aviones de bombardeo estratégico diseñados en los EEUU, el mundo se empequeñeció y los viajes en avión se generalizaron; los radares facilitaron la navegación por todo el planeta que se fue ampliando a partir de la década de los 60 con satélites de comunicaciones; los avances nucleares se orientaron hacia la producción de energía y hacia tecnologías clínicas; la cohetería tuvo un papel esencial en la conquista del espacio exterior, mientras que seguía creando mísiles nucleares intercontinentales en una carrera enloquecida.

Los sistemas de encriptación ideados durante el conflicto para garantizar la impermeabilidad de las comunicaciones militares, dieron origen a la sustitución de máquinas analíticas y mecánicas por sistemas automatizados primero y digitalizados después, cada vez más, a medida que iba aumentando la potencia de los transistores convertidos en microcircuitos integrados que irrumpieron, primero tímidamente en los años 70 y luego, en la década siguiente se convertirían en populares con el lanzamiento del primer PC. Después, el esfuerzo se orientó hacia las redes digitales de comunicación que alcanzaron a todo el planeta entre la última década del segundo milenio y la primera del tercer.

Esto facilitó la “globalización”, inspirada por economistas neo-liberales y por capitales procedentes de las grandes acumulaciones industriales convertidos en gigantescos monstruos que surgieron o se reforzaron a partir de la Segunda Guerra Mundial y del desarrollo que siguió.

En este nuevo ciclo, la Tercera Revolución Industrial desplazó su eje hacia el Atlántico Norte y, en concreto, su capital dejó el territorio europeo para centrarse en los EEUU. El período que media entre 1945 y 2007 es el de la hegemonía norteamericana, país propietario de las principales patentes tecnológicas de la época. Este período, desde el punto de vista político, tuvo dos “momentos”:

- la Guerra Fría o el choque USA-URSS que se resolvió en 1989 con la caída del Muro de Berlín y la destrucción de la URSS, y

- un segundo momento en el que el unilateralismo norteamericano y la globalización fueron al paso (desde 1989 hasta 2007).

Queda un punto por examinar: los aspectos político-sociológicos de estos cambios.

Como hemos visto, la Primera Revolución Industrial nació de las alteraciones que habían tenido lugar en Gran Bretaña, como resultado de las cuales se había instaurado un régimen parlamentario que luego, con la revolución americana y poco más tarde con la revolución francesa, se consolidaron a lo largo del siglo XIX, el gran siglo del capitalismo. Ahora bien, los desfases provocados por la rapacidad del primer capitalismo industrial generaron amplios movimientos de protesta de los que nació el bolchevismo (aupado por las clases trabajadoras) y los fascismos (implementados por las clases medias). En ambos casos, se trataba de reacciones a las ansias depredadoras capitalistas.

En el período comprendido entre 1945 y 1989, ambos intentos resultaron liquidados por el liberalismo: los fascismos fueron aniquilados con el desenlace de la Segunda Guerra Mundial y el bolchevismo quedó en la cuneta con la caída del Muro de Berlín. Así que en ese ciclo -la Tercera Revolución Industrial- el sistema unánimemente aceptaron era el neoliberalismo económico (que condujo a la globalización) y la democracia liberal y partidocrática con sus ideales de “libertad, igualdad y fraternidad” que se convirtieron en la única formulación política “aceptable”.

Pero, la historia seguía adelante.

Ahora, en el momento de escribir estas líneas nos encontramos en una nueva revolución tecnológica en la que no existe motivo para pensar que no se cumplirán las mismas pautas que en las anteriores:

1) La hegemonía se desplazará a otro país

2) Ese país será el que más patentes produzca y sea propietario de las nuevas tecnologías

3) La hegemonía científico-tecnológica generará hegemonía económica y política

4) Cambiarán las reglas del juego político como han cambiado en todas las épocas.

Hablar de la Cuarta Revolución Industrial es aludir a nuestro tiempo. Se trata de una revolución en curso, pero de la que podemos extraer algunas certidumbres.

