sábado, 4 de abril de 2026

45º Aniversario del 23–F, fallecimiento del Tte.Cnel. Tejero y desclasificación de documentos (2ª parte) LAS CUATRO REDES GOLPISTAS. CUATRO GOLPES DENTRO DEL GOLPE

Antes del 23–F, el Estado era una entelequia que crujía por todas partes y amenazaba hundirse: ETA(p–m) mantenía secuestrados a cuatro cónsules, la policía le había aplicado un tratamiento excesivamente duro al etarra Arregui que pagó sus crímenes muriendo a su vez. El ingeniero Ryan acababa de ser asesinado. por ETA Un día sí y otro también estallaban bombas en Lemóniz y aledaños. La UCD se empezaba desmigajar y ni siquiera había sido capaz de celebrar su congreso en Baleares a causa de una huelga. Suárez vivía su declive y cada una de sus componentes de su partido, se situaba en las mejores posiciones de cara a un futuro que todos advertían que ya no tendría nada que ver con el centrismo de estricta observancia de UCD. Las huelgas sacudían a todo el país ante la desesperación patronal; y el Rey, al que buena parte de la sociedad seguía sin tomarse en serio, acababa de ser abucheado en el Parlamento Vasco. Cada día ocurría algún incidente, algún atentado mayor o menor, que apenas servía para ocultar la catastrófica situación económica con una inflación que llegó al ¡30% mensual! (cuando hoy nos parece dramático el que ascienda al 3% anual...). 

Era una situación de literal desintegración del Estado que, en cualquier momento podía quebrar, bien por una acción de elementos radicales de extrema–izquierda, bien por una huelga general convocada por unos sindicatos que, entonces, tenían niveles aceptables de filiación, etc. Y el recuerdo del franquismo estaba demasiado cerca. Era inevitable que sectores cada vez más amplios de la población comparasen la inestabilidad que se estaba viviendo con los años de prosperidad del franquismo. Y, empezaba a estar claro que las promesas de “libertad y democracia” empezaban a perder su sentido… si es que implicaban, desorden, caos, muertes, inseguridad, crisis y desintegración del Estado.

En ese contexto explosivo nació la necesidad de impulsar una “operación de inteligencia” tendente a estabilizar de una vez por todas, la situación. Estaba claro que, de todos los elementos que empezaban a protestar por la situación, el estamento militar era el más peligroso y donde el régimen nacido en la transición, acumulaba más oposición. Además, desde hacía dos (o quizás, tres) años, los servicios de inteligencia había ido detectando que el malestar en las salas de banderas de los cuarteles iba in crescendo. Ya se habían desarticulado algunos proyectos golpistas en el embrión (el Caso Galaxia), en el curso del cual había aparecido por primera vez la figura del Teniente–Coronel Tejero. Era un hombre inconfundible: tricornio y bigote, constituían sus signos de identidad. Su foto había aparecido en todos los medios. Este dato no es baladí. El golpismo en España, tuvo, a partir de entonces una “imagen” muy concreta: estaba en ese momento vinculado a un tricornio de charol y a unos opulentos mostachos. Ese era Tejero: el prototipo del Guardia Civil honesto, patriota, enérgico, identificado con los valores de la Benemérita, para el que el mundo se dividía entre los enemigos de España (que, además, mataban a sus guardias civiles) y los “buenos españoles”; apolítico. Su “ideología” se reducía a dos palabras: España y Orden, presentes en el himno de la guardia Civil. No necesitaba más.

La involuntaria popularidad alcanzada por el Teniente–Coronal Tejero a causa del “Caso Galaxia”, hizo que su figura se convirtiera en un polo de atracción para descontentos con la marcha de la transición. Algunos militares y, sobre todo civiles madrileños de extrema–derecha, tal era el caso de García–Carrés. Carrés había sido un burócrata del régimen de Franco, antiguo presidente del Sindicato de Actividades Diversas que, durante la transición había realizado algunos actos de homenaje a la Guardia Civil. Políticamente, representaba muy poco, apenas nada. Estaba circuitado con otras individualidades aisladas, similares a él. Ni pertenecía a Fuerza Nueva (el partido mayoritario de la extrema–derecha de la época), y tampoco tenía gran ascendiente en Falange Española. Su universo político se reducía a un sector de la Confederación de Combatientes, a las individualidades mencionadas y al diario El Alcázar.

