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sábado, 4 de abril de 2026

45º Aniversario del 23–F, fallecimiento del Tte.Cnel. Tejero y desclasificación de documentos (1ª parte) - EL PAPEL DEL REY

El 23–F de 1981, la constitución española ya había sido aprobada 2 años, 10 meses y 8 días antes. Era obligación de todos los funcionarios del Estado, incluidos los militares, no solo acatarla, sino también conocerla.

Vale la pena recordar que lejos de ser una constitución monárquica, el texto aprobado en referéndum, más bien parece el de una, paradójica, “república coronada”. Las funciones del presidente del Estado Italiano, por ejemplo, son mucho más amplias que las del Rey constitucional. De hecho, en el actual ordenamiento constitucional, todas las “prerrogativas” reales tienen algún tipo de limitación o resultan francamente ambiguas. Véase el artículo 56 y 62: El Rey firma, sí o sí, las leyes… aprobadas por las Cortes; no se prevé que puede ocurrir si no firma. También convoca elecciones y referéndums en los términos previstos en la Constitución y propone candidato a Presidente del Gobierno, pero, al no depender de él la potestad de disolver las cortes por iniciativa propia, está sometido al dictado de las urnas. Ostenta la “jefatura militar” de las Fuerzas Armadas, título honorífico porque, en realidad, la política de defensa la dirige el Gobierno. Y otro tanto ocurre en sus funciones como representación internacional, cuyas pautas están dictadas por el ministerio de exteriores. En cuanto acreditar a los embajadores españoles, estos son elegidos por Exteriores, no quedándole al Rey otro remedio más que aceptarlos. E, incluso en la declaración de “la guerra y hacer la paz”, se hace según dictan las Cortes Generales. Todas las funciones Institucionales y de Justicia dependen del gobierno de turno, incluidos el “derecho de gracia”, “expedir los decretos”. “conferir empleos civiles y militares”, incluidos honores y condecoraciones, ejercer indultos, etc, siempre a propuesta del ministerio correspondiente.

En otras palabras, tenemos una monarquía huérfana de funciones. Constitucionalmente, en su Artículo 56, dentro del Título II, apenas es “símbolo de su unidad y permanencia”. El resto de funciones (las de “árbitro y moderador” y las funciones de representación internacional”) deben ser refrendos por el Presidente del Gobierno o los Ministros para tener validez. El premio de consolación es que su “figura es inviolable”… mientras es Rey.

Dicho de manera más clara y menos retórica: Si el Rey quiere seguir siendo el Rey, debe de cumplir estrictamente lo que dicta la constitución. Firmar todo lo que el gobierno pone bajo su real nariz a sabiendas de que, en el momento, en el que haga lo contrario, abrirá la carrera al referéndum sobre “monarquía o república”. Su presencia es meramente protocolaria y se ha dado el caso de ausencias del Rey Juan Carlos I cuando las leyes y los decretos eran firmados… por un plotter.

Con todo esto queremos decir que los militares debían conocer la nueva constitución y sabían, por tanto, que, según el marco legal, el apoyo del Rey era totalmente irrelevante para cualquier proyecto golpista. Por tanto, la polémica sobre el papel de Juan Carlos I el 23–F es completamente irrelevante. Simplemente no podía ponerse del lado de los golpistas, sino hacer todo lo que el gobierno (en aquel momento, secuestrado en el parlamento) o bien, en su defecto, el “gobierno provisional” (Comisión Permanente de Secretarios de Estado y Subsecretarios), reunida por Francisco Laína, entonces Director de la Seguridad del Estado. Constitucionalmente, el Rey solamente podía decir lo que este “gobierno provisional” le pidiera que dijera.

En aquel momento el “guardián de la monarquía” teniente general del Ejército de Tierra, Sabino Fernández de Campos, jefe de la Casa de Su Majestad el Rey. Conocía muy bien la constitución y las atribuciones reales. Bastante mejor que Tejero o Milans, que seguían considerando a Juan Carlos I como el “heredero de Franco” y, por tanto, el que más obligación tenía de respetar su legado. Además, habían olvidado que España, contrariamente a lo que ellos pensaban era una “república coronada” sin que el monarca tuviera ningún poder real y efectivo sobre institución alguna, incluidas las Fuerzas Armadas.

Cuando se hizo público que el sanchismo iba a publicar “papeles reservados” sobre el 23–F, muchos observadores pensaron que se trataba de un nuevo torpedo lanzado contra la monarquía, cuando en realidad, era todo lo contrario, como ya hemos mencionado: una declaración de paz con la institución, a la que Sánchez había exigido mucho en los últimos meses. No es que Juan Carlos I hubiera actuado de mala fe hacia unos o hacia otros el 23–F: era que su opinión era completamente irrelevante desde el punto de vista constitucional. Juan Carlos I actuó de la única manera que podía hacerlo, tal como le indicó el “gobierno provisional” encabezado por Laína.

El resultado del 23–F fue una inmerecida exaltación de la figura del monarca. Bruscamente, el Rey que, hasta ese momento había sido objeto de todas las chanzas inimaginables por parte de la izquierda (“Juan Carlos I el breve” se le solía apostrofar), se convirtió en el “impulsor del cambio”, en el “hombre cuya serenidad desactivó el golpe”, en el personaje que requería la situación y que había salvado a España… No solo la democracia se asentó definitivamente, sino que la monarquía (en realidad, una república coronada) fue aceptada por la sociedad española y se despojó del sambenito de ser considerada como una “herencia” del franquismo.

TRAS EL FRACASO DEL GOLPE

Lo esencial del 23–F –y el efecto que se esperaba– no sucedió ese día, sino dos días después con la gigantesca manifestación en la que se vio a Fraga, Suárez, González, Carrillo, Camacho, todos juntos en unión portando la pancarta que certificaba que el Estado había sobrevivido al golpismo, a la crisis económica e incluso a sí mismo. ¡Por fin una manifestación que pudiera competir con las que las que la extrema-derecha había organizado en los tres años anteriores! La democracia estaba definitivamente estabilizada, quedaba sólo para certificar la “normalidad” el que los socialistas llegaran al poder. Lo hicieron poco después y a ellos les correspondió acometer el resto de reajustes que nos homologarían junto a cualquier otro país de Europa Occidental: reajuste económico, integración en la OTAN y luego en la Unión Europea, etapas que el PSOE cumplió sin decepcionar expectativas depositas en él.

Los “golpistas” habían salido de sus madrigueras y habían sido cazados. Recibirían castigos ejemplares y pasarían años de cárcel, perderían sus carreras y serían arrojados al Tártaro por siempre jamás… Antonio Tejero pasó un total de 15 años y 9 meses en prisión por el asalto al Congreso del 23–F. Obtuvo el tercer grado en septiembre de 1993 y salió en libertad condicional el 3 de diciembre de 1996. Fue el último de los procesados por el 23–F en ser liberado. Antes, había pasado siete meses en prisión anteriormente (entre 1978 y 1979) por su implicación en la Operación Galaxia. El general Jaime Milans del Bosch pasó un total de 9 años y 127 días en prisión. Salió en libertad condicional el 1 de julio de 1990, tras haber cumplido una cuarta parte de su condena (atendiendo a beneficios penitenciarios y su edad, ya que entonces tenía 75 años). Nunca solicitó el indulto ni se retractó de sus acciones. Falleció en Madrid en 1997. El general Alfonso Armada pasó un total de 7 años y 10 meses en prisión por su responsabilidad en el golpe de Estado del 23–F. Condenado a seis años de prisión en 1982, el Tribunal Supremo elevó su pena en casación a la máxima de 30 años de reclusión por el delito de rebelión militar. El Gobierno de Felipe González le concedió el indulto por razones de salud (sufría una dolencia cardíaca) y tras haber acatado la Constitución. Salió en libertad el 23 de diciembre de 1988 y falleció el 1 de diciembre de 2013 a los 93 años de edad. Finalmente, el coronel José Ignacio San Martín López pasó un total de 5 años y 4 meses en prisión. Inicialmente condenado a 10 años de reclusión por un delito de rebelión militar que el Tribunal Supremo elevó posteriormente salió en libertad definitiva el 27 de junio de 1986. Falleció en Madrid en junio de 2004 a los 79 años.

