viernes, 29 de mayo de 2026

LA CATEDRAL - El simbolismo de la Catedral de Chartres - JORIS KARL HUYSMANS

¿Es posible encontrar la paz en un mundo que se desmorona? ¿Puede la piedra hablarnos de lo eterno? Nos complace anunciar la publicación de una pieza fundamental de la literatura universal: La Catedral, la obra maestra de Joris-Karl Huysmans. Tras el éxito de su etapa naturalista y el escándalo que rodeó sus incursiones en el ocultismo, el autor nos ofrece aquí su creación más luminosa y profunda. Esta no es solo una novela; es un viaje sensorial y místico que ha fascinado a generaciones de lectores y estetas.

En esta obra, seguimos los pasos de Durtal, el inolvidable protagonista de Allá abajo, quien busca refugio en la majestuosidad de la Catedral de Chartres. En un tono vibrante y seductor, Huysmans nos transporta a un mundo donde el arte y la fe se funden en una danza eterna. Acompaña al autor en este recorrido por naves infinitas, donde cada sombra guarda un secreto y cada rayo de luz a través de los vitrales cuenta una historia olvidada.

¿Por qué leer La Catedral hoy? La obra se caracteriza por cuatro características: su concepción estética es insuperable: La pluma de Huysmans es capaz de convertir la descripción de un vitral en una experiencia casi hipnótica. Es el regalo perfecto para los amantes del arte y la arquitectura. Nos muestra la profundidad psicológica del protagonista (alter ego del autor) en lo que constituye una exploración honesta sobre la búsqueda de sentido, la soledad y la redención en tiempos de crisis espiritual. Es una muestra de erudición fascinante que muestra al lector la simbología medieval, la música sacra, el lenguaje de las piedras, de los vitrales y de las esculturas, incluso el lenguaje de las plantas como nunca antes se había contado en una obra de ficción.

En una época de lecturas rápidas y superficiales, La Catedral se alza como un monumento a la belleza lenta y meditada. Es una invitación a detener el tiempo, a respirar el aroma del incienso y a dejarse envolver por la "música de las piedras". Huysmans logra lo imposible: que el lector sienta el frío de las losas y el calor de la fe en cada una de sus páginas.

Esta edición especial respeta la riqueza del lenguaje original, ofreciendo una traducción cuidada que mantiene toda la fuerza y el color del estilo "impresionista" de su autor. Es el momento de completar tu biblioteca con el título que definió el fin de siglo francés y que sigue siendo, a día de hoy, un refugio para el alma.

No dejes pasar la oportunidad de poseer esta joya literaria. La Catedral te espera para revelarte sus misterios. ¡Que la magia de Chartres te transforme!

CONTENIDO

La novela, compuesta por dieciséis capítulos está precedida de una introducción a cargo de Ernesto Milá, que ha realizado la traducción y la edición de la obra, en la que nos explica quién era Joris-Karl Huysmans, su portentosa aventura intelectual que le llevó desde los ambientes del satanismo parisino hasta su ingreso como oblato en un convento, pasando por la literatura decadentista de la que fue uno de sus máximos exponentes en Francia.

 

CARACTERÍSTICAS:

Tamaño: 15 x 23 cm

Páginas: 480

Impresa en papel blanco de 80 gr.

Encuadernación en rústica

Portada en cuatricomía

Precio Venta al Público: 33,28 €

Pedidos: LA CATEDRAL

Contacto: eminves@gmail.com








LOS ENSAYOS DE BILYCHNIS – JULIUS EVOLA – Seguido por los textos de Julius Evola sobre René Guénon

 

La obra Ensayos de Bilychnis de Julius Evola es un laboratorio de ideas temprano donde el autor rompe con el racionalismo y el mundo moderno. Hoy más que nunca es necesario despertar el Espíritu frente a la decadencia implícita en la modernidad. La revista Bilychnis (cuya historia, personajes y vicisitudes explica ampliamente Ernesto Milá al principio de la obra) incluyó nueve ensayos de Julius Evola aparecidos justo en los momentos en los que había desconectado con su período “artístico” y concluido su período “filosófico”, encaminando sus pasos hacia en mundo de la Tradición, en la senda de René Guénon.

Hay cuatro conceptos que suficientes para definir el contenido de los ensayos incluidos en esta obra:

- Son una crítica demoledora a la modernidad que desmantela las ilusiones del racionalismo dominante de nuestra era.

- Apelan a la “trascendencia pura” en la búsqueda de verdades eternas por encima del tiempo y la materia.

- Recurren a la sabiduría ancestral y a los contenidos de las distintas “ciencias tradicionales”, conectando en especial con la alquimia y el hermetismo y la magia iniciática.

- Y, finalmente, es una lectura desafiante para buscadores espirituales, espíritus rebeldes y mentes libres.

Es un conjunto de ensayos que tienen como denominador común el intento de despertar el espíritu del lector frente a la decadencia moderna. Es una obra sólo para los que sienten que el mundo actual carece de una verdadera dimensión trascendental; para los que buscan respuestas más allá de la lógica científica y el materialismo vacío. Julius Evola invita al lector a un viaje hacia la raíz de la espiritualidad absoluta. Este compendio de textos marca el nacimiento de un pensamiento radicalmente revolucionario.

Los ensayos publicados en Bilychnis coinciden con los momentos de aproximación de Evola al pensamiento tradicional y su conocimiento de la obra de René Guénon. Por eso hemos incluido un anexo que incluye todos los artículos en los que Evola alude a Guénon, incluso para criticar algunos de sus planteamientos.

Es, en su conjunto, una obra para los que no se conforman con las explicaciones superficiales de la existencia humana; para quienes aspiran a explorar la ruptura definitiva con las formas convencionales de pensamiento; y para los que advierten que el Yo individual se enfrenta a la posibilidad de su disolución. Estos ensayos ayudan a entender el poder latente en las corrientes sapienciales de Oriente y Occidente.

El conocimiento no es solo acumular datos, es una transmutación interior. Consigue los Ensayos de Bilychnis en Amazon para el despertar de tu conciencia.

