Antes del 23–F, el Estado era una entelequia que
crujía por todas partes y amenazaba hundirse: ETA(p–m) mantenía
secuestrados a cuatro cónsules, la policía le había aplicado un tratamiento
excesivamente duro al etarra Arregui que pagó sus crímenes muriendo a su vez.
El ingeniero Ryan acababa de ser asesinado. por ETA Un día sí y otro también
estallaban bombas en Lemóniz y aledaños. La UCD se empezaba desmigajar y ni
siquiera había sido capaz de celebrar su congreso en Baleares a causa de una
huelga. Suárez vivía su declive y cada una de sus componentes de su partido, se
situaba en las mejores posiciones de cara a un futuro que todos advertían que
ya no tendría nada que ver con el centrismo de estricta observancia de UCD. Las
huelgas sacudían a todo el país ante la desesperación patronal; y el Rey, al
que buena parte de la sociedad seguía sin tomarse en serio, acababa de ser
abucheado en el Parlamento Vasco. Cada día ocurría algún incidente, algún
atentado mayor o menor, que apenas servía para ocultar la catastrófica
situación económica con una inflación que llegó al ¡30% mensual! (cuando hoy
nos parece dramático el que ascienda al 3% anual...).
Era una situación de literal desintegración del
Estado que, en cualquier momento podía quebrar, bien por una acción de
elementos radicales de extrema–izquierda, bien por una huelga general convocada
por unos sindicatos que, entonces, tenían niveles aceptables de filiación, etc.
Y el recuerdo del franquismo estaba demasiado cerca. Era inevitable que sectores
cada vez más amplios de la población comparasen la inestabilidad que se estaba
viviendo con los años de prosperidad del franquismo. Y, empezaba a estar claro que las promesas de
“libertad y democracia” empezaban a perder su sentido… si es que implicaban,
desorden, caos, muertes, inseguridad, crisis y desintegración del Estado.
En ese contexto explosivo nació la necesidad de impulsar
una “operación de inteligencia” tendente a estabilizar de una vez por todas, la
situación. Estaba claro que,
de todos los elementos que empezaban a protestar por la situación, el estamento
militar era el más peligroso y donde el régimen nacido en la transición,
acumulaba más oposición. Además, desde hacía dos (o quizás, tres) años, los
servicios de inteligencia había ido detectando que el malestar en las salas de
banderas de los cuarteles iba in crescendo. Ya se habían desarticulado
algunos proyectos golpistas en el embrión (el Caso Galaxia), en el curso del
cual había aparecido por primera vez la figura del Teniente–Coronel Tejero.
Era un hombre inconfundible: tricornio y bigote, constituían sus signos de
identidad. Su foto había aparecido en todos los medios. Este dato no es baladí.
El golpismo en España, tuvo, a partir de entonces una “imagen” muy concreta: estaba
en ese momento vinculado a un tricornio de charol y a unos opulentos mostachos.
Ese era Tejero: el prototipo del Guardia Civil honesto, patriota, enérgico, identificado
con los valores de la Benemérita, para el que el mundo se dividía entre los
enemigos de España (que, además, mataban a sus guardias civiles) y los “buenos
españoles”; apolítico. Su “ideología” se reducía a dos palabras: España y Orden,
presentes en el himno de la guardia Civil. No necesitaba más.
La involuntaria popularidad alcanzada por el
Teniente–Coronal Tejero a causa del “Caso Galaxia”, hizo que su figura se
convirtiera en un polo de atracción para descontentos con la marcha de la transición.
Algunos militares y, sobre todo civiles madrileños de extrema–derecha, tal era
el caso de García–Carrés. Carrés había sido un burócrata del régimen de
Franco, antiguo presidente del Sindicato de Actividades Diversas que, durante
la transición había realizado algunos actos de homenaje a la Guardia Civil.
Políticamente, representaba muy poco, apenas nada. Estaba circuitado con otras
individualidades aisladas, similares a él. Ni pertenecía a Fuerza Nueva (el
partido mayoritario de la extrema–derecha de la época), y tampoco tenía gran
ascendiente en Falange Española. Su universo político se reducía a un sector
de la Confederación de Combatientes, a las individualidades mencionadas y al
diario El Alcázar.
