viernes, 15 de octubre de 2010

La Colonización de Europa. Guillaume Faye. Capítulo VIII. LA SUPUESTA "SED DE INTEGRACIÓN" DE LOS "JÓVENES"

Los jóvenes inmigrantes serían las víctimas, no solamente de discriminaciones raciales, pero de un rechazo hacia sus "diferencias" por parte de una sociedad intolerante y, seguramente, de la crisis económica. Esta falsa afirmación, como las otras, no se resiste a un análisis.

Las jóvenes generaciones afro-magrebís son mucho más violentos que sus mayores, quieren llegar a las manos. Esto constituye el fracaso total de la integración. Le Monde (20/05/1999) remarca que los jóvenes de 16 a 25 años son incluso más violentos que aquellos de 30. El pretexto de los tumultos se hace referir siempre el arresto, a las lesiones o muerte de un delincuente, luego de sus propias agresiones. Se trata siempre del pretexto mínimo, o la ausencia de pretexto legítimo respecto de los actos de violencia, es decir, hechos de guerra civil étnica. Los agresores se posicionan como víctimas; camuflan sus ataques en defensa. Como lo destacó el General Leborgne, la guerra comporta una importante dimensión lúdica, aquello que Konrad Lorenz percibió también, luego de Sorel y de Proud´hon. Los acosos de las bandas de jóvenes inmigrantes no se corresponden nada a la criminalidad o a la desesperación o a una "llamada al socorro" hacia una sociedad discriminatoria, pero de un juego de guerra (¿Y qué es la guerra sino la forma suprema de juego?), de una provocación hacia un enemigo que tarda en confesarse como tal.
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La clase intelectual-mediática explica generalmente el incremento de la criminalidad de los inmigrantes y los problemas generales ligados a la inmigración por el racismo de los Franceses de origen. Las propuestas del etnólogo Frédéric Saumade son a este respecto piezas antológicas (fue entrevistado por Le Monde, el 20/05/1999). Intentaba con tesón explicar las explosiones de violencia étnica que devastan las ciudades de Camargue, después de 1995 como " la cohabitación de una burguesía local de pequeños comercios y de la pequeña propiedad básicamente, y un subproletariado de origen magrebí ".    

El "etnólogo" completa esta descripción marxistoide por medio de la consideración siguiente: " Frecuentemente estos pequeños burgueses son de origen español o italiano de segunda o tercera generación. Son los más virulentos cuando denuncian los "delitos menores de los Árabes" mientras ellos o sus padres han sido objeto de los mismos desprecios que los Árabes hoy en día ".

La confusión es total. Se destaca primero el desprecio hacia estos "pequeños-burgueses", resumiendo, de los "pequeños-blancos". Justo después, se les hace culpables e implícitamente racistas por "denunciar los delitos de los Árabes". ¿Y si estos delitos son reales, como atestiguan todos los reportajes de Le Monde? ¿Hace falta, por tanto, callarse porque de hecho sean "árabes"? Denunciar los susodichos delitos, ¿Es esto "Despreciar" a sus autores, según Saumade? Otra tontería: los inmigrantes españoles o italianos habrían, ellos también, sido "despreciados", excluidos como se dice. Entonces ¿Por qué han tenido éxito en la integración y los magrebís fracasaron? Esta mentira es machaconamente repetida en todo los medios.

Hace falta restaurar la verdad: los inmigrantes de otros países de Europa no han tenido jamás dificultades de integración porque no eligieron voluntariamente una actitud antisocial o de conflicto étnico, como hacen las nuevas generaciones de inmigrantes magrebís. Por otro lado, los Magrebís constituirían un desgraciado "subproletariado" según los numerosos análisis del diario Le Monde, este órgano de propaganda que tuvo éxito luego de cuarenta años de hacerse pasar por un órgano de información. Las cifras contradicen estas afirmaciones: el 90 % de la gente que vive en la calle, de los sin techo, son europeos según las estadísticas del Secours catholique y de l'Armée du Salut. Son éstos los que son víctimas de un verídico "racismo social" no los inmigrantes.
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La política consecuente ha sido siempre el de practicar una relativa impunidad hacia los descontrolados magrebís, de recompensarlos de alguna forma y practicando costosas políticas de inserción que terminan de hecho reconfortando a los jefes de banda locales, quienes se sienten más incentivados aún hacia la delincuencia.

Hace falta dar la vuelta a todas las afirmaciones: no solamente la integración a través de un contrato social "republicano" avalado por la legalidad del Estado de derecho es una contradicción en sí misma, por razones ideológicas, sino que incluso los diferentes intereses no son capaces de facilitar esta integración socio-económica, a pesar de las ayudas y los numerosos favores. Ellos se saben globalmente incapaces de una prosperidad social basado en el mérito, la competitividad o basado en el esfuerzo en la sociedad. Su sola escapatoria es entonces la de la delincuencia pensada como enfrentamiento étnico. La sed de integración de los jóvenes beurs según la fórmula de Le Monde es una leyenda.

Añadamos que se sienten perfectamente integrados en su contracultura y su contra-sociedad hostil en expansión. Éstos últimos son una mezcla de economía criminal, de acoso hacia todo representante o símbolo de la cosa pública, de rap violento, de raï y de una mezcla de referencias de emblemas afro-americanos de ghettos y de la cultura araboislámica expansiva.

Se encuentran dos actitudes: aquella de los negros beurs de los suburbios que, como en los Estados Unidos, vienen a beneficiarse del sistema económico sin participar en el sistema social, deseando el mantenimiento de sus ghettos y de sus zonas de no-derecho como bases de retaguardia en extensión continua, de manera que pueden recurrir a parcelas territoriales de tipo neofeudal; y la actitud de las élites musulmanas cínicas y lúcidas que, lejos de integrarse en la República, desean todos simplemente islamizar Francia y se felicitan por la criminalidad de los "jóvenes".  

Se alegran por dos razones: primero porque repiten el argumento (totalmente falaz) siguiente:" Dejen al islam instalarse y así la criminalidad de nuestros jóvenes cesará porque los tendremos en nuestras manos" La segunda razón que consiste un poco en jugar con el fuego y que se puede volver en su contra, es la de que las coacciones y exigencias de los inmigrantes asustan a los autóctonos y las autoridades, que ceden al miedo y rehuyen el enfrentamiento, entregando sin cesar nuevas facilidades a sus comunidades. En realidad, los intereses y las posiciones de los jóvenes afro-magrebís y de las élites musulmanas presentes sobre el territorio como "quinta colonia" se articulan muy bien entre si, sin necesidad de concertación.
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Respecto del mito del paro y de la miseria económica de los inmigrantes, se pronuncian lapsus de interés.

Jean-Émile Vié, antiguo prefecto regional, consejero principal honorario para el Tribunal de Cuentas, escribió en un artículo del Figaro (5/03/1999) titulado Una inseguridad insoportable: "Hoy, hace falta actuar con urgencia para evitar la constitución de milicias privadas y, al final, la guerra civil". Aunque audaz, se esfuerza en permanecer políticamente correcto. Él atribuye una de las principales causes de esta subcriminalidad al paro. No obstante, destruye su propio argumento añadiendo: " Nuestro país ha conocido, sin embargo, antes de la guerra una crisis económica grave, que no arrastró un incremento espectacular de la inseguridad, del mismo modo que durante esa época el paro carecía de indemnizaciones". Es cierto que yendo un poco más lejos, reconoce igualmente: "Pero otras causas son voluntariamente ignoradas o subestimadas. Este es el caso de la inmigración descontrolada. Esto no demuestra el racismo, sino que sirve para constatar que el paro y la delincuencia son más acentuados en el caso de los inmigrantes".  

En realidad el paro no es en absoluto la causa de la subdelincuencia de los inmigrantes, y mucho menos lo es su supuesta precariedad económica. Las causas étnicas son ocultadas por el sistema.

(c) Por el texto: Guillaume Faye

(c) Por la Edición Francesa: Editions de l'Aencre

(c) Por la traducción castellana: Miguel Ángel Fernández