jueves, 14 de octubre de 2010

Un concepto machadiano: el "macizo de la raza" (I de II)

Infokrisis.- Hay un concepto machadiano que “suena” pero que habitualmente no se logra fijar en toda su exactitud. No estoy muy seguro de que se trate de un término afortunado, es más confuso. “Macizo de la raza”, en efecto, es un término que aparece en el poema de Machado El Mañana Efímero, aquel que empieza con “La España de charanga y pandereta / cerrado y sacristía / devota de Frascuelo y de María, de espíritu burlón y alma inquieta / ha de tener su mármol y su día / su infalible mañana y su poeta” y sigue: “Esa España inferior que ora y bosteza / vieja y tahúr, zaragatera y triste / esa España inferior que ora y embiste / cuando se digna usar la cabeza / aún tendrá luengo parto de varones / amantes de sagradas tradiciones”. El poeta desconfiaba, a fin de cuentas, en la capacidad de regeneración de España: “El vano ayer engendrará un mañana / vacío y ¡por ventura! pasajero”. Pero intenta esbozar una esperanza: “Mas otra España nace / la España del cincel y de la maza / con esa eterna juventud que se hace / del pasado macizo de la raza /Una España implacable y redentora / España que alborea / con un hacha en la mano vengadora / España de la rabia y de la idea”.

El concepto del “macizo de la raza” no hubiera dejado de ser un verso en un poema envuelto entre destellos de esperanza y brumas de desesperación, de no ser porque Dionisio Ridruejo lo rescató para darle una connotación política en su obra Escrito en España (que paradójicamente sería editado en Buenos Aires en 1962 y que, nosotros sepamos, nunca se ha reeditado en nuestro país). Ridruejo aportó a este concepto de “macizo de la raza” un contenido concreto y, casi diríamos, sociológico. Para el poeta, cuyo recorrido intelectual abarcó desde la Falange a la socialdemocracia, pasando por el frente ruso como combatiente de la División Azul, el “macizo de la raza” aludía a aquello que en los años 70 se llamó “mayoría silenciosa” y que hoy sería, más bien, “inmensidad apática”. Está presente en todos los países, pero en España es, sin duda, una constante histórica; es esa mayoría “que respira apoliticismo, apego a los hábitos tradicionales, temor a la mudanza, confianza en las autoridades fuertes y superstición del orden público y la estabilidad. Aparecía integrada por campesinos propietarios, pequeños o medios, por artesanos y pequeños industriales, comerciantes y rentistas, y asimilaba también en las provincias españolas a buena parte de la clase intelectual, de los profesionales libres” (1). Ridruejo respira en estas líneas cierta desesperación y un malhadado progresismo que lo embarga.

Claro está que los escritos de cada intelectual son altamente tributarios de sus experiencias vitales y las de Ridruejo no habían sido particularmente risueñas con el franquismo que se apoyaba precisamente en todos estos sectores sociales a los que él denunciaba como integrantes del “macizo de la raza”. Pero hace falta ir más allá, porque dentro de poco hará 50 años que se escribieron estas líneas y mucho más desde que Machado lanzó el término en un verso perdido, y aunque sigue siendo un concepto, casi diríamos “axial” en la España que va de la decadencia de los Austrias hasta el desgraciado período del zapaterismo, su soporte sociológico se ha ido transformando y hoy es otro.

Machado, en el remoto 1912, cuando publica Campos de Castilla (2) en el que está incluido este poema, es un hombre abatido, su esposa acaba de morir, el desastre del 98 queda demasiado cerca como para que pudiera inhibirse de la culminación de nuestro ocaso histórico. Es un hombre del 98, de la “generación del 98” y queda siempre en él algo de esperanza subsumida en cientos de versos y en miles de páginas de abatimiento y frustración. En aquella época hay en el poeta rechazo al catolicismo y a la “fe del carbonero”, rechazo a la España tradicional que considera como responsable por dejadez y apatía de la frustración nacional. Rechaza, no tanto el fatalismo como la indiferencia que se ha apoderado del país, pase lo que pase y caiga quien caiga.

