Estamos prepararon un volumen con varios ensayos de Julius Evola escritos en los años 20 y, hemos creído oportuno añadir una recopilación de artículos que escribió sobre René Guénon. Esto nos ha llevado a rescatar algunos apuntes realizados hace algunos años en los que estuvimos “trabajando” las diferencias entre ambos autores. Los reproducimos ahora, completados y corregidos.
Habitualmente se considera que Evola representa la “vía de la
acción”, y Guénon, la de la “vía de la contemplación”. Pero esto no es decir
mucho, a menos que se sitúen los términos “acción” y “contemplación” en su
justa medida. Ni “acción” es activismo frenético, ni “contemplación” es pasividad
indiferente
La “contemplación” según Guénon
La contemplación, desde el punto de vista de René
Guénon, es el más alto grado de conocimiento intelectual, situándose en el polo
opuesto a la mera actividad exterior. Lejos de ser una actitud pasiva, la
auténtica contemplación representa para Guénon el principio supremo del cual
toda acción real y efectiva debe derivar su existencia y su validez.
Para comprender plenamente esta definición, es
necesario analizar tres aspectos fundamentales que Guénon desarrolla en sus
obras: su superioridad sobre la acción, la distinción entre dos formas de
contemplación (directa y refleja) y su rol como principio motor de toda
actividad verdadera.
Para Guénon, la acción pertenece al mundo del
cambio y del devenir; es una modificación transitoria del ser. Por sí misma, no
puede contener su propio principio ni su razón de ser suficiente. Si la acción
no depende de un principio que trascienda su dominio contingente, se convierte
en mera ilusión. Este principio, del cual la acción extrae toda la realidad que
posee, solo puede residir en la contemplación.
Para Guénon existirían dos tipos de “visión
contemplativa”: la contemplación directa, que sería el conocimiento propio de
la metafísica pura y de las tradiciones orientales (como el yoga), en la que el
conocimiento no implica dualidad entre sujeto y objeto, sino que se produce una
identificación con lo conocido, alcanzando la inmutabilidad propia del
conocimiento esencial y que compara con mirar directamente al sol; luego
existiría lo que llama “contemplación por reflejo”, característica de la
mística religiosa occidental. En este caso, la contemplación es indirecta,
manteniéndose siempre la dualidad entre el alma y Dios. Guénon la asemeja a
observar el sol reflejado en el agua. Si bien es una visión verdadera, es inferior
a la otra, al implicar la persistencia de ciertas contingencias propias del
estado individual .
Guénon sostiene que la acción moderna,
desvinculada de sus principios contemplativos, degenera en
"agitación". En este sentido, la verdadera contemplación actúa como
el "motor inmóvil" del que hablaba Aristóteles. Sin ella, cualquier
aparente actividad no es más que una manifestación vacía:
"La acción, siendo meramente una modificación
transitoria y momentánea del ser, no puede llevar su principio y su razón
suficiente en sí misma; si no depende de un principio fuera de su propio
dominio contingente, no es sino ilusión; y este principio, del cual extrae toda
la realidad que es capaz de poseer –su existencia y su misma posibilidad– solo
puede hallarse en la contemplación".
Para Guénon, la contemplación está íntimamente
ligada al simbolismo del "centro espiritual". Guénon explica que el
acceso a la verdad contemplativa ha variado a lo largo de los ciclos históricos:
en la época primordial (Satya-Yuga, Edad de Oro), la verdad estaba accesible
para todos, simbolizada por la montaña (visible desde todos lados),
pero, posteriormente, con el descenso cíclico, la verdad se ocultó y solo es
accesible para una élite, simbolizada entonces por la cueva (oculta
en el interior de la montaña).
Este cambio también se refleja geométricamente en
el triángulo con el vértice hacia arriba (principio activo, montaña) y el
triángulo con el vértice hacia abajo (principio pasivo, cueva o corazón). La
contemplación auténtica es la que permite al ser humano acceder a ese centro
interior, ese "corazón" donde reside el Principio, que es
simultáneamente "más pequeño que un grano de arroz" y "más
grande que la tierra".
En definitiva, para René Guénon, la contemplación
no es un estado de quietud improductiva, sino el más alto grado de conocimiento
y la fuente de toda acción legítima. Es la vía que permite trascender el mundo
del cambio y las limitaciones de la individualidad, ya sea mediante la
identificación directa con el objeto del conocimiento (propio de la metafísica
oriental) o, de manera indirecta y refleja, a través de la experiencia mística.
En un mundo moderno dominado por la agitación y la pérdida de principios, la
recuperación de la verdadera contemplación es, para Guénon, la única base para
una acción real y significativa.
El concepto de “acción” en Evola
Para Julius Evola, la acción no es lo
opuesto a la contemplación, sino su complemento indispensable y una vía de
realización espiritual suprema. Lejos del "activismo" moderno, que
critica como una mera agitación carente de principios, la acción verdadera es
un rito, una lucha y un medio de trascendencia que permite al
"hombre diferenciado" afirmar su soberanía interior y reconectar con
los principios del mundo de la Tradición.
