jueves, 2 de abril de 2020

LA GUERRA FRIA Y SU GUION (y 7º parte) -> FIN DE LA GUERRA FRÍA (1989–1991) INICIO DE LA GLOBALIZACIÓN


En los últimos años de la Guerra Fría, resultaba evidente que los EEUU, especialmente a partir de la proclamación de la Guerra de las Galaxias (que aspiraba a eliminar en la estratósfera los mísiles balísticos que hubieran sido lanzados sobre territorio norteamericano antes de que llegaran al objetivo), los soviéticos respondieron con la guerra psicológica, una guerra low–cost. En efecto, la instalación en Alemania de mísiles tácticos Pershing–2 de corto alcance, apenas 1.000 km, destinados a frenar a las unidades mecanizadas rusas en el momento en el que cruzaran el Telón de Acero en dirección al Oeste, fueron aprovechados por la URSS para su última gran ofensiva psicológica: movilizar, con la excusa del pacifismo, a millones de ciudadanos de Europa del Oeste como protesta por la instalación de estas armas que, en realidad, neutralizaban el poder terrestre soviético, el único frente en el que los soviéticos eran más fuertes que la OTAN.

Cuando llegó 1984, el “Año Orwell”, Occidente estaba sometido a lúgubres presagios. Los medios de comunicación occidentales aprovecharon para aludir a los escritos de este autor británico, conocido por su anticomunismo (o, mejor, antistalinismo, si tenemos en cuenta que en su juventud militó en el trotskismo). Su novela emblemática, 1984, parecía apuntar a la creación de una distopía totalitaria fácilmente asimilable al modelo soviético. Los equipos de “operaciones psicológicas” de la OTAN también “trabajaron” a la opinión pública occidental, con renovadas películas y documentales sobre el “Holocausto nuclear” que, paradójicamente, contribuyeron a reforzar los movimientos de carácter pacifista y antimilitarista que la URSS estaba favoreciendo y dando alas (inyectando dinero e información) en los países occidentales. Esto explica el por qué en la última fase de la Guerra Fría, apareció un formidable movimiento pacifista que llegaba allí en donde los debilitados y capidisminuidos partidos comunistas occidentales ya no podían llegar.


La muerte de Brézhnev en 1982 marcó el inicio del final de la última fase de la Guerra Fría. Le sucedió un corto período en el que el país fue gobernado por dos fieles miembros del “aparato”, Yuri Andrópov (1982–1984) y Konstantin Chernenko 1984–1985) que no aportaron grandes variaciones. Puede decirse que, sin el prestigio de Brézhnev, los problemas que ya existían al final de su mandato se fueron agudizando. Andropov intentó combatir la corrupción que había arraigado profundamente en el período de su predecesor. Ambos continuaron la guerra de Afganistán y las promesas de apoyo a los dirigentes de los países del Pacto de Varsovia, en cada uno de los cuales, el ejemplo polaco había envalentonado a la disidencia. La instalación de misiles de corto alcance SS–20 en las fronteras orientales de la alianza militar soviética fue respondida por los Pershing–2 norteamericanos, pero así como en el Este no se produjeron movimientos de protesta, en Occidente fueron masivos. Ahora se sabe que estaban impulsados directamente por los equipos de operaciones especiales y guerra psicológica del KGB. Para ello, como habían realizado en los 60 años anteriores contaban con los intelectuales y la izquierda de Europa Occidental. Fue durante el período de gobierno de Andropov cuando Reagan acuñó su frase llamando a la URSS “el imperio del mal”.

Lo cierto es que el problema de los soviéticos –entre otros– era la edad de sus dirigentes. Andropov había nacido en 1914, Chernenko en 1911, Breznev en 1906… Todos ellos habían visto y participado en la Segunda Guerra Mundial y conocían las desgracias de un conflicto. Ninguno de ellos estaba dispuesto a apretar el botón nuclear, ni se veían presionados por una opinión pública belicista o siquiera con tendencias antiimperialistas.  Para ellos la “coexistencia pacífica” era algo más que una bonita consigna, era la forma en la que podían rendir el mejor servicio a su pueblo: mantener alta la guardia, avanzar en donde las circunstancias lo permitieran, pero evitar un enfrentamiento directo y frontal con Occidente. Pero era una clase política que se extinguía rápidamente.

Por lo demás, se habían sucedido tres presidentes soviéticos en menos de cuatro años: el cuarto debería ser, necesariamente, más joven e incluso aportar una nueva visión de la política. Visión, todavía más necesaria porque durante esos últimos años, la situación interior se había agravado: Afganistán, lejos de ser una “paseo militar” se había convertido en una sangría, la revuelta polaca se ampliaba, la presión armamentística de los EEUU era cada vez más insoportable y el descontento, la corrupción y el alcoholismo aumentaban en el interior, sin olvidar que las etnias no–rusas crecían a menos velocidad que la etnia rusa que siempre había sido la columna vertebral del país desde los tiempos de los Romanov.


Y entonces llegó al poder Mikhail Gorbachov. Con él todo cambiaría. El motor de estos cambios fueron dos palabras: “perestroika” y “glasnost”. La glasnost (apertura, transparencia, franqueza) fue un intento de liberalizar la política interior soviética, mientras que la perestroika era la búsqueda de una reestructuración de la economía. Glasnost no era un término nuevo en Rusia. Había aparecido ya en 1920 durante la guerra civil contra los “blancos”. A Trotsky se le ocurrió subordinar los sindicatos a la burocracia del partido. Esta política no convenció a muchos bolcheviques (Aleandra Kolantai, Zinóviev) y fue denostada por todos los revolucionarios de fuera del partido. Fue entonces cuando se relajó la censura y se permitió que las bases del partido participaran en las decisiones del ejecutivo bolchevique. A eso se le llamó glasnost, término que recuperó Gorbachov en 1985 para calificar a su nueva línea política.

El resultado inmediato fue que cuando los medios de comunicación soviéticos empezaron a hablar de los problemas reales de la URSS, el ciudadano quedó absolutamente conmocionado: alcoholismo, corrupción, contaminación ambiental y destrozos ecológicos, un presupuesto de defensa secreto, problemas de carestía (inexistentes en Occidente desde la postguerra), mala calidad en las viviendas, problemas en las nacionalidades periféricas que aspiraban a la descentralización absoluta o a la independencia, así como los mitos que habían hecho fortuna en Occidente (partidos políticos, elecciones libres, derecho de reunión y manifestación) llegaron demasiado tarde, cuando, además, ya se había iniciado la centrifugación del sistema soviético de alianzas y cada país del Pacto de Varsovia seguía el ejemplo polaco y realizaba su particular adaptación de la glasnost a su situación concreta. A partir de ahora, ya todo resultaba imparable.

Gorvachov pensaba que, profundizando en las reformas, la presión popular disminuiría. Error. Lo que ocurrió fue justamente lo contrario. En el discurso del 27º Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética celebrado en enero de 1987, Gorvachov presentó su programa de reformas: anunció la introducción del mercado libre, la descentralización de la economía nacional y reformas liberalizadoras en la vida política. Dos desastre ocurridos en aquella época, acentuaron las dificultades del nuevo presiden soviético: el incidente en la central nuclear de Chernobil que demostró las deficiencias del programa nuclear soviético y el terremoto de Armenia que causó 20.000 muertos. Aumentó el descontento y, a pesar de que Govachov suscitaba simpatías en Occidente como ningún otro dirigente soviético, lo cierto es que en su país resultaba cada vez más impopular y apenas podía contar con partidarios. Poco a poco, se fue organizando una oposición a su derecha y a su izquierda que llevó al fin de la URSS y al fallido golpe de Estado que lo expulsó del poder.

La URSS murió víctima de factores exógenos y endógenos, pero fundamentalmente, lo que ocurrió fue una “revolución democrática” que se atuvo en todo a las revoluciones precedentes, empezando por la francesa: los intelectuales tomaron partido contra el régimen, éste no entendió que en los años 60 había llegado una cita con las “reformas necesarias”; pero en aquel momento, el régimen se sentía fuerte y no tenía porque oír la voz del sentido común que le sugería realizar las reformas mientras el bolchevismo aún fuera fuerte, hegemónico y mayoritario, así que, como antes Luis XV y después Nicolás II y muy en especial su antecesor Alejandro III. Pasó el tiempo y la “reforma necesaria” seguía siéndolo, pero el régimen soviético ya no era tan fuerte como antes: la población vivía en plena carestía, la cola para comprar cualquier cosa era algo habitual, las viviendas angostas y sombrías, la burocracia asfixiante, pero el régimen se desangraba en Afganistán (el Vietnam soviético), sus aliados del Pacto de Varsovia empezaban a desconfiar de la vitalidad de la URSS, el problema de las nacionalidades, la Guerra de las Galaxias y un presupuesto militar insostenible... todo, absolutamente todo indicaba que, en esas circunstancias, cualquier reforma llegaba tarde y sería tomada por todos como un gesto de debilidad. Por eso fracasó la glasnost.

En cuanto a la “perestroika” fue todavía peor. En el fondo podía pensarse que la tarea histórica del bolchevismo (como en España la del franquismo) consistió en asumir el poder en un país atrasado que había llegado tarde a la revolución industrial, concentrar el poder, planificar la economía y conseguir en unas décadas recuperar el tiempo perdido. Algo de eso había, en realidad. Contrariamente a lo que se tiene tendencia a pensar, el ideal de Lenin era hacer de Rusia una especie de EEUU del Este de Europa: con su mismo nivel de vida, con su misma industrialización, una especie de American way of life a la soviética. Gorvachov recuperó ese plan. Lo que ocurrió después tiene su lógica: antes o después, una economía autoritaria y planificada, termina generando islotes de capitalismo e iniciativa privada que, a partir de cierta concentracion económica, reivindican no solamente libertad económica sino también libertades políticas. Desde el momento en el que Gorvachov anunció medidas liberalizadoras de la economía, era evidente que poco después debería acometer reformas políticas democráticas.

Y este era el problema: Gorvachov en aquellos años no tenía intención de destruir el sistema socialista, sino que sólo aspiraba a reformarlo. En sus primeros años de permanencia en el poder, Gorvachov no realizó ningún cambio económico importante. Toda su actividad se centró en tender la mano a Occidente, seguir financiando a movimientos pacifistas y contrarios a la OTAN, tratando de capear los temporales internos que se anunciaban en el horizonte. De hecho, la perestroika (esto es, las reformas económicas) no habían sido diseñadas por él, sino que estaban en barbecho desde la época de Chernenko y Andrópov, pero por distintas circunstancias, nunca se había creído posible aplicarlas, ni siquiera impulsarlas. La perestoika consistía simplemente en transformar la economía soviética burocratizada en lo que se quiso llamar “economía socialista de mercado”, la misma experiencia que luego se realizó en China en los años 90. La “perestroika” era una verdadera “revolución por arriba”, realizada por la nomenklatura soviética. Cuando se aplicó no fue más que una privatización salvaje de los recursos del Estado realizada por un Gorvachov terminal y, posteriormente, en plena anarquía económica cuando el país sufrió el gobierno del que fue presentado en Occidente como “héroe ruso”, cuando no pasó de ser un individuo obtuso y alcoholizado: Boris Eltsin.


En realidad, la perestroika” se fue acelerando y resultó el equivalente a los típicos procesos de ultraliberalismo que habían arrasado la economía chilena (con la irrupción de los “Chicago boys”) y posteriormente en EEUU y el Reino Unido con Ronald Reagan y Margaret Tatcher. Lejos de resolver todos los problemas de la economía soviética, lo que ocurrió fue que en un breve espacio de tiempo se generaron gigantescas acumulaciones de capital y de corrupción; la agricultura que funcionaba particularmente bien (aunque tenía problemas de distribución) quedó descoyuntada, la producción disminuyó, se permitió la entrada de capital extranjero (sin que existiera consenso en el gobierno soviético al respecto) y se produjo una parálisis casi inmediata caracterizada por cierres masivos de empresas, interrupción de la investigación científica, inflación. La pauperización y la pobreza, hasta entonces sin apenas incidencia en el país (cuya población vivía modesta pero no pobremente) alcanzaron al 90% de la población.

La estrategia de Gorvachov era la contraria a la que habían utilizado sus precedentes: si, para estos, había que armarse y estar preparado con una capacidad militar convencional y nuclear para disuadir a los EEUU de actuar contra la URSS y lograr conservar las conquistas sociales, él, Mikhail Gorbachov tendería la mano, demostraría que la URSS no albergaba intenciones agresivas contra Occidente, lograría un respiro para reestructurar la economía, rebajando el presupuesto militar, accedería a reformas políticas que acercaran a la población a su gobierno y abriría un período de estabilidad política mundial en la que los ideales de la revolución de 1917 seguirían vivos, pero en un marco “humano”. Lo que ocurrió fue justamente lo contrario.


Los servicios secretos occidentales pronto advirtieron que la URSS con Gorvachov estaba dando síntomas de debilidad. El adversario estaba caído y, para los analistas de la inteligencia norteamericana y del Departamento de Estado, el mejor momento para rematar a tu adversario es, justamente, cuando está de rodillas en el suelo: entonces le puedes patear tranquilamente la boca, el estómago, donde te plazca. Y eso fue lo que hizo la OTAN (es decir el sistema norteamericano de alianzas) con la URSS: manipular a la opinión pública mediante los nuevos millonarios, condicionar a la opinión pública y apoyando, de todos los líderes posibles, al más nefasto, incapaz y chapucero: Boris Eltsin. Bruscamente, en los medios de comunicación occidentales, Gorvachov seguía apareciendo como el hombre que “estaba cambiando la URSS”, pero la figura de Eltsin era tratada cada vez con más condescendencia. Nadie recordaba que era un alcohólico empedernido, un habitual narcisista buscador del aplauso fácil: se le presentaba como el “hombre que sabía lo que había que hacer”, sin las dudas ni los lastres de Gorvachov.  De nada sirvió que éste reconociera perdida la partida en Afganistán e iniciara la retirada de tropas en 1988, de nada sirvió que anunciara distintas propuestas de desarme, de nada sirvió que la prensa pudiera criticar, denunciar o desprestigiar (a menudo sin motivo) a funcionarios y políticos (para aupar a otros), de nada sirvió que hiciera valer el reconocimiento de que cualquier república soviética podía separarse de la Unión por el acuerdo de 2/3 de sus habitantes y que se iniciara la centrifugación de la “casa común”… Siempre alguna voz pedía “más”, siempre algún medio de comunicación nuevo (el origen de cuyos fondos se ignoraba) indicaba la necesidad de más y más reformas liberalizadoras… ¡Y esto a pesar de que la transformación de la economía estatal con un sector público omnipresente, a una privatización salvaje estaba llevando a la degradación de los servicios públicos, a la pérdida del poder adquisitivo de los salarios y a la depreciación de las pensiones! Hacia 1988, la prensa liberal rusa estaba de acuerdo en que las reformas “avanzaban muy lentamente”… y que, por eso, se estaban produciendo “reacciones perversas” en el bienestar de la población. Era una falsedad: las reformas se estaban haciendo a prisa y corriendo, pero ya nada podía satisfacer a la oposición. Quería, simplemente, el poder, aunque lo que recibiera como herencia fuera un país en ruinas.

Reagan fue recibido en Moscú y Gorvachov le ofreció una significativa reducción de armamentos. Si el consejo de liberalizar la economía había sido dado por Margaret Tatcher, el de dejar que cada país aliado tomara su propio rumbo fue sugerido por Reagan. El muro de Berlín hacía caído el 9 de noviembre de 1989. A partir de ese momento, era evidente que la URSS había perdido la Guerra Fría y que el bolchevismo entraba en el desván de la Historia. Lo que ocurrió en los dos años siguientes certificó este balance final.

Ya de poco importaba el que Eltsin hubiera sido expulsado del PCUS. En mayo de 1990 fue elegido presidente de la Duma y desde allí aceleró las medidas que precipitaron el fin de la URSS. Las Repúblicas Bálticas y Moldavia celebraron elecciones que dieron mayoría a los independentistas… algo que podía esperarse después del llamado “otoño de las naciones” en 1989, cuando se hizo evidente que la URSS apenas podía afrontar los problemas interiores y, por tanto, ya no estaba en condiciones de atajar movimientos liberalizantes en su cinturón de alianzas.



En Polonia, ese año, Solidarnosc fue reconocido y legalizado; las elecciones del 4 de julio de 1989 fueron muy adversas para el gobierno y el 24 de agosto se estableció el primer gobierno no comunista desde 1948 que convocó elecciones presidenciales para mayo de 1990 tras las que Lech Walesa, secretario del sindicato, fue elegido presidente.

En Hungría, el régimen había sido, a partir de la revolución de 1956, menos duro que en otros países del Este. Se le llamaba a su régimen “comunismo goulash”. En mayo de 1989 se logró rehabilitar a la revolución de 1956 y 100.000 personas asistieron al homenaje a Imre Nagy, líder aquel episodio. En octubre de 1989 se modificó la constitución y se permitió el pluripartidismo. Las primeras elecciones libres tuvieron lugar en mayo de 1990.

En Berlín el muro se derrumbó metafóricamente en la noche del 9 de noviembre de 1988. En septiembre de ese año, el levantamiento de las restricciones en los países del Este limítrofes permitió que 13.000 alemanes orientales pasaran a Hungría y de ahí a Occidente. En otoño comenzaron las manifestaciones masivas contra el régimen; éste no pudo reaccionar y fue incapaz de aplicar reformas pedidas. De todas maneras, en Alemania, el único indicativo de la liberalización no eran las elecciones, sino el libre tránsito entre el Este y el Oeste de Alemania. La caída del Muro de Berlín fue un símbolo y, a partir de ese momento, ya nada podía impedir la reunificación del país, lo que ocurrió legalmente el 3 de octubre de 1990. A partir de ese momento, estaba claro que una época había terminado.

Los gobiernos comunistas de Checoslovaquia, Bulgaria y Rumania, fueron arrastrados por los cascotes desprendidos del Muro de Berlín. El 17 de noviembre de 1989, la policía checoslovaca todavía se sentía con fuerzas de repeler a las manifestaciones estudiantiles, lo que precipitó la unificación de la oposición y la creación del Foro Cívico dirigido con el escritor Václac Havel, mientras que en el interior del Partido Comunista, inmovilistas y evolucionistas se enfrentaban a muerte. El 10 de diciembre de 1989 todo se precipitó: Husak dimitió, Havel se convirtió en jefe del Estado y Alexander Dubcek, héroe de la “primavera de Praga”, pasó a ser presidente del Parlamento. Las elecciones de 1990 se saldaron con la victoria del Foro Cívico. Las costuras de aquel país artificial creado por los vencedores de la Primera Guerra Mundial y que ya se había desintegrado en el período 1938–1939, no resistieron la oleada de libertad: checos y eslovacos, pueblos con pocos puntos en común y muchas rivalidades ancestrales, terminaron separándose dos años después.

Bulgaría, país pacífico y tranquilo en donde la población había tolerado estoicamente cuarenta años de régimen comunista sin muchas protestas, se vio arrastrado por sus vecinos. La dirección del Partido Comunista quiso evitar manifestaciones de masas contrarias al régimen. Todo se precipitó en el momento de escucharse la noticia de lo sucedido en Berlín: el 10 de noviembre de 1989, un golpe de Estado interno en el Partido Comunista relevó a Tudor Zhivkov que dirigía el país desde 1954. A partir de ahí el camino hacia la democracia resultó expédito sin grandes traumatismos.

Peor fue lo ocurrido aquel otoño en Rumania, país en donde Nicolay Creacescu gobernaba desde 1974. Era un régimen que había coqueteado con Occidente y que suponía una forma particular de comunismo. El arresto de un predicador protestante en Transilvania marcó el inicio de la revuelta en Timisoara que se extendió a todo el país. El 21 de diciembre de 1989 una manifestación convocada para apoyar al régimen se transformó en un acto de protesta que convenció a Ceaucescu de abandonar el país al día siguiente. Sin embargo, resultó detenido y fusilado tras un simulacro de juicio. Hoy se sabe que las fotos difundidas en Occidente sobre la “masacre de Timisoara” eran, simplemente, falsas…


Es evidente que todos estos regímenes del Este cayeron porque la URSS, a diferencia de durante la revolución húngara de 1956, durante las protestas berlinesas de 1954, durante la primavera de Praga de 1968, o durante las reiteradas huelgas en los astilleros de Danzig a partir de 1980, ya no se encontraba en condiciones prestar ayuda para apuntalarlos. También es evidente –las falsedades difundidas en Occidente en torno a la citada “masacre de Timisoara” así lo confirman– que algunos servicios de inteligencia occidentales “ayudaron” a que se produjeran las protestas populares.

Ya solamente quedaba certificar el final de una época. La escenificación se realizó el 3 de diciembre de 1989 en la Conferencia de Malta que reunión a Mikhail Gorvachov y a George H. W. Bush. Unos meses después, el 1 de julio de 1991, se disolvió oficialmente el Pacto de Varsovia y la propia Unión Soviética emitió su morituri el 25 de diciembre de 1991. Había terminado un período y empezaba otro: la era de la globalización.

Desde el punto de vista internacional, la Guerra Fría había sido el período del “bilateralismo”, de la misma forma que el período anterior fue el del “multilateralismo europeo” y el posterior, el del “unilateralismo” norteamericano… al menos hasta un período difuso comprendido entre el 11 de septiembre de 2001 y el verano de 2007, es decir, entre el casus belli para las intervenciones de EEUU en Afganistán e Iraq y el inicio de la gran crisis económica. La lucha entre capitalismo, comunismo y fascismo del período posterior a la Primera Guerra Mundial y que se prolongó hasta 1945, convertida en lucha entre el capitalismo y el comunismo durante la Guerra Fría, pasaría a ser la Edad de Oro y de Hielo del ultraliberalismo.



martes, 31 de marzo de 2020

LA GUERRA FRIA Y SU GUION (6ª parte) -> LA ÚLTIMA FASE DE LA GUERRA FRÍA: LA DOCTRINA REAGAN. 1981–1989


Los EEUU quedaron literalmente desmoralizados y deshechos ante el “caso Watergate” que apeó a Nixon de la presidencia. Antes, el 30 de diciembre de 1972, el presidente norteamericano había ordenado suspender los bombardeos sobre Vietnam del Norte como medida previa para un alto el fuego. Como efecto inmediato, en enero de 1973 se reanudaron las conversaciones de París que esta vez llegaron a la recta final el 27 de enero de 1973. La paz en Vietnam era una necesidad para reducir las tensiones con Moscú, pero el proyecto de Nixon quedó en punto muerto cuando progresó el “empeachment” y debió renunciar a la presidencia el 8 de agosto de 1974.


Richard Nixon, hasta entonces el presidente más anticomunista de los EEUU, paradójicamente, fue uno de los que más contribuyeron a la distensión: además de su viaje a Pekín (que cambió radicalmente la política internacional) trató de evitar fricciones con la URSS, política que luego fue proseguida por su sucesor, Gerald Ford. Fue así como en agosto de 1975 se pudo firmar el Acta de Helsinki que garantizaba la inviolabilidad de las fronteras nacionales y el respeto por la integridad territorial… lo que implicaba reconocer que las incorporaciones territoriales realizas por la URSS como resultado de la Segunda Guerra Mundial eran inamovibles. Incluso en ese período, algunos hombres de negocios norteamericanos fueron autorizados a viajar a Cuba.

Pero lo que EEUU había tenido que pagar parecía excesivo o, al menos, era considerado como muy superior a lo que su dignidad y orgullo estaba dispuesto a entregar.

En primer lugar, estos esfuerzos entrañaron la resolución de la guerra del Vietnam. Los Acuerdos de París no fueron en absoluto respetados por los Norvietnamitas que pudieron entrar en la capital de Vietnam del Sur el 30 de abril de 1975. Las escenas de la evacuación por el aire de la embajada norteamericana, mientras las tropas del norte estaban a pocos kilómetros de la capital, causó tanto escalofrío en EEUU como las imágenes de la repatriación de féretros que se habían ido sucediendo ininterrumpidamente en los diez años anteriores. A pesar de que se esperaba una ocupación brutal, con incendios y saqueos, la llegada del Vietcong y de las tropas del norte fue disciplinada y ordenada. Saigón fue rebautizada como Ciudad Ho Chi Minh. Solamente la embajada norteamericana resultó saqueada. Sin embargo, en los últimos dos días de guerra se habían producido 2.000 muertos civiles: unos atropellados por la muchedumbre que huía, otros lanzados desde los helicópteros en los que habían logrado encaramarse y que precisaban liberar peso para poder elevarse... La guerra del Vietnam acabó tan vergonzosamente como había empezado.


Lo que siguió fue todavía peor. La guerra del Vietnam se había contagiado desde finales de los 60 a Laos y Camboya. Para ambos bloques se trataba de zonas de importancia geoestratégica: eran proveedores de materias primas y albergaban, junto con Vietnam puertos que facilitaban el acceso de quien los controlara a los “mares cálidos”. Vietnam del Norte se hizo pronto con el control de Laos que siempre había sido utilizado como parte de la llamada “ruta Ho Chi Minh” por la que se enviaban refuerzos y tropas norvietnamitas hacia el sur. Los habían intentado ocupar antes el país, se vieron derrotados por las unidades del norte. En Camboya, en cambio, fueron los propios comunistas locales, los Jemeres Rojos, quienes llegaron al poder aprovechando el descontento y la confusión generada por los bombardeos norteamericanos. La ayuda norteamericana resultó inútil y el 15 de abril de 1975 se instauró en Ponh–Pen un gobierno ultraizquierdista que ocasionó uno de los grandes holocaustos del siglo XX. Así pues, tras la caída de Saigón todo el Sudeste Asiático, salvo Tailandia estaban bajo el control de gobiernos comunistas.


Acabadas las operaciones militares, Vietnam siguió un par de años más en la primera página de los informativos a causa de los cientos de miles de refugiados que huyeron en un flujo que proseguía todavía a mediados de los años 80. Se trató de los “boat–peoples”. Solamente en las últimas semanas del régimen sudvietnamita habían huido del país 150.000 personas, la mayor parte de las cuales se procuraron barcas sencillas a remos para escapar hacia Thailandia. Fue la minoría étnica chino–vietnamita la que se lucró con este negocio. Muchos de estos refugiados pasaron por Hong–Kong.
A finales de los años 80, la ONU calculó que “varios millones” habían intentado huir de Vietnam, Laos y Camboya siguiendo esta ruta, pereciendo en torno a 250.000 personas: unos ahogados, otros ametrallados por los guardacostas vietnamitas, otros víctimas de la abundante piratería de la zona y otros, simplemente, muertos por agotamiento. La magnitud de la tragedia no pudo ser eludida por los Partidos Comunistas occidentales que tuvieron dificultades en explicar el éxodo. Ese período coincide también con su hundimiento político en la primera mitad de los 80.

Sin embargo en aquella fase de la Guerra Fría, durante el período de gobierno de Jimmy Carter, los EEUU experimentaron lo que podríamos llamar “resaca de las derrotas”: Vietnam les demostró algo que ya había podido intuirse desde la Segunda Guerra Mundial: los bombardeos estratégicos a gran altura, son suficientes para desarticular la retaguardia enemiga, pero no garantizaban el control del territorio: la infantería siguió siendo la reina de las batallas, pues no en vano era, en última instancia quien libra los combates y ocupa el territorio. En Vietnam fracasó una concepción estratégica. A partir de ese momento, el complejo militar–industrial y los estrategas del Pentágono apostaron por un nuevo tipo de guerra “limpia” en el que las bajas fueran completamente asimétricas: todas para el adversario – ninguna propia. Empezaron a desarrollarse dos tipos de armamentos. Por una parte, una generación de visores nocturnos que garantizaba ver en la noche lo que el enemigo no podía divisar; incluso sensores de olor, se desarrollaron sistemas de infrarrojos que ya existían y elementos que mejoraban las condiciones de vida en campaña de los soldados, elementos que fueron utilizados por primera vez en la Guerra de las Malvinas.


Pero esto no bastaba: eran precisas innovaciones estratégicas y un nuevo enfoque en la política internacional. Los documentos que redactaron los estrategas norteamericanos en aquellos años (mediados de la década de los 70) fueron fundamentalmente: por una parte, el libro de Zbigniew Brzezinsky, asesor de Seguridad Nacional del Presidente Carter, La era tecnotrónica, publicado en 1970 en el que auguraba los cambios tecnológicos que tendrían lugar en el último cuarto del siglo XX y obligarían a nuevos enfoques en la política internacional. Contratado por David Rockefeller para mejorar las relaciones comerciales entre EEUU, Europa y Japón, fue el fundador y organizador de la Comisión Trilateral y su primer presidente. Jimmy Carter, fue el hombre de esta Comisión elegido para ocupar la presidencia de los EEUU e inaugurar este nuevo período.

Brzezinsky era anticomunista (hacía aprobado la participación norteamericana en Vietnam y asesorado al presidente Johnson). Era también un experto en geopolítica y hasta sus últimos días siguió pensando que el gran enemigo de los EEUU era la URSS… y siguió pensándolo, incluso, después del desmantelamiento de la URSS. Pero, así mismo, opinaba que era preciso “profundizar la democracia en todo el mundo”. Esa política acentuó durante la presidencia de Jimmy Carter la sensación de que EEUU estaba perdiendo la batalla contra el comunismo.

Esta sensación se produjo después de tres episodios fundamentales que marcaron a fuego ese período. El primero fue la revuelta islamista en Irán que derrocó a la dinastía de los Palhevi, aliados de los EEUU, e instaló en el poder en Teherán al gobierno del Ayatolah Jomeini; la victoria de los sandinistas en Nicaragua con el riesgo de que se produjera un “efecto dominó” como el que había tenido lugar en el sudeste asiático; y, finalmente, el nuevo movimiento de la URSS en Afganistán que demostraba la voluntad soviética de alcanzar los “mares cálidos” (el sur de Afganistán está separado del Océano Índico solamente por 300 km que corresponden al Beluchistán una zona con fuertes disputas con el gobierno de Islamabad y en donde existe un movimiento secesionista).


Si a esto unimos el hecho de que la URSS había exhibido nuevos armamentos y que le doctrina geopolítica enunciada por el almirante Gorshkov se estaba ejecutando de manera implacable, entenderemos el estado de ánimo que dominaba a la opinión pública y a los medios de comunicación en los EEUU en aquella época, cuando aún la herida de la derrota en Vietnam estaba aún sin cicatrizar.

El otro documento fue la llamada “doctrina Carter”, enunciada a la nación en el discurso que el presidente realizó el 23 de enero de 1980. Aprovechando la convulsa situación en Irán, Carter anunció que los EEUU utilizaría la fuerza militar para defender sus intereses petroleros: “Dejemos nuestra posición absolutamente clara: cualquier intento realizado por cualquier fuerza externa para ganar el control de la región del Golfo Pérsico será considerado como un ataque a los intereses vitales de los Estados Unidos de América, y será repelido por cualquier método, incluyendo la fuerza militar”. El mensaje iba dirigido contra el movimiento chiita que se había apoderado de Irán en febrero de 1979.

En buena medida esa victoria había sido generada por el desinterés de los EEUU en defender al que hasta ese momento había sido su aliado incondicional, el Sha Reza Pahlavi. Abandonado por todos, el Sha tuvo que huir su país e iniciar un largo periplo que lo llevó a distintas capitales en ninguna de las cuales obtuvo buena acogida, falleciendo tempranamente en un hospital cairota. A la vista de las ingentes masas populares que se habían sublevado siguiendo a los ayatolas chiitas, la administración norteamericana juzgó oportuno inhibirse del conflicto, pensando que podría entenderse con el nuevo gobierno de Teherán pues, no en vano, había propuesto al Sha gobiernos democráticos en los dos últimos años que estuvo en el poder: gobiernos que, efectivamente, intentaron reconducir la situación sin éxito y que, finalmente, mostraron la debilidad y el aislamiento internacional del régimen.

El cálculo se demostró completamente erróneo y pronto los EEUU comprobaron la necesidad de afrontar el “efecto islamista” que corría el riesgo de provocar conflictos con otros aliados de los EEUU en la zona: especialmente con Iraq y con Arabia Saudí. La “doctrina Carter” era algo más que un programa de política internacional coyuntural y fijado a un presidente en concreto: era, como la “doctrina Monroe”, un principio categórico y consensuado con los principales actores políticos y sociales de los EEUU que se mantendría inconmovible hasta el período Obama y que ha justificado la intervención norteamericana mediante el envío de armas al régimen iraquí en la Primera Guerra del Golfo (entre Iraq e Irán, 1980–1988), en la zona en la Segunda Guerra del Golfo (Operación Tormenta del Desierto, Kuwait en 1990) y en la Tercera Guerra del Golfo (Operación Libertad Iraquí, 2003–2011).


Esto hizo que, paradójicamente, un gobierno liberal y demócrata como el de Carter, fuera, el impulsor de una doctrina que, de momento, se ha invocado para impulsar tres guerras de destrucción masiva, dos de las cuales se desarrollaron cuando la Guerra Fría ya había concluido. La actitud de Carter estaba influida por la Comisión Trilateral e impulsada, en última instancia por una escuela de financieros norteamericanos de orientación “fabiana” que consideraban que había que oponerse al comunismo pero no destruirlo, sino constituir una especie de gobierno equivalente al viejo despotismo ilustrado: una cúpula formada por empresarios, políticos y comunicadores, que elije las políticas a seguir que, sin duda, serán las que mejor convengan a sus intereses, dando a la población un nivel de vida aceptable, pero manteniéndolos fuera de las esferas de decisión.

Por increíble que pueda parecer, esta corriente de opinión se había difundido extraordinariamente en los medios liberales después de la Primera Guerra Mundial y era materia de enseñanza a los alumnos de las universidades fabianas, especialmente en la London Economic School a donde habían ido a estudiar los vástagos de las grandes dinastías económicas norteamericanas.

La Comisión Trilateral, en los años 70 supuso la cristalización de estas corrientes que seguían el lema utilizado por Quintus Fabius Maximus para vencer a Aníbal: contemporizar con él, ganar tiempo y esperar a estar preparados para asestar el golpe definitivo. Obviamente, los “cartagineses” eran, en este caso, la URSS.



La teoría se demostró relativamente acertada para política norteamericana… pero Carter no pudo gozar de las mieles del éxito, sino su sucesor, Ronald Reagan, un anticomunista mucho menos doctrinario que Nixon, pero con una visión más decidida: Reagan llegó al poder dispuesto a reponer la dignidad de los EEUU perdida en los escenarios internacionales desde la derrota de Vietnam hasta la humillación propinada por los ayatolas al gobierno de Carter. Los “estudiantes islámicos” de Teherán habían ocupado la embajada norteamericana en Teherán, reteniendo a un centenar de ciudadanos de aquel país hasta que se celebraron las elecciones que destrozaron a Carter a causa precisamente de la sensación de debilidad y concesiones que tenía el electorado sobre su gestión.

Con Reagan llegó algo más que el anticomunismo militante al poder: EEUU recuperó su voluntad de victoria. Además. se dieron dos felices circunstancias. Dos nuevos personajes aparecieron en escena. La llegada de un Papa polaco, el primero originario de Europa del Este que consideraba una cuestión de honor el hacer valer la fe católica en su propio país, tuvo más repercusión política que religiosa. Así mismo, resultó decisivo el hecho de que. en el Reino Unido, hubiera resultado elegido un gobierno conservador, extremadamente anticomunista y que traía ideas nuevas. En efecto, Margaret Tatcher, antes de ser nombrada primera ministra el 1979, había comenzado a asistir a almuerzos del Institute of Economic Affair, un think–tank fundado por los discípulos ingleses de Friedrich von Hayek.