A partir del 23–F ningún golpe de Estado era ya posible en España. Tal era el resultado de la que hemos llamado “la quinta red”: el CESID y su “no golpe para hacer imposible todos los golpes”.

Yo mismo lo comprobé cuando se cumplí el primer aniversario del 23–F. Había regresado de Iberoamérica y todavía me encontraba en clandestinidad. Había vuelto con la intención de comprobar si había quedado algo en pie de aquellas tramas (que, por entonces, veía todavía de manera confusa). Quedaban rescoldos, sin embargo, algunos militares seguían conspirando y pude comprobar que disponían de algunos fondos. En esos mismos días, los restos del Frente de la Juventud recibieron de esos medios una cantidad que, no estoy muy seguro, de si fueron 100 o 200.000 pesetas para que sus militantes organizaron algo de “ruido” ante el parlamento al cumplirse el primer aniversario.

Y era raro que subsistieran tales rescoldos, porque se trataba de oficiales que, como decíamos antes, “habían salido de la madriguera” el 23–F (especialmente en el Gobierno Militar de Madrid que estuvo “sublevado” durante unas horas el 23–F y a los que se menciona con nombres y apellidos en uno de los documentos desclasificados fechado el 14 de abril de 1981). Incluso seguían manteniendo contactos con medios “porosos” de extrema–derecha, sin ningún tipo de medidas de seguridad. Uno de estos oficiales, muy conocido por lo demás, con el que me encontré entonces y que luego resultó asesinado por ETA, me propuso reunirnos en su domicilio particular, aun sabiendo que yo seguía en busca y captura y él debía estar, necesariamente vigilado. Al cabo de tres días volví a Iberoamérica y fue en el siguiente viaje de regreso, en septiembre de 1983 cuando, a poco de llegar al aeropuerto del Prat, leí en el ya desaparecido Noticiero Universal, el titular destacado: “Ante la previsible victoria socialista, ruido de sables”…

El artículo aludía a la llamada “Operación Cervantes”, protagonizada por los hermanos Jesús y José Enrique Crespo Cuspinera (coronel de artillería y teniente coronel de infantería, respectivamente), junto al coronel Luis Muñoz Gutiérrez, proyecto golpista que debía ejecutarse el 27 de octubre de 1982, planeado para vísperas de las elecciones generales que dieron la victoria al PSOE. En el domicilio de José Enrique Crespo Cuspinera se halló un maletín con más de 500 folios que detallaban minuciosamente el despliegue militar y los objetivos de la insurrección. Los tres militares fueron detenidos el 2 de octubre de 1982, apenas tres semanas antes de las elecciones. En 1984, un consejo de guerra los condenó a 12 años y un día de prisión por un delito de conspiración para la rebelión. Jesús Crespo Cuspinera falleció poco después, en marzo de 1986, mientras cumplía condena. Su hermano obtuvo la libertad provisional en diciembre de 1986.

Según la versión oficial, la intentona golpista fue descubierta por las frecuentes visitas que realizaba el coronel Luis Muñoz Gutiérrez, a los condenados del 23–F, lo que, entre otros muchos datos, informaciones y delaciones, permitió a los servicios de inteligencia detectar la nueva trama en la que participaban estos oficiales. Me consta, por ejemplo, que la trama era conocida desde el principio gracias a las escuchas que instalaron los servicios de seguridad del Estado en una sastrería sita en un pasaje del centro histórico de Madrid, propiedad de un antiguo miembro de Fuerza Nueva. Los conspiradores habían llegado a distribuir “alcaldías” y “gobiernos civiles” a miembros de la extrema–derecha. Hubieran podido ser desarticulados en cualquier momento, pero el gobierno de la época, presidido por Lepoldo Calvo Sotelo, decidió jugar una última carta para evitar su derrota. El titular del Noticiero Universal lo resumía a las claras y venía a decir: “si ganan los socialistas, el ejército no se conformará y golpeará de nuevo, la Operación Cervantes es la prueba”, con su conclusión implícita: “si queréis que la democracia siga, debéis votar a UCD”. Para recurrir a este “relato” fue por lo que no todas las ramas del 23–F fueron podadas. El golpismo había dejado de ser un peligro para la democracia y se había convertido en un peligro solo para los propios golpistas…

Para colmo, la operación del 23–F tuvo un corolario final: demostrar que los “golpistas” suponían una exigua minoría en la sociedad española. Para eso era preciso cuantificarlos. Y para ello se improvisó un partido político, en un momento en el que existía una miríada de partido de extrema–derecha. Recuerdo que a finales de septiembre de 1982 me encontraba todavía en Bolivia.

En la oficina de prensa de la Presidencia del Gobierno, uno de los télex empezó a tabletear una noticia procedente de España: eran las candidaturas que se presentaban a las elecciones del 28 de octubre. Me sorprendió que la candidatura de Unión Nacional (Fuerza Nueva + Falange) no se volviera a presentar unida, sino que cada grupo lo hizo por su cuenta. Además se presentaban otras candidaturas falangistas, la Falange Española Independiente, la Falange Asturiana, la Candidatura de Unidad Falangista, el Movimiento Católico Español, el Partido Proverista, y una sigla nueva y desconocida: “Solidaridad Española”. Luego supe que era la candidatura constituida en torno a Ángel López–Montero Juárez, abogado de Tejero. Su idea era que su defendido se beneficiara de la inmunidad propia a los diputados… Tejero accedió a encabezar la candidatura, sin calcular que su candidatura no solo no alcanzaría los mínimos para obtener un acta de diputado, sino que, además, dispersaría aún más el voto de extrema–derecha, como así ocurrió: no solo fue una mala idea, sino la peor defensa posible, confirmó que las 32 candidaturas que lograron presentar, apenas obtuvieron 28.451 votos, el 0’14%. Esta “hábil maniobra” sirvió solamente para demostrar el casi inexistente apoyo al “golpismo”, tal como establecieron los medios de comunicación.

*      *      *

A nadie se le escapa que estas notas rápidas sobre el 23–F tienen “huecos”. No practicamos el “periodismo de investigación”, ni estamos para filtrar datos que no hayamos conocido directamente o a través de medios de comunicación convencionales que hayamos podido confirmar. Estas notas han sido dictadas por un doble imperativo: el aniversario del 23–F y, de manera muy preferente, recordar a la figura del Teniente Coronel Tejero cuyo patriotismo, tan sincero como absoluto e ingenuo, le colocó en un papel de protagonismo que él nunca buscó ni hubiera deseado. No supo ver la diferencia entre "PREPARAR" la toma del Congreso y "REALIZAR ÉL MISMO", esa acción. Otro tanto le ocurrió a Miláns del Bosch y a quienes dieron el paso al frente: fueron fieles a la palabra dada. Pero, precisamente por eso fracasó el 23-F y eso, por sí mismo, explica el porqué otros altos mandos comprometidos entendieran que lo que veían sus ojos a las 6:22 del 23-N y el "se sienten coño", no era lo que esperaban ver. 

La vida de Tejero fue un “permanente acto de servicio” a la idea que se hizo de España. Obviamente, se equivocó, pero, nadie le podrá reprochar que, él y los suyos, tuvieron el valor suficiente para actuar. Descanse en paz.

Jueves, 2 de abril de 2026 (último día de Cuaresma)

 

  









45º Aniversario del 23–F, fallecimiento del Tte.Cnel. Tejero y desclasificación de documentos (3ª parte) - LA QUINTA RED. OBJETIVO: EL FRACASO DEL GOLPE

¿Y el 5º proyecto? ¿en qué consistía? Aquí estamos en la “Zona 0” de todos los equívocos que se han producido en las interpretaciones sobre el 23–F. Entre los detenidos por su participación en el 23–F figuraba el Comandante Cortina, entonces director de Operaciones Especiales del CESID, embarcado en la especial operación de organizar el no–golpe, o lo que hemos definido como el ”golpe para acabar con todos los golpes”.

Cortina, a poco de salir de la Academia Militar, se descolgó inexplicablemente, como ya hemos visto, adiestrando a un grupo de falangistas en las técnicas de la guerrilla rural. Los alegres falangistas de Cortina (que entonces utilizaba el alias de ”Restarazu” y su hermano el de ”Roncal”, ambos de resonancias vascas) se entrenaban en la Casa de Campo y recibían formación sobre las distintas corrientes tercermundistas con las que los falangistas se sentían más identificados. Nunca sumaron más de 200 personas que utilizaban el nombre de Fuerza Social Revolucionaria en sus panfletos, aunque entre ellos aludieran a “la familia”. El grupo estaba dirigido por los dos Cortina y por un tercer personaje, no menos misterioso, Esteban Sierra Muñiz, que vivía en Francia. En el curso de la peripecia de este atrabiliario grupo contactó con Julio Alvárez del Vayo, capitoste republicano en el exilio y que aparecía como ingrediente esencial en todas las salsas antifranquistas de la época, contra más extremistas mejor. Del Vayo –del que Azaña dijo que era un ”tonto con ideas” y en eso seguía– había ido creando grupos fantasmales: que si Tercera República, que si el Frente Español de Liberación Nacional (FELN)… y en eso estaba cuando Sierra Muñiz lo contactó en París (posteriormente sería el mascarón de proa del FRAP).

Los contactos de la “Fuerza Social Revolucionaria” con Álvarez del Vayo se produjeron en 1964. Pocas semanas después, en junio del mismo año, la policía lograba detener a Andrés Ruiz Márquez (a) “Coronel Montenegro”, un pobre diablo, prácticamente el único miembro del FELN en el interior de España que había sembrado el país de pequeños artefactos explosivos, firmados con la sigla de la organización. Cargado de explosivos en la calle Serrano, condenado inicialmente a muerte, conmutada la pena por prisión a perpetuidad, solo salió a la calle con la amnistía de 1977. Prácticamente ilocalizable, la única forma de detener a un solo individuo sin contactos, era mediante la creación de un grupo favorable a la “lucha armada”, (la Fuerza Social Revolucionaria) con la que el FELN podría ampliar sus acciones… El “gancho” produjo su efecto sobre Álvarez del Vayo y entrañó la “caída” del “Coronel Montenegro”. Fue una brillante operación de inteligencia. Sin más. Pero, el hecho de que TODOS los que participaron en ella volvieran a estar presentes el 23–F, indica que esta red se había mantenido en pie desde 1964 hasta 1981: ¡17 años!

Dado que la "Fuerza Social Revolucionaria" era casi una “empresa familiar” de los Cortina no era raro que otro de sus dirigentes, Fernando Cadarso Preciado, estuviera también emparentado con ellos

Los testimonios de Cadarso y de Sierra Muñiz fueron claves en la defensa del Comandante Cortina tras el 23–F. Cadarso era un amigo personal y colaborador estrecho de Cortina. En el contexto del juicio, fue identificado como una de las personas que mantenía contacto frecuente con el comandante, lo que sirvió a la defensa para intentar demostrar que las actividades de Cortina eran de carácter personal o social y no conspirativas. Declaró que el domingo 22 de febrero (el día previo al golpe), llamó a Cortina a su residencia en El Escorial. Según su testimonio, el objetivo de la llamada era informarle sobre asuntos de interés o “novedades”, reforzando la coartada de Cortina sobre su paradero y ocupaciones ese fin de semana. Aunque era civil, fuentes periodísticas y libros de investigación (como los de Jesús Palacios o Pilar Urbano) sugieren que Cadarso formaba parte de una red de colaboradores no oficiales que la Agrupación Operativa de Misiones Especiales (AOME) utilizaba para pulsar el ambiente en sectores civiles involucionistas.

Esteban Sierra Muñiz, testificó también a favor de Cortina en el Juicio de Campamento por los sucesos del 23–F (Causa 2/81).  Durante la vista oral, declaró haber mantenido contacto con Cortina los días previos al golpe; declaró haber llamado al comandante la noche del 21 de febrero para concertar una cita el domingo 22, día en el que, según algunas versiones, se habrían ultimado detalles logísticos. Sierra Muñiz declaró que el comandante le invitó a cenar esa noche, pero que él declinó la invitación. Trabajos periodísticos posteriores han señalado que era “colaborador civil” del CESID. Por su parte, Fernando Cadarso Preciado fue una figura civil clave en la defensa del comandante José Luis Cortina durante el juicio por el golpe de Estado del 23–F. Al igual que Esteban Sierra Muñiz, su relevancia reside en su testimonio para reconstruir los movimientos de la jefatura de la AOME (inteligencia del CESID) en las fechas críticas del golpe. Formaba parte de una red de colaboradores no oficiales que la Agrupación Operativa de Misiones Especiales (AOME) utilizaba para pulsar el ambiente en sectores civiles involucionistas. Estas declaraciones tendían a desmentir la posibilidad del encuentro en el que Tejero habría recibido la orden del comandante Cortina de tomar el Congreso al día siguiente, el 23–F.

El quid de la cuestión es que Tejero declaró que había recibido taxativamente la orden de tomar él mismo el Congreso de los Diputados en el 1.º C del edificio situado en la calle de Biarritz, número 2, en Madrid. Mientras que Tejero mantenía que la reunión tuvo lugar allí, el comandante Cortina siempre lo negó, asegurando que nunca se había visto con Tejero en ese domicilio. Esta discrepancia fue uno de los puntos clave del juicio, ya que Cortina fue finalmente absuelto al no poderse probar fehacientemente dicho encuentro. Dos años y medio después del 23–F, el 1 de agosto de 1983, el piso fue escenario de un incendio provocado por los asaltantes para ocultar el asesinato de Antonio Cortina (padre), quien se encontraba solo en la vivienda en ese momento. A pesar de que se habló de una “venganza” de extrema–derecha por la participación del comandante cortina el 23–F, lo cierto es que se trató de un crimen protagonizado por delincuentes habituales.

