Todo lo anterior parece bastante lógico y dista mucho de ser
inextricable. Es bastante lógico y los elementos que faltan son detalles que, a
fin de cuentas, no tienen gran importancia. La mayoría de todo lo que he
reportado se ha publicado y puede ser identificable a través de la hojarasca y
de los bosques generados por el mismo tema mediante libros con “datos novedosos”
y documentos tan desclasificados como irrelevantes. Pero existen dos datos
básicos a los que no se les suele prestar atención y que, en la práctica, se
han olvidado casi completamente, siendo fundamentales para una comprensión
integral del 23–F, su mecanismo y su elemento táctico desencadenante. Veamos
cuáles son:
1) En octubre y
noviembre de 1980, el Teniente Coronel Antonio Tejero, compra en el rastro de Madrid
unas cuantas decenas de casacas de camuflaje procedentes de deshechos militares
de saldo en el rastro madrileño.
2) A finales de diciembre de 1980, Tejero compró seis autobuses de segunda mano,
procedentes de la empresa de transportes Larrea, con un crédito firmado
por su esposa.
Estos dos elementos certifican, muy a las claras,
que, en el diseño original del 23–F, Tejero no preparó el asalto al Congreso de
los Diputados para ser ejecutado por Guardias Civiles: a fin de cuentas, estos
ya disponían de uniformes y de autobuses propios y era absurdo gastar un dinero
pedido a crédito en medios de transporte que estaban al alcance de cualquier
jefatura de la Guardia Civil y, más aún, si, como ocurrió el 23–F, la fuerza
que entró en el parlamento procedía de la Agrupación de Tráfico de la calle
Príncipe de Vergara, en donde no faltaban ni uniformes ni autobuses propios.
Los autobuses fueron abandonados en la Academia de
Guardias Jóvenes de Valdemorillo en donde años después, el hombre de confianza
de Tejero en Cataluña y yo mismo fuimos a buscarlos a la vista de que el
subastero Alberto Royuela los había comprado. Ariano Sánchez Covisa recibió de
Royuela algo así como 100.000 pesetas para que los mecánicos hicieran una
puesta a punto que permitiera conducirlos por carretera hasta Barcelona. Los
autobuses, estaban, literalmente, destrozados en su interior, habían pasado
años a la intemperie y con algunas ventanas abiertas. Llevados, finalmente a
Barcelona, Royuela los almacenó en un descampado próximo al Prat de Llobregat
y, finalmente, convertidos en chatarra.
Pilar Urbano dice en su libro que “los
autobuses no se utilizaron por las prisas” y Jesús Palacios soslaya la
cuestión diciendo simplemente que “no se utilizaron”. Ambas respuestas
insuficientes porque Pilar Urbano presente unas horas antes de la irrupción en
el Congreso, muy tranquilo jugando al ajedrez: no hubo “precipitación”. Respuestas
de circunstancias y, a todas luces, incorrectas: ¿Por qué no se utilizaron
aquellos autobuses ni aquellas casacas? Respuesta correcta: porque Tejero,
inicialmente no pretendía tomar el parlamento con fuerzas de la Guardia Civil.
Si se acepta como buena esta respuesta, estamos
obligados a formular otras dos cuestiones. La primera y más importante es: entonces
¿quién debía realizar la “toma del Congreso”? Lo que nos lleva a una cuestión
más importante aún: ¿Cuál era el diseño estratégico de la operación general? Una
no puede ser respondida sin la otra.
