martes, 24 de febrero de 2026

VISTA A LA IZQUIERDA: NO ACEPTAR LA DERROTA Y NO RECTIFICAR CONDUCE A MORIR SIN DIGNIDAD… (3 de 3) - Algunas conclusiones provisionales

1) No hay diferencias sustanciales entre “izquierda” (PSOE) y “extrema-izquierda”:

Entre el pedrosanchismo y la extrema-izquierda, tal como están configurados en la actualidad, no existen diferencias sustanciales. El PSOE de hoy es lo que las circunstancias requieran para que su líder siga en La Moncloa. La extrema-izquierda no es más que una muleta para que el sanchismo siga en el poder. La mala excusa del “antifascismo” o de “cerrar el paso a Vox” es común a ambos sectores y en el que ambos se refugian para justificar sus posiciones. Votar al PSOE o votar a cualquier oferta de extrema-izquierda, supone, a fin de cuentas, votar a lo mismo: el “frente de izquierdas” no existe, pero sí actúa con una práctica utilitarista y de supervivencia.

2) El cambio de ciclo político es un trasvase de votos de la izquierda a la derecha.

A diferencia de anteriores momentos, en la pequeña historia de la democracia española, los dos factores que garantizaban las mayorías de gobierno (el centro-derecha y el centro-izquierda por un lado, y el trasvase de votos del centro-derecha al centro-izquierda y viceversa) ya no constituyen los rasgos dominantes. Estas pautas han sido sustituidas por otras: los votos que se pierden en la izquierda (el centro-izquierda ya ha desaparecido) ya no van a parar a otras formaciones de izquierdas, ni siquiera al centro-derecha (que también se encuentra en recesión), sino a Vox. Tránsitos similares han ocurrido en Europa y ahora empiezan a producirse en España. Vox, por su parte, no busca sumar votos en los caladeros del PP, sino en los que hasta ahora han sido feudos de la izquierda.

3) Ese trasvase de votos está generado es uno de los efectos de la inmigración masiva.

La única explicación a este trasvase de votos es el impacto que ha tenido en los últimos 30 años ya inmigración masiva y descontrolada. “Masiva” porque en estos momentos uno de cada cuatro residentes en territorio nacional, o han nacido fuera de España o se muestran aferrados a la cultura de sus padres. Y “descontrolada” porque no ha llegado la inmigración “necesaria”, sino la que ha querido instalarse en España y disfrutar de las conquistas que el pueblo español ha construido con su esfuerzo y sus impuestos. En tanto que “masiva” y “descontrolada”, esta inmigración ha generado problemas de todo tipo (desde simples molestias en la convivencia hasta el aumento asindótico de los delitos más odiosos de carácter sexual o de gravedad extrema), generando un rechazo cada vez más generalizado, especialmente en las zonas donde conviven bolsas de inmigrantes con españoles.

4) No existe “una izquierda”, existen tantas izquierdas como intereses personales de sus líderes.

A principios de los años 80, se evidenció el fracaso del análisis marxista y del “socialismo real”. Los partidos socialistas se transformaron en “socialdemócratas”, aceptando la convivencia con el liberalismo y el capitalismo, proponiendo una serie de “reformas” para marchar hacia una “sociedad más justa”. Pero la gran crisis económica de 2007-2011 demostró que, a la hora de la verdad, los gobiernos socialistas europeos cuidaron más salvar al sistema capitalista que a sus propias poblaciones (en España, los “Planes” de ZP para afrontar la crisis y “crear empleos” costaron entre 400 y 500.000 millones de euros, beneficiando solo a la patronal de la construcción y a la banca). Desde entonces, la izquierda ha estado desnortada, sin saber bien hacia dónde dirigirse. La esperanza en una “nueva izquierda” (el “movimiento de los indignados”) se difuminó muy pronto. Desde entonces, todos los “proyectos de izquierda”, de cualquier tonalidad, no han pasado de ser tablas de salvación personales de sus líderes, sin el respaldo de ningún proyecto político de Estado.