En primer lugar, los EEUU ya no son el país que más nuevas patentes esté registrando. Ese puesto le corresponde a China. La Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI) que centra la recepción de patentes índica claramente que el gigante asiático concentra prácticamente la mitad de todas las solicitudes de patentes de invención que se realizan en el planeta (1,8 millones de solicitudes anuales, seguida por EEUU con 500.000 solicitudes y Japón con 420.000). Pero, es importante recordar que China ejerce un dominio abrumador en sectores de vanguardia, concentra aproximadamente el 60% de las patentes mundiales de Inteligencia Artificial (IA) y lidera la carrera en tecnologías cuánticas, robótica y baterías para vehículos eléctricos.

Este primer dato es definitivo, pero si analizamos los terrenos en los que se están desarrollando las tecnologías de la Cuarta Revolución Industrial, la conclusión que se impone es que China está avanzando a mayor velocidad que cualquier otro país, incluidos los EEUU. Este país compite en el terreno de la Inteligencia Artificial (mientras Europa agoniza en este terreno en un mar de regulaciones, prohibiciones y pérdidas de tiempo), pero ha sido ampliamente superado en el de la robótica, en el de la tecnología de comunicaciones. El margen de ventaja norteamericano en estos terrenos prácticamente se ha evaporado. China aventaja radicalmente a EE. UU. en volumen, patentes y despliegue físico, mientras que EEUU conserva (por estrecho margen) la ventaja de los modelos más potentes y la financiación. La distancia entre los mejores modelos de lenguaje estadounidenses y chinos se ha reducido a solo un 2,7% de diferencia en los exámenes de referencia mundiales. El modelo chino DeepSeek-R1 está compitiendo ventajosamente con los norteamericanos.

China supera a EEUU en volumen de artículos académicos publicados y en cantidad total de científicos dedicados a la IA.

Ahora bien, en el terreno de la inversión privada, los EEUU siguen teniendo el liderazgo gracias al capital de riesgo” que multiplica por más de 20 el presupuesto de inversión privada de China. A favor de EEUU se cuenta, todavía el que Washington mantiene el liderazgo en supercomputación y el diseño de los chips gráficos (GPU) de última generación necesarios para entrenar las IA más complejas.

Las dificultades puestas por Trump para frenar el avance de Pekín (prohibiendo la exportación de determinados chips imprescindibles en la IA) ha obligado a los informáticos e ingenieros chinos a optimizar sus algoritmos, logrando resultados punteros con un coste de computación drásticamente inferior.

Sin embargo, si en este terreno la situación no se ha resuelto definitivamente a favor ni de EEUU ni de China, lo cierto es que la necesidad de “tierras raras” para implementar todas estas tecnologías, si se ha inclinado desde hace una década a favor de China. En efecto, como ya hemos publicado en algún otro artículo anterior, China domina hasta 90% el refinado de “tierras raras”. No es que estas “tierras raras” escaseen, es que no están en estado libre en la naturaleza y precisan un refinado antes de que puedan aplicar a industrias clave como la automoción eléctrica, los aerogeneradores, la robótica y el armamento militar. Incluso los minerales que se extraen en países como Estados Unidos o Australia son enviados frecuentemente a factorías chinas para su separación. Incluso en las llamadas “tierras raras pesadas” (disprosio y terbio), China controla aproximadamente el 99% de la capacidad global mundial de procesamiento. El refinado de estos metales sirve principalmente para fabricar los imanes permanentes más potentes del planeta, esenciales para los motores de los vehículos eléctricos y los sistemas de guía de misiles. Las factorías chinas concentran el 93% al 94% de la producción mundial de imanes sinterizados.

Ninguna empresa fuera de Asia puede ensamblar tecnologías de alta fidelidad sin depender de estos componentes controlados por Pekín. Esto contrasta con el hecho de que China posea aproximadamente un tercio (34%-38%) de las reservas naturales globales en su subsuelo, pero debido a su agresiva capacidad operativa, acapara cerca del 70% de la extracción minera global y sin ningún tipo -a diferencia de la UE- de regulación. De hecho, la respuesta china a la guerra arancelaria declarada por Donald Trum al principio de su mandato se ha centrado en este terreno fijando estrictas regulaciones y licencias de exportación que restringen la salida de tierras raras y tecnologías de fabricación de imanes. Estas medidas han disparado el precio del mineral más de un 44% en algunos momentos y generando desabastecimiento del mercado hasta el punto de que EEUU está invirtiendo miles de millones de dólares para revivir sus propias cadenas de procesamiento locales que -se prevé al menos- que en 2030 hayan reducido la cuota de refinado china de “tierras raras” del 90% al 69%.

