martes, 4 de agosto de 2020

JUAN CARLOS Y EL CLAN PUJOL: DOS FORMAS DE CORRUPCION


El juicio histórico -que es lo que cuenta, al fin y al cabo- que los que tenemos más de 65 años podemos emitir sobre Juan Carlos I es bastante breve: no se puede jurar las Leyes Fundamentales del Movimiento Nacional y diez años después, con la misma facilidad, jurar de nuevo la Constitución. Es así de simple. Ahora bien, uno de los pactos de la transición era mantener la monarquía (como único gesto hacia los antiguos franquistas), a cambio de que estos aceptaran todas las demás reformas.

La “transición” fue la historia de un pacto obligado porque la “oposición democrática” carecía de fuerza social suficiente para lograr la “ruptura” que auspiciaba y porque los vientos que soplaban de Europa eran contrarios al mantenimiento de las posiciones del franquismo. Y a eso se reduce ese momento histórico. No fue, desde luego, el mejor de los pactos porque contribuyó a trasladar a España las peores lacras de la partidocracia en un país sin tradición democrática, al que, además, se unían las exigencia de nacionalistas catalanes y vascos (cuya papel en la instauración de la democracia fue minúsculo en relación al PCE, por cierto), que, para satisfacerlos se les dio una importancia que no tenían en la gobernabilidad del Estado y que, para colmo, extendieron la sífilis autonómica a todo el país.

Han pasado 45 años desde la muerte de Franco y, para quien tenga memoria y le quede aún un mínimo de capacidad crítica, sabrá que esto no ha sido ni jauja, ni el mejor de los sistemas de gobierno… si bien, claro está, es cierto que siempre habría podido ir a peor y que, de no producirse los pactos de la transición, o hubiera habido una larga guerra civil o bien España sería ahora una “excepción europea”, completamente fuera de juego y de trayectoria muy problemática.

Todo esto viene a cuento de la noticia emitida ayer por TVE: “Juan Carlos I huye de España”. Parece como si la noticia la hubiera redactado el becario de Podemos (el mismo que ayer en el Canal 24 hora redactaba otra noticia así: “Se cumplen 30 años de la invasión de Kuwait por Irán que dio paso a la primera guerra del Golfo”, error doble, porque no fue Irán sino Irak y porque aquella no fue la “primera” sino la segunda guerra del Golfo). Podemos intentaba reafirmar su perfil “antimonárquico” (claro, no existía en tiempos de la transición y el PCE, que aceptó la monarquía en 1977 y hoy languidece olvidado en Podemos es un triste residuo de otra época) y “republicano”. Y lo hacía recordando las corruptelas del “juancarlismo”. Y es aquí donde vale la pena hacer una precisión.


El último escándalo de Juan Carlos se ha basado en unas comisiones generadas por el AVE a La Meca que gestionó el “rey emérito”. Es inmoral, era innecesario y era una operación ilegal: Juan Carlos ha acumulado un patrimonio personal desde principios de los años 70 que garantiza su supervivencia económica, un altísimo nivel de vida y, para colmo, se ha beneficiado hasta ahora de la asignación como “rey emérito”. 

Bien, pero vale la pena recordar que, si un consorcio de empresas españolas construyó el AVE a La Meca con un presupuesto total de 6.736 millones de euros, de los que Juan Carlos I cobró 100 de Arabia Saudí, fue gracias a la gestión del "rey emérito". De no haber mediado tal gestión, sin duda, el monarca saudí Salman bin Abdelaziz no hubiera podido inaugurar la línea entre La Meca y Medina el 30 de septiembre de 208, ni, por supuesto, el faraónico encargo habría supuesto un impulso para una empresa española. No olvidemos tampoco, que este proyecto del AVE supuso un emblema de la “marca España” y fue el buque insignia de la ingeniería española en el extranjero. Participaron en el proyecto doce empresas españolas y se crearon miles de puestos de trabajo.

Insisto: el cobro de una comisión de 100 millones (o de 3.000 euros) para alguien que vive de los presupuestos generales del Estado y que, además, no se declara a la Hacienda española, es, sobre todo, inmoral, mucho más que ilegal. Pero reconociendo esto, al mismo tiempo, no hay que perder de vista que la gestión -de la que se supo por la tal Corina Larsen en conversación con el comisario Villarejo- supuso un gran logro para empresas españoles de primer nivel. 



Ahora bien, comparemos esta corrupción con la que ha realizado durante casi 40 años el “clan Pujol” en Cataluña. Pujol, incluso cobraba comisiones de 100 euros a sus amigos a los que recomendaba ir a ver a una vidente andorrana. Además de inmoral, es zafio, supersticioso, ignorante y enfermizo. Uno de los miembros de la familia fue procesado por intentar crear una ITV de chimeneas para quedarse con la concesión. Y, sobre todo, con la excusa de financiar a CiU, se saquearon los fondos de las consellerías, se desviaron recursos masivamente de programas de formación de parados, se atribuyeron ayudas públicas a instituciones que luego se perdían en las cuentas del clan y, en segundo lugar, en la financiación de CiU… Y esto durante 40 años

Es muy distinto generar puestos de trabajo en una industria estratégica de alto valor añadido -AVE Medina-La Meca- que esquilmar el presupuesto público y, de paso, chantajear al Estado -como hizo Pujol con Felipe González y Aznar- y, finalmente, cuando las corruptelas -conocidas desde el primer tercio de los años 80- ya no podían mantenerse más en secreto, optan simplemente por la traición y declararse “independentistas”…

No, lo lamento, pero son dos tipos de corrupción completamente diferentes: el clan Pujol ha operado un racket sobre un larguísimo ciclo en la historia de Cataluña y ha sido el pueblo catalán el que ha visto como el dinero de sus impuestos llegaba a la opacidad andorrana en bolsas de basura y a las cuentas del clan mafioso. Lo otro, lo del AVE, ha sido una inmoralidad que se ha conocido a causa de una concubina resentida y que quería más (Peñafiel decía el otro día que “los reyes deben follar con señoras y no con putas, porque las putas lo largan todo”).

Decir que no hay que juzgar a la monarquía con sus representantes temporales no parece lo más satisfactorio, ni siquiera consolador. En realidad, resulta mucho más tranquilizador el pensar que el “código ético” que estableció Felipe VI al llegar al trono puede resultar mucho más eficiente: reducir la familia real a unos pocos miembros, prohibir que participen en negocios privados, no aceptar regalos, auditoría externa para las cuentas de la Casa Real, fin de la opacidad, etc. La retirada del título de Duquesa de Palma a la infanta Cristina a raíz del caso Noos y la petición el rey emérito de que abandonara La Zarzuela, indican que no se trataba de medidas cosméticas.

Lo cierto es que, por el momento, nadie puede decir que Felipe VI esté resultando ser un “mal rey”. Muchos catalanes todavía le estamos agradecidos de que fuera él y no otro el que pusiera los puntos sobre las íes en plena crisis independentista y ante el silencio y el pasotismo del gobierno Rajoy.



Y ya que estamos en Cataluña. Solamente los espectadores de TV3 ignoran que los independentistas se están asestando puñaladas entre ellos: con una CUP desecha y dolorida por los fracasos de sus movilizaciones, con un Puigdemont cuya supervivencia depende de que asuma el liderazgo independentista y con un Junqueras y una ERC que no se va a dejar tomar el pelo nuevamente por Puigdemont, este último partido que, hasta ahora, había mantenido un prudencial silencio ante las corruptelas del “clan Pujol” (Junqueras mismo había dicho que, “primero la independencia y luego ya veremos lo de la corrupción”), ha variado su posición. Ante el intento de Puigdemont de asumir el liderazgo del PDCat+Junts, ERC ha empezado a recordar la “corrupción institucional” de las décadas de Convergencia (ahora PDCat). Esto en un momento en el que según el CIS catalán el apoyo activo al independentismo se sitúa apenas por encima del 40% (su límite lógico está en torno al 30-35%, cifra que define el número máximo de catalanoparlantes como lengua única, así que empieza a estar redimensionado). Torra, por supuesto, ha aprovechado la “fuga” del rey emérito para tronar contra él en un intento doble de hacer olvidar el saqueo del presupuesto catalán por el clan Pujol y las puñaladas entre indepes.

Pero la peor parte del episodio final del juancarlismo va a afectar gravemente al gobierno de coalición: “alguien” ha recordado a los socialistas los pactos de la transición y el comunicado del PSOE de apoyo a la monarquía ha sido muy explícito y… contradictorio con el emitido por los mutantes de “Unidas Podemos”, seguramente en el peor momento de su historia y que ha supuesto una reafirmación de republicanismo.

El PSOE, hoy, es perfectamente consciente de que el “gobierno de coalición” es insostenible a corto plazo:
1) Por las exigencias europeas para aportar los famosos 140.000 euros al Estado Español y

2) Porque PSOE y UP están en desacuerdo, no en una minucia ¡sino en la misma forma del Estado!
Todo esto precipitará una necesaria remodelación del gobierno: nadie da algo -la UE- a cambio de nada, y la exigencia de la UE es liquidar a Podemos (banda de impresentables obsesionados por ideologías de género y racimo de porreros ambiciosos con hambre atrasada y ganas de pagar las hipotecas de los casoplones) del gobierno. Podemos se está “oliendo” el divorcio con el PSOE y ve el vacío bajo sus pies. Llanto y crujir de dientes. Dinero iraní y venezolano que ya no vendrá y subsidios del Estado que se cortarán. El destino de Iglesias será volver a pontificar en tertulias y el de su compañera regresar a cajera del super. El espíritu del 15-M difuminado entre olor a sobaquina, a porro y a ambiciones insatisfechas.
Podemos tiene razón en desconfiar de las reuniones “secretas” entre el PSOE y Cs (partido desahuciado en las próximas elecciones y en el que sus miembros han emprendido una enloquecida carrera para salvar los muebles). Con más de 500 focos de infección del Covid-19 a día de hoy, sin cifras de Cataluña -que demuestran por sí mismas el caos de la sanidad catalana y el desinterés de Torra por todo lo que no sea la independencia y las próximas elecciones-, cualquier excusa será buena en septiembre para apartar a los fumetas y mutantes del gobierno. Lo que empezó en tiendas de campaña, es mejor que abandone un terreno que nunca ha sido el suyo, el de gobierno.

Volviendo a la “huida de Juan Carlos”. El juancarlismo ha concluido definitivamente. Posiblemente, a partir de ahora, los análisis sobre la transición puedan hacerse con más rigor. No creo que la república trajera nada bueno, sino que extendería la lucha de partidos a la cúspide de la nación. 

Y, hoy, no hay que olvidar: el gran problema de este país, no es la monarquía o la república, sino más bien los partidos políticos, las autonomías y la ausencia de clase política dirigente digna de tal nombre, la inadecuación de la estructura económica con seis millones de parados nuevamente y diez millones de inmigrantes de más. ¿El resto? Problemas menores, como el fin del juancarlismo y la lentitud para sentar en el banquillo al clan Pujol (lo que se hará cuando sus delitos estés prescritos), considerado ya como “organización criminal”. ¿Monarquía o república? ¡Vamos, hombre, no me aburras!



lunes, 3 de agosto de 2020

> Doriot y el Partido Popular Francés - Cuando los comunistas pasaban en masa al fascismo (4 de 10) - Trece meses para una mutación



Trece meses para una mutación

Por una parte, Doriot experimentó una sensación de libertad al ser expulsado del PCF, pero por otra, recordó amargamente todo el tiempo, los esfuerzos, las esperanzas y las ilusiones depositadas en sus años como militante del comunismo francés. Contrariamente a lo que han sugerido los escribas oficiales del comunismo, Doriot no abandonó el partido para integrarse en una “liga fascista”, sino que inmediatamente, apenas un mes después de resultar expulsado siguió proponiendo las mismas salidas estratégicas: “una sola clase, un sola CGT, un solo partido”, escribió en L’Émancipation el 7 de julio de 1934. En la práctica, Doriot estaba proponiendo una coalición entre el PCF, los socialistas de la SFIO y los escindidos y expulsados del PCF. A partir de octubre de 1935, transformó su diario en una publicación de difusión nacional con el subtítulo de “Órgano Central de la unidad total de los trabajadores”.

Pero Doriot era el primero en intuir que tal proyecto frentista estaba llamado a fracasar o, en el mejor de los casos, a consolidarse sin él. Conocía perfectamente las tácticas de Stalin que el aparato del PCF no dudaría en emplear contra él: expulsarlo primeramente y luego asumir sin el más mínimo rubor la línea política que había defendido y que le había llevado a ser excluido de la formación. Así ocurrió, en efecto. El mismo día antes de que Thorez oficiara el ritual de la expulsión, el dirigente comunista expresaba exactamente las mismas ideas que habían puesto a Doriot en la picota. Dijo Doriot: “Junto a los proletarios queremos llevar a las clases medias arrancándolas a la demagogia del fascismo. Debemos sumir la defensa de cada reivindicación de las clases medias desde el momento en que no se oponen a los intereses del proletariado”. El giro del partido había sido copernicano y solamente entonces, Doriot podía ser expulsado.

Una vez fuera del PCF, Doriot debía de modificar su discurso si es que pretendía tener alguna audiencia. En el mes de julio de 1934 se manifestó en varias ocasiones en favor de la construcción de “un gran partido de los trabajadores, basado sobre la libertad de tendencias en la disciplina de la acción y en la voluntad de transformación social”. Propuso una alianza entre el proletariado industrial, las clases medias y el campesinado. Unos días después, reprochó al PCF su burocratismo y su subordinación a las exigencias de Moscú, mientras que acusaba a la SFIO de reformismo. Acto seguido, Doriot se preguntó por qué el “partido del proletariado” estaba retrocediendo en toda Europa y por qué el fascismo avanzaba (artículo en L’Émancipation del 21/7/34). Quizás sea, intuye, que los partidos tradicionales ya no sirven. Unos días después, en la edición del 13/10/34 da la respuesta definitiva: “Es necesario construir algo nuevo”.

Doriot sigue siendo comunista y así es reconocido por los militantes comunistas de Saint–Denis que lo siguen sin fisuras en su nueva aventura. Incluso sigue admirando la experiencia soviética tal como manifiesta en su alocución del mitin celebrado en el Teatro Municipal en el aniversario de la Revolución Rusa. Al acabar el mitin, cantan La Internacional puño en alto. Doriot no ha traicionado a la causa que asumió en su juventud. Sigue siendo un militante marxista–leninista. Y, además, sigue siendo alcalde de Saint–Denis.

Su actividad en la primavera es desbordante. Otro gran mitin conmemora la muerte de Lenin y otro más la Comuna de París. El municipio de Saint–Denis organizará una exposición en el Museo Municipal sobre la comuna en los meses de marzo, abril y mayo de 1935 al que asistirán intelectuales y el último de los “comuneros” que todavía vivía, Jean Allemane de 92 años.

Sin embargo, a partir del mes de octubre de 1934, cuando el partido intenta reconstruir la célula de Saint–Denis, en el mitin que seguirá, por primera vez se canta el nuevo himno que da carta de naturaleza a la formación: “En avant Saint–Denis” (Adelante Saint–Denis). La letra sigue siendo la de un partido de izquierda: “Adelante Saint–Denis, adelante | por la unidad revolucionaria | bajo la bandera roja al viento | llevaremos a todos los proletarios | contra el odioso régimen sangriento. | Ante el fascismo que nos amenaza | En nuestras filas está vuestro lugar…”. En ese momento, la escisión no se ha consumado, solamente Doriot ha sido expulsado, pero el resto de militantes de la célula siguen dentro del partido y para reorganizarlos se ha convocado la conferencia. Asiste un delegado del Comité Central que presenta la línea del partido y condena el acto convocado, según él, contra las normas estatutarias, por lo que los acuerdos suscritos en el curso del mismo, no serán reconocidos por el partido y quienes los suscriban correrán el riesgo de ser expulsados como Doriot. Asisten 220 delegados de los que 206 son “doriotistas”. La desproporción de fuerzas y la actitud displicente y orgullosa de los enviados de la dirección es tal, que el sector de Doriot no tiene ningún inconveniente en que tomen la palabra otros dirigentes enviados por el Comité Central.

Además, Doriot dispone también del apoyo de los socialistas locales con los que convoca un mitin en favor de la “unidad de la clase obrera” en el que participan altos dirigentes de la federación socialista de Seine pertenecientes al “ala izquierda” del partido. Otros dirigentes comunistas se agrupan en torno a Doriot, entre ellos los alcaldes de Pierrefitte y Villateneuse. En todas las células de la Banlieu Norte de París aparece una corriente de simpatía hacia Doriot que se entiende pronto por Bobigny, Épinay–sur–Seine, Bagnolet, Ìle Saint–Denis, etc. En todas estas localidades se constituyen grupos de “Amigos de la Unidad Obrera” y comités de difusión de L’Émancipation. La reacción del PCF será, simplemente, histérica: allí en donde los stalinistas han conseguido conservar fuerzas suficientes interrumpen las reuniones, los mítines y las ventas de L’Émancipation. La consigna es: “Doriot no saldrá de Saint–Denis”. El esfuerzo es particularmente en las provincias. En Saint–Denis el PCF opta por excluir solamente a Doriot y más adelante a Barbé y Lebrun, junto con algunas medidas disciplinarias contra algunos dirigentes del sector mayoritario y doriotista.

En el final del otoño de 1934, incluso para los más optimistas dirigentes del PCF está claro que la célula de Saint–Denis ya no responde ni a las orientaciones ni a las consignas del partido. Incluso para distinguirse se hace llamar “célula mayoritaria”, entendiendo que la minoritaria es la que si acepta las orientaciones de la dirección central. A principios de noviembre, el PCF decide crear otra célula en Saint–Denis, pero opta por hacerlo en la vecina localidad de Épinay. Hoy se sabe que Thorez, que estuvo presente en la reunión, debió movilizar a un público ficticio para llenar la sala. En la alocución que dio, Thorez no pudo evitar sacar todo el rencor que había albergado durante años contra Doriot, llegando a afirmar que permitiría el retorno de todo aquel comunista que deseara reincorporarse al PCF, salvo a Doriot a quien no duda en calificar una y otra vez de “traidor”. Éste respondió expulsando a los militantes fieles al PCF del “Comité de Vigilancia Antifascista” de Saint–Denis en el que participaban sus militantes y los socialistas. El hombre del PCF en ese momento en Saint–Denis es Auguste Gillot, un funcionario del partido a cuyas órdenes se ponen varios hombres del aparato central y que ha sido comisionado para recuperar el terreno, llegará a asaltar con efectivos llegados de otras regiones el mitin que el Comité de vigilancia convocó el 12 de febrero de 1935. Gillot, por la fuerza consiguió subirse a la tribuna, pero el canto unánime de la Internacional entonado por los partidarios de Doriot acalló completamente su voz.

Los esfuerzos de Guillot (que mantendrá responsabilidades dentro del PCF hasta su muerte y solamente logrará ser alcalde de Saint–Denis entre 1945 y 1971… con Doriot fusilado) no lograrán dar lustre y esplendor al PCF en la zona. En mayo de 1935 tienen lugar las siguientes elecciones municipales y el PCF no duda en presentar como candidato en la población a Jacques Duclos (otro stalinista que sobrevivirá a la guerra y mantendrá sus responsabilidades en el interior del partido hasta 1975). La derrota de Duclos es abrumadora: 22,8% de los votos contra 56,8% del Partido de Unidad Proletaria bajo el que concurre la lista doriotista. Los socialistas que, finalmente, no se integraron en la candidatura, apenas obtienen un 5,3% quedando completamente fuera de juego. En otras circunscripciones de la zona norte de París, las listas doriotistas también se imponen sobre las del PCF.

Tres días después de las votaciones el gobierno anuncia la firma del pacto franco–soviético. El ministro de Asuntos Exteriores, Pierre Laval (que luego ostentará la jefatura del gobierno con el Mariscal Petain como presidente, bajo la ocupación alemana) viajó a Moscú y se entrevistó con Stalin, tras lo cual se anunció la firma del acuerdo. Doriot escribió en L’Émancipation el 22 de junio de 1935: “Esta alianza entre un Estado proletario y un Estado capitalista es contra natura y pone al Estado proletario, que debía ser la vanguardia del movimiento revolucionario del mundo, a remolque de sus aliados capitalistas”. Más adelante, en el mismo artículo, alude a la “subordinación total y a la domesticación del Partido Comunista y de los demás partidos comunistas a la sección rusa de la Internacional Comunista, las alianzas entre los imperialismos y la URSS aniquilan el papel revolucionario de estos partidos y los transforman en apoyos objetivos del imperialismo”. Detrás de todo ello, lo que Doriot descubre es que se está acercando un nuevo riesgo de guerra en Europa. La alianza franco–soviética es, de hecho, una alianza contra Alemania que contravenía la orientación que Doriot creía era la justa en política exterior: la reconciliación franco–alemana.

Durante el verano de 1935, la municipalidad de Saint–Denis se convertirá en la meca de toda la extrema–izquierda disidente del PCF. Allí encontrarán acogida todos los grupos disidentes: desde los trotskistas y los anarquistas, hasta la revista de Georges Valois, el ex dirigente de Le Faisceau que en ese momento ha retornado a la izquierda y publica la revista Nouvel Âge, o al equipo de la revista Révolution prolétarienne… Todos estos grupos y revistas están de acuerdo en condenar el papel del PCF y reconocer su renuncia a ejercer un papel revolucionario. No coinciden en sus propuestas, pero si en su rechazo generalizado al stalinismo.

Al retornar de las vacaciones veraniegas, en septiembre de 1935, Doriot promueve una campaña contra la sumisión a Moscú demostrada por el PCF. El ataque es inmisericorde: “Hasta a los esclavos más dóciles les gusta presentarse como hombres libres”. En los días siguientes revelará muchos episodios que conocía directamente sobre el funcionamiento del Komintern y los límites a la autonomía y libertad de los partidos comunistas. Nadie duda en esos momentos que Doriot sigue siendo un militantes de izquierdas, un marxista convencido y en tanto que tal participará en la primera manifestación del 14 de julio de 1935 que dará nacimiento al Frente Popular. Pero el PCF se preocupará de presionar sobre los socialistas para desembarazarse de la presencia de Doriot. El 14 de noviembre de 1935 será excluido oficialmente del Frente Popular. Muchos de los apoyos que había tenido Doriot en la extrema–izquierda le abandonan y las grandes firmas del comunismo internacional que hasta ese momento habían enviado artículos a L’Émancipation, entre ellas la del italiano Pietro Nenni, desaparecen para siempre. Solamente siguen colaborando con él miembros de la izquierda pacifista. Su radio de acción de ha reducido bruscamente a la municipalidad de Saint–Denis.

En el verano de 1935 se produce la invasión italiana de Etiopía y las protestas desencadenadas especialmente por la iniciativa del Reino Unido. L’Émancipation denuncia la acción fascista en Italia como una muesta de imperialismo, pero al mismo tiempo, en un mitin convocado para el 26 de octubre, alude a que esta guerra “no es solo una operación fascista, sino la reivindicación de un gran país prolífico al que su tierra ya no puede alimentar”. Doriot en ese momento parece aceptar la teoría de Corradini sobre el derecho de las “naciones proletarias” (Alemania e Italia) a construir imperios con los mismos derechos que las “naciones burguesas” (Francia y el Reino Unido). Así pues, no se trataba de enzarzarse en una guerra contra el “pueblo italiano”, sino que había que optar por la “conciliación” y, en cualquier caso impedir que Francia se colocara nuevamente a remolque del Reino Unido capaz de transformar un “pequeño conflicto colonial en una gran guerra, primero en el Mediterráneo y luego en todo el mundo. Los puntos de vista de Doriot sobre la política exterior francesa en ese momento no son muy diferentes a las que había defendido en sus últimos años de militancia en el PCF:
1.– Necesidad de una reaproximación franco–alemana.
2.– Esta reaproximación deberá cristalizar en un Pacto de No–Agresión entre ambos países.
3.– Reservas y desconfianzas respecto al Reino Unido y crítica a su sistema colonial.
4.– Denuncia de la alianza franco–soviética.

Hitler en aquel momento había propuesto algo parecido al punto 2 tras la remilitarización de Renania en marzo de 1936 y consolidar el punto 1. En cuanto al punto 3 lo argumentaba diciendo que Inglaterra tenía dos pesos y dos medidas, una para tratar de mantener su posición de primera potencia comercial mundial gracias a sus colonias y otra para evitar que cualquier otro país pudiera rivalizar con ella. En cuanto al punto 4, cuando se vote en el parlamento francés la ratificación de los acuerdos Laval–Stalin, Doriot votará en contra. No ha habido ninguna variación sustancial respecto a las posiciones que el alcalde de Saint–Denis había defendido en el pasado. Esta persistencia en sus ideas se trasluce en la cabecera de L’Émancipation que sigue ostentando la hoz y el martillo en la portada y por los cantos de La Internacional y del Saint–Denis en avant! que se repiten en los mítines. Sigue siendo comunista y lo seguirá siendo cuando se convoquen las nuevas elecciones generales en 1936.
En esa ocasión, el PCF que ha invertido millones de francos y docenas de “hombres del aparato” en resucitar su desgraciada célula de Saint–Denis. En esta ocasión, el candidato comunista en la zona es Fernand Grenier, secretario general de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética. Durante la pre–campaña, en Moscú, Stalin concede una entrevista a un diario norteamericano en la que reafirma que no tiene intención de desencadenar una “revolución mundial”. Doriot coge el argumento de Stalin y lo utiliza para su propaganda contra Grenier y la candidatura comunista. Éste, por su parte, se beneficia del impulso que en ese momento tiene el Frente Popular en toda Francia. De hecho, la candidatura nacional de este Frente logrará la victoria… pero no en Saint–Denis en donde será batida por Doriot en la segunda vuelta por 51,4% de votos contra 48,3% obtenidos por el candidato del PCF.
Ocho semanas después de las elecciones Doriot crea el Partido Popular Francés. Obviamente, esta formación tiene como eje central a la “célula mayoritaria” de Saint–Denis, pero también agrupa a lo que podría llamarse “disidentes” de derechas e izquierdas. No hay que olvidar que el proceso que ha llevado a la expulsión de un conocido líder del PCF y de la Internacional, ha convertido a Doriot en un personaje extremadamente conocido –e incluso popular– en todo el país. Siempre ha hecho gala de hablar claro, le precede fama de honestidad y de valor, no en vano se ha opuesto a Stalin y al stalinismo y eso indica fortaleza en sus convicciones, valor y decisión  la hora de llevarlos a la práctica. Nadie duda –salvo el aparato de su antiguo partido- de la pureza de sus intenciones y de su sinceridad como revolucionario. Esto ha hecho que la alcaldía de Saint–Denis se convirtiera en una especie de lugar obligado de visita para todos aquellos que de alguna manera disienten de las formaciones políticas clásicas.

Uno de estos visitantes es Paul Marion. Otro será Gaston Bergery. El escritor Bertrand de Jouvenel o Alfred Fabre Luce, como también Denis de Rougemont y, por supuesto Marcel Déat, departirán habitualmente con Doriot en los meses previos a la formación del PPF, hasta el punto de que puede decirse que el nuevo partido recogerá parte de las propuestas e intenciones de todos ellos e incluso contará, de una forma u otra, en las bases militantes, en la redacción de sus periódicos, asociados a sus iniciativas o como simpatizantes, a la mayor parte de todos ellos. Algunos, como Marion, son antiguos comunistas, pero la mayoría proceden de otros ambientes políticos. Hay entre ellos muchos “no conformistas” (Reougemont, por ejemplo, que colabora con Robert Aron y el equipo de L’Ordre Nouveau, o Fabre Luce que trabaja con el Grupo Planista del 9 de julio fundado en 1934 por Jules Monains). Bertrand de Jouvenel, próximo también a los no-conformistas, procede del Partido Radical, pero lanzará en aqullos momentos la revista La Lutte des Jeunes  ubicada entre los “no conformistas”.

Marion, por su parte, había ingresado en el PCF en 1922 escalando rápidamente en el Comité Central y desempeñando en 1926 el cargo de secretario de Agit-Prop. Como Doriot fue miembro activo del Komintern, adscrito al buró de Propaganda con sede en Moscú. El stalinismo le decepcionó en la misma época en la que el alcalde Saint-Denis conoció los primeros problemas con la dirección. Marion, abandonó el PCF antes de que lo expulsaran y se unión a la SFIO, luego a los socialistas republicanos y, finalmente, entrando en contacto con los neo-socialistas de la revista Notre Temps. Ingresará en 1936 en el PPF y asumirá hasta el final de la guerra la dirección de L’Émancipation National.

Gaston Bergery, otro disidente, héroe de guerra en el frente del Marne en 1915, colaborará con el Partido Radical y será director de gabinete del ministro de exteriores Édouard Henriot. Dentro de esta formación se situará en su ala izquierda y defenderá posiciones en política exterior muy parecidas a las de Doriot: renuncia al cobro de las indemnizaciones de guerra, política de paz, desarme y mano tendida a Alemania. Se convertirá en un disidente cuando en 1932 rompa con el Partido Radical tras el rechazo de Herriot para aproximarse a los socialistas tal como proponía Bergery. Fundó el Frente Común contra el Fascismo, contra la guerra y por la justicia social a finales de 1933 que solamente conseguirá atraer al grupo Tercera Fuerza de Georges Izard (la parte política del grupo personalista dirigido por Mounier, formado en torno a la revista Esprit), con el que se fusionará adoptando el nombre de Partido Frentista (para distinguirse del Frente Popular) que conseguirá dos diputados en las elecciones legislativas de 1936. Pero en 1934, Bergery, en su búsqueda de alianzas con disidentes y no conformistas llega a Saint-Denis y trata de integrar a Doriot en su iniciativa. No lo conseguirá pero de la relación entre ambos surgirán puntos en común que Doriot desarrollará. A decir verdad, cuando Bergery se aproxime al Frente Popular y para ello cese en sus ataques al PCF, Doriot descubre en él a un oportunista en el que no se puede confiar.

Finamente, la relación con Marcel Déat, a pesar de los puntos en común entre ambos, tampoco fue muy lejos. Déat desconfiaba del antiguo bolchevique y consideraba que Doriot nunca había abandonado los métodos aprendidos en Moscú. Doriot, por su parte, veía en el antiguo socialista, devenido neo-socialista, a un intelectual pequeño-burgués. Ambos eran disidentes el primera de la Tercera Internacional y Déat de la Segunda, eran dos caracteres diferentes, procedentes de dos mundos completamente distintos. Sus encuentros sirvieron solamente para dejar constancia de que existían entre ellos territorios comunes pero que no eran lo suficientemente intensos como para salvar los recelos que ambos tenían recíprocamente.

Doriot, Déat, Bergery, Jouvenel, no consiguieron entenderse, a diferencia de Marion y de otros como Drieu la Rochelle que se integraron en el PPF. Que no se trató de diferencias momentáneas, sino de impedimentos que clavaban sus raíces en las suspicacias mutuas entre ambos, lo da el hecho de que tras la ocupación de Francia y tras el establecimiento del gobierno de Vichy, si bien todos ellos disfrutaron de una privilegiada posición política, nunca consiguieron ponerse de acuerdo y trabajar en la formación del “partido único”.

En cualquier caso, las relaciones de Doriot con todos estos intelectuales y personajes políticos disidentes le aportaron mucho. Hasta ese momento, Doriot tenía una sólida formación como “hombre del aparato” comunista, pero a partir de aquellos meses consiguió ampliar sus horizontes políticos y entrever que, más allá de la derecha y de la izquierda, existía un espacio para la disidencia. Ese espacio fue el que se propuso conquistar el PPF.

sábado, 1 de agosto de 2020

> Doriot y el Partido Popular Francés - Cuando los comunistas pasaban en masa al fascismo (3 de 10) - La ruptura de Doriot con el bolchevismo


Fisuras en la gran muralla

En el otoño de 1926, Doriot asistirá al VIIº Congreso del Komintern. El tema central que acapara las discusiones es el comunismo chino y la situación en aquel país a la vista de que el Kuomintang y su jefe Chang Kai–Chek, se han distanciado de la política rusa, ha despedido a los consejeros militares soviéticos y detenido a varios dirigentes del Partido Comunista local. Stalin quiere evitar la ruptura definitiva y envía una delegación dirigida por Ealr Browder, deje del PC norteamericano, Rom Mann, del PC inglés y Jacques Doriot. Después de un corto período de puesta al día sobre la situación en China, abordan el Transsiberiano hasta Vladivostok y el 17 de febrero llegan a Canton para desplazarse luego a Hong–Kong, Nankin y Hankon. La delegación no puede evitar constatar la creciente hostilidad del Kuomintang hacia los comunistas y, a pesar de que los tres miembros de la delegación redactan un informe falsamente optimista, no pueden evitar que a su regreso a Moscú en mayo de 1927, la represión contra los comunistas chinos haya aumentado y la ruptura con el Kuomintang sea total.

Durante ese tiempo, Stalin ha sustituido a Zinoviev con Bujarin. Poco después, Trotsky será separado de la dirección bolchevique y enviado a Alma–Ata, en plena Siberia, para ser luego expulsado de la URSS en abril de 1928. El motivo de todos estos cambios es solo uno: Stalin empieza a comprobar las dificultades en utilizar al Komintern como instrumento de una “revolución mundial” y, a partir de entonces, cambia de estrategia. La Internacional Comunista, desde entonces hasta el final del organismo e, incluso, hasta el final de la URSS, no será otra cosa que una estructura internacional al servicio de las necesidades exteriores de Moscú. Los comunistas justifican esta actitud argumentando que en la URSS se había producido la primera “revolución proletaria” que era preciso apuntalar, defendiendo sus conquistas sociales y convirtiéndola en el foco emisor, en una segunda fase, de la “revolución mundial”.

Doriot acepta y asume esta versión, pero su espíritu crítico y realista y, especialmente, su viaje a China, le han demostrado suficientemente que el mundo es más complejo de lo que los razonamientos mecanicistas del Komintern sostienen. Y, entonces comete el peor pecado que podía cometer un soldado de la “revolución mundial” en la época: criticar, aunque fuera en privado, las posiciones de la organización en relación a China. Es la primera fisura en el rígido sistema de convicciones políticas defendido por Doriot en aquellos años, pero a partir de entonces, lo que ha empezado como una simple discrepancia sobre un tema secundario se va ampliando y terminará convertirse –en Doriot y en tantos otros militantes sinceros de la Internacional– en una brecha ante la que tendrán la sensación de encontrarse en el lado erróneo.

Los cambios en la URSS suponen también un cambio en la línea política de la Internacional y una intromisión creciente en la vida de los Partidos Comunistas occidentales. Mientras Doriot y la dirección comunista francesa propone una estrategia de colaboración con los socialistas, Moscú impone la estrategia de “clase contra clase” que excluye cualquier posibilidad de manos tendido hacia el partido de la pequeña burguesía progresista… Doriot, que tras regresar de Moscú se ha encontrado con una nueva condena de prisión y con la inmunidad parlamentaria levantada, ha ingresado en prisión el 18 de julio y liberado a principios de noviembre. En esos meses de cárcel, la pequeña fisura que se inició tras retornar de su estancia en China, se ha ido ampliando. Sus biógrafos estiman que ha sido en esa época cuando perdido su fe en Moscú.

Incluso está por no presentarse a las elecciones legislativas de 1928. Acepta finalmente, pero casi por inercia. La policía irá a detenerlo de nuevo al parlamento, pero conseguirá eludir el ingreso en prisión y se refugiará en la clandestinidad, volviendo a participar en la campaña electoral de 1928 con documentación y nombre falsos. Hablará en mítines en Saint–Denis, Lille o Valenciennes. No podrá evitar ser de nuevo detenido el 19 de abril de 1928. Diez días después será reelegido diputado. Doriot tenía razón en sus críticas a la política de Moscú: el partido pierde la mitad de sus 25 diputados.

Permanecerá en prisión hasta el 25 de octubre de 1929, Maurice Thorez, que había perdido su escaño como diputado comunista, perro fiel a Moscú hasta su muerte, lo denuncia por primera vez como “catalizador de las disidencias internar”. Le acusa de aproximarse a la socialdemocracia y desconsiderar los peligros del trostkysmo. Y una vez más, el Komintern desplaza a sus agentes a París y consiguen la eliminación de Sémard, considerado como demasiado “blando”, sustituyéndolo por el equipo formado por Thorez, Henri Barbé, Pierre Célor y Benoît Frachon, aunque formalmente será la asamblea del VI Congreso, celebrado en Saint–Denis la que suscriba la nueva dirección comunista.


De este equipo, Barbé es, sin duda, quien más cerca está de Doriot. Amos, por lo demás, se encuentran en situación de clandestinidad. La evolución política de Barbé fue similar a la de Doriot y ciertos aspectos de su biografía son de un paralelismo sorprendente. Tras haberle sucedido al frente de las Juventudes Comunistas de Francia, se convertirá, también como Doriot a una edad temprana, en uno de los principales jefes del partido. Tampoco podrá evitar terminar siendo acusado de “disidente” en 1931, expulsado del buró político, enviado a Moscú, degradado y, finalmente, en 1934, expulsado del partido poco después de que lo hubiera sido Doriot. Entre 1936 y 1939 se integrará en el PPF del que será secretario general. Durante la ocupación alemana pasará al RNP de Marcel Déat y será el secretario general del Frente Revolucionario Nacional, una especie de ampliación frontista del RNP. A diferencia de Doriot, Barbé sobrevivirá a la Segunda Guerra Mundial y en 1949 empezará a colaborar con publicaciónes anticomunistas, haciéndose bautizar en 1949 y colaborando hasta su muerte con la revista católico–tradicionalista francesa Itinéraires publicada por el pensador católico Jean Madiran. Pues bien, Henri Barbé, de cuyo testimonio no puede dudarse, tanto por esta evolución que terminó alejándolo del bolchevismo, como por su amistad con Doriot y su proximidad a él en los años veinte, explica la sensación que tuvo cundo se encontró con él en Bruselas, ambos en clandestinidad: “Se había transformado completamente. El monje fanático bolchevique devorado por la fe y la voluntad revolucionaria, se había transformado en un político astuto, escéptico, cáustico y pronto me di cuenta de que se burlaba e ironizaba sobre todo lo que pocos años antes había venerado”…

Algunos biógrafos de Doriot han considerado tales consideraciones de Barbé como “exageradas” o simplemente causadas por la distancia en la que fueron escritas (treinta años después de la entrevista). Otros consideran que en 1928, a pesar de sus primeras críticas a la política oficial del Komintern, siguió siendo un comunista fiel y abnegado. De todas formas, lo cierto es que cuando Barbé le pidió que participara en la “tribuna de discusión” de L’Humanité exponiendo sus posiciones, rechazó la oferta al estimar que nunca podría expresar sus verdaderos criterios. Hacia el inicio de la primavera de 1929, Barbé no dudó en atacarlo públicamente a través de las columnas del diario comunista  denunciando que en torno suyo se estaban agrupando oportunistas y traidores de los que podía esperarse cualquier reacción hostil e inesperada en el congreso del partido.

Quienes sostienen que Doriot seguía siendo entonces un comunista fiel al Komintern utilizan como argumento la autocrítica que realizó poco antes y durante la celebración del VIº Congreso del PCF. Unos días antes, en efecto, se había retractado de cualquier posición hostil: “To tengo el derecho de servirme de tales argumentos… Jamás nadie tiene el derecho de ser un auxiliar de la burguesía contra su propio partido”, había dicho. Pero, ni aun así, en esos verdaderos psicodramas colectivos que eran los congresos del PCF en aquella época, Doriot logró evitar que, sistemáticamente todos los oradores que fueron pasando por la tribuna del congreso rivalizaran por denunciar su posición y rechazar sus planteamientos. Es más, cuando le tocó a él mismo subir a la tribuna asumió sus “errores” y admitió que la dirección del partido hubiera emprendido una lucha titánica contra sus posiciones: “Rechazar reconocer los propios errores –dijo– supone cristalizar en torno a uno a todos los oportunismos. Se parte de una pequeña divergencia. Poco a poco la brecha se agrava. Y pronto uno se encuentra a la cabeza de la oposición a la Internacional Comunista. No jugaré jamás este papel”. Ni aun así, la dirección del partido consideró suficiente el nivel de la autocrítica. El delegado del  Komintern que manejaba los hilos del congreso (y del que todavía hoy se discute su personalidad, tratándose probablemente de Boris Mikhailov (a) “Williams”) reiteró el rechazo a la autocrítica: “Doriot no se ha encaminado de nuevo hacia el partido partiendo con el pie izquierdo, sino que lo ha hecho con el derecho…”.

Al día siguiente, Doriot volvió a tomar la palabra. Eran las 22:30 de la noche del domingo. Fue entonces cuando mostró que su carácter de hombre recio estaba por encima de su sumisión al Komintern. Asumió la parte de autocrítica que ya había realizado, pero se negó a ir más allá: “No quiero reconocer errores de otros que yo no he cometido”. Afirmó ante el silencio sepulcral de la asamblea que siempre estaría dispuesto a discutir cualquier tesis política en todo momento, y que toda tesis debía confrontarse a los hechos, en alusión al fracaso del partido en las últimas elecciones que le había llevado a perder la mitad de las actas de diputado.

El congreso tenía lugar en Saint–Denis. Era el lugar elegido por la dirección del partido para escenificar el juicio inquisitorial contra uno de sus dirigentes. La dirección entrante prohibió que Doriot figurase en la lista de candidatos para las elecciones municipales que deberían de celebrarse en mayo de 1929, pero a pesar de esta actitud hostil, hizo todo lo necesario para que la campaña comunista fuera un éxito. El partido, en efecto, progresó ampliamente obteniendo 104 alcaldías, de las que 26 eran en ciudades mayores de 5.000 habitantes. Después, su energía puesta al servicio del partido no cesó. Volvió a Alemania a preparar campañas junto a los dirigentes del Partido Comunista Alemán contra el Plan Young (que había sustituido al Plan Dawes para ordenar los pagos de indemnizaciones de guerra de Alemania). En otras intervenciones en el parlamento denunció cuestiones tan diferentes como el colonialismo o los efectos más perversos del Tratado de Versalles. Y luego, a principios de 1930 se produjo un episodio, no por inesperado menos trascendental para su carrera política.

Camille Villaumé, alcalde comunista de Saint–Denis que había resultado elegido en la lista en la que a él se le había prohibido figurar, dimitió de sus cargos en el partido y se lajeó de la organización junto a la mayoría de los concejales electos que constituyeron el Partido Obrero y Campesino. Fue preciso convocar elecciones anticipadas. Doriot figuraba en un puesto secundario y la lista estaba presidida por Gaston Venet, un obrero metalúrgico que resultó elegido alcalde en la segunda vuelta (tras la primera, los socialistas llamaron a votar por las listas de la derecha). Sin embargo, a los pocos meses, el partido ordenó a Venet volver a la fábrica y la prefectura de policía descubrió graves irregularidades de gestión que fueron comentadas en grandes titulares por toda la prensa. A partir de ese momento, ya no había posibilidad de nombrar otro alcalde que no fuera el propio Doriot. En el pleno municipal, finalmente, éste fue elegido por 30 votos a favor, 1 en contra y 5 abstenciones. A partir de entonces, Doriot, pasó a ser “el alcalde de Saint–Denis”, título que siempre lo ha caracterizado más que el de “diputado comunista” o “líder del PPF”…


Pero la alcaldía que hereda Doriot está sumida en una profunda crisis. La célula comunista de la localidad se ha derrumbado. Apenas cuenta con 200 afiliados y apenas 70 militantes. Tres equipos municipales en menos de un año y el grave deterioro de la imagen comunista habían pulverizado aquella célula. A partir de entonces, Doriot entiende que lo único que será capaz de remontar la situación es una gestión honesta y eficiente en la que lo que se haga sea justamente lo que se ha prometido en el programa. Es justamente lo que hace: adopta medidas sociales en todas direcciones, hacia los parados que están aumentando vertiginosamente a raíz de la crisis económica mundial de 1929, hacia la infancia desistida, hacia los ancianos… En 1934, 3.000 niños de Saint–Denis, gracias a Doriot, podrán disfrutar de vacaciones gratuitas en casas de colonias. A estas medidas se une la construcción de infraestructuras, así mismo de carácter social: en poco tiempo, Saint–Denis puede contar con una biblioteca pública, una piscina municipal cubierta, una guardería… También se inicia la publicación de un diario comunista local, L’Émancipation. A principios de 1931, la crisis de la célula comunista de Saint–Denis está superada y el partido vuelve a disponer en este municipio de la banlieu parisina de una sólida sección, bien asentada y sin que ninguna otra fuerza política, ni de derechas ni de izquierdas le pueda hacer sombra.

Pero la situación a nivel nacional del partido es completamente diferente. Desde 1927, el PCF ha perdido a la mitad de sus adheridos. Es el resultado de la política sectaria dictada desde Moscú y ejecutada por los esbirros del Komintern dirigidos por Manouilski. Éste no dudará en cortar cabezas: primero cae Barbé, luego Pierre Célor, más tarde Genri Lezeray, todos ellos miembros de la dirección que, bruscamente, pasan a ser considerados como “responsables de un grupo fraccional”. Solamente la lealtad a Moscú es recompensada con reconocimientos y promociones. Maurice Thorez, perro fiel entre los perros fieles, será santificado por Manoulski (y por su segundo, Eugen Fried, un judío eslovaco de amplia experiencia agitativa que había participado en la revuelta húngara de Bela Khun en 1919) y elevado al rango de Secretario General en enero de 1936. Fried y Thorez, estrechamente unidos por una buena amistad que comenzó en 1931 y que hará que compartan incluso amantes. Los comunistas que en eso momento permanecen en el partido, son de un fuste diferente a las primeras promociones que se habían escindido del socialismo e integrado en la Internacional. Completamente acríticas, ciegos seguidores de las órdenes llegadas de Moscú, por mucho que desafiaran al sentido común y a la oportunidad política, se limitaban a cumplir órdenes, ya no eran militantes, eran, simplemente “creyentes”.

Ese no fue el proceso mental seguido por Doriot. Para él, los valores que le habían llevado al comunismo seguían incólumes y conservaban toda su actualidad, especialmente después de que hubiera estallado la crisis de 1929. En noviembre de 1931, en el parlamento francés volvió a elevar su voz: denunció las consecuencias del sistema de producción capitalista que había generado en poco tiempo tres millones de parados y a los hombres de la derecha que afirmaban seriamente que la mayoría de parados eran “profesionales de la holgazanería que recibían un subsidio por negarse gustosa y voluntariamente a trabajar”. Poco después, ataca en la sede del sindicato comunista, la CGTU, a León Blum quien sostenía también que la suerte de los trabajadores capitalistas era mucho mejor que la de los trabajadores soviéticos, en donde, recordaba Doriot, el paro había sido desterrado y los salarios aumentaban. A esto seguirá un nuevo discurso parlamentario en el que exigirá la jornada de 8 horas, 40 horas de trabajo a la semana, tres semanas de vacaciones por año, licencia por maternidad. Y mientras presentaba estas exigencias propagaba en sede parlamentaria los progresos en la construcción del socialismo en la URSS. ¿Estaba engañado Doriot sobre la realidad de la URSS? ¿era consciente de que estas proclamas eran mera propaganda? Es seguro que albergaba dudas y también parece claro que estaba desorientado por la política de Stalin, al menos así se lo confió a algunos amigos.

Sea como fuere, Doriot, a pesar del bache que supuso para él el VIº Congreso del PCF, logra reforzar su posición dentro del partido, consolidarla de cara a las elecciones generales que tendrán lugar en mayo de 1932 en donde será elegido para una tercera legislatura, obteniendo la mayoría absoluta en la primera vuelta después de una campaña particularmente dura. La victoria es todavía más sensible en la medida en que otros dirigentes comunistas de primera fila (Cachin, Duclos –que estará al frente del partido hasta los años 60– o Marty –futuro brigadista internacional en España conocido como “el carnicero de Albacete”) no conseguirán ser reelegidos diputados. El desastre electoral es memorable y le será reprochado a Thorez cuando tenga lugar el XIIº Congreso de la Internacional Comunista en Moscú. Doriot le acompaña e incluso tiene un enfrentamiento a puñetazos con él en las calles de Moscú, pero la desautorización que ha recibido Thorez supone una victoria para Doriot que regresa a París con posibilidades de dirigir el partido. Pero Fried, el amigo íntimo y compañero de correrías de Thorez, que ha permanecido en la capital francesa, recomienda a éste que permanezca unas semanas más en Moscú, aproveche para “trabajar” a algunos miembros del aparato de la Internacional, mientras él rompe en seis trozos la organización comunista de París y Banlieu de la que Doriot hubiera sido nombrado secretario general. Esta organización, en términos absolutos suponía el 35% de los votos del comunismo francés y el 32% de sus adheridos. De formar una organización única y poderosa pasó a ser desmembrada en seis delegaciones, solo una de las cuales –la de París Norte, a la que correspondía Saint–Denis– estaría dirigida por Doriot.

Los biógrafos de Doriot coinciden en que despreciaba a Thorez incluso antes del VIº Congreso del Partido Comunista. Le reprochaba falta de carácter, servilismo, de él decía que jamás se le había visto en cabeza de ninguna manifestación, lo que era cierto, pero más cierto todavía era que Thorez siempre se había sentido celoso de todo militante que gozara de aprecio y consideración por parte de las bases. Un aprecio del que él siempre estuvo huérfano, a pesar de haber dirigido el comunismo francés durante más de dos décadas.

Cuando tiene lugar la siguiente reunión de la Internacional Comunista en diciembre de 1933, Doriot, significativamente, no asistirá, sin embargo entregará a los delegados una propuesta en la que preconiza un “frente único” formado por la SFIO (el partido socialista) y el PCF, “no solamente en la “base, sino también en la cúspide”. Thorez se apresurará a criticar esta posición y la ejecutiva de la internacional la rechazará más rápidamente aún. Doriot no abandonará su propuesta, a pesar de que sabe perfectamente que, en caso de fracasar, será inmediatamente castigado con el ostracismo definitivo. En la reunión del Comité Central del PCF que tendrá lugar a principios de 1934, vuelve a la carga, sabiendo que los perros fieles del Komintern no admitirán asumir otra posición más que la dictada por Moscú.

Para entender el por qué Doriot actúa así es preciso aportar algunos datos complementarios. El 31 de octubre de 1933, Francia y Moscú habían suscrito un pacto de apoyo mutuo como respuesta a la llegada de Hitler al poder. El pacto se firmará finalmente en mayo de 1935, pero meses antes ya había sido denunciado por Doriot. Obviamente, dicho pacto perjudicaba a los intereses del PCF. El partido, persistentemente, había negado la existencia de negociaciones para llegar a dicho pacto y había calificado esa posibilidad como “calumniosa y absurda”. Sin embargo, las negociaciones habían sufrido distintos altibajos y, finalmente, el visto bueno por las dos partes se dio en abril de 1934, justo cuando se estaba gestando un cambio en la línea del PCF. A Doriot no se le escapaba que la victoria del NSDAP en Alemania suponía el final del Partido Comunista Alemán y que, a partir de ese momento, la situación internacional ser radicalizaría apareciendo de nuevo el peligro de guerra en Europa. La única posibilidad para evitarlo era que las izquierdas ascendieran al poder y eso solamente podía lograrse mediante un acuerdo entre las mismas: frente a la política stalinista de “clase contra clase”, Doriot seguía proponiendo cada vez con más vigor, la política de “unión de las izquierdas”. Pero había otro elemento que estaba precipitando la situación.

El 6 de febrero de 1934, enfurecidos por las noticias diarias de corrupción que agitaban al país y especialmente por el llamado “affaire Stavinsky”, los excombatientes y las ligas fascistas llamaron a una concentración en la Plaza de la Concordia que debía atravesar el puente sobre el Sena y dirigirse a la sede de la Asamblea Nacional sitiándola. La Asociación Republicana de Antiguos Combatientes, dirigida por el PCF, se sumó extraoficialmente al acto de protesta. Doriot no pudo asistir al estar en ese momento ejerciendo como diputado en el interior del edificio de la Asamblea, sin embargo, era evidente que varios centenares de militantes comunistas que habían acudido a la Plaza de la Concordia, precedían de París Norte y seguían la consigna dada por él y por Barbé (que estuvo presente en los incidentes). El día 9, la manifestación convocada por el PCF como protesta por la masacre de entre 100 y 200 muertos en la jornada de protesta del día 4, fue prohibida, sin embargo, Doriot y Barbé, desafiando la prohibición y la recomendación de la dirección del PCF de evitar enfrentamientos, mantuvieron la convocatoria enfrentándose durísimamente a las fuerzas policiales en la zona de Gare de l’Est y luego del Faubourg Saint–Martin, muriendo nueve personas.


A raíz de todos estos incidentes los comunistas y socialistas de Saint–Denis lanzaron un llamamiento a la huelga general para el 12 de febrero que fue seguido masivamente. Doriot convocó un mitin en el teatro municipal de la población que pronto se convirtió en un escenario demasiado restringido para albergar a los miles de asistentes. Doriot, que en ese momento ya había decidido adoptar una línea política propia al margen de lo que decidiera el partido, propuso “unidad de acción” y la creación de un Comité de Vigilancia Anti–fascista del que formarían parte dos socialistas, dos comunistas, dos miembros de la CGT (sindicato socialista) y ocho de la CGTU (sindicato comunista). Una gigantesca manifestación recorrió las calles de Saint–Denis cuya envergadura no pudo ser eludida por L’Humanité. El diario comunista decidió aceptar los hechos consumados: “En Saint–Denis la roja, la calle pertenece a los obreros”.

Pero, al mismo tiempo, el Secretario General condenó la formación del Comité de Vigilancia que Franchon definió como “crimen contra la clase obrera”. Duclos y Thorez, los dirigentes comunistas de menos carisma pero más elevado por su fidelidad perruna a Moscú, aprovechaban para proponer la expulsión de Doriot. Duclos escribió en el diario comunista: “Una lucha eficaz contra la burguesía no puede disociarse de un lucha contra el Partido Socialista, su principal apoyo social”… la misma línea que había permitido el ascenso del NSDAP al poder en Alemania ante la impotencia de una izquierda divida e impotente. Conscientes de que la expulsión de Doriot en aquellas circunstancias entrañaría una revuelta generalizada de las bases del norte de París, decidieron enviar a agitadores para tratar de ganar a las bases que apoyaban a Doriot. Éste ya no fue autorizado para utilizar las columnas de L’Humanité para responder a los ataques reiterados, histéricos y venenosos que cada mañana difundían el tándem Duclos–Thorez. El propio director del diario, Maurice Cléroy dimitió seis meses después tras haber desarrollado una úlcera de estómago que él mismo achacó a la deshonestidad con la que la dirección del partido había tratado a Doriot. Éste, sin embargo, disponía de las columnas de L’Émancipation para contestar a los ataques. Era evidente que ambas partes habían pasado a una escalada de ataques que era imposible que terminara con una simple autocrítica o la exclusión de una sola persona. El PCF se encontraba en ese momento al borde de la escisión.

A principios de abril de 1934 se dio otro paso en esa dirección. Doriot publicó una Carta abierta a la Internacional Comunista con una tirada de 30.000 ejemplares, cuyo texto fue remitido a la dirección del partido y al ejecutivo del Komintern. El 21 de abril, “Moscú” respondió: las dos partes fueron convocadas a Moscú. Era evidente que el problema era demasiado grande para que el propio PCF pudiera superarlo por sus propios medios. Además, las dos partes estaban demasiado enfeudadas en sus posiciones, conscientes de sus fuerzas y habían desarrollado demasiada hostilidad mutua. Además, el Komintern era también consciente de que su política en Francia había resultado un inmenso fiasco y era preciso cambiar, especialmente en un momento en el que estaban llegando a buen puerto las negociaciones con la derecha y tras la firma del acuerdo, el pacto sería todavía más sólido con un gobierno de izquierdas en Francia. Los acontecimientos del 6 de febrero habían demostrado que la República podía haber caído en manos de un gobierno autoritario de derechas y si esto ocurría, el pacto franco–soviético podría darse por muerto. Sin olvidar que una escisión de los doriotistas podía hacer perder al PCF un tercio de sus efectivos. Por todo ello, “Moscú” estaba abierta a dialogar con las dos partes y proponer una solución de compromiso.

Pero Doriot, a estas alturas, ya estaba cansado de este juego. Despreciaba profundamente a Doriot y era ya perfectamente consciente de que la Internacional no era nada más que una pieza de la política exterior de la URSS. Se negó a ir a Moscú. El pretexto era extremadamente hábil: primero dimite de sus funciones como alcalde y concejal, luego convoca nuevas elecciones… lo que le impide viajar a la URSS. Los socialistas se suman a su candidatura que fácilmente agrupa el 57,6% de los votos. Doriot, el 13 de mayo, vuelve a ser alcalde de Saint–Denis…

Contra lo que podía suponerse, el Komintern alaba sus resultados en un visible intento de mejorar las relaciones con él. Pero insiste en su actitud: no irá a Moscú a arrodillarse ante los burócratas del Komintern: “Iré a Moscú cuando los jefes de la Internacional Comunista hayan desautorizado y rectificado lascalumnias y las mentiras que desde hace tres meses se han difundido sobre mí en la prensa del Partido y por los militantes del Comité Central”. La respuesta del partido no se hace esperar: Thorez pone en marcha una nueva campaña de desprestigio. Por una parte, los militantes fieles al aparato comunista ponen en marcha una discreta campaña de boca–oreja difundiendo los más increíbles rumores sobre la vida personal y el comportamiento de Doriot. Por otro, la prensa del partido prosigue sus ataques “intelectuales”. Se difunde la idea de que la “buena vida” ha llevado a Doriot a la “obesidad”. Se le achaca el que haya engordado… pero ninguna foto, ni ningún recuerdo de la época parecen dar la razón a esta “acusación”. Con todo, la campaña no tiene como objetivo denunciar los reales o supuestos cambios “estéticos” de Doriot, sino abrir el camino para su escisión procurando que sea lo menos gravosa para el partido.

La gran paradoja de este episodio y lo que realmente demuestra la vileza moral de los dirigentes del comunismo francés de la época, es que toda esta campaña se organiza justo cuando la Internacional lanza la idea de “frente común” con los socialistas y cuando Thorez y el Comité Central del PCF acaban de iniciar –por orden de Moscú, por supuesto– relaciones con los socialistas. Tenía razón L’Émancipación cuando publicó un artículo en el que se decía: “Permítasenos encontrar extraño que en el momento en el que se habla con los jefes socialistas, se prepare la expulsión de aquel que ha preconizado esta política. Un buen consejo a los futuros dirigentes del partido: no tengáis razón seis meses antes que los demás…”. Al final, Doriot tenía razón y lo había expresado por iniciativa propia, sin sumisión bovina a las directivas del Komintern, sin dejar de defender la posición que siempre fue más lógica y razonable, sin negar la realidad. En realidad, si se le expulsó, no fue porque no tuviera razón, sino porque no había demostrado ser lo suficientemente sumiso.

El 27 de junio de 1934, Jacques Doriot es definitivamente excluido del Partido Comunista de Francia. El 14 de julio de 1935 se constituiría el Partido Popular Francés. Queda explicar lo que ocurrió entre ambas fechas.

viernes, 31 de julio de 2020

> Doriot y el Partido Popular Francés - Cuando los comunistas pasaban en masa al fascismo (2 de 10) - Al frente de la Juventud Comunista



Al frente de las Juventudes Comunistas de Francia y Diputado

El Doriot que vuelve de la URSS se ha convertido en un consumado agitador. Cambia varias veces de identidad, se mueve con varias identidades falsas, allí donde va organiza las juventudes comunistas, impulsa campaña contra la ocupación del Ruhr, elude la vigilancia policial y la cárcel a la que ha sido condenado durante su ausencia en Moscú. Víctor Serge que lo conoció bien en 1922 lo define como “un joven en quien se podía confiar”. Su subordinado más inmediato, Henri Barbé (que luego pasará al PPF) lo presentará como “un verdadero asceta. No bebe, no fuma, no se toma ningún placer. Se diría que un fuego interior le devora. Despliega una actividad considerable”. Va a Alemania, a la zona del Ruhr a hacer campara para la deserción de los soldados franceses de ocupación y la confraternización con los trabajadores en huelga general. De regreso a Francia en mayo de 1923 participará en el III Congreso de las Juventudes Comunistas de Francia en Villeurbanne. Sucederá a su amigo Maurice Laporte que ha dimitido como secretario general de la organización por discrepancias con la línea impuesta desde Moscú. Sin embargo, el nombre con el que participó en la asamblea no fue el suyo sino con el alias de “Jacques Guilleau” que utilizara para firmar artículos y folletos. En uno de ellos titulado Entre dos guerras, Doriot–Guilleau, como resultado de sus viajes a Alemania, denuncia la inconsistencia del Tratado de Versalles como un pacto entre capitalistas para seguir siendo verdugos de la clase obrera. La misma tesis es defendida al año siguiente en el folleto titulado El ejército y la defensa del capitalismo escrito en el otoño. En diciembre de 1923, finalmente, la policía consigue establecer gracias a determinadas confidencias de elementos infiltrados en el Partido Comunista, que “Jacques Guillau” no es otro que Jacques Doriot, el dirigente comunista desaparecido y condenado por un tribunal. Detenido, ingresará en la prisión parisina de La Santé de la que solamente saldrá para jurar su cargo como diputado.


En efecto, poco después de ser detenido, cuando se convocan las elecciones generales que tendrán lugar en mayo de 1924, las Juventudes Comunistas piden al Partido Comunista de Francia que sitúe a su secretario general en las listas electorales en posición de salir elegido. Será incluido en el cuarto sector de la banlieu parisina como segundo de la lista y saldrá elegido casi por aclamación con 105.590 votos, cuando apenas tiene 25 años. El 17 de mayo, menos de una semana después, saldrá por la puerta de la Santé camino de la Cámara de los Diputados junto a los veinticinco otros diputados comunistas que han resultado elegidos.

Una vez más, el retiro obligado ha resultado extremadamente beneficioso para Doriot. En los casi seis meses que ha durado su encarcelamiento ha tenido tiempo para leer especialmente libros de sociología completando un patrimonio cultural inusual en jóvenes de su edad. Mientras ha estado en la cárcel muchas cosas han cambiado en Moscú. Lenin ha muerto y sus sucesores convocan el Vº Congreso de la Internacional Comunista en Moscú al que Doriot asiste como delegado del partido siendo elegido miembros del Consejo Ejecutivo de la Internacional Comunista, lo que le obligará a viajar frecuentemente a Moscú.

Como diputado se incluirá en la Comisión de Asuntos Exteriores. Se distinguirá como diputado de choque cuando en esa misma comisión muestre su hostilidad al Plan Dawes concebido para que Alemania pudiera pagar las indemnizaciones de guerra a las que fue sometida en el humillante tratado de Versalles. Doriot repite de nuevo, alto y claro, que aquel tratado supone una afrenta a los obreros alemanes que deberán pagar con el esfuerzo de su trabajo los gastos generados por una guerra que ellos no han querido, ni provocado. Defenderá también el derecho de las colonias a conquistar la independencia con las armas en la mano.


Llegará a solidarizarse en aquellos meses de 1924 con Abd–el–Krim, el rebelde marroquí que estaba hostilizando a españoles y marroquíes en las montañas del Rif. La carta publicada el 11 de septiembre de 1924 en L’Humanité y firmada por Doriot y otros dos dirigentes comunistas, dice, entre otras cosas: “Felicitan al valiente jefe Ab el–Krim. Esperan que tras la victoria definitiva sobre el imperialismo español, continuará, en contacto con el proletariado francés y europeo, la lucha contra todos los imperialismos, comprendido el francés, hasta la liberación completa del suelo marroquí”. Luego se sabrá que el telegrama no había sido redactado por él, sino que se había publicado durante una de sus ausencias, redactado por Gouralsky (a) “Lepetit”, agente del Komintern en Francia y que jamás se había enviado al rebelde rifeño. De todas formas, es innegable que Doriot albergaba la más profunda simpatía política por Abd el–Krim. El 3 de febrero de 1925 en un discurso en la Cámara de los Diputados defenderá al líder rebelde condenando las “maquinación de la banca francesa en Marruecos” y dos meses después tendrá ocasión de entrevistarse con Abd el–Krim en uno de sus desplazamientos a Moscú. Eran los años en los que, tanto Francia como España se encontraban desbordadas por su actividad guerrillera en el Rif. Es interesante saber que en otro discurso pronunciado por Doriot en la cámara de representantes acusará a los militares franceses de haber armado  a los rebeldes de el–Krim para que pudieran hostigar las posiciones españolas, antes de acusar a las corporaciones francesas de aspirar a controlar las riquezas del Rif. La sesión terminó entre gritos, alborotos e injurias. Doriot, en ese momento, no estaba solamente a la cabeza del comunismo galo sino que su figura empezaba a ser conocida en toda Francia.

En cualquier caso, el extraordinario despliegue de actividades que desarrolla entre 1924 y 1925 le sitúan en la cúpula del comunismo galo. Sus opiniones son palabra de ley para los comunistas franceses, sus agresivos artículos de opinión publicados casi cotidianamente en L’Humanité, son leídos con atención en las células del partido y nadie duda que en unos años puede muy bien alcanzar la secretaría general del Partido o bien confirmarse como uno de los más destacados jefes del comunismo internacional. Y aún tiene tiempo para casarse en diciembre de 1924 con Madeleine Claire Raffinot, miembro de la secretaría del partido y la mujer que había sido designada como agente de enlace con él  durante su encarcelamiento. El matrimonio tendrá dos hijas.

Hasta ese momento, como cualquier otro soldado del Komintern, su fe estaba en Moscú. Cuando un diputado socialista le pregunta irónicamente si Doriot no forma parte del ejército rojo, éste le contesta orgulloso: “Soy soldado de honor del Ejército Rojo y me honro de serlo”. El eco de esta proclama llega a Moscú y contribuye a aumentar la confianza en el líder francés. Pero en la URSS se han empezado a producir las primeras convulsiones por la subida al poder de Stalin. Éste, decide enfrentarse, en primer lugar, con Zinoviev y sus partidarios, uno de ellos en el PCF es Albert Treint. El agente volante del Komintern, Dimitri Manoulski, llegará clandestinamente a Francia en diciembre de 1925 para preparar esos cambios. Moscú impone un nuevo secretario general, Sémard, rodeado de un buró político formado por Doriot y otros dos dirigentes que, oficialmente, saldrá del VIº Congreso del partido en 1926.