miércoles, 15 de julio de 2026

NOSOTROS Y LA TRANSICIÓN A LA QUE ODIAMOS TANTO (7 de 10) - LA “SEMANA TRÁGICA”. MAS ALGUNOS FLECOS

En los dos años siguientes -1977 y 1978- entendería perfectamente porqué nos habían dado tres horas no pedidas de margen para enfrentarnos a la extrema-izquierda en las Ramblas barcelonesas. Fue, hacia finales de 1976 y principios de 1977 cuando empezamos a darnos cuenta de manera muy exacta de lo que estaba ocurriendo.

Creo recordar que fue en diciembre de 1976 cuando la revista Cuadernos para el Diálogo publicó unas fotos de los incidentes de Montejurra 76 que, hasta ese momento, habían permanecido inéditas. Era extraño, porque, tras los incidentes se habían publicado muchas, tomadas en la Campa de Estella o en las laderas del Montejurra; se veía en ellas a Cherid y a un argentino, pero no a Delle Chiaie. Sin embargo, las publicadas por Cuadernos para el Diálogo en diciembre del 76, tenían algo que las distinguía, no solamente por la fecha en la que emergieron, sino por haber sido tomadas con un teleobjetivo particularmente potente. Lo que aportaban estas fotos era la evidencia de la presencia de Stefano Delle Chiaie y de otros italianos exiliados.

Stefano Delle Chiaie, en sus “memorias” (tituladas El águila y el cóndor, EMINVES, Barcelona, 2016, distribuidas por Amazon) explica en la página 276 que “responsables militares” (eufemismo para referirse a miembros del SEDEC) le comunicaron en aquellas fechas que el ministro del interior italiano, Francesco Cossiga, había entregado un dossier sobre él a su homólogo español, Martín Villa. Los asesores jurídicos de éste, comprobaron que los delitos por los que se acusaba en Italia a Delle Chiaie no eran motivo de extradición en España, pero siempre existía la posibilidad de “inventar” un delito en España que justificase su detención. Obviamente, sus abogados conseguirían demostrar su extrañeidad al delito creado ad hoc. Así que, el gobierno español, decretaría su expulsión… en dirección a Italia.

Sin este dato es imposible entender algunos de los episodios que tuvieron lugar poco antes, durante y, poco después de la llamada “semana trágica” de enero de 1977.

El primer toque de atención había sido la difusión de las fotos inéditas de Montejurra, tomadas -con toda seguridad- por miembros de la policía, pero no entregadas inmediatamente a los medios. A esto se sumó poco después el intento de relacionar a Delle Chiaie con el secuestro de Antonio María de Oriol y Urquijo que permanecía secuestrado desde el 11 de diciembre de 1976.

En efecto, tras el secuestro -del cual no existía en aquel momento la más mínima duda de que había sido obra de los GRAPO-, la “sincronizada” (que, en la práctica ya existía en aquel momento: esto es, los medios de comunicación que difundían los mismos rumores y noticias de intoxicación, reforzándose y apuntalándose unos a otros, entonces estaba formada por Interviu, Cambio 16, Diario 16, Informaciones y El País) difundió el rumor de que el secuestro de Antonio María de Oriol obedecía a una estrategia de la extrema-derecha para impedir la “transición”, cuyos instigadores serían el hermano del secuestrado, Lucas María de Oriol y Urquijo, el presidente de la Confederación de Combatientes, José Antonio Girón de Velasco y el propio Stefano Delle Chiaie, el cual operaría como “brazo ejecutor”.

Hoy se sabe que los datos que llegaron a la prensa y que estos medios no dudaron en publicar, no partieron originalmente de una investigación periodística propia, sino de una operación de intoxicación de los propios servicios de información del Estado. Mediante “declaraciones y noticias cruzadas”, la mentira fue saltando de unos medios a otros. Diversos informes elaborados por la policía y los servicios de información, propagaron de forma deliberada el rumor de que el secuestro era en realidad un "auto-secuestro" o una operación de “bandera falsa” de la extrema derecha ("el búnker") urdida para provocar un golpe de Estado militar contra Adolfo Suárez.

Cuando los ecos de este “fake” aún no se habían extinguido, sino que estaban en su momento álgido. Delle Chiaie, el día 22, recibió una llamada de Mariano Sánchez Covisa, al que no había visto desde antes de Montejurra 76 (Covisa se había comprometido a acudir a Montejurra con la gente que pudiera movilizar, pero no apareció). Era una llamada anómala (por el momento en el que sucedía), pero quedaron citados a propuesta Covisa, en la estación de Metro de Santo Domingo para el día siguiente.

Delle Chiaie llegó algo tarde y con cierta prisa (había quedado en el otro extremo de Madrid, poco después, con un industrial italiano, Angelo Faccia, que tenía una fábrica de grúas en Parets del Vallés, cerca de Barcelona, THIMSA y al que yo mismo le había enviado algunos camaradas que contrató en su plantilla). Al subir las escaleras de la parada del metro, vio las carreras y los incidentes que se estaban produciendo a causa de una manifestación por la amnistía convocada a esa misma hora y en las inmediaciones. Delle Chiaie, no lo dudó, dio marcha atrás; su cabeza ni siquiera superó los escalones que le hubieran llevado a la superficie, volvió a coger el metro y acudió al encuentro con Faccia. Nadie, absolutamente nadie, pudo verlo llegar allí, en donde apenas permaneció unos pocos segundos, hasta advertir los incidentes.

Sin embargo, a pocos metros de la boca de metro de Santo Domingo, entre las calles Silva y de la Estrella, Arturo Ruiz fue asesinado a esa misma hora. Dos hombres vinculados a Covisa: Fernández Guaza y el judío-argentino Jorge Cesarky Golstein, estaban allí. El segundo dio una pistola al primero que disparó sobre los manifestantes causando la muerte de Arturo Ruiz. ¿Una acción espontánea de un comando que hacía gala de irresponsabilidad criminal? Sí, pero era algo más que eso: tras los disparos, Cesarsky acudió a la policía diciendo literalmente que había visto a Delle Chiaie disparar contra los manifestantes

Cesarsky no había sido elegido al azar: existía una antigua pendencia con Delle Chiaie que databa de unas semanas antes, cuando lo había expulsado de la Pizzeria L’Apuntamento, una de las empresas propiedad creadas por él para dar trabajo a la comunidad de neofascistas exiliados. “Eres judío, trabajas para la policía y no te queremos aquí”, fueron las razones para “irradiar” a Cesarsky de aquel local. El asesinato de Arturo Ruiz le dio la posibilidad de vengarse.

Tras las primeras informaciones en las que se responsabilizaba a Delle Chiaie del crimen, se impuso la investigación policial: era un problema porque, los dos implicados directamente -todos los testigos presenciales reconocieron a Cesarsky y a Fernández Guaza, de forma indubitable- eran colaboradores de la policía y de Sánchez Covisa. Cesarsky fue detenido y cumplió cárcel por el crimen. Fernández Guaza consiguió ganar el País Vasco, creo recordar que, antes de partir, estuvo en Amorebieta. Allí le dieron las llaves de un antiguo local del a OJE en donde pudo alojarse hasta pasar a Francia. Le advirtieron que no saliera del local… pero, a la primera ocasión, se fue al bar más próximo. Consiguió llamar la atención gracias a su atuendo caricaturesco de “parapolicial”: americana a rayas, varias pulseras y collares de oro, repeinado y completamente desconocido para los habituales de la taberna. Para colmo, mientras estaba allí, la televisión dio la noticia de su implicación en el asesinato de Arturo Ruiz y mostró su foto, cuando ya había llamado la atención de los parroquianos. Debió huir apresuradamente del lugar. Poco después, ganó París y de ahí a Buenos Aires en donde siguió colaborando con la policía local, denunciando incluso a italianos neofascistas que se habían desplazado hasta allí tras su salida de España… Aún hoy, por lo que sé, sigue defendiendo su actuación en aquel crimen: “volvería a hacerlo”, dijo no hace mucho al ser localizado por periodistas.

La “fabricación del delito” iba in crescendo: a las fotografías de Montejurra-76 publicadas por Cuadernos para el Diálogo, se había sumado el “fake” difundido por toda la prensa “sincronizada” sobre la participación de Delle Chiaie en el secuestro de Oriol, informaciones que se solaparon a la difusión (incluso después de saberse quiénes eran los asesinatos y estos habían sido reconocidos por testigos) sobre la no menos “fake” autoría de Delle Chiaie en el asesinato de Arturo Ruiz. Y aún faltarían dos episodios complementarios que tendrían lugar en los días siguientes.

