viernes, 21 de febrero de 2020

TURQUIA, Y SUS CLAVES GEOPOLÍTICAS (5 de 6) - > LA TENTACION NEO-OTOMANA


El momento fundamental a partir del que Turquía intenta realzar su papel geopolítico es en 1991, cuando se produce el dislocamiento de la URSS y la formación de nuevas repúblicas en la zona que comparten con Turquía un mismo origen histórico y cultural. El gobierno de Turgut Özal fue perfectamente consciente de esta nueva situación, y el propio primer ministro llamó al país a “no desaprovechar esta oportunidad que se presenta por primera vez desde hace 400 años”. En aquel momento, Turquía se encontraba ante tres opciones:
- La integración en la Unión Europea, política que acompañó a Turquía desde el primer impulso europeístas en los años 50 y que se fue disolviendo a partir de 2010 y que ha sido sustituido por una posición similar a la de Marruecos: trato preferencial que, en realidad, es un chantaje permanente esgrimiendo la cuestión de la regulación de los tránsitos de inmigración musulmana hacia Europa. La primera solicitud de Turquía para adherirse a la UE dio lugar al estatus de “miembro asociado” concedido en 1963. A partir de ese momento, el camino que parecía expedito se fue llenando de obstáculos cada vez más infranqueables: en primer lugar la disputa sobre Chipre, luego las turbulencias de los 70 y 80. En 1987 la UE (entonces Comunidad Europea) rechazó la solicitud de Turquía, aunque dio esperanzas para que pudiera realizarse posteriormente. Y, de hecho, el 1 de enero de 1996 entró en vigor la “unión aduanera” entre la UE y éste país, permitiendo el paso de mercancías y manteniendo solo las restricciones de productos agrícolas. Durante la cumbre de Helsinki de la UE (1999), la UE volvió a rechazar la candidatura turca alegando la necesidad de “profundas reformas”, especialmente en el campo de los derechos humanos. En 2005 se iniciaron las conversaciones formales para la adhesión, que se fueron prolongando con diferentes excusas y subterfugios por parte de la UE, cuyos dirigentes sabían el rechazo que produciría la adhesión de un país musulmán en la UE que, además, sería el demográficamente más fuerte y con más representación en el parlamento de Estrasburgo… a pesar de ser el país con el PIB per cápita más bajo (la cuarta parte de Alemania), lo que supondría un lastre económico para la UE y una verdadera aspiradora de recursos y ayudas. Los gobiernos europeos temían que la entrada de Turquía diera alas a los partidos “populistas” y aumentaran la resistencia del electorado ante la UE, generando procesos similares al “brexit” en cadena.
- Continuar con la opción atlantista y occidentalista priorizando buenas relaciones con EEUU. Si tenemos en cuenta que el primer acuerdo Turquía EEUU data de 1830, se entenderá que haya sido una constante de la política turca que fue ganando intensidad a partir de 1945 y hasta que los EEUU de Trump han dejado de considerar Oriente Medio como zona política preferencial.- O recuperar la idea pan-otomana, una tentación que nunca ha desaparecido completamente de la historia moderna de Turquía y que es habitual en todo imperio que fue y que desea recuperar protagonismo y generar una zona de influencia, algo que podía hacerse en complicidad con los EEUU (ampliando la espina en el flanco sur Oeste de Rusia) o bien de acuerdo con Rusia (creando una barrera entre el espacio ruso y el turcófono.
En ese época, a la proverbial inestabilidad política de Turquía se unieron las oscilaciones políticas internacionales y los cambios en las correlaciones de fuerzas de ahí que, desde entonces y hasta 2010, los distintos gobiernos turcos tratasen de compatibilizar las tres opciones, priorizando según las circunstancias la que mejor se adaptaba a sus intereses y posibilidades.


Entre 2010 y 2016, cuando se diluyen definitivamente las esperanzas de ingresar en la UE, la primera opción deja de contar como actitud política real. Tras la llegada de Donald Trump al poder y con el fracaso de la desestabilización en Siria y el abandono de la “estrategia del caos”, EEUU se repliega en sí mismo y opta por priorizar el área del Pacífico en su política exterior. Esto implica que los EEUU, no solamente no están en condiciones de seguir siendo el paraguas militar de los países europeos, sino que ni siquiera está interesada en serlo: la OTAN se mantiene como una superestructura burocrático-militar en barbecho, con una función anti-rusa cada vez menos interesante para los países europeos. Todo lo cual, unido a la reconstrucción del poder ruso realizada durante el mandato de Vladimir Putin, induce al gobierno turco a reconsiderar la situación.

Como hemos dicho, Turquía, ya no mira a Europa, sino que es consciente de que sus dos competidores directos en el mundo musulmán son Irán y Arabia Saudí, sin contar a un Israel cada vez más aislado en la zona y que empieza a ver horrorizado que el desinterés creciente de los EEUU por Oriente Medio, le obligará antes o después a variar su política en relación a los palestinos.

La inestabilidad y fluidez del momento actual hace que todas las puertas sigan abiertas, pero mientras que unas están abiertas de par en par, las otras apenas están entreabiertas. Por lo demás, la prudencia hace que el gobierno turco no sea muy explícito en lo relativo a sus intenciones a medio y largo plazo.

Hay que distinguir entre cuatro opciones próximas, pero en absoluto coincidentes:
1) Otomanismo.- corriente liberal nacida durante el siglo XIX en el imperio otomano, que llegó de la mano de intelectuales influidos por las ideas de la “Ilustración”. Defendía, sobre todo, el principio de la igualdad ante la ley, por encima de las categorías sociales y de las religiones. Esto llevaba a que musulmanes y no musulmanes debieran servir en el ejército y que la educación fuera obligatoria y laica para todos los ciudadanos del Imperio Otomano. Cuando se produjo el hundimiento con el final de la Primera Guerra Mundial, esta corriente desapareció por completo. Era una actualización de la idea imperial turca.
2) Panturquismo.- Fue una ideología que se discutió en el último tercio del siglo XIX entre los intelectuales de Azerbaiyán y de Anatolia. Ambos grupos tenían la convicción de pertenecer al mismo tronco étnico, lingüístico y cultural y, por tanto, veían la necesidad de acercarse en un momento en el que Azerbaiyán pertenecía al Imperio Ruso. A la unificación cultural debería seguir la unificación política. Era una corriente mimética al paneslavismo, al pangermanismo, incluso al paniranismo, aparecidos en la segunda mitad del siglo XIX. 
3) Turanismo.- Es la corriente política que propone la unificación de los pueblos uralo-altaicos de Asia Central que debería constituirse como “Gran Turán”. Lo que hoy se conoce como llanura o depresión del Turán, está situada al este del Mar Caspio y al sureste del Mar de Aral, repartida entre Turkmenistán y Uzbequistán, su parte meridional empieza el desierto del Karakum). Proponían (con Enver Pachá) una alianza de todos los pueblos de Asia Central, ampliada a su periferia, pues no en vano, los panturanios se dirigen a un ámbito que incluye no solamente a los pueblos de origen turco, incluye también a húngaros, fineses, mongoles, tunguses, estonios, japoneses, coreanos y ryukyuenses. En Turquía, el turanismo (a veces llamado también panturanismo) forma parte del programa del Partido Nacional Turco y de sus grupos paramilitares, los Lobos Grises.
4) Neo-otomanismo.- Pretende que la moderna Turquía mantenga relaciones privilegiadas por los países y las regiones que en otro tiempo formaron parte del Imperio Otomano. El espacio turcófono está formado por el territorio de la actual Turquía (la península Anatolia, la Tracia europea y el Kurdistán turco), las exrepúblicas soviéticas de Turkmenistán, Uzbekistán, Kirguizistán, Kazagistán y Azerbaiján, y el Oeste chino fronterizo con Mongolia, Kirguizistán y Kazajastán. En su conjunto es una especie de colchón entre el mundo musulmán del Sur y el mundo ruso asiático del Norte.

