domingo, 17 de mayo de 2026

CRÓNICAS DEL FINAL DE LA MODERNIDAD (5) – CHINA Y LA CUARTA REVOLUCION INDUSTRIAL

 

CHINA EN EL DEVENIR DE LAS REVOLUCIONES INDUSTRIALES

Si tratamos de encontrar un “patrón” a la hegemonía de las naciones capaz de prever y también de explicar por qué el protagonismo político-económico se ha ido desplazando de unas naciones a otras, comprobaremos que solamente a partir de la invención del vapor es posible establecer leyes empíricas que se cumplan inexorablemente. De todas las explicaciones, más o menos, “mecanicistas” que se han dado, seguramente la teoría de las revoluciones industriales es la más sólida.

Dicha teoría establece que en cada revolución industrial (y vamos por cuarta), de manera natural el poder mundial se ha ido desplazando de unas a otras naciones a causa de tres factores: las nuevas tecnologías, las materias primas necesarias para implementar tales tecnologías y los motivos geopolíticos que siempre concurren para otorgar potencia a las naciones. Revisando lo ocurrido en las tres primeras revoluciones industriales, puede inferirse lo que ocurrirá en la cuarta.

Durante la primera revolución industrial, el eje de la potencia mundial se instaló en el Reino Unido gracias a la concurrencia de varios factores. Basada en la invención del vapor, en las islas británicas se explotaban suficientes minas de carbón y hierro situadas muy cerca unas de otras y de la superficie. El carbón era el combustible esencial para la máquina de vapor, y el hierro el material para las nuevas máquinas y ferrocarriles. Por entonces, el Reino Unido tenía ya una monarquía parlamentaria (tras la revolución de 1699) en el que la burguesía había escalado puestos de poder y la aristocracia los había cedido. La propiedad privada se había consagrado como un derecho y los empresarios sabían que sus beneficios no serían confiscados según las necesidades del Estado. Además, el Reino Unido había apostado por ser una “potencia naval” y, como todo Estado así concebido, podía espolear el comercio mundial, comprar y vender manufacturas en todo el mundo.

La aparición del ferrocarril coincidió con una mejora de las técnicas de cultivo, gracias a lo cual la población creció rápidamente y empezó una migración del campo a la ciudad, lo que abarató los costes de la mano de obra industrial. Todo esto actuó en sinergia: irrupción del ferrocarril, seguridades jurídicas, mejora de las comunicaciones interiores y exteriores, abaratamiento de mano de obra y existencia de un sistema bancario más desarrollado que en otros países, lo que permitío un acceso más fácil al crédito. Esto generó, además, que los comerciantes (entre los que se encontraban los nuevos miembros de la burguesía, pero también aristócratas que habían entendido que su futuro dependería de las inversiones y de las iniciativas económicas que emprendieran) aumentaran su poder. Londres se convirtió en el centro financiero mundial y, consiguientemente, toda la política del Reino Unido, a partir de ese momento, fue regida por intereses económicos. El ejército británico se convirtió en la punta de lanza de la Compañía de las Indias y en torno a estos dos polos, se construyó el imperio británico, el primer imperio comercial global de la historia.

La unión de nuevas tecnologías, los factores políticos y financieros, el ascenso de nuevos grupos sociales, generaron todos los cambios que se pusieron de manifiesto desde la implementación del vapor hasta el último tercio del siglo XIX, cuando las cosas empezaron a cambiar. En resumen: el vapor generó un impulso económico industrial que garantizó la hegemonía mundial del Reino Unido.

Pero las cosas no se detuvieron ahí; siguieron mutando de nuevo cuando volvieron a irrumpir nuevas tecnologías en el período que puede situarse entre 1870 y 1945, el ciclo de la Segunda Revolución Industrial, que hicieron que la hegemonía mundial empezara a desplazarse.

Era la época de los nacionalismos y en Europa Central se produjo la “primera reunificación alemana” operada por Bismarck en un territorio que esta ese momento estaba literalmente balcanizado. La intención de Bismarck era constituir una “gran Alemania” que reuniera a todos los territorios de habla germánica en una sola Nación-Estado. Bismarck era consciente de que, el poder industrial permitía a la reunión de todos esos pequeños territorios, convertirse en una gran potencia industrial. El resultado fue la creación de una “pequeña Alemania” de la que quedaron fuera los territorios del Imperio Austro Húngaro.

La victoria de Alemania sobre Francia, en 1870, supuso, el fin definitivo de la aspiración francesa de competir por la hegemonía europea y estuvo motivada por el control que se disputaban ambos países sobre los territorios mineros de Alsacia y Lorena. Alemania arrebató a Francia estos territorios, que albergaban los yacimientos de mineral de hierro más grandes de Europa y al combinar este hierro con el carbón abundante que Alemania ya poseía en la cuenca del Ruhr, el país multiplicó su capacidad siderúrgica, superando rápidamente a Francia y alcanzando a Gran Bretaña.

Los 5.000 millones de francos-oro que debió pagar Francia como indemnización histórica, unido al descubrimiento de nuevas tecnologías de producción de acero (el “convertidor Bessemer” hizo que el hierro fuera sustituido por el acero), y científicos alemanes perfeccionaron las aleaciones de acero (añadiendo níquel y cromo), desarrollando blindajes militares superiores y aceros inoxidables para la construcción y maquinaria pesada; todo esto dotó a la joven economía alemana de un impulso desconocido hasta entonces.

Tras la derrota de Francia, era evidente que la nueva potencia era hegemónica en la Europa Continental y disputaba al Reino Unido la primacía industrial. Esta ofensiva alemana tenía mucho que ver, e incluso estaba íntimamente relacionada, con los avances de la ciencia. Las aportaciones científicas alemanas más decisivas se concentraron en el campo de la química industrial (dominaba el 80% del mercado químico mundial gracias a descubrimientos de laboratorio aplicados a la producción en masa: colorantes sintéticos, descubrimiento del ácido acetilsalicílico puro en 1897 por los laboratorios Bayer, fabricación de fertilizantes artificiales a gran escala, producción de explosivos, pero, sobre todo, avances en el terreno de la electricidad y la termodinámica.

Hertz demostró la existencia de las ondas electromagnéticas, la base científica que hizo posible la invención de la telegrafía sin hilos y la radio, Siemens descubrió el principio de la dínamo eléctrica, permitiendo la generación masiva y el transporte de electricidad para mover maquinaria industrial y tranvías, Diesel aplicó las leyes de la termodinámica para patentar en 1892 el motor de encendido por compresión (motor diésel), mucho más eficiente y potente que las máquinas de vapor para barcos, trenes e industria pesada. A esto se sumaron avances en la medicina (Koch descubrió la acción de las bacterias responsables de la tuberculosis y el cólera. Röntgen descubrió la radiación electromagnética en 1895 y con sus “rayos X”, revolucionó el diagnóstico médico y el control de calidad en la fundición de metales para la industria pesada. 

En 1914, era evidente que el Imperio Británico había perdido terreno suficiente, en especial por su retraso relativo en relación a Alemania y que, en la práctica, estaba perdiendo la hegemonía mundial. De ahí que optará por provocar el desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial para tratar de salvar lo salvable. Sin embargo, lo inexorable de las revoluciones científicas, hizo imposible que pudiera retener por mucho tiempo ese dominio, especialmente porque, tanto en la primera como en la segunda Guerra Mundial, debió recurrir a una alianza con el otro pueblo anglosajón situado al otro lado del Atlántico, para derrotar a una Alemania que se había reforzado aún más tras las crisis que siguieron al Tratado de Versalles, entre 1933 y 1939, mientras que el Imperio Británico entraba en fase de centrifugación.

Los dos conflictos mundiales, fueron, en la práctica, especialmente el segundo, el desencadenante de la Segunda Guerra Mundial y supuso el fin de la Segunda Revolución Industrial: la bomba atómica de Hiroshima y Nagasaki, la llegada del hombre a la Luna, la civilización del petróleo, la aviación comercial, la televisión, los inicios de la microcomputación, y, sobre todo, el hecho de que, los EEUU estaban alejados de los teatros de guerra europeos y ningún otro país pudiera disputarles la seguridad y la estabilidad en su propio continente, no contribuyeron a mantener los imperios francés y británico, como pensaban los dirigentes de ambos países, sino a abrir un nuevo ciclo histórico-industrial que tendría su eje en los EEUU y que ya podía preverse desde la irrupción del “fordismo”: la producción optimizada y estandarizada en cadena.

Además, durante la segunda revolución industrial, la aparición del motor de combustión interna, había generado una sustitución progresiva del carbón por el petróleo. El “taylorismo” y la “organización científica del trabajo”, habían optimizado hasta el límite la producción industrial en masa. Algunos elementos que alcanzarían máxima importancia durante la Tercera Revolución Industrial, se habían construido en la Segunda, impulsados por ingenieros visionarios y políticos previsores: los canales de Suez y Panamá, las primeras redes de comunicaciones sin hilos y por ondas.

En 1945, Europa estaba, literalmente, destrozada y era imposible que pudiera recuperarse de un conflicto que solamente había favorecido a los EEUU y gracias al cual -no en vano, el “partido de la guerra” (con Churchill a un lado del Atlántico y Roosevelt al otro) había sido el máximo instigador del conflicto-. Además, a partir de ese momento, los EEUU ya no tuvieron competencia para dominar la economía mundial durante todo el ciclo que va desde 1945 hasta la gran crisis económica de 2008-2011.

De la misma forma que el Reino Unido había sustituido a Francia como nación más poderosa, y a causa de la repercusión de las nuevas tecnologías, y cómo Alemania había desplazado hacía sí misma como economía más poderosa, ahora, a partir de 1945 con una hábil combinación entre poderío industrial (frente a una Europa en ruinas), secuestro de científicos (Operación Paper Clip), poderío militar (nuclear y convencional) y, finalmente, dinamismo industrial, consiguieron instalarse como potencia hegemónica durante el período conocido como Guerra Fría.

En 1945 entramos en la Tercera Revolución Industrial. En una primera fase, se produjo la innovación en las comunicaciones: a raíz de los nuevos aviones de bombardeo estratégico diseñados en los EEUU, el mundo se empequeñeció y los viajes en avión se generalizaron; los radares facilitaron la navegación por todo el planeta que se fue ampliando a partir de la década de los 60 con satélites de comunicaciones; los avances nucleares se orientaron hacia la producción de energía y hacia tecnologías clínicas; la cohetería tuvo un papel esencial en la conquista del espacio exterior, mientras que seguía creando mísiles nucleares intercontinentales en una carrera enloquecida.

Los sistemas de encriptación ideados durante el conflicto para garantizar la impermeabilidad de las comunicaciones militares, dieron origen a la sustitución de máquinas analíticas y mecánicas por sistemas automatizados primero y digitalizados después, cada vez más, a medida que iba aumentando la potencia de los transistores convertidos en microcircuitos integrados que irrumpieron, primero tímidamente en los años 70 y luego, en la década siguiente se convertirían en populares con el lanzamiento del primer PC. Después, el esfuerzo se orientó hacia las redes digitales de comunicación que alcanzaron a todo el planeta entre la última década del segundo milenio y la primera del tercer.

Esto facilitó la “globalización”, inspirada por economistas neo-liberales y por capitales procedentes de las grandes acumulaciones industriales convertidos en gigantescos monstruos que surgieron o se reforzaron a partir de la Segunda Guerra Mundial y del desarrollo que siguió.

En este nuevo ciclo, la Tercera Revolución Industrial desplazó su eje hacia el Atlántico Norte y, en concreto, su capital dejó el territorio europeo para centrarse en los EEUU. El período que media entre 1945 y 2007 es el de la hegemonía norteamericana, país propietario de las principales patentes tecnológicas de la época. Este período, desde el punto de vista político, tuvo dos “momentos”:

- la Guerra Fría o el choque USA-URSS que se resolvió en 1989 con la caída del Muro de Berlín y la destrucción de la URSS, y

- un segundo momento en el que el unilateralismo norteamericano y la globalización fueron al paso (desde 1989 hasta 2007).

Queda un punto por examinar: los aspectos político-sociológicos de estos cambios.

Como hemos visto, la Primera Revolución Industrial nació de las alteraciones que habían tenido lugar en Gran Bretaña, como resultado de las cuales se había instaurado un régimen parlamentario que luego, con la revolución americana y poco más tarde con la revolución francesa, se consolidaron a lo largo del siglo XIX, el gran siglo del capitalismo. Ahora bien, los desfases provocados por la rapacidad del primer capitalismo industrial generaron amplios movimientos de protesta de los que nació el bolchevismo (aupado por las clases trabajadoras) y los fascismos (implementados por las clases medias). En ambos casos, se trataba de reacciones a las ansias depredadoras capitalistas.

En el período comprendido entre 1945 y 1989, ambos intentos resultaron liquidados por el liberalismo: los fascismos fueron aniquilados con el desenlace de la Segunda Guerra Mundial y el bolchevismo quedó en la cuneta con la caída del Muro de Berlín. Así que en ese ciclo -la Tercera Revolución Industrial- el sistema unánimemente aceptaron era el neoliberalismo económico (que condujo a la globalización) y la democracia liberal y partidocrática con sus ideales de “libertad, igualdad y fraternidad” que se convirtieron en la única formulación política “aceptable”.

Pero, la historia seguía adelante.

Ahora, en el momento de escribir estas líneas nos encontramos en una nueva revolución tecnológica en la que no existe motivo para pensar que no se cumplirán las mismas pautas que en las anteriores:

1) La hegemonía se desplazará a otro país

2) Ese país será el que más patentes produzca y sea propietario de las nuevas tecnologías

3) La hegemonía científico-tecnológica generará hegemonía económica y política

4) Cambiarán las reglas del juego político como han cambiado en todas las épocas.

Hablar de la Cuarta Revolución Industrial es aludir a nuestro tiempo. Se trata de una revolución en curso, pero de la que podemos extraer algunas certidumbres.

En primer lugar, los EEUU ya no son el país que más nuevas patentes esté registrando. Ese puesto le corresponde a China. La Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI) que centra la recepción de patentes índica claramente que el gigante asiático concentra prácticamente la mitad de todas las solicitudes de patentes de invención que se realizan en el planeta (1,8 millones de solicitudes anuales, seguida por EEUU con 500.000 solicitudes y Japón con 420.000). Pero, es importante recordar que China ejerce un dominio abrumador en sectores de vanguardia, concentra aproximadamente el 60% de las patentes mundiales de Inteligencia Artificial (IA) y lidera la carrera en tecnologías cuánticas, robótica y baterías para vehículos eléctricos.

Este primer dato es definitivo, pero si analizamos los terrenos en los que se están desarrollando las tecnologías de la Cuarta Revolución Industrial, la conclusión que se impone es que China está avanzando a mayor velocidad que cualquier otro país, incluidos los EEUU. Este país compite en el terreno de la Inteligencia Artificial (mientras Europa agoniza en este terreno en un mar de regulaciones, prohibiciones y pérdidas de tiempo), pero ha sido ampliamente superado en el de la robótica, en el de la tecnología de comunicaciones. El margen de ventaja norteamericano en estos terrenos prácticamente se ha evaporado. China aventaja radicalmente a EE. UU. en volumen, patentes y despliegue físico, mientras que EEUU conserva (por estrecho margen) la ventaja de los modelos más potentes y la financiación. La distancia entre los mejores modelos de lenguaje estadounidenses y chinos se ha reducido a solo un 2,7% de diferencia en los exámenes de referencia mundiales. El modelo chino DeepSeek-R1 está compitiendo ventajosamente con los norteamericanos.

China supera a EEUU en volumen de artículos académicos publicados y en cantidad total de científicos dedicados a la IA.

Ahora bien, en el terreno de la inversión privada, los EEUU siguen teniendo el liderazgo gracias al capital de riesgo” que multiplica por más de 20 el presupuesto de inversión privada de China. A favor de EEUU se cuenta, todavía el que Washington mantiene el liderazgo en supercomputación y el diseño de los chips gráficos (GPU) de última generación necesarios para entrenar las IA más complejas.

Las dificultades puestas por Trump para frenar el avance de Pekín (prohibiendo la exportación de determinados chips imprescindibles en la IA) ha obligado a los informáticos e ingenieros chinos a optimizar sus algoritmos, logrando resultados punteros con un coste de computación drásticamente inferior.

Sin embargo, si en este terreno la situación no se ha resuelto definitivamente a favor ni de EEUU ni de China, lo cierto es que la necesidad de “tierras raras” para implementar todas estas tecnologías, si se ha inclinado desde hace una década a favor de China. En efecto, como ya hemos publicado en algún otro artículo anterior, China domina hasta 90% el refinado de “tierras raras”. No es que estas “tierras raras” escaseen, es que no están en estado libre en la naturaleza y precisan un refinado antes de que puedan aplicar a industrias clave como la automoción eléctrica, los aerogeneradores, la robótica y el armamento militar. Incluso los minerales que se extraen en países como Estados Unidos o Australia son enviados frecuentemente a factorías chinas para su separación. Incluso en las llamadas “tierras raras pesadas” (disprosio y terbio), China controla aproximadamente el 99% de la capacidad global mundial de procesamiento. El refinado de estos metales sirve principalmente para fabricar los imanes permanentes más potentes del planeta, esenciales para los motores de los vehículos eléctricos y los sistemas de guía de misiles. Las factorías chinas concentran el 93% al 94% de la producción mundial de imanes sinterizados.

Ninguna empresa fuera de Asia puede ensamblar tecnologías de alta fidelidad sin depender de estos componentes controlados por Pekín. Esto contrasta con el hecho de que China posea aproximadamente un tercio (34%-38%) de las reservas naturales globales en su subsuelo, pero debido a su agresiva capacidad operativa, acapara cerca del 70% de la extracción minera global y sin ningún tipo -a diferencia de la UE- de regulación. De hecho, la respuesta china a la guerra arancelaria declarada por Donald Trum al principio de su mandato se ha centrado en este terreno fijando estrictas regulaciones y licencias de exportación que restringen la salida de tierras raras y tecnologías de fabricación de imanes. Estas medidas han disparado el precio del mineral más de un 44% en algunos momentos y generando desabastecimiento del mercado hasta el punto de que EEUU está invirtiendo miles de millones de dólares para revivir sus propias cadenas de procesamiento locales que -se prevé al menos- que en 2030 hayan reducido la cuota de refinado china de “tierras raras” del 90% al 69%.

Pero donde la ventaja china es también abrumadora es en otro terreno propio de la Cuarta Revolución Industrial: la robótica. Hoy, Pekín acapara más de la mitad de las instalaciones de robots industriales del mundo y lidera la fabricación en masa de hardware para robótica humanoide.

Esta ventaja la ha obtenido gracias al coche eléctrico tan alabado por la progresía occidental. En efecto, China aprovechó el despegue en este sector para abaratar los componentes que comparten con los robots. Se ha publicado que, en regiones como Shenzhen, un fabricante de robots tiene a todos sus proveedores de piezas en un radio de 30 kilómetros. Esto reduce drásticamente el coste y el tiempo de ensamblaje. A partir de la industria de automoción, han surgido en China 150 empresas de “robótica humanoide” hasta el punto de que el país fabricó y envió casi el 85% de todos los robots humanoides del mundo (concentrada especialmente en dos empresas, Unitree y Agibot). La velocidad de producción es tan alta que se estima que fabrican un robot humanoide cada 30 minutos.

Mientras que las firmas occidentales tardan años en actualizar sus prototipos, las empresas robóticas chinas redujeron sus ciclos de lanzamiento a solo 6 u 8 meses por generación. Construir y activar con hardware en China cuesta una fracción de lo que cuesta en EE. UU. o Europa. Esto permite fabricar miles de unidades de prueba para corregir errores rápidamente. Luego está el apoyo que el gobierno chino presta a estas empresas de robótica inteligente como prioridad absoluta de seguridad económica, subvenciona directamente la investigación e incentiva a las pymes a sustituir trabajadores por máquinas de bajo coste.