 

Contenido

BILYCHNIS, una ventana abierta al mundo de la “espiritualidad crítica” (por E. Milá)

1. “Bilychnis” ¿por qué este nombre?

2. Evola y Bilychnis

3. Los impulsores: intenciones y circunstancias

4. El objetivo editorial

5. Los colaboradores

6. Bilychnis y España

7. El fin de Bilychnis

8. Bilychnis aquí y ahora


LOS ENSAYOS DE BILYCHNIS

- Émile Coué y el “actuar sin actuar”

I.

II.

III.

- De la “Pureza” como valor metafísico

I. PURIFICACIÓN DE LA MENTE

II. PURIFICACIÓN DE LA VOLUNTAD

III. PURIFICACIÓN DE LA PALABRA

IV. PURIFICACIÓN DEL ACTO GENERATIVO Y DE LA RESPIRACIÓN

- La Escolástica frente al espíritu moderno

I. NECESIDADES DE LA ESCOLÁSTICA

II. LOS PRESUPUESTOS DEL TOMISMO

III. LA DISTINCIÓN ENTRE ESENCIA Y EXISTENCIA

IV. LA PSEUDO-JUSTIFICACIÓN TOMISTA DEL DOGMA

V. EL DILEMA Y EL FRACASO DE LA ESCUELA

VI. LA EVOLUCIÓN CRITERIOLOGICA

VIII. NEO-ARISTOTELISMO: LA ESENCIA Y LA EXISTENCIA EN LA FILOSOFÍA                              MODERNA

- Nuevos Mesías

- El valor del ocultismo en la cultura actual

I. EL PROBLEMA DEL CONOCIMIENTO.

EL OCULTISMO COMO EXPERIMENTALISMO TRASCENDENTAL

II. LA SUPERVIVENCIA Y EL PROBLEMA DE LA INMORTALIDAD SEGÚN EL                               OCULTISMO

III. LA DOCTRINA DE LA POTENCIA Y EL “CUERPO DE LIBERTAD”

IV. LO QUE NO ES OCULTISMO

V. NOSTALGIA

- El movimiento del Neugeist

- La doctrina de la palingénesis en el hermetismo medieval

I. HERMETISMO Y “QUÍMICA MITOLÓGICA”

II. EL SIMBOLISMO Y EL ESPÍRITU DE LA REALIZACIÓN HERMÉTICA

III. LA TÉCNICA DE LA REALIZACIÓN HERMÉTICA

- Movimientos antimodernos y retorno a la “metafísica”

- La “mística de la sangre” en el nuevo nacionalismo alemán

ANEXO

- Evola y Guénon: el problema de las dos vías del tradicionalismo

La “contemplación” según Guénon

El concepto de “acción” en Evola

La importancia de estas diferencias

Dos estrategias ante la modernidad

- Límites de la regularidad iniciática

           ESQUEMA GUÉNONIANO DE LA REGULARIDAD INICIATIVA

CRITICA DEL ESQUEMA GUÉNONIANO

INICIACION Y VIAS DE EXCEPCION

CONDICIONES ACTUALES PARA LA INICIACION

- Con el pretexto de conquistar la tierra, el hombre ha perdido el control de la realidad metafísica

- Un maestro de los tiempos modernos: René Guénon

- Oriente y Occidente: “El don de lenguas”

- René Guénon y la “Escolástica” guénoniana

- Mi correspondencia con René Guénon

 

CARACTERISTICAS

Tamaño: 15 x 23 cm

Páginas: 384

Impreso en papel de 60 grs.

Enbcuadernación: rústica

Portada: en cuatricomía

Precio de Venta al Público: 31,20 €

Pedidos: Los Ensayos de Bilychnis

Contacto pedidos: eminves@gmail.com








PSICOLOGÍA POLÍTICA – GUSTAVE LE BON - La razón crea la ciencia, los sentimientos mueven la historia


En esta obra, Gustav Le Bon examina cómo las emociones colectivas y las masas dictan las decisiones del poder. ¿Por qué las multitudes siguen ciegamente a ciertos líderes? ¿Qué fuerzas invisibles gobiernan las decisiones de una nación? Gustav Le Bon desmantela los secretos de la mente colectiva y los riesgos de su utilización política. Este clásico imprescindible te revela la verdadera anatomía del poder. No te dejes engañar por la superficie de la política. Aprende cómo se manipulan los sentimientos de las masas. Entiende la lógica irracional que mueve a las sociedades modernas. Descubre por qué las ideas abstractas dominan las revoluciones. Analiza el arte de la persuasión y el contagio mental.

La obra se basa en 5 conceptos clave que Le Bon identifica con claridad. Para dominar el arte de la psicología política es preciso tener en cuenta:

1. La existencia de un alma colectiva, especie de denominador común susceptible de unir a las mentes individuales en una sola dirección unificada.

2. La irracionalidad en el comportamiento de las masas: Pérdida del juicio crítico al formar parte de un grupo.

3. Los procesos de contagio mental que facilitar la propagación rápida de emociones e ideas entre las masas como si fueran virus.

4. La creación formas de “misticismo político” en los que las masas muestran una devoción ciega hacia determinadas concepciones o jefes políticos.

5. La naturaleza de los “conductores de pueblos”, esos líderes que fanatizan a las masas mediante la sugestión y le inducen al “alma colectiva”

Para Le Bon, los gobernantes exitosos no usan la lógica, sino tres herramientas verbales que constituyen los “mecanismos de la acción política de masas”:

  1. La afirmación pura: Enunciar ideas de forma simple, sin pruebas ni demostraciones.
  2. La repetición: Reiterar la misma frase constantemente para grabarla en el subconsciente.
  3. El prestigio: Fuerza magnética del líder que paraliza el espíritu crítico ajeno.

Esta obra facilita al lector: una comprensión radical de los fenómenos de la política de masas y descifra el comportamiento de las multitudes. Ofrece herramientas críticas para proteger tu mente de la propaganda. Facilita lo que podemos llamar “una visión de vanguardia que permite anticipar los movimientos de los gobernantes, sean quienes sean. Es, sobre todo, una obra de lectura obligatoria para politólogos, periodistas y ciudadanos despiertos… o que aspiren al despertar.

 

SUMARIO

Nota del Traductor

LIBRO I - OBJETIVO Y MÉTODO

Psicología política

Necesidades económicas y teorías políticas

Métodos de estudio de la psicología política

LIBRO II - LOS FACTORES PSICOLÓGICOS DE LA VIDA POLÍTICA

El origen de las leyes y las ilusiones legislativas

Los males de las leyes

El papel político del miedo

Transformación moderna del derecho divino

Factores psicológicos de las luchas bélicas

Factores psicológicos de las luchas económicas

Influencia psicológica de la enseñanza universitaria

LIBRO III - EL GOBIERNO POPULAR

La élite y la multitud

Génesis de la persuasión

La mentalidad obrera

Las nuevas aspiraciones populares

La impopularidad parlamentaria y la escalada

Los avances del despotismo

LIBRO IV - ILUSIONES SOCIALISTAS Y SINDICALISTAS

Las ilusiones socialistas

Las ilusiones sindicalistas

La evolución anárquica del sindicalismo

LIBRO V - ERRORES DE LA PSICOLOGÍA POLÍTICA EN LA COLONIZACIÓN

Nuestros principios de colonización

Resultados psicológicos de la educación europea en los pueblos inferiores

Resultados de instituciones y religiones europeas en los pueblos inferiores

Razones psicológicas de la impotencia de la civilización europea para transformar
a los pueblos inferiores

Las nuevas formas de colonización

LIBRO VI - EVOLUCIÓN ANÁRQUICA Y LA LUCHA CONTRA LA DESINTEGRACIÓN SOCIAL

La anarquía social

El avance de la delincuencia

El asesinato político

Persecuciones religiosas

Las luchas sociales

Fatalismo moderno y disociación de las fatalidades

La defensa social

 

CARACTERISTICAS DE LA OBRA

Tamaño: 15 x 23 cm

Páginas: 466

Impreso en papel de 80 grs.

Portada en cuatricomía

Precio de Venta al Público: 31,20 €

Pedidos: PSICOLOGÍA POLÍTICA

Pedidos por email: eminves@gmail.com







 

MEMORIA HISTORICA DEL FRANQUISMO: LAS "CRISIS AFRICANAS"

Tras la Segunda Guerra Mundial, el movimiento nacionalista marroquí, liderado por el partido Istiqlal (Independencia), ganó fuerza. En 1947, el sultán Mohammed V comenzó a distanciarse de las autoridades francesas, y en 1953 fue depuesto y enviado al exiliado por Francia, lo que radicalizó aún más la lucha por la independencia. Este país, todavía bajo la impresión de haber perdido ominosamente Indochina en 1948, tras su derrota decisiva en Dien Bien Phu el 7 de mayo de ese mismo año, afrontaba el inicio de la guerra por la independencia de Argelia que se prolongaría con una intensidad salvaje entre 1954 y 1962.

Era evidente que Francia no tenía capacidad para afrontar un nuevo conflicto por el control del protectorado de Marruecos que obtuvo su independencia el 2 de marzo de 1956. España, que controlaba la otra parte del protectorado, se vio forzada a seguir los pasos de Francia.

El 7 de abril de 1956, España firmó una declaración conjunta reconociendo la “plena soberanía e independencia de Marruecos” y comprometiéndose a respetar su “unidad territorial”. Este acuerdo bilateral firmado en Madrid puso fin al Protectorado español, que había existido desde 1912. En octubre de 1956, la Zona Internacional de Tánger, administrada por varios países (incluidos España, Francia y Reino Unido), fue reintegrada a Marruecos mediante el Protocolo suscrito en esa misma ciudad.

Cuando parecía que la relación con el nuevo país sería idílica, las cosas empezaron a torcerse. Marruecos empezó a organizar disputas sobre otros territorios que nunca habían formado parte del protectorado.

En efecto, Franco y la inteligencia española ignoraban en aquel momento la doctrina del “Gran Marruecos” que constituía el “mito” movilizador del Istiqlal, el Partido Nacionalista Marroquí que era, a fin de cuentas, quien movía los hilos de la independencia. Esta doctrina, que puede ser calificada como una “ficción geopolítica” fue elaborada por Allal El Fasi (fundador del Istiqlal), durante su exilio en Egipto mientras se desarrollaba la Segunda Guerra Mundial. Era una teoría muy influida por las concepciones y reivindicaciones de los países del Eje, sostenía que los límites históricos y “vitales” de Marruecos se extendían desde el norte de África hasta el Sahel.

Sin apenas apoyos históricos, basándose solo en la contigüidad geográfica, El Fasi incluía en esta “ficción” a las ciudades autónomas españolas de Ceuta y Melilla, así como las plazas de soberanía (Islas Chafarinas, Peñón de Alhucemas, Peñón de Vélez de la Gomera, Isla de Perejil y las llamadas “islas adyacentes”), todo el territorio del Sáhara Occidental, la zona de Sidi Ifni y Cabo Juby, las provincias argelinas de Tinduf, Béchar y el Touat, finalmente, la totalidad de Mauritania, partes del norte de Mali, el norte de Senegal e, incluso, las Islas Canarias.

Es importante señalar que los “militares africanistas” (y el propio Franco entre ellos), ignoraban la existencia de esta “ficción geopolítica” que fue elaborada posteriormente a su presencia en el Protectorado. Hasta prácticamente el inicio de los años 70, uno de los puntos de apoyo de la política exterior de España era subrayado con la tópica frase de “nuestra tradicional amistad con los árabes”. Pero la visión “africanista” anterior a 1945, no tenía nada que ver con la que apareció después, en plena euforia descolonizadora. El panorama había cambiado mucho. Marruecos, no sólo no agradeció la independencia incruenta y negociada de la parte española del Protectorado, sino que, el nuevo país asumió, desde el primer momento, la ficción del “Gran Marruecos”.

