domingo, 9 de mayo de 2021

Un subgénero cinematográfico De la pornografía antinazi a las novelas “stalag” (1 de 7): TRES DIRECTORES DE PRESTIGIO

Desde principios de los años 60 hasta finales de los años 70, en apenas veinte años se filmaron no menos de cincuenta películas cuya temática común era lo que podríamos llamar la “pornografía anti–nazi”. En este género podía englobarse desde Saló o los 120 días de Sodoma, hasta Ilse, la loba de las SS, empezando por Portero de Noche hasta Salón Kitty, pasando por Las largas noches de la Gestapo y llegando a la viscontiniana La caída de los dioses. Se trató de un subgénero, como puede verse de calidad y contenidos muy variados, asumido incluso por directores ciertamente notables en la historia del cine y situado a medio camino entre la pornografía sadomasoquista (aunque la temática no era exactamente esa) y el cine erótico (a cuyo nivel tampoco llegaba a causa de lo tosco y, frecuentemente, desagradable, de las escenas de sexo). Lo sorprendente no es, sin embargo, esto, sino el hecho de que este subgénero tuviera su origen precisamente en comics populares ideados y distribuidos en el Estado de Israel durante los primeros años 60 y que causara verdadero furor entre las masas de aquel país. La intención de este artículo es bucear en los orígenes de este subgénero, pasar revista a los directores de primera fila que se aproximaron a él e insertarlas en su contexto histórico.

I Parte

La caída de los dioses de Luchino Visconti data de 1969, Portero de noche de Liliana Cavanni es cuatro años posterior (1973) y, finalmente, Saló o los 120 días de Sodoma de Pier Paolo Passolini se proyectó dos años después (1975). Pues bien, estas tres películas suponen un deslizamiento cada vez más extremo por la senda del erotismo antifascista. Tanto Visconti como Passolini eran gays y Liliana Cavanni no ocultó nunca su lesbianismo; resulta inevitable pensar que sus inclinaciones sexuales influyeran en algunas de sus concepciones estéticas y de sus temáticas, como mínimo tanto como sus concepciones políticas.

No puede extrañar, por tanto, que en estas tres películas se deslicen elementos sadomasoquistas. En las tres, el marco histórico se sitúa en los regímenes fascistas y las tres están realizadas desde una perspectiva abiertamente antifascista. Las tres fueron acogidas, especialmente, por los críticos cinematográficos progresistas, con loas, glosas y alabanzas y, finamente, cada una de ellas supuso un deslizamiento más rápido por la pendiente del sexo y de la violencia: tímida en La caída de los dioses, explícita en Portero de noche y enloquecida en Saló o los 120 días de Sodoma. Al ser realizadas por tres directores de prestigio suponen un capítulo aparte en este artículo que trata, sobre todo, del porno–antinazi y, por tanto, vamos a analizarlas en primer lugar.

De hecho, estas películas, de alguna manera, suponen un modelo para todo lo que vino después…

Tres directores “de prestigio” abriendo camino...

En La caída de los dioses se intenta demostrar la perversión y la debilidad de la alta burguesía alemana y cómo colaboró en el advenimiento del nazismo. Helmut Berger, actor austríaco, que tenía a su favor un físico que parecía gustar a los homosexuales -y que, seguramente por eso, fue amante de Visconti a partir de 1967-, interpreta en la película el papel de un perverso joven (Martin) que terminará ingresando en las SS manipulado por un malévolo y jesuítico oficial de élite de la Orden, Aschenbach (Hans Griem), otro miembro de la familia que dramatiza la victoria de las SS frente a las SA representadas por un grosero Konstantin. Martin suele abusar sexualmente de su prima y de una muchacha judía pobre y, a su vez, es dominado por su madre, Sophie (una Ingrid Thulin que hace gala de sobria madurez), viuda de un héroe de la primera guerra mundial. La película intenta denunciar a la familia Krup y su colaboración con el III Reich.

Sin duda, la escena más memorable de la película –realizada con extremo esmero por parte de Visconti– es el espectáculo interpretado por “Martin” en el cumpleaños de su padre, en el que aparece disfrazado de Marlene Dietrich en Der blaue Engel. Fue la primera vez que apareció un actor disfrazado de drag–queen ante las cámaras.

La película está repleta de alusiones sexuales (se representa la desarticulación de las SA en la “noche de los cuchillos largos” como si todo este cuerpo estuviera formado por gays; a este respecto ver Revista de Historia del Fascismo, número XIII, dosier La noche de los cuchillos largos, la purga de los leales) y tiene el preciosismo propio de todas las películas de Visconti que tan característico era del cine gay de la época. Las alusiones sexuales estaban presentes a modo de pinceladas y tanto en la escena cumbre de Berger–Marlene Dietrich, como en la desarticulación de las SA, incluyen los mismos guiños decadentes que tanto atraían al director.

Cuando la Cavanni filma Portero de Noche, empieza a ser ya una directora reconocida, hacía poco que había rodado Galilei, estaba a punto de rodar Milarepa y se la consideraba como una directora eminente del cine que en aquel momento de pedantería cultural se llamaba “de arte y ensayo”. En Portero de Noche, la temática es explícitamente sexual y declaradamente sadomasoquista. Los protagonistas son Dirk Bogarde, actor gay, y su réplica, Charlotte Rampling (del que alguien dio que su rostro sugiere inmediatamente “violación”). El protagonista, antiguo miembro de las SS y, por supuesto, guardián de un campo de concentración, convertido en la postguerra en honesto portero de noche de un hotel, se encuentra con la Rampling, niña judía que había estado presa en el universo concentracionario y a la que el SS había deparado un trato especial. El ex SS siente necesidad de reactualizar sus experiencias sexuales con la niña, convertida ya en mujer y esposa de un director de música, mientras que ella no solamente no ha olvidado aquellas jornadas en las que fue objeto de deseo de unos oficiales de las SS, sino que siempre lo ha recordado con una mezcla de ansiedad y desasosiego. Es propiamente una relación sado–masoquista o si se quiere una perífrasis simbólica de la dialéctica del amo y del esclavo en la que ninguno de los dos es independiente y tiene sentido sin el otro.

Aquí la temática sexual ya no se sitúa en la periferia de la película –como en La Caída de los dioses de Visconti– o el trasfondo erótico está presente, pero de manera veladamente morbosa, sino que ha pasado a ser el centro mismo de la cinta. La joven judía, tras ser liberada del campo de concentración se casa con un director de orquesta. Al llegar la pareja al hotel, el portero y la joven se reconocen: en ambos personajes se produce la habitual sensación de atracción–repulsión. El antiguo SS no comunica el encuentro a sus viejos camaradas poniendo en peligro la red de apoyo mutuo que han construido para protegerse. La antigua deportada, por su parte, no ha podido olvidar las vejaciones sexuales a las que fue sometida y algo en ella le pide de nuevo entregarse para ser sometida como antaño. Atracción y repulsión, aparecen de manera extrema y sin concesiones dando lugar a sórdidas escenas de erotismo que tendrá su culminación en la recreación de un estriptis de la estilizada Rampling ante un grupo de oficiales de las SS, tocada ella con tirantes y con el gorro de la Orden Negra. Lo “explícito” que estaba casi completamente ausente en la cinta de Visconti se convierte en el eje de esta película y cristaliza en un evidente erotismo sin tapujos.

Pero, a su vez, ese erotismo está completamente ausente de la película de Passolini, Saló o los 120 días de Sodoma. La película toma su nombre del título de una novela del marqués de Sade en la que unos nobles aluden a sus ideas y fantasías y exponen sus concepciones eróticas. Así mismo, situar la trama en la pequeña ciudad italiana de Saló, cerca de Brescia, remite a la República Social Italiana, constituida por los irreductibles del fascismo que en la derrota jugaron la carta de la fidelidad a sus ideales. De hecho, la RSI se conoció también como “República de Saló”. Aquí las escenas de sexo son cualquier cosa, menos eróticas, el mismo argumento no deja de ser una excusa para que Passolini dé rienda suelta a sus fantasías y fantasmas eróticos. De hecho, a pesar de que Passolini diera cientos de argumentaciones intelectuales para justificar las escenas habitualmente desagradables vinculadas al sexo que se suceden en esta película, lo cierto es que, la cinta sirve sobre todo para ver lo que su director llevaba dentro de la cabeza y conocer sus propios fantasmas eróticos.

En la película de Passolini el sadismo del director (que fue una de las causas que le costó el ser asesinado por un chapero que no le toleró el que se propasase con él), se entrecruza con la escatología y la coprofagia, variedades de sexo–límite que, junto con las humillaciones infringidas a los chicos y las chicas detenidos, víctimas de torturas, violaciones y asesinatos (los actores que los interpretan eran todos de entre 14 y 18 años, habiéndose planteado la cuestión de la legalidad de rodar esas escenas con menores de edad) indican una innegable tendencia, sino por la pedofilia, al menos sí por el sexo límite con jóvenes. Precisamente, las insistentes escenas de coprofagia presentes en el film son justificadas por Passolini afirmando que era un alegato contra la comida–basura y una “metáfora” contra los alimentos producidos en masa… pobre excusa que denota que dentro de él latía el fetichismo escatológico y coprofágico.

Romances lésbicos, bodas gays entre los soldados de la RSI, sexo entre el soldado y el obispo, niñas violadas, ahorcadas, marcadas, penes y pezones quemados, lenguas arrancadas, ojos extraídos, baños de adolescentes dentro de tinajas llenas de excrementos… completan una película que si es una metáfora de algo es de una imaginación degradada incapaz de realizar denuncias sociales sin apelar al sexo y en donde la denuncia social no pasa de ser una simple excusa para presentar sexo explícito y parafílico. El director dijo que todo este alarde de parafilias extremas estaba dedicado para denunciar la indiferencia y la insensibilización ante la violencia y el conformismo, pero en realidad, era todo mucho más sencillo: en el clima de la época –con las masacres de Brescia, Piazza Fontana, el Italicus como trasfondo de los “años de plomo”– era muy fácil hacer antifascismo y sobre éste se podía hacer “cabalgar” a todo tipo de vicios y parafilias con lo que el director quedaba exonerado de tener que explicarlas, para caer lo desagradable de las mismas sobre los combatientes de la RSI que, en lugar de ser presentada como una opción “fidelista” (y, a menudo, heroica) de los fascistas que no renunciaron a sus convicciones quedaba reducida a parodia degenerada de una burguesía decadente… La realidad histórica, estaba en la opción opuesta; en efecto, la burguesía italiana había optado por la rendición ante las dificultades, las medias de seda producidas en Filadelfia, el jazz de Nueva Orleans y el chewin–gun de Wisconsin que había llegado en el furgón de cola de los vencedores anglosajones. Era fácil parodiar y degradar a los vencidos, pero mucho más difícil y arriesgado era aludir en esos mismos términos a Badoglio o a Víctor Manuel de Saboya… Y, se sabe, que Passolini, prefería humillar a los vencidos y a los humildes (uno, finalmente, lo asesinó) mucho más que a ofender a los vencedores.

Si hemos señalado a estas tres películas es por tres motivos:

– Porque aparecen en un lapso de apenas cinco años y por este orden.

– Porque las tres fueron dirigidas por directores prestigiosos.

– Porque las tres tienen un trasfondo erótico: apenas explícito en la primera, completamente explícito en la segunda y descaradamente pornográfico en la última, como si las tres fueran el resultado de una pequeña bola de nieve (La caída de los dioses) que cayendo por una pendiente, poco a poco va a creciendo (Portero de noche) y arrastrando todo lo que se encuentra a su paso hasta convertirse en un alud (Saló o los 120 días de Sodoma).

Pues bien, ese alud es el subgénero de la “pornografía antinazi” que, se hará habitual a partir de mediados de los años 70, el objeto de este estudio.   

viernes, 7 de mayo de 2021

CRÓNICAS DESDE MI RETRETE: EL SABLAZO FISCAL POSTELECTORAL DEL PSICÓPATA DE LA MONCLOA

 

Colombia, en estos momentos, está viviendo momentos difíciles. Y todo por una reforma fiscal que, en España, es mucho más dura, pero que aquí ni siquiera ha merecido comentarios, movilizaciones y se ha coronado con el silencio de los “bienpagaos”, esto es, de los sindicatos. Vale la pena recordar que las calles están descontroladas en Colombia desde hace unas semanas: las cifras que dan los medios -y que, por supuesto, no pueden ser consideradas como reales- hablan de 24 muertos, 800 heridos y 89 desaparecidos. Y todo por una reforma fiscal, llamada eufemísticamente “Ley de Solidaridad Sostenible” que puede resumirse así: se suben impuestos a todos los que cobran más de 533 euros y se exige el “diezmo” a los que ganan más de 2.303 euros. Las protestas populares obligaron al presidente a retirar el proyecto de ley por “solidario” y “sostenible” que fuera. Estos incidentes no pueden hacernos olvidar que en España el gobierno Sánchez dio, el día después de las elecciones madrileñas, un nuevo golpe de tuerca fiscal que sigue al dado a principios de año. Y aquí no pasa nada.

En el último trimestre de 2020, Sánchez anunció la subida de los refrescos azucarados y afirmó hacerlo “por el bien de nuestra salud”. No se atrevió a subir la cerveza o los licores con elevado grado alcohólico o los impuestos a los grow-shops de cannabis… Aquello pasó casi desapercibido a pesar de que el dinero que había mendigado Sánchez el verano anterior en la UE  (y que, en el fondo ha sido el desencadenante del cambio de alianzas que intentó Sánchez atrayendo a Cs y deshaciéndose de Podemos, y que ha concluido en un estrepitoso fracaso saldado en la derrota electoral madrileña) implicaba subidas de impuestos. ¿O es que alguien creía que el dinero iba a llover de Europa sin que nos exigieran garantías?

A medida que la necesidad de los fondos europeos se ha ido haciendo más acuciante, el gobierno Sánchez se ha visto obligado a clarificar sus “reformas” y ser más concreto. No podía hacerlo antes de las elecciones del 4-M, o de lo contrario la sigla PSOE, en lugar de haber quedado tercera, hubiera quedado a la altura de Ciudadanos. Por eso, las 348 páginas del Plan de Recuperación, procura justificar a dónde irán los 140.000 millones procedentes de la UE que España recibirá entre 2021 y 2026. Pero esas 348 páginas son solamente una parte de los 2.000 folios que han sido enviados a Europa. La parte “conocida” era, hasta hace poco, un canto a la modernidad y al esnobismo: “transición ecológica”, “transformación digital”, “cohesión social y territorial” y, claro está, “igualdad de género”. 

Pero, Europa lo que quiere asegurarse es que, llegado 2026, cuando se agoten esos fondos (que se habrán agotado mucho antes), España no tenga que pedir una nueva ayudita. Y eso implica: o bien, contención del gasto público (con disminución de la burocracia y del aparato del Estado, algo que Sánchez y sus apoyos nacionalistas e independentistas, no están dispuestos a realizar) o bien, lo más fácil, subidas fiscales, especialmente para la clase media (mejor no tocar a los poderosos para evitar una debacle). Ahora bien ¿quiénes son las “clases medias”? Aquellos que cobran más de 1.400 euros al mes. Estos son -somos- los que vamos a sufrir la presión fiscal mas alta de la historia de España: es lo que este país ha elegido al votar PSOE y Podemos…

Primera en la frente: “eliminación de la reducción por la tributación conjunta del IRPF”. Se calcula que esta subida supondrá para el gobierno 2.293.000.000 euros más de ingresos. Y lo más increíble del caso es que esto se hace “por la igualdad de género”, dado que la tributación conjunta “genera un desincentivo para la participación laboral de la mujer”.  En mi tierra, a esto se le llama cinismo.

Otro tanto puede decirse de la insistencia en la “fiscalidad verde”. Lo verde vende. ¿Quién se va a oponer a la salvación de la naturaleza? Así pues, a partir del tercer trimestre de 2021, ya tendremos un nuevo impuesto “sobre los residuos e icineración” y otro que gravará “los envases de plástico no reutilizables”.

De ahí también viene el impuesto sobre las autovías, peaje para todos y para cualquier desplazamiento… Dicen que la arritmia que ha llevado a Gabilondo al hospital es por su derrota electoral, pero no está tan claro: es muy posible que sea por descubrir los nuevos impuestos, entre otros éste que el gobierno asegura que reportará 30.000.000.000 a las arcas del Estado. ¿Acaso el impuesto de circulación no cubre ya las necesidades de mantenimiento de carreteras y autovías? Lo más previsible es que el ciudadano decida recurrir a carreteras comarcales para desplazarse… aumentando el consumo de gasolina, la contaminación y la siniestralidad vial.

Pero, a partir del segundo trimestre de 2022 asistiremos al éxtasis fiscal: subirán los impuestos sobre los hidrocarburos, esto es, sobre la gasolina y sobre los derivados (que afectará incluso a los plásticos y ¡a determinados alimentos!) y un bonito “impuesto ecológico” sobre los gases fluorados. Subirá también el impuesto de circulación y el de matriculación. Nada comparable con lo que ocurrirá en el 2023 y 2024, en donde la tendencia no será a subir impuestos, sino a ¡eliminar beneficios fiscales! Algo que, en la práctica, supone la forma más simple y menos imaginativa de subir impuestos…

El proyecto presentado por el gobierno Sánchez se las ingenia para exprimir literalmente a la clase media, y a todos aquellos que tienen un trabajo. De alguna parte tienen que salir los 7.000 euracos para mantener a los MENAS y las subvenciones entregadas a grupos sociales sin exigirles nada a cambio. La relación de “frentes” a los que se dirigirá la fiscalidad hacen temblar: fiscalidad medioambiental imposición societaria, tributación de la economía digitalizada, aplicación y concreción de la armonización de la tributación patrimonial y fiscalidad de las actividades económicas emergentes, sin olvidar que, en el proyecto enviado a Europa, existe la posibilidad de crear “nuevas figuras tributarias”… todo lo cual, por supuesto, se hace por nuestro bien y por nuestra salud, por un mundo mejor y por una sociedad más igualitaria.

La patronal es la única institución que se ha mostrado calurosamente a favor de algunas de estas medidas (el impuesto de autovías), rechazando las que les afectan directamente, como no podía ser de otra manera. Los sindicatos, como en las últimas décadas, mudos y dispuestos a firmar lo que sea, a cambio de unas subvenciones de más. La sociedad anestesiada y aterrorizada con el Covid y preguntándose cuándo los van a vacunar, los medios de comunicación hablando de Rociíto, mientras la deuda pública y el déficit siguen desbocados y negándose a colocar en primer plano el auténtico sablazo fiscal perpetrado por el grupo de aventureros sin escrúpulos que forman la corte del psicópata atrincherado en La Moncloa.

Las calles en Colombia están ardiendo por mucho menos. Alguno dirá que nuestro país es ejemplo de civismo y que si queremos un Estado del Bienestar hay que pagarlo: por nuestra parte decimos que España hoy es símbolo de resignación, sumisión y pasividad.  Un gobierno digno de tal nombre y una sociedad coherente y atenta a sus problemas, sería consciente de que con liquidar de un plumazo el faraonismo autonómico, los problemas económicos de este país se solucionaban y con ser más exigentes con nuestra clase política, en lugar de creer sus promesas electorales y sus monsergas para justificar sablazos fiscales, se solucionaba todo sin necesidad de poner el cazo en Europa. No tenemos Estado del Bienestar, pero tenemos una fiscalidad suficiente para convertir en millonario a cualquier político de tercera en apenas una legislatura.

La crisis de 2008-2011 se saldó con la aparición del “movimiento de los indignados”. Sabemos como terminó aquello. Nos atrevemos a augurar que el próximo estallido social será todavía peor, en la medida en que ya no habrá “tribunos de la plebe” a los que creer y a los que seguir y saldrá a flote la “elementareidad” de nuestro pueblo.

Pero, no nos engañemos, no es la fiscalidad lo que hay que reformar, sino el propio Estado, en sus valores, en sus instituciones y en sus estructuras. Sería un error pensar que echando al psicópata de La Moncloa de su poltrona todo se solucionaría.

martes, 4 de mayo de 2021

ELECCIONES EN MADRID: NUEVOS ELEMENTOS Y TENDENCIAS

 

Estas elecciones -como ocurrió con las catalanas de febrero- no pueden ser consideradas, ni como un “test nacional”, ni siquiera como unas elecciones “normales”: se han realizado en la “era Covid” y sus resultados han estado, visiblemente, alterados por la mala gestión del gobierno del Estado ante la pandemia. Aún así es evidente que los resultados resultan significativos e indican el grado de erosión del PSOE. Podemos, tanto a nivel de comunidad autónoma como a nivel de Estado, algunos elementos significativos que nos dirán mucho sobre lo que se avecina en los próximos años:

LAS ELECCIONES MADRILEÑAS EN CLAVE REGIONAL

- La victoria del PP ha sido aplastante y sin paliativos. Era de esperar y solamente el CIS la podía poner en duda (la erosión de este organismo público es tal que Tezanos, no solamente debería dimitir, sino incluso ser procesado por tratar de influir en los resultados electorales utilizando un organismo público y en plena campaña).

- La “crispación” que se ha desarrollado en plena campaña ha tenido un solo responsable: Pablo Iglesias que ha pagado con su dimisión sus sobreactuaciones, presentando estas elecciones como una “lucha contra el fascismo”, fascismo, por lo demás inexistente, alardeando del dominio de la izquierda en la “Plaza Roja” (que ahora solo es “roja” a título póstumo)) y enviando a sus escoltas a boicotear los mítines de Vox.

- Ayuso no ha tenido que hacer gran cosa para vencer: sus acciones durante la pandemia le han atraído los votos de sectores que hasta ahora nunca habían votado a la derecha. Las restricciones en Madrid han sido mucho más laxas que en cualquier otro lugar del Estado, en especial en la hostelería y los resultados, en cifras no son peores que en otras comunidades en las que el cierre de la hostelería (con todo lo que implica) ha sido más riguroso.

- La izquierda madrileña, dividida en tres fragmentos, ha pagado caro su división, como la pagó la derecha en las últimas elecciones generales. Ciertamente, en Madrid existe una fuerza ausente en la mayoría de comunidades, Mas Madrid, que se ha beneficiado de votos llegados de un PSOE desmovilizado y de un Podemos en bancarrota e histérico, pero no es menos cierto que el hecho de que MM haya igualado los resultados del PSOE es significativo de la erosión del partido de Sánchez.

- Gabilondo era el último resto que le quedaba al PSOE de un “viejo profesor presentable”. Nadie duda que esta derrota supone, en lo personal, el final político del candidato y también el final de la presencia de catedráticos, intelectuales, y se queda en cuadro con especialistas en el saqueo de los fondos públicos, tendencia que ya podía preverse desde la llegada de ZP a la secretaría general.

- A lo largo de la precampaña y de la campaña, Gabilondo fue un títere para los estrategas electorales de la Moncloa: a pesar de no ser un tipo radical, ni visceral, se vio embarcado en una campaña “antifascista” que, como hemos visto, fracaso; en plena campaña intentó asumir los “valores de la izquierda moderada”, pero la irrupción de Sánchez le restó credibilidad al defender el entendimiento con Podemos y, el “antifascismo militante”, y en el último tramo de la campaña, se convirtió en un títere de Tezanos y de sus burdas manipulaciones. Sin perfil definido, se deslizó por la pendiente del fracaso. Solo le quedaría mostrar un poco de dignidad dimitiendo y regresando a su cátedra.

- Abascal y Vox puede respirar tranquilo: las elecciones para ellos se presentaban en un escenario particularmente difícil para este partido y el “voto útil” corría el riesgo de barrerlos del mapa. Los resultados demuestran que Vox tiene un electorado fiel, que demostrará su capacidad de crecimiento en cuanto se disipen las medidas de Ayuso durante la pandemia. Pero, en relación a los anteriores resultados, su papel político resultará disminuido y parece difícil que Ayuso cuente con ellos para formar gobierno.

- La merma en el papel político de Vox puede entenderse mejor si tenemos en cuenta que los diputados obtenidos por Ayuso superan a los de los tres grupos de izquierda. Por tanto, solamente precisará la abstención de Vox para gobernar cómodamente. Y no parece probable que Vox se alinee con la izquierda en la legislatura, luego le queda solamente la opción del “apoyo crítico” que realizará desde el exterior del nuevo gobierno de la comunidad.

- La victoria del PP demuestra que una líder sin apenas experiencia política y jugando la carta “populista” gracias a algunas tomas de posición que satisfagan los sentimientos localista. Frente a esto, el PSOE se equivocó manteniendo durante dos años a Podemos como incómodo socio de gobierno, dejando que sus ministros realizaran todo tipo de excesos, incluso viéndose arrastrados por ellos en materia de “ideologías de género”, generando hilaridad en sectores que hasta ese momento les habían votado.

- El aumento de votos de Mas Madrid puede interpretarse como la consolidación de una nueva forma de izquierda: algo más radical que el PSOE, pero no tan caricaturesca como Podemos (ayer, la foto de su “estado mayor” ante las cámaras lamentando la dimisión de Iglesias, era antológica sobre la marginalidad de sus integrantes). En MM parecen haberse dado cuenta que el “antifascismo” vintage no reporta los frutos esperados y que la sobreactuación en materia de “ideologías de género” puede ser contraproducente.

