A finales de 1975, un grupo de militantes ultras, ninguno de los
cuales superaba los 25 años, empezábamos a plantearnos cómo podíamos actuar
ante lo que estaba ocurriendo y lo que preveíamos que ocurriría en los próximos
años. Ninguno de nosotros tenía la menor duda en considerar que la
transición, que se había iniciado con el cadáver de Franco aún caliente,
alcanzaría, antes o después, su objetivo: convertir a España en un país
democrático homologable por los estándares europeos (exigidos por la CEE) y
norteamericanos (establecidos por el CFR). Y empezábamos a plantearnos cómo
actuar.
- Lo primero era recordar quién éramos (y quizás aquí fue donde estuvo el mayor de nuestros errores).
- En segundo lugar, qué significaba el binomio “transición – democratización” (y aquí fue donde, hay que reconocer que no nos equivocamos)
- Lo tercero y último era desarrollar una teoría estratégica (hoy estoy convencido de que nuestro fracaso se debió, simplemente, a que no había estrategia posible que pudiera ponerse en práctica, algo que, como veremos, enlazaba con el primer punto).
Voy a tratar de resumir toda esta temática en apenas unos folios
(la única publicación en la que incluimos estas reflexiones fue un cuaderno de
casi 200 páginas, titulado Impacto que debería haber sido una “revista
teórica” y de la que salió un solo número impreso a ciclostil con no más de 150
ejemplares).
5.1. ¿Quiénes éramos?
Éramos jóvenes, sin oficio ni beneficio, estudiantes, a punto de
ir al servicio militar o que acabábamos de ser licenciados, con ganas de formar
una familia y tener hijos, pero, al mismo tiempo, de hacer algo por nuestro
país (lo que implicaba hacer algo por nuestros hijos). Veíamos cómo, a medida
que pasaban los días, se cernían negros nubarrones sobre la Patria. Cada día se
nos hacía más pesado asistir pasivamente a todo lo que estaba ocurriendo.
¿Y qué ocurría? Que la muerte de Franco parecía haber liberado todos
los diques de contención. De la noche a la mañana, todos, incluidos altos (y no
tan altos) los funcionarios del Estado aspiraban al marchamo democrático; se
acostaron franquistas y se despertaron demócratas; ninguno parecía haberse
comprometido jamás con el franquismo, el cambio “de camisa vieja a chaqueta
nueva”, título de una de las novelas irónicas de Fernando Vizcaíno Casas, era
generalizado y provocaba náuseas. Parece increíble como un anciano
venerable tan frágil y que parecía que un mero soplo podía acabar con él,
hubiera generado tanto respeto y miedo entre los propios funcionarios del
régimen que creó y a los que amamantó, los mismos que, a la noticia de su
muerte, se apresuraran a negar cualquier compromiso con él. Los que el día
anterior repetían que “todo estaba atado y bien atado”…
No amábamos mucho al franquismo que, para nosotros era, un régimen
gris, poblado por mediocres y gentes excesivamente pragmáticas y sin
principios. Nuestro drama era que no podíamos identificarnos con el
franquismo, al que hemos definido como una forma de paternalismo, pero tampoco
con la oposición democrática cuyos principios (tanto de su componente marxista,
como de su tendencia democrático-liberal, como del anarquismo) rechazábamos en
bloque.
Si nos sentíamos próximos a algo era a los fascismos que habían
perdido la Guerra y eso era lo que buscábamos... justo lo único que ya estaba,
desde hacía mucho, fuera de juego, condenado y sin la más mínima posibilidad de
rehabilitación.
En nuestro grupo existía algo que no estaba presente en otros
círculos de la extrema-derecha de la época: habíamos contactado con grupos
neo-fascistas de Europa Occidental y de Iberoamérica, tanto parlamentarios como
extraparlamentarios. Esto nos daba una visión política mucho más global y
amplia que los grupos falangistas o
fuerzanuevistas, que ni siquiera tenían curiosidad por saber lo que se cocía
fuera de sus altos muros.
Lo paradójico en estos contactos es que, grupos franceses,
italianos, alemanes, belgas, argentinos, chilenos, uruguayos, creían que España
sería para ellos “tierra de promisión” y miraban con admiración a Falange
Española que había conseguido prolongar su influencia durante el franquismo. Lo
que no era el caso: debimos convencerlos de que el gran problema era que los
falangistas habían detenido su elaboración doctrinal en la primavera de 1936 y
que, solamente, durante un período, el franquismo se identificó con la Falange
(1937-1942), además, claro está, de que todo esto había conducido a un
fraccionamiento hasta lo indecible de esta opción y a la formación de capillas
antagónicas e insuperables: los seudo-hedillistas, los joseantonianos
ortodoxos, los falanjo-franquistas, los falanjo-fascitas, los “históricos”, los
“disidentes”, los “ramirianos”, los de izquierdas, y para colmo, los
socialdemócratas de Cantarero…
Lo cierto es que, entonces, algunos nos sentíamos más
“europeístas” que “nacionalistas”. Éramos conscientes de que la “derrota de
Europa” en la Segunda Guerra Mundial entrañaba el fin de los nacionalismos y la
entrada en el período de los imperialismos: si, frente a los EEUU y la URSS,
no se trabajaba en la construcción de una “Gran Nación Europea”, el combate
estaba perdido por anticipado. Esto nos parecía claro e indiscutible; el
problema era que no habíamos sabido extraer las enseñanzas históricas de
aquel conflicto: nadie puede combatir en dos frentes al mismo tiempo y pensar
en la victoria.
He demostrado en otro escrito (véase la serie de artículos Años
60: la encrucijada del neofascismo, en donde trato este tema con
relativo detalle) que si el neofascismo europeo fracasó en todos sus múltiples
intento de renovación, fue por no reconocer que, para alguien que se tenía
por “fascista” o se consideraba como tal (en cualquiera de sus variantes,
incluida Falange Española), a partir de 1945 no existían posibilidades de reconstruir
una estrategia política. Hubiera sido mucho más eficiente reconocer que la
caída de Berlín en manos de los tanques rusos y la heroica defensa de la
capital del Reich por parte de voluntarios llegados de toda Europa, marcaba
el fin de una época. Tras la ocupación de Cartago, a finales de la Tercera Guerra
Púnica, había que aceptar la imposibilidad de construir otro imperio
mediterráneo-comercial y que cualquiera que lo hubiera intentando, carecería de
medios suficientes para hacerlo. Era, por tanto, una tarea imposible, como lo fue
también pervivir el concepto napoleónico de Imperio tras Waterloo o tratar de
defender a la dinastía de los Austrias después del Tratado de Utrech y del Decreto
de Nueva Planta: cuando un ciclo histórico termina, de nada sirve ejercer el
romanticismo de obstinarse en mantenerlo. Resulta menos costoso reconocer el
final de una idea y construir otra. El marketing moderno nos dio
elementos para reforzar esta idea: pero lo aprendimos tarde. Ya he contacto
en alguna ocasión que el Agua de Solares fue en los años 60, la más consumida
en España… hasta que apareció la noticia de la aparición de una ameba en una
partida. La marca se hundió y toda la publicidad invertida en levantarla, se
perdió: hubiera sido menos gravoso construir una nueva marca que tratar de
levantar una marca caída. Eso justamente fue lo que pasó con los
fascismos en 1945: eran “marcas caídas”. No había lugar para ellas en el
nuevo ordenamiento mundial y todos los esfuerzos por levantarlas resultaban
tiempo perdido. En los años 70, lo intuíamos, pero podía más en nosotros, la
lealtad romántica e ingenuo-felizota a los viejos valores del fascismo que el
reconocimiento de las realidades de nuestro tiempo.
Quedaría por explicar “quiénes éramos” y a quién me refiero en
estas reflexiones. Habíamos salido de grupos estudiantiles anticomunistas,
grupos neonazis, gente joven del Frente de Juventudes y de determinados Hogares
de la OJE, algunos veteranos de la primera generación fascista que ya tenían
más de 70 años, camaradas con los que siempre habíamos colaborado,
independientemente de nuestra orientación doctrinal, algunos eran hijos de
militares, pero muy pocos de funcionarios del Movimiento. Nos habíamos ido
conociendo entre 1968 y 1975, establecido lazos de confianza, pero no
utilizábamos ninguna sigla concreta. Éramos los que, al morir Franco, sentimos
que las cosas necesariamente cambiarían y no preveíamos que fueran a mejor.
Algunos habíamos asistido a los cursos de organización, doctrina y
acción política que nos dio Stefano Delle Chiaie, el fundador del grupo
extraparlamentario italiano Avanguardia Nazionale. Constituíamos grupos informales
de “camaradas” en Madrid, Barcelona y Valencia, especialmente, pero también en
Zaragoza, Alicante, Asturias y Cantabria. Todos -y esto es lo importante-
queríamos hacer algo por nuestro país ante un futuro que se nos antojaba
negro-negrísimo.
5.2. ¿Qué preveíamos?
El hecho de estar en contacto directo y permanente con grupos
“hermanos” en Europa Occidental, que habían aquilatado una considerable
experiencia en la lucha en medios hostiles, fue muy importante para nosotros. Estábamos
convencidos de que la democracia se terminaría implantando en España, antes (yo
mismo opinaba que el proceso sería rápido) o después (Delle Chiaie, por su
parte, sostenía que se trataría de un proceso mucho más dilatado) y sabíamos
que, más allá de nuestras fronteras, la democracia no era ninguna ganga. Ni
era el paraíso de las libertades, ni mucho menos de la estabilidad, ni de nada
de lo que se creía en España.
Éramos conscientes de que, en Italia, la democracia se había
transformado en partidocracia, que el nepotismo y las corruptelas estaban a la
orden del día y que otro tanto ocurría en Francia, las comisiones cobradas por
intermediarios en cualquier obra pública lastraban los presupuestos, las
necesidades de los partidos de satisfacer a sus afiliados generaban burocracias
inútiles e inservibles que aumentan los cobros de comuniones: la “democracia”
era, solamente, la posibilidad de hacer buenos negocios a la sombra del poder,
poco trabajo, mucha comisión. Eso era todo. Y así siguió hasta la “Operación
Manos Limpias” en los años 90, cuando el empresariado, harto de pagar “tangenti”
(comisiones) optó por hacerse directamente con el poder (con Berlusconi) y optimizar
beneficios, reduciendo comisiones y corruptelas.
En cuanto a las “libertades”, éramos perfectamente conscientes de
que los sistemas represivos en democracia, aun de guante blanco y vaselina,
eran tan duros como en la España franquista, al menos para nuestro ambiente. En Francia, las leyes Pleven y Marchandeau prohibían
explícitamente la existencia de partidos fascistas con elevadas penas de prisión
y la medida se extendía, incluso, a los que no afirmaban explícitamente ser “fascistas”:
en junio de 1968, el Movimiento Occident había sido prohibido, y seis años
después, lo sería Ordre Nouveau. En Italia, la Ley Scelba era el
recurso más habitual utilizado por la magistratura y la policía para reprimir a
los grupos neo-fascistas. En Alemania, bastaba con que un partido neofascista
obtuviera escaños en algún parlamento regional para que fuera prohibido
inmediatamente. En las elecciones generales alemanas de 1969, en las que se
preveía que el NPD superase la barrera del 5% y entrara en el Parlamento
Federal, la campaña electoral tuvo un solo denominador común, obsesivamente
repetido: el antifascismo. Sabíamos, además, que, especialmente en Italia, los
servicios de inteligencia y las policías trataban de infiltrarse en grupos
neo-fascistas y realizar tareas de provocación que, luego, magistrados con el
carné del Partido Comunista, magnificaban señalando a nuestros camaradas como
”peligro para la democracia”.
Pero, lo peor era, desde luego, la partidocracia: el engaño que
consistía en considerar que “democracia” era lo mismo que el “poder de los
partidos” y que la única forma posible de representación pasaba a través de los
partidos. Intuíamos que, en España, ocurriría esto mismo y que las cúpulas de
los partidos tenderían pronto al saqueo de los bienes del Estado, a la
extorsión fiscal, y que la nueva clase política exigiría pleitesía. Nada más
“totalitario” que una “partidocracia” en la que dos o tres partidos se coaligan
para defender sus intereses bajo la máscara de la pluralidad.
Yo me consideraba bien informado de lo que ocurría en Europa
Occidental. Cada semana, en las Ramblas de
Barcelona, cuando allí se vendían libros, revistas y cultura, compraba el
semanario francés Rivarol y el italiano Candido, fundado por
Giovanni Guareschi y que, además de informaciones y crónicas políticas, era
también un semanario satírico. De tanto en tanto, compraba también algún
semanario extranjero, Oggi, L’Espresso, Panorama, Epoca, y recibía en el
Apartado de Correos 2457 de Barcelona, revistas neofascistas publicadas en toda
Europa Occidental e Iberoamérica. La lectura de todos estos medios, me
sugería que lo que estaba ocurriendo en estos países desde hacía tres décadas,
sería lo que ocurriría también en España.
No teníamos absolutamente ninguna fe en la capacidad de
“resistencia” y mucho menos de “resiliencia” (palabro que no existía en
aquellos años, pero si el concepto que implicaba) del franquismo. En cuanto a
la “monarquía que quiso Franco”, en febrero de 1976, cuando asistí a la primera
asamblea de gentes que se vinculaban a Fuerza Nueva en Barcelona y tomé la
palabra criticando la actitud poco enérgica del rey Juan Carlos I, me gané la
primera salva de aplausos de mi vida: no era yo el único que opinaba que el Rey
estaba marcando distancias con quien le había dado la Corona. Y no me parecía
una actitud digna: “el que no es agradecido…” ya se sabe lo que completa
el viejo refrán español. Los Borbones-Anjou son así. Muy diferentes de sus
primos, los Borbón Parma.
Delle Chiaie me presentó a Sixto Enrique de Borbón y éste durante
mi exilio parisino me ofreció una buhardilla (“mansarde” en francés) como
refugio en la Explanada de los Inválidos y luego en un château a 70 km de París,
cuando me encontraba en Europa. Coincidimos más tarde en Bolivia. Nosotros no
éramos monárquicos ni carlistas, pero siempre consideramos a Sixto Enrique como
un “camarada”, que estaba por encima de los altos muros del tradicionalismo
carlista del que, aún hoy, es “abanderado” (al corresponder la legitimidad
dinástica al hijo de su hermano mayor, Carlos Hugo, ubicado desde mediados de
los 60 y hasta su muerte en la izquierda federalista y autogestionaria…).
Sixto Enrique se había vinculado durante su estancia en Roma a
sectores neofascistas y tenía también muy buenos contacto con el entorno de la
extrema-derecha francesa. La última vez que lo vi
fue, precisamente en París, durante el XI Congreso del Front National celebrado
en París en 2000. Volveré a hablar de él en relación a lo ocurrido en
Montejurra en 1976. Baste decir, por ahora, que, en nuestro entorno, nadie
se tomaba en serio a Juan Carlos I y, durante unos meses, ni siquiera creímos
que pudiera mantenerse como Rey.
En los primeros meses de 1976, nuestro análisis político nos decía
que la “oposición democrática” carecía de fuerza social suficiente para imponer
la “ruptura democrática” que proponía Santiago Carrillo y su Junta Democrática
de España.
Es cierto que, habían prosperado en la Universidad, en las zonas
industriales, entre “intelectuales y artistas”, entre el clero y los “católicos
comprometidos”, pero amplias franjas de la sociedad permanecían en la esfera
del “régimen anterior”: era la “mayoría silenciosa”, permanentemente apática
respecto a actuar o comprometerse políticamente, pero que aspiraba a “paz,
orden y trabajo”. Nada más.
La correlación de fuerzas era favorable a la “mayoría silenciosa”,
pues, no en vano, ahí se ubicaban también la magistratura, las fuerzas de
seguridad del Estado y las fuerzas armadas y la casta funcionarial, los
entonces llamados “poderes fácticos”. Por eso no hubo “ruptura democrática”:
porque la oposición al franquismo carecía de “fuerza social” suficiente para
imponerse sobre la otra parte.
En cuanto al peligro de una nueva guerra civil que algunos
agoreros anunciaban en el horizonte, tampoco lo compartíamos. ETA estaba desarticulada a finales de 1975, del FRAP no quedaba
absolutamente nada, los grupos anarquistas, OLLA, GARI, o independentistas
catalanes, (el FAC estaba ya completamente disperso), el Exèrcit Popular Català
que asesinaría al exalcalde Barcelona, Viola Sauret y a su esposa, así como al
industrial José María Bulto, eran minúsculos y sin el más mínimo apoyo y el
PSAN o el BNG, que buscaban una alianza con ETA eran, igualmente, exiguos. La
FAI, por su parte, también quería hacer gala de cierto extremismo armado, pero
olvidaban que el anarquismo siempre había sido particularmente permeable a
las infiltraciones policiales, por lo que cada vez que trataba de levantar
cabeza, resultaban decapitados. Mucho más peligrosos eran los grupos
trotskistas o maoístas (especialmente el Movimiento Comunista de España) cuyos
miembros habían demostrado más dureza y combatividad que la media de la
extrema-izquierda. Pero, en su conjunto, no existían posibilidades de que
ninguno de estos grupos se convirtiera en “agrupaciones guerrilleras”.
Nunca tuve la más mínima duda de que la posibilidad de que la
izquierda viera defraudada su esperanza en la ruptura, no conduciría a una
guerra civil, sino más bien a victimizarse, presionar desde el exterior y poco
más. Y en cuanto al PCE, Santiago Carrillo estaba
dispuesto a todo, salvo a inmolarse él y su organización. Así que todo
inducía a pensar que la Junta Democrática de España, teleguiada por el PCE,
optaría por la negociación y que las dos partes realizarían concesiones para
progresar en dirección al objetivo común: el desmontaje del franquismo y la
marcha hacia una democracia formal homologable con las “joyitas” europeas del
mismo jaez.
En el sector mayoritario de la extrema-derecha la opinión era
diferente: “los comunistas buscan el enfrentamiento civil”, “el Frente
Popular, hoy, Junta Democrática, quiere la guerra”, “vamos hacia una dictadura
soviética tras la senda del 25 de abril en Portugal”. El sector
mayoritario de la extrema-derecha aspiraba a una defensa cerrada del
franquismo, sin darse cuenta de que estábamos en 1976 y que la transición se
había hecho inevitable porque el propio franquismo, al generar un desarrollo
económico capitalista en los años 60, precisaba de un nuevo marco político para
que fructificara.
En general, la extrema-derecha convencional, se desinteresaba
de todo lo que era economía o viabilidad económica (durante los años del
franquismo este capítulo había quedado en manos de los “tecnócratas” del Opus
Dei) y, por tanto, no entendió jamás lo que estaba en juego y por qué España
era un país “suculento” entonces para las inversiones. Era la
“infraestructura económica” la que presionaba a la “superestructura política”
para cambiar su aspecto y la forma de Estado. Si no se entendía eso, en 1976
resultaba imposible prever cómo se desarrollarían los hechos en los años
siguientes.
5.3. ¿Qué estrategia elegimos?
Delle Chiaie nos había enseñado a ser objetivos en nuestros
análisis: solo a partir de un examen justo de la situación y de una correcta
perspectiva doctrinal podríamos ser capaces de establecer objetivos (o, al
menos, eso creíamos). Fue así como surgió la “teoría de la escalera”.
El concepto era muy simple: imaginemos una escalera. En el peldaño
más bajo se encontraba una sociedad completamente desarticulada, en plena
anarquía, absolutamente inestable, mientras que, en el peldaño más alto, se
encontraba nuestro modelo ideal de sociedad regido por los principios de
“orden, autoridad, jerarquía”, un Estado Orgánico-corporativo basado en valores
éticos compartidos por toda la Nación. Entre el peldaño más bajo y el más
elevado existían una serie de peldaños intermedios que indicaban de manera
absolutamente nítida, dónde nos encontrábamos en cada momento. Se
trataba, pues, de ser conscientes de en qué peldaño estábamos realmente y
cuáles eran los inmediatamente superiores y los que suponían un descenso fatal,
y operar en consecuencia: cómo subir un peldaño y cómo evitar descender al inmediatamente
inferior. A esto se reducía todo el problema. Nada más y nada menos.
Algo tan simple como esto, ayudaba extraordinariamente a fijar un
“objetivo” y solo entonces se estaba en condiciones de establecer una
estrategia para alcanzarlo y definir las tácticas.
Y esto era sumamente importante, porque la extrema-derecha no había tenido ni
objetivos claramente definidos ni, por tanto, había podido elaborar estrategias
para llegar a ellos. Cuando la extrema-derecha actuaba, lo hacía solamente
por mero tacticismo: un mitin aquí, una pintada allá, un reparto de botados
en esa dirección, una manifestación en la otra y así sucesivamente, acciones (tácticas)
inconexas en una u otra dirección, imposibles de capitalizar por una estrategia
unitaria y que, frecuentemente, al ir en distintas direcciones, se anulaban
entre sí. La estrategia suponía el enunciado de un “vector principal” que
marcaba la dirección en función del cual debían establecerse las tácticas.
Tardamos en entender este punto y, mucho más, en ponerlo en
práctica. Creo que, en los siguientes 50 años, si la extrema-derecha ha
estado cada vez más ausente del escenario político ha sido por su incapacidad
para elaborar un análisis que le permitiera enunciar un objetivo y una
estrategia eficiente, desperdigándose y desgastándose en “tacticismos”. Por
eso, hoy ha desaparecido o es completamente irrelevante.
Y esta era la cuestión: elaborada la “teoría de la escalera”,
realizado el análisis político, estaba claro que, en 1976 nos encontrábamos en
un escalón intermedio entre la anarquía y nuestro Estado ideal. Así pues, se
trataba de impedir que descendiéramos un peldaño en dirección descendente y
facilitar el ascenso al peldaño inmediatamente superior.
En otras palabras:
- se trataba de evitar la implantación de una democracia formal y
- se trataba de favorecer un golpe de Estado militar, no como un fin en sí mismo, sino como un medio para alcanzar un fin: subir al peldaño inmediatamente superior al que nos encontrábamos en 1876.
Y ahora, quedaba elaborar las tácticas.




















