jueves, 14 de octubre de 2010

La guerra para salir de la crisis se va concretando. ¿Morir por Beluchistán?

Infokrisis.- De la misma forma que cuando el viento cesa y los animales desaparecen, estamos ante la posibilidad de un tsunami, cuando una agencia de prensa norteamericana multiplica sus partes exponencialmente en apenas dos meses sobre determinada zona del planeta, es que ahí va a ocurrir algo. Eso precisamente ha ocurrido con Beluchistán ¿Será Beluchistán el Danzig del año 2010? ¿Será ese el origen del conflicto que desde el inicio de la crisis económica venimos temiendo muchos observadores políticos como el que debería poner en marcha la maquinaria económica mediante una guerra destructiva y de aniquilación masiva? Mucho nos tememos que todo apunta en esa dirección.

En principio Beluchistán es una zona alejada del planeta de la que no todos tienen muy claro en dónde se encuentra. Su nombre evoca Asia, pero cuesta situarla sobre el plano. Nunca ha sido una zona particularmente interesante para la prensa occidental, salvo en los dos últimos meses en los que diariamente los teletipos escupen informaciones continuamente sobre esa remota zona. El día 20, por ejemplo: Efe reproducía una noticia que antes ha difundido AP: “Pakistán, preocupada por el posible aumento de tropas de EEUU en Afganistán”. Pocas horas antes otras dos noticias habían llegado a la placidez de las redacciones: “La Policía paquistaní detiene a tres potenciales suicidas en la ciudad de Quetta” (Quetta es una de las ciudades más importantes de Beluchistán). Ese mismo día, el ministro de educación de la provincia resultaba asesinado. En los últimos 60 días, Beluchistán se ha convertido en foto prioritario de la atención de las agencias de información. ¿Por qué?

Beluchistán en los años 80

Agosto de 1980, las tropas soviéticas empiezan a soportar la acción de la guerrilla afgana. Desde Europa no esta muy claro todavía por qué los soviéticos han acometido la invasión de aquel país. Se dice que para instaurar a un gobierno comunista dirigido por el Partido Democrático Popular de Afganistán. Desde abril de 1978 este partido había accedido al poder dirigido por Amín Tarakí, instaurando lo que se llamó en la jerga marxista una “revolución democrático-nacional”. Sin embargo, año y medio después, otro miembro del mismo partido, Hafizulá Amín, encabezó una revuelta palaciega, ejecutando sumariamente a Taraki. No acabarían ahí las cosas, porque en una sucesión de incidentes inexplicables –entre los que figura el asesinato del embajador norteamericano Adolph Dubs- Amín fue derrocado por otra fracción del PDPA liderada por Brabak Karmal. Esto ocurría el 24 de diciembre. Tres días después, las tropas soviéticas atravesaban la frontera con la intención declarada de “ayudar al legítimo gobierno afgano”. Había comenzado la guerra ruso-afgana que duraría nueve años. En efecto, a principios de 1989, los últimos soldados soviéticos se retiraron de Afganistán. El Muro de Berlín caería unas semanas después y con él, la propia URSS.

A poco de producirse la invasión de Afganistán los servicios de información militar franceses elaboraron un amplio estudio que se filtró a determinados medios civiles. En dicho informe se aludía a que los soviéticos habían invadido Afganistán por una especie de determinismo geopolítico que arrancaba de los tiempos del zarismo. Rusia era una potencia continental sin acceso a los “mares cálidos” del Sur (al Océano Índico, en concreto) y muy limitada por la extensión de su frente marítimo en el Este, su ausencia casi total de salida marítima en el Oeste (muy problemática tanto en el Mar Negro, cerrado por Turquía en el cerrojo del Bósforo y los Dardanelos y más problemática aun en San Petersburgo al final del callejón naval del Báltico). Con invasión de Afganistán, la URSS –heredera geopolítica del Imperio de los Zares- aspiraba a aproximarse a los “mares cálidos” en una estrategia expansiva diseñada dos décadas antes por el Almirante Gorschkov, cerebro estratégico y geopolítico del imperio soviético.