- El gran fracaso de Iglesias consistió en jugar a doble o nada: o se presentaba como “redentor de la izquierda” y lograba la victoria unificando a las distintas tendencias y en especial los votos de MM y de UP, o bien fracasaba y volvía a las tertulias de televisión. Cuantificados los réditos económicos y a la vista de los resultados, no le quedó más remedio que dimitir. En cuanto a MM se benefició de las declaraciones Mónica García oponiéndose desde el primer momento a que Iglesias liderase la izquierda.

- Institucionalmente, el porcentaje de asistencia en Madrid ha sido extremadamente alto en relación al que acudió a las urnas en Barcelona apenas tres meses antes. La causa solamente puede ser una: la generalitat de Cataluña es, casi por definición, desde su nacimiento en la transición, una institución nacionalista e independentista, es decir, que gobierna y satisface solamente a una parte de los catalanes, mientras que el gobierno de la comunidad de Madrid mantiene su perfil de institución de “todos los madrileños”. En Cataluña el electorado no-nacionalista consideró que no valía la pena votar, mientras que, en Madrid, ha existido, desde el origen de la institución, mayor pluralidad.

LOS RESULTADOS ELECTORALES EN CLAVE NACIONAL

- El gran perdedor de las elecciones madrileñas fue Pedro Sánchez, a pesar de que en la última fase de la campaña electoral desapareciera para evitar que su imagen quedara erosionada por la previsible derrota de su sigla. El ego de Sánchez no ha soportado nunca que en su comunidad fuera donde su figura, significativamente, resultara más cuestionada. De ahí que estableciera un pulso contra Ayuso y boicoteara cualquier medida que ésta adoptara, lo que, paradójicamente, dio armas a la candidata del PP, muchas más de las que sus capacidades políticas reportaban a su partido.

- Hay que recordar que el adelanto de las elecciones madrileñas coincidió con la maniobra sanchista de impulsar mociones de censura en las comunidades en las que el gobierno regional dependía de los votos de Ciudadanos. Vale la pena no olvidar el carácter involuntariamente suicida de esa maniobra que ha preciputado efectos inesperados para su promotor. Al PP no se le escapó esta nueva estrategia que capeó en Murcia, en Castilla-León y en Madrid convocando aquí elecciones anticipadas, algo que los estrategas del PSOE no pudieron calcular. El resultado ha sido, la desintegración absoluta de Ciudadanos, que en las próximas semanas empezará a sufrir una sangría de los cargos electos que le quedan, aproximándose a pasos agigantados a su disolución.

- La desaparición del centrismo podía esperarse desde la dimisión de Alberto Rivera. Hay que recordar que Cs solamente ha hecho bien en su historia una cosa: oponerse en Cataluña al independentismo. Su éxito allí implicó una salida del marco catalán que nunca debía de haber realizado: fuera de Cataluña su única posibilidad era servir de bisagra, como socio al PP o al PSOE, una actitud, por definición, oportunista y sin principios que suponía a medio plazo su descalificación: se votaba a Cs para no votar ni al PP ni al PSOE, pero su electorado toleraba mal que luego sus votos sirvieran para apoyar al PP o al PSOE. La mediocridad y el oportunismo de Arrimadas, su desconocimiento de los mecanismos de la política estatal, han implicado su liquidación política.

- Si bien, el PP parece que recuperará una parte de los votos de Cs, no parece tan claro que Casado haya sido el “gran vencedor” de estas elecciones. De hecho, su figura apenas ha aparecido en campaña y desde el balcón de Génova, ayer tuvo un protagonismo muy secundario. El PP sigue teniendo un problema de liderazgo: Casado no “emociona” al electorado conservador y Ayuso sigue siendo un fenómeno madrileño. Si bien está claro que los resultados de ayer, favorecen al PP, incluso a sus aspiraciones a recuperar el gobierno de la nación, no es menos cierto, que Casado sigue todavía alejado de convertirse en alternativa de gobierno y que los resultados de ayer no pueden extrapolarse a nivel nacional.

- El hecho de que, fuera de Madrid, el PP esté todavía debilitado y que los votos procedentes de la liquidación de Cs estén aún en tierra de nadie, da esperanzas de Vox de poder consolidar su situación a nivel nacional y de crecer cuando se convoquen las próximas elecciones generales. Si bien en Cataluña, los resultados que obtuvo no garantizan su perennidad (en Cataluña, el que más antiseparatista se muestre obtendrá siempre los votos del rechazo a la institución autonómica), estos, unidos a los obtenidos ayer, evidencian que el partido de Abascal tiene todavía un largo ciclo político por recorrer. Pero, a diferencia de Cataluña, en donde se produjo el “sorpaso” en relación al PP, en Madrid la diferencia de votos entre ambas formaciones se ha ampliado.

- La izquierda española va a ser el sector que mas duramente va a vivir el período posterior a las elecciones madrileñas: no cabe la menor duda de que Sánchez, oportunista sin escrúpulos, adoptará las medidas que le indique Tezanos: sacrificar a Podemos, reducir su presencia en el gobierno, tender la mano a MM y llamar en su apoyo a los diputados de Cs. Eso, o seguir como si nada hubiera ocurrido, con las “ministras”, los “ministros” y “ministres” como si tal cosa, sin reconocer la derrota aplastante, y seguir con sus monsergas de género, permitiendo la llegada de miles y miles de inmigrantes ilegales innecesarios, tutelando menas y cubriendo sus desmanes, llamando “ERTES” a lo que debería llamarse “paro” y alardeando de que aquí vacunamos tanto y tan bien y somos tan “cool” que enviamos vacunas a África… Sánchez debe sentirse en estos momentos, como sitiado en La Moncloa, al igual que el Fort Apache estaba rodeado de indios y tribus hostiles. Ha comprobado que, a pesar de que la opinión pública es manipulable y modelable gracias a los medios y al CIS, la población solamente entiende de necesidades satisfechas: o las satisface o pierde.

- Los partidos nacidos hace 11 años, Ciudadanos y Podemos, pueden darse por liquidados, su ciclo ha concluido. De Cs solamente hace falta enterarse de la hora y el día de su funeral. Con Podemos la cosa va a ser algo más prolongada, pero si tenemos en cuenta que Podemos es un agregado inorgánico de círculos, siglas, grupos locales, partidos (no olvidemos que ahí sigue Izquierda Unida y, dentro de ésta, el Partido Comunista de España), nos atrevemos a decir que la salida de Iglesias supone el gran batacazo de esta sigla que, a partir de ahora, ya no tiene ningún perfil público que garantice la unidad de todo este agregado de átomos arrastrado por consignas fáciles, sobreactuaciones y puras y simples "provocaciones" del peor estilo truhanesco. Las encuestas dirán de dónde han procedido los votos que ha obtenido Podemos en estas elecciones, pero no es ningún secreto que los “nuevos españoles” han tenido en el “gran mantero jefe” una referencia. Entre eso, los colgaos, las feminitudas y los despistados, y la presencia de Cintora en TVE1, se entiende que la sigla haya sobrevivido temporalmente. Pero dar coherencia a aquello que, interiormente, nunca lo ha sido, resultará muy difícil para el que se siente en la poltrona de Iglesias.

CONCLUSION: ¿CAMBIO DE TENDENCIA? NO PARA MAÑANA

Los resultados de ayer son un toque de atención para Sánchez, pero no su final político. Como ególatra, ambicioso sin escrúpulos, hará todo lo posible para sobrevivir. Cambiar de alianzas y renovar su gobierno parecería normal en una democracia que fuera normal, pero no en la española en donde, tradicionalmente, un cambio de gobierno supone la evidencia de una crisis. Hasta ahora, el gobierno de España ha estado en manso de Sánchez, apoyado por la no-España, el resultado ha sido que el voto en Madrid -si bien condicionado por la época Covid- se ha realizado también en clave nacional: han hablado los que estaban hartos de Sánchez y de la presencia de impresentables en la coalición de gobierno, han hablado los que se ríen de las excentricidades y sobreactuaciones de la izquierda en todos los terrenos, del “antifascismo”, de los Menas “nuestros niños”, de las “ideologías de género” y del “aquí mando yo y yo reparto los millones de Europa”.

Porque ésta es, a fin de cuentas, la gran cuestión: Europa sigue siendo remisa a dar un talón con fondos elevados a un presidente que ayer demostró que su partido quedaba en tercer lugar en el ranking de resultados y que su alianza con Podemos es lo único que le mantiene en el poder. Hará falta oír al jefe del Fort Apache para saber si rectifica o si opta por apoyar su colt sobre la sien y dispararse un tiro afirmando que aquí no ha cambiado nada y que todo sigue igual.

Lo que se ha producido es un simple cambio de votos: el electorado ya no es fiel a una sigla o a otra, es influenciable pero hasta cierto punto, sus necesidades las experimenta más que nunca, especialmente hoy en momentos de crisis. Por otra parte, ya no se vota a favor de tal sigla -esto es, por convencimiento- sino en contra de otro rostro: del malo de la película. Y en este caso, el malo ha sido Sánchez y su bufón Iglesias.

CRONICAS DESDE MI RETRETE: 17 MESES DE COVID. REÍR Y/O LLORAR

No soy “negacionista”. Creo que, efectivamente hay un virus suelto por ahí, que va mutando y que es peligroso. No es el único. Han muerto tres millones de personas en todo el mundo, así que no es para tomárselo a broma. Pero tampoco hay que exagerar, ni sobreactuar. Empiezo a pensar que tienen razón aquellos que dicen que las medidas tomadas ante el virus han sido desproporcionadas en relación a su peligrosidad y a los efectos generados sobre la economía y sobre la propia sociedad.

Oí hablar por primera vez del virus en enero de 2020. Hace ya 17 meses. Entonces se le daba como algo lejano que había ocurrido en China. Nada que nos pudiera afectar. Las informaciones que llegaban eran terribles: el virus tenía una espantosa mortalidad, no se conocía remedio y se contagiaba con facilidad. Hacia febrero, el virus había llegado a Italia, así que era cuestión de prepararse para lo peor. Y lo peor fueron los tres primeros meses de confinamiento obligatorio.

Ya es hora de pararnos a reflexionar, cuando se nos asegura que en verano estaremos todos vacunados y la crisis habrá pasado. Estos algunos puntos que se me ocurren:

1) La desnudez de las cifras: no se entienden. Las cifras oficiales en España dan 78.293 muertos desde que empezó la pandemia. Terrible, pero incierto. La diferencial entre los muertos en el mismo período es de más de 100.000. Y esta diferencia es importante para obtener los porcentajes, porque si han sido 78.293, España tiene una mortandad del 0,16 por cada 100 habitantes, pero si la elevamos a 105.000, ese porcentaje se eleva hasta el 0,22 por cada 100 habitantes. Esta diferencia de 0,06 es importante por lo que veremos más adelante. Baste decir ahora que la incidencia del cáncer es muy superior (un 1,3% de la población). Es decir que tenemos 8 posibilidades más de morir de cáncer que de Covid. Y lo mismo podría decirse de las enfermedades cardiovasculares (915,3 fallecidos por cada 100.000 habitantes, o si se prefiere 0’9 por cada cien). En otras palabras: que hay enfermedades de las que se habla mucho menos y que no han requerido medidas drásticas de confinamiento o limitaciones a la movilidad, que matan bastante más que el Covid.

2) Los medios de comunicación han informado, todos (y en especial los públicos), absolutamente todos, mal. Han estimulado el alarmismo, han impedido que se debatiera serenamente sobre la oportunidad del confinamiento, luego han taponado el conocimiento de los porcentajes de las cifras de mortandad, han presentado las cifras en bruto sin atender a los diferentes volúmenes de población de cada país. Y lo peor es que, 17 meses después del inicio de todo, siguen con los mismos errores intencionados. Siempre, en todos los casos, esos errores se han mantenido por intereses políticos. Veamos unos datos y entenderemos por qué el gobierno se empeñaba en dar unas cifras oficiales y no las que se desprendían de la diferencial de muertos entre 2019 y 2020:

- Cuando se decía que las cifras mortandad en EEUU eran altas se mentía. En España eran todavía más altas: hoy sabemos que EEUU tiene una incidencia del 0,17% (577.000 muertos sobre una población de 328.000.000 de habitantes). En España, las cifras son de 0,16% en relación a las cifras oficiales, pero 0’22% si tenemos en cuenta la diferencial de muertos. Curiosamente, el alarmismo en relación a EEUU solamente se prolongó hasta que Joe Biden llegó a la Casa Blanca: a partir de aquí, ya no se habló en los informativos de cifras de muertos, sino de vacunados…

- Cuando se dice hoy que en la India las cifras de muertos alcanzan los 300.000, se está mintiendo. Las estadísticas dicen que, en la India, hasta ahora, han muerto 219.000 personas, cifra elevadísima, pero no tanto si se tiene en cuenta la población (1.366.000.000 habitantes), lo que supone un porcentaje del 0’16%, inferior a España. Pero los datos manipulados se entienden mejor si se tiene en cuenta que, en el momento de escribir estas líneas, el eje de la información sobre el Covid se ha desplazado a la “variante india” …

- Cuando se dice que Brasil es uno de los países más afectados por el Covid, se está diciendo una mentira a medias: es cierto que allí han muerto 409.000 personas lo que, para un total de 211.000.000 de habitantes, supone un 0,19%. Pero también es verdad que este porcentaje no está muy lejos de la cifra oficial dada en España (0,16, así pues, una diferencia del 0,03) y se sitúa por debajo de la diferencial de muertos de nuestro país (0,22%, es decir, un 0,03% más que en Brasil…). A recordar que Bolsonaro es otra de las bestias pardas del stablishment.

La conclusión que puede extraerse de todo esto es que los medios, unánimemente, es que se han presentado los datos justo de la manera necesaria para generar alarmismo en la opinión pública, no los han depurado, no han ofrecido en ningún momento porcentajes: han comparado, en definitiva, garbanzos con lentejas…

3) A tenor de estas cifras puede pensarse que el Covid no es más que una gripe algo más fuerte. Ciertamente, en la primera ola, especialmente, la mortandad fue espectacular, en España entre las residencias de ancianos. Luego, el número de muertos en relación al de “contagiados” se ha moderado extraordinariamente. Ahora bien…

- El volumen de “contagios” (colocamos las comillas de manera deliberada) siempre se ha estimado de manera arbitraria: se considera que un contagiado es aquel al que la prueba PCR da resultado positivo, si bien, lo único que indica es que esa persona, en ese momento concreto, ni antes ni después, tiene un virus, cualquiera, el Covid entre otros muchos, pero no solamente el Covid.

- Resulta casi un chiste constatar que parte de las informaciones alarmistas han tenido que ver con el “aumento de los contagios”: se producían más contagios, allí en donde se realizaban más pruebas PCR. Por increíble que parezca, esas pruebas, completamente inútiles por lo demás, han servido durante meses como “prueba” de la peligrosidad del virus y solamente en las últimas semanas se ha pasado a establecer esa peligrosidad en función de las camas de las Unidades de Cuidados Intensivos ocupadas, como hubiera sido lógico desde el primer momento.

- Hoy se sabe que, si el número de muertos en la primera ola del virus fue espectacular, especialmente entre las residencias de ancianos (que se llevaron un 40% de las muertes), esto se debió a que los protocolos de tratamiento de la enfermedad fueron erróneos, por mucho que estuvieran recomendados por la Organización Mundial de la Salud. Ocurrió algo parecido al “síndrome tóxico” del verano de 1981: los médicos (especialmente militares) que trataron aquella extraña enfermedad como una “intoxicación por organofosforados” se recuperaron sin problemas, pero aquellos otros que siguieron la versión oficial de “envenenamiento por consumo de aceite de colza desnaturalizado tratado con anilinas”, o fallecieron o arrastraron durante años (incluso en la actualidad) secuelas. No siempre la información “oficial” es la real, ni la “oficiosa” es la conspiranoica. Con el Covid parece haber ocurrido algo parecido.

4) Cuando se alega que las medidas que se tomaron desde marzo de 2020 fueron desproporcionadas y que el número de muertos de la epidemia no justificaba un hará-kiri de la economía española, los partidarios del gobierno y muchas gentes de buena voluntad, apostillan que, de no haberse tomado estas medidas, la mortandad habría sido mucho mayor. Lo cierto es que las estadísticas no confirman esta posibilidad: países como EEUU o Brasil, por no hablar de Rusia, en donde las medidas fueron mucho más relajadas que en España, han tenido incidencias similares o incluso menores a España. Los porcentajes invalidad esta argumentación y dan la razón a los que pensamos que las medidas fueron desproporcionadas y, en grandísima medida, completamente inútiles. Hubiera bastado con que los protocolos de tratamiento de los enfermos fueran más acertados, para que la mortandad hubiera disminuido hasta los extremos de las gripes anuales, quizás algo más agresiva, pero no mucho más.

5) Estas medidas eran todavía más hirientes en países como España con una economía absolutamente dependiente del turismo y con unos hábitos antropológicos muy concretos: el cierre de la hostelería prolongado a pesar de que los especialistas convenían en que los bares y restaurantes eran los lugares donde menos contagios se producían y que la mayor parte de estos, al menos en la segunda y tercera ola, fueron en el ámbito familiar (generalmente transmitidos por niños asintomáticos), ha generado una crisis sin precedentes en el sector que se calcula que terminará produciendo (está produciendo) entre un 30 y un 40% de cierres. Sin olvidar que la detención de la vida económica durante meses no se vio acompañada (sino muy tardíamente) por reducciones fiscales, suspensión de las cotizaciones a la seguridad social, ni siquiera eliminación del IVA en el precio de las mascarillas obligatorias. Durante meses, los ERTE han engañado a las cifras del paro hasta el punto de que la ministra de trabajo en varias ocasiones ha presentado las “cifras de creación de empleo” en esos meses, como “espectaculares”. Desde el punto de vista económico, las medidas adoptadas ni estaban justificadas (la hostelería nunca fue el vehículo privilegiado de transmisión del virus), ni siquiera se respetaban (los “confinamientos perimetrales” en Cataluña han sido un chiste: desde el final de la primera ola, la utilización de medios de comunicación interurbanos e intercomarcales, no ha descendido, y los controles de las policías han sido mínimos), ni han servido para gran cosa (si tenemos en cuenta los porcentajes de muertes que se han dado en España en relación a otros países, como hemos visto).

6) Y desde el mes de enero se nos prometía que “la vacuna” era el remedio para resolver la cuestión. En primer lugar, la vacuna rusa, dispuesta desde el verano, no fue aprobada por la UE, dándose preferencia a otras que luego han resultado, todas ellas, causar más o menos problemas y efectos secundarios que es todavía pronto para comprobar su alcance al tratarse de transgénicos. Pero, en España, si la desorganización y la improvisación ante la irrupción del virus fue de antología, la distribución de las vacunas está resultando la prolongación de todo este sainete.

- En primer lugar, parece existir cierta unanimidad en atribuir a la vacuna de AstraZeneka ciertos riesgos. Sin embargo, esa es la vacuna que, en España, se ha administrado a la franja de población más sensible: las edades superiores a 65 años. El “principio de prudencia” debería de haberse aplicado aquí. Pero eso no es lo más irónico, sino el hecho de que, después de administrarse la primera dosis de esta vacuna y comunicarse un plazo de 12 semanas para la segunda dosis, se han modificado las cifras y en la actualidad, andamos ya por las 16 semanas, si bien no está claro si será la de AstraZeneka o cualquier otra…

- En segundo lugar, lo más normal hubiera sido que las vacunaciones se hubieran realizado en los CAP habituales, en donde existe espacio suficiente para hacerlo. Sin embargo, en Cataluña, las vacunas se están administrando en lugares, en algunos casos, “exóticos” y alejados hasta 30 kilómetros del lugar de residencia.

- Algunos hemos aceptado ser vacunados simplemente para obtener el prometido “certificado” que nos permitirá viajar al extranjero y ver personalmente a nuestros seres queridos que no vemos desde hace más de año y medio. En mi caso concreto, acepté vacunarme convencido de que sería algo parecido a la vacuna de la gripe (completamente inútil al inmunizar contra la variante de la gripe del año anterior… no contra la del año presente). Tuve que desplazarse siete quilómetros del mi lugar de residencia y ocho del CAP que me corresponde: no experimenté efectos secundarios, pero la hora de vacunación se retrasó una hora en relación a la que nos había sido asignada, no sólo a nosotros sino a ¡casi 200 personas!, todas mayores de 65 años, algunas de más de 80, varias en sillas de ruedas, en una mañana fría y lluviosa. Hugo que esperar, por supuesto, al aire libre. Resumiendo: al caos de las medidas de prevención del virus, se ha unido el caos en algo tan sencillo como la administración de la vacuna. Claro está que, en Cataluña, simplemente, no hay gobierno autonómico y las consejerías están más pendiente del cambalacheo entre ERC y JxCat que de la situación del pueblo de Cataluña.

- La posibilidad de que en el verano (esto es el 21 de junio) esté vacunado el 50% de la población parece remota. Pero, eso sí, el gobierno español se permite el lujo de enviar vacunas a países africanos con una bajísima incidencia del Covid… Si a los que se niegan a vacunarse, se suman los que no pueden vacunarse, los que solamente hemos recibido una dosis y ni siquiera sabemos cuándo ni de que marca nos administrarán la segunda, e incluso hoy se discute si las vacunas actualmente en el mercado lograrán afrontar las variantes del virus.

5) El Covid dejará secuelas imborrables en la sociedad. No puede dudarse de la realidad de la enfermedad, como tampoco puede dudarse de la ineficacia de la Organización Mundial de la Salud, de la sobreactuación de los distintos gobiernos, especialmente del gobierno español, que siguió dos fases: en una primera, Sánchez asumió todo el protagonismo decretando el confinamiento, pero tras tres meses, al ver que su popularidad se desplomaba, al acabar la primera ola del virus, optó con transferir las posibilidades de erosión a las comunidades autónomas. A partir de ese momento, cada comunidad reaccionó de una manera diferente, generando una indecible confusión en la opinión pública: un pueblo aragonés podría estar confinado, pero el de al lado perteneciente a La Rioja, no. Hubo medidas absurdas: ir a la playa con mascarilla (ignorando algo tan simple como que el agua de mar y su ionización pueden ser considerados casi como fármacos naturales), cerrar los puticlubs meses después de iniciada la pandemia, toque de queda (como si el virus pudiera no difundirse hasta las 21:00, pero a las 21:01 pasara a ser mortal), prohibición, incluso, de pararse en la calle en algunas ciudades y cualquier otra idea excéntrica que se le pudiera ocurrir a algún concejalillo cateto o a algún consejero autonómico deseoso de mostrar sus virtudes cívicas. Esto y los pulsos entre Sánchez y Ayuso han sido los elementos políticos más sobresalientes de esta crisis. Cuando se aleje el fantasma del Covid, los humoristas encontrarán en lo ocurrido en estos meses, materia para monólogos hilarantes.

Porque lo único que está claro en todo este asunto, es que han fallado los organismos internacionales, todos los escalones gubernamentales y los medios de comunicación. La sociedad se ha limitado a poner los muertos y a pagar impuestos.

 

lunes, 3 de mayo de 2021

60 años de “Cabalgar el Tigre” – Actualizando el catálogo de la decadencia (2 de 10). LA RUPTURA DEL HOMBRE CON LA FAMILIA

Los últimos sesenta años no han contribuido a mejorar la situación de la familia. Los procesos iniciados en la primera mitad del siglo XX, con la decadencia de la familia burguesa, se han ido acelerando desde entonces y, hoy, prácticamente ya no queda nada, no sólo de la familia “tradicional”, sino ni siquiera residuos de la familia “burguesa”. También el este terreno la desintegración de una estructura orgánico–social se ha desarrollado de manera cada vez más acelerada, hasta el punto de que, si en 1961, cabían esperanzas en que la familia continuara siendo “la célula base de la sociedad”, tal como sostenían algunos, a pesar de su franca decadencia, hoy ya nadie puede hacerse ilusiones al respecto: la familia, tal como la concibió la sociedad burguesa ha desaparecido por completo.

Lo que queda y sigue llamándose “familia”, es un agregado inestable (la duración media de un matrimonio en España es de 16,8 años), que ni siquiera es utilizado a fines de supervivencia de la especie, mediante la paternidad (España es el país de la Unión Europea con el nivel más bajo de natalidad, con 1,3 hijos por mujer en edad fértil, incluyendo las mujeres inmigrantes instaladas en España que, hasta ahora, han tirado hacia arriba estas cifras que, de no ser por ellas, posiblemente serían inferiores a la unidad). En estas condiciones, la familia es una institución que ha sufrido un destino similar a cualquier otra heredada de períodos anteriores: simplemente, se ha extinguido y lo ha hecho en medio de la mayor de las confusiones.

A decir verdad, la familia es una de esas instituciones en las que se ha puesto de manifiesto hasta qué punto la degradación de una institución en el seno de la modernidad, la convierte en reflejo especular, sino en caricatura, de lo que fue en otro tiempo.

No está de más estructurar el presente parágrafo exponiendo cómo fue la Familia en las sociedades tradicionales. Seguiremos en esto a Foustel de Coulanges (al que frecuentemente recurre Evola en el Rivolta contro il mondo moderno), para pasar a enumerar las posiciones presentadas en Cabalgar el Tigre. Esto nos permitirá realizar, finalmente, un análisis de la deriva de la institución familia desde 1961 hasta nuestros días y establecer algunas conclusiones.

LA FAMILIA TRADICIONAL

En la sagrada tierra de Europa nació una concepción de la familia que merece ser recuperada. Foustel de Coulanges explica en su obra no superada y más que centenaria obra La Ciudad Antigua, que si nos trasladamos con la imaginación al mundo clásico encontraremos en cada casa un altar y, en derredor del altar, a una familia congregada. La familia tiene conciencia de sí misma gracias a la memoria de sus ancestros. Si careciera de ancestros, ni siquiera existiría. Los vivos y los muertos están unidos en torno a este altar y no lejos de él, siempre cerca de la casa, se encuentra la tumba de los antepasados, que Foustel denomina “la segunda mansión de la familia”. Y añade: “allí reposan en común varias generaciones de antepasados: la muerte no los ha separado. Permanecen agrupados en esta segunda existencia y continúan formando una familia indisoluble”. Porque lo que une a los miembros de la familia antigua es la religión del hogar y de los antepasados, sin duda la mejor y la más realista de todas las religiones. Resulta difícil que la presencia de un dios, ignoto, personalizado e improbable, condicione nuestro comportamiento cotidiano, pero la fidelidad a los ancestros, a los de nuestra sangre, de nuestro linaje, a los que nos precedieron y de los que somos últimos vástagos, eso sí que tiene fuerza de compromiso.

La familia antigua tenía su altar en el hogar. Hogar, religión, familia, eran lo mismo. El fundamento de la familia era religioso y cultual. Separándose de la familia, el individuo quedaba al margen de la sociedad; espiritualmente se convertía en un desahuciado porque jamás su memoria sería recordada por los miembros de su familia. La idea era que, al morir, el hombre clásico perdía su cuerpo físico, pero una entidad más profunda seguía acompañando a los miembros de su familia y se manifestaba a través del fuego sagrado del hogar situado en el altar del culto doméstico. Además, las familias patricias romanas podían establecer con toda precisión el origen de su linaje en algún dios o héroe de la mitología clásica: Hércules, Agamenón, Aquiles, Marte, etc. Y había que ser fiel al linaje de los ancestros porque ellos eran dioses.

Cada culto doméstico era diferente al resto y particular. Cuando una joven perteneciente a una familia determinaba terminaba casándose con un miembro de otra familia, no se trataba sólo de una boda con consecuencias sobre la herencia, la dote, la descendencia, etc. sino que afectaba, sobre todo, al culto doméstico. Abandonar el hogar paterno y construir otro con el esposo, equivalía a convertirse a otra religión: de ahí la importancia del matrimonio y la gravedad de la elección. Por eso los antiguos llamaban al matrimonio “ceremonia sagrada”.

La boda constaba de tres episodios: el primero transcurría en el hogar del padre, el tercero en el hogar del marido y el segundo era el tránsito de uno a otro. Inicialmente, el padre de la novia, en su hogar ofrecía un sacrificio a los ancestros y declaraba que entregaba a su hija al novio. Solamente si el padre accedía a que su hija se desligara del culto doméstico, el matrimonio era considerado válido. Para entrar en la nueva religión doméstica, debía, previamente, abandonar la antigua. La segunda fase era una ceremonia iniciática que equivalía a un rapto: no en vano, el marido cogía entre sus brazos a la novia y entraba así en el nuevo hogar, costumbre con tal arraigo que se ha perpetuado incluso en nuestros días. Las amigas de la novia y ella misma debían gritar y realizar un simulacro de resistencia, aunque, claro, ninguna aspiraba a que el “rapto” fracasara. Ya en el hogar, el esposo colocaba a la esposa en presencia de la divinidad doméstica. La rociaba con agua lustral y tocaba el fuego sagrado. Rezaban unas oraciones y comían juntos una torta de pan, frutas y vino. Las tres fases se llamaban: traditio, deductio in domun y confarreatio. La fórmula romana: “Nuptiae sunt divini juris et humani communicatio” [el matrimonio es una ley divina y una comunicación humana] implicaba que la mujer había entrado a formar parte de la religión del marido.

Así concebían nuestros ancestros la unión de un hombre y una mujer con vistas a formar una familia. Foustel, por eso concluye: “La institución del matrimonio sagrado debe ser tan antigua en la raza indoeuropea como la religión doméstica, pues la una va unida a la otra. Esta religión ha enseñado al hombre que la unión conyugal es algo más que una relación de sexos y un afecto pasajero, pues ha unido a dos esposos con los poderosos lazos del mismo culto y de las mismas creencias”. Por todo ello, el matrimonio era sagrado e indisoluble: “Solo –dice Foustel– la religión podía separar lo que la religión había unido”.

Luego estaba la cuestión de los hijos. Cada romano y cada griego tenían el máximo interés en dejar un hijo tras de sí, porque gracias a ellos dependía su propia inmortalidad. Es más: tener hijos era uno de los deberes para con los antepasados, pues su dicha podía durar lo que durase la familia. En el mundo indo–europeo, el primer hijo recién nacido se llamaba “el hijo del deber”, los demás eran hijos del amor, de la pasión o de los efectos de una noche de luna llena. Pero el indo–europeo debía ante todo cumplir con su deber engendrando el vástago que supondría la posibilidad de prolongar el linaje. Porque el matrimonio era poco menos que obligatorio. Foustel cuenta que Dionisio de Halicarnaso había visto en los viejos anales de Roma una ley que prescribía el matrimonio de los jóvenes. Cicerón en sus comentarios sobre la ley romana dice que proscribía el celibato. Y Foustel colige de todo esto que “el hombre no se pertenecía, sino que pertenecía a la familia”.

Pero No era suficiente tener un hijo. El hijo, además, debía ser engendrado según un ritual sagrado para que pudiera tener el poder de perpetuar la religión doméstica (y, por tanto, a la familia misma). El vínculo de sangre no era suficiente para prolongar la familia: era preciso un vínculo superior. Foustel, una vez más, explica con brillantez: “el hijo nacido de una mujer que no hubiese estado asociada al culto del marido por la ceremonia del matrimonio, no podía participar por sí mismo en el culto”. El casamiento era, por ello, obligatorio. Su objeto no era el placer, ni el pragmatismo, ni la fusión de dos fortunas patricias o del hambre y las ganas de comer plebeyas. El matrimonio servía para unir a dos seres del mismo culto doméstico para hacer nacer un tercero que fuera apto para continuar este culto.

Estaba claro que, si la mujer era estéril, el matrimonio podía disolverse sin excepciones. Lo fundamental para el griego y el romano antiguo era que la familia no se extinguiera y que la llama del culto doméstico jamás se consumiese. Y a este objetivo se subordinaba el amor, el pragmatismo o la pasión. Más aún: en las legislaciones indo–europeas más antiguas, si la esposa enviudaba, estaba escrito que debía casarse con el familiar más próximo del marido. Y si tenía hijos con él, éstos se consideraban hijos del difunto.

El nacimiento de una hija no suponía cumplir con el “hijo del deber”. Debía ser hijo varón. Pero tener un varón tampoco bastaba. Era preciso recibirlo en la comunidad religiosa familiar. El rito prescribía que, inicialmente, el hijo fuera reconocido por el padre. Luego venía la iniciación que los romanos celebraban al noveno día de vida del recién nacido, los griegos el décimo y los hindúes el duodécimo. El hijo era presentado a los dioses domésticos, una mujer debía llevarlo en brazos y dar con él varias vueltas en torno al fuego doméstico. A partir de ese momento se consideraba que el niño había entrado en la comunidad familiar, estaba obligado (tenía el derecho, sería más adecuado) a practicar el culto doméstico y a profesar la religión de los antepasados, un privilegio más que una obligación.

En aquellos tiempos se tendía a que las familias fueran numerosas; la propia matrona romana era el símbolo de la fertilidad y de las necesidades de aquella sociedad tan ruda como pura y esencial. Además, si algo caracteriza a Roma era el pragmatismo. De ahí que existiera un ritual de adopción que garantizase la incorporación de hijos no sanguíneos al linaje. Si un linaje carecía de hijos varones, la legislación y el ritual permitían que se incorporara uno. Se repetían las mismas exigencias que para el matrimonio: para que un hijo pudiera integrarse en una nueva religión debía de abandonar la antigua. Cuando se adoptaba un hijo era preciso, ante todo, iniciarle en el culto familiar: “introducirlo en la religión doméstica, acercarlo a los penates” [dioses del hogar]. El lazo de nacimiento quedaba roto, el vínculo otorgado por la iniciación era más fuerte y, desde luego, superior. Se integraba en una nueva familia y, para ello, era preciso emanciparse de la anterior; esto es, debía emanciparse de la religión practicada por su antigua familia que, a partir de ese momento, ya no era nada para él. Para el mundo clásico, el lazo de la sangre no era nada a la hora de establecer un parentesco –cualquiera que sea– era preciso el vínculo del culto. Porque –recuerda Foustel– “la religión determina el parentesco”. El hijo no podía recibir la herencia del padre si no compartía el culto doméstico o si había abrazado otra forma de culto.

En las sociedades indo–europeos la religión doméstica, la familia y el derecho de propiedad estaban íntimamente unidos. Cada familia tenía sus dioses y su culto; la propiedad se inicia precisamente con ese concepto: la familia es propietaria colectiva de los dioses. En un segundo paso, dado que los dioses están asentados en el culto doméstico, esto es, en el hogar, y éste sobre una tierra, existe finalmente una relación misteriosa entre los dioses y el suelo. Eta concepción estaba arraigada de tal manera que la pena de destierro, por la cual el sujeto debía abandonar la tierra de sus ancestros, era considerado tan grave como la pena de muerte, e incluso más, porque suponía vagar por el mundo como un muerto en vida, sin relación con un linaje, con un culto doméstico y con un hogar.

Después de los dioses, el hogar –templo de esos dioses– constituye la segunda etapa de la aparición del derecho de propiedad. Pero, fijémonos, que no se trata de una propiedad individual, sino familiar. Aquella seguía sin existir. El hogar tenía puerta y esta debía permanecer cerrada, ¿por seguridad? ¿para preservar la intimidad? Sólo en parte: no conviene que el hogar permanezca abierto para que alguien ajeno a la familia vea el desarrollo del culto doméstico. Por eso los dioses de este culto se llamaron “penates”, literalmente dioses interiores u ocultos. Por eso mismo, el hogar estaba aislado del exterior mediante un cercado que delimitaba un espacio sagrado protegido por el dios protege. Violar este recinto suponía, no tanto un atentado a la propiedad privada, como un sacrilegio y una muestra de impiedad. De ahí la dureza con que siempre se castigó en el mundo antiguo el “allanamiento de morada” (que contrasta con la lasitud actual ante el fenómeno “okupa” y la simpatía que el ultraprogresismo le depara).

El domicilio era inviolable: el dios doméstico –comenta Foustel– “ahuyentaba al ladrón y alejaba al enemigo”. El recinto sagrado era el herctum [la herencia] y en su centro estaba el altar doméstico. Cada casa debía estar aislada de otras; no podía haber muros en común (también aquí el “reflejo” actual es sorprendente, si tenemos en cuenta los rasgos de las viviendas modernas). “¿Qué hay de más sagrado que la morada de cada hombre?” se preguntaba Cicerón. Foustel escribe: “Para invadir el campo de una familia era necesario derribar o cambiar de sitio un límite; ahora bien: este límite era un dios. El sacrilegio era horrendo y el castigo severo”. Los romanos establecieron en su legislación más antigua: “Si ha tocado el término con la reja de su arado, que el hombre y sus bueyes sean consagrados a los dioses infernales”, en otras palabras, que debían ser sacrificados en expiación.

Nadie podía vender su propia casa ni renunciar a ella (lo que contrasta con el afán especulativo moderno: se compra una casa para revalorizarla y revenderla realizando una “buena inversión”). Era una ley antigua: ni vender la tierra ni dividirla. “Fundad la propiedad en el derecho del trabajo, y el hombre podrá enajenarla. Fundadla sobre la religión y ya no le será posible, pues un lazo más fuerte que la voluntad humana asocia al hombre a la tierra” escribía Foustel. La propiedad no es el patrimonio de un sujeto, sino que éste es su depositario en tanto que mero eslabón en la cadena del linaje. Por eso mismo, la expropiación con fines de utilidad pública era desconocida por los antiguos. La Ley de las Doce Tablas prescribía la imposibilidad de confiscar las tierras de un deudor, pero con la misma autoridad establecía que el cuerpo de éste pertenecía al acreedor.

El derecho de sucesión estaba plenamente regulado y garantizado (mientras que, en la actualidad, el “impuesto de sucesiones” tiende a desincentivar y a castigar la entrega de una herencia patrimonial). Cicerón resume: “La religión prescribe que los bienes y el culto de cada familia son inseparables y que el cuidado de los sacrificios recaiga en aquel que reciba la herencia”. El cuidado del culto y la sucesión eran inseparables: “transmitiéndose la religión doméstica de varón en varón, la propiedad se hereda del mismo modo”, recuerda Foustel. Lo que hace que el hijo herede no es la voluntad personal del padre. El padre no necesitaba hacer testamento: el hijo hereda sin restricciones. Pero es el hijo mayor el que hereda; no la hija. ¿Por qué?

Dado que la hija no es apta para mantener la llama de la religión doméstica en la medida en que, al casarse renuncia al culto de su propia religión para asumir la del esposo, por eso mismo no tiene derecho a la herencia. Hacer heredera a la hija implicaría dejar al altar doméstico sin culto. ¿Y si el padre moría sin hijos? Entonces se intentaba buscar entre sus familiares quien debía ser el continuador del culto. La ley ateniense prescribía que “Si un hombre muere sin hijos, el heredero es el hermano del difunto, con tal que sea hermano consanguíneo; a defecto de éste, el que hereda es el hijo del hermano: pues la sucesión pasa siempre a los varones y a los descendientes de los varones”.

De todo esto puede deducirse que nuestros antepasados no daban importancia alguna al testamento (venerado y regulado hasta la saciedad por los leguleyos de nuestros días). Los recios habitantes de Esparta lo proscribieron, simplemente. Solón, en su código, lo permitió sólo a quienes morían sin herederos. Legar arbitrariamente los bienes era una opción que apareció en un tiempo muy posterior a los orígenes. Todo el patrimonio era indivisible e iba a parar al primogénito, el “hijo del deber”. El Código de Manú, ley de los antiguos arios establecía que “el primogénito sienta por sus hermanos menores el amor de un padre por sus hijos, y que éstos, a su vez, lo respeten como a un padre”.

El padre de familia detenta una autoridad equivalente y similar a la de un jefe de Estado. En el mundo clásico el origen del derecho no hay que buscarlo en un legislador, sino en la familia. Los principios que regían a la familia, con el tiempo pasaron a ampliar su radio de acción y a trasladar sus principios a un marco más amplio. De este concepto ha quedado, como recuerdo lejano, la afirmación de que la “familia es la célula básica de la sociedad”.

La autoridad familiar no la detentaba el padre en tanto que tal: por encima del padre se encontraba la religión doméstica y el dios al que los griegos llamaban el “hogar–dueño” y los latinos “lar familiae pater”. Era una divinidad interior o, con más precisión, la creencia que anida en el alma humana, de una autoridad indiscutible a partir de la cual se establecía la jerarquía familiar. El padre era el primero en tanto que encendía el fuego sagrado y lo conservaba. Era el “pontífice”, que establecía puentes entre el mundo humano y el de los lares. Le correspondía dirigir y ejecutar la liturgia y los sacrificios, pronunciar las oraciones. La familia se perpetuaba a través suyo. Cuando moría se transformaba en un ente divino que los descendientes invocaban.

La mujer tenía otro rango, ni superior, ni inferior, simplemente diferente. No podía tener hogar propio ni presidir el culto. Era la materfamilias, pero perdía el título al morir el marido. Soltera estaba sometida al padre; muerto el padre, a sus hermanos; casada, a su marido; muerto el marido, a sus hijos. Que no se vea en esta dependencia una imposición, ni el derecho del fuerte, sino que derivaba de las creencias religiosas que situaban al varón como pontifex del culto doméstico.

La mujer ejercía también, en cierto sentido, un sacerdocio. Gozó de los derechos derivados de ser la encargada de velar para que el hogar no se extinguiera. Sin ella, el culto doméstico resultaba insuficiente. Si el paterfamilias enviuda, pierde por eso mismo el sacerdocio. En contrapartida, la legislación, las costumbres y la tradición romana atribuían a la mujer una alta dignidad (muy diferente del actual concepto de “igualdad”), tanto en su papel de madre-matrona como de amante. Pocas sociedades como la romana han tenido en tan alta estima a la mujer y la han dotado de semejante veneración, incomparable con el rol social actual de la mujer. El hijo, por su parte, no podía cuidar el culto doméstico mientras viviera el padre, aunque se casara y tuviera hijos. En la casa romana, en la casa indo–europeo, si bien no existía la igualdad de derechos y obligaciones, si al menos había una igual dignidad.

La religión doméstica configuraba el núcleo familiar y lo organizaba. Se equivocan quienes atribuyen a este modelo organizativo un machismo inherente a la condición de varón como padre. “Pater”, utilizada en griego, latín y sánscrito, se diferenciaba de “genitor” (“gânitar” entre los hindúes), palabra con que se definía a quien había contribuido al nacimiento de los hijos. Por lo demás, su autoridad distaba mucho de ser absoluta: era dueño del hogar y de sus bienes, pero no podía ni entregarlo, ni enajenarlo. Podía repudiar a los hijos, pero no era una decisión que se tomara a la ligera pues podía correr el riesgo de morir sin descendencia y, por tanto, su familia se extinguiría y los manes de sus antepasados caerían en el olvido. Cualquier derecho de que gozara el padre estaba acompañado de obligaciones. Era el primero de entre los miembros de su familia, porque le correspondían unos deberes tan absorbentes que, en el fondo, no era sino el primer servidor de la familia.

Los lares eran los dioses terribles encargados de castigar a los humanos y velar sobre el destino del hogar. Los penates, dioses que nos hacen vivir, mantienen nuestro cuerpo y sostienen nuestra alma. Los manes son nuestros antepasados devenidos dioses tras la muerte. Dioses protectores, dioses mantenedores, dioses destructores, era difícil que el romano en su hogar se sintiera solo: toda una cohorte sutil le acompañaba, le protegía y lo sostenía. El dios de la caridad no existía. El amor al próximo tampoco. Un hombre veía en otro a un ente exterior a sus ritos, con el que no tenía oraciones en común, ni siquiera dioses. Por lo mismo, el romano antiguo no imploraba a su dios en beneficio de alguien ajeno a la familia. También ignoraba lo que era la caridad: el romano entendía sólo de deberes. Y el primero de todos era contraer matrimonio. El celibato no era solo una negligencia, era también un crimen.

Estas notas nos parecen suficientes como para hacernos una idea, bastante aproximativa de lo que fue la familia en sentido originario: una institución sagrada y, en este sentido, efectivamente, “célula-básica” de una sociedad que, en cada nivel jerárquico más amplio, hasta llegar al Imperium, reproducía el mismo esquema. Pues bien, de esta institución no queda absolutamente nada. De hecho, la familia burguesa no fue más que un fuego fatuo surgido del cadáver de aquella institución. A lo largo de los párrafos anteriores, hemos apostillado en varias ocasiones que lo “actual”, lo “moderno” es, también en este terreno, el reflejo y la inversión de la normalidad “originaria”.

Evola, que en Cavalcare la Tigre, da por sentado que conocemos los fundamentos de la familia según la Tradición, pasa directamente a la crítica de la familia burguesa. Vale la pena repasar las líneas maestras por las que discurre esta crítica, pero poder advertir luego las evoluciones posteriores a 1961.

EVOLA Y LA CRÍTICA A LA FAMILIA BURGUESA

Los puntos sobre los que se asienta la crítica evoliana a la familia burguesa están incluidos en el parágrafo 27 de su obra. Los podemos resumir así:

1) El matrimonio sólo se volvió un rito y un sacramento, tardíamente en la Historia de la Iglesia (no antes del siglo XII). La ceremonia religiosa fue obligatoria para toda unión que no quisiera ser considerada como un mero concubinato en el Concilio de Trento (1563).

2) San Pablo, significativamente, anuncia el verdadero significado del matrimonio–rito, cuando utiliza la palabra "misterio" (en Efesios V, 31–32) y no “sacramento”. Pero la Iglesia parece haber olvidado esta concepción.

3) Una unión de tipo “sagrado” (antigua concepción clásica de la familia), solamente es concebible en casos excepcionales, cuando se parte de la base de una devoción absoluta, casi heroica, de una persona a otra, en la vida y en el más allá.

4) En una civilización y en una sociedad materializadas y desacralizadas como las nuestras, es por lo tanto natural que los diques que se oponían a la disolución de la concepción cristiana del matrimonio y de la familia —por más problemática que fuera esta concepción, como acabamos de decir— hayan cedido y que, en el actual estado de cosas, nada exista que merezca ser defendido y conservado.

5) Por lo que respecta a la institución familiar, su crisis en nuestros días es tan manifiesta como la idea romántica ochocentista de patria, tratándose de procesos en amplia medida irreversibles, ligados a factores característicos de los últimos tiempos.

6) La familia ha cesado desde hace tiempo de tener un significado superior y de estar cimentada en factores vivos que no sean simplemente de orden individual. El carácter orgánico que ofrecía su unidad en otros tiempos, se ha perdido en el mundo moderno.

7) En la mayoría de los casos, la familia de los tiempos modernos es una institución de carácter pequeño–burgués, casi exclusivamente determinada por factores naturalistas, utilitarios, rutinarios, primitivamente humanos y, en el mejor de los casos, sentimentales.

8) Sobre todo ha desaparecido su eje esencial: la autoridad, ante todo espiritual, de su jefe, del padre: la que puede encontrarse en el origen etimológico de la palabra pater: "señor", "soberano".

9) ¿Qué autoridad puede revestir el padre, si, se reduce hoy casi exclusivamente a una máquina de fabricar dinero pluriempleado? ¿Cómo reconocer a la unidad familiar moderna un carácter diferente de un conglomerado unido por factores extrínsecos, necesariamente expuesto a procesos erosionadores y disolutivos?

10) Al prestigio decaído del padre corresponde el distanciamiento de los hijos, la ruptura cada vez más nítida y brutal entre las antiguas y las nuevas generaciones. A la disolución de los lazos orgánicos en el espacio (castas, cuerpos, etc.) corresponde en nuestros días, la de los lazos orgánicos en el tiempo, es decir, la interrupción de la continuidad espiritual entre las generaciones, entre padre e hijo.

11) Es significativo que este fenómeno se manifieste de un modo particularmente crudo en lo que queda de la antigua aristocracia nobiliaria, en las que hubiera podido esperarse que los lazos de la sangre y de la tradición hubieran sido más duraderos.

12) El hecho de que, en una civilización materialista y sin alma, la familia esté desprovista de todo significado superior contribuye, entre otras, a la aparición de fenómenos extremos entre la juventud: la "juventud quemada" y la creciente criminalidad juvenil.

13) Dada esta situación y cualquiera que sea la causa principal, imputable a los padres o a los hijos, incluso la procreación asume un carácter absurdo y no puede razonablemente continuar siendo una de las principales razones de ser de la familia.

14) La unidad familiar sólo podía permanecer sólida mientras que una manera de sentir suprapersonal tuviera suficiente fuerza para hacer pasar a un segundo plano los hechos simplemente individuales. Antaño, en un matrimonio se podía no ser “feliz”, sin embargo, la unidad permanecía. Al contrario, en el clima individualista de la sociedad actual, no puede invocarse ninguna razón superior para mantener la unidad de la familia cuando el hombre y la mujer "ya no se entienden" y los sentimientos o el sexo le conducen a nuevas opciones.

15) En principio, un “hombre diferenciado” no puede conceder, en el actual estado de cosas, ningún valor al casamiento, a la familia o a la procreación. Todo ello puede serle ajeno y no reconoce en ello nada que tenga un significado y merezca su atención.

16) Sobre el matrimonio, la mezcla de lo sagrado y lo profano y el conformismo burgués son evidentes, incluso en el caso del matrimonio católico indisoluble. En realidad, tal indisolubilidad, que en el ambiente católico debería proteger a la familia, no es hoy más que una fachada.

Tales son los puntos de vista evolianos en relación a la crisis de la familia. Queda ahora explicar las derivas que ha tenido la institución familiar en los últimos 60 años (que dan la razón a nuestro autor y, al mismo tiempo, son necesarias para redefinir la actitud del “hombre diferenciado”, el único para el que Evola escribió su obra.

1. Más allá de la ruptura generacional

En los años 60, efectivamente, existió una disrupción entre la “generación de la guerra” (la Segunda Guerra Mundial) y la “generación de la postguerra”. En realidad, no era algo nuevo, sino lo que venía ocurriendo desde principios del siglo XX. Los avances técnicos y los cambios en los ritmos de vida habían generado las diferencias generacionales. Pero no fue sino hasta mediados de los años 60, cuando la comunicación entre las generaciones empezó a volverse difícil. Si tenemos en cuenta que la postguerra fue un período de grandes cambios y de aceleraciones en todos los terrenos de actividad humana, tampoco esto puede extrañarnos, como tampoco nos extraña el que, a medida que estos cambios, se iban haciendo cada vez más continuos hasta alcanzar la endiablada velocidad actual, las diferencias ya no fueran entre generaciones, sino en el interior de cada generación: en el siglo XXI, bastas apenas 2 años de diferencia en el momento del nacimiento, para que los nuevos nacidos conozcan realidades muy diferentes. En los años 80-90, bastaban 5 años para que se operasen estos mismos efectos: los nacidos en 1980 no habían conocido el ordenador personal, pero los que nacieron en 1989, manejaban ya un PC antes incluso de llegar a la escuela. Los nacidos en 2000, al cumplir los 7 años ya eran usuarios habituales de Internet y los que nacieron 10 años después, manejaban con más facilidad la telefonía móvil que el antiguo PC. Hasta los años 70, se consideraba que “una generación” tardaba 25 años en ser reemplazada por la siguiente y era, más o menos, homogénea: hoy esos plazos se han acortado extraordinariamente.

Hoy, resulta casi imposible encontrar temas de conversación no solamente entre padres e hijos, sino incluso entre miembros de lo que, por edad, debería ser la misma generación. La transmisión generacional se ha interrumpido y no son solamente los padres quienes “no entienden” a los hijos, sino que, incluso, el diálogo es imposible entre hermanos separados por un lustro de diferencia. Las conclusiones que podemos extraer de este fenómeno son, por una parte, la confirmación de la velocidad de aceleración que está experimentando la modernidad, propia de todo cuerpo sólido que cae por una pendiente y cuya velocidad, por pura inercia, va aumentando. Por otra parte, nos encontramos de nuevo con la confirmación de la crisis de la estabilidad del mundo burgués, trasladado al diálogo intergeneracional.

2. Los “nuevos modelos familiares” como resultado de la pérdida de las identidades

Sobre las cenizas de la familia burguesa y como resultado de su crisis irreversible, se han alzado lo que, pomposamente, ha recibido el nombre de “nuevos modelos familiares”, esto es, de las alternativas surgidas a la familia burguesa. Y aquí, todo vale, hasta el punto de que pueden preverse sus desarrollos futuros en los próximos años.

Los elementos propulsores de estos “nuevos modelos familiares” son tres fenómenos íntimamente concatenados:

- El dogma del “relativismo” y de la “libertad”: todo vale y nada es completamente “bueno” ni “malo”, por tanto, todo es legítimo.

- El dogma de la igualdad aplicado a este terreno: ningún modelo familiar es superior a otro, dado que “somos iguales”, cualquier forma de relación y de organización entre humanos, es aceptable.

- El dogma del progreso hace que se conciba, aun sin esperar los resultados, a los “nuevos modelos familiares”, no sólo como legítimos, sino además superiores a cualquier otro.

Se da por supuesto que los “nuevos modelos familiares” son provisionales: cuando una unión no “funciona”, o aparece la posibilidad de cambiar a otro modelo que pueda reportar más satisfacciones personales, nadie tiene el más mínimo empacho en realizar tal cambio.

El resultado es que, mientras las familias tradicionales tenían un ciclo de duración que se prolongaba por espacio de generaciones y la familia dejaba de ser algo que uniera a la generación de los padres, de los hijos, de los abuelos, etc, a lo largo de linajes, para la familia burguesa el ciclo de vigencia era mucho menor y siempre ligado a la fortuna familiar, dado que la herencia quedaba distribuida entre todos los hijos, en lugar de corresponder solamente al primogénito como había ocurrido en las sociedades tradicionales. Éste, el hijo mayor, heredaba, no solamente el patrimonio -evitando así su fragmentación- sino las responsabilidades del padre. Es significativo, así mismo, que parte del patrimonio familiar -que ya ha tributado los impuestos establecidos- vuelva a pagarlos en concepto de “impuesto de sucesiones”. El Estado, simplemente, aspira a anular el peso de las herencias. Si a esto unimos otros fenómenos sociales aparecidos en los últimos tiempos y que analizaremos en su lugar, el resultado es que todo juega en contra de la familia burguesa que ya no está en condiciones de oponer ninguna resistencia a los “nuevos modelos familiares”, ni siquiera en nombre de los principios más conservadores.

Existe una unanimidad en aceptar estos “modelos”, a pesar de que nada sugiere -sino todo lo contrario- que resulten viables y que, difícilmente, podrán consolidarse en el tiempo.  Podemos establecer una ley: a medida que se produce un alejamiento de la sociedad Tradicional, se va perdiendo su carácter esencial, la estabilidad y la perennidad de su modelo de familia, para ir cayendo en formas, en sí mismas, pura transitoriedad inestable.

Entre otros, podemos citar como “nuevos modelos familiares”, la figura de la madre soltera que haya decidido tener un hijo mediante algún procedimiento de reproducción asistida; las madres solitarias que después de un divorcio -en España, los jueces atribuyen siempre la custodia de los hijos a las madres, salvo en casos de notoria incapacidad de la madre. Ambos modelos se conocen como “familias monoparentales”. Las parejas de lesbianas y las de homosexuales forman “familias homoparentales” que también pueden tener hijos gracias a la reproducción asistida, a la donación de semen, el “vientre de alquiler” o a la adopción. La opción de aquellos hombres que deseen ser padres en solitario, puede ser desde la adopción hasta el vientre de alquiler. Habitualmente, feministas radicales y colectivos LGTBI+ se quejan de que determinados países no permiten la “adopción” de nacionales por parte de parejas homosexuales o de padres o madres en solitario.

Además de estos “modelos” podríamos hablar también de los restos de la familia burguesa que actualmente tiende a llamarse “familia nuclear” (dos adultos de sexo opuesto más sus hijos). Sin embargo, este tipo de familia, sometida a los vaivenes del divorcio y de las crisis económicas, puede dar lugar a “familias extendidas” (en las que, además de padres e hijos, conviven bajo el mismo techo otros parientes, tíos, abuelos, sobrinos), las “familias de padres separados”(en la que los hijos viven unos períodos con su padre y en otros con su madre), las “familias reconstituidas” (en las que dos cónyuges procedentes de distintas unidades separadas previamente y con hijos una o ambas, han decidido vivir en común, pasando los hijos a ser hermanastros”, modelo en el que se incluiría también hombres o mujeres que hayan enviudado previamente o que hayan sido padres o madres solteros), finalmente encontraríamos a las “familias adoptivas” (en los que la pareja decide adoptar a un hijo que, casi inevitablemente, resulta proceder de un país extranjero, casi siempre del Tercer Mundo).

Al ritmo que avanzan las propuestas de los sectores más progresistas de la sociedad, parece inevitable que, en un plazo de 15 a 30 años, sea posible reivindicar “nuevos modelos familiares” en los que ni siquiera se tendrá en cuenta la biología. Por el momento, la ciencia ficción ya avanza parejas formadas por entidades biológico-mecánicas (cyborgs) con humanos e, incluso, hay “animalistas” que proponen los mismos derechos para las mascotas (en EEUU se han dado ya múltiples casos de testamentos en los que el beneficiario de una herencia es una mascota, habitualmente perros o gatos…). Así que es fácil prever lo que nos espera en los próximos lustros.

Asustarse por esta perspectiva no es una opción. Temerla tan poco. Sonreír, quizás sea lo más oportuno. Estamos ante estertores terminales de una sociedad que se aproxima a su fin. No puede sorprendernos, ni siquiera airarnos, el que las formas de organización más absurdas, todo aquello que civilizaciones anteriores, desde el neolítico, han rechazado como inservible, constituya, tanto en este como en otros terrenos, el signo de los tiempos de la modernidad.

3. La caída de la natalidad como síntoma

Otro de los aspectos sobre los que no hay que asustarse es sobre la caída de la natalidad. España es, en la actualidad, incluso tras la llegada de diez millones de inmigrantes en los últimos 25 años, uno de los países europeos con más baja natalidad. A ello contribuyen tres factores: de un lado, las condiciones económico-sociales, cada vez más adversas a causa de la inflación, la pérdida de poder adquisitivo de los salarios y al encarecimiento general de la vida. De otro lado, los ritmos de vida modernos, determinados agentes químicos presentes en la alimentación (incluso en la más “sana”), contribuyen a generar todo tipo de problemas en el esperma del varón y en la motilidad de los espermatozoides. Finalmente, los valores que han sustituido a los de la familia tradicional: el culto al cuerpo y a la belleza, la aspiración o no tener ataduras de ningún tipo para el propio placer, la negativa a asumir responsabilidades y cargas propias de la paternidad e incluso la pérdida de los instintos propios de los mamíferos superiores, presentes en el ser humano y que, como veremos, resulta significativo, como reflejo de una decadencia, también, de carácter biológico. En cualquier caso, todos estos fenómenos están íntimamente ligados a la modernidad.

En realidad, el hecho de que la natalidad descienda, no es nada de lo que haya que alarmarse. Indica, simplemente, que algo anómalo ocurre en la sociedad. De hecho, “calidad” y “cantidad” siempre han estado en razón inversa. Lo realmente preocupante es que, en la actualidad, nada sugiere que una bajada en las tasas de natalidad, como la que se están dando en los países de Europa Occidental, desde hace casi medio siglo, redunde en un aumento en la “calidad” de los nacimientos. A decir verdad, lo que se constata es justo lo contrario: lo que se delata es, sobre todo, una crisis global de la maternidad que afecta, sobre todo a las razas caucásicas, en absoluto a otros marcos étnicos. Da la sensación de que esos grupos étnicos, por las razones que antes hemos enumerado, han perdido “vitalidad”, o si se quiere, “instintividad”.

Aunque solamente fuera por razones instintivas (en tanto que el soporte de lo humano es fisiológicamente un mamífero superior), el ser humano debería tener los mismos instintos que estas especies, sometidos, por supuesto, a modulación: instinto de agresividad, instinto territorial e instinto de supervivencia manifestado con la generación de hijos. En otros marcos geográficos, la situación no es mejor: se tienen más hijos que en Europa, pero los problemas generaciones son similares, agravados -en China, en la India, en el mundo árabe- por una masificación jamás conocida en períodos anteriores.

Pero la realidad es que, en Europa, el descenso de la natalidad no ha generado unos pocos nacimientos de individuos de una estatura excepcional, ni en el Tercer Mundo, el aumento de la población se ha traducido en aparición de un mínimo porcentaje de seres espiritualmente superiores.

La hora del régimen de “sucedáneos” también ha llegado a este terreno. Ya en los años 90, vimos, no sin cierta sorpresa, la aparición de “mascotas” electrónicas (los “tamagochi”) que había que cuidar como si se tratara de hijos biológicos: era preciso estar pendiente de ellos, alimentarlos, despertarlos, entrar en sus rutinas… Era una moda, pero, en cualquier caso, significativa. Posteriormente, las familias han tendido a sustituir a los hijos por las mascotas. Se trata, por supuesto, también de una moda impuesta por determinadas empresas instaladas en este sector. Son muchos los poseedores de una mascota que les deparan el mismo amor, incluso, la abnegación propia que un padre puede entregar a un hijo biológico. En torno a las mascotas se ha desarrollado toda una industria de servicios: peluquerías caminas, alimentación con todo tipo de complementos vitamínicos, cirugía y medicina, incluso vestimenta y gadgets. Obviamente, el próximo paso es atribuir derechos a las mascotas que antes fueron solo patrimonio de lo humano. Cada vez más personas afirman, sin ningún tipo de ambages, que quieren más a su mascota que a cualquier humano e incluso mantienen animadas conversaciones con ellos o los sacan a pasear en carrito, o arropándolos en invierno con abrigos, mantas e incluso botas, demostrando con ello que lo ignoran todo sobre la vida y las características de estos animales. Pero tampoco aquí hay que sorprenderse: el amor a los animales, la defensa de sus derechos, e incluso la denuncia a los “abusos” de que son víctimas las vacas al manosear sus ubres para extraer leche o las gallinas al robarles los huevos, no pueden ser sino considerados como síntomas de una especie de locura colectiva, grotesca habitualmente y en ocasiones, incluso, siniestra.

Todo esto nos demuestra que, tras el repliegue de lo espiritual, ha seguido el declive de lo psíquico, al que no ha tardado en seguir la decadencia del mismo soporte biológico del ser humano. Si el ser humano está compuesto por cuerpo, alma y espíritu, hoy estos tres elementos están en crisis.

4. La pérdida del sentido de la paternidad

Una sociedad que ni siquiera es capaz de recordar lo que es la “autoridad”, no ya la Autoridad Espiritual, sino la pura y simple autoridad más allá de la simple represión, es una sociedad en la que la noción de la paternidad, sería insostenible en la medida en que implica una forma muy concreta de Autoridad. Hay que situar la crisis de la paternidad como un frente más abierto por la crisis de la Autoridad.

Hoy, aludir a la autoridad paterna implica hacerse acreedor de los epítetos de “reaccionario”, “patriarcal” y “machista”. Toda forma de autoridad (que no sea la tendente a mantener el orden público) es considerada como “castradora”: al impedir hacer algo se evita que esa persona “experimente” y decida por sí mismo.

En las sociedades tradicionales, Autoridad y Jerarquía, eran los polos de agregación y las fuerzas motrices de la sociedad: la Autoridad ordenaba y polarizaba en torno suyo irradiando energías y ejemplo; esta Autoridad se dividía en grados y niveles generando una jerarquía que implicaba siempre una complementariedad en todos sus niveles: la autoridad llegaba y marcaba el camino a los que tenían determinadas carencias del carácter. Eso era una sociedad “orgánica”. Cualquier sociedad en la que no existe un centro o un polo de referencia claro, es una sociedad inorgánica y a largo plazo inviable.

La sociedad burguesa ya transformó al padre en una máquina de traer dinero a casa y a la madre en una mezcla de ama de llaves, nodriza e institutriz. Las “conquistas sociales” de los años 60 integraron a la mujer en el mundo del trabajo convirtiéndola, además de sus responsabilidades familiares, en un personaje tan alienado como su marido en tanto que ambos no eran dueños de su trabajo. El paso siguiente, la destrucción de la familia burguesa, se ha cubierto de manera irreversible. El final de la sociedad burguesa ha coincidido con los últimos estertores del principio de autoridad. En realidad, si todos fuéramos “iguales”, nadie tendría el derecho de imponerse y guiar a otros. Hoy, como máximo, la autoridad se extrae de la aceptación numérica expresada en las papeletas de voto y se trata siempre de una autoridad provisional en la que ni siquiera cuentan las cualidades morales, éticas o profesionales, sino simplemente el número de votos recibidos. Por tanto, no es que el fin de la autoridad en el seno de la familia -tanto de la autoridad paterna como materna- sea un elemento inesperado, sino que supone que está próximo a alcanzarse el punto omega de los principios elevados a dogmas con la revolución de 1789.

5. Los nuevos arsenales legislativos

Desde los años 80, la ciencia ofrece a las mujeres técnicas de reproducción asistida. Inicialmente, fueron utilizadas para resolver los problemas de familias en las que alguna de las partes estaba incapacitada fisiológicamente para tener hijos, pero luego, la técnica fue utilizada por mujeres que no habían contraído matrimonio, pero querían tener hijos.

A partir de 2005, la legislación española -y luego otras legislaciones europeas- siguiendo las directivas de la UNESCO introdujeron el derecho al matrimonio de las parejas homosexuales y, poco después, su derecho a la adopción, eliminándose cualquier limitación legal que pudiera existir. Poco después se aplicó la misma regulación a las uniones de hecho, por transitorias y circunstanciales que fueran.

En España, la legislación del período “zapateriano” estableció, además, facilidades extremas al divorcio que pasó a ser una práctica generalizada, reduciendo al mínimo los plazos de “separación” y pasando directamente a la ruptura de todo vínculo administrativo entre los cónyuges, práctica que seguía a la Ley del Divorcio establecida por el gobierno de Adolfo Suárez en 1981. Cualquier pequeña disputa conducía legalmente y, sin períodos de reflexión, directamente a la disolución de todo vínculo.

La ley del aborto, inicialmente aprobada en 1985, sufrió durante el período de Zapatero una reforma en profundidad que, prácticamente, convirtió el aborto en universal, legal, libre y gratuito, pasando de practicar en España menos de 500 en 1986, a 100.000 en 2020. Las estadísticas demuestran que hay mujeres que han entrado en el quirófano hasta ¡seis veces! para abortar, en un momento en el que existen múltiples métodos anticonceptivos, o formas de interrumpir el embarazo mediante procedimientos farmacológicos.

A pesar de que la legislación española, en estos momentos no admite la figura del “vientre de alquiler” -también conocido como “maternidad subrogada”- lo cierto es que viene haciéndose desde los años del franquismo

Pero nada de todo esto ha servido para tranquilizar y refrenar los ánimos de una izquierda que se ha quedado, prácticamente, sin ideas-fuerza, y pide más y más rápidamente, medidas legislativas tendentes a liquidar los últimos residuos de la familia burguesa, a propulsar cualquier nuevo modelo familiar que pueda idearse. La reacción solamente ha llegado de los ambientes católicos, motivada por cuestiones de dogma y de fe. La derecha política “conservadora”, apenas ha hecho nada para oponerse a estas iniciativas legislativas.

UN MUNDO EN EL QUE LA FAMILIA HA DEJADO DE EXISTIR

Lo que nos puede deparar el futuro en los próximos años en relación a la paternidad es fácil de prever: la fecundación en incubadoras artificiales que sustituirán a la madre y el tener hijos “a medida y bajo demanda” figuran en estos momentos entre los principales objetivos de las nuevas investigaciones genéticas. De ahí al futuro pintado en Un mundo feliz de Aldous Huxley, no hay más que un paso. Al igual que en la novela, la “felicidad” se ha conseguido liquidando a la familia, a la diversidad cultural, al arte, a la religión, la filosofía y el amor. No es difícil establecer el diagnóstico: la familia burguesa ha sido sustituida, tras un período de decadencia que termina exteriorizándose a partir de la “contestación juvenil” de mediados de los 60, no por un “nuevo modelo familiar”, sino por la “no-familia”, esto es, por entidades provisionales, de dudosa eficacia, en todos los casos, como “células base de la sociedad”.

Los períodos de fin de ciclo se caracterizan precisamente por el caos al que conduce la sustitución de fórmulas tradicionales ya degradadas por nuevos experimentos que tienden a atomizar la sociedad en lugar de darle una mayor coherencia. Pues bien, esto ha ocurrido en apenas 60 años, tal como anticipaba Evola y como describía Huxley en su novela (que, más que una novela crítica, casi habría que considerar como una “hoja de ruta” en la marcha hacia un futuro que desdice el título de su novela).

La relajación de las identidades sexuales a la que hemos aludo en relación al sexo (ver La ruptura del ser humano con la sexualidad) ha tenido también como resultado, la aceleración de la crisis de la familia y su destrucción irreversible. El hecho mismo de que las condiciones socioeconómicas (que examinaremos en su lugar) hayan hecho inevitable que en la mayor parte de los hogares se precisen dos salarios para poder afrontar el día a día, ha obligado a padre y madre a permanecer durante la jornada laboral fuera del hogar y, por tanto, a imposibilitarles, en la práctica, las tareas de educación de los hijos. En ese punto, el Estado ha sustituido a la familia en la “educación” de los hijos. El fracaso de los sistemas educativos y las condiciones y dogmas que imperan en la enseñanza actual, han destruido también la posibilidad de transmitir conocimientos válidos y de ofrecer una visión del mundo y unos valores instrumentales, convirtiéndose las aulas en meros silos y contenedores para el almacenamiento del “material humano” (los hijos), mientras los padres trabajan.

A todos estos elementos que contribuyen a la aceleración del hundimiento de cualquier estructura social estable, se une la marcha acelerada de los progresos técnicos y la aparición constante de nuevas modas y de productos culturales que, como hemos dicho al principio, provocan una imposible transmisión generacional de conocimientos e, incluso, la propia comunicación entre padres e hijos y entre hermanos separados por pocos años de edad, en los raros casos en los que las “unidades de convivencia” (que no familias) tienen más de un hijo. Los hijos han dejado de ser educados por los padres, y el Estado ha fracasado en la tarea: el medio y el clima socio-cultural, las modas y los dogmas en vigor son quienes modelan a las nuevas generaciones. Pero no perdamos de vista el que, desde la Grecia clásica, incluso desde el neolítico, la familia había sido considerada, con razón, célula base de la sociedad. Faltando coherencia en las familias, la propia sociedad y su expresión organizativa, el Estado, es la que se resiente.

La pregunta que ya se planteó Evola hace 60 años es ¿cómo puede actuar un “hombre diferenciado” que no ha perdido de vista lo que fue la familia tradicional en el período terminal que le ha tocado vivir? No puede añadirse mucho más a lo escrito en aquel momento por nuestro autor: en 1961, a pesar de no poder prever, algunos desarrollos que se han producido en estos últimos 60 años en relación a la familia, tenía muy claro que, en la fase de desintegración de la institución que conoció ya en aquella época, no podía salirse en defensa de la familia burguesa en la medida en que ésta lo reducía todo a un mero pragmatismo que -tal como ocurrió- fue variando su orientación a medida que las condiciones objetivas de carácter económico-social, obligaron a ello.

En estos momentos de fin de ciclo resulta absolutamente imposible reconstruir en la práctica modelos de familia tradicional (esto es, pre-burguesa). Los “hombres diferenciados” a los que Evola dirigía su obra, solamente podían aspirar a transmitir valores y a preservar el concepto de “familia tradicional”, reconociendo las pocas posibilidades de adaptarlo a las condiciones del fin de ciclo. Evola afirmaba que, en estas circunstancias, la paternidad ya no puede estar vinculada a la sangre o al linaje: nosotros podemos añadir que, tampoco puede estar vinculada a ninguno de los “nuevos modelos familiares”, en la medida en que no son un “más”, sino un “menos”, en relación al modelo burgués. Además, lo importante, no es “formar familias” sino garantizar la “transmisión” de valores y de certidumbres en condiciones de restablecer la continuidad generacional supliendo el abismo creciente generado por la modernidad entre las distintas generaciones.

Es el momento de volver a la etimología y al concepto tradicional de la palabra “familia”. El término procede del término latino que implicaba a todas las personas que vivían bajo el mismo techo y que no incluían -y esto es lo importante- solamente a los que eran de la misma sangre, sino también a los invitados, a los sirvientes (que, individualmente, eran llamados “famulus” o “servus”) y a cualquier otra persona que conviviera bajo aquel hogar. La “res familia” era el patrimonio del grupo. Entre todos ellos existía un trato “familiar”. Pero, la palabra “familia” tiene un origen pre-latino, el mismo concepto está presente en los pueblos indo-europeos. Algunos lingüistas han sostenido que el término famulus, famelo, familia, deriva del sáncrito dhe-mon (poner) del que procedería dhaman (doméstico o propio de la casa). El mismo sufijo se encuentra en el término latino, mientras que, en griego, la raíz sánscrita daría lugar a themelios, fundamentos y a themis, justicia o ley, en las que está presente la raíz sánscrita dhe. Pero fueron los latinos los que más afinaron la concepción tradicional designando por este término a todos los habitantes de la casa, fuera cual fuera su parentesco y su lugar jerárquico. Pues bien, tal es el concepto que se trata de recuperar.

Sustituyendo el término “casa” por “valores”, lo que tendremos es la pertenencia a la misma familia de todos aquellos que compartan los mismos valores. El enunciado podría establecerse así: “somos familia, si compartimos la misma visión del mundo”.

En la antigua Roma, el pater familias, como hemos visto, podía integrar en su clan a todo aquel que aceptase el culto doméstico, abandonara el suyo y viviera bajo su mismo techo. Algo parecido es lo que podría servir en estos momentos de fin de ciclo para garantizar el tránsito al nuevo momento histórico que está por llegar. Deberían ser individuos “diferenciados”, dotados de autoridad natural, verdaderos maestros espirituales, quienes polarizaran en torno suya a quienes compartieran los mismos puntos de vista, reconstruyeran rituales y estilos propios de cada “familia”. Solamente así podría garantizarse el tránsito.

En cuanto a las familias que, en esta época, hayan conseguido mantener su unidad y una cierta voluntad tradicional, las que se hayan salvado de la destrucción de la institución, deben reforzar sus rasgos identitarios, su funcionalidad, alejándose del modelo burgués y de la degradación de éste en los “nuevos modelos familiares”, para, en la medida de lo posible, restablecer los vínculos de transmisión de valores entre las distintas generaciones y la enseñanza de un estilo de vida que libere a los hijos de la tiranía de la modernidad, de sus modas, sus usos y hábitos.

Cada época impone a los que viven en ella determinadas condiciones. En la actualidad, por adversas que sean todas ellas, no pueden evitar que, cualquier propuesta que pueda realizarse tenga sus límites y difícilmente pueda aspirar a algo más que mantener vivos los valores tradicionales, evitar su pérdida y agrupar a un cierto número de “hombres diferenciados” o con voluntad suficiente como para serlo, sin hacerse ilusiones y sin pretender siquiera influir en el conjunto de una sociedad, muerta en su espíritu y en sus posibilidades de prolongarse en el futuro. No será, desde luego, en el final de esta última parte de nuestro ciclo histórico en el que lograremos hacer revivir la familia tradicional, pero sí podremos hacer que otros nacidos en el nuevo ciclo que vendrá puedan conocer y vivir estos valores.