miércoles, 15 de julio de 2026

NOSOTROS Y LA TRANSICIÓN A LA QUE ODIAMOS TANTO (6 de 10) - POR QUÉ INGRESAMOS EN FUERZA NUEVA

En aquella época, habíamos incorporado otro concepto sin el cual era imposible realizar en condiciones una lucha política: el de “acumulación primitiva de fuerzas”. Por lúcido que sea un análisis, si el grupo que lo realiza no tiene capacidad para ponerlo en práctica, no sirve de nada. Por otra parte, no se trataba de formar un grupo de extrema-derecha más. Éramos demasiado jóvenes, no teníamos ni oficio ni beneficio, ni historial, ni prestigio, así pues, de lo que se trataba era de integrarnos en cualquiera de los grupos existentes en ese momento (y la oferta se reducía a dos: fuerza Nueva y Falange Española) y, a partir de ahí, tratar de reconducirlo, insertar nuestras temáticas y convertirlo en algo parecido al Movimiento Social Italiano, al NPD alemán o al Front National francés, pues estaba claro, para nosotros, que en el futuro deberíamos competir con otros grupos políticos en procesos electorales. Así pues, se trataba de adoptar el formato “partido político” para evitar la posibilidad de “descender un peldaño” -lo que, a nuestro entender ocurriría inevitablemente- y estar en condiciones de obtener resultados apreciables y porcentajes de votos superiores a las dos cifras. Por si este plan fracasaba, previmos un Plan B: asumir una práctica extraparlamentaria y configurarnos como vanguardia combativa. El primer plan presuponía que deberíamos trabajar en una perspectiva electoral y asegurarnos un porcentaje del voto; el segundo, implicaba adoptar más decididamente una perspectiva golpista (recuérdese lo dicho sobre “ascender un peldaño” dentro de la “teoría de la escalera”).

Desde finales de los años 60, a raíz de la recepción de algunos cuadernos publicados por un grupo argentino -el Movimiento Nacionalista Revolucionario “Tacuara”, también conocido como “la Tacuara del manchón”, una disidencia del originario Movimiento Nacionalista “Tacuara”, inicialmente de carácter estrictamente católico (muy parecida a Fuerza Nueva y, más o menos, inspirado en Falange Española), que luego evolucionó hacia posiciones “nacional-revolucionarias”-, habíamos realizado una reflexión sobre lo que era y significaba un “golpe de Estado”. Habíamos leído una antigua edición de principios de los años 30 de Técnica del Golpe de Estado de Curzio Malaparte y, luego, también, los libros de Von Salomon que nos influyeron extraordinariamente e, incluso, insertaron en nosotros el virus del nihilismo sobre un terreno que Nietzsche ya había abonado: Los réprobos y El Cuestionario, publicados precisamente por Luis de Caralt, miembro de la directiva del Círculo José Antonio de Barcelona. Sólo más tarde, leeríamos a Julius Evola y completamos un pastiche doctrinal excepcionalmente variopinto en el que Jean Thiriart se mezclaba con Evola, Nietzsche con Von Salomon, José Antonio con los teóricos de la “Tacuara” (el más exuberante de ellos, Joe Baxter, terminaría en 1973 en la IVª Internacional, por cierto).

En el curso de un viaje a París, un camarada compró Baltikum, uno de los primeros libros escritos por Dominique Venner sobre los “freikorps”, los cuerpos francos surgidos de la derrota alemana en 1918 y que optaron por jugarse el todo por el todo en un nihilismo activo que prefiguró los fascismos. Este libro completó nuestra actitud vital: nihilismo, activismo, neurosis activista, romanticismo, todo ello racionalizado -en la medida de lo posible- y puesto al servicio de la “teoría de la escalera” y de sus derivaciones estratégicas.  Ya se sabe que un “fascista” es un pesimista activo (no recuerdo si fue Malraux o Drieu quien lo definió así). Lo importante es que este pastiche de lecturas nos obligaba a reflexionar, seleccionar, alternar referencias, pero, sobre todo, nos mantenía ideológicamente vivos, aportaba calor y nuevos combustibles a los ideales que ardían en nuestro cerebro juvenil. Y, además, nos daba ejemplos históricos. Unos para seguir y otros solamente para prevenir desviaciones o ensoñaciones.

Cuando Franco agonizaba, yo estaba escribiendo mi primer libro: “Minimanual de Lucha Política” del que solamente se publicaron 25 ejemplares... Creo que se han perdido todos e, incluso, la policía incautó el ejemplar que poseía. Lo importante de este trabajo, que me llevó casi un año, es que, no solamente resumía el contenido del cursillo que nos había dado Delle Chiaie sobre “guerra revolucionaria” y “técnicas políticas”, sino que lo ampliaba con tres anexos: sobre Guerrilla Urbana, Guerrilla Rural y técnicas de propaganda. Esto me había obligado a leer toda la literatura existente en ese momento, incluida documentación sobre las guerrillas urbanas y rurales iberoamericanas (de los que la “Tacuara” de Joe Baxter, fue la primera de todas ellas), las experiencias castro-guevaristas, el maoísmo chino y su teoría sobre la “guerra revolucionaria”, las experiencias armadas de la extrema-derecha en la postguerra (OAS) y toda la literatura que podía existir sobre el tema, incluida documentación disponible del Estado Mayor (los libros del General Díaz de Villegas), junto a folletos que me habían llegado de Italia y Francia. En los últimos años nunca me he visto con fuerzas para reconstruir todo aquel bagaje de conocimientos adquiridos cuando apenas tenía 23 años. De hecho, no hubiera servido para nada. Tal como deduje a finales de los 80, existía una desproporción entre grupos dispuestos a la “lucha armada” (léase, terrorismo) y los efectivos y recursos del Estado. Solamente bastaba tener voluntad de victoria para liquidar a los grupos guerrilleros y/o terroristas. De lo contrario, la lucha era imposible, tal como se demostró entre las amnistías en cadena de 1976-77 y la derrota efectiva de ETA, a finales del milenio, que Zapatero, con su estupidez congénita, convirtió en “negociación”.

En los años 70, tenía sentido estudiar las estrategias castristas, guevaristas y maoístas, habida cuenta de que se estaban poniendo en práctica, incluso en Europa Occidental. Las sucesivas derrotas de ETA, de las Brigadas Rojas, del IRA, de la Banda Baader, de los GARI, etc, etc, ha hecho ocioso reconstruir esos episodios. La última vez que valoré la derrota del terrorismo fue en un ensayo publicado en la revista Defensa a finales de los 80 (que luego fue reproducido en una revista rumana editada por el Ministerio del Interior de aquel país, poco después de la caída del comunismo). Básicamente, la idea era que el Estado iba siempre por delante en la aplicación de las nuevas tecnologías de seguridad. Mientras la seguridad del Estado contaba desde los 80 con un superordenador (el “Berta”), el primero incautado a ETA solamente lo fue diez años después, cuando el uso de la informática ya se había generalizado. La “siembra” de cámaras de vigilancia contribuyó a hacer imposible el terrorismo e, incluso, algunos delitos comunes… siempre y cuando existiera voluntad de eliminar y perseguir a los delincuentes. En España, obviamente, tanto los gobiernos centrales como algunos autonómicos con mayoría de izquierdas, pareció más importante garantizar los “derechos humanos” de los delincuentes que cualquier otra consideración. Pero no nos desviemos del tema.

En un principio intentamos jugar sobre la construcción de un nuevo líder. Conocía a Blas Pilar desde principios de los 70. Con otro camarada, lo fuimos a ver al Valle de los Caídos en el curso de unas “jornadas” de Fuerza Nueva. En la universidad estábamos rebasados en una relación de 100 a 1, era imposible, no solamente hacerse oír, sino también poder estudiar sin ser acosados por las hienas de izquierda y de extrema-izquierda. Era una situación asfixiante y, fuimos acudimos a Blas para ver qué opinaba. Nos respondió que “el comunismo era el brazo ejecutor del diablo contra la cristiandad”, con lo que consideramos que estaba todo dicho. Blas era un hombre moderado, educado, inteligente y, seguramente, el mejor orador de la transición… pero también era un católico ultramontano para el que toda política debía partir de principios religiosos. Años después, le diría a Blas que el problema de Fuerza Nueva era que se autoamputaba electorado: si bien era cierto que España era un país católico y que toda su historia había girado en torno a catolicismo, desde la “conversión de Recaredo”, no era menos cierto que, desde el Vaticano II, los vientos que soplaban iban en dirección contraria a la confesionalidad del Estado y que la Conferencia Episcopal, en aquel momento, compuesta por 90 miembros, solamente registraba 3 obispos favorables a las posiciones que defendía Blas (lo que suponía un 3,22%), mientras que la gran mayoría estaba alineada con las posiciones de Tarancón, el motor eclesiástico de apoyo a la “transición”. Así pues, hacer gala de integrismo religioso, suponía reducir el campo de aplicación del partido Fuerza Nueva a un porcentaje situado entre el 3 y el 5% de la totalidad de católicos del país. Pero Blas era, se me había olvidado decirlo, era un hombre fiel a sus ideas, y en esta materia no estaba dispuesto a cambiar. Para él era una cuestión de fe y si se cedía en este terreno se corría el riesgo de ceder en cualquier otro…

Así pues, entre enero y mayo de 1976, tuvimos la sensación de que la “oposición democrática” estaba pisando el acelerador de lo que sería la “transición” y las fuerzas del “bunker”, perdían continuamente terreno y no sabían cómo parar el marasmo del régimen. Blas era, para nosotros, un católico fundamentalista que confiaba más en el Espíritu Santo que en la elaboración de una estrategia; su fatalismo era casi apocalíptico. En cuanto a Raimundo Fernández Cuesta y a su grupo, carecía para nosotros de interés y lo veíamos abocado a perderse durante años en querellas intestinas con otros grupos falangistas, sin entrar en el fondo de la cuestión: que las ideas de Falange Española no se habían podido completar en la primavera del 36 y que, en los siguientes 40 años, nadie había tenido la talla suficiente para reelaborar la doctrina y taponar los huecos. Y cuando se había intentado, el remedio había sido peor que la enfermedad. En 1976 todavía se perdía el tiempo discutiendo si José Antonio había ido o no al Congreso de Montreux: todas las tendencias falangistas decían que no, pero los documentos exhumados en Italia afirmaban lo contrario; aún no se sabía el alcance de la ayuda monárquica para la constitución de Falange Española, ni el papel de los monárquicos, no solo en la ayuda a José Antonio, sino también a Ramiro Ledesma. Los “pactos del Escorial” con los monárquicos, firmados y rubricados por el propio José Antonio permanecieron en secreto hasta que Stanley Paine los reveló, pero en 1976, prácticamente ningún falangista le creyó. También era frecuente oír en todos los grupos azules que “la Falange no es fascista”… ¡vaya si lo era! No solamente lo era, sino que, además, José Antonio se había convertido en “agente de influencia” de Mussolini a cambio de unos miles de liras para financiar el partido, cuando la derecha monárquica, optó por cesar el apoyo a Falange y centrarlo en el Bloque Nacional de Calvo Sotelo. En fin, eran cuestiones a las que he dedicado cinco trabajos (José Antonio y los no-conformistas, Ramiro Ledesma a contraluz, José Antonio a Contraluz, Espacio y área de Falange Española, y Rostro y drama de Falange Española que pueden encargarse con facilidad a Amazon) en total 2.000 páginas a falta de una “historia canónica” elaborada por los propios falangistas (historia que no han abordado para evitar  desmentir los mitos de los que se nutrieron durante el franquismo y en la transición), que, entonces y ahora tienen solo interés histórico, ya que no político.

Así pues, decidimos colaborar con Fuerza Nueva. Yo llevaba dos años escribiendo en el semanario así que era relativamente conocido en el interior de los altos muros del partido. Pero, con todo, seguíamos pensando que Blas no era el líder que precisaba la extrema-derecha. La única alternativa que nos pasó por la cabeza fue la figura de Sixto Enrique de Borbón: era un hombre dinámico y juvenil, con un innegable carisma, carlista, por supuesto, pero también “camarada”, joven, valiente, de los que sabíamos que nunca daba un paso atrás por dura que fuera la situación. Veíamos en él, un equivalente al Comandante Borghese, tan directo como él, con un trato llano para con sus camaradas, pero que, al mismo tiempo, inspiraba respeto y llamaba a seguirlo. Por eso le apoyamos en la convocatoria del Montejurra 76. Creímos que después de medio año de retiradas y derrotas, aquel acto podía marcar el punto de partido de una contraofensiva. Se sabe lo que ocurrió después.

Delle Chiaie cometió el error de estar presente con otros exiliados italianos. Se produjeron varios enfrentamientos con resultado de un par de muertos por parte del carlismo de izquierdas. En las fotos que se publicaron inmediatamente después de los incidentes, no aparecían ni Delle Chiaie, ni Augusto Cauchi, y, creo recordar que solamente era reconocible Jean Pierre Cherid, un exiliado de la OAS que luego murió al explotarle en las manos la bomba que le habían entregado para colocar en el contexto de los GAL. Cauchi era otro de los exiliados al que yo mismo había introducido en España y que, procedente de Ordine Nuovo, pasó en nuestro país a la órbita de Avanguardia.

Por cierto, hablando de Cauchi (fallecido hará cinco años en la República Argentina). Aprendí de él muchas cosas. Cuando llegó a España, Delle Chiaie me ordenó interrogarlo sobre los motivos que le habían llevado al exilio. Después de engancharme por toda la eternidad al whisky con cola, Cauchi me explicó que él vivía en Arezzo y que había llevado a las arcas del MSI local, dinero de “de los militares, de los servicios de inteligencia y de la masonería”. Grabé la conversación en un pequeño magnetofón y aquella fue la primera información que nos llegó sobre la existencia de una logia masónica, centrada en Arezzo, que había pagado al grupo local de Ordine Nuovo (y a Cauchi, en particular) para cometer atentados, por los que no fueron molestados. Sin embargo, debieron exiliarse cuando estalló la bomba del tren Italicus (provocando una masacre con 12 muertos y 48 heridos) que ellos no habían colocado… Luego supimos la Logia Propaganda 2, dirigida por Liggio Gelli desde Villa Wanda, desde Arezzo, estaba moviendo algunos de los hilos del terrorismo en Italia.

Tras el fracaso estruendoso del Montejurra 76, fue cuando nos zambullimos en Fuerza Nueva, perdida la esperanza de desplazar el liderazgo de las “fuerzas nacionales” hacia una figura más “abierta” en lo religioso, más juvenil y carismática. Habría que lidiar con Blas, ayudarle en la “construcción del partido” y lo hicimos con absoluta lealtad, propia del militante comprometido con un partido político y con un líder, pero también conscientes de que era absolutamente necesario rectificar la línea del partido, “laicizarlo”, en una palabra (o si se prefiere, convertirlo en una “opción política de carácter nacional” y no en un “partido confesionalmente ultramontano apto para el 3-5% del electorado), y que estaríamos obligados a hacer de “pepitos grillos” en muchas ocasiones.

En Barcelona, como ya he dicho, había tomado contacto con Fuerza Nueva en febrero de 1976, pero no me integré formalmente en el partido hasta unas semanas después. Por entonces, la sede de Fuerza Nueva estaba en la calle Canuda a dos pasos de las Ramblas y próxima a la sede de las juventudes del PSC(reagrupament), una de las facciones del socialismo catalán. El local provisional estaba instalado en la antigua sede del Sindicato Español Universitario, justo delante del Ateneo de Barcelona. Pronto me entendí bien con el delegado elegido por Blas, un antiguo combatiente de la División Azul que, al regresar del frente había tenido protagonismo en el sindicalismo oficialista. Debió ser a principios de abril de 1976 cuando los anarquistas y otros grupos de extrema-izquierda se enteraron de que la sede de Fuerza Nueva estaba cerca de las Ramblas e iniciaron una campaña de hostigamiento. Pero el partido apenas tenía militantes en Barcelona para defenderse, así que me llamaron para ver si podía aportar “gente combativa”. Seguíamos siendo un grupo informal, situado en las proximidades de FN, pero no integrados de hecho en su “aparato”. Llamé a otro personaje que contaba también con un grupo de jóvenes activistas. El día antes, debió ser el miércoles 7 de abril, nos reunimos para ver qué podía hacerse. Indudablemente, a la vista de la inactividad policial y de la negativa a desplazar una dotación de la policía armada para proteger la sede, como los dirigentes de Fuerza Nueva habían pedido, lo mejor era dar una lección a los izquierdistas que no pudieran olvidar nunca y les disuadiera de ulteriores hostigamientos a la sede y a sus afiliados. La CNT tenía convocada una manifestación en las Ramblas para el jueves y se esperaba un nuevo ataque a la sede. Pero esta vez no sería como las anteriores: responderíamos contundentemente. “Y que nadie lleve armas de fuego”, fue la última frase que pronuncié. Pero el otro grupo no pareció darse por enterado: uno llevó una pistola de 9 mm (con la que fue detenido) y otro, algo más tosco, un hacha de leñador…

El resultado de los enfrentamientos de lo que se llamó “el jueves negro” fue el envío de 95 izquierdistas al ambulatorio de Pere Camps y unos enfrentamientos tan absolutamente brutales prolongados por espacio de tres horas. Prácticamente, todo el centro de Barcelona y las Ramblas, desde la Iglesia de Jesús y el Palau Mojá, con las calles adyacentes, se convirtieron en zona de choques entre grupos rivales. No éramos más de 20, pero con una capacidad de violencia que la izquierda no esperaba y para la que no estaba preparada. Nunca más volvieron a intentar atacar la sede de Fuerza Nueva…

Ahora bien: había algo me preocupaba en todo este asunto: daba por supuesto que la policía intervendría inmediatamente tras conocer la noticia de los primeros enfrentamientos entre grupos rivales, así pues, se trataba de “morder y huir”: dar un golpe lo más duro posible a la extrema-izquierda, suficiente como para disuadirle de futuras agresiones, breve en el tiempo, para luego replegarnos a la sede de Fuerza Nueva y evitar que la intervención policial. Pero lo que ocurrió no fue lo esperado. La policía, durante tres horas no intervino. Y, entonces, me pregunté ¿por qué la policía permitió que grupos rivales chocaran en el centro de Barcelona durante tres horas, limitándose a situarse en la Plaza de Cataluña desde el primer momento, pero sin descender a la “zona de combate”? Después de tres horas de choques, en algunos casos, absolutamente sangrientos, resultaron detenidos algunos de los nuestros: uno en la calle Pelayo y otro en la calle Tallers, éste con un arma corta. Como la policía no intervenía, salimos varias veces de la sede de Fuerza Nueva para rematar la operación de castigo.

Recordando aquellos choques creo que no se produjo algún muerto de puro milagro. Cuando, a eso de las 22:30 juzgué que había que disolverse y valorar la situación, recorrí en mi Sanglas 400 (me acompañaba en aquel momento Carlitos Oriente al que acababa de conocer) las Ramblas en dirección a Pere Camps; a la altura de la Cervecería Baviera, un grupo, incluidos dos guardias urbanos, parecían atender a un herido en el suelo, apoyado en la pared del inmueble que se sostenía a duras penas la oreja prácticamente desprendida del cráneo. Lo único que atinaba a decir era: “están locos… iban con hachas…”. En Pere Camps, un bedel, antiguo divisionario, nos recibió preguntándonos qué habíamos hecho… no dejaba de ingresar gente con heridas de distinta consideración. Afortunadamente, la mayor parte fueron dados de alta era misma noche. Pero la pregunta seguía en pie: ¿Por qué la policía nos había dado implícitamente tres horas de “gracia” antes de intervenir?

La primera respuesta era obvia: sin duda, por orden de Sánchez Terán, gobernador civil de Barcelona en sustitución de Rodolfo Martín Villa, entonces ministro del interior. Un suboficial de policía que fue enviado al día siguiente del “jueves negro” a custodiar, con una pequeña dotación la sede de Fuerza Nueva, me dijo que nuestra acción “era lógica después de cinco ataques consecutivos a la sede”. Y tan lógica, pero seguía sin explicármelo: ¿por qué nos habían dado tres horas de margen antes de intervenir? Nosotros no lo habíamos pedido y esperábamos una actuación policial inmediata para cortar los enfrentamientos... actuación que no se había producido.

El otro grupo activista, cuyo jefe había resultado detenido en la última fase de los incidentes, siguió en las semanas posteriores generando episodios de violencia: incendio de la cabaña de una mendiga en las laderas del Tibidabo, bomba incendiaria en la Sala Villarroel, incendio de la librería PPC en la calle Santa Ana, también cerca de las Ramblas, asalto con un herido grave a la sede los jóvenes del PSC(r), varias agresiones y atentados incendiarios… todos sabíamos quiénes eran y qué estaban haciendo en cada momento, donde tenían su “base” y de quién recibían cierto apoyo. ¿Por qué no los detenían? Sin duda, porque Sánchez-Terán no había dado la orden. Bien y, ¿por qué se les permitían actuar con práctica impunidad?

Y, entonces, estalló la bomba del PapusEntonces empecé a comprender cómo se estaba impulsando la “transición”.

Recordé que Augusto Cauchi y el grupo de Ordine Nuovo de Arezzo había sido financiado para que cometiera pequeños (o no tan pequeños) atentados, pero que fue solamente reprimido tras el atentado del tren Itálicus.. ¡justo el que ellos no habían cometido! Resultaba inevitable que la opinión pública aceptara como culpables del “gran atentado” a aquellos sobre los que no cabía la menor duda de que habían cometido “pequeños atentados”.

Medio años después del “jueves negro”, tuvo lugar el atentado a la revista Papus y solo entonces fueron detenidos los miembros del grupo que nos había ayudado en la represalia contra los asaltantes del local de Fuerza Nueva. Lo he dicho y repetido en múltiples ocasiones, incluso en documentales realizados sobre aquel atentado: los autores materiales del atentado contra el Papus no han sido nunca detenidos y los que fueron presentados ante la opinión pública como “autores”, no eran, desde luego unos “angelitos”: tenían sus culpas (y no pocas), pero la bomba del Papus no figuraba entre ellas. Existió, además, una feliz confusión que la opinión pública, ni la prensa de la época, fue capaz de aclarar: la policía ocupó al grupo presentado como “autor”, varios cartuchos de Goma-2. Yo había visto esos cartuchos y sabía perfectamente de dónde habían salido (de Lérida) y sabía también, incluso que la persona que los habia entregado, para evitar problemas, no había dado detonadores con lo que los cartuchos eran absolutamente inútiles. Sabía que los receptores de los cartuchos habían buscado a diestro y siniestro alguien que se los pudiera facilitar, incluidos varios confidentes de la policía.

Además, se trataba de cartuchos absolutamente inservibles, grasientos y exudados, con la capacidad explosiva prácticamente reducida a cero. Y, por lo demás, ¡los cartuchos entregados eran los mismos en número que los cartuchos intervenidos por la policía…!, sin olvidar que la brutalidad de la explosión era tributaria, no de la discreta y siempre degradable Goma-2, sino del mucho más estable y modelable explosivo C4 que solamente se podía obtener en 1976 en arsenales militares.

En 2011 se estrenó el documental Anatomía de un atentado en el que fui entrevistado e invitado a hablar en la presentación, junto con algunos dibujantes del Papus y el director de El Periódico Antonio Franco. Hablé en segundo lugar recordando que la sentencia judicial condenaba a los acusados por “tenencia de explosivos, pero no por la autoría del crimen” y dije bien claro que el asesinato seguía impune, algo que la prensa había ocultado deliberada y persistentemente. Antonio Franco mostró hacia mí una agresividad y un odio difícilmente comprensible en el clima de debate en el que se desarrollaba el acto, hasta el punto de que intentó negarme el saludo. Se vio obligado a saludarme por el mal ambiente que habría creado su negativa en un momento en el que, los asistentes a la presentación habían entendido perfectamente que “algo” no encajaba en la “versión oficial” de la transición. El Periódico, por supuesto, pertenecía a la Cadena Z, una de las empresas que más “fakes” habían difundido durante los años de la transición sobre la extrema-derecha. El diario apareció años después del atentado, pero llegó a tiempo para presentar a los juzgados como culpables del crimen. Y no se trataba, incluso 40 años después, de que alguien cuestionara el papel de la prensa en la “versión oficial” de la transición.