lunes, 16 de febrero de 2026

HACE 81 AÑOS: UN DISCURSO DE LEÓN DEGRELLE EN 1944 Y SU PARALELISMO CON LA SITUACIÓN ACTUAL

INTRODUCCIÓN OBLIGADA Y EXORCISMO PREVIO

El documento que sigue es un testimonio histórico: no es -y que quede bien claro desde el primer momento- una exaltación a un "fascismo" que ya no tiene lugar en el siglo XXI. Lo hemos traducido y rescatado del olvido porque permite trazar paralelismos con la situación de la Europa de nuestro tiempo. Y, quien dice "paralelismos" dice también inspiración para la construcción de una moral de combate ante el único peligro que acecha a nuestro continente: el de guerra civil étnica, religiosa y social.

Ignoro si este discurso de León Degrelle titulado “A las armas por Europa” ha sido traducido antes al castellano. Me lo he encontrado casualmente en eMule y lo he traducido, a la vista del paralelismo que puede establecerse con la situación actual de Europa. Y no, no es que, hoy, Europa esté amenazada “por la bestia soviética”, ni que existe en el Este un “peligro ruso”. El único riesgo al que está expuesta la Europa del siglo XXI, especialmente el Oeste y los países nórdicos, es la colonización por parte de pueblos “halógenos”. Utilizamos la palabra “halógeno”, con “h”, irónicamente y para no emplear las palabras “seres de luz”, naturalmente. No hay “peligro soviético”, ni mucho menos “peligro ruso”: solamente existe el riesgo de una colonización total de Europa.

Y, efectivamente, hay riesgo de guerra en Europa, pero no la que las “élites europeas” proclaman, sino, más bien, la que ellos mismos han generado sistemáticamente desde hace medio siglo, admitiendo en Europa a contingentes étnicos que ni se sienten europeos, ni sus ecuaciones mentales se corresponden con el espíritu de Europa, ni tienen intención de integrarse, sino que portan en sus maletas otros valores, otras religiones y otros modelos político-sociales. Sí, el único riesgo que tiene Europa Occidental en la actualidad es el de guerra civil, étnica, religiosa y social. Y nos estamos precipitando indefectiblemente hacia ella. ¿O cómo creéis que puede concluir una medida suicida como la "regularización" decretada por el "galgo de Paiporta", jefe de la cueva acobardada de Ferraz, temeroso de que termine su ciclo y que ha optado por la política de "tierra quemada"? (ver artículo de INFO-KRISIS sobre este tema)

Esa inmigración, hoy mantenida, nunca podrá ser autónoma: siempre será dependiente de “ayudas sociales”; hoy se la considera una “aspiradora de recursos públicos”. A poco que se estudie la cuestión, esta imagen se confirma cada día. ¿Mejorará la situación? Al contrario, empeorará: los gobiernos que sigan al infame sanchismo se enfrentarán a la disyuntiva de cortar estos subsidios insostenibles y permanentes o enfrentarse a una revuelta étnica. Es el precio de que PP y PSOE y, en Europa centro-derecha y centro-izquierda, hayan rechazado regular los flujos migratorios con la excusa de que “había que pagar las pensiones de los abuelos”, cuando hoy está muy claro que si las pensiones de los abuelos peligran es precisamente a causa de esos flujos migratorios. Flujos absolutamente innecesarios en unos momentos en los que la robótica y la automatización de todos los procesos productivos, incluso de la producción agrícola, avanzan a pasos agigantados y mucho más en un país con más 4.000.000 de parados reales, incluidos "fijos discontinuos" (!)

Cada día ese riesgo está más presente y hoy, por mucho que los medios de comunicación oficialistas intenten enmascararlo, el gran problema europeo es la colonización de Europa por grupos étnicos alógenos (ahora sin "h"), esto es extraños al continente, por otra parte, innecesarios. A esto se une que la natalidad europea ha descendiendo y que ningún gobierno europeo, por el momento, realiza campañas demográficas favoreciendo la maternidad… europea. Y recalcamos esto porque, cada “ayuda a la maternidad” establecida por cualquier gobierno, no tiene como resultado elevar las tasas de natalidad del grupo étnico europeo (verdadera “especie en vías de extinción”), sino que tiende a multiplicar los nacimientos de más y más población halógena y alógena... Hoy ya sabemos que no basta con un mero trámite burocrático para convertirse en “europeo” tras unos pocos años de permanencia en el continente. Para ser “europeo” hay que compartir los “valores europeos”.

Dado que las “élites europeas” (particularmente en España) se niegan a iniciar un “debate sobre la inmigración” y dan por sentado que Europa no sobreviviría sin inmigrantes (si en 1996 se hubiera realizado una “campaña demográfica” en España, hoy, 30 años después, tendríamos “jóvenes de 30 años suficientemente preparados” sin que nuestros servicios públicos se vieran desbordados y los presupuestos recargados por el gasto que supone mantener a millones de inmigrantes y a sus familias en nuestro país). Pero una mentira, a fuerza de repetirla una y mil veces y negarse a oír opiniones en contra, no se convierte, por ello, en una verdad. Lo cierto, aquí y ahora, es que “ellos” crecen y “nosotros” menguamos. Lo innegable es que “ellos” quieren estar aquí en donde pueden hacer lo que en su país les estaría vedado y recibir subsidios, subvenciones y una “discriminación positiva” permanentemente.

Y, todos sabemos, en cuanto se piensa en ello y se tienen todos los datos necesario rescatados de la opacidad de las estadísticas oficialistas, que esto va a terminar mal.

*     *     *

De ahí la importancia, no solo histórica, de la lectura de este discurso de León Degrelle. El problema no es solo español o francés, inglés o belga: el problema es europeo. Si leemos este discurso cambiando algunos términos: en donde dice “comunismo” debería decir “islamismo”; en donde dice “rusos”, leemos: “africanos”; y si tenemos presente que, en lugar del contexto histórico de la Segunda Guerra Mundial, trasladamos estas palabras al aquí y ahora, el resultado será un llamamiento a que los europeos se preparen para el conflicto que vendrá en menos de una generación.

De hecho, no hemos traducido este discurso por su valor ideológico "fascista": Degrelle habla de una ideología que ya ha pasado a la historia. Los fascismos, como el marxismo, fueron patrimonio de la Segunda Revolución Industrial, dos reacciones contra el capitalismo industrial, una protagonizada por la clase media y la otra por el proletariado; el fascismo alude a una sociedad que ya no existe, y a unas reivindicaciones que hoy pertenecen al pasado. 