Inmediatamente después de la independencia estalló la Guerra de Ifni, la “Guerra Olvidada”, cuando bandas irregulares del llamado “Ejército de Liberación Marroquí”, apoyadas directamente por Marruecos irrumpieron en aquel territorio. En noviembre de 1957, esta organización lanzó una primera ofensiva sorpresa para ocupar los puestos militares españoles en Ifni. Ante la superioridad numérica del enemigo y la dificultad de defender puestos aislados en el desierto, las tropas españolas se retiraron y formaron un perímetro defensivo alrededor de la capital, Sidi Ifni. Esta ciudad quedó sitiada durante meses, siendo abastecida únicamente por mar y aire. También hubo fuertes combates en lugares como Edchera y El Aaiún, donde destacó la intervención de la Legión Española. Ante el estancamiento de la situación, España y Francia (que temía por sus intereses en Mauritania y Argelia) lanzaron una operación aérea y terrestre que logró expulsar a los rebeldes marroquíes del Sáhara en pocas semanas. 

El conflicto terminó formalmente con el Acuerdo de Angra de Cintra en abril de 1958. España entregó a Marruecos la zona de Cabo Juby (Tarfaya), pero mantuvo el control solo de la ciudad de Sidi Ifni (como una provincia de ultramar) hasta 1969, cuando finalmente fue entregada a Marruecos tras presiones de la ONU. Se estima que hubo cerca de 300 assesinados, 80 desaparecidos y unos 500 heridos en el bando español. 

Un año antes de la entrega de Ifni, culminó el proceso de descolonización de Guinea Ecuatorial, el 12 de octubre de 1968. Inicialmente, debía tratarse de una “descolonización ejemplar”. El futuro gobierno soberano de Guinea Ecuatorial heredaba, en aquel momento, el país con mejor nivel de vida de África, después de la Unión Sudafricana. Incluso en los últimos meses previos a la independencia, España dotó al futuro país de estudios autónomos de televisión, grabación, montaje, sonido y producción. Hasta finales de los años 50, el territorio era considerado una provincia más de España. Guinea Ecuatorial dejó de ser “colonia” para convertirse en las “provincias españolas de Fernando Poo y Río Muni”. Pero, tanto élites ambiciosas locales, como la ONU, querían una independencia total y sin restricciones.

El 15 de diciembre de 1963, un referéndum aprobó un sistema de autogobierno. Así nació oficialmente Guinea Ecuatorial, con una Asamblea General (parlamento) y un Consejo de Gobierno presidido por Bonifacio Ondó Edu, aunque el gobierno español mantenía amplios poderes. En noviembre de 1965, la ONU pidió a España que fijara una fecha para la independencia. Tras aceptarlo en 1966, el proceso se aceleró.

La Conferencia Constitucional se celebró entre el 30 de octubre de 1967 y el 22 de junio de 1968 en Madrid, presidida por el ministro español Fernando María Castiella. Castiella apostaba por una independencia inmediata y conjunta para mejorar la imagen exterior de España, mientras que el vicepresidente Carrero Blanco aconsejaba una independencia lenta y separada (isla y continente) para proteger los intereses económicos españoles. Mientras, en Guinea, la mayoría de los partidos querían un país unificado. Solo la Unión Bubi (de la isla de Bioko) llegó a plantear una independencia separada o seguir bajo administración española, lo que generó tensión étnica con la mayoría continental fang. La Constitución, finalmente, resultó de corte liberal y democrático. Establecía un estado unitario, separación de poderes y derechos fundamentales. Sometida a referéndum el 11 de agosto de 1968, supervisado por la ONU, fue aprobada por el 64,32% de los votantes.

Entre el 22 y el 29 de septiembre se celebraron elecciones presidenciales y parlamentarias. El favorito era Bonifacio Ondó Edu, apoyado por los colonos españoles y que representaba un cambio más gradual. Sin embargo, el vencedor fue Francisco Macías Nguema, un exfuncionario de la administración colonial que difundió un discurso radical, anticolonial, antiblanco y populista. Fue el primer traspiés. El 12 de octubre de 1968, en una ceremonia presidida por el ministro Manuel Fraga, España transfirió la soberanía a la nueva República de Guinea Ecuatorial, con Macías Nguema como primer presidente. Y ocurrió lo que era de esperar y ante lo que el gobierno de Franco no preparó a la opinión pública…

Menos de un mes después de la independencia, el país estaba paralizado e, incluso, la televisión había dejado de funcionar por pura desidia y mala gestión. Cualquier problema de la población era inmediatamente atribuido a “España” y a la “colonización”. Los vientos eran cada vez más hostiles, el país recién independizado parecía ingobernable y, desde luego, el gobierno de Macías Nguema, cuando mayores eran los problemas, más agresivo se mostraba contra España. A los seis meses de independencia, la mayoría de los 8.000 españoles que vivían en Guinea (funcionarios, empresarios, misioneros), ante esta situación y en previsión del mismo baño de sangre que se había producido en otros países africanos recién independizados, optaron por abandonar Guinea, llevándose capital y experiencia. La economía colapsó y hasta el hallazgo de petróleo en los años 90, Guines Ecuatorial pasó de ser el segundo país africano en nivel de vida, a figurar en el pelotón de cola.

Macías suspendió la Constitución de 1968, prohibió los partidos políticos, se declaró presidente vitalicio e instauró un régimen de terror durante el cual, desde 1968 hasta su derrocamiento en 1979, un tercio de la población fue asesinada o huyó al exilio. La mayoría de los líderes independentistas que participaron en la Conferencia de Madrid, como Bonifacio Ondó o Atanasio Ndongo, fueron detenidos y asesinados.

No era algo que no hubiera ocurrido antes en el resto de colonias africanas que demostraron a las claras que África no estaba hecha para el concepto eurocéntrico de Estado–Nación y que la “tribu” era la única forma aplicable en el continente. Sin embargo, la opinión pública española de la época se sintió decepcionada por la reacción, tanto de Marruecos como de la población guineana e, incluso el mismo gobierno, se mantuvo perplejo por todo lo ocurrido y a la espera de que las cosas empeoraran todavía más desde el momento, en el que, no sólo Marruecos reivindicó la soberanía sobre el Sáhara, sino que apareció un movimiento armado por Argelia de carácter independentista, el Frente Polisario, que, a principios de los 70, empezó a cometer atentados terroristas, incluidos asesinatos, contra soldados y civiles españoles.

