lunes, 25 de mayo de 2026

Introducción a La Catedral de Joris-Karl Huysmans

 

La traducción y edición de La Catedral de J. K. Huysmans está disponible en Amazon desde hace un mes. Transcribimos aquí la introducción que realizamos para esta versión. Durante nuestro exilio en Francia, tuvimos ocasión de visitar en varias ocasiones Chartres y podemos dar fe de que, como decía Barrés en La Colina Inspirada, "hay lugares en los que sopla el espíritu". Chartres es uno de ellos. La aparición de esta edición española de La Catedral ha coincidido con la peregrinación anual realizada por la cristiandad francesa desde París a esta ciudad y a la que se han sumado la cifra récord de 20.000 amantes de las tradiciones de su país. Si alguien creía que el interés por este lugar sagrado de la cristiandad francesa habia desaparecido (cuya importancia es equivalente a Santiago de Compostela), se ha equivocado. Ciertamente, el catolicismo francés siempre ha sido más combativo que el español, pero, dormido durante unas décadas, es hoy como un gigante que despierta y que empieza a caminar. En esta introducción, el lector se pondrá al día de la temática de la novela, de la personalidad de Huysmans y de su alter ego, "Durtal". Pero, sobre todo, conocerá el simbolismo místico de aquella catedral y de la fe de quienes la construyeron. 


INTRODUCCIÓN A

"LA CATEDRAL"

DE JORIS-K. HUYSMANS

El año en que se publicó en Francia la primera edición de La Cathédrale se recuerda en España como el más desastroso de su historia: 1898. Ni su autor, ni su temática parecían encajar muy bien con la situación emocional del país. Más de sesenta años después García Mercadal publicó una traducción para Editorial Escelicer, hoy inencontrable y muy buscada por los coleccionistas. Eran los tiempos del “desarrollismo” (1961) y el país parecía dispuesto a realizar lo que podríamos llamar “deberes atrasados” también en el terreno literario y editorial.

Por nuestra parte, tuvimos conocimiento de esta obra de Huysmans hacia principios de los años 70, cuando leímos El misterio de la Catedral de Chartres, de Louis Charpentier, un autor adscrito al “realismo fantástico”, pero con una pluma singularmente seductora. Archivamos el nombre de Huysmans en nuestra memoria y cuando el exilio nos obligó a fijar nuestra residencia en París tuvimos ocasión de comprar una edición de lujo de la misma obra publicada por Robert Lafont. Visitamos Chartres y tuvimos ocasión de admirar su catedral.

Fue más tarde, cuando empezamos a tener conocimiento de quién era Joris-Karl Huysmans. Somos “de ciencias”; por tanto, no se nos puede reprochar esta ignorancia en materia literaria. Pero el azar quiso que nos topáramos con su figura cuando nos interesamos por las relaciones entre literatura y ocultismo. En la introducción a La colina inspirada de Maurice Barrès ya aludimos a Huysmans y a sus correrías por los medios ocultistas fin de Siècle en París que no vamos a repetir aquí. Cayó en nuestras manos una vieja edición de Allá abajo que supuso el primer contacto real con su literatura. Gracias a Internet dimos con un ejemplar en PDF de La Cathédrale, con la notación “This digitalized version © www.huysmans.org” que reavivó nuestro interés, tanto por la literatura de Huysmans y de su época, como por la catedral de Chartres. Porque la “catedral” a la que alude el título de la novela es esa.

Desde hace años solamente hemos decidido traducir y editar aquellos textos que, de una forma u otra, nos han seducido y que creemos pueden ser útil para otros. Afortunadamente, las herramientas modernas de traducción, edición y búsqueda, facilitan extraordinariamente la tarea. Y las hemos aprovechado, especialmente en las Notas a pie de página.

A este respecto, hemos decidido colocar un buen número de notas especificando lo esencial de personajes que, ya sea porque pertenecen a la cultura francesa o por ser poco o nada conocidos en nuestro tiempo y en nuestro ámbito cultural, pueden generar dudas en el lector. Así mismo, hemos decidido también excluir de estas precisiones a la mayoría de santos que se mencionan (y son muchos) a lo largo de estas páginas. El motivo es que su biografía está al alcance de cualquier que se interese por cada nombre y pueden ser localizados con facilidad en la red o en cualquier enciclopedia convencional. Hemos evitado también dar precisiones sobre artistas que son suficientemente conocidos. También hemos colocado algunas especificaciones sobre giros verbales, palabras en desuso en nuestra lengua, términos técnicos poco conocidos por un público no especializado en arquitectura medieval, que consideramos que pueden ayudar al lector. Buena parte de estas notas han sido generadas por Inteligencia Artificial.

