miércoles, 18 de septiembre de 2019

Crónicas desde mi retrete (6): SIR OSWALD MOSLEY, AQUEL AMIGO DE JOSÉ ANTONIO


Recientemente he estado traduciendo una biografía sobre Sir Oswald Mosley y las entrevistas que concedió después de la Segunda Guerra Mundial a varios medios de comunicación de primera fila anglosajones. Reconozco que nunca me había preocupado excesivamente la figura de Mosley (a pesar de que tuve un profesor de inglés en 1969 que había sido blackshrit y todavía albergaba una gran simpatía por él y seguía afiliado a la Unión Movement). El fascismo británico, me pareció de esos fascismos de segunda fila que no lograron hacerse un hueco político y que tenía mucho de teatral. Hoy tengo la ocasión de rectificar esa opinión y afirmar que Mosley se adelantó a su tiempo y de todos los dirigentes fascistas, fue, no solamente el que estuvo durante más tiempo en activo (su ciclo político termina a principios de los años 70), sino el que realizó análisis y predicciones más precisos sobre el futuro de Europa.

Lo primero que me sorprendió es saber que, según Ian Gibson José Antonio viajó a Londres para conocer a Mosley en 1930. Error. No pudo ser en 1930, una fecha en la que, posiblemente José Antonio ni siquiera hubiera oído hablar de Mosley, un levantisco diputado laborista, llegado del conservadorismo y que estaba en la puerta de salida del partido y se preparaba para formar un “new party” de carácter transversal. Más o menos, la época en la que José Antonio y Mosley se conocieron debió ser entre 1932 y, lo más probable, en 1933. Ambos en esa época, se interesan por el fascismo italiano. Ambos van a ver a Mussolini (seis veces en el caso de Mosley y dos en el de José Antonio), conocen a Hitler (José Antonio en una ocasión cuando ya está en el poder y Mosley en varias asistiendo incluso a su boda que se celebró en Berlín). Mosley no fundó la British Union Fascist hasta 1932 y alcanzó fama internacional el año siguiente con sus mítines de masas en barrios obreros y con el apoyo que le deparó el vizconde de Rothermere.

Resulta sorprendente que las biografías de José Antonio no mencionen a Mosley y que la propia “biografía apasionada”, que lo menciona, sea de pasada y de manera errónea. Si se ha conocido esa relación fue gracias a la autobiografía de Mosley publicada a finales de los 60 y a las menciones que realizó el británico en algunas entrevistas de postguerra, al responder a la pregunta de si Franco era o no “fascista”. Esta constatación permite afirmar que existe un hueco en todas las biografías realizadas sobre José Antonio: el referido a sus relaciones internacionales. Ya indicamos en José Antonio y los No Conformistas, sus relaciones (y las del propio Ledesma) con este movimiento francés. También hemos establecido con precisión las relaciones que tuvo con el fascismo italiano y con la “internacional fascista” y tratado, de manera exhaustiva, las relaciones con el Movimiento Nacional Sindicalista portugués (en José Antonio a contraluz). Quedaría ahora por establecer las relaciones con otros fascismos: con el “francismo” francés (relación de la que hay incluso constancia en el primer semanario de Falange, FE, o las relaciones con los fascismos belga, húngaro y rumano.

Estas relaciones eran normales: por la edad de ambos, jóvenes (Mosley era algo mayor que José Antonio), por su opción política y, por su puesto, por el origen aristocrático de ambos. Si se han desconsiderado es por cierta “desconfianza” de los medios falangistas hacia todo lo que es británico (la espina de Gibraltar sigue ahí y la rivalidad histórica anterior, también). Pero lo cierto es que tales relaciones existieron y que Mosley era un dirigente fascista muy particular.


Existe un Mosley anterior al 1º de septiembre de 1939 y un Mosley posterior a mayo de 1945. El primero es un nacionalista pacifista que cree en el imperio británico y en su obra. El segundo es el primero en darse cuenta de que cuando callaron los cañones en la Europa destrozada, los vencedores, ruso y americano, se habían partido los despojos del continente. Fue el primer europeísta de la postguerra. Lo demostró en el Congreso de Malmoe y, posteriormente, en la Declaración de Venecia, dos muestras del neofascismo europeísta. No es de extrañar que Mosley se sintiera bien, en esa época, sobre todo con Thiriart. De hecho, ellos eran los dos únicos “europeístas de corazón” que firmaron la Declaración de Venecia (que hemos traducido para el número 63 de la Revista de Historia del Fascismo, entre otros documentos). Von Thadden por el Socialistische Reichparteit (predecesor del NPD) y Giovanni Lanfré por el MSI, lo eran pero de forma mucho más atenuada.

Este es, pues, el primer mérito del Mosley de postguerra: su vocación europeísta… en el país más anti-europeísta. Segundo mérito inestimable: el haber sabido intuir en los años 50 el proceso de la globalización y el haber denunciado, incluso en los años 30, las deslocalizaciones empresariales que tenían lugar desde el Reino Unido hasta la India. En ese lapso de tiempo, cuando todavía faltaban décadas para la caída del Muro de Berlín que abrió el camino a la globalización, Mosley denunció lo que llamaba los “artificios de la alta finanza” (a la que siempre consideró como el “adversario principal”) para optimizar beneficios a costa de los pueblos de Europa. En las entrevistas que concedió en la postguerra, se anticipa a la globalización.

¿Cómo fue posible esta lucidez? Mosley, combatiente en la Primer Guerra Mundial, creyó que el sacrificio de su generación sería recompensado mediante políticas sociales que permitieran a los más débiles prosperar. Se dedicó a la política precisamente para lograr ese objetivo y por eso pasó del conservadurismo al laborismo y de éste al New Party y… de ahí al fascismo que vio siempre como una síntesis de “nacionalismo” y “socialismo”. A diferencia de la mayoría de líderes fascistas, lo que realmente le motivaba a Mosley era la forma en la que podían articularse políticas económicas justas y beneficiosas para la población. Por eso, más que ningún otro líder fascista, sus análisis fueron, sobre todo, económicos. Y este interés por la economía fue lo que le llevó a intuir que los procesos económicos de deslocalización que, inicialmente, se dieron en el seno del Imperio Británico en los años 30 y luego, con la descolonización, en un marco mucho más amplio, se terminarían convirtiendo en universales.

Mosley intuyó también -diez años antes del famoso discurso del conservador Enoch Powell en el parlamento británico en 1967 y de las reuniones del Monday Club- el papel de la inmigración en la decadencia europea. Porque, antes de la guerra, Mosley no hizo alusiones oportunistas a la “raza”, fue, especialmente, después de la guerra cuando advirtió que la raza era, efectivamente, uno de los niveles de identidad más completos y que la alteración de la composición étnica de un país, suponía su desintegración y despieza en comunidades rivales, borrando la memoria de su unidad.

Hoy, esta idea está muy extendida y son cada vez más quienes la comparten (de hecho, solamente puede ser negada por progresos tozudos y persistentes en sus errores, pero no por quien tenga ojos y vea), pero en 1954, cuando empezó a hablar de ella ante miles de personas en Hyde Park o en Trafalgar Square o en los barrios pobres de Londres y se puso de su lado -una vez más- a los jóvenes (los “teddy boys”), la idea era novedosa y el análisis causó impacto en la sociedad.

Obviamente, las entrevistas de postguerra son muy interesantes porque en ellas habla del “partido de la guerra” que, desde 1933 intentó arrastrar al Reino Unido hacia una confrontación y que, finalmente, lo logró en 1939. Si Mosley en esos años fue pacifista fue por advertir que un nuevo conflicto mundial acarrearía el fin del Impero, como, de hecho, así ocurrió.

Mosley no consiguió volver al parlamento británico después de la guerra, pero su partido (la Union Movement) sobrevivió hasta finales de los 70 y sus miembros dieron vida al National Front, a la League of Saint-George y a publicaciones como Sperhead. El rígido sistema político inglés se lo impidió, pero cada vez son más las voces que, en el Reino Unido, recuerdan que fue el político más prometedor del primer tercio de siglo, que estaba llamado a ser Primer ministro y que fue el mejor orador del parlamento británico en esa época y un verdadero agitador de masas hasta que la edad le obligó a retirarse de la política.