Pues bien, este entorno político cuyos dos
polos eran Tejero y García Carrés, junto con algunas otras individualidades
poco representativas, elaboraron un proyecto golpista que consistía en generar
un movimiento militar de tal calibre que desembocara en un “gobierno cívico–militar”
de extrema–derecha. Y, para ello, trataron de aproximarse a cualquiera del
que tuvieran noticia de que compartía posiciones “franquistas” (o, al menos, a
la interpretación que ellos daban del franquismo que, a fin de cuentas, fue
multiforme y adaptacionista).
Esa fue la que podemos considerar como la primera
red golpista. En ella no estaban presentes ni militares de alta graduación, ni
capitanes generales, ni siquiera los jefes de los partidos políticos de extrema–derecha,
Blas Piñar por Fuerza Nueva, ni Fernández Cuesta por FE–JONS. Se trataba de una
red muy “porosa”: en su interior estaban presentes varios confidentes del CNI y
del Ministerio del Interior. Era imposible que, especialmente, a partir de principios
de 1980, esa red hubiera pasado desapercibida para los distintos cuerpos de Seguridad
del Estado: se podía haber desarticulado como un “segundo caso Galaxia”. Sin
embargo, no se hizo: pero, es fácil suponer que se les puso en observación.
Paralelamente, existían otros sectores golpistas:
dos concretamente, que había surgido espontáneamente y sin apenas contactos con
el grupo anterior. Por un lado, el Capitán General de la III Región Militar,
Jaime Miláns del Bosch, tenía algo que Tejero, ni nadie de su red tenían: grado
y prestigio militar que se remontaba a la defensa del Alcázar de Toledo, luego
a la II Bandera de la Legión en la que combatió con el rango de oficial hasta
el fin de la contienda, más tarde la experiencia de la División Azul en 1941,
donde obtuvo la Cruz de Hierro de Segunda Clase... agregado militar en varias
embajadas en Iberoamérica hasta 1965, luego varios mandos sobre tropa, general de brigada en 1971, jefe de la Brigada de Infantería
Mecanizada n.º XI y, en 1974, general de división y jefe de la División
Acorazada Brunete hasta 1977, cuando, ascendido a teniente general, se hizo
cargo de la Región Militar de Valencia. Era uno de los militares vivos con
mejor historial en aquel momento. Se decía apolítico y no estaba muy lejos de
Tejero en este punto: patriotismo, solo patriotismo y nada más que patriotismo.
Se conocían sus opiniones políticas pro–franquistas y su disgusto por el
momento en el que estaba atravesando España. Y, como cualquier otro oficial de
alto rango, era imperativo que el CNI tejiera en torno suyo una red de
informantes, especialmente si se conocía su disconformidad con la situación
política. Además, era monárquico impenitente: el Rey encarnaba el ideal de
patriotismo y orden que constituían su propio ideario.
En este punto, es difícil establecer –y, por lo demás, no es el núcleo
de la cuestión– cómo creció la red de fieles al Teniente General Milans del
Bosch. Sea como fuere –y para eso están las actas del proceso de Campamento incoado
contra los acusados de participación en el 23–F– en torno a él se fue formando
un grupo que coincidía en dar un “golpe de timón”. Pero, no se trataba, como
la red de Tejero, de un golpe de extrema–derecha, sino de un golpe militar–militar
completamente apolítico, que disolviera a todos los partidos, incluidos los de
extrema–derecha, que restaurara el orden y garantizara la continuidad
monárquica como herencia del franquismo. En la práctica, Milans del Bosch
era el “militar de prestigio” que Tejero echaba en falta, para llevar a cabo
una acción contra el régimen constitucional. Las diferencias fueron aparcadas
(e, incluso, es probable que ni siquiera se tuviesen en cuenta, a pesar de que
Tejero consideró a Milans –y nosotros mismos pudimos oírlo de sus propios
labios cuando estaba prisionero en el castillo de Figueras– como un “soldado
de fortuna” (un mercenario, si bien es cierto que tal opinión había sido
formada a causa de una información falsa, facilitada por un conocido estafador
que recorría los medios de extrema–derecha y que, por cierto aparece con nombre
y apellido en uno de los documentos desclasificados por Sánchez).
