George Orwell, voluntario de las Brigadas
Internacionales (y, por lo tanto, poco sospechoso de “fascismo”). Orwell decidió combatir en España con la idea de «matar fascistas porque
alguien debe hacerlo». Así se lo hizo saber a su amigo Henry Miller en
París en las navidades de 1936, quien le intentó convencer de que era «una
idiotez».
Tras su “experiencia en
España” (en donde salvó la vida por los pelos durante la guerra civil dentro de
la guerra civil que estalló en la Cataluña de Companys cuando éste traicionó a
los anarquistas y se arrojó en brazos de los agentes de la NKVD, en mayo de
1937), reflexionó y, como hombre razonable que era, se dio cuenta de que la
palabra “fascismo” y “fascista” se empleaba demasiado a la ligera, por todos y
sin que nadie supiera exactamente a lo que se refería. Ochenta y cinco años
después de esta reflexión orwelliana, nada ha cambiado: los analfabetos
estructurales de la izquierda (y no solo ellos, a decir verdad) siguen utilizando
abusivamente el término, incluso desde las esferas del gobierno. Orwell propone
una solución que no pasa por una redefinición del término (algo que ahora
corresponde a los historiadores, en tanto que el fascismo es Historia), sino
por la utilización del adjetivo que dice exactamente lo que la utilización
impropia del término “fascista” querría sugerir para quienes lo utilizan de manera
interesada.
Cuando escribió estas líneas, Orwell ya habia
meditado suficientemente sobre su “experiencia española”. A poco de llegar la percibió el control estalinista del Partido
Comunista de España y las mentiras que se usaban como propaganda para la
manipulación informativa. Durante la represión ordenada por la NKVD
soviética y ejecutada con fidelidad perruna por el gobierno del miembro del
PSOE Juan Negrín contra el POUM, Orwell estuvo a punto de ser asesinado en
Barcelona. Por entonces ya empezaba a
preocuparse por los conceptos que unos pocos años después le harían famoso con Rebelión
en la Granja (1945, un año después de estas líneas) y 1984 (1949).
Moriría al año siguiente.
Este artículo, rescatado del olvido y traducido por primera vez al castellano, nos indica la categoría de un hombre que, ante todo, colocaba sus convicciones (que fue perfilando a lo largo de su corta vida) y la defensa de la verdad por encima y por delante de todo.
¿Qué es el
fascismo?
(George Orwell, À ma guise, 24 de marzo de
1944)
De todas las preguntas de nuestra época que siguen
sin respuesta, quizá la más importante sea: «¿Qué es el fascismo?».
Una empresa estadounidense de sondeos planteó
recientemente esta pregunta a un centenar de personas y obtuvo respuestas que
iban desde «Es la democracia perfecta» hasta «Es el mal absoluto». En nuestro
país, si se le pide a una persona corriente que reflexione un poco y defina el
fascismo, generalmente responderá señalando los regímenes alemán e italiano.
Pero esto sigue siendo muy insatisfactorio, ya que incluso los principales
Estados fascistas difieren mucho entre sí en su organización y en su ideología.
Es difícil, por ejemplo, encajar a Alemania y
Japón en el mismo marco, y aún más difícil con algunos pequeños Estados que
pueden calificarse de fascistas. Por ejemplo, se admite generalmente que el
fascismo es, por naturaleza, belicoso, que se desarrolla en un ambiente de
histeria bélica y que solo puede resolver sus problemas económicos mediante
preparativos de guerra o conquistas. Sin embargo, este no es claramente el caso
de Portugal ni de las diversas dictaduras sudamericanas. También está el antisemitismo,
que se supone que es una de las características distintivas del fascismo, pero
algunos movimientos fascistas no son antisemitas. Las controversias académicas,
de las que se han hecho eco las revistas estadounidenses durante años, ni
siquiera han permitido determinar si el fascismo es o no una forma de
capitalismo. Sin embargo, cuando aplicamos el término «fascismo» a la Alemania,
el Japón o la Italia de Mussolini, sabemos más o menos lo que queremos decir
con ello. Es en la política interior donde esta palabra ha perdido todo rastro
de significado. Una lectura atenta de la prensa muestra que prácticamente no
hay una sola categoría de individuos (en cualquier caso, ni un solo partido
político o agrupación constituida) que no haya sido calificada de fascista
durante los últimos diez años.
No me refiero aquí al uso oral de la palabra
«fascista». Me refiero a lo que he leído en los textos. He visto las
expresiones «simpatizante fascista», «de tendencia fascista» o «fascista» (sin
más) aplicadas con la mayor seriedad a las siguientes categorías de personas.
Los conservadores. Todos los conservadores, sean o no partidarios de
la política de apaciguamiento (1), son considerados subjetivamente
pro-fascistas. Se supone que el dominio británico en la India y en las colonias
no se diferencia del nazismo. Las organizaciones que podrían calificarse de
patrióticas y tradicionalistas son etiquetadas como «cripto-fascistas» o
«fascistizantes». Entre ellas, los boy scouts, la policía metropolitana, el MI5
y la Legión Británica (2). La frase clave es: «Las public schools son
viveros del fascismo».
Los socialistas. Los defensores del capitalismo tradicional (Sir Ernest Benn, por ejemplo)
afirman que el socialismo y el fascismo son una misma cosa. Algunos periodistas
católicos sostienen que los socialistas fueron los principales colaboradores en
los países ocupados por los nazis.
La misma acusación fue lanzada, pero desde un
punto de vista diferente, por el partido comunista en sus fases de extrema
izquierda. Entre 1930 y 1935, el Daily Worker solía calificar al partido
laborista de «laborista-fascista» [social-fascista en otros países, NdT]. Esta
acusación fue retomada por otros extremistas de izquierda, como los
anarquistas, por ejemplo. Algunos nacionalistas indios consideran que los
sindicatos británicos son organizaciones fascistas.
Los comunistas. Una corriente de pensamiento muy importante [representada, entre otros,
por Rauschning, Peter Drucker, James Burnham y F. A. Voigt (3)] rechaza
cualquier distinción entre los regímenes nazi y soviético; sostiene que
fascistas y comunistas tienen esencialmente los mismos objetivos, e incluso
que, en cierta medida, son los mismos individuos. Los editoriales del Times
(antes de la guerra) calificaban a la URSS de «país fascista». Desde un punto
de vista diferente, es un juicio que comparten anarquistas y trotskistas.
Los trotskistas. Los comunistas acusan a los trotskistas propiamente dichos (es decir, a
los miembros de la organización de Trotski) de ser una organización cripto-fascista
a sueldo de los nazis. Esta idea estaba muy extendida entre la izquierda
durante el periodo del Frente Popular. En sus fases de extrema derecha, los
comunistas tienden a lanzar la misma acusación contra todos los movimientos
situados a su izquierda: el Common Wealth o el Partido Laborista Independiente
(ILP), por ejemplo.
Los católicos. Fuera de sus propias filas, la Iglesia católica es considerada casi
universalmente como pro-fascista, tanto objetiva como subjetivamente.
Los opositores a la guerra. Los pacifistas y todos los opositores a la guerra
son acusados con frecuencia no solo de hacer el juego a las fuerzas del Eje,
sino incluso de tener simpatías fascistas.
Los partidarios de la guerra. Los opositores a la guerra suelen basar su
argumentación en la idea de que el imperialismo británico es peor que el
nazismo, y tienden a aplicar el término «fascista» a cualquiera que desee una
victoria militar. Los partidarios de la Convención del Pueblo (4) llegaron casi
a afirmar que querer resistir una invasión nazi era un síntoma de simpatías
fascistas. Desde su creación, la Home Guard fue denunciada como una
organización fascista. Además, toda la izquierda tiende a meter en el mismo
saco el militarismo y el fascismo. Los simples soldados con conciencia política
tratan casi sistemáticamente a sus superiores de «fascistas» o «fascistas
natos». Las maniobras, limpiarse los zapatos, saludar a los oficiales son
actividades consideradas como un camino directo hacia el fascismo. Antes de la
guerra, alistarse en las fuerzas territoriales (5) se consideraba un signo de
inclinaciones fascistas. Tanto el servicio militar obligatorio como el ejército
profesional son denunciados como fenómenos fascistas.
Los nacionalistas. El nacionalismo es considerado universalmente
como fascista por naturaleza, pero esto solo se aplica a los movimientos
nacionalistas que se desaprueban. El nacionalismo árabe, polaco, finlandés, el
Partido del Congreso Indio, la Liga Musulmana, el sionismo y el IRA son
calificados de fascistas, pero nunca por las mismas personas.
Como se puede ver, la palabra «fascismo» utilizada
de esta manera carece casi por completo de sentido. En la conversación, por
supuesto, se utiliza de forma aún más extravagante que en la escritura. Lo he
oído aplicar a los agricultores, a los comerciantes, al Crédito Social (6), a
los castigos corporales, a la caza del zorro, a las corridas de toros, al
Comité de 1922, al Comité de 1941 (7), a Kipling, a Gandhi, a Chiang Kai-shek,
a la homosexualidad, a los programas de Priestley, a los albergues juveniles, a
la astrología, a las mujeres, a los perros y a qué sé yo qué más.
Sin embargo, bajo toda esta confusión, se esconde
un cierto significado. En primer lugar, está claro que existen diferencias muy
grandes, en su mayoría fáciles de detectar, aunque difíciles de formular, entre
los regímenes llamados fascistas y los llamados democráticos. En segundo lugar,
si «fascista» significa «que simpatiza con Hitler», algunas de las acusaciones
que acabo de enumerar están claramente mucho más justificadas que otras. En
tercer lugar, incluso aquellos que lanzan la palabra «fascista» a los cuatro
vientos le atribuyen, como mínimo, un significado emocional. Por «fascismo»
entienden, a grandes rasgos, algo cruel, sin escrúpulos, arrogante,
oscurantista, antiliberal y contrario a la clase obrera. A excepción del
pequeño núcleo de simpatizantes fascistas, casi todos los ingleses aceptarían «brutal»
como sinónimo de «fascista». Es aproximadamente la mejor definición que se
puede dar de esta palabra tan mal utilizada.
Pero el fascismo es también un sistema político y
económico. Entonces, ¿por qué no conseguimos una definición precisa y aceptada
por todos? Por desgracia, no lo conseguiremos, al menos por el momento. Sería
demasiado largo explicar por qué, pero, en el fondo, es porque es imposible
definir el fascismo de manera satisfactoria sin admitir ciertas cosas que ni
los propios fascistas, ni los conservadores, ni los socialistas, sean del color
que sean, están dispuestos a admitir. Todo lo que podemos hacer por ahora
es utilizar la palabra con cierta cautela y no, como se suele hacer, rebajarla
al rango de insulto.
George Orwell, À ma guise, 24 de marzo de 1944
(Agone 2008, p. 116).
Notas:
(1) Llevada a cabo principalmente por el primer
ministro Neville Chamberlain entre 1933 y 1939, la política de apaciguamiento (appeasement)
hacia Hitler consistía en realidad en ceder ante sus exigencias. Está
simbolizada por los acuerdos de Múnich de septiembre de 1938.
(2) Más comúnmente conocida por el nombre de su
cuartel general. Scotland Yard, la policía metropolitana, es la fuerza policial
territorial responsable del Gran Londres. El MI5 (Military Intelligence 5) es
el servicio de inteligencia británico, responsable de la seguridad interior del
Reino Unido y del contraespionaje. La Legión Británica es el organismo de
asistencia social de las fuerzas armadas británicas.
(3) Periodista, polemista y luego teórico de la
gestión, Peter Drucker es autor de The End of the Economic Man: The Origins
of Totalitarianism (1939), libro que, aunque se equivoca en los detalles,
tiene el interés de haber predicho la alianza entre Alemania y Rusia. Periodista,
F. A. Voigt fue uno de los pocos representantes de la prensa liberal o de
izquierda que se opuso a la política de apaciguamiento. Su libro sobre la
crisis de los años treinta, Unto Caesar (1938), anticipaba el antitotalitarismo
de los años cincuenta, que insistía en las similitudes entre el fascismo y el
comunismo.
(4) Sobre la Convención del Pueblo, véase supra.
AMG 3, nota I. p. 45.
(5) Fuerza de reserva del ejército británico,
compuesta por voluntarios.
(6) Movimiento creado en la década de 1920 por el
mayor Douglas, el Crédito Social se basaba en la idea de que la cuestión social
podía resolverse mediante una reorganización del sistema financiero y
monetario.
(7) El Comité de 1922 agrupaba a todos los parlamentarios conservadores. Grupo de políticos e intelectuales presidido por J. B. Priestley, el Comité de 1941 tenía como objetivo una reorganización eficaz y racional de la economía para apoyar el esfuerzo bélico, pero también con vistas a la posguerra. La mayoría de sus miembros se afiliaron en 1942 al partido del Commonwealth.






