En aquella época, habíamos incorporado otro concepto sin el
cual era imposible realizar en condiciones una lucha política: el de
“acumulación primitiva de fuerzas”. Por lúcido que sea un análisis, si el grupo
que lo realiza no tiene capacidad para ponerlo en práctica, no sirve de nada.
Por otra parte, no se trataba de formar un grupo de extrema-derecha más. Éramos
demasiado jóvenes, no teníamos ni oficio ni beneficio, ni historial, ni
prestigio, así pues, de lo que se trataba era de integrarnos en cualquiera
de los grupos existentes en ese momento (y la oferta se reducía a dos: fuerza
Nueva y Falange Española) y, a partir de ahí, tratar de reconducirlo, insertar
nuestras temáticas y convertirlo en algo parecido al Movimiento Social
Italiano, al NPD alemán o al Front National francés, pues estaba claro, para
nosotros, que en el futuro deberíamos competir con otros grupos políticos en
procesos electorales. Así pues, se trataba de adoptar el formato “partido
político” para evitar la posibilidad de “descender un peldaño” -lo que, a
nuestro entender ocurriría inevitablemente- y estar en condiciones de obtener
resultados apreciables y porcentajes de votos superiores a las dos cifras. Por
si este plan fracasaba, previmos un Plan B: asumir una práctica
extraparlamentaria y configurarnos como vanguardia combativa. El primer plan
presuponía que deberíamos trabajar en una perspectiva electoral y asegurarnos
un porcentaje del voto; el segundo, implicaba adoptar más decididamente una
perspectiva golpista (recuérdese lo dicho sobre “ascender un peldaño” dentro de
la “teoría de la escalera”).
Desde finales de los años 60, a raíz de la recepción de algunos
cuadernos publicados por un grupo argentino -el Movimiento Nacionalista
Revolucionario “Tacuara”, también conocido como “la Tacuara del manchón”,
una disidencia del originario Movimiento Nacionalista “Tacuara”, inicialmente de
carácter estrictamente católico (muy parecida a Fuerza Nueva y, más o menos,
inspirado en Falange Española), que luego evolucionó hacia posiciones “nacional-revolucionarias”-,
habíamos realizado una reflexión sobre lo que era y significaba un “golpe de
Estado”. Habíamos leído una antigua edición de principios de los años 30 de Técnica
del Golpe de Estado de Curzio Malaparte y, luego, también, los
libros de Von Salomon que nos influyeron extraordinariamente e, incluso,
insertaron en nosotros el virus del nihilismo sobre un terreno que Nietzsche ya
había abonado: Los réprobos y El Cuestionario, publicados
precisamente por Luis de Caralt, miembro de la directiva del Círculo José
Antonio de Barcelona. Sólo más tarde, leeríamos a Julius Evola y completamos
un pastiche doctrinal excepcionalmente variopinto en el que Jean Thiriart se
mezclaba con Evola, Nietzsche con Von Salomon, José Antonio con los teóricos de
la “Tacuara” (el más exuberante de ellos, Joe Baxter, terminaría en 1973 en
la IVª Internacional, por cierto).
En el curso de un viaje a París, un camarada compró Baltikum,
uno de los primeros libros escritos por Dominique Venner sobre los
“freikorps”, los cuerpos francos surgidos de la derrota alemana en 1918 y que
optaron por jugarse el todo por el todo en un nihilismo activo que prefiguró
los fascismos. Este libro completó nuestra actitud vital: nihilismo,
activismo, neurosis activista, romanticismo, todo ello racionalizado -en la
medida de lo posible- y puesto al servicio de la “teoría de la escalera” y de
sus derivaciones estratégicas. Ya se
sabe que un “fascista” es un pesimista activo (no recuerdo si fue
Malraux o Drieu quien lo definió así). Lo importante es que este pastiche de
lecturas nos obligaba a reflexionar, seleccionar, alternar referencias, pero,
sobre todo, nos mantenía ideológicamente vivos, aportaba calor y nuevos
combustibles a los ideales que ardían en nuestro cerebro juvenil. Y, además,
nos daba ejemplos históricos. Unos para seguir y otros solamente para
prevenir desviaciones o ensoñaciones.
Cuando Franco agonizaba, yo estaba escribiendo mi primer libro: “Minimanual
de Lucha Política” del que solamente se publicaron 25 ejemplares... Creo que se han perdido todos e, incluso, la policía incautó el
ejemplar que poseía. Lo importante de este trabajo, que me llevó casi un año, es
que, no solamente resumía el contenido del cursillo que nos había dado Delle
Chiaie sobre “guerra revolucionaria” y “técnicas políticas”, sino que lo
ampliaba con tres anexos: sobre Guerrilla Urbana, Guerrilla Rural y técnicas de
propaganda. Esto me había obligado a leer toda la literatura existente en
ese momento, incluida documentación sobre las guerrillas urbanas y rurales
iberoamericanas (de los que la “Tacuara” de Joe Baxter, fue la primera de todas
ellas), las experiencias castro-guevaristas, el maoísmo chino y su teoría sobre
la “guerra revolucionaria”, las experiencias armadas de la extrema-derecha en
la postguerra (OAS) y toda la literatura que podía existir sobre el tema,
incluida documentación disponible del Estado Mayor (los libros del General Díaz
de Villegas), junto a folletos que me habían llegado de Italia y Francia. En
los últimos años nunca me he visto con fuerzas para reconstruir todo aquel
bagaje de conocimientos adquiridos cuando apenas tenía 23 años. De hecho, no
hubiera servido para nada. Tal como deduje a finales de los 80, existía una
desproporción entre grupos dispuestos a la “lucha armada” (léase, terrorismo) y
los efectivos y recursos del Estado. Solamente bastaba tener voluntad de
victoria para liquidar a los grupos guerrilleros y/o terroristas. De lo
contrario, la lucha era imposible, tal como se demostró entre las amnistías en
cadena de 1976-77 y la derrota efectiva de ETA, a finales del milenio, que
Zapatero, con su estupidez congénita, convirtió en “negociación”.
En los años 70, tenía sentido estudiar las estrategias castristas,
guevaristas y maoístas, habida cuenta de que se estaban poniendo en práctica,
incluso en Europa Occidental. Las sucesivas derrotas de ETA, de las Brigadas
Rojas, del IRA, de la Banda Baader, de los GARI, etc, etc, ha hecho ocioso
reconstruir esos episodios. La última vez que valoré la derrota del terrorismo
fue en un ensayo publicado en la revista Defensa a finales de los 80 (que
luego fue reproducido en una revista rumana editada por el Ministerio del
Interior de aquel país, poco después de la caída del comunismo). Básicamente, la
idea era que el Estado iba siempre por delante en la aplicación de las nuevas
tecnologías de seguridad. Mientras la seguridad del Estado contaba desde
los 80 con un superordenador (el “Berta”), el primero incautado a ETA solamente
lo fue diez años después, cuando el uso de la informática ya se había
generalizado. La “siembra” de cámaras de vigilancia contribuyó a hacer
imposible el terrorismo e, incluso, algunos delitos comunes… siempre y
cuando existiera voluntad de eliminar y perseguir a los delincuentes. En
España, obviamente, tanto los gobiernos centrales como algunos autonómicos con
mayoría de izquierdas, pareció más importante garantizar los “derechos humanos”
de los delincuentes que cualquier otra consideración. Pero no nos desviemos del
tema.
