INTRODUCCIÓN OBLIGADA Y EXORCISMO PREVIO
El documento que sigue es un testimonio histórico: no es -y que quede bien claro desde el primer momento- una exaltación a un "fascismo" que ya no tiene lugar en el siglo XXI. Lo hemos traducido y rescatado del olvido porque permite trazar paralelismos con la situación de la Europa de nuestro tiempo. Y, quien dice "paralelismos" dice también inspiración para la construcción de una moral de combate ante el único peligro que acecha a nuestro continente: el de guerra civil étnica, religiosa y social.
Ignoro si este discurso de León Degrelle titulado
“A las armas por Europa” ha sido traducido antes al castellano.
Me lo he encontrado casualmente en eMule y lo he traducido, a la vista del
paralelismo que puede establecerse con la situación actual de Europa. Y no, no
es que, hoy, Europa esté amenazada “por la bestia soviética”, ni que existe en
el Este un “peligro ruso”. El único riesgo al que está expuesta la Europa del
siglo XXI, especialmente el Oeste y los países nórdicos, es la colonización por
parte de pueblos “halógenos”. Utilizamos la palabra “halógeno”, con “h”,
irónicamente y para no emplear las palabras “seres de luz”, naturalmente. No hay
“peligro soviético”, ni mucho menos “peligro ruso”: solamente existe el riesgo
de una colonización total de Europa.
Y, efectivamente, hay riesgo de guerra en Europa,
pero no la que las “élites europeas” proclaman, sino, más bien, la que ellos
mismos han generado sistemáticamente desde hace medio siglo, admitiendo en
Europa a contingentes étnicos que ni se sienten europeos, ni sus ecuaciones mentales se
corresponden con el espíritu de Europa, ni tienen intención de integrarse, sino que
portan en sus maletas otros valores, otras religiones y otros modelos
político-sociales. Sí, el único riesgo que tiene Europa Occidental en la actualidad es el
de guerra civil, étnica, religiosa y social. Y nos estamos precipitando indefectiblemente hacia ella. ¿O cómo creéis que puede concluir una medida suicida como la "regularización" decretada por el "galgo de Paiporta", jefe de la cueva acobardada de Ferraz, temeroso de que termine su ciclo y que ha optado por la política de "tierra quemada"? (ver artículo de INFO-KRISIS sobre este tema)
Esa inmigración, hoy mantenida, nunca podrá ser
autónoma: siempre será dependiente de “ayudas sociales”; hoy se la considera
una “aspiradora de recursos públicos”. A poco que se estudie la cuestión, esta
imagen se confirma cada día. ¿Mejorará la situación? Al contrario, empeorará: los
gobiernos que sigan al infame sanchismo se enfrentarán a la disyuntiva de cortar
estos subsidios insostenibles y permanentes o enfrentarse a una revuelta étnica. Es el precio
de que PP y PSOE y, en Europa centro-derecha y centro-izquierda, hayan rechazado
regular los flujos migratorios con la excusa de que “había que pagar las
pensiones de los abuelos”, cuando hoy está muy claro que si las pensiones de
los abuelos peligran es precisamente a causa de esos flujos migratorios. Flujos
absolutamente innecesarios en unos momentos en los que la robótica y la
automatización de todos los procesos productivos, incluso de la producción
agrícola, avanzan a pasos agigantados y mucho más en un país con más 4.000.000
de parados reales, incluidos "fijos discontinuos" (!)
Cada día ese riesgo está más presente y hoy, por
mucho que los medios de comunicación oficialistas intenten enmascararlo, el
gran problema europeo es la colonización de Europa por grupos étnicos alógenos (ahora sin "h"), esto es extraños
al continente, por otra parte, innecesarios. A esto se une que la natalidad
europea ha descendiendo y que ningún gobierno europeo, por el momento,
realiza campañas demográficas favoreciendo la maternidad… europea. Y recalcamos
esto porque, cada “ayuda a la maternidad” establecida por cualquier gobierno, no
tiene como resultado elevar las tasas de natalidad del grupo étnico europeo
(verdadera “especie en vías de extinción”), sino que tiende a multiplicar los
nacimientos de más y más población halógena y alógena... Hoy ya sabemos que no basta con un
mero trámite burocrático para convertirse en “europeo” tras unos pocos años de
permanencia en el continente. Para ser “europeo” hay que compartir los “valores
europeos”.
Dado que las “élites europeas” (particularmente
en España) se niegan a iniciar un “debate sobre la inmigración” y dan por
sentado que Europa no sobreviviría sin inmigrantes (si en 1996 se hubiera
realizado una “campaña demográfica” en España, hoy, 30 años después, tendríamos
“jóvenes de 30 años suficientemente preparados” sin que nuestros servicios
públicos se vieran desbordados y los presupuestos recargados por el gasto que
supone mantener a millones de inmigrantes y a sus familias en nuestro país).
Pero una mentira, a fuerza de repetirla una y mil veces y negarse a oír
opiniones en contra, no se convierte, por ello, en una verdad. Lo cierto,
aquí y ahora, es que “ellos” crecen y “nosotros” menguamos. Lo innegable es que
“ellos” quieren estar aquí en donde pueden hacer lo que en su país les estaría
vedado y recibir subsidios, subvenciones y una “discriminación positiva”
permanentemente.
Y, todos sabemos, en cuanto se piensa en ello
y se tienen todos los datos necesario rescatados de la opacidad de las
estadísticas oficialistas, que esto va a terminar mal.
* * *
De ahí la importancia, no solo histórica, de la
lectura de este discurso de León Degrelle. El problema no es solo español o
francés, inglés o belga: el problema es europeo. Si leemos este discurso
cambiando algunos términos: en donde dice “comunismo” debería decir “islamismo”;
en donde dice “rusos”, leemos: “africanos”; y si tenemos presente que, en lugar
del contexto histórico de la Segunda Guerra Mundial, trasladamos estas palabras
al aquí y ahora, el resultado será un llamamiento a que los europeos se
preparen para el conflicto que vendrá en menos de una generación.
De hecho, no hemos traducido este discurso por su valor ideológico "fascista": Degrelle habla de una ideología que ya ha pasado a la historia. Los fascismos, como el marxismo, fueron patrimonio de la Segunda Revolución Industrial, dos reacciones contra el capitalismo industrial, una protagonizada por la clase media y la otra por el proletariado; el fascismo alude a una sociedad que ya no existe, y a unas reivindicaciones que hoy pertenecen al pasado.