De estas cuatro tendencias, las dos últimas subsisten y la última, el neo-otomanismo es aceptado y aplicado por el actual gobierno. La idea incluye algunos elementos propios del califato islámico, por ejemplo, el rechazo al nacionalismo considerado como exterior a la doctrina islámica. El término empezó a utilizarse en un período mal definido entre los años 70 y 80, pero fue asumido por Erdoğan y por su AKP que ha utilizado el adjetivo añadiendo que “el neo-otomanismo llevaba a la construcción de la Gran Turquía”. Durante el mandato de Turgut Özal ya se habían manifestado algunos de los rasgos de esta política, pero ha sido con Erdonğan y con su ministro de exteriores, Ahmet Davutoğlu el que aplicó abiertamente esta línea. Básicamente, su programa mínima tiende a intervenir especialmente en Oriente Medio, mediando entre las partes, en Asia Central, en los Balcanes y en el Magreb.

El “neo-otomanismo” es difícilmente compatible con las ideas del islam sunnita que practica Erdoğan para el que no puede existir una comunidad supranacional formada por unos cuantos países islámicos, sino la “umma” (امة) o “comunidad de los creyentes”, por encima de las lenguas, las naciones, las razas o las castas. Cualquiera que sea capaz de pronunciar la shahada (“No hay más dios que Alá y Mahoma es su profeta”) pertenece a esa Umma supranacional.

De ahí que cuando Erdoğan llego al poder, este elemento no figurase de forma destacada en el programa del AKP y obviara el que los gobiernos previos al suyo si habían dado pasos para convertir a Turquía en “Meca cultural del mundo turcófono”. En 2009 el diario Yeni Safak, cercano al Gobierno, publicó que en el curso de una reunión del AKP, Davutoğlu dijo claramente: "Tenemos una herencia de los otomanos. Nos llaman neo-otomanos. Y sí, somos neo-otomanos". Esta posición fue confirmada al año siguiente en una reunión celebrada en Ankara con doscientos embajadores turcos en el extranjero. En esa ocasión, Davutoğlu resumió su “doctrina”: había de adaptarse a la nueva realidad de la posguerra fría; que Turquía, lejos de inclinarse a uno u otro ejes, debía construir "su propio eje"; que las crisis regionales daban al país una oportunidad para mostrar su "poder blando", no sólo su "poder militar"; línea que se traduciría en una voluntad de mayor presencia internacional.

Las iniciativas neo-otomanistas han sido, hasta ahora, casi exclusivamente de carácter cultural: de hecho, sus teóricos lo que proponen es promover una política cultural capaz de acentuar los lazos que unen a la Turquía anatolia con el resto de repúblicas que hablan idiomas de la misma familia. A lo que se añade también la pretensión de unir a los miembros de la diáspora turca presentes en el Este de Europa, en Alemania, en Bulgaria y Rumania, en Rusia, en Ucrania, etc.

La idea no es original. La Hispanidad es eso precisamente en relación a los pueblos de lengua castellana. La “francité” es otro tanto y lo mismo puede decirse de la “Commonwealth”. Más recientemente, en la obra de Zbigniew Zbrzezinski en su libro El Gran Tablero Mundial (Paidós, 2001) este autor explica que el poder americano se basa en cuatro factores: el militar, el económico, el tecnológico y el cultural, y eso mismo es lo que intentan aplicar a su país por “pan-otomanistas”.

Pero, el neo-otomanismo solamente puede realizarse apelando al factor religioso como determinante. Porque, más que la relativa unidad lingüística de la zona, fracturada por dialectos y variaciones del mismo tronco, las comunidades turcas dispersas en distintas nacionalidades, tienen en común, sobre todo, el factor religioso. Eso permitió pensar a Erdoğan que era posible desplazar el eje del mundo islámico sunita de Arabia Saudí a Turquía y competir en este terreno ventajosamente con el chiismo iraní (que representa un 20% del mundo islámico). Si bien la pertenencia a una misma étnica y a el uso de una misma lengua y de un pasado común suponen un cimiento necesario, no es, suficiente: falta el factor emotivo, sentimental, galvanizador y fanatizante propio de una religión. Y el AKP, vale la pena no olvidarlo, es un partido confesionalmente islámico.

Pero esto solamente era posible si Turquía actuaba con rapidez, antes de la previsible recuperación rusa (recuérdese que estamos en 2002). Como se sabe, entre 1990 y 1999, Rusia vivió, posiblemente la peor década de su historia reciente: el período de Boris Eltsin supuso el mayor proceso de desvertebración acelerada que ha vivido una gran potencia. Sin embargo, con la llegada de Putin al Kremlin, la caída en picado se detuvo y la recuperación que siguió permite considerar hoy a Rusia como la segunda superpotencia mundial.

Las sucesivas dificultades internas atravesadas por Turquía desde 2002 hasta 2016, hicieron que no pudiera actuar en la dirección pan-otomana con la decisión y el empuje necesarios. Paralelamente, ese fue el tiempo en el que se produjo la reconstrucción del poder ruso, hasta el punto de que, en la actualidad, el proyecto neo-otomanista solamente puede realizarse con el visto bueno, la aquiescencia y la alianza con Rusia. Y esto -entre otros factores mucho más coyunturales- explica el por qué en la actualidad sea perceptible el corrimiento de Turquía de la esfera de influencia norteamericana a la esfera rusa.


Los instrumentos del “poder blando” al que aludía Ahmet Davutoğlu eran anteriores a su presencia en cargos ministeriales y se remontaban a la época presidida por Turgut Özal.

En, efecto, en 1995 creó la Agencia de Cooperación Turcófona (TIKA) que en pocos años ha generado ramificaciones en todos los países turcófonos, a partir de las embajadas turcas locales. En la web de la entidad (https://www.tika.gov.tr/en) se enumera la lista de países en los que tienen abiertas “oficinas de coordinación”: Afganistán, Albania, Argelia, Azerbaiyán, Bandladesh, Bosnia, Camerún, Chad, Colombia, Comores, Croacia, Djibouti, Egipto, Etiopía, Georgia, Guinea, Hungría, Irak, Jordania, Kazajastán, Kenia, Kosovo, Kuirguistán, Líbano, Macedonia, México, Moldavia, Mongolia, Montenegro, Mozambique, Myanmar, Namibia, Niger, Pakistán, Palestina, Filipinas, Rumania, Senegal, Serbia, Somalia, Sudáfrica, Sudán del Sur, Sudán, Tayikistán, Tanzania, Túnez, República Turca del Norte de Chipre, Turkmenistán, Uganda, Ucrania, Uzbekistán y Yemen. La lista revela el interés por los países africanos, además de los países que en algún momento pertenecieron al Imperio Otomano, con la presencia de países asiáticos y americanos en los que existe una fuerte presencia turca.

En 2011, se reformo la estructura continuando su crecimiento institucional y ampliando la lista de países en los que había abierto oficinas de coordinación. Un decreto definió a TIKA como “una entidad legal pública y un presupuesto privado dependiente del Ministerio de Cultura y Turismo”. Hoy, la Agencia de Cooperación y Coordinación de Turquía implementa proyectos en 150 países con 62 Oficinas de Coordinación de Programas en 60 países. Sus proyectos tienen que ver especialmente con el establecimiento de un alfabeto y de una lengua comunes, los intercambios de estudiantes, los proyectos mediáticos y de telecomunicaciones.

En segundo lugar, la Agencia de Cooperación Cultural Turcófona (TURKSOY), por su parte, tiene como función “acrecentar las relaciones culturales entre los países y entre las comunidades turcófonas (...) para mantener una unidad de lengua y de cultura para los países y comunidades turcófonas". Su fin oficial es favorecer la “socialización y la solidarización de los Estados turcófonos gracias a la cooperación en el terreno de la cultura”.

