¿Y el 5º proyecto? ¿en qué consistía? Aquí estamos en la “Zona 0” de todos los equívocos
que se han producido en las interpretaciones sobre el 23–F. Entre los detenidos
por su participación en el 23–F figuraba el Comandante Cortina, entonces director
de Operaciones Especiales del CESID, embarcado en la especial operación de
organizar el no–golpe, o lo que hemos definido como el ”golpe para
acabar con todos los golpes”.
Cortina, a poco de salir de la Academia Militar, se
descolgó inexplicablemente, como ya hemos visto, adiestrando a un grupo de
falangistas en las técnicas de la guerrilla rural. Los alegres falangistas de
Cortina (que entonces utilizaba el alias de ”Restarazu” y su
hermano el de ”Roncal”, ambos de resonancias vascas) se entrenaban
en la Casa de Campo y recibían formación sobre las distintas corrientes
tercermundistas con las que los falangistas se sentían más identificados. Nunca
sumaron más de 200 personas que utilizaban el nombre de Fuerza Social
Revolucionaria en sus panfletos, aunque entre ellos aludieran a “la
familia”. El grupo estaba dirigido por los dos Cortina y por un tercer
personaje, no menos misterioso, Esteban Sierra Muñiz, que vivía en
Francia. En el curso de la peripecia de este atrabiliario grupo contactó
con Julio Alvárez del Vayo, capitoste republicano en el exilio y que
aparecía como ingrediente esencial en todas las salsas antifranquistas de la
época, contra más extremistas mejor. Del Vayo –del que Azaña dijo que era un ”tonto
con ideas” y en eso seguía– había ido creando grupos fantasmales: que
si Tercera República, que si el Frente Español de Liberación Nacional
(FELN)… y en eso estaba cuando Sierra Muñiz lo contactó en París (posteriormente
sería el mascarón de proa del FRAP).
Los contactos de la “Fuerza Social Revolucionaria”
con Álvarez del Vayo se produjeron en 1964. Pocas semanas después, en junio del
mismo año, la policía lograba detener a Andrés Ruiz Márquez (a) “Coronel Montenegro”,
un pobre diablo, prácticamente el único miembro del FELN en el interior de
España que había sembrado el país de pequeños artefactos explosivos, firmados
con la sigla de la organización. Cargado
de explosivos en la calle Serrano, condenado inicialmente a muerte, conmutada
la pena por prisión a perpetuidad, solo salió a la calle con la amnistía de
1977. Prácticamente ilocalizable, la única forma de detener a un solo
individuo sin contactos, era mediante la creación de un grupo favorable a la “lucha
armada”, (la Fuerza Social Revolucionaria) con la que el FELN podría ampliar
sus acciones… El “gancho” produjo su efecto sobre Álvarez del Vayo y entrañó la
“caída” del “Coronel Montenegro”. Fue una brillante operación de
inteligencia. Sin más. Pero, el hecho de que TODOS los que participaron en
ella volvieran a estar presentes el 23–F, indica que esta red se había
mantenido en pie desde 1964 hasta 1981: ¡17 años!
Dado que la "Fuerza Social Revolucionaria" era casi una “empresa familiar” de los Cortina no era raro que otro de sus dirigentes, Fernando Cadarso Preciado, estuviera también emparentado con ellos…
Los testimonios de Cadarso y de Sierra Muñiz fueron
claves en la defensa del Comandante Cortina tras el 23–F. Cadarso era un amigo
personal y colaborador estrecho de Cortina. En el contexto del juicio, fue
identificado como una de las personas que mantenía contacto frecuente con el
comandante, lo que sirvió a la defensa para intentar demostrar que las
actividades de Cortina eran de carácter personal o social y no conspirativas. Declaró
que el domingo 22 de febrero (el día previo al golpe), llamó a
Cortina a su residencia en El Escorial. Según su testimonio, el objetivo de la
llamada era informarle sobre asuntos de interés o “novedades”, reforzando la
coartada de Cortina sobre su paradero y ocupaciones ese fin de semana. Aunque
era civil, fuentes periodísticas y libros de investigación (como los de Jesús
Palacios o Pilar Urbano) sugieren que Cadarso formaba parte de una red de colaboradores
no oficiales que la Agrupación Operativa de Misiones Especiales (AOME)
utilizaba para pulsar el ambiente en sectores civiles involucionistas.
Esteban Sierra Muñiz, testificó también a
favor de Cortina en el Juicio de Campamento por los sucesos del 23–F (Causa
2/81). Durante la vista oral, declaró
haber mantenido contacto con Cortina los días previos al golpe; declaró haber
llamado al comandante la noche del 21 de febrero para concertar una cita el
domingo 22, día en el que, según algunas versiones, se habrían ultimado
detalles logísticos. Sierra Muñiz declaró que el comandante le invitó a cenar
esa noche, pero que él declinó la invitación. Trabajos periodísticos
posteriores han señalado que era “colaborador civil” del CESID. Por su parte, Fernando
Cadarso Preciado fue una figura civil clave en la defensa del comandante
José Luis Cortina durante el juicio por el golpe de Estado del 23–F. Al igual
que Esteban Sierra Muñiz, su relevancia reside en su testimonio para
reconstruir los movimientos de la jefatura de la AOME (inteligencia del CESID)
en las fechas críticas del golpe. Formaba parte de una red de colaboradores
no oficiales que la Agrupación Operativa de Misiones Especiales (AOME)
utilizaba para pulsar el ambiente en sectores civiles involucionistas. Estas
declaraciones tendían a desmentir la posibilidad del encuentro en el que Tejero
habría recibido la orden del comandante Cortina de tomar el Congreso al día
siguiente, el 23–F.
El quid de la cuestión es que Tejero declaró que
había recibido taxativamente la orden de tomar él mismo el Congreso de los
Diputados en el 1.º C del edificio situado en la calle de Biarritz,
número 2, en Madrid. Mientras que Tejero mantenía que la reunión tuvo lugar
allí, el comandante Cortina siempre lo negó, asegurando que nunca se había
visto con Tejero en ese domicilio. Esta discrepancia fue uno de los puntos
clave del juicio, ya que Cortina fue finalmente absuelto al no poderse probar
fehacientemente dicho encuentro.
Dos años y medio después del 23–F, el 1 de agosto de 1983, el piso fue
escenario de un incendio provocado por los asaltantes para ocultar el asesinato
de Antonio Cortina (padre), quien se encontraba solo en la vivienda en ese
momento. A pesar de que se habló de una “venganza” de extrema–derecha por
la participación del comandante cortina el 23–F, lo cierto es que se trató
de un crimen protagonizado por delincuentes habituales.
Los partidos de izquierda y la prensa, en las jornadas
posteriores, al 23–F aludieron constantemente a la “actitud sospechosa” del
CESID en el golpe y a que varios de sus exponentes se habían visto implicados
en la trama. Y así era, en efecto: pero no en una “trama golpista”, sino, más
bien en el “golpe para acabar con todos los golpes”. Habitualmente, en los
puestos claves de la seguridad del Estado, los gobiernos tienden a colocar a
los responsables que consideran más “seguros” y de fidelidad demostrada. En el
momento en el que se produjo el 23–F, el CESID estaba dirigido por el coronel
Narciso Carreras que ocupaba el cargo
de forma accidental desde mayo de 1980. Su gestión finalizó el 22 de mayo
de 1981, cuando el Gobierno de Leopoldo Calvo–Sotelo nombró al entonces
teniente coronel Emilio Alonso Manglano como director titular. En
otras palabras, en el momento del golpe, el “hombre fuerte” del CESID no era el
coronel Carreras, sino el Comandante Cortina. El “informe Jáudenes”, encargado
por Carreras en el mes de marzo de 1981, estableció que ningún miembro del
CESID había participado en la trama. Y eso era, relativamente cierto: en efecto,
ninguno había trabajado para el triunfo del golpe de Estado, pero, sin embargo,
si habían participado en las distintas tramas golpistas, unos con fines de
información y otros con fines de neutralización. “El que quiere peces,
necesariamente, debe mojarse”, dice otro viejo adagio frecuentemente
empleado en inteligencia.









