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martes, 14 de noviembre de 2023

¿Cuándo un golpe de Estado es la “solución final” a la hay que recurrir? (3) - ¿HAY SOLUCIÓN DENTRO DE LA CONSTITUCION?

Si esta es la situación en la que se encuentra España, es preciso asumir que la situación actual puede prolongarse durante un corto período de tiempo, más allá del cual, ya no hay posibilidades de rectificación. En este momento -y, como hemos visto- a tenor del volumen de la deuda, de la envergadura del gasto público y de la estructura económica de España, de las simetrías y asimetrías políticas del país y de la deriva que está tomando la política española desde el resultado de las elecciones generales de 2023, ya hoy resulta muy difícil “normalizar” la situación del país y “rectificar” las dinámicas negativas heredadas de las últimas décadas. Pero es que, dentro de los próximos cuatro años, todo esto va a estallar porque, como hemos dicho antes, estamos ante una “tormenta perfecta” en el que se van a acumular crisis nacionales e internacionales de todo tipo, agravadas en España por los errores acumulados en cinco décadas, a lo que se une la debilidad y la impreparación de nuestra clase política que solamente saber adoptar posturas que le conduzcan a aumentar, como sea, su cuota electoral y apenas aspira a otra cosa que estar presente en los resortes económicos del poder, pero no gobernar una Nación.

Ahora ya no se trata de una alternancia izquierda – derecha, en la que la izquierda ponga en marcha programas sociales de subsidios y subvenciones, aumenten hasta la indecible el gasto público y creen situaciones insostenibles, como ya ha ocurrido con el último gobierno de Felipe González, el período zapateriano o la lamentable experiencia pedrosanchista, para que luego, venga una disciplina económica impuesta por la derecha que reordene el caos generado, mediante una mayor disciplina presupuestaria. Este esquema que se ha ido reproduciendo en las últimas décadas, ya ha llegado a su fin, porque nunca como ahora, la diferencia entre ingresos del Estado por un lado y gastos y deudas por otro, ha sido tan absolutamente desproporcionado, ni nunca como ahora, los cambios en el mercado laboral que se están produciendo generados por la robótica, la Inteligencia Artificial y demás efectos de la Cuarta Revolución Industrial, van a dejar en la cuneta irremediablemente a tantos trabajadores. La oscilación entre “izquierdas derrochadoras” y “derechas disciplinadas económicamente”, ya no se va a volver a repetir.

Lo que tenemos ante la vista puede ser definido por cinco riesgos:

1º) Crisis de la deuda impagable y que ascenderá a dos billones en apenas dos o, como máximo, tres años. Impagable y que seguirá subiendo para poder cumplir los pactos de legislatura suscritos por Sánchez con sus nuevos socios. 

2º) Crisis del empleo a causa de los cambios impuestos por aplicación de las nuevas tecnologías y que obligarán a la implantación de un “salario social” insostenible a la vista del actual ritmo de gasto del Estado.

2º) Fractura insalvable del país en dos bloques: el bloque progresista (izquierda + no Estado, esto es, independentistas) y bloque conservador (derecha), sin puentes intermedios, ni consensos posibles.

3º) Fractura social entre la “España que paga impuestos” (especialmente pequeña y mediana empresa, clases medias dependientes de una nómina) y la “España subvencionada” (chiringuitos ONGs, jóvenes sin formación suficiente, grueso de la inmigración llegada en las últimas décadas.

4º) Fractura nacional generada por la debilidad del Estado ante los independentismos catalán y vasco de los que depende la izquierda para afirmar su mayoría, a causa de la mutación del “nacionalismo regional” en “independentismo”, no previsto en la constitución del 78.

5º) Fractura étnica entre autóctonas de origen europeo, que comparten la cultura y la identidad europea y grupos étnicos llegados masiva y desordenadamente en las tres últimas décadas, imposibles de integrar, con todo el gasto público que ello supone y que ahora ya tienen la “masa crítica” para generar distorsiones notables en la vida públIca.

