miércoles, 15 de julio de 2026

NOSOTROS Y LA TRANSICIÓN A LA QUE ODIAMOS TANTO (5 de 10) - ¿HABÍA OTRO CAMINO, APARTE DE LA TRANSICIÓN?


A finales de 1975, un grupo de militantes ultras, ninguno de los cuales superaba los 25 años, empezábamos a plantearnos cómo podíamos actuar ante lo que estaba ocurriendo y lo que preveíamos que ocurriría en los próximos años. Ninguno de nosotros tenía la menor duda en considerar que la transición, que se había iniciado con el cadáver de Franco aún caliente, alcanzaría, antes o después, su objetivo: convertir a España en un país democrático homologable por los estándares europeos (exigidos por la CEE) y norteamericanos (establecidos por el CFR). Y empezábamos a plantearnos cómo actuar.

- Lo primero era recordar quién éramos (y quizás aquí fue donde estuvo el mayor de nuestros errores).

- En segundo lugar, qué significaba el binomio “transición – democratización” (y aquí fue donde, hay que reconocer que no nos equivocamos)

- Lo tercero y último era desarrollar una teoría estratégica (hoy estoy convencido de que nuestro fracaso se debió, simplemente, a que no había estrategia posible que pudiera ponerse en práctica, algo que, como veremos, enlazaba con el primer punto).

Voy a tratar de resumir toda esta temática en apenas unos folios (la única publicación en la que incluimos estas reflexiones fue un cuaderno de casi 200 páginas, titulado Impacto que debería haber sido una “revista teórica” y de la que salió un solo número impreso a ciclostil con no más de 150 ejemplares).

5.1. ¿Quiénes éramos?

Éramos jóvenes, sin oficio ni beneficio, estudiantes, a punto de ir al servicio militar o que acabábamos de ser licenciados, con ganas de formar una familia y tener hijos, pero, al mismo tiempo, de hacer algo por nuestro país (lo que implicaba hacer algo por nuestros hijos). Veíamos cómo, a medida que pasaban los días, se cernían negros nubarrones sobre la Patria. Cada día se nos hacía más pesado asistir pasivamente a todo lo que estaba ocurriendo.

¿Y qué ocurría? Que la muerte de Franco parecía haber liberado todos los diques de contención. De la noche a la mañana, todos, incluidos altos (y no tan altos) los funcionarios del Estado aspiraban al marchamo democrático; se acostaron franquistas y se despertaron demócratas; ninguno parecía haberse comprometido jamás con el franquismo, el cambio “de camisa vieja a chaqueta nueva”, título de una de las novelas irónicas de Fernando Vizcaíno Casas, era generalizado y provocaba náuseas. Parece increíble como un anciano venerable tan frágil y que parecía que un mero soplo podía acabar con él, hubiera generado tanto respeto y miedo entre los propios funcionarios del régimen que creó y a los que amamantó, los mismos que, a la noticia de su muerte, se apresuraran a negar cualquier compromiso con él. Los que el día anterior repetían que “todo estaba atado y bien atado”…

No amábamos mucho al franquismo que, para nosotros era, un régimen gris, poblado por mediocres y gentes excesivamente pragmáticas y sin principios. Nuestro drama era que no podíamos identificarnos con el franquismo, al que hemos definido como una forma de paternalismo, pero tampoco con la oposición democrática cuyos principios (tanto de su componente marxista, como de su tendencia democrático-liberal, como del anarquismo) rechazábamos en bloque.

Si nos sentíamos próximos a algo era a los fascismos que habían perdido la Guerra y eso era lo que buscábamos... justo lo único que ya estaba, desde hacía mucho, fuera de juego, condenado y sin la más mínima posibilidad de rehabilitación.

En nuestro grupo existía algo que no estaba presente en otros círculos de la extrema-derecha de la época: habíamos contactado con grupos neo-fascistas de Europa Occidental y de Iberoamérica, tanto parlamentarios como extraparlamentarios. Esto nos daba una visión política mucho más global y amplia que los grupos falangistas o fuerzanuevistas, que ni siquiera tenían curiosidad por saber lo que se cocía fuera de sus altos muros.

Lo paradójico en estos contactos es que, grupos franceses, italianos, alemanes, belgas, argentinos, chilenos, uruguayos, creían que España sería para ellos “tierra de promisión” y miraban con admiración a Falange Española que había conseguido prolongar su influencia durante el franquismo. Lo que no era el caso: debimos convencerlos de que el gran problema era que los falangistas habían detenido su elaboración doctrinal en la primavera de 1936 y que, solamente, durante un período, el franquismo se identificó con la Falange (1937-1942), además, claro está, de que todo esto había conducido a un fraccionamiento hasta lo indecible de esta opción y a la formación de capillas antagónicas e insuperables: los seudo-hedillistas, los joseantonianos ortodoxos, los falanjo-franquistas, los falanjo-fascitas, los “históricos”, los “disidentes”, los “ramirianos”, los de izquierdas, y para colmo, los socialdemócratas de Cantarero…

Lo cierto es que, entonces, algunos nos sentíamos más “europeístas” que “nacionalistas”. Éramos conscientes de que la “derrota de Europa” en la Segunda Guerra Mundial entrañaba el fin de los nacionalismos y la entrada en el período de los imperialismos: si, frente a los EEUU y la URSS, no se trabajaba en la construcción de una “Gran Nación Europea”, el combate estaba perdido por anticipado. Esto nos parecía claro e indiscutible; el problema era que no habíamos sabido extraer las enseñanzas históricas de aquel conflicto: nadie puede combatir en dos frentes al mismo tiempo y pensar en la victoria.

He demostrado en otro escrito (véase la serie de artículos Años 60: la encrucijada del neofascismo, en donde trato este tema con relativo detalle) que si el neofascismo europeo fracasó en todos sus múltiples intento de renovación, fue por no reconocer que, para alguien que se tenía por “fascista” o se consideraba como tal (en cualquiera de sus variantes, incluida Falange Española), a partir de 1945 no existían posibilidades de reconstruir una estrategia política. Hubiera sido mucho más eficiente reconocer que la caída de Berlín en manos de los tanques rusos y la heroica defensa de la capital del Reich por parte de voluntarios llegados de toda Europa, marcaba el fin de una época. Tras la ocupación de Cartago, a finales de la Tercera Guerra Púnica, había que aceptar la imposibilidad de construir otro imperio mediterráneo-comercial y que cualquiera que lo hubiera intentando, carecería de medios suficientes para hacerlo. Era, por tanto, una tarea imposible, como lo fue también pervivir el concepto napoleónico de Imperio tras Waterloo o tratar de defender a la dinastía de los Austrias después del Tratado de Utrech y del Decreto de Nueva Planta: cuando un ciclo histórico termina, de nada sirve ejercer el romanticismo de obstinarse en mantenerlo. Resulta menos costoso reconocer el final de una idea y construir otra. El marketing moderno nos dio elementos para reforzar esta idea: pero lo aprendimos tarde. Ya he contacto en alguna ocasión que el Agua de Solares fue en los años 60, la más consumida en España… hasta que apareció la noticia de la aparición de una ameba en una partida. La marca se hundió y toda la publicidad invertida en levantarla, se perdió: hubiera sido menos gravoso construir una nueva marca que tratar de levantar una marca caída. Eso justamente fue lo que pasó con los fascismos en 1945: eran “marcas caídas”. No había lugar para ellas en el nuevo ordenamiento mundial y todos los esfuerzos por levantarlas resultaban tiempo perdido. En los años 70, lo intuíamos, pero podía más en nosotros, la lealtad romántica e ingenuo-felizota a los viejos valores del fascismo que el reconocimiento de las realidades de nuestro tiempo.

Quedaría por explicar “quiénes éramos” y a quién me refiero en estas reflexiones. Habíamos salido de grupos estudiantiles anticomunistas, grupos neonazis, gente joven del Frente de Juventudes y de determinados Hogares de la OJE, algunos veteranos de la primera generación fascista que ya tenían más de 70 años, camaradas con los que siempre habíamos colaborado, independientemente de nuestra orientación doctrinal, algunos eran hijos de militares, pero muy pocos de funcionarios del Movimiento. Nos habíamos ido conociendo entre 1968 y 1975, establecido lazos de confianza, pero no utilizábamos ninguna sigla concreta. Éramos los que, al morir Franco, sentimos que las cosas necesariamente cambiarían y no preveíamos que fueran a mejor.

Algunos habíamos asistido a los cursos de organización, doctrina y acción política que nos dio Stefano Delle Chiaie, el fundador del grupo extraparlamentario italiano Avanguardia Nazionale. Constituíamos grupos informales de “camaradas” en Madrid, Barcelona y Valencia, especialmente, pero también en Zaragoza, Alicante, Asturias y Cantabria. Todos -y esto es lo importante- queríamos hacer algo por nuestro país ante un futuro que se nos antojaba negro-negrísimo.

5.2. ¿Qué preveíamos?

El hecho de estar en contacto directo y permanente con grupos “hermanos” en Europa Occidental, que habían aquilatado una considerable experiencia en la lucha en medios hostiles, fue muy importante para nosotros. Estábamos convencidos de que la democracia se terminaría implantando en España, antes (yo mismo opinaba que el proceso sería rápido) o después (Delle Chiaie, por su parte, sostenía que se trataría de un proceso mucho más dilatado) y sabíamos que, más allá de nuestras fronteras, la democracia no era ninguna ganga. Ni era el paraíso de las libertades, ni mucho menos de la estabilidad, ni de nada de lo que se creía en España.

Éramos conscientes de que, en Italia, la democracia se había transformado en partidocracia, que el nepotismo y las corruptelas estaban a la orden del día y que otro tanto ocurría en Francia, las comisiones cobradas por intermediarios en cualquier obra pública lastraban los presupuestos, las necesidades de los partidos de satisfacer a sus afiliados generaban burocracias inútiles e inservibles que aumentan los cobros de comuniones: la “democracia” era, solamente, la posibilidad de hacer buenos negocios a la sombra del poder, poco trabajo, mucha comisión. Eso era todo. Y así siguió hasta la “Operación Manos Limpias” en los años 90, cuando el empresariado, harto de pagar “tangenti” (comisiones) optó por hacerse directamente con el poder (con Berlusconi) y optimizar beneficios, reduciendo comisiones y corruptelas.

En cuanto a las “libertades”, éramos perfectamente conscientes de que los sistemas represivos en democracia, aun de guante blanco y vaselina, eran tan duros como en la España franquista, al menos para nuestro ambiente. En Francia, las leyes Pleven y Marchandeau prohibían explícitamente la existencia de partidos fascistas con elevadas penas de prisión y la medida se extendía, incluso, a los que no afirmaban explícitamente ser “fascistas”: en junio de 1968, el Movimiento Occident había sido prohibido, y seis años después, lo sería Ordre Nouveau. En Italia, la Ley Scelba era el recurso más habitual utilizado por la magistratura y la policía para reprimir a los grupos neo-fascistas. En Alemania, bastaba con que un partido neofascista obtuviera escaños en algún parlamento regional para que fuera prohibido inmediatamente. En las elecciones generales alemanas de 1969, en las que se preveía que el NPD superase la barrera del 5% y entrara en el Parlamento Federal, la campaña electoral tuvo un solo denominador común, obsesivamente repetido: el antifascismo. Sabíamos, además, que, especialmente en Italia, los servicios de inteligencia y las policías trataban de infiltrarse en grupos neo-fascistas y realizar tareas de provocación que, luego, magistrados con el carné del Partido Comunista, magnificaban señalando a nuestros camaradas como ”peligro para la democracia”.

Pero, lo peor era, desde luego, la partidocracia: el engaño que consistía en considerar que “democracia” era lo mismo que el “poder de los partidos” y que la única forma posible de representación pasaba a través de los partidos. Intuíamos que, en España, ocurriría esto mismo y que las cúpulas de los partidos tenderían pronto al saqueo de los bienes del Estado, a la extorsión fiscal, y que la nueva clase política exigiría pleitesía. Nada más “totalitario” que una “partidocracia” en la que dos o tres partidos se coaligan para defender sus intereses bajo la máscara de la pluralidad.

Yo me consideraba bien informado de lo que ocurría en Europa Occidental. Cada semana, en las Ramblas de Barcelona, cuando allí se vendían libros, revistas y cultura, compraba el semanario francés Rivarol y el italiano Candido, fundado por Giovanni Guareschi y que, además de informaciones y crónicas políticas, era también un semanario satírico. De tanto en tanto, compraba también algún semanario extranjero, Oggi, L’Espresso, Panorama, Epoca, y recibía en el Apartado de Correos 2457 de Barcelona, revistas neofascistas publicadas en toda Europa Occidental e Iberoamérica. La lectura de todos estos medios, me sugería que lo que estaba ocurriendo en estos países desde hacía tres décadas, sería lo que ocurriría también en España.

No teníamos absolutamente ninguna fe en la capacidad de “resistencia” y mucho menos de “resiliencia” (palabro que no existía en aquellos años, pero si el concepto que implicaba) del franquismo. En cuanto a la “monarquía que quiso Franco”, en febrero de 1976, cuando asistí a la primera asamblea de gentes que se vinculaban a Fuerza Nueva en Barcelona y tomé la palabra criticando la actitud poco enérgica del rey Juan Carlos I, me gané la primera salva de aplausos de mi vida: no era yo el único que opinaba que el Rey estaba marcando distancias con quien le había dado la Corona. Y no me parecía una actitud digna: “el que no es agradecido…” ya se sabe lo que completa el viejo refrán español. Los Borbones-Anjou son así. Muy diferentes de sus primos, los Borbón Parma.

Delle Chiaie me presentó a Sixto Enrique de Borbón y éste durante mi exilio parisino me ofreció una buhardilla (“mansarde” en francés) como refugio en la Explanada de los Inválidos y luego en un château a 70 km de París, cuando me encontraba en Europa. Coincidimos más tarde en Bolivia. Nosotros no éramos monárquicos ni carlistas, pero siempre consideramos a Sixto Enrique como un “camarada”, que estaba por encima de los altos muros del tradicionalismo carlista del que, aún hoy, es “abanderado” (al corresponder la legitimidad dinástica al hijo de su hermano mayor, Carlos Hugo, ubicado desde mediados de los 60 y hasta su muerte en la izquierda federalista y autogestionaria…).

Sixto Enrique se había vinculado durante su estancia en Roma a sectores neofascistas y tenía también muy buenos contacto con el entorno de la extrema-derecha francesa. La última vez que lo vi fue, precisamente en París, durante el XI Congreso del Front National celebrado en París en 2000. Volveré a hablar de él en relación a lo ocurrido en Montejurra en 1976. Baste decir, por ahora, que, en nuestro entorno, nadie se tomaba en serio a Juan Carlos I y, durante unos meses, ni siquiera creímos que pudiera mantenerse como Rey.

En los primeros meses de 1976, nuestro análisis político nos decía que la “oposición democrática” carecía de fuerza social suficiente para imponer la “ruptura democrática” que proponía Santiago Carrillo y su Junta Democrática de España.

Es cierto que, habían prosperado en la Universidad, en las zonas industriales, entre “intelectuales y artistas”, entre el clero y los “católicos comprometidos”, pero amplias franjas de la sociedad permanecían en la esfera del “régimen anterior”: era la “mayoría silenciosa”, permanentemente apática respecto a actuar o comprometerse políticamente, pero que aspiraba a “paz, orden y trabajo”. Nada más.

La correlación de fuerzas era favorable a la “mayoría silenciosa”, pues, no en vano, ahí se ubicaban también la magistratura, las fuerzas de seguridad del Estado y las fuerzas armadas y la casta funcionarial, los entonces llamados “poderes fácticos”. Por eso no hubo “ruptura democrática”: porque la oposición al franquismo carecía de “fuerza social” suficiente para imponerse sobre la otra parte.

En cuanto al peligro de una nueva guerra civil que algunos agoreros anunciaban en el horizonte, tampoco lo compartíamos. ETA estaba desarticulada a finales de 1975, del FRAP no quedaba absolutamente nada, los grupos anarquistas, OLLA, GARI, o independentistas catalanes, (el FAC estaba ya completamente disperso), el Exèrcit Popular Català que asesinaría al exalcalde Barcelona, Viola Sauret y a su esposa, así como al industrial José María Bulto, eran minúsculos y sin el más mínimo apoyo y el PSAN o el BNG, que buscaban una alianza con ETA eran, igualmente, exiguos. La FAI, por su parte, también quería hacer gala de cierto extremismo armado, pero olvidaban que el anarquismo siempre había sido particularmente permeable a las infiltraciones policiales, por lo que cada vez que trataba de levantar cabeza, resultaban decapitados. Mucho más peligrosos eran los grupos trotskistas o maoístas (especialmente el Movimiento Comunista de España) cuyos miembros habían demostrado más dureza y combatividad que la media de la extrema-izquierda. Pero, en su conjunto, no existían posibilidades de que ninguno de estos grupos se convirtiera en “agrupaciones guerrilleras”.

Nunca tuve la más mínima duda de que la posibilidad de que la izquierda viera defraudada su esperanza en la ruptura, no conduciría a una guerra civil, sino más bien a victimizarse, presionar desde el exterior y poco más. Y en cuanto al PCE, Santiago Carrillo estaba dispuesto a todo, salvo a inmolarse él y su organización. Así que todo inducía a pensar que la Junta Democrática de España, teleguiada por el PCE, optaría por la negociación y que las dos partes realizarían concesiones para progresar en dirección al objetivo común: el desmontaje del franquismo y la marcha hacia una democracia formal homologable con las “joyitas” europeas del mismo jaez.

En el sector mayoritario de la extrema-derecha la opinión era diferente: “los comunistas buscan el enfrentamiento civil”, “el Frente Popular, hoy, Junta Democrática, quiere la guerra”, “vamos hacia una dictadura soviética tras la senda del 25 de abril en Portugal”. El sector mayoritario de la extrema-derecha aspiraba a una defensa cerrada del franquismo, sin darse cuenta de que estábamos en 1976 y que la transición se había hecho inevitable porque el propio franquismo, al generar un desarrollo económico capitalista en los años 60, precisaba de un nuevo marco político para que fructificara.

En general, la extrema-derecha convencional, se desinteresaba de todo lo que era economía o viabilidad económica (durante los años del franquismo este capítulo había quedado en manos de los “tecnócratas” del Opus Dei) y, por tanto, no entendió jamás lo que estaba en juego y por qué España era un país “suculento” entonces para las inversiones. Era la “infraestructura económica” la que presionaba a la “superestructura política” para cambiar su aspecto y la forma de Estado. Si no se entendía eso, en 1976 resultaba imposible prever cómo se desarrollarían los hechos en los años siguientes.

5.3. ¿Qué estrategia elegimos?

Delle Chiaie nos había enseñado a ser objetivos en nuestros análisis: solo a partir de un examen justo de la situación y de una correcta perspectiva doctrinal podríamos ser capaces de establecer objetivos (o, al menos, eso creíamos). Fue así como surgió la “teoría de la escalera”.

El concepto era muy simple: imaginemos una escalera. En el peldaño más bajo se encontraba una sociedad completamente desarticulada, en plena anarquía, absolutamente inestable, mientras que, en el peldaño más alto, se encontraba nuestro modelo ideal de sociedad regido por los principios de “orden, autoridad, jerarquía”, un Estado Orgánico-corporativo basado en valores éticos compartidos por toda la Nación. Entre el peldaño más bajo y el más elevado existían una serie de peldaños intermedios que indicaban de manera absolutamente nítida, dónde nos encontrábamos en cada momento. Se trataba, pues, de ser conscientes de en qué peldaño estábamos realmente y cuáles eran los inmediatamente superiores y los que suponían un descenso fatal, y operar en consecuencia: cómo subir un peldaño y cómo evitar descender al inmediatamente inferior. A esto se reducía todo el problema. Nada más y nada menos.

Algo tan simple como esto, ayudaba extraordinariamente a fijar un “objetivo” y solo entonces se estaba en condiciones de establecer una estrategia para alcanzarlo y definir las tácticas. Y esto era sumamente importante, porque la extrema-derecha no había tenido ni objetivos claramente definidos ni, por tanto, había podido elaborar estrategias para llegar a ellos. Cuando la extrema-derecha actuaba, lo hacía solamente por mero tacticismo: un mitin aquí, una pintada allá, un reparto de botados en esa dirección, una manifestación en la otra y así sucesivamente, acciones (tácticas) inconexas en una u otra dirección, imposibles de capitalizar por una estrategia unitaria y que, frecuentemente, al ir en distintas direcciones, se anulaban entre sí. La estrategia suponía el enunciado de un “vector principal” que marcaba la dirección en función del cual debían establecerse las tácticas.

Tardamos en entender este punto y, mucho más, en ponerlo en práctica. Creo que, en los siguientes 50 años, si la extrema-derecha ha estado cada vez más ausente del escenario político ha sido por su incapacidad para elaborar un análisis que le permitiera enunciar un objetivo y una estrategia eficiente, desperdigándose y desgastándose en “tacticismos”. Por eso, hoy ha desaparecido o es completamente irrelevante.

Y esta era la cuestión: elaborada la “teoría de la escalera”, realizado el análisis político, estaba claro que, en 1976 nos encontrábamos en un escalón intermedio entre la anarquía y nuestro Estado ideal. Así pues, se trataba de impedir que descendiéramos un peldaño en dirección descendente y facilitar el ascenso al peldaño inmediatamente superior.

En otras palabras:

- se trataba de evitar la implantación de una democracia formal y

- se trataba de favorecer un golpe de Estado militar, no como un fin en sí mismo, sino como un medio para alcanzar un fin: subir al peldaño inmediatamente superior al que nos encontrábamos en 1876.

Y ahora, quedaba elaborar las tácticas.