Pero ésta ya es otra historia y pertenece a los instantes finales del franquismo.


jueves, 28 de mayo de 2026

MEMORIA HISTÓRICA DEL FRANQUISMO: LA CUESTIÓN MONÁRQUICA O COMO JUAN CARLOS LLEGÓ A SER REY DE ESPAÑA

Era evidente que, ante el cambio del panorama internacional que se había iniciado en 1942 con el declive de los fascismos y coronado en 1945 con la creación de un “nuevo orden internacional”, iba a repercutir en el interior del régimen español. Como ya hemos visto, el primer y más temprano paso, fue la sustitución de los “falangistas revolucionarios” y pro–Eje del entorno de Serrano Suñer, por nacional–católicos. Poco a poco, primero tímidamente, y luego con más intensidad hasta mediados de los años 60, el régimen lanzó una nueva consigna que sustituía, tanto al falangismo como al nacional–catolicismo: la “democracia orgánica”, a pesar de que, en el fondo, no era nada más que una adaptación del corporativismo fascista y del corporativismo católico del XIX.

El régimen, no se presentaba como un “estado fascista”, sino como una “monarquía católica, social y representativa”. El gobierno de Franco se explicaba como una especie de interregno de “regencia” hasta que se nombrara a un nuevo rey. Y este era el problema: que el plazo se iba dilatando más y más. Nunca parecía ser un buen momento para operar el “recambio” definitivo y toda la armadura institucional del régimen parecía temporal, improvisada y sin futuro.

Una regencia es un período en el que una persona (el regente) o un consejo ejercen las funciones de la jefatura del Estado en un sistema monárquico porque el rey legítimo no puede hacerlo. La regencia, en la práctica, es un gobierno interino que mantiene la estructura monárquica mientras se espera a que el titular legítimo pueda o deba asumir el mando. Esta situación se produce, generalmente, por tres razones: la minoría de edad del heredero de la corona, cuando el rey está enfermo o mentalmente impedido, o bien cuando el trono está vacante, pero el país se define legalmente como una monarquía. Este último era el caso del régimen español.

Inicialmente, la Ley de Sucesión de 1947 fue la ley más importante de este período porque definió a España como un Reino, pero sin especificar qué rey, ni siquiera qué dinastía se sentaría, antes o después, en el trono. Esta Ley declaraba a Franco como Jefe del Estado vitalicio, con la potestad de nombrar a su sucesor como rey o regente. Aunque su título oficial era “Caudillo”, en la práctica actuaba como un regente a perpetuidad. Él guardaba el trono “vacante” hasta que decidiera quién sería el sucesor.

A medida que la guerra iba quedando atrás y se pensaba más en el futuro, parecía evidente que la regencia de Franco, antes o después, incluso si era vitalicia, concluiría. La Ley de Sucesión apenas explicaba lo que ocurriría después y apenas mencionaba que, en caso de fallecimiento del Caudillo o de su incapacidad, asumiría la jefatura un “Consejo de Regencia” de forma transitoria para asegurar que el sucesor nombrado tomase posesión del cargo sin que hubiera un vacío de poder. Eso era todo.

La generación militar de Franco era, mayoritariamente, “alfonsina”. Tras el fallecimiento de Alfonso XIII en Roma el 28 de febrero de 1941, su hijo Don Juan de Borbón, Conde de Barcelona, era sucesor directo… pero nada garantizaba que, una vez nombrado Rey, no emprendiera la “vía inglesa”, esto es, la creación de una “monarquía constitucional” con partidos políticos, estructura liberal con cambios continuos de rumbo y se retornara a una situación anterior al 18 de julio de 1936.

Y eso implicaba que los objetivos que se había fijado Franco en 1936 quedarían sin alcanzar, en especial el desarrollo económico de España y el recuperar el tiempo perdido en relación a otros países europeos. Eso, por sí mismo, explica el por qué, durante los años 40 y 50, años duros para el régimen de Franco y en los que todavía distaba mucho por alcanzarse ese objetivo final, el tema de la restauración monárquica no ocupara un lugar preponderante. Solo fue a mediados de los años 60, en pleno furor desarrollista, cuando se dieron pasos adelante en esta dirección y se redactó la última de las Leyes fundamentales del Reino, la Ley Orgánica del Estado. A partir de ahí, sí puede decirse que el régimen español se “institucionalizó” completamente. Y, aunque no tuviera una “constitución” propiamente dicha, el racimo de las siete “leyes fundamentales” ejercía esa misma función.

El otro problema era que, en la coalición cívico–militar que dio lugar a la sublevación de julio de 1936, habían participado los requetés, las milicias carlistas, de manera muy significativa, especialmente en el Norte de España. Durante el conflicto, los requetés aspiraban a la instauración de su línea monárquica en el trono. Su participación fue decisiva en algunos momentos de la guerra y contrastó con la ausencia prácticamente total de combatientes “alfonsinos” (exceptuando oficialidad profesional en donde sí eran mayoritarios).

Durante la guerra no surgieron apena tensiones con los falangistas; existía entre ambas facciones cierta competencia en cuanto a arrojo y heroísmo, pero no se produjeron choques de importancia hasta que llegó la paz. Como ya hemos visto, los incidentes del Santuario de Begoña marcaron un antes y un después. Ni siquiera la creación del “Movimiento Nacional” con la fusión de las milicias falangistas y carlistas, tuvo efectos prácticos. Los carlistas siguieron utilizando la boina roja, pero no la camisa azul y los falangistas a la inversa. Las diferencias entre ambos grupos eran lo suficientemente fuertes como para que cada uno se atuviera a sus propios rasgos de identidad.