Por carácter, Evola no se sentía partícipe de la
vía contemplativa o sacerdotal; su naturaleza era la del guerrero
(Kshatriya). Por ello, para él, la acción no es un medio para alcanzar un fin
espiritual posterior, sino que es en sí misma un soporte para la realización
espiritual. Esta "vía de la acción" consiste en un ejercicio sobre un
objeto (la montaña, un combate, un desafío) donde, a través del esfuerzo, el
sacrificio y la incondicionalidad, la persona logra "despertar
internamente" y hacer presente al Ser. No se trata de una acción
cualquiera, sino de un acto puro, desinteresado y libre de lazos
sentimentales que pueda transformar al ejecutante.
Para Evola el paradigma de la acción pura se
encuentra en conceptos como el wei-wu-wei ("actuar sin
actuar") del Taoísmo y en la figura aristotélica del primer motor
inmóvil. Esta noción no implica quietud o pasividad, sino la forma más perfecta
y trascendente de la acción: una actividad que, por proceder del Ser y no del
simple deseo o impulso vital, mantiene el control absoluto, permanece
invulnerable y no se agota en el devenir. Esta idea se opone radicalmente al
concepto moderno de acción, que para él es un activismo caótico, pasivo ante
los instintos y dominado por la tecnología.
La principal distinción dentro del pensamiento
tradicionalista entre Evola y René Guénon radica en la primacía otorgada a la
acción o a la contemplación. Mientras Guénon privilegiaba la contemplación como
la vía suprema del conocimiento, Evola defendió una postura activa y
prometeica, que él mismo definió como "tomar el cielo por asalto". En
una polémica implícita con Guénon, Evola citaba a Eliphas Levi para afirmar que
"el conocimiento iniciático no es donado, se lo atrapa", subrayando
que la cualidad activa, viril y heroica pertenece siempre al tipo más alto de
iniciado .
En su obra Cabalgar el Tigre, Evola
desarrolla la estrategia de acción para el "hombre diferenciado" en
la era oscura o Kali Yuga . Ante la imposibilidad de restaurar
el orden tradicional por medios externos, la acción consiste en "cabalgar
el tigre": utilizar las propias fuerzas destructivas de la modernidad (el
materialismo, la técnica, la masificación) como un vehículo para la propia
liberación espiritual. Se trata de una acción basada en el desapego (apoliteia)
y en una soberanía interior invulnerable, donde uno se mantiene firme sobre la
bestia para no ser devorado.
La práctica del alpinismo y el montañismo fue para
Evola la máxima expresión concreta de su filosofía de la acción. Para él, la
montaña no era un mero paisaje natural, sino un objeto ritual y un símbolo
de verticalidad. Escalar era un acto sacrificial que implicaba esfuerzo, riesgo
y una profunda concentración que permitía trascender la mera naturaleza física.
Al igual que en la guerra tradicional, la montaña ofrecía al hombre de acción
un marco donde transformar el esfuerzo exterior en un ascenso interior,
culminando en la afirmación del espíritu. No es casualidad que sus cenizas
fueran depositadas en un glaciar del Monte Rosa .
En síntesis, para Julius Evola, la acción es la
vía espiritual del guerrero. Es un medio para afirmar la jerarquía interior,
para diferenciarse del hombre masa y para trascender el caos del mundo moderno.
Frente a la contemplación pura, Evola defiende una trascendencia inmanente que
se conquista en medio del mundo y a través de la lucha, siempre que esta esté
guiada por un principio espiritual superior y no por el mero activismo moderno.
La importancia de estas diferencias
La cuestión de hasta qué punto son importantes las
diferencias entre René Guénon y Julius Evola en torno a la contemplación y la
acción es central para comprender no solo la fractura interna del
tradicionalismo, sino dos concepciones antagónicas de la vía espiritual y del
papel del hombre en el mundo moderno. Contrariamente a lo que nosotros mismos
hemos pensado durante mucho tiempo, estas diferencias son fundamentales y no
meramente el resultado de distintos énfasis generados por dos temperamentos
diferentes. Y son importantes porque remiten a divergencias irreductibles en la
concepción de la jerarquía de las vías espirituales, la naturaleza de la
autoridad, la relación con el mundo y el propio fin último de la realización.
En el corazón del desacuerdo subyace una cuestión
metafísica: ¿cuál es la vía suprema? Para Guénon, la vía del conocimiento (jnana)
es la más alta, directa y completa. La acción, incluso la ritual, pertenece al
orden de la manifestación y, por tanto, implica una dualidad que la
contemplación trasciende. El Kṣatriya (guerrero) está
subordinado al Brāhmaṇa (sacerdote) porque la autoridad espiritual es
superior a la autoridad temporal. La contemplación no solo es el principio de
la acción, sino su superación.
Evola, defiende una paridad de las vías en
el marco de la Tradición primordial, pero en el fondo es heredero del mundo
clásico y es fácil percibir en sus posiciones un matiz prometeico. Para él, la
vía del guerrero (Kshatriya) no es inferior a la del sacerdote; es
simplemente diferente. Incluso sugiere que en ciertos contextos —especialmente
en el Kali Yuga— la vía activa puede ser más adecuada, pues exige
una cualidad de "virilidad", de riesgo y de conquista que la vía
contemplativa, por sí sola, no desarrolla en el mismo grado.
Para Guénon, la primacía del conocimiento es un
principio metafísico incuestionable; para Evola, esa primacía es una
contingencia histórica que no debe confundirse con una superioridad ontológica.
Otra diferencia de primer orden se refiere a la
relación entre lo espiritual y lo mundano. Guénon, en efecto, mantiene que,
el mundo de la manifestación es, en el mejor de los casos, un reflejo lejano y
degradado del Principio. La contemplación es la única vía para salir de la
rueda del devenir. La acción, por santa que sea, sigue siendo una modificación
transitoria; quien busca la liberación debe trascender por completo el dominio
de la acción. Contra esta opinión, Evola postula una trascendencia
inmanente. No se trata de abandonar el mundo, sino de transformar el modo de
estar en él hasta que el propio mundo se convierta en un campo de realización.
La acción bien ejecutada, el riesgo, la lucha, la afirmación de la soberanía en
medio del caos moderno no son obstáculos a superar, sino soportes de una
realización que se conquista sin abandonar el plano de la manifestación.
Esta diferencia tiene consecuencias prácticas
radicales: Guénon conduce a una actitud de retiro, de preservación de la élite
contemplativa en medio del Kali Yuga, mientras que la vía evoliana
conduce a una actitud de combate, un "cabalgar el tigre" utilizando
las propias fuerzas de la disolución como vehículo de afirmación espiritual.
Detrás de la cuestión de la contemplación y la
acción, en el fondo, subyace la disputa sobre la autoridad legítima. Para Guénon,
iniciado en el shankara-acharya de la Advaita Vedanta,
representa la perspectiva del Brāhmaṇa o “sacerdote”. Evola, que
nunca tuvo una iniciación formal comparable y que se forjó como un pensador
autónomo, representa la perspectiva del Kshatriya o “guerrero” que
reclama para sí la misma dignidad espiritual.
Esta polémica es tan vieja como la propia
Tradición: es la eterna disputa por la hegemonía entre el rey y el sacerdote. En
la concepción evoliana el “rey”, situado en la cúspide de la jerarquía
iniciática, es a la vez “rey y sacerdote”. Evola la resuelve a favor de una
soberanía espiritual que puede encarnarse en el guerrero, tanto como en la del
sacerdote y, por tanto, en la síntesis de ambos que encarna en el Emperador
Gibelino y en la teoría de la “doble espada”; en la guenoniana, es “autoridad
espiritual” que solamente puede estar plenamente en el sacerdote.
Dos estrategias distintas ante la modernidad
La desembocadura de estas dos concepciones tiene
repercusión en el problema de las “actitudes” hacia la modernidad, llámese Kali
Yuga o Edad de Hierro. La actitud de Guénon desemboca en dos
actitudes: o bien, en una “iniciación regular” impartida por una “sociedad
iniciática”, en el retiro del mundo y en la práctica de la contemplación. En su
lógica, el mundo moderno está irremediablemente perdido; no existe la posibilidad
de combatir contra el final del ciclo, cuyo fin ya está decidido por el mismo
cosmos. La única actitud posible es mantener la llama en templos secretos y
cuidándose de no salir a la superficie. Evola, por su parte, cuestiona que en
la actualidad existan posibilidades de iniciación regular efectivas y propone
una estrategia de afirmación viril en medio de la disolución. No se
trata de huir del mundo, sino de dominarlo interiormente. Y ve posibilidades:
las propias estructuras modernas pueden ser utilizadas como "caballo de
Troya" por el hombre diferenciado. La acción, si es incondicional y está
guiada por un principio espiritual, tiene valor no solo para quien la ejecuta,
sino como testimonio y sin tener en cuenta sus resultados prácticos.
A partir de estos dos puntos se vista, se explica
perfectamente que los lectores de la obra de ambos autores, haya desembocado
también dos grupos sociológicos perfectamente identificados. Guénon ha influido
en círculos metafísicos y tradicionalistas de orientación contemplativa; Evola
ha influido en movimientos políticos, iniciáticos y de "nueva
derecha" que buscan una transformación activa del orden político-social.
¿Son complementarias ambas visiones? ¿acaso irreconciliables? En este terreno, habitualmente, los seguidores de Guénon (lo que Evola llamaba “la escolástica guenoniana”), se muestran radicales: Guénon, en vida, rechazó explícitamente la posición evoliana, argumentando que sus principios metafísicos eran diferentes, por tanto, esa es la “vía correcta”. La posición evoliana es mucho más distendida. El lector de Evola, suele considerar que ambas posiciones son complementarias: una representaría la vía del conocimiento, el otro la vía de la acción; juntos abarcarían la totalidad de las posibilidades tradicionales. Esta última, en definitiva, es nuesra posición.