Hasta ese momento, las doctrinas de von Hayek, no eran tomadas en serio por los economistas que habían visto en los 30 años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, unos momentos de crecimiento económico casi continuo (“los treinta años gloriosos”) que se detuvieron solamente con la “crisis del petróleo” de 1973. La idea de este grupo era que el Estado del Bienestar era una fórmula perversa e insostenible en la medida en que el Estado asumía su mantenimiento, lo que implicaba unos impuestos elevados y un sector público extraordinariamente engordado (y, en buena medida, deficitario) que limitaba la actividad económica. La solución era simple: privatizar todo el sector público (la Tatcher explicó luego a Gorvachov que ella tenía que trabajar la mitad que él, al haberse desentendido de las cuestiones económicas y dejar la economía en manos de la iniciativa privada), generar un sistema de libremercado mundial de tal manera que las naciones pudieran especializarse en su producción y así se produjera una caída en los precios de los productos y, finalmente, todo esto permitiría reducir impuestos y aumentar el margen de ahorro incluso de las clases más desfavorecidas

Este programa es fácilmente reconocible en la globalización. De hecho, es el programa económico que nos ha conducido directamente al mundo globalizado como alternativa al Estado del Bienestar, hoy tenido como residuo de la postguerra e idea insensataespecialmente por las clases favorecidas. Se trataba de un programa insensato que iba a cambiar el curso de la historia. Para aplicarlo, era preciso concluir la Guerra Fría pues era impracticable en momentos de tensión internacional. La teoría de la Tatcher (que compartían las élites económicas fabianas e incluso algunos estratos del comunismo chino) era que el flujo de intercambios económicos generaría una interdependencia de las economías nacionales y haría imposible la guerra entre las naciones: todas tendrían algo que perder. Aquello no podría funcionar, al menos para beneficio de todos.


Un programa como éste era ultraliberal y en tanto que tal, solamente los poseedores del capital, serían los grandes beneficiarios, porque solamente ellos tenían el volumen de capital necesario para competir en una economía globalizada. Pero había algo peor: el fracaso de estas políticas ya se había experimentado en Chile después del golpe de Pinochet.

Se trató de un golpe anticomunista, obviamente, pero el 11 de septiembre de 1973 cayó algo más que la Unidad Popular allendista, cayeron también las esperanzas de la derecha en que un gobierno anticomunista resolviera la cuestión económica. Ante la falta de técnicos competentes surgidos de las filas golpistas, el gobierno de Pinochet entró en contacto con un grupo de economistas que se habían formado en la Escuela de Chicago, alumnos de Milton Friedman. Y allí, por primera vez, se aplicaron las doctrinas ultraliberales. Era un desafío: pero si fracasaban, al menos la izquierda no podría extraer beneficios. Y fracasaron. En pocos meses, el sector público chileno se vio debilitado por importaciones salvajes de productos que hasta ese momento se habían fabricado en Chile, pero que resultaban un poco más baratas importadas desde el extranjero. La Fosforera Nacional cerró poniendo en la calle a cientos de trabajadores, pero las cerillas no faltaron en Chile: venían de Canadá a un precio ligeramente inferior. El resultado era el que cabría esperar: miles de trabajadores en paro, disminución de los ingresos públicos y fracaso de la experiencia. Los ultraliberales alegaron que el experimento de había realizado en un país con un régimen autoritario y no democrático y que, por tanto, las masas no lo habían apoyado… Luego, cuando la Tatcher lo puso en práctica abordando un proceso salvaje de privatizaciones de todo lo privatizable, tuvo que enfrentarse a una oleada de huelgas. Si consiguió estabilizar la situación y no salir completamente destrozada de la experiencia fue gracias a la victoria inglesa en la Guerra de las Malvinas.


Vale la pena conocer cómo fue posible aquella guerra. El general Galtieri, agregado militar a la Embajada Argentina en Washington, había sido convencido por otros oficiales del Pentágono de que los EEUU apoyarían a su país en la recuperación de las Malvinas a cambio de que les concedieran una base en las Georgias del Sur, también reivindicadas por Argentina y que se encontraban en medio del Atlántico Sur, en plena “ruta del petróleo”. Tras la enfermedad sufrida por el presidente de la Junta Militar, general Viola, Galtieri se hizo con el poder y poco después se produjo el casus belli que llevó a la ocupación argentina. Pero en el momento en el que les tocaba a los EEUU negociar con los ingleses e impedir que adoptaran una actitud belicista, el Pentágono, no solamente se inhibió, sino que la Tatcher consideró que una gran victoria militar estabilizaría su poder, como de hecho así fue. Dicho de otra manera: los soldados argentinos fueron llevados al matadero en lo que podríamos llamar una operación de estabilización del gobierno británico.


Desde el mismo momento en el que Reagan llegó al poder, estuvo decidido a acabar con la Guerra Fría, quizás por su anticomunismo visceral, acaso por sus creencias religiosas o, posiblemente, porque era consciente de que la crisis nacional abierta con la derrota de Vietnam todavía no se había cerrado y comprometía el prestigio internacional de los EEUU. Cuando un periodista le preguntó al nuevo presidente cuál iba a ser su doctrina fue muy claro: “Nosotros ganamos y ellos pierden”. Eso era todo. Y, a partir de ese momento, empezó a ponerla en práctica. Tal era su punto de vista geopolítico.

Reagan adoptó las mismas líneas económicas del gobierno inglés, al mismo tiempo que abrió una serie de ofensivas políticas. La primera de todas ellas fue cortar radicalmente el crecimiento del comunismo en Centroamérica. A partir de 1983, la CIA empezó a organizar en los campamentos de refugiados nicaragüenses situados en Honduras y Costa Rica, unidades encuadradas por antiguos oficiales de la Guardia Nacional. Ante la negativa del congreso de los EEUU a financiar los gastos de la “contra” en Nicaragua, la CIA optó por una peligrosa operación triangular: importar droga comprada a bajo precio en Colombia y Perú, facilitar su venta en los guetos negros de los EEUU y pagar con ello armas compradas en Irán. Fue el famoso caso Irán–Contras, digno de las mejores novelas de misterio e intriga.

A pesar de que la contra no pudo obtener grandes éxitos militares, lo cierto es que su acción y el de quintacolumnistas que empezaban a estar disconformes con los aspectos más radicales del sandinismo, consiguieron alejar a estos del poder. En otras repúblicas iberoamericanas se produjeron masacres y liquidación física de guerrilleros y de civiles que apoyaban sus acciones, lo que coincidió con el desplome de la URSS, el aislamiento creciente de Cuba y su incapacidad para reavivar a las guerrillas.


En Europa se produjo un cambio casi lógico y obligado. Las dictaduras del sur de Europa (Portugal, España y Grecia), cayeron entre 1973 y 1976. A partir de entonces ya nada impedía el que, al establecerse gobiernos democráticos, estos países se integraran directamente en la OTAN. España, que estaba ligada a los EEUU por acuerdos militares bilaterales, se integró casi simultáneamente, primero en la OTAN y luego en las Comunidades Europeas, durante el gobierno de Felipe González. La Alianza Atlántica ganó así “profundidad” (hasta entonces la frontera entre las dos Alemania y los Pirineos no llegaba a los 1.200 km y podía ser cubierta por las unidades mecanizadas soviéticas sin dar tiempo a que la OTAN reorganizara sus defensas; la presencia de España aumentó la superficie de la retaguardia occidental y contribuyó también a reforzar los ejes estratégicos del Mediterráneo y del triángulo Gibraltar–Canarias–Azores, fundamental para la seguridad del penúltimo tramo de la “ruta del petróleo”.


