Las enfermedades del monarca han reavivado las críticas
procedentes de los fundamentalistas islámicos que ven en su racimo de
enfermedades es un “castigo divino” y aprovechan para insistir en su rechazo al
estilo de vida occidentalizado, tanto de Mohamed VI, como de su heredero Muley
Hasan. En otro país, esto no dejaría de ser la opinión de una fracción
minoritaria de la sociedad, pero en Marruecos, el sultán es también Amir
al–Mu’minin (Príncipe de los Crecientes), la máxima autoridad religiosa. La
teoría fundamentalista del “castigo divino”, implica, necesariamente, la
pérdida de legitimidad. Además de su presunta “occidentalización”, no faltan
argumentos de mayor calado: las alianzas geopolíticas de Mohamed VI con
Occidente, los acuerdos diplomáticos con Israel y la proliferación del turismo
internacional, la corrupción, el juego y el alcohol, demuestran que el monarca
ha “traicionado” sus deberes como guardián de la fe islámica.
El panorama se vuelve mucho más sombrío cuando los
fundamentalistas aluden al heredero del trono, Muley Hasán. En su tarea de
preparación de la sucesión, y con el fin de atraer a la juventud marroquí hacia
la figura del futuro sultán, el Majzén ha destacado sus aficiones al
fútbol, su conocimiento de las redes sociales, y su preparación en relaciones
internacionales. En otras ocasiones se optado por destacar que es un gran
aficionado a la aviación (pero se ignora si ha seguido algún curso de vuelo) y
al cine (pero, igualmente, no se ha informado de que tipo de cine tiende a ver,
ni cuáles son sus directores favoritos). Se conocen mucho mejor las aficiones
de su hermana, Lalla Khadija de la que se sabe que es melómana y toca el piano
y la guitarra. Para los fundamentalistas, todo esto supone un riesgo de
secularización y disolución de las estructuras propias de la tradición
islámica. El reiterado rechazo del besamanos o muestra de vasallaje del que ha
hecho gala en actos oficiales, les confirma en esa opinión. A Muley Hasán le
gusta todo lo que es “haram” (prohibido, en el islam)…
Obviamente, todos esos gestos y la difusión de sus aficiones, como
todo lo que se refiere a la figura del heredero, no se ha filtrado
“espontáneamente” a los medios de comunicación, sino que ha sido seleccionado y
querido por el Majzén. La voluntad oficial es que la figura del futuro
rey parezca como “próxima a la juventud” (dos terceras partes de la población
marroquí tienen menos de 35 años). En esa juventud los servicios de
inteligencia ven el verdadero peligro y no tanto en el fundamentalismo
islámico.
La crisis social que vive Marruecos (y que, en el fondo, es uno de
los factores que impulsan a los jóvenes a la emigración) puede desembocar en
cualquier momento en un aumento de la influencia del fundamentalismo islámico,
algo muy frecuente en el ámbito musulmán: y es que, cuando las cosas van mal,
eso indica que Alá castiga al sultán[1] a
través de su pueblo. Abandonado por Alá, el que debía ser “defensor de los
creyentes”, aparece como alguien que ha traicionado a su dios. Y ahí están los
versículos del Corán y de la Sunnah para demostrarlo.
El Corán establece la obligación general de obedecer a las
autoridades en la Surah An–Nisa (4:59): “¡Oh, creyentes! Obedeced a Alá,
obedeced al Mensajero y a aquellos de vosotros que tengan autoridad”. Pero
Mahoma estableció también que esta obediencia no puede ser, en ningún caso, un
cheque en blanco si el gobierno viola la ley divina “El musulmán debe
escuchar y obedecer [a su gobernante] tanto en lo que le agrada como en lo que
le desagrada, a menos que se le ordene cometer un pecado. Si se le ordena un pecado,
no hay obligación de escuchar ni de obedecer” (Sahih al–Bukhari 7144). Esto
se traduce en la máxima jurídica islámica: “No hay obediencia a ninguna
criatura si ello implica desobedecer al Creador”. Si un Estado prohíbe
rezar, impone el crimen o él mismo protagoniza crímenes, injusticias y actos
condenables por la ley coránica, el fiel tiene la obligación de desobedecer esa
orden específica. En esos casos, las escrituras exigen una postura activa de
denuncia contra los abusos del poder.
Para Alá, la “valentía política” era una de las mayores virtudes
espirituales y no faltan sentencias de eruditos musulmanes que lo reafirmaron
posteriormente: “La mejor Yihad (esfuerzo/lucha) es decir una palabra de
verdad ante un gobernante tiránico” (Sunan Abi Dawud). El Corán
reprueba a las sociedades que callan ante la opresión. En un hadiz narrado por
Abu Bakr, el Profeta dice: “Cuando la gente ve a un opresor y no le impiden
[hacer el mal], es muy probable que Alá los castigue a todos por igual”.
