En los dos años siguientes -1977 y 1978- entendería perfectamente
porqué nos habían dado tres horas no pedidas de margen para enfrentarnos a la
extrema-izquierda en las Ramblas barcelonesas. Fue, hacia finales de 1976 y
principios de 1977 cuando empezamos a darnos cuenta de manera muy exacta de lo
que estaba ocurriendo.
Creo recordar que fue en diciembre de 1976 cuando la revista Cuadernos
para el Diálogo publicó unas fotos de los incidentes de Montejurra 76 que,
hasta ese momento, habían permanecido inéditas. Era extraño, porque, tras
los incidentes se habían publicado muchas, tomadas en la Campa de Estella o en
las laderas del Montejurra; se veía en ellas a Cherid y a un argentino, pero no
a Delle Chiaie. Sin embargo, las publicadas por Cuadernos para el Diálogo
en diciembre del 76, tenían algo que las distinguía, no solamente por la fecha
en la que emergieron, sino por haber sido tomadas con un teleobjetivo
particularmente potente. Lo que aportaban estas fotos era la evidencia de la
presencia de Stefano Delle Chiaie y de otros italianos exiliados.
Stefano Delle Chiaie, en sus “memorias” (tituladas El
águila y el cóndor, EMINVES, Barcelona, 2016, distribuidas por Amazon)
explica en la página 276 que “responsables militares” (eufemismo para referirse
a miembros del SEDEC) le comunicaron en aquellas fechas que el ministro del
interior italiano, Francesco Cossiga, había entregado un dossier sobre él a su
homólogo español, Martín Villa. Los asesores jurídicos de éste, comprobaron que
los delitos por los que se acusaba en Italia a Delle Chiaie no eran motivo de extradición
en España, pero siempre existía la posibilidad de “inventar” un delito en
España que justificase su detención. Obviamente, sus abogados conseguirían
demostrar su extrañeidad al delito creado ad hoc. Así que, el gobierno
español, decretaría su expulsión… en dirección a Italia.
Sin este dato es imposible entender algunos de los episodios que
tuvieron lugar poco antes, durante y, poco después de la llamada “semana
trágica” de enero de 1977.
El primer toque de atención había sido la difusión de las fotos
inéditas de Montejurra, tomadas -con toda seguridad- por miembros de la policía,
pero no entregadas inmediatamente a los medios. A
esto se sumó poco después el intento de relacionar a Delle Chiaie con el
secuestro de Antonio María de Oriol y Urquijo que permanecía secuestrado desde
el 11 de diciembre de 1976.
En efecto, tras el secuestro -del cual no existía en aquel
momento la más mínima duda de que había sido obra de los GRAPO-, la
“sincronizada” (que, en la práctica ya existía en aquel momento: esto es, los
medios de comunicación que difundían los mismos rumores y noticias de
intoxicación, reforzándose y apuntalándose unos a otros, entonces estaba
formada por Interviu, Cambio 16, Diario 16, Informaciones y El País)
difundió el rumor de que el
secuestro de Antonio María de Oriol obedecía a una estrategia de la
extrema-derecha para impedir la “transición”, cuyos instigadores serían el
hermano del secuestrado, Lucas María de Oriol y Urquijo, el presidente de la
Confederación de Combatientes, José Antonio Girón de Velasco y el propio
Stefano Delle Chiaie, el cual operaría como “brazo ejecutor”.
Hoy se sabe que los datos que llegaron a la prensa
y que estos medios no dudaron en publicar, no partieron originalmente de una
investigación periodística propia, sino de una operación de intoxicación de los
propios servicios de información del Estado. Mediante “declaraciones y
noticias cruzadas”, la mentira fue saltando de unos medios a otros. Diversos
informes elaborados por la policía y los servicios de información, propagaron
de forma deliberada el rumor de que el secuestro era en realidad un "auto-secuestro"
o una operación de “bandera falsa” de la extrema derecha ("el
búnker") urdida para provocar un golpe de Estado militar contra Adolfo
Suárez.
Cuando los ecos de este “fake” aún no se habían
extinguido, sino que estaban en su momento álgido. Delle Chiaie, el día 22,
recibió una llamada de Mariano Sánchez Covisa, al que no había visto desde
antes de Montejurra 76 (Covisa se había comprometido a acudir a Montejurra con
la gente que pudiera movilizar, pero no apareció). Era una llamada anómala (por
el momento en el que sucedía), pero quedaron citados a propuesta Covisa, en la
estación de Metro de Santo Domingo para el día siguiente.
Delle Chiaie llegó algo tarde y con cierta prisa
(había quedado en el otro extremo de Madrid, poco después, con un industrial
italiano, Angelo Faccia, que tenía una fábrica de grúas en Parets del Vallés,
cerca de Barcelona, THIMSA y al que yo mismo le había enviado algunos camaradas
que contrató en su plantilla). Al subir las escaleras de la parada del
metro, vio las carreras y los incidentes que se estaban produciendo a causa de
una manifestación por la amnistía convocada a esa misma hora y en las
inmediaciones. Delle Chiaie, no lo dudó, dio marcha atrás; su cabeza ni
siquiera superó los escalones que le hubieran llevado a la superficie, volvió a
coger el metro y acudió al encuentro con Faccia. Nadie, absolutamente nadie,
pudo verlo llegar allí, en donde apenas permaneció unos pocos segundos, hasta
advertir los incidentes.
Sin embargo, a pocos metros de la boca de metro
de Santo Domingo, entre las calles Silva y de la Estrella, Arturo Ruiz fue
asesinado a esa misma hora. Dos hombres vinculados a Covisa: Fernández Guaza y
el judío-argentino Jorge Cesarky Golstein, estaban allí. El segundo dio una
pistola al primero que disparó sobre los manifestantes causando la muerte de
Arturo Ruiz. ¿Una acción espontánea de un comando que hacía gala de
irresponsabilidad criminal? Sí, pero era algo más que eso: tras los disparos, Cesarsky
acudió a la policía diciendo literalmente que había visto a Delle Chiaie
disparar contra los manifestantes…
Cesarsky no había sido elegido al azar: existía
una antigua pendencia con Delle Chiaie que databa de unas semanas antes, cuando
lo había expulsado de la Pizzeria L’Apuntamento, una de las empresas
propiedad creadas por él para dar trabajo a la comunidad de neofascistas
exiliados. “Eres judío, trabajas para la policía y no te queremos aquí”,
fueron las razones para “irradiar” a Cesarsky de aquel local. El asesinato de
Arturo Ruiz le dio la posibilidad de vengarse.
