La traducción y edición de La Catedral de J. K. Huysmans está disponible en Amazon desde hace un mes. Transcribimos aquí la introducción que realizamos para esta versión. Durante nuestro exilio en Francia, tuvimos ocasión de visitar en varias ocasiones Chartres y podemos dar fe de que, como decía Barrés en La Colina Inspirada, "hay lugares en los que sopla el espíritu". Chartres es uno de ellos. La aparición de esta edición española de La Catedral ha coincidido con la peregrinación anual realizada por la cristiandad francesa desde París a esta ciudad y a la que se han sumado la cifra récord de 20.000 amantes de las tradiciones de su país. Si alguien creía que el interés por este lugar sagrado de la cristiandad francesa habia desaparecido (cuya importancia es equivalente a Santiago de Compostela), se ha equivocado. Ciertamente, el catolicismo francés siempre ha sido más combativo que el español, pero, dormido durante unas décadas, es hoy como un gigante que despierta y que empieza a caminar. En esta introducción, el lector se pondrá al día de la temática de la novela, de la personalidad de Huysmans y de su alter ego, "Durtal". Pero, sobre todo, conocerá el simbolismo místico de aquella catedral y de la fe de quienes la construyeron.
INTRODUCCIÓN A
"LA CATEDRAL"
DE JORIS-K. HUYSMANS
El año en que se publicó en Francia la primera edición de
La Cathédrale se recuerda en España como el más desastroso de su
historia: 1898. Ni su autor, ni su temática parecían encajar muy bien con la
situación emocional del país. Más de sesenta años después García Mercadal
publicó una traducción para Editorial Escelicer, hoy inencontrable y muy
buscada por los coleccionistas. Eran los tiempos del “desarrollismo” (1961) y
el país parecía dispuesto a realizar lo que podríamos llamar “deberes
atrasados” también en el terreno literario y editorial.
Por nuestra parte, tuvimos conocimiento de esta obra de Huysmans hacia principios de los años 70, cuando leímos El misterio de la Catedral de Chartres, de Louis Charpentier, un autor adscrito al “realismo fantástico”, pero con una pluma singularmente seductora. Archivamos el nombre de Huysmans en nuestra memoria y cuando el exilio nos obligó a fijar nuestra residencia en París tuvimos ocasión de comprar una edición de lujo de la misma obra publicada por Robert Lafont. Visitamos Chartres y tuvimos ocasión de admirar su catedral.
Fue más tarde, cuando empezamos a tener
conocimiento de quién era Joris-Karl Huysmans. Somos “de ciencias”; por tanto,
no se nos puede reprochar esta ignorancia en materia literaria. Pero el azar
quiso que nos topáramos con su figura cuando nos interesamos por las relaciones
entre literatura y ocultismo. En la introducción a La colina inspirada
de Maurice Barrès ya aludimos a Huysmans y a sus correrías por los medios
ocultistas fin de Siècle en París que no vamos a repetir aquí. Cayó en
nuestras manos una vieja edición de Allá abajo que supuso el primer
contacto real con su literatura. Gracias a Internet dimos con un ejemplar en
PDF de La Cathédrale, con la notación “This digitalized version ©
www.huysmans.org” que reavivó nuestro interés, tanto por la literatura de
Huysmans y de su época, como por la catedral de Chartres. Porque la “catedral”
a la que alude el título de la novela es esa.
Desde hace años solamente hemos decidido traducir
y editar aquellos textos que, de una forma u otra, nos han seducido y que creemos
pueden ser útil para otros. Afortunadamente, las herramientas modernas de
traducción, edición y búsqueda, facilitan extraordinariamente la tarea. Y las
hemos aprovechado, especialmente en las Notas a pie de página.
A este respecto, hemos decidido colocar un buen
número de notas especificando lo esencial de personajes que, ya sea porque
pertenecen a la cultura francesa o por ser poco o nada conocidos en nuestro
tiempo y en nuestro ámbito cultural, pueden generar dudas en el lector. Así
mismo, hemos decidido también excluir de estas precisiones a la mayoría de
santos que se mencionan (y son muchos) a lo largo de estas páginas. El motivo
es que su biografía está al alcance de cualquier que se interese por cada
nombre y pueden ser localizados con facilidad en la red o en cualquier
enciclopedia convencional. Hemos evitado también dar precisiones sobre artistas
que son suficientemente conocidos. También hemos colocado algunas
especificaciones sobre giros verbales, palabras en desuso en nuestra lengua,
términos técnicos poco conocidos por un público no especializado en
arquitectura medieval, que consideramos que pueden ayudar al lector. Buena
parte de estas notas han sido generadas por Inteligencia Artificial.
Vayamos ahora a presentar algunos comentarios,
informaciones y datos, necesarios para situar al autor, a su generación, a su
estilo y a sus personajes, necesarios para aprovechar la lectura de una obra
que tiene ya más de 125 años.
El autor: Joris‑Karl Huysmans
Joris-Karl Huysmans nace en París el 5 de febrero
de 1848 con el nombre de Charles-Marie-Georges Huysmans. Su padre, Godfried
Huysmans, era un litógrafo holandés descendiente de una familia de pintores; su
madre, Malvina Badin, era francesa y maestra de escuela. Fue bautizado el día
siguiente de su nacimiento en la iglesia de Saint-Séverin, realizó su primera
comunión en 1860 y fue confirmado al año siguiente. Estos primeros contactos
con el catolicismo, aunque pronto quedarían eclipsados por un largo período de
escepticismo y alejamiento del catolicismo, marcarían el trasfondo cultural
sobre el que más tarde se tejería su obra.
Tras la muerte de su padre en 1856 y el nuevo
matrimonio de su madre con un empresario protestante, el joven Huysmans fue
enviado a un internado parisino, la Institución Hortus, de la que siempre
guardó recuerdos amargos. Cursó estudios en el Liceo Saint-Louis y comenzó la
carrera de derecho, que no terminó. En 1866, con dieciocho años, ingresó como
funcionario del Ministerio del Interior, empleo que mantendría durante treinta
años, hasta su jubilación en 1898 como jefe de sección honorífico. Esa doble vida
–burócrata durante el día, escritor y crítico de arte por la noche– constituye
uno de los rasgos más característicos de su personalidad: un hombre meticuloso
y reservado que, en sus páginas, desplegaba un universo interior de una riqueza
y una intensidad poco comunes.
Su trayectoria intelectual suele dividirse en tres
grandes etapas: naturalista, decadente y católica. Cada una de ellas refleja no
solo un cambio de estética, sino también una transformación profunda interior
de su visión del mundo.
En sus primeros años como escritor, Huysmans se
adhirió al naturalismo de Émile Zola, del que fue su discípulo más aventajado y
seguramente el más pesimista. En sus novelas iniciales –entre las que destacan Marthe
(1876), Las hermanas Vatard (1879) y En familia (1881)– aplicó el
bisturí del naturalismo con una precisión feroz, retratando la sordidez de los
burdeles, las pensiones de mala muerte y la mediocridad de la clase obrera
parisina; estos relatos están caracterizados por un minucioso retrato de los
ambientes populares parisinos, con un estilo descarnado y a menudo satírico.
Pronto comenzó a sentirse incómodo con los
presupuestos materialistas del naturalismo, que le parecían demasiado
restrictivos para explorar las dimensiones más sutiles de la experiencia
humana. Le separaba de Zola en que éste creía en el progreso y en la ciencia
como herramientas de redención social, mientras que para Huysmans la fealdad de
la realidad material le generaba asco y repulsión. Pronto vivió el naturalismo
como un “callejón sin salida”. Si el mundo se limitaba a lo que podía verse,
tocarse y olerse, la existencia era una condena insoportable.
La ruptura definitiva se produjo en 1884 con la
publicación de À rebours (A contrapelo), muestra de esta decepción y de
su gran negación, una obra que se convertiría en el manifiesto del decadentismo
y en una de las novelas más influyentes en el último cuarto del siglo XIX. El
protagonista, Des Esseintes –precursor directo del Durtal, protagonista de La
Catedral– un esteta refinado y neurasténico, retirado del mundo en una
villa a las afueras de París en donde pasa el tiempo cultivando sensaciones
artificiales, encarna el hastío, la búsqueda de experiencias al límite, con un
rechazo absoluto a la vulgaridad de la vida moderna. La novela fue recibida con
entusiasmo por el grupo de los “decadentes” y contribuyó decisivamente a la
fama de Huysmans.
Hoy se considera a esta novela el “manifiesto del
decadentismo”. Barbey d’Aurevilly, escritor católico, tras leer la obra dijo “Al
autor solo le queda elegir entre la boca de una pistola o los pies de la Cruz”.
Huysmans tardaría todavía 10 años en decidirse por la última opción.
Este grupo se oponía al estilo burgués y a la
representación cruda de la realidad (que tachaba de “feísmo”), querían
reaccionar contra el realismo naturalista y el positivismo, hegemónicos en
aquel momento en la cultura francesa. Sus miembros eran definidos como
“esteticistas”, buscaban el arte por el arte y la belleza como fin supremo y lo
hacían con una actitud aristocrática y refinada frente a la mediocridad
burguesa. Sentían una fascinación especial por lo prohibido, la muerte, el
ocultismo y lo perverso, como recursos para refugiarse en mundos artificiales generados
por el alcohol y las drogas: cualquier cosa era lícita para huir de la realidad
y de la fealdad que le acompañaba.
Para sus descripciones utilizaban un lenguaje
rico, ornamental y cargado de símbolos: así evocaban sensaciones y significados
más allá de la descripción directa. Todos ellos, eran pesimistas por
naturaleza, figuran hoy en el panteón de los autores ilustras: son los Charles
Baudelaire (precursor del movimiento con obras como Las flores del mal),
los Paul Verlaine (maestro del decadentismo), los Arthur Rimbaud (“poeta
maldito” por excelencia), los Stéphane Mallarmé (introductor del simbolismo
como pilar del decadentismo, los Théophile Gautier (precursor con la idea
del “arte por el arte”), los Jules Barbey d’Aurevilly, Villiers de
l’Isle-Adam, Jean Lorrain, Jules Laforgue, Octave
Mirbeau, Rachilde, Tristan Corbière, Remy de Gourmont y el
dramaturgo Maurice Maeterlinck, etc.
El movimiento también irradió hacia otros países
europeos: en Italia, la literatura de D’Annunzio fue su figura central. En el
Reino Unido, el propio Oscar Wilde se vio muy influencia por Huysmans y, más en
concreto, por A contrapelo. Y aún faltaban siete años para que Huysmans
entregara a su editor el manuscrito de Là-bas (Allá lejos) que marca el
punto más alto de esta corriente.
No faltaron tampoco españoles que se sumaron a
este estilo. Antonio de Hoyos Marqués de Vinent, es quizás el representante más
puro de esta corriente, a pesar de que Valle Inclán en sus cuatro “Sonatas”
protagonizadas por el Marqués de Bradomín, haya perfilado los contornos del
perfecto dandy decadente. En Hoyos, el placer, el vicio, la perversión y
los ambientes más sórdidos y marginales de Madrid, desde los salones de la alta
sociedad hasta los bajos fondos. Fue un provocador nato y una figura central de
la bohemia madrileña. El hermano mayor de Antonio Machado fue el que abrazó con
más claridad la “pose” decadente. Su poesía, especialmente en sus primeros
libros como Alma y, sobre todo, en El mal poema (1909)
—donde se denomina “Yo, poeta decadente”—, está impregnada de los temas del
movimiento: el hastío vital, el amor por lo bohemio y marginal, la noche y el
alcohol. Aunque en él pudiera ser más una actitud estética de juventud que un
convencimiento profundo, sus versos son una de las cimas del decadentismo
poético en España. Álvaro Retana a quien el franquismo condenó al ostracismo
por su estilo de vida y su literatura, Emilio Carrere, el granadino Isaac
Muñoz, José de Zamora, completan la abultada nómina de decadentistas españoles
hoy, salvo Valle Inclán, completa e injustamente olvidados.
Durante ese período Huysmans sumerge a sus
personajes –y, por extensión, a sí mismo– en los abismos del ocultismo y la
demonología. Buscaba una forma de espiritualidad que constituyera para él una
roca en el océano contra el naturalismo y el positivismo. Pero, como todo,
existen dos formas de superar un fenómeno: “hacia arriba” o “hacia abajo”. Y
llegó un momento en el que Huysmans se saturó de frecuentar círculos
ocultistas, estudiar a los satanistas contemporáneos y mostrar un interés
morboso por la magia negra. Lejos de solucionar sus crisis interiores, esa
inmersión en lo siniestro terminó generándole un profundo malestar interior que
lo llevó, paradójicamente, a plantearse la cuestión del bien y la posibilidad
de la redención. Había dejado de mirar “hacia abajo” y empezaba a dirigir su
vista a los cielos.
Durtal el alter ego de Huysmans
El punto de inflexión se produjo en 1892, cuando
Huysmans comenzó a asistir a los cursos de la abadía benedictina de Saint-Martin
de Ligugé y entró en contacto con el escritor católico Léon Bloy, quien se
convertiría en su mentor espiritual. En 1895, tras un retiro en el monasterio
trapense de Notre-Dame d’Igny, Huysmans experimentó una conversión que
describiría como una “gracia inesperada” y que cambiaría para siempre el rumbo
de su vida y de su obra. No fue un camino fácil, tuvo altibajos. Él mismo declaró
que se había convertido “a pesar de los sacerdotes” y que ese tránsito no lo
había generado ni la teología ni los eclesiásticos, sino impulsado por la
belleza de la liturgia, el canto gregoriano y la arquitectura gótica. En otras
palabras: entró en la religión católica “por al atrio de la belleza”. Y esto se
manifestaría en sus obras, especialmente en su trilogía En route (En
ruta), que discurre, primero en un monasterio trapense, luego en La Catedral
situada en Chartres y, finalmente, en L’Oblat (El oblato), en donde el
protagonista ingresa como oblato en la abadía benedictina de Ligugé y consolida
su vida católica.
“Durtal”, el protagonista de esta trilogía es,
obviamente, el alter ego del propio autor. Aparece por primera vez en Là-bas
(1891), Durtal embarcado en una investigación sobre la vida de Gilles de Rais,
mariscal de Juana de Arco, que derivó hacia el satanismo más criminal; Durtal,
siguiendo a este personaje siniestro se embarcará en prácticas satánicas y
rituales de magia negra. Está, entonces, fascinado por el mal. Es, a la vez, un
tipo solitario, atormentado, en constante lucha consigo mismo y con el mundo, e
intelectual refinado que busca desesperadamente un sentido para su vida. La
trilogía que seguirá a Là-bas culmina diez años después de la
publicación de esta obra, en L’Oblat: son diez años en la vida de
Durtal-Huysmanss que le llevan del decadentismo al catolicismo. Durtal resume
la experiencia espiritual de su autor.
Ese giro hacia el catolicismo comienza con Là-bas
en donde el eje de la trama es la investigación que su alter ego, Durtal,
realiza sobre el satanismo moderno para escapar del aburrimiento. Huysmans,
finalmente, comprendió que, si el Mal absoluto existía y era una fuerza
tangible y, por tanto, el Bien absoluto debía ser igualmente real. La lógica de
la sombra lo llevó a buscar la luz. La conversión definitiva se narra en En
route (En camino, 1895), donde Durtal se retira a un monasterio trapense.
Pero, es en La Catedral donde esa
conversión se estabiliza y se vuelve intelectual. Aquí, el autor decide que la
literatura debe servir para “desenterrar” el simbolismo perdido de la Edad
Media. Para él, el arte medieval no era solo estética, era una lengua sagrada
que el hombre moderno, cegado por el positivismo, ya no sabía leer. Durtal es,
para su autor, el vehículo de una autopsia espiritual.
A lo largo de la trilogía entenderemos la compleja
personalidad de Durtal y las razones de su conversión: no ha recibido una
iluminación súbita y simplista; su fe es estética, intelectual y, a menudo,
torturada; es, básicamente, un hombre que “quiere creer”, pero cuyo cerebro,
educado en el escepticismo y el análisis científico, ofrece resistencias que,
una y otra vez, van reapareciendo.
En tanto que viejo esteta, no reza, sino que
observa. Su espiritualidad no sería nada sin el filtro del arte. Para él, la
simple belleza es la prueba más verosímil de la existencia de Dios. Su actitud
es la de un crítico de arte que espera que las piedras de las que está hecha la
catedral y su estatuaria, le respondan. Rechaza, prácticamente en bloque la
modernidad que asimila a la fealdad. El autor ha diseñado un personaje que
conoce muy bien: ¡es él mismo! ¡alguien que parece haberse equivocado de siglo!
Vive en el siglo XIX, pero no es del siglo XIX: su corazón late a ritmo del
siglo XIII. Está presente y debe soportar un mundo que ni es el suyo ni del que
se siente parte. No busca integrarse en ese mundo que rechaza, ni afirmar su
Ego, como en el período decadentista: solo quiere disolverse en la liturgia.
Para comprender plenamente la obra, es necesario
situarla en el contexto cultural del fin de siglo europeo. Este periodo se
caracteriza por una profunda crisis de valores: el positivismo y el
cientificismo, dominantes en la segunda mitad del siglo XIX, comienzan a ser
cuestionados, mientras surgen corrientes alternativas que buscan nuevas formas
de sentir. El simbolismo, el decadentismo y diversas corrientes espiritualistas
reflejan esta inquietud. En este marco, la trayectoria de Huysmans resulta
paradigmática: su evolución desde el naturalismo hacia una literatura
espiritualizada reproduce, en clave individual, una tendencia más amplia que
siguió una parte importante de la cultura europea. Y es que, más allá de su
contenido artístico, La Catedral plantea cuestiones filosóficas
fundamentales: la relación entre forma y sentido, entre materia y espíritu,
entre conocimiento y fe.
Para Huysmans, La Catedral fue una estación
de tránsito. Tras haber explorado el pecado en Là-bas y el
arrepentimiento en En route, Durtal (y Huysmans) encuentra en Chartres
el rigor intelectual necesario para dar el último paso: la oblación. “Oblato”
proviene del latín oblatus (“ofrecido”), y designa a
los laicos asociados a una orden religiosa tradicional que viven según su
espiritualidad sin ser monjes de clausura, o miembros de congregaciones
misioneras.
Este tránsito final es algo que ya puede preverse
desde el capítulo final de La Catedral cuando entiende que no basta con
contemplar la belleza de la piedra; hay que vivir la regla. La trayectoria real
del autor culmina con su mudanza a Ligugé, para vivir cerca de una abadía
benedictina. Si en La Catedral el protagonista es el edificio, en su
siguiente y última gran obra, L’Oblat, todo girará en torno a la
Liturgia.
Y Huysmans murió como vivió, como un monje laico.
Su final fue uno de los testimonios de entereza más estremecedores de la
literatura francesa. Padeciendo un cáncer de mandíbula atroz, se negó a recibir
morfina para “ofrecer” su dolor, muriendo en 1907 envuelto en el hábito
benedictino. Esta coherencia final otorga a La Catedral una gravedad que
trasciende a lo puramente literario.
La Catedral, un best-seller de su tiempo
La Catedral se publicó en 1898. Previamente, Huysmans había
fragmentado el texto en catorce entregas que se publicaron como folletín en L’Écho
de Paris entre octubre y noviembre de 1897. Fue, sin duda, el mayor éxito
comercial de Huysmans; las regalías que obtuvo le permitieron jubilarse
anticipadamente de su puesto en el Ministerio del Interior y dedicarse por
completo a la escritura.
Algunos críticos cuestionaron la sinceridad de la
conversión del escritor, acusándolo de haber fabricado su fe como un nuevo
disfraz estético. No parece que fuera así y, de todas formas, el público
recibió la obra con entusiasmo, y la novela se convirtió rápidamente en un
texto de referencia para los católicos que buscaban un lenguaje literario capaz
de expresar su experiencia espiritual en el mundo moderno.
La acción de La Catedral tiene lugar casi
enteramente en la ciudad de Chartres. Sugiero seguir en Google Maps los
recorridos que realizó el autor, en una ciudad, cuyo casco antiguo ni ha
cambiado excesivamente. Durtal se ha instalado allí tras su período de retiro
en el monasterio trapense. Vive en una relativa tranquilidad, dedicado al
estudio de la catedral gótica y de los símbolos que la adornan.
En Chartres, Huysmans busca lo que él llama el
“arte primitivo”: ese momento del siglo XIII donde el artista era anónimo y su
obra era pura oración. En contrapartida, el autor no puede ocultar el odio
estético que le produce el arte de su tiempo. Durtal desprecia las iglesias
modernas, decoradas con lo que se llamaba entonces “estilo Saint-Sulpice” (o
sansulpiciano), arte religioso industrial, dulzón y mediocre). Considera que la
fealdad en la iglesia es una forma de pecado. Por eso, Chartres es su último refugio:
es el único lugar donde la belleza es tan absoluta que permite la presencia
real de lo sagrado. La catedral le genera lo que hoy llamaríamos una
“experiencia multisensorial”. El “canto llano”, el gregoriano, compañero
inseparable de la liturgia católica tradicional, que no busca el aplauso, sino
la introspección, como también las descripciones del incienso, del olor a cera
vieja, el frío de las losas, son los elementos que hacen que el afianzamiento
de las convicciones de Durtal se trasladen al lector.
La Catedral no es una novela convencional. De hecho, carece
de trama narrativa, no hay intriga; lo más que puede llamarse “acción” se
reducen a visitas a la catedral, conversaciones con su director espiritual, el
abate Gévresin y sus meditaciones sobre la teología, liturgia e historia del
arte. La figura del abate Gévresin, está inspirada en parte por el abad
benedictino que guio a Huysmans en sus primeros pasos en la fe, encarna la
sabiduría tradicional de la Iglesia. Gévresin no impone a Durtal una rígida
disciplina, sino que lo acompaña con paciencia y comprensión, ayudándolo a
descifrar los símbolos de la catedral y a encontrar en ellos un camino hacia
Dios.
Pero, en realidad, el protagonista ni siquiera es
humano; no es Durtal, sino la propia catedral de Chartres.
Huysmans se empeña en dedicar cientos de páginas a
describir, analizar y desentrañar el significado de cada elemento
arquitectónico, cada vidriera, cada escultura. Huysmans aborda el conjunto del
edificio como un “texto simbólico” escrito en piedra que hay que descifrar. Ve
todos los elementos de la catedral como alegorías de la fe cristiana, una
teología hecha piedra y vitrales (esto es, de luz). En este sentido, esta obra
puede leerse simultáneamente como relato, como ensayo simbólico y como
documento espiritual.
Más que narrar acontecimientos, La Catedral
invita al lector a participar en una experiencia de lectura contemplativa. La
progresión narrativa es sustituida por una acumulación de descripciones,
interpretaciones y asociaciones simbólicas que exigen una actitud activa y
reflexiva. El autor nos sugiere que el mundo puede ser interpretado como un
sistema de signos, y que la tarea del sujeto consiste en descifrarlo. La
Catedral es, precisamente el paradigma del mundo en el que está incluido todo
lo que puede tener relieve para un católico.
Junto al abate Gévresin, como guía intelectual, su
ama de llaves, la señora Bavoil, representa la fe sencilla, mística y
popular que Durtal admira pero que, por su propia naturaleza intelectual, no
puede alcanzar. Ambos personajes forman con Durtal, una tríada que permite a
Huysmans exponer todas las facetas de la vida espiritual sin caer en el sermón.
Durtal es el punto medio: el hombre que posee la cultura, pero añora la
inocencia y aspira a la perfección. La señora Bavoil representa la “fe del
carbonero”, primitiva, espontánea, sincera. Gévresin es el camino.
Huysmans describe la catedral con un lenguaje
biológico. La nave es el pecho que respira; las criptas son las raíces oscuras
y uterinas; las agujas de los campanarios son gritos de piedra lanzados al
cielo. Durtal pasea por el edificio sintiendo que las piedras tienen voz. El
lector descubrirá que, bajo la pluma de Huysmans, la arquitectura pierde su
rigidez y se convierte en algo fluido, cambiante según la luz del día o la hora
del oficio religioso.
La catedral es interpretada a la luz de los
bestiarios, los lapidarios, los tratados de herboristería y los textos de los
Padres de la Iglesia. El simbolismo de las piedras preciosas, de las plantas,
de los animales, todo es movilizado para mostrar cómo la catedral gótica resume
en sí misma todo el conocimiento sagrado de la Edad Media.
Para Huysmans, la catedral gótica no es solo un
edificio bello; es una manifestación de Dios en la materia. Cada elemento de la
catedral tiene un significado teológico. La orientación hacia el Este simboliza
la espera del sol de justicia que es Cristo. Las torres representan la oración
y la contemplación. El laberinto del pavimento (ese laberinto que conecta la
catedral con el pasado greco-romano) es una alegoría del camino del peregrino
hacia Dios. Los vitrales, con sus colores intensos, son una imagen de la
Jerusalén celestial. En palabras de Huysmans, la catedral es “la Biblia en
piedra”, un libro que aquellos que saben leer pueden recorrer con los ojos y
con el alma.
El Durtal que recorre la catedral ya no es el
buscador que investiga los crímenes de Gilles de Rais y asiste a misas negras.
Antes de llegar a Chartres ha pasado por la trapa, pero no ha podido olvidar
completamente sus viejos hábitos: la duda, las tentaciones de la carne, el
orgullo intelectual... Ahora, recorriendo la Chartres, se encuentra en un
estado intermedio, no es el escéptico ni el satanista de los primeros libros,
pero tampoco ha alcanzado la paz del creyente plenamente realizado.
Uno de los temas recurrentes en la caracterización
de Durtal es la lucha entre su orgullo intelectual y la humildad que la fe
cristiana le exige. Durtal es un hombre culto, un erudito que sabe muchas cosas
sobre la teología y la historia de la Iglesia, pero ese saber corre el riesgo
de convertirse en un obstáculo para la verdadera conversión. A lo largo de
La Catedral, Gévresin le recuerda repetidamente que la fe no es cuestión de
inteligencia, sino de abandono y de confianza.
Esta tensión entre la cultura y la fe es uno de
los aspectos más modernos de la novela. Durtal no es un campesino crédulo ni un
asceta que renuncia al mundo; es un intelectual del siglo XIX que busca
conciliar su amor por el arte y la erudición con una vida espiritual auténtica.
En este sentido, su figura anticipa muchos de los dilemas del intelectual
católico contemporáneo.
El tema central de la novela es, sin duda, la
relación entre belleza y fe. Huysmans sostiene, a través de la experiencia de
Durtal, que la belleza no es un adorno superficial ni un mero placer estético,
sino una de las vías más directas para experimentar la presencia de lo sagrado.
Esta idea tiene profundas raíces en la tradición
cristiana –desde el Pseudo Dionisio hasta los teólogos del gótico–, pero
adquiere un matiz muy particular en el contexto del fin de siglo. En una época
dominada por el positivismo, el materialismo y la fe en la ciencia, Huysmans
propone que la belleza artística es un testimonio de la existencia de Dios más
convincente que cualquier argumento filosófico. La catedral de Chartres, con su
perfección formal y su riqueza simbólica, se convierte así en una “prueba de la
verdad del catolicismo”: solo una religión verdadera, piensa Durtal, podía
haber inspirado una obra de semejante grandeza. Cada escultura, cada vidriera,
cada capitel, enseña una verdad de la fe y contribuye a la educación espiritual
del pueblo. Esta concepción del arte como “teología en imágenes” está en las
antípodas de la idea moderna del arte por el arte.
Para Huysmans, el arte auténtico no puede ser
neutral o indiferente ante la Verdad; debe estar al servicio de algo más grande
que sí mismo. Y ese algo más grande, en su caso, es la fe católica. La
Catedral representa la cima de lo que el propio autor denominó “naturalismo
espiritualista”. ¿Qué significa este concepto para el lector? Significa que
Huysmans no abandona su técnica de observador minucioso, sino que cambia el
objeto de su estudio. Ya no analiza el vicio en los suburbios, sino la virtud
en las piedras; ya no describe la descomposición de un cuerpo, sino la
ascensión de una aguja gótica.
Pero este relato es también y sobre todo una
crítica de la modernidad. Huysmans opone a la sociedad burguesa, materialista y
utilitaria del siglo XIX la civilización medieval, que era, a sus ojos,
orgánica, simbólica y orientada hacia Dios. La catedral gótica es, en este
sentido, el símbolo de todo lo que la modernidad ha perdido: la unidad entre lo
material y lo espiritual, la dimensión comunitaria de la fe, la presencia de lo
sagrado en la vida cotidiana. La descripción de la catedral se convierte así en
una elegía por un mundo desaparecido y un alegato a favor de su recuperación.
Uno de los conceptos centrales de la obra es la
idea de la catedral como “libro de piedra”. Este motivo, heredado de la
tradición medieval, implica que el edificio constituye un sistema de signos
destinado a instruir y elevar espiritualmente al fiel. La exaltación del gótico
en La Catedral implica una crítica implícita de la modernidad. Para
Huysmans, la arquitectura medieval encarna una síntesis de fe y arte que la
época contemporánea ha perdido. Frente al eclecticismo y la funcionalidad de la
arquitectura moderna, el gótico aparece como expresión de una espiritualidad
encarnada en la materia. Esta oposición no es meramente estética, sino también
filosófica: la modernidad es percibida como una época de dispersión y
superficialidad, mientras que la Edad Media representa una unidad perdida.
* * *
Tras su lanzamiento, no le faltaron críticas y,
especialmente, de algunos sectores de la Iglesia que vieron la aproximación de
Huysmans a la religión como demasiado «estética» y le acusaron de confundir la
fe con el gusto por el arte gótico.
Pero lo cierto es que La Catedral ocupa un
lugar central en la producción de Huysmans y representa el momento de mayor
equilibrio entre sus dos grandes pasiones: la búsqueda estética y la búsqueda
espiritual. En sus primeras obras, el arte era un fin en sí mismo; en sus
últimas obras, la fe se impone como el valor supremo. Aquí, ambas dimensiones
se integran armoniosamente: la belleza de la catedral es el vehículo que
conduce a Durtal a la fe, y la fe, a su vez, da un sentido más profundo a esa
belleza.
Además, no hay que olvidar que, además de ser un
relato de ficción, es algo más. Lo que el lector tiene en las manos es un
tratado de iconografía, una historia del arte y también una guía espiritual,
todo ello envuelto en un estilo literario de belleza singular.
Lo que ha intentado Huysmans escribiendo un relato
sin acción, sin trama, es algo inédito y apenas ensayado en la historia de la
literatura: no hay amores imposibles, no hay duelos ni crímenes, nada de
persecuciones ni de cambios constantes de escenario para entretener y capturar
la atención del lector; solo hay un hombre que camina por una catedral y que,
en cada piedra, en cada vidriera, descubre un nuevo significado y una nueva
invitación a creer.
No hay acción, todo es contemplación: esa es su
principal riqueza y su corolario es que las grandes aventuras no son las que
ocurren en el mundo exterior, sino las que se desarrollan en el alma humana.
La Catedral en el siglo XXI
Hoy, esta novela es un tesoro olvidado. Y, sin
embargo, el mundo ha ido discurriendo, mal que bien, por los mismos senderos
que ya se anticipaban a finales del XIX, solo que de manera cada vez más
acelerada. Así pues, la novela es tanto más actual en la medida en que responde
al mismo mal, centuplicado, que en la época en la que se escribió.
En este momento de cierta recristianización de la
sociedad europea, los viajeros que la han leído saben perfectamente que puede
ser una guía de viaje para los turistas que visitaban Chartres. Este año 2026,
la tradicional peregrinación a Chartres ha registrado 14.000 altas en las
primeras 24 horas de apertura de inscripción el pasado domingo de
Ramos. En las mismas fechas, el año anterior apenas se registraron 6.000.
Los organizadores anticipan que en 2026 se superarán los 20.000 peregrinos.
Esta peregrinación de Chartres se celebra
tradicionalmente cada año durante el fin de semana de Pentecostés. La
ruta cubre aproximadamente 100 kilómetros en tres días, partiendo
desde las cercanías de la iglesia de Saint-Sulpice en París. Este aumento,
además de mostrar el “renacimiento espiritual” de la juventud francesa, muestra
también la preocupación a la creciente islamización del país y el rechazo cada
vez más desacomplejado. Seguramente muchos de ellos habrán leído el libro que
tiene usted entre las manos.
Y es que, más de un siglo después de su
publicación, La Catedral es una obra “olvidada”, pero no muerta: sigue
gozando de una vida latente; es leída y admirada por quienes buscan en la
literatura algo más que entretenimiento: una reflexión sobre el sentido de la
existencia, sobre la relación entre el arte y la fe, y sobre la posibilidad de
encontrar lo sagrado en medio de un mundo que parece haberlo olvidado. Quienes
visitan la catedral de Chartres, pueden aún llevar en la mano el libro de
Huysmans como un mapa para recorrer no solo el edificio de piedra, sino también
el edificio interior de sus propias almas. Esa es, quizás, la mayor prueba de
la grandeza de esta obra singular: que sigue hablando a los lectores de hoy con
la misma fuerza y la misma profundidad con que habló a los de ayer.
La Catedral, como el lector tendrá ocasión de comprobar, no es
una novela en el sentido convencional, sino una experiencia intelectual y
espiritual. Su lectura requiere tiempo, atención y disposición para la
reflexión. De hecho, induce sobre todo a la reflexión. La obra invita a
recuperar una forma de mirada capaz de descubrir el sentido en las cosas, y a
reconocer en el arte una vía hacia lo trascendente. En un contexto
contemporáneo marcado por la aceleración y la fragmentación, La Catedral
ofrece una alternativa basada en la lentitud, la profundidad y la unidad del
saber.
* * *
El problema que encuentra el traductor de esta
novela es como convertir uno de los rasgos característicos de la escritura de
Huysmans a un lenguaje actual y comprensible. El autor utiliza frecuentemente
arcaísmos, neologismos y lenguaje técnico que es preciso, adaptar a un lenguaje
actual y comprensible, si se quiere comprender el sentido del relato. Hemos
intentado realizar una traducción y una edición que sea comprensible para el
lector. Esperamos que éste se siente tan satisfecho de su lectura como nosotros
mismos lo hemos estado traduciéndolo.