Pero donde la ventaja china es también abrumadora es en otro terreno propio de la Cuarta Revolución Industrial: la robótica. Hoy, Pekín acapara más de la mitad de las instalaciones de robots industriales del mundo y lidera la fabricación en masa de hardware para robótica humanoide.

Esta ventaja la ha obtenido gracias al coche eléctrico tan alabado por la progresía occidental. En efecto, China aprovechó el despegue en este sector para abaratar los componentes que comparten con los robots. Se ha publicado que, en regiones como Shenzhen, un fabricante de robots tiene a todos sus proveedores de piezas en un radio de 30 kilómetros. Esto reduce drásticamente el coste y el tiempo de ensamblaje. A partir de la industria de automoción, han surgido en China 150 empresas de “robótica humanoide” hasta el punto de que el país fabricó y envió casi el 85% de todos los robots humanoides del mundo (concentrada especialmente en dos empresas, Unitree y Agibot). La velocidad de producción es tan alta que se estima que fabrican un robot humanoide cada 30 minutos.

Mientras que las firmas occidentales tardan años en actualizar sus prototipos, las empresas robóticas chinas redujeron sus ciclos de lanzamiento a solo 6 u 8 meses por generación. Construir y activar con hardware en China cuesta una fracción de lo que cuesta en EE. UU. o Europa. Esto permite fabricar miles de unidades de prueba para corregir errores rápidamente. Luego está el apoyo que el gobierno chino presta a estas empresas de robótica inteligente como prioridad absoluta de seguridad económica, subvenciona directamente la investigación e incentiva a las pymes a sustituir trabajadores por máquinas de bajo coste.

Quedaría el otro terreno propio de la Cuarta Revolución Industrial en el que China se ha consolidado como una superpotencia agresiva y altamente competitiva: la ingeniería genética, liderando al mismo tiempo una profunda reestructuración legal. Tras el escándalo mundial de 2018 provocado por el científico He Jiankui (que modificó ilegalmente embriones humanos), el gobierno de Pekín pasó de una permisividad desregulada a un control estatal combinado con un avance científico masivo en áreas no heredables. En los últimos meses, científicos de la Academia China de Ciencias lograron un hito mundial al desarrollar la llamada “Ingeniería Cromosómica Programable” que supera ampliamente el sistema CRISPR de edición de genes individuales de forma aislada; en efecto, la herramienta china permite insertar, borrar o reubicar fragmentos gigantescos de ADN (de miles a millones de pares de bases) en células vegetales y animales con una precisión sin precedentes.

La autosuficiencia alimentaria, ha hecho que el Ministerio de Agricultura chino autorizase la producción en masa y el cultivo nacional de diversas variedades de trigo, soja, maíz y arroz editados genéticamente que resisten plagas extremas, soportar sequías prolongadas y tolerar herbicidas de forma eficiente.

China compite directamente con EEUU en terapias inmunológicas, así como en tratamientos para la diabetes, ceguera y autismo. Cirujanos y biólogos chinos lograron con éxito el primer trasplante funcional de un hígado de cerdo modificado genéticamente a un paciente humano, un avance crítico en el campo de los xenotrasplantes para solucionar la escasez de órganos.

Si a todo esto unimos los “proyectos locos” de los que antes hemos hablado y, sobre todo, tenemos en cuenta las trayectorias de las anteriores revoluciones industriales y sus repercusiones políticas, nos parece que huelga todo comentario.