Pero, a pesar de acercarse a las aguas del Índico, la invasión de Afganistán no resolvía completamente el problema. Entre las provincias del sur de Afganistán (Kandahar, Helmand y Nimruz) y las costas del Índico media una distancia de algo menos de 500 km. Esa zona, estratégicamente esencial, es Beluchistán… en inglés Balochistán.

El valor geoestratégico de una región

Beluchistán, como el Kurdistán, es una zona geográfica dividida (y disputada) entre distintos Estados. Su zona norte conforma el sur afgano con la importante ciudad de Kandahar. El oeste pertenece a Irán (conocida como Sistán, de donde son oriundos varios importantes ayatollahs chiítas) en gran medida desértica, mientras que el Este pertenece a Pakistán. Más allá, cuando el viajero topa con los montes Sulayman, eso le indica que está dejando atrás el Beluchistán y entrando en la importante región paquistaní de Punjab.

El sur, por su parte, limita con el mar Arábigo… a pocas millas de la saluda del Golfo de Omán por el que discurre la mayor parte del petróleo extraído de Kuwait, Irak, Irán y una parte del extraído en Arabia Saudí embarcado en los puertos de Ra’s al Kafhi y Al Jubalyl. Beluchistán no es una región particularmente rica… su riqueza depende de su particular situación estratégica que, por sí misma, asegura que quien controle la zona controlará así mismo el flujo de petróleo.

Se trata de una zona tribal, fácilmente desestabilizable en donde sus habitantes apenas tienen conciencia de pertenecer al Estado Afgano, a Paquistán o a Irán. Su organización ancestral no va más allá de la tribu y su religión es el Islam.

El Beluchistán era importante para la URSS en los años 80 por un doble motivo: suponía la culminación de su marcha hacia los “mares cálidos” y, al mismo tiempo, era uno de los jalones de la estrategia diseñada por el Almirante Gorschkov para cortar la “ruta del petróleo” que transcurría desde el Golpe Pérsico a Europa Occidental y a los EEUU. Caída la URSS, el valor estratégico de la zona no decayó sino que, por el contrario, no cesó de crecer.

Dentro de la estrategia norteamericana asumida desde la “doctrina Carter” (1978) según la cual todo lo que se refiere al petróleo y al control de los pozos y de las reservas es definido como esencial para la defensa de los EEUU, la zona del Beluchistán emerge con personalidad propia. Controlando la zona se clava una espina en el flanco sur de Irán, se amputa a la insurgencia afgana de una de sus bases más sólidas y la merma territorial que sufriría Paquistán se compensaría fácilmente con un decidido apoyo frente a su enemigo secular, India. Por otra parte, Paquistán, dado su enfrentamiento con India y a la existencia de un fuerte movimiento islamista radical en el interior, es el eslabón más débil de toda la cadena de Estados conflictivos del sur de Asia Central.

Paquistán es mirado con desconfianza desde el Pentágono. Tiene tecnología, recursos, población, mantiene excesiva amistad con China y con Rusia y su decantamiento definitivo por una opción anti-norteamericana o no-norteamericana implicaría que las posibilidades norteamericanas de controlar la estratégica zona del golfo de Omán y, por tanto, de dar salida naval al petróleo extraído en el Golfo Pérsico se reduciría a cero.

De ahí que los EEUU sean hoy los primeros interesados en debilitar a los Estados de la zona, desgastarlos en conflictos secesionistas, mediante la creación de un Estado artificial, Beluchistán, que llevaría inicialmente la sangre y el fuego a aquella región.

¿Por qué una guerra?

¿Quién estaría interesado en implicar a Irán y Pakistán en un conflicto armado de dimensiones incalculables y de desestabilizar la zona para crear un Estado artificial? Los EEUU. ¿Por qué? Por que la guerra es la única salida a las grandes crisis económicas, la única posibilidad de hacer girar de nuevo el mecanismo (sobre todo cuando las guerras estallan a miles de kilómetros de las propias fronteras nacionales e implican destrucciones solamente en terceros países).

Así se salió de la crisis de 1929. Finalmente se ha reconocido que lo que logró la reactivación de la economía norteamericana en los diez años que siguieron al inicio de la Gran Depresión, no fue el New Deal de Roosevelt (caracterizado por fuertes políticas de inversión estatal y obras públicas) sino por el estallido de la guerra en 1939. De ahí el interés del Reino Unido por apoyar el dominio injustificado e injustificable de la antigua Danzig por parte del Estado Polaco y de arrastrar a Francia en una guerra de la que ella sería la primera damnificada. Fue a partir de la declaración de guerra franco-británica a Polonia que la maquinaria industria norteamericana empezó a funcionar y a producir material bélico y manufacturas para el Reino Unido. EEUU salió de la crisis económica gracias a impulsar al Reino Unido a entrar en guerra (el eje anglosajón a ambos lados del Atlántico fue, desde 1830 esencial para la política de ambos países y persiste hasta hoy) contra Alemania.

Hoy, cada vez más observadores se sienten alarmados por la posibilidad de que la cada vez más difícil situación de la economía norteamericana precise de una fuga hacia adelante traumática para salir del pozo en el que se encuentra. Beluchistán puede ser el casus belli para un conflicto localizado que consumiría en pocos meses miles de millones de dólares en armamento producido en EEUU, al menos para una de los contendientes.

¿Intervendrán los EEUU directamente o simplemente apoyarán a uno de los contendientes o instigarán el conflicto? Cualquiera de las tres posibilidades es válida. No hay que olvidar que, inexplicablemente, Obama ha reiterado sus amenazas contra Irán, una de las partes que, necesariamente estarán implicadas. La excusa para intervenir en Beluchistán puede proceder perfectamente de que es ahí en donde los talibanes reciben suministros. Una guerra allí localizada en el Beluchistán paquistano-iraní seguiría siendo para los EEUU una prolongación de la “guerra contra el terrorismo” y sería fácil de justificar ante la opinión pública de ese país: el “eje del mal opera desde Beluchistán”.

Otra posibilidad es que los EEUU apoyen a los movimientos independentistas de la zona. No sería la primera vez que cualquier independentismo es apoyado por los EEUU como medida de presión contra algún régimen político (hace menos de un mes, el ex ministro de Defensa español Otero Novas, declaró que los EEUU habían amenazado con apoyar a Antonio Cubillo y a su minúsculo MPAIAC, si España no aceleraba su ingreso en la OTAN durante la transición). Ese régimen causaría problemas tanto a Irán como a Paquistán y supondría y especialmente debilitaría las ambiciones hegemónicas de ambos países en la zona, obstinados en querer convertirse en “potencias regionales”.

De lo que no cabe la menor duda es que los EEUU están hoy más interesados que nunca en mantener un puente continental que vaya del Océano Índico a las cuencas petroleras de Kuwait-Irak y al Caspio. Nada de todo esto es nuevo y ha sido enunciado, entre otros por Zbigniew Brzezinsky en su obra El Gran Tablero Mundial que planteaba sin ambages las distintas estrategias norteamericanas para mantener una presencia hegemónica en Eurasia. La ruta que empieza en Beluchistán llega al Caspio. Los norteamericanos están presentes (aunque de manera muy precaria) en Afganistán y en la última etapa del recorrido, Uzbequistán, república ex soviética, formalmente aliada de los EEUU a pesar de que su religión mayoritaria es el islamismo sunnita.

Olor a petróleo

Es petróleo está, desde luego, en el trasfondo del conflicto. Y China anda cerca. En un informe difundido por Global Research a principios de noviembre titulado Desestabilizando Baluchistán, Fracturando Paquistán, escrito por Mahdi Darius Nezemroaya se alude a la posibilidad de que el oleoducto IPI (Irán-Paquistán-India) termine desviándose hacia China. Esta posibilidad, considerada como muy real por la inteligencia norteamericana, haría peligrar la posibilidad de los EEUU de contener a China, limitando su acceso a la energía. Por el momento, otra república ex soviética, Turkmenistán, ya ha instalado un gaseoducto que alimenta a Irán, es cuestión de tiempo que otra tubería similar se oriente hacia China. Para los EEUU y para el mantenimiento de su posición hegemónica es absolutamente imprescindible limitar las posibilidades de que China acceda a suministros seguros e intocables de energía. Por eso mismo, los EEUU no pueden retirarse en estos momentos de Afganistán: en caso de hacerlo, los señores de la guerra locales tardarían poco en articular pactos con Irán y China.