Entre 1939 y 1945, para la inteligencia británica, estaba claro que el riesgo eran los “falangistas revolucionarios” (el grupo formado en torno a Serrano Suñer) y era a estos a los que habia que neutralizar. Ya hemos visto cómo lo hicieron. Inmediatamente antes y después del “incidente de Begoña”, los falangistas fueron desarrollando un sentimiento antimonárquico que no estaba implícito en el ADN de la Falange fundacional.

En efecto, les habían llegado rumores de que “los monárquicos” recibían apoyo de los aliados, especialmente del Reino Unido y que pretendían instaurar una monarquía. Fue en esos años en los que la “solidaridad de las trincheras” que había evitado el choque directo entre falangistas y carlistas, se transformó en el antimonarquismo falangista que no era capaz de distinguir entre “carlistas y tradicionalistas” a un lado y “monárquicos alfonsinos y juanistas”, a otro.

En cuanto a las relaciones entre carlistas y el régimen de Franco, éste les reconoció siempre su valor en la guerra, sus sacrificios y su contribución a la victoria. Y, a cambio, les dio una presencia casi continua en el ministerio de Justicia (como a los falangistas se les dio en los sindicatos y en el ministerio de Trabajo). Pero, donde Franco no estaba dispuesto a ceder era en el establecimiento de una monarquía tradicionalista sentando en el trono a uno de los pretendientes carlistas (existieron varios y a este tema consagramos el volumen LVII de la Revista de Historia del Fascismo). Franco consideraba que, salvo en Navarra, País Vasco, Cataluña y zonas de Andalucía, el carlismo no estaba suficientemente extendido como para que todo el país aceptase su línea monárquica.

El franquismo hizo con el carlismo lo que el tiempo no había conseguido: desmovilizarlo. Una parte, se integró en el régimen, otra parte, minoritaria, con el tiempo, pasaría a combatirlo y terminaría, a mediados de los 60, haciendo causa común con la “oposición democrática”, cambiando sus objetivos de “Dios, Patria, Rey”, por “Libertad, Federalismo, Autogestión”. Otra parte, se difumino dentro de las estructuras del régimen; líderes carlistas, como el Conde de Rodezno, aceptaron cargos en el gobierno para intentar influir desde dentro. Sin embargo, el carlismo en su conjunto fue marginado gradualmente por Franco que no compartía especialmente su foralismo.

En este contexto de confusión ideológica y política, el sector mayoritario del carlismo optó por la “inactividad política”. Cuando muere Franco, el carlismo todavía mantenía algunas “brasas” dispersas. Su canto del cisne y la exteriorización de todos estos problemas y disidencias internas tuvo lugar poco después de la muerte de Franco, en el Montejurra–76, en el que las dos fracciones entraron en conflicto abierto y a tiros.

El gran problema del carlismo fue la falta de apoyos internacionales. Los movimientos similares en otros países europeos (el Ejército de la Santa Fe en Italia, los jacobitas ingleses o los vandeanos franceses) habían desaparecido y “ser monárquico” en los años 50 y 60 implicaba, casi necesariamente, ser partidario de una monarquía constitucional a la inglesa. Y ese era el terreno en el que mejor se movían los antiguos alfonsinos, devenidos “juanistas” (y que, ciertamente, habían conseguido integrar a algunos antiguos tradicionalistas).

Hacia finales de los años 40, lo esencial del carlismo –que todavía era un movimiento de masas en algunas regiones–, al menos, sus dirigentes, habían entendido perfectamente que su contribución al bando sublevado en 1936 no sería recompensada con la instauración de su línea monárquica en el trono. Muy pocos dudaban de que sería un pretendiente de la otra rama dinástica, el que sucedería a Franco; pero subsistían dudas: ¿quién?, y ¿cuándo?

Para un monárquico, la “legitimidad” es el elemento que obliga al respeto y a la aceptación de la autoridad de un Rey. Y en este punto, parecía claro que, cuando Franco hablaba de la “restauración de la monarquía” sería fiel a este punto. Y el legítimo heredero de la Corona era Don Juan de Borbón, Conde de Barcelona, hijo de Alfonso XIII y de Victoria Eugenia de Battenberg.

Don Juan, quinto hijo y tercer varón de Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg, había nacido el 20 de junio de 1913, en el Palacio Real de La Granja de San Ildefonso, en Segovia. No le correspondía la titularidad del trono: el primogénito de los hermanos era Alfonso (nacido en 1907), le seguía Jaime, Beatriz y María Cristina. Don Juan no estaba destinado a reinar, pero su hermano mayor Alfonso, el primogénito, renunció a sus derechos para casarse con una plebeya y su otro hermano, segundo en la línea de sucesión, fue apartado por ser sordo de nacimiento. De esa forma, Don Juan se convirtió en heredero al trono. En cuanto a las mujeres, la Ley Sálica las apartaba de la sucesión. El título de “Conde de Barcelona”, por el que es más recordado, lo adoptó en 1941, tras la muerte de su padre Alfonso XIII, como un “título de incógnito” que representaba la soberanía de la Corona española sin utilizar el título de Rey mientras no pudiera reinar.

A su vez, Don Juan, se casó en Roma el 12 de octubre de 1935 con su prima, María de las Mercedes de Borbón–Dos Sicilias. La pareja tuvo cuatro hijos nacidos en el exilio: la Infanta Pilar Duquesa de Badajoz, Juan Carlos que luego sería Rey de España, la Infanta Margarita Duquesa de Soria y el malogrado Infante Alfonso, fallecido en 1956 en un accidente en el que se ha vinculado con cierta frecuencia (y sin base real), a su hermano mayor Juan Carlos. Su padrino fue el rey Jorge V del Reino Unido y el agua utilizada para su bautismo fue traída especialmente del río Jordán, una tradición habitual en la familia real española.

Al comenzar la Guerra Civil, Don Juan intentó unirse al bando sublevado de Franco para luchar. Sin embargo, fue interceptado en la frontera y obligado a regresar al exilio por orden del general Mola. Inicialmente, Don Juan creyó que Franco restauraría la monarquía en su persona, pero la dilación y la espera interminable, le llevó a un progresivo enfrentamiento público con Don Juan.

