lunes, 18 de junio de 2018

365 QUEJÍOS (50) – EXTREMA-DERECHA RIP


Me quejo de que en España no hay, ni ha habido, ni habrá un partido de “extrema-derecha” como esos que existen en Europa y que ya están en el poder en la parte central de continente o que tienen una presencia decisiva en las políticas de países importantes.

Lo sé porque yo he pertenecido durante 45 años a este ambiente y me lo conozco. Lo primero que subyace para esa imposibilidad son limitaciones doctrinales: unos siguen hablando “en falangista”, otros como nacional-católicos, los hay que van de “modelnos” (nacional-revolucionarios) en distintas variantes, contrapunto a los “sólo franquistas”… Ninguno de todos estos sectores quiere terminar de entender que todos estos planteamientos quedan ya muy atrás en el tiempo. Incluso los que imitan con más detalle al Front National (no sé si se han enterado que ahora ya se llama “Rassemblement National”, por cierto), al estilo de Vox u otros menores, olvidan el factor esencial que insertó a esta formación en la política francesa: la crítica a la globalización.

La extrema-derecha no logra entender cómo sus ideales de “justicia social” y “patriotismo” no logran seducir a ninguna fracción notable del electorado. Falta lo esencial: análisis político realista, cuadros políticos con el cerebro bien amueblado, programas realistas y, sobre todo, proyecto realista y ambición. Sí, también ambición, porque para “hacer política” hay que ser ambicioso… aunque no hasta el extremo de que exista un desfase entre las ambiciones y la propia capacidad personal para hacerlas efectivas. Esto se compensa, lo he dicho, con realismo. Tiene gracia porque allí donde alguno tiene exceso de ambición, existe déficit de realismo.

No puedo por menos que sonreír con cierta conmiseración ante enésimos intentos de realizar coaliciones y “frentes” entre fuerzas que existen solamente sobre el papel, pero que en realidad no son más que unas pocas decenas de tipos bienintencionados distribuidos por toda la geografía nacional… De la docena de grupos existentes, no hay ni un solo grupo que haya hecho un mínimo análisis realista, ni un programa aplicable, ni se haya preocupado de buscar recursos, formar cuadros y dedicarse “trabajar” políticamente a un sector concreto de la población que pueda recoger fácilmente su mensaje.

Reconozco que cuando uno está inmerso en una dinámica de este tipo no sé da cuenta de la situación real, pero en el momento en el que se inhibe y se contempla “desde fuera”, la única conclusión que se impone es: 1) existe una docena de siglas, 2) todas, en mayor o menor medida, tienen poco anclaje con la realidad (y cuando lo intentan –que si en un pueblo hay una calle mal pavimentada, que si falta una farola aquí o allí-  la temática apenas suscita interés), 3) ninguna tiene lo esencial que requiere un trabajo político real: doctrina – programa – clase política dirigente – objetivos políticos – estrategia – táctica – criterio organizativo (por este orden), 4) unos miran a otros a ver con quien pueden colaborar y formar frentes sin preocuparse de su importante, arraigo o valor político, 5) estos “frentes” no son la suma de fuerzas pujantes, sino de grupos inmersos en crisis desoladoras, con intenciones diferentes y con diferencias muy esenciales, 6) Ninguna de las partes está dispuesta a dar su brazo a torcer y todas quieren mantener su personalidad dentro de esos frentes o coaliciones inestables, 7) el sustituto del realismo es el providencialismo: “nuestra lucha es justa por tanto las masas vendrán”, “el Espíritu Santo está con nosotros”, “mi tema-obsesivo es el mejor”, “defiendo los derechos de los trabajadores que no tienen ya sindicatos que los defiendan”, “no tengo análisis global pero tengo tema-estrella” (aborto, camino a la derecha, inmigración, reparto arroz a los menesterosos, y así sucesivamente). Todo esto es providencialismo: todos han oído que, una vez, Le Pen pasó de ser “monsieur 1%” a transformar su partido en el primero de Francia, gracias a una breve intervención en televisión… Y todos los jefes de la extrema-derecha española esperan esa oportunidad que nunca llegará. No hay más. Ni vale la pena extenderse más.

Retorno al principio: me quejo de que no hay, ni habrá, ni puede haber una extrema-derecha en España en las actuales circunstancias.



domingo, 17 de junio de 2018

365 QUEJÍOS (49) – EXTREMA-IZQUIERDA MARISQUERA


Lo que tenemos hoy de extrema-izquierda es una caricatura. La llamo marisquera porque dstila olor a gambas en sus niveles más asquerosamente cutres, desayuna marisco como prolongación de los usos de la izquierda-caviar (antigua “gauche divine”), o bien porque su sueño de justicia social no va más allá de la fantasía de que todos los seres humanos coman bocata calamares y percebes en Navidad. Ironizo, claro, pero me quejo de que esta tipología no está muy lejos de la realidad.

Los okupas, simplemente huelen mal. No es que su aspecto externo justifique perfectamente el que se les llame “guarros” con todas las letras, sino que parecen preocuparse incluso de comportarse y ser tan guarros como parece. Hace diez años, en el barrio de Gracia, tuve la sorpresa de ver a unos okupas rebuscando entre la basura de ¡un Mac Donald! (que es como aspirar a comer mierda elevada al cuadrado). Su olor a genitales descompuestos y a porro de baratillo es lo que les sitúa entre la extrema-izquierda marisquera.

Luego están los Gordillos y Cañameros, el alcalde Marinaleda y su secuaz del Sindicato de Obreros del Campo.  Son arcaísmos vivientes, emulan a algunos dirigentes de la FAI de antes de la guerra civil que atracaban bancos para pegarse una vida de lujo en el que el “desayuno con diamantes” (para ellos, los calamares y las quisquillas son los diamantes de los pobres) ocupaban un lugar preponderante. Sólo que los Durruti y Cía atracaban bancos y estos se limitan a saquear supermercados y fondos públicos. De estos hay muchos: están muy en su papel sacerdotal de defensores de la clase obrera y sostienen que “el que sirve al altar debe vivir del altar” (sí, pero ellos no lo hacen como simples sacerdotes, sino como cardenales).

Están también los que están en política por un vago sueño de justicia social. Eso estaría bien si no fuera porque su visión de la justicia social es que hasta el último de los cameruneses coma en la marisquería Ribeira do Mino de Madrid, la mejor entre las mejores de la capital. Y, de momento, mientras consiguen que arriben a las costas españolas barcos que ejercen el tráfico de refugiados, ellos ya están sentados todos los días examinando la carta tras fichar en el edificio del Parlamento o cuando regresan del notario tras haber firmado las escrituras del casoplón que acaban de comprar.

Me quejo de que la extrema-izquierda que existe hoy en España es tan moderna, tan moderna, tan moderna, que no va más allá de defender el “libertad, igualdad, fraternidad” aquel que sonó como consigna en 1789 bajo los muros de la Bastilla y que volvió a sonar de nuevo en 1917 en San Petersburgo o que finalmente se renovó en las aulas de la Sorbonne en 1968

Una vez más, cuando se dice lo de “imaginación al poder”, cabe decir, “dime de lo que alardeas y te diré de lo que careces”. Al pastiche reactualizado por los abuelos de mayo del 68, la extrema-izquierda de ahora, ha añadido el humanismo universalista, la ideología de género, el pro-inmigracionismo y el apoyo a “movimientos sociales” tan simpáticos como los okupas, la legalización de todas las drogas y el antifascismo de toda la vida. Me quejo de que la extrema-izquierda española es más tonta que pegarle pellizcos a un cristal. Si queréis ideas, allí no hay ideas, la extrema-izquierda es un páramo: incluso en su “punto fuerte”, la globalización, su análisis es más simple que el mecanismo de un botijo; si queréis “personalidades típicas” de este sector ahí está el pobre Echenique y su atrofia muscular espinal degenerativa y Pablo Iglesias, cuyo discurso tiene el atractivo de la coleta y poco más.

Ver a los diputados de extrema-izquierda en el parlamento español o en los parlamentos autonómicos es un desagradable espectáculo estético y un todavía peor drama político. Cuatro tópicos mal aprendidos pillados con alfileres, unos mass-media que apuestan por ellos, y un electorado que nunca llegará más allá de los colgaos y de los que suelen comulgar con ruedas de molino… eso es Podemos y de eso me quejo. De que, o no son nada o son más de lo mismo (y “lo mismo” es que, a fin de cuentas, se comportan como cualquier otro partido que sienta sus posaderas en el parlamento).No es solo para quejarse, es para llorar.


sábado, 16 de junio de 2018

365 QUEJÍOS (48) – EL CENTRO INDEFINIDO


Me quejo de que el centro-centro tiene el atractivo de lo indefinido, la equidistancia ambigua y que solamente aparece y reaparece en situaciones de tránsito, pero nunca como estación término. En España estuvo presente durante la transición, cuando Suárez se sacó de la manga la Unión del Centro Democrático que era “ni de derecha, ni de izquierdas”. El pelo de la dehesa del ex falangista que fue Suárez le hizo impulsar esta idea en una España polarizada entre un “búnker” y una “oposición democrática” (que, en realidad, era el PCE, más algunas individualidades). La creación del “centro” fue el gran hallazgo estratégico de la democracia española para evitar una nueva guerra civil.


Acabada la transición, el franquismo quedaba ya muy atrás como para que fuera posible involucionar. Así que los socialistas llegaron al poder en septiembre de 1982 sobre las cenizas de UCD: ¿para qué podía servir un centro-centro si la derecha y la izquierda no iban a liarse de nuevo a estacazos? Sin darse cuenta de que el centrismo era agua pasada, Suárez persistió con esa misma vía en su Centro Democrático y Social que alcanzó cierta relevancia prometiendo la mili de tres meses, votado por las mamás que no querían ver a sus hijos algo más de un año lejos de casa. A finales de los 80, el centrismo desapareció completamente del ruedo político.

Hubo que esperar a la crisis del 2007 para que una pequeña formación localizada en Cataluña y respondona a las imposiciones lingüísticas del nacionalismo catalán, diera el salto a nivel nacional y se impusiera como nuevo centrismo redivivo. Era, claro está, Ciudadanos.  El grupo había nacido para responder a la debilidad del PP en Cataluña y a la búsqueda de apoyos de este partido entre los nacionalistas catalanes cuando carecía de mayoría absoluta en el parlamento. De hecho, lo único que se sabía de Ciudadanos es que era “antinacionalista”. Y eso estaba bien. Luego logró saltar al resto del Estado y, en la actualidad, siendo el primer partido en Cataluña, de él solamente se sigue sabiendo que es “antinacionalista”. Que ya es algo más de lo que fue UCD.

Y de esto es justamente de lo que me quejo. De que, más allá de esa oposición a los desmanes de los clanes independentistas catalanes, la nueva UCD, Ciudadanos no es absolutamente nada. En realidad, ni siquiera es el garante de la “unidad nacional”, sino más bien el defensor de la constitución (en su “ideología” es ella la que garantiza esa unidad). Y esto es un problema: porque en el texto constitucional se apoyo el malhadado “Estado de las Autonomías”. Hay en esta posición mucho de incoherente. Pero eso no ha evitado que Ciudadanos creciera, como creció en su momento UCD.
El “centrismo” solamente está vivo y activo en momentos de crisis. En 1977 y treinta años después, en 2007. Afortunadamente en la actualidad no ha sido necesario que de las alcantarillas nacionales y extranjeras se generara una violencia artificial, han bastando, la crisis económica de 2007, el desencanto hacia las excentricidades del zapaterismo, la pusilanimidad de Rajoy y las miserias del independentismo catalán, para constituir  los factores que han propulsado el neo-centrismo.

Me quejo de la ambigüedad de Cs, como me quejo de las ambigüedades de toda forma de centrismo. Me quejo de que nada en su programa está claro, ni a nadie parece interesarle mucho. ¿Su antinacionalismo? Sí, de momento está ahí y es lo único que le da coherencia. Están obligados a mantenerlo si quieren seguir existiendo. Pero, no lo duden, en cuanto la “crisis catalana” se archive, el suflé neo-centrista se vendrá abajo.

¿De qué me quejo? Me quejo de el espacio de centro es una entelequia: o se está a la derecha, o se está a la izquierda o se está contra todo eso (el “ni derechas, ni izquierdas” joseantoniano). Me quejo de que vivimos 40 años de ambigüedad: no hay derecha, sino “centro-derecha”, el PSOE solo gana elecciones cuando se define como de “centro-izquierda” y el “centro-centro” son cristalizaciones coyunturales ante situaciones de crisis concretas. ¿Qué es pues el centro político? Esa es la gracia –y de eso me quejo- que es todo y nada al mismo tiempo.

viernes, 15 de junio de 2018

365 QUEJÍOS (47) – LA DERECHA BLANDIBLOOP


La “derecha” es, siempre ha sido y no puede dejar de serlo, una fuerza conservadora que insiste en “lo nacional”, mientras que la “izquierda” debería ser una fuerza progresista que tira más a “lo social”. O al menos así era en un tiempo en el que el elector tenía claro a quién votar. Luego había eclécticos que recogían elementos de lo uno y de lo otro, reconociéndose como “fuerzas centristas” y, finalmente, figuraban quienes no reconocían esta terminología y se situaban equidistantes de todos ellos y más preocupados por encontrar y seguir nuevos caminos que por definirse en función de otros. Pues bien, me quejo de que todo este lenguaje se sigue utilizando cuando ya ha perdido todo sentido y no responde a la realidad.

El problema en España se originó en los primeros momentos de la transición. Estaba claro, por ejemplo, que la “Unión de Centro Democrático” englobaba al franquismo sociológico, pero a sus dirigentes les dio miedo que pudiera recordarse su pasado en el “ancien régime”, así que cortaron cualquier tipo de vinculación con él e incluso, ellos que habían ocupado ministerios y subsecretarías, gobiernos civiles y negociados, negaron tres y treinta y tres veces su pasado. Así pues, la democracia empezó mal en España: con una derecha que lo primero que quería hacer era demoler su propia obra y no reconocer su responsabilidad en el pasado

Conservadores que no reconocían su obra y que, por tanto, se negaban a conservarla… ese era el problema y ese fue el leit motiv de la derecha. Claro está que seguían haciendo alusiones a la patria, que defendían al empresariado y que se alineaban en posiciones anticomunistas siendo más otanistas que los socialistas que, sin embargo, nos habían metido directamente en la Alianza Atlántica. Esa derecha calló cuando se negoció la entrada de España en la UE, abrió las puertas a los primeros 3.000.000 de inmigrantes que entraron durante el período Aznar, no hicieron absolutamente nada para defender a la familia y la maternidad, de la misma forma que hoy no hacen absolutamente nada, no ya para contener la proliferación vermicular del uso de la marihuana entre los jóvenes, sino, ni siquiera para hacer campañas de prevención o de alerta de sus efectos a medio plazo…

El gran problema de la derecha española es que su pusilanimidad en relación a las iniciativas de la izquierda ha tenido, desde las profundidades de la transición, la consistencia y la energía del blandybup. Y, bruscamente, llega el siglo XXI y ni siquiera se dan cuenta de que ser conservadores hoy, es la gran inconsecuencia de nuestro tiempo, simplemente, porque ya no queda nada que conservar, como no sean ruinas y tesoros ocultos en museos y bibliotecas. La religión tradicional es un despojo y del Vaticano no llega nada más que desorientación. El empresariado prefiere invertir en bolsas y almacenar sus dineros en paraísos fiscales. El “Estado de las Autonomías” presentado como el “gran logro”, es apenas una centrifugadora que ha secado completamente la idea de Nación-Estado o de Patria. La enseñanza, en los años de gobierno de la derecha, ha seguido si lánguido declive: hoy sería ya inútil introducir reformas que el profesorado no sería capaz de aplicar, ni siquiera de entender. Haría falta reformar los programas de enseñanza de las Escuelas Normales que troquelan a los profesores y ¿en función de qué? ¿con qué objetivo? ¿para enseñar qué?

Votar hoy a la derecha es solamente un reflejo que tiene parte del electorado para evitar que la izquierda marciana tenga el poder. No se vota a favor de un programa (inexistente por lo demás), sino en contra de otro. Lo hace el votante “de derechas” y lo hace el de la acera de enfrente.

¿Hay un camino a la derecha? Pues no, lo hubo en tiempo de Cánovas y de Franco. No, desde luego hoy. Lo que existe es un camino rápido hacia la decadencia (a la izquierda) y una vía hacia esa misma decadencia que consiste simplemente en dejarse llevar por la inercia. Tal ha sido el papel histórico de Mariano Rajoy. No sé porqué recuerdo ahora la frase que le contestó Lenin a los anarquistas españoles cuando fueron a verlo y le hablaron de libertad: “¿Libertad? ¿para qué?”. Análogamente podría decirse “¿Derecha? ¿Para qué? Si ya no queda nada para conservar…”. Me quejo de que la derecha española no ha sabido conservar nada y su lasitud ha sido el coadyuvante histórico pasivo de las chaladuras de la izquierda.

jueves, 14 de junio de 2018

365 QUEJÍOS (46) – LA IZQUIERDA MARCIANA


No me quejo de que haya gentes de izquierdas o que se crean de izquierdas o que se sitúen a la izquierda. Me quejo de que la izquierda es hoy un páramo de ideas. O si lo prefieren más poéticamente, un vergel de tópicos y dogmas. Añoro los tiempos en los que existía una izquierda marxista con pies y cabeza, método analítico, orden y lógica. O me quejo de la desaparición de aquella otra izquierda anarquista que no se complicaba las cosas y sabía lo que quería: libertad. Yo nunca estuve en la izquierda, pero podía hablar con gentes de izquierda, incluso podía discutir con ellos. Hoy resulta imposible discutir con alguien de izquierdas. Dicen que son humanos, pero sospecho que, en realidad, bajo la cama tienen los restos de una vaina: los marcianos los han sustituido por réplicas humanoides.

Marx y Engels elaboraron una “ideología” sencilla en su concepción y en su método. Pero toda “ideología” no es más que un esquema dogmático de interpretación de la realidad que pronto queda desfasado. Responde a un momento concreto de la evolución histórica, pasado el cual, la “ideología” ya no sirve para interpretar la realidad, sino que hay que encajar esa realidad a martillazos dentro del esquema ideológico. Eso fue lo que le pasó al marxismo: nació en pleno capitalismo industrial, pero cuando llegó el capitalismo multinacional perdió fuelle y al final del proceso, poco antes de que el capitalismo globalizado se instaurara tras la Caída del Muro de Berlín, ya era un arcaísmo viviente.

Primero quedaron fuera de juego los “marxistas ortodoxos” que habían hecho de la URSS la columna vertebral de su andamiaje ideológico. La experiencia soviética fracasó y, a partir de los años 50, tras la revuelta húngara y con el cuerpo de Stalin pudriéndose, resultaba difícil negar que los partidos comunistas apenas eran una especie de quinta columna de la política del Estado Soviético en cada país. El “eurocomunismo” lo negó, pero ¿quién se acuerda una del “eurocomunismo” que se quiso presentar como una “tercera vía” entre el estalinismo y la socialdemocracia? Cuando murió la URSS, murió el “eurocomunismo”.

Los maoístas no superaron el encuentro entre Kissinger y Mao Tse Tung ni la llamada “política del ping-pong” que restableció las buenas relaciones entre EEUU y la China comunista, aliadas contra el neostalinismo de Breznev. Los trotskistas, cuyo dogmatismo ideológico los reducía a pequeñas capillas disgregadas, terminaron practicando “entrismo” en cualquier formación de izquierda pujante (eran muchos los que “entraban”, pero pocos los que “salían”; el entrismo fue para la mayoría solamente una posibilidad de socializarse con otros sectores de izquierda y reciclarse en posiciones más digeribles.

Los socialistas alemanes en Bad Godesberg sellaron su abandono del marxismo y se sometimiento al capital. A través de la Internacional Socialista y de organismos como La Comisión Trilateral, esa posición se convirtió en dominante en todo el movimiento socialista… Repercutió tardíamente en España durante la transición cuando el PSOE se incluyó en esta tendencia. Pero luego vino la crisis de 2008 en la que la socialdemocracia mundial optó por defender al capital y a la alta finanza, en lugar de a los trabajadores y a las clases desfavorecidas. Fue la confirmación de que aquello había llegado a la estación término.

¿Que le quedaba a la izquierda? ¿Cuál iba a ser su deriva ideológica? Ya no fueron Marx, ni los clásicos de la socialdemocracia, los que marcaban la ruta a seguir, sino El Correo de la UNESCO: para leer y anticiparnos a los puntos defendidos hoy por la izquierda solamente había que leer esa revista. Ahí estaba todo: derechos de los homosexuales, de las lesbianas y de los transexuales, ideologías de género, aborto libre y gratuito, multiculturalidad, inmigración masiva, una sola religión mundial para una sola raza mundial, una sola cultura mundial, surgido todo ello del mestizaje, derechos de los okupas, de las minorías más minoritarias, ideales finalistas de paz, amor, fraternidad universal… No es una “ideología” porque no hay en ella nada de coherente. Es una “doctrina marciana”, llegada de otro planeta, producto de alucinados y dirigida a provocar alucinaciones colectivas y éxtasis místicos

Imposible discutir con ellos. No nos separan dos formas de considerar la realidad, sino dos mundos completamente diferentes: el del razonamiento socrático y el del dogma transfigurador. Me quejo de que esta izquierda es la única que existe hoy. Me quejo de que la religión tradicional  y la ideología racional han sido sustituidas por supersticiones sociales y que ese es hoy el único camino a la izquierda. No es una ideología, ni una doctrina lo que defiende hoy la izquierda: es un modelo religioso dogmático invertido, por tanto, irracional. De eso me quejo.

miércoles, 13 de junio de 2018

365 QUEJÍOS (45) – TIRAR ANTES QUE REPARAR


Me di cuenta de que algo había cambiado en el tiempo que había permanecido fuera de la sociedad española. Fue hacia 1986. El PC Amstrad que había comprado estaba todavía en garantía. Fallaba una tecla (creo que era la de mayúsculas). Lo llevé al servicio técnico, al cabo de unos días me lo devolvieron: “Está reparado”. En realidad no lo estaba. No habían reparado nada. Hubiera reconocido “mi teclado” en cualquier parte que lo hubiera visto: simplemente se habían limitado a cambiármelo. Todo. Desde entonces, cuando se estropea una tostadora, el más mínimo electrodoméstico, sé que no vale la pena llevarlo a reparar, incluso el que debería hacerlo me dice que me sale más barato comprar otro. Me quejo de que el “usar y tirar” se ha convertido en la ley de hierro de nuestras sociedades postindustriales y preapocalípticas.

Es la globalización: el material, el transporte, la mano de obra de un teclado o de cualquier otro electrodoméstico, resultan mucho más baratas que la hora de un servicio técnico en España. La cosa no es que afecta únicamente a los flujos mundiales de comercio, es que afecta también a las sociedades que asumen este principio. Un meme bastante gracioso decía que los abuelos cuando encontraban dificultades en sus matrimonios, procuraban repararlos, no tirarlos a la basura por la vía del divorcio. Reconozco que tengo la costumbre –adquirida, eso sí, a golpes- de que cuando un amigo falla, busco otro. No me detengo a reparar la amistad averiada. Lo mismo me pasa con una serie de televisión: si un capítulo falla, no estoy dispuesto a ver el siguiente. Esa serie ha terminado conmigo. Me quejo de que esa manía de no reparar las cosas está afectando a nuestra vida personal. ¿A ver si Marx tenía razón y la economía era nuestro destino y deformaba nuestra visión de las relaciones sociales?

Lo cierto es que hoy ya nada se repara: en mi infancia, era habitual el que, incluso niños de clase media, viéramos como nuestros calcetines se zurcían algunos una y otra vez. Los más pudientes los enviaban a la zurcidora, profesión ya desaparecida. Los menos pudientes tienen el recuerdo de su madre colocando un huevo dentro del calcetín para repararlo. Porque el calcetín y todo se reparaban. Los pantalones y los jerseys se reforzaban con coderas y rodilleras para desafiar el tiempo. Hoy la ropa de mercadillo es más barata que lo que pueda costar una codera o una rodillera. 

La profesión de relojero constituía una especie de élite de los pequeños oficios: hoy te cambian la pila del reloj en cualquier sitio. Si la avería va más allá, tíralo, por mucho que sea un recuerdo de la infancia. Te saldrá más barato comprar otro o, simplemente, utilizar el teléfono-reproductor-terminal informática-grabadora-cámara y, de paso, reloj y despertador. Cuando veo el reloj Duward que me regalaron en la Primera Comunión o el Longines de oro que me legó mi padre, los recuerdos se me agolpan en la mente: aparecen los rostros de todos mis seres queridos, las circunstancias en las que recibí ese –y tantos otros- objetos preciados. Es un verdadero “teatro de la memoria” suscitado por cada objeto. Hoy, el móvil Huawei chino, lo único que me suscita es el recuerdo del bollo que tuve cuando la venezolana de Yoigo no me aceptó el pasaporte como documento identificativo. No solamente nos escatiman la “memoria histórica” sino que casi nos impiden tener memoria de nuestro linaje.  También, claro está, me quejo de todo eso.

La economía globalizada es un rodillo que lo arrasa todo, lo homogeneiza todo, destruye identidades comunitarias y personales, masacra recuerdos, elimina profesiones, estandariza la vida, reduce los matices y genera un mundo oficialmente multicolor y arco iris, pero que encubre una realidad gris y monocorde.  

Hoy, no hará ni una hora, se me ha averiado la resistencia de la tostadora, ni siquiera sé si en la ferretería del pueblo siguen vendiendo resistencias eléctricas, intuyo que cuando la pida y le diga el uso, me intentarán vender una tostadora nueva. Lo mismo ocurrió con el minipimer, así que esta es la tónica. Me quejo de esta rutina. En mayo del 68 se decía: “bajo los adoquines la playa”. Era el ludismo. Hoy, es más realista pensar: “bajo el arcoíris, el gris monocromático”. Quiero tener recuerdos personales, quiero que me reparen la tostadora. Quiero reparar mis actos erróneos, no olvidarlos, ni cubrirlos. Quiero ver en los objetos las cicatrices del tiempo. Me quejo de que me impiden todo eso.

martes, 12 de junio de 2018

365 QUEJÍOS (44) – OBSESOS DEL RECICLADO


En 1967 se hundió el primer superpetrolero construido en el mundo: el Torrey Canyon. Lo recuerdo porque, a partir de ese episodio el mundo entero empezó a hablar de ecología y de protección del medio ambiente. Dos años después, me llegó un manifiesto francés, el “Manifiesto Casandra” que hablaba ya orgánicamente de todos estos problemas e incluso de la obsolescencia programada. Así que me conciencié políticamente de la necesidad de una visión ecológica del mundo. Hoy, todo eso son recuerdos que pertenecen a nuestro pasado. Si los he recordado ha sido porque aquellas aguas han traído lodos como la obsesión por el reciclado sobre los que, servidor, se queja y no tanto de los personas de buena voluntad que creen un deber cívico contribuir en la medida de sus posibilidades a la recuperación del medio ambiente sino a los ayuntamientos que han hecho de este tema un lucrativo negocio. De eso si que me quejo.

Servidor, usted, todos, pagamos bastante al año por la recogida de basuras. Cada vez me exigen que sea más discriminatorio con mis residuos: por un lado latas, por otro embases de vidrio, luego, separados, plásticos y completamente separados los residuos orgánicos, incluso los periódicos los tengo que llevar a un contenedor situado en el otro extremo del pueblo. Y todo eso está muy bien y es muy ecológico… Sería, pues, de desear que, tanta entrega cívica me fuera recompensada con una reducción en el precio de mis basuras: a decir verdad, solamente me tendrían que cobrar el transporte a la vista de que se lo dejo todo preparado. Y no: cada año me suben la factura de la basura. Nadie, por supuesto, dice nada. Nadie protesta. Nadie mueve un dedo.

Los que somos mayores hemos conocido la figura del trapero: era un tipo que pasaba por nuestra casa y se llevaba determinados residuos: pesaba en su balanza romana los diarios que evacuaba y ¡nos los pagaba! Si se llevaba una caldera de hierro forjado que ya no servía ¡nos la pagaba también! Y debía irle bien, porque el trapero de mi barrio vivía como un honesto burgués medio cuando abandonaba su mono y sus residuos. Hoy ya no quedan traperos ni traperías: hoy, nadie nos paga por los materiales que reciclamos sino que somos nosotros los que debemos pagarle a él.

En casi todos los países que he visitado he visto una costumbre que está completamente ausente en España (y que, sin embargo, estuvo presente hasta mediados de los 60): los cascos de botella se pagaban al devolverlos. Hoy, en Québec y en Budapest, en La Valetta y en San José, te abonan el valor de los cascos en cualquier super e incluso en los badulakes. Devolver los cascos parece la mejor forma de reciclar: ¿habéis visto algún super que lo acepte en España? Ni uno. Los cascos valen dinero, tanto en sí mismos para volver a ser rellenados como si se trituran para volver a hacer nuevas botellas. A usted le cobran por llevarse los cascos o, incluso, porque usted los lleve al contenedor… pero ellos (los Ayuntamientos y sus amigos) los venden. Me quejo de esto y de la pasividad y la aceptación resignada de la sociedad.

Les confesaré una cosa: desde hace diez años no reciclo. Vivía entonces en un pueblo de la provincia de Alicante: había contenedores de todos los colores que luego… iban a parar al mismo camión. Lo que usted separaba, el camión lo reunía y lo llevaba a la planta de reciclaje en donde volvían a separarlo… A esto le llaman “crear puestos de trabajo en el sector servicios”. Desde entonces me niego a reciclar: o los ayuntamientos pasan a recoger la basura gratuitamente y la pagan con los beneficios que da el reciclado o… ¡que recicle el alcalde! ¿Incívico? En absoluto: desde el hundimiento del Torrey Canyon en 1967 con su primera marea negra quedé impresionado y procuro actuar en consecuencia: no contaminar, no alterar el medio… pero, también, no pasar por tonto, ni trabajar para que unos parásitos atrincherados en su poltrona municipal vivan del cuento. Haga usted lo mismo.



lunes, 11 de junio de 2018

365 QUEJÍOS (43) – BOLSAS DE PLÁSTICO ¡NO SOY UN HOMBRE ANUNCIO!


Me parece muy bien que en el super me vendan una bolsa de plástico para llevarme lo que acabo de comprar. Incluso me parece bien que me la vendan por unos céntimos. Ahora bien, lo que me parece de pésimo gusto y una muestra de que en España las asociaciones de consumidores no sirven absolutamente para nada es que además de cobrármela, vaya por la calle haciendo publicidad del super en cuestión. Harina de otro costal sería si la bolsa fuera blanca y sin signos externos, pero no mostrando ostentosamente la marca del que me lo ha vendido. De eso me quejo y me quejo como una de las mayores incongruencias que la sociedad española acepta sin rechistar.

En España nos hemos acostumbrado a tragar de todo: desde siempre hemos intuido que las asociaciones “de consumidores” (o de “usuarios de banca”) no hacían nada más que cobrar un rackett a las marcas: quienes pagaban estaban a cubierto de sus denuncias y quienes no lo hacían se arriesgaban a ser denunciados como los peores criminales. Es una técnica muy vieja. En un país normal, en cuanto la policía (o los consumidores) detectan esta práctica, la asociación es denunciada por estafa. En España, donde nos hemos habituado a que los sindicatos no defiendan los intereses de los trabajadores, las cómo íbamos a preocuparnos de algo que nunca nos ha interesado especialmente: la asociaciones de consumidores. Por eso callan en casos que tienen ganados por anticipado.

En Brasil, ayer me contaban, que hubo un sonoro proceso porque las asociaciones de consumidores se negaban a que los compradores tuvieran que pagar bolsas de plástico con el logo bien grande y visible del establecimiento: “Si usted quiere publicidad, bien, me regala la bolsa y yo le hago publicidad… pero si quiere venderme una bolsa, me la vende sin logo de ningún tipo”. ¿A que es lógico? ¿Ve usted algo parecido en España? ¿Algún partido o partidillo ha dicho algo al respecto? ¿Alguna asociación de consumidores ha puesto el grito en el cielo o, lo que es mucho más eficaz, ha presentado la correspondiente demanda ante el ministerio o ante el juzgado de guardia? No. Es que estamos en España.

Item más. Hace unos meses, iba con un amigo madrileño bastante conocido por su participación en programas de TV. Se le ocurrió comprar un libro cerca de la estación de Sans. El librero lo reconoció, así que iniciamos una animada conversación cuando mi amigo le pidió una bolsa de plástico: “Se la tengo que cobrar… lo siendo, pero es que la Generalitat nos obliga a cobrarlas”. Nos contó que inspectores de la Gencat (fue el día, por cierto, en la que se inició la Operación Anubis con las primeras detenciones de altos cargos del organismo autonómico) recorrían los establecimientos, recordando que las bolsas debía pasarse por el lector de código de barras o de lo contrario el establecimiento sería multado… Lo dicho: además de cornudos, apaleados. O como se dice: “fer de putes i pagar el llit”.

Porque no son solamente los supers los que han logrado encontrar un medio gratuito para hacer publicidad, sino que los miles de bolsas que diariamente se venden en los establecimientos (¡el librero en cuestión nos contó que una farmacia de la zona había sido multada con varios miles de euros por no cobrar esas bolsas pequeñas en las que se introducen los medicamentos!) son vigiladas ¡¡¡para que devenguen el IVA correspondiente!!!

Claro está que me quejo de todo esto. Absurdo e irracional. Estúpido e inadmisible. No solo la actitud del Estado, sino de la propia sociedad que traga, traga y traga y cuando ya no puede más sigue tragando. Me quejo de que incluso en situación de asfixia nadie hace nada para respirar a pleno pulmón. ¿Bolsas de plástico con el logo del super? Lo más normal en el país de las anormalidades elevadas a la categoría de ley.


domingo, 10 de junio de 2018

365 QUEJÍOS (42) – FRITZ ESTÁ MUERTO


No me refiero a los empanaos que bastante tienen con lo que tienen (vivir sin darse cuenta de que viven) me refiero al protagonista de aquel chiste alemán de los buenos viejos tiempos en donde Otto le pregunta a Fritz: “Oye ¿los muertos huelen?" Fritz asiente y Otto le dice: “Pues tú estás muerto”. No hay que reírse necesariamente, pero el chiste pone el dedo en la llaga de uno de los grandes problemas de la modernidad: me quejo de que hay mucho guarro suelto por ahí. Más que nunca, sin duda. Me quejo de que hay gente que huele mal.

No hará mucho, un amigo que tiene una tienda de efectos militares y, de tanto en tanto, aparece gente para comprar pantalones, me contaba que lo primero que pregunta cuando alguien quiere probarse algún pantalón, es “¿llevas calzoncillos?”. Algo menos de la mitad –pero no muchos menos- responden que no. Si el chaval quiere probarse los pantalones, deberá venir con calzoncillos. Preferentemente limpios. Es todo un síntoma. En La Paz me acuerdo que las indias quechuas iban con unas amplias faldas (“polleras”) y sin bragas. ¿Qué como lo sé? Porque, de tanto en tanto, se ponían en cuclillas y debajo de las faldas aparecía un riachuelo que era evidente de donde salía. Blanco y en botella. No hace falta ser un Sherlock Holmes para intuir el resto. Pero aquello eran los quechuas de los años 80. Doy por sentado que Evo Morales va con calzoncillos e incluso aportaría que son Calvin Klein.

Los atentados a nuestra integridad olfativa están a la orden del día. Acabo de salir a la calle: primer un utilitario con el motor mal calibrado exhalaba un denso humo negro. Luego un tramo de la calle –a las 8:30- olía simplemente a porro. Una alcantarilla había sido rota por el oleaje y el frente de mal tenía el inconfundible aroma de los detritus. Al sol se pudrían unas bolsas de basura, seguramente con cabezas de pescado, que nadie se había preocupado de retirar en la noche. No está mal para ser un domingo.

Es una suerte que hoy no tenga que coger ningún ferrocarril. En la R1 el arquetipo más habitual es el colgado que lleva el olor a marihuana impregnado sus ropas. Todo él huele a marihuana. Aunque casi mejor, porque la desidia y la risa tonta, suelen hacer a ese arquetipo extremadamente descuidado en el aseo: el olor a marihuana mata al olor a sobaquillo. Claro está que hay tipos que, simplemente huelen mal. Hay que lavarse, colegas. Preferentemente, cada día. No todos parecen haberlo entendido: ni sus padres se lo han enseñado, ni ellos lo han querido aprender empíricamente, ni en ninguna escuela se imparten mínimas nociones de “urbanidad”, asignatura que periclitó en los años 50 y que los socialistas, dueños de las reformas educativas desde la transición hasta nuestros días, nunca han querido reimplantar porque educación, aseo personal y etiqueta parecen ser “facismo y derechona”. Luego pasa que las niñas de izquierdas ligan menos que las derechas y así surgen las “ideologías de género”.

Hay momentos en los que resulta inevitable exhalar olor corporal. Un día tuve que atravesar la calle de Aragón, justo cuando pasaba la “cursa del Corte Inglés”. Experiencia aterradora esa de pasar entre gente que lleva varios kilómetros corriendo y entre las manzanas del Ensanche. A nivel de suelo, cuando pasan los miles de corredores, se genera una especie de corriente de aire fétido que agrupa los olores corporales de todos los participantes: alucinógeno en el peor sentido de la palabra. Ya decía Aldous Huxley en Las puertas de la percepción que basta con modificar la composición química del aire que respiramos, introduciendo un poco más de CO2 para sufrir visiones y alucinaciones místicas. Yo el día que tuve que atravesar la cursa sentí aproximarme al Walhala y noté la presencia del mismísimo Odín que ordenaba a sus guerreros pasar por la ducha antes de la batalla final contra Fenrir y las huestes del mal.

Me quejo de que la educación, el estilo, el aseo y la higiene corporal que han constituido la piedra angular de la civilización, cada vez están más ignorados y arrojados fuera de lo cotidiano y por cada vez más gente. No es un criterio pequeño-burgués; lo pequeño-burgués es solucionar el problema con sobredosis de Axe o de desodorante de baratillo. Me quejo de que hay gente que huele mal y de que siquiera les importa. Me quejo de que la dejadez, la lasitud, la empanadura y el abandono personal conducen, no solamente el hundimiento de quien los practica, sino que, además, son una ofensa a las pituitarias que todavía discriminan entre el “olor a rosas” y el “pestazo a metano”. Porque en todo existe un MAS y un MENOS, por mucho que el igualitarismo afirme que todos somos iguales…


sábado, 9 de junio de 2018

365 QUEJÍOS (41) MALDITAS DISCOTECAS SOBRE RUEDAS


¿No han sentido ustedes alguna vez ganas de vaciar una cinta de balas de un Spandau MG-42 de calibre 7,92 mm sobre un coche que pasa junto a ustedes con una música atronadora y estridente que rompe los tímpanos? Yo, les confieso, que sí: muy a menudo. Será porque me he autodiagnosticado “hipersensibilidad acústica”, el caso es que cualquier ruido que no he pedido, me molesta. Además, observen que, tanto estas discotecas sobre ruedas, como los giliflautas que exhiben su música en el móvil, solamente escuchan MALA (O MALÍSIMA MÚSICA). Nunca me he cruzado a ninguno que escuchara la Pastoral de Beethoven, el Canon de Pachelbel o las Cuatro Estaciones de Vivaldi. Ni siquiera algún clásico de los Beatles, de la Baez o del divino Dylan. Por algún motivo que corresponde a los sociólogos y a los psiquiatras estudiar, quien decide obligarle a que usted comparta su música, es un tipo con un mal gusto extremo. Me quejo de eso y tengo historia para esta queja.

Es uno de las grandes aportaciones del Tercer Mundo a la cultura occidental. Recuerdo en el interior de Brasil, una tarde tranquila en la terraza de una pulpería de mala muerte cerca de Manaos. De repente, en la explanada de delante, apareció una desvencijada camioneta. Sacaron unos bafles que parecían recién robados de una discoteca y se pusieron a atronar una música obsesiva, ecos del origen africano de los protagonistas que rompía la armonía y serenidad de una noche amazónica.

Otro día, en una casa de campo en las afueras de Villena, estaba leyendo relajado después de una agotadora jornada, cuando de repente desde la masía de al lado recién alquilada a un “grupo musical” empezó a atronar un tam-tam. ¡Un puto y jodido tan-tam a dos pasos de las tierras manchegas y en el límite de la provincia de Alicante! Iban acompañados de una ranchera con los consabidos bafles que podían oirse en todo el valle. Cada miércoles el grupo de merluzos iban al mas a ensayar “la batuká”… Tenia preparado incendiar la masía cuando dejaron de pagar el alquiler y no volvieron. Fue un alivio.  

Ítem más. En Beirut, lo peor no es que la conducción sea salvaje (el primer consejo que te dan es que mires siempre al frente, si desvías la atención hacia los flancos, los conductores que vienen por ahí entienden que tienes miedo y se lanzan: no hay forma de pasar), ni que, en aquella época, el ruido de los disparos y los bombardeos en el valle de la Bekaa, de los reactores de combate rasantes, rompieran cualquier instante de armonía, sino que, al atardecer, en los bajos de los edificios en ruinas, se producía un impresionante trasiego de personal que sacaba al exterior, bafles, fluorescentes y transformaba aquel entorno ruinoso en discotecas, bares de alterne y clubs musicales (de mala música, claro está); para promocionarlos, decenas de coches recorrían las calles anunciando los garitos por malos altavoces chisporroteantes y hasta altas horas de la noche.

Incluso en Montréal, ciudad tranquila y relajada por excelencia, al final de la calle de Saint Hubert, camino de la Petite Italie, con sus aceras cubiertas, al llegar al “barrio andino”, un coche americano, de los habituales de narcos, molestaba a todo ciudadano con salsa, merengue y lambadas insufribles.  Lo bueno, en esta ocasión, es que todos censuraban con la mirada a aquellos que hoy supongo condenados por narcotráfico.

Todo esto está hoy en España y en demasía. Porque en este país cuando una moda llega, arraiga con fuerza y termina siendo obsesiva. Me quejo de que los más garrulos, los personajes de sensibilidad de piedra pómez y gustos troglodíticos, recorren nuestras calles mostrando su analfabetismo cultural y realizando selecciones musicales infames que usted y yo deberemos oír, mientras siga mal visto utilizar la Spandau MG-42 para remediar el disparate

De eso me quejo: a fin de cuentas de que la falta de educación, la nula cultura musical y las ganas de exhibir la ignorancia dominen en las calles. Todo empezó cuando Adolfo Suárez dijo aquello de que iba a “elevar a la categoría política de normal lo que a nivel de calle es simplemente normal”. El ruido atronador, parece algo “normal”, luego, entone el trágala, y acéptelo o váyase. Créanme que cada vez que preparo las maleta siento una especie de liberación.


viernes, 8 de junio de 2018

365 QUEJÍOS (40) BALCONES DE CATALUÑA O LA FEALDAD COMO ÉTICA


Se dijo a finales de los 60 que la ética era la estética del futuro. Y con el tiempo da la sensación de que algo de eso hay: en un mundo en el que cualquier referencia ética parece ir desapareciendo, no es raro que la fealdad se vaya enseñoreando de las calles. En Cataluña, sin ir más lejos, especialmente en pueblos, la fealdad se ha apoderado de los balcones y está presente en las calles. Desde hace seis o siete años un cierto número de balcones –que nunca es superior al 10%, todo hay que decirlo- lucen colgajos permentemente. Algunos, incluso, los coleccionan: están ahí hasta que se caen de viejos. Dado que esto es Cataluña, basta que te regalen algo para que lo exhibas: si te regalan unos cuantos trapos de publicidad para el seudoreferendum del 1-O, los colocas en el balcón y ahí se quedan durante meses hasta que un viento huracanado termina por llevárselo o la erosión del tiempo desgasta los colores. La fealdad está en los balcones. Me quejo de la fealdad voluntaria de las ciudades catalanas, especialmente de los barrios que hacen profesión de fe independentista.

He visto balcones en los que hay apelmazados el colgajo pidiendo la libertad de los presos, el otro sobre el SI al seudoreferéndum, luego está aquel otro que recuerda que allí vive alguien que simpatiza con la inmigración, la bandera estelada de rigor, el lazo amarillo, el Ja som república, media docena o docena y media de lazos amarillo páliducho. Y todo en menos de cuatro metros de balcón. Estamos lejos del día en que el vecino colocó tanta farfalla en su balcón. Ahora, todo eso, ocho nueve, doce meses después, luce polvoriento, desteñido, sin lustre. Además de ser feo resulta triste: es la exteriorización de un fracaso (porque el nacionalismo independentista ha fracasado, y de qué manera, por mucho que se niegue a reconocerlo). Me quejo de tener vecinos sin el pudor suficiente para ocultar su credo político y de su triste orgullo de fracasados.

Pero me quejo también de que algunos ayuntamientos. Cada vez menos, todo hay que decirlo. No se sabe bien encomendándose a qué, han decidido colocar en las rotondas de acceso a los pueblos, banderas independentistas bien lustrosas y periódicamente renovadas (dos o tres veces al año) y de tamaño XXL. Esas no son compradas en los Todo a 100 chinos (Gao-Ping ha hecho su agosto con esto del independentismo), son de las caras. Y las pagamos con nuestros impuestos. Cada cual se conforma y se contenta con lo que puede: ya que ni tienen, ni tendrán una nación a su medida, se conforman con poner una bandera que solo para ellos tiene algún significado. Y que para colmo, es fea

Me quejo de que los diseñadores de la “estelada” taparon las históricas cuatro barras de la Corona de Aragón con un triángulo masónico, con el color del nomeolvides –la flor masónica por excelencia, azul SEPU, de nombre cursi y acaramelado- y para colmo, en su interior colocaron una estrella blanca de cinco puntas, símbolo egipcio del inframundo, el Duath. Ni a propósito hubiera podido hacerse una bandera tan mal conjuntada. Es la bandera de quienes son incapaces de hacer ondear una de verdad.

Me quejo de que pasen las semanas, los días y los años, y esas banderas sigan allí. Recuerdo que un día, mi abuela, en pleno franquismo, colocó una camisa en el interior del balcón de un primer piso del Ensanche barcelonés. Apenas se veía desde la calle, pero un miembro de la guardia urbana subió al inmueble y multó a la abuela porque aquello “afeaba” la calle. En realidad, tenía razón y mi abuela pagó. Hoy algunos catalanes juzgan que el olor a porro, a meadas de perro y a gasolina quemada que destilan las calles de Barcelona, no son suficientes y quieren colocar un punto más de fealdad en la vida urbana. Ahora ya no hay guardias urbanos que afeen esta actitud a los vecinos. Simplemente, pasan por debajo de estos colgajos, como si no existieran. Lo dicho, la fealdad es la estética del independentismo. De eso me quejo.



jueves, 7 de junio de 2018

365 QUEJÍOS (39) ¿POR QUÉ LLAMAR JUSTICIA A UNA TORTUGA PARALÍTICA?


No me creo la mística democrática de que el poder sea como una butifarra, que se puede cortar a trozos y dividir a voluntad, ni me creo que ese papelito en donde pongo mi soberanía, mediante rituales que, a fin de cuentas encubren el único que interesa (la cantidad de papeletas depositadas después de una campaña electoral plagada de mentiras, medias verdades y promesas que todos sabemos que nunca se cumplirán), termine expresando la “voluntad de la nación”. Una cosa es que todos  hayamos aceptado ese sistema, a falta de otro mejor, porque resulta práctico y una cosa muy diferente es encontrarle algún tipo de justificación teórica. Pero no me voy a quejar de que un tal Montesquieu haya juzgado que el poder era algo divisible, sino de que uno de los “poderes” resultantes, el judicial, simplemente, no funciona bien.

En primer lugar, división de poderes, sí, pero relativa: porque hay bofetadas entre los partidos para elegir a los magistrados de los altos organismos del mismo… cuando en realidad, si el poder fuera “independiente” estos magistrados deberían ser elegidos SOLAMENTE por los que forman parte de ese poder… Trocear un salchichón para luego venderlo unido es, como mínimo, despiporrante a poco que se examine.

Luego está ese otro absurdo –y lo dice alguien que siempre ha manifestado su más absoluto desinterés por todo lo que es este terreno: servidor tiene moral y ética, por tanto, no se preocupa de la ley– de que las leyes que aplica el “poder judicial”, las hace el “poder político”, que es como decir que las recetas que cocina cada día Arguiñano, las idea un ingeniero de caminos. Zapatero a tus zapatos. Osea: “parlamento” a “hablar”. Luego pasa que, como el parlamento es un foro de ilustres mediocridades incapaces de abrirse un camino en la empresa privada y que consideran que los presupuestos públicos son el camino más fácil para satisfacer sus ambiciones, las leyes que salen de allí son verdaderos y lamentables churros… que están muy por detrás de la realidad social y sometidas a los vaivenes de los partidos. Si por la población fuera, la cadena perpetua estaría ya restablecida (y seguramente más), los campos de trabajos forzados para resarcir a las víctimas serían algo tan natural como comerse un bocata y no se legislaría “en caliente” o “en frío”, sino que se legislaría en lugar de haraganear en los butacones parlamentarios y, de tanto en tanto, apretar un botón por indicación del jefe de grupo parlamentario. De los parlamentos no suele, ni puede salir nada bueno. Que hablen y fiscalicen si son capaces, pero legislar…

Y a un nivel más pedestre, la moda americana de introducir jurados populares llegó a España con la democracia a despecho de que ni en EEUU funcionaba, ni aquí funciona. No soy profesional de la justicia, no he estudiado derecho, ni hecho unas oposiciones a juez, así que no quiero juzgar a mis semejantes: si un hijoputa es culpable, al chiquero con él, pero que no me hagan perder el tiempo. Que el juez asuma su responsabilidad y su pulso no tiemble. Porque los miembros del jurado lo que quieren es que se les paguen las dietas, irse a casa y evitar que el sopor les invada.

Me quejo, claro está, de todo esto: pero, sobre todo, de la lentitud de la justicia que siempre es perjudicial para víctimas y culpables. Una lentitud exasperante que permite que un okupa esté destrozando tu casa durante un año o que el tipo que te robó la cartera en el metro (y que ha robado cientos de carteras en ese mismo metro) se salga de rositas, el sumario que no termina de juzgarse pero que añade legajos y más legajos, el político juzgado cuando ya ha prescrito el caso, la sentencia absurda… no tanto por la excéntrico de los jueces (algunos, desde luego, si lo son) como por leyes mal redactadas… ¿Poder judicial? Vamos hombre, tortuga paralítica en el mejor de los casos. 

No es que me queje de eso, es que reconozco que no tiene solución en esta España de Luis Candelas multicultural. Quejarse es poco, es preciso interiorizar el quejío y reconocer lo vano de cualquier intento de rectificación en este país al que 40 años de democracia han imposible de reformar que un cuello almidonado. De todo eso me quejo. Y no entro en lo de la “justicia garantista” que es la excusa para que los delincuentes gobiernen.

miércoles, 6 de junio de 2018

365 QUEJÍOS (38) UNA SANIDAD DESCOMPUESTA


¿Logros del sistema sanitario español? El que en Navarra, sin ir más lejos, tenga fama de funcionar perfectamente y en Cataluña sea un desastre. Así pues, lo que se ha logrado ha sido generar desequilibrios. Si quiere operaciones rápidas, vaya a Navarra y entre de urgencias. Si necesita parches de nicotina con cargo a la seguridad social allí los tendrá. Ahora bien, si no tiene prisa en que le operen y quiere conocer salas de urgencias multiculturales, Cataluña es su destino turístico-sanitario. En una España creaqueada en 17 autonomías, una de las actividades más apasionantes es ver hasta qué punto se han creado desequilibrios regionales. De eso –en principio- me quejo.

Claro está que todo tiene su explicación: en Cataluña, por ejemplo, en todos los hospitales  inaugurados durante el pujolato existe una placa conmemorativa. A pesar de que ver el nombre de “Jordi Pujol” supone retrotraernos al peor período de corrupción y estafa en la historia de la Cataluña contemporánea, ahí están esas placas (muchas de ellas acompañadas de inscripciones a rotulador recordando el fuste del personaje). Esas placas son uno de los logros de la sanidad en Cataluña. Las esperas de tres y cuatro horas en la sala de urgencias es otro hit del sistema sanitario autonómico. Claro está que en otras regiones las cosas están igual o peor, pero eso no es un consuelo para los que deben ingresar con una piedra en el riñón o una oclusión intestinal o un leñazo en plena cara. Esperar: total, si en Cataluña ha habido que esperar cinco meses para tener un gobierno autonómico y solamente ha sido posible gracias a la espada de Damocles de nuevas elecciones regionales, esperar cuatro horas, a fin de cuentas, es casi un pasatiempo.

Lo dice alguien que en 2004 tuvo un pequeño accidente de moto, fue a urgencias de Elche y allí se limitaron a venderme el tobillo diciendo que “debía ser una luxación”… Era rotura y estuve cojeando durante casi un año. Los médicos tenían su excusa: eran los momentos en los que los andinos y magrebíes, cuando no tenían nada que hacer, se iban a cualquier hospital a pedir “un chequeíto”. Otro de los logros de la multiculturalidad. De eso, claro, también me quejo.

Lo peor es que, con unos sindicatos de tócame roque, nos hemos habituado a que el sistema de salud pública vaya decayendo progresivamente. Ya ni nos planteamos porqué la Seguridad Social nos debería de pagar los cristales nuevos de las gafas (la montura, claro, sí es cosa nuestra), o el servicio dental, porqué determinados fármacos deberían ir incluidos entre los subvencionados y porqué las operaciones de cambio de sexo deberían ser asunto privado o porqué las evaluaciones sobre enfermedades psíquicas deberían ser más rigurosos y la asistencia psiquiátrica más tupida. Tampoco ha dejado de preocuparnos el hecho de que la mejor medicina es la preventiva: comemos mierda (fast-food), no hay nada más que ver el sobrepeso que afecta a cada vez más población y el hecho de que no hay, salvo para casos extremos de obesidad mórbida, asesores nutricionistas. Nos hemos resignado a que la gente muera de cáncer sin saber por qué, o a que la edad media de la próxima generación sea menor que la de la actual… a saber por qué. Nos hemos habituado a tomar fármacos que curarán nuestra gripa una semana después de haberla contraído, olvidando que los remedios de la abuela, o simplemente el meterse en la cama, operan el mismo resultado. Nos recetan fármacos que acumulamos en la alacena con la convicción de que si nos los tomamos conseguiremos salir estreñidos, orinar de los más variados colores, sufrir los efectos secundarios más extravagantes… y poco más. De todo eso me quejo.

Y me quejo sobre todo de que una visita a urgencias implica perder un mínimo de cuatro horas. Pero, eso sí, será una lección de multiculturalidad y de convivencia interétnica. Porque los que si saben apreciar nuestro sistema de salud pública son los inmigrantes: basta que en una aldea chadiana haya una epidemia de gastroenteritis para que toda la tribu se desplace al Maresme a coleccionar fármacos. Sí, ya sé que es una exageración, pero poco a poco va dejando de serlo. También que quejo de eso.



martes, 5 de junio de 2018

365 QUEJÍOS (37) – BARCELONA, VACÍA DE LIBRERÍAS


Hubo un tiempo en el que los lectores empedernidos, teníamos buenos motivos para pasear por cualquier barrio de Barcelona (o de cualquier otra ciudad española, porque también en Esto, Cataluña y Tabarnia son España y la prueba del nueve es que el mismo caos reina en unos que en otros lugares de la piel de toro). Existía una “ruta de las librerías”. Cuarenta años de Generalitat han convertido a Cataluña en un erial cultural. El otro día un amigo novelista me decía que lo habían contratado de una biblioteca para que realizara una lectura de su obra… Estaba relativamente bien remunerado, lo que no le habían dicho es que la lectura se realizaría como trasfondo de… ¡una cata de vinos!  Si no había moyate, la cultura no prende… ¿Para cuándo actos culturales con streepers?

Hace unas semanas di una conferencia en una biblioteca de Barcelona: ¿creéis que se leían libros? En absoluto. Los libros que compra preferentemente la Generalitat para las bibliotecas, escritos en catalán y editados por los amigos, por tanto subvencionados (es importante retener que no basta con editar en catalán para ser subsidiado, sino que hace falta pertenecer al círculo de oro de los “amigos de los amigos” de la Gencat) nadie los lee. Los jóvenes están en la biblioteca por el wi-fi, por los videojuegos y para estudiar aprochando luz, tranquilidad y espacio. Las bibliotecas se han convertido en “centros sociales” en los que se hace cualquier cosa, menos leer.

La cosa no va a cambiar si tenemos en cuenta que la medida estrella de la clique autonómica presidida por Quin Torrat, en materia cultural, es… ¡unificar carnés de bibliotecas! Es decir que si hasta ahora en mi cartera tenía el carné de la biblioteca de Cataluña y el de la red de Bibliotecas de la Diputación… ahora solo tendré uno (a pesar de que me temo que para consultar la sala de reserva de la primera, necesitaré otro…). Así pues, si este es el nivel de las bibliotecas y del mundo de la cultura en Cataluña amamantado por la teta pública, podéis pensar cómo están las librerías privadas. No es que sea para quejarse: es que es para llorar a moco tendido.

La mayoría de las que existían en los 80 están convertidas en fast-food o en badulakes. Incluso la librería de El Corte Inglés ha menguado. Librerías de viejo quedan pocas y todas a título póstumo. La “feria del libro de ocasión” que estaba situada detrás de la Universidad Central y que antes de allí tuvo su lugar durante siglos en el Portal de la Santa Madrona, ya ha desaparecido del todo. No queda ni el recuerdo. La zona de Calle de Aribau entre Gran Vía y Aragón, también se ha despoblado de librerías. No digamos las que estuvieron en calles céntricas. Quedan algunas especializadas en cómics y cine. Poco más. Y luego las que venden best-sellers a cascoporro y alguna que otra cosilla de relleno.

Ese es el resultado de 40 años de Gencat (en Cataluña, pero, como digo, en otras partes, la situación no es mejor, aunque juraría que en Valencia, está ligeramente algo mejor, mientras que en Madrid también hemos asistido a oleadas de cierres de librerías). Como para estar orgulloso de los logros de la “construcción nacional de Cataluña”. Se dirá que en otros países ocurre lo mismo y que lo digital y Amazon se lo comen todo… No es cierto (al menos no es completamente cierto).

He visto librerías de viejo a montones en Budapest (una detrás de otra, quizás quince, veinte cerca de la universidad), en Praga, en Lisboa, en Belgrado, en Montréal, en Québec, por limitarnos a la Vieja Europa. Item más: las librerías de viejo españolas por Internet venden más caro que cualquier otra del mundo y, para colmo, te cobran unos gastos de envío abusivos. De todo esto me quejo y en algún momento, puedo reconocer que hasta lloro por el triste destino de la cultura. Para la Gencat no hay problema: librerías que se cierran, clubs de cannabis que se abren (726, de momento). Es el gran logro de la autonomía catalana regida por nacionalistas e independentistas.

Quedaría decir que, el destrozo se completa con un panorama editorial bochornoso: el hecho de que la infumable, miserable y, a ratos, incluso, repelente, última novela de Dan Brown ambientada en España, Origen, sea el no va más de ventas desde finales del año anterior, indica lo preocupadas que están las editoriales buscando material “de calidad” con el que entretener a los lectores. ¿Lo mismo que en otros países? También aquí la respuesta es ampliamente negativa. Cataluña es España porque solamente en España hay tal caos y no hay ni Gencat ni mare qu’els va parir que remedie nuestra miseria cultural. De todo esto me quejo y pataleo (y a ratos, lloro).

lunes, 4 de junio de 2018

365 QUEJÍOS (36) ¿POR QUÉ TENEMOS UN CINE TAN MISERABLE?



Me quejo de que me toca ejercer de crítico de cine y de televisión y el 80% de lo producido en España que veo es pura basura. Y luego está lo que se filma pero ni siquiera se llega a estrenar. Y lo que se filma, se realiza el pase de muestra, se rectifica, se vuelve a mostrar, se vuelve a rectificar y así pasan años y años sin que el canal de televisión o la productora se atrevan a emitirlo en el plasma o proyectarlo en salas. Me quejo, además y sobre todo del sistema de subvenciones al cine español.

El sistema es perverso: se subvenciona con cargo al ICO el 60% del coste total de la película, pensando que el 40% lo pagan bolsillos privados. En realidad, no es así: al promotor de la cinta le basta con duplicar los costes reales de producción para que en el momento en el que se estrene (o se tire al basurero o se archive), su película, con todos los gastos incluidos, ya esté pagada. Si logra estar unos días en cartel, la taquilla es el beneficio y si al cabo de unos meses algún canal o algún stremming lo compran, pues unos euracos más a repartir. Así se trabaja en España y así está claro cómo es que no hay una industria del cine.

En lo que se refiere a series, la cosa es todavía peor porque se diría que el 90% de las series que se emiten en España tienen el mismo perfil. Sea cual sea el tema, no es preciso que el guión sea interesante, ni que la serie esté bien planteada, sino solamente que la protagonice una pareja que responsada a estas características: chico y chica joven, que estén de moda en esa temporada, no importa si no saben actual o lo hacen rematadamente mal, tampoco importa si es serie de médicos, de gánsters, de abogados o de narcotraficantes, lo que importa es que, en un momento dado, se enamoren, luego se pongan cuernos, luego cambien de pareja con otra que participa de manera subsidiaria y así sucesivamente… Todas las series españolas siguen el mismo esquema, prácticamente sin excepción. Una especie de culebrón modulado, sin calidad y sin ambiciones. 

Que quejo de todo esto, claro está, pero celebro que haya ocurrido porque, aun cuando, una vez más, la “cultura de masas” expandida por los canales generalistas, tienda a un empobrecimiento y a una bastardización cada vez mayor, siempre habrá una minoría de público que adoptará soluciones propias y espabilará. Yo recomiendo borrar los canales generalistas del selector de vuestros plasmas. Haceros vuestra propia televisión: bajar programas y películas que verdaderamente os interesen, no admitáis publicidad que no habéis pedido, buscar calidad, si podéis dedicar entre 7 y 50 euros suscribiros a distintas plataformas con catálogos en donde encontraréis de todo: desde lo peor a lo mejor. Seleccionad. Mirad en youtube, hay miles de películas sin derechos, libres. Pero, sobre todo, huid de los canales generalistas y, más importante aún, huid de las malas películas y de los abortos.

No resisto contar cuál ha sido la PEOR PELÍCULA de 2017. Atiende al nombre de Patria y se refiere a la “patria catalana”. Es la historia de Otger Catalón, el héroe epónimo de Cataluña. Un mito romántico, claro está. Interesante mito porque su origen era visigodo y él, junto a los nueve “barones de la fama”, deberían considerarse como el “otro núcleo inicial de la Reconquista” en los Pirineos catalanes. En 2017, cuando el proceso soberanista estaba a poco de llegar a su clímax orgásmico ingenuo-felizote, se estrenó esta película de claro contenido independentista. La vi. Era algo más que lamentable. Lo  que se había anunciado y promovido como “la primera película épica catalana” era un petardo de la especie: mala en actuaciones, mala en guionización, mala en localizaciones, mala en montaje, mala, rematadamente mala, un truño que suscitaba risas sino carcajadas en la sala de proyecciones. No pasó de una semana en cartel y hoy ni siquiera la encontraréis en programas P2P. ¿Creéis que ese aborto lo pagaron promotores independentistas privados? En absoluto, se financió con dineros públicos como apoyo al proceso soberanista.

No me quejo de eso, sino de que, en esto, Cataluña demuestra también ser una región española 100%... a la vista de que aquí el caos es igual que en Andalucía o en Madrid. Sin paliativos. Me quejo de que en España, en sus 17 mosaicos autonómicos se hace un cine deleznable que constituye un verdadero suplicio para el crítico.