Los fascismos son un fenómeno histórico que debe ser examinado como tal, sin deformaciones, ni exaltaciones, sin tributos a la “propaganda de guerra”, ni idealizaciones mitificadoras, sin ejercer de apologistas ciegos ni de detractores sistemáticos. De hecho, el “fascismo” en España es, para esa izquierda que ha perdido todos sus valores ideológicos, la única consigna que queda en su imaginario: el “antifascismo”. Yo lo decía Amadeo Bordigha, ex secretario del Partido Comunista Italiano: “Lo peor del fascismo, será el antifascismo”. Hoy lo estamos comprobando: todo lo que no es extrema-izquierda… es fascismo.

Si hemos traducido este documento histórico es, sobre todo, para establecer los paralelismos que aparecen 81 años después de que se pronunciaran estas palabras. El viejo León Degrelle, el modelo juvenil utilizado por Hérgé para su Tintin, las podría volver a repetir, adaptándolas a nuestro tiempo y, con solo cambiar unos conceptos y unas palabras, lograría anticiparse al único riesgo de conflicto que existe hoy en Europa. Es el testimonio de un combatiente, de un “soldado político”, como el mismo se autodefine en estas líneas. El testimonio de un modelo humano que hoy se echa en falta en Europa. Si lo podamos de sus referencias a Hitler y a los políticos corruptos franceses de la época, a las referencias anticomunistas (¿pueden ser consideradas "comunistas" las opiniones de los dirigentes de Podemos, que un verdadero comunista reprobaría en bloque?), lo que nos queda es un llamamiento a la unidad europea y al combate en defensa de los valores europeos.

Al hablar de Europa, naturalmente, no tenemos en cuenta ni a las “élites europeas”, ni a las jerarquías de la Unión Europea. Antes bien, podemos decir que “es necesario que muera la UE para que Europa viva”. Y esto es cada vez más evidente. Estamos donde estamos a causa de que la UE ha aceptado ser la “pata europea” de la globalización y someterse a los valores del “mundialismo”. Por culpa de la UE ha cambiado el paisaje de nuestras ciudades. Por culpa de la UE nuestra seguridad, nuestra economía, nuestra alimentación e, incluso, nuestra supervivencia a corto plazo, están en jaque. No hay olvido ni  perdón, ni para la UE, ni para los que han hecho posible esta situación.

Y, sin embargo, una Europa unida es necesaria, porque los problemas desde Portugal hasta Suecia y desde el Reino Unido hasta Malta son idénticos. No habrá “salvación” de un solo país: Europa entera sobrevivirá a la amenaza migratoria y a su pérdida de identidad, o desaparecerá entre las oleadas de musulmanes, africanos y árabes recién llegados y que se están demostrando inintegrables y deseosos de hacernos pagar el período de la colonización

Por eso hemos traducido este discurso de Degrelle: para recuperar una “moral de combate”, no para resucitar una ideología del siglo pasado, sino para recuperar la idea de “un destino europeo”, para hacernos a la idea de que, aunque nosotros no queramos el conflicto, el conflicto nos está siendo impuesto por otros. Así es como debemos de leer, con mentalidad abierta y sin apriorismos, estas líneas escritas hace 81 años y nunca más necesarias que ahora. Este es un discurso que tiene un valor histórico y documental, pero también es una colección de elementos para crear una moral de combate. Y eso es lo que debemos retener hoy.

 
HISTORIA DE LA REVOLUCIÓN NACIONAL-SOCIALISTA EN TRES VOLÚMENES

 

A LAS ARMAS POR EUROPA


Texto del discurso pronunciado en París, el 5 de marzo de 1944, en el Palacio Chaillot por el SS-Sturmbannführer Léon DEGRELLE, Caballero de la Cruz de Hierro y Comandante de la Brigada de Asalto Valonia, en un acto organizado por las Waffen-SS francesas, la Legión de Voluntarios Franceses contra el bolchevismo y la Milicia Francesa.

A las armas por Europa...

Juventud de Europa: ¡Uníos!

Me dirijo a vosotros como soldado. Dondequiera que estemos en Europa, somos UN pueblo en armas. Al llegar aquí, a París, después de haber vivido los grandes dramas del invierno ruso, puedo mirar a cualquiera de vuestros rostros; en el puesto que ocupáis, el enemigo os acecha. Frente ruso, frente italiano, frente interior, todos estamos amenazados por los mismos enemigos, o por los mismos asesinos. Y eso es lo que nos une con tanto fervor.

Antes de la guerra se podía hablar de Europa. Los poetas y los profetas lo habían predicho. Durante años pudimos tender la mano entre nacionalistas de todos los países. Sin embargo, todo eso olía a convención y a literatura.

En este momento, estamos unidos por una fuerza que nada podrá derribar. Estamos unidos por nuestros muertos, jóvenes de Alemania, jóvenes de Francia, jóvenes de mi patria, jóvenes de todos los países de Europa.

Hemos visto morir a nuestros camaradas, y es porque ellos murieron, uno al lado del otro, nuestra amistad vivirá y Europa se creará. Sin estas muertes, sin estas grandes llamadas de la sangre, Europa habría buscado su unidad durante cincuenta años, durante cien años, y la habría logrado demasiado tarde.

Estamos en el siglo en el que se reúnen todas las grandes fuerzas primitivas del universo: las grandes fuerzas de la Asia salvaje y mística, que agrupa a cientos de millones de hombres; las grandes fuerzas de América, con ese monstruoso conglomerado de razas dispares y con esas terribles fuerzas materiales, que podrían aplastarnos algún día. A ambos lados, enormes masas encuentran su unidad. Y Europa está ahí, como una península de sol, una península de debilidad: la Europa de los jardines, la Europa de las catedrales, la Europa de los pueblos civilizados con una vida fácil, pero la Europa de la guerra civil.

 

Tenemos siglos de civilización común, tenemos las mismas iglesias plantadas en las ciudades de Baviera, Provenza, Beauce, las mismas lenguas y los mismos cantos, los mismos poetas y los mismos músicos. No somos más que un puñado de hombres civilizados, y nos mirábamos como enemigos. Solo somos unas pocas decenas de millones de hombres, desde el Báltico hasta el Mediterráneo, y se nos ha conseguido enfrentar unos contra otros. Incluso nuestros nacionalismos eran nacionalismos de retraimiento. Nos mirábamos unos a otros con ojos inquietos, con ojos hostiles. Y nos dejábamos manipular por aquellos que tenían interés en que siguiéramos divididos: la judería internacional, que solo podía expandirse sobre las ruinas de Europa; un marxismo burgués, que había perdido todas las batallas y que solo pensaba recuperar su supremacía con la sangre de la juventud; las fuerzas del dinero, que controlaban todas nuestras capitales. Y nosotros, jóvenes de Europa, que aún teníamos vida en nuestras venas, veíamos a nuestros viejos pueblos jugar a ser guerreros. Veíamos un país como el vuestro, la Francia de los soldados, de los campesinos y los marineros, entregada a unos cuantos viejos canallas, que a su vez dependían de otros canallas internacionales. Era la Francia de la delicadeza, la sensibilidad y la gracia, representada por ese enorme paquidermo de Herriot. Era el Midi vibrante, con su luz sensible, con su cultura, el Midi al que habían llegado los griegos y los romanos, el Midi que dio sentido a vuestra lengua y que estaba representado por esa pequeña comadreja de Léon Blum. Y era el París de la belleza, representado por Paul Reynaud, ese chino atropellado por un autobús. ¡Qué tragedia que un pueblo antiguo como el vuestro, que tenía tales responsabilidades, fuera entregado a esos canallas, que al final nos precipitaron a tal matanza! Si no hubiera sido una Francia débil y fácil, ya habrían tenido en ese momento a la cabeza a los franceses a los que hoy aclaman: Doriot y Darnand.

Me han dicho: «Hay que halagar un poco a los franceses, les gusta». Soy un soldado, no les halagaré. Diré la verdad a todo el mundo. La verdad es que Francia tenía responsabilidades terribles, que en la hora de Europa, Francia no estuvo ahí. La verdad es que ya es hora de que Francia esté ahí.

Cuando miro a la juventud francesa de hoy, veo que hay algo más en este país que lo que nos mostraron antes de la guerra. Cuando pienso en la sangre derramada por tantos jóvenes franceses que cayeron en Rusia, me digo que, sin embargo, en este viejo pueblo caballeresco hay un impulso que renace y que tiende al sacrificio y a la gloria.

¿Victoria de Europa?

No debemos proclamar hoy la victoria de Europa. Durante años, Europa ha estado en estado en pecado mortal y hoy paga por sus crímenes. Ha llegado el momento de preguntarse si salvará su civilización, si conservará la vida o si la barbarie la sumergirá. Esa es la angustia de todos los soldados del frente.

Cuando vemos a nuestros jóvenes camaradas tendidos en el barro y la nieve de Rusia, sabemos que detrás de esos frentes apagados brillaba la inteligencia de todo lo que más tiernamente se estremece en la tierra. Pero sabemos que frente a esas cualidades está la cantidad, que frente a la inteligencia está la barbarie y que estas fuerzas primitivas representan un poder inmenso.

Cuando, al volver del frente, miramos nuestras viejas ciudades, admiramos la armonía de nuestras ciudades, contemplamos esos tesoros incomparables, y cuando recordamos las hordas que salían de los bosques, esos miles de rostros amarillos de ojos rasgados y barbas hirsutas, cuando pensamos en su enorme fuerza material, en esos cientos de monstruosos tanques que salían por todas partes, nos preguntamos: «¿Resistirá Europa? ¿Podrá resistir este río de sangre, estos apetitos bestiales?».

No volvemos del frente con palabras de paz y optimismo. Volvemos del frente —y volveremos pronto— diciéndonos que toda Europa puede salvarnos. La Rusia soviética es terriblemente poderosa. Desde hace años, toda la juventud de Alemania forma una barrera. ¿Seremos tan insensibles como para permanecer indiferentes ante este gran drama?

Las oportunidades que se ofrecen a los pueblos jóvenes de Europa.

Hemos llegado a un momento en el que todas las delimitaciones de la Europa de ayer, de la Europa de las guerras civiles, han desaparecido. O bien los pueblos han recuperado en sus venas la gran fuerza de la juventud, el espíritu de sacrificio y grandeza, y forman un único bloque socialista y revolucionario, o bien han conservado la esterilidad y la decadencia de los ancianos que ya no comprenden nada.

Durante años, los jóvenes nacionalistas han sufrido la unión de todas las fuerzas malsanas. Los masones estaban unidos, lo cual no era incompatible con su supuesto patriotismo. La chusma marxista estaba unida y decía con sorna: «Trabajadores de todos los países, uníos». Las fuerzas del dinero estaban unidas; los banqueros de París, Nueva York, Bruselas o Londres se entendían admirablemente. Pero nosotros, los patriotas, teníamos que odiarnos y detestarnos. Nosotros, que estábamos impulsados por el fervor revolucionario, debíamos ignorarnos. ¡Pues bien! Todo eso ha terminado. Contra las internacionales masónica, moscovita y financiera, se ha creado ahora la internacional de la juventud revolucionaria. ELLOS FUERON LOS AMOS AYER, CON NUESTRAS ARMAS SEREMOS LOS DUEÑOS DEL MAÑANA.

Hay que decir que esto solo ha sido posible porque la joven Alemania estaba dispuesta a guiar a Europa en esta tarea. La Alemania victoriosa de 1940 podría haberse dejado embriagar por su triunfo. Sin embargo, nada más llegar a nuestras ciudades, nos tendió una mano fraternal.

Aún recuerdo, como si fuera ayer, aquellas pequeñas legiones de precursores y pioneros que, desde nuestras casas, partían hacia los cuarteles del Reich, pequeñas legiones compuestas por jóvenes y veteranos, pequeñas legiones que se preguntaban: «¿Qué saldrá de esta aventura?». Y llegábamos a Alemania. Teníamos ante nosotros a los vencedores de ayer. Teníamos en contra nuestra la laxitud democrática de todos los soldados de nuestros viejos pueblos, en los que se creía que la camaradería en el ejército debía manifestarse en el desaliño, el cigarrillo que se cae, la bufanda mal puesta, el saludo que no se da a los oficiales. La camaradería no tiene nada que ver con eso. El pueblo no pide que nos rebajemos para ser respetados. El pueblo comprende perfectamente que en la tierra se necesitan jefes y dirigentes. Lo que el pueblo pide es pan, justicia y respeto. El pueblo desprecia a los jefes que se dedican a vagabundear. Es siendo jefes orgullosos como nos ganábamos el respeto, porque el pueblo solo respeta a quienes se respetan a sí mismos. Tanto franceses como belgas, todos habíamos sido corrompidos por esa suciedad democrática, todos teníamos ese aire descuidado, ese aire canalla. Así llegamos frente a esa rigurosa disciplina prusiana, frente a esos oficiales admirablemente entrenados. Para cualquier alemán, nuestros defectos eran muy fáciles de detectar y, sin embargo, a pesar de todo, nos recibieron como auténticos camaradas. NOS DEJARON PROBAR SUERTA.

Al cabo de un año, nos sentíamos cómodos. Teníamos nuestro comandante, nuestros oficiales, nuestra propia lengua. Representábamos a nuestra patria viva. Y durante ese invierno, en el Dniéper, teníamos la responsabilidad completa de un frente de cincuenta kilómetros. Y hoy, no solo nos sentimos iguales a todos los jóvenes de Alemania, sino que la propia Alemania nos da el derecho de elevarnos al nivel más alto. Esa Cruz de Hierro tan simbólica, que representa para Alemania tantas guerras gloriosas y tanta sangre, nosotros, los extranjeros, podemos conferírsela a nuestros hombres. Yo, valón, entrego la Cruz de Hierro de primera clase a mis soldados. Se la entrego incluso a los soldados alemanes que están bajo mi mando.

¿Qué pueblo podría haber dado en tres años tales muestras de camaradería a la juventud de toda Europa, habernos abierto de par en par las puertas de la gloria, habernos hecho entrar de lleno en la magnificencia de su revolución, permitirnos comandar a sus soldados, esos soldados que, hace tres años, avanzaban, jóvenes vencedores, por nuestras ciudades, y que hoy, sintiendo la necesidad de crear Europa, lo aceptan? Jóvenes oficiales alemanes, cubiertos de gloria, vienen a buscar órdenes a nuestro puesto de mando; soldados alemanes, que han participado en todas las campañas, se mezclan con todos nuestros camaradas. Porque en el frente hay igualdad absoluta. Solo una cosa diferencia a los hombres: el valor.

La Salud del Pueblo.

Allí se ha logrado la unidad, y es la única unidad que triunfará. Europa no se construye solo porque corre peligro, sino porque tiene alma. No solo nos une algo negativo, como salvar el pellejo. Lo que importa en la tierra no es tanto vivir como vivir bien. No se trata de haber pasado cincuenta años de inactividad, sino de haber llevado, durante un año, durante ocho días, una vida orgullosa y triunfante.

Los intelectuales pueden desarrollar sus teorías. Son necesarias. Son juegos inocentes, a menudo juegos de decadencia. ¡Cuántos franceses se complacen en estas sutilezas!

¡CUÁNTOS FRANCESES CREEN QUE HAN HECHO LA REVOLUCIÓN CUANDO HAN ESCRITO UN BONITO ARTÍCULO SOBRE LA REVOLUCIÓN! Europa es la vieja tierra de la inteligencia, y las grandes leyes de la razón son indispensables para la armonía europea.

Pero, aun así, nuestro siglo significa algo más que el despertar de las únicas fuerzas de la inteligencia. Ha habido tantas personas inteligentes que han sido seres estériles. Al despertar todas las fuerzas instintivas y rugientes del ser humano, al recordar que existe la belleza del cuerpo y la armonía, que no se puede dirigir a los pueblos con enanos, enclenques y seres deformes, al recordar que no hay acción sin alegría, ni alegría sin salud, despertando esas grandes fuerzas que provienen del fondo del mundo, devuelve a la cabeza de Europa una juventud sana e indomable, una juventud que ama, una juventud que tiene apetito. Así, cuando miramos el mundo, ya no es para analizarlo... ¡sino para tomarlo!

Alemania habrá prestado este inestimable servicio a una Europa decadente, al haberle devuelto la salud. Cuando miramos a la Europa de antes de la guerra, cuando íbamos a esos zoológicos que eran las asambleas parlamentarias, cuando veíamos todas esas caras con muecas, todos esos viejos señores embrutecidos, con sus barrigas caídas, como si esos hombres hubieran tenido demasiados embarazos, sus rostros cansados, sus ojos hinchados, nos preguntábamos: «¿Es este nuestro pueblo?».

El pueblo francés aún sabía hacer bromas, que en el fondo eran una forma de burla y rebelión, pero ya no tenía esa gran alegría inocente de la fuerza, mientras que Alemania poseía ese depósito de fuerzas ilimitadas. ¿Qué les sorprendió, hombres y mujeres de Francia, cuando los vieron llegar en 1940? Que eran hermosos como dioses, con cuerpos armoniosos y flexibles, que estaban limpios. Nunca habían visto a un joven guerrero, ni lo ven aún en Rusia, con una barba democrática. Todo es limpio, todo tiene estilo, raza, carisma.

Con la raza, con este despertar de la fuerza sana, Alemania devolvió la salud primero a su pueblo y luego a toda Europa. Cuando partimos hacia Rusia, nos dijeron: «Ah, vais a sufrir allí, envejeceréis prematuramente». Cuando volvemos del frente y miramos a los demás, somos nosotros los que los encontramos a todos viejos, mientras que sentimos en nuestras venas una fuerza que nada detendrá.

No es para salvar el capitalismo por lo que luchamos en Rusia.

Por eso los soldados del frente tienen tanta confianza. El ejército de Europa que está allí, en el barro y la nieve, es el ejército más hermoso del mundo, el más orgulloso, el más unido que Europa haya conocido jamás. Este ejército tiene fe, algo que no se había visto en Europa desde las Cruzadas. Los cientos de miles de europeos que seguían a Napoleón seguían la gloria de un hombre. Toda la juventud que lucha en Rusia combate para salvar Europa, para detener el comunismo, pero sobre todo porque tiene fe revolucionaria. La lucha contra los soviets no es la lucha con la que soñaban los burgueses antes de la guerra. Ellos querían la lucha contra el comunismo porque tenían miedo. ¿De qué tendríamos miedo nosotros? No tenemos nada que defender, no tenemos cajas fuertes. ¿La muerte? La desafiamos. Es una vieja peonza que dominamos todos los días. Los que tienen la ligereza de llevar solo sus armas no tiemblan. Los burgueses, en cambio, siempre tiemblan y seguirán temblando. Hace veinte años, ya necesitaban a los jóvenes para luchar contra los soviéticos. Deberíamos haber ido todos allí, para que los grandes banqueros siguieran teniendo bancos, para que los grandes burgueses siguieran teniendo indigestiones, para que las putas con título nobiliario siguieran yendo a casa del señor Daladier o del señor Paul Reynaud. Eso era Europa, ¿no?, eso era la Europa de antes de la guerra, que había que defender y proteger contra el bolchevismo. Si Europa tiene que seguir siendo eso, si tiene que volver a ser la Europa de los banqueros, de esa gran burguesía corrupta, de la facilidad y el abatimiento, pues bien, nosotros lo decimos sin rodeos, preferimos que gane el comunismo y lo haga todo saltar por los aires. Preferimos que todo salte por los aires antes que ver resplandecer de nuevo esta podredumbre.

Europa lucha en Rusia porque es socialista. La juventud europea que ha tomado las armas no hará como la juventud de 1918. No las cambiará por zapatillas. Nosotros conservaremos los cargadores y, después de acabar con la barbarie comunista, apuntaremos directamente a los plutócratas, a quienes destinamos nuestras últimas balas.

¿Podríamos pedir a millones de jóvenes que sufrieran tanto, podríamos ver caer a nuestros mejores compañeros, para que este mundo monstruoso de la plutocracia continúe?

Aún recuerdo la noche de Año Nuevo. A las once, partimos al asalto. Yo comandaba la compañía de jóvenes. En nuestra brigada tenemos una compañía en la que solo hay jóvenes, chicos de dieciséis y diecisiete años. Incluso tenemos a los tres soldados más jóvenes de las SS. Solo tienen quince años. (Habían borrado su edad en su documento de identidad antes de alistarse). A las cuatro de la madrugada, traje a estos chicos de vuelta a nuestras líneas y llevé sobre mis hombros a uno de estos chicos de dieciocho años, que tenía ambas rodillas destrozadas por una ráfaga de metralleta. Al ver su sangre manchando mi uniforme blanco de invierno, pensé en la Nochevieja. ¡Las cuatro de la madrugada! En todas partes del universo debía de haber fastos monstruosos de aquellos que habían podido comer, con los gritos estridentes de las mujeres fáciles, toda esa vieja sociedad que se atiborraba, mientras que nosotros, la juventud de Europa, estábamos allí con nuestros muertos, nuestros heridos, nuestros sufrimientos. ¿Creen que en esos momentos no juramos construir algún día un mundo limpio y justo?

Los soldados que combatieron en Rusia habrán sufrido lo que ningún otro soldado antes que ellos había sufrido jamás. Todos los veteranos de la Gran Guerra que están en el frente ruso lo dicen al unísono. Estos hombres llegan al fondo del vacío del alma. Durante semanas y semanas, viven en agujeros de barro y nieve. Durante años, han conocido paisajes desesperantes, cerca de esas isbas de adobe amasado. Durante años, cientos de miles de jóvenes han hecho este inmenso sacrificio de su juventud, de sus comodidades, de todas sus esperanzas. ¿Qué mayor sacrificio se puede hacer por la fe que vivir en estos paisajes húmedos, o ante estas nieves que silban, que no ver nunca nada bello, ni una catedral que canta en el cielo, ni un rostro que sonríe; no ver nunca ojos que miran con ternura; no respirar nunca bajo la dulzura de nuestros cielos, y saber que la muerte nos acecha sin cesar? ¿Creéis que habríamos sufrido todo esto para que las mismas decenas de magnates explotaran a millones de trabajadores, para que la juventud no pudiera ni respirar ni vivir? Pero recuerden cómo era la Alemania anterior a Hitler, esa Alemania podrida de demócratas cristianos y marxistas, cómo era la Francia decadente, donde el pueblo era objeto de la más vergonzosa estafa, donde millones de trabajadores no conocían ni el respeto ni la alegría de vivir y recibían vacaciones pagadas como una limosna, para que jugaran a ser pequeños burgueses.

Revolución del Pueblo.

En toda Europa, el pueblo era infeliz, en todas partes la felicidad estaba monopolizada por unas pocas docenas de monstruos anónimos: la felicidad material encerrada en las cajas fuertes de los bancos, la felicidad espiritual sofocada por todas las formas de corrupción. Europa era vieja porque no era feliz; los pueblos ya no sonreían porque ya no se sentían vivos.

En este mismo momento, ¿qué sigue pasando? Si miramos París o Bruselas, encontramos en los suburbios a la misma gente humillada, con salarios de hambre, con una alimentación de leprosos. Llegamos a los bulevares y nos encontramos con esos grandes pachás insolentes, atiborrados de filetes y billetes de mil, que te dicen: «La guerra es práctica: antes de la guerra ganábamos, durante la guerra ganamos, después de la guerra ganaremos». Pues bien, que cuenten con ello al final, ganarán nuestras descargas de ametralladora, ganarán la cuerda de los ahorcados.

Porque lo que más nos interesa de la guerra es la revolución que vendrá después, es devolver a esos millones de familias obreras la alegría de vivir, es que los millones de trabajadores europeos se sientan seres libres, orgullosos, respetados, es que en toda Europa el capital deje de ser un instrumento de dominación de los pueblos para convertirse en un instrumento al servicio de la felicidad de los pueblos.

La guerra no puede terminar sin el triunfo de la revolución socialista, sin que los trabajadores de las fábricas y los trabajadores del campo sean salvados por la juventud revolucionaria. Es el pueblo el que paga, es el pueblo el que sufre. La gran experiencia del frente ruso lo demuestra una vez más. El pueblo ha demostrado que es capaz de hacer su revolución sin los intelectuales. En nuestras filas, el ochenta por ciento de nuestros voluntarios son obreros. Han demostrado que tienen la mente más clara y que ven más lejos que miles de intelectuales que solo tienen tinta en el plumín, nada en la cabeza y, sobre todo, nada en el corazón, intelectuales que se autoproclaman la élite. Todo eso se ha acabado.

Las verdaderas élites se forman en el frente, en el frente se crea una caballería, en el frente nacen jóvenes líderes. La verdadera élite del mañana está ahí, lejos de los chismes de las grandes ciudades, lejos de la hipocresía y la esterilidad de las masas que ya no comprenden. Se crea durante combates grandiosos y trágicos, como los del cerco de Cherkasy. Para nosotros fue una alegría soberana encontrarnos allí entre jóvenes venidos de todos los rincones de Europa. Había allí miles de alemanes de la vieja Alemania, hombres del Báltico —en particular el batallón Narva con los letones, los grandes muchachos rubios de los países escandinavos, los daneses, los holandeses, nuestros hermanos de armas flamencos, los húngaros y los rumanos. También había algunos franceses que os representaban en esa refriega, mientras que muchos de vuestros compatriotas se encontraban comprometidos en otros sectores del frente oriental. Y entre todos nosotros se estableció una fraternidad completa, porque todo ha cambiado desde la guerra. Cuando vemos en nuestra patria a un viejo burgués holgazán, no consideramos que ese hombre forme parte de nuestra raza, pero cuando vemos a un joven revolucionario de Alemania, o de cualquier otro lugar, consideramos que ese sí es de nuestra patria, ya que estamos con la juventud y con la Revolución.

Somos soldados políticos, la insignia de las SS muestra a Europa dónde está la verdad política, dónde está la verdad social y, uniéndonos desde todas partes a este ejército político del Führer, preparamos los cuadros políticos de la posguerra. Mañana, Europa tendrá unas élites como nunca antes había tenido. Un año de jóvenes apóstoles, de jóvenes místicos, impulsados por una fe que nada detendrá, saldrá algún día de este gran seminario del frente. También ahí, franceses, hay que estar presentes.

Levántate, Francia.

Si un pequeño pueblo como el nuestro aporta tantos hombres al ejército alemán, si los valones han sido los legionarios que más muertos y heridos han dado a la causa de Europa, si más de dos mil de nuestros camaradas han muerto, desaparecido o están en los hospitales, si nos hemos convertido en una brigada, nos hemos jurado ser este mismo año una división (¡una división para cuatro millones de valones!), es porque sabemos que, en la medida en que estemos presentes en el frente, estaremos presentes después de la guerra. Y ustedes, franceses, deben decir lo mismo. Los pueblos no viven solo de su pasado. Francia no tiene derecho a ser una segunda Grecia, a ser una Roma decadente. Les queda una juventud magnífica, una raza fuerte. Y me atrevo a decirles que no basta con dar discursos a los alemanes, que no basta con explicar quiénes fueron Bayard, Luis XIV y Napoleón. Su pasado les impone el deber de estar a la altura de lo que ha vivido Francia.

Francia tiene cientos de miles de jóvenes capaces de defender su bandera, capaces de demostrar que sois un antiguo pueblo de soldados. Ya no es momento de representaciones simbólicas. Los símbolos son buenos para los poetas. Para nosotros, solo cuenta la acción. Un país antiguo como Francia no puede conformarse con símbolos. No se envían delegaciones al frente, como se enviaban delegaciones parlamentarias. Francia no puede contentarse con enviar solo a unos pocos franceses para representarla ante el mundo. Nos encontramos en un momento en el que no solo hay que demostrar que estamos con Alemania, y por tanto con Europa, sino en el que cada pueblo debe labrarse su lugar con sus sacrificios. El tiempo de la literatura ha pasado. La tinta de los plumas se seca rápidamente, pero la sangre de los jóvenes héroes atravesará Europa como un río de vida. Les corresponde a ustedes elegir entre este río de vida o la desecación de los pueblos estériles.

Ya se pueden albergar todas las esperanzas en cuanto a su elección. El hecho de que tantos franceses hayan vestido este glorioso uniforme, ayer uniforme de Alemania, hoy uniforme de Europa, el hecho de que tantos jóvenes franceses hayan superado la barrera de los prejuicios y la estupidez para servir en el mismo ejército que nuestros camaradas del Reich, demuestra que en su país sigue existiendo un fervor y una vivacidad intelectual. Las múltiples experiencias de la juventud francesa demuestran que no solo busca la forma de ser útil, sino también de superarse: están los jóvenes franceses de la Legión, los jóvenes franceses de las Waffen SS, los jóvenes franceses que incluso estaban en nuestras filas.

Hace unos meses, me sorprendió encontrar franceses con nosotros en el Dniéper. Estos franceses habían entablado amistad en los campos de trabajo de Alemania con jóvenes belgas de lengua francesa, y así, en los momentos más trágicos, nuestra brigada contaba con chicos del norte, chicos de París, incluso teníamos un chico de Marsella. ¡Le costaba hacernos creer que era de Bruselas! Y estos jóvenes franceses, que luchaban con nosotros y a los que considerábamos verdaderos camaradas, tenían una conmovedora necesidad de demostrar que estaban allí.

Siempre recordaré una de nuestras batallas más duras en el bosque de Tscherkassy. Era la víspera de Navidad, el 23 de diciembre, y trescientos hombres tuvimos que pasar la noche atravesando las líneas rusas y cruzando las barreras soviéticas para atacar un gran pueblo a siete kilómetros de sus espaldas. Todavía quedaban unos veinte metros por saltar. Teníamos que saltar para alcanzar una gran meseta y yo tenía cerca de mí a un obrero de París. En el momento en que había que pasar sin falta, me gritó: «Te voy a demostrar que los parisinos tienen agallas». Llegamos a la meseta y allí cayó un proyectil que le arrancó un brazo y le abrió el vientre. Como yo quería llevar a este pequeño parisino a la retaguardia, él pronunció estas magníficas palabras: «No, estoy perdido, pero quiero veros ganar de todos modos». Luego, arrastrándose hasta un montón de paja, se subió para vernos luchar. Cuando, al final de la batalla, fui a buscarlo, el pequeño parisino estaba allí, con el vientre abierto y el brazo amputado. De pie, en su pajar, ¡nos había visto vencer! Pues bien, ese pequeño parisino, muerto allí, en el bosque de Tscherkassy, será para ustedes un modelo a seguir. Francia debe mantenerse en pie, Francia debe dar su sangre. La Europa del mañana será la Europa de los soldados.

La «Francia sola»: caricatura del nacionalismo.

Y sin embargo, frente a estos ejemplos, hay gente entre ustedes que espera, gente que se entrega a cálculos sórdidos: «No sabemos cómo acabará esto, dicen, estemos al cincuenta por ciento del lado de los alemanes y al cincuenta por ciento del lado de los estadounidenses. Estaremos bien con unos en París, pero prepararemos con los otros todas las pequeñas intrigas en el norte de África. De todos modos, hay que arreglárselas para estar bien con el vencedor». Son cálculos de banqueros, cálculos de aventureros. Cuando se es el antiguo pueblo de Francia, solo se calcula dónde están el deber y el honor, y nada más. Y luego está el antiguo nacionalismo restrictivo, el de «solo Francia». Haber abrazado a los veinte años las columnas rosas de la Acrópolis, haber gritado a los veinte años: «Soy romano», ser de Atenas y de Roma, ser de Provenza o de París, todo eso debería haber llevado a ser de Europa. Un francés no puede ser hoy solo de Francia. Un francés es de Europa. Es solidario con la civilización de Baviera, de Atenas, de Madrid, de los Países Bajos o de Prusia. Somos la misma unidad y el mismo peligro nos acecha. Si mañana invaden los soviéticos, ¿qué será de Francia sola? ¡No se detendrá a los mosquitos con fardos de viejos periódicos amarillentos! Francia debe comprender que este nacionalismo restrictivo es una caricatura del nacionalismo. O Francia se une a Europa, o perecerá con ella, pero Francia no se quedará sola. Ya nadie puede quedarse solo. Porque ahora, por encima de todas las patrias, está la gran patria europea, nuestra civilización, nuestra sangre, nuestra vida. Seamos hijos de París o hijos de Bruselas, todos somos hijos de Europa, desde el Báltico hasta Gibraltar.

Los que lo han comprendido.

Es una verdadera alegría para nosotros, que regresamos del frente, ver aquí en Francia a miles de hombres que lo comprenden, nacionalistas franceses que se muestran fuertes y que han superado la estrechez del nacionalismo altivo y agresivo de antes de la guerra.

Doriot ha comprendido tan bien que, en una época histórica como la nuestra, solo se puede dirigir a los pueblos mezclándose con la guerra y el sufrimiento de su pueblo, esperando la hora del heroísmo y la grandeza. Doriot permaneció dos años en Rusia. Esos dos años contarán doble más adelante. Francia, como los demás países de Europa, será de los soldados, y prefiero cien mil veces más al teniente Doriot con su Cruz de Hierro que a un Doriot con monumentales carteras después de la guerra. Soldados, trabajaremos codo con codo, como verdaderos camaradas. Caomo políticos, siempre habríamos seguido siendo adversarios astutos.

Ahora hay entre ustedes un hombre que sabe que la vida de los canallas no tiene absolutamente ninguna importancia. Cuando hay gente que envenena a los pueblos, cuando hay asesinos, no es momento de hacer reverencias ni de poner en marcha toda la vieja maquinaria solemne de una justicia que era la protección de los culpables, en lugar de ser la represión del crimen. Ha llegado el momento de condenar a esos asesinos. No es necesario contar con viejos decrépitos que han estudiado derecho durante años y que al final ya no se orientan en los artículos de la ley. Basta con contar con unos cuantos hombres robustos que sepan dónde está el bien y dónde está el mal.

Un Darnand ha comprendido lo que es la revolución europea. No tiene miedo de decirse SS. Sus fuerzas en Francia no se despiertan por una justicia pasajera y sumaria; no se despiertan para que los burgueses duerman, ni siquiera para que lo encuentren bien.

Ahora que Darnand está aplastando a los terroristas, los burgueses se dicen: «Podremos volver a los trenes, podremos volver a ir a la provincia, traeremos pollos, quesos, haremos mercado negro. ¡Ah! Darnand es un tipo estupendo»

Conozco lo suficiente a los jóvenes revolucionarios de Europa como para saber que no es por los pollos y los quesos de los burgueses por lo que se está limpiando la resistencia, ni siquiera es para reprimir el terrorismo por lo que se han levantado estas fuerzas, ya que se trata solo de una limpieza preliminar. Estas fuerzas se han levantado en Francia para llevar a cabo, codo con codo con todos los jóvenes revolucionarios de Europa, la gran revolución socialista que el pueblo espera. Por otra parte, el pueblo no esperará mucho tiempo. Ya ha sufrido bastante con los movimientos llamados «de derecha», los movimientos aburguesados. Abrumado por coroneles, acribillado por los grandes bancos. El gaullismo tuvo esto de bueno, que os liberó de ese peso muerto y de un montón de viejas que os hacían ridículos. Ahora, evidentemente, ya no hay esas fantásticas multitudes, sin cabeza y sin corazón, en las que se gastaba mucha gasolina para no llegar a nada. Ahora no sois gran cosa porque es el principio. Pero sois algo. Ya veis que os hablo con franqueza. Sois unos pocos miles de hombres que están empezando; que empiezan por dentro, que han empezado en el frente, que deben hacer infinitamente más. Si os quedáis en el frente dos o tres mil hombres, es insuficiente. Un pueblo como Francia no lucha con dos o tres mil hombres.

Cada pueblo debe ganarse su lugar.

En los partidos nacionales, hay ahora en Francia hombres que han comprendido que hay que trabajar con toda Europa, que han comprendido sobre todo que la unidad revolucionaria de Europa es la SS. La primera, la SS tuvo el valor de ir recto, de golpear fuerte y de querer la verdadera revolución socialista. Desde hace uno o dos años, en el frente, hemos visto a Francia. Y ahora, en el interior, vemos a Francia: la Francia de De Brinon, de Déat, de Doriot, de Darnand y, sobre todo, la Francia de la juventud. Vemos algo más que tipos insignificantes en las esquinas de los bares, con el cigarrillo cayéndose y el pernod listo para ser bebido. Vemos a chicos altos y bien formados, capaces de hacer la revolución y de elegir después a una chica guapa en Francia, para darle hijos vigorosos.

Desde hace años, ustedes han tenido, proporcionalmente, tres veces menos hijos que los rusos y dos veces menos que los alemanes. Por otra parte, uno se pregunta por qué en este país del amor. ¡El amor no puede existir sin los hijos! ¿No son ellos la poesía y la resurrección del amor?

Esta baja natalidad era uno de los síntomas de la impotencia general de los pueblos democráticos, impotencia para pensar a largo plazo, impotencia para ser audaces, impotencia ante el fervor revolucionario e impotencia ante las privaciones, ante los sufrimientos sombríos. Hay que decirles, franceses, que han perdido cincuenta años en una Europa de soldados, que lucha, que muestra su valor, que necesita ser heroica, pero que prepara una revolución social y unas bases morales para cada pueblo. Ya no es posible que cientos de miles de hombres hayan muerto, impulsados por las virtudes más sublimes, para que luego volvamos al estiércol de la mediocridad, la bajeza y la cobardía. El frente no solo crea las fuerzas de salvación en el terreno militar, fuerzas revolucionarias que mañana lo atravesarán todo, sino que prepara la revolución más necesaria para Europa: la revolución espiritual. Necesitamos hombres rectos y puros, que sepan que las mayores alegrías del hombre están en el alma. No admitiremos más la mediocridad de las almas, no admitiremos más que los hombres vivan para alegrías sórdidas, para su egoísmo, en una atmósfera estrecha. Queremos elevar a los pueblos, devolverles el apetito, la grandeza. Queremos que los pueblos tengan esas alegrías soberanas de elevarse por encima de la vida cotidiana.

Por eso, queridos camaradas, debemos estar unidos. Europa, levantada contra el comunismo para defender nuestra civilización, nuestro patrimonio espiritual y nuestras antiguas ciudades, debe estar unida, y cada pueblo debe merecer su lugar, no sumando el pasado, sino dando la sangre que lava y purifica. Europa debe estar unida para realizar, bajo el signo de las SS, la revolución nacionalsocialista y para llevar a las almas la revolución de las almas.

Sin Hitler, Europa estaba perdida.

Y por encima de este inmenso levantamiento de la juventud, ordenando a esta juventud y vigilando esta revolución, se alza, frente a las fuerzas bárbaras, un hombre robusto, nacido del pueblo, pueblo hasta la médula, pero quemado por un fuego irresistible, el Führer. Sin él, ¿qué sería de Europa? Si el Führer no hubiera reunido a su pueblo, ¿dónde estaría hoy el bolchevismo? ¿Quién de vuestros coroneles lo habría detenido, quién habría sido capaz de contener ese torrente abominable? A estas alturas, Europa debe decirse que sin Hitler estaría perdida, y Europa debe decirse que, sin embargo, ha hecho todo lo posible para que Hitler no pueda detener a los rusos. Hitler veía el terrible peligro del comunismo, estaba dispuesto a sacrificar lo mejor de su juventud para salvar a todo el mundo, y en el momento en que debía dedicar toda su energía a esta tarea de salvación europea, los sucios pequeños agentes provocadores, los Blum y los Mandel, los Daladier y los Reynaud, los plutócratas de Londres, los judíos de Nueva York, toda esa gente le preparaba la puñalada por la espalda de 1939. Un año abominable, un año en el que Francia se puso en estado de pecado mortal, en el que Francia, que estaba ahí, detrás de Alemania, para apoyarla, para animarla, para unir su sangre a la suya, porque estaba en juego la salvación de todos, se dejó manipular por canallas y vendidos, que creían que todo se arreglaría siempre y que podía dejar hacer. Hoy ha llegado el momento de reparar eso. No es posible que este magnífico hombre tenga que decirse que su pueblo es el único que sufre, sería una injusticia espantosa que toda Europa se salvara solo con la sangre de la juventud alemana. En cualquier caso, en lo que respecta a mi pueblo, nunca lo soportaré. Daremos toda la sangre que sea necesaria. Alemania tiene derecho a ello. Queremos que la sangre de nuestros camaradas se mezcle con la sangre alemana. Igualdad en la sangre, justicia en la sangre, si queremos justicia, mañana, en la victoria.

Después de haberlo salvado todo a tiempo, el Führer nos salva cada día a todos, alemanes, franceses o belgas. Sin su genio tan tranquilo, sin ese extraordinario dominio de sí mismo, ¿quién sería capaz en este momento de mantener y salvar todas las fuerzas de Europa? Recordaré toda mi vida esta oposición: hace ahora tres semanas, habíamos atravesado las líneas rusas durante ochenta kilómetros. Habíamos frustrado los planes soviéticos. Todo un ejército rompía las barreras de los rojos y llegaba a la liberación. Y en el momento en que estábamos en nuestras nuevas líneas tras la victoria, un pequeño Fieseler descendió sobre la nieve, me llevó hasta donde estaba el avión del Führer y, a las once de la noche, me encontraba en esos grandes bosques donde se encuentran los barracones del Gran Cuartel General. Por la mañana me encontraba en medio de una barbarie abyecta, veía todo lo que amenazaba a Europa, todavía tenía los ojos llenos de esos rostros horribles, con los que me encontraba cada día en los combates cuerpo a cuerpo, y en la gran noche, a través de los bosques de abetos y los lagos, me encontré de repente frente a la larga barraca de tablas , la barraca de un dibujante técnico con grandes mesas de madera pulida, lámparas de hierro, y a ese hombre solo inclinado sobre los mapas, ese hombre dulce y bueno. Las multitudes ven al Führer desde lejos y apenas conocen en el extranjero a este hombre afectuoso, este hombre que te toma de las manos como alguien de tu familia, ese hombre cuyos ojos están llenos de dulzura, cuya voz de repente se anima, cuya mirada brilla, ese hombre que allí, día y noche, trabaja en silencio, consciente del papel que desempeña. Vemos a los demás, a Stalin con su cara salvaje y bigotuda, a Churchill, viejo borracho desplomado en un uniforme dispar, Roosevelt cojeando, con el pelo revuelto, flanqueado por su musa. Todo eso es desorden, todo eso representa intereses monstruosos. Rodeada de todos estos peligros, nuestra gran península florida, con su sol y sus piedras doradas, con sus rostros humanos, con sus niños rubios o morenos, y protegiendo sus tesoros milenarios, este hombre bueno parece enviado por el cielo. Sin él, todo estaría perdido, sin él nada sería posible hoy. Incluso sus primeros esfuerzos, ¿cómo los habrían podido realizar si su ignominioso frente popular hubiera continuado con su dictadura demagógica, si siempre hubieran tenido sus hordas de políticos? Hitler dio a cada pueblo la oportunidad de salvarse. Sin él, los nacionalistas estaban perdidos en cada patria. Hitler ha salvado a Europa del comunismo, Hitler prepara la revolución nacionalsocialista, que liberará a los pueblos de toda Europa.

Sin este hombre providencial, nuestras vidas estarían perdidas. Si hoy estamos en el frente, es para salvar nuestras patrias, es para protegernos del comunismo, es para construir la revolución, pero también es porque amamos al Führer, porque sabemos que la salvación de Europa habrá sido obra suya. Jóvenes de toda Europa lúcida, que ven la revolución, que ven la grandeza que nos acoge, sabemos que es al Führer a quien debemos esta liberación de las almas. Gracias a él, nuestra juventud no habrá sido en vano, gracias a él Europa recuperará algún día la sonrisa y la bondad. Tengamos, queridos camaradas franceses, el reconocimiento de las almas rectas. Puesto que al Führer le deberemos lo mejor del futuro, volvámonos hacia él y digámosle que toda la juventud de Europa está a su lado, que tendrá la sangre, que tendrá la disciplina, que tendrá el don de las almas.