Los fascismos son un fenómeno histórico que debe ser examinado
como tal, sin deformaciones, ni exaltaciones, sin tributos a la “propaganda de
guerra”, ni idealizaciones mitificadoras, sin ejercer de apologistas ciegos ni
de detractores sistemáticos. De hecho, el “fascismo” en España es, para esa
izquierda que ha perdido todos sus valores ideológicos, la única consigna que queda
en su imaginario: el “antifascismo”. Yo lo decía Amadeo Bordigha, ex
secretario del Partido Comunista Italiano: “Lo peor del fascismo, será el
antifascismo”. Hoy lo estamos comprobando: todo lo que no es
extrema-izquierda… es fascismo.
Si hemos traducido este documento histórico es,
sobre todo, para establecer los paralelismos que aparecen 81 años después de
que se pronunciaran estas palabras. El viejo León Degrelle, el modelo
juvenil utilizado por Hérgé para su Tintin, las podría volver a repetir,
adaptándolas a nuestro tiempo y, con solo cambiar unos conceptos y unas
palabras, lograría anticiparse al único riesgo de conflicto que existe hoy
en Europa. Es el testimonio de un combatiente, de un “soldado político”,
como el mismo se autodefine en estas líneas. El testimonio de un modelo
humano que hoy se echa en falta en Europa. Si lo podamos de sus referencias a
Hitler y a los políticos corruptos franceses de la época, a las referencias
anticomunistas (¿pueden ser consideradas "comunistas" las opiniones de los dirigentes de Podemos, que un verdadero comunista reprobaría en bloque?), lo que nos queda es un llamamiento a la unidad europea y al
combate en defensa de los valores europeos.
Al hablar de Europa, naturalmente, no tenemos en
cuenta ni a las “élites europeas”, ni a las jerarquías de la Unión Europea.
Antes bien, podemos decir que “es necesario que muera la UE para que Europa
viva”. Y esto es cada vez
más evidente. Estamos donde estamos a causa de que la UE ha aceptado ser la “pata
europea” de la globalización y someterse a los valores del “mundialismo”. Por
culpa de la UE ha cambiado el paisaje de nuestras ciudades. Por culpa de la UE
nuestra seguridad, nuestra economía, nuestra alimentación e, incluso, nuestra
supervivencia a corto plazo, están en jaque. No hay olvido ni perdón, ni para la UE,
ni para los que han hecho posible esta situación.
Y, sin embargo, una Europa unida es necesaria,
porque los problemas desde Portugal hasta Suecia y desde el Reino Unido hasta
Malta son idénticos. No habrá “salvación” de un solo país: Europa entera
sobrevivirá a la amenaza migratoria y a su pérdida de identidad, o desaparecerá
entre las oleadas de musulmanes, africanos y árabes recién llegados y que se
están demostrando inintegrables y deseosos de hacernos pagar el período de la
colonización…
Por eso hemos traducido este discurso de
Degrelle: para recuperar una “moral de combate”, no para resucitar una ideología del siglo pasado, sino para recuperar la idea de “un
destino europeo”, para hacernos a la idea de que, aunque nosotros no queramos
el conflicto, el conflicto nos está siendo impuesto por otros. Así es como
debemos de leer, con mentalidad abierta y sin apriorismos, estas líneas
escritas hace 81 años y nunca más necesarias que ahora. Este es un discurso que
tiene un valor histórico y documental, pero también es una colección de
elementos para crear una moral de combate. Y eso es lo que debemos retener hoy.
A LAS ARMAS POR EUROPA
Texto del discurso
pronunciado en París, el 5 de marzo de 1944, en el Palacio Chaillot por el SS-Sturmbannführer
Léon DEGRELLE, Caballero de la Cruz de Hierro y Comandante de la Brigada de
Asalto Valonia, en un acto organizado por las Waffen-SS francesas, la Legión de
Voluntarios Franceses contra el bolchevismo y la Milicia Francesa.
A las armas por Europa...
Juventud de Europa: ¡Uníos!
Me dirijo a vosotros como soldado. Dondequiera
que estemos en Europa, somos UN pueblo en armas. Al llegar aquí, a París,
después de haber vivido los grandes dramas del invierno ruso, puedo mirar a
cualquiera de vuestros rostros; en el puesto que ocupáis, el enemigo os acecha.
Frente ruso, frente italiano, frente interior, todos estamos amenazados por los
mismos enemigos, o por los mismos asesinos. Y eso es lo que nos une con tanto
fervor.
Antes de la guerra se podía hablar de Europa. Los
poetas y los profetas lo habían predicho. Durante años pudimos tender la mano
entre nacionalistas de todos los países. Sin embargo, todo eso olía a
convención y a literatura.
En este momento, estamos unidos por una fuerza
que nada podrá derribar. Estamos unidos por nuestros muertos, jóvenes de
Alemania, jóvenes de Francia, jóvenes de mi patria, jóvenes de todos los países
de Europa.
Hemos visto morir a nuestros camaradas, y es
porque ellos murieron, uno al lado del otro, nuestra amistad vivirá y Europa se
creará. Sin estas muertes, sin estas grandes llamadas de la sangre, Europa
habría buscado su unidad durante cincuenta años, durante cien años, y la habría
logrado demasiado tarde.
Estamos en el siglo en el que se reúnen todas las
grandes fuerzas primitivas del universo: las grandes fuerzas de la Asia salvaje
y mística, que agrupa a cientos de millones de hombres; las grandes fuerzas de
América, con ese monstruoso conglomerado de razas dispares y con esas terribles
fuerzas materiales, que podrían aplastarnos algún día. A ambos lados, enormes
masas encuentran su unidad. Y Europa está ahí, como una península de sol, una
península de debilidad: la Europa de los jardines, la Europa de las catedrales,
la Europa de los pueblos civilizados con una vida fácil, pero la Europa de la
guerra civil.
Tenemos siglos de civilización común, tenemos las
mismas iglesias plantadas en las ciudades de Baviera, Provenza, Beauce, las
mismas lenguas y los mismos cantos, los mismos poetas y los mismos músicos. No
somos más que un puñado de hombres civilizados, y nos mirábamos como enemigos.