EL DISEÑO ESTRATÉGICO
DEL 23–F
Lo más incoherente del 23–F fue la “versión
oficial”, que, más o menos, es esta: “un grupo de guardias civiles entra en el
congreso de los diputados y secuestra la gobierno y a los parlamentarios; en
ese momento, el ejército sale a la calle para salvar al país… de una situación que
el mismo ejército ha generado” (no
olvidemos que la guardia Civil es un cuerpo militarizado). Absurdo. No hay “relato”
posible. De ser así, hubiera bastado una simple llamada de algún oficial de
rango superior al teniente coronel Tejero ordenándole abandonar el Congreso. No
era necesario que los tanques salieran a la calle y, por lo demás, una vez
liberados los diputados y el gobierno, ya no hubiera existido excusa para que
los militares siguieran en el poder…
El problema de los golpistas era cómo construir un
“relato” convincente que hiciera absolutamente necesaria su salida de los
cuarteles. Y aquí entramos en el tercer misterio no resuelto: ¿por qué, algunas
capitanías generales estuvieron dispuestas para salir a la calle el 23–F?, y ¿por
qué, al final, solamente salieron los tanques en Valencia?
Existe una respuesta excepcionalmente simple y tan
clara como el agua de un manantial de montaña: todos los militares
comprometidos con el golpe esperaban una “acción terrorista de envergadura”
para la tarde del 23–F. Los
testimonios, especialmente en la Brigada Acorazada, no dejan lugar a dudas. Y
no dudamos de que, de haberse producido esa “acción terrorista”, casi todas las
capitanías generales se habrían puesto en movimiento para alcanzar sus
objetivos y tomar el control del país… Pero ¿por qué no ocurrió así? ¿Fue
por cobardía por lo que capitanes generales y mandos de tropa que se habían comprometido
con la operación dieron marcha atrás? Respuesta: porque, en lugar de aparecer
en el congreso un grupo terrorista, inicialmente no identificado, pero que podía
ser del GRAPO, del antiguo FRAP, de ETA o, incluso de extrema–derecha… ¡Apareció
el teniente coronel más conocido en toda España con su tricornio, sus mostachos,
al frente de una fuerza militar disciplinada y organizada…! Chasco,
confusión, perplejidad y decepción…
En otras palabras: el golpe de Estado fracasó,
simplemente, porque no sucedió lo que los militares comprometidos pensaban que
iba a suceder. Y entonces se produjo el esperpento: fracasado el elemento
táctico de la operación, ya no tenía sentido continuar con la estrategia
prevista de ocupación de centros de poder. El golpe no aparecía como “presentable”,
ni para la opinión pública nacional, ni para los centros de poder
internacional.
Ahora puede entenderse mejor porqué hemos
insistido, en el parágrafo anterior sobre los cuatro golpes superpuestos, en
que ni Tejero, ni Milans, conocían los mecanismos de la política; incluso, para
Armada, “la política” se reducía a una serie de cenas protocolarias con
políticos locales intimidados por la personalidad del que sabían que era “general”
y “hombre del Rey”. Para todos ellos, el golpe de Estado era un fin en sí
mismo, una operación exclusivamente “militar”, cuando, en realidad, un golpe de
Estado es una operación cívico–militar en la que el elemento armado solamente entra
en juego en el momento mismo del golpe, para, acto seguido, desplazar todo su
peso, hacia la parte “política”.
En 1981, era evidente que no existían las
condiciones necesarias para un “gobierno militar” como quería Milans y, mucho
menos, como quería Tejero, con un gobierno presidido por un militar con apoyo
de los grupos de extrema–derecha.
Y eso era más que evidente: los principales detractores de los golpes
militares que habían tenido lugar en Iberoamérica en aquellos años (Argentina,
Chile y Bolivia) fueron los EEUUU. En Bolivia, el gobierno americano realizó
un férreo cerco económico y una campaña de desprestigio desde el primer momento
en el que se produjo el golpe del General García–Meza en julio de 1980; a lo
largo de 1979 y 1980, el gobierno de Pinochet fue muy duramente atacado hasta
lograr la destitución del General Manuel Contreras, jefe de la DINA. La misma
presión se ejerció contra la dictadura militar argentina, primero con la excusa
de los “desaparecidos” y, posteriormente, se indujo al régimen militar a que
ocupara las Islas Malvinas, prometiendo el apoyo de Washington que, en la
práctica, desapareció por completo y la derrota argentina entrañaría el fin del
régimen militar. No es cierto, por tanto, que, ni la administración Carter, ni
la administración Reagan apoyaran a los regímenes militares: en realidad,
apoyaban solamente a gobiernos que no se opusieran a las exigencias político–económicas
de Washington. Y el problema no era tanto que la élite militar
iberoamericana se hubiera formado en la Escuela de las Américas, sino que, la
inmensa mayoría de esos militares, formados en las técnicas antisubversivas, ¡eran
también muy nacionalistas! Para Washington resultaba mucho más sencillo manejar
esos países a través de gobiernos democráticos de derechas, de centro–derecha o
incluso de centro–izquierda. Personalmente, he visto como en la Bolivia de
1980–1982, los miembros del Movimiento de Izquierda Revolucionaria,
guerrilleros diez años antes, literalmente se peleaban por asistir a las
recepciones que daba la embajada norteamericana.
Teniendo todo esto en cuenta, cabe preguntarse
¿qué tenían en mente los cerebros más lúcidos entre los militares golpistas? Y
es aquí donde tenemos que volver, necesariamente, al “grupo de los coroneles”
dirigido por el Coronel San Martín.
Personalmente, tengo la convicción moral de que
San Martín fue el autor del plan inicial. Tenía experiencia suficiente para
ello, conocimientos e información y había impulsado “operaciones encubiertas” y
maniobras de “intoxicación informativa” durante su paso por el SEDEC.
(Recuerdo que, tras el atentado de ETA en la calle del Correo en Madrid, cuando
esta organización negó su autoría para desvincularse de una acción terrorista
ampliamente impopular –13 víctimas mortales, solo uno era policía, y más
de 70 heridos–, San Martín reaccionó filtrando un falso “diario de Argala”,
el entonces jefe de ETA que fue reproducido por el semanario El Mundo
(propiedad de Sebastián Auger); en ese falso diario se afirmaba, que, además
de ser ETA responsable del crimen, mantenía contractos con ¡el PENS!, con ese
PENS que el mismo San Martín había facilitado su creación y cuyas revistas y
panfletos se imprimían en las oficinas de Barcelona del propio SEDEC…). Y
es que, para un servicio de inteligencia, “verdad” y “moralidad” no son
palabras que deban tenerse en cuenta. (ETA, por cierto, reconoció ser autora
del crimen en 2018. Los dos etarras que colocaron los 30 kilos de explosivos, Bernard Iturbe y María Lourdes Galarraga, viven hoy en
el Sur de Francia y nunca pasaron ni un solo día en prisión por el crimen).
San Martín era perfectamente capaz de plantear la
operación “toma del Congreso” en términos parecidos: el “casus belli” es la
toma del congreso por un grupo civil terrorista, fuertemente armado… y
es entonces cuando la “operación” empieza a tener sentido. Ante la alarma
generada en la opinión pública, el ejército sale a la calle para mantener el
orden. ¿Y luego? Luego el ejército
impone sus condiciones a la presidencia del gobierno: cambios ministeriales,
mayor control sobre el PCE, liquidación de ETA y del GRAPO. El golpe no
desemboca en un gobierno militar–militar, ni mucho menos militar–ultra, como
querían Milans y Tejero respectivamente, sino que se reduce a una presión ejercida
sobre el gobierno por el estamento militar, tal como quería el “grupo de los
coroneles”. Se salvaban las formas ante los países extranjeros, la
constitución seguía en pie (acaso con alguna leve modificación), y se lograba
la rectificación política, salvando la imagen democrática…
Pero esto solamente era posible si era un “grupo
terrorista” el que entraba en el congreso; en absoluto, si el Guardia civil más
conocido de toda España, aparecía ante las pantallas de todas las salas de
banderas, capitaneando la acción. ¿Entienden por qué Tejero había
comprado autobuses y casacas militares? ¡Hasta el día antes del golpe su misión
era, solamente, “preparar” la toma del congreso, no tomarlo él, personalmente!