La llegada al poder de Reagan, su simbiosis con la Tatcher, la estancia en el papado de Karol Wojtyla, la huelga de los astilleros de Danzig y la creación del sindicato Solidarnosc, unido al desgaste que estaba teniendo la URSS en Afganistán después de ocho años de guerra contra los insurgentes, a todo lo cual se sumó el proyecto de la Guerra de las Galaxias, que elevó el listón armamentístico hasta un nivel que las URSS no podía alcanzar, fueron los elementos que condujeron al colapso de este país y al final de la Guerra Fría.



lunes, 30 de marzo de 2020

LA GUERRA FRIA Y SU GUION (5ª parte) -> 3ª FASE DE LA GUERRA FRÍA: LA LUCHA POR LA ENERGÍA. 1974–1980



El final de la segunda fase de la Guerra Fría se produjo en el período comprendido entre 1972 y 1973, con la tensión polarizada en tres escenarios diferentes: Oriente Medio, China y la Europa del Sur.

En Oriente Medio tuvo lugar la cuarta guerra arabe–israelí, la llamada “Guerra del Yonkipur” que se saldó con una victoria israelí, acaso la más ajustada de todos estos choques. Pero lo peor vino después y tuvo un nombre: embargo petrolero.

El golpe de efecto que puso fin a esta segunda fase de la guerra fría vino de la mano del presidente de los EEUU que, en principio, era el campeón del anticomunismo. En efecto, los EEUU jamás habían reconocido al gobierno de la República Popular China, teniendo como único gobierno legítimo el de Taiwan. Sin embargo, en 1971 se produjo un imprevisto cambio de alianzas. El 12 de abril de 1971, el equipo de ping–pong norteamericano participó en una competición en la capital China. Era la primera vez que viajaban deportistas norteamericanos a Pekín desde 1949 cuando Mao–Tse–Dong llegó al poder. El episodio era demasiado significativo como para que pudiera hablarse de una mera anécdota en torno a un deporte minoritario en el que los chinos eran líderes mundiales. Se habló entonces de la “diplomacia del ping–pong”, porque, en efecto, a los analistas no se les escapaba que la actitud de Washington en relación a la República Popular China (en la que hasta poco antes el ultraizquierdismo de los Guardias Rojos, aparecía como hegemónico controlado la situación bajo el amparo del presidente Mao) estaba cambiando. En efecto, en febrero de 1972, el presidente Richard Nixon realizó una histórica visita a Pekín en el curso de la cual se entrevistó con Mao. Se había producido un vuelco en las alianzas que llegaba después de choques del ejército soviético con el chino en la frontera del Usuri, territorio reivindicado por ambos países.

Obviamente, el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Washington y Pekín, implicó un enfriamiento de las relaciones con la URSS y una ruptura total con Taiwan. La URSS, a partir de ese momento, se vería obligada a combatir en dos frentes en caso de guerra, con lo que sus posibilidades de victoria se reducían extraordinariamente. De hecho, los chinos fueron los grandes beneficiarios de esta nueva época: se deshacían de su rival histórico y se veían apoyados para contener a los soviéticos en los territorios que reivindicaban. Los soviéticos reaccionaron aumentando su nivel armamentístico nuclear y convencional y, al mismo tiempo, yugulando por completo a la oposición interior, alimentando, al mismo tiempo, conflictos en los lugares más distantes del planeta para reducir la solidez de las alianzas norteamericanas.


La Iberoamérica de los años 50–70 fue siempre proclive a los pronunciamientos y a los golpes de Estado. Esto se debía, fundamentalmente, a la debilidad de las burguesías locales que no habían cristalizado en partidos políticos lo suficientemente sólidos ni en tradiciones democráticas bien arraigadas. Salvo excepciones, los partidos políticos existentes en la mayor parte de Iberoamérica eran pequeños grupos de oligarcas, sin apenas base social.

Las dos fuerzas verdaderamente existentes (especialmente en los países andinos) eran las fuerzas armadas y los sindicatos. No era raro que unos se declararan frecuentemente en situación de rebeldía y “pronunciamiento” y que los otros se echaran al monte y alimentaran continuos focos guerrilleros. Pero sería erróneo y demasiado esquemático pensar que todos los golpes militares estaban promovidos por los EEUU y que todas las guerrillas eran castristas. De hecho, si se pone cuidado en examinar las cosas, se ve que hubo de todo: militares golpistas a cuenta de los EEUU y militares nacionalistas que “golpearon” pero sin que la CIA los instigara. Frecuentemente, los EEUU –incluso en la época Reagan– condenaban esos golpes y decretaban el bloqueo  económico. Ocurrió en Bolivia, en Argentina y en Chile. A mediados de los 80 ya habían desaparecido cualquier tentación golpista.

En realidad, las últimas guerrillas iberoamericanas (salvo la narcoguerrilla colombiana por razones muy diferentes) habían desaparecido incluso antes de que se produjera el colapso de la URSS y Cuba no pudiera enviar más apoyo. El mal recuerdo que dejó la experiencia guerrillera y los excesos en la represión, desincentivaron a partir de entonces cualquier iniciativa golpista y cualquier proyecto de revitalizar la guerrilla (solamente la guerrilla de Sendero Luminoso subsistió en la región peruana de Ayacucho, hasta finales de los 80, más como secta sanguinaria que como movimiento político). Iberoamérica, en tanto que teatro secundario de la Guerra Fría dejó de generar tensiones en los primeros años de la “era Reagan” y estuvo, casi completamente, alineada con los EEUU, hasta la aparición de los movimientos indigenistas y bolivarianos al filo del milenio.


Durante finales de los años 60, un oscuro oficial ruso, Sergéi Geórgievich Gorshkov, nacido en 1910 había ido ascendiendo. Era un experimentado oficial de marina graduado en la prestigiosa Escuela militar de Frunze en 1931 y que, con apenas un año de experiencia, fue nombrado por Stalin comandante de las unidades de superficie del Mar Negro. Se comportó heroicamente en la Segunda Guerra Mundial: dirigió una unidad de destructores y comandó el desembarco soviético en la península de Kerch en el Este de Crimea. Soportó bien las purgas de Stalin y mejor aún la desestalinización. Kruschev lo nombró en 1956 comandante en jefe de la Armada. Pero su hora estaba todavía por llegar. Gorshkov era un gran estratega y se planteó cómo la URSS podía ganar la Guerra Fría: estaba claro que hacía falta una fuerza nuclear que paralizara a la del adversario. Pero eso servía para mantener la estrategia de la “disuasión” global, no para vencer. Las fuerzas de tierra soviéticas habían demostrado su eficacia en la Segunda Guerra Mundial y no hubo nada nuevo en ese terreno durante la Guerra Fría: la URSS siguió produciendo blindados cada vez más pesados y siempre en cantidades masivas que, en caso de necesidad, harían valer su fuerza en las llanuras franco-alemanas. Sin embargo, tales unidades podían ser destruidas (o como mínimo contenidas) por los misiles y la poderosa aviación norteamericana destacada en Alemania. Además, de lo que se trataba era de no llegar a una guerra “caliente” en la que las dos partes perderían. Y Gorshkov elaboró una estrategia extremadamente lúcida.

