domingo, 17 de mayo de 2026

CRÓNICAS DEL FINAL DE LA MODERNIDAD (2) – CHINA EN EL PRINCIPIO Y EN EL FIN DE NUESTRO CICLO


La traducción del libro de Albert Puyou, conde de Pouvourville, La Vía Metafísica, nos ha permitido recordar la antigüedad (casi estaría tentado de decir, lo “originario”) de la civilización China. Y esto nos ha inducido a meditar sobre el principio y el fin de los ciclos históricos. De la lectura de los dos puntales del “pensamiento tradicional”, Julius Evola y René Guénon, se deduce que, cuando un ciclo histórico termina, hay que considerar ese fin, no como un “desarreglo” caótico y casual, con características propias, imposibles de prever, sino que se trata de una fatalidad necesaria dentro del orden cósmico universal cuya primera ley es que todo lo que nace termina muriendo. Así pues, podemos hablar del “nacimiento” y de la “mortandad” inevitable de las civilizaciones. Y, entonces se aplica la segunda ley natural de la vida y de la muerte: el momento de la muerte tiene unas características propias que, en sí mismas, constituyen la inversión completa del nacimiento.


VIDA Y MUERTE DE CIVILIZACIONES Y DE PERSONAS

En efecto, en esos dos momentos trascendentales para el nacimiento de un ser vivo, están presentes los mismos rasgos que en el momento de su muerta, solo que invertidos. El recién nacido respira por primera vez al abandonar el seno materno; el ser humano que abandona la vida lo hace por última vez. Su piel es cetrina, arrugada, gastada, mientras que la del ser recién nacido es tersa, suave, luminosa. A partir del nacimiento, el ser humano empieza a recopilar recuerdos e impresiones en su mente; todas estas terminan disolviéndose en el momento de la muerte. El recién nacido tiene por delante, todas las posibilidades que ofrece la existencia humana, mientras que, para el moribundo, ese instante supone un momento irreversible en el que ya no le queda ninguna opción. Podemos deducir, por todo ello, que vida y muerte, son los dos polos de la existencia y que uno es, justamente, la inversión del otro.

Ahora bien, lo que es cierto para el ser humano ¿lo es también para las civilizaciones?

En tanto que occidentales, parecemos haber olvidado que China, si bien no fue la civilización más antigua, si es la única que se ha mantenido presente y constante a lo largo de casi 5.000 años, si damos como cierto el arranque de la civilización china en el año 2.852 antes de Cristo (a.C). Desde entonces ha existido una continuidad, sin interrupción, hasta ahora. Esto implica que la civilización china tiene 4.878 años.

Es cierto que la civilización egipcia es más antigua que la civilización china en términos de organización como Estado unificado y registros históricos. Egipto se unificó como Estado bajo un solo gobernante alrededor del 3.100 a.C. Sus primeras fases culturales y asentamientos agrícolas datan incluso de fechas anteriores, cerca del 4.000 a.C. Pero, de toda aquella civilización solamente quedan restos arqueológicos. El Egipto moderno no tiene absolutamente nada que ver con el Egipto faraónico y apenas tiene relevancia en nuestro tiempo. A diferencia de China, en Egipto no ha existido “continuidad” de civilización, por mucho que su civilización haya sido más “antigua”. La cultura del Antiguo Egipto desapareció tras las conquistas griega y romana, la cultura china ha mantenido un hilo conductor ininterrumpido (escritura, filosofía y tradiciones) desde sus inicios hasta la actualidad.

La lectura de Evola y de Guénon parecen demostrar que “originariamente”, los valores de las civilizaciones orientales eran muy parecidos a los de las occidentales. Sin embargo, hay un momento en el que, Occidente empieza a “despegar” a una mayor velocidad que Oriente. Este fenómeno se conoce en la historia económica como la "Gran Divergencia", según la cual, el período en el que Europa empezó a cambiar y a acelerar su desarrollo por encima de China se sitúa entre los siglos XVI y XVIII.

A pesar de que China fue la civilización más avanzada tecnológicamente durante gran parte de la Edad Media, el ritmo de cambio europeo se disparó debido a que, mientras los chinos parecían desinteresados de lo que ocurría fuera de su espacio geopolítico natural, los europeos experimentaron a partir de finales del siglo XV un irreprimible deseo de viajar a otros continentes.

CHINA – OCCIDENTE, PRIMEROS CONTACTOS

Ya en el siglo XIII, Marco Polo había llegado a China, descubriendo una civilización adelantada que los europeos de la Edad Media ni siquiera podían imaginar, hasta el punto de considerar sus descripciones de los inventos de aquel país como supercherías: uso del papel moneda para intercambios comerciales, del carbón para calentarse, la pólvora utilizada para fuegos artificiales, medidas higiénicas tan necesarias como olvidadas en Europa, servicios logísticos que cruzaban el imperio en tiempo récord, barcos con compartimentos estancos.

Pero fue solo a partir del periplo de Colón en 1492 cuando Europa empezó el “despegue” económico de China. La “Era de los Descubrimientos” permitió abrir rutas comerciales hacia América y Asia que se tradujeron en importantes avances económicos y científicos (especialmente, a partir del siglo XVII). Estos “avances” dieron nacimiento a una nueva mentalidad en Occidente y también a desequilibrios cada vez más frecuentes, mientras que China seguía encerrada en su propio territorio, sin emprender aventuras exteriores y enfocada a mantener la estabilidad interior. China seguía siendo “confucionista”, mientras que en Europa triunfaba el pensamiento científico y cada descubrimiento era un acicate para el siguiente, siempre más y más sofisticado.

Hasta 1750, las regiones más ricas de China tenían un nivel de vida similar a las regiones más prósperas del Reino Unido (protagonista de la Primera Revolución Industrial). Pero a partir de ese momento, el progreso tecno-científico (y, por tanto, económico) opera un despegue creciente de los estándares de vida europeo, mientras que la vida parece hacerse detenido en ese momento en China.

La distancia se convierte en abismal hacia el primer tercio del siglo XX.

A lo largo del siglo XIX, mientras Europa e Inglaterra estaban ya cruzados por ferrocarriles, fábricas de vapor y armas de fuego avanzadas, China seguía siendo una economía agraria. Esta superioridad tecnológica europea se hizo evidente en las Guerras del Opio, donde la tecnología militar occidental derrotó fácilmente a las fuerzas imperiales chinas. El fondo de la cuestión en las Guerras del Opio (1839-1842 y 1856-1860) fue el choque entre el libre comercio occidental y el proteccionismo aislacionismo chino.

En el siglo XIX, Europa (especialmente Gran Bretaña) se había convertido en la gran consumidora de productos originarios de china (té, seda, porcelana…). Pero no ocurría a la inversa: los chinos estaban completamente desinteresados por todos los productos fabricados en Europa, esto dio lugar un desequilibrio económico, agravado por el hecho de que China solo aceptaba plata como pago. Cuando las reservas británicas de plata de Gran Bretaña estaban a punto de agotarse, los británicos empezaron a introducir ilegalmente opio (producido en su colonia de la India) en China.

Fue seguramente, una de las medidas más innobles y miserables que adoptó el gobierno británico: el opio era tan adictivo que la balanza comercial se invirtió. China pasó de recibir plata a ver cómo su plata salía del país para pagar la droga. Y lo peor era que, a esto se unía el que millones de chinos se convertían en adictos. Esa adicción se notaba cada vez más en las calles e incluso en el ejército. En 1839, el emperador ordenó confiscar y destruir toneladas de opio británico en Cantón, justa medida de gobierno exigida para mantener la soberanía nacional y la salud pública…. Pero los británicos, clamaron contra lo que consideraban un ataque a la “propiedad privada” y un obstáculo al “libre comercio”.

La destrucción del cargamento de opio constituyó el “casus belli” utilizado por Gran Bretaña para atacar a China. Los tres objetivos británicos fueron alcanzados: se eliminaron los aranceles chinos al opio, se abrieron más puertos al comercio internacional (centralizado hasta entonces solo en el de Cantón) y se otorgó a los diplomáticos occidentales el trato de iguales al emperador- Hasta ese momento cuando los diplomáticos británicos llegaban ante el Emperador, los funcionarios chinos les exigían realizar el Kowtow: arrodillarse tres veces y tocar el suelo con la frente tres veces más en cada ocasión. Sin este gesto, no podía haber trato comercial ni diplomático. Para los británicos, arrodillarse ante otro rey era visto como una humillación inaceptable para un caballero inglés. Pero, para los chinos era el reconocimiento de que el emperador era el garante del orden cósmico y el centro del Universo. Desde Fo-hi, se considera que el Emperador era el Tianzi (Hijo del Cielo) y que su autoridad no terminaba en las fronteras de China, sino que era el gobernante legítimo de "Todo lo que se encontraba bajo el Cielo". Cuando Gran Bretaña exigió ser tratada “como igual” en los tratados, estaba destruyendo la base de la legitimidad imperial. Si el Emperador aceptaba que la Reina Victoria era su igual, admitía que él no era el único Hijo del Cielo...

Los chinos llamaban a los occidentales "bárbaros de pelo rojo" (Hong Mao Fan). Creían que Occidente no tenía una cultura real y que su único interés era el dinero. Por su parte, los occidentales veían a los chinos como una civilización estancada y arrogante que se negaba a entrar en la "modernidad" del derecho internacional.

Cuando una civilización se siente vinculada a sus propios orígenes, su relación con cualquier otra es difícil, sino imposible. El desenlace de las guerras del opio, supuso el inicio del “siglo de la humillación” para China. Aceptar la igualdad de rango entre el Emperador y los diplomáticos ingleses fue más doloroso que la entrega de Hong Kong a la administración londinense.

A partir de las derrotas en las Guerras del Opio, algunos miembros de la élite cultural china, fueron conscientes de que el país debía “imitar” el modelo occidental. El llamado “Movimiento de Autofortalecimiento” que se desarrolló en el último tercio del siglo XIX fue el primer intento serio de modernización. La dinastía Qing intentó adoptar la tecnología occidental sin cambiar su esencia confuciana; se construyeron los primeros arsenales modernos y astilleros, se instalaron telégrafos, fábricas textiles, las tecnologías europeas mejoraron el sector minero. Fue en esos años cuando los primeros estudiantes chinos se matricularon en universidades occidentales. Se trató de un movimiento paradójico, porque los reformistas chinos llamaban a los occidentales “bárbaros”, pero argumentaban que debían “aprender las técnicas superiores de los bárbaros para poder controlarlos”.

La derrota china en la guerra contra el Japón (que vivió una situación similar, pero que se había “occidentalizado” a mayor velocidad) entrañó el fin del primer intento. Había que ir más allá de una mera copia de las estructuras científico-productivas de Occidente. El emperador Guangxu intentó una reforma radical para convertir a China en una monarquía constitucional a la europea. Pero el intento fue aplastado en solo 103 días por un golpe de estado de la emperatriz viuda Cixi.