Tiene razón el hermano de Arturo Ruiz, casi 50 años después, cuando dijo que “Nunca hubo verdadero interés por parte del Estado en descubrir la verdad”. El sumario sobre su asesinato ocupó 1.000 folios y en él todo queda reducido a una acción personal de Cesarsky y Guaza, sin entrar en más detalles. Y estamos de acuerdo con el hermano, con la condición de añadir, que no solamente el Estado no tuvo “verdadero interés” en llegar al fondo de la cuestión en este asesinato, sino en otros muchos de aquella misma época. Y no puedo por menos que recordar aquí, que, en el caso de Juan Ignacio González Ramírez, mi amigo y mi camarada, secretario general del Frente de la Juventud, asesinado el 12 de diciembre de 1980, todavía no se sabe por quién, a las 23:30 en el portal de su casa con tres tiros de 9 mm. El crimen, permanece impune y lo más preocupante es que, antes incluso de levantar el cadáver, Radio Nacional de España ya difundió la noticia de que había sido víctima de un “ajuste de cuentas entre bandas de extrema-derecha”. ¿Cómo no pensar en lo que hoy se laman “cloacas” del Estado en todos estos crímenes?

Y lo peor estaba todavía por ocurrir. Cuando la opinión pública todavía no se había recuperado del secuestro de Oriol (11 de diciembre de 1976) y estaba bajo el impacto del asesinato frío de Arturo Ruiz (23 de enero de 1977), a las 9:45 del 24 de enero de 1977, el general Villaescusa fue secuestrado por un comando de los GRAPO. Al medio día, la opinión pública conoció la noticia y por la tarde, a las 22:30 del mismo día, se produjo la matanza de abogados laboralistas en Atocha… Para colmo, en el curso de una manifestación de protesta por la muerte de Arturo Ruiz, el mismo día 24, en la tarde, una chica de apenas 20 años, María Luz Nájera, resultó muerta por el impacto de un bote de humo lanzado por la Policía Armada. A todos estos sucesos, se añadiría el viernes 28 de enero el asesinato de dos policías (Fernando Sánchez Hernández y José María Martínez Morales) y un guardia civil (José Lozano Sainz), además de tres agentes más heridos de diversa consideración. Todo este conjunto de luctuosos episodios, fueron agrupados bajo el nombre de “semana negra” o “semana trágica”.

Los medios y la historiografía oficial los han interpretado así (y aquí es la IA la que “habla” hoy): “El objetivo de todos estos episodios encadenados era forzar al Gobierno de Adolfo Suárez a declarar el Estado de Excepción y empujar al Ejército a tomar el control del país, abortando el proceso democrático. Sin embargo, la respuesta serena de la oposición (especialmente del Partido Comunista de Santiago Carrillo) y la determinación del Gobierno evitaron el golpe, acelerando paradójicamente la legalización del PCE unos meses después”. Antes de dar nuestra versión en el siguiente parágrafo, será preciso que agotemos antes este capítulo de mentiras, falsas verdades, verdades a medias, engaños deliberados, equívocos y negligencia a la hora de ir hasta el final en las investigaciones.

La matanza de Atocha supuso un impacto para todo el país, fueran cuales fueran las opiniones políticas de cada uno. El bufete laboralista estaba vinculado al PCE al que pertenecían la mayor parte de los asesinados (sino todos). La interpretación que nos ha dado la IA sería correcta, salvo por el hecho de que elude algunos hechos fundamentales. No todos los episodios que pueden ser englobados en un mismo período obedecen a las mismas cusas. La interpretación de la IA podría ser considerada como “conspiranoica”, si examinamos más de cerca algunos hechos.

Demos por supuesto que el PCE(R) y los GRAPO fueron grupos nacidos espontáneamente al calor del delirio de lucha armada que prendió entre los grupos “revolucionarios” de mediados de los 60 y hasta principios de los 80. Hasta ahora no ha surgido ni siquiera un testimonio que sugiera que “estaban manipulados”. Cabría preguntarse si las muertes (casi “ejecuciones”) de las que fueron objeto algunos miembros fundacionales del GRAPO no serían formas de eliminar testimonios. Juan Carlos Delgado de Codes (alias "Herrera"), fundador y el primer máximo responsable de los GRAPO en 1975, Abelardo Collazo Araújo (alias "Alfonso"), miembro del comando que perpetró el primer atentado oficial de la banda el 2 de agosto de 1975 (donde fue asesinado un guardia civil en el canódromo de Madrid), detenido, se fugó de la prisión de Zamora en diciembre de 1979, asumió de nuevo la jefatura de los comandos operativos. Ambos murieron en Madrid al ser detenidos. Por el contrario, Enrique Cerdán Calixto (alias "Costa"), llegó a ser el máximo jefe militar y coordinador de los comandos más letales de la banda (incluyendo la logística de los secuestros de la "semana negra"). Se fugó con Collazo en la célebre evasión de Zamora de 1979 y Juan Martín Luna, último jefe operativo libre de los GRAPO de la vieja guardia tras las muertes de Collazo y Cerdán, fueron muertos en Barcelona. De haber sido capturados con vida (y miente quién diga que no podía hacerse), hubieran podido aportar, antes o después, datos sobre si el PCE(R) y los GRAPO eran grupos verdaderamente revolucionarios o bien existían aspectos cuestionables en su trayectoria. Pío Moa, que vivió todos estos episodios en primera fila y luego varió de actitud política, siempre ha defendido la imposibilidad de que, entre 1975 y 1979 los GRAPO estuvieron manipulados o infiltrados. Si damos crédito a su testimonio (y no hay motivo para no hacerlo), habrá que concluir que los GRAPO estaban guiados por alucinados víctimas ellos mismos de una ensoñación criminal: que podía derribarse al Estado, asesinando y secuestrando a algunos de sus servidores más modestos.

En aquel momento, en la extrema-derecha existían idénticas ensoñaciones. Pero ahí sí que nos constaba que existía cierta manipulación. En efecto, volvemos ahora a aquel “jueves negro” previo a la Semana Santa de 1976 en Barcelona. En mi ingenuidad, me preguntaba por qué la policía nos había dado tres horas de “gracia”. No era, desde luego, por simpatía ni por complicidad. Sino más bien para que las Ramblas se convirtieran en “zona de combate”. En condiciones normales hubiera bastado una dotación de la policía frente a la sede de Fuerza Nueva para que se cortaran en seco los ataques izquierdistas. Pero no era esto lo que se pretendía, sino, más bien, las decisiones tomadas desde el Gobierno Civil de Barcelona (Sánchez Terán), siguiendo presumiblemente órdenes del ministerio del Interior (Martín Villa), tenían como objetivo estimular la violencia. Bastaba con dejar que los intentos de asalto a la sede continuaran. Bastaba, digámoslo ya, con no hacer nada, para que la situación de violencia fuera incrementándose.

En Madrid, en los bares y lugares de reunión de extrema-derecha, era frecuente que aparecieran conocidos policías instigando a los reunidos a cometer acciones violentas: “Os están dejando como maricones”, “Se os están comiendo”, “¿Hasta cuando os vais a dejar que sigan enculandoos?”… frases lo suficientemente soeces como para que tuvieran un efecto psicológico en quienes las oías, por lo demás, jóvenes militantes sin ningún tipo de formación política. Estas intervenciones iban subiendo de tono. El propio Delle Chiaie cortó en seco al conocido policía González Pacheco cuando en la pizzeria L’Apuntamento repitió las mismas frases que había dicho en la cafetería California 47 próximo a la sede de Fuerza Nueva o en el bar Roma donde, si no recuerdo mal, se reunía gente de Falange, etc.

Sin embargo, estas provocaciones siguieron en tierra más fértil y abonada. Durante una huelga de transportes en Madrid, el secretario del sindicato vertical del transporte, Albadalejo Corredera, decidió que había que dar una paliza al secretario general del sindicato de transportes de CCOO en Madrid, Joaquín Navarro, que habitualmente se reunía con otros miembros de CCOO en el despacho laboralista de Atocha, donde se había establecido el “comité de huelga”. La decisión de la paliza, por cierto, la tomó Albadalejo cuando la huelga ya había terminado. Sin embargo, por algún motivo, envió a Atocha a un “grupo de acción” compuesto por tres personas. Pero lo que debía ser una paliza, se convirtió en un asesinato múltiple que conmocionó a la opinión pública, incluido a la extrema-derecha.

Tras conocer la noticia de la masacre, mi primer pensamiento fue: “No puede ser. Ninguno de nosotros es capaz de disparar a sangre fría contra gente desarmada”. Estupor e incredulidad. Pero, en los días siguientes, nos llegaron datos fragmentarios sobre lo que había ocurrido. Los autores habían sido, en efecto, miembros de la extrema-derecha, de esos ambientes militantes, sin educación política, que consideran a la policía como “hermanos” y que, por tanto, eran particularmente sensibles a las provocaciones de gentes como González Pacheco y otros como él. El caso, una vez más, se cerró en falso, pero todavía hoy subsisten dudas y, en su tiempo, me preocupé de hablar con gente que había coincidido en la cárcel con los que resultaron detenidos e, incluso, conocí a un personaje (Magaña) que había acompañado a García Juliá en la fuga que intentaron en la prisión de Guadalajara. Los datos, pues, que tengo, ofrecen una versión diferente a la que se ha difundido, pero han sido obtenidos a partir de “fuentes primarias”.