Quedaría el otro terreno propio de la Cuarta Revolución Industrial en el que China se ha consolidado como una superpotencia agresiva y altamente competitiva: la ingeniería genética, liderando al mismo tiempo una profunda reestructuración legal. Tras el escándalo mundial de 2018 provocado por el científico He Jiankui (que modificó ilegalmente embriones humanos), el gobierno de Pekín pasó de una permisividad desregulada a un control estatal combinado con un avance científico masivo en áreas no heredables. En los últimos meses, científicos de la Academia China de Ciencias lograron un hito mundial al desarrollar la llamada “Ingeniería Cromosómica Programable” que supera ampliamente el sistema CRISPR de edición de genes individuales de forma aislada; en efecto, la herramienta china permite insertar, borrar o reubicar fragmentos gigantescos de ADN (de miles a millones de pares de bases) en células vegetales y animales con una precisión sin precedentes.

La autosuficiencia alimentaria, ha hecho que el Ministerio de Agricultura chino autorizase la producción en masa y el cultivo nacional de diversas variedades de trigo, soja, maíz y arroz editados genéticamente que resisten plagas extremas, soportar sequías prolongadas y tolerar herbicidas de forma eficiente.

China compite directamente con EEUU en terapias inmunológicas, así como en tratamientos para la diabetes, ceguera y autismo. Cirujanos y biólogos chinos lograron con éxito el primer trasplante funcional de un hígado de cerdo modificado genéticamente a un paciente humano, un avance crítico en el campo de los xenotrasplantes para solucionar la escasez de órganos.

Si a todo esto unimos los “proyectos locos” de los que antes hemos hablado y, sobre todo, tenemos en cuenta las trayectorias de las anteriores revoluciones industriales y sus repercusiones políticas, nos parece que huelga todo comentario.

China, lejos de ser un “Estado democrático, liberal y partidocrático” es una tecnoburocracia autoritaria destinada a sustituir la hegemonía norteamericana mientras se prolongue la Cuarta Revolución Industrial, el modelo político que se adapta mejor a la actual fase de desarrollo tecnológico. Éste precisa de una autoridad central capaz de planificar a largo y medio plazo, en el que los castigos por corrupción o “disidencia” política, desincentiven estas actividades, un país de bajos costes de producción, cuyo mercado interior sirva como “suelo” para un desarrollo ventajoso de las exportaciones, y la “factoría global” en la que se había convertido China durante la última de la Tercera Revolución Industrial, pase a ser el “centro tecnológico mundial”.

En China se dan absolutamente todos los factores -y el primero de todos, es la unidad del Estado, la estabilidad del gobierno, la elección de “objetivos nacionales”, que son elementos que posibilitan un papel protagonista en este ciclo histórico. China tiene todo esto… luego, China es la potencia del futuro en la Cuarta Revolución Industrial, cada vez más presente en nuestras vidas.

Harina de otro costal es durante cuánto tiempo se prolongará este momento histórico. La Primera Revolución Industrial pudo prolongarse durante 110 años (desde 1760 hasta 1870), la Segunda 75 años (de 1870 a 1845), mientras la Tercera lo hacía con dos períodos bien diferenciados: la Guerra Fría (1945-1989), 44 años, y el período de unilateralismo norteamericano (1989-2007) de 18 años, en total, 62 años. Si bien no pueden extraerse razones matemáticas de estos períodos, es por que sus fechas de inicio y fin no son líneas fijas y mucho menos absolutas. Habitualmente, esos ciclos tienen unos orígenes más difusos y frecuentemente se solapan. No existe unanimidad ni siquiera en lo relativo a sus tiempos. Ahora bien, la clasificación que hemos adoptado nos parece suficientemente razonable como para que, como mínimo, pueda extraerse una conclusión: se trata de duraciones cada vez menores, y, en este sentido, si es cierto que se produce una aceleración de la historia. 

Por lo tanto, si se acepta esto, deberá aceptarse también que el “ciclo chino” correspondiente a la Cuarta Revolución Industrial será un ciclo perecedero, más breve que los anteriores, en cualquier caso. Pero con una particularidad, tiene como protagonista a un país en el que se inició un ciclo histórico mayor hace 2.800 años… y esto permite realizar unas reflexiones finales.