martes, 14 de abril de 2026

¿De verdad se está recristianizando la sociedad? (2 de 2) - COLOCAR LAS COSAS EN SU JUSTA MEDIDA

La visita del Papa León XIV será uno de los estímulos para reforzar el catolicismo español. La cuestión es si, tanto el Papa como la Conferencia Episcopal y los medios de comunicación católicos, no se estarán equivocando y este "despertar" responde solo a una reacción temporal contra los excesos del wokismo y el caos generado por el ultraprogresismo, o bien es el signo de una búsqueda espiritual profunda. Este es el nudo de la cuestión.

Quien esto escribe se alegraría profundamente que fuera una muestra de “hambre espiritual” y no un mero fenómeno coyuntural de reacción y contrapeso. Eso indicaría que nuestra identidad no se ha perdido completamente. Y esa identidad se basa en grandísima medida en la impronta con que el catolicismo ha marcado a nuestra sociedad. En otras palabras: nos alegraría mucho que se tratara de un fenómeno “en profundidad” y no solamente “en extensión”. Hay fenómenos tan extensos como superficiales y otros, minoritarios, pero mucho más profundos. Dudamos que, en las actuales circunstancias históricas y en esta etapa crepuscular de la civilización, un fenómeno de masas pueda ser duradero, arraigado y mantenerse en el tiempo.

Da qué pensar el que, en estos momentos, el “revival” de la Iglesia se vehiculice en torno a fenómenos carismáticos y a grupos constituidos desde hace muy poco (casi improvisados), algunos de los cuales entrarían claramente en la calificación de “sectas”. No albergamos la más mínima esperanza en que fenómenos como Rosalía con temas de corte espiritual (Lux), o el fenómeno musical de Hakuna, capaces de llenar estadios, puedan suplir la fe profunda que existió en otro tiempo. Tendríamos más seguridad en un “revival” si se realizada en torno a grupos de “música llana” (canto gregoriano) o fuera protagonizado por las órdenes religiosas tradicionales (benedictinos, franciscanos, trapenses, cistercienses, jesuitas…) con siglos de sabiduría acumulada y de “memoria histórica”.

El dilema actual de la Iglesia ya fue escenificado en la serie The New Pope (2020) de Paolo Sorrentino, en donde se planteó si la Iglesia debe abrirse al mundo, o más bien, cerrarse y convertirse en un grupo minoritario pero formado por una élite a toda prueba. No es algo nuevo. La Iglesia lleva mucho tiempo dudando entre ambas posiciones y falta valor y decisión para declararse a favor de una o de otra.

Por tanto, el que algunos sectores de la Iglesia se hayan introducido en las redes sociales, hayan convertido a sacerdotes diocesanos en influencers o a monjes franciscanos en cocineros de youTube (muy buenos, por cierto), cuando grupos católicos están en Tik-Tok y en Instagram, cuando algunos encuentro como "El Despertar" en Vistalegre han reunido a miles de personas e intelectuales de renombre (Juan Manuel de Prada, Fabrice Hadjadj) para debatir sobre el papel del cristianismo hoy, cuando se observa un aumento significativo de jóvenes que regresan a la práctica religiosa, buscando una identidad y un sentido de comunidad que el mundo secular no les ofrece, o cuando grupos como Renovación Carismática Católica o Hakuna que busca vivir la fe de manera alegre y activa a través de la música, la oración y la vida en comunidad, han revitalizado el catolicismo o la IV Fiesta de la Resurrección 2026 celebrada el pasado sábado 11 de abril de 2026 en las Cibeles de Madrid, organizado por la venerable Asociación Católica de Propagandistas (ACdP) para celebrar la Pascua a la que asistieron entre 80 y 85.000 personas, descrito por sus promotores como una jornada de "música, fe y esperanza"… todo esto son síntomas de un catolicismo que se expande… en superficie, sí, pero es mucho más discutible que lo haga en profundidad. Si fuera así, los seminarios experimentarían fuertes subidas en el número de alumnos. Y no es así: ese aumento es más que discreto, por el momento.

Para los que conocemos el mundo anglosajón no podemos evitar realizar paralelismos: esta renovación católica tiende a imitar a ceremonias, espectáculos y formas de ocio que hace cuarenta años ya habían puesto en práctica en zonas católicas de Iberoamérica, sectas protestantes norteamericanas. Tratar de convertir las horas de ocio en espectáculos con un trasfondo católico, los rituales y las reuniones comunitarias en fiestas con ritmo y bafles atronadores más propios de una disco que de un templo…, todo esto puede parecer una “nueva estrategia de captación”, aséptica y bienintencionada. De hecho, lo es, pero lo que dudamos es que, sea algo más que eso: un intento de seguir las pautas marcadas por la modernidad para poder sobrevivir. Y sabemos cómo termina eso.

Hace más de 30 años, entrevistamos a la presidenta de la Iglesia Cristiana Universalista, uno de los movimientos evangélicos norteamericanos. Le preguntamos qué era la formación que presidía y con esa dura sinceridad típicamente norteamericana, nos respondió: “The Christian Universalist Church is a big business”… es “un gran negocio”.  No creo que ese sea, precisamente, una “vía hacia la trascendencia”. Pero así puede terminar siendo una Iglesia que quiera hacer del espectáculo una vía de captación.

En este mismo sentido, compartimos la opinión del obispo Athanasius Schneider, miembro destacado del sector tradicionalista de la Iglesia (que no hace mucho estuvo en Barcelona), el cual sostiene que Hakuna y otros movimientos similares constituyen "una especie de drogas espirituales", una "forma barata de cristianismo" sin "fundamentos profundos" que “construyen sobre la arena”. Otros sacerdotes como Gabriel Calvo Zarraute, han suscrito plenamente estas palabras del obispo Schneider. No está claro, por tanto, si el esfuerzo de algunos sectores de la Iglesia para conectar con la Generación Z, utilizando un lenguaje visual y directo alejado de los canales tradicionales, puede generar el espejismo de un crecimiento real… que, a fin de cuentas, será siempre en superficie, no en profundidad.

Y a todo esto, ¿por qué se produce este “revival”?

Es el momento de recapitular antes de lanzarnos a aventurar conclusiones:

- Existe una crisis de vocaciones, un envejecimiento del clero y los seminarios, por el momento, no pueden asegurar el reemplazo de los sacerdotes jubilados.

- Existe una tendencia al crecimiento de las conversiones y los bautismos e, incluso, un mínimo repunte de las vocaciones.

- A pesar de que todavía es pronto para ver los logros del pontificado de León XIV, todo induce a pensar en un seguidismo hacia pontificados anteriores.

- La próxima visita a España puede aclarar mucho esta cuestión, especialmente en materia migratoria y en la relación entre la Iglesia y el gobierno social-corrupto.

- Los “movimientos de renovación carismática”, el movimiento Hakuna y la reciente Fiesta de la Resurrección, objetivamente, tienen más que ver con el protestantismo anglosajón que con la tradición católica.

- El crecimiento del catolicismo, especialmente entre los jóvenes, es el resultado directo de una política de marketing que ha incorporado las nuevas tecnologías y las redes sociales a la acción católica.

- Este crecimiento, por el momento, es “real”, pero, igualmente “superficial”.

A partir de estos elementos -que restan optimismo a la versión oficial del Vaticano y suponen un baño de realismo- vale la pena preguntarse de nuevo, por qué se está produciendo este “revival”, por superficial que sea. Y aquí las respuestas son varias, más allá de la reacción a los excesos del wokismo y al rechazo del caos ultraprogresista.

A lo largo de la historia los períodos de materialismo extremo se han alternado con otros en los que las fugas místicas, la búsqueda una espiritualidad profunda y el ansia de lo absoluto, han sido las dominantes. El actual modelo de civilización genera desesperación y un amplio sentimiento de frustración en las capas más jóvenes: perciben de manera nebulosa que “algo” o “alguien” les está hurtando el futuro. Intuyen que cursar estudios, esforzarse, trabajar, cobrar salarios por encima de la media (y pagar impuestos desproporcionados), no les permitirá tener un patrimonio propio. Apenas pagar un puso decente con una hipoteca de 20 años. Tendrán acceso limitado a algunos bienes de consumo y difícilmente podrán disfrutar de más de un hijo, si es que llegan a eso o incluso a casarse.

Las políticas de Estado no facilitan nada a los “jóvenes suficientemente preparados”, salvo la emigración, si es quieren mejorar su situación. Las políticas de “discriminación positiva” y “protección de la mujer” han terminado generando un fenómeno inédito en las sociedades occidentales: el miedo del joven a acercarse a una mujer y la reducción de su relación con el otro sexo a fugaces encuentros facilitados por aplicaciones informáticas. Es significativo, que el repunte del catolicismo sea más nítido entre los varones jóvenes, cuya identificación católica ha subido del 33% en 2020 al 41% en 2025, mientras que en las mujeres la tendencia es a la estabilización o a una caída leve. Y es que, para los varones, las incertidumbres son mayores.

Por otra parte, muchos jóvenes ven los efectos del consumismo en sus padres y, como a fuerza de ganarse la vida, la están perdiendo… Muchos de ellos, además, se conectaron desde la adolescencia a redes sociales: hoy están “quemados” y hastiados, son perfectamente conscientes de que han perdido el tiempo y que todas las relaciones que han tenido por esos canales, son insustanciales, anodinas, temporales y planas.

A esto se une el miedo. Miedo es la palabra que define nuestro tiempo. Miedo al futuro, miedo a la pareja, miedo a la paternidad, miedo a terminar los estudios y afrontar un duro panorama de inestabilidad laboral, miedo a embarcarse en hipotecas y no poder pagarlas, miedo a la situación internacional, miedo a ser víctima de la inseguridad ciudadana, miedo a ser víctima de nuevas campañas de ingeniería social, miedo a no poder elucidar lo falso de lo real, miedo al paso del tiempo y a los días perdidos, a llegar al final del camino y no haber sabido para qué ni en qué emplear la vida. El miedo es la característica de nuestro tiempo y ha sido hábilmente explotado en situaciones extremas como la pandemia o los ciclos electorales.

En otras épocas, el miedo se compensaba con el optimismo esperanzador o, incluso, el realismo más objetivo, que generaba una visión religiosa de la vida. Se era consciente, de que más allá de la materia, existía un espíritu y que ese espíritu daba acceso a una vida superior, más real y más intensa. La amistad, el amor, la familia, los hijos, completaban ese marco y daban una razón de ser, objetivos y seguridades. Pero todo esto se ha ido diluyendo en los tiempos modernos. Las filosofías progresistas han decepcionado cada vez más: cada nueva medida definida como “progreso” (la globalización económica, la inmigración masiva, los estudios de género, el mundialismo, el mestizaje cultural y el wokismo), se han convertido en más y más fuentes de caos, inestabilidad, hasta el punto de que ya no hay seguridades a las que agarrarse.

En estas circunstancias cualquiera que ofrezca algo que vaya más allá de todos estos valores progresistas y que esquive sus efectos más perniciosos, encontrará un hueco en el que penetrar. Basta con jugar a la contra: frente al materialismo consumista, la espiritualidad; frente al aislamiento social, los grupos carismáticos; frente a la marginación y el aislamiento, los grandes festivales pop-rock-católico; frente a unos políticos corruptos, un líder por encima de los lideres, el Papa; frente a redes sociales groseras, reiterativas, consumistas, intelectualmente endebles y poco exigentes, ideas no conocidas (u olvidadas) y, por tanto, consideradas “nuevas”.

¿Por qué el catolicismo y no cualquier otra religión (como en los años 60 y 70, el Budismo o el Zen)? Simplemente, por que es la alternativa más fácilmente accesible, que además tiene cada vez más visibilidad en las redes sociales de nuestro tiempo y, seguramente también, porque es la espiritualidad que ha sido propia de nuestros padres y abuelos, y está presente en nuestros monumentos y arquitectura.

A diferencia de generaciones anteriores que heredaban la fe por inercia social, estos nuevos creyentes (recuérdese: 14.000 nuevos bautizados en 2025) suelen acercarse a la Iglesia por una decisión personal y reflexiva, lo que genera una práctica religiosa más intensa y visible. Se ha observado, con razón, que el revival es, en gran medida, un movimiento impulsado por laicos: la proliferación de testimonios de conversión y debates sobre fe en plataformas como TikTok, Instagram y YouTube ha permitido que el mensaje católico llegue a los jóvenes de forma directa y con un lenguaje contemporáneo. Por otra parte, ese revival católico tiene también mucho que ver con el fenómeno migratorio. La llegada de población joven y más religiosa de América Latina ha contribuido a estabilizar y, en algunos casos, aumentar la participación en parroquias.

Todo esto puede sugiere que el fenómeno se consolidará y tenderá a aumentar en los próximos años. Así pues, ¿podemos confirmar que se producirá una decisiva reubicación de España de nuevo en el catolicismo? Esta cuestión es más difícil de responder.

Vale la pena establecer este principio: “Todo fenómeno de masas es, necesariamente, superficial y voluble” y éste no va a ser diferente. La religiosidad, para ser auténtica debe partir de una reflexión profunda del alma y de una sed de Absoluto que tiene, para ser auténtica, debe partir de uno mismo. Si deriva de cualquier forma de miedo al futuro, parte de una base falsa y seguirá siendo un fenómeno superficial. Si no se traduce en una práctica exigente, íntima, personalizada, constante y lúcida, puede llegar a ser una mera forma de rellenar el tiempo de ocio, insustancial y trivial, o de recubrir las propias frustraciones con un “producto” que, sustituye al “consumismo”, pero que, en realidad es otra forma de consumismo.

Y este es el problema de la modernidad: ha sido capaz de introducir en los estantes de los supermercados del consumo a diversas formas de religiosidad. El penúltimo producto fue la New Age, antes llegó la Contracultura, antes aún, el ocultismo y el neo-espiritualismo… Sería muy triste que el catolicismo terminara también en los escaparates de consumo que, a fin de cuentas, es en donde se encuentran productos de diseño al estilo de Rosalía (que, en el fondo, no ha hecho nada que no hubiera hecho antes Madona).