Como decía, poco a poco, nos fueron llegando datos aislados de lo que había ocurrido en Atocha. Uno de los integrantes -Lerdo de Tejada- estaba vinculado a Fuerza Nueva, su madre trabajaba en un puesto destacado en la notaría de Blas Piñar. Se trataba de un muchacho católico cuya responsabilidad en el crimen se limitó a quedarse en el exterior del bufete e impedir que entrara nadie. Desde allí oyó los disparos. Su conciencia de católico se conmovió: el quinto mandamiento es claro, breve y rotundo: “No matarás”. Así que se lo contó a su madre. Ésta habló con Blas Piñar quien le recomendó que, en primer lugar, se confesara. Blas se lo contó a su esposa; ésta hizo otro tanto con el grupo de amigas de las que se rodeaba, todas ellas miembros de Fuerza Nueva y, poco a poco, el rumor se fue extendiendo y terminó llegando a Barcelona, cuando la policía ya era consciente de quién había protagonizado el crimen. Lerdo de Tejada, Carlos García Juliá y Fernández Cerra, integraban el comando.

La versión del episodio me llegó a través de 1º) David Martínez Loza, jefe de seguridad de Fuerza Nueva, implicado en el “caso Yolanda” (asesinato de una joven militante trotskista) y 2º) de José Luis Magaña (que intentó fugarse con el apoyo del Frente de la Juventud y junto a Carlos García Juliá, de la prisión de Guadalajara). Lo relativo a cómo se difundieron las informaciones me llegó a través de Martínez Loza, situado en la cúspide de Fuera Nueva. Lo que ocurrió en el interior del despacho de Atocha, a través de Magaña, quien, a su vez, había sido informado por García Juliá.

Según esta versión, el “comando” llegó para “dar una paliza” al sindicalista. Pero iban armados, conscientes de que podrían encontrar a más gente y para intimidarlos. Cuando buscaban al sindicalista, García Juliá, que tenía encañonados a los presentes, tropezó con una alfombra y se le disparó el arma. Fernández Cerra, que estaba en otra habitación, en la exaltación y la tensión del momento, creyó que algo había ocurrido en la sala donde tenían encañonados y amedrentados a los abogados y regresó disparando. Entre nerviosismo, olor a pólvora, detonaciones, gritos, nerviosismo y tensión, los dos vaciaron sus cargadores sobre los cuerpos de los abogados.

Si esto fue así -y, tras el juicio, tampoco tenía sentido que dieran otra versión “imaginativa” de lo ocurrido, cuando ya estaban condenados- no se trataría de un “acto premeditado” (lo que no quita ni un ápice de responsabilidad a los asesinos), sino de una acción fortuita que tuvo lugar en el clima de tensión de aquellos días en los que era difícil permanecer con el cerebro frío entre secuestros, muertes, “fakes” periodísticas, policías que calentaban los ánimos, asesinatos y una situación política de alta tensión en donde nadie era capaz de describir lo que estaba pasando y cómo evolucionaría en las semanas siguientes.

A esto hay que añadir que los miembros del comando carecían por completo de formación política, tenían unas ideas básicas: anticomunismo, franquismo, nacionalismo y poco más. Los “rojos” eran los malvados. La policía, “camaradas”. Había que golpear a los “rojos” y gritar “Viva la policía” en las calles. Eso era todo…

Luego está la teoría del complot que volvería a ser agitada: la acción tendría como objetivo “inducir al ejército a tomar el poder”… Error: nunca un golpe de Estado se ha iniciado con una masacre de “rojos”. La primera lección a retener es que la preparación de cualquier golpe de Estado se inicia con la colocación de una bomba en la tapia del Estado Mayor o con el coche de un militar que salta por los aires: sólo cuando los militares se sienten directamente amenazados, deciden comprometerse en un golpe. No, desde luego, a partir de unos asesinatos que podrían dar lugar a pensar que el eventual movimiento golpista sería cómplice de los mismos. Desde este punto de vista, el secuestro del general Villaescusa si entraría dentro de una perspectiva golpista, pero no los asesinatos de Atocha…

La versión del asesinato de Atocha como parte de un complot más amplio de la extrema-derecha se basa en dos fuentes: la película “Siete días de enero” de Bardem y el testimonio del único superviviente en este momento de la matanza, Alejandro Ruiz-Huerta, que ha relatado detalladamente la escena en numerosas ocasiones y que no describió un tropiezo, sino una “ejecución premeditada” destinada a matar a todos los que se encontraban en el inmueble. Entendemos perfectamente que una persona que ha estado bajo el fuego y ha visto como asesinaban a sus amigos y compañeros, que ha sido herido de gravedad, se atenga a su versión inicial y a las impresiones que recuerda de aquellos momentos de tensión, miedo y dolor extremos. La versión del superviviente, entonces miembro del PCE y actualmente vinculado a CCOO, fue dramatizada e incorporada a la película dirigida por Bardem, cuyo guionista fue el periodista Gregorio Morán, uno de los que se destacaron en la difusión “fakes” durante la transición cuando trabajaba en el Diario 16 y que, en la época, también militaba en el PCE, fue el guionista. Uno de estos “fakes” me afectó directamente: Morán citaba un bar al que solamente había ido una vez en mi vida, como “lugar de encuentro de ultras”, lo que me permitió identificar, sin ninguna dificultad, a su confidente. Básicamente, Morán, pagaba por confidencias sin verificar si eran ciertas o falsas; entonces todo estaba permitido con tal de que fuera información “antifascista”. Tras la consolidación del Grupo Z, esta práctica se generalizó y los confidentes solían cobrar entre 10.000 y 40.000 pesetas de la época: lo sé porque mi fuente, tras mi regreso del exilio, fue Xavier Vinader. Años después, Vinader me explicó que, en muchas ocasiones, había advertido al jefe de redacción de Interviú que la fuente no era fiable, pero que éste había ordenado la publicación del “artículo de investigación". Esto terminó costando al propio Vinader un proceso y unos años de exilio forzado en Londres. La policía detuvo al grupo presentado como autor de la bomba del Papus después de que dos de sus miembros pretendieran vender en la redacción de El Diario de Barcelona, “informaciones” imaginativas sobre un supuesto atentado que se preparaba contra el presidente de la Generalitat Josep Tarradellas. Pincharon en hueso, porque el director del citado medio, tuvo a bien llamar a la policía mientras los dos individuos esperaban ser recibidos por un periodista. Este par -Isidro Carmona y Manuel Macías, dos miembros del lumpen barcelonés- eran suficientemente conocidos en todas las redacciones de Barcelona por haber vendido innumerables datos fantasiosos sobre la extrema-derecha. Ese era el “periodismo de investigación” que se practicaba durante la transición: datos sin comprobar a cambio de modestas cantidades económicas… Y ahora pregunto: ¿era ética esta práctica? ¿merecía ser llamada “periodismo de investigación”?

El guion de “Siete días de enero”, elaborado por Morán, dramatizaba la “versión oficial” de la transición… que tenía muy poco que ver con la realidad. La extrema-derecha, como no podía ser de otra forma, era la perversa fuerza que “movía los hilos”. ¿Y quién era la “mente siniestra” que lo controlaba todo con frialdad maquiavélica? ¡Nada menos que “Don Tomás”! (papel interpretado por el actor francés Jacques François). “Don Tomás” era el alter ego de Blas Piñar. Así que, en la película, era Blas quien ordenaba asesinatos, tapaba crímenes o elaboraba estrategias siniestras… ¡Blas Piñar, en persona!

La película, una mala copia del “cine político” de la época, imitaba deliberadamente el estilo de Costa-Gavras. No fue, desde luego, lo mejor de Bardem, pero sí de lo más imaginativo que escribió Morán… La película, hay que recordarlo, recibió el “premio de oro” del Festival Internacional de Cine de Moscú.

Bastaba conocer, siquiera superficialmente, a Blas Piñar para saber que todo aquello era una mamarrachada innoble, especialmente para con las víctimas de Atocha y con sus allegados. Era como decirles: “Mirad: este individuo, Don Tomás, esto es, Blas Piñar, es el que ha ordenado matar a los abogados, así que no os preocupéis más: esta es la verdad que contaréis a vuestros nietos. Contentaros con esta versión y no tratéis de preguntar más, ni de investigar siquiera un poco más allá: todo fue una conspiración de los malvados ultras, para detener el paso alegre de la democracia que tenemos ahora. Blas es culpable”.

Solamente había un problema: si de lo que se trataba era de favorecer un golpe de Estado antidemocrático, toda aquella marejada de crímenes de la “semana negra” y de todo aquel período, lo que estaba sirviendo entonces -y lo que hoy no podemos dudar sobre para lo que sirvió- no fue para estimular un “golpe militar” (¿os imagináis a los altos oficiales golpistas diciendo: “nos identificamos con los asesinos de Atocha y por eso hemos dado el golpe, para apoyar a esos buenos chicos, tan patriotas ellos”?), sino para acelerar la marcha de la transición.

Los asesinatos de Atocha favorecieron, directamente, la legalización del PCE, penúltima traba que atascaba la transición. Ningún militar iba a “golpear”, ni siquiera en la Semana Santa de 1977, para ponerse del lado de los asesinos de Atocha e impedir la legalización del partido que había aportado las víctimas de Atocha y reaccionado con temple en los días siguientes.  

Y, en cuanto a Blas Piñar: creía en lo que decía, era un hombre extraordinariamente sincero, católico ejemplar, incapaz de mentir, inflexible en sus opiniones y fiel cumplir de la doctrina cristiana, cuyo quinta mandamiento, como ya he dicho, ordenaba el “no matarás” que nunca vulneró. Era un hombre profundamente religioso en el mejor sentido de la palabra. Y lo dice alguien que sintió verdadero aprecio por él a pesar de que me expulsase del partido en septiembre u octubre de 1977, por haberme casado por lo civil (para hacerlo, entonces, era necesario acudir a la parroquia y pedir al sacerdote que te extendiera un “certificado de apostasía”…; así pues, yo era, como el Emperador Juliano, un “apóstata”).

A Blas le gustaban mis artículos en la revista y, por eso mismo, a poco de ingresar en el partido, me pidió que diseñara la “ponencia de organización” para el Primer Congreso de Fuerza Nueva. Así lo hice y mi padre me acompañó hasta el aeropuerto del Prat: sería la última vez que iría a aquel lugar en el cincuenta y cinco años, Julien Mamet le había enseñado a pilotar una avioneta biplano Havilland. En Madrid, nada más llegar, sin tiempo para cambiar impresiones, me vi sentado junto a Blas y al secretario general del partido, José de las Eras Hurtado, frente a los cuarenta y tantos delegados a invitados. Se llamaba “congreso”, se enumeró como el “primero”, pero no era un “congreso”, propiamente dicho, era una reunión de “delegados provinciales”, todos ellos elegidos por Blas, con algún invitado (en primera fila estaba Horia Sima, el entonces jefe de la Guardia de Hierro que había sustituido a Codreanu, asesinado por una dictadura de derechas en los años 30, que supo apreciar que, en el curso de la ponencia, mencionara el “Cuib” como la aportación rumana a la ciencia política organizativa).

En el debate que siguió pude comprobar el nivel medio de los delegados: en su mayoría eran antiguos funcionarios del régimen franquista de tercera o cuarta fila, algunos excombatientes, gente siempre habituada a recibir órdenes, nunca a trabajar con iniciativa propia, todos católicos o que hacían gala de serlo; salvo el bueno de Rebate Encinas, delegado de Castellón, todos muy moderados y cuyo programa -si así puede llamarse- se centraba en una defensa cerrada del franquismo o, mejor, de lo que ellos entendían por “franquismo”, el nacional-catolicismo. Creo recordar que los más accesibles y conscientes eran los delegados de Valencia y Asturias. Rebate, en primera fila, junto a Horia Sima, se mostró particularmente hostil hacia mi ponencia: ¿Qué era eso de pedir que el partido tuviera un “grupo juvenil”? Él, a sus ochenta años, se consideraba igualmente joven… Definitivamente, había que disolver Fuerza Joven e integrarla en el partido, propuso con una seriedad pasmosa. El propio Blas tuvo que calmarlo y fue entonces cuando resumió mi ponencia: “De entre todas las frases que ha pronunciado Ernesto en su ponencia, hay una a la que no ha dado particular importancia y sin embargo va a ser la consigna desde ahora: ‘organizarse hoy, para vencer mañana’”. Quedé algo sorprendido porque no recordaba, en efecto, haberla pronunciado. Luego resultó que, efectivamente, ahí estaba, perdida entre ideas de carácter estratégico, orientaciones tácticas y recomendaciones organizativas (que se centraban en asumir las estructuras del Movimiento Social Italiano que entonces tenía entre un 9 y un 11% de cuota electoral).

El congreso se celebró en un clima de extraordinaria tensión. Se temía un atentado de grupos terroristas de izquierdas. Durante mi exposición, un miembro de la seguridad (que luego resultó ser Juan Ignacio González) entró en la sala y cuchicheó unas palabras con Blas. Éste, me interrumpió, tomó la palabra y, tras realizar un llamamiento a la calma, comunicó que se había descubierto un maletín que podría contener explosivos y que había sido abandonado en la antesala sin propietario conocido. Vino la policía, se llevó el maletín a la casa de Campo, lo detonó… luego resultó que era de uno de los militantes valencianos que había entrado conmigo en Fuerza Nueva. Por la noche, este militante lució el pijama con los agujeros generados por la explosión de los fulminantes… Esa era el clima que se vivía en el interior del partido: tensión, nervios, sensación del “todos contra nosotros”, de que, de un momento a otro la izquierda va a atentar, convicción de que íbamos a ser víctimas del “terrorismo rojo”.

Después del congreso, Blas dio la orden para que, en todas las sedes del partido, en un lugar destacado, apareciera mi ignota frase “Organizarse hoy, para vencer mañana”. Pero, lo cierto es que el partido no fue capaz de dar un solo paso al frente para “organizarse”. De hecho, cada día que pasaba, era posible comprobar el nulo nivel organizativo y sus efectos más deletéreos. Porque, el partido crecía, moderadamente entre 1976 y las elecciones de junio del 77, pero crecía. A alguien se le ocurrió “militarizar” a los grupos juveniles. Fuerza Joven, no sería una asociación de jóvenes afiliados que programan un trabajo político, sino una estructura paramilitar a lo Pancho Villa, uniformada y encuadrada según la tradición de las milicias falangistas de la preguerra y de las centurias de la guardia de Franco del Movimiento. Esto fue particularmente contraproducente: dio la sensación de que la extrema-derecha se estaba convirtiendo en una fuerza de choque disciplinada al servicio del “golpismo”. No había nada de nada. Era “imagen” sin contenido real. El “encuadramiento” era casi infantil. La “disciplina” completamente ausente, por no haber, no había ni siquiera nada que pudiera ser considerado como “cursos de formación política” dignos de tal nombre. Los pocos que se organizaron fueron de una pobreza rayana en la indigencia intelectual y en la nulidad política. Pero las fotos que publicaba la prensa eran intranquilizadoras: formaciones paramilitares en camisa azul y boina roja, reforzaban la sensación de peligro golpista, aunque los militares fueran conscientes de que aquello estaba solo un poco más desorganizado que el ejército de Pancho Villa.

A este problema se unió otro que se hizo particularmente visible a partir del verano de 1977. Fue entonces cuando empezó a llegar una riada de miles de afiliados al partido. ¿Qué había ocurrido? Durante la campaña electoral de junio de 1977, el partido se presentó en coalición con Falange Española con el nombre de Alianza Nacional 18 de Julio. Los resultados fueron catastróficos para todos los partidos de extrema-derecha. La coalición obtuvo menos de 100.000 votos, lo que no suponía siquiera al 0’50% del censo. Blas se presentó al senado por Toledo, donde obtuvo un resultado digno, pero insuficiente. También se alcanzaron resultados superiores a la media en Santander, Valladolid y Guadalajara. En definitiva, un fracaso sin paliativos. Entonces ¿cómo fue posible que, tres meses después, los locales de Fuerza Nueva se vieran abarrotados de nuevos afiliados y las “centurias” de Fuerza Joven multiplicaran por 10 e, incluso, por 20 la afiliación?

Es fácil entenderlo: las elecciones de junio no resolvieron absolutamente ninguno de los graves problemas que España tenía planteados: una inflación anual de dos dígitos, una redoblada actividad terrorista por parte de ETA y del GRAPO, cuando se había amnistiado incluso a los presos con delitos de sangre, que desdecían la propaganda gubernamental “contra terrorismo, democracia”, tensiones independentistas y multiplicación de los primeros llamamientos a la centrifugación autonómica, sensación de vacío de poder, inestabilidad política, etc, etc, etc. Hasta junio de 1977, podía pensarse que todo esto desaparecería con una simple convocatoria electoral, pero tres meses después lo que se evidenció fue todo lo contrario: globalmente, la situación era, entonces, mucho peor que antes de las elecciones. Así que una parte de la población que, hasta ese momento, había dado carta blanca de Suárez y a Fraga para que lideraran el centro y la derecha, empezaron a mostrarse críticos y partidarios de soluciones de fuerza y, más que eso, a apoyar al único sector que había hecho de Pepito Grillo en el año y medio anterior. Ser de Fuerza nueva pasó a ser casi una moda. Y algo reseñable: sobre todo se integraron en las filas del partido, chicas jóvenes y mujeres, lo que tuvo como efecto, atraer a más y más varones.

Pero si esto explica el reforzamiento de la extrema-derecha a partir de septiembre-octubre de 1977, no explica por qué las nuevas “escuadras” y las “centurias” de Fuerza Nueva y de Falange, protagonizarían tantos incidentes en la calle que se prolongaron, cada vez más, hasta la disolución del partido tras las elecciones de 1982. También aquí había una explicación muy simple en lo que se refería a Fuerza Nueva y a FE-JONS.

Ya he dicho que Blas Piñar fue, sin duda, y de lejos, el mejor orador de la transición. Pasional, vehemente, derrochando sinceridad, con algún que otro exceso verbal, lo cierto es que los jóvenes que acudían a sus mítines (y estos eran continuos por toda la geografía española, en aquella época uno o dos por semana) salían enardecidos. Habían oído su cálido verbo que les convenció de que “la patria está a punto de caer en manos del bolchevismo, España se quiebra por los separatismos locales; los asesinos de ETA y el GRAPO apuntan sobre las personas honradas, hemos olvidado las desgracias de la Segunda República que nos llevaron a la Guerra Civil y ahora nos encontramos en el mismo punto que el 14 de abril de 1933: sabemos lo que ocurrirá; lo único que podía haber evitado la tragedia que se preparaba era una reforma y mejora del franquismo; sin embargo, nos han conducidos al borde del caos, los traidores, los oportunistas, los hombres made in Moscú y los timoratos”. Tal era el esquema habitual de un discurso piñarista que, seguramente, pronunciado por otro, hubiera servido para poco, pero el verbo enardecido de Blas lograba transmitir esa sensación de verdad y doctrina pre-apocalíptica en su audiencia, especialmente en militantes jóvenes.

Luego, estos chicos salían a la calle y decían: “Tenemos que hacer algo para salvar a España”. Y este era el problema: que Fuerza Nueva careció siempre de objetivos, estrategia, análisis político y programa claro. Como hemos visto, la “organización” era poco menos que inexistente y otro tanto ocurría con la educación política de los afiliados: se descuidaba o se encomendaba a gente, a su vez, muy poco formada; así que éstos, especialmente los jóvenes, optaban por lo que su instinto les sugería: “un melenudo es, sin duda, un “rojo”... Ahí hay uno: a por él”. Estoy recordando el asesinato de José Luis Alcazo, un joven oscense de 25 años, apolítico, cometido por los “bateadores del Retiro”, todos ellos hijos de militares y afiliados a Fuerza Joven, el 13 de septiembre de 1979. Igualmente terrible, fue el asesinato de la joven Yolanda González Martín de 19 años que vertió mucha tinta y en el que fue asesinada por Emilio Hellín. Al ser detenido, Hellín declaró que el “jefe de seguridad” de Fuerza Nueva, David Martínez Loza, le había dado la “orden de ejecución” de la muchacha por considerarla miembro de ETA…

Voy a dedicar un párrafo, lo más reducido posible, a este crimen execrable. ¿Mi fuente? En Alcalá Meco coincidí con David Martínez Loza y otro de los implicados en el caso que me dieron la que, podemos llamar, “versión alternativa” que creo más coherente que la versión oficial e, incluso, que la propia sentencia. A estas alturas, creo que estará muy claro que en la extrema-derecha de la época habían convergido algunas personalidades, como mínimo, “extrañas” desde el punto de vista psicológico. Gentes con complejo de persecución a los que se unían antiguos funcionarios de policía, individuos que despreciaban a gentes de izquierda y que no tenían el más mínimo el disparar o acuchillar sin medir las consecuencias para sus víctimas y para ellos mismos. Y no podían faltar individuos que consideraban a las chicas de izquierdas como “ligeras de cascos” y presas fáciles para acostarse con ellas.

David Martínez Loza y otro de los implicados en el crimen de Yolanda González, me comentaron que Emilio Hellin había desarrollado la habilidad de frecuentar garitos en los que se reunían gente de izquierda y de extrema-izquierda y hacerse pasar por miembro del “comando Madrid” de ETA, organización que, entonces, despertaba respeto y admiración en aquella época entre buena parte de la militancia de extrema-izquierda. Todo consistía en insinuarlo primero, luego en llevarlas a un altillo en el que tenía bien visibles algunas armas, explicarles que la “militancia y la clandestinidad” le impedían tener relaciones normales con el otro sexo, ya se sabe, la clandestinidad, y… el resto se sobreentiende. Y la cosa parecía funcionarle más o menos bien. En eso que se fijó en Yolanda. Pero había un problema: era vasca, militaba en un grupo trotskista (el PST, una escisión de las Juventudes Socialistas), y tenía un aceptable nivel de formación política. Yolanda identificó pronto que Emilio ni era etarra, ni siquiera tenía una idea clara de lo que pretendía ETA, todo su bagaje se reducía a una serie de tópicos sobre la materia. Se lo recriminó, al parecer con palabras bastante hirientes. Unos días después, un comando la secuestró en su piso de estudiante, la llevó a un descampado y la asesinó. En esta versión, el asesinato aparece como resultado de un resentimiento generado por una situación de despecho y humillación.

¿Qué posibilidades hay de que esta versión sea cierta? No dudo que Martínez Loza creara un fichero de militantes de izquierdas y que Yolanda González estuviera en él, tal como estableció la sentencia. Pero dudo mucho de que, tal como publicó la prensa en aquel momento, fuera Martínez Loza quien diera la orden de asesinarla, tal como declaró Hellín. El jefe de seguridad era antiguo suboficial de la Guardia Civil, retirado, y hombre de confianza de Blas con el que compartía el mismo celo religioso, hasta el punto de que, al disolverse Fuerza Nueva, Blas acudió a la prisión donde se encontraba Martínez Loza para explicarle directamente la decisión tomada. De hecho, Martínez Loza fue condenado a seis años de prisión por “inducción a allanamiento”. Creo que la sentencia acertó al dictaminar que Martínez Loza “conocía la actividad clandestina del grupo 41 y, no obstante ello, no sólo la toleraba, sino que en algunas ocasiones se sirvió de él para impartir órdenes directas de realización de acciones a Hellin, con el que se entendía directamente”. El “grupo 41” era el nombre de la célula informar creada por Hellin (cuatro militantes más un jefe). Los jueces no aceptaron la tesis de responsabilidad de Fuerza Nueva. En realidad, ni Blas, ni Martínez Loza, eran capaces de dar una orden de asesinato contra nadie, pero el segundo sí había permitido que la paranoia que rodeaba al partido desembocara en la elaboración de un fichero de presuntos o reales “enemigos”, a los que había que “interrogar” eventualmente para establecer su relación con ETA o el GRAPO…

Hubo un antes y un después de aquel asesinato de Yolanda: antes, Fuerza Nueva había ido creciendo, incluso desmesuradamente, Blas había obtenido el acta de diputado por Madrid por la coalición de Unión Nacional del 18 de Julio. La campaña había sido brillante en Madrid e, incluso en otras provincias existían serias posibilidades de que en las siguientes elecciones el partido obtuviera más escaños (Santander, Toledo, Valencia) que le permitieran formar grupo parlamentario propio. Todo se vino abajo tras al asesinato de Yolanda. Siguieron llegando afiliados, más y más, pero la actitud de Blas había generado un clima de desconfianza entre los cuadros más preparados del partido que eran, precisamente los que habían protagonizado la campaña electoral que le había dado el acta de diputado.

Blas, en efecto, recomendó a Martínez Loza, que reservara para el juicio sus argumentos defensivos, quiso evitar que el nombre del partido quedara envuelto en el crimen y multiplicó su desconfianza hacia los medios de prensa: estos, al no tener acceso a la versión del partido, siguieron publicando informaciones que les llegaban de medios “antifas” o bien servidos por las alcantarillas del Estado (¿o es que creéis que el sanchismo ha inventado las cloacas?). Siguió manteniendo el contacto con él, pero discreto y alejado de los medios, esto hizo pensar a muchos que lo había “abandonado”. Y, de ahí a pensar, “ayer le tocó a Martínez Loza, mañana me puede tocar a mí” (nadie en la cúpula creía en la implicación del “jefe de seguridad” en el crimen)… por tanto, optaron por el retirarse del partido y dedicarse a sus asuntos particulares. Cuando tiene lugar el 23-F y se convocan luego las siguientes elecciones, ninguno de los que habían llevado a Blas al parlamento, permanecían ya en activo en el partido.

Éste seguía, no solamente desorganizado, sino que también su situación interna era caótica e ingobernable. Para colmo, se habían producido importantes escisiones internas, especialmente tras la compra de una sede faraónica, absolutamente desproporcionada, en la calle Mejía Lequerica, número 8 de Madrid. Era el Edificio de la Papelera Española, que fue ofertado por Ángel Ortuño, miembro de la dirección de Fuerza Nueva y antiguo del consejo de la Papelera. Y Blas dio el visto bueno a pesar de que, si no recuerdo mal, su coste era de 100 millones de pesetas de la época, mucho más de lo que valía la sede de cualquiera de los partidos políticos mayoritarios. Aquella compra absurda, megalómana, innecesaria, generó fuerte malestar en el interior del partido.

El grupo en el que figuraba el Secretario General, José de las Heras, pretendía comprar pequeñas sedes en los barrios para garantizar la implantación territorial sobre bases sólidas. Pero una sede central desmesurada absorbía la mayor parte del presupuesto del partido y, por tanto, lastraba su implantación en barrios. Dentro de la sede, había una capilla que celebraba misa diaria por las tardes (y si se quería prosperar en la jerarquía, había necesariamente que, acudir a los oficios), cada “jefe de línea” (responsable de 30 militantes) tenía su despacho... Absurdo e, incluso, infantil. Pero Blas tenía confianza ciega en el criterio de Ángel Ortuño y en que se podría pagar la sede.

Sin embargo, la realidad era que los problemas se acumulaban a la formación de Blas: más afiliados, menos organización e, incluso, desorganización, concepto panchovillista de la organización, una periferia rodeada de episodios de violencia, escisiones internas (tras la compra de la nueva sede se produjo la escisión del Frente de la Juventud: Pepe de las Eras, secretario general del partido, Juan Ignacio González, jefe de la Sección C de autodefensa y que movilizaba a los activistas más combativos, fueron a converger con los antes nos habían expulsado del partido, junto a secciones enteras), abandonos, exceso de confesionalidad y, sobre todo, un crecimiento desmesurado que no se supo traducir en aumento de peso político… porque, repito, jamás existió análisis político, elaboración de un programa realista, objetivos, estrategia y táctica.

Lo que debía haberse convertido en el equivalente español del MSI, nunca pasó de ser un “grupo” deslavazado formado en torno a un orador excepcional que no supo encontrar a un organizador enérgico y realista (capaz de recordar que estábamos en los años 70 y no en el tiempo de las milicias uniformadas cuarenta años antes) a la medida de lo que requería Fuerza Nueva.


  

 

 

 

 








 

NOSOTROS Y LA TRANSICIÓN A LA QUE ODIAMOS TANTO (6 de 10) - POR QUÉ INGRESAMOS EN FUERZA NUEVA

En aquella época, habíamos incorporado otro concepto sin el cual era imposible realizar en condiciones una lucha política: el de “acumulación primitiva de fuerzas”. Por lúcido que sea un análisis, si el grupo que lo realiza no tiene capacidad para ponerlo en práctica, no sirve de nada. Por otra parte, no se trataba de formar un grupo de extrema-derecha más. Éramos demasiado jóvenes, no teníamos ni oficio ni beneficio, ni historial, ni prestigio, así pues, de lo que se trataba era de integrarnos en cualquiera de los grupos existentes en ese momento (y la oferta se reducía a dos: fuerza Nueva y Falange Española) y, a partir de ahí, tratar de reconducirlo, insertar nuestras temáticas y convertirlo en algo parecido al Movimiento Social Italiano, al NPD alemán o al Front National francés, pues estaba claro, para nosotros, que en el futuro deberíamos competir con otros grupos políticos en procesos electorales. Así pues, se trataba de adoptar el formato “partido político” para evitar la posibilidad de “descender un peldaño” -lo que, a nuestro entender ocurriría inevitablemente- y estar en condiciones de obtener resultados apreciables y porcentajes de votos superiores a las dos cifras. Por si este plan fracasaba, previmos un Plan B: asumir una práctica extraparlamentaria y configurarnos como vanguardia combativa. El primer plan presuponía que deberíamos trabajar en una perspectiva electoral y asegurarnos un porcentaje del voto; el segundo, implicaba adoptar más decididamente una perspectiva golpista (recuérdese lo dicho sobre “ascender un peldaño” dentro de la “teoría de la escalera”).

Desde finales de los años 60, a raíz de la recepción de algunos cuadernos publicados por un grupo argentino -el Movimiento Nacionalista Revolucionario “Tacuara”, también conocido como “la Tacuara del manchón”, una disidencia del originario Movimiento Nacionalista “Tacuara”, inicialmente de carácter estrictamente católico (muy parecida a Fuerza Nueva y, más o menos, inspirado en Falange Española), que luego evolucionó hacia posiciones “nacional-revolucionarias”-, habíamos realizado una reflexión sobre lo que era y significaba un “golpe de Estado”. Habíamos leído una antigua edición de principios de los años 30 de Técnica del Golpe de Estado de Curzio Malaparte y, luego, también, los libros de Von Salomon que nos influyeron extraordinariamente e, incluso, insertaron en nosotros el virus del nihilismo sobre un terreno que Nietzsche ya había abonado: Los réprobos y El Cuestionario, publicados precisamente por Luis de Caralt, miembro de la directiva del Círculo José Antonio de Barcelona. Sólo más tarde, leeríamos a Julius Evola y completamos un pastiche doctrinal excepcionalmente variopinto en el que Jean Thiriart se mezclaba con Evola, Nietzsche con Von Salomon, José Antonio con los teóricos de la “Tacuara” (el más exuberante de ellos, Joe Baxter, terminaría en 1973 en la IVª Internacional, por cierto).

En el curso de un viaje a París, un camarada compró Baltikum, uno de los primeros libros escritos por Dominique Venner sobre los “freikorps”, los cuerpos francos surgidos de la derrota alemana en 1918 y que optaron por jugarse el todo por el todo en un nihilismo activo que prefiguró los fascismos. Este libro completó nuestra actitud vital: nihilismo, activismo, neurosis activista, romanticismo, todo ello racionalizado -en la medida de lo posible- y puesto al servicio de la “teoría de la escalera” y de sus derivaciones estratégicas.  Ya se sabe que un “fascista” es un pesimista activo (no recuerdo si fue Malraux o Drieu quien lo definió así). Lo importante es que este pastiche de lecturas nos obligaba a reflexionar, seleccionar, alternar referencias, pero, sobre todo, nos mantenía ideológicamente vivos, aportaba calor y nuevos combustibles a los ideales que ardían en nuestro cerebro juvenil. Y, además, nos daba ejemplos históricos. Unos para seguir y otros solamente para prevenir desviaciones o ensoñaciones.

Cuando Franco agonizaba, yo estaba escribiendo mi primer libro: “Minimanual de Lucha Política” del que solamente se publicaron 25 ejemplares... Creo que se han perdido todos e, incluso, la policía incautó el ejemplar que poseía. Lo importante de este trabajo, que me llevó casi un año, es que, no solamente resumía el contenido del cursillo que nos había dado Delle Chiaie sobre “guerra revolucionaria” y “técnicas políticas”, sino que lo ampliaba con tres anexos: sobre Guerrilla Urbana, Guerrilla Rural y técnicas de propaganda. Esto me había obligado a leer toda la literatura existente en ese momento, incluida documentación sobre las guerrillas urbanas y rurales iberoamericanas (de los que la “Tacuara” de Joe Baxter, fue la primera de todas ellas), las experiencias castro-guevaristas, el maoísmo chino y su teoría sobre la “guerra revolucionaria”, las experiencias armadas de la extrema-derecha en la postguerra (OAS) y toda la literatura que podía existir sobre el tema, incluida documentación disponible del Estado Mayor (los libros del General Díaz de Villegas), junto a folletos que me habían llegado de Italia y Francia. En los últimos años nunca me he visto con fuerzas para reconstruir todo aquel bagaje de conocimientos adquiridos cuando apenas tenía 23 años. De hecho, no hubiera servido para nada. Tal como deduje a finales de los 80, existía una desproporción entre grupos dispuestos a la “lucha armada” (léase, terrorismo) y los efectivos y recursos del Estado. Solamente bastaba tener voluntad de victoria para liquidar a los grupos guerrilleros y/o terroristas. De lo contrario, la lucha era imposible, tal como se demostró entre las amnistías en cadena de 1976-77 y la derrota efectiva de ETA, a finales del milenio, que Zapatero, con su estupidez congénita, convirtió en “negociación”.

En los años 70, tenía sentido estudiar las estrategias castristas, guevaristas y maoístas, habida cuenta de que se estaban poniendo en práctica, incluso en Europa Occidental. Las sucesivas derrotas de ETA, de las Brigadas Rojas, del IRA, de la Banda Baader, de los GARI, etc, etc, ha hecho ocioso reconstruir esos episodios. La última vez que valoré la derrota del terrorismo fue en un ensayo publicado en la revista Defensa a finales de los 80 (que luego fue reproducido en una revista rumana editada por el Ministerio del Interior de aquel país, poco después de la caída del comunismo). Básicamente, la idea era que el Estado iba siempre por delante en la aplicación de las nuevas tecnologías de seguridad. Mientras la seguridad del Estado contaba desde los 80 con un superordenador (el “Berta”), el primero incautado a ETA solamente lo fue diez años después, cuando el uso de la informática ya se había generalizado. La “siembra” de cámaras de vigilancia contribuyó a hacer imposible el terrorismo e, incluso, algunos delitos comunes… siempre y cuando existiera voluntad de eliminar y perseguir a los delincuentes. En España, obviamente, tanto los gobiernos centrales como algunos autonómicos con mayoría de izquierdas, pareció más importante garantizar los “derechos humanos” de los delincuentes que cualquier otra consideración. Pero no nos desviemos del tema.

