sábado, 4 de abril de 2026

45º Aniversario del 23–F, fallecimiento del Tte.Cnel. Tejero y desclasificación de documentos (4ª parte) - LOS DOS ELEMENTOS OLVIDADOS DEL 23–F

 

Todo lo anterior parece bastante lógico y dista mucho de ser inextricable. Es bastante lógico y los elementos que faltan son detalles que, a fin de cuentas, no tienen gran importancia. La mayoría de todo lo que he reportado se ha publicado y puede ser identificable a través de la hojarasca y de los bosques generados por el mismo tema mediante libros con “datos novedosos” y documentos tan desclasificados como irrelevantes. Pero existen dos datos básicos a los que no se les suele prestar atención y que, en la práctica, se han olvidado casi completamente, siendo fundamentales para una comprensión integral del 23–F, su mecanismo y su elemento táctico desencadenante. Veamos cuáles son:

1) En octubre y noviembre de 1980, el Teniente Coronel Antonio Tejero, compra en el rastro de Madrid unas cuantas decenas de casacas de camuflaje procedentes de deshechos militares de saldo en el rastro madrileño.

2) A finales de diciembre de 1980, Tejero compró seis autobuses de segunda mano, procedentes de la empresa de transportes Larrea, con un crédito firmado por su esposa.

Estos dos elementos certifican, muy a las claras, que, en el diseño original del 23–F, Tejero no preparó el asalto al Congreso de los Diputados para ser ejecutado por Guardias Civiles: a fin de cuentas, estos ya disponían de uniformes y de autobuses propios y era absurdo gastar un dinero pedido a crédito en medios de transporte que estaban al alcance de cualquier jefatura de la Guardia Civil y, más aún, si, como ocurrió el 23–F, la fuerza que entró en el parlamento procedía de la Agrupación de Tráfico de la calle Príncipe de Vergara, en donde no faltaban ni uniformes ni autobuses propios.

Los autobuses fueron abandonados en la Academia de Guardias Jóvenes de Valdemorillo en donde años después, el hombre de confianza de Tejero en Cataluña y yo mismo fuimos a buscarlos a la vista de que el subastero Alberto Royuela los había comprado. Ariano Sánchez Covisa recibió de Royuela algo así como 100.000 pesetas para que los mecánicos hicieran una puesta a punto que permitiera conducirlos por carretera hasta Barcelona. Los autobuses, estaban, literalmente, destrozados en su interior, habían pasado años a la intemperie y con algunas ventanas abiertas. Llevados, finalmente a Barcelona, Royuela los almacenó en un descampado próximo al Prat de Llobregat y, finalmente, convertidos en chatarra.

Pilar Urbano dice en su libro que “los autobuses no se utilizaron por las prisas” y Jesús Palacios soslaya la cuestión diciendo simplemente que “no se utilizaron”. Ambas respuestas insuficientes porque Pilar Urbano presente unas horas antes de la irrupción en el Congreso, muy tranquilo jugando al ajedrez: no hubo “precipitación”. Respuestas de circunstancias y, a todas luces, incorrectas: ¿Por qué no se utilizaron aquellos autobuses ni aquellas casacas? Respuesta correcta: porque Tejero, inicialmente no pretendía tomar el parlamento con fuerzas de la Guardia Civil.

Si se acepta como buena esta respuesta, estamos obligados a formular otras dos cuestiones. La primera y más importante es: entonces ¿quién debía realizar la “toma del Congreso”? Lo que nos lleva a una cuestión más importante aún: ¿Cuál era el diseño estratégico de la operación general? Una no puede ser respondida sin la otra.