Hay que fijarse en Oswald Mosley. Recuperarlo. Porque, de todos los líderes fascistas de los años 30, fue el que más prolongó su liderazgo y el que demostró una mayor lucidez en sus análisis.

martes, 17 de septiembre de 2019

Crónicas desde mi retrete (5) EL GOTTERDAMERUNG DE Cs


Ciudadanos es, sin duda, el partido que ha resultado más desgastado desde las elecciones de abril de 2019. Solamente Rivera se mantiene en la cúspide del grupo de fundadores del partido. Poco a poco, se han ido produciendo pérdidas por goteo y rara es la semana que no se desgaja algún que otro notable. De todas formas, Cs puede reivindicar el haber tenido una vida más larga que las anteriores fórmulas centristas. UCD apenas duró seis años y el pico del CDS no se prolongó más allá de cinco. Claro está que Cs ha tenido dos fases: en la primera fue un fenómeno exclusivamente catalán que recogió el favor de los catalanes que no se reconocían ni en la línea timorata del PP ni en el soberanismo. Eso le hizo aparecer ante la opinión pública española como defensor de la “unidad del Estado y de la constitución” y facilitó su tránsito, en una segunda etapa, a la política nacional. Pero eso es hoy apenas un recuerdo.

Lo cierto es que Cs llegó a ser el partido más votado en las elecciones al parlamento de Cataluña en 2017, en lo que supuso una verdadera humillación para los nacionalistas. Hoy, suerte tendrían si consiguieran recuperar la mitad de aquellos 1.109.732 votos. El propio Rivera se movía bien torpedeando a los botarates independentistas o ejerciendo de azote a los eclécticos socialistas. Menos tablas se le han visto en los debates en el parlamento español o respondiendo en campaña a cuestiones sobre economía de las que ha evidenciado no tener la más remota idea. Y otro tanto, le ha ocurrido a Inés Arrimadas: un 10 en la asignatura de antiseparatismo y un suspenso en cualquier otra materia. Cero absoluto, por cierto, en inmigración.

Lo peor que le pudo ocurrir a Cs fue la convocatoria de elecciones municipales este año y la llegada extemporánea de Manuel Valls, presentado como “el azote de la delincuencia en París” (y en cuyo mandato la delincuencia en París se mostró como incontrolable). Fue primer ministro del vecino país entre 2014 y 2016. Para él, incluso lugar contra el terrorismo estaba llamado al fracaso. Tras los atentados yihadistas en Niza llegó a decir “Francia tendrá que vivir con el terrorismo”, siendo abucheado por ello. Fracasó al postularse como candidato socialista en las presidenciales de 2017 y fue entonces cuando llamó a la puerta de Ciudadanos, recordando que había nacido en Barcelona…


Era evidente que el objetivo político de Valls no era ser un modesto concejal en BCN, sino que se había propuesto un plan en tres etapas: ser alcalde de Barcelona, ser secretario general de Ciudadanos y ser presidente del gobierno español. Pero Cs fracasó en aquellas elecciones, apenas obtuvo 6 escaños (solo 3 eran miembros de Cs) y el plan descarriló desde la primera fase. Eso no impidió que Valls cediera sus votos a la Colau para evitar que el Maragall-separata candidato de ERC fuera nombrado alcalde y que, desde entonces, sus propuestas en política municipal y sus protestas por la caída de Barcelona al nivel de ciudad faro de la delincuencia mundial fueran nulas. Valls intentó que se olvidara su fracaso personal en Barcelona protestando por el hecho de que Rivera apoyara al PP y negociara con Vox. Y, a partir de aquí, ya todo se volvió un mar de lágrimas para el partido de Naranjito.

El centrismo solamente aparece en momentos de crisis (apareció en Cataluña con la crisis generada por el Maragall-sociata y su Nou Estatut y saltó a nivel nacional con la crisis económica de 2009). En esos momentos es tenido por una parte del electorado como referencia. Pero, luego, pasado el momento álgido de la crisis (o, lo que es aún peor, cuando el electorado se habitúa a la crisis permanente), el partido centrista, que en campaña electoral nunca ha desvelado sus cartas alegando que quería “gobernar por mayoría”, se ve obligado a decidir con quién se acuesta: parte de su electorado que procede del PSOE aborrece en lo que se ha convertido el PSOE y la otra parte que viene de los pastos del PP no quiere saber con el partido al que acaba de dar la espalda. Así que unos y otros se sienten traicionados y estafados. El partido sobrevive una legislatura más por los cargos que ha obtenido y porque, a fin de cuentas, para los miembros de su “aparato”, es tan lucrativo como cualquier otra opción política. Y entonces empiezan las fugas, las luchas por el poder, los “posicionamientos” de sus cargos públicos para ver en qué siglas podrían satisfacer otra legislatura a sus electores, la crisis, la oscuridad, la agonía y la muerte final, por mucho que el dinero de La Caixa esté detrás.

Rivera, ha esperado a que Sánchez rechazara cualquier pacto con Podemos, para esperar su hora de postularse como apoyo incondicional al presidente en funciones. Se adelante así a Valls y le corta cualquier posibilidad de que se presente como el “centrista aceptable para los socialistas”. Pero Rivera actúa también por puro interés: sabe que, en los tres últimos meses el desgaste de su partido ha sido continuo e imparable y que, de convocarse nuevas elecciones, perdería, como mínimo, entre un tercio y una cuarta parte de sus votos que se repartirían entre la abstención, el PP y el PSOE (sin excluir que alguno fuera a parar a Vox). Así que mejor garantizar el que, aunque Naranjito esté agónico, él, Albert Rivera, pueda mantener unos años más la atención del electorado.

Lo más probable es que la desintegración de Cs tenga lugar tras las próximas elecciones, cuando lo que hasta ahora ha sido una fuga por goteo con abandonos notables, se convierta en tránsitos masivos a otros partidos en el nuevo Gotterdamerung centrista.

El esperpento político español, que ha alcanzado sus más altas cotas tras las elecciones de abril, todavía no ha terminado. De los partidos que nacieran de la crisis del régimen político español en 2010 (vinculada a la crisis económica y que termino siendo una crisis política) queda poco: Podemos está más despiezado que una vaca en el matadero y Cs quiere vivir su momento de gloria colocando a Rivera en un ministerio antes de colapsar. Así que, de las nuevas siglas de aquel momento, sólo parece quedar Vox. En las próximas elecciones se verá si esas siglas se consolidan, desaparecen u optan por retornar al redil de la derecha liberal. “España Suma”, pero los partidos restan.




domingo, 15 de septiembre de 2019

Crónicas desde mi retrete (4): ¡EL “NACIONALISMO MODERADO” QUIERE LEVANTAR CABEZA!


Cuando CiU se descompuso bajo el peso de la corrupción, el llamado “nacionalismo moderado” desapareció del panorama político de Cataluña. Un buen día, eso que desde la transición se llamaba así, se ausentó sin dejar señas, reapareciendo como independentismo. Era normal: todo “nacionalismo” o tiende a la construcción de una Nación arropada por un Estado, o no es nada. Así pues, en buena lógica, todo “nacionalismo moderado” es apenas una etapa intermedia en el camino hacia la independencia. De lo contrario, en lugar de llamarse “nacionalismo” se llamaría “regionalismo”. Y eso último sí que ha desaparecido completamente del panorama político catalán. Nadie en esta región ha querido resucitar el mensaje de la Lliga de Cambó (como se intentó varias veces en la transición e incluso en tiempo más modernos, intentando fusionar a la rama catalana del PP con fragmentos del “nacionalismo moderado”, especialmente procedentes de UDC.

El regionalismo, el “provincialismo”, el foralismo, el cantonalismo, pertenecen a otra época que ha quedado atrás, muy atrás, en la historia. Ahora, solamente cuentan tres opciones:
- los que quieren construir un bloque geopolítico fuerte de carácter supranacional (llámese hispanismo o europeísmo, según miren hacia Iberoamérica o hacia Europa),

- los que quieren construir un microestado independentista (con el “procés” o con inventos que estiren el “nou estatut” hasta la independencia)
- y los que aspiran a mantener la unidad del Estado tal como la hemos conocido en los dos últimos siglos (exceptuando el breve sarpullido federalista de la Primera República).
No hay más.

Por eso cuando, desde hace unos días, La Vanguardia va insistiendo en que “se está preparando una opción nacionalista moderada” es lícito, en primer lugar, mostrar una sonrisa de conmiseración hacia el proyecto y luego, prepararse para combatir esta nueva falacia.


El 21 de septiembre se reunirán en Poblet, 200 personas de un “grupo de reflexión” que intentan recomponer el “nacionalismo moderado”. Lo que se conoce del documento es una mezcla de obviedades (que el “procés” embarrancó o que ha sido tomado como “deslealtad” por el resto del Estado) y de lugares comunes con los programas de CiU anteriores a que estallara a causa de sus corruptelas. No esperéis nada nuevo, sino la aparición de una nueva sigla que quiere traer los aromas equívocos del pujolismo de los primeros años de la transición.