Exactamente cincuenta años después, Ridruejo identifica como “macizo de la raza” a la España rural, a la pequeña burguesía y a parte de los intelectuales. En 1962, cuando Ridruejo escribía esas líneas hacía 10 años que el país había salido del “nacional-catolicismo” (quintaesencia del “macizo de la raza” machadiano) y pasaba de Guatemala a Guatapeor de la mano del Opus Dei, del tecnocratismo desarrollista y de la “modernización” de España, tutelada por los EEUU y los acuerdos de cooperación militar con ese país. Y todo eso ocurría ante la indiferencia generalizada que en cierto sentido era el autismo generado por el trauma de la guerra civil. No importa que en España gobernaran primero los falangistas, luego los propagandistas católicos y más tarde los tecnócratas opusdeistas, lo esencial era que desde el inicio de nuestra decadencia (allá por el siglo XVII) nada había cambiado esencialmente: el pueblo español permanecía apático, mudo, pasivo e indiferente a todo lo que no fuera el día a día.

Han debido de pasar casi otros cincuenta años y dos generaciones para constatar que, esencialmente, la España de 2012 sigue en las mismas. Estamos persuadidos de que hoy, Ridruejo añoraría la España tradicional que denostaba en 1962 y de la que ya no quedan ni los restos. Bendeciría el campesinado que sabía, al menos, que sólo el trabajo hace producir la tierra y abominaría de aquellos que vendieron su terruño para ver en él levantado una ominosa urbanización. Buscaría vanamente a los “pequeños industriales”, especie hoy en vías de extinción en una economía globalizada y, finalmente, alabaría a las profesiones liberales de los 50 y 60, sin comprender por qué hoy optan los licenciados en ciencias y tecnología por irse a cualquier antes que sufrir las mezquindades de nuestra contratación laboral: precariedad y temporalidad, salarios de miseria que cada vez se extienden más sin importar titulación y falta de competitividad tanto en las empresas como en los directivos.

Ni Machado ni Ridruejo sitúan al proletariado entre los integrantes del “macizo de la raza”. Unos y otros lo consideraban una clase combativa y, por tanto, apreciaban su oposición al stablishment económico de cada momento. Cuando Machado escribía su Campos de Castilla, la CNT era ya una realidad con la que había que contar y mientras Ridruejo garabateaba su ensayo, en las minas La Camocha de Asturias se acaba de fundar Comisiones Obreras. Eso les daba opción a pensar que el proletariado, al menos, se movía, en medio de la indiferencia general. Olvidaban –en la época el marxismo era la doctrina oficial de la intelectualidad- que lo que hacía mover al proletariado de la época era el hambre primero y luego el querer emular el standing burgués que les dejó entrever el desarrollismo franquista. Cuando el proletariado tuvo acceso al 600, inmediatamente quiso poder comprarse un Dodge Dart… La “conciencia de clase del proletariado” a la que frecuentemente aludían los marxistas, no era sino un extendido deseo de vivir como burgueses.

No, definitivamente, no era justo que Machado o Ridruejo redujeran el “macizo de la raza” a las clases medias y al campesinado. También la clase obrera era, en el momento en que escribían sus obras, una parte sustancial de ese macizo. E incluso nosotros diríamos una parte esencial: que se lo pregunten a Esquilache y a los ilustrados del siglo XVIII, que vieron que las mayores resistencias a sus reformas (tardías pero necesarias) llegaban de los menestrales y de las clases trabajadoras. Hubo que esperar a que Víctor Alba escribiera su ensayo sobre los conservadores, para que se incluyera al proletariado en el “macizo de la raza” (3): “las clases “bajas” eran pasivas y desconfiaban de quienes trataban de organizarlas”, recordaba el antiguo militante del POUM.

Y esto nos lleva a nuestros días: si hoy el zapaterismo puede seguir gobernando a pesar de siete años continuos de destrozos, de palabrería hueca, de humanitarismo-universalista, de ingeniería social catastrófica, de política antiterrorista exótica, de carencia absoluta de idea sobre cómo vertebrar España, de políticas sociales erráticas, de caminar con paso firme hacia el precipicio económico y de puertas abiertas a la inmigración, eso solamente ha sido posible por la apatía, la indiferencia y el pasotismo de todo un pueblo. No es algo nuevo: es lo que llevamos viendo desde que tenemos uso de razón. Fue todo el pueblo español el que permaneció silencioso mientras que Aznar creaba su “modelo económico”, y nadie quiso protestar por lo que implicaba ese modelo: salarios bajos, inmigración masiva, dependencia del crédito y ladrillo a tutiplén… A eso le llamo “modelo económico”, “éxito en la gestión económica” y ante ese modelo por el que ningún alumno de tercero de económicas hubiera dado un duro (porque era evidente que conducía al precipicio), los “patriotas” votaron a Aznar hasta dos veces.

¿Hará falta recordar que hicieron falta trece largos años y cuatro elecciones para apear a esa máquina de generar corrupción y crímenes políticos que fue el felipismo? ¿No será bueno recordar que el pueblo español permaneció en plan Don Tancredo, parado y ensimismado ante el bochornoso espectáculo de la jet-set y del pelotazo, de la corrupción y de los GAL, de la entrada en la OTAN y de la reconversión industrial (primer paso hacia de desertización que luego, con la globalización eclosionada bajo el aznarismo, desatada ya con Zapatero, nos ha hurtado a sectores enteros de nuestra industria dejando como rastro de la miseria, seis millones de inmigrantes)?

¿Habrá que recordar que, antes, la transición española fue saludada por propios y extraños como “ejemplar” a pesar de que dejó abiertos todos los problemas existentes anteriormente, provocó la mayor oleada de inflación que se recuerdan los anales y estuvo en el origen de unas tasas de paro que nunca desde entonces han bajado del 8%? ¿Habrá que recordar que los “padres de la constitución” en lugar de “fotocopiar” literalmente el texto constitucional de algún país que funcionara bien, hicieron como que pensaban y estructuraron un régimen en el que la partidocracia –que no la democracia—y la plutocracia –que no el mercado- han ido reforzando, año tras año, el “macizo de la raza” y aumentando el escepticismo y la extrañeidad de los españoles ante los problemas que les aquejan?

¿Nos remontamos más atrás? En el tardofranquismo, el país estaba dividido en tres parcelas: los que estaban dispuestos a pelear por defender el franquismo, los que estaban dispuestos a pelear por abatirlo y una inmensa masa absolutamente gris despreocupada de todo y ajeno a cualquier proyecto de futuro. Los propagandistas franquistas decían que el régimen estaba asentado sobre los valores de la clase media. Era mentira: el franquismo se asentó en distintos grupos políticos (falangistas primero, propagandistas católicos luego y tecnócratas opusdeistas finalmente) que hicieron y deshicieron justo porque la mayoría silenciosa era indiferente a todo.

Más vale no remontarnos más atrás porque fue Ramiro Ledesma en su Discurso a las Juventudes de España (4) ya hizo su alegato en torno a la “gran pirámide de fracasos en que puede resumirse la historia de España”. A lo largo de todos estos fracasos, se afirmó y reafirmo el “macizo de la raza” cada vez con mayor intensidad.

Hubo momentos que luego han sido exaltados como hitos de gloria y patriotismo: el 2 mayo, sin ir más lejos. Pero, a poco que revisemos el 2 de mayo, nos llevaremos desagradables sorpresas. En primer lugar que fueron los estratos más bajos de la población quienes encabezaron la protesta. El grueso del ejército permaneció mudo, los intelectuales distantes, la alta burguesía prefirió cerrar las ventanas de sus viviendas al considerar que no se trataba más que un nuevo disturbio del “populacho” y, para colmo, sus protagonistas, como cuarenta y dos años antes durante el motín de Esquilache, si salieron a la calle fue precisamente para que nada cambiara… para que no se llevaran a los herederos de una monarquía inútil, con reyes exclusivamente preocupados por la caza (Carlos IV) o por su verga (Fernando VII), para que todo siguiera igual como en los dos siglos antes. Y si vamos a lo que fue la Guerra de la Independencia, habrá que convenir que no hubo una sino tres guerras: un conflicto internacional que llevó al ejército inglés a pasearse por España como Pedro por su casa como nunca antes había una tropa de casacas rojas, una guerra civil entre españoles (que luego se evidenció en los 80.000 “afrancesados” que se exiliaron y que no eran sino la cúpula de un amplio sector de la administración que juró fidelidad a José I) y una guerra de guerrillas entre el ejército francés y partidas irregulares.