La posibilidad que se abre a los EEUU es balcanizar la zona, rompiendo estados actualmente existentes y creando microestados que poder dominar fácilmente situados entre Irán y China. Con un Irán y un Paquistán divididos, con un Afganistán partido en dos, con las partes amputadas a estos tres estados y adicionados en un Beluchistán independiente, los EEUU matarían varios pájaros de un tiro. No sería nada que no se haya hecho ya en Yugoslavia durante los años 90: se facilita la creación de pequeños estados y luego se recurre en su ayuda. En EEUU existe una fascinación popular por ayudar al “débil” ante la amenaza del “fuerte”. Si bien la opinión pública norteamericana es reacia a una intervención directa en Irán, aceptaría ayudar a los independentistas de Beluchistán en su lucha contra las dos potencias que perderían más por su creación: Irán y Paquistán. La consigna del Pentágono en la zona es “Caos Controlado”.

De Bush a Obama

¿Ha cambiado la percepción del gobierno americano sobre la política a seguir en la zona? En absoluto. Tanto aquellos a los que se ha calificado como “realistas” (la administración Obama), como los que fueron considerados “halcones” (neoconservadores de la administración Bush) están prácticamente de acuerdo sobre la política a aplicar en la zona. Ambos opinan que en política internacional no existe “moral” sino “intereses” y los que cuentan –los únicos que cuentas- son los de EEUU. De ahí que haya sorprendido la negativa de Obama a retirarse de Afganistán (e incluso su decisión de aumentar tropas) como sus reiteradas amenazas a Irán, como en los mejores tiempos de Bush.

Por otra parte, siempre que la administración Obama tiene que adoptar una decisión para la zona consultan a la misma persona: Brzezinski, el cual nunca ha ocultado sus orientaciones hegemónicas en la zona. Por el momento Irán tiene la seguridad de que EEUU y el Reino Unido están tras los atentados del 18 de octubre pasado en los que resultaron muertas 31 personas. El ataque se produjo en el Beluchistán iraní contra la Guardia Revolucionaria de Irán y fue reivindicado por los “Soldados de Dios”. Entre las víctimas se encontraban dos militares de alto rango iraníes y varios líderes tribales.

Si, como se acepta unánimemente, el volumen de partes enviados por las agencias de prensa internacionales son el barómetro más seguro para medir la tensión en una zona, el Beluchistán es, sin duda, la zona más caliente del planeta en estos momentos. Todo induce a pensar que en los próximos meses la tensión va a ir creciendo. Nuestras tropas están cerca, en Afganistán (donde nunca debieron ir y de donde deben volver lo antes posible). La cuestión es si la guerra que vendrá se librará mediante peones interpuestos (iraníes, beluchos, pastunes…) o será un conflicto en el que la OTAN (y por consiguiente nuestros soldados) deberán acudir al toque de pito del Pentágono. Una guerra instigada por terceros para satisfacer ambiciones geopolíticas nunca es aceptable. Vale la pena preguntarse, no solo si estamos dispuestos a que muera soldados nuestros en un conflicto de este tipo, sino qué podemos hacer para detener la locura que se va a abatir –que se está abatiendo- sobre Beluchistán.

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Un conflicto latente


Tras la independencia de la India y Paquistán  en 1947, el Beluchistán se declaró independencia acaudillada por Mir Ahmed Yar Khan. A principios de 1948, el ejército paquistaní intervino y sofocó la revuelta en 1949. El conflicto no terminó entonces al rechazar parte de la población belucha el acuerdo. El príncipe Abdul Karim (hermano de Yar Khan) inició una insurrección guerrillera amparado en los santuarios de Afganistán.