¿De dónde sale el batiburrillo de gente que aspira a lanzar una nueva sigla política? De Convergencia Democrática de Cataluña, el partido de Pujol, pasado luego a llamarse PDCat y cuatro o cinco grupúsculos “de estudio” (Lliures, Avancem, Convergents o… La Lliga) que solamente existen en la mente de no más de un centenar de nostálgicos de CiU.

Vale la pena explicar por qué aparecen en este momento y justo después de que el último 11-S haya sido el más decepcionante para los independentistas. Solamente los obtusos muy obtusos creen que la independencia catalana es todavía una opción política. De hecho, si por los partidos políticos fuera, ese tema ya habría desaparecido de sus programas, pero ni ERC, ni el PDcat se atreven a confesar públicamente su fracaso. Temen que la “sociedad civil independentista” recupere la bandera, y les haga perder votos. Pero la ausencia de masas en las últimas movilizaciones ha desmovilizado a la CUP-CDR, supone un baño de realismo para ERC y es un elemento de confusionismo y ruptura interior entre las distintas fracciones del PDCat (al borde de la desintegración entre el paleto Waterloo, el obtuso que ocupa la presidencia y cientos de afiliados despistados que no saben hacia donde tirar). A cualquier observador imparcial no se le escapa que el independentismo catalán, ante el fracaso de su proyecta, ha emprendido la vía de la sectarización y del fanatismo… pero lo que es el “seny” desertó de sus filas si es que estuvo presente en alguna ocasión.

Y así tenemos que, tras adquirir visibilidad esta crisis del independentismo el pasado 11-S y perdida la esperanza de movilizar masas más allá de la tarde en la se conozcan las sentencias para los primeros procesados por el 1-O (hay que recordar que hay varios juicios más abiertos), los “nacionalistas moderados” han creído que esta es la ocasión de recuperar algunos mimbres del proyecto fracasado: especialmente de los más lúcidos y, también, de los más ambiciosos, que saben perfectamente que obstinarse en esa dirección es chocar contra un muro de hormigón y es preciso renovar el look, so pena de un inevitable desgaste.


Así pues, la reaparición del “nacionalismo moderado” es, solamente, un aspecto más de la crisis del independentismo y del fracaso del proceso. Sus impulsores quieren actuar como si aquí no hubiera pasado nada y como si el nacionalismo moderado pudiera rescatarse de la cuneta de la historia. No lo es: vale la pena que reconozcan que al “nacionalismo moderado” se le puede poner rostro, nombres y apellidos y que, el primero de todos, es el del jefe del clan de los Pujol al que se le pueden achacar todos los vicios y neurosis de un individuo sin escrúpulos, con la cabeza trastornada por la ambición y jefe de un clan mafioso que durante cuarenta años tuvo a Cataluña como su feudo medieval, haciendo y deshaciendo a su antojo.

Si los “nacionalistas moderados” quieren tener un mínimo de credibilidad, lo primero sería que condenaran en voz bien alta las exacciones y los latrocinios del clan Pujol y fueron primeros en pedir su procesamiento ante los tribunales. No lo harán, claro está, porque muchos de ellos formaban parte de la corte de aduladores y yes-men que acompañó al goodfather.

Y luego están las propuestas de las que La Vanguardia ha avanzado hoy unas cuentas: relación bilateral con el Estado, estatuto de participación de Cataluña en la UE, agencia tributaria catalana, veguerías en lugar de provincias, ¡más transferencias en educación, lengua, cultura a inmigración que deberían ser competencia exclusiva de la gencat! Y referéndum acordado… ¡¡Estas son las novedades que aporta el nuevo “nacionalismo moderado”!! En realidad, el problema -y por lo que esta nueva opción fracasará- es por carecer de espacio: el programa que proponen para reflexionar es el mismo de hace 15 años cuando el pobre Maragall tuvo la patética idea de lanzar su idea de un “nou Estatut”. El nuevo “nacionalismo moderado” fracasará, simplemente, porque ya no hay margen para ampliar el techo autonómico: después de la actual situación estatutaria o el Estado recupera competencias, o se produce la desconexión definitiva y estos “moderados” lo que plantean es otra vía para la desconexión, a la vista de que la anterior se ha cubierto, literalmente, de vergüenza, fracaso, victimismo y sumarios por vulneración de la legalidad vigente.

De esto no saldrá nada nuevo, salvo otra ruptura interior del independentismo (porque los “nacionalistas moderados”, en tanto que “nacionalistas”, son independentistas o no son nada, no vayamos a olvidarlo). Otra sigla más para romper el voto independentista. Sólo nos queda animar al Omnium y a la ANC que formen otro partido, a la vista de las vacilaciones de ERC y de la pérdida de influencia del PDCat… en las cunetas de la historia caben todavía muchos suicidas.
La Vanguardia jaleará este intento porque recupera la palabra “moderado”, pero no hay que engañarse, es otro ropaje del pujolismo y un remozado a la “vía hacia la independencia pactada”. Nada más.

Sería bueno que miraran en lo que se ha convertido Cataluña, sin duda la región del Estado, en donde la vida es más insegura, las administraciones ejercen menos su autoridad salvo para recaudar impuestos y multas y un 27% de inmigración ha desfigurado completamente la identidad catalana, atemorizada por cierto por manadas, delincuentes y navajeros... ¿Y estos quieren ser independientes?

sábado, 14 de septiembre de 2019

CRÓNICAS DESDE MI RETRETE (3): LA INMIGRACIÓN COMO PRIMER PROBLEMA


Cuando se aproximan nuevas elecciones vale la pena recordar cuáles son los problemas reales y las fantasías imaginarias que afronta el país. Y esto es esencial para realizar una opción de voto (o de abstención que también es una opción). En esta legislatura que no ha servido ni para elegir presidente del gobierno se han producido algunos debates y presentado proyectos de ley, especialmente por parte del PP y del PSOE. En estos proyectos se demuestra cuáles van a ser las orientaciones electorales de estos partidos. El PP sigue empeñado en “vitalizar la economía” utilizando las mismas fórmulas que ya empleó Aznar hace más de veinte años y que nos precipitaron a la mayor crisis (hasta ahora) vista en nuestro país: estimular el ladrillo, abrir el crédito, contener salarios y mirar a otro lado ante el problema de la inmigración. En cuanto al PSOE, ya se sabe: vender igualdad, ideología de género, “Welcome refugies”, derechos humanos y cualquier otra memez que encuentre eco en un electorado privado de capacidad crítica por el sistema educación socialista generado desde la transición y nunca alterado por el PP. ¿Y Ciudadanos? Equidistantes políticamente de unos y de otros, pero ambiguos en sus propuestas de fondo que contienen tanto de lo uno como de lo otro. ¡Qué lejos están los tiempos en los que se sabía que votando a Cs se votaba contra el independentismo catalán!


Seamos claros: la crisis que se asoma por las ventanas y que terminará cristalizando en el 2020, no es nueva, es la anterior crisis, la crisis de la globalización, a la que se van añadiendo incrustaciones cada vez más profundas. Hasta ahora no hay ningún partido que confiese públicamente que la globalización es inviable, que afecta a unas economías más que a otras, que aumenta las desigualdades y que genera una pequeña cúpula de corporaciones y una élite financiera extremadamente acomodada y genera una miseria creciente en pueblos y poblaciones. Así pues, todos aquellos partidarios de una economía mundial globalizada no son más que distintas opciones incapaces de identificar el gran mal de nuestro tiempo. Si no lo hacen, no es solamente porque ellos mismos no lo adviertan, sino porque la población tiene una percepción muy débil de lo que implica la globalización y para ella no es un tema capital.

Pero la globalización cristaliza en dos direcciones: de sur a norte en flujos migratorios tendentes a abaratar salarios y destruir la identidad de los pueblos, y de norte a sur en forma de deslocalización en busca de abaratar costes de producción y aumentar los beneficios de las inversiones. Y estos elementos si que son, necesariamente, muy visibles para la población: el primero porque altera el sustrato étnico de los países y su perfil identitario, generando, además, todo tipo de disfunciones y patologías sociales (empezando por la inseguridad y terminando por el choque de etno-cultural). El segundo, la deslocalización, porque reduce los puestos de trabajo de la economía real y los traslada a otros horizontes.

En este mismo blog existen decenas de artículos sobre esta temática. Si hoy volvemos a recordar lo que ya hemos dicho es, precisamente, porque estamos ante unas nuevas elecciones y hace falta decantar posiciones: aunque un partido político se niegue a ir en contra de la corriente en materia de globalización, alegando que no es tema sobre el que la población esté particularmente sensibilizada, hace el mismo trabajo oponiéndose a las deslocalizaciones empresariales y a la inmigración masiva. Y la pregunta es: ¿algún partido tiene claro los riesgos de estos dos fenómenos? Gracias a ellos, España ha pasado de ser un país productor de manufacturas industriales a un país importador de esas mismas manufacturas. Y, por otro lado, un país homogéneo en su población, se ha convertido en un damero multicultural de grupos inintegrables que generan disfunciones en materia de seguridad (lo hemos dicho muchas veces: a pesar de que la mayoría de inmigrantes hayan venido aquí para trabajar, lo cierto es que la mayoría de delitos son cometidos por inmigrantes), por no hablar de la ruptura etno-cultural que se está produciendo especialmente en las grandes ciudades. Sin olvidar que la comunidad que más crece es la islámica que no comparte ni uno solo de los principios de organización y valores del mundo occidental.

Si existe un problema de seguridad en las grandes ciudades es SOLO porque se ha producido un aluvión migratorio. Si existe un problema irresoluble generado por los menas es SOLO porque a la falta de respeto por la ley de inmigración se une una ley del menor contemplada para NUESTROS MENORES, no para miles y miles de niños enviados por sus padres a un país en el que les está permitido hacer cualquier cosa que se les ocurra. Si existe violencia doméstica y agresiones sexuales en manadas, es porque, en su inmensa mayoría estadística, están protagonizadas por inmigrantes que han entrado sin respetar la legalidad vigente en materia de inmigración y que, a partir de ahí, creen tener patente de corso para cualquier exacción, capricho o perversión. Y si existe un lastre para los servicios sociales y para los presupuestos es por los costes de una inmigración íntegramente subsidiada: todo euro de ayuda a la inmigración masiva es un euro que se retrae a los que hemos construido este país durante generaciones.

Ni era necesaria la inmigración cuando fue favorecida para el aznarismo, ni lo es ahora, cuando, cada vez es más evidente que, se trata de un grupo social subsidiado que crea más problemas de los que resuelve y que, para colmo, tal como se acaba de demostrar en Hungría, hubiera bastado con una simple campaña demográfica y de estímulo a la natalidad, para que hubiera sido innecesaria. Pero, para eso, hubiera sido preciso que la clase política pensara en España y en su futuro, no en los cuatro años que dura una legislatura y con una ignorancia absoluta de cualquier perspectiva a un plazo más largo.



Mirad las calles y mirad vuestra sociedad: resolviendo el problema de la inmigración masiva, el mercado laboral volvería a la normalidad, las cargas sociales del Estado se verían liberadas de esa inmensa aspiradora de recursos que es la inmigración masiva. Las calles se verían libres de delincuentes en un 85% y solamente permanecerían entre nosotros aquellos inmigrantes necesarios que han llegado para trabajar y ganarse honradamente la vida.

Quedaría pensar sólo en cómo “relocalizar” la industria y eso es algo que no compete solamente a España, sino que debería realizarse en el marco de la Unión Europea. No es tan difícil: comercia con aquellos países que mantienen el mismo sistema jurídico, social y productivo. En realidad, existen problemas irresolubles (como el agotamiento de recursos o el aumento de la población), pero otros sí tienen fácil solución: la lucha contra la inmigración ilegal y masiva pertenece a estos últimos: basta con ligeros cambios legislativos para desembarazarnos de legiones de delincuentes y desincentivarlos de actuar en España, basta con algo tan simple como entregar a los miles de niños marroquíes a su embajada para que los reúnan con sus padres, basta con hacer pasar por la puerta de salida a los que han cruzado la valla de Ceuta o Melilla y basta, con hacer abandonar el país a inmigrantes que hayan delinquido, no demuestren un trabajo estable en los últimos años o células familiares que hayan recibido más subvenciones y generado más gastos públicos que ingresos. Bastaría con que se cumpliera la ley de inmigración, en lugar de aceptar el chantaje de ONGs subsidiadas con dinero público y campañas de pobres tontos estilo “Welcome refugies” o “ningún ser humano es ilegal”. No hace falta construir muros sino solamente garantizar la integridad de nuestras fronteras. Eso es todo. Y esto compete a las autoridades españolas. Si Hungría ha resuelto el problema ¿acaso España no lo podría resolver igualmente?

Así pues: no estoy dispuesto a votar, ni siquiera a considerar el voto a ningún partido, que no presente en primer lugar, en letras bien grandes y destacadas, las propuestas para resolver la cuestión de la inmigración. El tema del independentismo catalán ya ha sido redimensionado a su tamaño de “tigre de papel”, el resto de los problemas -incluso el económico- están vinculados, directa o indirectamente, a la inmigración masiva. Así que recomiendo votar solamente a opciones que tengan MUY CLARO como actuar ante este problema, sin miedo a vulnerar la corrección política y a reconocer aliados en Europa

La ambigüedad ya no puede ser una opción electoral.





viernes, 13 de septiembre de 2019

CRÓNICAS DESDE MI RETRETE (2) PREPARAROS PARA UN NUEVO CHOU ELECTORAL


No lo tenemos presente, pero llevamos desde el 28 de abril, dentro de poco cinco meses, sin gobierno o lo que es lo mismo “con un gobierno en funciones”. No nos engañemos: Pedro Sánchez tenía pocas opciones tras el resultado de las últimas elecciones. O bien se aliaba con los Cs o bien lo hacía con Podemos. A los primeros, por el camino, se les cayó media dirección del partido, iniciando lo que puede considerarse como la “tercera muerte” del centrismo (la de UCD fue la primera y la del CDS la segunda). Y en cuanto a Podemos… bueno, los más derrotados en aquellas elecciones eran los que tenían aspiraciones más altas y sin querer revisar su imagen. Desde mediados de mayo, cuando todo esto ya era muy evidente, Sánchez encargó al CIS el marcarle el momento más adecuado para una nueva consulta en la que pudiera obtener los escaños necesarios para gobernar en un país sin cultura de coalición y, de hecho, sin cultura política en general.

Las elecciones generales están, pues, cantadas. Pero los problemas a los que se enfrenta Sánchez son dos:

1) Malas perspectivas económicas 

Cuando la maquinaria alemana se ralentiza, la economía europea hace otro tanto y si entra en recesión, al cabo de unas semanas, esta recesión se extiende a toda Europa. Miente quien diga que esta será una nueva crisis económica. En absoluto, es la prolongación de la anterior, de la iniciada en 2007 y no reconocida oficialmente en España hasta dieciocho meses después. Es una crisis internacional y poco importa cuál es el detonante concreto: es, como la anterior, una muestra de la crisis y de la inviabilidad de la globalización: el mundo es demasiado desigual para poder aplicar las mismas reglas en todo el globo. Un sistema que solamente beneficia al capital especulativo, es un sistema querido únicamente por los grandes consorcios de inversión, por las grandes empresas de capital riesgo y por la alta finanza, compuesta por una élite económica que absorbe toda la riqueza mundial para garantizar un mínimo del 5% de beneficios.

Alemania se da cuenta ahora de que no puede competir con China ni siquiera en productos tecnológicos. EEUU que lo sabía desde hacía años, no está ya en condiciones de marcar la agenda de la economía mundial, por mucho que Trump intente romper -en beneficio de EEUU- la actual interpretación de la globalización. La crisis empieza a notarse en los países más débiles o con una economía más precaria (Argentina), arrastrará a otros del mismo hemisferio y se prolongará a Europa, especialmente en zonas como España en la que todavía no se han disipado los efectos de la anterior crisis.


Hoy, diez años después, cuando nuestra economía es todavía más tributaria del turismo internacional (y éste ha descendido en España casi un 1,5% este año y quizás más al final), cuando nuestra sociedad está lastrada por cinco millones de inmigrantes improductivos y subsidiados y por unas autonomías basadas en el despilfarro, va a sufrir, como ningún otro país europeo el nuevo embate de la crisis. Y, posiblemente, en esta ocasión, lo que queda de nuestra industria del automóvil se resienta, generando otro millón de parados irrecicables. Además, esta crisis sobreviene en un momento de mutación imparable impuesto por la robótica que, en apenas 10 años, morderá el 25% de los puestos de trabajo actualmente existentes. A esta oleada seguirá en la década siguiente, la sangría generada entonces por la inteligencia artificial que obviará millones de puestos de trabajo relacionados con las nuevas tecnologías.

Así pues, lo que tenemos ante la vista, gobierne quien gobierne, es un panorama de crisis permanente con crestas más graves (la que tendrá lugar en 2020-2022, como la que tuvo lugar entre 2008 y 2011) y en la que, como máximo, puede aspirarse a gobiernos que administren mejor las crisis y reconozcan la gravedad insostenible de algunos problemas (mundo globalizado, inmigración masiva, deslocalización, inseguridad creciente en todos los órdenes, quiebra de la enseñanza, proceso general de aculturización y pérdida de identidad, ineficacia de las instituciones) y ante las que absolutamente ningún partido es capaz de trazar un diagnóstico realista que tendría como corolario: “prepararos para lo peor, porque la situación está muy deteriorada para que el gobierno de un partido pueda resolverlo”.

2) Volatilidad del voto

Inicialmente, Sánchez creía que mostrándose dialogante haría aparecer al resto de partidos (especialmente a Cs y a Podemos) como responsables de que no se pudiera formar gobierno. Y eso implicaba un corrimiento de votos de derechas y de izquierdas hacia la sigla PSOE. Pero no está claro que esta tendencia vaya a darse en la práctica. Si estuviera tan claro, el 1º de septiembre, Sánchez habría convocado nuevas elecciones. No lo ha hecho, por tanto, cabe esperar que algo están detectando los cocineros del CIS que no puede enmascararse fácilmente y que indica prudencia.

No puede extrañar que, a principios de septiembre, la fiscalía del Estado haya decidido dar una nueva cornada al PP. El momento era el más adecuado. Justo cuando este partido empezaba a recuperarse y cuando franjas de electores que se había mudado a Cs y a Vox, empezaban a retornar, aparece este nuevo episodio de corrupción que frenará esta tendencia, o al menos la ralentizará.

Luego está el tema de la sentencia por el 1-O que debería publicarse cualquier día del mes de septiembre o de principios de octubre y lo que ocurrirá a continuación. Algo que nadie puede prever. Ahora bien, el bajón de asistencia a la “diada independentista” del 11-S, la evidente falta de entusiasmo de los partidos indepes, hace pensar que no se producirán cambios importantes, es más, que el “procés” es cosa del pasado y que la pequeña comunidad de Waterloo se extinguirá por sí misma. Las direcciones independentistas creen que las protestas reavivarán su causa, algo que no es del todo evidente. Como máximo aumentarán el sentimiento de victimización; nada más.

Sánchez no puede ceder antes de las elecciones indultos ni similares, sin el riesgo de perder parte de sus votos unitaristas. Además, aunque cambalacheara indultos por apoyo político, los indepes han sido siempre insaciables: quieren más y más y la UE ya no deja a Sánchez margen para mayores niveles de autonomía (como demostró la declaración tajante del parlamento francés o los portazos, uno tras otro, que recoge el paleto de Waterloo). Ceder para Sánchez, implica perder (en Cataluña un poco, en el resto de España mucho). Por lo demás, todos los analistas coinciden en que el independentismo es asunto zanjado y que se irá extinguiendo por sí mismo con el paso del tiempo.

Tras las próximas elecciones, de Podemos quedará muy poco: Sánchez les ha deparado tres meses de humillaciones y solamente le ha quedado decir: “Pero, hombre, Pablito, ¿Cómo siguen con esa coleta y esos aires de bachiller? ¿no ves que no das la talla, para ser ministro? ¿Y eso de llamar a tu partido “Unidas Podemos”? ¿crees que es serio? Como si yo llamara Carmen Calva a mi brazo derecho… ¿No ves que eres un cadáver político?”. No lo ha dicho, pero toda España sabe que lo ha pensado y que esos razonamientos, en el fondo, son los que han llevado a la marginación de Podemos desde el primer momento. Para colmo, Podemos no se ha enterado de que ya no es el producto del “movimiento de los indignados”, sino un residuo del PCE que, a su vez, es un residuo de Izquierda Unida, al que se le han agregado freakys, “ideólogas de género”, porreros y veganos que quieren impedir que violencia a gallinas y vacas… Podemos fue el gran perdedor de las anteriores elecciones y volverá a perder en la próxima consulta.


Análogo destino va a tener Cs, cuya agonía se presenta como inevitable y fugaz cuando se cierren las urnas ¿en noviembre? Y es que el gran problema de Cs ha sido el no definir previamente lo que haría con los votos de los ciudadanos: o para apoyar al PSOE o para apoyar al PP. En cualquiera de los dos casos, tenían poco margen de maniobra y muchas contradicciones internas. La presencia de Valls en Barcelona, creyendo que, podría utilizar el ayuntamiento para escalar a la presidencia del partido, puede darse en estos momentos por desmantelada.

Por otra parte, Cs y PP deberían empezar a pensar que no les vendría nada mal presentarse unidos en algunas circunscripciones en las próximas elecciones. Pero España no es país para coaliciones, por mucho que, cuando se conozcan los resultados de las próximas elecciones, quizás la fórmula de “gran coalición” (PSOE+PP) sea la única capaz de gestionar lo que se avecina.

Queda Vox. Desde las elecciones de abril, Vox no ha terminado de convencer a muchos electores: los que pensábamos que podría ser una buena opción anti-inmigracionista, no hemos vistos grandes avances en esa dirección. No se ha oído la voz de Vox con la fuerza que hubiera sido de desear en ninguno de los grandes temas: afrontar decididamente la inseguridad ciudadana, necesidad de endurecer las leyes, repatriación de MENAS y de inmigrantes ilegales… El elector que votó a Vox en abril, “quiere más”: ya no basta con twiters de los diputados o de Abascal sobre esto o aquello, quiere movilizaciones, quiere voz bien alta en el parlamento, quiere que un nutrido grupo de diputados despierte a la población y suponga un revulsivo a la dinámica conformista y mortecina del congreso de los diputados. Y, de momento, el elector de Vox no ha visto nada de esto… El margen que tiene el partido para rectificare es reducido y, de no hacerlo en los próximos días, perderá buena parte del crédito que obtuvo en abril. El momento de Vox llegará cuando se evidencien los momentos más duros de la crisis que se avecina y solamente si sabe distinguir los problemas graves y urgentes de los problemas obsesivos de la derecha de la que nació y de las sectas católicas presentes en sus entrañas.

Todo esto para decir que el tiempo en el que los partidos eran propietarios ad infinitum de un “electorado cautivo”, han quedado atrás. Desde la crisis de 2009, el voto se ha convertido en algo volátil para un 30-35% del electorado. Hoy está allí, mañana apoyo a los contrarios, pasado se abstiene y en las elecciones siguientes vota masivamente. Y todo esto, con una clase política cada vez de perfil más bajo, unos discursos políticos en el parlamento al nivel de enseñanza primaria y un estado de degradación creciente en todos los órdenes de la vida social.

Lo más terrible que enseñaron las elecciones de abril fue que España no tiene solución y que, ante la crisis, siempre habrá dirigentes políticos, que, caminando con paso firme hacia el abismo, dirán a sus electores: “España va bien” y que, cayendo, incluso, por el precipicio, tratarán de dar sensación de seguridad, no sea que vayan a perder algún voto.

Pero ni España va bien, ni hay en perspectiva la intuición de que aparecerá un “cirujano de hierro” que remedie la situación. ¿Elecciones? ¿para qué si aquí no hay posibilidades de que cambie nada?

jueves, 12 de septiembre de 2019

Crónicas desde mi retrete (1) LA CUNETA DE LA HISTORIA Y LA CATALUÑA DE LAS MIL Y UNA NOCHES.



El regionalismo fue una exigencia de la alta burguesía catalana que aspiraba, mediante el proteccionismo y el supremacismo, a liderar económicamente España. El independentismo surgió con los cambios históricos que rodearon a la Primera Guerra Mundial. Ya desde la República empezó a estar claro que el “nacionalismo catalán” o era independentismo o no era nada y que la burguesía regionalista o estaba del lado de España o se la comía el movimiento obrero que no tenía nada que ver con el independentismo. Quizás estos conceptos sean difíciles de asimilar en nuestros días, pero, a poco que se conozca la historia reciente de Cataluña en los dos últimos siglos y uno no esté presa del esquematismo sentimentaloide nacionalista, llegará a las mismas o a parecidas conclusiones.

Así pues, el “regionalismo” nace en un momento de crisis del foralismo carlista y de auge de los negocios en Cataluña. Es decir, entre la primera y la segunda revolución industrial. Y ahí se queda. Aquella fue, efectivamente, la época de los “nacionalismos” y ahí donde había un grupo de burgueses interesados en defender sus buenos negocios, allí había un “proyecto nacional”. Extremando el análisis, incluso podría afirmarse que el regionalismo catalán fue el hijo de la primera revolución industrial (la del vapor) y que el nacionalismo correspondió a la segunda revolución industrial (la del motor de explosión)… Está claro que el nacionalismo es un eufemismo que, inevitablemente, desemboca en el independentismo, casi por inercia (¿qué nación no aspira a tener un Estado propio y a ser independiente?).

Y la pregunta es: ¿se han dado cuenta los independentistas de que estamos saliendo de la tercera revolución industrial (la de la informática) y entrando en la cuarta (la de la inteligencia artificial)? La cuestión es esencial, no solamente para el independentismo catalán sino para el nacionalismo español: el modelo “Estado-Nación” correspondía a un tiempo histórico determinado que pertenece al pasado, no a nuestro tiempo. España, por ejemplo, no ha tenido siempre esa configuración. De hecho, la tuvo a lo largo del siglo XIX, antes era un “reino” y antes de serlo, existían “las Españas” y, antes aún, condados y reinos feudatarios de otros, y antes fue una parte del Imperio Roma y antes aún una unidad geopolítica perfectamente definida por el mar y por los Pirineos y por una cultura que, históricamente, estará vinculada al mundo clásico greco-latino, al mundo germánico, y a la catolicidad medieval, síntesis ambos… En cada momento económico se alteran los conceptos y lo único que permanece es el sustrato cultural y geopolítico.

El hecho de que el concepto de España como Estado-Nación esté en crisis (que lo está) no implica que la solución consista en encontrar en momentos concretos y muy puntuales del pasado, una inspiración, sino en reconocer que la evolución del contexto científico-económico va generar cambios de envergadura y nuevos “mitos fundacionales”. La miseria ideológica de independentismo catalán se percibe en toda su envergadura cuando tiene necesidad de recurrir a la falsificación y a la alteración histórica para hacer valer sus argumentos: desde la traición de Pau Clarís, hasta la guerra de Sucesión (que no de “secesión”), hasta el mismo origen del catalanismo político. Pero todo esto que, como cualquier otro episodio histórico, es discutible, no supone nada frente al hecho cierto e incontrovertible de que la época de los Estados-Nación ha quedado atrás y que no se superará fraccionando a los actuales Estados en piezas minúsculas, sino, por el contrario, en unidades mayores. Es algo de lo que las mentes más lúcidas del continente ya eran conscientes hace exactamente un siglo y que hoy es una necesidad apremiante.

Sirva todo esto para decir que el nacionalismo catalán sobrevivirá mientras detente las llaves de la generalitat de Cataluña, es decir, mientras tenga a mano las llaves de la caja y financie ella misma su propia supervivencia política entregando fondos cuantiosos a sus partidarios y creando un mecanismo de control ideológico a través de la enseñanza y de los medios de comunicación subsidios y oficialistas. Todo esto les permitirá seguir viviendo a costa del dinero público y mantener la ficción de unos ideales trasnochados y de otra época, pero ni siquiera esto le servirá para forjar la “Cataluña Nación-Estado” con la que sueñan. Porque, repetimos, es inevitable reconocer que el tiempo de los Estados-Nación ha quedado superado y que la historia no da marcha atrás hacia formas medievales de organización.

¿Qué puede aportar el nacionalismo catalán a la tercera y a la cuarta revolución industrial? Lo que ha podido aportar ya lo tenemos: llamar al hardware “maquinari”, al software “programari” y al mouse “ratolí”. Eso es todo. Encomiable, pero limitado. La gencat no puede luchar contra el gigantismo de los tiempos modernos que, para mayor crueldad, la ha condenado a tener que coexiste con una lengua pujante que se configura como una de las que más están siendo habladas en la actualidad y más futuro tiene. En la misma historia del “procés” se percibe que sus mentores hubieran sido capaces de cualquier cosa, incluso de vender Cataluña al peso a Soros, a los chinos o a quien estuviera dispuesto a quedarse con la parte del león de un Estat Catalá, a cambio de un apoyo para la independencia…

Pero la independencia catalana no es hoy, para nadie, un buen negocio. Incluso Soros tiene más intereses (en comandita con Goldman Sachs) en Madrid que en Barcelona y respecto a los chinos, temen que una intervención irresponsable les impidiera progresar en la Unión Europea que, a fin de cuentas, no es más que los antiguos Estados-Nación que caminan renqueando y con muletas, sin tener valor para forjar un futuro común dada la escasa calidad de su clase política, en el mundo que se inicia se la cuarta revolución industrial.

El carcamal sentado en la presidencia de la Generalitat o el paleto de Waterloo, está claro que ni entienden ni son capaces de asumir la dirección en la que circula nuestro momento histórico. Creen que hace cinco años hablando de “2.500.000 de asistentes a la diada” (cifra de la ANC y el Onmium) y que ayer aludiendo a “600.000 asistentes”, lo resuelven todo: “las masas quieren la independencia”. Ni entonces ni ahora las cifras corresponden a la realidad, pero ¡qué importa! Todos mienten y todos lo saben en esto de las cifras para consumo interior. Lo que cuenta es el hecho objetivo: el tiempo del nacionalismo y el tiempo del independentismo han quedado atrás. Que ellos no lo adviertan no es problema: la misma dinámica histórica se encargará de recordárselo. Las cunetas de la historia están llenas de cadáveres similares desde los barqueros del Támesis en el siglo XVIII hasta los que se les ocurrió abrir un videoclub en 1995…

El nacionalismo independentista ha engañado a la historia simplemente porque ha detentado la llave de la caja durante estos últimos 40 años y ha impuesto el control ideológico de la sociedad. Esto ha generado una Catalula que se ha negado a sí misma: la tierra del “seny” ha pasado a ser el paraiso de la “rauxa”. Pero lo inevitable, antes o después, termina ocurriendo. El criado del mercader de Bagdad de esta historia tiene un destino idéntico al del independentismo catalán. La historia la habréis oído, pero quizás no contada por la pluma de Cortázar

Había en Bagdad un mercader que envió a su criado al mercado a comprar provisiones, y al rato el criado regresó pálido y tembloroso y dijo: señor, cuando estaba en la plaza del mercado una mujer me hizo muecas entre la multitud y cuando me volví pude ver que era la Muerte. Me miró y me hizo un gesto de amenaza; por eso quiero que me prestes tu caballo para irme de la ciudad y escapar a mi sino. Me iré para Samarra y allí la Muerte no me encontrará. El mercader le prestó su caballo y el sirviente montó en él y le clavó las espuelas en los flancos huyendo a todo galope. Después el mercader se fue para la plaza y vio entre la muchedumbre a la Muerte, a quien le preguntó: ¿Por qué amenazaste a mi criado cuando lo viste esta mañana? No fue un gesto de amenaza, le contestó, sino un impulso de sorpresa. Me asombró verlo aquí en Bagdad, porque tengo una cita con él esta noche en Samarra. (Julio Cortázar, Cita en Samarra).


miércoles, 11 de septiembre de 2019

En recuerdo de Stefano delle Chiaie


"Sé que nuestra presunción de cambiar el mundo fue considerada por muchos como un sueño loco. En una de mis notas dispersas he encontrado una reflexión de Corneliu Codreanu: "Sé algo con certeza: entre el suelo y la gris resignación de quien duda sin atreverse, prefiero el sueño. Porque el sueño es el motor de cualquier empresa". Preferimos el sueño. Muchos, incluso en frentes opuestos, soñaron. Cuando nos han obligado a todos a despertar, nos hemos encontrado en un desierto de ideas y de emociones. Pero entonces ¿no fue más noble nuestro sueño que la realidad que nos ha vencido?"
Stefano delle Chiaie (El Águila y el Cóndor)

Es con profundo dolor que hace unas semanas, un querido amigo romano, nos comunicó el ingreso en el hospital de Stefano delle Chiaie, aquejado de un cáncer terminal. Desde entonces esperábamos que no llegara la triste noticia de su fallecimiento. Sin embargo, el martes, a las 5:00 a.m., cuando el sol de septiembre se empieza a intuir por el Este, se produjo el desenlace.

Lo que Stefano quería que se dijera sobre él mismo, lo dijo en su testimonio, “El Águila y el Cóndor – Memorias de un militante político” que, nosotros mismos tradujimos y editamos hace apenas unos meses. Si resaltaremos cuatro aspectos generales de su vida y de su trayectoria política.

El primer de todos es que su nombre ha quedado unido a las “masacres” que se produjeron en Italia desde finales de los años 60 hasta principios de los 80. La magistratura, mediante “arrepentidos” o simples montajes, intentó implicarlo en las masacres de Piazza Fontana y de Bolonia, de las que, en ambos casos, resultó absuelto en las distintas instancias judiciales. Pero, eso es lo de menos: lo importante, es que, tras su retorno de Venezuela, cuando recobró la libertad, él mismo se preocupó hasta la saciedad de que se supiera la verdad sobre aquel episodio negro en la historia de Italia. Declaró y participó en la “Comisión de las Masacres” organizada por el parlamento italiano. Así pues, Stefano, no solamente no tuvo nada que ver con las “masacres” que se le imputaron (y de las que salió absuelto), sino que hizo todo lo posible por tirar del hilo para que los verdaderos culpables salieran a la superficie, en un gesto que le honró y que le ocupó en buena parte de los años que vivió en libertad tras su retorno a Italia.

Stefano, en segundo lugar, participó en todos los episodios políticos que se produjeron en la Italia de la postguerra y que demostraron que una parte importante de la juventud italiana no había bajado la cabeza y aceptado el orden impuesto en Yalta desde los años 60 hasta los 80. Los nombres de Valle Giulia, de Reggio Calabria, del Golpe Borguese, de Avanguardia Nazionale, la organización que fundó en 1960, lo evidencian. Y lo hizo en calidad de dirigente político, consciente de su compromiso doctrinal e irreductible. Por eso fue atacado de manera preferente y criminalizado por medios de comunicación, por servicios de inteligencia, por partidos políticos del “arco constitucional” y, por una extrema-izquierda que lo temió. El hecho de que todos estos ambientes, representantes del orden de Yalta, apuntaran de manera preferente contra él desde principios de los años 60 hasta ahora que ha fallecido, es buena muestra de que era considerado como “el gran enemigo”, el adversario irreductible capaz de convertir en realidad un diseño político alternativo.

En tercer lugar, fue de los primeros camaradas que comprendió que la evolución de la civilización hacía necesario combatir a los adversarios en un teatro internacional. Stefano no era un “nacionalista italiano”; había asumido lo que Julius Evola le supo transmitir: que la patria está allí en donde se combate por la idea. Allí donde estuvo realizó los mismos trabajos de agitación, propaganda y organización que había llevado en Italia. La prensa habló de una fantasiosa “internacional negra” que jamás existió, pero sí es cierto, que son muchos los países en los que estuvo entre los años 70 y 80 y en donde hizo valer su personalidad política con el único aval de su valía personal y sin que mediera acta de diputado o título alguno.

Fue en esas circunstancias como lo conocí en 1972. Debo descender, en última instancia, al plano puramente personal para recordar que yo recorría los ambientes “patrióticos” y “nacional-revolucionarios” desde 1968, cuando tenía 16 años. Intuía por aquello que había que combatir e incluso había intentado asumir una preparación autodidacta (en aquella época y en nuestro ambiente, no había “maestros” que nos enseñaran cómo hacer política, ni las líneas doctrinales de nuestro estilo), pero no fue sino hasta que conocí a Stefano en un bar de la Gran Vía barcelonesa, cuando empecé a entender los mecanismos de la política, sus necesidades, y a completar mi visión doctrinal. Le debo mucho en este sentido.

No es raro, por tanto, que, para mí, como para muchos de nosotros, fuera el único jefe político al que he reconocido como tal a lo largo de cuarenta años de militancia política y al que no tengo el menor inconveniente seguir hasta donde me lo hubiera ordenado. Creo que soy una persona afortunada: no todos pueden decir lo mismo en nuestra desgraciada época, cuando tener un Jefe digno de tal nombre es, simplemente, un lujo.

Con Stefano ha muerto uno de los representantes de la “generación puente” entre la que hizo la guerra con los fascismos históricos y las nuevas generaciones que aspiraron a recoger la bandera de los valores de la tradición y de la libertad de Europa, del Estado Social y de la victoria de la sangre sobre el oro.

Su imagen tiene dos perfiles: el personal, con su rostro, su humor, su sentido crítico, su autoridad y energía, que todos recordaremos; y el comunitario, representado por la runa de Avanguardia Nazionale. Yo espero que cada vez que pensemos en la revolución que Europa necesita, veamos esa runa como síntesis de unos ideales irrenunciables y que suponen la cristalización de la mejor esencia de nuestra raza, la raza de los irreductibles y de los que no conocen la traición y recordemos que Stefano fue el mejor de los nuestros y, como tal, el más atacado.

El sentimentalismo no pertenece a nuestra familia de pensamiento y el uso de una retórica ampulosa sobre los camaradas muertos, era algo que no tenía nada que ver con Stefano y que le hubiera disgustado. Era partidario del lenguaje lacónico. Se le podrá a acompañar por última vez el jueves a las 15:30 en la Basílica de San Lorenzo Extramuros de Roma.

Inútil decir que su recuerdo permanecerá con nosotros para siempre.

lunes, 12 de agosto de 2019

EL INDEPENDENTISMO ANTES DEL 11-S-2019



Carod Rovira anunció la independencia de Cataluña para el 2014: estamos en 2019 y, nada. Por tanto, el proyecto indepe es, hoy por hoy, un proyecto fracasado por imposibilidad de conquistar el objetivo propuesto. Carod hizo esta declaración en 2004… pero, a pesar de la agitación independentista que siguió desde entonces, la realidad es que el independentismo está ahora mucho peor que cuando se fijó la mítica fecha: el 300 aniversario de la caída de Barcelona en manos de las tropas borbónicas.

LA DEBILIDAD DE LAS "FUERZAS UNIONISTAS"

La crisis del independentismo sería mucho menor, si las fuerzas políticas “unionistas” tuvieran más calidad que las independentistas. Pero no ocurre así: el PSOE sigue siendo esa masa coriácea, blandurria y amorfa que sigue con fidelidad perruna las últimas orientaciones emanadas de los centros de elaboración doctrinal de la porogresía (ideologías de género, multiculturalismo, humanismo desenfocado). Ciudadanos no es más que la reedición de un imposible centrismo que despega en momentos de crisis y que periclita cuando terminan. El PP es hoy, más que nunca, una “derechita blandita”, recién recuperada de su propia crisis, sin resuello ni energía para aplicar políticas de Estado. Podemos es una irrisión casi infantil de aquella “enfermedad infantil del comunismo” de la que hablara Lenin, y, finalmente, Vox duda entre ser un PP(auténtico) o imitar a los populismos europeos, con el riesgo de que unas próximas elecciones lo laminen hasta la irrelevancia y completamente ausente en algunas regiones como Cataluña.

No es raro que, ante esta realidad, los “unionistas” (o, más bien, los no independendistas) no hayan estado en condiciones de realizar campañas políticas en Cataluña para recuperar el sentido del Estado en esta región. Incluso durante el seudo-referéndum del 1-O los propios independentistas tuvieron que colocar carteles de “Vota NO” para dar la sensación de que existía oposición. Nunca hubo carteles en las calles de Cataluña de: “El 1-O sólo votan los independentistas, los inteligentes aprovechan el domingo par algo más útil”. Todos los “unionistas” confiaban en la “legislación” y en los “tribunales” para que resolvieran la cuestión y todos se sentían liberados de la pesada tarea de hacer pedagogía en las calles de Cataluña o, simplemente, recordar lo insensato de la aventura.


En realidad, hasta ahora, Cataluña era España por la historia común pasada, pero en la actualidad, sigue lo es más que nunca porque todos los problemas y las lacras que están presentes en el Estado son compartidos sin excepción en Cataluña. El cimiento de la unidad del Estado era ayer unas instituciones, unos objetivos, una bandera comunes, mientras que hoy es una crisis exactamente igual en Salt que en El Ejido, una corrupción de idénticas dimensiones en Sevilla y en Gerona, y una deficiente calidad de la clase política a un lado y a otro del Ebro.


EL INDEPENDENTISMO ANTE SU ESTACIÓN TERMINUS

A pesar de los esfuerzos empleados, a pesar de los medios de propaganda comprometidos en la tarea, a pesar de la coyuntura objetivamente favorable que se registró a partir del inicio de la crisis económica de 2009, los independentistas hoy se encuentran mucho más lejos del objetivo propuesto que cuando iniciaron su andadura convenciendo al pobre Pascual Maragall, ya cuando tenía avanzada su enfermedad, de iniciar el camino hacia el “nou Estatut”… que debería ser, simplemente, la excusa para el paso siguiente, la independencia. Y Maragall y, con él, el PSC, creyeron que el objetivo de sus socios de ERC era, simplemente, elevar ligeramente el techo del autogobierno…

Esa coyuntura, mezcla de crisis económica, crisis del Estado con el timón en manos de un ignorante permanentemente en las nubes, ZP, sin formación doctrinal, y con unas vagas referencias culturales extraídas de los boletines de la UNESCO, sin resistencia real organizada por parte de la Cataluña unionista que creía que el Estado asumiría la tarea, y sin que la UE se pronunciara claramente (a pesar que, desde el principio, estuvo claro que la UE era una “unión de Estados nacionales”), etc, es una situación que jamás volverá a darse. Además, los independentistas olvidan que la formación de un “nuevo Estado Nacional” es algo que pertenece ya al pasado, un elemento propio de la segunda revolución industrial y no de la cuarta en la que nos encontramos.