5) Las “operaciones unitarias” no son más que intentos personales de conservar actas de diputados.

Desde la quiebra de la URSS en el último tercio de los 80 y, con él, la interrupción de subvenciones de los Países del Este, al PCE, en éste se iniciaron las escisiones y la búsqueda de alternativas. El PCE, siguiendo las enseñanzas historias, recurrió a la “política frentista” creando Izquierda Unida, que todavía existe, si bien es hoy solamente, el PCE y algunas individualidades); pero los avances fueron pocos y los retrocesos muchos a partir de la retirada de Julio Anguita. Desde entonces, se han sucedido más y más “operaciones unitarias” que han tratado de agrupar a formaciones cada vez más pequeñas y que aparecían en mayor número. Hoy, las operaciones de “unidad de la izquierda”, más parecen colmenas u hormigueros mal avenidos en las que hace falta poner de acuerdo a cada vez más partes y en la que cada una pide solo obtener o revalidar el acta de diputado o la concejalía que le garantizará supervivencia personal. El problema es que, en la actualidad, el número de aspirantes a obtener un acta es superior al que los votos de la izquierda pueden garantizar. Olvidados los proyectos políticos, detrás de cada “proyecto unitario” se esconden los “proyectos personales” de sus impulsores.

6) Solamente entre los “trabajadores de la cultura” la izquierda sigue siendo hegemónica.

La izquierda ha ido perdiendo, uno a uno, todos sus bastiones: el mundo del trabajo, no solamente no es de izquierdas, sino que los sindicatos se han convertido en un residuo de otro tiempo, “interlocutores sociales” de bajo coste cuyos dirigentes firman cualquier cosa que se les ponga bajo los mocos con tal de no volver al tajo y asegurarse un sueldo hasta la jubilación. Los barrios obreros están dejando de votar a la izquierda y se pasan en masa a Vox. Sobre los jóvenes, el tránsito a la derecha es notable y reconocido por todas las encuestas. Incluso los hábitos que se generaron en los últimos años del milenio anterior y en los primeros de este (botellones, alcoholismo, toxicomanías), remiten y la juventud se vuelve más conservadora al entrever que ellos han sido las primeras víctimas de las políticas de izquierda. El campo se ha perdido irremisiblemente para la izquierda. En las universidades, la coalición entre profesores con viejas ideas izquierdistas y minorías activistas de izquierdas, unido a la pusilanimidad de las autoridades académicas y a su deseo de evitar violencias, dan la sensación de que existe todavía una hegemonía marxista en las aulas; es una ilusión: en un par de cursos se verá hasta qué punto el “giro a la derecha” de la juventud va a derribar ese mito.

Solamente entre “los trabajadores de la cultura” existe una hegemonía izquierdista… que también hay que relativizar. En los próximos Premios Goya ni una sola película de las nominadas ha cubierto los gastos de producción. En otras palabras, “los trabajadores de la cultura” son los grandes beneficiarios de las políticas de izquierda: sin esas políticas, ni una sola de sus películas “nominadas” este año hubiera visto la luz. Por otra parte, el que estas producciones vayan hacia un lado y el sentir de la población se mueva hacia otro, explica suficientemente el porqué el cine español está siendo abandonado por el público español.

7) Hoy la izquierda está “regionalizada”, rasgo propio de una situación de crisis profunda.

Desde la transición, se hizo evidente que la ausencia durante cuarenta años de la izquierda en el poder, había operado un fenómeno perverso pero significativo: el PSOE empezó a crear sucursales regionales: ya no se trataba de “Federaciones del PSOE”, sino de “Partidos Socialistas de tal o cual región”. El PCE siguió más o menos, el mismo esquema con la intención de “aproximar” las siglas a los electores. Incluso la derecha imitó esta “regionalización”. Fue así como aparecieron los “barones” en los dos grandes partidos y una multitud de líderes, primero regionales, luego comarcales y, finalmente, locales cada uno de los cuales estaba celoso de su autonomía y de orientarse hacia sus “electores naturales”. Esta tendencia se vio acelerada por la caída de los referentes históricos de la izquierda, el hundimiento del marxismo como “método científico”, la ignorancia creciente de los rasgos históricos del socialismo y de la socialdemocracia, por los nuevos líderes del PSOE que, empezando por ZP, llegaban al poder con unas podas ideas mundialistas y globalizadoras de moda en ese momento. Las escisiones y los pequeños grupos que aparecieron aquí y allí, terminaron convirtiéndose en “partidos” cuyo horizonte se circunscribía, en el mejor de los casos, a una sola región, y en muchos casos a una sola provincia, o, incluso a una sola ciudad. La pérdida de referentes comunes y el recurso a tópicos (ecologismo, ecopacifismo, animalismo, feminismo, derechos humanos, antimilitarismo, galaxia LGTBIQ+, etc) mal aprendidos y peor explicados, terminó convirtiendo a la izquierda en microtaifas imposibles de gobernar sin un referente común que operase como cemento unitario.

8) La izquierda ha olvidado lo que es la “razón de Estado”.

Los fenómenos descritos anteriormente han facilitado el que la izquierda fuera olvidando cada vez más lo que es la “razón de Estado” y, poco a poco, se alejara, especialmente con la subida al poder de ZP, de las “políticas de Estado” (que era lógico y obligado que negociara con la oposición). La atomización de la izquierda y las necesidades del mantenimiento de la mayoría parlamentaria cuando ningún partido obtenía mayoría absoluta, hicieron que resultara imposible cualquier reforma necesaria de la constitución (que inmediatamente a su aprobación demostró carencias graves y agujeros negros) e incluso la aprobación de leyes necesarias (no existe un Plan Hidrológico Nacional, por ejemplo). A medida que se iban sentando en los bancos del congreso, diputados cada vez más indigentes intelectualmente hablando, preocupados solo por volver a ser reelegidos y por ir haciendo méritos ante sus jefes de grupo, y a medida que en el gobierno de la nación, lejos de sentarse técnicos y especialistas, los cargos fueron ocupados por ambiciosos sin experiencia en gestión, ni conocimientos, la “razón de Estado”, fue siendo sepultada por las “conveniencias personales”, hasta el punto de que hoy, resulta prácticamente imposible reconstruir “políticas de Estado”.

9) Para que aparezca una “nueva izquierda”, la “vieja izquierda” debe morir

Mientras existan las viejas siglas políticas (PSOE, Podemos, Sumar y la galaxia de partidos regionales, círculos, “federaciones”, “uniones”, etc.) la izquierda seguirá perdiendo el tiempo y perdiendo votos tratando de encontrar fórmulas unitarias. Y este fenómeno no tiene solución: solamente la aparición de nuevos líderes, provistos de un pensamiento y de una doctrina política realista y centrada en las conveniencias de la Nación, del Estado y de la Sociedad, puede salvar a este sector político. Para ello, las viejas siglas deben desaparecer, algo que, sin duda, la historia impondrá antes o después. Pero el proceso de renovación de la izquierda no vendrá protagonizado por un rostro y unos pocos titulares de prensa (como la “operación Rufián”, o antes la “operación Yolanda Díaz”, o antes aún, la “operación Izquierda Unida”) ni gracias a una financiación por lo bajini, discreta, pero suculenta, sino por la coagulación de un nuevo análisis político, realista y objetivo sobre la situación de España y sobre el modelo de sociedad que se pretende construir. Y lamentamos mucho decir que, hoy por hoy, ni la izquierda tiene doctrinarios ni analistas en condiciones de abordar un proyecto de esta envergadura, ni siquiera interesados en su existencia. La izquierda se ha convertido en cortoplacista: un “aquí te pillo, aquí te mato” y “después de mí el diluvio”. Hoy, todas las tendencias de izquierda van en esa dirección, capitaneadas por Sánchez y su política de “tierra quemada” (“el que venga detrás que apechugue”…)

10) Mientras la izquierda rechace el concepto de “autoridad” y Estado seguirá manifestando su impotencia

Uno de los daños colaterales que ha sufrido la izquierda desde la transición ha sido considerarse a sí misma como garante de las “libertades”, a diferencia de las diversas formaciones de derechas que aumentarían la presión del Estado sobre el ciudadano. Tal era el “relato”. Así pues, la izquierda reeditaba la vieja contradicción entre “libertades frente a opresión”, “Pueblo frente a Estado”, “Nacionalidades frente a Nación”, “Derechos Humanos frente a dictadura”... y todo esto que, en el fondo no pasaba de ser un mero debate teórico, consignas de cartel y de panfleto, dejó de funcionar desde el momento en el que el Estado dejó de proteger al ciudadano, a partir del momento en el que determinadas “libertades” acarrearon una pérdida de seguridad para la mayoría de los ciudadanos: los okupas se vieron sobreprotegidos en relación a los propietarios, los derechos de los delincuentes se pusieron en el mismo plano que los de las víctimas, el “yo si te creo hermana” se colocó por encima y por delante de cualquier otro valor e, incluso, se criminalizó al hombre por el mero hecho de serlo y, mucho más en concreto, al “hombre blanco hétero”, mientras que se minimizaba, ocultaba, deformaba y mentía sobre las “manadas”, las cifras de delincuencia de la inmigración y se evitaba la prisión preventiva incluso para individuos detenidos varios centenares de veces. Todo fuera por los “derechos humanos”, las “seguridades jurídicas” y la “defensa de los derechos y de las libertades adquiridas”.

El resultado fue que la Autoridad desapareció de la vida pública y el Estado se mostraba cada vez más impotente para demostrar fuerza, vigor y eficiencia, salvo en la recaudación de impuestos. Este proceso, que empezó a manifestarse en el primer gobierno de Zapatero, ha alcanzado su punto álgido con Pedro Sánchez para el que un inmigrante encarcelado por asesinato tiene el mismo derecho a ser regularizado que otro que lleva trabajando desde el primer momento de su estancia en España. La pérdida del sentido de la autoridad y de prestigio del Estado ha ido parejo a los momentos en los que la izquierda se ha sentado en el poder y ha puesto en marcha sus medidas de “ingeniería social”. Mientras la izquierda no reconozca este error, resulta imposible que vuelva a levantar cabeza en ulteriores procesos electorales.

11) La vieja división entre “derechas” e “izquierdas” ya no sirve.

Detrás de todo esto hay algo que parece muy evidente desde hace décadas. Hasta no hace mucho la “derecha” se caracterizaba por menos presión fiscal y, por tanto, menos servicios sociales, mientras que la “izquierda” reivindicaba para sí el aumento de la presión fiscal y, paralelamente, de las prestaciones y de la calidad de los servicios sociales. Esto planteamiento, sin ser del todo cierto, era el que sugería la izquierda como rasgo de su identidad. El falseamiento estadístico parecía darle la razón: el PIB iba subiendo y este único dato confirmaba, tanto en el período de ZP inmediatamente anterior al batacazo de 2008, como en la actualidad, que la “economía va como un cohete”. En realidad, era como un cohete de feria: el PIB no es ni el único ni el mejor indicador económico: a más población, más PIB. Las cifras de inmigración masiva y adulta llegadas durante el zapaterismo y el sanchismo, son de tal calibre que, por fuerza, han influido en el aumento del PIB, pero no así en el “bienestar”: de hecho, el PIB per cápita se mantiene en las mismas cifras que hace una década y, lo que es aún peor, la vida se ha encarecido y la pobreza ha aumentado. En realidad, muerto el marxismo y olvidado el conservadurismo de estricta observancia, transformado en neoliberalismo, la clasificación derecha-izquierda ha perdido vigencia: durante décadas España ha vivido gobernada por el centro-izquierda y por el centro-derecha que asumían políticas muy parecidas en casi todo. Fue a partir del zapaterismo en donde la “ingeniería social” extrema que intentó, generó una resurrección de las viejas clasificaciones derecha-izquierda que, por cierto, ha terminado perjudicando más a la izquierda y revitalizando a la “derecha de la derecha”, favoreciendo el nacimiento de Vox y su afirmación como partido con más futuro que pasado (a diferencia de PP y, no digamos, del PSOE, que tienen más pasado que futuro). La novedad que aporta Vox es la de ser un partido con un programa que, en su conjunto, propone un baño de realismo a la sociedad española: hay que reformar leyes, hay que reintroducir medidas que jamás se debían haber abandonado, principios que se trata de recuperar e instituciones que sobran y que hay que ir contrayendo. Estas propuestas, aceptadas sobre todo por españoles de clases medias y bajas, ha desplazado el eje de la política española, que ya no es el “centrismo”: ha sido la respuesta de la sociedad a la “ingeniería social” iniciada por el zapaterismo y que es percibida como catastrófica para la sociedad. El gran silencio de la izquierda ante la regularización masiva de ¿500.000? ¿800.000? ¿1.000.000? de inmigrantes desequilibrará por completo los servicios sociales, disparará aún mas el precio de la vivienda y convertirá a algunos barrios en escenarios de una guerra civil no declarada entre delincuentes y mafias frente a ciudadanos, con unas autoridades preocupadas sobre todo por los “derechos humanos” de los detenidos y por ranchos halal en comisarías y prisiones. La izquierda seguirá muerta mientras siga callando ante estos problemas por muchas “operaciones” y maniobras “unitarios” que inventen sus líderes.

12) Dos sectores desprestigiados y un partido “virgen”

Hasta ahora la corrupción no ha sido desterrada del escenario político español, porque, centro-derecha y centro-izquierda estaban mancomunados por el cobro de comisiones, el falseamiento de concursos públicos, el fraude de las “ayudas al desarrollo”, de los subsidios a las ONGs y todo género de corruptelas.

Además, la ausencia de un “centro de imputación” y la dispersión del poder del Estado en distintos centros de poder (ayuntamientos, diputaciones provinciales, consejos comarcales en Cataluña, autonomías, gobierno del Estado y administración europea) aconsejaba a los partidos, en primer lugar, que no se aumentaran las penas por corrupción, en segundo lugar que los medios de investigación de la corrupción fueran limitados, incluso los medios judiciales y nunca completamente independientes y que, a fin de cuentas, como ha ocurrido con el Caso EREs de Andalucía o con los instigadores del “procés” catalán, la amnistía decretada desde La Moncloa, se convirtiera en un acicate para “volver a intentarlo”.

En estos momentos, vivimos un momento en el que la única defensa del gobierno de izquierdas ante los casos de corrupción es el consabido “y tú más”, que fue también la cantinela del PP cuando se vio asfixiado por casos de corrupción o por el pujolismo que siempre tuvo la habilidad de convertir sus estafas en excusas para victimizarse.

Pero el problema es que la irrupción de una nueva fuerza política y su consolidación, en el caso de Vox, ha operado un fenómeno que deja a la “derecha” y a la “izquierda” con el paso cambiado: en efecto, Vox es “virgen” en materia de corrupción. Y seguirá creciendo mientras sea fiel a sus principios que hoy son claros y rotundos.

En el momento en que el electorado perciba -como ocurrió con Podemos y con Ciudadanos- que este partido empieza a practicar las mismas malas antes que son de uso común en el resto del arco parlamentario, puede desaparecer abandonado por su electorado de un día para otro. Pero, mientras eso no ocurra y nadie pueda achacar a Vox el “decir una cosa y hacer otra”, seguirá creciendo y comiéndole el espacio electoral especialmente a la izquierda. Y, precisamente por eso, cabe decir, a modo de conclusión, que mientras Vox no traicione a su electorado, la izquierda española, intente lo que intente, se va a convertir en una fábrica de futuros políticos en paro. Con lo que sus luchas internas y su desgaste, irán aumentando más y más. Triste, pero inevitable.