La alegría por el final de la Guerra Civil y el alivio
experimentado por la sociedad española por el término de la Segunda Guerra
Mundial, con la sorpresa y el dolor que causaron las bombas de Hiroshima y
Nagasaki o bombardeos insensatos como el que cayó sobre Dresde al final de la
guerra, no bastaron para traer prosperidad a la sociedad española. España, como
veremos, quedó aislada del contexto internacional, en una situación parecida a
la que sufre Cuba como resultado de los años del castrismo. Para la sociedad
española, en general, el período entre 1945 y 1950 fue la peor etapa de la
posguerra.
Habitualmente, los historiadores cometen el error de atribuir a la
“autarquía” la responsabilidad del racionamiento y de la pobreza de la
postguerra. Se equivocan: en realidad, no fue el gobierno de Franco el que
adoptó la “autarquía” como regla general de su política económica, sino que
fueron las circunstancias externas que ya hemos repasado, en especial el
desenlace de la Segunda Guerra Mundial y las consecuencias de la Conferencia de
Postdam, lo que forzó al franquismo a vivir solamente de sus propios recursos,
no como un deseo, sino como una situación de hecho impuesta por las
circunstancias.
Por otra parte, el término “autarquía” no es el que mejor define
esta situación, por mucho que se haya generalizado. La “política económica
autárquica” no implica, en absoluto, cierre de fronteras a todos los productos
extranjeros. Una política de este tipo, nunca se aplicó ni siquiera en los
países que optaron por sistemas “autárquicos”. Esta política, antes bien,
consiste en que cada país fabrica y/o cultiva productos de todo tipo,
intercambiando los excedentes que no precisen para su propio pueblo, por productos
en los que ese Estado es deficitario, o simplemente no está en condiciones de
disponer.
En el fondo, la “autarquía” es una “economía de proximidad”: se
opta por cultivar hortalizas, antes que importarlas de los países más alejados
del consumidor. El hecho de que la “globalización” haya hecho que se importe
jengibre en China o en Perú, cuando podía cultivarse en España (y ser rentable
para los agricultores), no implica, ni siquiera que sea más barato (el jengibre
a 15 euros el kilo, resultaría uno de los productos más rentables de la
agricultura y no precisaría ni gastos en fletes, combustibles ni apenas
logística). Por tanto, ni la globalización es la panacea universal, ni la
autarquía el demonio personificado.
Un sistema autárquico sería aquel en el que el comercio
internacional se centrara solamente en excedentes de producción de un país, a
cambio de productos deficitarios. Eso es todo. Y no es, desde luego, lo que la
historiografía sugiere en el caso del franquismo, que, en realidad fue obligado
a consumir solamente productos españoles a causa del cerco internacional y del
cierre de fronteras.
En realidad, el aislamiento involuntario de España en esa época
fue la causa de que la producción agrícola e industrial estuviera muy por
debajo de los niveles previos a la Guerra Civil (la renta per cápita no
recuperó el valor de 1935 hasta 1953… esto es, hasta que el “cerco
internacional” se fue relajando hasta desaparecer. En esas circunstancias, de
carestía generalizado, el Estado estaba obligado a intervenir la economía y a
imponer las cartillas de racionamiento.
Al estar excluida del Plan Marshall, y de los nuevos organismos
internacionales de cooperación económica y financiación, la España de Franco
tardó más en recuperarse de los efectos de la Guerra Civil y de los efectos de
su neutralidad en la Guerra Mundial. El año 1946 fue particularmente duro. La
sequía redujo las cosechas a la mitad y empeoró una situación, ya de por sí,
dramática.
El 14 de mayo de 1939, recién concluida la Guerra Civil, el
gobierno había implantado la cartilla de racionamiento, un sistema que, en
teoría, debía distribuir los alimentos de manera equitativa, pero que en la
práctica fue ineficaz y profundamente injusto. Se establecían raciones diarias
(por ejemplo, 400 gramos de pan para un hombre adulto) que casi nunca se
cumplían. Pero, en muchas ocasiones, la distribución se reducía a la mitad o
incluso desaparecía durante días.
En 1940, se crearon tres tipos de cartillas según la capacidad
económica declarada: 1ª para los que tenían medios económicos suficientes, 2ª
para las clases medias y 3ª para las humildes. La reaparición del contrabando y
del estraperlo, que nunca habían desaparecido en España, generó el que
solamente las clases altas pudieran tener acceso, no solamente a bienes de
consumo, sino a las calorías necesarias en la alimentación. Se ha dicho que, en
1941, el racionamiento solo cubría un 34% de las necesidades calóricas mínimas
y que, en 1946, la media de calorías ingeridas era de 1.430 al día, un 28%
menos de lo necesario. A estas cifras, se añadía el que algunos alimentos
básicos eran elaborados con harinas de baja calidad mezcladas con algarrobas o
patatas, la leche y el vino se adulteraban con agua y para algunas familias
modestas, productos básicos como los huevos se convirtieron en un artículo de
lujo y el chocolate en algo inalcanzable. El café se hacía con achicoria,
cebada o algarrobas tostadas.
Estas carencias alimentarias tuvieron profundas consecuencias para
la sociedad de la posguerra. Se estima que entre 1939 y 1942, al
menos 200.000 personas murieron de enfermedades asociadas a la
malnutrición. Aumentó especialmente la mortalidad infantil, mientras
florecía el mercado negro conocido como “estraperlo”, en el que podían
encontrarse productos que estaban fuera del mercado “oficial” y de los límites
de las cartillas de racionamiento a precios desorbitados que solo una minoría
podía permitirse.
Especialmente en las grandes ciudades y en las poblaciones de
medio tamaño, era frecuente ver largas colas frente a los comercios asignados.
En Madrid, en 1945, el Monte de Piedad registró cerca de 400.000 empeños, la
mayoría de ropa. La mendicidad se extendió. Y aparecieron focos de corrupción
que trataban de beneficiarse del contrabando, el estraperlo y la carestía.
La situación comenzó a mejorar lentamente a partir de 1952, cuando
se retiraron las cartillas de racionamiento, y empezó a disminuir la presión
internacional, para acelerarse con el Plan de Estabilización de 1959. La
entrada de capitales extranjeros, el fin del aislamiento internacional (con la
entrada en la ONU en 1955) y la apertura económica pusieron fin a la autarquía
y, con ella, al fantasma del hambre.
La postguerra española fue más prolongada que la europea: se
extendió desde el final de la guerra Civil hasta principios de los años 50. Y
fue una época dura para la sociedad española que, en buena medida, sobrevivió
gracias al apoyo del gobierno argentino del general Perón. Hoy resulta
imposible dudar que el apoyo de la República Argentina fue un salvavidas
crucial en un momento de máximo aislamiento internacional para el gobierno de
Franco.
Este respaldo se materializó en tres frentes principales: un
masivo acuerdo comercial y crediticio, una firme defensa diplomática, y un
gesto propagandístico de alto impacto con la gira de Eva Perón por España.
La ayuda económica fue el pilar más tangible del apoyo argentino.
Entre 1946 y 1948, se firmaron acuerdos clave que permitieron a España
sobrevivir a una grave crisis de subsistencia y al mismo tiempo recibir un
primer impulso para la industria. El 30 de octubre se firmó un convenio en
Buenos Aires por el que Argentina otorgaba a España un crédito rotatorio anual
de 350 millones de pesos por tres años, con un interés muy bajo del 2,75%, y un
préstamo adicional de 400 millones para saldar deudas anteriores. En 1948, este
crédito se amplió hasta 1.750 millones de pesos, extendiendo los plazos
hasta 1951. Esto permitió poner en marcha y mantener algunas industrias
vitales, pero el problema a finales de los años 40 era, sobre todo, alimentario.
En este frente vital, Argentina se comprometió a enviar toneladas
de productos alimenticios esenciales: 400.000 toneladas de
trigo y 120.000 de maíz en 1947, además de carne, legumbres y
aceite. Por su parte, España exportaba a Argentina productos industriales como
acero, plomo, mercurio, maquinaria y textiles, necesarios para el proceso de
industrialización argentino. Además, en octubre de 1948, se firmó
el Convenio Hispano Argentino de Inmigración, permitiendo que los españoles
que lo desearan emigraran a Argentina con los mismos derechos y obligaciones
que los ciudadanos locales, aliviando la presión social en una España devastada
por la miseria.
Cuando en 1946, la Asamblea General de la ONU recomendó el
aislamiento diplomático de España, la Argentina de Perón fue uno de los pocos
países que desafió abiertamente el boicot.
La diplomacia argentina defendió al régimen franquista en Naciones
Unidas y en conferencias interamericanas, tratando de persuadir a otros
gobiernos latinoamericanos para que mejoraran sus relaciones con España. El
punto más alto del apoyo político y simbólico fue la visita de 18 días que Eva
Perón realizó a España en junio de 1947. Su viaje constituyó un fenómeno de
masas, desde su llegada al aeropuerto de Barajas por el propio Francisco Franco
y su esposa, hasta su salida con destino a Italia. El impacto internacional fue
todavía mayor teniendo en cuenta la relevancia que había adquirido Eva Perón en
la escena internacional.
Aunque esta alianza se enfrió hacia 1949 debido a la crisis
económica argentina que interrumpió los envíos de cereal, el respaldo del
primer gobierno de Perón fue determinante para sortear los años más duros del
aislamiento internacional hasta que la Guerra Fría y el anticomunismo llevaron
a Estados Unidos a buscar una nueva alianza con España a partir de 1950.