En el archivo de infoKrisis existen artículos suficientes como para resaltar que jamás nos tomamos en serio el secesionismo y nunca albergamos la menor duda de que cualquier esfuerzo en esa dirección era una inútil “vanidad de vanidades”. La situación actual es la siguiente: todo lo que los independentistas y nacionalistas (la barrera ha quedado definitivamente rota: hoy todos los independentistas son nacionalistas, aunque no todos los nacionalistas crean que la independencia sea posible) no han conseguido, es algo que ya no lograrán nunca más en el futuro.

Su principal error ha sido no comprender la realidad del tiempo nuevo y lo arcaico del concepto “Estado Nacional”. En segundo lugar, pensar que, al controlar los medios de comunicación catalanes, tenían fuerza suficiente como para obtener la independencia y pensar que el proceso previo de “catalanización”, era suficiente como para que la mitad más uno de la población se decantara hacia el independentismo y… se produjera la independencia. En tercer lugar, pensar que la legislación del Estado español no prevenía procesos secesionistas. De ahí estos tres errores ha derivado la situación actual.

EL INDEPENDENTISMO EN EL TÓRRIDO VERANO DE 2019

¿Cuál es la situación actual del independentismo? En recesión. Un movimiento que no logra sus objetivos, no puede insistir eternamente en ellos, haciendo creer a sus partidarios que la independencia está al alcance de la mano, pero no legando nunca a ella. Si persiste en esa vía, se deshinchará, antes o después. El momento alguno del movimiento fue el 1-O de 2017… después no le quedaba más que periclitar, especialmente, a partir del momento en el que las movilizaciones fueron siendo cada vez más restringidas y las dos convocatorias de “huelga general” se saldaron con fracasos históricos: embotellamiento en la entrada de BCN, eso fue todo.
En la actualidad:

1) No hay hoja de ruta, de ninguno de los grupos independentisas. Y lo que es peor para ellos: no la hay, simplemente, porque no puede haberla. La única salida sería la insurrección armada y eso no hay absolutamente nadie en el campo indepe que se atreva ni siquiera a proponerlo.

2) Existen dos fracturas que cada vez se van ampliando:

- la que se da entre partidos y “movimientos sociales”, esto es, entre ERC-CUP-PDCat a un lado y a otro la ANC y el Omnium.

- la que se da dentro de cada uno de los integrantes de estos grupos y que cristaliza en fraccionamiento, aparición de nuevos grupos (tanto partidos como asociaciones) y en las discrepancias interiores cada vez mayores sobre la orientación política de cada grupo.

3) Por el momento, los costes de multas, abogados, propaganda, de los procesados, los va abonando la ANC, esto es, los va pagando la población catalana con sus impuestos que, en forma de subvenciones de la gencat y de los ayuntamientos comprometidos van a parar a esta asociación. Pero esto tiene un límite, especialmente porque lo que les va a doler más a los procesados en el juicio contra la cúpula indepe y a los que posteriores, se saldarán con unos pocos años de cárcel, pero con auténticas crujidas económicas en concepto de multas, indemnizaciones, responsabilidad civil y costas procesales. Y muchos empezarán a pensar que todo lo que se pague por estos conceptos es dinero que se retrae de nuevas campañas indepes.

Desde el punto de vista internacional, no hay más cera que la que arde: el patético pipiolo de Waterloo y su séquito cada vez parecen más aislados y ni siquiera han logrado popularizar su causa en Europa. Gastan recursos, pero no generan avances políticos.

Desde el punto de vista político: el PDCat ni siquiera tiene claro su propia existencia y su misma sigla, ni mucho menos cuál es su orientación aunque intenta competir con ERC en liderar el “independentismo”… En su interior, los nacionalistas no indepes (o más bien que, entienden la imposibilidad del objetivo independentista) están desmovilizados y en silencio, murmurando en pequeños círculos. E incluso en ERC estos mismos síntomas aparecen en el horizonte: cada vez son más, dentro de estos dos partidos, los que piensan que hay que darse un pase por la “realpolitik” y abandonar el idealismo titánico que les ha llevado al punto en el que se encuentran. Torra es un fantasma que ni pincha, ni corta, y que en los meses que lleva al frente de la gencat no ha podido ganar propio prestigio como dirigente político, ni siquiera aparecer como un personaje carismático o relevante: no es raro que Artur Mas intente subirse de nuevo al carro de la política (cuando la ANC le ha salvado de la expropiación de bienes para pagar multa e indemnización civil) y que la sombra de Waterloo aspire a seguir liderando el independentismo.

La CUP está desmoralizada: las sucesivas convocatorias irresponsables de “huelga general” y las proclamas maximalistas han servido sólo para demostrar su escasa capacidad de pegada, como cualquier grupo juvenil, los militantes le duran unas semanas, participan en unas algaradas y luego se van a sus casas. Este verano ni siquiera han sido capaces de plantear acciones extemporáneas y absurdas (como la de las cruces en las playas o las siembras de lazos amarillos).

El debate es mayor en el interior de ERC: pero también más soterrado. Los “realistas” se enfrentan con los “idealistas”. Los partidarios de “pasar página” esperan las sentencias para ver si se produce un “estallido social de protesta” (algo que parece una posibilidad cada vez más remota). Pero cada vez son más los partidarios de adoptar un nuevo curso y de reformular tesis “federalistas” para conseguir que el PSC se sume a su campo y abandone el unionismo. Luego ya se verá.

¿QUIÉN LE CUENTA AL ELECTORADO INDEPE QUE LA INDEPENDENCIA ES IMPOSIBLE? (Y QUE SIEMPRE LO HA SIDO)

Pero lo cierto es que entre la independencia y el actual Estado de las Autonomías, la distancia es muy corta y resulta muy difícil encontrar un nivel intermedio en el que socialistas catalanes e indepes puedan considerar como propio, sin que ninguno tenga la sensación de haber cedido.

El gran problema de la política catalana en este momento es ¿quién pone el cascabel al gato? Es decir: ¿quién le cuenta al electorado independentista que el independentismo es imposible? Si fuera por ERC y PDCat, ambos suscribirían un acuerdo rápidamente. Pero el elemento desestabilizador, no es la CUP, sino el que ha sido creado por ellos mismos: la “sociedad civil indepe” con el Omnium y la ANC (que no existirían sin el dinero de las subvenciones autonómicas y municipales) y que constituyen el poso “fundamentalista” del independentismo. En caso de que ERC y PDCat dieran marcha atrás, se arriesgan a que ANC dé el paso al frente y se constituya como partido. Esto es lo único que impide a los dos partidos, reconstruir una estrategia.

Y, por lo que se refiere a Torra, es un punto y aparte insignificante y que representa muy poco en la política catalana: a pesar de ser afiliado al PDCat, en realidad no es más que la extrema-derecha del independentismo, puesto ahí, para que se queme y ante la negativa de otros mucho más significativos a sentarse en ese quemadero imposible de satisfacer a todas las parroquias indepes que es la poltrona de “molt honorable president”
EL INDEPENDENTISMO ¿”ASUNTO RESUELTO”?

No es que el “unionismo” esté mucho mejor en Cataluña: con Vox varada y en dique seco, con Ciudadanos en pérdida de vigor y con posibilidades de ruptura interior, con el PP sin levantar cabeza e incluso con la Sociedad Civil Catalana cayendo en la vieja quimera que se arrastra como una serpiente de verano desde la transición de reconstruir una “Lliga” (regionalismo no independentista), lo cierto es que, este ambiente se beneficia solamente de que el péndulo está iniciando su caída en dirección contraria al independentismo.

El dato revelado por los “espías lingüísticos” en los colegios, ha estremecido al nacionalismo: solamente el 24% de los alumnos hablan en catalán… lo que demuestra que la “catalanización” operada por el “nacionalismo moderado” hace tiempo que tocó techo y que, incluso, la histeria de los independentistas de la consejeria de educación, perjudica más y más a su causa.

No es que el independentismo sea “asunto resuelto”. Pero se encuentra en la vía muerta y en el camino de la extinción. Es normal: estamos en el siglo XXI y, lo más escandaloso, es que hoy Cataluña es muchísimo menos catalana que durante los años del franquismo: y eso por obra y gracia del “nacionalismo moderado”. Mientras los indepes preparan sus quiméricas protestas, cuelgan pancartas de “Ho tornarem a fer” (demostrando su vocación irresistible de bocazas)  y preparan su romería anual del 11-S… la realidad es tozuda: este está siendo el “verano de los MENAS”, el verano de los asesinatos en Barcelona, el verano en el que los mozos se han visto rebasados por la delincuencia, el verano de las “manadas” magrebíes y el verano en el que se ha registrado, por primera vez en mucho tiempo, un descenso notable del turismo y la sensación de que Barcelona se ha convertido en una ciudad sin ley… El problema de Cataluña no es la independencia, sino la SUPERVIVENCIA de su sociedad.