Las primeras reuniones que llevaron a la creación de TURKSOY se celebraron en 1992 en Bakú y en Estambul participando ministros de cultura de Azerbaiyán, Kazajistán, Kirguistán, Uzbekistán, Turquía y Turkmenistán. Oficialmente, la agencia se creó en 1993. En la actualidad están asociados, Uzbekistán, Kirguisia, Turkmenistán, Kazajistán, Azarbaiyán, las Repúblicas de Altai, Jakasia, Baskortostán, Saja y Tuvá, incluidas en la Federación Rusa, Gagauzia (región autónoma de Moldavia), la República Turca del Norte de Chipre, además de Turquía.

Además de estas iniciativas, Turquía ha puesto en marcha todo un dispositivo de alta tecnología que integra Internet, radios y televisiones, sistemas de comunicaciones, para generar en los países turcófonos un estado de opinión favorable a la idea panturca:
- La radio Voz de Turquía (web http://www.turkiyeninsesiradyosu.com/) exporta el «modelo turco» en el exterior.
- La agencia de prensa Anadolu Ajansï (Agencia Anatolia, web en castellano: https://www.aa.com.tr/es/turqu%C3%ADa),
- La Unión de la Prensa Euroasiática y la Unión de las Agencias de Información de los Países Turcófonos (UAIPT), creada en 1992 por la TIKA, “aseguran –según Le Monde- a Turquía un control casi monopolista de la información difundida en el mundo turco”.- El satélite panturco Türksat y la cadena de televisión Avrazya. La Türksat, se jacta de ser «la segunda tras la CNN en audiencia».
En la Unión Europea todavía no han advertido que estos medios están puestos al servicio de un espacio que va desde el Adriático hasta el corazón de China.

La reconstrucción de un alfabeto que sea común en todo el espacio panturco es una tarea fundamental para los estrategas turcos. A partir de 1991, Turquia abordó la creación de una lengua y de un alfabeto comunes que “facilitara la evolución y consolidación de los lazos étnicos” en el espacio panturco. La lengua sería el “elemento federador” de los pueblos turcomanos, una pieza que resultó desarticulada con la revolución soviética de 1918 y con la formación de la URSS. A pesar de los 70 años de la URSS, las distintas lenguas turcas conservaron un amplio vocabulario y elementos gramaticales comunes. A fin de facilitar esta tarea, Turquía se comprometió a hacer adoptar el alfabeto latino utilizado en ese país desde la revolución kemalista. Evidentemente, esta iniciativa apunta contra la utilización del alfabeto cirílico ruso y del alfabeto árabe. En el Congreso Común Turco celebrado en Ankara en 1991, se adoptó el alfabeto de 34 letras.

La TIKA ha gastado más de 15.000 millones de euros desde 1992 en impulsar este alfabeto enviando a las repúblicas turcofonas libros, material de escritura, ordenadores, impresoras, cursos audiovisuales, etc. Distintos acuerdos bilaterales han sido firmados por Turquía de un lado y las repúblicas exsoviéticas de otro para ir sustituyendo el alfabeto cirílico por el latino. Es así como se están dando los primeros pasos para la creación de este amplio “espacio turco”. Parece difícil que las negociaciones con la UE detengan este proceso de colonización cultural que, a la postre, supondrá un enfrentamiento con las potencias del Este. Evidentemente, en el material de enseñanza enviado desde Turquía se revisa la historia y se transmiten los mitos comunes a las naciones turcófonas, tal como veremos en su momento.

El nacionalismo panturco exportado desde Ankara se basa en la lengua, en el factor étnico, pero también en la religión. Frente al Islam sunnita dominado por el salafismo wahabita saudí, al Islam chiita y al laicismo, la opción turca es distinta: “se trata de un modelo de control y de gestión del Islam mediante la puesta en marcha de un clero funcionarial y despolitizado”…

martes, 18 de febrero de 2020

TURQUIA, Y SUS CLAVES GEOPOLÍTICAS (4 de 6) - > TURQUIA ANTE LA NUEVA SITUACION INTERNACIONAL


Turquía fue, hasta la invasión de Irak, una cuña al servicio de los EEUU para su presencia en una zona por la que, entonces, mostraba el mayor interés. Era una cuña situada entre el país al que entonces se le atribuía las segundas mayores reservas petrolíferas mundiales (Irak) y la zona del Caspio en donde se localizaban en 2003, las terceras mayores reservas petrolíferas… Sin embargo, en la actualidad, esta clasificación ha variado: Venezuela figuraba en 2016 como el país con las mayores reservas mundiales de petróleo (360.000 millones de barriles), seguido por Arabia Saudí (con 269.000), luego Canadá (171.000), Irán (157.000), Irak (143.000), Kuwait (104.500), Emiratos Árabes (98.000), Rusia (80.000), Libia (48.360), Nigeria (37.000), EEUU (36.520), Kazajistán (36.500), Qatar (25.000), China (25.000), Brasil (16.000), Argelia (12.000), México (9.800), etc. Hasta llegar a la Unión Europea, cuyo conjunto apenas supera los 5.700 millones de barriles. Turquía se encuentra en el lugar 50, con apenas 300 millones de barriles de reserva: “tiene petróleo”, pero no puede decirse que sea una potencia en el sector.

Es importante considerar de dónde procede el petróleo que mantiene en activo a la industria norteamericana. Desde 2005, sus importaciones procedentes de Venezuela, Nigeria, Arabia Saudí y México han ido descendiendo regularmente, y en la actualidad se encuentran en sus mínimos históricos, entre 100.000 y 10.000 de barriles diarios. Sin embargo, las comprar realizadas a Canadá se dispararon desde 1985 pasando de casi 90.000 a 4.276.000 barriles/día, alcanzados en 2018, mientras que las de Venezuela caían a 827.000, Arabia Saudí 901.000 y México 719.000. Pero se da la circunstancia de que EEUU, es, a la vez importador y exportador de petróleo. Solamente en septiembre de 2019 salieron de territorio estadounidense 89.000 barriles por día más de los que importó, habitualmente en forma de productos derivados. Desde 2010, los EEUU fueron disminuyendo cada vez más su dependencia del petróleo exterior a Norteamérica. Hoy, entre el crudo obtenido mediante la técnica del fracking, las importaciones procedentes de Canadá y el cambio en los motores de los vehículos, EEUU roza la autosuficiencia energética y han disminuido constantemente las importaciones netas totales de petróleo de los Estados Unidos.

Si hoy Estados Unidos importa más petróleo crudo del que exporta, se debe a que fabrica y envía al exterior derivados del petróleo, lo que resulta en exportaciones netas totales de petróleo. La producción de petróleo crudo de EEUU, aumentó de un promedio de 5,3 millones de barriles/día en 2009 a 12,1 millones en 2019. Estados Unidos continúa importando principalmente crudos pesados ​​con alto contenido de azufre que la mayoría de las refinerías de EEUU están configuradas para procesar, y más del 60% de estas importaciones provienen de Canadá y México: es decir, de los países vecinos. Esto ha hecho que los países del Golfo Pérsico y de Oriente Medio, disminuyan su interés estratégico para EEUU y hayan obligado a la administración Trump a variar su política (“política del repliegue”) en relación a la administración Obama (“estrategia del caos”) y a la anterior política de Bush (“garantizar el petróleo de Oriente Medio”) que derivaba de la tradicional política de los EEUU desde la administración Roosevelt.


El factor energético es importante para explicar porqué los EEUU han trasladado su “teatro principal” de operaciones, desde Oriente Medio a la zona del Pacífico. El vacío generado por el repliegue de los EEUU ha afectado a muchos países y, concretamente, a Turquía.

Ya durante el conflicto de Iraq, Turquía país no se mostró favorable a la intervención neocolonial de Bush. En los momentos previos a la invasión, durante el tira y afloja en el que los EEUU trataban de crear un clima favorable a la intervención, alegando la cuestión de las imaginarias “armas de destrucción masiva” en manos de Saddam Hussein, en Turquía

En el momento en que las encuestas detectaron el ascenso imparable del Partido de la Justicia y el Desarrollo, la proximidad de la guerra pasó a segundo plano en el interés de la opinión pública. Aún así, los turcos temían que un conflicto armado en su frontera sud-oriental afectase negativamente a la economía del país.

En aquel momento, la dependencia turca de los EEUU era infinitamente superior a la actual; de ahí que los EEUU, ofrecieran a este país una clara compensación económica (que ya había sido negociada por la administración Clinton) a cambio del apoyo a una intervención norteamericana en Iraq, y que consistía en una moratoria a la deuda externa contraída con EEUU, un aval a Turquía por valor de 16.000 millones de dólares concedidos por el FMI y el Banco Mundial. Durante las conversaciones con Elisabeth Jones, el gobierno turco entregó una larga lista de condiciones a cambio de su apoyo, incluidas compensaciones financieras. Y, por supuesto, EEUU ofreció garantías suficientes, complementarias a Turquía, para que la era post-Saddan Hussein no concluyera la formación de un Estado independiente kurdo en el norte de Iraq, el mayor miedo turco.

En diciembre de 1997, Mesut Yilmaz, Primer Ministro de Turquía, visitó los EEUU. El entonces presidente Clinton declaró: “es muy importante que hagamos todo lo posible por anclar a Turquía en el Oeste. Tiene un gobierno secular islámico que ha sido un aliado serio de la OTAN. Han apoyado también muchas de nuestras operaciones en Irak y sus alrededores desde la guerra del golfo y han sido buenos aliados nuestros. Creo que esto es extremadamente importante. Si miramos al tamaño del país, su significado geo-estratégico, donde está, qué puede bloquear y a qué puede abrir las puertas, es extremadamente importante”. Bush, un lustro después confirmó y reafirmó esta política… en unas circunstancias completamente diferentes a las actuales.


Pero la Unión Europea adoptó una posición diametralmente opuesta. En efecto, el 8 de octubre de 2004, la Comisión Europea, dio un espaldarazo a la ampliación de la UE con la recomendación oficial de que se incorporaran 10 países del Este Europeo en el año 2004, en lo que constituirá la ampliación más importante de la UE. Así, mientras que la República Checa, Hungría, Polonia, Eslovenia, Eslovaquia, Lituania, Letonia, Estonia, Chipre y Malta recibieron el aprobado de Bruselas (en realidad, del “eje franco-alemán”, verdadero vector dirigente en la UE), se rechazó la entrada de Turquía. A juicio de la Comisión Europea, "a pesar de los avances registrados desde el verano, Turquía no cumple todavía los requisitos políticos ni económicos para convertirse en un futuro en miembro de la UE".

Por entonces Erdogan llevaba apenas dos años en el cargo de primer ministro y la negativa de los burócratas de Bruselas se basaba en dos motivos:
1) el país no cumplía los mínimos democráticos exigidos en su forma política y su legislación, y
2) Turquía no alcanzaba los mínimos económicos exigibles para ingresar.
Eran, claro está, meros subterfugios: en realidad, el gran problema era que el ingreso de Turquía hubiera implicado el crecimiento de los partidos “populistas” e “identitarios”, opuestos a la inmigración masiva y a la islamización de la sociedad europea. Por lo demás, el eje franco-alemán, sospechaba del excesivo conformismo que Turquía tenía en relación a EEUU y sospechaba que este país podía desequilibrar completamente la UE, siguiendo políticas similares a Polonia y España, con la diferencia de que, desde su entrada, Turquía sería el país con más peso demográfico de la EU, equivalente a la población de España y Polonia juntas.

También esto ha cambiado. Como hemos dicho, las sucesivas negativas a la entrada de Turquía determinaron el establecimiento de un “plan B” para la política exterior del gobierno Erdogan. Aceptado, a partir de 2010, que el país jamás ingresaría en la UE, era cuestión de establecer otras políticas, incluso, las que constituyeran verdaderas novedades geopolíticas e históricas, pero que, en cualquier caso, fueran acordes con la nueva situación internacional.

Esta nueva situación, además de la reconfiguración del mercado petrolero mundial y del cambio de orientación de la política exterior de los EEUU, ha tenido dos elementos determinantes:
- Las llamadas “primaveras árabes” que repercutieron en la zona, aumentando el aislamiento de Turquía y forzando a replantear sus relaciones con Israel, aislamiento que aumento al ser uno de los propulsores de la guerra civil sitia, junto a EEUU e Israel. Turquía aspiraba a que la caída del gobierno sirio, permitiera establecer un “gobierno-amigo” que puede la llave para mejorar las relaciones con el resto de países árabes.
- Los problemas de Rusia con Ucrania que generaron para Putin resultaron privilegiados para Turquia. Rusia se vio en la necesidad de domar y doblegar a Ucrania restándole los jugosos ingresos derivados de los derechos de paso del petróleo ruso a Europa. Esto daba la posibilidad a Turquía de plantear un “giro copernicano” a su política exterior, relajando sus relaciones con la OTAN y convirtiendo a Rusia en “aliado estratégico”.
Desde el momento en el que Rusia decidió intervenir directamente en apoyo al gobierno sirio, todo esto adquirió otra tonalidad: Erdogan supo aprovechar la ocasión:
1) Puesto que el Asad no caería, era inútil no aprovechar la posibilidad de colaborar con Rusia en la llegada de petróleo del Cáucaso a Europa. Acuerdos que dieron vida al “Turck Stream” promovido por Gazprom) inaugurado el 15 de enero de 2020.
2) Puesto que el nuevo ciclo de la política norteamericana dejaba de considerar Oriente Medio como escenario prioritario, la pertenencia a la OTAN deja de ser importante. Turquia no podía seguir mirando a Rusia como el “adversario” y debía de tender puentes hacia ese país. La compra de armamento exteriorizó esa voluntad.
3) Puesto que el “portazo” de la UE era irreversible, no quedaba nada más que seguir chantajeándola con la cuestión de los “refugiados”, a cambio de subsidios, y actuar al margen de las imposiciones democráticas para el ingreso en la UE. Aumentó la islamización del país.
Todo esto implicaba que la política exterior turca ya no podía ser como la establecida por Erdogan en la primera década del milenio. De aquella voluntad inicial, solamente quedó en pie un elemento: el “panotomanismo”.

lunes, 17 de febrero de 2020

TURQUIA, Y SUS CLAVES GEOPOLÍTICAS (3 de 6) - > GEOPOLITICA DE TURQUÍA EN 2020


Hasta ahora los lazos de Turquía con la OTAN son extremadamente sólidos. De hecho los turcos han sido utilizados como peones de brega en varios conflictos: los americanos los enviaron a morir en Corea; antes de que los rusos situaran mísiles en Cuba, EEUU ya había hecho otro tanto en Turquía, en las mismísimas narices de la URSS; en las sucesivas crisis que han sacudido Oriente Medio, Turquía siempre había puesto a su disposición sus bases militares para los aviones y las tropas americanas. Finalmente, su situación avanzada y fronteriza con Rusia hizo que, durante la guerra fría, el papel geopolítico de este país creciera y, paradójicamente, a pesar de estar alejado 4000 km del Atlántico, se convirtió en uno de los puntales de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

Pero no hay que engañarse: Turquía, más que "aliada de Occidente", ha sido, desde la Segunda Guerra Mundial hasta la primera década del siglo XXI, aliada de Estados Unidos. En el siglo XIX y hasta el final de la Primera Guerra Mundial, el Imperio Otomano había La amistad entre ambos países parecía sólida hasta el punto de que, durante más de medio siglo, Turquía fue elevada por EEUU al rango de "aliado preferencial". Y fue así como los principales valedores de Turquía para su entrada en la Unión Europea fueron los EEUU de George W. Bush, el Reino Unido de Tony Blair y la España de José María Aznar… De todo esto, hoy queda poco.

El por qué los EEUU cultivaron las buenas relaciones con Turquía, se entiende mejor recurriendo a un mapa de la zona. Así podemos penetrar en la geopolítica de Turquía y en su importancia. En efecto, la geopolítica ha determinado que Turquía sea un país con 2.648 kilómetros de fronteras con Grecia, Bulgaria, Irak, Irán, Siria, Georgia y Armenia. Solo por esto merecería la calificación de país clave para el control tanto de la zona del Cáucaso como de Oriente Medio.

Pero hay otros muchos factores que entran en la ecuación.


En 2002, el Partido de la Justicia y el Desarrollo, fundado por Erdoğan el año anterior, alcanzó el poder. Que se trataba de un fundamentalismo islámico no había duda hasta 1998, cuando fue encarcelado diez meses por recitar el poema de Ziya Gökalp “Las mezquitas son nuestros cuarteles, las cúpulas nuestros cascos, los minaretes nuestras bayonetas y los creyentes nuestros soldados”. Entonces era alcalde de Estambul y el tiempo en prisión contribuyó a hacerle reflexionar sobre la cuestión religiosa. Hasta ese momento, había defendido la unicidad entre Islam y Estado dentro del Partido del Bienestar (disuelto en 1998) y, antes, en el Partido de Salvación Nacional (MSP), dirigidos ambos por Necmettin Erbakan, y de orientación abiertamente islamista. Así pues, cuando Erdoğan vence en las elecciones de 2002, muchos seguían pensando que su programa era islamista, en un momento en el que estaba cerca el hundimiento de las Torres Gemelas y cualquier forma de “islamismo” se consideraba “radical”.

En realidad, lo que sí ha sido siempre, Erdoğan era anti-kemalista. De hecho, desde que está en el poder, su acción política esencial ha consistido en ir desplazando la política turca desde sus habituales posiciones desde los años 20 hacia posiciones completamente diferentes. Erdoğan se aparta de los fundamentos de la Turquía moderna fundada por Kemal Ataturk quien estableció el principio de las "seis lanzas" que se convertirían en el fundamento de la nueva Turquía (populismo, republicanismo, nacionalismo, secularismo, estatismo y reformismo)

Ataturk depuso al sultán de Constantinopla, abolió el califato y las instituciones islamistas y sustituyó la sharia por el sistema jurídico inspirado en occidente. Este panorama de reformas legislativas se completó con medidas que eran algo más que anecdóticas: cortar la barba a los fundamentalistas e imponer la forma de vestir occidental… Pero, en los países islámicos las regresiones son habituales. El reflujo del laicismo y el retorno a la tradición coránica no es nuevo. Los años de gobierno del Sha de Persia o del baas iraquí de Saddam Husein que intentaron occidentalizar sus respectivos países, se vieron sumergidos, finalmente, por la marejada islámica; otro tanto ha ocurrido en Siria en donde al desestabilización del gobierno baasista de el-Asad no ha creado un régimen de tipo de democrático a “la occidental”, sino sumido al país en una guerra civil de la que emergió el fenómeno del DAESH.

Así mismo, un siglo de república, no han servido ni para asentar una democracia formal en Turquía (que se ha visto periódicamente salpicada con golpes de Estado, el último ocurrido en 2016), ha concluido en lo que se ha llamado "una democracia de segunda división" que, en realidad, es un gobierno presidencialista “fuerte”. Todo lo cual hace de la Turquía actual un país radicalmente diferente al resto de países occidentales. Hasta la victoria islamista del 3 de noviembre de 2002, podía decirse que "Turquía no era completamente oriental, ni completamente occidental". Desde 2002, Turquía se fue decantando, al menos en sus principios rectores, de Occidente y aproximándose a Oriente. Seguía en la OTAN, pero como un país completamente diferente al resto de la alianza. A diferencia de otros países de mayoría islámica, este tránsito se ha realizado sutilmente, sin velocidades extremas, con moderación, pero sin vacilaciones, inexorablemente. Claro está que -como veremos-, el sustrato étnico de la península Anatolia, a pesar de practicar el islamismo sunnita, es completamente diferente a los países árabes o a Irán. Y ese factor étnico y antropológico pesa extraordinariamente en la ecuación, así como en la velocidad de reislamización.

Lo que si parece indudable es que Erdoğan, tras 1998, alumbró un proyecto de transformación de Turquía en una potencia regional con la que sería necesario contar en el momento en el que se demostrara la inviabilidad del mundo globalizado. Poco a poco, a medida que ha ido ejerciendo el poder, han variado los objetivos (al haber variado las circunstancias exteriores) y consiguientemente, las tácticas, pero lo que no ha variado es el alejamiento del kemalismo y la recuperación de la identidad religiosa islámica (que avanza lentamente, pero sin vacilaciones, como hemos visto).





Este programa cuenta con elementos favorables para su desarrollo:
1) Un potencial demográfico formado por 83 millones de habitantes residentes en su territorio que se aproximan a los 90, si tenemos en cuenta a los inmigrantes y a los refugiados que han ido llegando huyendo de la guerra civil siria. Este potencial demográfico, lejos de descender, va en aumento: la tasa de fecundidad en el centro, centro sur y, especialmente en el sud-este alcanza los 4-5 hijos por familia. Hace 23 años, eran sensiblemente menos: apenas 62,9 millones de los que, más de 5.000.000 vivían en el extranjero. Turquía ha duplicado su población en apenas 40 años.
2) Una situación geográfica privilegiada que coloca a Turquía como “llave” del Mar Negro y elemento comunicador entre el mundo occidental y el mundo islámico. De hecho, la gran fuerza de Turquía es su situación geopolítica y su acceso a dos mares: el Negro y el Mediterráneo. Al estar situada en el cruce entre varios mundos, esa misma posición le ha conferido una alta capacidad mediadora entre partes enfrentadas.
3) La existencia de un “espacio turcófono” que facilita la expansión turca por Asia Central y por las antiguas repúblicas del Sur de la URSS y favorece la aparición de lo que se ha dado en llamar “neo-otomanismo”.
4) Es una de las puertas de acceso de la inmigración a Europa y se ha demostrado dispuesta a utilizar esa posición para extraer beneficios.
5) Liderazgo fuerte de Erdogan que, ya hoy -a diferencia de 2003- puede considerarse como un líder consolidado que ha entendido la necesidad de disponer de una visión geopolítica si se trata de pensar en el futuro de su país.

Sin embargo, existen otros elementos que juegan en su contra:
1) Inestabilidad política congénita que no ha cesado y cuya última manifestación fue el golpe de Estado de 2016. Se trata de una sociedad en la que son visibles cuatro elementos: los favorables al laicismo, los favorables a una islamización moderada, los que lo están en favor de un radicalismo islámico y las minorías de las que la kurda es, sin duda, la más significativa.
2) Falta de homogeneidad: no existe “una” Turquía, sino “tres”: la Turquía geográficamente europea (Tracia), al otro lado del Bósforo y de los Dardanelos; la península Anatolio, más allá de estos estrechos; y la montaña kurda. A lo que podría añadirse la dicotomía entre las tres grandes ciudades (Estambul, Ancara y Esmirna) y las zonas rurales o las pequeñas ciudades de provincias.
3) Una situación de ambigüedad estratégica propia de los cambios en las políticas de alianzas: la Turquía que ha pertenecido a la OTAN desde 1959, ya no es ese aliado fiel en el que confiaba el Pentágono para clavar una cuña en el flanco sur de la URSS, sino un aliado que está visiblemente, basculando hacia Rusia y que cada vez mantiene más puentes tendidos en esa dirección.
4) Cierre de la puerta hacia Europa. Tanto la islamización de la sociedad como su demografía explosiva, han hecho temer al eje franco-alemán que abrirle las puertas de la UE supondría desequilibrarla en todos los sentidos y favorecer una riada de entre 10 y 20 millones de turcos hacia el Oeste. Este temor -muy real, por otra parte- ha sido la verdadera causa del portazo de la UE a Turquía y de la consiguiente decepción de este país.
5) Turquía está situada en una de las zonas más inestables del planeta y, a pesar de que el antiguo ministro de Exteriores turco, Ahmet Devutoğlu estableciera la política de “cero problemas con los vecinos”, lo cierto es que, el conflicto con Grecia sigue abierto, el apoyo turco a la República del Norte de Chipre constituye otro obstáculo, no se han restablecido relaciones normales con Armenia (a causa del holocausto de 1915), y Turquía se ha visto afectada por los conflictos de la zona, especialmente por el sirio.
6) Las “primaveras árabes” contribuyeron a aislar momentáneamente al régimen turco. Éste dudó temiendo que pudieran afectar a su propia estabilidad y, posteriormente, le perjudicó aún más su participación directa en la desestabilización de Siria y en el apoyo a las Fuerzas Democráticas Sirias que abrieron el paso al DAESH que se ha sospechado que, en sus primeros pasos, recibió apoyo turco.
7) El país, a pesar de las medidas modernizadoras, sigue teniendo problemas económicos estructurales: a pesar de ser la 17ª potencia industrial, su productividad es bajísima genera una falta de competitividad en el terreno internacional, las desigualdades sociales son el producto de una economía con larguísimos períodos de estancamiento y recesión. Se ha intentado comprar la paz social mediante medidas rígidas en el terreno laboral. Existen graves problemas de inversión y, para colmo, inseguridad jurídica para capitales llegados del exterior. En momentos de auge económico, buena parte del dinero turco invertido en el exterior, regresó al país generando el fenómeno perverso de las “burbujas” que, siempre, terminan estallando.
8) Zona de tránsito para las mafias de la droga. La misma situación geopolítica ha convertido al país en la puerta de entrada de la heroína afgana como etapa final de la “nueva ruta de la seda” que termina en los Balcanes musulmanes e inunda Europa de esta droga. Los más de 2500 km de fronteras se han convertido en zonas permeables para la delincuencia a causa de la corrupción. Por otra parte, el hecho de que Turquía haya utilizado su capacidad para regular los flujos migratorios hacia Europa como chantaje económico y represalia por el portazo a su ingreso en la UE, han generado, así mismo, malestar en la UE y el cambio de estatus, de candidato a país extorsionador.
9) La brutalidad turca en el tratamiento del problema kurdo (que ha generado entre 1984 y 2013, 45.000 víctimas), su negativa a reconocer e, incluso, negar el genocidio Armenio de 2015, así como algunas características de la sociedad turca (una falta de libertad de expresión en los medios que se une al rasgo específicamente turco de que la población lee poco -tiradas globales de apenas 4.000.000 de ejemplares para una población de más de 80.000.000 que se alimentan de información mayoritariamente a través de la televisión), la consideración de “terroristas” para intelectuales y periodistas que difundan determinadas noticias, las purgas que tuvieron lugar en 2016 en la educación, el ejército y el funcionariado y las sospechas, así como, finalmente, la islamización del país… todo ello supone un pasivo acumulado cuyo primer efecto es el distanciamiento de la UE (agravado por su propia estructura económica).

Estos elementos contrapesan en buena medida los factores favorables a Turquía. Hay que añadir también que, dentro de los países tradicionalmente musulmanes, Turquía debe competir con otras dos potencias que aspiran a la hegemonía regional: Arabia Saudí e Irán. Se trata de dos adversarios de altura.
1) Arabia Saudí tiene a su favor una casi ilimitada potencia económica que deriva de sus recursos petroleros y en su contra una mucho menor potencia demográfica. Cuenta con una mayor unicidad social que Turquía, pero en su contra juega el hecho de practicas una forma de islam rigorista (wahabismo salafista), ser una monarquía en la que todavía existen atavismos impropios de la modernidad que no logran superar. Si hasta ahora, la dinastía de los Saud ha contado con el apoyo norteamericano desde los años 30 (seguridad a cambio de garantías de suministro petrolero), en la actualidad la autosuficiencia energética de los EEUU (que compra petróleo a México y Canadá especialmente, además de producirlo mediante fracking) y el repliegue del presidente Trump de la zona, constituyen elementos que han debilitado la posición saudí.
2) Irán, por su parte, tiene una capacidad demográfico casi igual a la turca, juega a su favor el factor religioso que cuenta con la alianza de las milicias chiís que controlan buena parte de Iraq, con el apoyo de Hezbolá, hegemónico entre la población musulmana del Líbano y con la alianza con el régimen de al-Assad en Siria. Además, se trata de una sociedad muy arraigada en sus valores identitarios, con un alto nivel cultural, una economía sólida, reservas de petróleo (de las que Turquía carece casi completamente) y una estabilidad política superior al país otomano.
Turquía deberá competir con estas dos naciones y, al mismo tiempo, mantener el “principio Devutoğlu” especialmente con Rusia, sin cuyo consenso sería imposible practicas el “pan-otomanismo” (que abordaremos más adelante), única posibilidad actual de Turquía para convertirse en una potencia regional tras el fracaso de su marcha hacia la UE y de la barrera insalvable con los países del “creciente fertil” (Iran-Iraq-Siria-Jordania) después de su actuación en la guerra civil siria. Solamente la mejoría de sus relaciones con Rusia (ejemplificadas en la inauguración del “Turk Stream” en enero de 2020), la compra de armamento ruso y la participación de capital ruso en infraestructuras turcas, además de suponer la etapa previa a su desenganche de la OTAN, supondría la certidumbre de que los conflictos del Cáucaso y las malas relaciones entre Armenia y Turquía no desembocarían en un deterioro de las relaciones con Rusia.

viernes, 14 de febrero de 2020

TURQUIA, Y SUS CLAVES GEOPOLÍTICAS (2 de 6) - > REISLAMIZACIÓN SIN PRISA, PERO SIN PAUSA


El 15 de enero de 2020, el Ministerio de Educación turco difundió una directiva para todas las escuelas pidiendo que sea aplicado el proyecto “¡Jóvenes, a la mezquita!”. Si tenemos en cuenta que hace veinte años, Turquía era un país de mayoría sunnita, pero de legislación laicista, podemos hacer una idea del cambio que se está operando en la sociedad. El proceso de reislamización de la sociedad avanza lentamente -y cada vez con más resistencia en las grandes ciudades- pero sin vacilaciones por parte de la presidencia de la República. Es importante tener en cuenta este proceso porque revela las intenciones últimas del gobierno turco y no puede deslindarse de sus orientaciones en política exterior.

La gran habilidad de Erdoğan, consistió, inicialmente, en dar un giro pragmático al islamismo político existente en 2001: era evidente que, si Turquía quería jugar un papel internacional y, especialmente, mirar hacia Europa, no podía seguir la vía de Arabia Saudí o de Irán, países vistos con reticencias por las democracias europeas. Y, sobre todo, se mostraba extremadamente pragmático en el terreno económico. Al llegar al poder, tras las reticencias iniciales de los países occidentales, Erdoğan consiguió que todas las miradas se orientaran hacia las medidas económicas y muy pocas se fijaran en los detalles de su política de reislamización.

Solo algunos meses después empezaron a salir a la superficie las contradicciones del nuevo gobierno que, en el fondo, no eran nada más que el reflejo de las tensiones históricas a las que ha estado sometida siempre la historia turca: un pueblo procedente del Este que mira al Oeste, pero cuyas características antropológicas tienen arraigo en el Este. Erdoğan no mentía: el suyo era un islamismo moderado… pero islamismo, al fin y al cabo. Aspiraba a reislamizar a la sociedad turca y a disminuir, lenta pero firmemente, la división entre religión y legislación del Estado. Era algo que no podía hacerse de manera acelerada, so pena de crear desconfianzas y fricciones con Europa, así que había que dilatar los tiempos de esa transformación, pero sin perder de vista el objetivo final y, sobre todo, cortar radicalmente lo que quedaba de la herencia kemalista. Podía hacerse, a condición de permanecer en el poder por un largo período de tiempo, dando al modelo de democracia liberal un giro autoritario: a fin de cuentas, el pueblo turco ha demostrado a lo largo de su historia que exige y, al mismo tiempo, necesita, liderazgos fuertes, más que instituciones democráticas.

La gran habilidad de Erdoğan y de los ideólogos del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) fue analizar qué había fallado en los intentos islamistas de oponerse a las reformas posteriores a la Primera Guerra Mundial. De este análisis surgió un programa electoral que insistía en cuestiones económicas, en el ingreso en la Unión Europea, en la lucha contra la corrupción, y alejarse de otras formaciones islamistas radicales, se convertían en elementos esenciales del programa. Esto hizo que los militares turcos les otorgaron un amplio margen de maniobra. Así mismo, favoreció que, desde las capitales europeas, se mirase con simpatía al AKP. Ese programa fue también apreciado por el electorado que entregó su voto masivamente al AKP en 2002.

Hasta 2016, esta islamización se realizó con cierta timidez, pero a partir del frustrado golpe de Estado que se produjo ese año, en el que se eliminó de un plumazo la influencia del ejército en la sociedad turca, y cuando ya se habían disuelto completamente las esperanzas de una integración en la UE, volvió a ponerse en marcha. El 16 de abril de ese año, el 51% de los turcos apoyó la reforma constitucional propuesta por el gobierno que reforzaba los poderes y las prerrogativas del presidente y prohibía a los militares participar en política. El país había dejado de ser una “república parlamentaria” para convertirse en una “república presidencialista”, con un pequeño matiz: era mucho más parecida a Irán que a Francia.

Hoy, el frente en el que la islamización resulta más evidente es en la enseñanza. Algunos datos de los cambios operados en este sector resultar particularmente escalofriantes.


En 2015, antes del golpe, el partido de Erdoğan eliminó de la enseñanza los conceptos de evolución y selección natural y añadió otros relacionados con la yihad; finalmente, equiparó las escuelas religiosas a las laicas. Tras el golpe, fueron despedidos más de 33.000 profesores y se clausuraron multitud de escuelas laicas acusándolas de tener vínculos con los implicados en la intentona. Al mismo tiempo, aumentó el número de centros religiosos. A todo esto, se le llamó oficialmente “énfasis en la educación basada en los valores para formar una generación devota”. Un diputado del partido gubernamental, Ahmet Hamdi Çamli, declaró: “Es inútil enseñar matemáticas a estudiantes que no saben qué es la yihad. En 2017 había 1.048 escuelas religiosas con 635.000 estudiantes. Si añadimos los 122.000 que asisten a centros religiosos en el sistema de educación abierta, el número de alumnos en todas las escuelas religiosas llega a los 757.000, mientras que en 2012 era solamente la tercera parte.

El problema kurdo constituye un comprensible quebradero de cabeza para Erdoğan, pero mucho menos comprensible es que se llame a la yihad contra los kurdos. En efecto, en muchas de sus intervenciones públicas, Erdoğan ha hecho referencia a la “guerra santa” y ha aludido a versículos del Corán para justificar las operaciones contra los separatistas kurdos. Incluso, cuando el Ejército turco capturó Afrín, Erdoğan no vaciló en calificar a sus tropas como “el último Ejército del islam”.

La propaganda yihadista alcanza su aspecto más repugnante cuando utiliza niños. En 2018, en el curso del congreso del Partido de la Justicia y el Desarrollo, Erdoğan invitó a una niña pequeña vestida de militar a subir al estrado, y le dijo que sería una “mártir” si moría en combate. La propaganda oficial insiste en que el presidente es un líder que “se esfuerza por servir a Dios”.

La “purificación de las costumbres”, es otro frente en el que los miembros del partido gubernamental se muestran particularmente insistentes. En las zonas rurales especialmente, las mujeres que visten “ropas inapropiadas” son hostilizadas, algo que no podría hacerse sin el visto bueno de las fuerzas de seguridad. Las profesoras tienen prohibido pintarse las uñas. Erdoğan dijo textualmente en 2012 “He hablado de crear una juventud devota y apoyo esta idea”, a lo que siguió la legalización del uso del velo para las estudiantes universitarias; unos años después se emitió un decreto gubernamental sobre la vestimenta escolar que permite que las niñas puedan llevar velo a partir de los 10 años, a la vez que prohíbe todo tipo de ornamentos y accesorios estéticos y políticos. Entre 2012 y 2016 se construyeron 80 mezquitas en los campus universitarios, todas ellas, de carácter sunnita, mientras los alevíes, el 20% del país, emparentados con el Islam chiita, eran discriminados por completo.

Las elecciones municipales del domingo 31 de marzo de 2019 confirmaron la aprobación a la coalición presidida por Erdongan y formada por el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) y el Partido Acción Nacionalista (MHP). Pero el haber obtenido algo más del 51% de los votos no fue suficiente para quitar el mal sabor de boca por la pérdida de los ayuntamientos de Estambul, Ankara e Izmir, las tres primeras más pobladas. No hay que olvidar, además, que Ankara, donde Erdoğan forjó su carrera política, estaba gobernaba desde 2004 por su partido y ahora lo estará por la derecha laica y secularista del Partido Repúblicano del Pueblo (CHP), el partido inspirado en la herencia de Kemal Atatürk, que más se ha destacado en defender la “occidentalización” del país y su integración en la Unión Europea. Estas elecciones eran las primeras después del a reforma constitucional de 2017 y constituían un verdadero test para la gestión del presidente y se realizaron después de que el país sufriera una depreciación de su moneda -la lira turca- de un 40% a lo largo de 2018.

Los avances de la oposición laica se habían registrado en las grandes ciudades del país, las más cosmopolitas y cuya industria principal es el turismo. Pero si alguien creía que el avance de los partidos laicistas y pro-occidentales iba a suponer una rectificación en la vía de islamización seguida por Erdoğan, se equivocaba. Ha ocurrido justo lo contrario.


En junio de 2016, Erdoğan venció por cuarta vez unas elecciones (antes lo había hecho en 2002, 2007 y 2011), pero si antes venció a título de primer ministro, ahora lo haría en calidad de presidente del país.

Poco antes, en un discurso pronunciado ante el IV Congreso del AKP, Erdogán recordó la batalla de Manzikert, uno de los hitos del Imperio Otomano, confirmando que el “neo-otomanismo” como línea básica de su gobierno en política exterior que, naturalmente sería la negación de la acometida por el kemalismo (acercamiento a Europa y a EEUU). Erdoğan en su discurso apelaba a los “países musulmanes”. En aquel congreso y en la campaña electoral que siguió nadie podía llamarse a engaño; los ejes de su campaña estaban claros: limitar el poder del Ejército, potenciar las escuelas islámicas y la construcción de mezquitas, restringir la venta de bebidas alcohólicas y normalizar el uso del velo islámico en las cámaras del Gobierno.

Desde 2012, Erdoğan aumentó un 20 por ciento el presupuesto destinado a la Dirección de Asuntos religiosos (Diyanet, destinado a resolver dudas sobre cuestiones islámicas y gestionar las mezquitas). En todo el país existen 82.000 mezquitas de las que más de 8.000 se construyeron desde la primera victoria electoral del AKP.

En lo relativo al alcohol, no es que el gobierno lo haya prohibido, sino, simplemente, que ha complicado la obtención de licencias para su comercialización (no se puede vender alcohol en un radio de 100 metros en torno a una mezquita y actualmente existen ¡82.000! lo que hace casi imposible encontrar ubicaciones que acepte la administración).

A finales de octubre de 2017, el matrimonio civil dejó de ser la única forma hasta ese momento de contraer matrimonio en Turquía. Una Ley del Matrimonio reconoció la validez de los muftís para oficiar bodas. En esa ley también aumentaron las competencias de la Dirección de Asuntos Religiosos de Turquía (Diyanet). Además, los muftís pueden ahora registrar nacimientos sin necesidad de que los padres acudan a una oficina del Estado saturadas y en donde hay que guardar colas interminables: se trata, evidentemente, de otro subterfugio para obligar a la población a acercarse a las autoridades religiosas. Algunos colectivos de mujeres turcas denunciaron que estas medidas de islamización suponían “un recorte en los derechos de la mujer”. Alegaban que aumentará la violencia sobre la mujer y que los muftís callarán, apoyados en la permisividad explícita de algunos versículos del Corán. Así mismo, ya se han dado casos en los que los matrimonios con menores, prohibidos por la ley, son autorizados y registrados por los muftís.

Lo cierto es que la violencia doméstica va aumentando en el país. Solamente en 2014 se reportaron cerca de trescientos asesinatos de mujeres a manos de hombres, y más de un centenar de violaciones, aproximadamente un 30% más que el año anterior. La nueva política de Erdoğan exalta el papel de la mujer como madre y ama de casa. En 2012, solo un tercio de la población femenina tenía trabajo, mientras que el número de matrimonios infantiles había crecido considerablemente. Las feministas occidentales se escandalizarán al conocer la opinión expresada por Erdoğan en materia de igualdad que quedó clara al afirmar que “la mujer no es igual al hombre” añadiendo que eso “iría contra las leyes de la naturaleza”.

En enero de 2006 estalló una polémica en Turquía sobre la “edad núbil”. La polémica estalló cuando un diario denunció que la web del Diyanet estableció que dicha edad se alcanza a los 9 años en el caso de las niñas, y a los 12 en el de los varones, ya que, a estas edades, “las niñas se pueden quedar embarazadas y los niños, ser padres”. Es decir que, a partir de los 9 años… las niñas podían contraer matrimonio. El texto entraba en contradicción con la ley turca que fija en los 18 años la edad mínima para mantener relaciones sexuales y para contraer matrimonio (si bien, en muchas zonas rurales, es frecuente casar a las niñas adolescentes). De todas formas, no era la única excentricidad emitida por el organismo que la emprendió también contra la lotería (a pesar de que el juego está controlado por el Estado), contra la celebración de la Navidad y, por supuesto, contra el alcohol, sin olvidar otro frente en el que hay una intervención regular, el de la separación de sexos.

La televisión y el ocio han sido dos actividades muy directamente afectadas por las medidas de islamización. El Alto Consejo de Radio y Televisión de Turquía (RTÜK), que se encarga de salvaguardar los valores de la moral islámica en los medios audiovisuales, sancionó a la cadena TV2 en dos ocasiones por emitir una telecomedia francesa: la primera fue por una conversación entre lados protagonistas sobre condones de sabores y, la segunda por el doblaje de unos de los diálogos en el que se empleó la palabra Tanri (Dios) y no Allah.


Esto no era lo que la sociedad turca esperaba en 2002, cuando Erdoğan obtuvo su primera victoria electoral, gracias a un programa renovador, liberal y democratizante que insistía en que el islam era la religión mayoritaria del país. El programa unía, pues, tradición y renovación: la “nueva Turquía” debía ser capaz de ingresar en la UE y de recuperar unos niveles de libertad y moralidad que se habían ido diluyendo en las dos décadas anteriores.

Los primeros años en los que Erdoğan y su AKP estuvieron en el poder, fueron tranquilos e, incluso, democratizadores: se liberalizó la economía, se prohibió la tortura, disminuyó la presión contra kurdos y otras minorías, todo ello sugerido desde la UE y aceptado por Erdoğan para aproximarse al objetivo final: el ingreso en este organismo. Todas estas reformas se anunciaban a bombo y platillo, pero, al mismo tiempo, y de manera mucho más discreta, se iniciaba la inexorable reislamización del país.

Desde el período kemalista, los garantes del laicismo habían sido los militares. No puede extrañar, por tanto, que este sector haya sido blanco principal de la ofensiva interior de Erdoğan: cualquier sospecha de que algún oficial estaba implicado en críticas al nuevo curso del gobierno, suponía su destitución y, con mucha frecuencia, su encarcelamiento. En 2010 el gobierno logró que se aprobase en referéndum una reforma constitucional que, entre otras cosas, sometía al ejército a las órdenes de las autoridades civiles, y permitía la entrada de jueces islamistas en las principales instancias judiciales del país.

En la propuesta de resolución del 3 de octubre de 2007, B6‑0374/2007, el Parlamento Europeo se pronunció sobre el uso del velo en Turquía establecido en la reforma constitucional, considerándolo un paso hacia la “islamización del sistema educativo” y subrayando que las prácticas religiosas deben realizarse en el ámbito privado, señalando textualmente “que el velo constituye no sólo un símbolo religioso sino también político” y determinando, finalmente, que la medida, “constituye un paso importante hacia la progresiva islamización de Turquía y que semejante decisión es contraria a la asociación UE-Turquía, en la que ocupa un papel central el respeto de los derechos y las libertades fundamentales”.

Lo que la UE terminó advirtiendo era que las reformas que había realizado Erdoğan desde que se hizo cargo del poder en 2002, no tendían a la democratización del Estado turco, sino, más bien a la islamización de la democracia que, en última instancia, terminaría siendo una negación de la misma democracia, pues, no en vano, la teocracia es la estación término hacia la que se desliza un régimen que no reconoce la diferencia entre “religión” y “Estado”.

No es raro que los resultados de esta política, escapen al control del gobierno y vayan más lejos de lo que este se proponía.

Según una encuesta publicada en febrero de 2015, más de un 20% de la población turca considera que la violencia en nombre del islam está justificada “en algunos casos”, lo que representa un incremento de más de un 7 % respecto al año anterior. La islamización de la sociedad turca implicaba que cualquier formación islamista era vista con simpatía en una quinta parte del país. Eran los momentos de mayor implicación del gobierno turco en apoyo de las Fuerzas Democráticas Sirias, y, para el ciudadano media, no estaba muy clara la distinción entre esta organización y el DAESH. En una primera fase del conflicto sirio, cuando Erdoğan apostó por el derrocamiento de el-Assad, no le importó mucho si armas, asesores y pertrechos iban a parar a grupos controlados por los Hermanos Musulmanes o, incluso, a sectores mucho más radicales. El cambio de posición solamente se produjo cuando, Erdoğan comprobó que el régimen sirio resistía los golpes y que la ayuda soviética inclinaría inexorablemente la balanza a favor del gobierno de Damasco. Y, por lo demás, las sospechas -nunca disipadas- de que Turquía había tenido algo que ver en los orígenes del DAESH, aumentaron la brecha y las desconfianzas de los países europeos.

Pero la primera fase del “nuevo curso”, que pudo darse por concluida en 2012, terminó sin que la Unión Europea apreciara todas estas reformas y las reservas del electorado a admitir a un país islamista que, de ingresar, supondría el país con más peso demográfico de la unión y tendería a desequilibrarla especialmente en materia de inmigración y de nivel de desarrollo. El portazo de la UE, como era de esperar, daría paso a un endurecimiento del gobierno turco que, desde entonces, pisó el acelerador en dos direcciones: la islamización de la sociedad y el autoritarismo.