China, lejos de ser un “Estado democrático, liberal y partidocrático” es una tecnoburocracia autoritaria destinada a sustituir la hegemonía norteamericana mientras se prolongue la Cuarta Revolución Industrial, el modelo político que se adapta mejor a la actual fase de desarrollo tecnológico. Éste precisa de una autoridad central capaz de planificar a largo y medio plazo, en el que los castigos por corrupción o “disidencia” política, desincentiven estas actividades, un país de bajos costes de producción, cuyo mercado interior sirva como “suelo” para un desarrollo ventajoso de las exportaciones, y la “factoría global” en la que se había convertido China durante la última de la Tercera Revolución Industrial, pase a ser el “centro tecnológico mundial”.

En China se dan absolutamente todos los factores -y el primero de todos, es la unidad del Estado, la estabilidad del gobierno, la elección de “objetivos nacionales”, que son elementos que posibilitan un papel protagonista en este ciclo histórico. China tiene todo esto… luego, China es la potencia del futuro en la Cuarta Revolución Industrial, cada vez más presente en nuestras vidas.

Harina de otro costal es durante cuánto tiempo se prolongará este momento histórico. La Primera Revolución Industrial pudo prolongarse durante 110 años (desde 1760 hasta 1870), la Segunda 75 años (de 1870 a 1845), mientras la Tercera lo hacía con dos períodos bien diferenciados: la Guerra Fría (1945-1989), 44 años, y el período de unilateralismo norteamericano (1989-2007) de 18 años, en total, 62 años. Si bien no pueden extraerse razones matemáticas de estos períodos, es por que sus fechas de inicio y fin no son líneas fijas y mucho menos absolutas. Habitualmente, esos ciclos tienen unos orígenes más difusos y frecuentemente se solapan. No existe unanimidad ni siquiera en lo relativo a sus tiempos. Ahora bien, la clasificación que hemos adoptado nos parece suficientemente razonable como para que, como mínimo, pueda extraerse una conclusión: se trata de duraciones cada vez menores, y, en este sentido, si es cierto que se produce una aceleración de la historia. 

Por lo tanto, si se acepta esto, deberá aceptarse también que el “ciclo chino” correspondiente a la Cuarta Revolución Industrial será un ciclo perecedero, más breve que los anteriores, en cualquier caso. Pero con una particularidad, tiene como protagonista a un país en el que se inició un ciclo histórico mayor hace 2.800 años… y esto permite realizar unas reflexiones finales.

 

 

 

 

 







CRÓNICAS DEL FINAL DE LA MODERNIDAD (4) – LUCES Y OSCURIDADES DE LA CHINA MODERNA

LAS SOMBRAS SOBRE LA HEGEMONÍA CHINA

Existen sombras en el portentoso desarrollo chino. Y lo que es aún más significativo: los proyectos del Estado están superando con mucho la dimensión humana y son cada vez más “locos”. Por el momento, son viables y garantizan poner a China en vanguardia de la tecnología, pero su desmesura sugiere la aparición de un titanismo desesperado: como si el dejar de crecer económicamente implicara la muerte. Vamos a dar algunos ejemplos extraídos de la prensa cotidiana para demostrar el volumen de ese “titanismo”.

China ha iniciado la construcción del colisionador de partículas más grande del mundo, que triplicará en tamaño al CERN de Suiza. Será un anillo subterráneo de 100 kilómetros de circunferencia, pensado para ser una "fábrica de bosones de Higgs" para desentrañar los secretos de la materia oscura. Con ello China se pondría a la cabeza de la investigación física hacia el 2030. Un telescopio de neutrinos sumergido a 3.500 metros bajo el Mar de China Meridional, utilizará el agua del mar como un filtro para capturar neutrinos (partículas fantasma) que atraviesan la Tierra, ayudando a entender el origen de los rayos cósmicos más potentes del universo.

China está desplegando una red de miles de cámaras de combustión en las montañas del Tíbet para interceptar el vapor de agua que viaja por el aire. El objetivo es desviar la lluvia hacia las regiones áridas del norte, creando un flujo de agua artificial en el cielo equivalente al caudal de un río real. En teoría, el clima quedaría así modificado a escala regional… pero nada garantiza qu8e este cambio no afecta a toda la climatología del globo.