Tras las primeras informaciones en las que se
responsabilizaba a Delle Chiaie del crimen, se impuso la investigación
policial: era un problema porque, los dos implicados directamente -todos los
testigos presenciales reconocieron a Cesarsky y a Fernández Guaza, de forma
indubitable- eran colaboradores de la policía y de Sánchez Covisa. Cesarsky fue
detenido y cumplió cárcel por el crimen. Fernández Guaza consiguió ganar el
País Vasco, creo recordar que, antes de partir, estuvo en Amorebieta. Allí le dieron las llaves de un antiguo local
del a OJE en donde pudo alojarse hasta pasar a Francia. Le advirtieron que no
saliera del local… pero, a la primera ocasión, se fue al bar más próximo.
Consiguió llamar la atención gracias a su atuendo caricaturesco de
“parapolicial”: americana a rayas, varias pulseras y collares de oro, repeinado
y completamente desconocido para los habituales de la taberna. Para colmo, mientras
estaba allí, la televisión dio la noticia de su implicación en el asesinato de
Arturo Ruiz y mostró su foto, cuando ya había llamado la atención de los
parroquianos. Debió huir apresuradamente del lugar. Poco después, ganó París y
de ahí a Buenos Aires en donde siguió colaborando con la policía local,
denunciando incluso a italianos neofascistas que se habían desplazado hasta
allí tras su salida de España… Aún hoy, por lo que sé, sigue defendiendo su actuación
en aquel crimen: “volvería a hacerlo”, dijo no hace mucho al ser
localizado por periodistas.
La “fabricación del delito” iba in crescendo:
a las fotografías de Montejurra-76 publicadas por Cuadernos para el Diálogo,
se había sumado el “fake” difundido por toda la prensa “sincronizada” sobre la
participación de Delle Chiaie en el secuestro de Oriol, informaciones que se
solaparon a la difusión (incluso después de saberse quiénes eran los asesinatos
y estos habían sido reconocidos por testigos) sobre la no menos “fake” autoría
de Delle Chiaie en el asesinato de Arturo Ruiz. Y aún faltarían dos episodios
complementarios que tendrían lugar en los días siguientes.
Tiene razón el hermano de Arturo Ruiz, casi 50
años después, cuando dijo que “Nunca hubo verdadero interés por parte del
Estado en descubrir la verdad”. El sumario sobre su asesinato ocupó 1.000
folios y en él todo queda reducido a una acción personal de Cesarsky y Guaza,
sin entrar en más detalles. Y estamos de acuerdo con el hermano, con la
condición de añadir, que no solamente el Estado no tuvo “verdadero interés” en
llegar al fondo de la cuestión en este asesinato, sino en otros muchos de
aquella misma época. Y no puedo por menos que recordar aquí, que, en el
caso de Juan Ignacio González Ramírez, mi amigo y mi camarada, secretario
general del Frente de la Juventud, asesinado el 12 de diciembre de 1980,
todavía no se sabe por quién, a las 23:30 en el portal de su casa con tres
tiros de 9 mm. El crimen, permanece impune y lo más preocupante es que, antes
incluso de levantar el cadáver, Radio Nacional de España ya difundió la noticia
de que había sido víctima de un “ajuste de cuentas entre bandas de
extrema-derecha”. ¿Cómo no pensar en lo que hoy se laman
“cloacas” del Estado en todos estos crímenes?
Y lo peor estaba todavía por ocurrir. Cuando la opinión pública todavía no se había
recuperado del secuestro de Oriol (11 de diciembre de 1976) y estaba bajo el
impacto del asesinato frío de Arturo Ruiz (23 de enero de 1977), a las 9:45
del 24 de enero de 1977, el general Villaescusa fue secuestrado por un comando
de los GRAPO. Al medio día, la opinión pública conoció la noticia y por la
tarde, a las 22:30 del mismo día, se produjo la matanza de abogados
laboralistas en Atocha… Para colmo, en el curso de una manifestación de
protesta por la muerte de Arturo Ruiz, el mismo día 24, en la tarde, una chica
de apenas 20 años, María Luz Nájera, resultó muerta por el impacto de un bote
de humo lanzado por la Policía Armada. A todos estos sucesos, se añadiría
el viernes 28 de enero el asesinato de dos policías (Fernando Sánchez Hernández
y José María Martínez Morales) y un guardia civil (José Lozano Sainz), además
de tres agentes más heridos de diversa consideración. Todo este conjunto de
luctuosos episodios, fueron agrupados bajo el nombre de “semana negra” o
“semana trágica”.
Los medios y la historiografía oficial los han
interpretado así (y aquí es la IA la que “habla” hoy): “El objetivo de todos
estos episodios encadenados era forzar al Gobierno de Adolfo Suárez a declarar
el Estado de Excepción y empujar al Ejército a tomar el control del país,
abortando el proceso democrático. Sin embargo, la respuesta serena de la
oposición (especialmente del Partido Comunista de Santiago Carrillo) y la
determinación del Gobierno evitaron el golpe, acelerando paradójicamente la
legalización del PCE unos meses después”. Antes de dar nuestra versión en
el siguiente parágrafo, será preciso que agotemos antes este capítulo de
mentiras, falsas verdades, verdades a medias, engaños deliberados, equívocos y
negligencia a la hora de ir hasta el final en las investigaciones.
La matanza de Atocha supuso un impacto para todo
el país, fueran cuales fueran las opiniones políticas de cada uno. El bufete
laboralista estaba vinculado al PCE al que pertenecían la mayor parte de los
asesinados (sino todos). La interpretación que nos ha dado la IA sería
correcta, salvo por el hecho de que elude algunos hechos fundamentales. No
todos los episodios que pueden ser englobados en un mismo período obedecen a
las mismas cusas. La interpretación de la IA podría ser considerada como
“conspiranoica”, si examinamos más de cerca algunos hechos.
Demos por supuesto que el PCE(R) y los GRAPO
fueron grupos nacidos espontáneamente al calor del delirio de lucha armada que
prendió entre los grupos “revolucionarios” de mediados de los 60 y hasta
principios de los 80. Hasta ahora no ha surgido ni siquiera un testimonio que
sugiera que “estaban manipulados”. Cabría preguntarse si las muertes (casi
“ejecuciones”) de las que fueron objeto algunos miembros fundacionales del
GRAPO no serían formas de eliminar testimonios. Juan Carlos Delgado de Codes
(alias "Herrera"), fundador y el primer máximo responsable de los
GRAPO en 1975, Abelardo Collazo Araújo (alias "Alfonso"), miembro del
comando que perpetró el primer atentado oficial de la banda el 2 de agosto de
1975 (donde fue asesinado un guardia civil en el canódromo de Madrid),
detenido, se fugó de la prisión de Zamora en diciembre de 1979, asumió de nuevo
la jefatura de los comandos operativos. Ambos murieron en Madrid al ser
detenidos. Por el contrario, Enrique Cerdán Calixto (alias "Costa"),
llegó a ser el máximo jefe militar y coordinador de los comandos más letales de
la banda (incluyendo la logística de los secuestros de la "semana
negra"). Se fugó con Collazo en la célebre evasión de Zamora de 1979 y Juan
Martín Luna, último jefe operativo libre de los GRAPO de la vieja guardia tras
las muertes de Collazo y Cerdán, fueron muertos en Barcelona. De haber sido
capturados con vida (y miente quién diga que no podía hacerse), hubieran podido
aportar, antes o después, datos sobre si el PCE(R) y los GRAPO eran grupos
verdaderamente revolucionarios o bien existían aspectos cuestionables en su
trayectoria. Pío Moa, que vivió todos estos episodios en primera fila y
luego varió de actitud política, siempre ha defendido la imposibilidad de que,
entre 1975 y 1979 los GRAPO estuvieron manipulados o infiltrados. Si damos
crédito a su testimonio (y no hay motivo para no hacerlo), habrá que concluir
que los GRAPO estaban guiados por alucinados víctimas ellos mismos de una
ensoñación criminal: que podía derribarse al Estado, asesinando y secuestrando
a algunos de sus servidores más modestos.
En aquel momento, en la extrema-derecha existían
idénticas ensoñaciones. Pero ahí sí que nos constaba que existía cierta
manipulación. En efecto, volvemos ahora a aquel “jueves negro” previo a la
Semana Santa de 1976 en Barcelona. En mi ingenuidad, me preguntaba por qué la
policía nos había dado tres horas de “gracia”. No era, desde luego, por
simpatía ni por complicidad. Sino más bien para que las Ramblas se convirtieran
en “zona de combate”. En condiciones normales hubiera bastado una dotación de
la policía frente a la sede de Fuerza Nueva para que se cortaran en seco los
ataques izquierdistas. Pero no era esto lo que se pretendía, sino, más bien, las
decisiones tomadas desde el Gobierno Civil de Barcelona (Sánchez Terán),
siguiendo presumiblemente órdenes del ministerio del Interior (Martín Villa),
tenían como objetivo estimular la violencia. Bastaba con dejar que los intentos
de asalto a la sede continuaran. Bastaba, digámoslo ya, con no hacer nada, para
que la situación de violencia fuera incrementándose.
En Madrid, en los bares y lugares de reunión de
extrema-derecha, era frecuente que aparecieran conocidos policías instigando a
los reunidos a cometer acciones violentas: “Os están dejando como maricones”, “Se os están comiendo”, “¿Hasta
cuando os vais a dejar que sigan enculandoos?”… frases lo suficientemente
soeces como para que tuvieran un efecto psicológico en quienes las oías, por lo
demás, jóvenes militantes sin ningún tipo de formación política. Estas
intervenciones iban subiendo de tono. El propio Delle Chiaie cortó en seco al
conocido policía González Pacheco cuando en la pizzeria L’Apuntamento
repitió las mismas frases que había dicho en la cafetería California 47 próximo
a la sede de Fuerza Nueva o en el bar Roma donde, si no recuerdo mal, se reunía
gente de Falange, etc.
Sin embargo, estas provocaciones siguieron en
tierra más fértil y abonada. Durante una huelga de transportes en Madrid, el
secretario del sindicato vertical del transporte, Albadalejo Corredera, decidió
que había que dar una paliza al secretario general del sindicato de transportes
de CCOO en Madrid, Joaquín Navarro, que habitualmente se reunía con otros
miembros de CCOO en el despacho laboralista de Atocha, donde se había
establecido el “comité de huelga”. La decisión de la paliza, por cierto, la
tomó Albadalejo cuando la huelga ya había terminado. Sin embargo, por algún
motivo, envió a Atocha a un “grupo de acción” compuesto por tres personas.
Pero lo que debía ser una paliza, se convirtió en un asesinato múltiple que
conmocionó a la opinión pública, incluido a la extrema-derecha.
Tras conocer la noticia de la masacre, mi primer
pensamiento fue: “No puede ser. Ninguno de nosotros es capaz de disparar a
sangre fría contra gente desarmada”. Estupor e incredulidad. Pero, en los
días siguientes, nos llegaron datos fragmentarios sobre lo que había ocurrido. Los
autores habían sido, en efecto, miembros de la extrema-derecha, de esos
ambientes militantes, sin educación política, que consideran a la policía como
“hermanos” y que, por tanto, eran particularmente sensibles a las provocaciones
de gentes como González Pacheco y otros como él. El caso, una vez más, se
cerró en falso, pero todavía hoy subsisten dudas y, en su tiempo, me preocupé
de hablar con gente que había coincidido en la cárcel con los que resultaron
detenidos e, incluso, conocí a un personaje (Magaña) que había acompañado a
García Juliá en la fuga que intentaron en la prisión de Guadalajara. Los datos,
pues, que tengo, ofrecen una versión diferente a la que se ha difundido, pero
han sido obtenidos a partir de “fuentes primarias”.
Como decía, poco a poco, nos fueron llegando datos
aislados de lo que había ocurrido en Atocha. Uno de los integrantes -Lerdo de
Tejada- estaba vinculado a Fuerza Nueva, su madre trabajaba en un puesto
destacado en la notaría de Blas Piñar. Se trataba de un muchacho católico cuya
responsabilidad en el crimen se limitó a quedarse en el exterior del bufete e
impedir que entrara nadie. Desde allí oyó los disparos. Su conciencia de
católico se conmovió: el quinto mandamiento es claro, breve y rotundo: “No
matarás”. Así que se lo contó a su madre. Ésta habló con Blas Piñar
quien le recomendó que, en primer lugar, se confesara. Blas se lo contó a su
esposa; ésta hizo otro tanto con el grupo de amigas de las que se rodeaba,
todas ellas miembros de Fuerza Nueva y, poco a poco, el rumor se fue
extendiendo y terminó llegando a Barcelona, cuando la policía ya era consciente
de quién había protagonizado el crimen. Lerdo de Tejada, Carlos García Juliá y
Fernández Cerra, integraban el comando.
La versión del episodio me llegó a través de 1º)
David Martínez Loza, jefe de seguridad de Fuerza Nueva, implicado en el “caso
Yolanda” (asesinato de una joven militante trotskista) y 2º) de José Luis
Magaña (que intentó fugarse con el apoyo del Frente de la Juventud y junto a
Carlos García Juliá, de la prisión de Guadalajara). Lo relativo a cómo se
difundieron las informaciones me llegó a través de Martínez Loza, situado en la
cúspide de Fuera Nueva. Lo que ocurrió en el interior del despacho de Atocha, a
través de Magaña, quien, a su vez, había sido informado por García Juliá.
Según esta versión, el “comando” llegó para “dar
una paliza” al sindicalista. Pero iban armados, conscientes de que podrían
encontrar a más gente y para intimidarlos. Cuando buscaban al sindicalista,
García Juliá, que tenía encañonados a los presentes, tropezó con una alfombra y
se le disparó el arma. Fernández Cerra, que estaba en otra habitación, en la
exaltación y la tensión del momento, creyó que algo había ocurrido en la sala
donde tenían encañonados y amedrentados a los abogados y regresó disparando. Entre
nerviosismo, olor a pólvora, detonaciones, gritos, nerviosismo y tensión, los
dos vaciaron sus cargadores sobre los cuerpos de los abogados.
Si esto fue así -y, tras el juicio, tampoco tenía
sentido que dieran otra versión “imaginativa” de lo ocurrido, cuando ya estaban
condenados- no se trataría de un “acto premeditado” (lo que no quita ni un
ápice de responsabilidad a los asesinos), sino de una acción fortuita que tuvo lugar en el clima de tensión de aquellos
días en los que era difícil permanecer con el cerebro frío entre secuestros,
muertes, “fakes” periodísticas, policías que calentaban los ánimos, asesinatos
y una situación política de alta tensión en donde nadie era capaz de describir
lo que estaba pasando y cómo evolucionaría en las semanas siguientes.
A esto hay que añadir que los miembros del
comando carecían por completo de formación política, tenían unas ideas
básicas: anticomunismo, franquismo, nacionalismo y poco más. Los “rojos” eran
los malvados. La policía, “camaradas”. Había que golpear a los “rojos” y gritar
“Viva la policía” en las calles. Eso era todo…
Luego está la teoría del complot que volvería a
ser agitada: la acción tendría como objetivo “inducir al ejército a tomar el
poder”… Error: nunca un golpe de Estado se ha iniciado con una masacre de
“rojos”. La primera lección a retener es que la preparación de cualquier golpe
de Estado se inicia con la colocación de una bomba en la tapia del Estado Mayor
o con el coche de un militar que salta por los aires: sólo cuando los militares
se sienten directamente amenazados, deciden comprometerse en un golpe. No, desde luego, a partir de unos asesinatos que
podrían dar lugar a pensar que el eventual movimiento golpista sería cómplice
de los mismos. Desde este punto de vista, el secuestro del general Villaescusa
si entraría dentro de una perspectiva golpista, pero no los asesinatos de
Atocha…
La versión del asesinato de Atocha como parte de
un complot más amplio de la extrema-derecha se basa en dos fuentes: la película
“Siete días de enero” de Bardem y el testimonio del único superviviente
en este momento de la matanza, Alejandro Ruiz-Huerta,
que ha relatado detalladamente la escena en numerosas ocasiones y que no
describió un tropiezo, sino una “ejecución premeditada” destinada a matar a
todos los que se encontraban en el inmueble.
Entendemos perfectamente que una persona que ha estado bajo el fuego y ha visto
como asesinaban a sus amigos y compañeros, que ha sido herido de gravedad, se
atenga a su versión inicial y a las impresiones que recuerda de aquellos
momentos de tensión, miedo y dolor extremos. La versión del superviviente,
entonces miembro del PCE y actualmente vinculado a CCOO, fue dramatizada e
incorporada a la película dirigida por Bardem, cuyo guionista fue el periodista
Gregorio Morán, uno de los que se destacaron en la difusión “fakes” durante la
transición cuando trabajaba en el Diario 16 y que, en la época, también militaba
en el PCE, fue el guionista. Uno de estos “fakes” me afectó directamente:
Morán citaba un bar al que solamente había ido una vez en mi vida, como “lugar
de encuentro de ultras”, lo que me permitió identificar, sin ninguna dificultad,
a su confidente. Básicamente, Morán, pagaba por confidencias sin verificar
si eran ciertas o falsas; entonces todo estaba permitido con tal de que fuera
información “antifascista”. Tras la consolidación del Grupo Z, esta práctica
se generalizó y los confidentes solían cobrar entre 10.000 y 40.000 pesetas de
la época: lo sé porque mi fuente, tras mi regreso del exilio, fue Xavier
Vinader. Años después, Vinader me explicó que, en muchas ocasiones, había
advertido al jefe de redacción de Interviú que la fuente no era fiable,
pero que éste había ordenado la publicación del “artículo de
investigación". Esto terminó costando al propio Vinader un proceso y unos
años de exilio forzado en Londres. La policía detuvo al grupo presentado
como autor de la bomba del Papus después de que dos de sus miembros
pretendieran vender en la redacción de El Diario de Barcelona, “informaciones”
imaginativas sobre un supuesto atentado que se preparaba contra el presidente
de la Generalitat Josep Tarradellas. Pincharon en hueso, porque el director del
citado medio, tuvo a bien llamar a la policía mientras los dos individuos
esperaban ser recibidos por un periodista. Este par -Isidro Carmona y Manuel
Macías, dos miembros del lumpen barcelonés- eran suficientemente conocidos en
todas las redacciones de Barcelona por haber vendido innumerables datos fantasiosos
sobre la extrema-derecha. Ese era el “periodismo de investigación” que se
practicaba durante la transición: datos sin comprobar a cambio de modestas
cantidades económicas… Y ahora pregunto: ¿era ética esta práctica? ¿merecía ser
llamada “periodismo de investigación”?
El guion de “Siete días de enero”,
elaborado por Morán, dramatizaba la “versión oficial” de la transición… que
tenía muy poco que ver con la realidad. La extrema-derecha, como no podía ser de otra forma, era la perversa
fuerza que “movía los hilos”. ¿Y quién era la “mente siniestra” que lo
controlaba todo con frialdad maquiavélica? ¡Nada menos que “Don Tomás”! (papel
interpretado por el actor francés Jacques François). “Don Tomás” era el alter
ego de Blas Piñar. Así que, en la película, era Blas quien ordenaba
asesinatos, tapaba crímenes o elaboraba estrategias siniestras… ¡Blas Piñar, en
persona!
La película, una mala copia del “cine político” de
la época, imitaba deliberadamente el estilo de Costa-Gavras. No fue, desde
luego, lo mejor de Bardem, pero sí de lo más imaginativo que escribió Morán… La
película, hay que recordarlo, recibió el “premio de oro” del Festival
Internacional de Cine de Moscú.
Bastaba conocer, siquiera superficialmente, a Blas
Piñar para saber que todo aquello era una mamarrachada innoble, especialmente para
con las víctimas de Atocha y con sus allegados. Era como decirles: “Mirad: este individuo,
Don Tomás, esto es, Blas Piñar, es el que ha ordenado matar a los abogados, así
que no os preocupéis más: esta es la verdad que contaréis a vuestros nietos.
Contentaros con esta versión y no tratéis de preguntar más, ni de investigar
siquiera un poco más allá: todo fue una conspiración de los malvados ultras,
para detener el paso alegre de la democracia que tenemos ahora. Blas es culpable”.
Solamente había un problema: si de lo que se
trataba era de favorecer un golpe de Estado antidemocrático, toda aquella
marejada de crímenes de la “semana negra” y de todo aquel período, lo que
estaba sirviendo entonces -y lo que hoy no podemos dudar sobre para lo que
sirvió- no fue para estimular un “golpe militar” (¿os imagináis a los altos
oficiales golpistas diciendo: “nos identificamos con los asesinos de Atocha
y por eso hemos dado el golpe, para apoyar a esos buenos chicos, tan patriotas
ellos”?), sino para acelerar la marcha de la transición.
Los asesinatos de Atocha favorecieron,
directamente, la legalización del PCE, penúltima traba que atascaba la
transición. Ningún militar iba a “golpear”, ni siquiera en la Semana Santa de
1977, para ponerse del lado de los asesinos de Atocha e impedir la legalización
del partido que había aportado las víctimas de Atocha y reaccionado con temple
en los días siguientes.
Y, en cuanto a Blas Piñar: creía en lo que
decía, era un hombre extraordinariamente sincero, católico ejemplar, incapaz de
mentir, inflexible en sus opiniones y fiel cumplir de la doctrina cristiana,
cuyo quinta mandamiento, como ya he dicho, ordenaba el “no matarás” que nunca vulneró.
Era un hombre profundamente religioso en el mejor sentido de la palabra. Y lo
dice alguien que sintió verdadero aprecio por él a pesar de que me expulsase
del partido en septiembre u octubre de 1977, por haberme casado por lo civil
(para hacerlo, entonces, era necesario acudir a la parroquia y pedir al
sacerdote que te extendiera un “certificado de apostasía”…; así pues, yo era,
como el Emperador Juliano, un “apóstata”).
A Blas le gustaban mis artículos en la revista y,
por eso mismo, a poco de ingresar en el partido, me pidió que diseñara la
“ponencia de organización” para el Primer Congreso de Fuerza Nueva. Así lo hice y mi padre me acompañó hasta el
aeropuerto del Prat: sería la última vez que iría a aquel lugar en el cincuenta
y cinco años, Julien Mamet le había enseñado a pilotar una avioneta biplano
Havilland. En Madrid, nada más llegar, sin tiempo para cambiar impresiones, me
vi sentado junto a Blas y al secretario general del partido, José de las Eras
Hurtado, frente a los cuarenta y tantos delegados a invitados. Se llamaba
“congreso”, se enumeró como el “primero”, pero no era un “congreso”, propiamente
dicho, era una reunión de “delegados provinciales”, todos ellos elegidos por
Blas, con algún invitado (en primera fila estaba Horia Sima, el entonces jefe
de la Guardia de Hierro que había sustituido a Codreanu, asesinado por una
dictadura de derechas en los años 30, que supo apreciar que, en el curso de la
ponencia, mencionara el “Cuib” como la aportación rumana a la ciencia política
organizativa).
En el debate que siguió pude comprobar el nivel
medio de los delegados: en su mayoría eran antiguos funcionarios del régimen
franquista de tercera o cuarta fila, algunos excombatientes, gente siempre
habituada a recibir órdenes, nunca a trabajar con iniciativa propia, todos
católicos o que hacían gala de serlo; salvo el bueno de Rebate Encinas,
delegado de Castellón, todos muy moderados y cuyo programa -si así puede
llamarse- se centraba en una defensa cerrada del franquismo o, mejor, de lo que
ellos entendían por “franquismo”, el nacional-catolicismo. Creo recordar que
los más accesibles y conscientes eran los delegados de Valencia y Asturias.
Rebate, en primera fila, junto a Horia Sima, se mostró particularmente hostil
hacia mi ponencia: ¿Qué era eso de pedir que el partido tuviera un “grupo
juvenil”? Él, a sus ochenta años, se consideraba igualmente joven…
Definitivamente, había que disolver Fuerza Joven e integrarla en el partido,
propuso con una seriedad pasmosa. El propio Blas tuvo que calmarlo y fue
entonces cuando resumió mi ponencia: “De entre todas las frases que ha
pronunciado Ernesto en su ponencia, hay una a la que no ha dado particular
importancia y sin embargo va a ser la consigna desde ahora: ‘organizarse hoy,
para vencer mañana’”. Quedé algo sorprendido porque no recordaba, en
efecto, haberla pronunciado. Luego resultó que, efectivamente, ahí estaba,
perdida entre ideas de carácter estratégico, orientaciones tácticas y
recomendaciones organizativas (que se centraban en asumir las estructuras del
Movimiento Social Italiano que entonces tenía entre un 9 y un 11% de cuota
electoral).
El congreso se celebró en un clima de extraordinaria
tensión. Se temía un atentado de grupos terroristas de izquierdas. Durante mi exposición, un miembro de la
seguridad (que luego resultó ser Juan Ignacio González) entró en la sala y
cuchicheó unas palabras con Blas. Éste, me interrumpió, tomó la palabra y, tras
realizar un llamamiento a la calma, comunicó que se había descubierto un
maletín que podría contener explosivos y que había sido abandonado en la
antesala sin propietario conocido. Vino la policía, se llevó el maletín a la
casa de Campo, lo detonó… luego resultó que era de uno de los militantes
valencianos que había entrado conmigo en Fuerza Nueva. Por la noche, este
militante lució el pijama con los agujeros generados por la explosión de los
fulminantes… Esa era el clima que se vivía en el interior del partido:
tensión, nervios, sensación del “todos contra nosotros”, de que, de un momento
a otro la izquierda va a atentar, convicción de que íbamos a ser víctimas del
“terrorismo rojo”.
Después del congreso, Blas dio la orden para que,
en todas las sedes del partido, en un lugar destacado, apareciera mi ignota frase
“Organizarse hoy, para vencer mañana”. Pero, lo cierto es que el
partido no fue capaz de dar un solo paso al frente para “organizarse”. De
hecho, cada día que pasaba, era posible comprobar el nulo nivel organizativo y
sus efectos más deletéreos. Porque, el partido crecía, moderadamente entre
1976 y las elecciones de junio del 77, pero crecía. A alguien se le
ocurrió “militarizar” a los grupos juveniles. Fuerza Joven, no sería una
asociación de jóvenes afiliados que programan un trabajo político, sino una estructura
paramilitar a lo Pancho Villa, uniformada y encuadrada según la tradición de
las milicias falangistas de la preguerra y de las centurias de la guardia de
Franco del Movimiento. Esto fue particularmente contraproducente: dio la
sensación de que la extrema-derecha se estaba convirtiendo en una fuerza de
choque disciplinada al servicio del “golpismo”. No había nada de nada. Era
“imagen” sin contenido real. El “encuadramiento” era casi infantil. La
“disciplina” completamente ausente, por no haber, no había ni siquiera nada que
pudiera ser considerado como “cursos de formación política” dignos de tal
nombre. Los pocos que se organizaron fueron de una pobreza rayana en la
indigencia intelectual y en la nulidad política. Pero las fotos que
publicaba la prensa eran intranquilizadoras: formaciones paramilitares en
camisa azul y boina roja, reforzaban la sensación de peligro golpista, aunque
los militares fueran conscientes de que aquello estaba solo un poco más
desorganizado que el ejército de Pancho Villa.
A este problema se unió otro que se hizo
particularmente visible a partir del verano de 1977. Fue entonces cuando
empezó a llegar una riada de miles de afiliados al partido. ¿Qué había
ocurrido? Durante la campaña electoral de junio de 1977, el partido se presentó
en coalición con Falange Española con el nombre de Alianza Nacional 18 de
Julio. Los resultados fueron catastróficos para todos los partidos de
extrema-derecha. La coalición obtuvo menos de 100.000 votos, lo que no suponía
siquiera al 0’50% del censo. Blas se presentó al senado por Toledo, donde
obtuvo un resultado digno, pero insuficiente. También se alcanzaron resultados
superiores a la media en Santander, Valladolid y Guadalajara. En definitiva, un
fracaso sin paliativos. Entonces ¿cómo fue posible que, tres meses después,
los locales de Fuerza Nueva se vieran abarrotados de nuevos afiliados y las
“centurias” de Fuerza Joven multiplicaran por 10 e, incluso, por 20 la
afiliación?
Es fácil entenderlo: las elecciones de junio no
resolvieron absolutamente ninguno de los graves problemas que España tenía
planteados: una inflación anual de dos dígitos, una redoblada actividad
terrorista por parte de ETA y del GRAPO, cuando se había amnistiado incluso a
los presos con delitos de sangre, que desdecían la propaganda gubernamental
“contra terrorismo, democracia”, tensiones independentistas y multiplicación de
los primeros llamamientos a la centrifugación autonómica, sensación de vacío de
poder, inestabilidad política, etc, etc, etc. Hasta junio de 1977, podía
pensarse que todo esto desaparecería con una simple convocatoria electoral,
pero tres meses después lo que se evidenció fue todo lo contrario: globalmente,
la situación era, entonces, mucho peor que antes de las elecciones. Así que
una parte de la población que, hasta ese momento, había dado carta blanca de
Suárez y a Fraga para que lideraran el centro y la derecha, empezaron a
mostrarse críticos y partidarios de soluciones de fuerza y, más que eso, a
apoyar al único sector que había hecho de Pepito Grillo en el año y medio
anterior. Ser de Fuerza nueva pasó a ser casi una moda. Y algo reseñable:
sobre todo se integraron en las filas del partido, chicas jóvenes y mujeres, lo
que tuvo como efecto, atraer a más y más varones.
Pero si esto explica el reforzamiento de la
extrema-derecha a partir de septiembre-octubre de 1977, no explica por qué las
nuevas “escuadras” y las “centurias” de Fuerza Nueva y de Falange,
protagonizarían tantos incidentes en la calle que se prolongaron, cada vez más,
hasta la disolución del partido tras las elecciones de 1982. También aquí había
una explicación muy simple en lo que se refería a Fuerza Nueva y a FE-JONS.
Ya he dicho que Blas Piñar fue, sin duda, y de
lejos, el mejor orador de la transición. Pasional, vehemente, derrochando
sinceridad, con algún que otro exceso verbal, lo cierto es que los jóvenes
que acudían a sus mítines (y estos eran continuos por toda la geografía
española, en aquella época uno o dos por semana) salían enardecidos. Habían
oído su cálido verbo que les convenció de que “la patria está a punto de
caer en manos del bolchevismo, España se quiebra por los separatismos locales;
los asesinos de ETA y el GRAPO apuntan sobre las personas honradas, hemos
olvidado las desgracias de la Segunda República que nos llevaron a la Guerra
Civil y ahora nos encontramos en el mismo punto que el 14 de abril de 1933:
sabemos lo que ocurrirá; lo único que podía haber evitado la tragedia que se
preparaba era una reforma y mejora del franquismo; sin embargo, nos han
conducidos al borde del caos, los traidores, los oportunistas, los hombres made
in Moscú y los timoratos”. Tal era el esquema habitual de un discurso
piñarista que, seguramente, pronunciado por otro, hubiera servido para poco,
pero el verbo enardecido de Blas lograba transmitir esa sensación de verdad
y doctrina pre-apocalíptica en su audiencia, especialmente en militantes
jóvenes.
Luego, estos chicos salían a la calle y decían: “Tenemos
que hacer algo para salvar a España”. Y este era el problema: que Fuerza
Nueva careció siempre de objetivos, estrategia, análisis político y programa
claro. Como hemos visto, la
“organización” era poco menos que inexistente y otro tanto ocurría con la
educación política de los afiliados: se descuidaba o se encomendaba a gente, a
su vez, muy poco formada; así que éstos, especialmente los jóvenes, optaban
por lo que su instinto les sugería: “un melenudo es, sin duda, un “rojo”... Ahí
hay uno: a por él”. Estoy recordando el asesinato de José Luis Alcazo,
un joven oscense de 25 años, apolítico, cometido por los “bateadores del
Retiro”, todos ellos hijos de militares y afiliados a Fuerza Joven, el 13 de
septiembre de 1979. Igualmente terrible, fue el asesinato de la joven Yolanda
González Martín de 19 años que vertió mucha tinta y en el que fue asesinada por
Emilio Hellín. Al ser detenido, Hellín declaró que el “jefe de seguridad” de
Fuerza Nueva, David Martínez Loza, le había dado la “orden de ejecución” de la
muchacha por considerarla miembro de ETA…
Voy a dedicar un párrafo, lo más reducido posible,
a este crimen execrable. ¿Mi fuente? En Alcalá Meco coincidí con David Martínez
Loza y otro de los implicados en el caso que me dieron la que, podemos llamar,
“versión alternativa” que creo más coherente que la versión oficial e, incluso,
que la propia sentencia. A estas alturas, creo que estará muy claro que en
la extrema-derecha de la época habían convergido algunas personalidades, como
mínimo, “extrañas” desde el punto de vista psicológico. Gentes con complejo
de persecución a los que se unían antiguos funcionarios de policía, individuos
que despreciaban a gentes de izquierda y que no tenían el más mínimo el
disparar o acuchillar sin medir las consecuencias para sus víctimas y para
ellos mismos. Y no podían faltar individuos que consideraban a las chicas de
izquierdas como “ligeras de cascos” y presas fáciles para acostarse con ellas.
David Martínez Loza y otro de los implicados en el
crimen de Yolanda González, me comentaron que Emilio Hellin había desarrollado
la habilidad de frecuentar garitos en los que se reunían gente de izquierda y
de extrema-izquierda y hacerse pasar por miembro del “comando Madrid” de ETA,
organización que, entonces, despertaba respeto y admiración en aquella época
entre buena parte de la militancia de extrema-izquierda. Todo consistía en
insinuarlo primero, luego en llevarlas a un altillo en el que tenía bien
visibles algunas armas, explicarles que la “militancia y la clandestinidad” le
impedían tener relaciones normales con el otro sexo, ya se sabe, la
clandestinidad, y… el resto se sobreentiende. Y la cosa parecía funcionarle más
o menos bien. En eso que se fijó en Yolanda. Pero había un problema: era vasca,
militaba en un grupo trotskista (el PST, una escisión de las Juventudes
Socialistas), y tenía un aceptable nivel de formación política. Yolanda
identificó pronto que Emilio ni era etarra, ni siquiera tenía una idea clara de
lo que pretendía ETA, todo su bagaje se reducía a una serie de tópicos sobre la
materia. Se lo recriminó, al parecer con palabras bastante hirientes. Unos días
después, un comando la secuestró en su piso de estudiante, la llevó a un
descampado y la asesinó. En esta versión, el asesinato aparece como resultado
de un resentimiento generado por una situación de despecho y humillación.
¿Qué posibilidades hay de que esta versión sea
cierta? No dudo que Martínez Loza creara un fichero de militantes de izquierdas
y que Yolanda González estuviera en él, tal como estableció la sentencia. Pero dudo
mucho de que, tal como publicó la prensa en aquel momento, fuera Martínez Loza
quien diera la orden de asesinarla, tal como declaró Hellín. El jefe de
seguridad era antiguo suboficial de la Guardia Civil, retirado, y hombre de
confianza de Blas con el que compartía el mismo celo religioso, hasta el punto
de que, al disolverse Fuerza Nueva, Blas acudió a la prisión donde se
encontraba Martínez Loza para explicarle directamente la decisión tomada.
De hecho, Martínez Loza fue condenado a seis años de prisión por “inducción a
allanamiento”. Creo que la sentencia acertó al dictaminar que Martínez Loza “conocía
la actividad clandestina del grupo 41 y, no obstante ello, no sólo la toleraba,
sino que en algunas ocasiones se sirvió de él para impartir órdenes directas de
realización de acciones a Hellin, con el que se entendía directamente”. El
“grupo 41” era el nombre de la célula informar creada por Hellin (cuatro
militantes más un jefe). Los jueces no aceptaron la tesis de responsabilidad de
Fuerza Nueva. En realidad, ni Blas, ni Martínez Loza, eran capaces de dar una
orden de asesinato contra nadie, pero el segundo sí había permitido que la
paranoia que rodeaba al partido desembocara en la elaboración de un fichero de
presuntos o reales “enemigos”, a los que había que “interrogar” eventualmente
para establecer su relación con ETA o el GRAPO…
Hubo un antes y un después de aquel asesinato de
Yolanda: antes, Fuerza Nueva había ido creciendo, incluso desmesuradamente,
Blas había obtenido el acta de diputado por Madrid por la coalición de Unión
Nacional del 18 de Julio. La
campaña había sido brillante en Madrid e, incluso en otras provincias existían
serias posibilidades de que en las siguientes elecciones el partido obtuviera más
escaños (Santander, Toledo, Valencia) que le permitieran formar grupo
parlamentario propio. Todo se vino abajo tras al asesinato de Yolanda.
Siguieron llegando afiliados, más y más, pero la actitud de Blas había generado
un clima de desconfianza entre los cuadros más preparados del partido que eran,
precisamente los que habían protagonizado la campaña electoral que le había
dado el acta de diputado.
Blas, en efecto, recomendó a Martínez Loza, que
reservara para el juicio sus argumentos defensivos, quiso evitar que el nombre
del partido quedara envuelto en el crimen y multiplicó su desconfianza hacia
los medios de prensa: estos, al no tener acceso a la versión del partido,
siguieron publicando informaciones que les llegaban de medios “antifas” o bien servidos
por las alcantarillas del Estado (¿o es que creéis que el sanchismo ha
inventado las cloacas?). Siguió manteniendo el contacto con él, pero discreto y
alejado de los medios, esto hizo pensar a muchos que lo había “abandonado”. Y,
de ahí a pensar, “ayer le tocó a Martínez Loza, mañana me puede tocar a mí”
(nadie en la cúpula creía en la implicación del “jefe de seguridad” en el
crimen)… por tanto, optaron por el retirarse del partido y dedicarse a sus
asuntos particulares. Cuando tiene lugar el 23-F y se convocan luego las
siguientes elecciones, ninguno de los que habían llevado a Blas al parlamento, permanecían
ya en activo en el partido.
Éste seguía, no solamente desorganizado, sino que
también su situación interna era caótica e ingobernable. Para colmo, se
habían producido importantes escisiones internas, especialmente tras la compra
de una sede faraónica, absolutamente desproporcionada, en la calle Mejía
Lequerica, número 8 de Madrid. Era el Edificio de la Papelera Española, que fue
ofertado por Ángel Ortuño, miembro de la dirección de Fuerza Nueva y antiguo
del consejo de la Papelera. Y Blas dio el visto bueno a pesar de que, si no
recuerdo mal, su coste era de 100 millones de pesetas de la época, mucho más de
lo que valía la sede de cualquiera de los partidos políticos mayoritarios. Aquella
compra absurda, megalómana, innecesaria, generó fuerte malestar en el interior
del partido.
El grupo en el que figuraba el Secretario General,
José de las Heras, pretendía comprar pequeñas sedes en los barrios para
garantizar la implantación territorial sobre bases sólidas. Pero una sede
central desmesurada absorbía la mayor parte del presupuesto del partido y, por
tanto, lastraba su implantación en barrios. Dentro de la sede, había una
capilla que celebraba misa diaria por las tardes (y si se quería prosperar en
la jerarquía, había necesariamente que, acudir a los oficios), cada “jefe de
línea” (responsable de 30 militantes) tenía su despacho... Absurdo e, incluso,
infantil. Pero Blas tenía confianza ciega en el criterio de Ángel Ortuño y en
que se podría pagar la sede.
Sin embargo, la realidad era que los problemas se
acumulaban a la formación de Blas: más afiliados, menos organización e,
incluso, desorganización, concepto panchovillista de la organización, una
periferia rodeada de episodios de violencia, escisiones internas (tras la
compra de la nueva sede se produjo la escisión del Frente de la Juventud: Pepe
de las Eras, secretario general del partido, Juan Ignacio González, jefe de la
Sección C de autodefensa y que movilizaba a los activistas más combativos, fueron
a converger con los antes nos habían expulsado del partido, junto a secciones
enteras), abandonos, exceso de confesionalidad y, sobre todo, un crecimiento desmesurado
que no se supo traducir en aumento de peso político… porque, repito, jamás
existió análisis político, elaboración de un programa realista, objetivos,
estrategia y táctica.
Lo que debía haberse convertido en el equivalente
español del MSI, nunca pasó de ser un “grupo” deslavazado formado en torno a un
orador excepcional que no supo encontrar a un organizador enérgico y realista
(capaz de recordar que estábamos en los años 70 y no en el tiempo de las
milicias uniformadas cuarenta años antes) a la medida de lo que requería Fuerza
Nueva.





















