DE LA CHINA ORIGINARIA A LA CHINA DEL MAÑANA:
UNA
INVERSIÓN ABSOLUTA
Empezábamos esta serie diciendo que con China de
Fo-hi, de Lao-tsé y de Confucio se inició un ciclo de civilización que ahora
está concluyendo. Ese ciclo nació en el Imperio Celeste y termina en el mismo
lugar… solo que como su inversión. Todos los valores, incluso las instituciones que estuvieron presentes en
aquel momento histórico mítico siguen presentes, pero invertidos, sino pervertidos
íntegramente.
Sin apurar estas “inversiones” vamos a destacar
apenas cinco que nos parecen decisivas.
La China tradicional fue un Estado autosuficiente,
renunció a contactar con pueblos más allá de sus fronteras y construyó la
muralla más grande del mundo para protegerse de las inversiones de los pueblos
bárbaros y proteger así su identidad y su soberanía.
Esta tendencia a la autarquía y al aislacionismo
se ha invertido en la China del siglo XXI, convirtiéndose en el principal exportador de tecnologías de la comunicación.
China, no solo no quiere estar aislada, sino que trabaja para “conectar” a todo
el mundo con todo el mundo. El repliegue hacia el interior propio de la China
tradicional, se ha convertido en un despliegue agresivo, en términos
comerciales, hacia el exterior. Tras haber sido el principal beneficiario de la
globalización, China ha entendido perfectamente que, tras ese primer impulso
inicial, puede alcanzar la hegemonía económica mundial y, con ello, la
hegemonía geopolítica en pocos lustros.
Tanto la Ruta de la Seda Digital, a la que ya hemos
aludido, como la Belt and Road Iniciativa (BRI, Un cinturón, una ruta)
que, hoy por hoy, es el megaproyecto geopolítico y económico internacional más
ambicioso de China, confirman esa dirección expansiva. La BRI, trata de conectar
China con Europa, África, América Latina y el resto de Asia mediante una red
masiva de infraestructuras comerciales. De un lado, una red de corredores
logísticos, carreteras, líneas de ferrocarril de alta velocidad y oleoductos
que conectan el interior de China con Asia Central, Rusia y Europa, de otro, una
cadena de puertos e infraestructuras portuarias que enlazan el litoral chino
con el Sudeste Asiático, el Océano Índico, el Mar Rojo y el Mediterráneo. El
potencial económico del Estado Chino le permite financiar y construir puertos
estratégicos en todo el mundo, centrales eléctricas, presas, aeropuertos y
redes de telecomunicaciones (la aludida Ruta de la Seda Digital).
Estas redes permiten China colocar en el exterior
su sobreproducción de acero, cemento y maquinaria pesada, empleando a sus
propias constructoras estatales, diversifica las rutas de importación de
petróleo y gas, reduciendo su dependencia del Estrecho de Malaca (un punto
crítico controlado por EEUU).
China ha aprendido de los años en los que el Fondo
Monetario Internacional ha concedido préstamos absolutamente insostenibles para
naciones en desarrollo que, para poder pagarlos, debieron “privatizar” las
propiedades del Estado a grupos económicos extranjeros y está haciendo
exactamente lo mismo. Además, estas ayudas (que, en grandísima medida se
pierden en bolsillos corruptos, algo con lo que China cuenta, por otra parte) suponen
votos a favor de las políticas chinas en la ONU y en sus agencias.
Aquella China tradicional autoaislada y que
renunciaba a buscar algo más allá de sus altos muros, ya no existe y ha sido
sustituida por un régimen que trata de estar presente en todas las naciones,
colonizar los mercados mundiales, hacerse con los elementos más suculentos
de la soberanía de las naciones par alcanzar su objetivo indisimulado: la hegemonía
económica mundial, con la convicción de que eso le proporcionará una hegemonía
política a escala internacional.
En segundo lugar, las tradiciones chinas
siempre valoraron al campesinado y al “sabio”, mientras que denostaban al comerciante
y al vendedor de bienes de consumo. Esto fue lo que dio estabilidad a la
sociedad china durante cuatro milenios, pero también lo que justifico su
atraso secular hasta el siglo XX. El pilar de la sociedad china tradicional fue
una alianza tácita entre campesinos y “sabios”. Entendemos por “sabios” a las
élites instruidas en el pensamiento de Confucio y Lao-tsé, entre los que se
encontraban los emperadores que elaboraron los textos sapienciales y sus
aplicaciones prácticas en todos los terrenos. Los “sabios” no permitieron que los
adelantos tecnológicos penetraran en el país, convencidos de que pequeñas
causas podían producir grandes efectos y alterar el orden social.
Este aspecto también ha quedado atrás: por las
grietas en la Gran Muralla se ha filtrado el espíritu occidental, la necesidad
de experimentar progresos materiales, protagonizarlos y vivir en un país “a la
altura” de las tres revoluciones industriales que se han producido en Occidente. Por esas grietas se habían filtrado virus procedentes
de Occidente que, paradójicamente, el milenario mandarinato (esto es la
sumisión al poder establecido mientras este satisficiera las necesidades
básicas), podía poner en práctica mucho mejor que en los lugares de procedencia
corroídos por legislaciones débiles, poderes “soft” y un indiscutible
ablandamiento en las costumbres. En el último tramo del maoísmo, el gobierno
chino ya percibió que no podía seguir manteniendo durante muchas décadas la “tensión
revolucionaria”: era preciso progreso económico social.
Concretar esa idea se hizo mucho más urgente
después de los incidentes de la plaza de Tiananmen se produjeron en el año 1989,
el mismo año en el que cayó el Muro de Berlín. En aquel momento, el gobierno
chino intentó reformas que se saldaron con un empobrecimiento de la población. La liberalización parcial de los precios en 1988
provocó una inflación oficial de más del 20% (y cercana al 30% en zonas
urbanas) y la pérdida de poder adquisitivo de los salarios. Las reformas desmantelaron
el sistema de empleo e ingresos garantizados de por vida por el Estado: la inseguridad
laboral y desempleo crecieron por primera vez para la generación “pos-revolución
cultural”.
En aquel momento, coexistían dos sistemas de
precios (uno fijado por el Estado y otro libre) permitió que los funcionarios
del Partido Comunista compraran a precios bajos regulados y los revendieran en
el mercado libre. Por otra parte, las zonas del interior habían sido
abandonadas a su suerte y solamente las zonas costeras y sus grandes ciudades
habían experimentado ciertos progresos.
Todo esto generó el estallido de Tienanmen agravado
por los recortes cada vez mayores a la libertad de expresión y a la falta de transparencia. A todo esto, se unía una lucha despiadada en la
cúpula del partido entre reformistas moderados y comunistas dogmáticos de la
que, tras la intervención del ejército en Tienanmen salieron favorecidos los
duros (Deng Xiaoping). Los líderes reformistas fueron purgados y se decretó la
Ley Marcial que abrió el camino de la intervención militar en la plaza entre el
3 y el 4 de junio. Se persiguió y
arrestó a miles de simpatizantes reformistas dentro de las universidades, los
medios de comunicación y la burocracia del Estado. Tienanmen fue el último
intento “contrarrevolucionario” que vivió la sociedad china.
Esta política duró hasta 1992, cuando el régimen
optó por la línea de “apertura económica radical, pero control político de
hierro”. Los resultados pueden
valorarse en la actualidad.
Esta nueva política recluyó a los “duros” en
determinados organismos de control social, les dotó de nuevos instrumentos para
ejercer su función de apagafuegos de cualquier situación de crispación,
mientras que la economía y el desarrollo industrial se pusieron en manos, no de
“sabios”, ni de “funcionarios”, sino de tecnócratas. El “sabio” taoísta, el erudito confucionista es
hoy el tecnócrata al servicio de la planificación del desarrollo económico y de
la investigación científica. Lo que en los primeros era búsqueda de la
estabilidad, en estos últimos lo que cuenta es el dinamismo, la carrera contra
reloj para alcanzar la hegemonía mundial, a despecho de cualquier otra
consideración, mientras los miembros del partido a través de organismos de
gobernación e interior, se sienten cómodos utilizando métodos masivos de
control social de los que la publicidad institucional, encontrando razones
justificadoras, hace que el propio pueblo chino, haya asumido que todo es “por
su bien”.
Si, durante milenios, el mandarinato se impuso
porque el campesinado chino apreciaba a sus “sabios” y la población se había
adaptado al conformismo y a la estabilidad, ahora, esa misma población, acepta
sin prácticamente disidencias el principio de “un país, dos sistemas”:
marxismo-leninismo de cara al interior y capitalismo salvaje en su proyección
exterior. Todo para que el antiguo campesino, puede acceder a los escaparates
del consumo. El ansia de libertad ha sido completamente sofocado y
reconvertido en búsqueda del mayor nivel de consumo en el menor tiempo: es el
gobierno para el “último hombre” nietzscheano.
Los robots perros-policía, armados con fusiles de
asalto, que circulan por la ciudad de Xiong'an no son solo significativos de la
invasión de las nuevas tecnologías, sino de un poder que ya no se ejerce como
se ejercía en la antigua China imperial. Fo-hi basaba el orden social en la armonía con el Cielo y las leyes de la
naturaleza (los Trigramas). El gobernante era un intermediario entre lo divino
y lo humano. Si las cosas no iban bien, se producían desastres naturales,
hambrunas, sequías, derrotas, eso significaba que el gobernante había perdido
el “favor del cielo” y, por lo tanto, era legítimo destronarlo. Esta doctrina,
que implicaba una forma de gobierno llamada “actuar sin actuar”, el Wu-Wei
al que ya hemos aludido, doctrina derivada del taoísmo.
Esta forma de gobierno, no promueve la pereza ni
el abandono, sino no forzar las cosas ni actuar en contra de la naturaleza: “Es blanda como el agua y se adapta a
cualquier vasija o terreno, no pelea contra la roca, pero con el tiempo es
capaz de desgastarla”. Consiste en responder a las situaciones de la
vida de forma natural, intuitiva y limpia, sin sobrepensar, igual que un árbol
crece o un animal caza. Sugiere que el mejor gobernante es aquel que apenas se
hace notar, si el emperador no trata de legislarlo todo, ni imponer aranceles
asfixiantes ni guerras caprichosas, el pueblo se organiza y prospera por sí
mismo en armonía.
Era evidente que esta forma de gobierno no
satisfacía los deseos de Mao, ni del marxismo-leninismo chino, por lo que,
durante la “revolución cultural”, se intentó borrar el pasado: se destruyeron
templos y se persiguió a los maestros del confucianismo y del taoísmo,
filosofías que fueron consideradas “supersticiones feudales”. El Estado dejó de
creer en nada superior a él y se configuró como materialista y ateo, negando el
orden cósmico tal como fue enunciado originariamente por Fo-hi, sustituyéndolo
por los ideales de progreso técnico y social.
Las cosas han cambiado, como puede apreciarse,
pero, en el fondo, se trata, como hemos dicho desde el principio de una “inversión”
radical mucho más que de un cambio. Hoy, la legitimidad a la que recurre el Partido
Comunista es puramente material y técnica: los planes quinquenales se van
cumpliendo, hay orden, progreso, estabilidad, crecimiento… Esa “eficacia” en la
gestión es lo que le otorga el derecho a gobernar: no es ya el “mandato del
cielo”, sino la “eficacia en la tierra”.
Si ese orden se rompiera, la hegemonía del Partido
Comunista podría peligrar, el orden se rompería y el secretario general, Xi
Jinping, al mismo tiempo presidente de la República y jefe supremo de las
fuerzas armadas, podría ser derribado, sino por una revuelta popular, si al
menos por su propio Comité Central. Así pues, a la pregunta de que tan lejos
está la China de hoy del Imperio Celeste del pasado, puede responderse
afirmando, simplemente, que están en el mismo eje, solo que, en polos diferentes,
uno es la inversión del otro.
La comparación puede llevarse hasta el límite. De
la misma forma que Fo-hi estableció los primeros ministerios y apellidos para
organizar a la población, la China moderna utiliza hoy el Hukou
(registro de residencia) y las tecnologías de datos para mantener un control
social riguroso.
Lo que más puede llamar la atención a un
occidental es que, en las últimas décadas, el gobierno chino haya abandonado la
doctrina maoísta de que Fo-hi y los creadores de la China tradicional fueran
enemigos feudales. Hoy se promueve el estudio de los clásicos y la figura de
los “ancestros”, pero no tanto para rescatar sus valores o su espiritualidad
(el gobierno sigue siendo materialista y ateo), como para fortalecer la identidad
nacional frente a cualquier influencia exterior. El Partido Comunista ha rescatado incluso la
idea taoísta de “Sociedad Armoniosa”, considerada por los analistas como una
reinterpretación moderna del equilibrio que buscaba Fo-hi con sus ocho
trigramas, cuanto en realidad es hoy una “armonía” impuesta mediante
sistemas de control social sin precedentes, en la que un arsenal inagotable de
leyes y regulaciones sustituyen a los trigramas.
De hecho, el fracaso del marxismo-leninismo
chino después de casi ochenta años de gobierno, ha consistido en tener que renunciar
a algunos de sus postulados habituales (dictadura del proletariado,
anticapitalismo, gobierno de los trabajadores, internacionalismo, etc), introduciendo
iniciativas oportunistas, pero necesarias si de lo que se trataba es de lograr
la hegemonía mundial y la aceptación del sistema por parte de la sociedad
(a la vista de que en la URSS, entre otras cosas, la causa de la destrucción
del bolchevismo fuera el no haber estado en condiciones de proporcionar a la
población unos estándares de desarrollo y comodidad propios de la segunda mitad
del siglo XX, manteniendo siempre en las fronteras del subdesarrollo a la
población, mientras el Estado, como tal, rivalizaba en misiles balísticos
intercontinentales con los EEUU y estuvo a punto de tomar la iniciativa en la
carrera del espacio).
El comunismo entendió perfectamente que no podía modificar
el ADN plurimilemario de la población china, así que se limitó a cambiar el
contenido, pero manteniendo el molde. El resultado ha sido, como hemos augurado desde el principio, una forma
de civilización exactamente invertida a la originaria. China sigue dirigida por
“sabios”, pero estos ya no son el Emperador y su entorno, sino el Partido Comunista,
el sistema es único y centralizado y sigue estando dirigido por algo parecido
al “Wu-wei”, pero convertido en control robótico, sistemas tecnocráticos de IA
y de control social que ejercen un peso psicológico sobre la sociedad, pero no
requieren actuaciones directas ni enérgicas estilo Tienanmen.
En la China antigua el control social se ejercía
mediante una burocracia funcionarial al servicio del emperador, hoy se ejerce
digitalmente: el algoritmo ha sustituido al pincel hecho con bambú y pelo de
comadreja siberiana, mucho más eficiente en la modernidad. La antigua burocracia confucionista no ha desaparecida,
simplemente, se ha adaptado: el Estado sigue teniendo una estructura central
fuerte (como en la era imperial), manejada en lo esencial por chips de silicio y
sistemas de IA que esperan ser alimentados en el futuro con energía de fusión y
cuya única medida de eficacia es la productividad y el aumento de las
posibilidades de consumo.
La memoria china es, por todo esto, larga y
profunda, por eso no ha olvidado lo que Occidente ya no recuerda: el siglo XIX,
como hemos visto, fue para china el “Siglo de la Humillación”. Debió necesariamente abrir sus puertas, ceder
territorios, aceptar las propuestas comerciales inaceptables de los
imperialistas británicos, ver como franjas amplias de población quedaban inhabilitadas
e inmovilizadas para cualquier tarea a causa del consumo del opio. China no
ha olvidado y los dirigentes occidentales se equivocan si piensan que son como
ellos. La España de 1956, había olvidado la innoble guerra hispano-norteamericana
impuesta por los EEUU apenas medio siglo antes. La España de 2026 ha olvidado
los soldados españoles asesinados en el Sáhara por los polisarios o en Ifni por
las bandas irregulares pagadas por Rabat. Alemania prefiere no recordar los
bombardeos de terror que sufrieron sus ciudades, incluso cuando la guerra
estaba material ganada por los aliados. Pero China no olvida el “Siglo de la
Humillación” cuyo contenido se enseña desde la enseñanza primaria con la
moraleja de que “hay que desconfiar de los occidentales”. Una “humillación” es
algo que debe resarcirse, una deuda que hay que pagar. Cuando el gobierno
chino elabora el catorceavo plan quinquenal, implementando sus tecnologías 5G,
su sistema de IA, su robótica, sus sistemas de ingeniería genética, lo que está
haciendo es invertir la historia próxima: humillar hoy al humillador de ayer.
La representación tradicional y mítica de Fo-hi con
cuerpo de serpiente es uno de los símbolos más antiguos de la cultura china. La
serpiente era considerada el ancestro directo del dragón chino, Fo-hi representado
con cuerpo de serpiente sugiere un estatus de ser divino y poderoso. La muda de
piel que realiza la serpiente, Fo-hi representa el renacimiento de la
civilización y la inmortalidad del conocimiento. Casi siempre se le
representa junto a su hermana y esposa Nüwa, con sus colas de serpiente entrelazadas,
que simbolizan las fuerzas mantenedoras del equilibrio del universo; Fo-hi muestra
una escuadra (símbolo de la Tierra y el orden) y Nüwa un compás (símbolo del
Cielo y la creación). Juntos, ordenan el cosmos. El padre de ambos, un
agricultor, se enfrente al Dios del Trueno, logra engañarlo, atrapándolo dentro
de una jaula de hierro y prohíbe estrictamente a sus dos hijos dar agua al
prisionero. Pero Fo-hi y Nüwa, movidos por la piedad, le dan una sola gota de
agua. El Dios del Trueno recupera sus fuerzas y escapa, antes, agradecido se arranca
un diente y se lo da a los niños, ordenándoles que lo planten inmediatamente en
la tierra. En cuestión de horas, este crece hasta convertirse en una calabaza
gigante, en el interior de la cual se esconderán cuando el Dios del Trueno
desate una tormenta que inunda a toda la tierra. Convertidos en los únicos
supervivientes, Fuxi y Nüwa deben repoblar la tierra: pero son hermanos, lo que
les genera un dilema ético. Deciden consultar a un poder superior y encienden
dos hogueras independientes en lo alto de las dos montañas. El humo de las dos
hogueras se entrelaza, indicando que el Cielo aprueba su unión. Es así como
repueblan toda la Tierra, toda la Tierra, no solo China.
Algo habían intuido los antiguos “sabios” de
China, cuando eligieron este símbolo que hoy, inevitablemente, nos recuerda la
doble hélice de ADN, esa que la “Ingeniería Cromosómica Programable” a la que
ya hemos aludido, altera, destruye y reconstruye a voluntad. Y es que China,
hoy, más que “repoblar la Tierra”, aspira a conquistar la Tierra. Hasta ese
extremo llega la inversión.
Y eso implica que, si estamos llegando a la inversión
total de los orígenes, es que estamos al final de un ciclo, de la misma forma
que la muerte es la inversión del nacimiento, principio y fin o que las
primeras luces del día son lo opuesto a las últimas del anochecer. Idea que
queda confirmada porque a todos los especialistas en prospectiva les resulta
muy difícil pensar en una “quinta revolución industrial”, acaso porque si la Cuarta
ya es fronteriza con la Ciencia Ficción y pensar en la siguiente implica casi
necesariamente aplicar la paradoja de Fermi:
- ¿Por que no se manifiestan las civilizaciones
extraterrestres? Porque han desaparecido víctimas de su propio desarrollo
tecnológico… su luz llega a nosotros, cuando ya se han autodestruido.