Y, con todo, da la sensación de que también aquí, los actores del drama fueron una minoría y que el “macizo de la raza” volvió a estar preocupado solamente de sí mismo. Ni la posibilidad de que España siguiera el camino de Francia con la instauración del liberalismo en la monarquía de José I, ni la constitución de Cádiz, parecen haber suscitado excesivos entusiasmos. En este episodio histórico como en cualquier otro desde los últimos Austrias, lo que parece demasiado evidente es que el inmovilismo y la apatía del grueso de la población, nos han ido colocando con precisión matemática de la cabeza de Europa en el siglo XVI a su furgón de cola. Y que ha sido esa apatía la que ha frustrado cualquier recuperación viniera de la izquierda o de la derecha.

Ortega y Gasset utilizó una palabra para definir esta constante de nuestra historia: “misoneísmo”, adición del término griego μισεῖν, odiar, a las partículas neo- e –ismo. Así pues “misoneísmo” sería “odio hacia la novedad”. Decía Ortega que odiamos cambiar porque eso supone reconocer que antes no éramos perfectos: “Al español castizo, toda innovación le parece francamente una ofensa personal”. Esto implica poca adaptación a las novedades en cualquier orden que se presenten y, si existe algún intento de adaptación, ese es, necesariamente, frustrante. Véase, por ejemplo, cómo nuestro país se ha adaptado a las nuevas tecnologías: bruscamente, sin que su nivel cultural fuera, previamente, aceptable. Y ahí tenemos a perfectos garrulos hablando por teléfonos móviles a voz en grito en los transportes públicos, a niños que parece que el ordenador solamente les sirve para chatear eternamente aun cuando no tienen nada importante que decirse, si el gobierno les pone en sus manos un ordenador en la escuela, no lo utilizarán para aprender sino para lo único que les han enseñado desde el parvulario: jugar. Esto sin contar la legión de enganchados a Internet, las divisiones de hipnotizados por el TDT y las centurias de buscadores de porno en la red. Aquí, cualquier innovación es inmediatamente integrada en el “macizo de la raza”, haciendo de ella un nuevo elemento para que nadie cambie y todo siga igual.

Ortega, estaba lejos de desesperarse, pero era muy consciente del diagnóstico (alguno de su generación ya había dicho aquello de “que inventen ellos”) y dudaba en considerar en su España Invertebrada (5) si nuestra historia era la historia de una decadencia o bien ello no era posible en la medida en que “la decadencia es un concepto relativo a un estado de salud, y España no ha tenido nunca salud (…) por lo tanto no cabe decir que ha decaído”. Luego atribuirá todo eso a la “soberbia de los españoles” (Gracián decía que la soberbia reinó en España, la codicia en Francia y el engaño en Italia…). Si no somos capaces de ser nosotros quienes aportemos innovaciones, no dejamos que estas vengan de fuera y, por lo demás, pocas innovaciones podemos aportar ya que en nuestro criterio, en cada momento histórico somos perfectos o así nos ve la inmensa mayoría de nuestros compatriotas. Entonces ¿para qué cambiar algo? Lo de nuestro pueblo es algo así como un intento eterno de sublimar su pusilanimidad asumiendo esa soberbia de la que hablara Ortega.

Ciertamente, en todas partes cuecen habas. No será porque minorías no lo advirtieron hará treinta años en Francia, en el Reino Unido o en Alemania, señalando que la llegada masiva de inmigrantes era un problema, pero como durante 25 años el problema no se ha manifestado, las poblaciones de esos países han dejado que fuera larvando bajo la superficie. Pero sí hay que reconocer en otros países que, finalmente, cuando se ha producido la reacción, esta ha sido noticia e incluso quienes se han obstinado en conservas las dinámicas deletéreas han rectificado argumentos y se han estrujado las meninges. Aquí no: aquí nadie reacciona ante nada y aquí, incluso los argumentos de unos y de otros suelen ser de una bajeza intelectual y de una miserabilidad exasperante.

Por eso aquí cualquier tonto puede llegar a ministro de infraestructuras y cualquier abogadillo de pocos pleitos puede llegar a presidente. Y no es por casualidad que a partir de Isabel II ya no sepamos si los borbones que vinieron luego son de sangre real o hijos de cualquier palafrenero. Al menos en Francia, aunque todos saben que Luis XIV no fue hijo de Luis XIII, la duda estriba en si era hijo de Mazarino o de Richelieu, cardenales ambos, que el púrpura es lo más próximo al azul de la sangre regia. Y no es lo mismo un hijo de puta que un hijo de cardenal.

© Ernest Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.eshttp://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen