viernes, 15 de octubre de 2010

La colonización de Europa. Guillaume Faye. Capítulo IX. LA NECESIDAD DE UNA CRISIS MUY IMPORTANTE

Resumamos: el comunitarismo y el asimilacionismo son callejones sin salida. Las expulsiones efectivas de los clandestinos, la preferencia nacional (o europea), el restablecimiento del derecho de sangre son impensables en el ambiente ideológico actual, porque es demográficamente demasiado tarde, y debido al ritmo de los nacimientos de inmigrantes.

En el marco del sistema actual, es imposible resolver el problema. Incluso limitando la inmigración por reformas de base estrictamente republicanas y constitucionales, como aquellas que proponen el FN y el MNR, adoptando el derecho de sangre plenario, se enfrentaría con insuperables resistencias y no resolvería los problemas de las masas extranjeras de nacionalidad francesa, nacidas en Francia o naturalizados. Todas las soluciones propuestas fallaron en el sistema actual. Hace falta, en consecuencia, cambiar de sistema. Los matemáticos bien lo saben: existen ecuaciones sin solución, salvo si se cambia de referencia. Afrontar el problema supone una crisis grave que cambiará las mentalidades y permitirá transgredir los dogmas ideológicos y los tabúes actuales.

Es solamente si estalla una guerra civil étnica que la solución podrá ser encontrada. En efecto, hace falta que las mentalidades se precipiten bajo la presión de las circunstancias de tal modo que son admitidos remedios drásticos que son impensables en frío. Si pero... ¿Es previsible una crisis muy importante? ¿Acaso el sistema no se acomodaría a una sociedad multirracial incluso conflictiva, adaptándose a la presión del islam, dirigiendo la criminalidad afro-magrebí y la invasión territorial? ¿Son sus capacidades de absorción, de digestión, de maniobrabilidad ilimitadas? No lo creo. Hemos alcanzado los límites y los umbrales de adaptación, y la ruptura es probable. He aquí por qué.

El Estado francés, habida cuenta de la debilidad de sus medios, va rápidamente ver la situación escapársele de sus manos, y preferentemente desde dos frentes.

1º) La delincuencia crónica y las guerrillas territoriales manejadas por las bandas étnicas no hacen más que amplificarse; por otra parte, nadie, ningún gobierno, ha podido detener el derrumbe progresivo de la escuela pública y de la escolarización de los inmigrantes. No se ve qué podría invertir la tendencia. Al contrario: los flujos migratorios constantes e incontrolados debido a su diferencial demográfico, la masa de jóvenes Afro-magrebís -y ahora asiáticos- rompiendo con nuestro tipo de sociedad no dejará de aumentar. La integración no funciona y no funcionará, en primer lugar por el hecho del barbarismo crónico de sus protagonistas, luego porque las perspectivas económicas de empleo y de prosperidad son muy sombrías para el siglo XXI: los efectos conjuntos de la globalización librecambista y el peso creciente de las jubilaciones y las prestaciones socio-sanitarias impiden toda "fiebre inmigratoria" hacia una oleada de creación de empleo masiva. Se asistirá al contrario a una intensificación del "comunitarismo", es decir, a la extensión constante de campiñas socio-culturales y de enclaves territoriales de comunidades extranjeras cada vez más reivindicativas, tanto como exija el avance de su empresa de colonización violenta.    

2º) El carácter cada vez más urgente de la conquista territorial y étnica manejada en el caos por los jóvenes inmigrantes (venganza y resentimiento) tuvo ya su eco en una voluntad de implantación organizada del islam en Europa, activamente sostenido por bastantes países extranjeros. Con el crecimiento constante de las poblaciones afro-magrebíes, de los partidos islámicos y de otros representantes, los afro-magrebíes vienen con el objetivo de participar en el poder. Y para formular exigencias. Lo que nuestra clase política, cegada por su pusilanimidad y su ignorancia de la historia, aún no percibe.

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La ruptura (es decir, el derrumbe del sistema en el caos, de donde saldrá un nuevo sistema) se producirá cuando las tres condiciones siguientes sean completadas.

1º) Cuando las fuerzas del orden, lo cual no hará esperarse, no sean ya físicamente capaces de contener seriamente las exacciones de las bandas étnicas cada vez más numerosas y de ahogar las bolsas de criminalidad que nacen cada un año un poco por todas partes. Mientras será necesario que se alcance un umbral de exacciones tal que la población no se perciba a sí misma más desamparada en un estado de "inseguridad" como hoy, pero totalmente de guerra civil. Como los Pieds-Noirs, antes, en Algeria.

2º) Cuando el islam, con cada vez más peso, formule exigencias de poder y de privilegios, según el imperativo que hemos visto más arriba debido al Dar al Islam que se basa en: exigir, primero, en las zonas en las cuales controlan los municipios, la aplicación de la lei coránica como reemplazo del del Estado laico. Vamos por buen camino.

3º) Para que la chispa se produzca, es necesario una crisis económica complementada por una crisis socio-étnica. De un modo más simple, se trata de que la precariedad económica que toca actualmente a las clases medias se acentúe y que el paro progrese aún más. En efecto, una sociedad que vive en el optimismo de la abundancia material encaja todos los golpes; pero no si se halla desestabilizado por la amenaza de la pobreza. Esto se vio bien claro en los tiempos de las revoluciones italianas y alemanas. No es lugar de dispensar aquí un curso de economía, pero esta situación tiene muchas probabilidades de producirse en los diez primeros años del siglo XXI.
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Es necesario añadir un punto fundamental y en el fondo muy positivo: la fragilidad de esta sociedad disminuye todos los umbrales de percepción de las crisis. Dicho de otro modo, para que una reacción se produzca, para que un derrumbe de las mentalidades tenga lugar, no se necesita demasiado. Las personas se ponen a prueba en la guerra civil, evalúan las graves amenazas, toman partido por salir de un nivel no muy elevado de desorden. Este fenómeno ha sido bien puesto de relieve por el etólogo Konrad Lorenz en su teoría de "los umbrales del placer y displacer" en su ensayo La Otra Cara del Espejo. En una sociedad muy mediatizada y al mismo tiempo fragilizada por el hábito del confort y de lo omnipresencia de la técnica, un nivel bastante débil de desórdenes puede provocar el derrumbe de las mentalidades.   

A aquellos que afirman que esta sociedad puede dirigirlo todo, absorberlo todo, hace falta contrastarles que las crisis más pequeñas pueden ser psicológicamente multiplicadas (sobre todo debido al hecho de la amplificación mediática) y crear los miedos colectivos. Y en consecuencia provocar una situación revolucionaria, a partir de la cual lo imposible hoy se convierte en posible mañana.

Cien muertos en un tumulto urbano durante el siglo XVII o hoy en la India, no es nada. Cien muertos en un tumulto en Francia, Bélgica, o en la Italia contemporáneas son un seísmo.

En pocas palabras un agravamiento incluso moderado de la situación actual (respecto del plano económico y étnico) puede provocar una situación políticamente insurreccional. Las fuerzas internas de resistencia y de rebelión de los Europeos, llegados al límite, pueden despertar; no seamos demasiado pesimistas. En todo caso, mi idea, que no impongo como un dogma pero que lanzo al debate, es la siguiente: ¿No es la situación insurreccional más prometedora que la constitucional?

No existe ningún medio serio de encauzar estos fenómenos en el marco de la social-democracia europea actual. Todos aquellos que piensan, tanto a la derecha como a la izquierda, que los "problemas de la inmigración" pueden ser resueltas de manera suave, racional y guay por algunos, por una integración forzada a la americana por los otros, se equivocan gravemente. Todo ello simplemente porque la inmigración no es un "problema" que se ha impuesto con calma, pero una guerra que se nos hace. Sin embargo, una guerra sólo concluye a través de una derrota o de una victoria.    

(c) Por el texto: Guillaume Faye

(c) Por la Edición Francesa: Editions de l'Aencre

(c) Por la traducción castellana: Miguel Ángel Fernández