sábado, 21 de julio de 2018

365 QUEJÍOS (83) – EL DOGMA DE LA IGUALDAD


¿Cuál es el origen de todas las neurosis sociales que estamos viviendo en Europa Occidental? Respuesta inequívoca: el dogma de la igualdad. Detrás de las ideologías de género, detrás de la multiculturalidad, detrás de los promotores del mestizaje étnico, detrás del humanismo integral, detrás de la new-age y de todas sus variantes, lo que subyace es la idea de igualdad llevada al límite. Ni siquiera existe una respuesta unánime para la pregunta de ¿dónde se inició el mito de la igualdad? Me quejo de que no somos conscientes de a dónde conduce este dogma.

El lema “libertad, igualdad, fraternidad” con que irrumpieron las revoluciones liberales marca un antes y un después en la civilización occidental. Desde 1789 no hay forma de zafarse de ese lema: está presente en las democracias liberales, luego reapareció en la revolución de 1917 y más tarde en la nueva izquierda y en las revueltas de mayo del 68, para cuarenta años después ser heredada por los “indignados” y demás variedades taxonómicas de la izquierda. La excusa para este tránsito ha sido que en su anterior formulación, la igualdad no se ha hecho posible, así que los que han venido detrás de las revoluciones liberales, han intentado reactualizarlo. Dicho de otra manera: desde hace 230 años, los “revolucionarios” siempre han pedido “libertad, igualdad y fraternidad”. Ya saben: ¡Imaginación al poder!

Claro está que, desde el momento en que alguien se le ocurrió decir “todos somos iguales antes Dios”, cagada pastoret, porque ni ante Dios éramos iguales (laética del artesano no es la misma que la del guerrero, ni que la del monje, ni dentro de cada grupo todos cumplían exactamente igual y con el mismo celo, los preceptos de su gremio, de su orden militar o de su orden religiosa). Se dirá que el dogma tenía un sentido religioso… pero era evidente que, antes o después, existirían aquellos que lo considerarían realizable no en el “más allá”, sino en el “más acá”. Ese momento llegó en 1789.

Desde entonces ha sido imposible huir del dogma de la igualdad (es dogma en tanto que indemostrable, y si se nos apura, falso dogma, porque en la naturaleza lo que rige es el principio de la desigualdad y de la diferenciación progresiva). Y hoy, en Europa Occidental y entre los liberales norteamericanos se está llegando a la aplicación del dogma en sus últimos extremos (en el resto del mundo, este dogma ni se considera, salvo como una patraña para idiotas): ¿igualdad racial? El extremo es el mestizaje. Y se propone el mestizaje. En cuestión de cultura: todas las culturas son iguales y se propone la multiculturalidad y la “fusión cultural” (hip-hop + Betthoven = cacalavaca). En cuestión religiosa: ecumenismo y “nueva religión mundial” porque, como se sabe, todas las religiones “son iguales”. En cuestión sexual: igualdad hasta el extremo de restar toda la polaridad que pueda haber entre los dos sexos y trasladar la “lógica borrosa” al mundo de los sexos: no existe blanco y negro, sino una gama interminable de grises. Y luego está la “cuestión nacional”: cualquier puede reivindicar el cantonalismo porque las fronteras ya no importante en un mundo globalizado.

¿Cuál es la clave? El mundo globalizado dirigido por una pequeña élite que controla el capitalismo financiero y una gran masa que no se plegaría a ese dominio si formara grupos sociales homogéneos y poderosos. La clave es que toda esta ideología de la igualdad se ha establecido para atomizar la sociedad, evitar la existencia de clases o de élites con peso e influencia suficiente para oponerse a la globalización. Dicho de otra manera: los promotores de la globalización, a través de sus correas de transmisión (Bildelberg, Trilateral, Club de Roma, UNESCO, etc.) transmiten una ideología igualitaria destinada a convertirnos en granos de arena en una playa, absolutamente idénticos, absolutamente iguales, absolutamente minúsculos, incapaces de ser roca en el océano y de frenar las embestidas de la globalización.

No sea iluso: usted no es igual a nadie. Usted tiene su personalidad. Usted tiene sus rasgos diferenciales. Es más, usted debe tenerlos. Usted tiene rostro propio. No es un grano de arena. Usted pertenece a un grupo, usted tiene una Identidad. Usted tiene carácter propio: es hijo de una familia, es hijo de una cultura, es hijo de una tradición, ha bebido de las fuentes de todo esto y ahora se lo quieren amputar unos ideólogos enloquecidos al servicio de un proyecto globalizador cuyo paradigma es: “Todos sois iguales e insignificantes antes el capital financiero”.

De eso me quejo: de que en el país en el que he nacido –y que hoy por hoy, ya no considero “mío”- muy pocos piensan en estos términos. Rectifico: que en el país que fue el mío, casi nadie ejerce la funesta manía de pensar.

viernes, 20 de julio de 2018

365 QUEJÍOS (82) – RESPETEN MI ESPACIO PERSONAL


Me voy a la playa. Es primera hora, así que la playa está desierta. Buen asunto, porque ni siquiera los choros están a esa hora para ir al descuido. No hay nadie en la bahía. Dejo la toalla extendida y la mochila de cabecero y me lanzo al agua (voy a la playa para nadar, para tomar el sol, rebozarme con protector y hacer méritos para el melanoma están otros, allá ellos). Me voy algo lejos y al volver veo que dos parejas de cierta edad que van juntas y un hijo afectado por el síndrome de down, se ponen a un metro de donde he dejado la toalla… ¡y trescientos metros de playa vacíos¡ Me quejo de que hay gente que no tiene ni siquiera instinto territorial suficiente como para saber lo que es el “espacio personal”.

Cada año me pasan situaciones parecidas. El año pasado, en las mismas circunstancias, se me puso a tres metros una buena mujer empeñada en que me enterara de todas sus miserias hablando a voz en grito por teléfono. No soporto que la gente no tenga el más mínimo decoro con su intimidad (especialmente cuando esta es miserable, aburrida e incolora, quizás si fuera intelectualmente exuberante o picante y estimulante en lo personal, o inspiradora, tendría algún aliciente, pero no…). Pero es hora de establecer algunas conclusiones. La primera de todas e inapelable es que la gente ha olvidado lo que es el “espacio personal”. No hace falta ser un etólogo reputado ni haberse leído toda la obra de Konrad Lorenz, para saber que uno de los instintos animales (y en el ser humano hay un sustrato animal de no te menees) es el instinto territorial: somos animales territoriales que precisamos un espacio propio que considerar “nuestro”.

Cuando ese espacio se ve “violado” nos sentimos incómodos. Si no recordad las veces que habéis estado en un ascensor repleto de personal sin saber ni qué hacer, ni a dónde mirar, ni siquiera que cara poner. Los grandes conflictos entre pueblos y especies son luchas por la conquista de espacios que pertenecen a otros. Miente quien diga que solamente los humanos se lían en guerras de conquista practicando violencias en el interior de la especie. He visto guerras de hormigueros contra hormigueros y cómo queda de cadáveres de uno y otro bando el campo de batalla. ¿Y por qué? Porque dos grupos de hormigas han construido sus nidos demasiado cerca.

El espacio personal es un concepto relativo. Es frecuente entre los campesinos el hablar a gritos: ¿Eh tú, como está la jaca…? Pregunta uno desde cinco metros de distancia y el otro responde: ¡La jaca ya ha parido! Todo a gritos. En el campo, el espacio personal es grande, no hace falta estar menos de un metro para iniciar una conversación. En la ciudad, en donde todo es más abigarrado, los espacios personales son reducidos, por tanto era normal –y lo digo en pasado- entre gente con un mínimo nivel de educación, que la voz se modulara en función de ese espacio y que las conversaciones fueran inaudibles para terceros. Sin embargo, hoy nos tenemos que enterar de las tristes intimidades y de lo gris y pálido de las vidas de la gente que nos rodea. Se diría que, uno de los rasgos de la modernidad es la pérdida de nuestros instintos animales: desaparece el instinto de reproducción (no tenemos hijos apenas), desaparece el instinto de agresividad (con un porro nos reímos mucho y todo pasa a importarnos una higa), desaparece el instinto territorial (y su modulación entre los humanos: la noción de intimidad, pudor y privacidad). Y para colmo tengo que aguantar que unos cretinos se pongan a un metro de mí en una playa vacía.

Alguien dirá: “Pero, hombre, esos instintos son animales, el ser humano es otra cosa…”. Error: el ser humano tiene una naturaleza biológica que es común a las especies de mamíferos superiores. Luego, otra parte de nuestra naturaleza deriva de tener conciencia de nosotros mismos que puede ser más o menos acusada, pero que ahí está y abre las puertas a lo que se conoce como “lo espiritual”. Pero el problema no es que quien demuestra haber renunciado a los instintos de los mamíferos superiores se comporte como “seres espirituales”, sino que han pasado a compartir los hábitos de las especies inferiores o de especies que están en vías de desaparición y parecen haber agotado sus posibilidades vitales. ¿Cómo evitar pensar en aquella película El planeta de los simios? Estamos evolucionando, pero no hacia el “punto Omega” al que aludía el teólogo Teilhard du Chardin, sino que más bien estamos involucionando hacia el punto alfa, aquel situado antes de la aparición del homo sapiens en la escena.

Eso es lo que temo y de eso es de lo que me quejo. Y si nos fijamos bien en lo que nos rodea y en la velocidad con que se está produciendo la decadencia, me daréis la razón.


365 QUEJIOS (81) – SOPORTAR LOS MITOS NACIONALISTAS


Todo nacionalismo se ha construido a base de mitos. Sin excepción. Daré un ejemplo particularmente caro al nacionalismo español: la guerra de la independencia. Para los nacionalistas fue una guerra contra el francés invasor que empezó el 2 de mayo con una insurrección popular de gentes que luchaban por España contra el invasor... Y es triste, pero fue cualquier cosa menos eso. Fueron cuatro guerras en una:

1) guerra social que ya se preveía desde el motín de Esquilache,
2) guerra civil porque los afrancesados fueron muchos y de mucho fuste,
3) luego fue una guerra internacional, porque los ingleses de Wellington recorrieron media península persiguiendo a los franceses,
4) fue guerra de guerrillas y, también aquí, hubo de dos tipos, los que luchaban para restablecer a un Borbón en el trono y el simple bandolerismo, sin olvidar que no todos los que luchaban contra los franceses apoyaron a las Cortes de Cádiz…

Cuando la guerra de la independencia se examina desde este punto de vista, reconozcamos que la visión de unos patriotas levantados unánimemente contra el francés pierde fuelle. ¿Qué hay que mantener el mito? No sabría decir… pero lo primero que se me ocurre es recordar a Aristóteles cuando dijo: “Amicus Plato, sed magis amica veritas” o lo que es lo mismo, “Soy amigo de Platón pero más amigo de la verdad”. Y después de este exorcismo para alejar la sospecha de nacionalismo, a lo que vamos y a lo que interesa, que es, de paso de lo que me quejo: ¿por qué en las escuelas catalanas y por qué los medios de comunicación dependientes de la Generalitat tienen que mitificar la figura de los presidentes de la Generalitat de Cataluña, concretamente de Macià y de Companys?

La respuesta es clara: porque los nacionalistas catalanes son más amigos de la Generalitat que de la verdad. Y es triste porque, incluso los constructores de mitos deben cuidar de que la estatura real de los mitificados esté, más o menos, en relación con el mito que pretenden construir. Y, frecuentemente, se les va la mano.

A Macià, por ejemplo, lo han aureolado con oropeles míticos y de divinidad, casi como el “padre fundador”. En realidad, era un tipo mesiánico y cabezón. De su pensamiento político se sabe poco, salvo que un buen día, licenciado del ejército y con los garbanzos asegurados por su millonaria esposa, una terrateniente leridana, se dedicó a la política. Se autoexilió durante la dictadura y no puede decirse que estuviera muy acertado durante su residencia en París. En un ataque rauxa catalana le dio por invadir Cataluña con un puñado de aventureros italianos y unas docenas de partidarios con el cerebro calenturiento. La policía francesa los detuvo a todos. Luego, el 14 de abril, salió por la ventana del ayuntamiento proclamando el “Estado Catalán“… contraviniendo el Pacto de San Sebastián suscrito por todas las fuerzas republicanas. Tres días después, gracias a los buenos oficios de Nicolau d’Olwer, aceptó como fórmula transitoria el régimen autonómico… como paso previo a la independencia. Y en el año que todavía estuvo por delante fracasó estrepitosamente en todo lo que se propuso: su partido, ERC, expulsó a una tendencia (la socialdemócrata de Josep Lluhí, cuyo paso al frente del gobierno catalán duró 40 días), tuvo que soportar tres sublevaciones anarquistas, el pistolerismo volvió a reavivar en toda Barcelona y en las siguientes elecciones, la Lliga se recuperó y superó en votos a ERC. Faltó poco para que los nacionalistas lo santificaran.

Con Companys fue todavía peor, porque por no ser, ni siquiera era independentista, sino un triste federalista, abogadillo de pistoleros de la FAI y poco más. Falta de apoyos debió jugar con nacionalistas y con independentistas, con anarquistas y con fascistas catalanes. Y para colmo su vida personal era la comidilla de toda Barcelona. Así se llegó al 6 de octubre de 1934 en donde todo le salió mal porque había contado milongas distintas a cada sector: que si luchamos por la independencia, que si es para recuperar la república, que si el por los rabasaires y la ley de cultivos… Al acabar la jornada 40 familias lloraron a sus muertos. Cuando volvió al poder tras el triunfo del Frente Popular, pocos días después su rival en asuntos de faldillas, Miquel Badía, fue asesinado por pistoleros de la FAI… que identificados indubitablemente, fueron puestos en libertad por la Consejería de Justicia. Luego, al estallar la guerra civil, Companys trató a García Oliver, a Durruti y a los Ascaso de “Fills meus!”. El resultado fueron 9.000 asesinatos cometidos por las “Patrullas de Control” y por el “Comité de Milicias Antifascistas” ¡en los tres primeros meses de conflicto! Muchos de ellos ajustes de cuentas personales. Y la Generalitat por el pantalón bajado y con la bisagra inclinada 90º ante los anarquistas… hasta que los comisarios soviéticos decretaron el mayo de 1937 que ya había bastante con la broma y acabaran con la hegemonía anarquista, obteniendo, por si había alguna duda, el apoyo de Companys. Salió a escape y a escape lo retornaron. Franco lo fusiló. Fue lo peor que Franco pudo hacer: de no haber sido fusilado, los fabricantes de mitos carecerían de trampolín para lanzarlo al estrellato del nacionalismo y del independentismo.

El tercer gran mito es Pau Clarís… ¿Para qué hablar de un tipo cuyo papel histórico fue arrancar a Cataluña de la corona de España y ponerla graciosamente al servicio de la de Francia? Porque a fin de cuentas, Clarís debió pagar los gastos de 3.000 soldados franceses que ocuparon el Principado… Como los anteriores tiene calle en Barcelona.

Con mitos de este voltaje puede entenderse que los conatos independentistas sean chispazos que solamente se producen cuando el Estado Español, por uno u otro motivo está debilitado. ¿De qué me quejo? De que nada de todo esto se enseñe en las escuelas. Es como si las escuelas sirvieran para transmitir el analfabetismo histórico.


miércoles, 18 de julio de 2018

365 QUEJÍOS (80) – MALA MEMORIA HISTÓRICA


Napoleón fue un dictador, sin más, extendió, sin la más mínima justificación la guerra por toda Europa, desde Lisboa hasta Moscú. Y ahí lo tenéis, descansando en una urna monumental bajo la cúpula de Los Inválidos de París. Lenin, que tampoco fue un santito, lo tenéis a la sombra del Kremlim. Son historia, se dirá. Pues por lo mismo, entiendo que es historia el que Franco o José Antonio tengan su lugar en el Valle de los Caídos y que esto no sea una historia interminable, como está resultando. Me quejo de que cuanto más se invoca a la “memoria histórica”, más se vive de espaldas a la historia.

Todos sabemos cómo acabará esto. Un buen día, los monjes del Valle de los Caídos publicarán que, inesperadamente, una brigadilla de albañiles, ha entrado en la cripta, incluso es posible que con nocturnidad, y se ha llevado los restos de uno que murió hace 83 años y de otro que se fue hace 43. Me quejo que, cuando yo era joven, es decir hace 50 años, en 1968, todo lo que había sucedido cuatro u ocho décadas antes, era considerado historia. Nadie reclamaba los restos de los caídos en las guerras carlistas, ni consideraba que era preciso ejercer la “memoria histórica” ante las masacres del Katipunán en Filipinas o reclamar compensaciones a los EEUU por el fraude del Maine y el casus belli para generar la guerra hispanoamericana de 1899. ¿Qué está ocurriendo? Es muy simple de entender…

En 1960, cuando Edgar Neville, franquista de pro, estrenaba con bastante éxito una película injustamente olvidada, Mi calle, ya clamaba por la reconciliación nacional. Y es que en 1960 –y antes incluso- muchos ya creían que era necesario dejar atrás la guerra civil. Como en toda guerra, hubo vencedores y vencidos y, como en toda guerra la sociedad sufrió por el conflicto de 1936 a 1939. Explicar qué llevó a aquel conflicto corresponde a los historiadores y a los sociólogos, no a los partidos, ni a los panfletos parlantes de las tertulias. Lo que es patrimonio de la historia no puede seguir en boca continuamente de una clase política lo ignora todo sobre la historia y que no está más que interesada por la poltrona.