Milans había dejado muy buen recuerdo en la División Acorazada
Brunete, la unidad más efectiva del ejército español. Cuando, Milans ya había
abandonado el mando de esta unidad, fue nombrado Jefe de Estado Mayor de la
unidad, el Coronal José Ignacio San Martín, el 10 de diciembre 1979. La
diferencia entre El Coronel San Martín y el resto de responsables de las
distintas redes que confluyeron el 23–F era que él, además de ser militar,
patriota y hombre de orden, sí tenía una sólida preparación política y cultural,
muy superior a la de la mayoría de oficiales de su época. Además, había
sido el organizador del Servicio Central de Documentación (SEDEC) al servicio
de Carrero Blanco. Durante los años en los que desempeñó esta función realizó
seguimientos de partidos, sindicatos, personalidades, se entrevistó y conoció a
gentes de todos los niveles de la administración y de la oposición, y mantuvo
una red de colaboradores que le siguieron después de ser relevado del cargo,
tras la muerte de Carrero. San Martín era consciente –y así nos lo dijo en un
cursillo en el que lo conocimos en el Valle de los Caídos a finales de 1970–
que el propio Carrero blanco había diseñado una “transición” en la que serían
legalizados los partidos políticos “hasta los socialistas”, pero no a partir de
ellos (es decir, quedaban excluidos el PCE y las ligas de extrema–izquierda). Era
un hombre de fino olfato política al que no se le escapa que una “dictadura
militar” era imposible en la España de 1980 y empezó a “moverse” con antiguos
contactos procedentes del SEDEC y sus nuevos compañeros de la Acorazada (entre
los que figuraban varios antiguos oficiales con los que había trabajado en el
SEDEC).
El proyecto del Coronel San Martín no era ninguna locura: preveía
una etapa de crecimiento orgánico y fortalecimiento de la red (que sería
conocida como “el grupo de los coroneles”), absteniéndose de pronunciamientos
golpistas, ni estridencias, sino como “corriente de opinión” dentro de las Fuerzas
Armadas, hasta que, cuando la red hubiera adquirido solidez y densidad
suficiente, sus representantes, hubieran llamado a la puerta de la presidencia
del gobierno, exigiendo una rectificación de la línea política seguida hasta
ese momento: desplazamiento de algunos ministros de UCD por otros más
partidarios de una “línea dura”, frente a los sindicatos y a los movimiento
centrífugos que estaban apareciendo por la geografía nacional y una liquidación
completa de las distintas fracciones de ETA, a la vista de que la amnistía de
1977 solo había servido para reactivar la banda. Todo ello con discreción, pero
con energía. Lo que proponían no era un “golpe de Estado”, sino una medida de
presión: o el gobierno cedía o abría el paso a un golpe duro.
Esta red, era de todas, la más peligrosa por un motivo: sus
miembros conocían los mecanismos de la política, sabían hasta dónde se podía
llegar y cómo hacerlo. Eran patriotas, pero compartían el “fino olfato” de su
inspirador, el Coronel San Martín. Éste era consciente
de que su red solamente estaría en condiciones de llamar a la puerta de la
Presidencia del Gobierno en un par de años y preveía que, por entonces, la
situación se habría deteriorado todavía más.
Seguramente, algunos oficiales de la División Acorazada pudieron
en contacto a Miláns del Bosch con San Martín y así, éste, tuvo conocimiento
del proyecto golpista que se preparaba (el golpe militar–militar, con
disolución de todos los partidos, desde Fuerza Nueva hasta la CNT) y para el
que Milans contaba, como “fuerza de choque” con la red de Tejero. San
Martín, debió pensar que aquello era una locura, pero operó como recomiendan
todos los manuales de inteligencia: se embarcó para estar al corriente del
proyecto (no hacerlo hubiera supuesto quedar al margen del mismo y, por lo
tanto, carecer de información sobre esas redes), pero sin dejar de avanzar en
la consolidación del “grupo de los coroneles”.
Pero existía todavía otro grupo militar
formado en torno al General Alfonso Armada (y vamos por el cuarto). Siempre
que salía a relucir el nombre de Armada, la primera idea que afloraba era la de
“hombre del rey”. Y, en realidad, lo era, aunque quizás no tanto como él creía.
Para Armada lo esencial era “salvar a la monarquía” de aquel caos en el que se
había convertido la transición (mitología piadosa sobre su carácter modélico
aparte) y es posible incluso que albergara la secreta esperanza de acabar sus
días como presidente del gobierno. A pesar de haber sido, como Milans, ex
combatiente de la División Azul, todo induce a pensar que se trató de esos
militares profesionales que fueron a combatir a Rusia, en parte para mejorar su
carrera profesional, en parte como prolongación de la Guerra Civil y en parte
como expresión de sus sentimientos anticomunistas. Las convicciones
políticas de Armada parecían reducirse a una sola, la monarquía considerada
como expresión de la gobernabilidad de un país. Su patriotismo, a fin de
cuentas, era monárquico. Y de ahí no salía. Por los cargos que había
desempeñado y por las amistades que solía cultivar allí donde pasaba, Armada
tenía cierta relación con el mundo de la política y, más en concreto, con “políticos”,
pero no puede decirse que tuviera una comprensión absoluta de lo que era la
vida política en un marco democrático, ni siquiera de la pasta con la que
estaban hechos los pro–hombres de los partidos políticos. A pesar de haber
estado durante 17 años ejerciendo en Casa del Rey, cuando se convocaron las
elecciones de 1977 cometió el error garrafal para un hombre de su posición de
enviar cartas con el membrete de la Casa Real pidiendo el voto para Alianza
Popular. Destituido ipso facto, terminó como gobernador convocando
cenas polémicas en la capitanía general de Lérida y escalando luego a segundo
jefe del Estado Mayor del Ejército. En las semanas previas al 23–F había
militares que recorrían España y se entrevistaban con gente que por algún
motivo estaban en la agenda de Armada y les sondeaban –en algunos casos con
poca sutileza– sobre cómo reaccionarían ante un intento de salvar la monarquía
y el orden constitucional…
Lo que tenía en mente Armada era un puro
desenfoque político que había salido como producto de las cenas que había
convocado y de la gestión de los que sondeaban en su nombre. Si unimos que, en 1980, todavía, cuando un
militar lanzaba alguna pregunta a un civil, suscitaba un temor reverencial o
una fascinación incondicional, todos los consultados, tras la sorpresa inicial,
respondían con palabras ambiguas y frases diplomáticas, intentando echar
balones fuera mientras consumían el último cafelito necesario tras una pesada
digestión.
Manejando todos los datos así obtenidos –que ya
eran de por sí de valor limitado y extremadamente subjetivos– y combinándolo
con sus filias y sus fobias, Armada estableció su “proyecto”: frente al
golpe militar–ultra de Tejero, frente al golpe militar–militar de Milans, Armada
aportó a la “ciencia golpista” su idea de “golpe blando” que desembocaría en un
“gobierno de concentración nacional” formado por exponentes procedentes de todo
el arco político: desde AP hasta el PCE. ¿Qué mejor que un ministro del
interior pepero para afrontar la centrifugación nacional que empezaba a adivinarse?
¿Qué mejor que un ministro de trabajo comunista para manejar a los sindicatos?
¿Qué mejor de un socialista para afianzar la corona? Pura ciencia ficción para
los que leíamos todos los días la prensa, pero proyecto válido para quien se
tenía por “hombre del rey”.
Armada, pasó de la
secretaría del monarca pasó a ser profesor principal de la Escuela Superior del
Ejército y, desde el 12 de febrero de 1981, asumió el cargo de segundo jefe
del Estado Mayor del Ejército.
Hasta aquí, hemos identificado cuatro proyectos golpistas
superpuestos:
1º.– El de Tejero – golpe cívico–militar que desembocase en un
gobierno militar con elementos de extrema–derecha.
2º.– El de Miláns – golpe militar–militar con un gobierno
exclusivamente militar y disolución de todos los partidos, incluidos los de
extrema–derecha.
3º.– El de San Martín – presión sobre la presidencia del gobierno para
que rectificara su política y relevara a ministros clave.
4º.– El de Armada – golpe “blando” auspiciado por el Rey con
desembocadura en un “gobierno de concentración nacional” de AP hasta el PCE.