Pues bien, este entorno político cuyos dos polos eran Tejero y García Carrés, junto con algunas otras individualidades poco representativas, elaboraron un proyecto golpista que consistía en generar un movimiento militar de tal calibre que desembocara en un “gobierno cívico–militar” de extrema–derecha. Y, para ello, trataron de aproximarse a cualquiera del que tuvieran noticia de que compartía posiciones “franquistas” (o, al menos, a la interpretación que ellos daban del franquismo que, a fin de cuentas, fue multiforme y adaptacionista).

Esa fue la que podemos considerar como la primera red golpista. En ella no estaban presentes ni militares de alta graduación, ni capitanes generales, ni siquiera los jefes de los partidos políticos de extrema–derecha, Blas Piñar por Fuerza Nueva, ni Fernández Cuesta por FE–JONS. Se trataba de una red muy “porosa”: en su interior estaban presentes varios confidentes del CNI y del Ministerio del Interior. Era imposible que, especialmente, a partir de principios de 1980, esa red hubiera pasado desapercibida para los distintos cuerpos de Seguridad del Estado: se podía haber desarticulado como un “segundo caso Galaxia”. Sin embargo, no se hizo: pero, es fácil suponer que se les puso en observación.

Paralelamente, existían otros sectores golpistas: dos concretamente, que había surgido espontáneamente y sin apenas contactos con el grupo anterior. Por un lado, el Capitán General de la III Región Militar, Jaime Miláns del Bosch, tenía algo que Tejero, ni nadie de su red tenían: grado y prestigio militar que se remontaba a la defensa del Alcázar de Toledo, luego a la II Bandera de la Legión en la que combatió con el rango de oficial hasta el fin de la contienda, más tarde la experiencia de la División Azul en 1941, donde obtuvo la Cruz de Hierro de Segunda Clase... agregado militar en varias embajadas en Iberoamérica hasta 1965, luego varios mandos sobre tropa, general de brigada en 1971, jefe de la Brigada de Infantería Mecanizada n.º XI y, en 1974, general de división y jefe de la División Acorazada Brunete hasta 1977, cuando, ascendido a teniente general, se hizo cargo de la Región Militar de Valencia. Era uno de los militares vivos con mejor historial en aquel momento. Se decía apolítico y no estaba muy lejos de Tejero en este punto: patriotismo, solo patriotismo y nada más que patriotismo. Se conocían sus opiniones políticas pro–franquistas y su disgusto por el momento en el que estaba atravesando España. Y, como cualquier otro oficial de alto rango, era imperativo que el CNI tejiera en torno suyo una red de informantes, especialmente si se conocía su disconformidad con la situación política. Además, era monárquico impenitente: el Rey encarnaba el ideal de patriotismo y orden que constituían su propio ideario.

En este punto, es difícil establecer –y, por lo demás, no es el núcleo de la cuestión– cómo creció la red de fieles al Teniente General Milans del Bosch. Sea como fuere –y para eso están las actas del proceso de Campamento incoado contra los acusados de participación en el 23–F– en torno a él se fue formando un grupo que coincidía en dar un “golpe de timón”. Pero, no se trataba, como la red de Tejero, de un golpe de extrema–derecha, sino de un golpe militar–militar completamente apolítico, que disolviera a todos los partidos, incluidos los de extrema–derecha, que restaurara el orden y garantizara la continuidad monárquica como herencia del franquismo. En la práctica, Milans del Bosch era el “militar de prestigio” que Tejero echaba en falta, para llevar a cabo una acción contra el régimen constitucional. Las diferencias fueron aparcadas (e, incluso, es probable que ni siquiera se tuviesen en cuenta, a pesar de que Tejero consideró a Milans –y nosotros mismos pudimos oírlo de sus propios labios cuando estaba prisionero en el castillo de Figueras– como un “soldado de fortuna” (un mercenario, si bien es cierto que tal opinión había sido formada a causa de una información falsa, facilitada por un conocido estafador que recorría los medios de extrema–derecha y que, por cierto aparece con nombre y apellido en uno de los documentos desclasificados por Sánchez).

Milans había dejado muy buen recuerdo en la División Acorazada Brunete, la unidad más efectiva del ejército español. Cuando, Milans ya había abandonado el mando de esta unidad, fue nombrado Jefe de Estado Mayor de la unidad, el Coronal José Ignacio San Martín, el 10 de diciembre 1979. La diferencia entre El Coronel San Martín y el resto de responsables de las distintas redes que confluyeron el 23–F era que él, además de ser militar, patriota y hombre de orden, sí tenía una sólida preparación política y cultural, muy superior a la de la mayoría de oficiales de su época. Además, había sido el organizador del Servicio Central de Documentación (SEDEC) al servicio de Carrero Blanco. Durante los años en los que desempeñó esta función realizó seguimientos de partidos, sindicatos, personalidades, se entrevistó y conoció a gentes de todos los niveles de la administración y de la oposición, y mantuvo una red de colaboradores que le siguieron después de ser relevado del cargo, tras la muerte de Carrero. San Martín era consciente –y así nos lo dijo en un cursillo en el que lo conocimos en el Valle de los Caídos a finales de 1970– que el propio Carrero blanco había diseñado una “transición” en la que serían legalizados los partidos políticos “hasta los socialistas”, pero no a partir de ellos (es decir, quedaban excluidos el PCE y las ligas de extrema–izquierda). Era un hombre de fino olfato política al que no se le escapa que una “dictadura militar” era imposible en la España de 1980 y empezó a “moverse” con antiguos contactos procedentes del SEDEC y sus nuevos compañeros de la Acorazada (entre los que figuraban varios antiguos oficiales con los que había trabajado en el SEDEC).

El proyecto del Coronel San Martín no era ninguna locura: preveía una etapa de crecimiento orgánico y fortalecimiento de la red (que sería conocida como “el grupo de los coroneles”), absteniéndose de pronunciamientos golpistas, ni estridencias, sino como “corriente de opinión” dentro de las Fuerzas Armadas, hasta que, cuando la red hubiera adquirido solidez y densidad suficiente, sus representantes, hubieran llamado a la puerta de la presidencia del gobierno, exigiendo una rectificación de la línea política seguida hasta ese momento: desplazamiento de algunos ministros de UCD por otros más partidarios de una “línea dura”, frente a los sindicatos y a los movimiento centrífugos que estaban apareciendo por la geografía nacional y una liquidación completa de las distintas fracciones de ETA, a la vista de que la amnistía de 1977 solo había servido para reactivar la banda. Todo ello con discreción, pero con energía. Lo que proponían no era un “golpe de Estado”, sino una medida de presión: o el gobierno cedía o abría el paso a un golpe duro.

Esta red, era de todas, la más peligrosa por un motivo: sus miembros conocían los mecanismos de la política, sabían hasta dónde se podía llegar y cómo hacerlo. Eran patriotas, pero compartían el “fino olfato” de su inspirador, el Coronel San Martín. Éste era consciente de que su red solamente estaría en condiciones de llamar a la puerta de la Presidencia del Gobierno en un par de años y preveía que, por entonces, la situación se habría deteriorado todavía más.

Seguramente, algunos oficiales de la División Acorazada pudieron en contacto a Miláns del Bosch con San Martín y así, éste, tuvo conocimiento del proyecto golpista que se preparaba (el golpe militar–militar, con disolución de todos los partidos, desde Fuerza Nueva hasta la CNT) y para el que Milans contaba, como “fuerza de choque” con la red de Tejero. San Martín, debió pensar que aquello era una locura, pero operó como recomiendan todos los manuales de inteligencia: se embarcó para estar al corriente del proyecto (no hacerlo hubiera supuesto quedar al margen del mismo y, por lo tanto, carecer de información sobre esas redes), pero sin dejar de avanzar en la consolidación del “grupo de los coroneles”.

Pero existía todavía otro grupo militar formado en torno al General Alfonso Armada (y vamos por el cuarto). Siempre que salía a relucir el nombre de Armada, la primera idea que afloraba era la de “hombre del rey”. Y, en realidad, lo era, aunque quizás no tanto como él creía. Para Armada lo esencial era “salvar a la monarquía” de aquel caos en el que se había convertido la transición (mitología piadosa sobre su carácter modélico aparte) y es posible incluso que albergara la secreta esperanza de acabar sus días como presidente del gobierno. A pesar de haber sido, como Milans, ex combatiente de la División Azul, todo induce a pensar que se trató de esos militares profesionales que fueron a combatir a Rusia, en parte para mejorar su carrera profesional, en parte como prolongación de la Guerra Civil y en parte como expresión de sus sentimientos anticomunistas. Las convicciones políticas de Armada parecían reducirse a una sola, la monarquía considerada como expresión de la gobernabilidad de un país. Su patriotismo, a fin de cuentas, era monárquico. Y de ahí no salía. Por los cargos que había desempeñado y por las amistades que solía cultivar allí donde pasaba, Armada tenía cierta relación con el mundo de la política y, más en concreto, con “políticos”, pero no puede decirse que tuviera una comprensión absoluta de lo que era la vida política en un marco democrático, ni siquiera de la pasta con la que estaban hechos los pro–hombres de los partidos políticos. A pesar de haber estado durante 17 años ejerciendo en Casa del Rey, cuando se convocaron las elecciones de 1977 cometió el error garrafal para un hombre de su posición de enviar cartas con el membrete de la Casa Real pidiendo el voto para Alianza Popular. Destituido ipso facto, terminó como gobernador convocando cenas polémicas en la capitanía general de Lérida y escalando luego a segundo jefe del Estado Mayor del Ejército. En las semanas previas al 23–F había militares que recorrían España y se entrevistaban con gente que por algún motivo estaban en la agenda de Armada y les sondeaban –en algunos casos con poca sutileza– sobre cómo reaccionarían ante un intento de salvar la monarquía y el orden constitucional…

Lo que tenía en mente Armada era un puro desenfoque político que había salido como producto de las cenas que había convocado y de la gestión de los que sondeaban en su nombre. Si unimos que, en 1980, todavía, cuando un militar lanzaba alguna pregunta a un civil, suscitaba un temor reverencial o una fascinación incondicional, todos los consultados, tras la sorpresa inicial, respondían con palabras ambiguas y frases diplomáticas, intentando echar balones fuera mientras consumían el último cafelito necesario tras una pesada digestión.

Manejando todos los datos así obtenidos –que ya eran de por sí de valor limitado y extremadamente subjetivos– y combinándolo con sus filias y sus fobias, Armada estableció su “proyecto”: frente al golpe militar–ultra de Tejero, frente al golpe militar–militar de Milans, Armada aportó a la “ciencia golpista” su idea de “golpe blando” que desembocaría en un “gobierno de concentración nacional” formado por exponentes procedentes de todo el arco político: desde AP hasta el PCE. ¿Qué mejor que un ministro del interior pepero para afrontar la centrifugación nacional que empezaba a adivinarse? ¿Qué mejor que un ministro de trabajo comunista para manejar a los sindicatos? ¿Qué mejor de un socialista para afianzar la corona? Pura ciencia ficción para los que leíamos todos los días la prensa, pero proyecto válido para quien se tenía por “hombre del rey”.

Armada, pasó de la secretaría del monarca pasó a ser profesor principal de la Escuela Superior del Ejército y, desde el 12 de febrero de 1981, asumió el cargo de segundo jefe del Estado Mayor del Ejército.

Hasta aquí, hemos identificado cuatro proyectos golpistas superpuestos:

1º.– El de Tejero – golpe cívico–militar que desembocase en un gobierno militar con elementos de extrema–derecha.

2º.– El de Miláns – golpe militar–militar con un gobierno exclusivamente militar y disolución de todos los partidos, incluidos los de extrema–derecha.

3º.– El de San Martín – presión sobre la presidencia del gobierno para que rectificara su política y relevara a ministros clave.

4º.– El de Armada – golpe “blando” auspiciado por el Rey con desembocadura en un “gobierno de concentración nacional” de AP hasta el PCE.