En un principio intentamos jugar sobre la construcción de un nuevo líder. Conocía a Blas Pilar desde principios de los 70. Con otro camarada, lo fuimos a ver al Valle de los Caídos en el curso de unas “jornadas” de Fuerza Nueva. En la universidad estábamos rebasados en una relación de 100 a 1, era imposible, no solamente hacerse oír, sino también poder estudiar sin ser acosados por las hienas de izquierda y de extrema-izquierda. Era una situación asfixiante y, fuimos acudimos a Blas para ver qué opinaba. Nos respondió que “el comunismo era el brazo ejecutor del diablo contra la cristiandad”, con lo que consideramos que estaba todo dicho. Blas era un hombre moderado, educado, inteligente y, seguramente, el mejor orador de la transición… pero también era un católico ultramontano para el que toda política debía partir de principios religiosos. Años después, le diría a Blas que el problema de Fuerza Nueva era que se autoamputaba electorado: si bien era cierto que España era un país católico y que toda su historia había girado en torno a catolicismo, desde la “conversión de Recaredo”, no era menos cierto que, desde el Vaticano II, los vientos que soplaban iban en dirección contraria a la confesionalidad del Estado y que la Conferencia Episcopal, en aquel momento, compuesta por 90 miembros, solamente registraba 3 obispos favorables a las posiciones que defendía Blas (lo que suponía un 3,22%), mientras que la gran mayoría estaba alineada con las posiciones de Tarancón, el motor eclesiástico de apoyo a la “transición”. Así pues, hacer gala de integrismo religioso, suponía reducir el campo de aplicación del partido Fuerza Nueva a un porcentaje situado entre el 3 y el 5% de la totalidad de católicos del país. Pero Blas era, se me había olvidado decirlo, era un hombre fiel a sus ideas, y en esta materia no estaba dispuesto a cambiar. Para él era una cuestión de fe y si se cedía en este terreno se corría el riesgo de ceder en cualquier otro…

Así pues, entre enero y mayo de 1976, tuvimos la sensación de que la “oposición democrática” estaba pisando el acelerador de lo que sería la “transición” y las fuerzas del “bunker”, perdían continuamente terreno y no sabían cómo parar el marasmo del régimen. Blas era, para nosotros, un católico fundamentalista que confiaba más en el Espíritu Santo que en la elaboración de una estrategia; su fatalismo era casi apocalíptico. En cuanto a Raimundo Fernández Cuesta y a su grupo, carecía para nosotros de interés y lo veíamos abocado a perderse durante años en querellas intestinas con otros grupos falangistas, sin entrar en el fondo de la cuestión: que las ideas de Falange Española no se habían podido completar en la primavera del 36 y que, en los siguientes 40 años, nadie había tenido la talla suficiente para reelaborar la doctrina y taponar los huecos. Y cuando se había intentado, el remedio había sido peor que la enfermedad. En 1976 todavía se perdía el tiempo discutiendo si José Antonio había ido o no al Congreso de Montreux: todas las tendencias falangistas decían que no, pero los documentos exhumados en Italia afirmaban lo contrario; aún no se sabía el alcance de la ayuda monárquica para la constitución de Falange Española, ni el papel de los monárquicos, no solo en la ayuda a José Antonio, sino también a Ramiro Ledesma. Los “pactos del Escorial” con los monárquicos, firmados y rubricados por el propio José Antonio permanecieron en secreto hasta que Stanley Paine los reveló, pero en 1976, prácticamente ningún falangista le creyó. También era frecuente oír en todos los grupos azules que “la Falange no es fascista”… ¡vaya si lo era! No solamente lo era, sino que, además, José Antonio se había convertido en “agente de influencia” de Mussolini a cambio de unos miles de liras para financiar el partido, cuando la derecha monárquica, optó por cesar el apoyo a Falange y centrarlo en el Bloque Nacional de Calvo Sotelo. En fin, eran cuestiones a las que he dedicado cinco trabajos (José Antonio y los no-conformistas, Ramiro Ledesma a contraluz, José Antonio a Contraluz, Espacio y área de Falange Española, y Rostro y drama de Falange Española que pueden encargarse con facilidad a Amazon) en total 2.000 páginas a falta de una “historia canónica” elaborada por los propios falangistas (historia que no han abordado para evitar  desmentir los mitos de los que se nutrieron durante el franquismo y en la transición), que, entonces y ahora tienen solo interés histórico, ya que no político.

Así pues, decidimos colaborar con Fuerza Nueva. Yo llevaba dos años escribiendo en el semanario así que era relativamente conocido en el interior de los altos muros del partido. Pero, con todo, seguíamos pensando que Blas no era el líder que precisaba la extrema-derecha. La única alternativa que nos pasó por la cabeza fue la figura de Sixto Enrique de Borbón: era un hombre dinámico y juvenil, con un innegable carisma, carlista, por supuesto, pero también “camarada”, joven, valiente, de los que sabíamos que nunca daba un paso atrás por dura que fuera la situación. Veíamos en él, un equivalente al Comandante Borghese, tan directo como él, con un trato llano para con sus camaradas, pero que, al mismo tiempo, inspiraba respeto y llamaba a seguirlo. Por eso le apoyamos en la convocatoria del Montejurra 76. Creímos que después de medio año de retiradas y derrotas, aquel acto podía marcar el punto de partido de una contraofensiva. Se sabe lo que ocurrió después.

Delle Chiaie cometió el error de estar presente con otros exiliados italianos. Se produjeron varios enfrentamientos con resultado de un par de muertos por parte del carlismo de izquierdas. En las fotos que se publicaron inmediatamente después de los incidentes, no aparecían ni Delle Chiaie, ni Augusto Cauchi, y, creo recordar que solamente era reconocible Jean Pierre Cherid, un exiliado de la OAS que luego murió al explotarle en las manos la bomba que le habían entregado para colocar en el contexto de los GAL. Cauchi era otro de los exiliados al que yo mismo había introducido en España y que, procedente de Ordine Nuovo, pasó en nuestro país a la órbita de Avanguardia.

Por cierto, hablando de Cauchi (fallecido hará cinco años en la República Argentina). Aprendí de él muchas cosas. Cuando llegó a España, Delle Chiaie me ordenó interrogarlo sobre los motivos que le habían llevado al exilio. Después de engancharme por toda la eternidad al whisky con cola, Cauchi me explicó que él vivía en Arezzo y que había llevado a las arcas del MSI local, dinero de “de los militares, de los servicios de inteligencia y de la masonería”. Grabé la conversación en un pequeño magnetofón y aquella fue la primera información que nos llegó sobre la existencia de una logia masónica, centrada en Arezzo, que había pagado al grupo local de Ordine Nuovo (y a Cauchi, en particular) para cometer atentados, por los que no fueron molestados. Sin embargo, debieron exiliarse cuando estalló la bomba del tren Italicus (provocando una masacre con 12 muertos y 48 heridos) que ellos no habían colocado… Luego supimos la Logia Propaganda 2, dirigida por Liggio Gelli desde Villa Wanda, desde Arezzo, estaba moviendo algunos de los hilos del terrorismo en Italia.

Tras el fracaso estruendoso del Montejurra 76, fue cuando nos zambullimos en Fuerza Nueva, perdida la esperanza de desplazar el liderazgo de las “fuerzas nacionales” hacia una figura más “abierta” en lo religioso, más juvenil y carismática. Habría que lidiar con Blas, ayudarle en la “construcción del partido” y lo hicimos con absoluta lealtad, propia del militante comprometido con un partido político y con un líder, pero también conscientes de que era absolutamente necesario rectificar la línea del partido, “laicizarlo”, en una palabra (o si se prefiere, convertirlo en una “opción política de carácter nacional” y no en un “partido confesionalmente ultramontano apto para el 3-5% del electorado), y que estaríamos obligados a hacer de “pepitos grillos” en muchas ocasiones.