Vayamos ahora a presentar algunos comentarios, informaciones y datos, necesarios para situar al autor, a su generación, a su estilo y a sus personajes, necesarios para aprovechar la lectura de una obra que tiene ya más de 125 años.

El autor: Joris‑Karl Huysmans

Joris-Karl Huysmans nace en París el 5 de febrero de 1848 con el nombre de Charles-Marie-Georges Huysmans. Su padre, Godfried Huysmans, era un litógrafo holandés descendiente de una familia de pintores; su madre, Malvina Badin, era francesa y maestra de escuela. Fue bautizado el día siguiente de su nacimiento en la iglesia de Saint-Séverin, realizó su primera comunión en 1860 y fue confirmado al año siguiente. Estos primeros contactos con el catolicismo, aunque pronto quedarían eclipsados por un largo período de escepticismo y alejamiento del catolicismo, marcarían el trasfondo cultural sobre el que más tarde se tejería su obra.

Tras la muerte de su padre en 1856 y el nuevo matrimonio de su madre con un empresario protestante, el joven Huysmans fue enviado a un internado parisino, la Institución Hortus, de la que siempre guardó recuerdos amargos. Cursó estudios en el Liceo Saint-Louis y comenzó la carrera de derecho, que no terminó. En 1866, con dieciocho años, ingresó como funcionario del Ministerio del Interior, empleo que mantendría durante treinta años, hasta su jubilación en 1898 como jefe de sección honorífico. Esa doble vida –burócrata durante el día, escritor y crítico de arte por la noche– constituye uno de los rasgos más característicos de su personalidad: un hombre meticuloso y reservado que, en sus páginas, desplegaba un universo interior de una riqueza y una intensidad poco comunes.

Su trayectoria intelectual suele dividirse en tres grandes etapas: naturalista, decadente y católica. Cada una de ellas refleja no solo un cambio de estética, sino también una transformación profunda interior de su visión del mundo.

En sus primeros años como escritor, Huysmans se adhirió al naturalismo de Émile Zola, del que fue su discípulo más aventajado y seguramente el más pesimista. En sus novelas iniciales –entre las que destacan Marthe (1876), Las hermanas Vatard (1879) y En familia (1881)– aplicó el bisturí del naturalismo con una precisión feroz, retratando la sordidez de los burdeles, las pensiones de mala muerte y la mediocridad de la clase obrera parisina; estos relatos están caracterizados por un minucioso retrato de los ambientes populares parisinos, con un estilo descarnado y a menudo satírico.

Pronto comenzó a sentirse incómodo con los presupuestos materialistas del naturalismo, que le parecían demasiado restrictivos para explorar las dimensiones más sutiles de la experiencia humana. Le separaba de Zola en que éste creía en el progreso y en la ciencia como herramientas de redención social, mientras que para Huysmans la fealdad de la realidad material le generaba asco y repulsión. Pronto vivió el naturalismo como un “callejón sin salida”. Si el mundo se limitaba a lo que podía verse, tocarse y olerse, la existencia era una condena insoportable.

La ruptura definitiva se produjo en 1884 con la publicación de À rebours (A contrapelo), muestra de esta decepción y de su gran negación, una obra que se convertiría en el manifiesto del decadentismo y en una de las novelas más influyentes en el último cuarto del siglo XIX. El protagonista, Des Esseintes –precursor directo del Durtal, protagonista de La Catedral– un esteta refinado y neurasténico, retirado del mundo en una villa a las afueras de París en donde pasa el tiempo cultivando sensaciones artificiales, encarna el hastío, la búsqueda de experiencias al límite, con un rechazo absoluto a la vulgaridad de la vida moderna. La novela fue recibida con entusiasmo por el grupo de los “decadentes” y contribuyó decisivamente a la fama de Huysmans.

Hoy se considera a esta novela el “manifiesto del decadentismo”. Barbey d’Aurevilly, escritor católico, tras leer la obra dijo “Al autor solo le queda elegir entre la boca de una pistola o los pies de la Cruz”. Huysmans tardaría todavía 10 años en decidirse por la última opción.

Este grupo se oponía al estilo burgués y a la representación cruda de la realidad (que tachaba de “feísmo”), querían reaccionar contra el realismo naturalista y el positivismo, hegemónicos en aquel momento en la cultura francesa. Sus miembros eran definidos como “esteticistas”, buscaban el arte por el arte y la belleza como fin supremo y lo hacían con una actitud aristocrática y refinada frente a la mediocridad burguesa. Sentían una fascinación especial por lo prohibido, la muerte, el ocultismo y lo perverso, como recursos para refugiarse en mundos artificiales generados por el alcohol y las drogas: cualquier cosa era lícita para huir de la realidad y de la fealdad que le acompañaba.

Para sus descripciones utilizaban un lenguaje rico, ornamental y cargado de símbolos: así evocaban sensaciones y significados más allá de la descripción directa. Todos ellos, eran pesimistas por naturaleza, figuran hoy en el panteón de los autores ilustras: son los Charles Baudelaire (precursor del movimiento con obras como Las flores del mal), los Paul Verlaine (maestro del decadentismo), los Arthur Rimbaud (“poeta maldito” por excelencia), los Stéphane Mallarmé (introductor del simbolismo como pilar del decadentismo, los Théophile Gautier (precursor con la idea del “arte por el arte”), los Jules Barbey d’Aurevilly, Villiers de l’Isle-Adam,  Jean Lorrain, Jules Laforgue, Octave Mirbeau, Rachilde, Tristan Corbière, Remy de Gourmont y el dramaturgo Maurice Maeterlinck, etc.

El movimiento también irradió hacia otros países europeos: en Italia, la literatura de D’Annunzio fue su figura central. En el Reino Unido, el propio Oscar Wilde se vio muy influencia por Huysmans y, más en concreto, por A contrapelo. Y aún faltaban siete años para que Huysmans entregara a su editor el manuscrito de Là-bas (Allá lejos) que marca el punto más alto de esta corriente.

No faltaron tampoco españoles que se sumaron a este estilo. Antonio de Hoyos Marqués de Vinent, es quizás el representante más puro de esta corriente, a pesar de que Valle Inclán en sus cuatro “Sonatas” protagonizadas por el Marqués de Bradomín, haya perfilado los contornos del perfecto dandy decadente. En Hoyos, el placer, el vicio, la perversión y los ambientes más sórdidos y marginales de Madrid, desde los salones de la alta sociedad hasta los bajos fondos. Fue un provocador nato y una figura central de la bohemia madrileña. El hermano mayor de Antonio Machado fue el que abrazó con más claridad la “pose” decadente. Su poesía, especialmente en sus primeros libros como Alma y, sobre todo, en El mal poema (1909) —donde se denomina “Yo, poeta decadente”—, está impregnada de los temas del movimiento: el hastío vital, el amor por lo bohemio y marginal, la noche y el alcohol. Aunque en él pudiera ser más una actitud estética de juventud que un convencimiento profundo, sus versos son una de las cimas del decadentismo poético en España. Álvaro Retana a quien el franquismo condenó al ostracismo por su estilo de vida y su literatura, Emilio Carrere, el granadino Isaac Muñoz, José de Zamora, completan la abultada nómina de decadentistas españoles hoy, salvo Valle Inclán, completa e injustamente olvidados.

Durante ese período Huysmans sumerge a sus personajes –y, por extensión, a sí mismo– en los abismos del ocultismo y la demonología. Buscaba una forma de espiritualidad que constituyera para él una roca en el océano contra el naturalismo y el positivismo. Pero, como todo, existen dos formas de superar un fenómeno: “hacia arriba” o “hacia abajo”. Y llegó un momento en el que Huysmans se saturó de frecuentar círculos ocultistas, estudiar a los satanistas contemporáneos y mostrar un interés morboso por la magia negra. Lejos de solucionar sus crisis interiores, esa inmersión en lo siniestro terminó generándole un profundo malestar interior que lo llevó, paradójicamente, a plantearse la cuestión del bien y la posibilidad de la redención. Había dejado de mirar “hacia abajo” y empezaba a dirigir su vista a los cielos.

Durtal el alter ego de Huysmans

El punto de inflexión se produjo en 1892, cuando Huysmans comenzó a asistir a los cursos de la abadía benedictina de Saint-Martin de Ligugé y entró en contacto con el escritor católico Léon Bloy, quien se convertiría en su mentor espiritual. En 1895, tras un retiro en el monasterio trapense de Notre-Dame d’Igny, Huysmans experimentó una conversión que describiría como una “gracia inesperada” y que cambiaría para siempre el rumbo de su vida y de su obra. No fue un camino fácil, tuvo altibajos. Él mismo declaró que se había convertido “a pesar de los sacerdotes” y que ese tránsito no lo había generado ni la teología ni los eclesiásticos, sino impulsado por la belleza de la liturgia, el canto gregoriano y la arquitectura gótica. En otras palabras: entró en la religión católica “por al atrio de la belleza”. Y esto se manifestaría en sus obras, especialmente en su trilogía En route (En ruta), que discurre, primero en un monasterio trapense, luego en La Catedral situada en Chartres y, finalmente, en L’Oblat (El oblato), en donde el protagonista ingresa como oblato en la abadía benedictina de Ligugé y consolida su vida católica.

“Durtal”, el protagonista de esta trilogía es, obviamente, el alter ego del propio autor. Aparece por primera vez en Là-bas (1891), Durtal embarcado en una investigación sobre la vida de Gilles de Rais, mariscal de Juana de Arco, que derivó hacia el satanismo más criminal; Durtal, siguiendo a este personaje siniestro se embarcará en prácticas satánicas y rituales de magia negra. Está, entonces, fascinado por el mal. Es, a la vez, un tipo solitario, atormentado, en constante lucha consigo mismo y con el mundo, e intelectual refinado que busca desesperadamente un sentido para su vida. La trilogía que seguirá a Là-bas culmina diez años después de la publicación de esta obra, en L’Oblat: son diez años en la vida de Durtal-Huysmanss que le llevan del decadentismo al catolicismo. Durtal resume la experiencia espiritual de su autor.

Ese giro hacia el catolicismo comienza con Là-bas en donde el eje de la trama es la investigación que su alter ego, Durtal, realiza sobre el satanismo moderno para escapar del aburrimiento. Huysmans, finalmente, comprendió que, si el Mal absoluto existía y era una fuerza tangible y, por tanto, el Bien absoluto debía ser igualmente real. La lógica de la sombra lo llevó a buscar la luz. La conversión definitiva se narra en En route (En camino, 1895), donde Durtal se retira a un monasterio trapense.

Pero, es en La Catedral donde esa conversión se estabiliza y se vuelve intelectual. Aquí, el autor decide que la literatura debe servir para “desenterrar” el simbolismo perdido de la Edad Media. Para él, el arte medieval no era solo estética, era una lengua sagrada que el hombre moderno, cegado por el positivismo, ya no sabía leer. Durtal es, para su autor, el vehículo de una autopsia espiritual.

A lo largo de la trilogía entenderemos la compleja personalidad de Durtal y las razones de su conversión: no ha recibido una iluminación súbita y simplista; su fe es estética, intelectual y, a menudo, torturada; es, básicamente, un hombre que “quiere creer”, pero cuyo cerebro, educado en el escepticismo y el análisis científico, ofrece resistencias que, una y otra vez, van reapareciendo.

En tanto que viejo esteta, no reza, sino que observa. Su espiritualidad no sería nada sin el filtro del arte. Para él, la simple belleza es la prueba más verosímil de la existencia de Dios. Su actitud es la de un crítico de arte que espera que las piedras de las que está hecha la catedral y su estatuaria, le respondan. Rechaza, prácticamente en bloque la modernidad que asimila a la fealdad. El autor ha diseñado un personaje que conoce muy bien: ¡es él mismo! ¡alguien que parece haberse equivocado de siglo! Vive en el siglo XIX, pero no es del siglo XIX: su corazón late a ritmo del siglo XIII. Está presente y debe soportar un mundo que ni es el suyo ni del que se siente parte. No busca integrarse en ese mundo que rechaza, ni afirmar su Ego, como en el período decadentista: solo quiere disolverse en la liturgia.