Solo somos unas pocas decenas de millones de hombres, desde el Báltico hasta el
Mediterráneo, y se nos ha conseguido enfrentar unos contra otros. Incluso
nuestros nacionalismos eran nacionalismos de retraimiento. Nos mirábamos unos a
otros con ojos inquietos, con ojos hostiles. Y nos dejábamos manipular por
aquellos que tenían interés en que siguiéramos divididos: la judería
internacional, que solo podía expandirse sobre las ruinas de Europa; un
marxismo burgués, que había perdido todas las batallas y que solo pensaba
recuperar su supremacía con la sangre de la juventud; las fuerzas del dinero,
que controlaban todas nuestras capitales. Y nosotros, jóvenes de Europa, que
aún teníamos vida en nuestras venas, veíamos a nuestros viejos pueblos jugar a
ser guerreros. Veíamos un país como el vuestro, la Francia de los soldados, de
los campesinos y los marineros, entregada a unos cuantos viejos canallas, que a
su vez dependían de otros canallas internacionales. Era la Francia de la
delicadeza, la sensibilidad y la gracia, representada por ese enorme paquidermo
de Herriot. Era el Midi vibrante, con su luz sensible, con su cultura, el Midi
al que habían llegado los griegos y los romanos, el Midi que dio sentido a
vuestra lengua y que estaba representado por esa pequeña comadreja de Léon Blum.
Y era el París de la belleza, representado por Paul Reynaud, ese chino
atropellado por un autobús. ¡Qué tragedia que un pueblo antiguo como el
vuestro, que tenía tales responsabilidades, fuera entregado a esos canallas,
que al final nos precipitaron a tal matanza! Si no hubiera sido una Francia
débil y fácil, ya habrían tenido en ese momento a la cabeza a los franceses a
los que hoy aclaman: Doriot y Darnand.
Me han dicho: «Hay que halagar un poco a los
franceses, les gusta». Soy un soldado, no les halagaré. Diré la verdad a
todo el mundo. La verdad es que Francia tenía responsabilidades terribles,
que en la hora de Europa, Francia no estuvo ahí. La verdad es que ya es hora de
que Francia esté ahí.
Cuando miro a la juventud francesa de hoy, veo
que hay algo más en este país que lo que nos mostraron antes de la guerra.
Cuando pienso en la sangre derramada por tantos jóvenes franceses que cayeron
en Rusia, me digo que, sin embargo, en este viejo pueblo caballeresco hay un
impulso que renace y que tiende al sacrificio y a la gloria.
¿Victoria de Europa?
No debemos proclamar hoy la victoria de Europa. Durante
años, Europa ha estado en estado en pecado mortal y hoy paga por sus crímenes.
Ha llegado el momento de preguntarse si salvará su civilización, si conservará
la vida o si la barbarie la sumergirá. Esa es la angustia de todos los
soldados del frente.
Cuando vemos a nuestros jóvenes camaradas
tendidos en el barro y la nieve de Rusia, sabemos que detrás de esos frentes
apagados brillaba la inteligencia de todo lo que más tiernamente se estremece
en la tierra. Pero sabemos que frente a esas cualidades está la cantidad, que
frente a la inteligencia está la barbarie y que estas fuerzas primitivas
representan un poder inmenso.
Cuando, al volver del frente, miramos nuestras
viejas ciudades, admiramos la armonía de nuestras ciudades, contemplamos esos
tesoros incomparables, y cuando recordamos las hordas que salían de los
bosques, esos miles de rostros amarillos de ojos rasgados y barbas hirsutas,
cuando pensamos en su enorme fuerza material, en esos cientos de monstruosos
tanques que salían por todas partes, nos preguntamos: «¿Resistirá Europa?
¿Podrá resistir este río de sangre, estos apetitos bestiales?».
No volvemos del frente con palabras de paz y
optimismo. Volvemos del frente —y volveremos pronto— diciéndonos que toda
Europa puede salvarnos. La Rusia soviética es terriblemente poderosa. Desde
hace años, toda la juventud de Alemania forma una barrera. ¿Seremos tan
insensibles como para permanecer indiferentes ante este gran drama?
Las oportunidades que se ofrecen a los pueblos
jóvenes de Europa.
Hemos llegado a un momento en el que todas las
delimitaciones de la Europa de ayer, de la Europa de las guerras civiles, han
desaparecido. O bien los pueblos han recuperado en sus venas la gran fuerza de
la juventud, el espíritu de sacrificio y grandeza, y forman un único bloque
socialista y revolucionario, o bien han conservado la esterilidad y la
decadencia de los ancianos que ya no comprenden nada.
Durante años, los jóvenes nacionalistas han
sufrido la unión de todas las fuerzas malsanas. Los masones estaban unidos, lo
cual no era incompatible con su supuesto patriotismo. La chusma marxista estaba
unida y decía con sorna: «Trabajadores de todos los países, uníos». Las fuerzas
del dinero estaban unidas; los banqueros de París, Nueva York, Bruselas o
Londres se entendían admirablemente. Pero nosotros, los patriotas, teníamos que
odiarnos y detestarnos. Nosotros, que estábamos impulsados por el fervor revolucionario,
debíamos ignorarnos. ¡Pues bien! Todo eso ha terminado. Contra las
internacionales masónica, moscovita y financiera, se ha creado ahora la
internacional de la juventud revolucionaria. ELLOS FUERON LOS AMOS AYER, CON
NUESTRAS ARMAS SEREMOS LOS DUEÑOS DEL MAÑANA.
Hay que decir que esto solo ha sido posible
porque la joven Alemania estaba dispuesta a guiar a Europa en esta tarea. La
Alemania victoriosa de 1940 podría haberse dejado embriagar por su triunfo. Sin
embargo, nada más llegar a nuestras ciudades, nos tendió una mano fraternal.
Aún recuerdo, como si fuera ayer, aquellas
pequeñas legiones de precursores y pioneros que, desde nuestras casas, partían
hacia los cuarteles del Reich, pequeñas legiones compuestas por jóvenes y
veteranos, pequeñas legiones que se preguntaban: «¿Qué saldrá de esta
aventura?». Y llegábamos a Alemania. Teníamos ante nosotros a los vencedores de
ayer. Teníamos en contra nuestra la laxitud democrática de todos los soldados
de nuestros viejos pueblos, en los que se creía que la camaradería en el ejército
debía manifestarse en el desaliño, el cigarrillo que se cae, la bufanda mal
puesta, el saludo que no se da a los oficiales. La camaradería no tiene nada
que ver con eso. El pueblo no pide que nos rebajemos para ser respetados. El
pueblo comprende perfectamente que en la tierra se necesitan jefes y dirigentes.
Lo que el pueblo pide es pan, justicia y respeto. El pueblo desprecia a los
jefes que se dedican a vagabundear. Es siendo jefes orgullosos como nos
ganábamos el respeto, porque el pueblo solo respeta a quienes se respetan a sí
mismos. Tanto franceses como belgas, todos habíamos sido corrompidos por esa
suciedad democrática, todos teníamos ese aire descuidado, ese aire canalla. Así
llegamos frente a esa rigurosa disciplina prusiana, frente a esos oficiales
admirablemente entrenados. Para cualquier alemán, nuestros defectos eran muy
fáciles de detectar y, sin embargo, a pesar de todo, nos recibieron como
auténticos camaradas. NOS DEJARON PROBAR SUERTA.
Al cabo de un año, nos sentíamos cómodos.
Teníamos nuestro comandante, nuestros oficiales, nuestra propia lengua.
Representábamos a nuestra patria viva. Y durante ese invierno, en el Dniéper,
teníamos la responsabilidad completa de un frente de cincuenta kilómetros. Y
hoy, no solo nos sentimos iguales a todos los jóvenes de Alemania, sino que la
propia Alemania nos da el derecho de elevarnos al nivel más alto. Esa Cruz de
Hierro tan simbólica, que representa para Alemania tantas guerras gloriosas y
tanta sangre, nosotros, los extranjeros, podemos conferírsela a nuestros
hombres. Yo, valón, entrego la Cruz de Hierro de primera clase a mis soldados.
Se la entrego incluso a los soldados alemanes que están bajo mi mando.
¿Qué pueblo podría haber dado en tres años tales
muestras de camaradería a la juventud de toda Europa, habernos abierto de par
en par las puertas de la gloria, habernos hecho entrar de lleno en la
magnificencia de su revolución, permitirnos comandar a sus soldados, esos
soldados que, hace tres años, avanzaban, jóvenes vencedores, por nuestras
ciudades, y que hoy, sintiendo la necesidad de crear Europa, lo aceptan?
Jóvenes oficiales alemanes, cubiertos de gloria, vienen a buscar órdenes a
nuestro puesto de mando; soldados alemanes, que han participado en todas las
campañas, se mezclan con todos nuestros camaradas. Porque en el frente hay
igualdad absoluta. Solo una cosa diferencia a los hombres: el valor.
La Salud del Pueblo.
Allí se ha logrado la unidad, y es la única
unidad que triunfará. Europa no se construye solo porque corre peligro, sino
porque tiene alma. No solo nos une algo negativo, como salvar el pellejo. Lo
que importa en la tierra no es tanto vivir como vivir bien. No se trata de
haber pasado cincuenta años de inactividad, sino de haber llevado, durante un
año, durante ocho días, una vida orgullosa y triunfante.
Los intelectuales pueden desarrollar sus teorías.
Son necesarias. Son juegos inocentes, a menudo juegos de decadencia. ¡Cuántos
franceses se complacen en estas sutilezas!
¡CUÁNTOS FRANCESES CREEN QUE HAN HECHO LA
REVOLUCIÓN CUANDO HAN ESCRITO UN BONITO ARTÍCULO SOBRE LA REVOLUCIÓN! Europa es
la vieja tierra de la inteligencia, y las grandes leyes de la razón son
indispensables para la armonía europea.
Pero, aun así, nuestro siglo significa algo más
que el despertar de las únicas fuerzas de la inteligencia. Ha habido tantas
personas inteligentes que han sido seres estériles. Al despertar todas las
fuerzas instintivas y rugientes del ser humano, al recordar que existe la
belleza del cuerpo y la armonía, que no se puede dirigir a los pueblos con
enanos, enclenques y seres deformes, al recordar que no hay acción sin alegría,
ni alegría sin salud, despertando esas grandes fuerzas que provienen del fondo
del mundo, devuelve a la cabeza de Europa una juventud sana e indomable, una
juventud que ama, una juventud que tiene apetito. Así, cuando miramos el mundo,
ya no es para analizarlo... ¡sino para tomarlo!
Alemania habrá prestado este inestimable servicio
a una Europa decadente, al haberle devuelto la salud. Cuando miramos a la
Europa de antes de la guerra, cuando íbamos a esos zoológicos que eran las
asambleas parlamentarias, cuando veíamos todas esas caras con muecas, todos
esos viejos señores embrutecidos, con sus barrigas caídas, como si esos hombres
hubieran tenido demasiados embarazos, sus rostros cansados, sus ojos hinchados,
nos preguntábamos: «¿Es este nuestro pueblo?».
El pueblo francés aún sabía hacer bromas, que en
el fondo eran una forma de burla y rebelión, pero ya no tenía esa gran alegría
inocente de la fuerza, mientras que Alemania poseía ese depósito de fuerzas
ilimitadas. ¿Qué les sorprendió, hombres y mujeres de Francia, cuando los
vieron llegar en 1940? Que eran hermosos como dioses, con cuerpos armoniosos y
flexibles, que estaban limpios. Nunca habían visto a un joven guerrero, ni lo
ven aún en Rusia, con una barba democrática. Todo es limpio, todo tiene estilo,
raza, carisma.
Con la raza, con este despertar de la fuerza
sana, Alemania devolvió la salud primero a su pueblo y luego a toda Europa.
Cuando partimos hacia Rusia, nos dijeron: «Ah, vais a sufrir allí, envejeceréis
prematuramente». Cuando volvemos del frente y miramos a los demás, somos
nosotros los que los encontramos a todos viejos, mientras que sentimos en
nuestras venas una fuerza que nada detendrá.
No es para salvar el capitalismo por lo que
luchamos en Rusia.
Por eso los soldados del frente tienen tanta
confianza. El ejército de Europa que está allí, en el barro y la nieve, es el
ejército más hermoso del mundo, el más orgulloso, el más unido que Europa haya
conocido jamás. Este ejército tiene fe, algo que no se había visto en Europa
desde las Cruzadas. Los cientos de miles de europeos que seguían a Napoleón
seguían la gloria de un hombre. Toda la juventud que lucha en Rusia combate
para salvar Europa, para detener el comunismo, pero sobre todo porque tiene fe
revolucionaria. La lucha contra los soviets no es la lucha con la que soñaban
los burgueses antes de la guerra. Ellos querían la lucha contra el comunismo
porque tenían miedo. ¿De qué tendríamos miedo nosotros? No tenemos nada que
defender, no tenemos cajas fuertes. ¿La muerte? La desafiamos. Es una vieja
peonza que dominamos todos los días. Los que tienen la ligereza de llevar solo
sus armas no tiemblan. Los burgueses, en cambio, siempre tiemblan y seguirán
temblando. Hace veinte años, ya necesitaban a los jóvenes para luchar contra
los soviéticos. Deberíamos haber ido todos allí, para que los grandes banqueros
siguieran teniendo bancos, para que los grandes burgueses siguieran teniendo
indigestiones, para que las putas con título nobiliario siguieran yendo a casa
del señor Daladier o del señor Paul Reynaud. Eso era Europa, ¿no?, eso era la
Europa de antes de la guerra, que había que defender y proteger contra el
bolchevismo. Si Europa tiene que seguir siendo eso, si tiene que volver a
ser la Europa de los banqueros, de esa gran burguesía corrupta, de la facilidad
y el abatimiento, pues bien, nosotros lo decimos sin rodeos, preferimos que
gane el comunismo y lo haga todo saltar por los aires. Preferimos que todo
salte por los aires antes que ver resplandecer de nuevo esta podredumbre.
Europa lucha en Rusia porque es socialista. La
juventud europea que ha tomado las armas no hará como la juventud de 1918. No
las cambiará por zapatillas. Nosotros conservaremos los cargadores y,
después de acabar con la barbarie comunista, apuntaremos directamente a los
plutócratas, a quienes destinamos nuestras últimas balas.
¿Podríamos pedir a millones de jóvenes que
sufrieran tanto, podríamos ver caer a nuestros mejores compañeros, para que
este mundo monstruoso de la plutocracia continúe?
Aún recuerdo la noche de Año Nuevo. A las once,
partimos al asalto. Yo comandaba la compañía de jóvenes. En nuestra brigada
tenemos una compañía en la que solo hay jóvenes, chicos de dieciséis y
diecisiete años. Incluso tenemos a los tres soldados más jóvenes de las SS.
Solo tienen quince años. (Habían borrado su edad en su documento de
identidad antes de alistarse). A las cuatro de la madrugada, traje a estos
chicos de vuelta a nuestras líneas y llevé sobre mis hombros a uno de estos
chicos de dieciocho años, que tenía ambas rodillas destrozadas por una ráfaga
de metralleta. Al ver su sangre manchando mi uniforme blanco de invierno, pensé
en la Nochevieja. ¡Las cuatro de la madrugada! En todas partes del universo
debía de haber fastos monstruosos de aquellos que habían podido comer, con los
gritos estridentes de las mujeres fáciles, toda esa vieja sociedad que se
atiborraba, mientras que nosotros, la juventud de Europa, estábamos allí con
nuestros muertos, nuestros heridos, nuestros sufrimientos. ¿Creen que en esos
momentos no juramos construir algún día un mundo limpio y justo?
Los soldados que combatieron en Rusia habrán
sufrido lo que ningún otro soldado antes que ellos había sufrido jamás. Todos
los veteranos de la Gran Guerra que están en el frente ruso lo dicen al
unísono. Estos hombres llegan al fondo del vacío del alma. Durante semanas y
semanas, viven en agujeros de barro y nieve. Durante años, han conocido
paisajes desesperantes, cerca de esas isbas de adobe amasado. Durante años,
cientos de miles de jóvenes han hecho este inmenso sacrificio de su juventud,
de sus comodidades, de todas sus esperanzas. ¿Qué mayor sacrificio se puede
hacer por la fe que vivir en estos paisajes húmedos, o ante estas nieves que
silban, que no ver nunca nada bello, ni una catedral que canta en el cielo, ni
un rostro que sonríe; no ver nunca ojos que miran con ternura; no respirar
nunca bajo la dulzura de nuestros cielos, y saber que la muerte nos acecha sin
cesar? ¿Creéis que habríamos sufrido todo esto para que las mismas decenas
de magnates explotaran a millones de trabajadores, para que la juventud no
pudiera ni respirar ni vivir? Pero recuerden cómo era la Alemania anterior
a Hitler, esa Alemania podrida de demócratas cristianos y marxistas, cómo era
la Francia decadente, donde el pueblo era objeto de la más vergonzosa estafa,
donde millones de trabajadores no conocían ni el respeto ni la alegría de vivir
y recibían vacaciones pagadas como una limosna, para que jugaran a ser pequeños
burgueses.
Revolución del Pueblo.
En toda Europa, el pueblo era infeliz, en todas
partes la felicidad estaba monopolizada por unas pocas docenas de monstruos
anónimos: la felicidad material encerrada en las cajas fuertes de los bancos,
la felicidad espiritual sofocada por todas las formas de corrupción. Europa
era vieja porque no era feliz; los pueblos ya no sonreían porque ya no se
sentían vivos.
En este mismo momento, ¿qué sigue pasando? Si
miramos París o Bruselas, encontramos en los suburbios a la misma gente
humillada, con salarios de hambre, con una alimentación de leprosos. Llegamos
a los bulevares y nos encontramos con esos grandes pachás insolentes,
atiborrados de filetes y billetes de mil, que te dicen: «La guerra es práctica:
antes de la guerra ganábamos, durante la guerra ganamos, después de la guerra
ganaremos». Pues bien, que cuenten con ello al final, ganarán nuestras
descargas de ametralladora, ganarán la cuerda de los ahorcados.
Porque lo que más nos interesa de la guerra es la
revolución que vendrá después, es devolver a esos millones de familias obreras la alegría de vivir, es
que los millones de trabajadores europeos se sientan seres libres, orgullosos,
respetados, es que en toda Europa el capital deje de ser un instrumento de
dominación de los pueblos para convertirse en un instrumento al servicio de la
felicidad de los pueblos.
La guerra no puede terminar sin el triunfo de la
revolución socialista, sin que los trabajadores de las fábricas y los
trabajadores del campo sean salvados por la juventud revolucionaria. Es el
pueblo el que paga, es el pueblo el que sufre. La gran experiencia del frente
ruso lo demuestra una vez más. El pueblo ha demostrado que es capaz de hacer
su revolución sin los intelectuales. En nuestras filas, el ochenta por ciento
de nuestros voluntarios son obreros. Han demostrado que tienen la mente más
clara y que ven más lejos que miles de intelectuales que solo tienen tinta en
el plumín, nada en la cabeza y, sobre todo, nada en el corazón, intelectuales
que se autoproclaman la élite. Todo eso se ha acabado.
Las verdaderas élites se forman en el frente, en
el frente se crea una caballería, en el frente nacen jóvenes líderes. La
verdadera élite del mañana está ahí, lejos de los chismes de las grandes
ciudades, lejos de la hipocresía y la esterilidad de las masas que ya no
comprenden. Se crea durante combates grandiosos y trágicos, como los del cerco de Cherkasy. Para nosotros
fue una alegría soberana encontrarnos allí entre jóvenes venidos de todos los
rincones de Europa. Había allí miles de alemanes de la vieja Alemania, hombres
del Báltico —en particular el batallón Narva con los letones, los grandes
muchachos rubios de los países escandinavos, los daneses, los holandeses,
nuestros hermanos de armas flamencos, los húngaros y los rumanos. También había
algunos franceses que os representaban en esa refriega, mientras que muchos de
vuestros compatriotas se encontraban comprometidos en otros sectores del frente
oriental. Y entre todos nosotros se estableció una fraternidad completa,
porque todo ha cambiado desde la guerra. Cuando vemos en nuestra patria a un
viejo burgués holgazán, no consideramos que ese hombre forme parte de nuestra
raza, pero cuando vemos a un joven revolucionario de Alemania, o de cualquier
otro lugar, consideramos que ese sí es de nuestra patria, ya que estamos con la
juventud y con la Revolución.
Somos soldados políticos, la insignia de las SS muestra a Europa dónde
está la verdad política, dónde está la verdad social y, uniéndonos desde todas
partes a este ejército político del Führer, preparamos los cuadros políticos de
la posguerra. Mañana, Europa tendrá unas élites como nunca antes había tenido.
Un año de jóvenes apóstoles, de jóvenes místicos, impulsados por una fe que
nada detendrá, saldrá algún día de este gran seminario del frente. También ahí,
franceses, hay que estar presentes.
Levántate, Francia.
Si un pequeño pueblo como el nuestro aporta
tantos hombres al ejército alemán, si los valones han sido los legionarios que
más muertos y heridos han dado a la causa de Europa, si más de dos mil de
nuestros camaradas han muerto, desaparecido o están en los hospitales, si nos
hemos convertido en una brigada, nos hemos jurado ser este mismo año una
división (¡una división para cuatro millones de valones!), es porque sabemos
que, en la medida en que estemos presentes en el frente, estaremos presentes
después de la guerra. Y ustedes, franceses, deben decir lo mismo. Los
pueblos no viven solo de su pasado. Francia no tiene derecho a ser una
segunda Grecia, a ser una Roma decadente. Les queda una juventud magnífica, una
raza fuerte. Y me atrevo a decirles que no basta con dar discursos a los
alemanes, que no basta con explicar quiénes fueron Bayard, Luis XIV y Napoleón.
Su pasado les impone el deber de estar a la altura de lo que ha vivido
Francia.
Francia tiene cientos de miles de jóvenes capaces
de defender su bandera, capaces de demostrar que sois un antiguo pueblo de
soldados. Ya no es momento de representaciones simbólicas. Los símbolos son
buenos para los poetas. Para nosotros, solo cuenta la acción. Un país
antiguo como Francia no puede conformarse con símbolos. No se envían
delegaciones al frente, como se enviaban delegaciones parlamentarias. Francia
no puede contentarse con enviar solo a unos pocos franceses para representarla
ante el mundo. Nos encontramos en un momento en el que no solo hay que
demostrar que estamos con Alemania, y por tanto con Europa, sino en el que cada
pueblo debe labrarse su lugar con sus sacrificios. El tiempo de la literatura
ha pasado. La tinta de los plumas se seca rápidamente, pero la sangre de los
jóvenes héroes atravesará Europa como un río de vida. Les corresponde a ustedes
elegir entre este río de vida o la desecación de los pueblos estériles.
Ya se pueden albergar todas las esperanzas en
cuanto a su elección. El hecho de que tantos franceses hayan vestido este
glorioso uniforme, ayer uniforme de Alemania, hoy uniforme de Europa, el hecho
de que tantos jóvenes franceses hayan superado la barrera de los prejuicios y
la estupidez para servir en el mismo ejército que nuestros camaradas del Reich,
demuestra que en su país sigue existiendo un fervor y una vivacidad
intelectual. Las múltiples experiencias de la juventud francesa demuestran que
no solo busca la forma de ser útil, sino también de superarse: están los
jóvenes franceses de la Legión, los jóvenes franceses de las Waffen SS, los
jóvenes franceses que incluso estaban en nuestras filas.
Hace unos meses, me sorprendió encontrar
franceses con nosotros en el Dniéper. Estos franceses habían entablado amistad
en los campos de trabajo de Alemania con jóvenes belgas de lengua francesa, y
así, en los momentos más trágicos, nuestra brigada contaba con chicos del
norte, chicos de París, incluso teníamos un chico de Marsella. ¡Le costaba
hacernos creer que era de Bruselas! Y estos jóvenes franceses, que luchaban con
nosotros y a los que considerábamos verdaderos camaradas, tenían una
conmovedora necesidad de demostrar que estaban allí.
Siempre recordaré una de nuestras batallas más
duras en el bosque de Tscherkassy. Era la víspera de Navidad, el 23 de
diciembre, y trescientos hombres tuvimos que pasar la noche atravesando las
líneas rusas y cruzando las barreras soviéticas para atacar un gran pueblo a
siete kilómetros de sus espaldas. Todavía quedaban unos veinte metros por
saltar. Teníamos que saltar para alcanzar una gran meseta y yo tenía cerca de
mí a un obrero de París. En el momento en que había que pasar sin falta, me
gritó: «Te voy a demostrar que los parisinos tienen agallas». Llegamos a la
meseta y allí cayó un proyectil que le arrancó un brazo y le abrió el vientre.
Como yo quería llevar a este pequeño parisino a la retaguardia, él pronunció
estas magníficas palabras: «No, estoy perdido, pero quiero veros ganar de todos
modos». Luego, arrastrándose hasta un montón de paja, se subió para vernos
luchar. Cuando, al final de la batalla, fui a buscarlo, el pequeño parisino
estaba allí, con el vientre abierto y el brazo amputado. De pie, en su pajar,
¡nos había visto vencer! Pues bien, ese pequeño parisino, muerto allí, en el
bosque de Tscherkassy, será para ustedes un modelo a seguir. Francia debe
mantenerse en pie, Francia debe dar su sangre. La Europa del mañana será la
Europa de los soldados.
La «Francia sola»: caricatura del nacionalismo.
Y sin embargo, frente a estos ejemplos, hay gente
entre ustedes que espera, gente que se entrega a cálculos sórdidos: «No sabemos
cómo acabará esto, dicen, estemos al cincuenta por ciento del lado de los
alemanes y al cincuenta por ciento del lado de los estadounidenses. Estaremos
bien con unos en París, pero prepararemos con los otros todas las pequeñas
intrigas en el norte de África. De todos modos, hay que arreglárselas para
estar bien con el vencedor». Son cálculos de banqueros, cálculos de aventureros.
Cuando se es el antiguo pueblo de Francia, solo se calcula dónde están el deber
y el honor, y nada más. Y luego está el antiguo nacionalismo restrictivo, el de
«solo Francia». Haber abrazado a los veinte años las columnas rosas de la
Acrópolis, haber gritado a los veinte años: «Soy romano», ser de Atenas y de
Roma, ser de Provenza o de París, todo eso debería haber llevado a ser de
Europa. Un francés no puede ser hoy solo de Francia. Un francés es de
Europa. Es solidario con la civilización de Baviera, de Atenas, de Madrid, de
los Países Bajos o de Prusia. Somos la misma unidad y el mismo peligro nos
acecha. Si mañana invaden los soviéticos, ¿qué será de Francia sola? ¡No se
detendrá a los mosquitos con fardos de viejos periódicos amarillentos! Francia
debe comprender que este nacionalismo restrictivo es una caricatura del
nacionalismo. O Francia se une a Europa, o perecerá con ella, pero Francia no
se quedará sola. Ya nadie puede quedarse solo. Porque ahora, por encima de
todas las patrias, está la gran patria europea, nuestra civilización, nuestra
sangre, nuestra vida. Seamos hijos de París o hijos de Bruselas, todos somos
hijos de Europa, desde el Báltico hasta Gibraltar.
Los que lo han comprendido.
Es una verdadera alegría para nosotros, que
regresamos del frente, ver aquí en Francia a miles de hombres que lo
comprenden, nacionalistas franceses que se muestran fuertes y que han superado
la estrechez del nacionalismo altivo y agresivo de antes de la guerra.
Doriot ha comprendido tan bien que, en una época
histórica como la nuestra, solo se puede dirigir a los pueblos mezclándose con
la guerra y el sufrimiento de su pueblo, esperando la hora del heroísmo y la
grandeza. Doriot permaneció dos años en Rusia. Esos dos años contarán doble más
adelante. Francia, como los demás países de Europa, será de los soldados, y
prefiero cien mil veces más al teniente Doriot con su Cruz de Hierro que a un
Doriot con monumentales carteras después de la guerra. Soldados, trabajaremos
codo con codo, como verdaderos camaradas. Caomo políticos, siempre habríamos
seguido siendo adversarios astutos.
Ahora hay entre ustedes un hombre que sabe que la
vida de los canallas no tiene absolutamente ninguna importancia. Cuando hay
gente que envenena a los pueblos, cuando hay asesinos, no es momento de hacer
reverencias ni de poner en marcha toda la vieja maquinaria solemne de una
justicia que era la protección de los culpables, en lugar de ser la represión
del crimen. Ha llegado el momento de condenar a esos asesinos. No es
necesario contar con viejos decrépitos que han estudiado derecho durante años y
que al final ya no se orientan en los artículos de la ley. Basta con contar con
unos cuantos hombres robustos que sepan dónde está el bien y dónde está el mal.
Un Darnand ha comprendido lo que es la revolución
europea. No tiene miedo de decirse SS. Sus fuerzas en Francia no se despiertan
por una justicia pasajera y sumaria; no se despiertan para que los burgueses
duerman, ni siquiera para que lo encuentren bien.
Ahora que Darnand está aplastando a los
terroristas, los burgueses se dicen: «Podremos volver a los trenes, podremos
volver a ir a la provincia, traeremos pollos, quesos, haremos mercado negro.
¡Ah! Darnand es un tipo estupendo»
Conozco lo suficiente a los jóvenes
revolucionarios de Europa como para saber que no es por los pollos y los quesos
de los burgueses por lo que se está limpiando la resistencia, ni siquiera es
para reprimir el terrorismo por lo que se han levantado estas fuerzas, ya que
se trata solo de una limpieza preliminar. Estas fuerzas se han levantado en
Francia para llevar a cabo, codo con codo con todos los jóvenes revolucionarios
de Europa, la gran revolución socialista que el pueblo espera. Por otra parte,
el pueblo no esperará mucho tiempo. Ya ha sufrido bastante con los movimientos
llamados «de derecha», los movimientos aburguesados. Abrumado por coroneles,
acribillado por los grandes bancos. El gaullismo tuvo esto de bueno, que os
liberó de ese peso muerto y de un montón de viejas que os hacían ridículos.
Ahora, evidentemente, ya no hay esas fantásticas multitudes, sin cabeza y sin
corazón, en las que se gastaba mucha gasolina para no llegar a nada. Ahora no
sois gran cosa porque es el principio. Pero sois algo. Ya veis que os hablo con
franqueza. Sois unos pocos miles de hombres que están empezando; que empiezan
por dentro, que han empezado en el frente, que deben hacer infinitamente más.
Si os quedáis en el frente dos o tres mil hombres, es insuficiente. Un pueblo
como Francia no lucha con dos o tres mil hombres.
Cada pueblo debe ganarse su lugar.
En los partidos nacionales, hay ahora en Francia
hombres que han comprendido que hay que trabajar con toda Europa, que han
comprendido sobre todo que la unidad revolucionaria de Europa es la SS. La
primera, la SS tuvo el valor de ir recto, de golpear fuerte y de querer la
verdadera revolución socialista. Desde hace uno o dos años, en el frente, hemos
visto a Francia. Y ahora, en el interior, vemos a Francia: la Francia de De
Brinon, de Déat, de Doriot, de Darnand y, sobre todo, la Francia de la juventud.
Vemos algo más que tipos insignificantes en las esquinas de los bares, con el
cigarrillo cayéndose y el pernod listo para ser bebido. Vemos a chicos altos y
bien formados, capaces de hacer la revolución y de elegir después a una chica
guapa en Francia, para darle hijos vigorosos.
Desde hace años, ustedes han tenido,
proporcionalmente, tres veces menos hijos que los rusos y dos veces menos que
los alemanes. Por otra parte, uno se pregunta por qué en este país del amor.
¡El amor no puede existir sin los hijos! ¿No son ellos la poesía y la
resurrección del amor?
Esta baja natalidad era uno de los síntomas de la
impotencia general de los pueblos democráticos, impotencia para pensar a largo
plazo, impotencia para ser audaces, impotencia ante el fervor revolucionario e
impotencia ante las privaciones, ante los sufrimientos sombríos. Hay que decirles, franceses, que han perdido
cincuenta años en una Europa de soldados, que lucha, que muestra su valor, que
necesita ser heroica, pero que prepara una revolución social y unas bases
morales para cada pueblo. Ya no es posible que cientos de miles de hombres
hayan muerto, impulsados por las virtudes más sublimes, para que luego volvamos
al estiércol de la mediocridad, la bajeza y la cobardía. El frente no
solo crea las fuerzas de salvación en el terreno militar, fuerzas
revolucionarias que mañana lo atravesarán todo, sino que prepara la revolución
más necesaria para Europa: la revolución espiritual. Necesitamos hombres rectos
y puros, que sepan que las mayores alegrías del hombre están en el alma. No
admitiremos más la mediocridad de las almas, no admitiremos más que los hombres
vivan para alegrías sórdidas, para su egoísmo, en una atmósfera estrecha.
Queremos elevar a los pueblos, devolverles el apetito, la grandeza. Queremos
que los pueblos tengan esas alegrías soberanas de elevarse por encima de la
vida cotidiana.
Por eso, queridos camaradas, debemos estar
unidos. Europa, levantada contra el comunismo para defender nuestra
civilización, nuestro patrimonio espiritual y nuestras antiguas ciudades, debe
estar unida, y cada pueblo debe merecer su lugar, no sumando el pasado, sino
dando la sangre que lava y purifica. Europa debe estar unida para realizar,
bajo el signo de las SS, la revolución nacionalsocialista y para llevar a las
almas la revolución de las almas.
Sin Hitler, Europa estaba perdida.
Y por encima de este inmenso levantamiento de la
juventud, ordenando a esta juventud y vigilando esta revolución, se alza,
frente a las fuerzas bárbaras, un hombre robusto, nacido del pueblo, pueblo
hasta la médula, pero quemado por un fuego irresistible, el Führer. Sin él,
¿qué sería de Europa? Si el Führer no hubiera reunido a su pueblo, ¿dónde
estaría hoy el bolchevismo? ¿Quién de vuestros coroneles lo habría detenido,
quién habría sido capaz de contener ese torrente abominable? A estas alturas,
Europa debe decirse que sin Hitler estaría perdida, y Europa debe decirse que,
sin embargo, ha hecho todo lo posible para que Hitler no pueda detener a los
rusos. Hitler veía el terrible peligro del comunismo, estaba dispuesto a
sacrificar lo mejor de su juventud para salvar a todo el mundo, y en el momento
en que debía dedicar toda su energía a esta tarea de salvación europea, los
sucios pequeños agentes provocadores, los Blum y los Mandel, los Daladier y los
Reynaud, los plutócratas de Londres, los judíos de Nueva York, toda esa gente
le preparaba la puñalada por la espalda de 1939. Un año abominable, un año en
el que Francia se puso en estado de pecado mortal, en el que Francia, que
estaba ahí, detrás de Alemania, para apoyarla, para animarla, para unir su sangre
a la suya, porque estaba en juego la salvación de todos, se dejó manipular por
canallas y vendidos, que creían que todo se arreglaría siempre y que podía
dejar hacer. Hoy ha llegado el momento de reparar eso. No es posible que este
magnífico hombre tenga que decirse que su pueblo es el único que sufre, sería
una injusticia espantosa que toda Europa se salvara solo con la sangre de la
juventud alemana. En cualquier caso, en lo que respecta a mi pueblo, nunca lo
soportaré. Daremos toda la sangre que sea necesaria. Alemania tiene derecho a
ello. Queremos que la sangre de nuestros camaradas se mezcle con la sangre
alemana. Igualdad en la sangre, justicia en la sangre, si queremos justicia,
mañana, en la victoria.
Después de haberlo salvado todo a tiempo, el
Führer nos salva cada día a todos, alemanes, franceses o belgas. Sin su genio
tan tranquilo, sin ese extraordinario dominio de sí mismo, ¿quién sería capaz
en este momento de mantener y salvar todas las fuerzas de Europa? Recordaré
toda mi vida esta oposición: hace ahora tres semanas, habíamos atravesado las
líneas rusas durante ochenta kilómetros. Habíamos frustrado los planes
soviéticos. Todo un ejército rompía las barreras de los rojos y llegaba a la
liberación. Y en el momento en que estábamos en nuestras nuevas líneas tras la
victoria, un pequeño Fieseler descendió sobre la nieve, me llevó hasta donde
estaba el avión del Führer y, a las once de la noche, me encontraba en esos
grandes bosques donde se encuentran los barracones del Gran Cuartel General.
Por la mañana me encontraba en medio de una barbarie abyecta, veía todo lo que
amenazaba a Europa, todavía tenía los ojos llenos de esos rostros horribles,
con los que me encontraba cada día en los combates cuerpo a cuerpo, y en la
gran noche, a través de los bosques de abetos y los lagos, me encontré de
repente frente a la larga barraca de tablas , la barraca de un dibujante
técnico con grandes mesas de madera pulida, lámparas de hierro, y a ese hombre
solo inclinado sobre los mapas, ese hombre dulce y bueno. Las multitudes ven al
Führer desde lejos y apenas conocen en el extranjero a este hombre afectuoso,
este hombre que te toma de las manos como alguien de tu familia, ese hombre
cuyos ojos están llenos de dulzura, cuya voz de repente se anima, cuya mirada
brilla, ese hombre que allí, día y noche, trabaja en silencio, consciente del
papel que desempeña. Vemos a los demás, a Stalin con su cara salvaje y
bigotuda, a Churchill, viejo borracho desplomado en un uniforme dispar,
Roosevelt cojeando, con el pelo revuelto, flanqueado por su musa. Todo eso es
desorden, todo eso representa intereses monstruosos. Rodeada de todos estos
peligros, nuestra gran península florida, con su sol y sus piedras doradas, con
sus rostros humanos, con sus niños rubios o morenos, y protegiendo sus tesoros
milenarios, este hombre bueno parece enviado por el cielo. Sin él, todo estaría
perdido, sin él nada sería posible hoy. Incluso sus primeros esfuerzos, ¿cómo
los habrían podido realizar si su ignominioso frente popular hubiera continuado
con su dictadura demagógica, si siempre hubieran tenido sus hordas de
políticos? Hitler dio a cada pueblo la oportunidad de salvarse. Sin él, los
nacionalistas estaban perdidos en cada patria. Hitler ha salvado a Europa del
comunismo, Hitler prepara la revolución nacionalsocialista, que liberará a los
pueblos de toda Europa.
Sin este hombre providencial, nuestras vidas
estarían perdidas. Si hoy estamos en el frente, es para salvar nuestras
patrias, es para protegernos del comunismo, es para construir la revolución,
pero también es porque amamos al Führer, porque sabemos que la salvación de
Europa habrá sido obra suya. Jóvenes de toda Europa lúcida, que ven la
revolución, que ven la grandeza que nos acoge, sabemos que es al Führer a quien
debemos esta liberación de las almas. Gracias a él, nuestra juventud no habrá
sido en vano, gracias a él Europa recuperará algún día la sonrisa y la bondad.
Tengamos, queridos camaradas franceses, el reconocimiento de las almas rectas.
Puesto que al Führer le deberemos lo mejor del futuro, volvámonos hacia él y
digámosle que toda la juventud de Europa está a su lado, que tendrá la sangre,
que tendrá la disciplina, que tendrá el don de las almas.



