Los partidos de izquierda y la prensa, en las jornadas posteriores, al 23–F aludieron constantemente a la “actitud sospechosa” del CESID en el golpe y a que varios de sus exponentes se habían visto implicados en la trama. Y así era, en efecto: pero no en una “trama golpista”, sino, más bien en el “golpe para acabar con todos los golpes”. Habitualmente, en los puestos claves de la seguridad del Estado, los gobiernos tienden a colocar a los responsables que consideran más “seguros” y de fidelidad demostrada. En el momento en el que se produjo el 23–F, el CESID estaba dirigido por el coronel Narciso Carreras que ocupaba el cargo de forma accidental desde mayo de 1980. Su gestión finalizó el 22 de mayo de 1981, cuando el Gobierno de Leopoldo Calvo–Sotelo nombró al entonces teniente coronel Emilio Alonso Manglano como director titular. En otras palabras, en el momento del golpe, el “hombre fuerte” del CESID no era el coronel Carreras, sino el Comandante Cortina. El “informe Jáudenes”, encargado por Carreras en el mes de marzo de 1981, estableció que ningún miembro del CESID había participado en la trama. Y eso era, relativamente cierto: en efecto, ninguno había trabajado para el triunfo del golpe de Estado, pero, sin embargo, si habían participado en las distintas tramas golpistas, unos con fines de información y otros con fines de neutralización. “El que quiere peces, necesariamente, debe mojarse”, dice otro viejo adagio frecuentemente empleado en inteligencia.

 

  









sábado, 16 de octubre de 2010

Ultramemorias (VIII de X). El fin de la transición (3ª parte) Cinco golpes dentro del golpe.

23-F 
o el golpe para acabar con todos los golpes
Las cuatro (o cinco) redes golpistas


Lo esencial del 23-F –y el efecto que se esperaba- no sucedió ese día, sino dos días después con la gigantesca manifestación en la que se vio a Fraga, Suárez, González, Carrillo, Camacho, todos juntos en unión portando la pancarta que certificaba que el Estado había sobrevivido al golpismo, a la crisis económica e incluso a sí mismo. La democracia estaba definitivamente estabilizada, quedaba sólo para certificar la “normalidad” el que los socialistas llegaran al poder. Lo hicieron poco después y a ellos les correspondió acometer el resto de reajustes que nos homologarían junto a cualquier otro país de Europa Occidental: reajuste económico, integración en la OTAN y luego en la Unión Europea, etapas que el PSOE cumplió sin decepcionar expectativas depositas en él.

Antes del 23-F el Estado era una entelequia que crujía por todas partes y amenazaba hundirse: ETA(p-m) mantenía secuestrados a cuatro cónsules, la policía le había aplicado un tratamiento excesivamente duro al etarra Arregui que pagó sus crímenes muriendo a su vez. El ingeniero Ryan acababa de ser asesinado. por ETA Un día sí y otro también estallaban bombas en Lemóniz y aledaños. La UCD se empezaba desmigajar y ni siquiera había sido capaz de celebrar su congreso en Baleares a causa de una huelga. Suárez vivía su declive y el partido veía como cada una de sus componentes se situaba en las mejores posiciones de cara a un futuro que todos advertían que ya no tendría nada que ver con el centrismo de estricta observancia de UCD. Las huelgas sacudían a todo el país ante la desesperación patronal; y el Rey, al que buena parte de la sociedad seguía sin tomarse en serio, acababa de ser abucheado en el Parlamento Vasco. Cada día ocurría algún incidente, algún atentado mayor o menor, que ocultaba la catastrófica situación económica. 

Y, para colmo, daba la sensación de que existían fuerzas “ocultas” (o quizás no tanto) que estaban tensionando la situación. Cuando se produjo el asesinato de Juan Ignacio, los militantes del Frente pidieron llevar el ataúd del que había sido su Secretario General –y lo que era más importante, su amigo y camarada- hasta la plaza de Colón. Inopinadamente, la policía, sin provocación previa, incumplió lo pactado e intentó disolver al cortejo. La reacción –esperada sin duda por quien había  programado la provocación- fue brutal: los choques de una inusitada violencia se apoderaron del barrio de Salamanca. Los militantes del Frente dieron salida a su odio y a su tensión acumulada destrozando todo lo que encontraron a su paso, papeleras, contenedores, vehículos, mobiliario urbano. Una vez más, como había ocurrido tras el atentado a la Cafetería California 47, las calles Goya y Velázquez, refugios de la alta burguesía capitalina volvieron a estar cubiertas de humo, restos de la batalla, con el picante e irritante aroma de las granadas lacrimógenas y el olor ocre de los incendios.

 

Era preciso –y tal era la estrategia del “golpe para acabar con todos los golpes”- que el pueblo español se viera y se sintiera ante el abismo. Desde la Semana Trágica de 1976, España tenía cada vez más esa sensación, pero lo esencial era que, ante la “lluvia” cada vez más persistente, transformada ya en temporal, la población aceptara situarse bajo el paraguas protector del “Estado”

Para ello era necesario que el ruido de sables, transformado en espectáculo gracias a la irresponsable entrada de Tejero en el congreso de los diputados, alcanzara el clímax de la situación. Bruscamente, el Rey que, hasta ese momento había sido objeto de todas las chanzas inimaginables por parte de la izquierda ("Juan Carlos I el breve" se le solía apostrofar), se convirtió en el “impusor del cambio”, en el “hombre cuya serenidad desactivó el golpe”, en el personaje que requería la situación y que había salvado a España… Era necesario que la derecha económica y liberal entendiera de una vez y para siempre que debía respetar los pactos de la transición porque, a partir del 23-F, el rey –cuya mera presencia recordaba el fracaso de la oposición democrática en el intento de realizar la “ruptura”- se convirtió en incuestionable para lo esencial de la izquierda.

Hasta el 25 de febrero de 1980, las manifestaciones que discurrían por Madrid no eran excesivamente masivas, salvo las de extrema-derecha… Aquella tarde, los seguramente más de 500.000 manifestantes (también aquí se ha dicho que eran millón o millón y medio seguramente en un afán de rivalizar con las cifras aportadas para las manifestaciones ultras) escenificaron la reconstrucción del sistema surgido en la transición y la voluntad de normalidad.

A partir de ese momento, las conspiraciones desaparecen de los medios de prensa. Quedará, sin duda, el “golpe de los coroneles”, pero ya estamos ante otra cosa muy diferente. Verán… Yo volví clandestinamente a España en los días anteriores al primer aniversario del 23-F. Vi con mis propios ojos lo que había sobrevivido del Frente de la Juventud al golpe del 14 de enero de 1980 (realmente había sobrevivido poco). Ya no existía ni el local de Claudio Coello, y la mayoría de militantes se habían dispersado. De todas formas pude localizar a algunos y entrevistarme con ellos. Por otra parte, contacté con los residuos de redes golpistas con la intención de valorar exactamente su potencial. También aquí saqué una conclusión ampliamente decepcionante. Si bien es cierto que seguía existiendo descontento en los cuarteles, y que algunos oficiales seguían reuniéndose y viéndose (y la prueba de ello es que entregaron un millón de pesetas al Frente de la Juventud para que, en las semanas anteriores al primer aniversario del 23-F se realizara una manifestación de protesta ante el Congreso de los Diputados), la impresión que me dio es que estaban muy marcados por las fuerzas de seguridad del Estado y era cuestión de tiempo que los desarticularan.

Así ocurrió, en efecto. Durante la tarde del 23-F, el Gobierno Militar de Madrid estuvo, sublevado o medio sublevado. Allí acudieron algunos falangistas de la Primera Línea de Falange y habituales simpatizantes ultras pidiendo armas. Había un grupo de tenientes coroneles que simpatizaban con la intentona golpista entre ellos los hermanos Crespo-Cuspinera, uno de los cuales estuvo un tiempo de guarnición en Barcelona teniendo cierta relación con mi padre. De este núcleo partió una iniciativa lamentable. Viajaron a toda España, en cada provincia se entrevistaron con los ultras más conocidos. Habitualmente se trataba de elementos marginales o poco menos, frecuentemente expulsados de Fuerza Nueva o que se habían ido por los motivos más variopintos. Ninguno de ellos tenía un peso significativo y apenas podían mover más que a un mínúsculo grupo de simpatizantes y, en ocasiones, ni siquiera y se representaban solo a sí mismos. Los miembros de este “grupo de tenientes-coroneles” en cada desplazamiento reiteraban que había otro golpe en marcha. Contaban a quien quisiera oírlo que el anterior había salido mal por precipitación, pero que éste que se aproximaba era el de verdad. Y hacían algo más: repartían alcaldías. Carlos Blasco, un querido amigo y camarada ya fallecido, había sido muy joven, concejal de su pueblo, Mataró. Luego pasó a Fuerza Nueva y de ahí al FNJ, luego, cuando yo tuve que exiliarme pasó al Frente de la Juventud y fue algo después cuando uno de los coroneles le invistió in pectore como alcalde de Mataró para cuando triunfara el golpe siguiente… Prefiero eludir el listado de otros alcaldes para evitar más sobresaltos, pero lo cierto es que aquel episodio ocurrió realmente y daba la medida de cómo funcionan las cosas en el gopismo castizo de la época.

En septiembre de 1982 me encontra en La Paz (Bolivia) y recuerdo que hablaba con el director del Servicio de Prensa de la Presidencia cuando uno de los télex empezó a escupir una noticia vinculada a España: era la relación de candidaturas que se presentaban a las elecciones de aquel año. Me sorprendió que había media docena de extrema-derecha entre otras una desconocida para mí: “Solidaridad Española”. Se añadía al lado que era la candidatura auspiciada por el teniente coronel Tejero… Así pues, no solamente no se había podido reconstruir una candidatura unitaria (o más o menos unitaria) que polarizase lo esencial de la ultraderecha como en 1979 (que incluso dio buenos resultados), sino que habían aparecido otras varias entre ellas de la Tejero. Alguien se había vuelto literalmente loco o bien alguien había dado la siguiente vuelta de tuerca para barrer definiivamente al golpismo del imaginario colectivo de los españoles.

Y era esto último lo que había ocurrido: no se trataba solamente de desactivar las redes golpistas, sino de demostrar que trabajaban en el vacío y que carecía completamente de apoyo popular. Para eso era necesario que se presentara, a prisa y corriendo, a las elecciones un partido de observancia golpista… justo para fracasar, justo para evidenciar a las claras que detrás del golpismo no había absolutamente nada. Y de paso, rematar a la extrema-derecha tal como exigían los pactos de la transición.

La “brillante idea” de crear un partido político no partió de Tejero, a pesar de que fue el a quien colocaron como mascarón de proa. Fue su abogado, Ángel López Montero quien le indujo a la creación de ese aborto político que fue “Solidaridad Española”. Las excusas no faltaban: que si era la forma de sacar a Tejero de la cárcel, que si Fuerza Nueva no había aceptado un proyecto unitario (y por qué había de aceptarlo que llevara a Tejero al parlamento), que si Tejero era el “mejor patriota”, que si había que hablar claro… En fin, el argumentario del partido, cuyo delegado en Catalunya era mi muy querido camarada Bernardo, anticipaba los monólogos del Club de la Comedia, voluntad implícita en el lema de la candidatura: “Entra con Tejero en el parlamento”. Solidaridad Española consiguió romper la precaria unidad de la ultraderecha y fracasar obteniendo un miserable 0,14% que certificaba que apenas 28.400 españoles se declaraban explícitamente golpistas

López Montero, impulsor del desaguisado, defendió luego a algunos guardias civiles implicados en los asesinatos de los etarras Lasa y Zabala. En cuanto a su pasado político no es menos sorprendente. En 1976 había fundado el Partido Liberal Español. No sé si servirá para algo el que les comente que algunos miembros de las Juventudes Liberales los había conocido tiempo antes en aquellos cursos sobre técnicas para combatir la subversión organizados por el SEDEC. En cuanto al eje de la defensa que articuló López Montero para salvar de una larga estancia de cárcel a Tejero fue la única que seguramente ni la sociedad española, ni mucho menos los jueces militares hubieran aceptado: la responsabilidad del rey en el espectáculo del 11-M. Precisamente, uno de los objetivos del “golpe para acabar con todos los golpes” era el asentamiento definitivo de la monarquía… cómo para aceptar unos meses después la increíble idea de que el toque de pito para ocupar el congreso de los diputados había partido de la Zarzuela. Definitivamente –y no es la primera vez que esta frase aparecen en estos recuerdos apresurados- el principal enemigo de un reo es su abogado defensor.

LAS CUATRO LÍNEAS GOLPISTAS (¿O ERAN CINCO?)

En el proceso de Campamento, por lo demás, se amontonaron galones que tenían poco que ver. De hecho, allí fueron a parar proyectos y gentes incompatibles entre sí, pero que, en un momento dado de su vida vieron la posibilidad de “colaborar” (léase, aprovecharse) unos de otros. Es fácil establecer que entre los procesados había cuatro o, incluso, cinco líneas golpistas.

 

De abajo arriba podemos encontrar primero al grupo de Tejero. Sería éste el grupo de los exaltados, compuesto por gente muy visceral, políticamente próxima a la ultraderecha menos complicada ideológicamente para la que todo empezaba y terminaba con la restauración del franquismo y el retorno a las fuentes originarias del régimen anterior al 20-N de 1975. Este grupo militar, al ser el más accesible, tenía una ósmosis con sectores ultras tan ambiciosos como aislados. Se trataban estos de gente descolgada de Fuerza Nueva y de Falange y del que la figura más emblemática en todos los sentidos era García Carrés. Carrés no tenía nada detrás, políticamente ni era miembro de Fuerza Nueva, ni de Falange, pero jugaba la carta de organizar festivales de solidaridad con la Guardia Civil. A diferencia de Blas Piñar y de la gente vinculada a partidos políticos ultras, Carrés disponía de tiempo suficiente como para seguir cultivando sus relaciones con galones y entorchados, acaso con la secreta esperanza de que si había golpe militar contarían con él. De hecho, llegaron a haber reuniones para formar un “gobierno” posterior al golpe. Si lo sé es porque uno de los miembros que participó en esas reuniones –el editor Vasallo de Mumbert- me lo comentó dos años después. Vasallo se apeó de esas reuniones cuando Antonio Izquierdo fue propuesto como futuro “ministro de economía”… añadiéndome que era “intolerable que el hombre que hundió a El Alcázar pudiera considerarse como el mejor ministro de economía”. A nadie se le escapa que todo esto rozaba el infantilismo y estaba instalado en el vacío más absoluto.

Lo que hemos dado en llamar “el grupo de Tejero” era partidario, pues por el “golpe ultra” del que debería de salir un gobierno formado por firmas ilustres de la ultraderecha… que ni siquiera contaban detrás con el apoyo de los partidarios de Blas Piñar o Fernández-Cuesta... En general, se trataba  de un grupo compuesto por militares que lo desconocían todo de lo político y que percibían a la ultraderecha sin grandes matices, considerándolos a todos como “patriotas” y por funcionarios franquistas de segunda o tercera fila que aspiraban a evitarse las complicaciones de participar en la vida política de los partidos ultras (era evidente que Blas Piñar los eclipsaba a todos, no sólo por su verbo exuberante, ni por su seriedad profesional, sino también porque detrás podía movilizar mucha más de lo que estaba al alcance de todos ellos) mediante el atajo de sus relaciones con los militares. Tejero, consciente de que de política entendía poco y que era un terreno que no era el suyo, tenía tendencia a creer que Carrés y otros como él, eran los reyes del mambo político, cuando en realidad, ellos tampoco, habían entendido ni lo que era la técnica del golpe de Estado, ni mucho menos la política en un marco democrático.

