CHINA EN EL DEVENIR DE LAS REVOLUCIONES
INDUSTRIALES
Si tratamos de encontrar un “patrón” a la
hegemonía de las naciones capaz de prever y también de explicar por qué el
protagonismo político-económico se ha ido desplazando de unas naciones a otras,
comprobaremos que solamente a partir de la invención del vapor es posible
establecer leyes empíricas que se cumplan inexorablemente. De todas las
explicaciones, más o menos, “mecanicistas” que se han dado, seguramente la
teoría de las revoluciones industriales es la más sólida.
Dicha teoría establece que en cada revolución industrial
(y vamos por cuarta), de manera natural el poder mundial se ha ido desplazando
de unas a otras naciones a causa de tres factores: las nuevas tecnologías, las
materias primas necesarias para implementar tales tecnologías y los motivos
geopolíticos que siempre concurren para otorgar potencia a las naciones.
Revisando lo ocurrido en las tres primeras revoluciones industriales, puede
inferirse lo que ocurrirá en la cuarta.
Durante la primera revolución industrial,
el eje de la potencia mundial se instaló en el Reino Unido gracias a la
concurrencia de varios factores. Basada en la invención del vapor, en las islas
británicas se explotaban suficientes minas de carbón y hierro situadas muy
cerca unas de otras y de la superficie. El carbón era el combustible esencial
para la máquina de vapor, y el hierro el material para las nuevas máquinas y
ferrocarriles. Por entonces, el Reino Unido tenía ya una monarquía
parlamentaria (tras la revolución de 1699) en el que la burguesía había
escalado puestos de poder y la aristocracia los había cedido. La propiedad
privada se había consagrado como un derecho y los empresarios sabían que sus
beneficios no serían confiscados según las necesidades del Estado. Además, el
Reino Unido había apostado por ser una “potencia naval” y, como todo Estado así
concebido, podía espolear el comercio mundial, comprar y vender manufacturas en
todo el mundo.
La aparición del ferrocarril coincidió con una
mejora de las técnicas de cultivo, gracias a lo cual la población creció
rápidamente y empezó una migración del campo a la ciudad, lo que abarató los
costes de la mano de obra industrial. Todo esto actuó en sinergia: irrupción
del ferrocarril, seguridades jurídicas, mejora de las comunicaciones interiores
y exteriores, abaratamiento de mano de obra y existencia de un sistema bancario
más desarrollado que en otros países, lo que permitío un acceso más fácil al
crédito. Esto generó, además, que los comerciantes (entre los que se
encontraban los nuevos miembros de la burguesía, pero también aristócratas que
habían entendido que su futuro dependería de las inversiones y de las
iniciativas económicas que emprendieran) aumentaran su poder. Londres se
convirtió en el centro financiero mundial y, consiguientemente, toda la
política del Reino Unido, a partir de ese momento, fue regida por intereses
económicos. El ejército británico se convirtió en la punta de lanza de la
Compañía de las Indias y en torno a estos dos polos, se construyó el imperio
británico, el primer imperio comercial global de la historia.
La unión de nuevas tecnologías, los factores
políticos y financieros, el ascenso de nuevos grupos sociales, generaron todos
los cambios que se pusieron de manifiesto desde la implementación del vapor
hasta el último tercio del siglo XIX, cuando las cosas empezaron a cambiar. En
resumen: el vapor generó un impulso económico industrial que garantizó la
hegemonía mundial del Reino Unido.
Pero las cosas no se detuvieron ahí; siguieron
mutando de nuevo cuando volvieron a irrumpir nuevas tecnologías en el período
que puede situarse entre 1870 y 1945, el ciclo de la Segunda Revolución
Industrial, que hicieron que la hegemonía mundial empezara a desplazarse.
Era la época de los nacionalismos y en Europa Central
se produjo la “primera reunificación alemana” operada por Bismarck en un
territorio que esta ese momento estaba literalmente balcanizado. La intención
de Bismarck era constituir una “gran Alemania” que reuniera a todos los
territorios de habla germánica en una sola Nación-Estado. Bismarck era
consciente de que, el poder industrial permitía a la reunión de todos esos
pequeños territorios, convertirse en una gran potencia industrial. El resultado
fue la creación de una “pequeña Alemania” de la que quedaron fuera los
territorios del Imperio Austro Húngaro.
La victoria de Alemania sobre Francia, en 1870,
supuso, el fin definitivo de la aspiración francesa de competir por la
hegemonía europea y estuvo motivada por el control que se disputaban ambos
países sobre los territorios mineros de Alsacia y Lorena. Alemania arrebató a Francia estos territorios,
que albergaban los yacimientos de mineral de hierro más grandes de Europa y al
combinar este hierro con el carbón abundante que Alemania ya poseía en la
cuenca del Ruhr, el país multiplicó su capacidad siderúrgica, superando
rápidamente a Francia y alcanzando a Gran Bretaña.
Los 5.000 millones de francos-oro que debió pagar
Francia como indemnización histórica, unido al descubrimiento de nuevas
tecnologías de producción de acero (el “convertidor Bessemer” hizo que el
hierro fuera sustituido por el acero), y científicos alemanes perfeccionaron
las aleaciones de acero (añadiendo níquel y cromo), desarrollando blindajes
militares superiores y aceros inoxidables para la construcción y maquinaria
pesada; todo esto dotó a la joven economía alemana de un impulso desconocido
hasta entonces.
Tras la derrota de Francia, era evidente que la
nueva potencia era hegemónica en la Europa Continental y disputaba al Reino
Unido la primacía industrial. Esta ofensiva alemana tenía mucho que ver, e
incluso estaba íntimamente relacionada, con los avances de la ciencia. Las
aportaciones científicas alemanas más decisivas se concentraron en el campo de
la química industrial (dominaba el 80% del mercado químico mundial
gracias a descubrimientos de laboratorio aplicados a la producción en masa:
colorantes sintéticos, descubrimiento del ácido acetilsalicílico puro en 1897 por
los laboratorios Bayer, fabricación de fertilizantes artificiales a gran
escala, producción de explosivos, pero, sobre todo, avances en el terreno de la
electricidad y la termodinámica.
Hertz demostró la existencia de las ondas
electromagnéticas, la base científica que hizo posible la invención de la
telegrafía sin hilos y la radio, Siemens descubrió el principio de la dínamo
eléctrica, permitiendo la generación masiva y el transporte de electricidad
para mover maquinaria industrial y tranvías, Diesel aplicó las leyes de la
termodinámica para patentar en 1892 el motor de encendido por compresión (motor
diésel), mucho más eficiente y potente que las máquinas de vapor para barcos,
trenes e industria pesada. A esto se sumaron avances en la medicina (Koch
descubrió la acción de las bacterias responsables de la tuberculosis y el
cólera. Röntgen descubrió la radiación electromagnética en 1895 y con sus “rayos
X”, revolucionó el diagnóstico médico y el control de calidad en la fundición
de metales para la industria pesada.
En 1914, era evidente que el Imperio Británico
había perdido terreno suficiente, en especial por su retraso relativo en
relación a Alemania y que, en la práctica, estaba perdiendo la hegemonía
mundial. De ahí que optará por provocar el desencadenamiento de la Primera
Guerra Mundial para tratar de salvar lo salvable. Sin embargo, lo inexorable de las revoluciones
científicas, hizo imposible que pudiera retener por mucho tiempo ese dominio,
especialmente porque, tanto en la primera como en la segunda Guerra Mundial, debió
recurrir a una alianza con el otro pueblo anglosajón situado al otro lado del
Atlántico, para derrotar a una Alemania que se había reforzado aún más tras las
crisis que siguieron al Tratado de Versalles, entre 1933 y 1939, mientras que
el Imperio Británico entraba en fase de centrifugación.
Los dos conflictos mundiales, fueron, en la
práctica, especialmente el segundo, el desencadenante de la Segunda Guerra
Mundial y supuso el fin de la Segunda Revolución Industrial: la bomba atómica de Hiroshima y Nagasaki, la
llegada del hombre a la Luna, la civilización del petróleo, la aviación
comercial, la televisión, los inicios de la microcomputación, y, sobre todo, el
hecho de que, los EEUU estaban alejados de los teatros de guerra europeos y ningún
otro país pudiera disputarles la seguridad y la estabilidad en su propio
continente, no contribuyeron a mantener los imperios francés y británico, como
pensaban los dirigentes de ambos países, sino a abrir un nuevo ciclo histórico-industrial
que tendría su eje en los EEUU y que ya podía preverse desde la irrupción del “fordismo”:
la producción optimizada y estandarizada en cadena.
Además, durante la segunda revolución industrial,
la aparición del motor de combustión interna, había generado una sustitución
progresiva del carbón por el petróleo. El “taylorismo” y la “organización científica
del trabajo”, habían optimizado hasta el límite la producción industrial en
masa. Algunos elementos que alcanzarían máxima importancia durante la
Tercera Revolución Industrial, se habían construido en la Segunda, impulsados por
ingenieros visionarios y políticos previsores: los canales de Suez y
Panamá, las primeras redes de comunicaciones sin hilos y por ondas.
En 1945, Europa estaba, literalmente, destrozada y
era imposible que pudiera recuperarse de un conflicto que solamente había
favorecido a los EEUU y gracias al cual -no en vano, el “partido de la guerra” (con
Churchill a un lado del Atlántico y Roosevelt al otro) había sido el máximo
instigador del conflicto-. Además, a partir de ese momento, los EEUU ya no
tuvieron competencia para dominar la economía mundial durante todo el ciclo que
va desde 1945 hasta la gran crisis económica de 2008-2011.
De la misma forma que el Reino Unido había
sustituido a Francia como nación más poderosa, y a causa de la repercusión de
las nuevas tecnologías, y cómo Alemania había desplazado hacía sí misma como
economía más poderosa, ahora, a partir de 1945 con una hábil combinación entre
poderío industrial (frente a una Europa en ruinas), secuestro de científicos
(Operación Paper Clip), poderío militar (nuclear y convencional) y, finalmente,
dinamismo industrial, consiguieron instalarse como potencia hegemónica durante
el período conocido como Guerra Fría.
En 1945 entramos en la Tercera Revolución
Industrial. En una primera fase, se
produjo la innovación en las comunicaciones: a raíz de los nuevos aviones de
bombardeo estratégico diseñados en los EEUU, el mundo se empequeñeció y los
viajes en avión se generalizaron; los radares facilitaron la navegación por
todo el planeta que se fue ampliando a partir de la década de los 60 con
satélites de comunicaciones; los avances nucleares se orientaron hacia la producción
de energía y hacia tecnologías clínicas; la cohetería tuvo un papel esencial en
la conquista del espacio exterior, mientras que seguía creando mísiles
nucleares intercontinentales en una carrera enloquecida.
Los sistemas de encriptación ideados durante el
conflicto para garantizar la impermeabilidad de las comunicaciones militares, dieron
origen a la sustitución de máquinas analíticas y mecánicas por sistemas
automatizados primero y digitalizados después, cada vez más, a medida que iba
aumentando la potencia de los transistores convertidos en microcircuitos
integrados que irrumpieron, primero tímidamente en los años 70 y luego, en la
década siguiente se convertirían en populares con el lanzamiento del primer PC.
Después, el esfuerzo se orientó hacia las redes digitales de comunicación que
alcanzaron a todo el planeta entre la última década del segundo milenio y la
primera del tercer.
Esto facilitó la “globalización”, inspirada por
economistas neo-liberales y por capitales procedentes de las grandes
acumulaciones industriales convertidos en gigantescos monstruos que surgieron o
se reforzaron a partir de la Segunda Guerra Mundial y del desarrollo que siguió.
En este nuevo ciclo, la Tercera Revolución
Industrial desplazó su eje hacia el Atlántico Norte y, en concreto, su capital
dejó el territorio europeo para centrarse en los EEUU. El período que
media entre 1945 y 2007 es el de la hegemonía norteamericana, país propietario
de las principales patentes tecnológicas de la época. Este período, desde
el punto de vista político, tuvo dos “momentos”:
- la Guerra Fría o el choque USA-URSS que se resolvió en 1989 con la caída del Muro de Berlín y la destrucción de la URSS, y
- un segundo momento en el que el unilateralismo norteamericano y la globalización fueron al paso (desde 1989 hasta 2007).
Queda un punto por examinar: los aspectos político-sociológicos
de estos cambios.
Como hemos visto, la Primera Revolución Industrial
nació de las alteraciones que habían tenido lugar en Gran Bretaña, como
resultado de las cuales se había instaurado un régimen parlamentario que luego,
con la revolución americana y poco más tarde con la revolución francesa, se
consolidaron a lo largo del siglo XIX, el gran siglo del capitalismo. Ahora
bien, los desfases provocados por la rapacidad del primer capitalismo
industrial generaron amplios movimientos de protesta de los que nació el
bolchevismo (aupado por las clases trabajadoras) y los fascismos (implementados
por las clases medias). En ambos casos, se trataba de reacciones a las ansias
depredadoras capitalistas.
En el período comprendido entre 1945 y 1989, ambos
intentos resultaron liquidados por el liberalismo: los fascismos fueron
aniquilados con el desenlace de la Segunda Guerra Mundial y el bolchevismo
quedó en la cuneta con la caída del Muro de Berlín. Así que en ese ciclo -la Tercera Revolución
Industrial- el sistema unánimemente aceptaron era el neoliberalismo económico
(que condujo a la globalización) y la democracia liberal y partidocrática con
sus ideales de “libertad, igualdad y fraternidad” que se convirtieron en la
única formulación política “aceptable”.
Pero, la historia seguía adelante.
Ahora, en el momento de escribir estas líneas nos
encontramos en una nueva revolución tecnológica en la que no existe motivo para
pensar que no se cumplirán las mismas pautas que en las anteriores:
1) La hegemonía se desplazará a otro país
2) Ese país será el que más patentes produzca y sea propietario de las nuevas tecnologías
3) La hegemonía científico-tecnológica generará hegemonía económica y política
4) Cambiarán las reglas del juego político como han cambiado en todas las épocas.
Hablar de la Cuarta Revolución Industrial es aludir
a nuestro tiempo. Se trata de una
revolución en curso, pero de la que podemos extraer algunas certidumbres.
En primer lugar, los EEUU ya no son el país que
más nuevas patentes esté registrando. Ese puesto le corresponde a China. La
Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI) que centra la recepción
de patentes índica claramente que el gigante asiático concentra prácticamente
la mitad de todas las solicitudes de patentes de invención que se realizan en
el planeta (1,8 millones de solicitudes anuales, seguida por EEUU con 500.000
solicitudes y Japón con 420.000). Pero, es importante recordar que China
ejerce un dominio abrumador en sectores de vanguardia, concentra
aproximadamente el 60% de las patentes mundiales de Inteligencia Artificial
(IA) y lidera la carrera en tecnologías cuánticas, robótica y baterías para
vehículos eléctricos.
Este primer dato es definitivo, pero si analizamos
los terrenos en los que se están desarrollando las tecnologías de la Cuarta
Revolución Industrial, la conclusión que se impone es que China está avanzando
a mayor velocidad que cualquier otro país, incluidos los EEUU. Este país
compite en el terreno de la Inteligencia Artificial (mientras Europa agoniza en
este terreno en un mar de regulaciones, prohibiciones y pérdidas de tiempo),
pero ha sido ampliamente superado en el de la robótica, en el de la tecnología
de comunicaciones. El margen de ventaja norteamericano en estos terrenos prácticamente
se ha evaporado. China aventaja radicalmente a EE. UU. en volumen, patentes y
despliegue físico, mientras que EEUU conserva (por estrecho margen) la ventaja
de los modelos más potentes y la financiación. La distancia entre los mejores
modelos de lenguaje estadounidenses y chinos se ha reducido a solo un 2,7% de
diferencia en los exámenes de referencia mundiales. El modelo chino DeepSeek-R1
está compitiendo ventajosamente con los norteamericanos.
China supera a EEUU en volumen de artículos
académicos publicados y en cantidad total de científicos dedicados a la IA.
Ahora bien, en el terreno de la inversión privada,
los EEUU siguen teniendo el liderazgo gracias al “capital
de riesgo” que multiplica por más de 20 el presupuesto de inversión privada de
China. A favor de EEUU se cuenta,
todavía el que Washington mantiene el liderazgo en supercomputación y el
diseño de los chips gráficos (GPU) de última generación necesarios para
entrenar las IA más complejas.
Las dificultades puestas por Trump para frenar el
avance de Pekín (prohibiendo la exportación de determinados chips
imprescindibles en la IA) ha obligado a los informáticos e ingenieros chinos a optimizar
sus algoritmos, logrando resultados punteros con un coste de computación
drásticamente inferior.
Sin embargo, si en este terreno la situación no se
ha resuelto definitivamente a favor ni de EEUU ni de China, lo cierto es que la
necesidad de “tierras raras” para implementar todas estas tecnologías, si se ha
inclinado desde hace una década a favor de China. En efecto, como ya hemos
publicado en algún otro artículo anterior, China domina hasta 90% el
refinado de “tierras raras”. No es que estas “tierras raras” escaseen, es
que no están en estado libre en la naturaleza y precisan un refinado antes de
que puedan aplicar a industrias clave como la automoción eléctrica, los
aerogeneradores, la robótica y el armamento militar. Incluso los minerales que
se extraen en países como Estados Unidos o Australia son enviados
frecuentemente a factorías chinas para su separación. Incluso en las llamadas
“tierras raras pesadas” (disprosio y terbio), China controla aproximadamente el
99% de la capacidad global mundial de procesamiento. El refinado de estos
metales sirve principalmente para fabricar los imanes permanentes más potentes
del planeta, esenciales para los motores de los vehículos eléctricos y los
sistemas de guía de misiles. Las factorías chinas concentran el 93% al 94%
de la producción mundial de imanes sinterizados.
Ninguna empresa fuera de Asia puede ensamblar
tecnologías de alta fidelidad sin depender de estos componentes controlados por
Pekín. Esto contrasta con el hecho de que China posea aproximadamente un
tercio (34%-38%) de las reservas naturales globales en su subsuelo, pero debido
a su agresiva capacidad operativa, acapara cerca del 70% de la extracción
minera global y sin ningún tipo -a diferencia de la UE- de regulación. De
hecho, la respuesta china a la guerra arancelaria declarada por Donald Trum al
principio de su mandato se ha centrado en este terreno fijando estrictas
regulaciones y licencias de exportación que restringen la salida de tierras
raras y tecnologías de fabricación de imanes. Estas medidas han disparado el
precio del mineral más de un 44% en algunos momentos y generando
desabastecimiento del mercado hasta el punto de que EEUU está invirtiendo
miles de millones de dólares para revivir sus propias cadenas de procesamiento
locales que -se prevé al menos- que en 2030 hayan reducido la cuota de refinado
china de “tierras raras” del 90% al 69%.
Pero donde la ventaja china es también abrumadora
es en otro terreno propio de la Cuarta Revolución Industrial: la robótica. Hoy, Pekín acapara más de la mitad de las
instalaciones de robots industriales del mundo y lidera la fabricación en masa
de hardware para robótica humanoide.
Esta ventaja la ha obtenido gracias al coche
eléctrico tan alabado por la progresía occidental. En efecto, China aprovechó
el despegue en este sector para abaratar los componentes que comparten con los
robots. Se ha publicado que, en regiones como Shenzhen, un fabricante de robots
tiene a todos sus proveedores de piezas en un radio de 30 kilómetros. Esto
reduce drásticamente el coste y el tiempo de ensamblaje. A partir de la
industria de automoción, han surgido en China 150 empresas de “robótica
humanoide” hasta el punto de que el país fabricó y envió casi el 85% de todos
los robots humanoides del mundo (concentrada especialmente en dos empresas,
Unitree y Agibot). La velocidad de producción es tan alta que se estima que fabrican
un robot humanoide cada 30 minutos.
Mientras que las firmas occidentales tardan años
en actualizar sus prototipos, las empresas robóticas chinas redujeron sus
ciclos de lanzamiento a solo 6 u 8 meses por generación. Construir y activar
con hardware en China cuesta una fracción de lo que cuesta en EE. UU. o Europa.
Esto permite fabricar miles de unidades de prueba para corregir errores
rápidamente. Luego está el apoyo que el gobierno chino presta a estas
empresas de robótica inteligente como prioridad absoluta de seguridad económica,
subvenciona directamente la investigación e incentiva a las pymes a sustituir
trabajadores por máquinas de bajo coste.
Quedaría el otro terreno propio de la Cuarta
Revolución Industrial en el que China se ha consolidado como una superpotencia
agresiva y altamente competitiva: la ingeniería genética, liderando al mismo
tiempo una profunda reestructuración legal. Tras el escándalo mundial de
2018 provocado por el científico He Jiankui (que modificó ilegalmente embriones
humanos), el gobierno de Pekín pasó de una permisividad desregulada a un control
estatal combinado con un avance científico masivo en áreas no heredables. En
los últimos meses, científicos de la Academia China de Ciencias lograron un
hito mundial al desarrollar la llamada “Ingeniería Cromosómica Programable” que
supera ampliamente el sistema CRISPR de edición de genes individuales de forma
aislada; en efecto, la herramienta china permite insertar, borrar o
reubicar fragmentos gigantescos de ADN (de miles a millones de pares de bases)
en células vegetales y animales con una precisión sin precedentes.
La autosuficiencia alimentaria, ha hecho que el
Ministerio de Agricultura chino autorizase la producción en masa y el cultivo
nacional de diversas variedades de trigo, soja, maíz y arroz editados
genéticamente que resisten plagas extremas, soportar sequías prolongadas y
tolerar herbicidas de forma eficiente.
China compite directamente con EEUU en terapias
inmunológicas, así como en tratamientos para la diabetes, ceguera y autismo. Cirujanos y biólogos chinos lograron con éxito
el primer trasplante funcional de un hígado de cerdo modificado genéticamente a
un paciente humano, un avance crítico en el campo de los xenotrasplantes para
solucionar la escasez de órganos.
Si a todo esto unimos los “proyectos locos” de los
que antes hemos hablado y, sobre todo, tenemos en cuenta las trayectorias de
las anteriores revoluciones industriales y sus repercusiones políticas, nos
parece que huelga todo comentario.
China, lejos de ser un “Estado democrático,
liberal y partidocrático” es una tecnoburocracia autoritaria destinada a
sustituir la hegemonía norteamericana mientras se prolongue la Cuarta Revolución
Industrial, el modelo político que se adapta mejor a la actual fase de
desarrollo tecnológico. Éste precisa de una autoridad central capaz de
planificar a largo y medio plazo, en el que los castigos por corrupción o “disidencia”
política, desincentiven estas actividades, un país de bajos costes de
producción, cuyo mercado interior sirva como “suelo” para un desarrollo
ventajoso de las exportaciones, y la “factoría global” en la que se había convertido
China durante la última de la Tercera Revolución Industrial, pase a ser el “centro
tecnológico mundial”.
En China se dan absolutamente todos los factores -y
el primero de todos, es la unidad del Estado, la estabilidad del gobierno, la
elección de “objetivos nacionales”, que son elementos que posibilitan un papel
protagonista en este ciclo histórico. China tiene todo esto… luego, China es
la potencia del futuro en la Cuarta Revolución Industrial, cada vez más
presente en nuestras vidas.
Harina de otro costal es durante cuánto tiempo se
prolongará este momento histórico. La Primera Revolución Industrial pudo
prolongarse durante 110 años (desde 1760 hasta 1870), la Segunda 75 años (de
1870 a 1845), mientras la Tercera lo hacía con dos períodos bien diferenciados:
la Guerra Fría (1945-1989), 44 años, y el período de unilateralismo
norteamericano (1989-2007) de 18 años, en total, 62 años. Si bien no pueden
extraerse razones matemáticas de estos períodos, es por que sus fechas de
inicio y fin no son líneas fijas y mucho menos absolutas. Habitualmente, esos
ciclos tienen unos orígenes más difusos y frecuentemente se solapan. No existe
unanimidad ni siquiera en lo relativo a sus tiempos. Ahora bien, la
clasificación que hemos adoptado nos parece suficientemente razonable como para
que, como mínimo, pueda extraerse una conclusión: se trata de duraciones
cada vez menores, y, en este sentido, si es cierto que se produce una
aceleración de la historia.
Por lo tanto, si se acepta esto, deberá
aceptarse también que el “ciclo chino” correspondiente a la Cuarta Revolución
Industrial será un ciclo perecedero, más breve que los anteriores, en cualquier
caso. Pero con una particularidad, tiene como protagonista a un país en el
que se inició un ciclo histórico mayor hace 2.800 años… y esto permite realizar
unas reflexiones finales.









