martes, 7 de julio de 2020

¿HA CAMBIADO ALGO EL COVID-19? REFLEXIONES (3 DE 4) – EL ESTADO FRENTE A UNA PANDEMIA


En el verano de 1981, España se vio afectada por el misterioso “síndrome tóxico”, luego rebautizado como “síndrome del aceite de colza adulterado” (en realidad, una intoxicación por organofosforados) que afectó a 20.000 personas, ocasionando la muerte de 1.100. Las pocas referencias que hay sobre el tema indican que se trató por todos los medios, de ocultar la naturaleza del problema. Así mismo, durante 2018, la epidemia de gripe causó 15.000 muertos en apenas unas semanas. Y, quizás lo peor, sea la incidencia cada vez mayor de determinados cánceres en zonas del país sobre los que existen estudios científicos suficientes para atribuirlos al uso de determinados productos (desde herbicidas, vermicidas, fungicidas, detergentes, conservantes, estabilizantes y colorantes alimentarios), y a hábitos alimentarios y de vida insanos. A lo que se suma, finalmente, la reaparición de enfermedades desterradas y traídas de nuevo por la inmigración masiva y descontrolada que tiene las puertas abiertas sin ningún control sanitario. Y me reafirmo: “puertas abiertas sin ningún control sanitario”.

Así pues, la situación sanitaria de nuestro país no es lo que se dice “idílica”. Sería razón suficiente como para que el Estado tomara cartas en el asunto… Pero, hay dos problemas:
- la “sanidad española” es un concepto que no existe: existen 17 sanidades autonómicas, con 17 políticas diversas y con 17 organismos de control, verificación, compras, distintos, incluso con diferentes coberturas y eficiencias.
- la mayoría de ministros de sanidad, desde el principio de la democracia, no han tenido ni idea de sanidad. La mayoría eran abogados, algunos economistas, alguna funcionaria sin más cualificación y solamente Ana María Pastor (PP), Bernat Soria, Maria Luis Carcedo (PSOE). Solamente ¡TRES sobre VEINTICINCO! Ministros de sanidad de la democracia (UCD, PP, PSOE) han tenido idea de su departamento. Se alega que los “asesores” están para eso: sí, pero parecería mucho más razonable que quien está por encima de los “asesores” separa de qué hablan estos, o al menos qué preguntarles.
Así pues: las dos características del sistema de sanidad español son: su fragmentación y el “amateurismo” de sus titulares.


No es raro que cuando ha estallado alguna crisis sanitaria, como la del Covid-19, pero también como la del “síndrome tóxico” y la mucho más cercana de la epidemia mortal de gripe de 2018, el país no haya estado en absoluto preparado.

El hecho de que se subordine la sanidad a las necesidades del partido del gobierno, hace que, por ejemplo, haya que recurrir a literatura muy especializada para conocer los detalles sobre la incidencia de enfermedades ya desterradas y que han retornado con la inmigración, o incluso que la “corrección política” tienda a mentir descaradamente sobre los gastos sanitarios ocasionados por la inmigración, datos que, simplemente, se escamotean o se falsean para la opinión pública.

Cuando llega el Covid-19, el gobierno español está solamente interesado en sus delirios sobre “ideología de género”, “igualdad” y “lucha contra el machismo”. Desde que han llegado al poder, han entrado más de 700.000 inmigrantes, sin ningún tipo de control sanitario -como durante los gobiernos anteriores desde Aznar a partir de 1996-. Cualquier médico de CAP es perfectamente consciente de que nuestra sanidad está lastrada por la inmigración, pero Podemos y el PSOE han impuesto el “sanidad para todos”, lo que, traducido quiere decir, que el objetivo del 6’1% de población africana infectada por el SIDA, es alcanzar las costas españolas para garantizarse un tratamiento que convertirá la enfermedad, de mortal en crónica. Justo, pero impagable por el ciudadano español, por tanto, inasumible, más allá del humanitarismo de la izquierda marciana.

Peor todavía: el ministerio de sanidad no resistiría una inspección a fondo de los costes de las compras ni de la utilización de los presupuestos. Es uno de los ministerios en donde, la falta de titulación adecuada -¿hay que recordar que durante el franquismo, para ocupar un cargo ministerial se exigían unos años de experiencia en el sector que se iba a dirigir, y años de haber demostrado “saber mandar”… además, claro, de “fidelidad política”- ha sido compensada por que los ministros de sanidad han sido históricamente en los gobiernos de la democracia los más sumisos a sus respectivos partidos? Las comisiones, jugosas comisiones incluso por la compra de palitos de madera para observaciones bucales, alimentan a los distintos escalones del aparato administrativo. Sin olvidar que si las autonomías han pues énfasis en el control de la sanidad ha sido precisamente por el volumen de dinero que mueve…


Ahora bien, no todo ese dinero, se utiliza para mejorar la salud de los españoles. Una parte no cuantificable se utiliza para mejorar la bolsa de quien tiene el poder. Secreto a voces, indemostrable en un país “garantista” con una justicia concebida para que el político corrupto goce siempre de buena salud.

¿O es que a estas alturas vamos a negar que el ciudadano en democracia interesa solo en tanto que representa un voto y los partidos se preocupan por él en los momentos próximos a las elecciones?

Alguien dirá: “Bueno, siempre nos quedarán las asociaciones internacionales, la OMS”… Repasamos la andadura de esta organización: en 2003 reaccionó tardíamente a la epidemia de SARS (nacida también en China) en 2014 no estuvo a la altura de reaccionar ante el Ebola (11.000 muertos en pocos días), en 2009, por el contrario, reaccionó histéricamente ante la Gripe A cuya importancia exageró disparando los beneficios de la industria farmacéutica. No previó la epidemia de gripe del 2018, casi tan grave como el Covid. Y, ante el Covid-19, reaccionó tarde, sustentando siempre la posición de China Popular… principal contribuyente a la OMS. Tedros Adhanom, director de la OMS, siempre -repetimos, “siempre”- ha evitado criticar a China Popular. Tedros -que, por cierto, había militado en un partido comunista- tardó mes y medio en alertar e, incluso, negó el 14 de enero, que el virus pudiera pasar a los humanos. Calló el hecho de que China tardó más de un mes en alertar sobre el virus y en aceptar a una comisión investigadora del organismo internacional


La OMS calló cuando, imprudentemente, China reabrió los mercados de animales salvajes (origen del Covid-19) China no es el mayor contribuyente a la OMS, pero sí el país que tiene más influencia dentro del organismo (lo que ha provocado la ruptura de Trump con la OMS). Y, por supuesto, la OMS, ha callado el hecho de que en Taipé (China Nacionalista), la epidemia solo haya causado 6 muertos 395 contagios sobre 23 millones de habitantes. Para colmo, cuando la OMS alertó al gobierno español de la oportunidad del confinamiento, éste se encontró con que le faltaba valor para desconvocar los actos convocados por el feminismo radical… con lo cual hizo oídos sordos a una alerta que ya llegaba tardíamente.

Todo esto da como cuadro:
1) Gobierno incapaz de reconocer y adelantarse a los problemas sanitarios mundiales en un momento en que la globalización permite a un virus trasmitirse fácilmente a todo el planeta si no se reacciona a tiempo.
2) Gobierno que ve en la sanidad uno de los canales más opacos para desviar comisiones en un secreto a voces compartido con las administraciones autonómicas.
3) Gobierno desinteresado por completo por la salud de la población y que permite, tanto la difusión y publicidad de comida-basura, el aumento de los cánceres y de las dolencias generadas por malos hábitos de vida.
4) Gobierno que confía que, en caso de desatarse una crisis sanitaria, la OMS advertirá previamente y, por otra parte, bastará con imitar las medidas adoptadas por gobiernos vecinos (en los que se dan, casi exactamente, las mismas circunstancias que en el gobierno español…).
En este contexto, pensar que, en situaciones de crisis, el gobierno será capaz de reaccionar a tiempo, es ilusorio y explica por qué somos el país con un mayor porcentaje de muertes por cada 1.000 habitantes.

