miércoles, 12 de septiembre de 2018

365 QUEJÍOS (136) – EL DÍA DE LA MARMOTA EN VERSIÓN INDEPE

Cuando se está fuera de España, lo que ocurre en la Patria se redimensiona y adquiere, casi siempre, un tamaño más próximo al real. Reconozco que en Cataluña es difícil hacerse una idea de lo que está ocurriendo y más si se elige TV3 como canal de paso obligado. Lo llevo diciendo desde hace años: en Cataluña no pasa nada. Bueno, pasa algo: que los nacionalistas de ayer, independentistas de hoy, no se resignan a que su opción sea irrelevante desde las últimas elecciones generales para el gobierno de la nación. Pasa que el nacionalismo que no desemboca en la independencia carece de sentido. Y pasa que la creación de nuevas naciones pequeñitas es cosa del anteayer. Así pues, no me voy a quejar de nada de todo eso. Me quejo de que Cataluña se parezca cada vez más a la película Atrapado en el tiempo y que cada 11-S vuelva a ser una reedición del Día de la Marmota. Y eso sí es para quejarse.

En 1977 le dije a Blas Piñar: “Dentro de 10 años el 20-N se celebrarará en un teatrito”. Me equivoqué por muy poco. Yo iba a los 20-N. El 20-N de 1977 fue “el de la lluvia”. Llovió a cascoporro y todos nos mojamos hasta las entrañas. El año anterior, el 76, yo estaba colgado de los güevos del caballo de Felipe IV (del IV no del VI) y la plaza estaba llena en dos tercios. Sin embargo, certifico que en los dos 20-N siguientes aquello  se disparó: pasadas las primeras elecciones democráticas la afluencia empezó a ser masiva hasta el 20-N de 1981, a partir de ahí empezó el declive por mucho que El Alcázar proclamara que habían asistido 1.000.000 de personas en 1980 y 1.500.000 en 1981. Además, después del 23-F ya daba igual los que se concentraran allí: la democracia ya estaba consolidada y la incapacidad de la derecha franquista para pensar en términos políticos hizo que su potencial fuera a parar al PP en donde se terminó diluyendo con el paso inexorable del tiempo.

Si menciono el 20-N, en el post 11-S, es por la “guerra de los números”: en 2011 se llegó a dar la cifra de 2.000.000 de asistentes a una manifestación a la que, difícilmente, debieron ir más de 300.000 personas (que no son pocas). Cifra análoga a la del “mejor 20-N” (quizás el de 1979 ó 1980). El Alcázar, con toda su prosopopeya patriótico franquista llegó a sacar un extra titulado La manifestación más grande jamás contada

http://eminves.blogspot.com/2016/10/cuadernos-blancos-tintin-con-camisa.html

Con el 11-S pasa algo parecido. Hay una guerra de cifras: los organizadores consideran un fracaso todo lo que baje de 500.000 de asistentes (y nunca han sido tantos), así que maquillan las cifras. No es raro. Todos lo hacen. Lo que pasa es que llegar a multiplicar por 7 los asistentes (como se hizo el 2011 dando la cifra de 2.000.000 de manifestantes) parece algo exagerado e increíble: como si 1/3 de la población catalana hubiera asistido. Poco después hubo elecciones catalanas y los votos independentistas sumados no llegaron a esa cantidad (se quedaron en 1.800.000, así que…). Este año la cifra oficial es de 1.000.000 de manifestantes (mejor redondear…) aunque todos sabemos que no ha llegado ni en broma a esa cifra. De hecho lo sabe todo el mundo, menos el pringao que está en medio y tiene la sensación de ser un átomo minúsculo en un océano de gente. Este año el problema que han tenido ha sido que la manifestación se ha hecho en una zona fácilmente mesurable y lo más objetivo es reconocer que no han podido asistir más de 250.000 personas. Que no son pocas.

A pesar de las belicosas declaraciones del troglodita que ejerce de “honorable”, un verdadero “tigre de calçots”, lo cierto es que se ha tratado de una diada a la defensiva y en la que lo único que se ha pedido es “la libertad de los presos”. Yo coincido casi con los manifestantes: los presos no pueden quedarse eternamente como “preventivos”, es preciso que el juicio se vea y que se vea rápido. A pesar de que el “tiempo jurídico” no es el mismo que el “tiempo político”, personalmente sé lo que desgasta un año de cárcel, especialmente si se ignora la condena o se ignora cuánto más se va a permanecer en el chopano. Así que no estaría de más que el gobierno instara a los tribunales a ponerse las pilas y si el juzgado que lleva el caso precisa más funcionarios que los tenga, si precisa más fotocopiadoras que se las pongan, pero un proceso que se dilata tanto es, en esto como en todo, inadmisible.

Decía al principio que esto recuerda el Día de la Marmota. Se conoce la película de Bill Murphy y Andie MacDowell: un periodista displicente entra en un bucle temporal del que no puede escapar. Cada día vivirá los mismos hechos, pero tendrá la ocasión de rectificar su comportamiento hasta que, finalmente, se convierte en un tipo que logra seducir a su productora porque ha alcanzado el nivel requerido de humanidad. Y todo sucede el Día de la Marmota. Es una muy buena película que me recuerda lo que ocurre en Cataluña y lo que les ocurre a los independentistas.

Cada año tienen la ocasión de rectificar y cada año imprimen un pequeño giro a su guión. El 11-S de 2017 se celebraba para apoyar el seudoreferéndum del 1-O. Todo era triunfalismo. El año anterior, se celebró para impulsar la unión de todas las fuerzas políticas tras el “procés”. Ahora lo que se busca es “liberar a los presos”. El que viene se protestará por las multas multimillonarias y las condenas que les habrán caído. Habrá habido elecciones en el Estado y el camino a la independencia seguirá cerrado por la constitución. Cataluña, región otrora industrial, seguirá siendo el paraíso turístico para visitantes en chancletas y en busca de botellón y porrito barato. Las empresas que se fueron no volverán. Y las defecciones, que están siendo ahora por vía de ausentarse sin dejar señas, dejarán paso a las defecciones acompañadas de recriminaciones públicas.

Todo lo que no avanza, retrocede. Cuando al lumbreras de turno se le ocurrió tirar adelante la “vía del referéndum”, hacia 2010, Cataluña entró en el bucle: cada 11-S se repite lo mismo pero con un ligero cambio de escenario. Desde las detenciones de septiembre de 2017, la cosa no ha progresado, todo lo contrario: muestra divisiones internas irreconciliables, Quim Torra ni siquiera tiene partido, es diputado por Junts per Catalunya, disidente de ERC, no se integró en el PDCat y va de independentista indepe o de independiente independentista… Sergi Pàmies en La Vanguardia dice hoy que “el mensaje es la constancia”. Si La Vanguardia fuera un período con un mínimo sentido de la ironía, donde dice “constancia” hubiera puesto “día de la marmota”.

La película fue inmejorable, pero ni Quim Torra, ni Puigdemont son Bill Murray  ni Andie MacDowell. Fundamentalmente, de eso me quejo: la película tenía guión, lo que está ocurriendo en Cataluña es que, año tras año, nadie entre los indepes, tiene valor para reconocer el fracaso y salir del bucle formado por autocompasión, victimismo, apelación a unas masas que irán disminuyendo (como ocurrió en los 20-N) y agitación, no de los partidos políticos, sino de TV3, el RAC y Catalunya Radio. Me quejo de que el Día de la Mazrmota indepe nunca saldrá del bucle: salir implica reconocer que el tiempo del nacionalismo ha pasado.


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martes, 11 de septiembre de 2018

365 QUEJÍOS (135) – SUCESIÓN Y SECESIÓN, HONORABLE Y ORINABLE

Barcelona el 11 de septiembre de 1714 : si los que estaban atacando Barcelona eran tropas borbónicas, los defensores deberían ser republicanos independentistas... Eso se sugiere en las escuelas catalanas. Y resulta que no. De hecho, los catalanes eran monárquicos a machamartillo y querían que fuera el Archiduque Carlos de Habsburgo y Neoburgo, Carlos III de España, quien se impusiera sobre la dinastía borbónica que, solo un siglo antes se había apoderado –gracias, mira por dónde, a Pau Clarís, otro personaje hoy exaltado en las escuelas públicas– del Rosellón y de la Cerdaña prohibiendo el uso del catalán. No me voy a quejar de todas estos agravios históricos, ni voy a recordar que el despegue industrial de Cataluña vino, precisamente, después de 1714, sino que me quejo de que en las escuelas catalanas de confunda GUERRA DE SUCESIÓN con GUERRA DE SECESIÓN. Porque eso es, en definitiva, lo que ocurre: ciertamente “sucesión” y “secesión” suenan parecido, pero nada más diferente que ambos conceptos. Existió una “guerra de secesión”, claro está, pero en los EEUU, y siglo y medio después.

Reconozco que tengo un problema al interpretar este período de nuestra historia: me siento, emocionalmente, próximo a los Habsburgo y reconozco que en el período de los “grandes Austrias”, España llegó a ser primera potencia mundial. Bien, pero eso ocurría en el siglo XVI. Luego todo fue decayendo, quizás porque la tarea imperial estaba fuera de nuestras posibilidades y, porque, tanto los Habsburgo como los Borbones, no se olvide, fueron dinastías extranjeras que no acabaron de entender a los españoles y su situación anímica. La Reconquista había dejado agotado a nuestro pueblo y los Habsburgo nunca fueron capaces de elegir entre “España potencia naval” o “España potencia continental”. Porque lo que estaba claro es que no podía ser las dos cosas. Más claro lo tuvo Portugal que se erigió en potencia naval sin dudarlo. Al llegar el siglo XVIII, el concepto imperial de los Austrias se había quedado atrás. La historia es una apisonadora y lo que sirvió hace 200 años, seguramente, hoy es inviable. La España de los Austrias, la España tradicional se había ido agotando poco a poco. Era como si la formación de un Estado-Nación se hubiera detenido en España a finales del siglo XV y, perdido el impulso, se hubiera querido mantener una organización semifeudal en el siglo XVIII. La España de aquella época demostraba tener una escasa posibilidad en “actualizarse”.

Lo que cambió con el resultado de la Guerra de Sucesión fue que a una monarquía tradicional habsbúrgica, le sucedió una monarquía tradicional borbónica. La historia dio un pasito adelante en nuestro país y aquí se implantó todo lo que estaba de moda en el mejor período de la Francia postmedieval. Antes decía que los borbones le fueron bien a Cataluña, porque durante dos siglos procuró ir a lo esencial: trabajar. Desde que estalló la Revolución Francesa hasta la crisis del 98, ese ciclo fue EL MÁS ESPAÑOL DE CATALUÑA. Los catalanes estuvieron en primera fila en la “guerra del francés”, en la guerra de la independencia, en la defensa de la América Hispana, en Cuba y en Maracaibo, e incluso la última revuelta ultramonárquica no estalló en Castilla sino en la montanya catalana, la “revolta dels malcontents” que estalló cuando las fidelísimas huestes campesinas catalanas se alzaron para el restablecimiento de la Inquisición, en defensa de Fernando VII y contra su camarilla liberal, en un movimiento que preludió a las Guerras Carlistas.


Hacia mediados de los 80 del siglo pasado, no le había ido mal a Cataluña con los borbones, se perdió “autonomía”, pero se ganó prosperidad. Porque la prosperidad de Cataluña solamente llegó con los Borbones y se consolidó con los Borbones y, por muy independentista que se sea resulta difícil negarlo.

La historia es inexorable: va hacia adelante (sí, ya lo sé, también va hacia el precipicio, por eso Evola decía que no es aconsejable intentar parar un alud poniéndose delante de la avalancha) y todo lo que sea proponer modelos del pasado tiene el riesgo de concluir con la derrota. Vale la pena tener en cuenta que hoy estamos en un momento histórico de transición: el Estado-Nación que fue ha sido una fórmula de organización de los pueblos desde la Revolución Francesa, ya no sirve. Se lo está comiendo la globalización. Hace falta meditar otras formas de Estado (a debatir esa temática le hemos dedicado un pequeño trabajo Iberia). Si alguien cree que la noción de España que conoció en su infancia puede sobrevivir durante mucho tiempo, se equivoca. De hecho, hoy ya está en ruinas y lo único que queda es una estructura burocrático-administrativo-legislativa, pero “España”, lamento decirlo, pero ha muerto, tanto como ha muerto Francia, Alemania, el Reino Unido o Dinamarca. No hay independencia nacional posible cuando hay fondos de inversión y empresas de la era de la informática que tienen capitales próximos a los presupuestos generales de los Estados-Nación. Para que ahora vengan un iluminado y nos diga que quiere constituir un nuevo Estado-Nación, pequeñito y redondito y con una bandera de pacotilla entre colgajos amarillos…

Companys quería sustituir el tratamiento de “molt honorable president” por el de “Excelencia”. Y es que Companys, en realidad, era muy poco catalanista (como hoy reconocen todos sus biógrafos). Oportunista sí, catalanista no. Pero entiendo a Companys: se corría el riesgo de confundir “honorable” con “orinable”. Se parecen, pero no deberían ser lo mismo. No es que me queje de eso; me río de eso. De lo que me quejo es de que si alguien es capaz de confundir “sucesión” con “secesión”, a partir de ahí ya resulta absolutamente imposible mantener un diálogo serio.

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lunes, 10 de septiembre de 2018

365 QUEJÍOS (134) – MITOPOLÍTICA GENCAT

Los mitos son necesarios en política y han estado siempre presentes como acompañamiento necesario para las figuras políticas y para los grandes momentos históricos. Hoy más que nunca. ¿Por qué? Porque las masas quieren votar a mitos: el mito es algo que se asume por su fuerza irracional. Y en la democracia todo es irracional, salvo la ley del número: 49 premios Nobel pierden siempre ante 51 violadores, con lo que quiero decir que la irracionalidad de las masas es siempre superior a la racionalidad. Lo dijo Gustav Le Bon hace más de un siglo: “El nivel medio de inteligencia de una masa no se sitúa en su media aritmética sino en los niveles más bajos de sus elementos”. Tenía razón en eso como en tantos otros problemas planteados en su Psicología de las Muchedumbres. El problema viene cuando, no solamente se mitifica a una clase política presente carente por completo de otros valores aparte del de la ambición, sino que se mitifica la historia, la actualidad, la cultura. Y eso es lo que le pasa a la versión oficial que la Gencat da de sí misma y de todo lo que rodea al proyecto independentista. Me quejo de que, desde que Bernat Metge escribió en 1399 “Lo somni” (El Sueño), algunos parece vivir de sueños y no tienen la menor intención de despertar.

Macià era un abuelo que fue de fracaso en fracaso hasta que lo momificaron. Ni siquiera se salió con la suya. Proclamó la independencia el 14 de abril de 1931, cuando lo que tocaba era proclamar la República y fue el primero en considerar que el “Estatuto de Autonomía” no era un punto de llegada sino la salida de una carrera cuya etapa siguiente era la independencia. Se ha mitificado a Macià como el “patriarca”, el Dios Padre del independentismo. Desde que se autoexilió en los primeros momentos de la Dictadura no dejó de pifiarla una tras otra. Su proyecto más loco fue invadir Cataluña con 200 “guerrilleros” de los que más de la mitad eran anarquistas italianos. A eso se le llamó “la heroica gesta de Prats de Molló”, todos acabaron en la cárcel. Antes se había ido a Moscú buscando dinero para una quimérica insurrección. El Komintern le dijo que “faltaba preparación” y él dale que te pego, hasta acabar en la prisión parisina de La Santé. Como presidente de la Generalitat fue el caos personificado: no supo qué hacer cuando la CNT le montó una insurrección en El Vallés, se deshizo de los socialdemócratas de ERC (el grupo L’Opinió), se le cayeron varios gobiernos entre las manos en apenas unos meses, tuvo que hacer frente a una huelga general y cada vez eran más los que decían que estaba gagá. Al morir se le mitificó y se quiso hacer de su corazón una reliquia laica. Y lo más sorprendente: a su cadáver, no solamente se le extrajo el corazón sino que su cadáver sufrió un proceso de momificación a la egipcia. Es lo que cuenta Elisabet de l’Isard en su novela Catalonian Fake – El corazón de Macià y es lo que ocurrió en realidad. Políticamente, Macià era un extrávico que no veía más allá de la independencia. A pesar de ser militar de carrera, fue incapaz de establecer una estrategia realista. Por eso la mitificación era la única posibilidad de que evitar que su figura no fuera vista como una anomalía histórica.

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Su sucesor, Luis Companys, no era mucho mejor. Las distintas biografías que corren sobre él, todas más o menos favorables, lo pintan como maniaco depresivo, con problemas psicológicos de todo tipo, inestabilidad mental, ni siquiera era separatista sino más bien federalista, se apoyo en los separatistas para ascender, luego en la CNT-FAI cuando estalló la guerra y más tarde en el PSUC y en los comisarios soviéticos después de mayo de 1937. Enric Vila (historiador catalanista) en La veritat no necesita mártirs se pregunta si Companys estaba capacitado para gobernar Cataluña y si no era, más bien, un enfermo mental y una ruina física. Y se pregunta porqué todos los que lo conocieron, terminaron odiándolo y sugiriendo sus carencias y vicios, pero ninguno tuvo arrestos para enumerarlos, a pesar de que pesaron como una losa en la Cataluña de 1933-1939. En esta biografía se muestra a un personaje desgraciado y caótico, irresponsable, ególatra y averiado desde muchos puntos de vista. Había razones más que suficientes para fusilarlo (9.000 asesinados en Cataluña en el verano del 36 era motivo más que suficiente, incluso alguno, fusilado por orden directa suya sin juicio y tirado el cadáver en la tapia de un cementerio: es el famoso “Caso Revertés”… para colmo, el tal Revertés era amigo suyo, un tarambana achorizado y había sido recomendado por su mujer). Tras su consejo de guerra, algunos miembros del gobierno de Franco se inclinaban por el perdón: su gestión había sido tan caótica y lamentable que fusilarlo solamente podía convertirlo en mito como así ocurrió.

Ha resultado mucho más difícil mitificar a Tarradellas o a Pujol. Maragall es el equivalente a Companys de la democracia y Montilla el Irla de la misma época: un ilustre desconocido, gris y grisáceo, sin relieves ni matices. ¿Puigdemont? Un descarriado de pueblo, aprendiz de pastelero, con el COU aprobado por los pelos, unidimensional: mientras pensaba en la independencia su gobierno se endeudó la friolera de 2.000 millones con proveedores. Y en cuanto a Torra, un cero a la izquierda, un presidente troglodítico.

Y yo me pregunto: De los presidentes de la Generalitat restaurada solamente los dos primeros, por su lejanía, han podido ser mitificados (Macià como Dios Padre y Companys como Mártir sacrificado), con el resto no había forma. Así que han optado por mitificar toda la historia de Cataluña y hacerla a su medida. El mito evita percibir la realidad cotidiana ¿El resultado? Con dos generaciones de críos salidos de las escuelas de la Generalitat, estos mitos se han convertido en dogmas históricos intocables. De hecho, una de las muestras de que Cataluña es España es que su sistema educativo está tan quebrado como el del resto del Estado (un poco más quizás, si tenemos en cuenta que aquí la tasa de inmigración es mayor y que esto se refleja en un mayor nivel de caos en las escuelas). Y eso es lo que ha impedido que el mito se haya transmitido a la totalidad de las últimas generaciones. Eso, claro, y que aún queda una minoría que piensa, razona, juzga, valora y tiene opinión propia. Me quejo de que estos son una minoría tanto en España como en Cataluña. El resto comen mitos que son como el fastfood de la historia, un producto para consumo de masas.


domingo, 9 de septiembre de 2018

365 QUEJÍOS (133) – CATALUÑA: BOIA CHI MOLLA!


“Boia chi molla!” fue una consigna italiana que popularizó Avanguardia Nazionale durante la revuelta de Reggio Calabria. La traducción directa sería “Verdugo el que ceda” y, en cualquier caso, es una invitación a mantener la resistencia ante un poder establecido. Es la estrategia que mantiene hoy Quim Torra. Y ha fracasado: porque si la independencia es imposible –y lleva ya un decalage temporal de cuatro años en relación a la fecha icónica de 2014 enunciada por Carod-Rovira–, lo razonable sería dar la batalla por perdida. ¿Porqué el independentismo no quiere asumir la derrota y ha pasado a una estrategia resistencialista? Me quejo de que el independentismo catalán, va a la deriva desde hace un año y no se ha dado cuenta de que es hora de pasar página. Me quejo de que el Estado tampoco tiene arrestos suficientes para recordarles su situación de fracasados y la situación puede eternizarse. Vale la pena meditar sobre la hora catalana en estos momentos previos al 11-S.

Un año es tiempo suficiente para comprobar el fracaso de un proyecto político. Obviamente, Puigdemont no lo reconocerá jamás y para él, el independentismo sigue yendo de victoria en victoria. Situado más a su derecha, Quim Torra, encarna el ala más cavernícola, reaccionaria y ultramontana del independentismo, y va un poco más allá: para él, el referéndum del 1-O fue legítimo, sus resultados incuestionables y Cataluña es una república independiente a la que solamente la intolerancia castellana impide tener un asiento en la Asamblea General de las Naciones Unidas... Así de simple. 

Artur Mas, por su parte, calla para siempre, tras el palo jurídico-económico por el anterior seudo-referéndum del 9-N. Los Pujol cuentan sus dineros, inexplicablemente, tranquilos. De los “dos Jordis”, personajes irrelevantes, se acuerdan solo unos pocos balcones. Y un año a la sombra es tiempo más que suficiente como para que el más inteligente de toda esta peña (aunque también el más emotivo), Oriol Junqueras, reconozca públicamente que la fase del “optimismo independentista” ha periclitado. El humo de los canutos impide que la CUP se entere de algo más que de dónde han colocado el tiesto y el librillo de papel de fumar. Y la población que ve TV3, más engañada que un niño en noche de Reyes, cree que esto ya es una república y esperan el discurso de Torra en la ONU. Los mentores del “procés” quieren demostrar que la cosa sigue viva: y es por eso que han adoptado la consigna del “Boia chi molla!” y su corolario: “non mollare” (no ceder).

Pero es evidente para cualquier observador mínimamente avisado que el independentismo ha entrado en una fase que podríamos calificar como de “hipertrofia amarillista”. Los que colocaban lazos amarillos, en efecto, parecen haberse vuelto locos desde que plagaron las playas de cruces amarillas. En youTube hay videos colocados por ellos mismos en los que vemos sus propias casas invadidas por lazos. Demuestran tener poco trabajo y menos imaginación y una vida triste y patética. Los colgajos afean Cataluña, pero, recuerdan (y en especial a ellos) que hay una docena de presos indepes que se las van a ver con la justicia y que les va a caer un palo del que Artur Mas les podría contar por dónde les va a doler (en la butxaca). Hay gente que se rinde con banderas blancas, otros eluden pensar en la derrota colocando lazos amarillos. Pero el sentido es el mismo: nada más alejado de las “banderas victoriosas” que los colgajos amarillos.

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¿Tienen posibilidades de éxito en un próximo futuro? Absolutamente no. La vía insurreccional les está vedada (cuando no se tiene fuerza social suficiente, ni combatividad y se está habituado a practicar el victimismo desde generaciones, la insurrección, es una quimera). La vía electoral es difícil que les lleve mucho más allá de donde les ha llevado en una situación muy favorable. Si cuarenta años de “normalización lingüística” han hecho avanzar el uso del catalán como lengua habitual a un 35-37% de la población, es difícil que avance mucho más. Es decir, la vía de la cultura catalana tampoco les va a llevar mucho más lejos. En Europa no han conseguido hacer avanzar su causa (de hecho, ha retrocedido, si tenemos en cuenta que la Liga Nord prestaba hace una década apoyos que ya no presta desde el poder). 

¿Es posible un cambio en la geometría política del Estado Español? Imposible: de las fuerzas parlamentarias, solamente Podemos podría contemplar la posibilidad de un referéndum y, veremos lo que queda de Podemos en las próximas elecciones. En cuanto al PSOE, dentro de sí tiene un ala jacobina que se desgajaría ante cualquier cambio de actitud y, disminuido en Andalucía y Cataluña la mayoría absoluta es una quimera remota; sólo gobernará en coalición, nunca más en solitario (lo de ahora es una anomalía circunstancial) y solamente puede hacerlo con Ciudadanos (cuyo “principio de razón suficiente” es el antiindependentismo) o con el PP (si llega a reconstruirse será en función de los valores propios de la derecha unionista). Así pues, la lucha del independentismo es una lucha sin esperanzas que se puso en marcha cuando los Carod y los Mas se equivocaron en su diagnóstico de que la crisis económica de 2009 abría una etapa de debilidad del Estado Español. Otros muchos elementos entraban en la ecuación y no los tuvieron en cuenta.

Ahora queda “resistir” (la ideología del “Boia chi molla!”) que consiste en afear cada día un poco más Cataluña con millones de lazos amarillos colocados por unos pocos cientos de desocupados obtusos. ¿Hasta cuándo? Hasta que Torra sufra una crisis histérica, suelte cuatro soflamas para agradar al tendido y le caiga otra vez el 155 (después de las elecciones generales, claro). O hasta que se produzca el desplome electoral de los indepes (todo nacionalismo que no logra sus aspiraciones, antes o después, desaparece o se minimiza) que se producirá antes o después. ¿Y por qué? Porque a pesar de que los sufridores de TV3 no se enteren: el siglo XXI es el siglo de la globalización, en el que la fórmula de la Nación-Estado, el principio de las nacionalidades enunciado por Woodrow Wilson hace 100 años, y el nacionalismo romántico del siglo XIX, son cosas del pasado. Van contra la historia, por mucho que griten “Boia chi molla!”. Es lo que tiene la historia: que no retrocede y, si lo hace, es en su aspecto grotesco

Torra aspira a ser un Frankenstein con la cabeza del doctor Robert y su frenología supremacista catalana, el corazón con el latir de Estat Catalá de 1936 y las manos de Miquel Badía y de Daniel Cardona, con la verborrea de Eugeni Xammar, con un proyecto siempre frustrado situado entre Prats de Molló y el 6 de octubre de 1934. Un Frankenstein hecho de despojos de pobres mediocridades en su época y que hoy solamente recuerdan los más freakys entre los indepes. Apa nois, a fer l’onada el proper 11-S i ja ho sabeu: “Botxi el que cedeixi!”. Me quejo de que estos no se enteran de nada. Y la pregunta del millón es “¿quién le pondrá el cascabel al gato? ¿Quién de entre los capos indepes será el primero en reconocer que la partida se ha perdido? Nadie quiere ser el “verdugo”, el “botxí” de algo que está más muerto que la momia de Tutankamon

sábado, 8 de septiembre de 2018

365 QUEJÍOS (132) – EL VOTO DE LOS MANTEROS


El pasado día 6 hubo un acto en el Salón de Cent de Barcelona, organizado por la alcaldesa y su milonguero de cámara, el concejal Picharelli. Realmente, pocos se han enterado de las alocuciones de ambos y la conferencia del profesor Martín Rodrigo Alharilla que, con mucho, fue lo mejor. Si los barceloneses leyeran lo que dicen sus “máximas autoridades municipales”, no solamente se abochornarían, sino que asaltarían el edificio del ayuntamiento para desalojar a las bravas a los que ellos mismos pusieron allí. Y harían bien, porque quienes les prometieron todo, sólo están hoy interesados en conquistar el voto de los manteros. Me quejo de la tonta del bote, no contenta con hundir un poquito más en la mierda a la ciudad que me vio nacer, además, haya “pedido perdón por el pasado esclavista de Barcelona”. En realidad, de lo que me vuelvo a quejar es de que existan personas como la Colau y Barceloneses que, en su momento, creyeran que servía para algo más que para salir como figurante televisiva.
Nada que alegar a la intervención del profesor, especializado en el nacimiento de la burguesía catalana. Su tesis doctoral versó sobre la familia de Antonio López, Marqués de Comillas. En sus libros y siempre ha trabajado el tema de los indianos. Bien por él. Es un tema apasionante. Me permitirán que les cuente algo sobre mi familia. La casa familiar tenía cuatro palmeras y otras tantas la de los tíos, en San Pere de Ribes, signos de nuestras raíces indianas. Recuerdo que, de pequeñito, mi padre, buscando en los archivos familiares se encontró un par de documentos de mediados del siglo XIX que todavía conservo: es el recibo por la compra de cuatro esclavos. Está claro que con la mentalidad del siglo XXI, no puede juzgarse lo que hacía el bisabuelo a mediados del XIX y en el mar de las Antillas. Así que no tengo porque ir pidiendo perdón a los manteros, ni pagar a una ONG para expiar las culpas de mi familia.

Con Vázquez Montalbán tuve una discusión por este tema. Me sostenía que Josep Xifré, nacido en Arenys de Mar (tuvo incluso negocios inmobiliarios en Nueva York y parte de Wall Street era de su propiedad), traficaba con esclavos. Yo le decía que no, que esa calumnia la difundió un amigo de su hijo que terminó disputando con los Xifré y escribió una novelucha con papá Xifré como protagonista. Xifré se ganó la vida con el comercio de pieles, los negocios en Cuba y en Nueva York, todos ellos respetables (si es que la especulación inmobiliaria puede ser respetable, claro). No hay ni rastro de que participara en el comercio de esclavos. Es más, se dice que los suyos –Xifré, en Cuba, tenía más de un centenar- estaban orgullosísimos de trabajar para él, iban perfectísimamente vestidos y en el sombrero de copa mostraban sonrientes una placa con las iniciales “J.X.” que les acreditaba como “propiedad” del de Tabarnia. No conocí a mi bisabuelo, pero no tengo ningún motivo para pensar que fuera una persona despótica, sino más bien todo lo contrario. Él y su esposa eran apreciados y todavía hoy en Sant Pere de Ribes hay una calle dedicada a su esposa: la calle de la Milana. Así que nada de lo que avergonzarme. Ni, por extensión, nada de lo que los descendientes de indianos puedan avergonzarse, salvo por haber contribuido a levantar los países en los que residieron.

A veces me pregunto por qué, cuando un cerebro está vacío por completo y quiere hacer de la política un modus vivendi, siempre considera que la “vía del progre” es la que conduce más directamente a obtener votos con el mínimo esfuerzo. Me respondo que se debe a que el pensamiento único y la corrección política, van en esa dirección, así que no hay nada más que hacer como los peces muertos, dejarse llevar por la corriente. Es lo que han hecho el tándem Colgau-Pichareli. Con ellos debían de acabar los desahucios (nunca ha habido tantos deshaucios en BCN como ahora). Con ellos debía de detenerse la construcción de nuevos hoteles (en estos momentos, un 20% de la vivienda en BCN esté dedicado a la hostelería). Con ellos debía de mejorar la calidad de vida del barcelonés (BCN huele más a porro, a meada de perro y a gasolina quemada que nunca). Con ellos debía iniciarse un nuevo período en la historia de la ciudad (la ciudad ya no tiene ni salida, ni futuro y que sobrevive gracias a un turismo de aluvión, chancleta, litrona y porrito). Con ellos el barcelonés tendría un ayuntamiento que se preocupase por ellos (pero la Colau vive pendiente de los inmigrantes, especialmente negritos cuyos derechos, están, faltaría más, siempre, por delante de los de los barceloneses y a los que la alcaldesa ya no sabe como estimular el “efecto llamada”. Durante meses los barceloneses tuvieron colgada del balcón municipal una pancarta con el “welcome refugiados” y hay zonas por las que ni se puede pasear de tan cubierta que está de manteros. Pero, al parecer, no son suficientes). Pues bien, todas estas promesas, todo su programa electoral ha sido TRAICIONADO Y SE HA HECHO, JUSTO LO CONTRARIO.

En el acto del Consell de Cent en donde la tonta del bote dijo entre otras lindezas: Pero no podemos recordar la pérdida de derechos y libertades que efectivamente se está produciendo en nuestra tierra sin recordar que también nosotros hemos recordado derechos y perseguidos libertades a otros” y esta otra que tampoco está mal “También nosotros nos dedicamos durante siglos a empobrecer y explotar los países de África, Asia y América Latina”. Para añadir: “La identidad de Barcelona es y queremos que sea diversa en orígenes, lenguas, culturas, creencias y religiones”. O bien, “en Catalunya se mantiene el racismo institucional por ejemplo a través de una Ley de Extranjería que nos avergüenza y no nos representa” y ha pedido perdón por “formar parte de esta sociedad en la que aún hay vecinos condenados a ser personas de segunda” por su procedencia. Finalmente ha celebrado la retirada de la estatua al negrero Antonio López, que ha tildado de “una de las alegrías de este mandato”. ¡Acabáramos! La retirada de la estatua de Antonio López, ¡ha sido el gran logro de los tres años de su mandato…! Una estatua que llevaba allí desde la Exposición de 1889. La Colau ha conseguido retrasar la revisión de la “memoria histórica” hasta el último tercio del XIX. Cuando reivindiquen la legitimidad de la revuelta del conde Flaminius Paulus contra el rey Wamba en la España visigoda, me despiertan, que el tema me interesa y es clave… ¡A eso hemos llegado! A revisar la historia pasada con los ojos de una cateta progre del XXI.

En realidad, lo que la Colau está haciendo es buscar bolsas de votos. Sabe que cada vez hay menos barceloneses en Barcelona y más inmigrantes con derecho a voto. Negro y en botella. Los manteros de hoy son los barceloneses de postín: para ellos no hay reglamentos municipales, ni leyes, tan solo subsidios, espacios públicos y manga ancha

El filósofo Francesc Pujols se equivocó cuando dijo aquello de “Llegará el día en el que cuando un catalán viaje por el mundo lo tendrá todo pagado”, pero, parafraseándolo se podría decir: “Hemos llegado al tiempo en el que cualquier negro que venga a Barcelona lo tiene todo pagado”. De eso me quejo y de que la Colau siga hundiendo a Barcelona en un pozo –mira por donde- negro-negrísimo.

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viernes, 7 de septiembre de 2018

365 QUEJÍOS (131) – LA SANIDAD UNIVERSAL


Cuando el gobierno de Pedro Sánchez se hizo con la Moncloa, lo primero que restableció fue la “sanidad universal”. “Era de justicia” dijo Carmen Montón, ministra de sanidad, consumo y bienestar social (como si la sanidad, el consumo y el bienestar social tuvieran algo que ver). Y de repente supimos que cualquier turista o inmigrantes ilegal que pisara nuestro suelo, solo por el hecho de haber puesto la suela, se hacía merecedor de aquello que pagamos todos nosotros pagamos: asistencia sanitaria. Si esta medida es tan avanzada, me quejo de que en los países más avanzados del planeta (y más estables) solamente puede entrarse pagando un seguro médico particular que cubra los gastos mínimos de un accidente o cualquier otro problema de salud que podamos tener. Cada vez que paso una temporada en Montreal me toca pagar un pastón a las aseguradoras españolas. De otro modo no me dejarían pasar más allá de la aduana del aeropuerto no fuera que me descalabrara de un patinazo. Y no me quejo de esto, que me parece justo (a fin de cuentas, yo resido en Canadá, pero no trabajo en Canadá, no he contribuido en nada a la prosperidad canadiense ni a la construcción del país, y me parece justo pagar por lo que gasto o puedo gastar). De lo que me quejo es de esa manía de los progres carpetovetónicos en ser más guay que nadie e implantar la “sanidad universal” en lugar de las mejoras necesarias en el sistema de salud.

Solamente en Tanzania hay 17.000 negros albinos. Leo en El País que se cotizan a 75.000 euros/pieza. Sí, los negros tienen razón en quejarse de que comerciantes árabes los vendieran como esclavos para la construcción de América, pero no tanta cuando ellos mismos siguen practicando formas como estas de esclavitud con los suyos. ¿Lo peor? Lo peor es que se paga 75.000 euros en Tanzania –no lo dice un digital de pacotilla, sino El País- por “pieza muerta”. Se ve que su piel, sus huesos y sus vísceras son recomendables para determinados rituales de brujería. Cosas de África. Maquino que si en Tanzania hay 17.000 en toda África negra ascenderán como mínimo a 200.000. Parece que no es buen negocio ser albino en África negra. Así que, los albinos africanos optan por irse hacia Europa en donde lo humano está fuera del mercado alimentario. Me documento y veo que los albinos tienen problemas de visión hasta la ceguera, suelen complicarse con cánceres de piel, precisas continuos cuidados en la piel y están limitadas en sus actividades laborales al no poder tolerar los rayos del sol… Así que es el Estado que ha asumido la “sanidad universal” quien tiene que pagar un error genético que ocurrió en la selva africana.

http://eminves.blogspot.com/2018/07/iberia-alternativa-mision-y-destino-de.html

Por las calles de Barcelona he visto algún negro albino que supongo que ha llegado a España con la mentalidad de que aquí atan a los perros con longaniza y nuestros progres van de redentores del género humano. Es dramática la enfermedad, desde luego, como dramático es el caso de los africanos contagiados por SIDA. Pásmense, 25,3 millones declarados según la OMS en 2001 y 36,1 millones para la FAO un lustro después. ¿Y ahora? Si tenemos en cuenta que se trata de casos diagnosticados, parece claro que podrían llegar a los 50 millones con facilidad en 2018. De momento, ya han muerto 15 millones de africanos. Hoy, el SIDA es una pandemia africana que afecta, sobre todo al tercio Sur del continente y a la mitad Este. La FAO prevé un descenso de la mano de obra en Namibia del 26% y en la Sudáfrica de Mandela de un 20%. Los tratamientos antisida en 2016 –lo dice el prestigioso DiarioFarma- cuestan entre 3.700 a 9.700 euros por paciente y mes. Por supuesto, ningún país africano –esa colección de Estados fallidos pero independientes- lo costea. De hecho, algunos Estados opinan que el SIDA no existe, otros que es un “invento blanco”. Y, por tanto, no es raro que los africanos contagiados por SIDA opten por dirigirse al país de los julays administrado por giliflús progres y redentores.

Otro caso menos dramático. A un inglés con barriga cervecera, nariz, mejillas y ojos de alcohólico, no le operan de un trasplante de corazón porque la ciencia médica dice que no servirá de nada: su dolencia es producto de sus malos hábitos de vida. O un fumador inglés con cáncer de esófago. Somos libres para llevar una vida sana o para destrozárnosla a nosotros mismos, pero si elegimos este último camino, la sanidad británica, con mucha lógica, nos dice: “alto, usted no tiene derecho a que otros paguen aquello de lo que sólo usted es responsable”. Llanto y crujir de dientes, y luego charter para España en donde la “sanidad universal” asumirá la factura.

Un último caso. Residiendo en la Comunidad Valenciana tuve una hernia inguinal, debían operarme y se fijo la intervención entre seis y doce meses después de ir por primera vez al médico. No es grave, pero sí molesto. Unos amigos me invitaron a Navarra: nada más llegar, debía de ir a cualquier hospital, entrar por “urgencias” y decir: “Me duele…”. Inmediatamente te operaban. Luego supe por un amigo tabaquista que los parches de nicotina eran gratuitos en Navarra, mientras que hay que pagarlos en cualquier otra comunidad autónoma... Pensar que hay igualdad en las taifas autonómicas es creer en que el mundo es cuadrado.

¿Qué me dicen de todos estos casos? Lo resumo, porque es de lo que me quejo. Aquí todos los gobiernos están “orgullosos de nuestro sistema sanitario”. Si tenemos en cuenta las colas, las demoras, la cantidad de fármacos de primera necesidad que no están subvencionados, los servicios básicos no cubiertos, o las desigualdades de una región a otra, nos daremos cuenta de que la sanidad española precisa una reforma en profundidad. Condición sine qua non de la misma es que el Estado recupere las competencias en esta materia. Solamente así se podrá tener una “sanidad unificada”. En segundo lugar, la situación de los sidosos y albinos africanos, como de los tuberculosos llegados del extranjero es grave y lamentable. Pero, como cada uno de nosotros, ellos también tienen papá, mamá y un Estado que debe de hacerse cargo de ellos. Yo me siento satisfecho cada vez que, en el Aeropuerto de Montreal, me piden el seguro sanitario, el lugar en el que voy a residir, el dinero que llevo o el billete de vuelta. No lo considero un atentado contra mis "derechos humanos". He cotizado a la SS en España, he pagado IRPF en España, así que quien tiene responsabilidades sobre mí es el Estado Español y cuando resido en el extranjero, me tengo que pagar mi sanidad (o mi Estado debe de llegar a  algún acuerdo con la sanidad del país en cuestión). Otra cosa sería absurda. Pues bien, es hora de que los países africanos, se responsabilicen de las dolencias de sus ciudadanos en lugar de exportarlos.

Estas son algunas reflexiones inorgánicas que me llevan a quejarme de la cantinela progre de la “sanidad universal”. Sanidad que usted y yo estamos pagando y no el gobierno okupa que la proclama. El gran engaño consiste en sugerir que la sanidad debe ser para “todos los habitantes de la galaxia”... Para todos, sí, para todos los que son hijos de esta tierra cuyos padres, abuelos y tatarabuelos han contribuido con su trabajo y sus impuestos, a levantarla, para todos los que la pagan y para todos los que sin haber nacido aquí, están trabajando aquí.  Para nadie más. El resto, los que han entrado ilegalmente deben de irse después de que les hayan las tiritas y el árnica en urgencias, o pagarla como hace servidor cuando viaja a países avanzados, estables y de vanguardia. España no puede ser el hospital mundial, no puede ser la tierra de promisión de los contagiados por VIH, por tuberculosis, por chikungunya o por zika, dengue, ni para los albinos africanos… ¿Por egoísmo? No, por volumen y por sentido común.

jueves, 6 de septiembre de 2018

365 QUEJÍOS (130) – LOS POLÍTICOS QUE SE HACEN EL HARA-KIRI


La dimisión de Xavier Doménech ha sorprendido a la clase política y a su propio partido. Se va porque dice que está “agotado” por las tensiones de los “comuns”. Lo sorprendente en el caso es que deja el cargo y el escaño. Hubiera podido pillar unas decenas de miles de euracos abandonando su formación política y formando un grupo mixto en el Parlament de Cataluña y conservando su escaño en Madrid. En lugar de eso ha preferido volver a enseñar historia en la Universidad Autónoma de Barcelona. Era el “hombre fuerte” (si es que en Podemos puede hablarse de “hombres fuertes” por aquello de la ideología de género) de “En Comú – Podem”. Vaya por delante que no creo que la política española haya perdido gran cosa con esta dimisión. Me quejo de que no dimitan más políticos. Y me quejo todavía más de que, muchos, no dimiten porque fuera de la política no tienen donde caerse muertos. Así ha llegado la clase política española a ser un parking para abogadillos de pocos pleitos, parados, parásitos de menos luces y lo que en Cataluña, hace 100 años se conocía como “saltataulells”, que venía a ser algo así como un aprendiz de botica llegado del villorrio.

Doménech, a decir verdad, pertenecía al sector más “nacionalista” de “En Comú – Podem”. Su idea era que “cualquier partido que quiera tener la hegemonía en Cataluña debe apostar por el catalanismo”… Coño, y por el Barça, y por los calçots, y dentro de poco por hacer el Ramadán en familia... Fue de los que recuperó el viejo mito de que la “construcción nacional y la libertad nacional” son inseparables, idea que no era el fruto de sus neuronas sino de la Unión Socialista de Cataluña y de los nacionalistas de izquierdas de hace casi 100 años, olvidada durante los años del franquismo y que el PSAN recuperó a finales de los años 60. Tiene gracia que una de las especialidades de Doménech en su oficio de historiador sean los refugios antiaéreos en Cataluña durante la guerra civil. Sus tres trabajos sobre los bombardeos de Barcelona y los refugios antiaéreos han sido editados por instituciones oficiales (el ayuntamiento de Barcelona, la Gencat y el ayuntamiento de Granollers). Su irrupción en la política fue tardía, cuando el sarao aquel de “los indignados”. Llegó en abril de 2018 a secretario general de Podemos en Cataluña. Y ayer va y dimite harto del ambiente irrespirable de la formación política.

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Lo malo de la dimisión ha sido que se ha solapado con la conferencia de Quim Torra sobre cómo iba a sacar adelante el embarrancado “procés”. Casi mejor. En España la noticia de la dimisión de algún político suscita más interés por lo inédito que una eventual guerra civil o la localización de un extraterrestre en la Plaza de Sant Jaume. El caso es que el tal Doménech se va, harto de los líos internos del partido. Porque “En Comú” es una verdadera olla de grillos (y lo ha sido siempre desde su fundación) en donde coexisten todas las posturas posibles y algunas más de las imposibles. Es un partido curioso en el que encontramos a personajes aparentemente cualificados por su titulación universitaria pero cuyas opiniones políticas parecen sacadas del TBO, chirrían más que los ejes del carro del pobre Echenique y son más casposas que la coleta demodé del Iglesias. Al parecer uno de los motivos que han llevado a su estampida de la política ha sido su relación con Ada Colau. De todas formas había decidido no presentarse a las elecciones, así que, en el fondo, no ha hecho nada más que adelantar la decisión unas semanas.

Veremos lo que queda de “En Comú – Podem” cuando las encuestas reales (que no las del CIS) garanticen a Pedro Sánchez no quedar segundo o tercero en las próximas elecciones. De lo que no cabe la menor duda es que los años de ejercicio de poder municipal pesarán como una losa en los resultados de “Podemos”. Parece difícil que los barceloneses vayan a olvidar los años de gestión de la Colau que están terminando como los más difíciles de su historia desde 1939.

Si quieren que les diga la verdad, me importa un higo los motivos que han llevado a Doménech a dimitir y no digamos las riñas y las peleas a navajazos en el interior de la formación política que llegaba para “renovar” la política española y que está de capa caída, especialmente en Cataluña, entre otras cosas porque se ha convertido en más de lo mismo. Raros son a los que Podemos no ha decepcionado. Yo no soy uno de ellos. Soy “apolítico”: no es que no me interese la política, es que estoy distanciado de ella.

La política se ha convertido en una selección al revés: los que tienen salidas profesionales, los que mantienen cierta honestidad, los que tienen vida más allá del negocio de la política, se van y se quedan los parásitos, los demagogos, los que no tienen donde caerse muertos y los que no soportarían perder el coche oficial, el aforamiento, la jubilación y los euracos o se sentirían mal intentando vivir de su trabajo. Y esto dura demasiado. Hasta la transición, se exigía a los gobernadores civiles, a los ministros y a los altos cargos del Estado determinado número de años de ejercicio del servicio público o bien una titulación adecuada. Desde Suárez, lo único que se exige es que sepan escalar, tengan una sonrisa encantadora o un discurso lánguido y correcto dentro de los parámetros de la mediocridad usual en el ruedo político, dar puñaladas traperas y caer en gracia de algún “comunicador” o que sean auténticos visagras-man para inclinarse ante los “señores del dinero”. Dicho de otra manera, el que vale, vale y el que no, que se dedique a la política. Y me quejo de lo que ha llegado a ser la clase política, hasta el punto de que quien dimite parece como si reivindicara una honestidad que hace tiempo desapareció del ruedo  político. ¡Claro que es para quejarse!


miércoles, 5 de septiembre de 2018

365 QUEJÍOS (129) – ENVASES DESECHABLES NEGOCIOS TURBIOS


El Ayuntamiento me obliga a tener que seleccionar la basura que tiro. Es un problema. Además no tengo muy claro que a la hora de recoger la basura, los que lo hacen respeten la selección que he hecho. Cuando vivía en Alicante vi con estos ojos que se han de tragar la tierra, como las dos bolsas con los deshechos biológicos y los plásticos, que primorosamente había seleccionado, iban a parar al mismo camión de recogida. Y no me cabe la menor duda de que se trata de una práctica extendida (y muchas veces denunciada). Claro está que si uno está dispuesto a “salvar al planeta” siempre puede ir él mismo a los contenedores (en ocasiones alejados de su vivienda) en los que podrá depositar las botellas, los plásticos y demás, con la garantía de que nunca jamás nadie los reunirá de nuevo. De hecho, de tanto en tanto, oigo a lo lejos como el camión de recogida destroza miles de botellas. Y de eso es, justamente, de lo que me quejo: de que se destrocen para volverlas a convertir en botellas y todo porque en España es, prácticamente, el único país en el que no se reciclan los cascos.

Podría decir aquello de que, “en mis viajes a lo largo y ancho del mundo”, siempre he visto que los cascos de las botellas se reciclen. El contenido está valorado en X y el casco en Y. Usted me paga una vez la totalidad (X+Y) y cuando me traiga el casco vacío, o le devuelvo el importe o en la siguiente compra solamente le cobro el contenido… parece razonable y es lo que también en España se vivió hasta el último tramo de los años 60 (cosas de la dictadura). En la película Easy Reader, y si no recuerdo mal en Thelma & Louise y en Paris-Texas aparece la figura del tipo que se gana la vida recogiendo cascos de Coca-Cola. En San José de Costa Rica, en Budapest y en Praga, en Montreal, he tenido que pagar el primer casco y, aunque no comprara ninguna otra botella, existen máquinas para introducir los envases y recibir a cambio su valor. Todo esto parece razonable si de lo que se trata es de “salvar al planeta”. Porque cada botella vale algo que yo pago y que en España entregamos a los ayuntamientos para que estos… ¿hagan escuelas? ¿den de comer al hambriento? ¿o, simplemente, sea otra fuente de ingresos atípicos de los concejales poco o nada controlados? Lo mismo pasa con el papel: antes –mediante la eximia figura del trapero- yo recibía una mínima parte del costo de lo que había pagado por el diario y un tipo habitualmente simpático y atrabiliario se sacaba unas pesetejas. Hoy el contenedor municipal hace que esos beneficios vayan a parar, cómo no, a las arcas municipales. Díganme si es o no admisible o razonable.

Aquí sí que el decreto-ley sería de rigor: a partir de tal fecha, todas las empresas que vendan bebidas embasadas deberán de sustituir esos plásticos por vidrio y los comercios estarán obligados a admitir la devolución de los embases y a pagar por ello. ¿Es simple, verdad? ¿Esperan realmente que el gobierno se esfuerce en algo tan lógico, pero que restaría a las clases políticas municipales una buena fuente de ingresos? ¿Algún partido o partidillo presente en los 17 parlamentitos autonómicos, tan pequeñitos y redonditos como inútiles, sería capaz de presentar un proyecto de ley para el mismo fin? Por supuesto que no. Alegan que no sería en “beneficio del consumidor”. ¿Pero no se trataba de “salvar al planeta”?

Dicen que a las empresas les sale más cara la infraestructura de recoger envases y lavarlos que el hacerlos desechables, fundir los vidrios y reconstruir las botellas, o simplemente, servir el contenido en plásticos (uno de los materiales más insanos del planeta). No es creíble, porque en otros países se pueden devolver los cascos y las empresas ni los supers quiebran. ¿Qué ocurre? Ocurre que la democracia española está hecha de dinámicas e inercias y esta es una de ellas. También, dicho sea de paso, es una de las muestras de la “anormalidad española”, de nuestra apatía y de nuestro desinterés por cualquier cosa que no sea nosotros mismos. Y, si me apuran mucho, dice muy poco, no solamente por nuestras autoridades, sino por esos que aun van de ecologistas y que están más preocupados por los derechos de las minorías sexuales, por la eutanasia, por la preservación de la mariposa de Chinchón, que por la salud pública y la conservación del planeta.

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Esta coña de los envases reciclables tiene mucha más miga de lo que podría parecer a primera vista. Es como un escaparate de la “anormalidad nacional” en la que los hechos parecen decirnos: “lo veis, somos diferentes, tenemos más aforados que nadie, tenemos una burocracia autonómicas que ni en los mejores momentos del mandarinato, tenemos partidos para dar y vender, tenemos organismos de defensa del consumidos, tenemos mendigos a cascoporro, tenemos instituciones y tenemos chorizos, chiricetes, chorizones e ineptos para cada una de ellas, pero lo que es sentido común, no, de eso andamos escasos”. Y la muestra es que tiramos envases de vidrio que pagamos para que otros se beneficien y las empresas tengan que lavarlos en lugar de fabricar otros nuevos en un proceso, como mínimo cuatro o cinco veces más caro. Se trata de una de esas cuestiones fáciles que con un decreto-ley, el Poncio de turno resolvería. No lo hace. Como aquel sargento que decía a su tropa antes de una carga a la bayoneta: “Perros ¿queréis vivir eternamente?”, ahora nos dicen: “Votantes, os damos la oportunidad de que ejerzáis vuestra libertad votándonos ¿queréis además hacernos trabajar. Anda y que os den…”. Y nos dan. Vaya que si nos dan. De eso me quejo, de que nos mucho y nos hemos habituado.


martes, 4 de septiembre de 2018

365 QUEJÍOS (128) – LAS “ACTUALIZACIONES”


Estoy de “actualizaciones” hasta el gorro. Abro el portátil que hace tiempo que no habría y el último Windows (el que suponía que debía ser el más perfecto) me obsequia con tres cuartos de hora de actualizaciones, voy a llamar a un amigo y me veo que tengo dos docenas de actualizaciones pendientes. Es un signo de los tiempos: lo que ayer era “in”, hoy es “out”. Lo que ayer parecía que fuera un gran adelanto, mañana resulta que es solamente una solución provisional que hay que actualizar continuamente si queremos que funciones: hasta que llega el día en que leemos un mensaje: “Su terminal no ha podido ser actualizada porque requiere no tiene suficiente memoria”. Nos han apuntillado. Ahora resulta que, actualización tras actualización nuestro móvil, el portátil o la CPU de sobremesa se han quedado obsoletos, han periclitado en el proceloso mundo de las nuevas tecnologías. Díganme si no es para quejarse y rabiar.

Que envidia dan aquellos cristianos viejos que se jactaban de seguir al Dios que nunca muere y si muere resucita. A mí me gustaría tener un equipo informático que nunca hubiera que actualizar y que sirviera para siempre. Lo más curioso es que los móviles de nueva generación ven como se llenan sus pantallas y sus memorias con iconos inútiles que sirven para poco. Servidor instaló un podómetro para contar pasos. El problema es que se me suele olvidar ponerlo en marcha y que cuando lo hago, por algún motivo, me da resultados poco creíbles. Continuamente me asaltan mensajes en los que me dicen que está disponible la nueva actualización. Y es de pago. ¿Y la brújula? La instalé porque tengo malas experiencias en eso de ir por el monte y caminar en círculo. También me dice que se ha incorporado una nueva actualización (¿ha cambiado la disposición de los puntos cardinales sin que me entere?). Y luego están programas que uno baja porque la hacen falta para resolver determinada cuestión, se olvida de borrar y continuamente se están actualizando. Otros son aún más perversos: prometen algo que no dan, en el Store de Google y de Android hay a miles. Y los que son gratuitos pero te encajan publicidad a base de vaselina. ¿Y qué me dicen de aquellos antivirus apocalípticos que cometiste el error de bajar y que te amenazan con las penas del infierno si no renuevas la suscripción? Cuando no lo haces, te castigan desconfigurando discretamente algún elemento. En marketing existe la “obsolescencia programa de los productos”, en la red la “hijoputez programada de las empresas informáticas”.


¡Qué tiempos aquellos en los que el móvil servía para hablar por teléfono! Si, ya sé que me evito andar con móvil, reproductor de música, despertador y reloj, portátil, cámara de fotos y de video… Toda esa morralla cambia por una oblea plana de 14x7 cm. Claro que es un alarde de la ciencia y así lo considero, pero me pregunto por qué las mentes brillantes que han creado toda esta técnica no hacen un producto que pueda prolongar su vida más en el tiempo. Hoy parece que si no cambiamos de móvil una vez al año, somos, literalmente, unos mataos. España es líder mundial en extensión de móviles de última generación… cuando un 20% de la población está próxima o bajo el umbral de la pobreza. Me hace gracia ver como pobres diablos llegados de las cloacas de la galaxia, llegan a España con móviles de última generación que dice muy poco sobre su estado de precariedad y su pobreza.

Pero, sin duda, lo más molesto de todo este circo de las “actualizaciones” es cuando el sistema te dice que su terminal o tu ordenador no se pueden actualizar. Es como si te estuvieran diciendo: “Vaya mierda de trasto tienes, vas a perder el ritmo de la modernidad”. Así pues tendré que comprar una nueva terminal de móvil para poder ver la última actualización de la brújula en 3D y un ordenador que soporte la última versión de los programas que habitualmente utilizo y que solamente consumían 4 gigas de RAM. Sé que no terminará aquí la cosa. Esto es como una carrera ciclista en la que algún hijoputa va adelantando el cartel de “Meta” de tal manera que nunca llegas al final, o como cuando al burro se le pone una zanahoria delante del hocico para que camine.

Así me siento en mi destartalada experiencia tecnológica. Soy consciente de que me están tomando el pelo, sé que explotan mi credibilidad y mis necesidades, me doy perfecta cuenta de que en la sociedad tecnológica no hay un momento de descanso. Si dejas de pedalear, te caes. Si no compras la terminal exigida no tendrás acceso a las mieles cibernéticas que han creado para ti mentes perversas. Me quejo de que no veo la forma de superar toda esta dinámica, salvo de manera radical: machacando el móvil, rechazando todas las actualizaciones, volviendo a la máquina de escribir de palancas y al teléfono de baquelita… ¿Usted lo haría? Yo tampoco. Me quejo de que cada día, no solo en política, estamos ante disyuntivas irresolubles.


lunes, 3 de septiembre de 2018

365 QUEJÍOS (127) – LA ULTRA QUE SE MENEA


Hay polémicas que son recurrentes, especialmente en medios de extrema-derecha: ¿Habrá o no en España algo parecido a lo que recorre Europa? De tanto en tanto, alguien se atreve a dar el paso al frente y a explicar porqué no o porqué si lo habrá. Algunos lo hacen con voluntarismo, otros con pretensiones intelectuales, otros con una ingenuidad rayana en la candidez y algunos con un optimismo propio de bipolar en fase eufórica. Pocos con la experiencia de 50 años observando el fenómeno desde dentro. Éste último es mi caso. Empecé en esto en 1968 y creo que lo he visto todo o casi todo. Por tanto, soy de los que puede contestar a esta pregunta con cierto conocimiento de causa. Pues bien, la respuesta es no. No creo que la ultra, tenga ningún espacio en la España del futuro. Intentaré resumir el por qué en un solo folio. Porque me quejo de que esta polémica debería haber sido cerrado haya ya años y de tanto en tanto revive como si no se hubiera dicho suficiente.

Me quejo en primer lugar de que no hay “una” ultraderecha, sino infinidad. Y no solo por las siglas, la mayor parte de las cuales carecen de “principio de razón suficiente”, sino porque la simple enumeración de las opciones indica lo amplio del espectro: hay falangistas, falangistas franquistas, falangistas antifranquistas, falangistas de izquierda, falangistas sindicalistas, ramirianos, carlistas de todas las tendencias posibles, nostálgicos de Fuerza Nueva, ultracatólicos, nacional-franquistas, identitarios, identitarios europeístas, identitarios independentistas, nacional-revolucionarios, populistas, nacional-liberales, liberales-patriotas, sólo patriotas, alternativistas, ocupas, repartidores de alimentos, imitadores de todos los partidos europeos habidos y por haber, neo-nazis, conspiranoicos, izquierdas nacionales y derechas nacionales, unitaristas, y, últimamente, “voxistas” (y, consiguientemente, “antivoxistas”)… ¿seguimos? Cada uno de ellos cree que su opción es la que podría “arrasar” si tuvieran medios. Esto por lo que se refiere a las “tendencias”. Demasiadas y demasiado variopintas.

En lo relativo a las siglas, la situación no es mucho mejor. No voy a enumerarlos porque todos los conocemos. Me resisto a llamarlos “partidos” porque para ser tales un partido debe tener doctrina, clase política educada y familiarizada en esa doctrina, objetivos políticos, estrategia, táctica, criterio organizativo… y, todo eso, sumado, da como resultado el “partido político”. Hay una fórmula sencilla que indica que el “partido” que tenga todo alcanzará determinada “fuerza social” (influencia sobre la sociedad) si multiplica en sentido matemático su agitación, su propaganda y su organización: la agitación crea simpatizante, la propaganda crea cuadros políticos y unos y otros refuerzan la organización. Pero, dado que no existe “partido” (por que a cada sigla le falta alguno o algunos de los elementos que deberían estar presente en todo partido), no existen posibilidades de planificar estrategias y toda la actividad es mero ejercicio táctico. Así pues, hay muchas siglas, pero ninguna de ellas puede considerarse “partido”, ni el conjunto podría ser tenido como un “movimiento” porque ello implicaría que algunas de sus partes “funcionan” y, la triste realidad, es que todas ellas, más o menos, siguen como hace cuatro años, ocho años, o un cuarto de siglo: estancadas, bailando la yenka (un paso delante, un paso detrás…).

¿Frentes? Ninguno podría funcionar porque ninguna de las formaciones que los auspician gozan de buena salid. Los “frentes”, las “coaliciones” que se puedan formar son, en primer lugar, inestables (cada parte tira para lo suyo), en segundo lugar están formadas por grupos poco operativos y que demuestran diariamente no tener posibilidades de crecimiento real. Los frentes terminan siendo acumulaciones de frustraciones, de carencias y de impotencias. Por eso se agrupan, para apuntalarse unos a otros.

Luego habría que plantearse la posibilidad de si es posible o no “hacer algo”. Pero el problema es que la militancia es muy primaria, carece de sentido crítico, está impulsada por el corazón y no por la razón, manifiesta una incomprensión total hacia lo que ha ocurrido en España, incluso desconoce la historia reciente de su patria. El nivel cultural no es particularmente alto y, por tanto, el nivel político se resiente. Todo resulta excesivamente primario y pedestre. Los debates son imposibles porque hay líderes absolutamente que se niegan a asomarse por alguno de estos debates para no evidenciar sus carencias. Además, aún en el supuesto de que lograra agruparse a una o dos docenas de personas razonables y con experiencia política suficientes, ¿por dónde empezar a debatir? Y, además, en el supuesto de que el debate llegara a buen puerto (siempre se pierde como mínimo un tercio de los participantes), ¿qué se ofrecería a la militancia dispersa, atrincherada en siglas minúsculas y en reduccionismos doctrinales extremos? ¿De dónde saldría la financiación? ¿Habría un solo personaje público capaz de liderar lo que surgiera? Demasiados interrogantes y ni una sola respuesta.

¿Estrategias? Hay cuatro identificadas: la de la “mancha de aceite” (a partir de un punto central se irradia: ejemplo, Alcalá de Henares irradiando al corredor del Henares), el de “acción de mantenimiento” (ejemplo, España 2000 en Valencia: seguir manifestando presencia en la calle sea como sea), “modelo alternativo” (ejemplo: ocupamos nos echan, ocupamos nos echan, ocupamos… y mientras ayudamos), “modelo nacional-liberal” (ejemplo: me presento a las elecciones como apéndice de la derecha). Y luego están los que andan todo el día a vueltas con redes sociales y en foros o con radios y digitales de medio pelo (que, más que informar, desinforman y, desde luego, resultan incapaces de transmitir a sus lectores nada más que algún titular espectacular). Bien, de las estrategias reales: la primera es lenta y, por el momento, no se percibe cómo podría acelerarse; la segunda es limitada y resulta más de lo mismo (otra yenka), la tercera parece una pescadilla que se muerde la cola y la cuarta... la cuarta es Vox y Vox no parece haber hecho un análisis completo de porqué en Europa los “populismos” avanzan. Si lo hubiera hecho sabría que todo lo que no sea una condena del neoliberalismo y la globalización es lanzarse con un discurso amputado. Sobre Vox pueden ocurrir dos cosas: que tenga un diputado o que no lo tenga en las próximas elecciones. Si lo tiene veremos lo que dice en el parlamento, de eso dependerá si cuaja o no (tener un diputado no es garantía de que un movimiento cristaliza: lo puede perder en la siguiente elección). Lo cierto es que si lo tiene, el resto de extrema-derecha queda definitivamente fuera de juego y sin esperanzas de crecer, ni siquiera en las manchas de aceite. Si no lo obtiene está claro que seguirá el mismo recorrido que el antiguo PADE.

Todo esto ocurre en medio de una indiferencia generalizada de la sociedad española, con unos problemas cada vez más acuciantes, un futuro progresivamente más sombrío y un nivel cultural a la altura del betún. Y como si nada…

http://eminves.blogspot.com/2018/07/iberia-alternativa-mision-y-destino-de.html

¿Mi augurio? Faltan mimbres. Incluso sumando todos los cuadros que podría existir en todos los grupos, no habría ni cuadros ni capacitación suficiente para formar una sola formación. No es raro que no exista financiación: nadie apuesta a caballo perdedor. Existen demasiados lastres y demasiada calderilla organizativa, líderes de poco calado, no existen agitadores populares, sobran digitales de escasa credibilidad, faltan contactos, falta gente social y profesionalmente relevante, en número suficiente como para poder eclosionar, a las “teorías” de unos y de otros les falta la “prueba de la realidad”… y este no se puede realizar porque falta todo lo demás. Por tanto, la ultra clásica no despegará. ¿Vox? Veremos lo que ocurre en las anteriores elecciones. Todo dependerá de cómo reaccione el PP de aquí a la convocatoria electoral. Habitualmente, en el último momento el “voto útil” se impone a las gentes de derechas y eso dejaría a Vox en la estacada. Y, salvo que obtuviera un éxito rutilante en las municipales, si no obtiene diputados casi mejor que ponga las armas a la funerala.

¿Mi deseo? Que les vaya bien a todos. ¿Mi convicción íntima? Que es muy difícil que esto pueda arrancar.  ¿Mi actitud? No voy a recomendar seguir militando en causas que creo perdidas, ni recomendar formarse a un sector que está dentro de una sociedad apática e indiferencia hacia la formación intelectual y la preparación. Sé que hay gente que milita por un impulso interior, más que por una convicción en el resultado final; sé también que los hay que lo hacen porque no sabrían que otra cosa hacer. Y sé, en definitiva, que nada de lo que pueda decir, ni de lo que haya dicho antes, ha cambiado nada. Por tanto, lo mejor es callarse, asumir la tarea del espectador.

Hará unos años le decía a Vázquez Montalbán que había aprendido a ir por la vida con impasibilidad que es, a fin de cuentas, lo que refleja la imagen del grabado de Albretch Dürer, “El caballero, la muerte y el diablo”. Yo recomendaría la misma actitud: no dejarse impresionar por lo que se viene encima, seguir el propio camino y aquí paz y después gloria. ¿Y la ultra? Me quejo de que no espabila. Simplemente.