Todos estos elementos, están ahí, son fácilmente comprobables por cualquier observador mínimamente imparcial y objetivo. Pero la clase política, tanto de derechas como de izquierdas, tienden a pasarla por alto, resaltando sus peleas de verdulería y sus trifulcas de bajo nivel por la disputa de los ministerios y las llaves de la caja. Y otro tanto ocurre con los medios de comunicación, los tertulianos y las empresas periodísticas que, todas, sin excepción, reciben fondos públicos para poder seguir existiendo. Muchos de estos medios tienen, hoy, menos audiencia, que canales de youTube o que “influencers”.

Tanto los medios de comunicación como las clases políticas de los partidos, tienden a dar versiones concomitantes sobre la realidad del país, presentando estadísticas trucadas, haciendo gala de un “optimismo” desmesurado y fuera de lugar. Pero, el ciudadano de a pie en sus barrios, el ciudadano que mira su nómina y percibe que el Estado se queda con la parte del león de su propio trabajo personal a cambio de no darle ninguna satisfacción y asistiendo a una degradación creciente de servicios públicos, de la seguridad, de su capacidad adquisitiva, el hombre de la calle, en definitiva, todos nosotros que no somos “clase política” o “privilegiados”, sabemos perfectamente que la situación actual no puede prolongarse y que es cuestión de pocos años que cristalice una situación de crisis del Estado, hundimiento social y convulsión económica grave: la “tormenta perfecta” de la que venimos hablando.

El cambio -un cambio drástico, radical (en el sentido de que se remita a las raíces del problema y que no busque, como frecuentemente hace la derecha, apenas un maquillaje cosmético), profundo y renovador- es necesario y, cada día que pasa es un día en el que nos aproximamos al abismo y un día perdido en la tarea de reconstrucción que precisa nuestra Nación y nuestra Sociedad.

La hemos visto que ese cambio, difícilmente podría darse mediante una “reforma constitucional” admitida en la propia carta constitucional. Y hemos explicado el porqué: a causa de la prisa del “bloque de izquierdas” por aplicar su programa de “ingeniería social”, el “bloque de las derechas” ha reaccionado anclándose en su conservadurismo. Los puentes han saltado (posiblemente, la última posibilidad de establecer un puente fue tras las elecciones de 2019, cuando todavía los partidos disputaban el “espacio de centro” y la unión de votos del PP y del PSOE, cuyos diputados sumados (93 y 120, respectivamente) suponían un 60% de la cámara, lejos aún de las posibilidades de reforma constitucional (hubieran hecho falta 54 diputados más; Vox obtuvo en aquella ocasión 52 actas de diputado), pero suficientes como para avalar con una amplia mayoría reformas legislativas parciales. El problema era que cada partido tenía mucho parasitismo que alimentar, muchos aspirantes a vivir del erario público y mucha perspectiva de negocios a la sombra del poder, para pactar: no había suficiente botín para todos.

Eso llevó a los cuatro años de “ingeniería social” de izquierdas, permitiendo al “bloque conservador” identificar riesgos y pasar a una actitud resuelta de oposición unos meses después de la sustitución de Casado por Feijóo al frente del PP. Hay que recordar que en las primeras semanas de gestión de Feijóo, incluso tardíamente, antes de las elecciones de 2023, el dirigente “popular” seguía considerando que la “primera opción” de pacto para su partido era… el PSOE, demostrando que ni siquiera había entendido el rasgo característico del nuevo período en el que han entrado los países desarrollados (Francia, EEUU, Brasil, Italia, etc.): la “política de bloques”, sin espacios de centra que compartir.

En el momento de escribir estas líneas la gran contradicción que atraviesa nuestro país, repetimos, es la necesidad urgente de un cambio de rumbo y la imposibilidad de que, con las actuales simetrías políticas y el actual ordenamiento constitucional, este cambio sea posible.

Esta contradicción, imposible de superar, en un escenario realista debería contemplar solamente dos opciones:

- O nos resignamos a seguir así hasta el desguace final de la Nación y hasta la crisis terminal a la que nos abocamos.

- O bien reaccionamos con audacia e imaginación, lo que implica, necesariamente, una ruptura con la legalidad vigente y la formación de una “nueva legalidad” más acorde con nuestra realidad en 2023.

No vamos a ser nosotros los que recomendemos esta segunda opción, por obvias razones: en tanto que “ilegal”, no puede ser defendida sin exponerse a una sanción llegada de la legalidad vigente. Pero, mientras los debates de ideas y de perspectivas de futuro no estén prohibidos, ni censurados, lo menos que podemos hacer, ya que hemos llegado hasta aquí, es valorar lo que supondría la idea de “romper con la legalidad vigente” y si ello es posible o se trata de una idea a descartar. Quede claro, desde el principio de este debate, que no aspiramos a fomentar ni alimentar un movimiento subversivo, sino solamente a abrir un debate sobre el que el régimen huye y evita, pero al que, inevitablemente, es una de las posibilidades a las que estamos abocados.

Y, quede claro, igualmente, desde el principio que la “legalidad vigente”, en cuanto tal, nos interesa poco: el hecho de que hace décadas, exactamente hace 45 años, se votara una constitución prácticamente irreformable no implica que esa norma no tenga una fecha de caducidad. Hemos visto lo que puede ocurrir en países como EEUU con una constitución esclerotizada y un sistema de elección de cargos públicos que se remite a finales del XVIII imposible de adaptar a la realidad del siglo XXI.

Hay que recordar que la España que voto el 6 de diciembre de 1978 al texto constitucional aún vigente, era muy diferente a la actual. De hecho, la realidad de las cifras -que generalmente- se olvida o se prefiere eludir, es que España, en aquel momento, tenía una población de 36,5 millones, frente a los 47,5 actuales, y que, en aquel momento, el censo electoral era de apenas 18 millones, frente a los 37,5 actuales. Se olvida también que, a fin de cuentas, la constitución se aprobó, sí, por una amplia mayoría (el 91,81% de votantes, casi “a la albanesa”) pero con una asistencia a las urnas del 67,11%, lo que hace, a fin de cuentas, que el resultado real de los apoyos a la constitución fuera bastante más limitado: el 58,97% del total de la población de aquel momento. Y, entre los que se tomaron la molestia de acudir a las urnas, es cierto que los “noes” se quedaron en el 8,19%, pero si sumamos los votos en blanco (632.902) y los votos nulos (133.786), esta cifra se eleva hasta el 10%. Y eso en una España completamente diferente a la actual.

Sacralizar aquellos resultados, que ya en su momento, solamente expresaban de manera muy relativa el “sentir de la nación”, es suicida. Si hoy se sigue realizando esta práctica es porque, de aquella constitución surgió una clase política parasitaria y depredadora que, obviamente, defiende sus intereses y porque el marco mediático ha cambiado tanto que, sin el régimen de subsidios y subvenciones, la mayoría -sino todos- de los medios ya habrían desaparecido. La “prensa libre” no pasa de ser, hoy más que nunca, la voz de su amo. Por tanto, este debate y cualquier otro que se abra sobre las posibilidades de una “reforma” y/o de una “superación de la constitución”, son hoy más necesarios que nunca, aunque sea al margen de la constitución y cuestionando su validez actual


LINKS DE LA SERIE

¿CUÁNDO UN GOLPE DE ESTADO ES LA “SOLUCIÓN FINAL”? (1) – Sobre las dictaduras de nuestro tiempo y España

¿CUÁNDO UN GOLPE DE ESTADO ES LA “SOLUCIÓN FINAL”? (2) – Cuando un golpe de Estado puede ser la solución a recurrir

¿CUÁNDO UN GOLPE DE ESTADO ES LA “SOLUCIÓN FINAL”? (3) - ¿Hay solución dentro de la constitución?

¿CUÁNDO UN GOLPE DE ESTADO ES LA “SOLUCIÓN FINAL”? (4) – Condiciones necesarias para un golpe de Estado

¿CUÁNDO UN GOLPE DE ESTADO ES LA “SOLUCIÓN FINAL”? (5) – La técnica golpista: justificaciones

¿CUÁNDO UN GOLPE DE ESTADO ES LA “SOLUCIÓN FINAL”? (6) – La técnica golpista: la práctica (A)

¿CUÁNDO UN GOLPE DE ESTADO ES LA “SOLUCIÓN FINAL”? (7) – La técnica golpista: la práctica (B)





miércoles, 9 de enero de 2019

365 QUEJÍOS (239) – “NARANJITO, APROVECHA HOY QUE MAÑANA NUNCA SE SABE…”


El uso de el color naranja fue lo que permitió que Ciudadanos fuera considerado como el “partido de Naranjito”, el icono de los Mundiales de Fútbol del 82. Pronto, al concluir aquellos fastos, los medios y los aficionados, se olvidaron de Citronio y, en cuanto a Naranjito solamente volvió a ser recordado a raíz de la aparición del partido de Rivera.
Ciudadanos ha sido una opción interesante (obsérvese que utilizo el pasado). En su momento, concentró la respuesta contra el nacionalismo catalán. La timidez del PP en la materia y el hecho de que hubiera sido Aznar quien apuntalase a Pujol en sus últimos años de gobierno, le resguardase de investigaciones de la fiscalía y mirara a otro lado ante la corruptelas de CiU, hizo que una parte del electorado catalán aprovechara el intento de La Caixa de crear una formación nueva de carácter antinacionalista, para traer lo que ni el PP catalán quería protagonizar, ni el PSC estaba en condiciones de hacer: responder al nacionalismo, en las instituciones y en la sociedad. El experimento tuvo éxito y Ciudadanos se llevó los votos de todos los que se oponían a lo que hemos definido como “el viaje a ninguna parte” del nacionalismo y del independentismo. Pues bien, ahí empiezan y terminan los méritos de Ciudadanos. No hay más.

Lo que ocurrió luego fue que el “movimiento de los indignados” y la aparición de Podemos demostró el desgaste de la izquierda y el que una parte del electorado estaba a favor de nuevas opciones. Así pues, en el otro lado del espectro político, a la vista del deterioro creciente del PP, de sus corruptelas, de su incapacidad para mover el “régimen” socialista andaluz, y de su timidez en materia de vertebración del Estado, parecía posible crear una alternativa a escala de Estado utilizando la sigla catalana que, al haber irrumpido en el parlamento autonómico, generó simpatías en otras regiones. Los mismos que habían promovido a Ciudadanos en Cataluña intentaron trasladarlo a nivel nacional. Y aquí las cosas son más complicadas. Porque si en Cataluña estaba claro que votar a Ciudadanos suponía votar contra el nacionalismo, ¿qué contenidos se iba a dar al partido fuera de Cataluña?


Cuando todavía era una pequeña formación regional, Rivera, decía ser “de centro-izquierda” que era lo que parecía estar de moda en la época: no era muy comprometido y tendía a recuperar los votos castellanoparlantes del PSC. Para muchos de los que votamos en aquel momento a Ciudadanos, nos importaba un higo su orientación: nos bastaba con que fuera anti-nacionalista. Ni esperábamos más, ni exigíamos más, incluso sabíamos que el antinacionalismo era una especie de límite de Ciudadanos, más allá de lo cual no había nada, ni podía esperarse nada. Las anteriores elecciones andaluzas en las que, un Ciudadanos dirigido en aquella región por un “routier” político que había pasado por todas las formaciones esperando poder extraer poder de alguna, indicaron a las claras que no podía esperarse mucho más del partido de Albert Rivera.

A la hora de encontrar una ubicación política para “el partido naranja”, alguien descubrió nuevamente la pólvora atribuyéndole una colocación “centrista”: ¿Qué es el centrismo? Es el posicionamiento habitual en tiempos de crisis y transición: la actitud no comprometida en la que cabe todo y en la que todos pueden reconocerse; se presenta como ajena a los errores de la derecha y a los de la izquierda, distante de ambas y en un equilibrio ecléctico perfecto en función de sus intereses personales. Pero una vez terminan los “tiempos de crisis”, los períodos “de transición”, el centrismo entra en barrena, se enreda en multitud de polémicas interiores: ¿con quién pactar? ¿con la derecha o con la izquierda? ¿cómo definirse? ¿socialdemócratas, liberales, democráticos? Rivera elude todos estos compromisos aludiendo al “constitucionalismo”.

España tiene la constitución que tiene porque no existen consensos suficientes para elaborar otra. Rivera la defiende porque fue un producto del “primer centrismo”, el de Suárez, olvidan que en esa constitución están contenidos todos los gérmenes de los problemas que luego se han ido acumulando y que, finalmente, han llevado a un cretino a sentarse en La Moncloa sin que nadie lo haya elegido y sin haber ganado ni una sola elección. Y, por lo mismo, si existe problema autonómico es porque la constitución es materia de vertebración del Estado es más ambigua y amorfa que Miguel Bosé con uniforme de la legión. La nuestra, hay que recordarlo, no es una gran constitución y durante el felipismo, como decía Bob Dylan en la canción que dedicó a Woody Guthrie: “Te he escrito una canción, sobre un mundo absurdo que están cansado y hecho jirones, que parece estar agonizando y apenas sí acaba de nacer”La constitución del 78 es uno de esos documentos que uno da por inevitable en su momento, que luego nadie se ve con valor de cambiar y que todos, abierta o soterradamente, reconocen, siguiendo la misma canción de Dylan que “vinieron con el polvo y se fueron con el viento”. No es como para enfatizar su defensa, como no se puede echar mucho valor al salir en defensa de las gominolas o de los zurullos secos y bien aplanados.

Pero es que, detrás del centrismo no hay nada, ni lo ha habido nunca, ni lo puede haber, aparte, naturalmente, de las ambiciones desmesuradas que contrastan siempre con las posibilidades reales. Suárez ya decía que cuando abandonara la política, siempre podría ser un vendedor de El Corte Inglés. De la misma forma que Suárez solamente estaba preparado para camelar a unos y a otros, Rivera -lo demostró en las últimas elecciones- carece de formación y talla política y hubiera debido reconocer sus carencias limitándose a ejercer sempiternamente como antinacionalista en Cataluña en lugar de aspirar a algo -un liderazgo nacional- que no está al alcance de sus capacidades por mucho que todos los líderes de todos los partidos estén hoy cortados por el mismo patrón y parezcan hechos a troquel. Macron en Francia es el ejemplo, como lo fue Obama en EEUU, del “look” aplicado a la política.

En su búsqueda de apoyos, Rivera ha encontrada un aliado en Emmanuel Valls, barcelonés de origen, francés de adopción, que pasa por haber sido un “enérgico ministro del interior” con Sarkozy y que, en su imposibilidad de escalar más allá en Francia, prueba fortuna en Barcelona. Será el número 1 a la alcaldía de la ciudad por Ciudadanos. Pero Valls ss un fraude. De momento, su condición de masón no lo sitúa como un artífice de alguna conspiración judeo-bolchevique, sino más bien como un trepa que intenta adaptarse a otro país para tratar de llegar a donde no llegó en el de adoptación. Rivera se equivoca si cree que Valls se conformará con ser un concejalillo (o un alcalde de cuatro años) en la Ciudad Condal. En primer lugar, porque llega demasiado tarde: por eficiente que sea su tarea, BCN lleva un cuarto de siglo de desorientación, degradación y gentrificación. En el 2000 quizás la situación podría remediarse, hoy ya es demasiado tarde y BCN es la nueva Marsella del Mediterráneo: ciudad caótica, agresiva, inhabitable, insana y poblada por delincuentes y manteros llegados de toda la galaxia, con millones de turistas deambulando en busca del club de cannabis más próximo, de la garimba a 26 céntimos y de una selfie con el aborto arquitectónico de la Sagrada Familia como telón de fondo. Ciudad con olor a meada de perro, porro, cloaca y gasolina quemada, ¡a ver quién es capaz de repararla y hacerla de nuevo habitable! Valls, desde luego, no.

Valls es un tipo que se ha movido entre los escorpiones más peligrosos de la política gala. Para él, Rivera es solamente un becario de pocas luces. Nada más: aspira a su puesto y quiere para tenerlo, las riendas de la alcaldía de Barcelona. Es un hombre con “voluntad de poder”, no nietzscheana, pero si política. Me recuerda en parte al pobre Zaplana: decía públicamente, primero alcalde de Benidorm, luego presidente de la comunidad valencia, luego ministro y luego presidente de gobierno. Se quedó a medio camino.

Las cosas no siempre salen bien y Valls corre el riesgo -especialmente, después de la irrupción de Vox- de que muchos de los votos que, inicialmente, iban destinado al “partido naranja”, vayan a parar al partido “citronio”, mucho más definido, con mucha más decisión, con menos lastres y más novedoso, que es hoy Vox. Porque con Vox no hay forma de engañarse: nunca pactará con socialistas, algo que Cs ya ha hecho… ¿Para qué votar al candidato escalador-masoncete a la alcaldía de Barcelona si al día siguiente puede apoyar su mayoría en el PSC y en los restos del PDCat?

Ciudadanos llegará en las próximas elecciones municipales del 2919 y a las generales (sea cuando sea que se celebren) a su límite máximo. A partir de ahí empezarán sus problemas. Es lo que tiene el “centrismo”, que nacimiento, desarrollo y muerte están siempre muy próximos. La gravedad de la crisis social, económica, cultural y nacional, es de tal envergadura, que todo lo que no sean soluciones “radicales”, es decir, que apunten a las raíces de los problemas, supone caer en medias tintas y en eclecticismos ambiguos que prolongan agonías. Mejor va siendo que los “naranjitos” se vayan haciendo a la idea de que viene Citronio en forma de eso que se llama “populismo”.



lunes, 11 de agosto de 2014

¿Estamos en la segunda transición o ante otra cosa?



Info|krisis.- El que esto escribe conoció en su juventud un cambio de régimen. Tal cambio estaba en el ambiente desde 1971 con Franco vivo y con Carrero Blanco como vicepresidente del gobierno. Los medios de comunicación insistían en que todo estaba “atado y bien atado”, aunque evitaban decir hacia dónde. En los últimos años del franquismo, el régimen había iniciado una descomposición interior que se negaba pertinazmente desde los medios. Bastó que faltara una persona, el anciano moribundo de El Pardo, para que el régimen se desmoronara en pocos meses. Los que vivimos aquellos últimos años del franquismo y la transición reconocemos hoy muchos elementos que nos sitúan ante un nuevo fin de ciclo. Al parecer es difícil que en España un régimen dure más de cuarenta años.

Fuera de la mitología creada por franquistas que sugiere que en 1975 todo en España iba bien y que el régimen podía haberse mantenido sin alteraciones por tiempo indefinido de no haber sido “por la puñalada por la espalda” que le asestaron los “evolucionistas”, y fuera de la mitología creada por la “oposición democrática” de la época, según la cual, la presión popular hizo tambalear al régimen y forzar la transición, la realidad fue muy diferente y sería cuestión de que un congreso de historiadores restableciera la verdad de lo que ocurrió.