Pero, en una civilización tecnológica, lo que garantiza su subsistencia, mantenimiento y desarrollo es la energía. Por eso, China ha apostado por la energía de fusión en la que Occidente también lleva trabajando desde finales del siglo XX. Se trata de reproducir de manera controlada el mismo proceso que ocurre de manera natural en el Sol gracias a las elevadas temperaturas que permiten que los átomos venzan a las fuerzas de repulsión y se fusionen liberando cantidades masivas de energía. Este proceso daría lugar a combustible inagotable, energía limpia eficiencia y seguridad. Los chinos han logrado mantener plasma a 120 millones de grados centígrados (ocho veces más caliente que el centro del Sol) durante periodos cada vez más largos.

En exploración espacial están investigando la fabricación de nanotubos de carbono lo suficientemente largos para conectar la Tierra con una estación espacial. El objetivo es reducir el costo de enviar carga al espacio de miles de dólares a solo unos pocos cientos por kilo mediante un “ascensor espacial”.

La revolución en las comunicaciones afecta también a la vida urbana. A 100 km de Pekín, el gobierno está construyendo desde cero una ciudad, Xiong'an, que no tiene semáforos ni cables a la vista, todo el tráfico será autónomo y subterráneo, para ser gestionada íntegramente por una IA central que optimiza la energía, los residuos y el flujo humano en tiempo real. Es el experimento de control urbano más grande de la historia.

Xiong'an, la "ciudad del futuro" es ya una ciudad funcional desde principios de 2026. Se ha diseñado en tres niveles: en el primero, a ras de suelo, zonas verdes, parques y edificios de altura limitada (no hay rascacielos masivos), diseñada para caminar. Por debajo, en la ciudad subterránea, circula todo el tráfico pesado, la logística de entrega de paquetes y los servicios (agua, luz, fibra) en túneles inteligentes. Finalmente, el tercer nivel es un "gemelo digital" exacto de la ciudad con existencia solo en los servidores del gobierno. Cada semáforo, tubería o farola tiene un sensor que reporta su estado en tiempo real a una IA central. No hay semáforos, los vehículos (muchos de ellos autónomos) se comunican con la carretera y entre sí mediante tecnología V2X (Vehicle-to-Everything) y el flujo de tráfico es ajustado por la IA ajusta la velocidad de los coches y el ritmo de los cruces para que el tráfico nunca se detenga. Si un dron de emergencias necesita paso, la ciudad entera “se aparta” digitalmente antes de que el vehículo llegue. Ya no existe dinero físico, con el reconocimiento facial se puede realizar cualquier compra. Todo está vinculado al e-CNY (Yuan Digital). A cada ciudadano se le dará un “crédito social integrado” según su comportamiento cívico o el respeto a las normas de convivencia que se traducirá en descuentos en transportes o beneficios en servicios públicos. La IA ha ayudado a diseñar la ubicación de cada servicio para que ningún ciudadano esté a más de 15 minutos a pie de una clínica, una escuela, un centro de mayores o una zona verde. Esto elimina la necesidad de tener coche propio, algo que el gobierno incentiva activamente. Si una tubería tiene una microfuga, la IA la detecta por la caída de presión y envía un robot de reparación antes de que el vecino note que sale menos agua. Si un anciano que vive solo no ha abierto su puerta en 24 horas, el sistema alerta automáticamente a los servicios sociales. Cuenta con carreteras inteligentes patrulladas por miles de perros robot con IA y sensores que calculan rutas de emergencia óptimas en tiempo real. Por el momento la construcción de esta ciudad desde cero, ha costado 100.000 millones de dólares.

La ciudad de Xiong'an es un experimento en el que se observarán meticulosamente los resultados para implantarlo en todas las grandes ciudades. Hay dos aspectos que merecen ser tenidos en cuenta:

- en un marco así, la privacidad desaparece por completo. Vivir en Xiong'an implica aceptar que cada movimiento, compra y emisión de residuos es un dato que la IA procesa para “optimizar” tu vida y la de la comunidad. El “crédito social” se convierte en un chantaje para el ciudadano que debe adaptarse a todas las normas que dicta el Estado, riesgo que se une a la falta de privacidad. Pero el otro problema es todavía más inquietante:

- el objetivo del gobierno es construir una ciudad “libre de ruidos”. Si las grandes capitales chinas (o de cualquier otro país), están invadidas por un caos sonoro, el silencio en Xiong'an es uno de los aspectos que más desorienta a los visitantes. El gobierno alude al “silencio tecnológico” como una conquista. Alega que el 100% del transporte público y la gran mayoría de los vehículos privados son eléctricos, por tanto, el ruido generado por los motores de combustión está totalmente ausente. La aerodinámica de los vehículos solamente produce un leve zumbido casi imperceptible y, en cuanto a los neumáticos rozan un pavimento especial diseñado para absorber el sonido, a esto se une el que la carga y descarga y los camiones de basura, solamente discurren por el subsuelo. Toda la ciudad está diseñada para absorber cualquier sonido. Se han plantado millones de árboles y creado humedales que actúan como barreras acústicas naturales. Las fachadas de los edificios y el mobiliario urbano utilizan materiales porosos que evitan que el eco rebote, haciendo que las conversaciones a nivel de calle se sientan más íntimas, casi como si estuvieras en un parque incluso estando entre edificios de oficinas. Gracias a la gestión de la IA central, los coches no se encuentran con atascos imprevistos ni peatones cruzando por donde no deben, con lo cual el uso del claxon de los vehículos desaparece. A pesar de que todos los estudios de salud indican lo beneficioso de esta ausencia de ruidos, los residentes describen que, al principio, el silencio es “inquietante”, se sienten como en el escenario de una película o en una ciudad vacía, aunque esté llena de gente.

El gobierno chino espera poder convertir Xiong'an en su principal “producto de exportación” tecnológico.

No se trata de un proyecto aislado, sino de uno de los objetivos del XV Plan Quinquenal que abarca entre 2026 y 2030. Se trata de “abrir” una Ruta de la Seda Digital (DSR, por sus siglas en inglés) que consiste en una búsqueda de la mejora de la conectividad digital global mediante la exportación de infraestructura, servicios y estándares tecnológicos chinos hacia otros países, especialmente en el Sur Global.

Esta “ruta” se centra en el "ciberespacio" y las telecomunicaciones: despliegue de redes 5G y fibra óptica a través de empresas como Huawei y ZTE, instalación de cables submarinos de datos de alta velocidad que conectan Asia con África, Europa y América Latina, inversión en Inteligencia Artificial (IA), computación en la nube (cloud computing), ciudades inteligentes y comercio electrónico, promoción de la alternativa al GPS norteamericano, el sistema de satélites de navegación BeiDou. Esta nueva “ruta de la seda” debería imponer los estándares tecnológicos chinos, convertir a África y Asia en mercados emergentes para las multinacionales chinas y, en definitiva, crear una “comunidad de destino común” en el ciberespacio bajo la supervisión de Pekín… con todos los riesgos que ello implica.

A esto pueden añadirse iniciativas faraónicas, imposibles de acometer por cualquier país occidental, pero posibles solamente en China debido al gigantismo de todo lo que rodea a aquella sociedad. Se trata de obras públicas e infraestructuras que parecen inspiradas por la ciencia ficción.

Tenemos noticia, por ejemplo, a través de videos de youtube y de noticias en revistas científicas, de la construcción del puente del Cañón de Huajia, inaugurado a principios de este año, oficialmente el puente más alto del mundo sobre un cañón de 526 metros. No es solo una obra pública, es también “espectáculo”: durante la temporada de lluvias, el puente está diseñado para liberar agua de embalses cercanos directamente desde su tablero, creando una cascada artificial de más de 600 metros que se usa para espectáculos nocturnos con proyecciones láser.

En cuanto al túnel Tianshan Shengli, con algo más de 22 km es el más largo del mundo, atravesando picos que superan los 3.000 metros de altura. El Enlace Shenzhen-Zhongshan combina ingeniería de puentes y túneles para conectar dos grandes centros económicos. Es un corredor de 24 km que incluye un túnel submarino de 6,8 km conectado a dos islas artificiales.  

Por último, China está desplegando la próxima generación de sus trenes bala. El CR450 está diseñado para operar a una velocidad comercial de 400 km/h (con pruebas que superan los 450 km/h). Y podríamos seguir así con muchos más ejemplos que demostrarían que lo que hace veinte años era ciencia ficción, se está haciendo realidad en China.

En realidad, se engañan los que creen que China está exportando solamente “tecnología”, manufacturas o inversiones… Lo que está exportando China es su visión de cómo debe ser la civilización del siglo XXI: silenciosa, eficiente, altamente tecnológica y rígidamente organizada desde un centro digital. Es el regreso a la idea de Fo-hi (ordenar el caos mediante un sistema superior), pero utilizando algoritmos en lugar de trigramas. Un “actuar sin actuar” (wu wei)

Todos estos logros tienen un pequeño problema. Salvo que nos coloquemos en una posición de optimismo tecnológico, la lógica da la razón al principio de Murphy: “Todo lo que puede estropearse, se estropea” y a su primer corolario: “Cuanto más complejo es un mecanismo, más posibilidades tiene de estropearse”. El modelo tecnológico chino es tan absolutamente complejo que resulta imposible prever los eslabones más débiles por los que podría romperse la cadena. Por otra parte, ni siquiera el gobierno chino es consciente de lo que implica para la sociedad el tránsito de una estructura feudal plurimilenaria a una de ciencia ficción en apenas 50 años (desde la muerte de Mao hasta hoy).

En el momento de escribir estas líneas la economía china enfrenta cuatro “sombras” o desafíos estructurales que los analistas consideran sus puntos más vulnerables. Los analistas norteamericanos se apoyan en estas sombras para cuestionar el que China pueda superar a los EEUU y convertirse en la potencia mundial hegemónica.

En 1980, China estableció la “política del hijo único”, sin duda, la medida de control demográfico más drástica de la historia moderna. Estuvo vigente hasta 2015. Consistió en frenar el crecimiento descontrolado de la población, se prohibió a las parejas tener más de un descendiente. El Estado utilizaba un sistema de multas económicas severas, pérdida de empleo y beneficios sociales, e incluso métodos coercitivos como abortos y esterilizaciones forzadas. Se estima que se evitaron 400 millones de nacimientos… pero las consecuencias a largo plazo están resultando demoledoras. China envejece más rápido de lo que se enriquece. Las personas mayores de 60 años representan hoy más del 20% de la población.

Lejos de aumentar, la población activa va disminuyendo, el crecimiento económico se ralentiza y la automatización masiva es, de momento, la única alternativa. La preferencia cultural por los varones llevó a abortos selectivos e infanticidios femeninos, una atrocidad ante la que el país calló, pero que hoy ha generado una "crisis de solteros" psicológicamente afectados por no poder formar una familia.

Con todo, nacieron millones de segundos hijos mientras se mantuvo la política del hijo único”, sus padres, habitualmente campesinos, los ocultaron para evitar sanciones económicas, crecieron sin documentos oficiales y, consiguientemente, no tuvieron acceso a educación o salud durante décadas.

Los 35 años en los que se mantuvo esa política demográfica suicida, la propaganda oficial insistió machaconamente, incluso subliminalmente, en que tener un solo hijo es lo ideal. La idea caló profundamente en el subconsciente de la población y, a pesar de que hoy se permiten hasta tres hijos, los nacimientos en 2025 cayeron a mínimos históricos (apenas 7,92 millones en un país de 1.500 millones de personas).

A esto se ha sumado el estancamiento del sector inmobiliario en China, que es a fecha de hoy, el principal lastre de su economía. Es el resultado de un modelo económico insostenible. No es nada que no haya ocurrido en otros países, sin embargo, el gigantismo chino hace que el problema revista una gravedad extrema que es mucho menor en otros países. Las promotoras chinas cobraron durante décadas los pisos por anticipado y con el beneficio compraban más terrenos antes de acabar las obras, confiando en que los préstamos bancarios avalados por sus activos, les permitieran cumplir las entregas de pisos. Pero, cuando en 2020, el gobierno Chino estableció normas para frenar el endeudamiento, las grandes promotoras vieron como se les cortaba el grifo del crédito (quiebra de Evergrande y Country Garden).