Debo decir que nunca fui franquista y que en mi familia he tenido condenados a muerte en tanto que militares republicanos y combatientes del sector nacional, fusilados por unos y por otros, de la misma forma que he tenido familiares que se desinteresaban por completo por la política. Que nadie me pida que tome partido por el abuelo materno o por mi padre que lucharon en bandos rivales. Pero sí que es necesario reconocer dos puntos:

- La II República, desde el primer momento fue un régimen imposible porque los republicanos querían revancha (especialmente en materia religiosa), los monárquicos querían que todo siguiera igual (especialmente en materia religiosa), y a la república desde el primer momento le crecieron los enanos: cuando no conspiraron los socialistas, lo hicieron los monárquicos y aquello terminó generalizando la situación que había vivido Barcelona entre 1919 y 1923 con los episodios de pistolerismo. Quien quiera defender a la República con argumentos históricos tiene una ardua tarea por delante. Aquello era inviable y fue siempre, el preludio de la guerra civil.

- El franquismo tiene su significado histórico: no fue nada más que 40 años de concentración de poder para que todo un pueblo consiguiera despegar y recuperar el tiempo perdido desde principios del siglo XIX. Y para ello era preciso: poder estable, planificación y sacrificios (entre ellos la renuncia a las “libertades democráticas”). España avanzó más en la década de los 60 que en los 200 años anteriores. Aquello, está claro que no fue el régimen ideal y que hubo su cuota de corrupción, burocratismo y contradicción entre lo escrito en las Leyes Fundamentales y lo que se practicaba… vamos como ahora.

¿Cómo hemos llegado a esta situación en la que la “memoria histórica” parece dictar la agenda política. Muy simple: la izquierda mesiánica española no quiere reconocer que se equivocó en los años de la República y que sus errores tuvieron mucho que ver con la guerra civil. La izquierda, hoy ya no tiene nada: no tiene clase obrera detrás, no tiene método de interpretación de la historia, no tiene doctrina propia, no tiene ni siquiera liderazgo, ni programa, después del zapaterismo ya no hay un “plus ultra”. Así pues ha optado por mirar al pasado y, en un proceso que debería ser examinado por los psiquiatras, ha entrado en una fase de negación: niega la existencia de todo aquello que le molesta. Le molesta haber perdido una guerra, le molesta recordar que solamente en los dos primeros meses de guerra civil en Cataluña, hubo 9.000 asesinatos sectarios; le molesta recordar que la Generalitat pactó con los asesinos; la molesta recordar que el campo republicano antes, durante y después de la guerra civil, fue un caos y que en todo momento en su bando hubo guerra civil dentro de la guerra civil; le molesta recordar, en una palabra, que perdieron la guerra y que, salvo los comunistas, estuvieron ausentes de la política española 40 años… esos mismos que se obstinan en negar tratando por todos los medios de que desaparezcan de la memoria. Como si los franceses decidieran que Napoleón no existió, llevaran sus restos a un nicho de le Pére Lechaise, borraran los nombres de l’Avenue de la Grand Armée, o de Jena, pasaran a llamar la estación de Austerlitz, la Estación del Sena y así sucesivamente, para olvidar que, desde 1799 hasta 1815 gobernó Francia un tirano sanguinario y, además, fueron derrotados.

Mientras no dejemos la historia a los historiadores, seguiré quejándome de que la “memoria histórica” en versión española, es hemipléjica e ignorante. Estúpida, en una palabra.

martes, 17 de julio de 2018

365 QUEJÍOS (79) – PIROPO PROHIBIDO


Hace unos diez años escribí un artículo sobre el piropo que puede leerse en este link: METAFÍSICA DEL PIROPO. Hay que aprovechar porque en breve, al paso que van las cosas, me veré obligado a borrarlo de la web. La policía del pensamiento promovida por la izquierda cateta y permitida por la derecha pusilánime, hará que en breve incluso pensar en la posibilidad de hacérselo con una mujer sin que el notario esté presente para certificar que todo se hace conforme a la las leyes, sea algo inusual.

He tenido que mirar el origen de la noticia de que se iban a prohibir los piropos para creérmelos. Hubo un momento en que creía que era uno de esos “clickbaits” de titular engañoso y noticia falsa propio de digitales de poco calado. Y resulta que sí, que la noticia era cierta y que el piropo puede quedar desterrado de nuestras vidas (como los chistes de gangosos que ya han desaparecido por imperativo legal). Y es que hay que ir con cuidado desde el momento en que alguien fue condenado por violencia doméstica por tirarse un cuesco ante la esposa. De eso me quejo. No, desde luego, de la prohibición del cuesco (habría que penar a la naturaleza por convertir nuestras tripas en una fábrica de metano), sino de todos los que quieren convertirse en “reformadores sociales” a golpes de leyes y decretos.

Lo de la prohibición del piropo no es nuevo. Hacia 2015, Mari Ángeles Carmona Vergara, una secretaria judicial andaluza, fue nombrada vocal del Consejo General del Poder Judicial. Procedía de un Juzgado de Violencia sobre la Mujer de Sevilla y era la miembro del Observatorio Andaluz para la Violencia de Género, de la misma forma que fue jefa de la Unidad de Coordinación de Violencia sobre la Mujer en la Delegación del Gobierno de Andalucía. Destaco pues que está en el CGPJ de la mano del PP y que toda su carrera ha tenido que ver con la “violencia sobre la mujer”. Pues bien en enero de 2015 propuso la catalogación del piropo como violencia de género. Y si vamos a eso, estos días se ha recordado que durante “la dictadura con ley” (tal como llamaba primo de Rivera su gobierno) ya se prohibieron los piropos con el resultado que cabía esperar. Ahora –imaginación al poder- “Unidos Podemos-En Comú-En Marea” (a los que se les podría añadir “En las nubes”), siguiendo el mismo camino han propuesto que el piropo se convierta en “delito leve” penado con multa de 3 a 9 meses o trabajos en beneficio de la comunidad de 21 a 50 días”.

La pregunta de si nos hemos vuelto locos que correspondería aquí, es, desde luego, retórica. Si hemos citado a una Carmona y a un “Podemos y en compañía de otros”, es para demostrar que el furor de lo políticamente correcto afecta tanto a la derecha y a la izquierda. A los primeros por complejo de inferioridad, para no quedarse retrasados en la marcha hacia la corrección política y porque, en el fondo, tanto las cúpulas de derecha como de izquierdas siguen con fidelidad perruna las orientaciones de la UNESCO que está en el origen de estos intentos de “reforma social”.

¿Cuál es el objetivo final de esta ideología? La “igualdad”. Igualdad llevada el extremo, al límite, a las últimas consecuencias. Todas las consignas de la UNESCO van en la misma dirección: mestizaje (igualdad racial), multiculturalidad (igualdad cultural), ecumenismo (igualdad religiosa), universalismo (igualdad nacional) y, finalmente, ideología de género (igualdad sexual). La igualdad es lo contrario de la Identidad. Y si existe la personalidad es porque existen distintos planos de identidades, de la misma forma que si existe personalidad es porque no somos granitos de arena en la arena de la playa e iguales, pequeñitos y redonditos. Desde que en el siglo XVIII la igualdad empezó a ser el mito que preludiaba la modernidad, el criterio se ha querido aplicar más y más veces… chocando con una tozuda realidad que implica que en la naturaleza no hay igualdad: HAY DIFERENCIACIÓN.

La igualdad sexual es la última etapa: sus defensores quieren negar la biología y la psicología. Es decir que hay células reproductoras masculinas y células reproductoras femeninas que se atraen y que, gracias a ello, se garantiza la especie. Y que hay neurosis provocadas por la vida moderna, los problemas de identificación, los dogmas culturales postmodernos y las simples chaladuras que implican que cualquier tendencia personal se convierta en “igual” a la que garantiza la supervivencia de la especie. A medida que se resta polaridad a la relación hombre-mujer y se elevan neurosis sexuales a la categoría de prácticas aceptadas y protegidas, lo que se logra es atenuar el instinto de reproducción

Hay quejas que uno no puede evitar formular sin acompañarlas por una carcajada de conmiseración hacia quienes se creen “reformadores sociales” y quieren regular la vida sexual de las parejas para que encaje con su noción de igualdad.  Está difícil eso de luchar contra la naturaleza. También me quejo de que hay giliflús que no se han enterado.

lunes, 16 de julio de 2018

Volumen LVI de la Revista de Historia del Fascismo: ADRIEN ARCAND Y EL FASCISMO CANADIENSE


Introducción

El ensayo elaborado por Rémi Tremblay titulado Adrien Arcand & le fascisme canadien fue publicado en junio de 2017 por Les Cahiers d’Histoire du nacionalisme publicados por la revista Synthèse Nacionale y ha sido traducido con autorización del autor, detalle que agradecemos. Con ello abordamos un número monográfico que tiene como protagonista a la figura más relevante de los movimientos fascistas nacidos en Canadá.

Hay que añadir que su orientación nacional fue federalista. Canadá, como se sabe, está compuesta por dos comunidades lingüísticas. Arcand nacio en el Québec francófono pero siempre defendió la existencia de una ciudadanía canadiense en buena armonía con la comunidad anglófona. La comunidad francófona, mayoritariamente en católica y la forma de fascismo que defendió Arcand tenía como rasgos diferenciales: catolicismo y federalismo. Arcand fue, sin ninguna duda, el líder fascista más lúcido y carismático de América del Norte.

En ese volumen, no solamente se explora la vida de Arcand sino también la creación y evolución del fascismo canadiense, que fermentó primero en las publicaciones editadas a principios de los años 30 y luego cristalizó en la formación del Partido Nacional y Social Cristiano que se transformó mediante la fusión con otros grupos nacidos en distintos Estados del Canadá, en el Partido de la Unidad Nacional Canadiense que ha existido hasta prácticamente el siglo XXI.

Este volumen resume pues la historia y el contexto en el que se desarrolló el fascismo canadiense, sus relaciones con el Partido Conservador y la personalidad de su fundador, su trayectoria profesional y como líder del partido fascista más coherente de Norteamérica y su impulso a la cultura franco-canadiense.

Sumario
Adrien Arcand y el fascismo canadiense

> Adrien Arcand en algunas fechas:.................  9
> Introducción.......................................... 11
> Arcand periodista.................................... 24
> La cruzada contra las escuelas judías............ 42
> El Partido Nacional Social Cristiano............... 61
> El mayor Scott.........................................74
> El vuelo.................................................83
> Hacia la unidad.......................................106
> From, coast to coast................................ 129
> La guerra en el horizonte...........................147
> En el campo de concentración.....................162
> Hard Gagetown.......................................186
> El retorno a la arena.................................194
> No dejar ir.............................................208
> La última milla........................................227
> La lucha continua.....................................239

Características del volumen:

- Formato: 15x21 cm
- Páginas: 250
- Abundantemente ilustrado
- Impreso en papel de 80 grs
- Portada en cuatricomía, plastificada y con solapa
- Precio de Venta al Público: 18,00 euros (+ gastos de envío).
- Pedidos superiores a 9 ejemplares 50% de descuento.
- Pedidos: emeinves@gmail.com

domingo, 15 de julio de 2018

365 QUEJÍOS (78) - ¿SELECCIÓN NACIONAL?


Me cuentan que “Francia” ganó el mundial de fútbol. Créanme que eso me deja tan frío como alicatar un iglú. La misma frase de “jugar al fútbol” entraña su banalidad. Y, por lo demás, los que se divierten, deberían ser los que juegan al fútbol, no los que lo ven sentados. En realidad, yo mismo jugaba al fútbol (como extremo izquierdo, por cierto) y nunca he perdido mucho tiempo viendo partidos. Nunca he entendido el fanatismo futbolístico, el patriotismo futbolero que es, cualquier cosa menos patriotismo), ni siquiera el que la gente pague para ver partidos. Me dicen que sí, que el ambiente de un partido es exaltante y que hay más calor que en la primera comunión de Kanouté. Será eso… pero a mí no me va. De todas formas, no es de eso de lo que me quejo sino de que no entiende de qué puede sentirse orgullosa una ciudad cuando, por ejemplo, apenas ninguno de los jugadores de su equipo es hijo de esa villa. O cuando gana una “selección nacional” cuyos apellidos y físico no encajan para nada en el perfil étnico de esa nación. Y de eso si que me quejo y lo considero una de tantas cosas incomprensibles.

La lógica implicaría, en primer lugar, que un deporte –y el fútbol lo es- siguiera las normas olímpicas del Barón Pierre de Coubertin: es decir, que fuera cosa de amateurs. Lo que resulta incomprensible es que se explote el orgullo nacional y el orgullo local sobrepagando a unos tipos para que corran con pantaloncito corto detrás de un balón con los colores nacionales que les importan mucho menos que la bolsa. Lo normal es que ganen los equipos que tienen más recursos económicos y pueden contratar mejores técnicos y futbolistas. Así pues, el fútbol es, sobre todo, cosa de inversión. ¿Y por qué no gana siempre el que más invierte? Respuesta: porque el azar forma parte del juego. Y a veces, incluso, las mordidas que hacen ganar y perder partidos, falsean resultados y, sobre todo, amañan apuestas. Se dice que la liga española es “muy competitiva”, cuando en realidad, lo que se quiere decir es que mueve mucho dinero. Gran parte procede de esponsores, pero otra lo pone el público con sus abonos y entradas, no precisamente baratas. El tránsito de miles de millones entre clubs, intermediarios, representantes, interesados, las deudas a la seguridad social, el dinero negro, todo eso, hacen del fútbol espectáculo de masas en el que la deportividad, el fair-play, o el orgullo quedan aparcados.

Y luego está la importación de jugadores. Yo no sé de que pueden sentirse orgullosos los habitantes de Villarriba si tienen tres jugadores magrebíes, cuatro africanos, dos argentinos, uno con pasaporte inglés pero que ha nacido en cualquier sitio menos en las Islas Británicas y dos que, para colmo han nacido en Villabajo. El entrenador italiano y el masajista portugués. Por poner un ejemplo. ¿Pueden estar orgullosos los habitantes de Villarriba de los éxitos de su equipo? ¿deben derrumbarse cuando siguen la ruta del Alcoyano? Y lo mismo vale para las selecciones nacionales.

Ahí tienen al equipo croata que ha llegado a la final y cuyos miembros parecen homogeneizados, no solamente por la camiseta ajedrezada, sino por el origen y los apellidos de sus miembros, frente al equipo francés que parece una colección de apellidos exóticos de los que solo tres tienen apellidos galos.
Encontraría cierta lógica a que los equipos locales y provinciales echaran mano a la cantera y vivieran solamente de la cantera. ¿Ganarían solamente los equipos de provincias grandes? No está claro. A lo mejor, los de provincias con climatología hostil, más rurales, resultan ser más duros y resistentes. Sin olvidar el factor voluntad. ¿Qué el espectáculo perdería vistosidad? Claro que perdería. ¿Es malo que el fútbol remita? ¿No será que ha llegado demasiado lejos como espectáculo de masas? ¿No existe demasiada obsesión por el fútbol aquí y ahora? Hasta los más fanáticos que conserven una mínima objetividad deberían reconocerlo.

En los años del franquismo, cuando la TV ponía un partido a la semana y otro el 1º de mayo, los progres de pastel decían que el franquismo utilizaba el fútbol como opio del pueblo ¿Qué dirían hoy cuando raro es el día de la semana que algún canal no obsequia con un partido e incluso cuando existen canales temático de fútbol para recordar el fabuloso encuentro Minglanilla-Bollullos del 6 de septiembre de 1965? ¿Qué la gente tiene que divertirse? Claro, el ocio es otro de los elementos que nos diferencian de los animales. Pero hay ocios activos y pasivos, motivadores y productivos, o estáticos e irracionales. Dime que ocio elijes y la importancia que le das y te diré de la pasta de la que estás hecho

Me quejo de que Gustav Le bon, hace más de 100 años tenía razón cuando decía que en un espectáculo de masas, el nivel medio de inteligencia y reacciones del público, no es el que corresponde a la media aritmética entre sus miembros, sino que se sitúa en el nivel más bajo del más bajo de los presentes. Me quejo de que cien años después, Le Bon sigue teniendo razón.


365 QUEJÍOS (77) – LOS VIEJOS HIPILOYAS NUNCA MUEREN


Mi pueblo es pequeño, marinero. En invierno parece como muerto. Más tranquilo que una digestión de verdura hervida. El censo dice que son 3.000 los habitantes, un 30% disperso por urbanizaciones y quizás otro 30% empadronado pero no residente. Así que aquí nos conocemos todos. Pero en verano, esto se ve invadido por toda una fauna extraña procedente de los barrios altos de Barcelona. Y de eso me quejo, de que lo que viene pretende estar “a la última” pero su creatividad apenas llega a imitar usos y costumbres de aquella “gauche divine”, más conocida luego como “izquierda caviar” que ha ido dando la tabarra desde finales de los años 60. Así pues, me quejo de que hay gente que cree estar en vanguardia de la moda y en realidad va con 50 años de retraso.

En los años 60, a esta fauna la había dado por el fenómeno hippy. Cuando el fenómeno llegó a España, en EEUU, su tierra madre, ya se habían extinguido. En realidad, Charles Manson fue el último hippyloya. Después suyo nadie volvió a reivindicar aquel título. Pero fue, precisamente en el 68 cuando la moda llegó a Cataluña (solamente en Ibiza había llegado un poco antes). Amor libre, porrito encajado entre los labios, sandalias flip-flop, pelo largo, flowers a tutiplé, comunas y mística oriental de baratillo. Eso los más salvajes. Los menos asilvestrados y que, en el fondo, no querían salir de la zona de confort de papá y mamá, optaron por las discotecas y pubs de moda (la Cova del Drac junto a todos los garitos de la calle Tuset y, sobre todo, Bocaccio) y tomaron conciencia de que su misión era “política”: niños bien, ganados por el pop, coqueteando con el marxismo y dándoselas de intelectuales. No era un movimiento, era un grupo de individualidades que respondían a los mismos rasgos taxonómicos: profesiones liberales, hijos de la alta burguesía, intelectuales reales o imaginarios, progresistas, muchos de ellos viviendo de la pluma o de la edición y, todos ellos, sin problemas económicos. Todos comprometidos con la “oposición democrática”, pero la mayoría sin militancia política real. Ninguno de ellos, nunca vivió la clandestinidad, ni los riesgos de una militancia ilegal. Les dio por la contracultural y el underground. Les llamaban “gauche divine” como un insulto y ellos aceptaron la definición como rasgo distintivo.

Estábamos en el tardo franquismo. Era la hora en la que el “compromiso político” (salvo que fueras un obrero) salía gratis para los intelectuales. El undergound y la contracultura desaparecieron de EEUU y, consiguientemente, el fenómeno se extinguió en España. Un sector importante se reconvirtió siguiendo las orientaciones místicas de los hipiloyas norteamericanos y el descubrimiento de las religiones orientales. El yoga especialmente.

Hay que realizar dos precisiones: el yoga, en la India, es uno de los escalones más bajos de la espiritualidad. Por debajo solamente tiene al faquirismo. Así que los que creen que el yoga es una “vía espiritual”, más vale que no se engañen: es una técnica de relajación con una base espiritual que no se puede entender completamente si no se comparte el universo védico en el seno del cual nacieron los distintos yogas. A lo que hay que añadir que los “misioneros” que trajeron el yoga de la India hasta occidente desde finales del siglo XIX, lo que trajeron fue una versión adulterada que resultaba imposible vender en la India, pero que se adaptaba bien al supermercado espiritual occidental como producto de rebajas. Los mismos resultados pueden obtener con cualquier método de relajación o con cualquier terapia psicológica.

Desde mediados de los 70, un sector de la “gauche divine”, de la “izquierda caviar”, mutó en el seudo espiritualismo. Y ahí están, en mi pueblo, haciendo “yoga en la playa”, con sus abalorios comprados en la India a cualquier mercachifle, con sus pañuelos orientales recién tradidos de Madrás o de Daramsala, con sus cortes de pelo a lo yogui tirado de Bombay, con sus cuatro posturitas rompecuellos y quiebraespaldas, con su pasotismo efecto del porrito descontrolado, sus hijos productos del amor libre y educados por la vida, berreando mientras ellos y sus acólitos intentan practicar “yoga en la playa”. Si está de mona la quinoa, se ponen hasta el ojete de quinoa, si es el tofu lo consumen en sobredosis y si se trata de beber, incluso te defienden que un latigazo de tu propio pis a primera hora es “depurativo y mineraliza el cuerpo”. Políticamente escépticos, nunca osarán criticar al “prucés”… Eso es lo que queda de la “izquierda caviar” cuya proliferación vermicular en los meses de verano en mi pueblo me hace elevar esta queja. Me quejo de que los viejos hipiloyas nunca mueren.

sábado, 14 de julio de 2018

365 QUEJÍOS (76) – SI LA RAZA NO MEJORA, EMPEORA…


Ayer me comentaba un amigo que su compañera trataba en un centro de psicología infantil. Cada día son más y más, los niños que enviados con problemas mentales de todo tipo hasta el punto de quedar saturado el centro. Algunos de los niños ya han nacido con problemas físicos y psíquicos heredados de sus padres. Quizás sea la hora de quejarse de que la palabra “eugenesia” suene hoy con connotaciones negativas, por mucho que  etimológicamente su significado sea “buen origen (eugoniké) del parentesco (eugoniké)”. Pero, ya se sabe que la “eugenesia” es algo políticamente incorrecto, condenado y arrojado al foso de lo herético. Habitualmente, se entiende por “eugenesia”, la “mejora de la raza”. Se sabe que la noción de “igualdad” y los “derechos humanos” imponen el desconsiderar todo lo relativo a la raza y no digamos a su mejora (algo que no puedo entender). El problema es que, si la raza no mejora… empeora. Me quejo de que parece preocupar que la raza “mejore” (y de ahí la oposición cerrada a la eugenesia), pero, en cambio no se manifiesta el más mínimo interés por su “empeoramiento”.

Anteayer el ministerio del interior anunció la incautación de varias toneladas de droga procedente de Marruecos, como intentando decir: “¿Lo véis? Pedro Sánchez cuida de vosotros y de vuestros hijos y no permite que la droga los envenene…” Que no os engañen. Nunca han existido tantas legiones de colgaos como en este momento. Y no es por casualidad. Rajoy ha gobernado este país durante siete años: nunca se ha fumado tanto porro ni ha corrido tanta cocaína como durante su período de gobierno… y era de derechas. Claro está que había heredado una situación de permisividad que inauguró Zapatero (y que contrastó con su beligerancia contra el tabaco), pero eso no es excusa. La realidad es que Rajoy no hizo absolutamente nada contra la droga. Simplemente, el que millones de jóvenes quedaran alobaíllos por el porro le venía bien: nadie protesta cuando está en estado semiletárgico.

Mi impresión es que, hoy se ha llegado a un acuerdo similar al que tiene lugar desde tiempo del franquismo con el contrabando de tabaco: de cada cuatro envíos uno queda incautado por la Guardia Civil. ¿Lo ignorabais? Pues es así. Es una regla institucionalizada. De esta manera los mismos contrabandistas se preocupan de que no aparezca competencia y que el negocio siga estable y sin riesgo. Es un acuerdo no firmado, pero real: de cada cuatro contenedores de tabaco de contrabando, solamente uno no llega a los circuitos de consumo. Me temo que, en cuestión de droga, se ha llegado a lo mismo.

Los recursos para la prevención de la drogadicción se han reducido prácticamente a cero y, administrados por ONGs, es como tirarlos por la ventana. Se da como irremediable que los jóvenes –y no tan jóvenes- se droguen con todo tipo de sustancias. Hay ferias de cannabis, te lo puedes cultivar en casa y en la “internet oscura” pueden incluso hacer que te lleven a casa jaco o farlopa. Lo políticamente correcto impone que solamente el tabaco y el alcohol sean objeto de censura pública y haya campañas preventivas. ¿Habéis visto alguna campaña alertando sobre las psicosis cannábicas o la esquizofrenia derivada de este consumo? Lo normal es decir: “¿cánabis? Pero si eso es salud, si es un medicamento…”, ¿para qué intentar contradecirles? De hecho, a mí, hoy mismo, no me importa que el número de colgados aumente (es su vida, su salud y es su libertad): lo que me importa es que los gastos médicos y los subsidios aumenten porque sé que lo vamos a tener que pagar, precisamente, los que no nos colgamos.

Y ahora viene el peor problema: un colgado no puede trabajar (¿qué empresario firmaría un contrato laboral con un tipo que aparece en la sección de personal con olor a porro? ¿Cuántos trabajadores de la construcción se han caído del andamio tras unas caladitas? ¿Cuántos mensajeros se la han pegado llevando pizzas, paquetería o conduciendo una furgoneta?), antes o después termina con la personalidad deshilvanada y en los servicios médicos o psiquiátricos. ¿Hay algo peor? Sí, claro, siempre las cosas pueden empeorar: porque es muy posible que, antes o después tenga hijos y los problemas se sucederán: no se avisa, pero algo se deteriora en los genes de los padres que han abusado de las drogas o que siguen abusando de ellas. ¿Educarlos? No están en condiciones de educarlos, quizás, como máximo, les puedan instruir en el arte de liar porros, en poco más. 

¿El resultado? Que instituciones como esa en la que trabaja la compañera de mi amigo, estén saturadas de niños que tienen muy poco futuro por delante y han nacido con síndromes que los lastrarán para siempre. ¿Es triste? No, es dramático. Lo triste es el papel del Estado en todo este circo: al haber renunciado a la “mejora de la raza”, ha aceptado implícitamente que la “raza degenere”. ¿Me quejo? No, de esto no me quejo, de lo que me quejo es de que ni partidos, ni sindicatos, ni ONGs digan ni hagan nada.  

viernes, 13 de julio de 2018

365 QUEJÍOS (75) – VIVIR EN PUEBLOS PEQUEÑOS


En 1981 me vi obligado por las circunstancias (yo era entonces un “perseguido político”) a vivir una temporada alejado en el campo, en Francia. La experiencia me entusiasmó. En pocos meses aprendí el arte de la herrería, manejé hachas y motosierras, sembré y me alimenté con lo sembrado, manejé y monté caballos, maté a ovejas y cabras para comer, ordeñé, aprendí a hacer queso y mantequilla, cultivé –con gran éxito, hay que decirlo- champiñones y, por resumirlo, disfruté de la vida. Desde entonces me quedó el gusanillo de que la vida en el campo era una maravilla. Lo he intentado, y después de aquella feliz experiencia han seguido otras tres a este lado de la frontera, que no podrían calificarse como completamente satisfactorias. Me quejo de que vivir en pueblos pequeños ya no es como antes. Me quejo de que la modernidad lo ha arrasado todo: en las grandes urbes y en los terruños. Me quejo de que las ciudades son cada vez más hostiles, pero los pequeños pueblos no resultan tan acogedores como podría pensarse.

Vázquez Montalbán me definió como un “exiliado interior” a mediados de los años 60. Tenía cierta razón. El problema es la importancia que se le da a la noción de “exilio” y de “interioridad”. El exilio y la necesidad de huir por razones políticas me implicaron habituarme a vivir fuera de España y hacer de cada lugar en el que me encontraba una “patria”, en la que seguramente había algunos camaradas y, por tanto, una tarea común que hacer. Me habitué a vivir fuera del ambiente que me había visto nacer y entender la figura de los “nobles viajeros” de la antigüedad. Así que la noción de “exilio” fue para mí una epifanía. Luego vino en mi ayuda la noción de “interioridad”. Ésta solamente la puedes experimentar en toda su intensidad, cuando el rechazo a lo que te rodea te obliga a refugiarte en ti mismo: permaneciendo distante de “lo exterior”, encuentras refugio en “lo interior”. Eso me ocurrió en el primer período de cárcel en Francia, apenas 90 días, los suficientes para descubrir –a través de Julius Evola y de René Guénon, hay que decirlo- lo que “la interioridad” y su función.

Cuando todas estas peripecias terminaron, me sentí incómodo en la gran ciudad. Ruidos, olores, ambiente hostil, degradación creciente, nuevas construcciones que ocultaban sólo el desplome interior de la sociedad española que empezó en los 80, con el “desencanto” y que hoy persiste cuando ya nadie se acuerda de “los indignados”. Busqué experiencias de vida en el campo. Hoy estoy felizmente instalado en un pequeño pueblo de pescadores. Y, créanme, si uno acepta su situación de “exiliado interior”, éste es el mejor de los mundo. A 50 metros de casa, la playa. A 100 metros, en dirección opuesta, la montaña. Saliendo del casco urbano, el olor a porro y a gasolina quemada queda atrás, es difícil que un perro pulgoso te traspase su pasaje de pulgas, e incluso hay gente entrañable. Pero, no nos engañemos, ni pretendamos engañar: ni soy de aquí, ni siquiera pretendo integrarme aquí.

¿El motivo? Somos de donde somos. Yo soy de Tabarnia. Nací en la “Esquerra del Eixample”. "Soy" de allí. Puedo estar navegando sobre el Amazonas camino de Manaos con caucho en la bodega, puedo estar junto a las quimeras de Notre Dame de París o esperando un contacto en Carrara, puedo escribir un artículo en La Paz o refugiarme bajo una mesa en Beirut, incluso me puedo tomar un pescaíto frito y unas bravas en el Maresme o en una taberna de Santillana, pero no soy de ninguno de estos lugares. Sé muy bien quién soy y de dónde vengo: soy un hombre, tengo un lugar de origen y pertenezco a un linaje que se inició en el siglo XV, esa es mi identidad, no tengo otra. Puedo adaptarme y, de hecho no me cuesta mucho hacerlo, pero no soy del sitio en el que me encuentro. Ni siquiera pretendo serlo: la situación de “exilio interior” es mucho más cómoda. El lugar del que provengo (la ciudad de Barcelona, España) ya no existen como las conocí. Son otras y de ese lugar no soy yo.

El otro día lo hablaba con un abuelo de por aquí: no vale la pena tratar de integrarse porque en los pueblos pequeños la vida ha quedado tan descoyuntada e inorgánica como en las grandes ciudades, con la diferencia de que en Diagonal Mar o en la Zona Olímpica hay diferencias entre vecinos del mismo bloque, mientras que en un pueblo, lo que te impide integrarte es que está todo el mundo el peleado y las enemistades van por familias. Hacer amistad con unos, implica que otros te miren mal y a la inversa. ¿Entienden por qué no me interesa integrarme en nada?

La modernidad es inviable por su carga de valores individualistas y finalistas (paz universal, amor, fraternidad, humanismo). La ausencia de valores instrumentales (los necesarios en el día a día: honor, lealtad, sacrificio, esfuerzo), depreciados por la escuela, por los medios de comunicación y no transmitidos por ninguna institución, olvidados en la mayoría de familias, es lo que hace que la vida rural y urbana vayan degenerando progresivamente. No es que uno no pueda integrarse en un pequeño pueblo, es que no vale la pena hacerlo. Más que quejarme de eso, lo reconozco simplemente. Me quejo, eso sí, de que la vida ya no es como antes




jueves, 12 de julio de 2018

365 QUEJÍOS (74) – LO REVOLUCIONARIO HOY ES SER NORMAL


Me quejo de que la modernidad ha generado tal alteración en la sociedad que, en el límite, al que hemos llegado en los últimos dos o tres años, no solamente se hayan alterado todos los valores, sino que los comportamientos canónicos que hasta ahora se consideraban “normales”, simplemente, han dejado de serlo. Y lo que es más significativo, resulta incomprensibles e intolerables para los promotores de la corrección política. Y esto nos ha llevado hasta el punto en el que hoy lo más revolucionario y contracorriente es, coño, ser normal. De eso me quejo.

En una conferencia, hace unos años, puse un ejemplo muy gráfico de lo que está ocurriendo: “Miren mi mano. Está cerrada. ¿Qué dirían si alguien les convenciera de que la muestro abierta? Seguirían diciendo que la mano está cerrada y que alguien está tratando, simplemente, de tomarles el pelo… porque la mano, véanla ustedes mismos y no se engañen, está cerrada”. Y esto tiene mucho que ver con lo que está pasando. El otro día en un debate televisivo en la primera cadena, a las 13:00, en la que todas sus protagonistas son mujeres de distintas  tendencias (ni un solo hombre… seguramente por aquello de que la “igualdad” es pura ficción) una de las tertulianas –ciertamente con mirada de trastornada- decía: “Hoy que los hombres quieran llevar falda o no es un debate interesante…”. Señora: esto no es Escocia, aquí los hombres  visten pantalones. Eso es lo normal.  Quien no acepte unas nociones mínimas de normalidad, está perdido y demuestra ser solamente un neurótico que, en lugar de ser tratado como tal, ve su obsesión “comprendida” y adquiere, inmediatamente, carta de ciudadanía como “una opción”: hombres con faldas, transexuales de quita y pon que tan pronto se operan castrándose como al día siguiente aspiran a volver a la mesa de operaciones para que les pongan testículos y picha de plexiglás (¿en el fondo, por qué no? ¿quién es la naturaleza para establecer el sexo con el que nacemos? El sexo se puede elegir como se elige el color de una camisa…).

Todo resulta comprensible, todo se acepta, todo es lícito porque todo es, en el fondo, un ejercicio de libertad y la libertad, como se sabe, solamente es tal cuando no tiene límites ni cortapisas. Así que si quiero casarme con una merluza o con un besugo puedo hacerlo y nadie podrá impedirme tener hijos que puedo adoptar en la lonja del pescado o en cualquier mercadillo de compra venta de niños africanos o asiáticos. No hay nada como mostrar lo absurdo de los extremos para empezar a vislumbrar el origen del problema. Y este origen es que se ha perdido la noción de “normalidad” en todos los terrenos.

¿Qué puede considerarse como normal? Lo que impone la naturaleza de la que nosotros mismos formamos parte de manera ineludible Ésta, por ejemplo, es conservadora (algo que el progresismo nunca le ha perdonado): la biología enseña incluso que ni siquiera los caracteres adquiridos se transmiten por herencia. Así que es preciso negar a la naturaleza. A esto se le llama titanismo: el Titán mitológico era aquel que emprendía una acción superior a él… y fracasaba allí donde el Héroe (la otra raza rival) triunfaba. Habitualmente, el Titán no medía sus capacidades ni la dimensión de la empresa en la que se embarcaba. Negar la naturaleza es mal asunto porque, como la mano que está cerrada, antes o después, la realidad se impone: yo no quiero “tener hijo”, quiero tener DESCENDENCIA de mi sangre y por la que discurra la sangre de sus antepasados. No quiero casarme con una merluza ni con un besugo, quiero casarme con una mujer. ¿Qué ocurre? ¿Qué no he encontrado al “hombre de mi vida”, que soy un “reprimido homófobo”? No, hombre, no: es que quiero que mi hijo salga del vientre de una mujer, no de una probeta, no quiero comprarlo al peso en un mercadillo persa, ni buscar un sucedáneo con un perro o un gato. Y, además, quiero hacerlo así porque es lo NORMAL. El Titán pretendía que la noche no siquiera al día, el “políticamente correcto” intenta otro tanto en nombre de “la libertad”. Pero lo normal es que el día suceda a la noche.

El ministerio de la verdad orwelliano ha actuado subrepticiamente a través de la UNESCO, la máxima difusora de los mitos políticamente correctos y de las ideologías de género. “La verdad es la mentira y la mentira es la verdad”. La mano que está cerrada, vamos a convencer a la masa de que, en realidad, está abierta. Hay que ser “libre” incluso de nuestros propios sentidos. Hay que destruir la idea de normalidad en todos los terrenos… Se aproximarán, pero no lo conseguirán. La especie humana tiene un rasgo que la distingue de los animales: dispone de conciencia de sí mismo y de la racionalidad. Borre usted al ser humano esos elementos y lo habrá convertido en un animalico. ¿Entendéis ahora porque las “ideologías de género” no pueden defenderse con argumentos racionales, sino que son los nuevos mitos de la modernidad, indiscutibles e intocables? De eso me quejo y por eso me siento más revolucionario que cuando quería incendiar el mundo con una tea: porque soy NORMAL.



miércoles, 11 de julio de 2018

365 QUEJÍOS (73) – CIEGOS QUE GUÍAN A CIEGOS


Me refiero a psicólogos y psiquiatras. Por esos mundos de Dios he conocido a muchos de ellos (no como paciente, hay que decirlo, para evitar insinuaciones y bromas, pero sí como periodista, amigo o conocido) y siempre me ha sorprendido que gentes que suelen tener problemas psicológicos –y en algunos casos muy graves- traten de ayudar a otros a resolver los suyos. Es como cuando un médico te recuerda que el fumar es perjudicial para la salud y acto seguido lo ves en la puerta del consultorio fumándose un pito. O cuando el tipo que te tenía que reparar la tostadora te sugiere que hagas como él y compres otra. Me estoy quejando de que la ayuda psicológica en la sociedad moderna, está en manos de un personal que, en muchísimas ocasiones, no da la sensación de estar muy fino. Una vez más, me quejo de que sean ciegos los que guíen a ciegos.

Se conocen los problemas y las obsesiones de Freud (que si era adicto a la cocaína, que si estaba enamorado de su cuñada, que si lo reducía todo al sexo y lo quería interpretar todo en función de los recuerdos y experiencias de la infancia, que si era celoso de su autoridad, intolerante y excluyente) o el hecho de que, como mínimo, uno de sus discípulos disidentes, Wilhelm Reich, acabara encerrado con muestras más evidentes de desequilibrios psíquicos y tras vender “cañones destructores de nubes” o “armarios orgónicos”. Ahora que se ha estrenado la película sobre Lou Andreas Salomé, otra discípula de Freud y la primera mujer miembro del Círculo de Viena, parece evidente que la chica, aparte de lo brillante de su personalidad (encandiló a Nietzsche, Rilke y al mismo Freud, así que algún encanto tendría) mostraba una psique que no terminabande funcionar bien, por mucho que uniera el psicoanálisis de Freud a la filosofía de Nietzsche y que estudiara la sexualidad femenina con conocimiento de causa. Pero no hace falta ir tan lejos…

Hará unos años entrevisté a un psicólogo notable que pasaba por ser el introductor de la psicología traspersonal y dirigía una asociación que agrupaba a profesionales de esta escuela. El tipo era, simplemente, un pelmazo. Dios no le había adornado con el noble arte de la amenidad, sus explicaciones eran farragosas, aburridas, densas y opacas (como farragoso, denso y opaco, por cierto, es la psiquiatría de Carl Gustav Jung). No atendía ni a mi lenguaje corporal, que indicaba hastío, ni siquiera a mi lenguaje verbal que le decía una y otra vez que la entrevista había terminado y que con el material que tenía ya había suficiente. Me resultaba imposible pensar que alguien cuya profesión debería de servir para ayudar y conocer a alguien era incapaz, no solamente de reconocer en mis reacciones la sensación de distancia y alejamiento, sino de no conocerse a sí mismo. Unos meses después entrevisté a otro “terapeuta” que se jactaba de haber fusionado la antigua frenología (considerada como superchería desde finales del siglo XIX), con la fisiognomía y con la psicología. Exactamente igual que el anterior: incapaz de contener su riada de explicaciones acientíficas, era, además, agresivo y compulsivo: quería que se publicara esto o aquello, salir favorecido, vamos, y que la entrevista incluyera más material del que el espacio reservado para ella podía albergar. En programas de radio, conocí y entrevisté a más terapeutas y psicólogos transpersonales, muchos de ellos daban clases para formar a otros. La alumna de uno de ellos me confesó su sorpresa cuando creía estar entre gente razonable y el terapeuta ordenó el ejercicio de sacar la agresividad golpeando una colchoneta. Mi amiga, de repente, se vio rodeada de una decena de energúmenos de salvajismo evidente que agredieron hasta despanzurrar por completo la colchoneta. Y parecían normales. Nunca más volvió a verlos como gente normal…

Historias de estas, tengo todas las que quieran. Son discutibles y subjetivas, ya lo sé, pero no por ello menos significativas e incluso empíricas. Pero, de la misma forma que cuando uno conoce a los jueces en fiestas y celebraciones, cuando no llevan la toga, y se sorprende que la justicia esté en manos de algunos de ellos que son simplemente impresentables, se sorprende también de que “terapeutas” que pretendan curar las dolencias psicológicas de unos no sean ni siquiera capaces de curarse a sí mismos.

No me extraña que al final terminen recetando cualquier fármaco. Por lo que recuerdo de mi infancia, algunos curas en el confesionario eran verdaderos “directores espirituales” y no me extraña que en España hasta la guerra civil, los mejores libros de “autoayuda” fueran escritos por jesuitas… esto es, por gentes a los que se les había enseñado desde el seminario a conocerse y controlarse a sí mismos. Para eso servían los ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola, ciertamente. Me quejo de que, también en este terreno, hoy haya demasiados ciegos que traten de guiar (hacia el precipucio) a legiones de ciegos.

martes, 10 de julio de 2018

365 QUEJÍOS (72) – JUBILACION LEJANA


Me quejo de que la tendencia de los gobiernos europeos es a alejar cada vez más la edad de jubilación. Que si primero a los 62, luego a los 65, a los 67 y, finalmente, en algunos países europeos ya se piensa en los 69 años como edad para jubilarse. La cosa no acabará aquí. La tendencia es a hacer coincidir la edad de jubilación con la de fallecimiento. Eso y escatimar la cuantía de las pensiones. El 1º de mayo ya me quejé de unos sindicatos inutilizables que firman todo lo que patronal y gobierno les pone por delante a cambio de unos euracos. La carne de sindicalista se cotiza bajo. Ahora de lo que me quejo es de ese permanente cambio en la edad de jubilación para ajustarla a las posibilidades oficiales del país.

Seamos claros: el argumento de que “cada vez vivimos más”, es falaz y falso. Vivimos lo mismo que se ha vivido siempre. Es una mentira estadística. Lo que ocurre en realidad es que la mortalidad infantil ha descendido y eso ha hecho que la media de edad parezca que aumenta: Carlomagno en el siglo VIII, vivió 72 años y el Emperador Tiberio, llegó a los 79 en el siglo I. Por citar unos ejemplos. Sin embargo, hasta no hace mucho, los niños tenía una alta posibilidad de morir en el parto o poco después (y a las madres no les iba mucho mejor por culpa de lo que se conocía como “fiebres puerperales”). Pero, una vez reducida la mortandad infantil, era evidente que la edad media de las poblaciones, tendería a aumentar. Claro está que las condiciones de vida tienen su parte… pero no tanto como se cree: la gente ya no muere tan a menudo de tisis o de sífilis, pero lo hace de cáncer o de infarto, así que, lo comido por lo servido.

Lo que ocurre es que en la actualidad, cuando las exigencias de la economía, podrían permitir que nos jubiláramos a los 50 años para dar paso a otras generaciones de trabajadores más jóvenes en una economía deslocalizada y robotizada, lo que ocurre es todo lo contrario, que cada vez los gobiernos retrasan más la edad de jubilación. El motivo es triple: 
- de un lado mala administración de los recursos del Estado
- de otro, la exigencia de nuevos grupos sociales de absorber subvenciones y subsidios (concretamente inmigración) y, 
- finalmente, la reticencia de los Estados a que la gente tenga tiempo libre para pensar y energías para actuar. Porque el absurdo de la actual ordenación del mundo occidental, en caso de ser advertida por grupos con suficiente cultura, inteligencia y capacidad de análisis, podría dar lugar a movimientos reivindicativos imparables: así que es mejor que se deje a los jóvenes empanaos con los porros y a los adultos preocupados por si les llegará o no la pensión a fin de mes.

El Estado, nos dicen los políticos, piensa en los jubilados… por eso se ha creado el INSERSO, que no está muy claro si es un sistema de vacaciones para la tercera edad o un intento de que palmen antes con atracones en hoteles y bufetes libres, o simplemente, por llevar a los abuelos a zonas donde las olas de calor son más deletéreas. Y, además, tampoco hay tantas plazas para el INSERSO, ni los destinos van más allá de los tópicos destinos turísticos.

Lo peor y lo que suscita mi queja es que el régimen (y sus “agentes sociales”) lo que pretenden es que el jubilado quede aparcado en un rincón de la sociedad, se contente con una paga que debe de administrar con cuidado de no gastar ni un euro de más (porque en primavera viene el tío Paco con la rebaja en forma de Declaración de Hacienda) y que le dé suficiente para alimentarse de sopa de ajo

Pero la vida es otra cosa, tanto en su versión apolínea como dionisíaca: porque cuando llega la jubilación uno ya no está para muchas alegrías y le da la sensación de que le han escatimado la vida. Cuando tenía 25 años escribí un pequeño opúsculo que se llamaba “La jubilación a los 18 años”. Eran los tiempos en los que se pedía “votar a los 18 años”, yo tenía conciencia de que esa reivindicación iba a ser completamente inútil. Y que los jóvenes a esa edad, lo que deberían es vivir como jubilados: preocuparse de formarse, meditar, gozar sin trabas y vivir sin tiempos muertos. ¿Votar? Eso para los que no saben hacer otra cosa que decir "sí" a este o a aquel. Hoy, con algún matiz, claro está, sigo pensando lo mismo. Aquel título provocador, hoy lo hubiera modulado: “¿Votar? En el basurero. ¿La jubilación? Lo antes posible, ¿La vida? Siempre”.

Me quejo de que los jubilados siguen siendo (dentro de unos meses yo me incluiré en la categoría) una clase “pasiva” silenciosa, permanentemente engañada y a la que se le puede engañar porque no hay partido, ni sindicato con entidad suficiente para asumir que la edad de jubilación no debe retrasarse sino adelantarse, exigir que la cuantía de las pensiones más bajas se duplique. Me quejo de que el Estado gaste tanto y subvencione en tanta gilipollez, pero escatime a los jubilados pensión y dignidad: porque considero indigno e insultante que un recién llegado cobre solamente un poco menos que un jubilado que se ha pasado décadas trabajando o que un colgao que a los 35 ya es un desecho social, sanitario y mental y necesita una pensión mensual para seguir liando porros.

domingo, 8 de julio de 2018

376 QUEJÍOS (71) – IR A LA PLAYA ES MORIR UN POCO


La natación es un sanísimo ejercicio para el cuerpo humano,  una actividad poco agresiva, propia del verano y que puede practicarse en playas, ríos, lagos, presas y piscinas. En algunas regiones de España y en algunos años, puede irse a la playa desde principios de mayo. Si en el invierno el mejor deporte es caminar, en verano el título se lo lleva la natación. Los que vivimos cerca del mar nos podemos permitir el chapuzón todos los días. Así pues no me voy a quejar de la buena vida sino de que cuando se inicia la temporada turística (julio y agosto) las playas, incluso de zonas no particularmente saturadas, se convierten en algo masificado que llega a lo desagradable. Me quejo de que las formas modernas de ocio han transformado el placer en una experiencia lamentable.

Me pregunto qué busca la gente yendo a la playa a una hora punta: a partir de las 11:00 y hasta las 18:00, las playas del litoral español se convierten en zonas con una densidad próxima a los cuatro habitantes por metro cuadrado. Lo sorprendente no es que la gente acepte y asuma la masificación como algo natural e incluso agradable, sino que a esas horas el sol pica con más fuerza, la radiación solar es mayor y el riesgo de sufrir melanomas, aun rebozándose en cremas de protección solar, aumenta hasta lo indecible.

Servidor tiene dos métodos que recomiendo encarecidamente: en primer lugar tomarse las vacaciones fuera de los meses de verano. En junio o septiembre no existen rastros de masificación. La segunda es ir a la playa antes de las 11:00 o después de las 18:00, cuando no existe masificación o cuando ésta ya ha remitido. Con la ventaja añadida, de que a esas horas la radiación solar es menor.

Y me quejo de que esto, que parece bastante razonable, no es lo que suela realizar la mayoría de españoles y de turistas. Y, créanme, no es un plato de gusto acudir a una playa en la que el niño de al lado continuamente te está arrojando arena con sus carreras histéricas a un lado o a otro o con su pelotita de los cojones ante la mirada entre apática y pasmada de sus padres, peor si en lugar de niño es un perro pulgoso y peor aún si se combinan niño y perro (lo cual ocurre a menudo induciendo a pensar que el parque de padres masoquistas va en aumento), la que practica top-less y está a punto de sacarte un ojo con el pezón, cuando te tienes que enterar a la fuerza de la conversación de las marujas que tienes pegadas a tu toalla, cuando los horterillas de allá y aquellos otros allende sombrillas, emiten la peor música que pueda existir en sus móviles disonantes y atronadores, cuando el griterío de todos se hace ensordecedor y en lugar de deporte y tranquilidad, lo que  se vive son situaciones de estrés y tensión, cuando los colgados de uno y otro lado parecer haber entablado una competición para ver quién es capaz de liarse y fumar más porros en menos tiempos, cuando te pasan constantemente los que han venido a pagar las pensiones de los abuelos vendiendo baratijas, cuando los chorizos amenazan con llevarse tus gafas de sol, o tus deportivas, o el móvil, cuando a un lado y a otro ves personal arrojando latas vacías, envases de plástico, restos de comida y algún colgao –donde hay porros hay colgaos - que incluso se le ha roto la Xibeca y que el gilipollas hasta se ríe y todo (y no le digas que recoja los trozos de vidrio que no te entenderá); por si eso no fuera poco, el olor de sobaquillos, entrepiernas, pubises y culitrancos malolientes se mezcla con el de cremas protectoras de baratillo (que no estoy muy seguro si sirven para algo pero que, en cualquier caso, contribuyen a aumentar la explosión de aromas). Luego están, claro, los moritos que miran a ver si hay alguna pechuga generosa que se muestre y que se suman a los mirones carpetovetónicos (que no son pocos)… Esto es lo que se produce sobre la arena.

En las orillas de la playa la cosa no mejora. No siempre está limpia el agua. En ocasiones parece un caldo recién hecho. Cuesta llegar a un lugar en donde se pueda nadar. Siempre hay alguna canoa que corre el riesgo de hacerte la raya en la frente, gente practicando snorkel que, en realidad, mira los bajos de l@s bañistas, los niños y no tan niños que se tiran agua unos a otros y unos contra otros, cientos de personas que chocan entre sí, el colgao que le ha dado el pasmo por el contraste entre el calor y la temperatura del agua y que si se ahoga o no se ahoga porque lleva con el porro desde que se ha levantado y son las 17:00, los vigilantes de la playa que no se parecen en nada a los titulares de la serie por mucho que lleven la misma barquilla roja en mano y, ocasionalmente, las medusas y los medusos, los que al notar la temperatura del agua gritan y solamente son superados por otr@s que dan alaridos. Como para que vengan los giliflús de las cruces amarillas y hagan una “plantá”…

¿Lo ven cómo la masificación y el modelo de ocio moderno ha conseguido convertir a la natación y a los lugares paradisíacos de la costa en una especie de antesala del Infierno de Dante? Me quejo, claro está, aun a sabiendas de que es hora de que vaya preparando la mochila, porque es hora de ir a la playa. Eso o viviré lo que acabo de describir.