Para comprender plenamente la obra, es necesario situarla en el contexto cultural del fin de siglo europeo. Este periodo se caracteriza por una profunda crisis de valores: el positivismo y el cientificismo, dominantes en la segunda mitad del siglo XIX, comienzan a ser cuestionados, mientras surgen corrientes alternativas que buscan nuevas formas de sentir. El simbolismo, el decadentismo y diversas corrientes espiritualistas reflejan esta inquietud. En este marco, la trayectoria de Huysmans resulta paradigmática: su evolución desde el naturalismo hacia una literatura espiritualizada reproduce, en clave individual, una tendencia más amplia que siguió una parte importante de la cultura europea. Y es que, más allá de su contenido artístico, La Catedral plantea cuestiones filosóficas fundamentales: la relación entre forma y sentido, entre materia y espíritu, entre conocimiento y fe.

Para Huysmans, La Catedral fue una estación de tránsito. Tras haber explorado el pecado en Là-bas y el arrepentimiento en En route, Durtal (y Huysmans) encuentra en Chartres el rigor intelectual necesario para dar el último paso: la oblación. “Oblato” proviene del latín oblatus (“ofrecido”), y designa a los laicos asociados a una orden religiosa tradicional que viven según su espiritualidad sin ser monjes de clausura, o miembros de congregaciones misioneras.

Este tránsito final es algo que ya puede preverse desde el capítulo final de La Catedral cuando entiende que no basta con contemplar la belleza de la piedra; hay que vivir la regla. La trayectoria real del autor culmina con su mudanza a Ligugé, para vivir cerca de una abadía benedictina. Si en La Catedral el protagonista es el edificio, en su siguiente y última gran obra, L’Oblat, todo girará en torno a la Liturgia.

Y Huysmans murió como vivió, como un monje laico. Su final fue uno de los testimonios de entereza más estremecedores de la literatura francesa. Padeciendo un cáncer de mandíbula atroz, se negó a recibir morfina para “ofrecer” su dolor, muriendo en 1907 envuelto en el hábito benedictino. Esta coherencia final otorga a La Catedral una gravedad que trasciende a lo puramente literario.

La Catedral, un best-seller de su tiempo

La Catedral se publicó en 1898. Previamente, Huysmans había fragmentado el texto en catorce entregas que se publicaron como folletín en L’Écho de Paris entre octubre y noviembre de 1897. Fue, sin duda, el mayor éxito comercial de Huysmans; las regalías que obtuvo le permitieron jubilarse anticipadamente de su puesto en el Ministerio del Interior y dedicarse por completo a la escritura.

Algunos críticos cuestionaron la sinceridad de la conversión del escritor, acusándolo de haber fabricado su fe como un nuevo disfraz estético. No parece que fuera así y, de todas formas, el público recibió la obra con entusiasmo, y la novela se convirtió rápidamente en un texto de referencia para los católicos que buscaban un lenguaje literario capaz de expresar su experiencia espiritual en el mundo moderno.

La acción de La Catedral tiene lugar casi enteramente en la ciudad de Chartres. Sugiero seguir en Google Maps los recorridos que realizó el autor, en una ciudad, cuyo casco antiguo ni ha cambiado excesivamente. Durtal se ha instalado allí tras su período de retiro en el monasterio trapense. Vive en una relativa tranquilidad, dedicado al estudio de la catedral gótica y de los símbolos que la adornan.

En Chartres, Huysmans busca lo que él llama el “arte primitivo”: ese momento del siglo XIII donde el artista era anónimo y su obra era pura oración. En contrapartida, el autor no puede ocultar el odio estético que le produce el arte de su tiempo. Durtal desprecia las iglesias modernas, decoradas con lo que se llamaba entonces “estilo Saint-Sulpice” (o sansulpiciano), arte religioso industrial, dulzón y mediocre). Considera que la fealdad en la iglesia es una forma de pecado. Por eso, Chartres es su último refugio: es el único lugar donde la belleza es tan absoluta que permite la presencia real de lo sagrado. La catedral le genera lo que hoy llamaríamos una “experiencia multisensorial”. El “canto llano”, el gregoriano, compañero inseparable de la liturgia católica tradicional, que no busca el aplauso, sino la introspección, como también las descripciones del incienso, del olor a cera vieja, el frío de las losas, son los elementos que hacen que el afianzamiento de las convicciones de Durtal se trasladen al lector.