En un principio intentamos jugar sobre la construcción de un nuevo
líder. Conocía a Blas Pilar desde principios de
los 70. Con otro camarada, lo fuimos a ver al Valle de los Caídos en el curso
de unas “jornadas” de Fuerza Nueva. En la universidad estábamos rebasados en
una relación de 100 a 1, era imposible, no solamente hacerse oír, sino también
poder estudiar sin ser acosados por las hienas de izquierda y de
extrema-izquierda. Era una situación asfixiante y, fuimos acudimos a Blas para ver
qué opinaba. Nos respondió que “el comunismo era el brazo ejecutor del
diablo contra la cristiandad”, con lo que consideramos que estaba todo
dicho. Blas era un hombre moderado, educado, inteligente y, seguramente, el
mejor orador de la transición… pero también era un católico ultramontano para
el que toda política debía partir de principios religiosos. Años después,
le diría a Blas que el problema de Fuerza Nueva era que se autoamputaba
electorado: si bien era cierto que España era un país católico y que toda su
historia había girado en torno a catolicismo, desde la “conversión de
Recaredo”, no era menos cierto que, desde el Vaticano II, los vientos que soplaban
iban en dirección contraria a la confesionalidad del Estado y que la
Conferencia Episcopal, en aquel momento, compuesta por 90 miembros, solamente registraba
3 obispos favorables a las posiciones que defendía Blas (lo que suponía un
3,22%), mientras que la gran mayoría estaba alineada con las posiciones de
Tarancón, el motor eclesiástico de apoyo a la “transición”. Así pues, hacer
gala de integrismo religioso, suponía reducir el campo de aplicación del
partido Fuerza Nueva a un porcentaje situado entre el 3 y el 5% de la totalidad
de católicos del país. Pero Blas era, se me había olvidado decirlo, era un
hombre fiel a sus ideas, y en esta materia no estaba dispuesto a cambiar. Para
él era una cuestión de fe y si se cedía en este terreno se corría el riesgo de
ceder en cualquier otro…
Así pues, entre enero y mayo de 1976, tuvimos la sensación de que
la “oposición democrática” estaba pisando el acelerador de lo que sería la
“transición” y las fuerzas del “bunker”, perdían continuamente terreno y no
sabían cómo parar el marasmo del régimen. Blas
era, para nosotros, un católico fundamentalista que confiaba más en el Espíritu
Santo que en la elaboración de una estrategia; su fatalismo era casi apocalíptico.
En cuanto a Raimundo Fernández Cuesta y a su grupo, carecía para nosotros de
interés y lo veíamos abocado a perderse durante años en querellas intestinas
con otros grupos falangistas, sin entrar en el fondo de la cuestión: que las
ideas de Falange Española no se habían podido completar en la primavera del 36
y que, en los siguientes 40 años, nadie había tenido la talla suficiente para
reelaborar la doctrina y taponar los huecos. Y cuando se había intentado, el
remedio había sido peor que la enfermedad. En 1976 todavía se perdía el tiempo discutiendo
si José Antonio había ido o no al Congreso de Montreux: todas las tendencias
falangistas decían que no, pero los documentos exhumados en Italia afirmaban lo
contrario; aún no se sabía el alcance de la ayuda monárquica para la
constitución de Falange Española, ni el papel de los monárquicos, no solo en la
ayuda a José Antonio, sino también a Ramiro Ledesma. Los “pactos del Escorial”
con los monárquicos, firmados y rubricados por el propio José Antonio
permanecieron en secreto hasta que Stanley Paine los reveló, pero en 1976,
prácticamente ningún falangista le creyó. También era frecuente oír en todos
los grupos azules que “la Falange no es fascista”… ¡vaya si lo era! No
solamente lo era, sino que, además, José Antonio se había convertido en “agente
de influencia” de Mussolini a cambio de unos miles de liras para financiar el
partido, cuando la derecha monárquica, optó por cesar el apoyo a Falange y
centrarlo en el Bloque Nacional de Calvo Sotelo. En fin, eran cuestiones a las
que he dedicado cinco trabajos (José Antonio y los no-conformistas, Ramiro
Ledesma a contraluz, José Antonio a Contraluz, Espacio y área de Falange
Española, y Rostro y drama de Falange Española que pueden encargarse con
facilidad a Amazon) en total 2.000 páginas a falta de una “historia
canónica” elaborada por los propios falangistas (historia que no han
abordado para evitar desmentir los mitos
de los que se nutrieron durante el franquismo y en la transición), que,
entonces y ahora tienen solo interés histórico, ya que no político.
Así pues, decidimos colaborar con Fuerza Nueva. Yo llevaba
dos años escribiendo en el semanario así que era relativamente conocido en el
interior de los altos muros del partido. Pero, con todo, seguíamos pensando
que Blas no era el líder que precisaba la extrema-derecha. La única alternativa
que nos pasó por la cabeza fue la figura de Sixto Enrique de Borbón: era un
hombre dinámico y juvenil, con un innegable carisma, carlista, por supuesto,
pero también “camarada”, joven, valiente, de los que sabíamos que nunca daba un
paso atrás por dura que fuera la situación. Veíamos en él, un
equivalente al Comandante Borghese, tan directo como él, con un trato llano
para con sus camaradas, pero que, al mismo tiempo, inspiraba respeto y llamaba
a seguirlo. Por eso le apoyamos en la convocatoria del Montejurra 76. Creímos
que después de medio año de retiradas y derrotas, aquel acto podía marcar el
punto de partido de una contraofensiva. Se sabe lo que ocurrió después.
Delle Chiaie cometió el error de estar presente con otros
exiliados italianos. Se produjeron varios
enfrentamientos con resultado de un par de muertos por parte del carlismo de
izquierdas. En las fotos que se publicaron inmediatamente después de los
incidentes, no aparecían ni Delle Chiaie, ni Augusto Cauchi, y, creo recordar
que solamente era reconocible Jean Pierre Cherid, un exiliado de la OAS que
luego murió al explotarle en las manos la bomba que le habían entregado para
colocar en el contexto de los GAL. Cauchi era otro de los exiliados al que yo
mismo había introducido en España y que, procedente de Ordine Nuovo, pasó en
nuestro país a la órbita de Avanguardia.
Por cierto, hablando de Cauchi (fallecido hará cinco años en la
República Argentina). Aprendí de él muchas cosas. Cuando llegó a España, Delle
Chiaie me ordenó interrogarlo sobre los motivos que le habían llevado al
exilio. Después de engancharme por toda la eternidad al whisky con cola, Cauchi
me explicó que él vivía en Arezzo y que había llevado a las arcas del MSI
local, dinero de “de los militares, de los servicios de inteligencia y de la
masonería”. Grabé la conversación en un pequeño magnetofón y aquella fue la
primera información que nos llegó sobre la existencia de una logia masónica,
centrada en Arezzo, que había pagado al grupo local de Ordine Nuovo (y a Cauchi,
en particular) para cometer atentados, por los que no fueron molestados.
Sin embargo, debieron exiliarse cuando estalló la bomba del tren Italicus
(provocando una masacre con 12 muertos y 48 heridos) que ellos no habían
colocado… Luego supimos la Logia Propaganda 2, dirigida por Liggio Gelli desde
Villa Wanda, desde Arezzo, estaba moviendo algunos de los hilos del terrorismo
en Italia.
Tras el fracaso estruendoso del Montejurra 76, fue cuando nos
zambullimos en Fuerza Nueva, perdida la esperanza de desplazar el liderazgo de
las “fuerzas nacionales” hacia una figura más “abierta” en lo religioso, más
juvenil y carismática. Habría que lidiar con Blas, ayudarle en la “construcción
del partido” y lo hicimos con absoluta lealtad, propia del militante
comprometido con un partido político y con un líder, pero también conscientes
de que era absolutamente necesario rectificar la línea del partido,
“laicizarlo”, en una palabra (o si se prefiere, convertirlo en una “opción
política de carácter nacional” y no en un “partido confesionalmente
ultramontano apto para el 3-5% del electorado), y que estaríamos obligados a
hacer de “pepitos grillos” en muchas ocasiones.
En Barcelona, como ya he dicho, había tomado contacto con Fuerza
Nueva en febrero de 1976, pero no me integré formalmente en el partido hasta
unas semanas después. Por entonces, la sede de Fuerza Nueva estaba en la calle
Canuda a dos pasos de las Ramblas y próxima a la sede de las juventudes del
PSC(reagrupament), una de las facciones del socialismo catalán. El local
provisional estaba instalado en la antigua sede del Sindicato Español
Universitario, justo delante del Ateneo de Barcelona. Pronto me entendí bien
con el delegado elegido por Blas, un antiguo combatiente de la División Azul
que, al regresar del frente había tenido protagonismo en el sindicalismo
oficialista. Debió ser a principios de abril de 1976 cuando los anarquistas
y otros grupos de extrema-izquierda se enteraron de que la sede de Fuerza Nueva
estaba cerca de las Ramblas e iniciaron una campaña de hostigamiento. Pero
el partido apenas tenía militantes en Barcelona para defenderse, así que me
llamaron para ver si podía aportar “gente combativa”. Seguíamos siendo un grupo
informal, situado en las proximidades de FN, pero no integrados de hecho en su
“aparato”. Llamé a otro personaje que contaba también con un grupo de jóvenes
activistas. El día antes, debió ser el miércoles 7 de abril, nos reunimos para
ver qué podía hacerse. Indudablemente, a la vista de la inactividad policial y
de la negativa a desplazar una dotación de la policía armada para proteger la
sede, como los dirigentes de Fuerza Nueva habían pedido, lo mejor era dar
una lección a los izquierdistas que no pudieran olvidar nunca y les disuadiera
de ulteriores hostigamientos a la sede y a sus afiliados. La CNT tenía
convocada una manifestación en las Ramblas para el jueves y se esperaba un
nuevo ataque a la sede. Pero esta vez no sería como las anteriores:
responderíamos contundentemente. “Y que nadie lleve armas de fuego”,
fue la última frase que pronuncié. Pero el otro grupo no pareció darse por
enterado: uno llevó una pistola de 9 mm (con la que fue detenido) y otro, algo
más tosco, un hacha de leñador…
El resultado de los enfrentamientos de lo que se llamó “el jueves
negro” fue el envío de 95 izquierdistas al ambulatorio de Pere Camps y unos
enfrentamientos tan absolutamente brutales prolongados por espacio de tres
horas. Prácticamente, todo el centro de Barcelona
y las Ramblas, desde la Iglesia de Jesús y el Palau Mojá, con las calles
adyacentes, se convirtieron en zona de choques entre grupos rivales. No éramos
más de 20, pero con una capacidad de violencia que la izquierda no esperaba y
para la que no estaba preparada. Nunca más volvieron a intentar atacar la sede
de Fuerza Nueva…
Ahora bien: había algo me preocupaba en todo este asunto: daba por
supuesto que la policía intervendría inmediatamente tras conocer la noticia de
los primeros enfrentamientos entre grupos rivales, así pues, se trataba de “morder
y huir”: dar un golpe lo más duro posible a la extrema-izquierda, suficiente
como para disuadirle de futuras agresiones, breve en el tiempo, para luego
replegarnos a la sede de Fuerza Nueva y evitar que la intervención policial. Pero
lo que ocurrió no fue lo esperado. La policía, durante tres horas no intervino.
Y, entonces, me pregunté ¿por qué la policía permitió que grupos rivales
chocaran en el centro de Barcelona durante tres horas, limitándose a situarse
en la Plaza de Cataluña desde el primer momento, pero sin descender a la “zona
de combate”? Después de tres horas de choques, en algunos casos,
absolutamente sangrientos, resultaron detenidos algunos de los nuestros: uno en
la calle Pelayo y otro en la calle Tallers, éste con un arma corta. Como la
policía no intervenía, salimos varias veces de la sede de Fuerza Nueva para
rematar la operación de castigo.
Recordando aquellos choques creo que no se produjo algún muerto de
puro milagro. Cuando, a eso de las 22:30 juzgué que había que disolverse y
valorar la situación, recorrí en mi Sanglas 400 (me acompañaba en aquel
momento Carlitos Oriente al que acababa de conocer) las Ramblas en dirección a
Pere Camps; a la altura de la Cervecería Baviera, un grupo, incluidos dos
guardias urbanos, parecían atender a un herido en el suelo, apoyado en la pared
del inmueble que se sostenía a duras penas la oreja prácticamente desprendida
del cráneo. Lo único que atinaba a decir era: “están locos… iban con
hachas…”. En Pere Camps, un bedel, antiguo divisionario, nos recibió
preguntándonos qué habíamos hecho… no dejaba de ingresar gente con heridas de
distinta consideración. Afortunadamente, la mayor parte fueron dados de alta
era misma noche. Pero la pregunta seguía en pie: ¿Por qué la policía nos
había dado implícitamente tres horas de “gracia” antes de intervenir?
La primera respuesta era obvia: sin duda, por orden de Sánchez
Terán, gobernador civil de Barcelona en sustitución de Rodolfo Martín Villa,
entonces ministro del interior. Un suboficial de
policía que fue enviado al día siguiente del “jueves negro” a custodiar, con
una pequeña dotación la sede de Fuerza Nueva, me dijo que nuestra acción “era
lógica después de cinco ataques consecutivos a la sede”. Y tan lógica, pero
seguía sin explicármelo: ¿por qué nos habían dado tres horas de margen antes de
intervenir? Nosotros no lo habíamos pedido y esperábamos una actuación policial
inmediata para cortar los enfrentamientos... actuación que no se había
producido.