> El fin del aislamiento
internacional
El 4 de noviembre de 1950, la ONU revocó la recomendación de
retirar embajadores, dando el primer paso para la reinserción diplomática de
España. La Resolución 386 (V) de la ONU fue promovida por Estados
Unidos en el contexto del inicio de la Guerra Fría. Tras años de una
política de aislamiento que consideraban “inútil”, la Administración de Harry
S. Truman decidió modificar su enfoque para integrar a España como aliado
estratégico contra la Unión Soviética. La resolución se aprobó con 38
votos a favor (EEUU, el bloque árabe y los países iberoamericanos, salvo
México), 10 en contra (la URSS, Israel y los países del Este europeo) y 12
abstenciones (encabezados por Francia y el Reino Unido, aliados de EEUU). El
viraje estadounidense, obviamente, se vio favorecido por la Guerra Fría y
la necesidad de contener la expansión del comunismo llevó a Washington a buscar
aliados estratégicos en Europa. El anticomunismo de Franco dio sus frutos en
esa época y España se convirtió en un socio valioso para Estados Unidos. Antes,
en septiembre de 1950, Estados Unidos ya había concedido a España
su primer crédito estatal por valor de 62,5 millones de dólares,
allanando el camino para la futura instalación de bases militares
estadounidenses en territorio nacional.
Según declaraciones de la presidencia de los EEUU (Hary S.
Truman), el aislamiento solo había servido para “fortalecer al régimen de
Franco en vez de debilitarlo”, lo que justificaba el giro hacia la integración.
Esta posición culminaría con el ingreso de España en la ONU el 14 de diciembre
de 1955, junto con otros 15 nuevos Estados. Antes, en 1953, ya se habían
firmado los acuerdos mutuos de defensa y seguridad con los EEUU. A cambio de
permitir la instalación de bases militares estadounidenses en Rota, Torrejón,
Zaragoza y Morón, España obtuvo un reconocimiento implícito, ayuda económica y,
sobre todo, respaldo político. Finalmente, el 14 de diciembre de 1955, España
ingresó en las Naciones Unidas junto con otros nuevos 15 estados.
La intensificación de la Guerra Fría había operado el “milagro”.
Si, gracias a la República Argentina y al General Perón, España pudo evitar una
hambruna generalizada entre 1946 y 1949, la Guerra Fría obligó a los EEUU a
aproximarse al gobierno español. Era una cuestión geopolítica: la recién
constituida OTAN, apenas tenía 1.000 km de profundidad, desde la frontera entre
las dos Alemanias hasta los Pirineos: poco, para articular una defensa en el
caso de que los tanques rusos decidieran lanzarse a la ofensiva. Era necesaria
la incorporación, directa o indirectamente, de España a la “defensa
occidental”, para aportar esa “profundidad” que era la única que podía
garantizar tiempo de reacción suficiente. A eso se le llamó “cooperación
estratégica”, una transacción por medio de la que España recibía 1.500 millones
de dólares en los primeros 10 años en créditos y suministros de maquinaria,
petróleo y algodón, a cambio de autorizar la construcción de las cuatro bases
militares.
El abrazo del presidente Eisenhower a Franco en 1959 certificó de
cara a la opinión pública internacional y a las cancillerías europeas que el
régimen ya no era un “paria internacional”, sino un gobierno que empezaba a ser
reconocido internacionalmente.
Paradójicamente, con la Guerra Civil, Franco evitó que España se
transformara en un Estado comunista, y fue ese mismo anticomunismo el que
facilitó que el régimen pudiera prolongarse desde 1950, un cuarto de siglo más.
La Iglesia se había adelantado por poco a los EEUU. Un mes antes
de que se firmaran los acuerdos con los EEUU, el Vaticano firmó el Concordato
por el que la Iglesia disponía de exenciones fiscales, el Estado se declaraba
“confesionalmente católico”, la religión católica se enseñaba en escuelas
públicas y privadas. Por su parte, el Papa concedía a Franco el “derecho
de presentación” de obispos (el Jefe del Estado podía presentar una terna
al Vaticano para elegir a quiénes estarían al frente de la Iglesia en España).
Con este acuerdo, Franco pudo presentarse ante el mundo como el defensor de la
cristiandad frente al “comunismo ateo”.
Estos acuerdos permitieron que España emprendiera la senda del
“desarrollo”. La entrada de divisas y tecnología estadounidense preparó el
terreno para el Plan de Estabilización de 1959. En pocos años, se pasó de
una economía agrícola y pobre a una industrial y turística. Fue el inicio de la
llegada del SEAT 600, el turismo de masas en las costas y la creación de
una nueva clase media.