La Catedral no es una novela convencional. De hecho, carece de trama narrativa, no hay intriga; lo más que puede llamarse “acción” se reducen a visitas a la catedral, conversaciones con su director espiritual, el abate Gévresin y sus meditaciones sobre la teología, liturgia e historia del arte. La figura del abate Gévresin, está inspirada en parte por el abad benedictino que guio a Huysmans en sus primeros pasos en la fe, encarna la sabiduría tradicional de la Iglesia. Gévresin no impone a Durtal una rígida disciplina, sino que lo acompaña con paciencia y comprensión, ayudándolo a descifrar los símbolos de la catedral y a encontrar en ellos un camino hacia Dios.

Pero, en realidad, el protagonista ni siquiera es humano; no es Durtal, sino la propia catedral de Chartres.

Huysmans se empeña en dedicar cientos de páginas a describir, analizar y desentrañar el significado de cada elemento arquitectónico, cada vidriera, cada escultura. Huysmans aborda el conjunto del edificio como un “texto simbólico” escrito en piedra que hay que descifrar. Ve todos los elementos de la catedral como alegorías de la fe cristiana, una teología hecha piedra y vitrales (esto es, de luz). En este sentido, esta obra puede leerse simultáneamente como relato, como ensayo simbólico y como documento espiritual.

Más que narrar acontecimientos, La Catedral invita al lector a participar en una experiencia de lectura contemplativa. La progresión narrativa es sustituida por una acumulación de descripciones, interpretaciones y asociaciones simbólicas que exigen una actitud activa y reflexiva. El autor nos sugiere que el mundo puede ser interpretado como un sistema de signos, y que la tarea del sujeto consiste en descifrarlo. La Catedral es, precisamente el paradigma del mundo en el que está incluido todo lo que puede tener relieve para un católico.

Junto al abate Gévresin, como guía intelectual, su ama de llaves, la señora Bavoil, representa la fe sencilla, mística y popular que Durtal admira pero que, por su propia naturaleza intelectual, no puede alcanzar. Ambos personajes forman con Durtal, una tríada que permite a Huysmans exponer todas las facetas de la vida espiritual sin caer en el sermón. Durtal es el punto medio: el hombre que posee la cultura, pero añora la inocencia y aspira a la perfección. La señora Bavoil representa la “fe del carbonero”, primitiva, espontánea, sincera. Gévresin es el camino.

Huysmans describe la catedral con un lenguaje biológico. La nave es el pecho que respira; las criptas son las raíces oscuras y uterinas; las agujas de los campanarios son gritos de piedra lanzados al cielo. Durtal pasea por el edificio sintiendo que las piedras tienen voz. El lector descubrirá que, bajo la pluma de Huysmans, la arquitectura pierde su rigidez y se convierte en algo fluido, cambiante según la luz del día o la hora del oficio religioso.

La catedral es interpretada a la luz de los bestiarios, los lapidarios, los tratados de herboristería y los textos de los Padres de la Iglesia. El simbolismo de las piedras preciosas, de las plantas, de los animales, todo es movilizado para mostrar cómo la catedral gótica resume en sí misma todo el conocimiento sagrado de la Edad Media.

Para Huysmans, la catedral gótica no es solo un edificio bello; es una manifestación de Dios en la materia. Cada elemento de la catedral tiene un significado teológico. La orientación hacia el Este simboliza la espera del sol de justicia que es Cristo. Las torres representan la oración y la contemplación. El laberinto del pavimento (ese laberinto que conecta la catedral con el pasado greco-romano) es una alegoría del camino del peregrino hacia Dios. Los vitrales, con sus colores intensos, son una imagen de la Jerusalén celestial. En palabras de Huysmans, la catedral es “la Biblia en piedra”, un libro que aquellos que saben leer pueden recorrer con los ojos y con el alma.

El Durtal que recorre la catedral ya no es el buscador que investiga los crímenes de Gilles de Rais y asiste a misas negras. Antes de llegar a Chartres ha pasado por la trapa, pero no ha podido olvidar completamente sus viejos hábitos: la duda, las tentaciones de la carne, el orgullo intelectual... Ahora, recorriendo la Chartres, se encuentra en un estado intermedio, no es el escéptico ni el satanista de los primeros libros, pero tampoco ha alcanzado la paz del creyente plenamente realizado.

Uno de los temas recurrentes en la caracterización de Durtal es la lucha entre su orgullo intelectual y la humildad que la fe cristiana le exige. Durtal es un hombre culto, un erudito que sabe muchas cosas sobre la teología y la historia de la Iglesia, pero ese saber corre el riesgo de convertirse en un obstáculo para la verdadera conversión. A lo largo de La Catedral, Gévresin le recuerda repetidamente que la fe no es cuestión de inteligencia, sino de abandono y de confianza.

Esta tensión entre la cultura y la fe es uno de los aspectos más modernos de la novela. Durtal no es un campesino crédulo ni un asceta que renuncia al mundo; es un intelectual del siglo XIX que busca conciliar su amor por el arte y la erudición con una vida espiritual auténtica. En este sentido, su figura anticipa muchos de los dilemas del intelectual católico contemporáneo.

El tema central de la novela es, sin duda, la relación entre belleza y fe. Huysmans sostiene, a través de la experiencia de Durtal, que la belleza no es un adorno superficial ni un mero placer estético, sino una de las vías más directas para experimentar la presencia de lo sagrado.

Esta idea tiene profundas raíces en la tradición cristiana –desde el Pseudo Dionisio hasta los teólogos del gótico–, pero adquiere un matiz muy particular en el contexto del fin de siglo. En una época dominada por el positivismo, el materialismo y la fe en la ciencia, Huysmans propone que la belleza artística es un testimonio de la existencia de Dios más convincente que cualquier argumento filosófico. La catedral de Chartres, con su perfección formal y su riqueza simbólica, se convierte así en una “prueba de la verdad del catolicismo”: solo una religión verdadera, piensa Durtal, podía haber inspirado una obra de semejante grandeza. Cada escultura, cada vidriera, cada capitel, enseña una verdad de la fe y contribuye a la educación espiritual del pueblo. Esta concepción del arte como “teología en imágenes” está en las antípodas de la idea moderna del arte por el arte.

Para Huysmans, el arte auténtico no puede ser neutral o indiferente ante la Verdad; debe estar al servicio de algo más grande que sí mismo. Y ese algo más grande, en su caso, es la fe católica. La Catedral representa la cima de lo que el propio autor denominó “naturalismo espiritualista”. ¿Qué significa este concepto para el lector? Significa que Huysmans no abandona su técnica de observador minucioso, sino que cambia el objeto de su estudio. Ya no analiza el vicio en los suburbios, sino la virtud en las piedras; ya no describe la descomposición de un cuerpo, sino la ascensión de una aguja gótica.

Pero este relato es también y sobre todo una crítica de la modernidad. Huysmans opone a la sociedad burguesa, materialista y utilitaria del siglo XIX la civilización medieval, que era, a sus ojos, orgánica, simbólica y orientada hacia Dios. La catedral gótica es, en este sentido, el símbolo de todo lo que la modernidad ha perdido: la unidad entre lo material y lo espiritual, la dimensión comunitaria de la fe, la presencia de lo sagrado en la vida cotidiana. La descripción de la catedral se convierte así en una elegía por un mundo desaparecido y un alegato a favor de su recuperación.

Uno de los conceptos centrales de la obra es la idea de la catedral como “libro de piedra”. Este motivo, heredado de la tradición medieval, implica que el edificio constituye un sistema de signos destinado a instruir y elevar espiritualmente al fiel. La exaltación del gótico en La Catedral implica una crítica implícita de la modernidad. Para Huysmans, la arquitectura medieval encarna una síntesis de fe y arte que la época contemporánea ha perdido. Frente al eclecticismo y la funcionalidad de la arquitectura moderna, el gótico aparece como expresión de una espiritualidad encarnada en la materia. Esta oposición no es meramente estética, sino también filosófica: la modernidad es percibida como una época de dispersión y superficialidad, mientras que la Edad Media representa una unidad perdida.

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Tras su lanzamiento, no le faltaron críticas y, especialmente, de algunos sectores de la Iglesia que vieron la aproximación de Huysmans a la religión como demasiado «estética» y le acusaron de confundir la fe con el gusto por el arte gótico.

Pero lo cierto es que La Catedral ocupa un lugar central en la producción de Huysmans y representa el momento de mayor equilibrio entre sus dos grandes pasiones: la búsqueda estética y la búsqueda espiritual. En sus primeras obras, el arte era un fin en sí mismo; en sus últimas obras, la fe se impone como el valor supremo. Aquí, ambas dimensiones se integran armoniosamente: la belleza de la catedral es el vehículo que conduce a Durtal a la fe, y la fe, a su vez, da un sentido más profundo a esa belleza.

Además, no hay que olvidar que, además de ser un relato de ficción, es algo más. Lo que el lector tiene en las manos es un tratado de iconografía, una historia del arte y también una guía espiritual, todo ello envuelto en un estilo literario de belleza singular.

Lo que ha intentado Huysmans escribiendo un relato sin acción, sin trama, es algo inédito y apenas ensayado en la historia de la literatura: no hay amores imposibles, no hay duelos ni crímenes, nada de persecuciones ni de cambios constantes de escenario para entretener y capturar la atención del lector; solo hay un hombre que camina por una catedral y que, en cada piedra, en cada vidriera, descubre un nuevo significado y una nueva invitación a creer.

No hay acción, todo es contemplación: esa es su principal riqueza y su corolario es que las grandes aventuras no son las que ocurren en el mundo exterior, sino las que se desarrollan en el alma humana.

La Catedral en el siglo XXI

Hoy, esta novela es un tesoro olvidado. Y, sin embargo, el mundo ha ido discurriendo, mal que bien, por los mismos senderos que ya se anticipaban a finales del XIX, solo que de manera cada vez más acelerada. Así pues, la novela es tanto más actual en la medida en que responde al mismo mal, centuplicado, que en la época en la que se escribió.

En este momento de cierta recristianización de la sociedad europea, los viajeros que la han leído saben perfectamente que puede ser una guía de viaje para los turistas que visitaban Chartres. Este año 2026, la tradicional peregrinación a Chartres ha registrado 14.000 altas en las primeras 24 horas de apertura de inscripción el pasado domingo de Ramos. En las mismas fechas, el año anterior apenas se registraron 6.000. Los organizadores anticipan que en 2026 se superarán los 20.000 peregrinos.

Esta peregrinación de Chartres se celebra tradicionalmente cada año durante el fin de semana de Pentecostés. La ruta cubre aproximadamente 100 kilómetros en tres días, partiendo desde las cercanías de la iglesia de Saint-Sulpice en París. Este aumento, además de mostrar el “renacimiento espiritual” de la juventud francesa, muestra también la preocupación a la creciente islamización del país y el rechazo cada vez más desacomplejado. Seguramente muchos de ellos habrán leído el libro que tiene usted entre las manos.

Y es que, más de un siglo después de su publicación, La Catedral es una obra “olvidada”, pero no muerta: sigue gozando de una vida latente; es leída y admirada por quienes buscan en la literatura algo más que entretenimiento: una reflexión sobre el sentido de la existencia, sobre la relación entre el arte y la fe, y sobre la posibilidad de encontrar lo sagrado en medio de un mundo que parece haberlo olvidado. Quienes visitan la catedral de Chartres, pueden aún llevar en la mano el libro de Huysmans como un mapa para recorrer no solo el edificio de piedra, sino también el edificio interior de sus propias almas. Esa es, quizás, la mayor prueba de la grandeza de esta obra singular: que sigue hablando a los lectores de hoy con la misma fuerza y la misma profundidad con que habló a los de ayer.

La Catedral, como el lector tendrá ocasión de comprobar, no es una novela en el sentido convencional, sino una experiencia intelectual y espiritual. Su lectura requiere tiempo, atención y disposición para la reflexión. De hecho, induce sobre todo a la reflexión. La obra invita a recuperar una forma de mirada capaz de descubrir el sentido en las cosas, y a reconocer en el arte una vía hacia lo trascendente. En un contexto contemporáneo marcado por la aceleración y la fragmentación, La Catedral ofrece una alternativa basada en la lentitud, la profundidad y la unidad del saber.

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El problema que encuentra el traductor de esta novela es como convertir uno de los rasgos característicos de la escritura de Huysmans a un lenguaje actual y comprensible. El autor utiliza frecuentemente arcaísmos, neologismos y lenguaje técnico que es preciso, adaptar a un lenguaje actual y comprensible, si se quiere comprender el sentido del relato. Hemos intentado realizar una traducción y una edición que sea comprensible para el lector. Esperamos que éste se siente tan satisfecho de su lectura como nosotros mismos lo hemos estado traduciéndolo.