A principios de los años 40, Franco ya había empezado a desconfiar de Don Juan que había encarrilado sus aficiones de marino en la Royal Navy británica, navegando por el Índico y el Pacífico. Durante su estancia en la marina británica, se hizo dos tatuajes de dragones en los brazos, una rareza para la nobleza de la época. Tras pasar por Francia, Suiza e Italia, la familia se instaló en 1946 en Estoril (Portugal), en la conocida “Villa Giralda”. Allí vivió durante casi 35 años, desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta la Transición española.

Antes del distanciamiento definitivo, en el curso de una reunión de 1948 en el yate Azor, Franco y Don Juan acordaron que el hijo de éste, Juan Carlos, se educara en España bajo la tutela del Régimen. Es posible que, en esa etapa, Don Juan todavía tuviera alguna esperanza de sentarse en el trono. Si la tenía, pronto se eclipsaron.

Dos años antes de la reunión en el Azor, el 6 de abril de 1946, y a poco de instalarse en Estoril, Don Juan creó su “Consejo Privado”, una especie de organismo consultivo que le asesoró en su reivindicación al trono de España. Este organismo estaba compuesto, en su mejor momento, por 90 miembros, todos ellos salidos de la aristocracia financiera, las élites intelectuales y la política monárquica de la época.

En su primer año de vida, el consejo fue presidido por el militar monárquico, Alfredo Kindelán, quien al año siguiente sería sustituido por un intelectual poco dispuesto a mostrar disidencias públicas hacia el régimen: José María Pemán que lo dirigiría hasta su disolución en 1969, cuando Franco designó oficialmente a su hijo, Juan Carlos, como su sucesor a título de Rey. José María de Areilza (quien además presidía el Secretariado Político, el brazo ejecutivo del Conde), José María Gil–Robles, Antonio García–Trevijano, Joaquín Calvo Sotelo, Carlos Ollero Gómez, Alfonso García Valdecasas, fueron otros miembros relevantes. Participaron también aristócratas como el Duque de Alba, el Duque del Infantado, el Conde de los Andes y el Conde de los Gaitanes. Entre los intelectuales estaba presente Gonzalo Fernández de la Mora, Luis Rosales, Florentino Pérez Embid, Pedro Sainz Rodríguez (exministro), Luis María Anson (periodista), José de Yanguas Messía (exministro y vicepresidente del consejo) y Joaquín Satrústegui.

La creación del Consejo Privado fue la resultante lógica del “Manifiesto de Lausana”, hecho público el 19 de marzo de 1945, el documento más importante emitido por Don Juan de Borbón durante el franquismo. Se publicó dos meses antes de la rendición del Tercer Reich, cuando muchos creían que el régimen de Franco parecía haber llegado a la estación término. Don Juan entendió que, si la Monarquía quería sobrevivir, debía distanciarse del régimen de Franco (próximo a las potencias del Eje) y presentarse ante los Aliados como una alternativa democrática. En el manifiesto, Don Juan criticaba duramente al régimen de Franco, calificándolo de “sistema inspirado en los regímenes totalitarios” que ponía en peligro el futuro de España y proponía, como no podía ser de otra manera la restauración de una “Monarquía tradicional” que sería “democrática y constitucional”. Como complemento, aludía a una “amnistía política para los vencidos de la Guerra Civil”.

Este documento convenció a Franco de que Don Juan nunca podría ser su sucesor y sometió a referéndum la Ley de Sucesión de 1947, que se incorporaría a las “Leyes Fundamentales”. De los 16.187.992 electores, votaron 14.454.426; los votos afirmativos fueron 12.628.983 (89,86%) y los negativos 643.501. El texto establecía la constitución de España como reino y la sucesión de Franco como el jefe de Estado español, que sería propuesto por el propio Franco a título de rey o de regente del reino, pero que tendría que ser aprobado por las Cortes españolas. Y esto fue lo que Carrero Blanco, entonces subsecretario de Presidencia comunicó a Don Juan: Franco nombrará al monarca del reino “cuando lo considere conveniente” y le comunicó que podría “ser Rey de España, pero de la España del Movimiento Nacional, católica, anticomunista y antiliberal”.

A pesar de que el “Manifiesto de Lausana” marcara el inicio de lo que se llamó la “oposición monárquica”, lo cierto es que, muy esporádicamente, Don Juan de Borbón publicó otros tres documentos estratégicos para presentarse como la única salida democrática para la España de posguerra. La respuesta a la Ley de Sucesión y a la carta de Carrero Blanco fue el llamado “Manifiesto de Estoril” en el que Don Juan declaraba ilegal e inválida la ley.

Hubo que esperar hasta 1969 (más de veinte años) para que, tras el nombramiento de Juan Carlos como sucesor “a título de Rey”, Don Juan emitiera un comunicado (conocido como “Manifiesto de 1969”) en el que, no atacaba directamente a su hijo, pero reafirmaba su derecho exclusivo a los derechos dinásticos, calificando la acción de Franco como una “ruptura en la línea de sucesión”. De hecho, la ruptura había tenido lugar en 1931, cuando se instauró la República.

Resulta sorprendente, por otra parte, que, entre estos pocos manifiestos y una actividad política muy menguada durante todos esos años, figurase en 1948 un acuerdo secreto entre Don Juan y ¡el PSOE! Para crear un frente común contra Franco y establecer un régimen democrático. Este acuerdo demostraba que Don Juan estaba dispuesto a cualquier cosa para llegar al trono, incluso pactar con quien había derribado del trono 17 años antes a su padre… pero, también, que todo esto ocupaba un lugar muy secundario en su relajada vida personal en Estoril.

Acaso por esa falta de compromiso (e, incluso, de interés) por los sucesos políticos que estaban ocurriendo en España, el papel de la “oposición monárquica” fue siempre muy limitado y de la que se tenían escasas noticias, salvo en los corrillos de la aristocracia y de la élite económica. Por otra parte, la reunión en el yate Azor y los contactos con Franco, así como el hecho de que el presidente del Consejo Privado fuera José María Pemán, le permitían no cortar completamente los contactos con el régimen de Franco, a fin de mantenerse como una “figura de unidad”.