El otro grupo activista, cuyo jefe había resultado detenido en la última
fase de los incidentes, siguió en las semanas posteriores generando episodios
de violencia: incendio de la cabaña de una
mendiga en las laderas del Tibidabo, bomba incendiaria en la Sala Villarroel,
incendio de la librería PPC en la calle Santa Ana, también cerca de las
Ramblas, asalto con un herido grave a la sede los jóvenes del PSC(r), varias
agresiones y atentados incendiarios… todos sabíamos quiénes eran y qué
estaban haciendo en cada momento, donde tenían su “base” y de quién recibían
cierto apoyo. ¿Por qué no los detenían? Sin duda, porque Sánchez-Terán no había
dado la orden. Bien y, ¿por qué se les permitían actuar con práctica
impunidad?
Y, entonces, estalló la bomba del Papus… Entonces empecé a comprender cómo se estaba impulsando la
“transición”.
Recordé que Augusto Cauchi y el grupo de Ordine Nuovo de Arezzo
había sido financiado para que cometiera pequeños (o no tan pequeños)
atentados, pero que fue solamente reprimido tras el atentado del tren Itálicus..
¡justo el que ellos no habían cometido! Resultaba inevitable que la opinión
pública aceptara como culpables del “gran atentado” a aquellos sobre los que no
cabía la menor duda de que habían cometido “pequeños atentados”.
Medio años después del “jueves negro”, tuvo lugar el atentado a la
revista Papus y solo entonces fueron detenidos los miembros del grupo
que nos había ayudado en la represalia contra los asaltantes del local de
Fuerza Nueva. Lo he dicho y repetido en múltiples ocasiones, incluso en
documentales realizados sobre aquel atentado: los autores materiales del
atentado contra el Papus no han sido nunca detenidos y los que fueron
presentados ante la opinión pública como “autores”, no eran, desde luego unos “angelitos”:
tenían sus culpas (y no pocas), pero la bomba del Papus no figuraba entre ellas.
Existió, además, una feliz confusión que la opinión pública, ni la prensa de la
época, fue capaz de aclarar: la policía ocupó al grupo presentado como “autor”,
varios cartuchos de Goma-2. Yo había visto esos cartuchos y sabía
perfectamente de dónde habían salido (de Lérida) y sabía también, incluso que
la persona que los habia entregado, para evitar problemas, no había dado detonadores
con lo que los cartuchos eran absolutamente inútiles. Sabía que los receptores
de los cartuchos habían buscado a diestro y siniestro alguien que se los
pudiera facilitar, incluidos varios confidentes de la policía.
Además, se trataba de cartuchos absolutamente inservibles, grasientos
y exudados, con la capacidad explosiva prácticamente reducida a cero. Y, por lo demás, ¡los cartuchos entregados eran los mismos en
número que los cartuchos intervenidos por la policía…!, sin olvidar que la
brutalidad de la explosión era tributaria, no de la discreta y siempre
degradable Goma-2, sino del mucho más estable y modelable explosivo C4 que
solamente se podía obtener en 1976 en arsenales militares.
En 2011 se estrenó el documental Anatomía de un atentado en
el que fui entrevistado e invitado a hablar en la presentación, junto con
algunos dibujantes del Papus y el director de El Periódico
Antonio Franco. Hablé en segundo lugar recordando que la sentencia judicial
condenaba a los acusados por “tenencia de explosivos, pero no por la autoría
del crimen” y dije bien claro que el asesinato seguía impune, algo que la
prensa había ocultado deliberada y persistentemente. Antonio Franco mostró
hacia mí una agresividad y un odio difícilmente comprensible en el clima de
debate en el que se desarrollaba el acto, hasta el punto de que intentó negarme
el saludo. Se vio obligado a saludarme por el mal ambiente que habría creado su
negativa en un momento en el que, los asistentes a la presentación habían
entendido perfectamente que “algo” no encajaba en la “versión oficial” de la
transición. El Periódico, por supuesto, pertenecía a la Cadena Z, una de
las empresas que más “fakes” habían difundido durante los años de la transición
sobre la extrema-derecha. El diario apareció años después del atentado, pero
llegó a tiempo para presentar a los juzgados como culpables del crimen. Y no
se trataba, incluso 40 años después, de que alguien cuestionara el papel de la
prensa en la “versión oficial” de la transición.


