La represión paquistaní fue feroz y la URSS prefirió mantenerse al margen del conflicto. Otro tanto hicieron los pastunes quedando muy mermada la base social de la insurrección. En 1955, los focos guerrilleros habían sido sofocados, pero se reavivaron en un tercer conflicto durante los años 1958-69 y posteriormente entre 1973-1977. En 2004 se produjo un nuevo avivamiento de las hostilidades.

El hecho de que las fuerzas armadas paquistaníes utilizaran la zona para realizar ensayos de bombas nucleares a partir de 1998 contribuyó al último estallido independentista en el año 2004.
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Jundalláh: ¿Soldados de Dios o del Pentágono?


La mayoría de los atentados cometidos en el Beluchistán iraní son firmados por Jundalláh, literalmente “soldados de Dios”. Oficialmente operan desde 2005 a partir de “santuarios” paquistaníes. Desde Irán no cabe la menor duda: si existen realmente se trata de un grupo controlado por la inteligencia norteamericana e inglesa. Su objetivo fundamental son acuartelamientos de los Guardianes de la Revolución. El 14 de febrero de 2007 atentaron en la capital del Beluchistán iraní asesinando a 11 civiles. Resultaron detenidos cinco terroristas, uno de los cuales fue ejecutado públicamente pocos días después.

A raíz de este atentado, Irán convocó al embajador paquistaní al constarle que según las confesiones de los detenidos habían partido de ese país para realizar su raid. Todos ellos habían reconocido su pertenencia a Jundalláh. Igualmente, el diario The Telegraph (07.05.07) publicó un artículo titulado “Bush aprueba operaciones encubiertas contra Irán”. El apoyo a Jundalláh estaría incluido en este plan. Ambos medios reconocían que en este momento no era posible justificar ni emprender una guerra contra Irán por lo que se abría un frente insurreccional en el Beluchistán iraní protagonizado por este grupo armado. Nada que los norteamericanos no hubieran hecho antes, por ejemplo, en Kosovo.

Jundalláh no sería, pues, más que una pieza de la guerra de “baja cota” iniciada contra Irán. A partir de ese momento, Jundalláh pasó a justificar sus crímenes asegurando que luchaban por los “derechos humanos de los baluchis”, eludiendo presentarse como lo que eran: un grupo islamista. Sin embargo, sus atentados nunca han tenido nada que ver con la defensa de los derechos humanos, sino que siempre han intentado debilitar a la administración iraní en la zona, mediante el terrorismo selectivo particularmente contra el núcleo duro del régimen iraní: los Guardianes de la Revolución.

Jundalláh está dirigido por Abdul-Malak Rigi que, como el kosovar Hamim Tazci, no es más que un contrabandista implicado en el tráfico de drogas de Afganistán al “corredor turco de los Balcanes”. En la sórdida guerra que la CIA lleva contra el régimen iraní, el tráfico de drogas ha ocupado un lugar esencial en la desestabilización de Irán donde se evalúa en más de ¡un millón! los heroinómanos existentes en el país beneficiados por los bajos precios de esta droga en la región.

Jundalláh tiene un pequeño “frente político” que, hasta ahora, opera solamente en Paquistán, el Anjuman-e-Sipah-e-Sahaba. Esta minúscula formación ha multiplicado sus violencias contra chiítas y cristianos paquistaníes y dicen tener el Mullah Omar como uno de sus inspiradores doctrinales. 

Hace falta recordar que el ISI, los servicios secretos paquistaníes, forman un Estado dentro del Estado y actúan por su cuenta o bien como subcontratistas de otros servicios de inteligencia extranjeros en la zona (se ha resaltado la paradoja de que Paquistán no es un Estado con un Ejército, sino un Ejército con un Estado anexo). En Irán se sospecha que el Jundalláh puede beneficiarse del concurso y el apoyo del ISI que es lo mismo que decir de norteamericanos e ingleses.

© Ernest Milà – infoKrisis – infoKrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen