lunes, 23 de marzo de 2026

EVOLA Y GUÉNON: EL PROBLEMA DE LAS DIFERENCIAS ENTRE AMBAS CONCEPCIONES

Estamos prepararon un volumen con varios ensayos de Julius Evola escritos en los años 20 y, hemos creído oportuno añadir una recopilación de artículos que escribió sobre René Guénon. Esto nos ha llevado a rescatar algunos apuntes realizados hace algunos años en los que estuvimos “trabajando” las diferencias entre ambos autores. Los reproducimos ahora, completados y corregidos.

Habitualmente se considera que Evola representa la “vía de la acción”, y Guénon, la de la “vía de la contemplación”. Pero esto no es decir mucho, a menos que se sitúen los términos “acción” y “contemplación” en su justa medida. Ni “acción” es activismo frenético, ni “contemplación” es pasividad indiferente

La “contemplación” según Guénon

La contemplación, desde el punto de vista de René Guénon, es el más alto grado de conocimiento intelectual, situándose en el polo opuesto a la mera actividad exterior. Lejos de ser una actitud pasiva, la auténtica contemplación representa para Guénon el principio supremo del cual toda acción real y efectiva debe derivar su existencia y su validez.

Para comprender plenamente esta definición, es necesario analizar tres aspectos fundamentales que Guénon desarrolla en sus obras: su superioridad sobre la acción, la distinción entre dos formas de contemplación (directa y refleja) y su rol como principio motor de toda actividad verdadera.

Para Guénon, la acción pertenece al mundo del cambio y del devenir; es una modificación transitoria del ser. Por sí misma, no puede contener su propio principio ni su razón de ser suficiente. Si la acción no depende de un principio que trascienda su dominio contingente, se convierte en mera ilusión. Este principio, del cual la acción extrae toda la realidad que posee, solo puede residir en la contemplación.

Para Guénon existirían dos tipos de “visión contemplativa”: la contemplación directa, que sería el conocimiento propio de la metafísica pura y de las tradiciones orientales (como el yoga), en la que el conocimiento no implica dualidad entre sujeto y objeto, sino que se produce una identificación con lo conocido, alcanzando la inmutabilidad propia del conocimiento esencial y que compara con mirar directamente al sol; luego existiría lo que llama “contemplación por reflejo”, característica de la mística religiosa occidental. En este caso, la contemplación es indirecta, manteniéndose siempre la dualidad entre el alma y Dios. Guénon la asemeja a observar el sol reflejado en el agua. Si bien es una visión verdadera, es inferior a la otra, al implicar la persistencia de ciertas contingencias propias del estado individual .

Guénon sostiene que la acción moderna, desvinculada de sus principios contemplativos, degenera en "agitación". En este sentido, la verdadera contemplación actúa como el "motor inmóvil" del que hablaba Aristóteles. Sin ella, cualquier aparente actividad no es más que una manifestación vacía:

"La acción, siendo meramente una modificación transitoria y momentánea del ser, no puede llevar su principio y su razón suficiente en sí misma; si no depende de un principio fuera de su propio dominio contingente, no es sino ilusión; y este principio, del cual extrae toda la realidad que es capaz de poseer –su existencia y su misma posibilidad– solo puede hallarse en la contemplación". 

Para Guénon, la contemplación está íntimamente ligada al simbolismo del "centro espiritual". Guénon explica que el acceso a la verdad contemplativa ha variado a lo largo de los ciclos históricos: en la época primordial (Satya-Yuga, Edad de Oro), la verdad estaba accesible para todos, simbolizada por la montaña (visible desde todos lados), pero, posteriormente, con el descenso cíclico, la verdad se ocultó y solo es accesible para una élite, simbolizada entonces por la cueva (oculta en el interior de la montaña).

Este cambio también se refleja geométricamente en el triángulo con el vértice hacia arriba (principio activo, montaña) y el triángulo con el vértice hacia abajo (principio pasivo, cueva o corazón). La contemplación auténtica es la que permite al ser humano acceder a ese centro interior, ese "corazón" donde reside el Principio, que es simultáneamente "más pequeño que un grano de arroz" y "más grande que la tierra".

En definitiva, para René Guénon, la contemplación no es un estado de quietud improductiva, sino el más alto grado de conocimiento y la fuente de toda acción legítima. Es la vía que permite trascender el mundo del cambio y las limitaciones de la individualidad, ya sea mediante la identificación directa con el objeto del conocimiento (propio de la metafísica oriental) o, de manera indirecta y refleja, a través de la experiencia mística. En un mundo moderno dominado por la agitación y la pérdida de principios, la recuperación de la verdadera contemplación es, para Guénon, la única base para una acción real y significativa.

El concepto de “acción” en Evola

Para Julius Evola, la acción no es lo opuesto a la contemplación, sino su complemento indispensable y una vía de realización espiritual suprema. Lejos del "activismo" moderno, que critica como una mera agitación carente de principios, la acción verdadera es un rito, una lucha y un medio de trascendencia que permite al "hombre diferenciado" afirmar su soberanía interior y reconectar con los principios del mundo de la Tradición.

Por carácter, Evola no se sentía partícipe de la vía contemplativa o sacerdotal; su naturaleza era la del guerrero (Kshatriya). Por ello, para él, la acción no es un medio para alcanzar un fin espiritual posterior, sino que es en sí misma un soporte para la realización espiritual. Esta "vía de la acción" consiste en un ejercicio sobre un objeto (la montaña, un combate, un desafío) donde, a través del esfuerzo, el sacrificio y la incondicionalidad, la persona logra "despertar internamente" y hacer presente al Ser. No se trata de una acción cualquiera, sino de un acto puro, desinteresado y libre de lazos sentimentales que pueda transformar al ejecutante.

Para Evola el paradigma de la acción pura se encuentra en conceptos como el wei-wu-wei ("actuar sin actuar") del Taoísmo y en la figura aristotélica del primer motor inmóvil. Esta noción no implica quietud o pasividad, sino la forma más perfecta y trascendente de la acción: una actividad que, por proceder del Ser y no del simple deseo o impulso vital, mantiene el control absoluto, permanece invulnerable y no se agota en el devenir. Esta idea se opone radicalmente al concepto moderno de acción, que para él es un activismo caótico, pasivo ante los instintos y dominado por la tecnología.

La principal distinción dentro del pensamiento tradicionalista entre Evola y René Guénon radica en la primacía otorgada a la acción o a la contemplación. Mientras Guénon privilegiaba la contemplación como la vía suprema del conocimiento, Evola defendió una postura activa y prometeica, que él mismo definió como "tomar el cielo por asalto". En una polémica implícita con Guénon, Evola citaba a Eliphas Levi para afirmar que "el conocimiento iniciático no es donado, se lo atrapa", subrayando que la cualidad activa, viril y heroica pertenece siempre al tipo más alto de iniciado .

En su obra Cabalgar el Tigre, Evola desarrolla la estrategia de acción para el "hombre diferenciado" en la era oscura o Kali Yuga . Ante la imposibilidad de restaurar el orden tradicional por medios externos, la acción consiste en "cabalgar el tigre": utilizar las propias fuerzas destructivas de la modernidad (el materialismo, la técnica, la masificación) como un vehículo para la propia liberación espiritual. Se trata de una acción basada en el desapego (apoliteia) y en una soberanía interior invulnerable, donde uno se mantiene firme sobre la bestia para no ser devorado.

La práctica del alpinismo y el montañismo fue para Evola la máxima expresión concreta de su filosofía de la acción. Para él, la montaña no era un mero paisaje natural, sino un objeto ritual y un símbolo de verticalidad. Escalar era un acto sacrificial que implicaba esfuerzo, riesgo y una profunda concentración que permitía trascender la mera naturaleza física. Al igual que en la guerra tradicional, la montaña ofrecía al hombre de acción un marco donde transformar el esfuerzo exterior en un ascenso interior, culminando en la afirmación del espíritu. No es casualidad que sus cenizas fueran depositadas en un glaciar del Monte Rosa .

En síntesis, para Julius Evola, la acción es la vía espiritual del guerrero. Es un medio para afirmar la jerarquía interior, para diferenciarse del hombre masa y para trascender el caos del mundo moderno. Frente a la contemplación pura, Evola defiende una trascendencia inmanente que se conquista en medio del mundo y a través de la lucha, siempre que esta esté guiada por un principio espiritual superior y no por el mero activismo moderno.

La importancia de estas diferencias

La cuestión de hasta qué punto son importantes las diferencias entre René Guénon y Julius Evola en torno a la contemplación y la acción es central para comprender no solo la fractura interna del tradicionalismo, sino dos concepciones antagónicas de la vía espiritual y del papel del hombre en el mundo moderno. Contrariamente a lo que nosotros mismos hemos pensado durante mucho tiempo, estas diferencias son fundamentales y no meramente el resultado de distintos énfasis generados por dos temperamentos diferentes. Y son importantes porque remiten a divergencias irreductibles en la concepción de la jerarquía de las vías espirituales, la naturaleza de la autoridad, la relación con el mundo y el propio fin último de la realización.

En el corazón del desacuerdo subyace una cuestión metafísica: ¿cuál es la vía suprema? Para Guénon, la vía del conocimiento (jnana) es la más alta, directa y completa. La acción, incluso la ritual, pertenece al orden de la manifestación y, por tanto, implica una dualidad que la contemplación trasciende. El Kṣatriya (guerrero) está subordinado al Brāhmaṇa (sacerdote) porque la autoridad espiritual es superior a la autoridad temporal. La contemplación no solo es el principio de la acción, sino su superación.

Evola, defiende una paridad de las vías en el marco de la Tradición primordial, pero en el fondo es heredero del mundo clásico y es fácil percibir en sus posiciones un matiz prometeico. Para él, la vía del guerrero (Kshatriya) no es inferior a la del sacerdote; es simplemente diferente. Incluso sugiere que en ciertos contextos —especialmente en el Kali Yuga— la vía activa puede ser más adecuada, pues exige una cualidad de "virilidad", de riesgo y de conquista que la vía contemplativa, por sí sola, no desarrolla en el mismo grado.

Para Guénon, la primacía del conocimiento es un principio metafísico incuestionable; para Evola, esa primacía es una contingencia histórica que no debe confundirse con una superioridad ontológica.

Otra diferencia de primer orden se refiere a la relación entre lo espiritual y lo mundano. Guénon, en efecto, mantiene que, el mundo de la manifestación es, en el mejor de los casos, un reflejo lejano y degradado del Principio. La contemplación es la única vía para salir de la rueda del devenir. La acción, por santa que sea, sigue siendo una modificación transitoria; quien busca la liberación debe trascender por completo el dominio de la acción. Contra esta opinión, Evola postula una trascendencia inmanente. No se trata de abandonar el mundo, sino de transformar el modo de estar en él hasta que el propio mundo se convierta en un campo de realización. La acción bien ejecutada, el riesgo, la lucha, la afirmación de la soberanía en medio del caos moderno no son obstáculos a superar, sino soportes de una realización que se conquista sin abandonar el plano de la manifestación.

Esta diferencia tiene consecuencias prácticas radicales: Guénon conduce a una actitud de retiro, de preservación de la élite contemplativa en medio del Kali Yuga, mientras que la vía evoliana conduce a una actitud de combate, un "cabalgar el tigre" utilizando las propias fuerzas de la disolución como vehículo de afirmación espiritual.

Detrás de la cuestión de la contemplación y la acción, en el fondo, subyace la disputa sobre la autoridad legítima. Para Guénon, iniciado en el shankara-acharya de la Advaita Vedanta, representa la perspectiva del Brāhmaṇa o “sacerdote”. Evola, que nunca tuvo una iniciación formal comparable y que se forjó como un pensador autónomo, representa la perspectiva del Kshatriya o “guerrero” que reclama para sí la misma dignidad espiritual.

Esta polémica es tan vieja como la propia Tradición: es la eterna disputa por la hegemonía entre el rey y el sacerdote. En la concepción evoliana el “rey”, situado en la cúspide de la jerarquía iniciática, es a la vez “rey y sacerdote”. Evola la resuelve a favor de una soberanía espiritual que puede encarnarse en el guerrero, tanto como en la del sacerdote y, por tanto, en la síntesis de ambos que encarna en el Emperador Gibelino y en la teoría de la “doble espada”; en la guenoniana, es “autoridad espiritual” que solamente puede estar plenamente en el sacerdote.

Dos estrategias distintas ante la modernidad

La desembocadura de estas dos concepciones tiene repercusión en el problema de las “actitudes” hacia la modernidad, llámese Kali Yuga o Edad de Hierro. La actitud de Guénon desemboca en dos actitudes: o bien, en una “iniciación regular” impartida por una “sociedad iniciática”, en el retiro del mundo y en la práctica de la contemplación. En su lógica, el mundo moderno está irremediablemente perdido; no existe la posibilidad de combatir contra el final del ciclo, cuyo fin ya está decidido por el mismo cosmos. La única actitud posible es mantener la llama en templos secretos y cuidándose de no salir a la superficie. Evola, por su parte, cuestiona que en la actualidad existan posibilidades de iniciación regular efectivas y propone una estrategia de afirmación viril en medio de la disolución. No se trata de huir del mundo, sino de dominarlo interiormente. Y ve posibilidades: las propias estructuras modernas pueden ser utilizadas como "caballo de Troya" por el hombre diferenciado. La acción, si es incondicional y está guiada por un principio espiritual, tiene valor no solo para quien la ejecuta, sino como testimonio y sin tener en cuenta sus resultados prácticos.

A partir de estos dos puntos se vista, se explica perfectamente que los lectores de la obra de ambos autores, haya desembocado también dos grupos sociológicos perfectamente identificados. Guénon ha influido en círculos metafísicos y tradicionalistas de orientación contemplativa; Evola ha influido en movimientos políticos, iniciáticos y de "nueva derecha" que buscan una transformación activa del orden político-social.

¿Son complementarias ambas visiones? ¿acaso irreconciliables? En este terreno, habitualmente, los seguidores de Guénon (lo que Evola llamaba “la escolástica guenoniana”), se muestran radicales: Guénon, en vida, rechazó explícitamente la posición evoliana, argumentando que sus principios metafísicos eran diferentes, por tanto, esa es la “vía correcta”. La posición evoliana es mucho más distendida. El lector de Evola, suele considerar que ambas posiciones son complementarias: una representaría la vía del conocimiento, el otro la vía de la acción; juntos abarcarían la totalidad de las posibilidades tradicionales. Esta última, en definitiva, es nuesra posición.