EL DISEÑO ESTRATÉGICO DEL 23–F

Lo más incoherente del 23–F fue la “versión oficial”, que, más o menos, es esta: “un grupo de guardias civiles entra en el congreso de los diputados y secuestra la gobierno y a los parlamentarios; en ese momento, el ejército sale a la calle para salvar al país… de una situación que el mismo ejército ha generado” (no olvidemos que la guardia Civil es un cuerpo militarizado). Absurdo. No hay “relato” posible. De ser así, hubiera bastado una simple llamada de algún oficial de rango superior al teniente coronel Tejero ordenándole abandonar el Congreso. No era necesario que los tanques salieran a la calle y, por lo demás, una vez liberados los diputados y el gobierno, ya no hubiera existido excusa para que los militares siguieran en el poder…

El problema de los golpistas era cómo construir un “relato” convincente que hiciera absolutamente necesaria su salida de los cuarteles. Y aquí entramos en el tercer misterio no resuelto: ¿por qué, algunas capitanías generales estuvieron dispuestas para salir a la calle el 23–F?, y ¿por qué, al final, solamente salieron los tanques en Valencia?

Existe una respuesta excepcionalmente simple y tan clara como el agua de un manantial de montaña: todos los militares comprometidos con el golpe esperaban una “acción terrorista de envergadura” para la tarde del 23–F. Los testimonios, especialmente en la Brigada Acorazada, no dejan lugar a dudas. Y no dudamos de que, de haberse producido esa “acción terrorista”, casi todas las capitanías generales se habrían puesto en movimiento para alcanzar sus objetivos y tomar el control del país… Pero ¿por qué no ocurrió así? ¿Fue por cobardía por lo que capitanes generales y mandos de tropa que se habían comprometido con la operación dieron marcha atrás? Respuesta: porque, en lugar de aparecer en el congreso un grupo terrorista, inicialmente no identificado, pero que podía ser del GRAPO, del antiguo FRAP, de ETA o, incluso de extrema–derecha… ¡Apareció el teniente coronel más conocido en toda España con su tricornio, sus mostachos, al frente de una fuerza militar disciplinada y organizada…! Chasco, confusión, perplejidad y decepción…

En otras palabras: el golpe de Estado fracasó, simplemente, porque no sucedió lo que los militares comprometidos pensaban que iba a suceder. Y entonces se produjo el esperpento: fracasado el elemento táctico de la operación, ya no tenía sentido continuar con la estrategia prevista de ocupación de centros de poder. El golpe no aparecía como “presentable”, ni para la opinión pública nacional, ni para los centros de poder internacional.

Ahora puede entenderse mejor porqué hemos insistido, en el parágrafo anterior sobre los cuatro golpes superpuestos, en que ni Tejero, ni Milans, conocían los mecanismos de la política; incluso, para Armada, “la política” se reducía a una serie de cenas protocolarias con políticos locales intimidados por la personalidad del que sabían que era “general” y “hombre del Rey”. Para todos ellos, el golpe de Estado era un fin en sí mismo, una operación exclusivamente “militar”, cuando, en realidad, un golpe de Estado es una operación cívico–militar en la que el elemento armado solamente entra en juego en el momento mismo del golpe, para, acto seguido, desplazar todo su peso, hacia la parte “política”.

En 1981, era evidente que no existían las condiciones necesarias para un “gobierno militar” como quería Milans y, mucho menos, como quería Tejero, con un gobierno presidido por un militar con apoyo de los grupos de extrema–derecha. Y eso era más que evidente: los principales detractores de los golpes militares que habían tenido lugar en Iberoamérica en aquellos años (Argentina, Chile y Bolivia) fueron los EEUUU. En Bolivia, el gobierno americano realizó un férreo cerco económico y una campaña de desprestigio desde el primer momento en el que se produjo el golpe del General García–Meza en julio de 1980; a lo largo de 1979 y 1980, el gobierno de Pinochet fue muy duramente atacado hasta lograr la destitución del General Manuel Contreras, jefe de la DINA. La misma presión se ejerció contra la dictadura militar argentina, primero con la excusa de los “desaparecidos” y, posteriormente, se indujo al régimen militar a que ocupara las Islas Malvinas, prometiendo el apoyo de Washington que, en la práctica, desapareció por completo y la derrota argentina entrañaría el fin del régimen militar. No es cierto, por tanto, que, ni la administración Carter, ni la administración Reagan apoyaran a los regímenes militares: en realidad, apoyaban solamente a gobiernos que no se opusieran a las exigencias político–económicas de Washington. Y el problema no era tanto que la élite militar iberoamericana se hubiera formado en la Escuela de las Américas, sino que, la inmensa mayoría de esos militares, formados en las técnicas antisubversivas, ¡eran también muy nacionalistas! Para Washington resultaba mucho más sencillo manejar esos países a través de gobiernos democráticos de derechas, de centro–derecha o incluso de centro–izquierda. Personalmente, he visto como en la Bolivia de 1980–1982, los miembros del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, guerrilleros diez años antes, literalmente se peleaban por asistir a las recepciones que daba la embajada norteamericana.


Teniendo todo esto en cuenta, cabe preguntarse ¿qué tenían en mente los cerebros más lúcidos entre los militares golpistas? Y es aquí donde tenemos que volver, necesariamente, al “grupo de los coroneles” dirigido por el Coronel San Martín.

Personalmente, tengo la convicción moral de que San Martín fue el autor del plan inicial. Tenía experiencia suficiente para ello, conocimientos e información y había impulsado “operaciones encubiertas” y maniobras de “intoxicación informativa” durante su paso por el SEDEC. (Recuerdo que, tras el atentado de ETA en la calle del Correo en Madrid, cuando esta organización negó su autoría para desvincularse de una acción terrorista ampliamente impopular –13 víctimas mortales, solo uno era policía, y más de 70 heridos–, San Martín reaccionó filtrando un falso “diario de Argala”, el entonces jefe de ETA que fue reproducido por el semanario El Mundo (propiedad de Sebastián Auger); en ese falso diario se afirmaba, que, además de ser ETA responsable del crimen, mantenía contractos con ¡el PENS!, con ese PENS que el mismo San Martín había facilitado su creación y cuyas revistas y panfletos se imprimían en las oficinas de Barcelona del propio SEDEC…). Y es que, para un servicio de inteligencia, “verdad” y “moralidad” no son palabras que deban tenerse en cuenta. (ETA, por cierto, reconoció ser autora del crimen en 2018. Los dos etarras que colocaron los 30 kilos de explosivos, Bernard Iturbe y María Lourdes Galarraga, viven hoy en el Sur de Francia y nunca pasaron ni un solo día en prisión por el crimen). 

San Martín era perfectamente capaz de plantear la operación “toma del Congreso” en términos parecidos: el “casus belli” es la toma del congreso por un grupo civil terrorista, fuertemente armado… y es entonces cuando la “operación” empieza a tener sentido. Ante la alarma generada en la opinión pública, el ejército sale a la calle para mantener el orden. ¿Y luego? Luego el ejército impone sus condiciones a la presidencia del gobierno: cambios ministeriales, mayor control sobre el PCE, liquidación de ETA y del GRAPO. El golpe no desemboca en un gobierno militar–militar, ni mucho menos militar–ultra, como querían Milans y Tejero respectivamente, sino que se reduce a una presión ejercida sobre el gobierno por el estamento militar, tal como quería el “grupo de los coroneles”. Se salvaban las formas ante los países extranjeros, la constitución seguía en pie (acaso con alguna leve modificación), y se lograba la rectificación política, salvando la imagen democrática…

Pero esto solamente era posible si era un “grupo terrorista” el que entraba en el congreso; en absoluto, si el Guardia civil más conocido de toda España, aparecía ante las pantallas de todas las salas de banderas, capitaneando la acción. ¿Entienden por qué Tejero había comprado autobuses y casacas militares? ¡Hasta el día antes del golpe su misión era, solamente, “preparar” la toma del congreso, no tomarlo él, personalmente!