La visita del Papa León XIV será uno de los
estímulos para reforzar el catolicismo español. La cuestión es si, tanto el
Papa como la Conferencia Episcopal y los medios de comunicación católicos, no
se estarán equivocando y este "despertar" responde solo a una
reacción temporal contra los excesos del wokismo y el caos generado por el
ultraprogresismo, o bien es el signo de una búsqueda espiritual profunda.
Este es el nudo de la cuestión.
Quien esto escribe se alegraría profundamente que fuera
una muestra de “hambre espiritual” y no un mero fenómeno coyuntural de reacción
y contrapeso. Eso indicaría que nuestra identidad no se ha perdido
completamente. Y esa identidad se basa en grandísima medida en la impronta con
que el catolicismo ha marcado a nuestra sociedad. En otras palabras: nos
alegraría mucho que se tratara de un fenómeno “en profundidad” y no solamente “en
extensión”. Hay fenómenos tan extensos como superficiales y otros, minoritarios,
pero mucho más profundos. Dudamos que, en las actuales circunstancias históricas
y en esta etapa crepuscular de la civilización, un fenómeno de masas pueda ser
duradero, arraigado y mantenerse en el tiempo.
Da qué pensar el que, en estos momentos, el “revival”
de la Iglesia se vehiculice en torno a fenómenos carismáticos y a grupos
constituidos desde hace muy poco (casi improvisados), algunos de los cuales
entrarían claramente en la calificación de “sectas”. No albergamos la más mínima esperanza en que
fenómenos como Rosalía con temas de corte espiritual (Lux), o el
fenómeno musical de Hakuna, capaces de llenar estadios, puedan suplir la
fe profunda que existió en otro tiempo. Tendríamos más seguridad en un “revival”
si se realizada en torno a grupos de “música llana” (canto gregoriano) o fuera
protagonizado por las órdenes religiosas tradicionales (benedictinos,
franciscanos, trapenses, cistercienses, jesuitas…) con siglos de sabiduría
acumulada y de “memoria histórica”.
El dilema actual de la Iglesia ya fue escenificado
en la serie The New Pope (2020) de Paolo Sorrentino, en donde se planteó
si la Iglesia debe abrirse al mundo, o más bien, cerrarse y convertirse en un
grupo minoritario pero formado por una élite a toda prueba. No es algo
nuevo. La Iglesia lleva mucho tiempo dudando entre ambas posiciones y falta valor
y decisión para declararse a favor de una o de otra.
Por tanto, el que algunos sectores de la Iglesia
se hayan introducido en las redes sociales, hayan convertido a sacerdotes
diocesanos en influencers o a monjes franciscanos en cocineros de youTube
(muy buenos, por cierto), cuando grupos católicos están en Tik-Tok y en Instagram,
cuando algunos encuentro como "El Despertar" en
Vistalegre han reunido a miles de personas e intelectuales de renombre (Juan
Manuel de Prada, Fabrice Hadjadj) para debatir sobre el papel del cristianismo
hoy, cuando se observa un aumento significativo de jóvenes que regresan a la
práctica religiosa, buscando una identidad y un sentido de comunidad que el
mundo secular no les ofrece, o cuando grupos como Renovación Carismática
Católica o Hakuna que busca vivir la fe de manera alegre y activa
a través de la música, la oración y la vida en comunidad, han revitalizado el
catolicismo o la IV Fiesta de la Resurrección 2026 celebrada el
pasado sábado 11 de abril de 2026 en las Cibeles de Madrid,
organizado por la venerable Asociación Católica de Propagandistas (ACdP) para
celebrar la Pascua a la que asistieron entre 80 y 85.000 personas, descrito por
sus promotores como una jornada de "música, fe y esperanza"… todo
esto son síntomas de un catolicismo que se expande… en superficie, sí, pero es
mucho más discutible que lo haga en profundidad. Si fuera así, los seminarios
experimentarían fuertes subidas en el número de alumnos. Y no es así: ese
aumento es más que discreto, por el momento.
Para los que conocemos el mundo anglosajón no
podemos evitar realizar paralelismos: esta renovación católica tiende a imitar
a ceremonias, espectáculos y formas de ocio que hace cuarenta años ya habían
puesto en práctica en zonas católicas de Iberoamérica, sectas protestantes
norteamericanas. Tratar de convertir las horas de ocio en espectáculos con
un trasfondo católico, los rituales y las reuniones comunitarias en fiestas con
ritmo y bafles atronadores más propios de una disco que de un templo…, todo
esto puede parecer una “nueva estrategia de captación”, aséptica y
bienintencionada. De hecho, lo es, pero lo que dudamos es que, sea algo más que
eso: un intento de seguir las pautas marcadas por la modernidad para poder
sobrevivir. Y sabemos cómo termina eso.
Hace más de 30 años, entrevistamos a la presidenta
de la Iglesia Cristiana Universalista, uno de los movimientos evangélicos
norteamericanos. Le preguntamos qué era la formación que presidía y con esa
dura sinceridad típicamente norteamericana, nos respondió: “The Christian
Universalist Church is a big business”… es “un gran negocio”. No creo que ese sea, precisamente, una “vía
hacia la trascendencia”. Pero así puede terminar siendo una Iglesia que
quiera hacer del espectáculo una vía de captación.
En este mismo sentido, compartimos la opinión
del obispo Athanasius Schneider, miembro destacado del sector tradicionalista
de la Iglesia (que no hace mucho estuvo en Barcelona), el cual sostiene que Hakuna y otros movimientos similares constituyen
"una especie de drogas espirituales", una "forma barata de
cristianismo" sin "fundamentos profundos" que “construyen sobre
la arena”. Otros sacerdotes como Gabriel
Calvo Zarraute, han suscrito plenamente estas palabras del obispo
Schneider. No está claro, por tanto, si el esfuerzo de algunos sectores de la
Iglesia para conectar con la Generación
Z, utilizando un lenguaje visual y directo alejado de los canales tradicionales,
puede generar el espejismo de un crecimiento real… que, a fin de cuentas, será
siempre en superficie, no en profundidad.
Y a todo esto, ¿por qué se produce este “revival”?
Es el momento de recapitular antes de lanzarnos a
aventurar conclusiones:
- Existe una crisis de vocaciones, un
envejecimiento del clero y los seminarios, por el momento, no pueden asegurar
el reemplazo de los sacerdotes jubilados.
- Existe una tendencia al crecimiento
de las conversiones y los bautismos e, incluso, un mínimo repunte de las vocaciones.
- A pesar de que todavía es pronto
para ver los logros del pontificado de León XIV, todo induce a pensar en un
seguidismo hacia pontificados anteriores.
- La próxima visita a España puede
aclarar mucho esta cuestión, especialmente en materia migratoria y en la
relación entre la Iglesia y el gobierno social-corrupto.
- Los “movimientos de renovación
carismática”, el movimiento Hakuna y la reciente Fiesta de la Resurrección, objetivamente,
tienen más que ver con el protestantismo anglosajón que con la tradición
católica.
- El crecimiento del catolicismo,
especialmente entre los jóvenes, es el resultado directo de una política de
marketing que ha incorporado las nuevas tecnologías y las redes sociales a la
acción católica.
- Este crecimiento, por el momento, es
“real”, pero, igualmente “superficial”.
A partir de estos elementos -que restan optimismo
a la versión oficial del Vaticano y suponen un baño de realismo- vale la pena
preguntarse de nuevo, por qué se está produciendo este “revival”, por
superficial que sea. Y aquí las respuestas son varias, más allá de la reacción
a los excesos del wokismo y al rechazo del caos ultraprogresista.
A lo largo de la historia los períodos de materialismo
extremo se han alternado con otros en los que las fugas místicas, la búsqueda una
espiritualidad profunda y el ansia de lo absoluto, han sido las dominantes. El
actual modelo de civilización genera desesperación y un amplio sentimiento de
frustración en las capas más jóvenes: perciben de manera nebulosa que “algo” o “alguien”
les está hurtando el futuro. Intuyen que cursar estudios, esforzarse,
trabajar, cobrar salarios por encima de la media (y pagar impuestos
desproporcionados), no les permitirá tener un patrimonio propio. Apenas pagar
un puso decente con una hipoteca de 20 años. Tendrán acceso limitado a algunos
bienes de consumo y difícilmente podrán disfrutar de más de un hijo, si es que
llegan a eso o incluso a casarse.
Las políticas de Estado no facilitan nada a los “jóvenes
suficientemente preparados”, salvo la emigración, si es quieren mejorar su
situación. Las políticas de “discriminación positiva” y “protección de la
mujer” han terminado generando un fenómeno inédito en las sociedades
occidentales: el miedo del joven a acercarse a una mujer y la reducción de su
relación con el otro sexo a fugaces encuentros facilitados por aplicaciones informáticas.
Es significativo, que el repunte del catolicismo sea más nítido entre los
varones jóvenes, cuya identificación católica ha subido del 33% en 2020
al 41% en 2025, mientras que en las mujeres la tendencia es a la estabilización
o a una caída leve. Y es que, para los varones, las incertidumbres son
mayores.
Por otra parte, muchos jóvenes ven los efectos
del consumismo en sus padres y, como a fuerza de ganarse la vida, la están
perdiendo… Muchos de ellos, además, se conectaron desde la adolescencia a
redes sociales: hoy están “quemados” y hastiados, son perfectamente
conscientes de que han perdido el tiempo y que todas las relaciones que han
tenido por esos canales, son insustanciales, anodinas, temporales y planas.
A esto se une el miedo. Miedo es la palabra que
define nuestro tiempo. Miedo al futuro, miedo a la pareja, miedo a la
paternidad, miedo a terminar los estudios y afrontar un duro panorama de
inestabilidad laboral, miedo a embarcarse en hipotecas y no poder pagarlas,
miedo a la situación internacional, miedo a ser víctima de la inseguridad ciudadana,
miedo a ser víctima de nuevas campañas de ingeniería social, miedo a no poder
elucidar lo falso de lo real, miedo al paso del tiempo y a los días perdidos, a
llegar al final del camino y no haber sabido para qué ni en qué emplear la vida.
El miedo es la característica de nuestro tiempo y ha sido hábilmente explotado
en situaciones extremas como la pandemia o los ciclos electorales.
En otras épocas, el miedo se compensaba con el
optimismo esperanzador o, incluso, el realismo más objetivo, que generaba una
visión religiosa de la vida. Se era consciente, de que más allá de la
materia, existía un espíritu y que ese espíritu daba acceso a una vida superior,
más real y más intensa. La amistad, el amor, la familia, los hijos,
completaban ese marco y daban una razón de ser, objetivos y seguridades. Pero todo
esto se ha ido diluyendo en los tiempos modernos. Las filosofías
progresistas han decepcionado cada vez más: cada nueva medida definida como “progreso”
(la globalización económica, la inmigración masiva, los estudios de género, el
mundialismo, el mestizaje cultural y el wokismo), se han convertido en más y
más fuentes de caos, inestabilidad, hasta el punto de que ya no hay seguridades
a las que agarrarse.
En estas circunstancias cualquiera que ofrezca
algo que vaya más allá de todos estos valores progresistas y que esquive sus
efectos más perniciosos, encontrará un hueco en el que penetrar. Basta con
jugar a la contra: frente al materialismo consumista, la espiritualidad;
frente al aislamiento social, los grupos carismáticos; frente a la marginación
y el aislamiento, los grandes festivales pop-rock-católico; frente a unos
políticos corruptos, un líder por encima de los lideres, el Papa; frente a redes
sociales groseras, reiterativas, consumistas, intelectualmente endebles y poco
exigentes, ideas no conocidas (u olvidadas) y, por tanto, consideradas “nuevas”.
¿Por qué el catolicismo y no cualquier otra
religión (como en los años 60 y 70, el Budismo o el Zen)? Simplemente, por que
es la alternativa más fácilmente accesible, que además tiene cada vez más
visibilidad en las redes sociales de nuestro tiempo y, seguramente también, porque
es la espiritualidad que ha sido propia de nuestros padres y abuelos, y está
presente en nuestros monumentos y arquitectura.
A diferencia de generaciones anteriores que
heredaban la fe por inercia social, estos nuevos creyentes (recuérdese: 14.000 nuevos
bautizados en 2025) suelen acercarse a la Iglesia por una decisión personal y
reflexiva, lo que genera una práctica religiosa más intensa y visible. Se ha
observado, con razón, que el revival es, en gran medida, un movimiento
impulsado por laicos: la proliferación de testimonios de conversión y debates
sobre fe en plataformas como TikTok, Instagram y YouTube ha permitido que el
mensaje católico llegue a los jóvenes de forma directa y con un lenguaje
contemporáneo. Por otra parte, ese revival católico tiene también mucho que ver
con el fenómeno migratorio. La llegada de población joven y más religiosa de
América Latina ha contribuido a estabilizar y, en algunos casos, aumentar la participación
en parroquias.
Todo esto puede sugiere que el fenómeno se
consolidará y tenderá a aumentar en los próximos años. Así pues, ¿podemos
confirmar que se producirá una decisiva reubicación de España de nuevo en el
catolicismo? Esta cuestión es más difícil de responder.
Vale la pena establecer este principio: “Todo
fenómeno de masas es, necesariamente, superficial y voluble” y éste no va a ser
diferente. La religiosidad, para ser auténtica debe partir de una reflexión
profunda del alma y de una sed de Absoluto que tiene, para ser auténtica, debe
partir de uno mismo. Si deriva de cualquier forma de miedo al futuro, parte de
una base falsa y seguirá siendo un fenómeno superficial. Si no se traduce en
una práctica exigente, íntima, personalizada, constante y lúcida, puede llegar a
ser una mera forma de rellenar el tiempo de ocio, insustancial y trivial, o de recubrir
las propias frustraciones con un “producto” que, sustituye al “consumismo”,
pero que, en realidad es otra forma de consumismo.
Y este es el problema de la modernidad: ha sido capaz de introducir en los estantes de los supermercados del consumo a diversas formas de religiosidad. El penúltimo producto fue la New Age, antes llegó la Contracultura, antes aún, el ocultismo y el neo-espiritualismo… Sería muy triste que el catolicismo terminara también en los escaparates de consumo que, a fin de cuentas, es en donde se encuentran productos de diseño al estilo de Rosalía (que, en el fondo, no ha hecho nada que no hubiera hecho antes Madona).









