El ataque a Irán ha constituido su primer gran error en política
exterior. Podemos entender su insistencia en Groenlandia (tierras raras y espacio
estratégico continental para EEUU), podemos entender su política arancelaria
(defender el comercio, el trabajo y los intereses de los EEUU que, a fin de
cuentas es su país), podemos entender su actitud en el conflicto ucraniano (negociación
y negocios, antes que guerra), podemos entender su exigencia de que los “aliados
europeos” paguen su defensa (en forma de armamento comprado a EEUU), podemos
entender la retirada de EEUU de organismo internacionales completamente
inútiles, podemos entender el secuestro de Maduro y la “intervención” del
régimen venezolano, pero nos ha costado mucho más entender su política en
Oriente Medio que encierra bastantes peligros.
EL PROCESO HASTA LLEGAR AL ATAQUE A IRÁN
Así como el ataque a Venezuela se realizó después de que Corina
Machado recibiera el Premio Nóbel de la Paz y tras evidenciarse un gigantesco
fraude electoral en las elecciones presidenciales de 1924. Las manifestaciones de
protesta que entonces siguieron, y que colocaron al país en situación de
pre-guerra civil, así como el número de exiliados, hicieron innecesaria una “preparación
previa” para justificar el ataque a Venezuela y secuestro de Maduro. Los
ataques a lanchas que portaban droga contribuyeron a dar credibilidad sobre las
relaciones entre el régimen bolivariano y el narcotráfico y, una vez iniciado
el conflicto, la debilidad de sus estructuras y el oportunismo sin principios
de sus dirigentes, empezando por Delcy Rodríguez, Diosdado Cabello (ministro
del interior), Vladimiro Padrino (responsable de defensa), hicieron el resto.
Ningún país de la zona, ni el México de Sheinbaum, ni Colombia de Petro, ambos
gobiernos de izquierdas, se limitaron a nada más que “condenas enérgicas” y
protocolarias, pero haciendo gala de una pasividad absoluta.
En el caso del ataque a Irán y del asesinato del ayatolá Alí Jameney,
todo ha sido completamente diferente. En primer lugar, el ataque ha venido
precedido de manifestaciones de la “oposición” realizadas desde principios de
2026 y de las que es muy difícil hoy establecer su importancia real, así como
el número de muertos, e incluso su espontaneidad. Amnistía Internacional y el grupo Iran Human
Rights estiman que al menos 3.428 personas habían fallecido “hasta finales de
enero”. Otras fuentes de derechos humanos elevan la cifra por encima de los 5.000
a 7.000 fallecidos. Y, finalmente, existen estimaciones que sostienen que 30.000
personas podrían haber muerto solo en las primeras 48 horas. Las cifras
oficiales del oficialista Consejo de Seguridad Nacional de Irán admitieron un
total de 3.117 personas.
La concordancia entre las cifras de Amnistía
Internacional y del gobierno iraní, son significativas y pueden darse como “aproximativas”,
excluyendo las demás que parecen artificialmente “hinchadas” con intención de
justificar de lo que vendrá después. Las manifestaciones tuvieron un primer momento álgido entre el 8 y 9 de
enero y luego se reavivaron el 21 de febrero, con mucha menos fuerza, hasta
poco antes del ataque norteamericano. En el momento actual, dista mucho de
estar claro si las manifestaciones que se están produciendo son contra el
régimen o contra la intervención extranjera. Hay que estar preparado para
las operaciones de “guerra psicológicas” y poner en tela de juicio los datos
que llegan hasta España.
A diferencia de la oposición venezolana (que, al
menos, está momentáneamente unida en torno a la figura de Corina Machado, la
oposición iraní está multidividida. Los monárquicos han visto en las
manifestaciones de enero un intento de ganar protagonismo, pero su causa parece
definitivamente perdida y a pesar de que el hijo del última Sha es la figura
con mayor visibilidad, ello no quiere decir que existan partidarios suficientes
en el interior del país como para que pueda reivindicar un papel protagonista. En
cuanto al Consejo Nacional de la Resistencia de Irán, a pesar de su nombre no
es más que un lobby de exiliados adinerados que opera en EEUU y la UE, sin
apoyos en el interior. Mucho más efectivos parecen los reformistas de la
oposición interior, partidarios de reformas pero que no destruyan el Estado
islámico. Además de esto existen “opositores étnicos” entre las minorías
kurdas, beluchas y árabes que reclaman autonomía.
Los presentados como protagonistas de las movilizaciones
de principios de año, serían los llamados “niños de la revolución”, la
Generación Z, nacidos después del año 2000 y que no se sienten apegados a la
revolución de 1979. También existe malestar entre los trabajadores que
protagonizaron algunas huelgas en 2025, entre camioneros, maestros y miembros
del sector petrolero. En cuanto al lema que ha llegado a Europa como eco de las
protestas: “Mujer, vida, libertad”, no es tal, sino un lema kurdo, que
nació en 2022 tras la muerte de Mahsa Amini bajo custodia por la “policía de la
moral”. Los activistas de la Generación Z parecen más apegados a la consigna
de “Estado laico y democracia”.
Hay que dudar de la espontaneidad de las manifestaciones
de principios de año. En su momento podían parecer justas frente a un régimen
teocrático, pero, hoy, legítimamente podemos pensar que se trató solamente de
una “operación psicológica” previa y necesaria para justificar el ataque el
ataque ante la opinión pública: magnificar unas manifestaciones de oposición,
hinchar el número de víctimas, insistir en los “derechos humanos” parece una
cantinela excesivamente repetida para justificar a posteriori el asesinato del
ayatolá Jamenei.
Pero si el secuestro de Maduro parece haber tenido
éxito para impulsar un “nuevo curso” en Venezuela, en Irán el asesinato de Alí
Jamenei, no parece que vaya a tener un final tan simple.
VENEZUELA – IRÁN: UN OLOR COMÚN A PETRÓLEO
Las operaciones contra el régimen venezolano y contra el régimen
iraní, tienen un trasfondo común: el olor a petróleo.
En marzo de 2026,
la producción de petróleo de Irán se sitúa en aproximadamente 3,1 a 3,3
millones de barriles por día, siendo el cuarto mayor productor dentro de la
Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) y el que posee las terceras
mayores reservas probadas del mundo.
Por su parte, la producción de petróleo de
Venezuela se sitúa en torno a 1 millón de barriles diarios, habiendo registrado
un ligero aumento respecto al promedio de 2024 que fue de unos 921.000 barriles/día.
Aunque el país posee las mayores reservas probadas de crudo del mundo, su
producción actual sigue siendo baja en comparación con sus niveles históricos
superiores a los 3 millones de barriles/día, debido a sanciones, falta de
inversión, mala gestión, y corrupción, que han llevado al deterioro de
infraestructuras.
Puede entenderse el interés de Trump en el
petróleo venezolano. Él mismo ha afirmado que aspira a que la “zona de
influencia” de los EEUU sea “el hemisferio occidental”, esto es, el continente americano
(véase nuestro artículo 2025-2040:
La mutación del Nuevo Orden Mundial ha comenzado en Venezuela). Ahora
bien, Irán no está en esa “zona de influencia”; por lo tanto, el ataque
puede explicarse por dos factores:
1) El 80% del petróleo iraní va a parar a refinerías
en China. Y, parece claro, que el gran adversario de los EEUU y el que le
disputa su hegemonía mundial, es China. Atacando a la industria petrolera iraní,
EEUU está aguijoneando a China. Este país es hoy el quinto mayor productor
de petróleo del mundo (superado por EEUU, Arabia Saudí, Rusia y Canadá). El
60% de ese petróleo procede del mar o del llamado petróleo de esquisto que ha
crecido significativamente, superando los 8 millones de toneladas en 2025 y de
pozos ultra-profundos antes inaccesibles. Sin embargo, la producción china
es inferior a sus necesidades. De ahí que importe petróleo de Rusia, su principal
proveedor; de Arabía Saudí, Irak y Malasia (pero que, en realidad, procede
-dato importante- de Irán o Venezuela, reetiquetado para evitar
sanciones internacionales) y directamente de Irán. Pero, a partir de octubre
2025, las importaciones desde Irán habían llegado a superar a las de Arabia
Saudita en términos de volumen diario.
2) La alianza con el Estado de Israel que se
niega a ser un estado más en la zona, el único que posee armamento nuclear
propio y, por tanto, dispone de una superioridad estratégica ante sus vecinos.
Esto explica la insistencia de las distintas administraciones de los EEUU en
impedir la realización del programa nuclear iraní que anularía esta ventaja. Desde
mediados de los años 80 se fueron produciendo asesinatos selectivos de científicos
iraníes especializados en ingeniería nuclear y sabotajes cibernéticos contra la
industria nuclear de este país que culminaron en junio de 2025 contra el ataque
a la planta subterránea de centrifugación de uranio, que seguía a los ataques que
tuvieron lugar entre 2020 y 2021 atribuidas a Israel y que ha culminado con la Operación
Furia Épica, una ofensiva coordinada contra instalaciones nucleares y militares
tras considerar agotada la vía diplomática. EEUU defiende así a su aliado más
seguro en Oriente Medio.
IRAN NO ES VENEZUELA
Es habitual considerar a Irán como “un régimen oscurantista”. Algo
de esto hay, como en cualquier forma de islam, una religión de otras latitudes.
Pero hace falta estudiar el tema más de cerca para ver las cosas con más
precisión.
La “revolución iraní” fue la primera de las “revoluciones islámicas”
y, sobre todo, fue una revolución religiosa frente al laicismo de la monarquía
del Sha. Pero, incluso en los primeros momentos, el régimen iraní ha tenido
distintas tendencias. Nos equivocaríamos si pensáramos que TODO el régimen
iraní está compuesto por ayatolas anclados en la doctrina y en el primitivismo
islámico.
Históricamente, el gobierno de Irán ha contado con
un número notable de doctorados en universidades occidentales de prestigio,
especialmente durante la administración de Hassan Rouhani (2013-2021), donde
llegó a haber más ministros con doctorados de EEUU que en el propio gabinete
estadounidense.
Los gobiernos más recientes (Raisi, Pezeshkian)
han reemplazado a muchos “tecnócratas científicos” de la era Rouhani por “tecnócratas
ideológicos”, formados en la Universidad Imam Sadeq de Teherán. A pesar que es menos común hoy que hace una
década, algunos miembros del gobierno iraní mantienen formación occidental:
Abbas Araghchi, ministro de Asuntos Exteriores, obtuvo un doctorado en la
Universidad de Kent en el Reino Unido y el que fuera ministro de economía hasta
2025, Abdolnaser Hemmati, se formó en la Universidad de Chicago. La
tendencia actual es a buscar reemplazos ministeriales en universidades
nacionales de élite (como la Universidad Tecnológica Sharif o la Universidad de
Teherán) y en instituciones ideológicas.
Con todo esto, queremos decir que el gobierno iraní
es completamente diferente al de, por ejemplo, Afganistán y, por supuesto, al
de Arabia Saudí, países en donde no existe ningún tipo de institución
representativa e, incluso, su mente más lúcida, Mohamed bin Salman, solo
tiene formación universitaria en derecho carrera que cursó en el propio país;
habitualmente, en este país, los ministros salen de la élite aristocrática con
cierta formación universitaria en el extranjero. Esta tendencia está mucho más
patente en Turquía, en donde los ministros de mayor importancia (exteriores,
finanzas y energía) se han formado en universidades inglesas y norteamericanas.
Obviamente, en estos tres países, la pertenencia a la confesión islámica es
obligada. El islam es, en estos países, lo que la “ideología” es en Occidente.
Esta simbiosis entre fe religiosa y capacidad
técnica es lo que hace que estos regímenes sean especialmente duros de roer.
Cuando más unificada están en la cúpula los rasgos político-religiosos, más
coherente y sólido es el régimen: Irán, por cierto, es, de estos tres países el
que muestra más “resiliencia”, y
el hecho de que haya superado sus crisis interiores, se debe a que el régimen
ha procurado que convicción religiosa y preparación técnica hayan ido al paso. Y
esto es lo que sitúa al régimen iraní en una posición mucho más sólida que
el régimen venezolano. Por eso hemos dicho al principio que, si Trump creía
que podría torcer la voluntad del régimen iraní, liquidando a su presidente, se
equivocaba.
En efecto, el “régimen bolivariano” y el “régimen
de los ayatoláhs” no son comparables en ningún punto, y no solo por las
diferencias culturales y antropológicas entre ambos países, sino por factores
mucho más concretos.
En primer lugar, frente a la concreción de la
doctrina islámica y a su concepción teocrática del poder, en Venezuela el poder
ha estado en manos de un movimiento que oscilaba entre la demagogia social y el
bandidismo puro y simple, hasta, en el mejor de los casos, un odio nacionalista
hacia los EEUU. Esto era todo. Nunca hubo nada de profundo en el “proyecto
bolivariano”, sino, como máximo, habituales en la demagogia más izquierdista.
Esto explica por qué, el secuestro de Nicolás
Maduro, hizo reflexionar al resto de la cúpula “bolivariana” y decidir que la
mejor vía para seguir defendiendo sus propios intereses, era plegarse a la
voluntad de los EEUU. Empezando por Delcy Rodríguez.
Por otra parte, es significativo que los
cuadros “bolivarianos” hayan surgido de las facultades de derecho del país y
del ejército y, sobre todo, se priorizara a la hora de su elección, no tanto su
preparación, ni sus estudios, sino su fidelidad perruna al Partido Socialista
Unido de Venezuela.
Todo eso permite ver las diferencias abismales
entre el gobierno venezolano y el de Irán. La banalización del espíritu
religioso que se da en Venezuela y que hace que la élite política “bolivariana”
apenas tenga, en el mejor de los casos, cierto “misticismo revolucionario” absolutamente
laico, contrasta con la convicción religiosa de los cuadros iraníes que creen
firmemente en su religión tradicional. Una religión que exige morir en
defensa de su fe.
Es este factor el que Trump no ha tenido en cuenta.