Muchos ciudadanos vieron cómo sus ahorros desaparecían en proyectos inacabados. El ladrillo era el primer recurso de las familias para invertir sus ahorros con la convicción de que nunca bajarían de precio. Cuando se produjeron estas crisis, la demanda se estancó y los ahorros familiares se orientaron hacia otros frentes. La caída demográfica (menos gente, menos casas) contribuyó también a la ralentización del sector. Hoy existen millones de apartamentos vacíos en ciudades pequeñas donde la población está disminuyendo. Simplemente, ya no hay suficientes parejas jóvenes para llenar los edificios que se construyeron pensando en proyecciones de crecimiento del pasado.

Pero esto tuvo un efecto directo sobre el endeudamiento de los gobiernos locales. Estos obtenían el 30-40% de sus ingresos vendiendo tierras a las constructoras. Al cesar bruscamente la demanda, los ayuntamientos se han quedado sin dinero para pagar sus propias deudas, lo que reduce la inversión pública y el crecimiento económico general. Hoy, los ayuntamientos están endeudados lo que implica que no pueden pagar y, por tanto, ven limitada su capacidad para invertir en nuevos proyectos, los bancos estatales afrontan un riesgo que pone en jaque la estabilidad del sistema.

Pero si esto es grave, los cambios que estos problemas acumulados están teniendo especialmente en las familias de clase media, son aun más profundos. Las familias chinas tienen, por tradición, tasas de ahorro mucho más elevadas que en Occidente. Tras la crisis inmobiliaria y la volatilidad de los últimos años, las familias chinas han optado por ahorrar antes que invertir o gastar. Esto ha hecho que disminuyera el consumo interno y que la economía china se haya hecho cada vez más dependiente de las exportaciones. Y en este terreno, también se han modificado las reglas del juego.

La llega de Trump a su segunda presidencia ha hecho que China ya no sea considerado en los EEUU como la “factoría mundial”, sino como un “competidor”. Especialmente los EEUU han levantado barreras arancelarias masivas (especialmente contra sus coches eléctricos y tecnología verde) y han restringido el acceso de China a los microchips más avanzados. Esto obliga a China a gastar miles de millones en intentar inventar por su cuenta lo que antes compraba fuera, ralentizando su progreso.

La educación universitaria masiva ha hecho que cada vez más graduados universitarios especialmente en el sector tecnológico, estén en el paro, reduciendo el dinamismo de la economía. La educación era la alternativa generalizada para garantizar el ascenso social. Pero los cambios sociológicos, unidos a la crisis de vivienda (el mayor activo con el que contaban las familias de clase media), a la ralentización del consumo, está desincentivando a especialmente a los jóvenes que empiezan a considerar que ya no les compensa trabajar desde las 9 de la mañana a las 9 de la noche durante seis días a la semana, para pagar hipotecas desproporcionadas. El estancamiento de los salarios ha generado un resentimiento profundo e induce a cada vez más jóvenes a dejar de competir y de comprar casas conscientes de que el sistema ha dejado de compensarles.

La compra de una vivienda para un joven era hasta ahora el esfuerzo de los dos padres y los cuatro abuelos que aportaban sus ahorros para que el hijo único comprase un piso. Pero ver el ahorro de tres generaciones atrapado en algo que no genera beneficios ha provocado que los padres presionen menos a sus hijos para casarse, ya que el requisito tradicional de “tener casa propia para casarse” se ha vuelto un riesgo financiero en lugar de una garantía. Las familias cada vez ahorran más de cara a afrontar el futuro. Es lo que en términos económicos se llama “ahorro preventivo”. En 2026, los depósitos bancarios de los hogares están en máximos históricos porque la clase media tiene miedo de gastar ante un futuro incierto.

En resumen, la economía china está hoy en una transición crítica: está intentando cambiar su motor de “ladrillo y hormigón” por uno de “chips e inteligencia artificial”, pero las sombras de la deuda y la demografía hacen que el camino sea muy estrecho.

Todas estas sombras son, por lo demás, el resultado de factores excepcionalmente complejos que cualquier pequeña variación puede alterar en todos los países del mundo y bajo cualquier sistema político. Pero en China todo es a escala gigantesca y las sombras que se proyectan sobre su futuro es inquietante.