domingo, 24 de junio de 2018

365 QUEJÍOS (56) – SAN JUAN PETARDERO


Está bien eso de celebrar el solsticio de verano, uno de los dos “Juanes” del año que constituyen con la festividad de San Juan Bautista, las dos “puerta solsticiales”. Así que no me voy a quejar de que la festividad se celebre hasta altas horas de la noche mediante fuegos. Es más, es de los últimos restos de nuestro pasado ancestral al que todavía le queda algún detalle de las celebraciones tradicionales. De lo que me quejo es de los petardos. Chinos tenían que ser. De ellos y de la inconsecuencia de los ayuntamientos.

Porque, no me negarán que tiene gracia que los ayuntamientos, siempre en previsión de que pudieran provocarse desgracias, obligan a los vendedores de petardos a establecer pequeños garitos en lugares más o menos aislados, por si se produjera alguna desgracia. En Alicante conocí a alguna de las últimas fábricas españolas de material pirotécnico: una de ellas –juro que no tuve nada que ver– estalló a poco de visitarla. No ocurrió nada salvo que los que estaban dentro quedaron ligeramente chamuscados. Aquellos locales –oh, maravilla de maravillas– están diseñados de tal manera que si se produce una deflagración por cualquier motivo, el techo salta con lo que los efectos de la explosión se atenúan. Es bueno que esto sea así y que los puestos de venta de material pirotécnico estén en lugares seguros. No me voy a quejar de nada de todo esto, claro está.

Donde me llama la atención –y he ahí mi protesta– es que esos mismos ayuntamientos que tanto cuidado se toman en velar por nuestra seguridad, luego, una vez el petardo sea vendido, renuncien a cualquier tipo de normativa para su uso. Porque el petardo es peligroso –y ciertamente tiene un nivel de peligrosidad, especialmente si está manejado por catetos, porreros, chavales sin uso de razón, cretinos, fauna particularmente abundante o, simplemente, colgados– un arma que puede causar daños. Y eso es lo que no está en absoluto regulado. Cualquier menor de edad que ni siquiera tiene “uso de razón”, puede lanzar los petardos que papá y mamá le han comprado solícitos, en donde le dé la gana y como quiera, sin la más mínima restricción. Los cohetes pueden lanzarse desde no importa dónde por mucho que es relativamente frecuente que se desvíen o que se lancen mal y en lugar de emprender una trayectoria vertical, lo hagan con una inclinación superior a los 45º. Milagro si cada noche de San Juan, no hay más ingresos en urgencias (y, desde luego, cada año, la cifra de ingresados es mayor).

Debió ser había el 1997, quizás el 98, en Barcelona fue terrible. Una empresa de Hospitalet del Llobregat había comercializado un nuevo producto llegado de China: “el Superchupinazo”. Supongo que no debieron ser chinos los que le atribuyeron este nombre castigo, sino el cerebro del importador. El problema es que todo lo fabricado en China falla más que una escopeta de feria y hoy entre el 85 y el 90% de la pirotecnia que se consume en España procede del dragón asiático. “El Superchupinazo” causó centenar  y medio de heridos graves, algunos con amputación de mano y/o pérdida de dedos y el consiguiente proceso judicial.

En algunas zonas del Ensanche en las que viví, a finales de los 80 y principios de los 90, era imposible salir a la calle entre las 22:00 y las 24:00 de la noche. Era el momento en el que se prendían las hogueras y había euforia, entre otras cosas, porque los primeros despuntes de la globalización habían generado la llegada masiva de pirotecnia china con la consiguiente bajada general de precios. Era imposible estar por las calles con la seguridad de regresar indemne a casa. No sé si hoy eso seguirá así o habrá empeorado. Ni siquiera me interesa.

El olor a pólvora embriaga. Lo saben todos los que han manejado un arma. Sin embargo, la pólvora china solamente sirve para hacer ruido. Ni embriaga, ni enerva: ensordece. Es como los piñones llegados de China o como los ajos chinos: tienen forma de ajo, los venden como ajo pero ni saben a ajo ni se comportan en los guisos como tales. Me quejo de que China está contribuyendo a hacer polvo nuestra hostelería, nuestra alimentación, nuestra vida cotidiana con sus Todo a 1 euro inservibles e incluso uno de las dos “Puertas Solsticiales”. Es la globalización… otra más de sus delicias.

sábado, 23 de junio de 2018

365 QUEJAS (55) PULGAS, PRESERVATIVOS Y BASURA EN LAS PLAYAS


La temporada de playa dura para algunos ayuntamientos desde San Juan hasta el día 1 de septiembre. Todo lo que ocurra antes y después de esas fechas parece como si no fuera con ellos. Ni banderas verdes-amarillas-rojas, ni socorristas, ni desinfección de las playas, ni colocación de cubos de basura, ni limpieza de las arenas… con lo que si uno tiene el valor de ir antes o después de esas fechas puede pisar una mierda de perro, encontrarse un preservativo (siempre usado), verse asaltado por las pulgas que han abandonado al perro de antes, pisar embases de cualquier tipo o, simplemente, ver acumulaciones de basura. Me quejo de que ese es el pan de cada día en playas catalanas, cuando todavía no se ha abierto la temporada turística.

El problema es que los ayuntamientos procuran contener gastos. Eso está bien. De hecho, estas instituciones figuraban entre las más faraónicas de este país y son, en buena medida, responsables del billón de déficit acumulado (sin querer, por supuesto, quitar mérito a las comunidades autónomas que han hecho del despilfarro la forma de enriquecer a sus clases políticas y de mantener su clientelismo). Y cuando los ayuntamientos contienen el gasto, por algún motivo, el perjudicado directamente es el ciudadano. Los pocos recursos que tienen deben concentrarse en los momentos de mayor acumulación de visitantes y cuando el turismo como las moscas revolotean en torno al panal de rica miel. Me quejo –de hecho ya me he quejado- de que el ciudadano, en esta España situada en la periferia europea y convertida en país de servicios, vive más para el turista que para el nativo.

Las playas aparecen abandonadas fuera del período turístico: no hace mucho aquí hubo una epidemia de medusas. Nadie hizo nada para alertar, ni mucho menos para retirarlas. Anteayer, a menos de veinte kilómetros se había visto a un tiburoncillo en la zona de Mataró (o al menos eso publicó la prensa). En las playas lindantes no había ningún cartel. Sin olvidar que, dado que buena parte del turismo que captamos pertenece a la franja de “miserable”, tienen cierta tendencia a dormir en las playas, dejar allí su basura. Claro está que también hay legiones de autóctonos que optan por fumarse el porrito de rigor en la playa o agarrar la melopea sobre la arena. Al menos allí se puede vomitar bien.  De esto no es que me queje, es que lo doy por inevitable y anormalmente-normal.

Pegarse el lote en la playa ha sido un clásico de nuestros años jóvenes, así que no me voy a quejar de que esa práctica siga en vigor. Pero, coño, rematar la faena sobre las arenas –hay que advertir- siempre ha sido equivalente a “echar arena en los cojinetes”. Algo que, por placentero que sea, termina siendo incómodo porque siempre aparecen granos de arena en los lugares más inesperados. Y luego está la mala costumbre de deshacerse del preservativo en el mismo lugar que se ha utilizado. ¿Quién no ha nadado y, de repente, ha notado que se había tomado con una goma irrecicable?

Bien, aceptemos que el turismo es el destino de España y que esto va a durar hasta el fin de los tiempos, aceptemos que las arenas de la Costa Dálmata son diferentes y sus playas parecen empedradas, creamos que el Sol sea el gran atractivo de España (por mucho que los melanomas pongan el contrapunto), digo yo si no sería cuestión de cuidar un poco más las playas y no solamente en los dos meses turísticos por excelencia, sino a lo largo de todo el año?

Me gustaría saber porqué los perros pueden orinar, defecar y depositar sus pulgas diez meses al año y solamente en dos deben abstenerse. Me gustaría saber por qué los cubos de basura solamente deben estar presentes esos dos meses y retirarse los otros diez. Y, ya puestos, me gustaría saber porque en meses como mayo, junio, septiembre u octubre, en donde aún puede uno practicar natación, uno debe coquetear con medusas, nadar entre preservativos o decidir qué está más sucio, si las arenas o el mar.