En la Segunda Guerra Mundial estuvo claro que el gran problema con que se encontró Alemania fue la carencia de combustible. Los EEUU habían previsto desde la Primera Guerra Mundial el abastecimiento de petróleo en el Golfo Pérsico apoyando incondicionalmente a la dinastía de los Saud en Arabia Saudí. Además, tanto la URSS como los EEUU en aquel momento, producían petróleo suficiente para abastecer a su industria (los primeros por completo y los segundos ayudados por el petróleo saudí y el venezolano). Pero Europa, que era la pieza que, finalmente, se dirimía en la Guerra Fría, no disponía de tales ventajas. Todos los países europeos eran deficitarios en materia de crudo. Todos dependían del petróleo procedente del Golfo Pérsico. Para vencer, pues, bastaba con amenazar un corte en la “ruta del petróleo” que, desde los oleoductos que van a dar al Estrecho de Ormuz y de ahí al Golfo de Omán, recorren luego el Mar Arábigo, bordean la costa de África desde Somalia hasta Sudáfrica, pasando frente a las costas de Mozambique y Madagascar, hasta el Cabo de buena Esperanza y luego remontan el Atlántico Sur, pasando frente a Angola, para adentrarse en el Golfo de Guinea y bordear el damero africano del Oeste (Costa de Marfil, Liberia, Sierra Leona, Guinea Conakry y Guinea Bissau, Senegal, Gambia), hasta llegar a las costas del Shaël, con las islas de Cabo Verde a la espalda, llegando a Gibraltar o bien adentrándose en el Atlántico Norte hasta los puertos franceses y de la Gran Bretaña.


Tal era el cordón umbilical que después de la crisis de Suez y de la inestabilidad en Oriente Medio, había inducido a construir superpetroleros capaces de transportar en un solo viaje dos millones de barriles de crudo a bordo siguiendo esa ruta. Solamente el tránsito de estos navíos a lo largo de era “ruta” garantizaba que las fábricas de Europa Occidental y la propia civilización pudieran progresar…

Gorshkov entendió que no era necesario entrar en conflicto directo y “caliente” para vencer, sino que bastaba con que la URSS mejorara sus posiciones a lo largo de la “ruta del petróleo” para chantajear (o, en palabras, más correctas, “condicionar”) a los países occidentales. Ante la amenaza de que, por algún punto, se interrumpiera la “ruta del petróleo”, Europa Occidental no podía hacer otra cosa, simplemente, que capitular. Pero, para interrumpir esa ruta se precisaban dos condiciones: de un lado, una flota de altura capaz de intervenir en los teatros más alejados, de otro, una serie de gobiernos amigos en los países próximos a la misma.

Leónid Brezhnev aceptó el plan e hizo algo más: lo implementó poniendo al frente de la renovación de la flota soviética al propio Gorshkov. El resto de la estrategia (con la creación de gobiernos amigos y bases militares, a menudo encubiertas como “factorías pesqueras”) corría a cargo del KGB. Y ambos trabajaron a buen ritmo.



Teniendo en cuenta este dato puede entenderse lo que ocurrió desde finales de los 60 hasta que se entró en la última fase de la Guerra Fría durante el reaganismo. Una de las palabras más repetidas en aquellos momentos fue “descolonización”. Y con la excusa de la descolonización, la URSS se aprestó a generar gobiernos amigos especialmente en las colonias portuguesas de África: no fue por casualidad, ni siquiera por afinidad ideológica, que apoyaran en esa época a movimientos antiportugueses en Angola, Mozambique o Guinea.

En Sudáfrica, el país era independiente pero estaba dirigido por una minoría blanca, así pues, allí la excusa sería la “lucha contra el apartheid” y el instrumento fue el Congreso Nacional Africano, como en las colonias portuguesas era el Partido para la Independencia de Guinea y Cabo Verde, el Movimiento Popular para la Liberación de Angola o en Frente de Liberación de Mozambique, todos ellos fieles a las orientaciones del KGB y, ayudados, directamente, además por asesores militares germano orientales y tropas cubanas.

En la zona del “Cuerno de África” (Somalia, Etiopía y Eritrea), países que, con el Yemen, cierran el estrecho de Bad el–Mandeb que comunica el golfo de Adén con el mar Rojo y constituye el otro paso estratégico de la zona junto a Suez, aumentó la desestabilización a partir de mediados de los años 70. En 1974 se abolió la monarquía del Negus Haile Selasie en Etiopía y el país pasó a ser una “república popular”. En 1977 el teniente coronel Mengistu Haile Marian dio un golpe de Estado que alineó definitivamente el país con la URSS, pero al año siguiente, los somalíes invadieron su territorio y solamente la llegada de “fuerzas internacionalistas” reclutadas por Cuba logró contener la situación. Mengistu permaneció en el poder hasta 1989 cuando la URSS ya no estaba en condiciones de prestarle más apoyo. En cuanto a Somalia, tras la salida de los británicos, el país quedó en manos de un gobierno prosoviético que solamente dejó de serlo cuando se hizo evidente que la URSS apoyaba a su enemigo geopolítico, Etiopía. Desde entonces la zona vive en un estado de inseguridad permanente y de ausencia de cualquier cosa que se parezca a un Estado.


Otro tanto ocurrió en las costas del Shäel y en los países situados desde ahí hasta el golfo de Guinea. Un rosario de guerras civiles, golpes de Estado, e inestabilidad congénita se extendió por toda la zona: en Mauritania estallaron conflictos tribales a mediados de los 80 que alcanzaron su máximo auge en 1989 para luego remitir; en Senegal apareció un movimiento separatista en la región de Casamance que ha llevado a esa zona a la guerra civil con especial violencia en 1982; por lo demás, la unión proyectada con Gambia nunca se llevó a cabo. Guinea–Konakry estuvo dirigida por un régimen corrupto dirigido por Seku Touré hasta 1984, inicialmente marxista y luego un peón de la política francesa en África. Sierra Leona se vio arrasada por una guerra civil que se prolongó hasta 2002 y sumió al país en continuas hambrunas, epidemias y calamidades. Otro tanto ocurrió en Liberia. Costa de Marfil, por su parte, inició su guerra civil a finales de los 80 que se reavivó en varias ocasiones hasta 2010. En Ghana, Togo, Benin, Nigenia, Camerún, Guinea Ecuatorial y Congo, la situación no era muy diferente: satrapías dictatoriales corruptas situadas dentro de la órbita francesa durante la Guerra Fría. En estos países, a los soviéticos les fue fácil adquirir “factorías pesqueras” que, de hecho, eran base para buques espías.


En el Magreb, la URSS había encontrado un aliado en la Argelia descolonizada por Francia y que se orientó hacia el socialismo tímidamente durante el período de Ben Bella inmediatamente posterior a la independencia, y radicalmente cuando estuvo en manos de su sucesor, Houari Boumedian. Mientras Francia trataba por todos los medios de conservar su influencia en la región, colaborando estrechamente con la monarquía marroquí y con el gobierno tunecino, en Libia, el coronel Ghadafi llegó al poder en 1969, con ideas neutralistas y una curiosa mezcla de panarabismo e islamismo. Su intento de mantener hasta el final la equidistancia entre los EEUU, Francia y la URSS, le costó lo suficientemente caro: a diferencia del gobierno sirio que está siendo defendido a capa y espada por Rusia (en la medida en que siempre consideró a la URSS primero y a Rusia después, como aliado), Ghadafi fue abandonado a su suerte cuando Francia y EEUU, instigaron la guerra civil que terminó con el régimen en 2011.