Cuando se inició la Guerra Civil, el general
Francisco Franco había cumplido 43 años. Murió a los 82 años, así que estaba
entonces a media vida. Nació durante la Restauración y pudo asistir
personalmente a los fracasos de nuestra historia desde aquella época. Hemos
dado un primer examen global al ciclo franquista y realizado una valoración de conjunto lo más objetiva posible (véase POR UN JUICIO CRÍTICO AL FRANQUISMO, y GUERRACIVILISMO EN EL SIGLO XXI), luego, en la serie ANTECEDENTES HISTORICOS DEL FRANQUISMO, tratamos de encuadrar los años de infancia, juventud y madurez previos a la guerra civil en el tiempo que le todo vivir (LA RESTAURACIÓN Y EL DESASTRE DEL 98, PISTOLERISMO, TERRORRISMO Y MAGNICIDIOS, EL FRACASO DE LA PRIMERA DICTADURA, EL FRACASO DE LA SEGUNDA REPÚBLICA). Realizados estos jalones con la mayor objetividad posible, se trata ahora de seguir
la vida de Franco en esos primeros 43 años. Así que, tras unas breves notas
sobre sus precedentes familiares, insistiremos, sobre todo, en
su carrera militar hasta el 18 de julio de 1936. Y es que, prácticamente hasta
esa fecha, la vida de Franco estaba centrada, sobre todo, en la milicia. La
política le interesaba muy poco (o quizás nada). El "Franco-político", se inicia
justo después del último parte de guerra. Hasta entonces había sido un militar
particularmente prudente en lo político, católico, patriota, monárquico y de
derechas, pero nunca un extremista e, incluso muy alejado del falangismo y del tradicionalismo carlista. A partir
del 1º de abril de 1939, se vio obligado a ejercer como político durante 35
años, 8 meses y 20 días.
1. Infancia y familia
La vida y la trayectoria de un hombre es
inseparable de su nacimiento y del contexto familiar y nacional en el que vivió
sus primeros años. De hecho, casi podríamos decir, que definiendo estos
parámetros, estaremos definiendo también la vida y la obra de Franco.
Francisco Franco Bahamonde nació el 4 de
diciembre de 1892 en Ferrol (A Coruña), una ciudad muy ligada a la Marina
española. Él mismo tuvo una vocación marinera que estuvo presente hasta sus
últimos años. Su padre, Nicolás Franco Salgado-Araujo, era oficial de la marina
y, como tal, estuvo ausente del domicilio familiar durante períodos
prolongados. Se carácter era liberal e, incluso, con notaciones anticlericales.
Las largas ausencias del padre hicieron que asumiera los rasgos propios de la
madre, Pilar Bahamonde y Pardo de Andrade, extremadamente católica,
conservadora y madre tradicional protectora. Parece muy evidente que Franco
recibió de la madre, ya desde la infancia, las ideas que le acompañaron durante
toda su vida y que trató de transmitir a la nación española: catolicismo,
conservadurismo, paternalismo y sentido de la disciplina. La familia, por lo
demás, pertenecía a la clase media, equidistante por completo de las familias
oligárquicas, pero también de la pobreza endémica ampliamente presente en la
sociedad española de aquellos años.
Sus biógrafos más imparciales han definido la
infancia de Franco con unos rasgos que parecen verosímiles y propios del
contexto social de su familia y de su situación familiar. En ninguno de estos
rasgos aparece la capacidad de liderazgo, ni ambiciones de poder. Era, más
bien, reservado, hablaba poco y no solía expresar sus emociones; disciplinado y
perseverante, tenía un comportamiento escolar disciplinado y obediente, no era
en absoluto un rebelde, y entre sus virtudes, unánimemente destacadas, figuraba
lo que hoy se llama “resiliencia”, esto es, la facilidad para sobreponerse a
frustraciones y golpes del destino.
Vale la pena superponer estos rasgos al contexto
histórico que vivió en su infancia y hasta su ingreso en la Academia de
Infantería de Toledo en 1904, a la edad de 14 años.
Cuando empezaba a tener uso de razón a los 7 años
de edad, España sufrió la crisis finisecular: pérdida de las últimas colonias
de América como desenlace de la guerra hispanoamericana, frustración nacional
indescriptible, en lo que constituyó la primera gran crisis de la Restauración.
A esto se unió el que, a partir de entonces, se agudizaron los conflictos
sociales. Los dieciocho años que median entre el nacimiento de Franco y la culminación
de su formación militar en Toledo, sino también los años que ven a Pablo
Iglesias, fundados del PSOE, obtener un acta de diputado en 1910, el mismo año
en el que se crea la CNT, la crisis de la masonería, considerada como culpable
del desastre del 98 o la Semana Trágica barcelonesa de 1909, con su oleada de
anticlericalismo.
Ni que decir tiene que el control del poder
estaba en manos de una oligarquía compuesta por terratenientes, industriales
(especialmente catalanes y vascos) y banqueros, grupos hegemónicos durante la
Restauración y que gobernaban gracias al caciquismo. Las clases medias eran
todavía muy débiles y concentradas en algunas ciudades. La estructura económica
de España implicaba, pues, un sector primario muy fuerte y verdadero motor de
la economía, con una discreta industrialización situada en la periferia del país;
de estos dos sectores habían surgido las “clases populares”: jornaleros
agrícolas y proletarios industriales.
Al producirse el desastre del 98, pareció surgir
una reacción intelectual que inició una reflexión sobre la decadencia de España
y, entre otras cosas, recordó que en 1900 dos tercios de los españoles no
sabían leer ni escribir. Esto implicaba la necesidad de realizar un esfuerzo
pedagógico si se pretendía -como era el objetivo de la “Generación del 98”-
recuperar el tiempo perdido y “europeizar” a España. Apareció una izquierda
intelectual, excrecencia de los principios masónicos (un ambiente en crisis a
partir del 98 y hasta final de la dictadura de Primo de Rivera) y, en buena
medida, representada por la Institución Libre de Enseñanza, que atribuía el
atraso de España a la influencia del catolicismo en la vida social.
Todos los intelectuales, tanto conservadores como
progresistas, advirtieron que se estaban acelerando en aquellos años los
tránsitos del campo a la ciudad y que, de seguir así, era necesario evitar que
la transformación del jornalero agrícola en proletario industrial, acarreara
consecuencias sociales indeseadas, especialmente en las grandes ciudades en
donde se estaba concentrando: Madrid, Barcelona y Bilbao. Existían amplias
zonas de España que debían industrializarse para evitar, como estaba ocurriendo,
que aparecieran desequilibrios regionales. Tanto para conservadores como para
progresistas, el hecho de que en 1900, el 72% de la población viviera de la
agricultura y ajena a la revolución tecnológica que estaba teniendo lugar era
una de las causas del estancamiento y la decadencia de España.
El joven Francisco Franco recibió todas estas
influencias familiares y contextuales. Y, de hecho, su política, en cuanto tuvo
las riendas del Estado, obedeció a las ideas del regeneracionismo español que
constituyeron para él una constante, por encime de cualquier otra influencia.









