martes, 27 de septiembre de 2022

LA ESCUELA DE FRANKFURT (XIV) - DE LA "RAZÓN INSTRUMENTAL" A LA "RAZÓN CRÍTICA" PARA LLEGAR AL RELATIVISMO

Max Weber había aludido a tres tipos de racionalidad: la estética, la moral y la científica. Horkheimer, partiendo de esta base, piensa que la transformación revolucionaria” tiene que tener a su lado, sobre todo a la “razón científica”. Solamente así existirá más apertura mental y, por ello, más avances científicos que acelerarán -al menos es lo que espera- más cambios sociales y más “progreso”. Claro está que Horkheimer pensaba esto cuando todavía tenía la convicción de haberse adherido a una “doctrina científica”, el marxismo. Como todo esto dista mucho de ser evidente -también es posible que la razón científica, en sí misma, divorciada de la razón estética y de la razón moral, genere “ciencia sin consciencia” y, más que “progreso”, de lugar a situaciones de quiebra social y de restricciones de las libertades- vamos a extendernos un poco en las definiciones necesarias para entender esta parte de la Teoría Crítica de la Escuela de Frankfurt.

Se entiende por “razón”, la capacidad de pensar, elaborar conceptos, unirlos unos con otros, hasta llegar a conclusiones “razonables”. Horkheimer la define así en el prefacio de la segunda edición alemana: “El hecho de percibir -y de aceptar dentro de sí- ideas eternas que sirvieran al hombre como metas, era llamado, desde hacía mucho tiempo, razón. Hot, sin embargo, se considera que la tarea, e incluso la verdadera esencia de la razón, consiste en hallar medios para lograr los objetivos propuestos en cada caso”. Todo ello, a través del discurrir mental. La “razón instrumental”, por tanto, será la posibilidad que tiene el ser humano de utilizar la razón para adaptarse al mundo en el que vive y satisfacer sus necesidades. Es, por tanto, una forma de pensamiento que está vinculado a la “acción” y que toma en consideración objetos e ideas que utilizará como medios para alcanzar los fines que se propone. La “razón instrumental”, por tanto, puede ser asimilada a una forma de pragmatismo. Lo que importa, sobre todo, el llegar a lo que se pretende, el fin, sin importar los medios que se utilicen para ello. Horkheimer sostendrá que “Los objetivos que, una vez alcanzados, no se convierten ellos mismos en medios son considerados como supersticiones”. Y es en ese terreno en el que sitúa a la religión, a pesar de que cita la idea de Hobbes de que los principios morales emanados de la religión son “socialmente útiles, destinados a fomentar una vida en lo posible libre de tensiones, un trato pacífico entre iguales y el respeto del orden existente”.

Otra definición de “razón instrumental” estaría próxima a la idea de “utilidad”. El valor de cada cosa, para nosotros, está relacionado con aquello para lo que sirve. Una música puede servir para relajarse después de una jornada agotadora, una tijera será el instrumento adecuado para cortar un papel. Alguien que pensara en relajarse mediante una tijera o que esperase cortar papel con una música, podríamos decir que es un ser “irracional” o alienado, en la medida en que no logra encontrar la utilidad que corresponde a cada objeto.

Sostiene Horkheimer que, la razón, en tanto que “razonable” niega, a sí misma, su carácter absoluto. Para él, “razonable” es equivalente a “relativo”. Por eso se produce la paradoja de que “los avances en el ámbito de los medios técnicos se ven acompañados de un proceso de deshumanización. El progreso amenaza con destruir el objetivo que estaba llamado a realizar: la idea del hombre”.

En 1947, apareció Crítica de la Razón Instrumental, que reúne una serie de escritos publicados por el autor a lo largo de la década de los 40. En su primera edición apareció con el título de El eclipse de la razón que fue perjudicial para su recepción, parecía sugerir que se criticaba a la razón. En realidad, no lo es, pero Horkheimer optó por un título más “comercial” desde el punto de vista de los profesionales de la filosofía. Horkheimer no ataca a la razón y no se sitúa del lado de lo irracional, sino todo lo contrario, lo que pretende formular es una autocrítica a la razón, desterrar la razón de cualquier forma de autoritarismo que, nos dice, termina pervirtiéndola. Viajando al origen kantiano del término razón, lo que pretende es criticar la razón mutilada y reducida a la razón instrumental.

En el volumen se reúnen escritos realizados al margen del Instituto de Investigación Social y de sus trabajos sobre la reforma educativa. Menciona que fue un trabajo vinculado a la elaboración de la teoría crítica y al estudio realizado con “mi amigo Adorno”, Dialéctica del Iluminismo (del que dice que está “agotada desde hace mucho tiempo”, cuando en realidad había tratado de retrasar lo más posible la reedición de la obra que circulaba en múltiples ediciones pirata). El texto se basa en apuntes tomados durante charlas y cursos realizados en la primavera de 1944 en la Universidad de Columbia. A pesar de que, en Dialéctica de la Ilustración parecía claro que Horkheimer y su “amigo Adorno”, circulaban por carriles paralelos, pero con tendencia a separarse, aquí se obstina en tender puentes hacia él: “Sería difícil determinar cuáles de los pensamientos se debieron a él y cuáles a mi”, concluyendo: “Nuestra filosofía es una sola”.

El libro, confiesa el autor, es fruto de una decepción: “Con el fin del nacionalsocialismo -así creía yo entonces- amanecería en los países progresistas un nuevo día, ya sea mediante reformas o por una revolución, y comentaría la verdadera historia de la humanidad. Junto con los fundadores del “socialismo científico” habría creído que necesariamente, se extenderían por le mundo los logros culturales de la época burguesa, el libre despliegue de las fuerzas, la productividad intelectual, sin llevar ya el estigma de la violencia y la explotación”…

El error de Horkheimer en esa época, consistía en creer -o haber fingido creer- que la Segunda Guerra Mundial y la violencia que le acompañó fue solamente el producto del nacionalsocialismo, cuando él y los “frankfurtianos”, gracias a sus contactos con los servicios de inteligencia de los EEUU, las fundaciones y los lobbis para los que trabajaron, se situaban en el vértice belicista en los EEUU y fueron los que más instigaron el desencadenamiento de la guerra en Europa. Concedamos que la situación de exilio (en realidad de autoexilio) y la condición étnica del grupo “frankfurtiano” inclinó, de manera natural, por puros intereses instrumentales, a colaborar en el esfuerzo bélico de los EEUU. Pero, al acabar el conflicto, ese “mundo feliz” en el que creía (o decía creer Horkheimer) no se realizó: inmediatamente se encadenó el conflicto entre el Este y el Oeste, entre los EEUU y la URSS, en lo que se llamó la Guerra Fría.

Horkheimer, inicialmente marxista, luego teórico del pensamiento crítico, toma partido, en 1967 -año en el que escribe el prólogo a la segunda edición alemana de la obra- implícitamente por los EEUU: es un hombre desengañado, pero agradecido. Escribe en aquel momento de violencia: “Sin embargo, lo que he experimentado desde aquellos tiempos no dejó de afectar a mi pensamiento. Sin duda alguna, los Estados que se llaman comunistas y se sirven de las mismas categorías marxistas a las que tanto debe mi esfuerzo teórico, no se encuentran hoy día más próximos al advenimiento de aquel nuevo día que los países en los cuales por el momento se ha extinguido todavía la libertad del individuo”.

En los años 30, Horkheimer pensaba que la técnica era una fuerza subjetiva, entre tantas, con las que había que contar en la medida en que la ciencia cada vez se hacía más presente en la vida de la humanidad. Por lo tanto, resultaba necesario integrar en la teoría crítica y predecir los progresos científicos. Lo que le preocupaba era que, en el ámbito científico, no se diera también la falta de racionalidad que había detectado en los subproductos de la Ilustración que identificó. Parece que quedó conmocionado por la explosión de las bombas de Hiroshima y Nagasaki y por algunos programas de armamento alemán que aparecieron en los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial. Se reafirmó en la neutralidad de la ciencia y en su concepción como producto de la razón, pero también adquirió la convicción de que la aplicación de los principios científicos podía estar guiada por la irracionalidad. Así pues, en la ciencia, producto más depurado de la razón instrumental, la irracionalidad se filtraba, al igual que en la Ilustración.

En esta obra es en la que aparece retratado el concepto que la Escuela de Frankfurt se forja de “felicidad”. La “felicidad” (en principio, la tendencia freudiana al placer compensatoria del “thanatos”) venía dada por el dominio del ser humano sobre la naturaleza. Sin este dominio no puede haber bienestar. Para crear un mueble es necesario derribar un árbol, pera cultivar frutos es necesario roturar los campos. Todo es, por tanto, dominio sobre la naturaleza y de eso depende de la felicidad: siguiendo este razonamiento, la felicidad absoluta vendrá dada por el dominio completo sobre la naturaleza (tesis que, en el fondo, ha sido recuperada por el transhumanismo). Sin bienestar, no hay felicidad posible. El hombre primitivo, cazador-recolector, en su cueva, difícilmente podría ser feliz. La historia de la humanidad, para Horckheimer es una lucha por desbrozar el camino que lleva a la felicidad y ésta, solamente puede ser, material: a diferencia de Adorno, quien, en tanto que musicólogo, comprendía que una sinfonía podía evadir al ser humano de sus problemas (recuérdese la orquesta del Titanic), el autor de Crítica de la Razón instrumental, no concibe otra felicidad más que éstq. Es lo que podríamos llamar una “concepción materialista de la felicidad”.

Dominar a la naturaleza -y este es el drama- implica también dominar a los hombres que forman parte de esa naturaleza. Incluso el científico que trabaja en algún proyecto que implique tal dominio, sufre él mismo los resultados: “la historia de los esfuerzos del hombre por sojuzgar a la naturaleza es también la historia del sojuzgamiento del hombre por el hombre”.

En las páginas de esta obra, está presente el espíritu del antiguo marxista, consciente que el marxismo es incapaz de explicar, incluso, aquello que había puesto más énfasis en elucidar: la historia, por ejemplo. Horkheimer se da cuenta de que no podemos controlar la historia, ni las condiciones en las que se desarrolla. Por eso, la historia humana es, al igual que la naturaleza, un “objeto externo”. La historia no puede comprenderse porque, al igual que en las demás ciencias sociales, no puede haber en ellas mismas explicación, en la medida en que forman parte de la naturaleza, algo que la “filosofía de la vida” alemana ya había planteado intermitentemente desde Hegel. La imprevisibilidad e incontrolabilidad de la historia es el rasgo de esta nueva etapa de la Escuela de Frankfurt.

Lo único que puede realizar el ser humano ante la historia es ejercer una función “crítica” que le permitirá entrever por dónde se ha filtrado la irracionalidad y, por tanto, cómo conjurarla. La aplicación de la “racionalidad reflexiva y crítica”, implica disponer de un arma creativa que permitirá que el hombre se rencuentre con la naturaleza y que el termine integrándolo en el todo de esa naturaleza. Así se construirá otro orden y otras realidades.

La preocupación de Horkheimer es cómo el progreso científico puede liberar al hombre de pesos y responsabilidades y convertirlo en un “ser feliz”. Cada página del libro rezuma la contradicción entre el antiguo marxista que cree en el materialismo y en la concepción materialista de la felicidad y, al mismo tiempo, el hombre que ha sufrido decepciones y visto horrores y al que no le quedan mucho margen para el optimismo: de ahí su apelación a la observación crítica.

Así como Dialéctica de la Ilustración es un grito airado y muy poco filosófico, la Crítica de la Razón Instrumental es una obra mucho más mesurada. Obsérvese este párrafo: “En otro tiempo el arte, la literatura y la filosofía aspiraban a expresar el significado de las cosas y de la vida, a ser la voz de cuanto está muerto, a prestar a la naturaleza un órgano para expresar sus padecimientos o, como cabría decir, para llamar a la realidad por su verdadero nombre. Hoy se ha privado del lenguaje a la naturaleza. Una vez se creyó que toda manifestación, toda palabra, todo grito, todo gesto tenía un significado interior; hoy se trata de un mero proceso. La historia del niño que, mirando al cielo, preguntó: - Papá, ¿de qué es un anuncio la luna?; es una alegoría de aquello en que ha venido a convertirse la relación entre hombre y naturaleza en la era de la razón formalizada. Por una parte, la naturaleza se ve desprovista de todo valor intrínseco o sentido. Por otra, el hombre ha sido privado de todos los fines salvo el de autoconservación. Intenta transformar todo lo que tiene a su alcance en un medio para ese fin (…) El antiguo cazador con trampas no veía en las praderas y en las montañas sino la perspectiva de una buena caza; el hombre de negocios moderno ve en el paisaje una oportunidad favorable para la instalación de anuncios de cigarrillos. Una noticia que apareció hace algunos años en los periódicos simboliza muy bien el destino de los animales en nuestro mundo. Informaba de que en África los aterrizajes de los aviones eran dificultados por las manadas de elefantes y de otros animales. Así pues, los animales son considerados solamente como obstáculos para el tráfico”.

En esa época, uno de los elementos que Horkheimer retenía del viejo marxismo y del pensamiento decimonónico, era la idea de que el progreso era irreversible y que no se le podía dar marcha atrás: “Somos, en una palabra, para bien y para mal, los herederos de la ilustración y del progreso técnico. Oponerse a ellos mediante la regresión a estados primitivos no mitiga la crisis permanente que han traído consigo”. La “solución Horkheimer” pasa por reconciliar la razón instrumental con la razón objetiva, lo que facilitará el reencuentro entre razón y naturaleza y la única vía es el “pensamiento crítico”.

No están más claras las vías que propone para tal “reencuentro”. La fórmula más convincente sería el restablecimiento de valores absolutos y el abandono de cualquier relativismo, una solución que Horkheimer no puede aceptar, ni siquiera contempla. Ofrece en la segunda parte de la obra, una fórmula: “liberar de sus cadenas al pensamiento independiente”, pero, tal pensamiento, privado de referencias absolutas, no es uno, sino múltiple, incluso puede llegar a ser contradictorio, y derivar hacia el nihilismo o hacia horizontes todavía más problemáticos (el “postbiologismo” transhumanista). En estas circunstancias, si bien el análisis de Horkheimer parece bastante “razonable”, sus conclusiones lo son algo menos: volviendo al trabajo realizado junto a Adorno, en Dialéctica de la Ilustración, parece poco sensato el reconocer que “el sueño de la razón produce monstruos”, algo que puede admitirse, para luego afirmar que “para bien o para mal, somos herederos de la ilustración y del progreso técnica. Oponerse a ellos mediante la regresión a estados primitivos no mitiga la crisis permanentemente que han traído consigo”. Si un camino conduce al abismo, lo más sensato es desandar lo andado y buscar otro camino. Así pues, lo “racional”, aceptando la crítica de Horckheimer sería situarnos en el pensamiento pre-ilustrado y, a partir de ahí, contemplar la posibilidad de emprender otras rutas, porque la de la Ilustración, una y otra vez, llevará a la barbarie. El autor de esta obra no puede hacerlo: para él, la gran aportación de la Ilustración es romper con las “mitologías”, negar las “supersticiones”, dar la espalda al “pensamiento mágico” y considerar que el ser humano es materia, solo materia y nada más que materia, a la que hay que “satisfacer”. Una concepción así, no solamente no enmienda el camino emprendido por la Ilustración sino que profundiza en su maleza. Lo que nos está proponiendo es que, aun a sabiendas de que esa ruta conducirá al abismo, la recorramos “críticamente”… Para ese viaje, más que alforjas hubiéramos necesitado un paracaídas…

Esta es, sin duda, una de las obras más interesantes desde el punto de vista de la Escuela de Frankfurt, en la que se encuentran justificaciones y bases de movimientos como el ecologismo o de tendencias compulsivas de la modernidad como el “progresismo”. Hay lugar también para fundamental cualquier forma de hedonismo y, por supuesto, también es posible anclar cualquier tendencia del complejo LGTBIQ+. A fin de cuentas, lo que le interesaba era la “felicidad”, es decir, negar valores superiores, eliminar absolutos, y dejarlo todo al albur del “libre examen” de cada cual, ahora llamado “análisis crítico”.








 

lunes, 26 de septiembre de 2022

FRATELLI D’ITALIA: 99 AÑOS DESPUÉS DE LA MARCHA SOBRE ROMA

¿Qué quieren que les diga? Me ha gustado eso de ver la “fiamma” del antiguo Movimiento Social Italiano en las banderolas de Fratelli d’Italia, ganador de las últimas elecciones generales en Italia, el país que ha tenido el valor de reducir un tercio el número de diputados. Sí, ya sé que se trata de una evolución post-post-fascista de la Alleanza Nazionale y que esta supuso la liquidación de los viejos ideales del MSI. Incluso la ubicación de FdI entre los conservadores y de centro-derecha europeos, me genera una repugnancia difícil de disimular. Pero han ganado. Y para ganar han tenido que recurrir a los “valores tradicionales”: familia, patria, religión, no al aborto, no al globalismo, no al mundialismo, no al transhumanismo… Creo que ese es el techo de lo que puede conseguirse hoy por vía electoral.

Está también claro que algunas de las tomas de posición que han acompañado a la campaña son prolongación de las que, en su día, tuvo el MSI... para bien y para mal. La campaña ha sido "atlantistas" y "occidentalista", como fue ayer la política oficial del MSI: defensa de Occidente a través de la OTAN. Ha desaparecido cualquier mención al corporativismo y a poner coto a los desmanes de los partidos. Todo ello ¿es un simple "imperativo legal" o es que se busca perpetuar la partidocracia? Y podríamos seguir con nuestra crítica repitiendo lo que otros amigos ya han mencionado. No es el caso.

Me gustan menos los acompañantes de la Meloni. Berlusconi, convertido definitivamente en una máscara con la sonrisa congelada, casi un personaje de videojuego, con unos retoques de cirugía en su rostro que estremecen (¿dónde está eso de envejecer con dignidad?). Y, en cuanto a la Lega Nord… no puedo olvidar que alguno de sus miembros se solidarizó con las payasadas cometidas en Cataluña en los años de Puigdemont, aunque recuerdo todavía medidas anti-inmigración tomadas por Matteo Salvini en su etapa de ministro, tan lógicas como racionales y anheladas por todos los europeos de bien.

Espero que este gobierno se asiente y logre gobernar una legislatura completa. No tengo la menor duda de que en dos años, cuando tengan lugar las Olimpiadas en París, las cosas se pondrán muy cuesta arriba para el gobierno Macron. Si durante la final de la Champions París ya fue escenario de un reguero de disturbios protagonizados por “la racaille”, inintegrada e inintegrable, podemos imaginar lo que será dentro de dos años un evento que se prolonga por espacio de quince días y al que acuden turistas incautos de todo el mundo. Ni el gobierno Macron tiene la más mínima posibilidad de salir airoso de esa prueba, ni la izquierda estará en condiciones de hacer valer una alternativa que, en el fondo, no es más que una afirmación de debilidad y falta de identidad. Veremos qué se ha hecho de Melenchon dentro de dos años.

Y, no digamos en España: el gobierno frankeinsteniano de Pedro Sánchez está desahuciado dos años antes de celebrarse las próximas elecciones. Nadie apuesta por él. Y cada declaración de algún socio de Podemos se salda con una nueva polémica: el “tope de la bolsa de la compra” de Yolanda-Petete, “los derechos sexuales de los niños” de la perturbada acampada en Igualdad, las reacciones histéricas a las bajadas de impuestos en autonomías del PP, todo eso contribuye a hundir más y más, cada día, cada hora que pasa, a un PSOE que, tras los “100 años de honradez”, los “40 de vacaciones”, vive otros cuarenta a corruptelas. 

Muy difícil lo va a tener la izquierda para seguir gobernando en España y, desde luego, para el PSOE el tiempo de las mayorías absolutas ya ha quedado irremisiblemente atrás. De hecho, la única esperanza que le queda al PSOE de apalancarse en parcelas de poder es que la victoria del PP en las próximas elecciones no sea por mayoría absoluta y Feijóo pueda armar con el “PSOE-Page” un gobierno de coalición. El gallego espera con eso realizar un viejo sueño de la “realpolitik” española: la “gran coalición” para terminar de una vez y para siempre con la centrifugación autonómica, y resolver la cuestión económica. A Feijóo, todo lo demás le interesa poco (modificar la ley trans, la del aborto, la ley de educación, la inmigración masiva…). Y vale la pena que el votante de la derecha sea consciente en las próximas elecciones de a quién vota: a una candidatura que mira como única alianza posible al centro-izquierda (el PSOE-Page) y que tiene resquemor hacia sus hijos separados (Vox). Sin olvidar que Galicia fue la autonomía dirigida por Feijóo que más celo puso en el cumplimiento de las normas abusivas de vacunación, restricciones de movimientos y confinamiento de los años de la pandemia. Feijóo puede parecer un “salvador”… siempre y cuando se le compare con Sánchez esa extraña mezcla de perturbado psicópata-suicida-killer de todo un país. Pero, no nos engañemos: es Feijóo, otro hombre sin ideas, sin ambiciones y sin proyecto más allá de bajar impuestos (lo que no es poco), racionalizar algo el gasto público y alejar a los perturbados de Podemos del poder.

Pero lo cierto es que, en Europa se está produciendo un “giro a la derecha”. Queda ahora la fortaleza alemana. Vamos a ver cómo resiste el gobierno de coalición socialdemócrata-liberal-ecoloco el invierno que se aproxima. Y, lo que es más importante, vamos a ver cómo reacciona la población alemana y si está dispuesta a pagar una elevada factura de luz y gas para solidarizarse con Ucrania. Alemania es -no lo olvidemos- un “país ocupado”. En su territorio hay 40 bases norteamericanas. Que no son pocas. Cuando un país tiene un ejército extranjero sobre su territorio, casi superior a sus propias fuerzas armadas, que a nadie le quepa la menor duda: se trata de un país “ocupado”. Colonizado, incluso. Y seguirá siéndolo mientras acepte el resultado de la Segunda Guerra Mundial que no fue, insistimos, la derrota del Tercer Reich, sino que supuso un a derrota de Europa, de toda Europa, incluso de los europeos que creyeron figurar en el bando de los vencedores. Después, una serie de partidos y de políticos que querían hacer “realpolitik” y aceptar los hechos consumados (que el país tenía relativa autonomía, nula en política internacional) y que no era cuestión de recordar esa sumisión, sino de soslayarla, fueron convenciendo y autoconvenciéndose de que, a partir de la creación de la República Federal Alemana en 1949, se abría un período nuevo. Pero no: lo que siguió, incluso tras la caída del Muro en 1989, fue eternizar una situación de ocupación permanente por parte de las tropas americanas.

Ha resultado significativa la reacción del gobierno alemán después de que, de manera muy irresponsable, los polacos pidieran el pago de más de un billón de euros para compensar los efectos de la guerra. La polémica se cortó cuando el gobierno recordó que Polonia debería responder por los trasvases forzados población de Prusia Oriental y por la expulsión de habitantes de zonas tradicionalmente alemanas entre 1938 y 1945. Y es que, una cosa es olvidar deliberadamente las situaciones reales incómodas en beneficio de una “realpolitik” que permita ir gestionando el día a día, sin fantasmas ni obsesiones de “liberación nacional” y otra, tocar el bolsillo en momentos de crisis, generando el que afloren antiguos resentimientos, querellas y reivindicaciones guardadas en el desván de la historia, pero nunca olvidadas.

Media Europa es ya de derechas. Es cierto que, en parte de Europa -España incluida- esa derecha es liberal, mundialista, globalizadora y… poco más. Y es también cierto que esa derecha tiende a converger con el centro-izquierda para mantener el status-quo. Pero, a poco que nos fijemos, advertiremos que, cada vez más, son los “partidos populistas” los que toman la iniciativa. Hace veinte años, Fini y su Alleanza Nazionale eran el comparsa de Berlusconi. Ahora es Berlusconi el que va detrás con su máscara plastificada y como mero acompañamiento. Así mismo, en Francia, los resultados de las últimas elecciones presidenciales -y lo que se avecina dentro de dos años- dejan pocas dudas sobre lo que ocurrirá en el futuro: hoy Marine Le Pen está realizando una aproximación a Macron, apoyando algunas de sus medidas. Mañana, de cumplirse el esquema italiano, será el centro-derecha francés el que se veo obligado a cooperar con el Rassemblement National para salvar lo salvable. Incluso en España, una experiencia Feijóo - PSOE-Page podría dar lugar, en un siguiente proceso electoral, al desplome de las dos opciones y a un formidable impulso a Vox, si sus costuras internas, las tendencias y las sectas católicas que actúan en su interior, consiguen mantener su unidad. Y si se rompe Vox, seguramente aparecerá una versión femenina de Marine Le Pen o de Giorgia Meloni (¿Olona? ¿Ayuso independizada de Feijóo?)

A 99 años de la Marcha sobre Roma está claro que lo que está avanzando en toda Europa no es “fascismo”. Es, claro está, “populismo”. ¿Y que es el “populismo”? Respuesta: el límite máximo al que pueden llegar fórmulas conservadoras mediante el parlamentarismo para afrontar los envites del progresismo globalizador y mundialista. No es mucho, pero es algo. Lo hemos dicho en muchas ocasiones: Podemos representa la ambición de arrojarse al vacío mediante las cantinelas progres más perturbadas; el PSOE supone dirigirse al vacío a buen ritmo; el PP de Feijóo no tiene intención de variar la dirección -lo ha dicho en innumerables ocasiones- solamente que a un paso más lento; y, finalmente, Vox sería la opción “populista” de quienes piden: “detengámonos para reflexionar porque eso de caer por el abismo no es de recibo y hay que rectificar”. ¿Cuál es la mejor opción? Parece bastante claro.  

Si miran en la cabecera de este blog verán mi autodefinición: la firmo y me reafirmo. Conservador consciente de que queda muy poco por conservar y que se trata más bien de instaurar que de conservar. ¿Instaurar el qué? Los valores tradicionales, por supuesto. Luego me defino como “revolucionario”. ¿De qué revolución? De la del Orden, faltaría más. Porque vivimos en el caos y la llegada de la derecha liberal al poder no supone más que un intento de restaurar el “orden” en el terreno económico. Nada más. Luego, me defino como “anarca” en la línea de Jünger: ¿Anarca? Sí, es aquel tipo que huye del pensamiento masificado, que busca tener su centro dentro de sí y no exterior a él. Lo que enlaza, por supuesto, con la definición de “apolítico” que completa mi paradigma: la política no me interesa, nunca he valorado vivir de ella, ni me interesa tomar partido por opciones por las que, inevitablemente, nunca podrás poner la mano en el fuego, pero eso no implica que no me interese por la política, simplemente, me mantengo distanciado de ella. Y eso es lo que recomiendo a todos los amigos que durante veinte años han ido leyendo este blog. Todo esto es lo que me sugieren los resultados electorales de ayer en Italia.

 








 

viernes, 23 de septiembre de 2022

UNAS NOTAS SOBRE EL LIBRO "¿QUÉ ES EL FASCISMO?" DE MAURICE BARDECHE

Recientemente he acabado de traducir una de las obras más desconocidas de Maurice Bardèche en la que se propuso responder a la pregunta que él mismo formuló: “¿Qué es el fascismo?”. Se trata de una obra relativamente breve y sintética en la que el autor da su particular versión de esta doctrina política. Para situar al personaje y completarla, hemos creído necesario introducir un primer ensayo introductorio escrito por nosotros mismos, sobre la vida, la obra y las motivaciones de Bardèche y concluir la obra reproduciendo otro de sus ensayos políticos de título significativo: “Socialismo fascista”. Vale la pena decir algo sobre este personaje y sobre el contenido de este libro que está a disposición de los lectores en Amazon.

Situando al personaje

Bardèche no se había preocupado de política antes de la Segunda Guerra Mundial. Su fatum fue que estaba casado con la hermana de Robert Brasillach, el poeta, escritor y ensayista asesinado por De Gaulle tras la llegada de los norteamericanos a Francia. Brasillach, nunca había militado políticamente, aunque sus opiniones habían sido favorables al gobierno del Mariscal Petain. Nunca había participado en la represión contra los partisanos especializados en asesinar franceses colaboracionistas y soldados alemanes aislados con el consabido tiro por la espalda. No le gusto el que el numero de resistentes aumentara desmesuradamente cuando los norteamericanos desembarcaron en Normandía y, especialmente, tras su llegada a París. Denunció todo esto desde las colunas de Je Suis Partout y de otros medios de prensa. Durante los primeros meses de guerra cumplió con su deber con la patria y fue uno de tantos soldados franceses llevados a una guerra que consideraban absurda y luego, en la derrota, detenidos por los alemanes. Bardèche, que profesaba una gran amistad y estaba muy vinculado a su cuñado (ambos, antes de la guerra, escribieron una Historia del Cine que fue obra de referencia hasta los años 60 y una Historia de la Guerra de España publicado en Francia a poco de acabar el conflicto), estaba especializado en literatura francesa del siglo XIX y, más concretamente, en Balzac. Sin embargo, el fusilamiento de Brasillach marcó su destino.

Tras la guerra empezó a escribir reivindicando la obra de su cuñado y la de todos aquellos franceses que habían considerado legal y legítimo el tránsito de la Tercera República al gobierno de Vichy. Fue el “primer revisionista” y también precedió a todos los que luego denunciaron los criterios seudo-jurídicos establecidos en Nuremberg para juzgar unilateralmente “crímenes de guerra”. Pero hizo algo más. Cuando los primeros núcleos neofascistas empezaron a organizarse, Bardèche fue uno de los promotores del Movimiento Social Europeo, la primera “internacional fascista” organizada en la postguerra y que reconocía la necesidad de una Europa unida, libre y tercera fuerza entre los dos vencedores de la Segunda Guerra Mundial. En las décadas siguientes otros muchos circularían en la misma dirección.

Fracasado el intento del Movimiento Social Europeo y destruida su sección francesa a causa de los choques entre René Binet y los moderados, Bardèche dedicaría los últimos treinta años de su vida a la edición de La Defénse de l’Occident, la revista que publicó hasta pocos años antes de su muerte. Los distintos equipos que colaboraron con ella estuvieron presentes en las reconstrucciones del neo-fascismo francés de los años 50 a los 70.

El contenido de ¿Qué es el fascismo?

Bardèche no tuvo ningún inconveniente en definirse como “fascista”. El problema era saber que rasgos encerraba esta ubicación. Durante los años de la guerra de Argelia y antes de la retirada francesa ordenada por De Gaulle, Bardèche se sintió obligado a decir algo al respecto y atribuir contenidos a esa autodefinición. A ello contribuyeron los cambios producidos en los años 50.

Por una parte, habían pasado más de quince años desde que se produjo la “derrota de Europa” en la Segunda Guerra Mundial. Tras Argelia ya no quedaba nada de los imperios europeos que figuraron en bando de los vencedores en 1945 y que, a la postre, habían resultado tan vencidos como los países del Eje. Pero, en los años 50 habían aparecido otros fenómenos en la escena mundial que alteraban la situación internacional y el equilibrio entre las superpotencias. Bardèche integra esos elementos en su obra que divide, básicamente, en dos partes. Por un lado, los fascismos “históricos” y, por otro, los nuevos elementos aparecidos en la postguerra que algunos cronistas calificaban como “experiencias fascistas” y que otros negaban.

En la primera parte de su estudio, Bardèche pone los puntos sobre las íes en torno a tres fenómenos: el fascismo alemán, el fascismo italiano y el fascismo español, esto es, los regímenes de Hitler, Mussolini y Franco. Este último le facilita el poder hablar también del régimen portugués de Oliveira Salazar y, por supuesto, del Gobierno de Vichy y del mariscal Pétain. En este capítulo, Bardèche demuestra ser un perfecto conocedor de la doctrina joseantoniana. Niega que el gobierno de Franco fuera “fascista” y asume que, José Antonio Primo de Rivera y Falange Española eran los elementos que mejor habían recogido los vientos que soplaban de Europa adaptándolos a la realidad nacional. No se muestra particularmente condescendiente con los gobiernos italiano y alemán: no duda en criticar algunas de sus actitudes y posturas. Reconoce, eso sí, patriotismo y justicia en ellos, pero su juicio es tan severo como imaginativo.

La segunda parte es igualmente polémica. A principios de los años 60, eran muchos neofascistas -incluso líderes históricos y héroes de guerra, como el Coronel Skorzeny o el Comandante Borghese- que pensaban que el eje de los fascismos se había desplazado al mundo árabe y a Iberoamérica. Existía un debate en el mundo neofascista, en torno a todo esto que luego, recuperó Jean Thiriart a lo largo de la década. El primer toque de atención fue la llegada al poder de Gamal Adbel Nasser como presidente, primero de Egipto y después de la República Árabe Unida. Para Bardèche, el “nasserismo” era fascismo + Corán. Y, es cierto que Nasser había abierto las puertas a exiliados europeos y los había incorporado como asesores, al igual que hizo el General Perón en Argentina. Para Bardèche estaba, pues, claro, cuál era la filiación doctrinal de Nasser. Mucho más polémico era que un esquema similar se aplicara a Fidel Castro. En todo el mundo neofascista -en España en el ámbito de Falange Española, disidente del Movimiento franquista- de principios de los años 60, estaba presente el debate sobre el castrismo: ¿era “fascista”? ¿se trataba de un nacionalismo que, además, buscaba justicia social? El debate terminó decantándose a favor de los que condenaban al castrismo. La explicación de por qué se valoró negativamente al castrismo, cuando el nasserismo había recibido plácemes, es interesante.

Así mismo, Bardèche analiza otros fenómenos del Tercer Mundo e incluso nuevos movimientos “tecnocráticos” que estaban apareciendo en Francia. Al acabar el libro, nos puede sorprender lo que acabamos de leer; Bardèche no escribió un libro dogmático sino más bien una máquina generadora de debates y que, al mismo tiempo, recogía los debates que a principios de los años 60 se estaban dando en el universo neofascista. A medida que el autor facilita al lector elementos para comprender la naturaleza de los fenómenos de los que está hablando, poco a poco, se va concretando la idea que Bardèche tenía del fascismo. Era una idea -hay que advertirlo- muy personal. Su “fascismo” es solamente uno de los muchos posibles. De hecho, más que fascismo era “neo-fascismo”. Por tanto, la lectura de esta obra resulta provechosa para acotar el tema y conocer la concepción de uno de los “padres del neofascismo europeo” de postguerra. Hemos juzgado, igualmente, añadir el pequeño ensayo Socialismo Fascista, escrito por Bardèche en el curso de los años 60, en la medida en la que completas las ideas expuestas en esta obra e influyó ampliamente, en grupos neofascistas surgidos en Francia en la segunda mitad de los 60.

En el momento de escribir estas líneas, hemos entregado a la imprenta el número 80 de la Revista de Historia del Fascismo, correspondiente a los meses de julio y agosto de 2022, dedicado a tres personajes del neo-fascismo poco conocidos: Charles Luca, fundador de la Falange Francesa, René Binet, teórico del “social-racismo” y del Nuevo Orden Europeo, y Francis Parker Yockey, norteamericano. Cada uno de estos personajes, tenía, así mismo, su propia idea de lo que era el “fascismo” y ninguna era coincidente salvo por el resultado final: fracaso de sus proyectos. De ahí, que la segunda parte de este dossier sea un juicio crítico sobre porqué fracasó el neo-fascismo. Creemos que esta lectura puede ser complementaria a la del libro de Bardèche.

 








miércoles, 21 de septiembre de 2022

LA ESCUELA DE FRANKFURT (XIII) - LA TEORIA CRITICA

En 1968 se publicó en alemán un conjunto de ensayos escritos por Max Horkheimer entre 1932 y 1941, publicados en la Revista de Investigación Social, que él mismo dirigía. Era una obra voluminosa, en dos volúmenes, con un total de casi 800 páginas. La editorial española Barral, publicó en 1973, cuatro ensayos, extraídos del segundo volumen, utilizando el mismo título de Teoria Crítica de la edición completa original. En un ejercicio reiterado de antifascismo, la obra estaba dedicada “A la memoria de Lisel Paxmann y de otros estudiantes de todos los países que perdieron su vida en la lucha contra el terror”. Uno de estos ensayos es Teoría tradicional y teoría crítica, expuesta en cincuenta páginas, con fecha de edición 1937, aunque por el vocabulario empleado, se nota que el texto ha sido objeto de correcciones.

El autor recuerda en la introducción que es una “teoría”: “equivale a un conjunto de proposiciones acerca de un campo de objetos y esas proposiciones están de tal modo relacionadas unas con otras, que de algunas de ellas pueden deducirse las restantes”. Una teoría es siempre una hipótesis que es preciso contrastar con la realidad: si se producen desfases entre lo que propone la teoría, por un lado, y la realidad, por otro, será necesario ir corrigiendo la teoría. En esa primera parte del articulo expone lo que es la “teoría tradicional”. Menciona a Descartes y su consejo de “conducir ordenadamente mis pensamientos, comenzar por los objetos más simples y más fáciles de conocer, y poco a poco, gradualmente, ascender hasta el conocimiento de los más complejos”. La exposición termina con Husserl, que entiende por teoría “el sistema cerrado de proposiciones de una ciencia”. La exigencia de todo sistema teórico es que no existen contradicciones entre sus partes y que todo forme un conjunto ordenado, perfectamente concatenado y armónico. La “teoría tradicional” opera, pues, a partir de presupuestos jerárquico-metafísicos.

Cuestionan la teoría tradicional en tanto que consideran que su pretensión de “neutralidad” es infundada. El investigador social, situado en el interior de la sociedad, tratando de interpretarla, no advierte que sus resultados estarán condicionados por su psicología profunda y por su pertenencia a algún estamento de la propia sociedad a la que estudia. La “teoría tradicional”, por tanto, encubre y oculta, “intereses ideológicos” que tienden a perpetuar los intereses de las clases dominantes en lugar de buscar una “praxis liberadora”

No es raro que los miembros de la Escuela de Frankfurt comenzaran su elaboración de la teoría crítica a partir de 1932. Hasta ese momento, habían sido “marxistas occidentales”, es cierto que percibían que el potencial revolucionario del proletariado no era el esperado, incluso que las realizaciones de la Unión Soviética no coincidían exactamente con el camino que llevaba de la “dictadura del proletariado” a la sociedad sin clases, justa y equitativa para todos. Pero el trauma que sufrieron con la irrupción del fascismo y con los triunfos electorales del NSDAP entre 1930 y 1932, fueron suficientes como para demostrarles que la “teoría marxista” tenía defectos, fallos, contradicciones y que, en el mejor de los casos, como se dice en ciencia, valía más una “mala teoría” que no tener teoría. Creyeron en la posibilidad de elaborar ellos mismos una teoría que superara a la tradicional (en la que englobaban a la marxista). Desde entonces, se les ha conocido como “neo-marxistas”, si bien es cierto que, tras su etapa norteamericana, Adorno y Horkheimer, en concreto, lo que quedó de marxismo en ellos, apenas eran “rastros”, si bien, ellos mismos, en los años 30, consideraron que se trataba de una actualización de la teoría marxista.

Cuando los miembros de la Escuela de Frankfurt iniciaron la elaboración de su teoría crítica, contemplaban solamente el llegar allí donde Marx había demostrado ser más impreciso y estar más separado de la evolución real de los acontecimientos, en el estudio de las “sociedades industriales avanzadas” que el autor del Manifiesto Comunista nunca había llegado a conocer. Así pues, el punto de partida es “marxista” Y “revisionista” (se acepta revisar, completar, rectificar y corregir el legado de Marx). Pero, tras su establecimiento en los EEUU, este objetivo se fue diluyendo poco a poco. Los “frankfurtianos” siguieron siendo considerados “marxistas”, más bien por sus escritos anteriores a 1937 que por lo que desarrollaron con posterioridad. Incluso sus áreas de interés variaron. Adorno y Horkheimer se interesaron por la influencia de los medios de comunicación y Marcuse terminó completando el estudio y hasta su muerte siguió considerándose “freudo-marxista”, a diferencia de sus compañeros que, a partir de los años 40 fueron desenganchándose del marxismo.

En realidad, la teoría crítica supuso el aprovechamiento de elementos procedentes de tres fuentes: Marx, por supuesto, en quienes habían visto a alguien que no se contentaba solamente con elaborar teorías, sino que también quería llevarlas a la práctica; esa era el objetivo que se había forjado al iniciar el análisis sobre el capitalismo. Luego estaba Freud, cuya teoría del inconsciente les permitía “objetivar” un factor que hasta ese momento se había considerado absolutamente subjetivo en las transformaciones sociales y en el curso de la formación de los fenómenos históricos. Y, finalmente, estaba Hegel y su dialéctica que consideraron como la herramienta más adecuada para la comprensión de los procesos históricos y sociales.

Con la “teoría crítica” se propusieron formular una separación entre el sujeto que contempla y la verdad contemplada. Lo que importa es un conocimiento en el que la experiencia, propia de una época, tiene una parte importante en su construcción, como cualquier tendencia propia de esa misma época que tenga algún tipo de repercusión social. La conclusión es que cualquier ciencia del conocimiento se construye en función de los procesos cambiantes de la vida social. Lo que ayer pudo ser irrelevante, hoy pasa a primer plano y, mañana, con seguridad, será relevado por otro elemento. Henos aquí en pleno relativismo, en función del cual puede explicarse y justificarse cualquier pirueta intelectual. Cada momento histórico implica un conocimiento teórico-cognitivo directo al que se dará en otros.

De ahí el rechazo que los intelectuales de la Escuela de Frankfurt experimentan hacia los sistemas teórico-ideológicos cerrados, incluida una interpretación ortodoxa del marxismo. Y esto también es lo que les hace experimentar un interés profundo por la historia de las ideas y de los movimientos sociales, en tanto que expresiones concretas de una época. No recurren tanto a Marx como a la dialéctica hegeliana, si bien recuperan el materialismo marxista para realizar el análisis.

Esta teoría se plantea como una antítesis de la “teoría tradicional” en la que sujeto que realiza el análisis y objeto que se analiza, está integrados. La “teoría crítica” establece distancias entre uno y otro. El investigador debe permanecer distante, alejado e independiente del contexto que analiza, incluso cuando se trate de la sociedad de su tiempo en la que vive. Eso, piensan, hará más objetiva la investigación. Es fácil deducir cómo han llegado a esta conclusión: a fin de cuentas, ellos son judíos que experimentan la sensación de no formar parte de la sociedad alemana de su tiempo, que se ven rechazados por ella y, además, miembros de clases privilegiadas, con lo que les resulta absolutamente imposible experimentar lo que siente un obrero en sus carnes o un burgués de clase media en riesgo de proletarización. Han hecho de su enfermedad un remedio: han convertido su incapacidad para estudiar los problemas sociales de Alemania, sosteniendo que la situación que ellos mismos experimentaban en relación a la sociedad de su tiempo, era la que les ponía en mejor situación para poder analizarla.

Horkheimer consideraba que la teoría crítica debía de cumplir tres criterios: debía ser, inicialmente, explicativa de la realidad social y de las relaciones de poder en cada momento; debía de no limitarse a ser solamente teoría, sino que debía tener un aspecto práctico, reconocer a los agentes y las fuerzas motrices de los cambios sociales e identificar su potencial para transformar la sociedad. Y, finalmente, debía dejar claro de qué manera podemos formar una perspectiva crítica y delimitar los objetivos. Esto último fue lo que cambió: inicialmente, se trató de la transformación del sistema capitalista en una democracia real, esto es, socialista, pero luego, este contenido se atenuó y terminó siendo, apenas, un estudio de los cambios para que pudieran perpetuarse e imponer conceptos “progresistas”.

Alegan que la “teoría crítica” tiene un potencial transformador de la sociedad: al tratar de estudiar “objetivamente” al ser humano, buscan un mayor grado de “humanización”. Siguen a Hegel cuando distingue entre “entendimiento” y “razón”. Tienen al primero como la facultad de la mente que permite entender, asimilar, razonar y tomar decisiones, formarse una idea concreta de la realidad; mientras que la “razón” es el mecanismo a través del cual podemos realizar un ejercicio de lógica en el pensamiento. La razón es lo que nos permite pensar; el entendimiento es lo que nos habilita para juzgar y conocer. Utilizando ambos factores, la “teoría crítica” se propone, no solamente explicar los distintos momentos históricos de la sociedad, sino también, convertirse en lo que el marxismo ya había querido ser y solamente lo había logrado en parte: convertirse en una fuerza transformadora de la sociedad.

Pronto llegaron a la conclusión de que, para realizar esos ambiciosos objetivos, precisaban superar las estructuras de cada una de las ciencias sociales y generar estudios interdisciplinarios, para llegar a respuestas integrales. Sostenían que uno de los rasgos de la teoría tradicional era la especialización y que esto cortaba cualquier posibilidad de transformación de la sociedad. A ellos, a los miembros de la Escuela de Frankfurt, cuando elaboraron la teoría crítica, lo que les interesaba era, en primer lugar, la comprensión de los fenómenos sociales, la identificación de los factores presentes en los procesos de dominación y, sobre todo, utilizar todo este conocimiento para promover la transformación social. Se trataba, por tanto, de que la producción de conocimiento científico tuviera un sentido ético y político, mientras que en la teoría tradicional era solamente un conocimiento instrumental.

En la primera fase de desarrollo de esta teoría, en los años 30, Horkheimer y sus compañeros aspiraban a reformar el marxismo, recurriendo al “primer Marx” anterior a 1848. Al análisis socio-económico, superponen en análisis psicológico, situando su interés en el papel del subconsciente en las transformaciones sociales. Será a partir de estas ideas básicas que desarrollarán las temáticas propias que han caracterizado a la Escuela de Frankfurt:

- La teoría de la comunicación que concentrarán en Crítica de la razón instrumental y que proseguirá la siguiente generación de la Escuela con Habermas como último representante.

- La teoría sobre el origen de la modernidad y sus límites, que realizarán a partir de Dialéctica de la Ilustración.

- La teoría sobre la “industria cultural”, desarrollada por Adorno y Marcuse.

- La teoría sobre la “personalidad autoritaria” que llevará directamente al “gran rechazo” de Marcuse.








 

CRONICAS DESDE MI RETRETE: BIENVENIDOS LOS "GPS SOCIALES"

Será porque la vida me ha hecho observador o quizás, porque a mi edad, uno empieza a saber qué es lo que le gusta y qué rechaza, pero el caso es que este verano he observado una serie de “tendencias” en nuestro país que, en sí mismas, son auténticas estupideces sin ningún valor, pero que, juntas, facilitan un diagnóstico, no solo de lo mal que va el país, sino que aportar la certidumbre de que si el país “va mal” es, precisamente, porque la sociedad va peor.

El verano permite ver partes de la anatomía, seguramente más amplias que en cualquier otro período del año. Especialmente en zonas turísticas como la que vivo. El hecho de que, en los dos años de la pandemia, el turismo hubiera descendido, pero en poco tiempo hayamos recuperado los niveles de visitas turísticas del período anterior, con la masificación que conlleva, quizás ha sido el detonante para que me fijara en que cada vez son más las personas tatuadas. Y no se trata ya de un pequeño tatuaje, sino de amplias zonas de su cuerpo, completamente taladradas por las agujas. El fenómeno afecta a toda la Europa Occidental y a algunos países del Este. Pero, me da la sensación de que en España se ha convertido en una moda de masas. Yo he tatuado. Así que sé de lo que estoy hablando. He tatuado artesanalmente con agujas de coser y tinta de bolígrafo mientras estaba en la cárcel (por delito político, faltaría más). De hecho, al entrar en la cárcel se nos preguntaba si llevábamos algún tatuaje. En aquella época estar tatuado era signo de moverse por ambientes manguis. La policía tenía fichados a tatuados y a tatuajes. Eran los años 80 y el socialismo ya estaba en el poder.

Soy de los que opina que el cuerpo humano es bello y cualquier cosa que lo cubra, lo adorne, lo convierta en un anuncio publicitario de lo que le gusta o de lo que rechaza, es fundamentalmente innecesario. Especialmente en la mujer. Y esto no es machismo: cuando estoy con una mujer, me gusta toda ella, no ese dragón que se ha tatuado en la espalda y que parece mirarme. Si, ya sé que esto es propio de neuróticos, pero todos somos algo neuróticos y, al menos, la mía es una neurosis selectiva.

Pasó el tiempo, poco a poco, esto del Tatoo se fue desdramatizando. En los 90 ya había revistas sobre el tema (trabajé en una editorial que publicaban dos de este tipo y allí fue donde vi a los primeros tipos politatuados). Si menciono esto es porque no hace mucho me encontré con uno de aquellos personajes. Hacía 20 años que no nos veíamos. Los tatus que en otro tiempo estaban claros y nítidos, bien afirmados, ahora parecían manchas inconexas; casi una enfermedad de la piel. El tiempo lo mata todo y desvirtúa a los pocos años la perfección del mejor tatuaje.

Lo que este verano me ha sorprendido, además, es que he visto tatus inconexos, independientes unos de otros, salpicando cuerpos de hombres y, especialmente, de mujeres. Una cosa es el tatu “unificado”, coherente, y otro el caprichoso: aquí el rostro de Einstein, al lado un dragón, el logo de un conjunto en una mano y en otro el perfil de Sitges, sin olvidar la inefable lengua de los Rolling. En algunos (y, mucho más, en algunas), cada miembro tenía su pequeño e inconexo tatu, dando al conjunto una sensación de improvisación, capricho, y escasa meditación sobre algo que se va a llevar toda la vida.

Pero también lo que me ha sorprendido es que he visto tatuajes de los de a 1.000 euros o más el trabajo, lucidos por gentes de rentas bajas. Calculando lo que se ve y lo que no se ve, en algunos, es posible que el tatuado haya pagado entre 6.000 y 10.000 euros al tatuador por todo el conjunto y en distintas entregas. Servidor, educado en el ahorro y en la previsión del futuro, considera un gasto así, excesivo y desproporcionado, especialmente si uno no pertenece a la yakuza.

Y luego están los perros. También entiendo de la materia porque siempre que he vivido en el campo he tenido perros. Y utilizo el plural. Perros, varios y grandes. Nunca les he dejado entrar en casa. Siempre han tenido un lugar propio cerca de la casa: el suyo. Es bueno que los perros estén libres y sueltos en el campo. Entre otras cosas porque son depredadores y unos mismos tienden a procurarse alimentos complementarios a las croquetillas de saco o a los arroces partidos con sopa de ortigas. Me gustan los perros tranquilos que, llegado el caso, sacan los dientes y arrugan la nariz como única y última advertencia: “Atrás o te como”. No me gustan los perrillos mini de apartamento de 80 metros cuadrados, chillones, ladradores y poco mordedores. Pero son los que más se ven en nuestras calles. Creo que hay demasiados. O, dicho de otra forma, hay demasiada soledad en la sociedad para creer que un perro de escasos cinco kilos, nervioso, comedor y meón, es una compañía que pueda sustituir a la de un hijo o un humano.

Sí, ya sé que, con los precios de la ropa, de la comida y de la escuela, tener un hijo, puede ser considerado como una inversión ruinosa. Además, no hay garantías de cómo saldrá, de si estudiará o será un colgadete toda su vida. Ni siquiera de si lo podremos mantener con dignidad o no. Así que mejor un perro que, en última instancia, se puede abandonar, como al abuelo, en una gasolinera y ya vendrá alguien que lo recoja. He identificado varios casos arquetípicos: perro para matrimonio sin hijos (lo normal es que al cabo de unos meses compren otro perro de la misma raza para que su mascota no esté sola, así cada cónyuge tiene a su “hijo más querido”; en estos casos, la pareja humana compra todo tipo de gadgets para sus perros, incluidas, botas -sí, botas, lo he visto- pero también cochecitos de bebé para pasearlos y mantitas para el invierno, olvidando que la naturaleza de los perros favorece que en invierno generen más pelo y en verano lo pierdan); luego está el caso del abuelo que se ha quedado solo y al que sus hijos le han regalado un perro (normalmente de tamaño medio) para que esté con él y no sienta la soledad a la que los hijos le han abocado (lo normal es que, antes o después, el perro tire tanto del abuelo que termine por hacerlo ingresar en urgencias con la cadera rota); y no olvidemos el caso del chaval joven que quiere un perro de raza agresiva que infunda respeto (normalmente, se trata de alguien que se gana la vida con trabajos no particularmente bien pagados; el perro se come, literalmente, parte de la paga, por lo que, pasada la primera euforia, el fulano se deshace del perro y lo endosa a otro como él o a la perrera municipal). No podemos olvidar al matrimonio con hijos caprichosos que piden un perro y los papás que se lo compran valorando únicamente la cara de satisfacción de sus hijos en el momento en que se lo entreguen (esa cara pasará pronto y, por pasar, también pasarán algunas enfermedades del perro a los niños, sin olvidar que cada día, los padres, además de cuidar de sus hijos, deberán cuidar de las mascotas de sus hijos, porque ellos, jamás, pasearán al perro, y resolver los destrozos caseros en mobiliario especialmente causados por los caprichos de sus hijos). Hay otras tipologías de “tenedores de perros” a los que el gobierno está haciendo sufrir a la espera de la próxima ley de mascotas que prevé cursos de capacitación y castigos bíblicos para quien ose maltratar a sus mascotas, pero lo cierto es que lo más habitual son las que acabamos de presentar brevemente.

Y esto, por asociación de ideas, me lleva a otro terreno que está proliferando excesivamente: las uñas postizas. Yo no sé qué experimentará una mujer cuando se “hace uñas nuevas”. Si es que le gustan a ella o es que creen que gustan a otros. O si es que compiten entre ellas por el título de la más hortera de su círculo. Tampoco sé lo que se puede hacer con esas uñas: no, desde luego, acariciar, ni tampoco cocinar o batir un huevo, deben ser molestas para conducir, incompatibles con algunos oficios y seguramente por todo eso, nunca me he aproximado a una mujer con esas “uñas de fantasía” a lo Fu-Manchú. Ni aconsejo a nadie que lo haga, salvo que quiera relacionarse con alguien que denota por este mero rasgo, falta de gusto, narcisismo, y la innegable componente hortera a la que ya he aludido.

Otra cosa más. En la última película de Cronemberg, Crímenes del Futuro, que se estrenará uno de estos días, uno de los personajes cita la frase: “La cirugía es el nuevo sexo”. Por otra parte, corre por ahí una actriz infantil española que luce, a sus nueve o, a lo más, diez años, unos labios recauchutados a base de bótox. El efecto es desmoralizador e, incluso, diría, aterrador: un rostro que ha pasado por cirugía estética, sin necesidad, se convierte en una caricatura de sí mismo y mucho más si los inductores han sido sus padres para hacer de ella una máquina de ganar dinero. Unos labios artificialmente hinchados son tan falsos como un socialista honesto, unas arrugas disimuladas con regatas de bótox servidos en la peluquería, no pasan de ser bultos deformantes de la expresividad natural; no digamos unos pómulos artificialmente marcados; y luego están las operaciones de crecimiento de senos de las que siempre quedan rastros y que hay que renovar de tanto en tanto. O los aumentos “latinos” de culo. Y en el ámbito gay los “blanqueados” de ano (sí, blanqueados de ano que les fascinan).

No es raro que, después de pasar por todas estas operaciones -y hay que recordar que los propios médicos y el sentido común son los primeros en recomendar entrar en un quirófano solamente las pocas veces que sea necesario- los transexuales que se han operado, demasiado apresuradamente y sin valorar las consecuencias a medio plazo, persistan en sus depresiones y, dato que se oculta, los niveles de suicidio entre ellos sean los mismos que entre los aspirantes a trans que no se han operado. Habrá que dar la razón a Cronenberg en lo de que la “cirugía es el nuevo sexo” y, como en el sexo, también aquí hay gente que adquiere esa adicción: la cirugía estética -las más de las veces innecesaria- se convierte en un foco de adicción. Y nadie, absolutamente nadie, parece dispuesto a decir en voz alta que la mayor parte de retoques que se ofrecen en centros de este tipo de cirugía, deforman irremediablemente cuerpo y rostro, hasta hacerlos irreconocibles y verdaderas caricaturas.

Hay más. Hemos hablado de tatus, de perros, de uñas, de cirugías, podríamos añadir, adicción a móviles, difusión de las peores músicas que se hayan compuesto en la historia (rap, hip-hop, bachata), del culto al cuerpo, al ciclismo. Hagamos un aparte sobre este último que está causando verdaderas masacres. Si usted quiere practicar “ciclismo”, de momento, ponga algo más de 3.000 euros sobre la mesa. Mil para una discreta montura y dos mil para los complementos: casco, zapatos, maillot y demás. Y luego, cuando media docena de amigos, compartan la “afición”, láncese sábados y domingos a la carrera, en grupo (porque si no es en grupo, parece como si no se pudiera practicar este deporte). A fin de cuentas, esto es España, y el grupo sirve solamente para ir aquí a comer o pedalear a destajo hacia aquel otro garito en el quinto coño que dan unas almejillas inolvidables. La energía que se consume el ciclista, la repone siempre el mismo día en algún lugar de la geografía gastronómica de este país. Uno termina con el culo roto, hemorroides de por vida, pero, eso sí, con las pantorrillas y el estómago hiperdesarrollados. La fiebre del ciclismo no es eterna, dura solamente unos meses -a veces, incluso, pocas semanas- el cansancio, las protestas de la esposa o de la novia, el aumento de peso, y la relativa eficacia del fármaco hemorroidal, generan abandonos temporales que tienden a convertirse en definitivos.

Item más. El móvil se ha convertido en uno de los complementos más útiles y, al mismo tiempo, más molestos para el ser humano. Aparte de que hoy el terminal de telefonía se utiliza más para cualquier otra cosa que para comunicarse verbalmente con otros, el problema es que un buen porcentaje de quien lo hace, carecen de la sensibilidad y el pudor necesario para su empleo. La palabra clave es “pudor”: no solamente se experimenta pudor al ocultar las desnudeces a otros, el “pudor” atañe a todo aquello que tiene que ver con nuestra intimidad. Estoy harto de oír conversaciones que no me interesan, en la que gente absurda hace públicas sus miserias. Chonis poligoneras que se quejan de que su rollo no les hace puto caso. Julandrones explicando cómo les han tomado el pelo o les han decepcionado. La abuela que telefonea a su hija desde el tren justo al salir de la estación hasta la que le ha acompañado para ver si “todo va bien”. No sabía que dentro del “contrato social”, la cláusula que prohibía la intemperancia había sido abolida o existía una dispensa para los usuarios compulsivos de móviles.

Matemáticamente puede establecerse una razón en este tema: cuanto más intrascendente, frívola y estúpida es una conversación, mas quien la protagoniza se cree obligado a alzar la voz para que todos comprobemos su nivel de aculturización y degradación simiesca. RENFE, consciente de los problemas que se han ido generando con todas estas interrupciones que suponen para la normalidad de un viaje, ha reservado un pequeño vagón en la cabecera de los trenes de largo recorrido en la que quien paga el complemento se compromete a no hablar en voz alta, no responder al móvil sino es saliendo del compartimento y no oír música a través del altavoz del móvil. Y ese vagón siempre está lleno. Es el vagón de la tranquilidad.

LAS DESCORAZONADORAS CONCLUSIONES

Podía seguir, pero con estos ejemplos creo que está claro que las cosas no van bien y que estamos inmersos en una sociedad irresponsable, decadente, irrespirable y, lo que es peor, que este proceso es irreversible. Lo inherente a todas estas muestras de decadencia es claro: falta de pudor, falta de educación, falta de cultura, falta de exigencia de calidad, modas, tendencias marcadas por “influencers” de rebajas por fin de temporada, modas importadas de la inmigración tercermundista -sí y tercermundista, y añado una nota de desprecio, por si no ha quedado claro, hacia todo lo que llega de por ahí, habitualmente lo peor de lo peor- que encuentran terreno abonado en una sociedad perdida y abandonada a sí mismo, seguidores activos de lo que no son más que muestras de estupidez.

Recuerdo aquellos tiempos en los que en los balcones de Cataluña aparecían banderas independentistas a modo de declaraciones de fe. Quienes ponían esos trapos parecían muy orgullosos de mostrar su fe política. Había quienes los odiaban y no pensaban más que en arrancar aquellos trapos y lazos amarillos. Yo siempre estuve en contra: para mí, eran nuevos signos de la topografía urbana que ayudaban a orientarse. En efecto, si ahí han colgado un trapo con el triángulo azulado, es que allí vive alguien que tiene poca cultura política, nula cultura histórica y que es un fanático indepe del que hay que alejarse. Gracias por indicármelo. Era el GPS de la estupidez.

Análogamente, todos los signos externos que he enumerado, crean cribaS: jamás me relacionaré con alguien que sea adicto a algo, cuando veo a alguien que tiene en su pisito a uno o dos perros, sé muy bien que esa persona tiene carencias y problemas de todo tipo; cuando veo un rostro deformado por el bótox o unas tetas más artificiales que el carisma de Feijó, no me pidan que me acerque; alguien que habla a gritos por el móvil o te obliga a que compartas sus pésimos gustos musicales con él, no es alguien cuya compañía me gustaría más allá de los 5 minutos que dura un trayecto entre dos paradas de metro. Veo unas manos y si sus uñas se han convertido en zarpas adornadas con todo tipo de gilipolleces, la persona en cuestión ha quedado reconocida, clasificada y descartada, pasa a tener para mí tanto interés como el pienso de las hamburgueserías McPerro. Un ciclista, bajado de la bicicleta, de aspecto ridículo, con esos zapatos que le impiden andar y el culo prieto por un maillot ajustado con almohadillas adosadas en el lugar correspondiente a los lóbulos del culo, es un pobre diablo al, que le han tomado el pelo, a pesar de lo cual, si se trata de un amigo, habrá que consolar y llevar por el buen camino. Directo al bar sin pasar por el suplicio de la bici.

Vivimos un momento afortunado en la historia: podemos reconocer la estupidez con facilidad. Los humanoides tienen a bien mostrarnos signos externos para reconocer su talante y su valía. Hoy, cada cual se muestra tal como es. Eso tiene una ventaja: el sujeto se cree libre para mostrarse en su plenitud. Pero, también, un inconveniente para él: inmediatamente sabemos a quien no nos acercaremos jamás. Antes hacía falta entablar conversaciones largas y no concluyentes con alguien para reconocer su naturaleza profunda, su verdadera personalidad. Ahora es todo mucho más simple: un tatu ayuda a conocer lo que piensa alguien. Con algunos estaremos de acuerdo y a otros habrá que esquivarlos. Algunos ritmos musicales evidencian el grado de negrificación de una persona. Y, lo siento, pero soy “hombre blanco heterosexual” y no tengo el menor inconveniente en confesar, en esta época de relativismo y entusiasmo por el “hombre blandengue”, que la cultura europea es diferente y superior. Hagan un “mestizaje cultural” entre Beethoven y el tam-tam y lograrán algo que está por debajo de Beethoven e incluso del tam-tam.

¿A cuanto de qué viene todo esto? A que se ha perdido la pauta indicativa de “normalidad” y “anormalidad”. De lo admisible y de lo inadmisible. De la personalidad y del look. De la originalidad y de la excentricidad. De lo razonable y de lo estúpido. De lo conveniente y de lo sugerido por “influencers” que lo son a falta de poder ser otra cosa. Y para recuperar esa pauta de normalidad es preciso plantearnos todo lo que rechazamos y todo lo que amamos.

Hemos hablado de frivolidades. Luego, claro está, hay que establecer DISCRIMINACIONES entre conceptos, ideas y valores que son, a fin de cuentas, los que interesan. Pero, si hemos empezado por ahí es porque quien muestra los signos externos que hemos enumerado, es que -habitualmente- ya está situado en “el otro lado” y difícilmente encontraremos un punto de encuentro con alguien que nos muestra unas uñas de Fu-Manchú, unos pectorales como pitones o evidencia sus pocas exigencias musicales o habla a gritos por el móvil. Y así sucesivamente.