Claro está que los ayuntamientos no están dispuestos a hacer nada más. Se han gastado la pasta, así que olvidarse de ellos y rezad para que no inventen más impuestos. Pero lo que podría pedirse a la sociedad es algo más de civismo. No se pueden impedir las plagas de medusas pero si la basura y las pulgas. De eso me quejo.



viernes, 22 de junio de 2018

365 QUEJÍOS (54) – PUBLICIDAD TELEFÓNICA


Menos mal que nuestra privacidad está garantizada gracias a una legislación serie y rigurosa, aprobada en ese foro tan serio y competente que es el Parlamento Español, expresión de la soberanía popular… Ironizo, claro está, nuestro parlamento es tan competente para legislar como inútil puede ser la primera rebanada de pan Bimbo. De todas formas no me quejo de que el parlamento sea, como su nombre indica, el “lugar donde se habla”, pero donde no se resuelve nada y que darle a la churrera de las leyes es lo que justifica los estipendios presentes y futuros recibidos por los parlamentarios, sino del uso que se hace de esos datos sobre nosotros, que están protegidos por no sé cuántas leyes.

Porque de lo que me quejo es de que suene el teléfono fijo o el móvil y sea para venderme cualquier producto que no me interesa. O simplemente para colocarme publicidad engañosa o, incluso para ser un número “malicioso” que encubre, simplemente, una estafa. Estoy literalmente harto de que se interrumpa mi tranquilidad hogareña, la lectura de un libro, mi trabajo, el visionado de una película o simplemente esos momentos de dolce fare niente, por una llamada inoportuna y siempre molesta.

He optado por desconectar el teléfono fijo que sigue estando en casa simplemente porque necesito una conexión a Internet. Al menos en la red, cuando algo no te interesa, simplemente aprietas el “delete” y ahí termina la molestia. La culpa, claro está esta de los pomposamente llamados “call centers”, uno de esos monstruos basados en la explotación de sufridos chavales que venden productos que no les interesan a un personal que no los ha pedido. Lo siendo por ellos: antes, cuando respondía a estas llamadas, procuraba ser educado y explicarles que su producto no me interesaba. Ahora, simplemente, cuelgo. Creo que es lo más honesto y que demuestra someramente mi estado de ánimo: claro está que uno podría desahogarse, decirles de todo, pedir que te pasen con el encargado del “call center”, exigir aclaraciones sobre cómo han tenido mi nombre y mi teléfono y amenazarles con todos los castigos divinos y humanos, acogiéndome a no sé qué ley de protección de datos y con vernos en un proceso judicial… ¿para qué? ¿Para causar un berrinche al pobre chaval o el “migrante” que  intenta llevar una vida honesta y que empieza a ver que en España no atan los perros con longaniza o que se gana más viviendo de subsidios y caridad pública que trabajando en estos empleos de mierda? No vale la pena.

La insistencia de los call centers es uno de esos temas en los que uno ve que no hay remedio. Hasta que no inventen un sistema de telepatía para colocarnos publicidad, lo mejor es prescindir del móvil y no alterarse cuando te dicen aquello de “le estamos ofertando una promoción de…”. Se cuelga y a otra cosa.

No me voy a quejar, por una vez, solamente de la molestia que experimento cada vez que interrumpen mi privacidad con algo que no he pedido. Tampoco voy a caer en la falsa esperanza de que existe una ley que impide todos estos abusos (si existe ¿por qué ningún servicio de seguridad del Estado se preocupa de que se cumpla ley?) y una justicia (lenta, ciega, sorda y muda) para recurrir. Si alguien cree que todo esto sirve para algo, ánimo y allá usted… Me voy a quejar por todos estos empleados mal pagados que una ITT desalmada ha enviado a un call center, como si se tratara de un “trabajo estable” y que les han prometido ir a comisión. Me quejo de estos “call centers” situados no solamente en España, sino en Argentina, Colombia, Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras, México o República Dominicana, que aplican sin saberlo una teoría matemática (la “teorías de colas”): llamadas masivas, para obtener respuestas económicamente significativas. 

Me quejo de un sistema que considera “trabajo” el generar molestias y que extrae de millones de molestias un beneficio tangible: o como el capitalismo moderno ha convertido las molestias en negocio.

jueves, 21 de junio de 2018

365 QUEJÍOS (53) TE VAN A PRIVATIZAR LOS GALLUMBOS


Tengo una buena relación con la oficina de Correos de mi pueblo. Solo hay dos personas: la que está en la oficina y la que distribuye correos por la calle. Es una empresa pública: Correos y Telégrafos de España… No nos hemos dado cuenta pero el gobierno la está privatizando poquito a poco. Si no se ha privatizado ya es porque las compañías que lo quieren comprar exigen que la empresa esté “saneada”. Pero, no nos engañemos, desde 2001 se están dando pasos en esa dirección. Me quejo de que la oficina de correos de mi pueblo (3.000 habitantes) corre el riesgo de ser cerrada en los próximos meses.

La idea de privatizar no sería tan mala, de no ser porque conocemos lo que viene luego: de la “empresa pública” entendida como un SERVICIO A LA COMUNIDAD (un servicio necesario que, aunque no sea rentable el Estado la asume como necesario), se pasa a la “empresa privatizada” entendida como NEGOCIO en un sector necesario para la comunidad. Tal es la distancia entre una economía social y una economía ultraliberal. Y de eso también me quejo.

Se privatizó CAMPSA y se nos dijo: “es para abaratar los precios gracias a la ley de la oferta y la demanda”. Pero los precios son prácticamente iguales en todas las compañías y los aumentos que han duplicado el precio de la gasolina es el único resultado de la privatización. ¿RENFE? Se está privatizando a trozos. Del antiguo INI no queda nada desde el período de Felipe González: sí, porque el socialismo inició la fiebre de las privatizaciones totales (SEAT y ENASA) y parciales (Endesa, Repsol, Argentaria, Telefónica…). Aznar continuó con lo que quedaba de algunas de estas empresas (Endesa, Telefónica, Repsol) y liquidó otras: Tabacalera. Zapatero inició la privatización de los aeropuertos pero le faltó tiempo y mano izquierda para vender como pretendía la joya de la corona: Loterías y Apuestas del Estado. Escarbando lo que  quedaba, Rajoy tiró hacia Paradores Nacionales, Correos, Puertos del Estado, con privatizaciones “parciales” para evitar rebotes y generar alarma social… y tras sondear cómo hacer lo de Loterías, lo dejó en punto muerto. En Perú el “chinito Fujimori” privatizó hasta los edificios de los Ministerios. Así que allí el gobierno está de alquiler. No ha habido mejoras sustanciales en los servicios, ni en España, ni en ningún otro país.

Queda por explicar qué es la “privatización”. Es simple de entender: el gobierno ofrece a precio de ganga lo que todo el país ha construido y pagado con sus impuestos durante décadas. Sabemos cuál es la fase última en la que desembocará el proceso: en la privatización de la sanidad. Y el que la salud se convierta en negocio resulta intolerable, por mucho que los gurús del neoliberalismo lo anuncien como nuestro destino.

Lo más significativo es que, una vez más, no hay defensa, porque aunque casi todos estemos de acuerdo en que un “servicio” solamente puede ser dado por el Estado, lo cierto es que TODOS LOS PARTIDOS POLÍTICOS ESTÁN POR LAS PRIVATIZACIONES: ¿Podemos también? Me temo que hasta ahora la voz de Podemos en este terreno no se ha hecho oír.  Y es un terreno importante. Así que dejando de votar al partido que le has votado, votando a otro, no vas a variar nada porque aquí han privatizado el PP y el PSOE y privatizaría Podemos si pudiera y el Cs se prepara para privatizar a la que tenga ocasión.

No nos engañemos: son perros pulgosos con distintos collares. Ninguno me garantiza que la oficina de correos de mi pueblo siga abierta en los próximos meses. ¿La alternativa? Compañías privadas de “logística”. Las vengo utilizando desde hace más de 15 años: la calificación oscila entre horribles y repugnantes. “Le anunciamos que su paquete está en distribución” – “Le anunciamos que a lo largo del día procederemos a su entrega” – “No hemos encontrado nadie en la vivienda” (mentira, of curse)… todo el despliegue de SMS automáticos para encubrir el hecho de la rentabilidad hace que, al final, solamente haya distribución en esa zona un par de días a la semana… Ahí no está la solución tal como sabe quien haya utilizado sus servicios.

No, la privatización no funciona. Si el correo es un servicio no quiero que lo privaticen, como lamento que hayan privatizado el crédito o vendido a precio de saldo las empresas públicas más señeras del país. Me quejo de que aquí la izquierda ha privatizado tanto como la derecha. ¿Los sindicatos? Poniendo el cazo y criando tripa. De eso ya me he quejado el 1º de mayo.

miércoles, 20 de junio de 2018

365 QUEJÍOS (52) – LA ESTAFA COTIDIANA


En el primer lustro del milenio, las compañías telefónicas utilizaban de manera habitual una estafa. Al presentar sus recibos mensuales, entre 50 y 70 euros, de tanto en tanto, de manera aleatoria y solamente una vez por cliente, presentaban una factura que se aproximaba a los 200 euros. La filosofía era la siguiente: un 30% pagaba y ni se preocupaba de lo que había pagado, otro 30% reclamaba y al cabo de unas semanas se olvidaba o desistía de seguir adelante el procedimiento de devolución (que además, en aquel momento, se complicaba porque había que entenderse a través de centralita telefónica con gentes residentes en el otro extremo del planeta) y solamente un 30% conseguía que se le devolviera la totalidad del dinero estafado. Porque de una estafa sistematizada, a fin de cuentas, se trataba. Me quejo de que aquellas prácticas de la incipiente telefonía móvil se siguen realizando en la actualidad trasladada a otros sectores comerciales.

Ayer me refería a las comisiones bancarias. Me cuentan algunos amigos que hace tiempo que no les llegan sorpresas vía recibo telefónico, aunque si a través de otros recibos de consumo: en el del agua, por ejemplo, no hay mucho margen porque buena parte de los rubros que nos cobran no tienen nada que ver con el consumo de agua, sino con los impuestos municipales y autonómicos. Por su parte, las compañías telefónicas han optado por abandonar el sistema de la estafa del 30% al advertir que una parte de los usuarios, optaban simplemente por no pagar a la vista de las dificultades en recuperar el dinero escatimado, pero se daban de baja del servicio inmediatamente: así pues en tres meses, se perdían las ganancias fraudulentas devengadas por el cliente. Hoy han optado por realizar pequeñas subidas, graduales pero continuas, en las tarifas.

Hay por ahí timos digitales que consisten simplemente en girar masivamente recibos de cantidades ridículas, 1 euros, 3 euros, 5 euros, que se suelen pagar “por servicios varios”, como si se tratara de una suscripción. Dado que se trata de pequeñas cantidades ¿para qué preocuparnos? A fin de cuentas ¿vale la pena perder quince minutos reclamando un euro? Así, los estafadores ingresan miles de euros diarios. Si alguien se queja, no tienen inconveniente en devolver la cantidad… A ellos tampoco les sale rentable perder un minuto por un euraco de nada.

Vivimos en la época de la estafa generalizada. Hay momentos en los que nos sentimos encerrados en una especie de Fort Apache asediado por tribus de siux, chochones, arapajoes y demás fauna, en forma de compañías que nos giran recibos obligatoriamente: ni siquiera nos dan la posibilidad de que seamos nosotros los que aprobemos el pago o ingresemos la cantidad directamente. De momento, se quedan con nuestro dinero, luego ya veremos si algo les obliga a devolver la diferencia entre el coste real y el coste abusivo.

Desde luego, las leyes no protegen al consumidor, pero si blindan a las empresas. No he visto ningún directivo de ninguna teleco entrando en la cárcel por varios miles de recibos de 200 euros girados aleatoriamente. Tampoco he visto a ninguna cúpula bancaria sentarse en el banquillo de los acusados por estafas reiteradas en el cobro de comisiones.

Así que, abandonad toda esperanza: el Estado, nacido para administrar y organizar a la Nación, se preocupa por rendir beneficios y comisiones a sus gestores (¿por qué creéis que hay bofetadas para ser el Poncio de un partido político o por estar en una lista electoral municipal?). Por nada más. Tú les interesas solamente en momentos electorales y pre-electorales. Luego, eres simplemente una mierda lo suficientemente idiota como para desinteresarte de su gestión y que no mereces nada más que ser estafado, explotado, abandonado y triturado por los impuestos públicos, por los impuestos municipales, por los impuestos estatales, por los consorcios privados y por los estafadores de a pie.

Me quejo de que tú y yo no le importamos nada a los administradores del Estado, pero es posible que tú todavía les votes e incluso creas que esto puede resolverse con un cambio de gobierno. Personalmente, me quejo de que solamente una mutación brutal lograría resolver la situación. Me quejo de que la sociedad ni siquiera aceptaría a los estafadores de las farolas. Los hay que prefieren seguir siendo explotados ellos y sus hijos antes que vulnerar los derechos de los estafadores. Así que, lo dicho, abandonad toda esperanza y haceros a la idea de que estáis en el bando de los estafados.

martes, 19 de junio de 2018

365 QUEJÍOS (51) – PUTOS BANKSTERS


Estafadores, bandidos que dejan a Luis Candelas por hombre honesto, chorizos de guante blanco y alma negra, omnipotentes herederos del tocomocho y tristes aprovechados a los que gobiernos débiles y asustadizos permiten más y más desmanes. Claro, me quejo de los bancos y de su proceder. Me quejo de que nadie, absolutamente nadie les ponga coto y que cada día vayan un poco más lejos en sus exacciones.

El Banco de Santander hace dos años anunciaba que “pagaba por depositar la nómina”. Miles de clientes se vieron atraídos por la publicidad. Usted trasladaba su nómina a ese banco y a cambio recibía entre 25 y 35 euros al mes. No está mal. Menos da una piedra. Al cabo de un año, el banco redujo la cantidad que se contrajo hasta los 10 euros. Y aquí sí que ya era cuestionable las molestias que generaba el traslado. Es previsible que el año siguiente el banco cobre comisiones que hagan retornar todo el dinero han ido abonando en los dos años anteriores y que, en el fondo, no eran más que los intereses devengados por TU DINERO depositado en SU BANCO, gracias al cual pueden operar en el día a día. Retira tu dinero, retira las domiciliaciones de tus recibos, retira el ingreso de tu nómina, retira tus pagos y el banco se quedará esquelético y sin efectivo.

Item más. Banco de Bilbao Vizcaya Argentaria (junto con el Santander, los más grandes de la banca española). Cobro de comisiones abusivas… e inesperadas. Porque si en la web del banco o en las circulares enviadas a casa se dijera que cada “notación” realizada –es decir cada pago con tarjeta, cada retirada de efectivo de cajero, etc- costase 0’60 céntimos, 100 pesetas de las de antes, uno probablemente, sacaría todos sus ahorros el mismo día en que se lo comunicasen… en lugar de hacerlo en el momento en que llega la “liquidación semestral de comisiones”. Claro que hay planes de “cero comisiones” que no son más que reclamos publicitarios.

En 1996 seguí un curso de programación en Internet. Un directivo de Bankia nos explicó que en aquel momento, cuando el parque de usuarios de Internet no llegaba en toda España al millón, su entidad ya había conseguido que las operaciones realizadas mediante la web corporativa fueran equivalentes a tres sucursales convencionales. Con el desarrollo que ha tenido la red en las dos últimas décadas es previsible que esa cifra se haya multiplicado por 100: así pues, habría que pensar que los costos de las operaciones bancarias se han rebajado y que, por tanto, estas instituciones podrían ofrecer servicios a más bajo precio: me quejo de que ocurre todo lo contrario porque en esos 20 años hemos asistido a un debilitamiento creciente del poder del Estado y de la sociedad civil que ha permitido a los bancos hacer literalmente lo que les da la gana, sin ningún tipo de control. Lo demostró la crisis de 2008: los bancos mal gestionados, sobrevivieron gracias a los dineros del Estado.

Se dirá que las “asociaciones de usuarios de banca” vigilan a los bancos… La única que conocíamos era AUSBANC en la que, Luis Pineda, en su infinita ingenuidad, creía que podría chantajear a los bancos, vendiendo publicidad de su revista, exaltando a las entidades que la contrataban y denigrando a los que se resistían. El resto le importaba una higa. Obviamente, era cuestión de tiempo que el oligopolio bancario se le echara encima y le augurara unas décadas a la sombra. Lo dramático en España es que ni siquiera los consumidores y los usuarios han podido organizarse en la defensa de sus derechos. No es que me queje de eso, es que me desespero de cómo es mi país y de cómo reacciona mi sociedad, de la que me siento cada vez más alejado.

Es triste, sino tristísimo, ver como gobiernos débiles dirigidos por pobres tontos ambiciosos miran a otro lado y son incapaces de legislar un fair play obligatorio para la banca. Hubo un tiempo en el que los bancos pagaban intereses por depositar en ellos su dinero y no hacían falta contratar “productos bancarios” que, en el fondo, no son más que promociones engañosas. Hubo un tiempo en el que existía una Banca Pública alternativa a la privada e incluso uno podía decidir si pagaba sus recibos directamente por cuenta corriente o en persona. Si recibía la nómina en sobre o por banco. Si liquidaba sus impuestos en ventanilla o por cuenta corriente. Hoy es una obligación tener cuenta corriente. Qué quieren que les diga, añoro aquellos tiempos que, mire usted por dónde, coincidieron con el franquismo y acabaron en la transición. 

Lo digo bien claro: no he sido franquista, pero reconozco que aquel viejito del Pardo y su banca pública, contenían a las bandas de banksters y les impedían llegar hasta donde hoy su rapacidad fuera de control les lleva. Me quejo de la banca y me quejo de la sociedad española, pasiva, silenciosa, sumisa y cuernilarga.

lunes, 18 de junio de 2018

365 QUEJÍOS (50) – EXTREMA-DERECHA RIP


Me quejo de que en España no hay, ni ha habido, ni habrá un partido de “extrema-derecha” como esos que existen en Europa y que ya están en el poder en la parte central de continente o que tienen una presencia decisiva en las políticas de países importantes.

Lo sé porque yo he pertenecido durante 45 años a este ambiente y me lo conozco. Lo primero que subyace para esa imposibilidad son limitaciones doctrinales: unos siguen hablando “en falangista”, otros como nacional-católicos, los hay que van de “modelnos” (nacional-revolucionarios) en distintas variantes, contrapunto a los “sólo franquistas”… Ninguno de todos estos sectores quiere terminar de entender que todos estos planteamientos quedan ya muy atrás en el tiempo. Incluso los que imitan con más detalle al Front National (no sé si se han enterado que ahora ya se llama “Rassemblement National”, por cierto), al estilo de Vox u otros menores, olvidan el factor esencial que insertó a esta formación en la política francesa: la crítica a la globalización.

La extrema-derecha no logra entender cómo sus ideales de “justicia social” y “patriotismo” no logran seducir a ninguna fracción notable del electorado. Falta lo esencial: análisis político realista, cuadros políticos con el cerebro bien amueblado, programas realistas y, sobre todo, proyecto realista y ambición. Sí, también ambición, porque para “hacer política” hay que ser ambicioso… aunque no hasta el extremo de que exista un desfase entre las ambiciones y la propia capacidad personal para hacerlas efectivas. Esto se compensa, lo he dicho, con realismo. Tiene gracia porque allí donde alguno tiene exceso de ambición, existe déficit de realismo.

No puedo por menos que sonreír con cierta conmiseración ante enésimos intentos de realizar coaliciones y “frentes” entre fuerzas que existen solamente sobre el papel, pero que en realidad no son más que unas pocas decenas de tipos bienintencionados distribuidos por toda la geografía nacional… De la docena de grupos existentes, no hay ni un solo grupo que haya hecho un mínimo análisis realista, ni un programa aplicable, ni se haya preocupado de buscar recursos, formar cuadros y dedicarse “trabajar” políticamente a un sector concreto de la población que pueda recoger fácilmente su mensaje.

Reconozco que cuando uno está inmerso en una dinámica de este tipo no sé da cuenta de la situación real, pero en el momento en el que se inhibe y se contempla “desde fuera”, la única conclusión que se impone es: 1) existe una docena de siglas, 2) todas, en mayor o menor medida, tienen poco anclaje con la realidad (y cuando lo intentan –que si en un pueblo hay una calle mal pavimentada, que si falta una farola aquí o allí-  la temática apenas suscita interés), 3) ninguna tiene lo esencial que requiere un trabajo político real: doctrina – programa – clase política dirigente – objetivos políticos – estrategia – táctica – criterio organizativo (por este orden), 4) unos miran a otros a ver con quien pueden colaborar y formar frentes sin preocuparse de su importante, arraigo o valor político, 5) estos “frentes” no son la suma de fuerzas pujantes, sino de grupos inmersos en crisis desoladoras, con intenciones diferentes y con diferencias muy esenciales, 6) Ninguna de las partes está dispuesta a dar su brazo a torcer y todas quieren mantener su personalidad dentro de esos frentes o coaliciones inestables, 7) el sustituto del realismo es el providencialismo: “nuestra lucha es justa por tanto las masas vendrán”, “el Espíritu Santo está con nosotros”, “mi tema-obsesivo es el mejor”, “defiendo los derechos de los trabajadores que no tienen ya sindicatos que los defiendan”, “no tengo análisis global pero tengo tema-estrella” (aborto, camino a la derecha, inmigración, reparto arroz a los menesterosos, y así sucesivamente). Todo esto es providencialismo: todos han oído que, una vez, Le Pen pasó de ser “monsieur 1%” a transformar su partido en el primero de Francia, gracias a una breve intervención en televisión… Y todos los jefes de la extrema-derecha española esperan esa oportunidad que nunca llegará. No hay más. Ni vale la pena extenderse más.

Retorno al principio: me quejo de que no hay, ni habrá, ni puede haber una extrema-derecha en España en las actuales circunstancias.



domingo, 17 de junio de 2018

365 QUEJÍOS (49) – EXTREMA-IZQUIERDA MARISQUERA


Lo que tenemos hoy de extrema-izquierda es una caricatura. La llamo marisquera porque dstila olor a gambas en sus niveles más asquerosamente cutres, desayuna marisco como prolongación de los usos de la izquierda-caviar (antigua “gauche divine”), o bien porque su sueño de justicia social no va más allá de la fantasía de que todos los seres humanos coman bocata calamares y percebes en Navidad. Ironizo, claro, pero me quejo de que esta tipología no está muy lejos de la realidad.

Los okupas, simplemente huelen mal. No es que su aspecto externo justifique perfectamente el que se les llame “guarros” con todas las letras, sino que parecen preocuparse incluso de comportarse y ser tan guarros como parece. Hace diez años, en el barrio de Gracia, tuve la sorpresa de ver a unos okupas rebuscando entre la basura de ¡un Mac Donald! (que es como aspirar a comer mierda elevada al cuadrado). Su olor a genitales descompuestos y a porro de baratillo es lo que les sitúa entre la extrema-izquierda marisquera.

Luego están los Gordillos y Cañameros, el alcalde Marinaleda y su secuaz del Sindicato de Obreros del Campo.  Son arcaísmos vivientes, emulan a algunos dirigentes de la FAI de antes de la guerra civil que atracaban bancos para pegarse una vida de lujo en el que el “desayuno con diamantes” (para ellos, los calamares y las quisquillas son los diamantes de los pobres) ocupaban un lugar preponderante. Sólo que los Durruti y Cía atracaban bancos y estos se limitan a saquear supermercados y fondos públicos. De estos hay muchos: están muy en su papel sacerdotal de defensores de la clase obrera y sostienen que “el que sirve al altar debe vivir del altar” (sí, pero ellos no lo hacen como simples sacerdotes, sino como cardenales).

Están también los que están en política por un vago sueño de justicia social. Eso estaría bien si no fuera porque su visión de la justicia social es que hasta el último de los cameruneses coma en la marisquería Ribeira do Mino de Madrid, la mejor entre las mejores de la capital. Y, de momento, mientras consiguen que arriben a las costas españolas barcos que ejercen el tráfico de refugiados, ellos ya están sentados todos los días examinando la carta tras fichar en el edificio del Parlamento o cuando regresan del notario tras haber firmado las escrituras del casoplón que acaban de comprar.

Me quejo de que la extrema-izquierda que existe hoy en España es tan moderna, tan moderna, tan moderna, que no va más allá de defender el “libertad, igualdad, fraternidad” aquel que sonó como consigna en 1789 bajo los muros de la Bastilla y que volvió a sonar de nuevo en 1917 en San Petersburgo o que finalmente se renovó en las aulas de la Sorbonne en 1968

Una vez más, cuando se dice lo de “imaginación al poder”, cabe decir, “dime de lo que alardeas y te diré de lo que careces”. Al pastiche reactualizado por los abuelos de mayo del 68, la extrema-izquierda de ahora, ha añadido el humanismo universalista, la ideología de género, el pro-inmigracionismo y el apoyo a “movimientos sociales” tan simpáticos como los okupas, la legalización de todas las drogas y el antifascismo de toda la vida. Me quejo de que la extrema-izquierda española es más tonta que pegarle pellizcos a un cristal. Si queréis ideas, allí no hay ideas, la extrema-izquierda es un páramo: incluso en su “punto fuerte”, la globalización, su análisis es más simple que el mecanismo de un botijo; si queréis “personalidades típicas” de este sector ahí está el pobre Echenique y su atrofia muscular espinal degenerativa y Pablo Iglesias, cuyo discurso tiene el atractivo de la coleta y poco más.

Ver a los diputados de extrema-izquierda en el parlamento español o en los parlamentos autonómicos es un desagradable espectáculo estético y un todavía peor drama político. Cuatro tópicos mal aprendidos pillados con alfileres, unos mass-media que apuestan por ellos, y un electorado que nunca llegará más allá de los colgaos y de los que suelen comulgar con ruedas de molino… eso es Podemos y de eso me quejo. De que, o no son nada o son más de lo mismo (y “lo mismo” es que, a fin de cuentas, se comportan como cualquier otro partido que sienta sus posaderas en el parlamento).No es solo para quejarse, es para llorar.


sábado, 16 de junio de 2018

365 QUEJÍOS (48) – EL CENTRO INDEFINIDO


Me quejo de que el centro-centro tiene el atractivo de lo indefinido, la equidistancia ambigua y que solamente aparece y reaparece en situaciones de tránsito, pero nunca como estación término. En España estuvo presente durante la transición, cuando Suárez se sacó de la manga la Unión del Centro Democrático que era “ni de derecha, ni de izquierdas”. El pelo de la dehesa del ex falangista que fue Suárez le hizo impulsar esta idea en una España polarizada entre un “búnker” y una “oposición democrática” (que, en realidad, era el PCE, más algunas individualidades). La creación del “centro” fue el gran hallazgo estratégico de la democracia española para evitar una nueva guerra civil.


Acabada la transición, el franquismo quedaba ya muy atrás como para que fuera posible involucionar. Así que los socialistas llegaron al poder en septiembre de 1982 sobre las cenizas de UCD: ¿para qué podía servir un centro-centro si la derecha y la izquierda no iban a liarse de nuevo a estacazos? Sin darse cuenta de que el centrismo era agua pasada, Suárez persistió con esa misma vía en su Centro Democrático y Social que alcanzó cierta relevancia prometiendo la mili de tres meses, votado por las mamás que no querían ver a sus hijos algo más de un año lejos de casa. A finales de los 80, el centrismo desapareció completamente del ruedo político.

Hubo que esperar a la crisis del 2007 para que una pequeña formación localizada en Cataluña y respondona a las imposiciones lingüísticas del nacionalismo catalán, diera el salto a nivel nacional y se impusiera como nuevo centrismo redivivo. Era, claro está, Ciudadanos.  El grupo había nacido para responder a la debilidad del PP en Cataluña y a la búsqueda de apoyos de este partido entre los nacionalistas catalanes cuando carecía de mayoría absoluta en el parlamento. De hecho, lo único que se sabía de Ciudadanos es que era “antinacionalista”. Y eso estaba bien. Luego logró saltar al resto del Estado y, en la actualidad, siendo el primer partido en Cataluña, de él solamente se sigue sabiendo que es “antinacionalista”. Que ya es algo más de lo que fue UCD.

Y de esto es justamente de lo que me quejo. De que, más allá de esa oposición a los desmanes de los clanes independentistas catalanes, la nueva UCD, Ciudadanos no es absolutamente nada. En realidad, ni siquiera es el garante de la “unidad nacional”, sino más bien el defensor de la constitución (en su “ideología” es ella la que garantiza esa unidad). Y esto es un problema: porque en el texto constitucional se apoyo el malhadado “Estado de las Autonomías”. Hay en esta posición mucho de incoherente. Pero eso no ha evitado que Ciudadanos creciera, como creció en su momento UCD.
El “centrismo” solamente está vivo y activo en momentos de crisis. En 1977 y treinta años después, en 2007. Afortunadamente en la actualidad no ha sido necesario que de las alcantarillas nacionales y extranjeras se generara una violencia artificial, han bastando, la crisis económica de 2007, el desencanto hacia las excentricidades del zapaterismo, la pusilanimidad de Rajoy y las miserias del independentismo catalán, para constituir  los factores que han propulsado el neo-centrismo.

Me quejo de la ambigüedad de Cs, como me quejo de las ambigüedades de toda forma de centrismo. Me quejo de que nada en su programa está claro, ni a nadie parece interesarle mucho. ¿Su antinacionalismo? Sí, de momento está ahí y es lo único que le da coherencia. Están obligados a mantenerlo si quieren seguir existiendo. Pero, no lo duden, en cuanto la “crisis catalana” se archive, el suflé neo-centrista se vendrá abajo.

¿De qué me quejo? Me quejo de el espacio de centro es una entelequia: o se está a la derecha, o se está a la izquierda o se está contra todo eso (el “ni derechas, ni izquierdas” joseantoniano). Me quejo de que vivimos 40 años de ambigüedad: no hay derecha, sino “centro-derecha”, el PSOE solo gana elecciones cuando se define como de “centro-izquierda” y el “centro-centro” son cristalizaciones coyunturales ante situaciones de crisis concretas. ¿Qué es pues el centro político? Esa es la gracia –y de eso me quejo- que es todo y nada al mismo tiempo.

viernes, 15 de junio de 2018

365 QUEJÍOS (47) – LA DERECHA BLANDIBLOOP


La “derecha” es, siempre ha sido y no puede dejar de serlo, una fuerza conservadora que insiste en “lo nacional”, mientras que la “izquierda” debería ser una fuerza progresista que tira más a “lo social”. O al menos así era en un tiempo en el que el elector tenía claro a quién votar. Luego había eclécticos que recogían elementos de lo uno y de lo otro, reconociéndose como “fuerzas centristas” y, finalmente, figuraban quienes no reconocían esta terminología y se situaban equidistantes de todos ellos y más preocupados por encontrar y seguir nuevos caminos que por definirse en función de otros. Pues bien, me quejo de que todo este lenguaje se sigue utilizando cuando ya ha perdido todo sentido y no responde a la realidad.

El problema en España se originó en los primeros momentos de la transición. Estaba claro, por ejemplo, que la “Unión de Centro Democrático” englobaba al franquismo sociológico, pero a sus dirigentes les dio miedo que pudiera recordarse su pasado en el “ancien régime”, así que cortaron cualquier tipo de vinculación con él e incluso, ellos que habían ocupado ministerios y subsecretarías, gobiernos civiles y negociados, negaron tres y treinta y tres veces su pasado. Así pues, la democracia empezó mal en España: con una derecha que lo primero que quería hacer era demoler su propia obra y no reconocer su responsabilidad en el pasado

Conservadores que no reconocían su obra y que, por tanto, se negaban a conservarla… ese era el problema y ese fue el leit motiv de la derecha. Claro está que seguían haciendo alusiones a la patria, que defendían al empresariado y que se alineaban en posiciones anticomunistas siendo más otanistas que los socialistas que, sin embargo, nos habían metido directamente en la Alianza Atlántica. Esa derecha calló cuando se negoció la entrada de España en la UE, abrió las puertas a los primeros 3.000.000 de inmigrantes que entraron durante el período Aznar, no hicieron absolutamente nada para defender a la familia y la maternidad, de la misma forma que hoy no hacen absolutamente nada, no ya para contener la proliferación vermicular del uso de la marihuana entre los jóvenes, sino, ni siquiera para hacer campañas de prevención o de alerta de sus efectos a medio plazo…

El gran problema de la derecha española es que su pusilanimidad en relación a las iniciativas de la izquierda ha tenido, desde las profundidades de la transición, la consistencia y la energía del blandybup. Y, bruscamente, llega el siglo XXI y ni siquiera se dan cuenta de que ser conservadores hoy, es la gran inconsecuencia de nuestro tiempo, simplemente, porque ya no queda nada que conservar, como no sean ruinas y tesoros ocultos en museos y bibliotecas. La religión tradicional es un despojo y del Vaticano no llega nada más que desorientación. El empresariado prefiere invertir en bolsas y almacenar sus dineros en paraísos fiscales. El “Estado de las Autonomías” presentado como el “gran logro”, es apenas una centrifugadora que ha secado completamente la idea de Nación-Estado o de Patria. La enseñanza, en los años de gobierno de la derecha, ha seguido si lánguido declive: hoy sería ya inútil introducir reformas que el profesorado no sería capaz de aplicar, ni siquiera de entender. Haría falta reformar los programas de enseñanza de las Escuelas Normales que troquelan a los profesores y ¿en función de qué? ¿con qué objetivo? ¿para enseñar qué?

Votar hoy a la derecha es solamente un reflejo que tiene parte del electorado para evitar que la izquierda marciana tenga el poder. No se vota a favor de un programa (inexistente por lo demás), sino en contra de otro. Lo hace el votante “de derechas” y lo hace el de la acera de enfrente.

¿Hay un camino a la derecha? Pues no, lo hubo en tiempo de Cánovas y de Franco. No, desde luego hoy. Lo que existe es un camino rápido hacia la decadencia (a la izquierda) y una vía hacia esa misma decadencia que consiste simplemente en dejarse llevar por la inercia. Tal ha sido el papel histórico de Mariano Rajoy. No sé porqué recuerdo ahora la frase que le contestó Lenin a los anarquistas españoles cuando fueron a verlo y le hablaron de libertad: “¿Libertad? ¿para qué?”. Análogamente podría decirse “¿Derecha? ¿Para qué? Si ya no queda nada para conservar…”. Me quejo de que la derecha española no ha sabido conservar nada y su lasitud ha sido el coadyuvante histórico pasivo de las chaladuras de la izquierda.

jueves, 14 de junio de 2018

365 QUEJÍOS (46) – LA IZQUIERDA MARCIANA


No me quejo de que haya gentes de izquierdas o que se crean de izquierdas o que se sitúen a la izquierda. Me quejo de que la izquierda es hoy un páramo de ideas. O si lo prefieren más poéticamente, un vergel de tópicos y dogmas. Añoro los tiempos en los que existía una izquierda marxista con pies y cabeza, método analítico, orden y lógica. O me quejo de la desaparición de aquella otra izquierda anarquista que no se complicaba las cosas y sabía lo que quería: libertad. Yo nunca estuve en la izquierda, pero podía hablar con gentes de izquierda, incluso podía discutir con ellos. Hoy resulta imposible discutir con alguien de izquierdas. Dicen que son humanos, pero sospecho que, en realidad, bajo la cama tienen los restos de una vaina: los marcianos los han sustituido por réplicas humanoides.

Marx y Engels elaboraron una “ideología” sencilla en su concepción y en su método. Pero toda “ideología” no es más que un esquema dogmático de interpretación de la realidad que pronto queda desfasado. Responde a un momento concreto de la evolución histórica, pasado el cual, la “ideología” ya no sirve para interpretar la realidad, sino que hay que encajar esa realidad a martillazos dentro del esquema ideológico. Eso fue lo que le pasó al marxismo: nació en pleno capitalismo industrial, pero cuando llegó el capitalismo multinacional perdió fuelle y al final del proceso, poco antes de que el capitalismo globalizado se instaurara tras la Caída del Muro de Berlín, ya era un arcaísmo viviente.

Primero quedaron fuera de juego los “marxistas ortodoxos” que habían hecho de la URSS la columna vertebral de su andamiaje ideológico. La experiencia soviética fracasó y, a partir de los años 50, tras la revuelta húngara y con el cuerpo de Stalin pudriéndose, resultaba difícil negar que los partidos comunistas apenas eran una especie de quinta columna de la política del Estado Soviético en cada país. El “eurocomunismo” lo negó, pero ¿quién se acuerda una del “eurocomunismo” que se quiso presentar como una “tercera vía” entre el estalinismo y la socialdemocracia? Cuando murió la URSS, murió el “eurocomunismo”.

Los maoístas no superaron el encuentro entre Kissinger y Mao Tse Tung ni la llamada “política del ping-pong” que restableció las buenas relaciones entre EEUU y la China comunista, aliadas contra el neostalinismo de Breznev. Los trotskistas, cuyo dogmatismo ideológico los reducía a pequeñas capillas disgregadas, terminaron practicando “entrismo” en cualquier formación de izquierda pujante (eran muchos los que “entraban”, pero pocos los que “salían”; el entrismo fue para la mayoría solamente una posibilidad de socializarse con otros sectores de izquierda y reciclarse en posiciones más digeribles.

Los socialistas alemanes en Bad Godesberg sellaron su abandono del marxismo y se sometimiento al capital. A través de la Internacional Socialista y de organismos como La Comisión Trilateral, esa posición se convirtió en dominante en todo el movimiento socialista… Repercutió tardíamente en España durante la transición cuando el PSOE se incluyó en esta tendencia. Pero luego vino la crisis de 2008 en la que la socialdemocracia mundial optó por defender al capital y a la alta finanza, en lugar de a los trabajadores y a las clases desfavorecidas. Fue la confirmación de que aquello había llegado a la estación término.

¿Que le quedaba a la izquierda? ¿Cuál iba a ser su deriva ideológica? Ya no fueron Marx, ni los clásicos de la socialdemocracia, los que marcaban la ruta a seguir, sino El Correo de la UNESCO: para leer y anticiparnos a los puntos defendidos hoy por la izquierda solamente había que leer esa revista. Ahí estaba todo: derechos de los homosexuales, de las lesbianas y de los transexuales, ideologías de género, aborto libre y gratuito, multiculturalidad, inmigración masiva, una sola religión mundial para una sola raza mundial, una sola cultura mundial, surgido todo ello del mestizaje, derechos de los okupas, de las minorías más minoritarias, ideales finalistas de paz, amor, fraternidad universal… No es una “ideología” porque no hay en ella nada de coherente. Es una “doctrina marciana”, llegada de otro planeta, producto de alucinados y dirigida a provocar alucinaciones colectivas y éxtasis místicos

Imposible discutir con ellos. No nos separan dos formas de considerar la realidad, sino dos mundos completamente diferentes: el del razonamiento socrático y el del dogma transfigurador. Me quejo de que esta izquierda es la única que existe hoy. Me quejo de que la religión tradicional  y la ideología racional han sido sustituidas por supersticiones sociales y que ese es hoy el único camino a la izquierda. No es una ideología, ni una doctrina lo que defiende hoy la izquierda: es un modelo religioso dogmático invertido, por tanto, irracional. De eso me quejo.

miércoles, 13 de junio de 2018

365 QUEJÍOS (45) – TIRAR ANTES QUE REPARAR


Me di cuenta de que algo había cambiado en el tiempo que había permanecido fuera de la sociedad española. Fue hacia 1986. El PC Amstrad que había comprado estaba todavía en garantía. Fallaba una tecla (creo que era la de mayúsculas). Lo llevé al servicio técnico, al cabo de unos días me lo devolvieron: “Está reparado”. En realidad no lo estaba. No habían reparado nada. Hubiera reconocido “mi teclado” en cualquier parte que lo hubiera visto: simplemente se habían limitado a cambiármelo. Todo. Desde entonces, cuando se estropea una tostadora, el más mínimo electrodoméstico, sé que no vale la pena llevarlo a reparar, incluso el que debería hacerlo me dice que me sale más barato comprar otro. Me quejo de que el “usar y tirar” se ha convertido en la ley de hierro de nuestras sociedades postindustriales y preapocalípticas.

Es la globalización: el material, el transporte, la mano de obra de un teclado o de cualquier otro electrodoméstico, resultan mucho más baratas que la hora de un servicio técnico en España. La cosa no es que afecta únicamente a los flujos mundiales de comercio, es que afecta también a las sociedades que asumen este principio. Un meme bastante gracioso decía que los abuelos cuando encontraban dificultades en sus matrimonios, procuraban repararlos, no tirarlos a la basura por la vía del divorcio. Reconozco que tengo la costumbre –adquirida, eso sí, a golpes- de que cuando un amigo falla, busco otro. No me detengo a reparar la amistad averiada. Lo mismo me pasa con una serie de televisión: si un capítulo falla, no estoy dispuesto a ver el siguiente. Esa serie ha terminado conmigo. Me quejo de que esa manía de no reparar las cosas está afectando a nuestra vida personal. ¿A ver si Marx tenía razón y la economía era nuestro destino y deformaba nuestra visión de las relaciones sociales?

Lo cierto es que hoy ya nada se repara: en mi infancia, era habitual el que, incluso niños de clase media, viéramos como nuestros calcetines se zurcían algunos una y otra vez. Los más pudientes los enviaban a la zurcidora, profesión ya desaparecida. Los menos pudientes tienen el recuerdo de su madre colocando un huevo dentro del calcetín para repararlo. Porque el calcetín y todo se reparaban. Los pantalones y los jerseys se reforzaban con coderas y rodilleras para desafiar el tiempo. Hoy la ropa de mercadillo es más barata que lo que pueda costar una codera o una rodillera. 

La profesión de relojero constituía una especie de élite de los pequeños oficios: hoy te cambian la pila del reloj en cualquier sitio. Si la avería va más allá, tíralo, por mucho que sea un recuerdo de la infancia. Te saldrá más barato comprar otro o, simplemente, utilizar el teléfono-reproductor-terminal informática-grabadora-cámara y, de paso, reloj y despertador. Cuando veo el reloj Duward que me regalaron en la Primera Comunión o el Longines de oro que me legó mi padre, los recuerdos se me agolpan en la mente: aparecen los rostros de todos mis seres queridos, las circunstancias en las que recibí ese –y tantos otros- objetos preciados. Es un verdadero “teatro de la memoria” suscitado por cada objeto. Hoy, el móvil Huawei chino, lo único que me suscita es el recuerdo del bollo que tuve cuando la venezolana de Yoigo no me aceptó el pasaporte como documento identificativo. No solamente nos escatiman la “memoria histórica” sino que casi nos impiden tener memoria de nuestro linaje.  También, claro está, me quejo de todo eso.

La economía globalizada es un rodillo que lo arrasa todo, lo homogeneiza todo, destruye identidades comunitarias y personales, masacra recuerdos, elimina profesiones, estandariza la vida, reduce los matices y genera un mundo oficialmente multicolor y arco iris, pero que encubre una realidad gris y monocorde.  

Hoy, no hará ni una hora, se me ha averiado la resistencia de la tostadora, ni siquiera sé si en la ferretería del pueblo siguen vendiendo resistencias eléctricas, intuyo que cuando la pida y le diga el uso, me intentarán vender una tostadora nueva. Lo mismo ocurrió con el minipimer, así que esta es la tónica. Me quejo de esta rutina. En mayo del 68 se decía: “bajo los adoquines la playa”. Era el ludismo. Hoy, es más realista pensar: “bajo el arcoíris, el gris monocromático”. Quiero tener recuerdos personales, quiero que me reparen la tostadora. Quiero reparar mis actos erróneos, no olvidarlos, ni cubrirlos. Quiero ver en los objetos las cicatrices del tiempo. Me quejo de que me impiden todo eso.

martes, 12 de junio de 2018

365 QUEJÍOS (44) – OBSESOS DEL RECICLADO


En 1967 se hundió el primer superpetrolero construido en el mundo: el Torrey Canyon. Lo recuerdo porque, a partir de ese episodio el mundo entero empezó a hablar de ecología y de protección del medio ambiente. Dos años después, me llegó un manifiesto francés, el “Manifiesto Casandra” que hablaba ya orgánicamente de todos estos problemas e incluso de la obsolescencia programada. Así que me conciencié políticamente de la necesidad de una visión ecológica del mundo. Hoy, todo eso son recuerdos que pertenecen a nuestro pasado. Si los he recordado ha sido porque aquellas aguas han traído lodos como la obsesión por el reciclado sobre los que, servidor, se queja y no tanto de los personas de buena voluntad que creen un deber cívico contribuir en la medida de sus posibilidades a la recuperación del medio ambiente sino a los ayuntamientos que han hecho de este tema un lucrativo negocio. De eso si que me quejo.

Servidor, usted, todos, pagamos bastante al año por la recogida de basuras. Cada vez me exigen que sea más discriminatorio con mis residuos: por un lado latas, por otro embases de vidrio, luego, separados, plásticos y completamente separados los residuos orgánicos, incluso los periódicos los tengo que llevar a un contenedor situado en el otro extremo del pueblo. Y todo eso está muy bien y es muy ecológico… Sería, pues, de desear que, tanta entrega cívica me fuera recompensada con una reducción en el precio de mis basuras: a decir verdad, solamente me tendrían que cobrar el transporte a la vista de que se lo dejo todo preparado. Y no: cada año me suben la factura de la basura. Nadie, por supuesto, dice nada. Nadie protesta. Nadie mueve un dedo.

Los que somos mayores hemos conocido la figura del trapero: era un tipo que pasaba por nuestra casa y se llevaba determinados residuos: pesaba en su balanza romana los diarios que evacuaba y ¡nos los pagaba! Si se llevaba una caldera de hierro forjado que ya no servía ¡nos la pagaba también! Y debía irle bien, porque el trapero de mi barrio vivía como un honesto burgués medio cuando abandonaba su mono y sus residuos. Hoy ya no quedan traperos ni traperías: hoy, nadie nos paga por los materiales que reciclamos sino que somos nosotros los que debemos pagarle a él.

En casi todos los países que he visitado he visto una costumbre que está completamente ausente en España (y que, sin embargo, estuvo presente hasta mediados de los 60): los cascos de botella se pagaban al devolverlos. Hoy, en Québec y en Budapest, en La Valetta y en San José, te abonan el valor de los cascos en cualquier super e incluso en los badulakes. Devolver los cascos parece la mejor forma de reciclar: ¿habéis visto algún super que lo acepte en España? Ni uno. Los cascos valen dinero, tanto en sí mismos para volver a ser rellenados como si se trituran para volver a hacer nuevas botellas. A usted le cobran por llevarse los cascos o, incluso, porque usted los lleve al contenedor… pero ellos (los Ayuntamientos y sus amigos) los venden. Me quejo de esto y de la pasividad y la aceptación resignada de la sociedad.

Les confesaré una cosa: desde hace diez años no reciclo. Vivía entonces en un pueblo de la provincia de Alicante: había contenedores de todos los colores que luego… iban a parar al mismo camión. Lo que usted separaba, el camión lo reunía y lo llevaba a la planta de reciclaje en donde volvían a separarlo… A esto le llaman “crear puestos de trabajo en el sector servicios”. Desde entonces me niego a reciclar: o los ayuntamientos pasan a recoger la basura gratuitamente y la pagan con los beneficios que da el reciclado o… ¡que recicle el alcalde! ¿Incívico? En absoluto: desde el hundimiento del Torrey Canyon en 1967 con su primera marea negra quedé impresionado y procuro actuar en consecuencia: no contaminar, no alterar el medio… pero, también, no pasar por tonto, ni trabajar para que unos parásitos atrincherados en su poltrona municipal vivan del cuento. Haga usted lo mismo.



lunes, 11 de junio de 2018

365 QUEJÍOS (43) – BOLSAS DE PLÁSTICO ¡NO SOY UN HOMBRE ANUNCIO!


Me parece muy bien que en el super me vendan una bolsa de plástico para llevarme lo que acabo de comprar. Incluso me parece bien que me la vendan por unos céntimos. Ahora bien, lo que me parece de pésimo gusto y una muestra de que en España las asociaciones de consumidores no sirven absolutamente para nada es que además de cobrármela, vaya por la calle haciendo publicidad del super en cuestión. Harina de otro costal sería si la bolsa fuera blanca y sin signos externos, pero no mostrando ostentosamente la marca del que me lo ha vendido. De eso me quejo y me quejo como una de las mayores incongruencias que la sociedad española acepta sin rechistar.

En España nos hemos acostumbrado a tragar de todo: desde siempre hemos intuido que las asociaciones “de consumidores” (o de “usuarios de banca”) no hacían nada más que cobrar un rackett a las marcas: quienes pagaban estaban a cubierto de sus denuncias y quienes no lo hacían se arriesgaban a ser denunciados como los peores criminales. Es una técnica muy vieja. En un país normal, en cuanto la policía (o los consumidores) detectan esta práctica, la asociación es denunciada por estafa. En España, donde nos hemos habituado a que los sindicatos no defiendan los intereses de los trabajadores, las cómo íbamos a preocuparnos de algo que nunca nos ha interesado especialmente: la asociaciones de consumidores. Por eso callan en casos que tienen ganados por anticipado.

En Brasil, ayer me contaban, que hubo un sonoro proceso porque las asociaciones de consumidores se negaban a que los compradores tuvieran que pagar bolsas de plástico con el logo bien grande y visible del establecimiento: “Si usted quiere publicidad, bien, me regala la bolsa y yo le hago publicidad… pero si quiere venderme una bolsa, me la vende sin logo de ningún tipo”. ¿A que es lógico? ¿Ve usted algo parecido en España? ¿Algún partido o partidillo ha dicho algo al respecto? ¿Alguna asociación de consumidores ha puesto el grito en el cielo o, lo que es mucho más eficaz, ha presentado la correspondiente demanda ante el ministerio o ante el juzgado de guardia? No. Es que estamos en España.

Item más. Hace unos meses, iba con un amigo madrileño bastante conocido por su participación en programas de TV. Se le ocurrió comprar un libro cerca de la estación de Sans. El librero lo reconoció, así que iniciamos una animada conversación cuando mi amigo le pidió una bolsa de plástico: “Se la tengo que cobrar… lo siendo, pero es que la Generalitat nos obliga a cobrarlas”. Nos contó que inspectores de la Gencat (fue el día, por cierto, en la que se inició la Operación Anubis con las primeras detenciones de altos cargos del organismo autonómico) recorrían los establecimientos, recordando que las bolsas debía pasarse por el lector de código de barras o de lo contrario el establecimiento sería multado… Lo dicho: además de cornudos, apaleados. O como se dice: “fer de putes i pagar el llit”.

Porque no son solamente los supers los que han logrado encontrar un medio gratuito para hacer publicidad, sino que los miles de bolsas que diariamente se venden en los establecimientos (¡el librero en cuestión nos contó que una farmacia de la zona había sido multada con varios miles de euros por no cobrar esas bolsas pequeñas en las que se introducen los medicamentos!) son vigiladas ¡¡¡para que devenguen el IVA correspondiente!!!

Claro está que me quejo de todo esto. Absurdo e irracional. Estúpido e inadmisible. No solo la actitud del Estado, sino de la propia sociedad que traga, traga y traga y cuando ya no puede más sigue tragando. Me quejo de que incluso en situación de asfixia nadie hace nada para respirar a pleno pulmón. ¿Bolsas de plástico con el logo del super? Lo más normal en el país de las anormalidades elevadas a la categoría de ley.


domingo, 10 de junio de 2018

365 QUEJÍOS (42) – FRITZ ESTÁ MUERTO


No me refiero a los empanaos que bastante tienen con lo que tienen (vivir sin darse cuenta de que viven) me refiero al protagonista de aquel chiste alemán de los buenos viejos tiempos en donde Otto le pregunta a Fritz: “Oye ¿los muertos huelen?" Fritz asiente y Otto le dice: “Pues tú estás muerto”. No hay que reírse necesariamente, pero el chiste pone el dedo en la llaga de uno de los grandes problemas de la modernidad: me quejo de que hay mucho guarro suelto por ahí. Más que nunca, sin duda. Me quejo de que hay gente que huele mal.

No hará mucho, un amigo que tiene una tienda de efectos militares y, de tanto en tanto, aparece gente para comprar pantalones, me contaba que lo primero que pregunta cuando alguien quiere probarse algún pantalón, es “¿llevas calzoncillos?”. Algo menos de la mitad –pero no muchos menos- responden que no. Si el chaval quiere probarse los pantalones, deberá venir con calzoncillos. Preferentemente limpios. Es todo un síntoma. En La Paz me acuerdo que las indias quechuas iban con unas amplias faldas (“polleras”) y sin bragas. ¿Qué como lo sé? Porque, de tanto en tanto, se ponían en cuclillas y debajo de las faldas aparecía un riachuelo que era evidente de donde salía. Blanco y en botella. No hace falta ser un Sherlock Holmes para intuir el resto. Pero aquello eran los quechuas de los años 80. Doy por sentado que Evo Morales va con calzoncillos e incluso aportaría que son Calvin Klein.

Los atentados a nuestra integridad olfativa están a la orden del día. Acabo de salir a la calle: primer un utilitario con el motor mal calibrado exhalaba un denso humo negro. Luego un tramo de la calle –a las 8:30- olía simplemente a porro. Una alcantarilla había sido rota por el oleaje y el frente de mal tenía el inconfundible aroma de los detritus. Al sol se pudrían unas bolsas de basura, seguramente con cabezas de pescado, que nadie se había preocupado de retirar en la noche. No está mal para ser un domingo.

Es una suerte que hoy no tenga que coger ningún ferrocarril. En la R1 el arquetipo más habitual es el colgado que lleva el olor a marihuana impregnado sus ropas. Todo él huele a marihuana. Aunque casi mejor, porque la desidia y la risa tonta, suelen hacer a ese arquetipo extremadamente descuidado en el aseo: el olor a marihuana mata al olor a sobaquillo. Claro está que hay tipos que, simplemente huelen mal. Hay que lavarse, colegas. Preferentemente, cada día. No todos parecen haberlo entendido: ni sus padres se lo han enseñado, ni ellos lo han querido aprender empíricamente, ni en ninguna escuela se imparten mínimas nociones de “urbanidad”, asignatura que periclitó en los años 50 y que los socialistas, dueños de las reformas educativas desde la transición hasta nuestros días, nunca han querido reimplantar porque educación, aseo personal y etiqueta parecen ser “facismo y derechona”. Luego pasa que las niñas de izquierdas ligan menos que las derechas y así surgen las “ideologías de género”.

Hay momentos en los que resulta inevitable exhalar olor corporal. Un día tuve que atravesar la calle de Aragón, justo cuando pasaba la “cursa del Corte Inglés”. Experiencia aterradora esa de pasar entre gente que lleva varios kilómetros corriendo y entre las manzanas del Ensanche. A nivel de suelo, cuando pasan los miles de corredores, se genera una especie de corriente de aire fétido que agrupa los olores corporales de todos los participantes: alucinógeno en el peor sentido de la palabra. Ya decía Aldous Huxley en Las puertas de la percepción que basta con modificar la composición química del aire que respiramos, introduciendo un poco más de CO2 para sufrir visiones y alucinaciones místicas. Yo el día que tuve que atravesar la cursa sentí aproximarme al Walhala y noté la presencia del mismísimo Odín que ordenaba a sus guerreros pasar por la ducha antes de la batalla final contra Fenrir y las huestes del mal.

Me quejo de que la educación, el estilo, el aseo y la higiene corporal que han constituido la piedra angular de la civilización, cada vez están más ignorados y arrojados fuera de lo cotidiano y por cada vez más gente. No es un criterio pequeño-burgués; lo pequeño-burgués es solucionar el problema con sobredosis de Axe o de desodorante de baratillo. Me quejo de que hay gente que huele mal y de que siquiera les importa. Me quejo de que la dejadez, la lasitud, la empanadura y el abandono personal conducen, no solamente el hundimiento de quien los practica, sino que, además, son una ofensa a las pituitarias que todavía discriminan entre el “olor a rosas” y el “pestazo a metano”. Porque en todo existe un MAS y un MENOS, por mucho que el igualitarismo afirme que todos somos iguales…