Luego, en un nivel inmediatamente superior a éste, se encontraba el grupo de Milans del Bosch. El proyecto golpista que defendían era completamente opuesto al del grupo de Tejero. Milans aspiraba a un “golpe militar-militar”, sin más matices. En su razonamiento, a la vista de que la clase política no estaba a la altura, había que prescindir completamente de ella. Y algo más, incluso: disolver todas las organizaciones políticas, desde Fuerza Nueva hasta las formaciones trotskistas afectas a la IV Internacional. Resulta un misterio establecer cómo pensaba Milans gestionar un país así, a menos que pensara en situar al frente de los negociados de los ministerios a cabos primera y trasladar el escalafón militar a lo civil. Era evidente que, por ahí, tampoco había nadie que pensara en términos políticos, con el agravante de que este grupo militar no tenía absolutamente –que a mí me conste- contacto alguno con civiles. En el fondo, este grupo estaba formado por el grupo de amigos personales de Milans que había ido cultivando a lo largo de su dilatada carrera militar. Nada más. El mundo de Milans, genéticamente ligado a la milicia desde hacía generaciones, terminaba allí en donde terminaban los entorchados de su manga y lo ceñido por su fajín. De ahí que Milans necesitara “hombres de mano”, gente enérgica, que se moviera en niveles más básicos, en escalones que tuvieran relación con sectores no militares. Y ahí estaba el grupo de Tejero para ejecutar algunos trabajos que parecían impropios para el grado militar de Milans. A partir de ahí se estableció una vinculación entre ambos grupos, dando por sentado ambos que todos estaban en el sarao por “patriotismo”, esto eludía las conflictivas cuestiones de lo que cada uno de ellos llevaba en mente: uno, Tejero, el proyecto de golpe militar-ultra y otro, Milans, el proyecto de golpe militar-militar.

Luego existía otro grupo en formación, malamente identificado, que se dio en llamar “grupo de los coroneles”. El coronel San Martín era su eje. Conocí a San Martín a principios de los 70 cuando era director del SEDEC y recuerdo de él tres elementos: su estilo aristocrático, su preparación cultural especialmente en el ámbito de la historia de España y su comprensión de los mecanismos y de la política. Se podría añadir también su discreción, propia de cualquier profesional que se mueva en el ámbito de la inteligencia y su prestigio en el medio militar que hacía que los que habían servido bajo sus órdenes quedaran ligados a él por vínculos de lealtad. Las convicciones políticas de San Martín eran de derechas y moderadas. No era un ultra al uso, ni mucho menos. Su patriotismo, indudablemente intenso y sincero, estaba modulado por su percepción de las posibilidades reales. San Martín había dirigido con un presupuesto muy escaso, el SEDEC para cumplir las órdenes de Carrero: establecer un servicio de inteligencia capaz  acopiar información politica estratética, pero también actuar para parar los pies de los comunistas a la ultraizquierda, pero no a los socialistas que deberían estar integrados en la democracia limitada que tenía Carrero en mente como evolución del franquismo. La proximidad hacia lo político que tuvo San Martín en los años en los que estuvo al frente del SEDEC se unió a sus cualidades naturales de observador.

En 1980, San Martín era de los que creía que “era necesario hacer algo” a la vista del marasmo político de la transición y de la mala gestión del gobierno de UCD. Su idea era constituir un “grupo de presión” militar, una verdadera red estable, capaz por su mera presencia de condicionar el poder. Para esto era preciso cristalizar una red y en eso estaba San Martín cuando supo de los movimientos de Milans desde Valencia. Pensó entonces que se estaba gestando un golpe militar y debió sumarse quizás con la intención inicial únicamente de informarse de lo que había detrás. San Martín sabía perfectamente que el proceso para cristalizar una red es largo y no puede improvisarse. En mi opinión trabajaba con la hipótesis de que las redes golpistas estuvieran solidificadas para cuando terminara la legislatura y sería entonces, cuando por la vía de la intervención cívico-militar o por la vía de la presión entre bambalinas, habría que poner toda la carne en el asador. Pero, en la situación de clandestinidad, medias tinas, febrilidad, ambigüedades y “gente que presionaba”, (Cortina) las circunstancias fueron poco favorables a los proyectos calmados de San Martín (que jugaba además con la posibilidad de que, en breve, los suyos fueran promovidos a los niveles superiores del escalafón, con lo que el tiempo jugaba, en realidad, a su favor) y éste se vio obligado a colaborar con Milans a quien, por lo demás, admiraba.

 


Pero existía todavía otro grupo militar formado en torno al general Alfonso Armada ( y vamos por el cuarto). Cuando salía a relucir el nombre de Armada, la primera idea que afloraba era la de “hombre del rey”. Y, en realidad, lo era aunque quizás no tanto como él creía. Para Armada lo esencial era “salvar a la monarquía” de aquel caos en el que se había convertido la transición (mitología piadosa sobre su carácter modélico aparte) y es posible incluso que albergara la secreta esperanza de acabar sus días como presidente del gobierno. A pesar de haber sido, como Milans, ex combatiente de la División Azul, todo induce a pensar que se trató de esos militares profesionales que fueron a combatir a Rusia, en parte para mejorar su carrera profesional, en parte como prolongación de la guerra civil y en parte como expresión de sus sentimientos anticomunistas. Las convicciones políticas de Armada parecían reducirse a una sola, la monarquía considerada como expresión de la gobernabilidad de un país. Su patriotismo, a fin de cuentas, era monárquico. Y de ahí no salía. Por los cargos que había desempeñado y por las amistades que solía cultivar allí donde pasaba, Armada tenía cierta relación con el mundo de la política y, más en concreto, con “políticos”, pero no puede decirse que tuviera una comprensión absoluta de lo que era la vida política en un marco democrático, ni siquiera de la pasta con la que estaban hechos los partidos políticos. A pesar de haber estado durante 17 años ejerciendo en Casa del Rey, cuando se convocaron las elecciones de 1977 cometió el error garrafal para un hombre de su posición de enviar cartas con el membrete de la Casa Real pidiendo el voto para Alianza Popular. Destituido ipso facto, terminó como gobernador convocando cenas polémicas en la capitanía general de Lérida y escalando luego a segundo jefe del Estado Mayor del Ejército. En las semanas previas al 23-F había militares que recorrían España y se entrevistaban con gente que por algún motivo estaban en la agenda de Armada y les sondeaban –en algunos casos con poca sutileza- sobre cómo reaccionarían ante un intento de salvar la monarquía y el orden constitucional…

Lo que tenía en mente Armada era un puro desenfoque político que había salido como producto de las cenas que había convocado y de la gestión de los que sondeaban en su nombre. Si unimos que, en 1980, todavía, cuando un militar lanzaba alguna pregunta a un civil, suscitaba un temor reverencial o una fascinación incondicional, todos los consultados, tras la sorpresa inicial, respondían con palabras ambiguas y frases diplomáticas, intentando echar balones fuera mientras consumían el último cafelito necesario tras una pesada digestión. Manejando todos los datos así obtenidos –que ya eran de por sí de valor limitado y extremadamente subjetivos- y combinándolo con sus filias y sus fobias, Armada estableció su “proyecto”: frente al golpe militar-ultra de Tejero, frente al golpe militar-militar de Milans, Armada aportó a la “ciencia golpista” su idea de “golpe blando” que desembocaría en un "gobierno de concentración nacional” formado por políticos desde AP hasta el PCE. Pura ciencia ficción para los que leíamos –incluso en el exilio- todos los días la prensa, pero proyecto válido para quien se tenía por “hombre del rey”.

Aun fue posible identificar un quinto escalón golpista. Abreviando: el encabezado por el comandante Cortina, director de Operaciones Especiales del CESID, embarcado en la especial operación de organizar el no-golpe, o lo que hemos definido como el “golpe para acabar con todos los golpes”. Cortina y su hermano, hoy metido en temas de seguridad para variar, tienen una trayectoria sorprendente y fascinante. A poco de salir de la Academia Militar, donde puestos a coincidir, lo hizo con el futuro rey de España, Cortina se descolgó inexplicablemente adiestrando a un grupo de falangistas en las técnicas de la guerrilla rural. En aquel tiempo, era rigurosamente cierto que el castrismo (del que muchos dudaban todavía que se tratase de un movimiento comunista y al que veían como “patriotas cubanos y humanistas cristianos”) ejercía una particular fascinación en determinados ambientes falangistas universitarios. La mayoría de ellos terminarían retirados a sus negocios y una minoría en la izquierda comunista. El castrismo permitía a un falangista llegar directamente a la experiencia de la guerrilla rural sin pasar por la dura escuela marxista y esto fascinaba en la época también a este lado del Atlántico.

LA FUERZA SOCIAL REVOLUCIONARIA

Aquel primer grupo formado por José Luis Cortina y su hermano mayor, Antonio, es tan dudoso como inexplicable. Era cierto que el caos ideológico de los medios falangistas a finales de los años 50 era indescriptible y los más inquietos seguían las evoluciones del nasserismo e incluso del FLN argelino. No importaba nada el que Narciso Perales uno de los cabezas visibles del falangismo de izquierdas hubiera optado por apoyar a la OAS hasta las trancas en el caso argelino y otros de sus camaradas entregaran su apoyo y solidaridad al FLN sin importantes un pito el que ambos se mataran con sádico deleite (véase el artículo de infokrisis: "A la sombra de Franco" sobre la peripecia de la OAS en España).

Los alegres falangistas de Cortina (que entonces utilizaba el alias de “Restarazu” y su hermano el de “Roncal”, ambos de resonancias vascas) se entrenaban en la Casa de Campo  (sin armas no fuera que terminaran haciendo daño a alguien, pero sí en técnicas de supervivencia en la montaña y preparación física para la guerrilla rural) y recibían formación sobre las distintas corrientes tercermundistas con las que los falangistas se sentían más identificados. Esto explica en parte el porqué unos años después y hasta la disolución de la Falange Española de las JONS (auténtica), el tercermundismo, con su carga de autogestión, antiamericanismo, ejerció una fascinación innegable en la izquierda falangista. Ahora ya sabemos por dónde había penetrado la idea. La semilla sembrada por los Cortina fructificó. Nunca sumaron más de 200 personas que utilizaban el nombre de Fuerza Social Revolucionaria (hasta incluso en siglas Cortina precedió a la izquierda falangista que tres años después, en torno a Perales, generaría el Frente Sindicalista Revolucionario, FSR) en sus panfletos, aunque entre ellos aludieran a “la familia”. Y también en esto Cortina tuvo algo de “adelantado”. Seis años después, el SEDEC generaba un argot “familiar” que yo creía tenía su origen en la serie británica Los Vengadores: San Martín era “madre”, la sede del servicio, “la casa madre”, Franco recibía el nombre reverancial de “padre” y los colaboradores eran “los primos” (y quizás, nunca mejor definidos).

El grupo estaba dirigido por los dos Cortina y un tercer personaje, no menos misterioso, Esteban Sierra Muñiz, que vivía en Francia y en el curso de la peripecia de este grupo contactó con Julio Alvárez del Vayo, capitoste republicano en el exilio y que aparecía como ingrediente esencial en todas las salsas antifranquistas de la época, contra más extremistas mejor. Del Vayo -del que Azaña dijo que era un “tonto con ideas” y en eso seguía- había ido creando grupos atrabiliarios: que si Tercera República, que si el Frente Español de Liberación Nacional (FELN)… y en eso estaba cuando Sierra Muñiz lo contactó en París.

Dado que la Fuerza Social Revolucionaria era casi una “empresa familiar” de los Cortina no era raro que otro de sus dirigentes, Fernando Cadarso, estuviera también emparentado con ellos.

El grupo funcionó hasta 1965, fecha en la cual, los Cortina se desentienden y cada miembro adopta posiciones personales: unos terminarán en el FLP, otros en el PCE, otros en el FSR de Perales y, como siempre, la mayoría en casa. Algunos de ellos empezaban a sospechar en aquellas fechas que había algo que no estaba claro en el grupo. En Ciudad Real habían detenido a algunos miembros repartiendo panfletos y no había ocurrido absolutamente nada: ni paliza en comisaría, ni procesamiento por el TOP, ni siquiera "hábiles interrogatorios". Eso ocurría en 1964. En junio de ese año, la policía desarticulaba al pequeño grupo de Alvárez del Vayo, responsable de haber colocado medio centenar de petardos verbeneros en Madrid firmados por el FELN. El principal detenido era un pobre diablo que había asumido el pomposo alias de “coronel Montenegro”, de verdadero nombre Andrés Ruiz Márquez, que después de su proceso –en el que salvó la vida por los pelos- reconoció que le habían atribuido muchos más petardos de los que él había colocado. La noticia de la desarticulación informaba de que en el “piso franco” se había encontrado propaganda del PSOE y de la Unión Democrática Española. La última aventura política de Alvárez del Vayo merece conocerse: se integró con armas y bagajes (es decir con su propia y pesada humanidad) en el Frente Revolucionario Antifascista y Patriota (FRAP), promovido por el PCE(m-l), a su vez, promovido por la CIA dentro de la Operación CHAOS (para quien le interese escarvar algo en este vidrioso asunto le recomendamos la lectura del artículo publicado en Infokrisis “Operación CHAOS” en la serie sobre la revolución de mayo del 68: artículo sobre la Operación CHAOS y artículo sobre el FELN, el PCE(m-l) y el FRAP).

 

Hay una serie de consideraciones que se imponen: Cortina, nada más salir de la Academia Militar debió integrarse ¿en el precedente del SECED? ¿en la Sección Segunda del Estado Mayor? ¿en alguna estructura de inteligencia internacional dirigida desde los EEUU? Es seguro porque a ningún militar en activo y con una prometedora carrera por delante, se le podía ocurrir, mucho menos en pleno desarrollismo franquista de los primeros años 60 la “portentosa” idea de construir una “guerrilla rural” tercermundista en plena sierra madrileña… salvo que lo que pretendiera con ella fuera contactar con grupos de la oposición democrática, radicales pero inanes de militancia en el interior (como era el FELN y las demás construcciones de Alvárez del Vayo). Es posible incluso que los Cortina crearan una estructura propia vinculada a la OTAN, como existía en otros países europeos, de carácter clandestino, oficialmente creadas –como la Red Gladio- para responder a una hipótesis de toma del poder por los comunistas en Europa Occidental, pero también y sobre todo, para encubrir otras operaciones que, en el caso italiano tuvieron que ver con las “strage di stato” (los atentados criminales organizadas por centros integrados en el Estado). Si nos equivocamos, desde luego, no debe ser por mucho. El inequívoco aroma de los servicios de inteligencia era perceptible en el entorno de Cortina desde el momento en que recibió el despacho de tenientillo recién salido de la Academia. No es raro que acabara como jefe de Operaciones Especiales del CESID y que su figura apareciera transversalmente en los episodios del 23-F.

La prensa democrática dudó tras el 23-F de la gestión de Cortina, e incluso cierta prensa lo presentó como un ultra más, quizás más ambiguo que otros, pero tan comprometido con el golpe como Tejero, pues no en vano era él, Cortina quien “presionaba” para que el golpe fuera lo antes posible. Personalmente creo que es todo lo contrario. Cortina recibió una orden: trabajar para la desarticulación de todas las redes golpistas. Y cumplió la orden aun a sabiendas de que su carrera militar quedaría requemada para siempre y que le esperaban unos años de cárcel junto a la misma gente que había precipitado al basurero de la historia

Si la democracia consiguió estabilizarse finalmente, debe mucho más al comandante Cortina Prieto que a la clase política coriácrea y otortunista que gestionaba España en aquella época, parte de la cual, sin duda, en caso de triunfar el golpe, se hubiera sumado entusiásticamente abordando el camino opuesto al que había seguido desde el 20-N de 1975 hasta el 23-F de 1981. Quizás, el tributo que tuvieron que pagar los Cortina fue su padre murió calcina en un incendio generado en el mismo lugar donde Tejero afirmó que se había entrevistado con él poco antes del golpe. Cortina fue quien instigó a Tejero a que entrara él, no otro, él, el Guardia Civil más conocido por toda España, en el parlamento

Ah, se nos olvidaba, dos antiguos miembros de la improbable “Fuerza Social Revolucionaria” formada por los Cortina declararon en el Proceso de Campanento por los hechos del 23-F a petición del abogado del comandante Cortina. Se trataba, precisamente, de Fernando Cadarso, el "tercer dirigente" del FSR que declaró que había cenado con Cortina en el Vips de Velázquez el día 20 de febrero y permaciendo junto a él el día siguiente en Alcalá… sin que nadie más, claro está, pudiera atestiguarlo. El otro testigo de Cortina, no era sino Esteban Sierra Muñiz, “el hombre del FSR en el exterior”, el encargado de contactar con Alvárez del Vayo en los años 60, tercer dirigente del FSR. Lo dicho: Cortina formó una red propia de inteligencia al salir de la Academia Militar que seguía en pie en febrero de 1981 y a la que recurrió en el Proceso de Campamento para afirmar su coartada.

Estas cinco redes (la de Tejero, la de Milans, la de San Martín, la de Armada, la de Cortina) cada una de ellas tenía su propio proyecto político. Cada una miraba de aprovecharse de las demás. El de San Martín era, sin duda, el más peligroso, porque suponía presionar con la amenaza de golpear, es decir, lograr una situación favorable sin necesidad del espectáculo de los tanques en la calle

Pero solamente una de estas redes era transversal y tenía cumplida cuenta de todo lo que ocurría en las demás: la de Cortina. Y su proyecto era, simplemente, el no-golpe o como hemos dicho “el golpe para acabar con todos los golpes”. Fue éste quien se llevó al gato al agua.

CORTINA Y EL QUE SUSCRIBE

Manolo Vázquez Montalbán nos unió inesperadamente a Cortina y a mí en un libro de entrevistas que tuvo cierto éxito en la época. Fue hacia 1984 cuando, Vázquez Montalbán empezaba a tener fama de buen gourmet y fabricaba casi en serie novelas negras basadas en el personaje de “Pepe Carvalho”. Aprovechando su tirón, Editorial Planeta le encargó un libro de entrevistas que deberían tener lugar en restaurantes. El libro se tituló “Encuentros con gente inquietante”. A Cortina le correspondía, por supuesto, y por derecho propio, unas páginas en ese libro. Y a mí, por algún motivo que no logro explicarme (pero Manolo Vázquez insistió), otras. Mi entrevista fue posterior a la de Cortina. así que conozco las conversiones de éste con el autor.

Nos reunimos en el “Yamadori”, el primer restaurante japonés establecido en Barcelona, a propuesta mía y Vázquez Montalbán tuvo la humorada de titular mi entrevista: “Ernesto Milá: reconozco mi militancia pasada en la ultraderecha”, añadiendo como subtítulo gastronómico: “Me gusta la carne cruda”, cosa, que, por lo demás era rigurosamente cierto en la época y sigue siéndolo quizás como tributo al primitismo cromañoide que todos llevamos dentro. 

Parte de aquel encuentro con Vázquez Montalbán lo dedicamos a hablar sobre Cortina. Vázquez había quedado intrigado por algunas declaraciones y comentarios que le había realizado el militar, así que buena parte de la conversación (que no fue, por supuesto, reflejada en la entrevista publicada) giró en torno al 23-F. Hay que recordar que en aquel momento, Vázquez Montalbán seguía siendo miembro del Comité Central del PSUC lo que no fue obstáculo como para que de aquel encuentro surgiera una buena amistad que se prolongó hasta su muerte en un aeropuerto del Sudeste Asiático.

A pesar de que en el libro aparecían otros personajes de máxima relevancia en la política nacional y catalana (desde Anguita, entonces oscuro alcalde de Córdoba, hasta Alfonso Guerra, omnipotente y omnipresente vicepresidente del gobierno y desde el financiero Olarra hasta el periodista Xavier Vinader) en varias ocasiones, entrevistas y conferencias convocadas para apoyar el lanzamiento del libro, Vázquez explicó que dos personajes le habíamos llamado particularmente la atención (y, por lo demás, así se refleja en las páginas del libro), Cortina y yo, porque detrás era difícil saber qué es lo que pasaba realmente por nuestra mente. En cuanto a Cortina era evidente que aludía a su gestión desde que salió de la Academia Militar hasta que compareció en el juicio de Campamento, y en mi caso porque la figura del ultra que desde la izquierda se habían forjado, contrastaba con lo que se había encontrado al otro lado del plato de carne cruda. Por lo demás, mientras Cortina era un manipulador nato, y siempre terminaba dando forma  a la realidad (la que encontraba o la que él mismo creaba) en beneficio de las órdenes recibidas; yo en esa época ya había asumido el Zen como norma de vida (no era por casualidad que aquel primer encuentro tuviera lugar en un restaurante japonés) y empezaba a estar convencido de que el vacío era la forma y la forma el vacio y que, a la postre, todo era vanidad de vanidades.

El 23-F fue eso precisamente, una vanidad de vanidades, en la que seguramente el más desinteresado era el comandante Cortina que había aceptado conscientemente inmolar en holocausto su carrera militar, para cumplir la orden recibida de “organizar un golpe para acabar con todos los golpes”. No puedo sino expresar cierto respeto por aquel que es capaz de imponerse a compañeros de armas, asumir voluntariamente meses de cárcel, ser señalado con el oprobio general por buena parte del estamento militar, incluso haber perdido a su padre en un incendio que tenía todas las trazas de ser una venganza. Con Cortina no vale aquello de si era “bueno” o “malo”, sino que la calificación que le corresponde es la de “grande” de la inteligencia española, indudablemente de una inteligencia y una capacidad muy superior a la del resto de militares que se vieron implicados en los sucesos del 23-F, salvo quizás el coronel San Martín.

Pero esa admiración que puedo sentir hacia el trabajo desempeñado por Cortina en aquellas fechas no basta para borrar de mi recuerdo ni el asesinato de Juan Ignacio González Ramírez, ni el hecho de que, por puro oportunismo de aquellos años, los mismos que asesinaron a Juan Ignacio emplearan de manera desaprensiva la infamia de relacionar mi nombre con el atentado de la rue Copernic. 

A la vista de todo lo expuesto hasta aquí, puedo afirmar que en los sucesos que llevaron inexorablemente al 23-F se produjeron varios muertos. Uno de ellos fue mi amigo y camarada Juan Ignacio González Ramírez. Es el único asesinato cometido en la transición que sigue impune. Pero no hay ni un solo juez estrella interesado en reabrir al caso... 

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia.