DEL KUOMINTANG AL VIAJE DE NIXON A PEKÍN
El siguiente intento de salir de sus límites ideológicos
tradicionales fue protagonizado por Sun Yat-sen, hoy conocido como el “padre
de la China moderna” que basó su programa en tres principios: nacionalismo,
democracia y bienestar. En su aplicación práctica, los tres principios
tendían a convertir a China en un Estado moderno (es decir, en ruptura con la
tradición taoísta y confucionista), republicano (esto es antimonárquico y un
sistema partidocrático), unificado (creando, a partir de las múltiples
identidades regionales, un Estado con una identidad propia) y “social” (que
podría ser definido como un “socialismo moderado”.
En sus últimos años (murió en 1925), al concluir
la Primera Guerra Mundial, las potencias vencedoras permitieron en Versalles
que Japón se quedara con los territorios chinos que había conquistado. Sun
Yat-Sen (y buena parte de la población) se sintió traicionada y optó por buscar
apoyo en la URSS. Recibió apoyo del comunismo soviético a cambio de incorporar
al pequeño Partido Comunista Chino en un “frente unido” para luchar por la
unificación del país. Pero, inesperadamente, murió y dejó dos herederos: Chiang
Kai-shek, su sucesor al frente del Kuomintang, y los comunistas de Mao. A
partir de ese momento, y durante los cuarenta años siguientes, la historia de
China oscilará entre ambos personajes.
El Partido Comunista se había fundado en la
Concesión Francesa de Shanghái con el apoyo directo del Komintern. Entre el
grupo de intelectuales que firmaron el acta de constitución se encontraba Mao
Tse-tung. Inicialmente el Komintern eligió como objetivo principal la
unificación del país y la colaboración con el Kuomintang dentro de un “frente”
que emprendió la lucha contra los “señores de la guerra” locales y contra los
partidarios de la monarquía. Pero esta colaboración se interrumpió brutalmente
en abril de 1927 con la “matanza de Shanghái”.
Chiang Kai-shek sospechaba que la Unión Soviética estaba
usando al Partido Comunista para infiltrarse en el Kuomintang y satelizar a
China. Había observado que cada avance de sus tropas era seguido por la
organización de sindicatos y organizaciones propias especialmente en el norte
del país y en las grandes ciudades. En Shanghái, los trabajadores comunistas
tomaron el control de la ciudad antes de que llegaran las tropas de Chiang. En
aquel momento, esta ciudad era la más importante de China desde el punto de
vista económico. Los empresarios locales, los banqueros y las potencias
occidentales (Reino Unido, Francia, EE. UU.) temían que, si los comunistas
ganaban poder, confiscarían sus propiedades y siguieran el modelo soviético,
por tanto, a partir de ese momento apoyaron financieramente a Chiang Kai-shek bajo
la promesa de que se desharía de los comunistas.
Chiang se alió con la Banda Verde, una poderosa
sociedad secreta y criminal que controlaba el comercio del opio, junto con
tropas nacionalistas, atacaron por sorpresa las sedes de los sindicatos,
masacrando a miles de comunistas y simpatizantes. Los comunistas que
sobrevivieron al “terror blanco” huyeron de las ciudades hacia las montañas.
Entre ellos estaba Mao Zedong, quien concluyó que la revolución no se
haría con obreros urbanos, sino con campesinos, y que el poder solo se obtenía
"a través del fusil". Este cambio no era solo estratégico: era
también una modificación del esquema marxista inicial que consideraba que la
clase obrera era el único motor posible de cualquier cambio y estaría en el
punto de partida del “desencuentro” posterior entre la URSS y la China
Comunista.
Los veintiún años que mediaron entre la “matanza
de Shangái y la derrota del Kuomintang en 1949, fueron muy difíciles para el
gobierno de Chan Kai-shek: además de completar la tarea de unificación del país,
debió afrontar la invasión japonesa. Su administración, liberada de los
lazos de fidelidad casi religiosa al Emperador, cayó inmediatamente en la
corrupción de la que los campesinos fueron las primeras víctimas, que el
Partido Comunista pudo incorporar con facilidad. De nada sirvió que, en las
zonas bajo su control, el Kuomintang creara infraestructuras propias de un
Estado moderno.
En las montañas Mao había logrado consolidar su
liderazgo y también aprendió a desconfiar de los asesores soviéticos, criticó
su rígida estrategia y asumió el mando militar del partido, insistiendo en la
guerra de guerrillas con base de operaciones entre los campesinos. El éxito coronó
la nueva estrategia. Chiang Kai-shek y unos dos millones de seguidores
(soldados, intelectuales y empresarios) huyeron a la isla de Taiwán en
diciembre de 1949. El 1º de octubre de ese año, Mao había proclamado la
República Popular China en la Plaza de Tiananmen.
El gran mérito de Mao entre su llegada a Pekín en
1949 y su fallecimiento en 1976, fue el haber transformado a China de una
sociedad agraria devastada por la guerra en una potencia nuclear centralizada. Hasta 1957 requirió el apoyo soviético y realizó
algunos progresos sociales que contribuyeron a estabilizarlo en el poder
(redistribución de la tierra, alfabetización, mejora radical en la sanidad).
Emancipado ya de la tutela soviética a finales de los años 50, su gobierno se
embarcó en el pomposamente llamado “Gran Salto Adelante” con el quimérico
objetivo de lograr superar al Reino Unido en producción industrial. El
resultado de la mala gestión fue una hambruna que provocó entre 15 y 45
millones fallecimientos.
Mao empezó a ser cuestionado en el interior del
partido. Para recuperar el control total, movilizó a los “Jóvenes guardias
Rojos” contra los "elementos burgueses" y funcionarios rivales. A este
período turbulento que se prolongó hasta finales de los 60, se le llamó “Gran
Revolución Cultural” que, en definitiva, no fue más que la destrucción del
patrimonio cultural milenario chino que puso al país al borde del colapso.
Pero, por entonces, ya era una potencia nuclear. Y
en 1972, Mao aceptó que la URSS era un “enemigo geopolítico” y que el único
aliado con el que podía contar para afrontar a Moscú en el marco de la Guerra
Fría, eran los EEUU. Ese año, Nixon y Kissinger viajaron a China y el país dio
un giro inesperado hacia Occidente.
Tras la muerte de Mao en 1976, el Partido
Comunista magnificó su figura, lo convirtió en lo que ya era, símbolo nacional y
“padre fundador”… y adoptó una nueva política económica con Deng Xiaoping. Con
él, el dogmatismo ideológico fue sustituido por el pragmatismo sin principios. Lo
único que se mantuvo incólume y sin cambios, fue el aparato político
férreamente controlado por el Partido Comunista, pero el modelo económico pasó
a ser, simplemente, el capitalismo occidental.
CHINA: LA FACTORIA MUNDIAL DE LA GLOBALIZACIÓN
A partir de ese momento, China empezó a
convertirse en la “factoría mundial”. A ello contribuyeron tres elementos claves:
- el fin de la Guerra Fría y el desmoronamiento de la URSS;
- el triunfo de las políticas neoliberales en Occidente que dieron inicio a la “era de la globalización”; y,
- los salarios bajos en relación a Occidente.
China dejó de preocuparse por las “ambiciones
imperialistas” rusas y sus dirigentes recordaron su historia reciente: las
Guerras del Opio no habían desaparecido de la mentalidad de la élite china:
- Unos, vieron en la globalización la posibilidad de vengarse de las humillaciones de aquellos dos conflictos.
- Otros recordaron que el traslado de las plantas de producción a China, terminaría empobreciendo a Occidente y fortaleciendo a China.
Esto implicaba: pensar en una política mundial y
en que el mundo anglosajón (ahora liderado por EEUU) volvía a ser el “enemigo
principal”.
Y así ha ocurrido. El crecimiento económico chino desde
principios del milenio se convirtió en desmesurado en el curso de las dos
primeras décadas del siglo XXI. Y, tal como podía preverse, ahora ya no se
contenta con ser la “factoría de Occidente”, sino que aspira a liderar la
innovación tecnológica y científica y a competir con productos propios en todos
los mercados… defendiendo particularmente el suyo. Y esto en todos los
terrenos, incluido el de las copias ilegales y la vulneración de patentes.
Todo esto permite prever la evolución de China en
los próximos años.
En el momento de escribir estas líneas China
continental presenta en mayo de 2026 una economía que busca la estabilidad. Su
evolución económica no está exenta de problemas que han ido aflorando en los
últimos dos años:
- De un lado, la demanda interna se ha debilitado: los chinos gastan menos en productos de consumo;
- Y, por otro lado, existe una crisis inmobiliaria que ha hundido el sector de la construcción privada.
Repetir las cifras macroeconómicas dice poco (crecimiento del 5,0% interanual en
el primer trimestre de 2026, con un PIB de 4,9 billones de dólares, un aumento
de la producción industrial del 6,1% impulsado por sectores de alta tecnología
y por exportaciones), como tampoco las cifras negativas dicen, en sí mismo,
mucho (inflación que se ha acelerado hasta el 1,2% en abril de 2026, un 5,4% de
desempleo, las importaciones han crecido un 27,8%, mientras que las
exportaciones lo han hecho la mitad 14,7%). Las comparaciones podrían
establecerse a partir del PIB per Cápita, que alcanza 14.874 dólares, mientras
que en España es de 35.000 euros y el de EEUU de 93.000…
Pero, a fin de cuentas, lo que importa es si
China desbancará a los EEUU como primera economía mundial y, si la respuesta,
es positiva, cuándo sucederá eso.
Los presidentes norteamericanos, hasta llegar a
Trump, imbuidos por la ideología neo-liberal, aceptaban como algo
incuestionable el neoliberalismo y la globalización que conlleva implícitamente. Desde Reagan y Tatcher se tenía la creencia de
que el mercado mundial se autorregularía y cada país produciría aquellos
productos en los que fuera más competitivo. Lo que nunca quisieron aceptar
era que China era un país comunista y que, por tanto, el “control social” era
ejercido por el Estado que, por otra parte, dictaba las políticas económicas,
los objetivos a alcanzar y las estrategias para conseguirlos. Les bastaba
con que fuera un país estable, con pocos derechos sociales y, barato para la
producción industrial.
En el momento que llegó Donald Trump a su segunda
presidencia, practicó una política realista en este terreno: el “sentido común”
le decía que, si la deslocalización había convertido a China en una superpotencia
cuyas cifras de crecimiento económico, superarían pronto a los EEUU era a causa
del neo-liberalismo y de la apertura de las mejores universidades del país a
estudiantes chinos que luego regresaban a su tierra natal y pasaban a
constituir los motores de la innovación tecnológica. Y Actuó en consecuencia.
Quizás demasiado tarde, porque, así como antes de la crisis económica de
2008-2011, estaba claro que los EEUU todavía mantenían la hegemonía económica
mundial, en los quince años siguientes esta brecha se ha ido acortando y, en la
actualidad, todo depende de los factores económicos que tengamos en cuenta. Por
ejemplo, si en lugar de medir la distancia en términos de PIB, utilizamos el
concepto de PIB-PPA o Paridad de Poder Adquisitivo (que ajusta el valor de la
economía según el costo de vida local), China ya adelantó a Estados Unidos hace
una década, aproximadamente en 2014 o 2016. En 2026, la economía china en
términos PPA es aproximadamente un 37% mayor que la estadounidense. Y este
índice es importante por que conduce a la “economía real”.
Por ejemplo, si una hamburguesa Big Mac cuesta 6
dólares en Estados Unidos y la misma hamburguesa cuesta 20 yuanes en China, lo
que implica que, digan lo que digan las “cifras macroeconómicas”, para el
ciudadano de a pie el cambio real es de 6 dólares por 20 yuanes… cantidades por
las que se puede comprar lo mismo. Pero si esta comparación se realiza con
miles de artículos esto dará la medida de la realidad económica directa, y no
la realidad de los “mercados financieros” (que es, a fin de cuentas, para lo único
que sirve el PIB Nominal) en China, como el yuan es “barato”, la economía
parece más pequeña de lo que es, pero considerando el PIB-PPA, nos indica el valor
real del dinero según cuántas cosas puede fabricar o comprar un país
internamente. Como en China los servicios, la comida y la construcción son
mucho más baratos que en EE. UU., con la misma cantidad de dinero China puede
construir más puentes, fabricar más misiles o alimentar a más gente.
Por eso, medida por PPA, la economía de China ya
es la más grande del mundo desde hace años. Que los economistas norteamericanos y neoliberales sigan pensando en
términos de PIB-Nominal no impiden que cada día esté más claro que China ha
adelantado a EEUU en muchos terrenos desde mediados de la década anterior.
Ahora bien, hay otros términos para medir la
potencia de un Estado: el más importante de todos, es su población, su
homogeneidad y su productividad. En este sentido, cabe decir que el futuro es
también favorable para China: el Partido Comunista ha unificado el país y
sigue siendo la única fuerza política dueña de todos los resortes de la
comunicación social, directa o indirectamente. Los EEUU es, por el contrario,
un magma étnico y político, carcomido por el virus de la delincuencia común, las
drogas, los debates LBGTBIQ+, políticamente fracturado hasta lo imposible y, aún
más, desde el punto de vista religioso. En este terreno, China solamente ha
experimentado el problema de la etnia uigur musulmana en el Oeste del país (40
millones) y con alguna secta (Falung-Kong). El país, desde todos los puntos de
vista es mucho más homogéneo y coherente que los EEUU.
La otra gran pregunta que cabe plantearse es si
China ha dejado de ser un país “comunista”, para haberse convertido en la
vanguardia del capitalismo. Sobre esto cabe decir que, el gobierno chino no controla
toda la economía directamente, pero sí domina los sectores estratégicos que
mueven el país. El sector público
(que aporta un 40% del PIB) está formado por Empresas de Propiedad Estatal,
gigantescos consorcios que controlan la casi totalidad del sector de la energía,
las telecomunicaciones y ferrocarriles son monopolios estatales, y los 4
grandes bancos propiedad del Estado controlan el flujo de dinero del país. La
industria de defensa y aeroespacial es también completamente estatal.
El 60% del resto del PIB lo aportan empresas “privadas”,
pero… las grandes empresas privadas chinas (empezando por Alibaba) tienen en su
interior “comités del partido” que pueden influir en sus decisiones
estratégicas si chocan con los intereses del Estado. Otro factor que no suele recordarse es que toda
la tierra en China es propiedad del Estado, las empresas “alquilan” el uso del
suelo por periodos de 20 a 70 años. Esto le da al gobierno un poder de
producción inmenso, ya que puede decidir dónde se construye una fábrica o una
ciudad de la noche a la mañana.
Como puede entenderse (y como no parecen haberlo
entendido nunca los economistas neoliberales), todo este monstruoso “sector
público”, lejos de estar mal administrado por funcionarios renuentes y
desinteresados, aporta a las arcas públicas ingentes masas de capital que se
une a los impuestos cobrados a empresas deslocalizadas. El Estado chino
elige hoy invertir estos excedentes de capital en la implementación de
industrias de vanguardia: Infraestructura digital (redes 6G), nuevas energías
(fusión nuclear y paneles solares), soberanía tecnológica (fabricación de
microchips avanzados para no depender de EEUU).
En resumen, el “modelo chino” es el que Julius
Evola había previsto en el último capítulo de Rivolta contro il mondo
moderno: un híbrido de capitalismo y de comunismo. El ciudadano
estándar acepta el recorte a las libertades, a cambio de “seguridad”. Pero, la
realidad, es que utiliza esa “seguridad” de manera unidimensional: para
alcanzar mayores niveles de consumo y del ocio más vulgar y alienante. China
es hoy el paraíso del “último hombre” en el sentido nietzscheano: aquel que ya
no cree en nada, carece de motivación y se ha resignado a una vida sin sentido
profundo, cuyo máximo ideal es la "felicidad" entendida como confort
material y ausencia de dolor, despreciando la superación personal; que vive inmerso
en la mediocridad y forma parte de una sociedad de masas que todo lo
empequeñece; y que, incluso ignora, los grandes interrogantes y las pasiones de
la vida (amor, creación, anhelo). No es muy diferente del hombre Occidental,
pero la gran diferencia, es que, mientras en Occidente este proceso está
generando cada vez más resistencias, en China, el Estado lo impone por decreto
y el ciudadano (en el que la sumisión al mandarinato parece haber entrado en su
ADN) acepta conscientemente y con agradecimiento.
¿Quiere decir esto que en los próximos diez años
la “lucha por la hegemonía mundial” se saldará definitivamente a favor de la
República Popular China?
Aquí es donde entramos en el objetivo de estas
notas: demostrar que está acabando un ciclo histórico y que el final se
producirá justo en donde comenzó, en China. Con la “pequeña diferencia” de que
la China de ahora es justo la inversión de lo que fue la China originaria.
Y cuando decimos “inversión”, nos referimos también a que si aquella China
prolongó su existencia desde el tiempo mítico del Emperador Fo-hi en el 2.852 a.C,
hasta principios del siglo XX, casi sin variaciones sustanciales, ahora, todo
induce a pensar que aquella civilización tan “expansiva” en el tiempo, se “contraerá”
y su dominio será breve.
