La serie de artículos se titula “¿HA CAMBIADO ALGO EL COVID-19?”, pregunta a la que puede contestarse de manera negativa: no, en el gobierno de España, el impacto de la crisis no ha cambiado absolutamente nada. Ha bastado que bajaran las cifras de muertos para que el tándem PSOE-Podemos regrese a sus cantinelas habituales: “ideología de género”, “salario social” (dar algo a cambio de nada), “violencia machista”, “más inmigración”, etc, etc, etc. Y, por lo bajo, un aumento desmesurado de impuestos, una situación límite de un déficit ya insuperable y el riesgo de repunte de la enfermedad presente y planeando sobre una población harta del confinamiento y que, en lugar de explicaciones, ha recibido spots publicitarios de ministros mediocres. 

El gobierno -como cualquier otro gobierno en cualquier país europeo- saldrá debilitado de la crisis, pero nada esencial cambiará: ni la forma de concebir la sanidad, ni la competencia de las autoridades sanitarias, ni una mejor y más rigurosa aplicación del presupuesto con prohibición bajo de prisión de percibir algún tipo de comisiones en materia sanitaria, ni ha cambiado la mentalidad del gobierno, ni siquiera se han rectificado ninguna de las orientaciones que han generado una VERDADERA MORTANDAD en algunos geriátricos y que HUBIERA PODIDO EVITARSE.




lunes, 6 de julio de 2020

¿HA CAMBIADO ALGO EL COVID-19? REFLEXIONES (2 DE 4) – LA TUMBA (INSEPULTA) DE LA GLOBALIZACIÓN


No ha sido la primera pandemia de la globalización (de hecho, el SIDA puede considerarse como el precedente y entre la aparición de esta en 1986 y la del Covid-º9, 33 años después, se han producido otras muchas, desde el Ébola hasta el síndrome de las vacas locas, pasando por mutaciones del virus de la gripe que han alcanzado en España proporciones muy próximas a las de la epidemia actual: 15.000 muertos en 2018 por gripe). Pero sí ha sido la epidemia que indica que la globalización, también desde el punto de vista sanitario es algo inviable, peligroso, irracional y con más peligros que beneficios.

Hay dos datos para valorar esto:
1) mientras en Europa no se produzca un proceso de primitivización (cosa que no hay que descartar completamente a tenor de la imposibilidad de integrar a las cada vez mayores bolsas de inmigración que se hacinan en barrios ad hoc y en los que ni están presente la legislación, ni las costumbres, ni los hábitos culturales europeos), lo cierto es que, hasta ahora, absolutamente todas las pandemias que se han extendido en los últimos cuarenta años, tienen como origen el antiguo tercer mundo, con dos focos particularmente: África subsahariana y Oriente (China y la península de Indochina).
2) desde el fin de la Guerra Fría, la “globalización” ha sido la pauta de la economía mundial: a pesar de que, inicialmente, se proponía que cada país se especializara en la producción de algún tipo de producto concreto que luego pudiera intercambiar con otros países, lo cierto es que, desde el principio -como, por otra parte, era lógico- las plantas de producción de todo el mundo han tendido a desplazarse allí donde existía más alta productividad a un precio más bajo. A China y al Sudeste Asiático, en concreto, zonas de hacinamiento, con sistemas sanitarios muy primarios en zonas agrícolas y con una sociedad apática y una higiene que no tiene nada que ver con los estándares europeos.
La globalización, por tanto, ha implicado una dependencia del Primer Mundo de las plantas de producción desplazadas al Tercer Mundo. Una vez abiertas las fronteras a los intercambios comerciales mundiales ilimitados, la globalización llegó a también a los productos agrícolas. Sin olvidar que, previamente desde 1989, se había abierto la puerta al tránsito mundial de capitales: la “globalización de las manufacturas”, vino precedida por la “globalización del tránsito de capitales” y fue seguida por la “globalización agrícola”.


A todo esto, había que añadir un fenómeno anterior: el “mundialismo”. Si la “globalización” es un fenómeno económico, el “mundialismo” es una corriente ideológica nacida a finales del siglo XIX y que prevé la “unificación mundial” y para ello promueve el acercamiento de las culturas, el mestizaje étnico, los intercambios y las fusiones culturales, el “ecumenismo” en el sentido de creación de una “religión mundial”, la organización de certámenes internacionales que aproximen a los pueblos y, en sus elementos más extremos, la “unificación sexual” (mediante las ideologías de género y utilizando la palabra fetiche de “igualdad”).

El “mundialismo” ha estado hasta los años 90 muy por detrás de sus expectativas: frecuentemente ha quedado solamente como patrimonio de la UNESCO y de asociaciones cuya “capa dirigente” constituye una verdadera secta, frecuentemente, en relación con los restos y herederos de pequeñas sectas que dieron nacimiento al mundialismo en el siglo XIX. Pero, a partir de la década de los 90, cuando se inició la globalización, la izquierda europea percibió dos fenómenos:
- por una parte, la desaparición del proletariado europeos y- por otra parte, la necesidad de abaratar costes salariales si se deseaba competir en una economía mundial globalizada. Especialmente porque el salario mínimo medio en Europa está en 1.400 euros, mientras que en China anda por los 400 y en África por los 200.
La única forma de que Europa compitiera en el mercado mundial globalizado era abaratando costes de producción y, la clase política -de izquierdas, pero también de derechas- juzgó que esto solamente podría hacerse insertando artificialmente mano de obra masiva y barata en el mercado laboral. Fue entonces, cuando los gobiernos europeos abrieron la espita a la inmigración masiva. Espita que todavía hoy sigue abierta.

Con la inmigración masiva, el panorama sanitario del viejo continente cambió radicalmente: si bien es cierto que las primeras promociones de inmigración llegaron con la idea de trabajar duro para sacar adelante a sus familias, lo cierto es que, pronto advirtieron que en Europa habían encontrado a Estados y a partidos que estaban dispuestos a dar mucho a cambio de nada. La noticia se fue extendiendo como un reguero de pólvora por el Tercer Mundo: Europe es el lugar en donde, simplemente por estar, los gobiernos financiaban a los recién llegados en no importa qué condiciones sanitarias llegaran (el 72% de afectados por SIDA en todo el mundo son africanos y la prevalencia del SIDA entre 15 y 49 años es del 6,’1%).


Los intereses del “mundialismo” ideológico -los intercambios culturales y trasvases de población, mestizajes y demás fantasías productos de visionarios utópicos perdidos en sus elucubraciones- terminaron convergiendo con los intereses muy reales de la “globalización” y con una izquierda que se había quedado, al perder a la clase obrera, sin electorado preferencial. Tal es la situación actual.

Ahora bien, para que la globalización y el mundialismo fueran posibles y “enriquecedores” para todas las partes eran precisas una serie de condiciones:
1) Que las partes que compitieran lo hicieran en las mismas condiciones, sin que ninguna jugara con ventaja: es decir que los salarios y las condiciones sociales fueran equiparables.
2) Que no existieran riesgos sanitarios o, al menos, que existieran controles sanitarios para el acceso a Europa de población procedente de zonas con sistemas sanitarios deficientes.
3) Que la inmigración, si iba a ser masiva, se pudiera canalizar, seleccionar y, en una palabra, controlar.
Ninguna de estas circunstancias se dio. Con lo que ocurrió, lo que cualquier observador podía haber previsto desde el principio:
- reaparición en Europa de enfermedades que estaban desterradas desde hacía décadas del continente.
- aumento del gasto sanitario en Europa al llegar poblaciones con problemas de salud crónicos que solamente se manifestaron en los CAP europeos.
A esto se añadió, en países confinados al “sector servicios”, esto es, a la periferia europea, otro problema: el tener una economía basada especialmente en el turismo. Tal era el caso de España: la mala negociación de Felipe González para entrar en la UE, las prisas, las promesas en que los problemas de reconversión industrial se superarían mediante la llegada de fondos estructurales, todo ello, hizo que los restos de la estructura económica franquista (apostar por varios sectores, algunos de ellos estratégicos, siderurgia, sector naval, agricultura y… turismo) quedaran reducidos a dos, turismo y construcción. En 2019 llegaron a España 87 millones de turistas y se preveía que el número fuera aumentando un 5% anual hasta 2050.

A nadie se le escapa que apostar solamente por el turismo y la construcción era SUICIDA para nuestra economía y, no solamente, porque su “valor añadido” fuera íntimo, sino porque son sectores sometidos a modas, tendencias y ciclos.

Esto hace que, para España, la irrupción del Covid-19 haya constituido la culminación de la “tormenta perfecta” para la desintegración de un país, coyuntura que se ha dado, por primera vez en democracia, con la presencia de un pequeño partido de extrema-izquierda-marciana en el poder: Podemos, al que ha tenido que recurrir el PSOE para poder gobernar.

No es por casualidad que definamos como “izquierda marciana” a la coalición PSOE-Podemos: la desintegración doctrinal de la izquierda, ha favorecido el que asumiera, sin espíritu crítico, para llenar el vacío, la ideología “mundialista”, tal como es formulada por la UNESCO: más inmigración, más multiculturalidad, más mestizaje, más igualdad sexual, más globalización…

A esto se une un enésimo factor: la mala calidad del gobierno español. Surgido de una coalición forzada por los resultados electorales, lo cierto es que examinar la composición del gobierno, genera una sensación desoladora: personajes sin historial previo, sin ningún especialista en nada, con apenas currículos laborales, con formación, en muchos casos, precaria y sospechas de compra de títulos, tesis doctorales prestadas o simplemente copiadas, indican a las claras que las élites de la sociedad española hace tiempo que han dado la espalda a la política, precisamente porque la política es para el conjunto de la sociedad la actividad más deshonesta que puede practicarse, a corta distancia de la trata de blancas o del tráfico de drogas.

Al frente del ministerio de sanidad, por ejemplo, tenemos a un licenciado en filosofía que solamente está allí como tributo al PSC. Illa lo ignora todo sobre la sanidad. Cuando alguien lo ignora todo sobre el departamento a cuyo frente está, es normal, que a la hora de elegir “asesores”, se equivoque también y no sea capaz de deducir, quienes “entienden” sobre una materia. Habitualmente, un gobierno como el del PSOE-Podemos, no suscita, precisamente, entusiasmo, entre profesionales de carreras intachables que no querrían ver empañados sus nombres por una pequeña colaboración con un gobierno de ambiciosos ignorantes. 



La situación, en conclusión, es la siguiente:
- España es, además de un país de tránsito entre Europa y África, el gran puerto para la entrada de inmigración masiva procedente de Marruecos, el país en donde cualquiera que pone los pies en él, ya puede aspirar a un subsidio y a los gastos pagados por el resto de sus días y, donde no se le preguntará ni con qué enfermedades llega, ni qué sabe hacer, ni mucho menos si tiene trabajo. Se le admite y punto.
- España es un país cuya economía se basa en el turismo, actividad que, en el fondo, no es otra cosa, que un tránsito de millones de personas llegadas de todo el mundo, sin ningún tipo de controles.
- España es un país cuya economía de consumo depende, en grandísima medida, de productos y manufacturas fabricadas en el exterior, lo que implica grandes tránsitos de mercaderías, especialmente en puertos y en fronteras.
- España es un país, cuyo gobierno esta atenazado por una serie de prejuicios ideológicos que constituyen los “rasgos diferenciales” en relación a la derecha, y que suponen una sumisión a la ideología mundialista (mientras que la derecha, asume devotamente la globalización, pero rechaza la mayor parte de las impostaciones “mundialistas”).
- España está hoy gobernada por una izquierda en la que la inteligencia, la seriedad, la capacidad crítica, han desertado, y lo único que ha quedado es el ansia de detentar el poder por el poder y por los beneficios de por vida que reporta (esto puede decirse también de la derecha, por supuesto, pero es que esta crisis, como la de 2008, se ha producido durante un gobierno de izquierdas).
Un país así no está preparado para afrontar una crisis como la del Covid y eso explica por qué, hasta ahora, España, sigue a la cabeza en el mayor porcentaje de víctimas por habitantes. Es significativo que los medios, especialmente oficiales, alardeen de países que van por delante del nuestro en número de muerte… ¿Cómo no iban a ir países como EEUU, Italia, Reino Unido o Francia, por delante, teniendo una población mayor que la nuestra? Las cifras en bruto no significan nada, salvo una coartada para el gobierno español: lo que cuentan son los porcentajes de muertes en relación a la población total. Y en este terreno, desgraciadamente, somos líderes mundiales.

El principio de prudencia determinaría que la crisis -no concluida- del Covid-19 marcaría el final de la globalización, la reimplantación de aranceles, la disminución del comercio mundial y la reindustrialización de los países, poner coto a la inmigración masiva y procurar que el turismo descendiera a un nivel a “apoyo” a la economía española, en lugar de ser el pilar central… Incluso a nivel internacional, el hecho de que todas las pandemias procedan de determinadas zonas del planeta obligaría en buena lógica a que la “comunidad internacional”, tomara cartas en el asunto y obligar a estos países a mejorar sus sistemas sanitarios y a garantizar que no seguirán siendo focos de difusión de pandemias.

De hecho, la crisis sanitaria es solamente uno de los aspectos en donde la globalización ha fracasado. La movilidad internacional de capitales -siempre en busca de las mejores áreas de inversión- es inaceptable para un mundo demasiado desigual. La propia globalización es inasumible mientras no existan igualdad de condiciones para la competencia entre los países. La inmigración “laboral” es inútil en países con altas tasas de paro, como España, y en un momento en el que se inicia la época robótica que asumirá un 20% del mercado laboral en los próximos años y que se hará cada vez más presente en los campos y en aquellas actividades poco cualificadas que suele realizar la inmigración.

Pero una cosa es la lógica y otra las pautas que mueven a los gobiernos.

De todas formas, los rebrotes y mutaciones del Covid-19 garantizan que la globalización y sus prácticas, están condenadas a muerte. La economía mundial no podrá soportar, ni nuevos -y presumibles- parones como el que se ha producido entre marzo y junio de 2020, ni un descenso de la población mundial, del consumo y de los intercambios comerciales. Pero, el gran problema, es que los gobiernos, en la actualidad, resultan incapaces de planificar, idear y establecer nuevos patrones económicos que garanticen prosperidad en las poblaciones, seguridad sanitaria y estabilidad para los próximos años.

La globalización ha muerto -el Covid-19 la ha rematado. Pero no hay enterradores con valor suficiente para reconocerlo, ni gobiernos con imaginación suficiente para planificar el futuro más allá de los tópicos del “mundialismo”, de las ilusiones “neoliberales” y de las impostaciones de la izquierda marciana.

domingo, 5 de julio de 2020

¿HA CAMBIADO ALGO EL COVID-19? REFLEXIONES (1 DE 4)


Esta serie de artículos tiene como finalidad realizar algunas reflexiones personales sobre lo que ha supuesto la crisis -en absoluto concluida- del Covid-19. Hemos optado por realizar estas reflexiones “a martillazos”, tocando temáticas muy diferentes y procurando unirlas de la manera más coherentes posible. No estamos muy seguros de haberlo logrado, pero si de conseguir reunir algunos elementos de reflexión para nuestros amigos y conocidos.

1

EL MIEDO COMO TENDENCIA EN EL SIGLO XXI


El milenio empezó mal: con un falso miedo (el miedo al “efecto 2000”) del que se decía que podría bloquear todo el sistema informático mundial. Era una exageración que sirvió para que los informáticos hindúes de Bangalore, recibieran la externalización de las necesidades informáticas de los EEUU. Se dice que el siglo XX empezó con “Jack el Destripador” y, por lo mismo, es rigurosamente cierto que el siglo XXI se inició el día en que se presenció en directo desde todo el mundo, los extraños ataques (de origen nunca desvelado) del 11-S. Sea cual fuere el origen, a estos atentados siguió el episodio (aun menos aclarado, sino ocultado completamente) sobre el origen de los “ataques con Ántrax”. Todo esto, hizo que la primera década del milenio estuviera dominada por el MIEDO.

En la segunda década, esta sensación se fue acrecentando: la crisis económica mundial, iniciada en el verano de 2007 y reconocida oficialmente en España en el otoño de 2009, nos situó ante un fenómeno nuevo: LA INSEGURIDAD QUE AUMENTA EL MIEDO A PERDER LO QUE TENEMOS.

Cuando este miedo distaba mucho de disiparse, apareció otro: el miedo a un terrorismo islámico de origen muy claro (generado como efecto de las aventuras coloniales de los EEUU en Oriente Medio, iniciadas por Bush y proseguidas por Obama). Cuando el Estado Islámico y su locura resultó aplastado, gracias al gobierno legal y legítimo sirio y a la ayuda militar procedente de Rusia, es en ese momento cuando aparece un nuevo fenómeno que centuplica la sensación de miedo: el Covid-19.


Cuando se realicen las crónicas del inicio del siglo XX, se hablará del tránsito de la tercera a la cuarta revolución industrial, se insistirá en los progresos tecnológicos y en los avanzas en los campos de la inteligencia artificial, de la robótica, de la universalización de las redes y de los cambios en las formas de ocio… y se tendrá razón. Pero sería un error olvidar que, desde la noche de fin de 1999, hasta el día en el que escribimos estas notas, el miedo, especialmente el miedo y, sobre todo, el miedo es la constante que ha estado presente cada día en la nueva época hasta el punto de que podemos definir al siglo XXI como LA ÉPOCA DEL GRAN MIEDO SOSTENIDO.

Durante otras épocas históricas, el miedo afectaba de una manera muy diferentes a las sociedades: ya sea porque este se encontraba limitado a un corto período de tiempo (entre el 20 de julio y el 6 de agosto de 1789 se desarrolló en plena “revolución francesa” lo que se llamó “el gran miedo”) o porque las sociedades eran mucho más duras y estables en su configuración o, simplemente, porque la humanidad vivía en épocas en las que la lucha por la supervivencia era una constante diaria, lo cierto es que las sociedades resistían mucho mejor las amenazas (entre 1942 y 1945, por ejemplo Alemania soportó criminales bombardeos diarios sobre las poblaciones civiles que no alteraron -salvo en las últimas semanas- la vida de la población… pero han bastado unos pocos atentados, 70 años después, de terroristas desarrapados, fanáticos ignorantes y primitivos para que la sociedad alemana se convulsionara).

Un período de miedo en otras épocas históricas, se insertaba en medio de otros períodos de miedo y tensión que contribuían a relativizar la inquietud. La diferencia con la actualidad, radica en que, en Europa, desde 1945 se ha vivido una situación prácticamente de paz y estabilidad que ha repercutido en las poblaciones: simplemente, las ha “ablandado”, ha hecho que la educación de los hijos tenga mucho más que ver con valores “finalistas” que con la forja del carácter y de la dureza para afrontar situaciones de crisis y de riesgos.

Y este es el problema: que las poblaciones ya no están preparadas para poder soportar miedos reales.

¿Qué ocurre cuando se tiene miedo? El miedo impide pensar; impide valorar las alternativas, nos obliga a actuar torpemente (ejemplo: la desaparición del papel higiénico en los supermercados durante los primeros momentos del confinamiento, a causa del acaparamiento), no deja entrever qué es lo principal y qué resulta secundario. Nos hace ser sumidos al poder constituido (o a cualquier “contrapoder” que hubiera podido aparecer). Nos hurta el “arma de la crítica”: hace que nos situemos bajo el paraguas protector del Estado y confiemos en él, como en otro tiempo confiábamos en que papá y mamá resolvieran todos los problemas de nuestra vida. Cuando tenemos miedo, no podemos pensar en lo que ocurrirá más allá de la situación que genera ese miedo (aceptamos un confinamiento que llegó tardíamente, sin que ningún partido pensara lo que suponía parar la economía durante dos o tres meses y sin pensar en otras alternativas), estamos dispuestos a aceptar las opiniones que procedente de “fuentes autorizadas” y no nos preocupa si esas fuentes actúan con buen criterio o, simplemente, hacen lo que hace el gobierno de la nación vecina. Cuando tenemos miedo, cesa de actuar el pensamiento lógico.

En el caso del Covid-19, todos esos efectos se han multiplicado por la soledad de la vida moderna: la desaparición de la familia tradicional ha hecho que cada persona vive en sí misma, prácticamente aislada del resto; incluso, una familia reunida en una sala, no pasa de ser una suma de individuos aislados unos a otros: conectado uno con redes sociales, otro jugando a videojuegos en el Tablet, otro viendo un streamming en televisión. El individuo aislado experimenta un terror mayor al individuo el grupo: entendemos por grupo, no un agregado inorgánico de gentes, sino una estructura jerárquica, comunitaria y organizada de gentes con rostro propio que se unen para determinado fin, incluso para la supervivencia.

Hasta no hace mucho, la “sociedad civil” ofrecía cientos de casos de “grupos” así constituidos. Pero, desde mediados de la década de los 80, la nueva moral social difundida por el PSOE de Felipe González, contribuyó a destruir por completo la sociedad civil: se paralizó el asociacionismo, descendió el número de personas que participaban en actividades asociativas y las asociaciones pasaron a ser simplemente mecanismos subvencionados de control social (empezando por los sindicatos que, a cambio de una sopa boba más o menos abundante para sus direcciones y de poco trabajo para sus cuadros, firmaban cualquier acuerdo que se les pusiera delante de la mesa).

Luego se convirtió en habitual que el gobierno de turno solamente subsidiara a asociaciones que, o bien servían a propósitos “ideológicos” (en el peor sentido de la palabra, grupos de apoyo a la corrección política, en general), sectas, asociaciones de todo tipo cuya funcionalidad era desviar dinero público a los “amigos de la clase política” y, finalmente, de la noche a la mañana, iniciado el milenio, nos dimos cuenta de que la “sociedad civil” había desaparecido prácticamente, sustituida por chiringuitos y más chiringuitos ideológicos que barrían recursos públicos para sus propietarios.

Desde los extraños atentados del 11-S y, luego con los todavía más extraños atentados del 11-M en España, llamó la atención la pasividad con la que la “sociedad civil” asumió las “versiones oficiales” e, incluso, la falta de interés de los partidos del poder y de la oposición, a llegar hasta el fondo de lo que había ocurrido.

A nivel de base, la delincuencia -España, no lo olvidemos, se ha convertido en “país faro”, generador de un efecto llamada para delincuentes procedentes de todo el mundo, territorio en el que sale más barato realizar cualquier delito o crimen gracias a los tópicos recogidos en nuestra constitución y que se reflejan en garantismo absurdos y permisividad legal- suponía un aguijoneo continuo, una especie de “guerra de baja cota” contra la sociedad, que quedaba diluida por tres datos:
- en primer lugar, las constantes variaciones en las estadísticas de delitos que, siempre, terminaban “demostrando” que la delincuencia “descendía”;
- en segundo lugar, porque los 87 millones de turistas hacían que, parte de las víctimas de esos delitos, no fueran españoles;
- y, finalmente, porque la cantinela oficial asimilaba el “delito” a la “pobreza” (cuando, en realidad, el delincuente vive muy bien, porque todo tipo de delito asegura ingresos mensuales muy por encima de los 1.400 euros de salario medio en España) y la corrección política inmovilizaba a los que pedían mano dura, castigos reales a los delitos, expulsión de delincuentes (en lugar de regalo de la nacionalidad).
La delincuencia de baja cota ha hecho que nuestros domicilios se han ido convirtiendo en cajas fuertes, han aumentado los medios y las dotaciones policiales, se han creado decenas de compañías de seguridad, con miles de empleados, nuestras ciudades están cubiertas de cámaras de videovigilancia, de tal manera que hoy la comisión de un delito sería casi impensable… de no ser por:
1) la permisividad de las autoridades,
2) la incapacidad del gobierno para legislar coherentemente y
3) a causa del propio marco constitucional.
El aumento en los consumos de drogas y en todo tipo de adicciones, el hecho de que una vivienda pueda ocuparse, ser destrozada y albergar a narcos durante meses y meses, sin que nadie actúa, el hecho de que no exista una selección entre los inmigrantes que siguen entrando en riada y que, ya hoy algo más de un 20% del país haya nacido en el extranjero -en un país con un paro endémico y que si no precisa de otra cosa es de inmigración subsidiada-, la sensación advertida por los sectores más conscientes de que “tenemos gobierno” (municipal, nacional, regional, europeo), pero que esos gobiernos carece de “autoridad” y, sobre todo de interés en otra cosa que no sea el consabido “coge el dinero y corre”, todo ello, sumado, genera una sensación en nuestro país de indecible inseguridad y la sensación de que NADIE, ABSOLUTAMENTE NADIE, se preocupa por el ciudadano que paga sus impuestos y mantiene a parásitos subsidiados y a gobiernos interesados solamente en el ciudadano en tanto que votante.

Todo esto queda disimulado por un sistema de enmascaramientos desmovilizadores: televisiones con programación-basura, difusión de pensamiento-basura (“corrección política”, “ideologías de género”), anestésicos sociales (la marihuana elevada a “medicina universal”, videojuegos, redes sociales, pansexualismo, industria del entertaintment, etc, etc) que operan de la siguiente manera:
- atenúan la sensación de miedo y de inseguridad por canales que se traduzcan en resignación, aceptación y pasividad.- pero no la hacen desaparecer hasta el extremo de que las poblaciones se sientan libres y ejerzan el pensamiento crítico:
Y entonces llegar el Covid-19: y al miedo, se superpuso al miedo.

El Covid-19 es una epidemia que, a parte de su mortandad real, aumenta, refuerza e, incluso, eterniza, la sensación de GRAN MIEDO SOSTENIDO que se vive desde la noche del 31 de diciembre de 1999.

viernes, 3 de julio de 2020

El sexo que llevó al III Reich (3 de 3) – "REFORMADORES SEXUALES" Y MORAL SEXUAL DEL TERCER REICH


Hubo mucho equívoco sexual en la Alemania weimariana. Cualquier negativa a tener una relación sexual suscitaba inmediatamente una serie de letanías: “eres una reprimida”, “no has logrado emanciparte de tus prejuicios”, “vives en el antiguo régimen”, etc. En una mala lectura de las obras de Freud, Reich, Rank, y demás psiquiatras, cualquier negativa podía ser interpretada en clave psicoanalítica y evidenciar supuestas inhibiciones y traumas. Abundó en este sentido la presión psicológica surgida de la charlatanería seudo–psiquiátrica que indujo a muchas mujeres a revolverse contra esta dialéctica. Las mujeres del NSDAP fueron un ejemplo ilustrativo.

El feminismo de la época reaccionó contra esta tendencia y denunció las “nuevas estratagemas” del varón para alcanzar el coito sin que a mujer lo deseara verdaderamente. En realidad, lo que estaba ocurriendo es que el tránsito de la sexualidad tradicional del período “guillermino” a la nueva sexualidad del período “weimariano” había tenido lugar demasiado aceleradamente y se había filtrado demasiada escoria. Algunos intelectuales de la época denunciaron el fenómeno. Kracauer, por ejemplo, denunció la obsesión por las apariencias física y por la perfección corporal y lo consideró como un reflejo del “carácter represivo e injusto de la modernidad capitalista en la fase del consumo de masas”.

Las iglesias católica y protestante se situaron también en la oposición a la nueva sexualidad pero desde el punto de vista conservador. No negaban la necesidad de una vida sexual sana, pero si temían que desembocara en un hedonismo que olvidara que en su concepción el papel sagrado de la familia era la procreación. Además, estas confesiones se alarmaron al conocerse, a mediados de los años 20, las dimensiones del número de divorcios y de abortos que estaban proliferando y que para ellos era sinónimo de inmoralidad y decadencia.


Los “reformadores” les contestaban que la novedad de la nueva sexualidad que recorría Alemania consistía en haber desvinculado la “propagación de la vida” de la “alegría de vivir”… lo que implicaba reconocer que la sexualidad era importante no solamente por lo que contribuía a la procreación, sino también porque proporcionaba placer y uno era independiente del otro. Por extraño que parezca esa idea que hoy es unánimemente aceptada, se teorizó por primera vez en Weimar.

La república fue uno de aquellos momentos en los que una sociedad pareció sincerarse consigo misma. Los alemanes reconocieron que las restricciones a la sexualidad de las que habían hecho gala hasta ese momento les generaban más problemas y tensiones interiores que otra cosa. Fueron, acaso por primera vez en la modernidad, conscientes de que una vida sexual sana y plena tiende a estabilizar al resto de la personalidad y acertaron a la hora de reconocer el papel importante de la sexualidad en la constitución e lo humano.

Tuvieron razón en denunciar la hipocresía que rodeaba a las concepciones burguesas de la sexualidad y aspirar a una salud y a una higiene sexual desconocida hasta entonces. Lo que estaban cuestionando los “reformadores sexuales” de Weimar era a la sociedad burguesa y a sus prácticas. Todo eso, como hemos dicho al principio fue inseparable del trauma que supuso la guerra y su catastrófico final.

La sexualidad tal como la conocemos hoy empezó en Weimar. Pero también puede formularse una crítica a estas posiciones. El “principio del placer” quedó situado en la cúspide de todos los valores y esto llevó a una oleada de hedonismo y de subordinación de cualquier otro valor a la tiranía del eros. Weimar, contribuyó a dar el primer paso para absolutizar el principio del placer y convertirlo en el eje de las búsquedas personales para muchos. Era algo que ya se intuía en los EEUU desde antes de la I Guerra Mundial, pero es rigurosamente cierto que en Weimar esta tendencia a liberar el sexo de cualquier atadura y absolutizarlo encontró a sus primeros teóricos e intelectuales. De hecho, en Weimar encontramos una mezcla de espíritu de renovación viciado por la importación de usos y costumbres procedentes de los EEUU que nada tenían que ver con la tradición europea. Quizás por esto, las concepciones weimarianas sobre la sexualidad escaparon pronto a todo control.

Y entonces llegó el nacionalsocialismo.


El NSDAP era una mezcla de distintas tendencias políticas reunidas todas bajo la jefatura indiscutible y la personalidad carismática de Hitler. También en materia sexual el NSDAP era un amasijo de tendencias contrapuestas, con la diferencia de que Hitler nunca pareció tener una opinión concreta sobre la sexualidad (y si la tuvo no la divulgó). Hitler era uno de esos tipos históricos para los cuales la sexualidad parece no existir y que canalizan todas las energías que el hombre común encauza hacia la sexualidad, en dirección a otros fines. Esto creaba un vacío que hizo que la política sexual en el III Reich adquiriera rasgos relativamente contradictorios.

De un lado se reforzó el concepto de familia tradicional, se estimuló la natalidad y se tendió a que las familias fueran estables. El número de divorcios y abortos disminuyeron. También las distintas organizaciones del partido tendieron a favorecer las políticas eugenésicas e incluso, se favorecieron los matrimonios entre hombres y mujeres que respondían al arquetipo del ideal “germánico” tal como se concebía (el famoso proyecto Lebensborn), es decir, piel blanca, alta estatura y ojos y cabellos rubios o claros.

 
Gran Cruz de la Madre Alemana, concedida a las mujeres que tenían hijos. A la derecha : Haana Reitsch, piloto de pruebas de la Luftwaffe en igualdad de derechos que el varón a la hora de defender a la Patria.

En general, las autoridades nacionalsocialistas solamente restringieron la actividad de los “reformadores sexuales” en la medida en que estaban vinculados a proyectos de izquierda y extrema–izquierda. En absoluto se favoreció una moral sexual restrictiva, ni se prohibieron lo que algunos hubieran podido considerar como muestras pornográficas: los espectáculos de cabaret y revista prosiguieron, se restringieron eso sí las publicaciones consideradas inmorales y que difundían mensajes contrarios a la integridad del Reich pero ni siquiera se restringieron las películas pornográficas que siguieron filmándose incluso tras el inicio de la guerra y en el Bundesfilarchiv de la República Federal Alemana han quedado muestras suficientes para atestiguarlo. El nudismo estuvo presente bajo el III Reich sin más restricciones que las derivadas de la “higiene racial”. Otro tanto ocurrió con la difusión de desnudos masculinos y femeninos en revistas gráficas, incluso de propaganda, que como hemos apuntado anteriormente, se difundieron con naturalidad.

Entre 1918 y 1933, en los apenas quince años que duró la república de Weimar, la problemática sexual estuvo muy presente y frecuentemente atrajo la atención de los medios y de las gentes. Lo mejor, como hemos visto, se juntó con lo peor y lo mismo ocurrió en otras ramas de la sociedad weimariana en diferentes artes y manifestaciones culturales e incluso en la política. Cuando se produjo el advenimiento del III Reich todo esto quedó tamizado por las conveniencias de la política nacionalsocialista: aquello que contribuía a reforzar su concepción de la vida, del mundo, de la estética y de la sexualidad, sobrevivió, aquello que estaba ligado a movimientos de izquierda y de extrema–izquierda desapareció. Reformadores sexuales como Wilhelm Reich debieron abandonar Alemania y siguieron defendiendo sus principios -hasta la locura- desde los EEUU.

 

Publicaciones eróticas realizadas, distribuidas y vendidas durante el Tercer Reich

La sexualidad en los doce años que duró el nacionalsocialismo en el poder no fue muy diferente de la tendencia iniciada en Weimar: en el fondo, el Reich, con sus políticas sociales y de natalidad, con sus centros Lebensborn, con su exaltación de la belleza masculina y femenina y sus arquetipos de perfección racial, con sus tendencias neopaganas y su culto a la naturaleza, no podía sino seguir una tendencia muy desinhibida en lo sexual.


¿Cuál era la diferencia con la sexualidad que vino tras la guerra y que se impuso desde 1945 y mucho más desde la falsa “revolución sexual” de los 60? Es muy simple: en el Tercer Reich se enseñaba el uso de la sexualidad y el autocontrol en materia sexual. El sexo en el Reich era muy diferente al “pansexualismo” que vino después. Existieron la pornografía y la homosexualidad, y también el travestismo (incluso en el interior de la Wehrmacht), el nudismo no fue perseguido e incluso el régimen practicó cierto culto al cuerpo humano y a la belleza del cuerpo desnudo (que entraba dentro del “neopaganismo atenuado” del régimen). Pero el Reich era perfectamente consciente de que había que crear “muros de contención”: quiso impedir siempre que existieran grupos sexuales de presión, que las opciones personales se alardeasen y se propagaran. Y lo hizo porque tenía claro cuál era el objetivo: una sociedad fuerte, una sociedad estable, una sociedad en la que se crearan familias sólidas que contribuyeran a la construcción del futuro y a su solidez. Cualquier cosa que iba en contra de este principio, podía vivirse en el ámbito privado, pero no ser objeto de escrutinio público, ni de promoción.


El Reich no anuló la sexualidad, ni la consideró desde un punto de vista pacato:
simplemente, se enseñó a los jóvenes a vivir su sexualidad, situarla en su vida y controlarla mediante la voluntad y la responsabilidad


Solamente las SS se habían declarado abiertamente contra la homosexualidad y expulsaban de sus filas a quienes tuvieran esta tendencia. ¿Motivo? El mismo por el que Himmler prohibía a SS de su entorno fumar. Si desobedecían, tenían dos alternativas: el abandono discreto del cuerpo de élite o “la pistola”, es decir, el suicidio con honor. Era así de simple: no es que se condenase a la homosexualidad, es que se condenaba la falta de autocontrol

La sexualidad en el Reich, en definitiva, no fue sino la sexualidad de Weimar depurada de sus componentes anárquicas, libertarias y de las interpretaciones psicoanalíticas que se les antojaban producto de la “teorización judía” sobre el psicoanálisis.

miércoles, 1 de julio de 2020

El sexo que llevó al III Reich (2 de 3) – EL IDEAL DE BELLEZA Y EL NUDISMO EN WEIMAR


La sífilis estaba extraordinariamente extendida y era solamente una de las muchas enfermedades sexuales que transmitían las prostitutas (y de ahí se extendía a toda la sociedad); la impotencia también era el pan de cada día. La pauperización de la clase obrera contribuía a aumentar su miseria sexual. Viviendo en barrios hacinados, dentro de pisos minúsculos en los que era imposible disfrutar de una sexualidad plena unido a la falta de intimidad, con las mujeres constantemente embarazadas o trabajando fuera del hogar, la clase obrera parecía vivir una situación dramática que le impedía el acceso al placer. Por eso los “reformadores sexuales” de izquierda consideraban que la revolución sexual y la revolución social iban de la mano y que no podía darse una sin la otra.

Los medios de comunicación weimarianos también pusieron su granito de arena a la hora de definir una nueva sexualidad. Las varias decenas de títulos de la cadena de prensa Ullstein (sobre la que Arthur Koestler en sus memorias aporta abundantes datos en la medida en que desde muy joven fue uno de sus corresponsales) crearon el arquetipo de la imagen de la “mujer moderna” que tanto habría de influir posteriormente en toda Europa. Hay que decir, que los propietarios de cadena fueron muy criticados por el NSDAP en la medida en que eran judíos alemanes.

El ideal femenino weimariano: la “mujer moderna”

La “mujer moderna” tenía unos rasgos taxonómicos inequívocos: era atractiva, esbelta, la práctica del deporte (especialmente del tenis y la natación) le proporcionaban un cuerpo atlético y atractivo; ya no lucía melena recogida, sino un pelo corto casi varonil. Carecía por completo de instinto maternal (o al menos las publicaciones de los Ullstein no se lo atribuían). El arquetipo, abundantemente fotografiado en los magazines ilustrados, mostraba inevitablemente a una mujer de clase media o acomodado, que trabajaba fuera del hogar en el mundo de la cultura o en oficinas y que no tenía inconveniente –importante novedad en la época– en salir sola o bien en grupo de mujeres. Tenía independencia económica y recurría a hombres solamente cuando experimentaba la necesidad del contacto. Políticamente era progresista o “centrista”. Creía en la democracia traída por la República y en la igualdad de derechos con el varón… 

Naturalmente, el arquetipo era una falacia que correspondía solamente a unos pocos miles de mujeres. En su mayoría la mujer weimariana distaba mucho de este ideal y del arquetipo pintado en las publicaciones de la cadena Ullstein que correspondía al ideal de la “mujer moderna” de derechas. Ciertamente, la mujer se había incorporado al mundo del trabajo durante la guerra europea, pero en 1925 una estadística demostró que a pesar de que un tercio de las mujeres alemanas trabajaba por cuenta ajena, habitualmente en fábricas insalubres o en oficinas, casi siempre lo hacía en puestos subalternos y percibiendo unos salarios extraordinariamente bajos. Esto permitió que los comunistas construyeran otro arquetipo de su “mujer ideal” de izquierdas.


La "mujer moderna" en versión bolchevique: la mujer sólo cuenta si está comprometida con la causa del proletariado internacional


La "mujer moderna" para la cadena Ullman: alumnas de la BAUHAUS

Ésta era una mujer que no se cuidaba tanto de su apariencia externa. Solía vestir mono de trabajo y se la representaba manejando la cuba de un alto horno o cuidando de una máquina industrial. Si la mujer burguesa se peinaba “a lo garçon” y utilizaba prendas masculinas (pantalones y americanas estilizadas), la mujer de izquierda también incorporaba a su imagen el mono propio de los trabajadores y el pelo recogido. La mujer de izquierdas se presentaba en las publicaciones comunistas como comprometida con la causa del proletariado, a diferencia de la mujer de derechas que apenas lo estaba con la de Weimar y la democracia republicana.

En Weimar no se inventó lo “bisex”, pero si apareció una tendencia a asimilar mujer a varón en su imagen externa.


El ideal de belleza masculina

¿Y cómo era el arquetipo del varón weimariano? También aquí se produjo otra novedad. Mientras que hasta ese momento nadie se había atrevido a hablar de la belleza masculina” y cualquier cosa que supusiera el que el varón se cuidaba de su aspecto físico, era considerado como sospechoso de homosexualidad o, lo que era lo mismo en la óptica de la época, de debilidad, lo cierto es que distintas publicaciones del período weimariano no dudaron en difundir un ideal de belleza masculina que interesó algo más a la derecha que a la izquierda. Y es que los ideales de la belleza masculina eran tipos habitualmente identificados con la óptica de derecha.

Stephan Zweig se sorprendía de que, en apenas 15 años (desde principios de siglo hasta el final de la I Guerra Mundial), la sociedad alemana hubiera cambiado tanto. Recordaba sin ninguna nostalgia especial bien es cierto a las mujeres encorsetadas, utilizando canesús y miriñaques que recorrían los barrios acomodados alemanes en 1905 y las comparaba con la “mujer moderna” que parecía recorrer la Unter den Linden en 1920. Era todo el símbolo del tiempo nuevo que había sustituido a la vieja Alemania decimonónica. Esta visión era suficiente como para que Zweig se reconfortara pensando que todo estaba cambiando.

Los dolores de la guerra y el trauma de la derrota habían exorcizado todo lo que el Antiguo Régimen parecía representar. Además, habían aparecido medios de comunicación nuevos e incluso los ya existentes como la prensa se beneficiaban de la incorporación de ilustraciones cada vez más perfectas que exhibían arquetipos de la belleza femenina y también masculina. La fotografía y el cine (que en Weimar adquirieron un desarrollo extraordinario) contribuyeron a esta renovación de la estética masculina y femenina. Pero también el auge de los deportes (que siempre había estado presente en Alemania desde el último tercio del siglo XIX) y entre ellos del boxeo que mostraba cuerpos desnudos y rostros sudorosos de varones agresivos. Además, habían llegado de los EEUU en los furgones de los vencedores, nuevos ritmos (el jazz, el fox, el charlestón…) que obligaban a los cuerpos a moverse y adoptar posturas y gestos que encerraban contenidos eróticos.

Las bailarinas de revista, tan habituales en los miles de cabarés berlineses –a imitación de las hileras de coristas del Cotton Club neoyorkino– parecían responder muy bien al espíritu de la época, pero también a las tradiciones prusianas de disciplina. Tal como observó el filósofo Sigfried Kracauer, aquellas coristas no eran sino una deformación del arquetipo prusiano: iban de uniforme (quizás no con galones y guerra, sino con corpiños y mallas), evolucionaban en el escenario como una tropa en formación y, para colmo, tenían tendencia a levantar sus piernas uniforme y rítmicamente como si estuvieran desfilando al paso de la oca. Militarismo prusiano y sexualidad norteamericana confluyeron en los escenarios weimarianos y explican quizás porqué aquella época marcó el paraíso de la revista, los espectáculos de cabarets y la aparición de los primeros locales similares a nuestras actuales discotecas.


Max Schmelling en la portada de Signal y departiendo con Hitler.

La guerra había dejado miles de minusválidos recorriendo las calles alemanas. Antiguos soldados del frente a los que las balas y la metralla enemiga había amputado piernas y brazos, cuyos rostros estaban deformados por el fuego, las heridas o las quemaduras, eran un penoso espectáculo que estaba presente día a día en las calles de la República y en todos sus barrios. Nadie podía huir de aquella realidad, pero si enmascararla refugiándose en el concepto de belleza idealizada que se pretendía encontrar en las salas de fiestas, en los espectáculos y en los medios de comunicación. Por tanto, no puede extrañar que incluso la “belleza masculina” estuviera presente en Weimar y en sus medios de masas.

 

Paul Ritcher, el ideal de belleza masculina en Weimar.

Los diarios de la cadena Ullstein explotaron este filón que sabían que atraería a lectoras. Los actores a lo Paul Richter (que entre otros filmes había encarnado al Sigfrido de Die Nibelungen Fritz Lang) encarnaban un ideal “germánico” de belleza masculina que se complementa con la de deportistas como el boxeador Max Schmelling, considerado como un derroche de masculinidad agresiva que volvía locas a las “mujeres modernas” de la época (y a algunos hombres…). Schmelling (que luego sería paracaidista de la Luftwaffe durante la guerra y su imagen difundida por la propaganda de Goebels, debió abandonar el boxeo a causa de haberse roto los tobillos en un salto durante la batalla de Creta), boxeador de éxito y campeón mundial de los pesos pesados, era el arquetipo del héroe y del luchador real que tanto agradaba a la derecha. Era además, el triunfador, la imagen de la nueva Alemania que se inició en Weimar y que el nacionalsocialismo exaltó hasta la saciedad especialmente en las Olimpiadas de Berlín y en las películas de Leni Riefenstahl.


El ideal masculino en Weimar mostraba a un hombre sereno, misterioso, repeinado, destilando encanto y sensualidad, elegante y directo, destilaba una mezcla de firmeza y ductilidad, decisión y virilidad. Así era Richte en sus filmes. En el otro extremo estaba Schmelling cuyas fotos sugerían fuerza, vitalidad, sudor, brutalidad, erotismo salvaje y poder. Entre ambos extremos discurrió el ideal de belleza masculina en Weimar.

El movimiento nudista

Hubo un hombre llamado Hans Surén. Era hijo de un capitan del Estado Mayor y él mismo ingresó en el ejército. En 1905 había alcanzado el grado de teniente y fue uno de los primeros aviadores militares del ejército del Káiser. Antes de la I Guerra Mundial había sido destacado al Camerún en donde fue capturado por los ingleses pasando un cautiverio de tres años. Tras acabar la guerra siguió en el ejército y en 1919 tomó parte en los combates que tuvieron lugar en el sur de la URSS alcanzando el rango de mayor. Aprendió durante su período de prisionero de guerra la importancia del deporte para mantenerse en forma. Practicó remo, boxeo, lucha libre, esgrima, levantamientos de pesas y gimnasia sueca. Era un individuo austero que por las noches gustaba realizar atletismo desnudo en los campos. Cuando se casó en 1920 ya había asumido el nudismo como ideal.

Hacia 1924 ya tenía claro su programa de actividades para llevar a cabo una vida sana, natural y sexualmente plena y lo expresó en su obra Der Mensch und die Sonne, literalmente El hombre y el Sol. Hay en ese trabajo algo de mística de los Wandervogel (literalmente, “pájaros errantes” que habían aparecido antes de la guerra en Alemania como movimiento de la protesta de la juventud algunas de cuyas ramas de orientaron hacia el paganismo y el nudismo), pero también materiales inspirados en los “reformistas sexuales” que aparecieron en Weimar. El libro obtuvo un gran reconocimiento en Alemania y en todo el mundo.

 
Hans Suren: el autor y su obra. Portada de la primera edición

La obra trataba sobre el arte de vivir al aire libre, acompañado del sol (de quien se recibía la vitalidad) y del deporte (que proporcionaba la fortaleza); ambos elementos daban proporcionaban belleza al cuerpo. Para Surén los cuerpo humanos, masculinos y femeninos, deben ser fuertes, bronceados y fibrados. El nudismo y la gimnasia son elementos esenciales para alcanzar la perfección corporal que, tal como se creía en el mundo clásico, era el mejor reflejo de una mente sana. El Sol (con mayúsculas) era el aliado de los humanos para perseguir este objetivo y el nudismo la mejor forma de absorber su energía.

Desnudez, belleza, ejercicio, salud, era las claves de la alegría de vivir para Surén. Su libro empezaba así:
“¡Salve a todos los que amáis la naturaleza y la luz del sol! Bienaventurados vosotros que marcháis por campos y praderas, por valles y colinas (…) Una maravillosa sensación de libertad fluye en vuestro interior y exultáis con el ejercicio! (…) Nuestra desnudez natural encierra algo puro y sagrado. Sentimos la maravillosa revelación de la belleza y la fuerza de nuestro cuerpo desnudo, transfigurado por la divina pureza que resplandece en la mirada abierta y límpida que revela toda la profundidad de un alma noble en busca de algo (…) Salve a todos los que aman el sol desde su desnudez natural y saludable”.
La segunda obra de Surén apareció en pleno régimen nacionalsocialista. En él abundan las citas al Mi Lucha de Hitler. Hacía tiempo que se había sumado al NSDAP y asumido sus tesis especialmente en lo que se refiere a la raza y a las técnicas eugenésicas de mejora de los arquetipos raciales.  A pesar de que sectores del NSDAP se mostraban contrarios a las prácticas nudistas de Surén (Goering, por ejemplo, era uno de sus críticos más demoledores), lo cierto es que en las publicaciones de propaganda del III Reich (en la edición española de la revista Signal, por ejemplo), la publicación de fotos de mujeres desnudas era habitual (y sorprende que en los años 40, en un momento en que la influencia del nacional–catolicismo en España estaba en su cenit, se difundieran estas publicaciones, las primeras que mostraron cuerpos desnudos de mujeres durante el período franquista).


A pesar de que Surén se declaraba heterosexual es cierto que sus trabajos excitaron la homofilia y que, en sus obras, las fotos de varones desnudos son extraordinariamente significativas y decían mucho sobre sus fantasmas ocultos.

A decir verdad, había algo enfermizo no tanto en la obra de Surén como en él mismo. En 1942 fue detenido por la policía por masturbarse en público, excluido del NSDAP y multado, pasando los últimos años del III Reich en la cárcel de Brandeburg

El caso de Hans Surén no era único y demostraba que en la Alemania Weimariana el movimiento por la “reforma sexual” y el movimiento nudista iban de la mano. Si bien algunos sectores de la república eran admiradores de la vida ciudadana, del vértigo de las grandes ciudades y de la frialdad de las construcciones de acero, vidrio y cemento, otros seguían la tradición de los Wandervogel y apostaban por las excursiones al campo, el paseo por los bosques y las caminatas de uno a otro monumento ancestral como formas para reponer energías. La extrema izquierda, la socialdemocracia, los partidos del centro, la derecha y, por supuesto, el NSDAP compartían estas tendencias y todos ellos albergaban en su interior asociaciones deportivas y gimnásticas que estimulaban la práctica del deporte.

Es significativo que en la propaganda política de todos los partidos weimarianos, se tendiera a representar al adversario –fuera cual fuese– con los rasgos depravados y deformes, mientras que se atribuía a los propios militantes características de belleza y perfección física. Había un trasfondo sexual en todo ello. El enemigo, además de ser depravado, malvado, feo… tiene los rasgos de un acosador sexual que intenta lacerar la belleza. Así fueron presentados los judíos en la propaganda de Streicher y, por supuesto, los partidos de la derecha en las hojas del KDP o del SPD. La derecha y especialmente el NSDAP cargaron las tintas cuando se produjo la ocupación del Ruhr. Buena parte de las tropas que penetraron en aquel momento en Alemania eran fuerzas coloniales francesas procedentes de países africanos. Era inevitable que la propaganda nacionalsocialista los presentase como gorilas primitivos capaces de cualquier brutalidad.

 

Carteles del NSDAP, asumiendo la belleza propia de la raza y del ideal, , "bellexa", "armonía" y "virtud" frente a un enemigo descrito y definido como "fealdad", "deformidad" y "vicio"



Así mismo, la propaganda de reclutamiento de los Freikorps insistía en la virilidad y la belleza de sus combatientes. Los grabados de Sluyterman von Langeveyde muestran una singular tendencia a exaltar la belleza natural de los combatientes y no digamos los carteles de reclutamiento que suelen mostrar a soldados tocados con el casco de acero en actitudes marciales que emanan cierto erotismo. Quizás era esta la forma para olvidar la tristeza de la derrota, la miseria de los cuerpos mutilados que deambulaban por las calles de Alemania y la frustración generada por la doctrina de la “puñalada por la espalda”.