Introducción
“Los nacionalistas son hijos de su siglo, es decir, del siglo pasado. Su secta surgió en el siglo XIX de la misma fuente que la de los marxistas. Existe un parentesco cierto, guardando las proporciones, entre hombres como Marx y Taine, ambos descendientes de Hegel, cuya lección han corrompido; y los nietos son primos a pesar de la diferencia de las distancias: Maurras y Mussolini, por un lado. Lenin por el otro”.
Drieu La Rochelle, Ginebra o Moscú
Si se quiere entender a Drieu La Rochelle hay que
sumergirse en este libro y en su gemelo El Joven Europeo (traducido en
esta colección). Ambas forman parte de la “obra política” de Drieu. Pero, éste
no fue un “político” al uso: era, más bien, un esteta. La política y la
estética nunca terminan de encajar y, por tanto, es comprensible que la obra
política de Drieu está sometida a luces y sombras y esta mezcla de tonos, está
presente, en cada una de sus obras, casi en cada página. Y es que Drieu, a
pesar de que intenta llegar a sus conclusiones utilizando la vía de la razón, a
menudo sigue sus propias intuiciones. En eso reside la medida de su genio...
pero también la relativa debilidad de su pensamiento político.
Drieu intuyó, prácticamente antes que nadie, que
la “era de las naciones” estaba concluyendo. Había sido soldado en el frente
(algo que le inspiró su Comedie de Charleroi) y vivió en primera fila
las destrucciones, materiales y espirituales, de la Primera Guerra Mundial.
Entonces percibió una idea que repetirá habitualmente: “el hombre contra la
máquina”. Y no se hacía demasiadas ilusiones sobre quién resultaría vencedor.
Aquel conflicto y los movimientos que generó
colateralmente (especialmente, la gran convulsión que fue la Revolución de
Octubre en Rusia y el desembarco masivo del “estilo de vida americano” en
Europa), marcaron a fuego su tiempo y al propio Drieu. Entonces surgió su
segunda gran intuición: “Europa, a partir de ahora, deberá luchar contra
gigantes”.
Añadirá una última consideración, para él la mas
decisiva: el mundo camina hacia la decadencia. La idea de decadencia es
habitual en Drieu. Es un pesimista y, al mismo tiempo, un vitalista. Esta
combinación hizo de él un “fascista” (bien es cierto que sui generis).
Veía en la Europa que había salido de la guerra, resignación, frustración y
conformismo. Decadencia, en una palabra.
¿Cómo era la Europa que conoció Drieu?
Vale la pena describir el contexto en el que Drieu
escribió esta obra. Hace un siglo, Europa tenía necesidad de olvidar la
gigantesca masacre que había tenido lugar apenas unos años antes y que había
segado de raíz a toda una generación. Europa -y entre ellos, Drieu- quería
olvidar, pero la pesadilla era recurrente.
La Europa posterior a la Primera Guerra Mundial,
entre Versalles y la Gran Depresión de 1929 (esto es, la época en la que Drieu
escribe El joven europeo y Ginebra o Moscú) fue un continente de
contrastes extremos: pocos en el bando derrotado habían conseguido asimilar la
humillación del Tratado de Versalles. Elaborado por políticos vengativos, sin
conocimientos sobre la historia de Europa, ni siquiera sobre la naturaleza
humana; incluso en el bando de los vencedores, la mayoría de combatientes
retornaron a sus hogares con un trauma profundo: les habían dicho que era
necesario “salvar a la patria”, pero, al volver, vieron que los negociantes,
los traficantes, los banqueros y los individuos sin escrúpulos eran los únicos
que se habían beneficiado del conflicto.
Incluso para los vencedores, la victoria no borró
el trauma de las trincheras, sino que hizo que se preguntaran el “¿por qué?” y
el “para qué” de los sacrificios extremos que les habían exigido sus gobiernos.
Nunca nadie había pedido un sacrificio tan radical en defensa de unos ideales
tan miserables. Para colmo, la inestabilidad económica de Europa se hizo
endémica en aquellos años. Los que se habían mantenido al margen de la guerra,
optaron por huir de los problemas y refugiarse en una explosión de libertad
creativa. Para ellos fueron los “años locos”. Los otros, entre los figuraba
Drieu, pasaron ese tiempo reflexionando sobre cómo evitar que otro conflicto
igual pudiera repetirse.
El pesimismo existencial que ya se había anunciado
entre lectores de la obra de Nietzsche, contribuyó a que se rompiera la fe
ciega en el progreso (que se percibió capaz de desembocar en situaciones
indeseables) y en las virtudes de la razón (para explicar el comportamiento de
los seres humanos). Sobre Europa, planeaba la muerte de casi 10 millones de
jóvenes en los frentes. Cada día, al salir a la calle, el ciudadano europeo,
veía antiguos soldados mutilados o aquejados de “neurosis de guerra” (shell
shock) que les recordaban justo aquello que querían olvidar. No puede
extrañar, por tanto, que se generase un vacío espiritual y una crisis de
valores sin precedentes en todos aquellos con la suficiente sensibilidad para
percibir el sinsentido de lo que había ocurrido.
Como tampoco puede extrañar que, como reacción muy
humana a los horrores vividos, surgiera un deseo, histérico, delirante y
furioso, de vivir y disfrutar del presente. Esta tendencia transformó a la
“postguerra” en los “felices veinte”. En ciudades como París, Londres y Berlín,
apareció un hedonismo desenfrenado como nunca antes en lugar alguno. Los que
podían permitírselo buscaban satisfacciones sensuales inmediatas, en ocasiones
escandalosas, en otras, simplemente viciosas, groseras en algunos casos, escandalosas
en muchos. En cualquier caso, el “carpe diem”, desembocó en una rebelión
contra las normas establecidas por el orden burgués de la época.
Los imperios centrales (el Reich Alemán y el
Imperio Austrohúngaro), el Imperio Otomano y el Ruso desaparecieron, dando
lugar a una calderilla de nuevos países (Polonia, Checoslovaquia, Yugoslavia,
etc.), cuyas fronteras, deliberadamente arbitrarias y mal definidas en
Versalles, se convertirían en focos de tensiones étnicas y territoriales
constantes.
Francia creía que Alemania debía pagar por la
guerra, a pesar de que no fuera Alemania la responsable del conflicto. Y los
políticos franceses no tuvieron piedad de Alemania en Versalles. Las
condiciones económicas que impuso, a despecho de cualquier visión realista e,
incluso del simple sentido común, generaron una primera hiperinflación en
Alemania en 1923. Los ahorros de toda una vida no eran suficientes ni para
comprar un mendrugo de pan. Fue así como aumentó el resentimiento de toda una
nación hacia el Tratado de Versalles.
Para colmo, la victoria de la Revolución Soviética
y la creación del Komintern, así como sus primeras actuaciones irresponsables,
brutales y criminales en la revolución húngara de Bela Kuhn y en los
movimientos subversivos que estallaron en Alemania entre noviembre de 1918 y
1923, generaron un gran miedo al comunismo entre las clases medias y una
esperanza de revancha social en franjas del proletariado. Cuando Drieu escribe Ginebra
o Moscú, el fascismo ha llegado al poder y el estalinismo se ha asentado en
la URSS. Las clases medias alemanas reaccionarían al desafío comunista y a la
inestabilidad económica, facilitando el ascenso del hitlerismo. Pero en 1928,
nadie podía prever el formidable empuje del NSDAP a partir del año siguiente.
Luego vinieron las innovaciones estéticas y las
modas en el ocio. Lo “americano” (esto es, lo estadounidense) invadió Europa.
El “jazz” fue el primer producto americano que inundó los locales de ocio
europeos. La juventud que quería estar “en la onda”, bailaba en toda Europa el
charlestón. Las mujeres -buena parte de las cuales habían trabajado en las
fábricas durante la guerra y no quisieron volver al hogar tradicional-
cambiaron también sus costumbres. Apareció la figura de la garçonne o flapper,
con el pelo corto (estilo bob) y maquillada; usó y abusó de
cigarrillos. Las faldas se acortaron para que pudiera bailar con más soltura.
El corsé quedó relegado al olvido y se adoptaron prendas más sueltas y
deportivas. Todo para dejar atrás, el trauma bélico y “vivir la vida”.
El deseo de olvidar la tragedia fue todavía mayor
entre las vanguardias artísticas. Si la razón engendraba monstruos, el
surrealismo nos sumergiría, voluntaria y deliberadamente, en lo irracional. Sin
el surrealismo, Freud se hubiera olvidado. Con el surrealismo, las
explicaciones freudianas aportaron un soporte seudo-científico a los
manifiestos surrealistas. El mundo de los sueños y el inconsciente
constituyeron una vía de escape y rebelión contra la lógica que había llevado a
la guerra. Ya durante la contienda había aparecido el dadaísmo, lo absurdo
convertido en “anti-arte”, caótico e inútil, que fue a morir en el
surrealismo.
Aparecieron reacciones a estos movimientos. No
todos los artistas buscaban el caos y el absurdo; los hubo que proponían un
arte geométrico, equilibrado y puro que tendiera a la reconstrucción social. En
la URSS, el constructivismo se puso al servicio de la revolución y del
estajanovismo. Quería ser un instrumento para la construcción de una nueva
sociedad. En el límite, Mondrian y el neoplasticismo, redujeron el arte a
líneas rectas y colores primarios buscando el equilibrio y a la pureza de lo
absoluto. Pero el movimiento artístico más masivo de la época, el Art Deco que
(a diferencia de las vanguardias que apenas interesaban a pequeños grupos de
intelectuales), llegó a ser un estilo popular entre las masas. Sus formas eran
nuevas, aerodinámicas, sus materiales no se habían utilizado nunca en
decoración (metales, especialmente). La estética del futuro y su exaltación de
la forma, la velocidad y la máquina, había llegado.
Y luego estaba el cine; desde el final de la
guerra se había consolidado como el “séptimo arte” como una de las formas de
ocio preferidas por las masas. La primera “escuela de cine” apareció en
Alemania, el expresionismo: un cine propio de la angustia que vivía el país
entre la derrota, la hiperinflación, la inestabilidad y la decadencia. La
realidad quedaba deliberadamente distorsionada para expresar sentimientos
subjetivos. Todo en el cine expresionista fueron sombras y pesadillas,
angustia y desasosiego, escepticismo y terror.
El decorativismo de la Bauhaus y su
“funcionalismo” (“La forma sigue a la función”, era su lema) revolucionó el
diseño al unir el arte con la industria. En arquitectura se introdujo el uso de
acero, vidrio y hormigón armado, eliminando la decoración innecesaria;
dominaron los espacios abiertos y funcionales. Aparecieron de la mano de la
Bauhaus, diseños icónicos que todavía hoy siguen teniendo vigencia
(la Silla Wassily de Marcel Breuer). En diseño gráfico se impusieron
las fuentes “sans serif” (sin adornos, a “palo seco”) que priorizaban la
legibilidad antes que la belleza de los caracteres.
Así era Europa hace cien años. Un magma de
tendencias surgidas de las distintas psicologías de sus habitantes y de la
intromisión cultural llegada del otro lado del océano. Ante un trauma, algunos
optaron por superarlo y dejarlo atrás en función del “aquí y del ahora”: lo
asumen, lo metabolizan y lo aplican en sus vidas; pero en otros espíritus el
trauma sigue presente en cada día, en todo momento, inolvidable, imborrable, da
igual si viven como burgueses o como proletarios, nunca olvidarán aquellos días
en los que, tras despertar, pensaban que ese sería su último día.
La obra política y la evolución personal de Drieu (1)
Drieu se encontraba entre ambos extremos, en una
posición intermedia y eso explica las oscilaciones de sus novelas. incluso en
el interior de cada una de ellas; especialmente en Gilles, una de sus
mejores relatos: Gilles regresa de las trincheras. París le parece superficial,
decadente y burgués. Nada en los ambientes parisinos le satisface. Busca la
salvación en el surrealismo y en la política, pero tras la efervescencia
inicial, todo se desvanece para él. Finalmente, asume el fascismo como remedio
para la decadencia de Occidente y termina en España luchando con el bando
nacional en la Guerra Civil. Gilles, alter ego del propio Drieu, es la
expresión de sus ilusiones y de su nihilismo que termina superando con su
compromiso con el fascismo. No quiere hundirse, pero vivir frenéticamente, le
hastía.
El camino que se inicia con El Joven Europeo
y Ginebra o Moscú y termina en el suicidio de Drieu, a pesar de no ser
lineal, tiene unas referencias que siempre permanecen constantes: su
diagnóstico no cambia en los siguientes 17 años (superación de la
Nación-Estado, la idea europea, el constante pensamiento en la decadencia, la
paz). Pero, a medida que va aquilatando experiencias a lo largo de los años 20,
30 y hasta el inicio del conflicto entre el Reich y la URSS, se aprecia una
progresiva radicalización en sus tomas de posición.
A mediados de los años 20 adopta, en efecto, la
idea de “construcción europea” como contrapunto a la decadencia. En Ginebra
o Moscú, Drieu nos presenta una Europa decadente y enferma, pequeña y
dividida, presionada por el capitalismo materialista de Estados Unidos y el
colectivismo revolucionario de la URSS. Propone una “federación europea”. No es
una idea nueva, ni siquiera original: en esos mismos momentos, el Conde
Coudenhove-Kalergi y su Movimiento Paneuropeo, presentaba en todas las
cancillerías del Viejo Continente su propuesta federalista.
La idea europea de Drieu y la Paneuropa
del Conde Coudenhove-Kalergi
Quizás valga la pena hacer un alto en el camino
para explicar similitudes y diferencias entre la concepción europea de
Coudenhove-Kalergi y de Drieu. Drieu compartía la conclusión a la que había
llegado Coudenhove-Kalergi (la necesidad de la unidad europea), pero difería
radicalmente en el método, los valores y, sobre todo, en el “espíritu” que
debía animar esa unión.
Ambos reconocían que, tras la Primera Guerra
Mundial, el eje de la política mundial se había desplazado hacia los EEUU y
dependía cada vez más de la, entonces naciente, URSS. Europa ya no era el
“centro del mundo”. Ambos ven a Europa “aplastada” geopolíticamente por
peligros exteriores a ella: el capitalismo norteamericano y el socialismo
soviético. Esto los lleva a considerar que la “unidad europea” es la única
alternativa que le queda al continente para sobrevivir en el nuevo ciclo
histórico que se ha abierto. Y, hasta aquí, ambos tienen razón en sus
respectivos análisis.
Pero, a partir de esta constatación, todo difiere
entre ellos: Coudenhove-Kalergi defiende una Europa demoliberal y cosmopolita;
Drieu, por el contrario, propone una “revolución vitalista” como medicina
contra la decadencia. El diagnostico es el mismo, pero los remedios son casi
antagónicos.
Los caminos divergen aún más, cuando el Conde
Coudenhove-Kalergi ve como modelos de su “federalismo” en la Suiza de los
cantones y en los Estados Unidos de América, ambos ejemplos de “federaciones”
voluntarias y pacíficas. La vía que propone Drieu es la de una Europa fuerte,
viril, construida por una élite dispuesta a superar los antagonismos de la
época (capitalismo-comunismo). Coudenhove-Kalergi creía en la democracia (si
bien no tuvo inconveniente en “vender” su proyecto al fascismo italiano, siendo
recibido por Mussolini; el propio Julius Evola le entrevistó) y tenía en alta
estima a la Sociedad de Naciones. Drieu abominaba de la “Ginebra” de los
diplomáticos y trinchera de los demócratas; la Sociedad de Naciones allí
radicada, le parecía débil y lo consideraba foro mundial de la charlatanería.
Mas distancia les separaba en la percepción del
“enemigo”: para Coudenhove-Kalergi, el viejo nacionalismo europeo era el
enemigo; Drieu, en cambio, si bien estaba de acuerdo en señalar a este enemigo,
percibía otro mucho más peligroso y desafiante: la decadencia materialista,
surgida de la falta de espíritu, del aburguesamiento y de la pérdida de vigor
guerrero.
Drieu conocía perfectamente la obra de
Coudenhove-Kalergi. De hecho, en Ginebra o Moscú se hacen
referencias implícitas al movimiento paneuropeo (era imposible no eludir su
realidad para quien se declarase “europeísta” en aquel momento). Pero Drieu
acusaba a Coudenhove-Kalergi de ser un “tecnócrata” que no entendía la
dimensión espiritual y trágica de la empresa, un racionalista pequeñoburgués
que se dirigía a los parlamentos y a los gobiernos surgidos de la masacre y de
la derrota para convencerles de que, unidos, defenderían mejor sus intereses.
Drieu, creía que la unidad europea solo podría surgir de una revolución
espiritual y, posiblemente, de un conflicto que forjara al “hombre nuevo”.
Coudenhove-Kalergi, fue el padre del europeísmo
moderno, en tanto que Drieu representó la deriva fascista de esa misma idea.

La obra política y la evolución personal
de Drieu (2)
Drieu siempre tuvo muy claro que un intelectual
debe comprometerse y luchar por sus ideas. Tras escribir Ginebra o Moscú,
siguió su proceso de radicalización. Poco después de la aparición de esta obra,
se desencadenó la crisis económica de 1929. El nacional-socialismo no tardará
en hacerse con el poder en el Reich. Entonces, Drieu percibe la debilidad de
las democracias y la fuerza vital de los fascismos. En su particular y
personalísima visión de la política, metaboliza estas tendencias, rechazando
sin paliativos a los sistemas democráticos y priorizando por encima de todo, la
búsqueda de un “orden fuerte”: un movimiento revolucionario que acabe con el
“viejo orden”. Las realizaciones del Tercer Reich y de la Italia Fascista, así
como el drama de la guerra civil española, con las gestas de legionarios,
falangistas y requetés, le fascinan. Se suma al Partido Popular Francés de
Jacques Doriot y, aunque unos meses después, se distancie de él, verá en el
exalcalde comunista de Saint Denis, al líder que precisa Francia y que ya ha
irrumpido en Italia, Alemania y España.
Luego estallará la Segunda Guerra Mundial. Vale la
pena recordar que Drieu, como la élite de la intelectualidad francesa, desde
Louis Ferdinand Céline hasta Robert Brasillach y la redacción del Je suis
partout, fueron pacifistas. Todos ellos creen que una nueva guerra entre
europeos será el fin de Europa.
A los pocos meses del inicio de las hostilidades,
Drieu realiza el tránsito definitivo. Cree que no existe “federación sin
federador” y que la idea del “nuevo orden europeo” promovida por el embajador
alemán en París, Otto Abetz, es la correcta. Las democracias, esto es “Ginebra”
y todo lo que representa, han fracasado. “Moscú” sigue siendo una especie de
hermano menor del materialismo y del productivismo norteamericano. Solo el
Reich y sus ejércitos triunfantes, que han batido en un mes a la cadavérica Tercera
República, pueden ejercer una función unificadora. Además, percibe que la
victoria alemana dista mucho de ser una venganza por el Tratado de Versalles.
La derrota de la malhadada República Francesa es percibida por Drieu (y por
todos los que apostaron por la “colaboración” como una oportunidad histórica:
el enemigo exterior, ha abatido al régimen que los franceses no habían podido
destruir en 70 años. La paz alemana, es una paz generosa.
Este punto es importante porque, en aras del
realismo político, Drieu abandona la idea de una federación europea
construida desde Francia y con Europa. Ahora
cree que la nueva Europa debe construirse alrededor de
Alemania y bajo su liderazgo, como un mal menor frente al comunismo y la
decadencia. La caída en estas esperanzas, tras Stalingrado, el desembarco en
Normandía y los bombardeos de terror anglosajones sobre Europa, lo sumió en una
profunda depresión. Sabía que -y lo sabía porque el Tratado de Versalles se lo
había enseñado- que los vencedores de ayer volverían a ser terribles con los
vencidos. No habría una “paz entre caballeros”, como en junio de 1940, sino una
oleada de venganzas. Apenas rectificó sus posiciones; ni huyó a Simaringen como
otros intelectuales y políticos que se habían destacado en la “colaboración”,
ni siquiera se ocultó. Era consciente de que el final del Tercer Reich suponía
el final de las esperanzas en la idea europea y que la muerte de Europa era su
propia muerte. Por eso se suicidó.
En sus escritos políticos, Drieu demuestra que
nunca fue un traidor a su nación: reconoció, antes bien, la debilidad de todas
las naciones europeas para afrontar el tiempo nuevo. Quería que Francia
renaciera dentro de una Nueva Europa que, en un momento dado, solamente el
Reich tenía posibilidades de construir; ese fue su gran “pecado” político y el
suicidio su penitencia.
De qué va el libro que tiene entre las
manos
En 1859, Charles Dickens publicó Historia de
dos ciudades, una novela histórica que transcurre en tiempos de la
Revolución Francesa. Las “dos ciudades” son Londres y París. Para Dickens, la
primera ciudad simboliza la paz y el orden, la vida simple, la serenidad de
ánimo y la estabilidad política; mientras, París, su antítesis nos presenta a
una ciudad a la sombra de la guillotina, caótica, inestable e, incluso,
terrorífica. Lo que une a ambas ciudades para el autor es la percepción de que
se avecina una época de grandes cambios.
Ignoramos si Drieu La Rochelle tuvo en cuenta esta
novela a la hora elaborar su ensayo Ginebra o Moscú, pero lo cierto es
que, al igual que Dickens, señala a estos dos polos urbanos como alternativas
de su tiempo. A diferencia del novelista inglés, Drieu se ve incapaz de elegir
como referencia ideal a una de las dos ciudades. Ambas le generan desconfianza
y prevenciones.
“Ginebra” representa para Drieu el liberalismo
burgués y al pacifismo internacionalista, la democracia parlamentaria
occidental y a un orden basado en la diplomacia, el capitalismo moderado y los
pactos. Si ha elegido Ginebra como arquetipo de todo esto y no a la vecina
Zurich, en el mismo cantón, es porque allí estaba instalada la Sociedad de
Naciones. Drieu no se identifica con esa ciudad ni con lo que representa: la
considera decadente, débil, agotada, con una vitalidad ausente y carente de
energía histórica. No cree que de allí puede salir nada más que una reedición
del espíritu burgués. Y, por tanto, prevé que, mientras el espíritu de Ginebra
se proyecte sobre Europa, nada podrá sacar al continente de la pendiente de la
decadencia.
Frente a Ginebra, la otra ciudad-símbolo que Drieu
toma como arquetipo es “Moscú”. Ve allí la sede de la revolución bolchevique y
del Komintern, la capital del comunismo soviético, una ideología total que
interpreta, asume y orienta todas las energías de lo colectivo destinadas a
construir un Estado fuerte, a establecer una disciplina de hierro y a movilizar
a las masas a la manera estajanovista para transformar por completo la
sociedad. En esa época, Drieu tenia a Moscú como centro de una vertiginosa
fuerza revolucionaria y regeneradora, medicina contra la pasividad liberal
representada por Ginebra. Drieu abominaba del comunismo, tanto como despreciaba
a la burguesía e, incluso, preveía que terminaría convergiendo con el
capitalismo norteamericano, ambos hijos del materialismo y del economicismo.
Ginebra o Moscú sostiene que Europa atraviesa una crisis profunda
tras la Primera Guerra Mundial y que el liberalismo burgués, simbolizado por
Ginebra y la Sociedad de Naciones, está agotado. Por su parte, Moscú representa
la fuerza revolucionaria, pero también el riesgo de generar situaciones
caóticas. Drieu plantea que la época exige una decisión radical, el equilibrio
liberal ya no es viable. El ensayo dista mucho de ser una defensa del
comunismo, es más bien la propuesta de una reflexión sobre la necesidad de una regeneración
enérgica de Europa. En el fondo, expresa su búsqueda de una alternativa fuerte
frente a lo que percibe como decadencia occidental.
La reflexión de Drieu parte de la situación de
Europa en la primera postguerra. El ensayo se inicia con una crítica a los
nacionalismos y la constatación de que las pequeñas naciones europeas ya no
tienen la dimensión adecuada para afrontar los desafíos de su tiempo. La guerra
y sus efectos colaterales han demostrado que Europa es pequeña y no está en
condiciones de sobrevivir en medio de los dos gigantes que ya están aquí: Rusia
y EEUU. Su análisis sobre la decadencia le lleva a ver en la unificación europea
el remedio para los males de Europa. Pero esa Europa que precisa una renovación
profunda, se enfrentaba a dos alternativas en el momento en el que Drieu
escribió el ensayo: o seguir la vía representada por “Ginebra” (orden liberal,
diplomacia, decadencia burguesa) o encarrilarse en vía de “Moscú” (la
revolución, la explosión caótica de energías colectivas, transformación
radical).
La tesis central es que Europa no puede mantenerse
en el equilibrio liberal de Ginebra: debe transformarse radicalmente o, de lo
contrario, desaparecer como potencia histórica. El libro es una meditación
sobre la crisis de civilización y la necesidad de una nueva forma de
organización política total.
Ginebra o Moscú escrito en 1928, es un ensayo político
fundamental del autor, que publicó después de su relato novelado El Joven
Europeo el año anterior. Ambos trabajos abordan la misma crisis desde dos
ángulos: la novela lo hace a través de la experiencia personal de un joven
europeo, y el ensayo trata la cuestión mediante un análisis político y
filosófico.
El ensayo aborda de manera sistemática las fuerzas
que Drieu consideraba destructivas para Europa, como el materialismo
«decadente» de la democracia y el capitalismo, y plantea la unión europea como
único remedio. Escrito en el período de entreguerras, refleja la “crisis del
espíritu” europeo que intelectuales como Paul Valéry también diagnosticaron. La
obra muestra a un Drieu La Rochelle europeísta que buscaba una solución para
evitar lo que veía como una decadencia irreversible.
En resumen, Genève ou Moscou es una obra
clave para entender las corrientes de pensamiento europeísta y las posiciones
políticas de Drieu en los años 20, así como la evolución ideológica de un autor
fundamental en la literatura francesa del siglo XX.
Uno de los elementos más lúcidos y perturbadores
de este ensayo es la asimilación que hace Drieu entre el capitalismo y el
comunismo. Él fue el primero en ver que ambos sistemas tendían a converger.
Hoy, cuando examinamos la trayectoria de la República Popular China (“un país,
dos sistemas”, como estableció Deng Xiaoping, líder supremo de la República
Popular China desde finales de los años 70 hasta principios de los 90), vemos
que Drieu tenía razón. El propio Lenin en sus últimos escritos ya había indicado
que el modelo para la Nueva Política Económica eran los EEUU y que su objetivo
era alcanzar el “estilo de vida americano” en una generación. Julius Evola, por
otro camino mucho más sólido y disciplinado que el seguido por el visceral
Drieu, llega a la misma conclusión al final de su obra Rivolta contro il
mondo moderno. No fueron tomados en serio e, incluso, en el caso de Drieu,
su observación fue considerada como una salida ingeniosa, extravagante o
provocadora para impresionar o sorprender. Hoy sabemos que era algo mucho más
profundo.
El lector está a punto de abordar una obra en la
que el autor capta perfectamente el pathos de su época y, en ello reside
su fuerza, pero también del método empleado en el análisis surge su principal
carencia: la frialdad necesaria para construir una alternativa realista está
ausente. El Drieu que vemos en esta obra es un exaltado, provocador, eufórico
de presentar contradicciones y aventurar tesis, enunciar conceptos nuevos y
convertir sus intuiciones en carriles para la marcha hacia el futuro.
Quien lea Ginebra o Moscú en 2025 no puede
ignorar lo que acaeció después en la vida de Drieu: la breve germanización de
Europa, la derrota francesa de 1940, la colaboración, el suicidio... Quizás en
esta obra esté el germen de toda su trayectoria vital posterior, sus momentos
de euforia, sus crisis anímicas, las modificaciones sucesivas de su proyecto y
su trágico final.
Si hemos decidido traducir y editar esta obra cien
años después de que fuera escrita y nunca antes publicada en nuestra lengua, es
por los paralelismos que pueden establecerse entre el ayer decadente y el hoy
más decadente aún, son perturbadores. Una Europa a la que todavía le cabía la
esperanza de encontrar en su unidad un revulsivo ante las grandes potencias que
habían aparecido en el horizonte (EEUU y la URSS) y una Unión Europea que,
lograda la federación continental, se revela como la más contraproducente de
todas las concepciones europeístas y que ha sumido a Europa en esa irrelevancia
absoluta que preveía a Drieu: tal es el ayer esperanzado y el hoy sin futuro.
En China se empiezan a comercializar robots y ya
es, sin duda, el país a la vanguardia de la Cuarta Revolución Industrial.
Mientras, en EEUU se intenta recuperar el tiempo perdido y, Donald Trump alude
al “American First” como un intento de seguir en la lucha por la hegemonía
económica mundial. Por su parte, Putin reaviva el sentimiento patriótico ruso,
refuerza su nacionalismo y evita actuaciones que puedan alterar el orden
internacional (contrariamente a lo que se viene diciendo).
Finalmente, la Unión Europea desde principios del
milenio parece trabajar denodadamente para dificultar la vida a los europeos.
¿Las pruebas? Los acuerdos con países no europeos para la importación de sus
productos agrícolas, mientras se obstaculiza a los agricultores europeos
cualquier posibiidad de sobrevivir y se les sugiere que deberian arrancar sus
sembrados y convertirlos en “huertas solares”. Esto y los molestos tapones de
botellas, impuestos por la UE, son sus “grandes realizaciones”.
La idea europea ha fracasado porque sus gestores
no han estado a la altura de la Gran Política que exigía la construcción de una
Europa-Nación.
Ginebra o Moscú y El joven europeo
A pesar de ser dos obras independientes y
consecutivas, han sido reunidas en un solo volumen por Gallimard. Se ha aludido
a ambas obras como “libros gemelos”, una especie de dos caras de la misma
moneda en la que el autor aborda idénticos temas desde ángulos diferentes.
El Joven Europeo es un relato autobiográfico novelado en el que
aparecen ideas políticas, mientras que Ginebra o Moscú, tiene el formato
de ensayo político. En el primer libro hay cierta desenvoltura en la forma de
denunciar la decadencia. En el segundo esa misma denuncia se realiza sin
perífrasis literarias, ni diálogos simbólicos, sino llamando a las cosas por su
nombre. En El Joven Europeo,
Drieu narra situaciones y explora la psicología del personaje, alguien marcado
por la guerra, símbolo de toda una generación; en el ensayo, por el contrario,
trata de argumentar y razonar, intenta identificar los males de su época (que
encuentra en el capitalismo y en el comunismo que, intuye, se fusionarán en el
futuro. Su análisis de la crisis europea de su tiempo le lleva a enunciar su
solución universal: la unión continental. El protagonista de su novela, en
cambio, es consciente de la decadencia, él mismo, vive en la decadencia,
dialoga consigo mismo sobre el crepúsculo de Francia y de Europa, pero no
aspira a entrever soluciones.
Ambas obras, como hemos dicho, son la cara y la
cruz de la misma búsqueda. Lo que las une es su autor y el diálogo interior que
realiza Drieu consigo mismo. En el
relato protagonizado por el “joven europeo”, el eje central de la trama
discurre en torno a la idea de decadencia simbolizada por el music hall.
En el ensayo Génova o Moscú, diagnosticado el mal, el médico receta
cirugía mayor. Si el “joven europeo” ha visto acortado su horizonte
existencial, el ensayo escrito a continuación le ofrece una tarea histórica: la
construcción de una Patria nueva, la única vía para escapar del ocaso y de la
amenaza, del capitalismo americano o del comunismo soviético. Es, como señala
un análisis, la “traducción política de las ideas del joven europeo”.
En la novela, Drieu habla, como en la mayoría de sus novelas, a través del protagonista, el “joven europeo” al que transmite sus ideas. En Génova o Moscú, opta por anularse a sí mismo, intenta elaborar un discurso político que aspire a la objetividad, si bien, lo que logra es que su sensibilidad, sus miedos, sus traumas de guerra, su proyecto político, afloren con los tintes propios de un novelista: “Entre Calais y Niza, me asfixio; quisiera alargarme hasta los Urales. Mi corazón, nutrido de Goethe y Dostoievski, burla las aduanas, traiciona las banderas, se equivoca de sello en sus cartas de amor”. Drieu se olvida con demasiada frecuencia en esta obra de sus intenciones iniciales y el “joven europeo” sale de nuevo a la superficie. Y éste, como Drieu, quiere asumir una gran tarea, una misión histórica en la que él y su generación superen la decadencia o se quemen en la tarea.
Conclusión: Drieu, el esteta que quiso opinar
sobre política
En sus diarios y en sus momentos de depresión,
Drieu reconocía que la política lo había envenenado y desviado de su verdadero
oficio, la escritura. Era un hombre de su tiempo y creía poder decir algo a sus
contemporáneos.
En literatura, Drieu fue un profesional de primera
fila, uno de los mejores novelistas que ha dado el siglo XX francés,
desgraciadamente “cancelado” hoy por su “colaboracionismo” (como Céline, sin
duda alguna el mejor novelista desde principios del novecientos, cancelado
igualdad por la temeridad de alardear de sus ideas antisemitas sin ningún tipo
de cortapisa). Ahora bien, gracias a su vocación y a lo que podríamos llamar,
su “amateurismo político”, su ignorancia total de las reglas de la política y su
concepción ideal de políticas regidas por ideales (cuando en realidad, toda
política es deudora de intereses), Drieu pudo escribir un Gilles, la
historia de su compromiso político, el alter ego de Drieu que tras
varias páginas de profundas reflexiones sobre la decadencia termina combatiendo
contra la República en el ejército de Franco y de la Falange.
Drieu era capaz de formular, por la vía de sus
intuiciones, mucho más que por el sendero del razonamiento lógico, diagnósticos
a cualquier mal de su tiempo. Su fino olfato captaba el aroma de la decadencia
allí donde se encontrase. Intuía el malestar de su generación en libros como El
joven europeo y La Comédie de Charleroi. Él y toda su generación
había resultado desgarrada emocionalmente, herida y mutilada en las masacres
que se sucedieron en la guerra de trincheras entre 1914 y 1918. Diez millones
de jóvenes europeos como él, cubiertos de diferentes uniformes, murieron en la
masacre más absurda que vieron los siglos. Quizás el destino de los
supervivientes fuera aún peor: vieron cómo se aproximaba ineluctablemente un
nuevo conflicto y solo algunos -Drieu entre ellos- se atrevieron a hacer algo
para evitarlo.
Pero su capacidad para “describir” los males de
Europa, resultante de su genio como escritor, iba muy por delante de su calidad
como “prescritor” de los remedios que precisaba el continente. Su terreno fue
la estética (las descripciones), pero las prescripciones correspondían a otro
plano en el que no estaba familiarizado: la política.
La intuición, que juega un papel esencial en la
creación artística y literaria, es, sin embargo, peligrosa en el terreno de la
política. En sus momentos de exaltación, Drieu se dejaba guiar por impulsos
estéticos y morales; pero la política es el terreno del análisis, la Gran
Política se basa en razonamientos lógicos, reflexiones reposadas,
identificación de factores objetivos y discriminación de elementos subjetivos,
exploración de la realidad, análisis del pasado y previsión del futuro,
estudios estadísticos y observaciones sociológicas, finalmente, en algo tan
banal y árido como el enunciado de estrategias y tácticas todo ello puesto al
servicio de un proyecto ideal y titánico.
La vitalidad de Drieu no le permitía ser una
“analista político” en el sentido pleno del término. Su corazón era la mayor de
sus vísceras; y cuando era preciso elegir entre seguir los senderos del cerebro
y de la objetividad, o los del corazón, siempre optaba por estos últimos. Esto
explica sus “bandazos” y el hecho de que, en un momento dado, en el año 44,
elogiara a los comunistas, de los que dos años antes había abominado, o que sus
alegatos antiburgueses terminaran alternándose con sus preferencias por el
“orden fuerte” en unas ocasiones y otras por la revolución. Drieu tenía
“bandazos” como el corazón tiene sístoles y diástoles. Pulso y eso es la vida.
Ahora bien, hoy, en el siglo XXI, los espíritus
libres, podemos permitirnos contemplar al Drieu de hace cien años y darnos
cuenta de que el fondo de su análisis nunca cambió, fue siempre constante; lo
que cambiaron fueron las esperanzas que ponía en tal o cual política. Siempre
se mostró partidario de una Europa viril, espiritual y unida que
superase la decadencia materialista; pero apostó por distintas soluciones. Al
no ser un hombre de partido, salvo en el breve plazo en el que se identificó
con Doriot y con su PPF, nunca tuvo una “montura política” sobre la que se
sintiera cómodo: fue un jinete que cambiaba de corcel, a medida que iban
apareciendo situaciones y actores nuevos en el horizonte. Su “amateurismo” le
permitió ver cosas que los politólogos profesionales no veían (la angustia
vital de una generación, por ejemplo), pero también le impidió construir una
alternativa formulada en términos políticos viables.
¿“Bandazos”? Sí, desde fuera lo parecen. Pero
siempre bajo una misma constante: la misma obsesión (salvar a Europa de la
decadencia) y la búsqueda de un actor histórico que, en cada momento, le
pareciera el más fuerte o el más prometedor. Su intención era correcta, sus
apuestas temerarias. Su final, coherente con su vida.
Drieu, en sus momentos de mayor lucidez, reconoció
que cuando el literato que se mete a político suele proyectar sobre la realidad
sus fantasmas interiores. La política no es “estética” y difícilmente existe
hoy una “ética política” (por mucho que alguien -¿Lenin, Gorki?- dijera que “la
ética es la estética del futuro”, frase que, en cualquier caso, recupero el
cineasta francés Jean-Luc Godard en los años 60). De hecho, ya
incluso hace 100 años, la política había abandonado cualquier ideal ético. Las
concepciones políticas de Drieu eran tributarias de la estética (el terreno en
el que mejor se movía) y de algunas concepciones éticas (el estilo, la fuerza,
la vitalidad, el rechazo a la vida cómoda, la juventud, el inconformismo). A
través de estos filtros concebía la política. Como alguien ha dicho, esa era la
mirada de un novelista, no de un estadista.
En sus momentos de euforia y exuberancia vital,
prefería el caos revolucionario antes que el “claro de luna” burgués o el “boulot,
dodo, métro” (trabajo, metro, cama) repetido día tras día, quitaesencia de
la vida pequeñoburguesa, rutinaria, monótona y repetitiva, expresado en inglés
como el “rat race” (carrera de las ratas), sugiriendo un ciclo monótono
e interminable. En esos momentos, prefería el caos a la lenta sucesión de
reformas democráticas que proponían otros.
Y para mantenerse en el sendero de la Gran
Política hace falta tener la cabeza en el Cielo, pero los pies en la Tierra.
Drieu, pensó la política con el corazón y las tripas de un novelista, y
eso, en tiempos de tormenta, suele llevar al naufragio.
Ernesto Milá. Marzo 2026.