En Barcelona, como ya he dicho, había tomado contacto con Fuerza Nueva en febrero de 1976, pero no me integré formalmente en el partido hasta unas semanas después. Por entonces, la sede de Fuerza Nueva estaba en la calle Canuda a dos pasos de las Ramblas y próxima a la sede de las juventudes del PSC(reagrupament), una de las facciones del socialismo catalán. El local provisional estaba instalado en la antigua sede del Sindicato Español Universitario, justo delante del Ateneo de Barcelona. Pronto me entendí bien con el delegado elegido por Blas, un antiguo combatiente de la División Azul que, al regresar del frente había tenido protagonismo en el sindicalismo oficialista. Debió ser a principios de abril de 1976 cuando los anarquistas y otros grupos de extrema-izquierda se enteraron de que la sede de Fuerza Nueva estaba cerca de las Ramblas e iniciaron una campaña de hostigamiento. Pero el partido apenas tenía militantes en Barcelona para defenderse, así que me llamaron para ver si podía aportar “gente combativa”. Seguíamos siendo un grupo informal, situado en las proximidades de FN, pero no integrados de hecho en su “aparato”. Llamé a otro personaje que contaba también con un grupo de jóvenes activistas. El día antes, debió ser el miércoles 7 de abril, nos reunimos para ver qué podía hacerse. Indudablemente, a la vista de la inactividad policial y de la negativa a desplazar una dotación de la policía armada para proteger la sede, como los dirigentes de Fuerza Nueva habían pedido, lo mejor era dar una lección a los izquierdistas que no pudieran olvidar nunca y les disuadiera de ulteriores hostigamientos a la sede y a sus afiliados. La CNT tenía convocada una manifestación en las Ramblas para el jueves y se esperaba un nuevo ataque a la sede. Pero esta vez no sería como las anteriores: responderíamos contundentemente. “Y que nadie lleve armas de fuego”, fue la última frase que pronuncié. Pero el otro grupo no pareció darse por enterado: uno llevó una pistola de 9 mm (con la que fue detenido) y otro, algo más tosco, un hacha de leñador…

El resultado de los enfrentamientos de lo que se llamó “el jueves negro” fue el envío de 95 izquierdistas al ambulatorio de Pere Camps y unos enfrentamientos tan absolutamente brutales prolongados por espacio de tres horas. Prácticamente, todo el centro de Barcelona y las Ramblas, desde la Iglesia de Jesús y el Palau Mojá, con las calles adyacentes, se convirtieron en zona de choques entre grupos rivales. No éramos más de 20, pero con una capacidad de violencia que la izquierda no esperaba y para la que no estaba preparada. Nunca más volvieron a intentar atacar la sede de Fuerza Nueva…

Ahora bien: había algo me preocupaba en todo este asunto: daba por supuesto que la policía intervendría inmediatamente tras conocer la noticia de los primeros enfrentamientos entre grupos rivales, así pues, se trataba de “morder y huir”: dar un golpe lo más duro posible a la extrema-izquierda, suficiente como para disuadirle de futuras agresiones, breve en el tiempo, para luego replegarnos a la sede de Fuerza Nueva y evitar que la intervención policial. Pero lo que ocurrió no fue lo esperado. La policía, durante tres horas no intervino. Y, entonces, me pregunté ¿por qué la policía permitió que grupos rivales chocaran en el centro de Barcelona durante tres horas, limitándose a situarse en la Plaza de Cataluña desde el primer momento, pero sin descender a la “zona de combate”? Después de tres horas de choques, en algunos casos, absolutamente sangrientos, resultaron detenidos algunos de los nuestros: uno en la calle Pelayo y otro en la calle Tallers, éste con un arma corta. Como la policía no intervenía, salimos varias veces de la sede de Fuerza Nueva para rematar la operación de castigo.

Recordando aquellos choques creo que no se produjo algún muerto de puro milagro. Cuando, a eso de las 22:30 juzgué que había que disolverse y valorar la situación, recorrí en mi Sanglas 400 (me acompañaba en aquel momento Carlitos Oriente al que acababa de conocer) las Ramblas en dirección a Pere Camps; a la altura de la Cervecería Baviera, un grupo, incluidos dos guardias urbanos, parecían atender a un herido en el suelo, apoyado en la pared del inmueble que se sostenía a duras penas la oreja prácticamente desprendida del cráneo. Lo único que atinaba a decir era: “están locos… iban con hachas…”. En Pere Camps, un bedel, antiguo divisionario, nos recibió preguntándonos qué habíamos hecho… no dejaba de ingresar gente con heridas de distinta consideración. Afortunadamente, la mayor parte fueron dados de alta era misma noche. Pero la pregunta seguía en pie: ¿Por qué la policía nos había dado implícitamente tres horas de “gracia” antes de intervenir?

La primera respuesta era obvia: sin duda, por orden de Sánchez Terán, gobernador civil de Barcelona en sustitución de Rodolfo Martín Villa, entonces ministro del interior. Un suboficial de policía que fue enviado al día siguiente del “jueves negro” a custodiar, con una pequeña dotación la sede de Fuerza Nueva, me dijo que nuestra acción “era lógica después de cinco ataques consecutivos a la sede”. Y tan lógica, pero seguía sin explicármelo: ¿por qué nos habían dado tres horas de margen antes de intervenir? Nosotros no lo habíamos pedido y esperábamos una actuación policial inmediata para cortar los enfrentamientos... actuación que no se había producido.

El otro grupo activista, cuyo jefe había resultado detenido en la última fase de los incidentes, siguió en las semanas posteriores generando episodios de violencia: incendio de la cabaña de una mendiga en las laderas del Tibidabo, bomba incendiaria en la Sala Villarroel, incendio de la librería PPC en la calle Santa Ana, también cerca de las Ramblas, asalto con un herido grave a la sede los jóvenes del PSC(r), varias agresiones y atentados incendiarios… todos sabíamos quiénes eran y qué estaban haciendo en cada momento, donde tenían su “base” y de quién recibían cierto apoyo. ¿Por qué no los detenían? Sin duda, porque Sánchez-Terán no había dado la orden. Bien y, ¿por qué se les permitían actuar con práctica impunidad?

Y, entonces, estalló la bomba del PapusEntonces empecé a comprender cómo se estaba impulsando la “transición”.

Recordé que Augusto Cauchi y el grupo de Ordine Nuovo de Arezzo había sido financiado para que cometiera pequeños (o no tan pequeños) atentados, pero que fue solamente reprimido tras el atentado del tren Itálicus.. ¡justo el que ellos no habían cometido! Resultaba inevitable que la opinión pública aceptara como culpables del “gran atentado” a aquellos sobre los que no cabía la menor duda de que habían cometido “pequeños atentados”.

Medio años después del “jueves negro”, tuvo lugar el atentado a la revista Papus y solo entonces fueron detenidos los miembros del grupo que nos había ayudado en la represalia contra los asaltantes del local de Fuerza Nueva. Lo he dicho y repetido en múltiples ocasiones, incluso en documentales realizados sobre aquel atentado: los autores materiales del atentado contra el Papus no han sido nunca detenidos y los que fueron presentados ante la opinión pública como “autores”, no eran, desde luego unos “angelitos”: tenían sus culpas (y no pocas), pero la bomba del Papus no figuraba entre ellas. Existió, además, una feliz confusión que la opinión pública, ni la prensa de la época, fue capaz de aclarar: la policía ocupó al grupo presentado como “autor”, varios cartuchos de Goma-2. Yo había visto esos cartuchos y sabía perfectamente de dónde habían salido (de Lérida) y sabía también, incluso que la persona que los habia entregado, para evitar problemas, no había dado detonadores con lo que los cartuchos eran absolutamente inútiles. Sabía que los receptores de los cartuchos habían buscado a diestro y siniestro alguien que se los pudiera facilitar, incluidos varios confidentes de la policía.

Además, se trataba de cartuchos absolutamente inservibles, grasientos y exudados, con la capacidad explosiva prácticamente reducida a cero. Y, por lo demás, ¡los cartuchos entregados eran los mismos en número que los cartuchos intervenidos por la policía…!, sin olvidar que la brutalidad de la explosión era tributaria, no de la discreta y siempre degradable Goma-2, sino del mucho más estable y modelable explosivo C4 que solamente se podía obtener en 1976 en arsenales militares.

En 2011 se estrenó el documental Anatomía de un atentado en el que fui entrevistado e invitado a hablar en la presentación, junto con algunos dibujantes del Papus y el director de El Periódico Antonio Franco. Hablé en segundo lugar recordando que la sentencia judicial condenaba a los acusados por “tenencia de explosivos, pero no por la autoría del crimen” y dije bien claro que el asesinato seguía impune, algo que la prensa había ocultado deliberada y persistentemente. Antonio Franco mostró hacia mí una agresividad y un odio difícilmente comprensible en el clima de debate en el que se desarrollaba el acto, hasta el punto de que intentó negarme el saludo. Se vio obligado a saludarme por el mal ambiente que habría creado su negativa en un momento en el que, los asistentes a la presentación habían entendido perfectamente que “algo” no encajaba en la “versión oficial” de la transición. El Periódico, por supuesto, pertenecía a la Cadena Z, una de las empresas que más “fakes” habían difundido durante los años de la transición sobre la extrema-derecha. El diario apareció años después del atentado, pero llegó a tiempo para presentar a los juzgados como culpables del crimen. Y no se trataba, incluso 40 años después, de que alguien cuestionara el papel de la prensa en la “versión oficial” de la transición.