Pero, desde 1945 y 1947, parecía muy claro que, si Franco tenía la intención de ceder la jefatura, antes o después, Don Juan no iba a heredarla. Pero existían otras dos posibilidades, una de ellas era que, finalmente, Franco optara por un candidato monárquico, pero de otras ramas de la familia Borbón: los Borbón Dos Sicilias, los Borbón Parma, o los Borbón Dampierre… Si nos atenemos a la “línea de sucesión alfonsina” (Borbón Anjou), el sucesor debería ser Don Juan… o bien su hijo Juan Carlos. Pero había otros borbones.

Juan Carlos había nacido en Roma, donde su familia, la Casa Real española, vivía exiliada tras la proclamación de la Segunda República. Pasó sus primeros años entre Roma, Estoril (Portugal) y Suiza, recibiendo una educación en colegios católicos y privados. Estudio en el colegio de San Sebastián y más tarde en la Academia Militar de Zaragoza (1955–1957), en la Escuela Naval de Marín y en la Academia General del Aire, formándose como oficial de los tres ejércitos, cursó también estudios de Derecho, Ciencias Económicas y Políticas en la Universidad Complutense de Madrid. 

En 1969, Juan Carlos juraba los “Principios Fundamentales” del Régimen, asumiendo simbólicamente la continuidad del sistema franquista. A partir de ese momento se convirtió oficialmente en “Príncipe de España” y sucesor del general Franco en la jefatura del Estado. Franco confiaba en que Juan Carlos perpetuaría el sistema tras su muerte. Además, la sucesión había quedado asegurada.

Parecían haberse disipado todas las dudas sobre la sucesión. El nombramiento de Carrero Blanco como “presidente del gobierno”, mostró que se trataría de una “monarquía tutelada” y a la sombra de las “Leyes Fundamentales del Reino” que Juan Carlos había jurado en las Cortes.

Se ha dicho que, durante su educación y su estancia en España, Juan Carlos fue el “rehén político” de Franco. No es cierto. La estancia de Juan Carlos y su educación fue el resultado del acuerdo suscrito en el yate Azor entre Franco y Don Juan. Lo que si fue evidente es el resentimiento que acumuló Don Juan a lo largo del franquismo y que culminó con el hecho de que no fuera tomado en consideración para recuperar el trono. No sería sino muy tardíamente, en 1977, cuando renunció a sus derechos dinásticos en favor de su hijo, ya convertido en rey.

Pero, a falta de una “oposición monárquica” real, la cuestión de la sucesión tuvo algunos flecos más antes de 1975. En efecto, la boda entre Alfonso de Borbón y Dampierre, y María del Carmen Martínez–Bordiu y Franco, hija mayor de Carmen Franco y, por tanto, nieta del Jefe del Estado, fue uno de los grandes acontecimientos sociales del tardofranquismo. La ceremonia se celebró en la capilla del Palacio de El Pardo y contó con la presencia del propio Francisco Franco como padrino. Como regalo de bodas, Franco le otorgó el título de Duque de Cádiz y el tratamiento de Alteza Real, un gesto de alto significado político que algunos interpretaron como un posible intento de cambiar la sucesión a su favor.

A pesar de su linaje, su padre había renunciado a los derechos al trono español por su discapacidad auditiva, y el propio Alfonso fue educado fuera de España, llegando a no hablar español hasta los 17 años. Aunque era un Borbón español –era hijo del infante Jaime de Borbón (hijo del rey Alfonso XIII) y nieto, por tanto, del último monarca antes de la Segunda República; por tanto, era primo hermano del entonces príncipe Juan Carlos–, para la corriente legitimista francesa, Alfonso de Borbón era el heredero directo de la Casa de Borbón de Francia y había heredado el título de Duque de Anjou.

Henri de Orleans, jefe de la Casa de Orleans, demandó a su primo Alfonso ante la justicia civil francesa por “usurpación de títulos” y “uso de símbolos”. En diciembre de 1988, apenas un mes antes de la muerte de Alfonso, el Tribunal de Gran Instancia de París dictó una sentencia que supuso una victoria moral y legal para él. El tribunal declaró que, bajo las leyes de la República Francesa, los títulos de nobleza y los escudos de armas de las antiguas familias reinantes no tienen protección legal como tales dentro del orden público actual. La justicia dictaminó que Alfonso podía seguir usando el título de duque de Anjou y las flores de lis, ya que los Orleans no tenían el monopolio sobre unos símbolos que pertenecen a la historia de Francia y a todos los descendientes de la Casa de Borbón. 

Su matrimonio fracasó. En 1979 se separaron y cuatro años después se divorciaron definitivamente. La década de los 80 fue trágica para él. En febrero de 1984, sufrió un grave accidente de tráfico en el que falleció su hijo mayor, Francisco de Asís, de 11 años. Alfonso, que conducía el vehículo, quedó sumido en una profunda depresión. Una vez recuperado, el 30 de enero de 1989, en la estación de Beaver Creek (Colorado, EE. UU.) antes de un campeonato mundial, chocó a gran velocidad contra un cable de acero que unos operarios habían colocado a la altura de su cuello, falleciendo prácticamente decapitado. Su hijo pequeño, Luis Alfonso de Borbón y Martínez–Bordiú, heredó sus títulos nobiliarios y es hoy quien reclama para sí el trono de Francia como “Luis XX” para los círculos legitimistas.

No parece realista pensar que Franco, monárquico alfonsino, hubiera valorado seriamente, instalar en el trono a Alfonso de Borbón; harina de otro costal es que el matrimonio Franco no estuviera orgulloso de que una nieta entroncara su linaje con el de los borbones españoles. Es también posible que Franco utilizara este matrimonio para ejercer algún tipo de presión sobre el príncipe de España y, más aún, sobre su padre, Don Juan Conde de Barcelona.