Si tal es la doctrina islámica ante un gobierno injusto y ante un
gobernante abandonado por Alá, ¿cómo es que no se han producido sublevaciones y
disturbios durante el reinado de Mohamed VI? Respuesta: si se han producido
y no pocos: el más reciente, el estallido de la llamada “Generación Z” en
2025 bajo la consigna de “Hospitales y escuelas, no estadios” [2]. Las
protestas estallaron tras una grave negligencia médica que costó la vida a ocho
parturientas[3]. El
balance final de los incidentes fue de tres muertos, centenares de heridos y
miles de detenidos. La anterior revuelta había tenido lugar en 2016 y se
extendió hasta 2017, a raíz de la confiscación arbitraria de la mercancía de un
vendedor de pescado que la policía arrojo al camión de la basura. Al intentar
recuperar la mercancía, murió triturado[4].
Las protestas que siguieron, protagonizadas por el Hirak (o
Movimiento Popular del Rif), se convirtieron en una verdadera revuelta social
con reivindicaciones de empleo, educación, sanidad y reivindicaciones
regionales. La represión fue brutal y el líder del movimiento, Nasser Zeftafi,
resultó condenado a 20 años en prisión de máxima seguridad. En esa misma época,
en la ciudad minera de Yerada, se produjo otra sublevación tras la muerte de
dos hermanos que cavaban ilegalmente una mina de carbón abandonada para
subsistir. La revuelta fue durísimamente reprimida, pero demostró la falta de
perspectivas y la pobreza extrema de algunas zonas del país.
Antes aún, cuando estallaron las “primaveras árabes”, Marruecos no
se salvó del contagio, generándose manifestaciones masivas que clamaban por el
fin de la corrupción, la instauración de libertades democráticas reales y la
limitación de los poderes de la monarquía. Mohamed VI introdujo algunas
reformas gatopardistas que calmaron momentáneamente a la sociedad[5]. Esta
sucesión no exhaustiva de las recientes revueltas sociales explica, por sí
misma, porqué el sultán recurre con frecuencia al indulto con intención de
rebajar la tensión social y mostrarse “generoso”.
Pero nos equivocaríamos si pensáramos que todas las escuelas
islámicas siguen a Mahoma cuando alude al derecho a derrocar gobernantes
injustos. La corriente mayoritaria del islam suní tradicional y las facciones
salafistas que apoyan a las monarquías del Golfo Pérsico, por el contrario,
prohíben cualquier sublevación contra el poder político, y lo hacen utilizando
la “lógica absurda”, pero también versículos coránicos y textos sagrados. Estas
escuelas sostienen que una guerra civil (fitna) causa más sufrimiento
que un mal gobernante. Punto redondo. En uno de estos textos, el Profeta
instruye: “Es obligatorio para ti escuchar y obedecer al gobernante en la
adversidad y en la prosperidad... incluso si se le da preferencia a otra
persona sobre ti de forma injusta”. Item más: a la pregunta de qué hacer si
el gobernante no sigue la guía islámica y confisca bienes, el Profeta
respondió: “Debes escuchar y obedecer al gobernante, incluso si golpea tu
espalda y se apodera de tus riquezas; aun así, escucha y obedece”. Para
colmo, esta doctrina conformista y resignada, concluye, con una ortodoxia
incuestionable, que, si el gobernante es injusto, el pueblo debe limitarse a
rezar por su guía y tener paciencia; el tirano rendirá cuentas directamente
ante Dios en el más allá, de acuerdo con la Surah Hud (11:102) sobre el
severo castigo divino a los opresores.
Esto explica la pasividad de la mayor parte de musulmanes ante las
situaciones de abusos de poder, mala gestión, excesos y situaciones, como la de
Marruecos, prácticamente dictatoriales. También aquí es lícito plantearse, si
la resignación y espera ante gobiernos corruptos e injustos, no puede cambiar
bruscamente y allí donde al gobernante se le permitía cualquier exceso para
evitar males mayores, al día siguiente, esos versículos y textos se olvidan y
se pasa a recordar los revanchistas, virulentos y vengativos.
[1]. Desde los años en los
que Mohamed V ostentaba el poder, Marruecos ha optado por presentar dos caras:
una hacia Occidente y otra hacia el Magreb. Algunos de los rasgos de la
monarquía marroquí son incomprensibles sin esta consideración. De cara a su propio
pueblo y a otros países islámicos, el monarca marroquí sigue siendo “el
Sultán”, pero, desde 1957, un año después de la independencia, decidió
abandonar formalmente esa denominación para adoptar el título de “Rey” (Malik
al–Maghrib) palabra que le pareció más
adecuada para transmitir la idea de “modernidad y progreso”, distanciándose de
la idea de “absolutismo y feudalismo” que acompañaba en las mentes occidentales
a la palabra “sultán”. Pero Mohamed Vi se cuidó de conservar absolutamente
todos los atributos que acompañaban al título de “Sultán”, incluido el de
“Príncipe de los Creyentes” o máxima autoridad religiosa. El cambio de “sultán”
a “rey”, fue solo formal y no implicó absolutamente ninguna otra innovación y
así siguió hasta la última reforma constitucional en 2011.
[2]. “La rabia de los
jóvenes amenaza la estabilidad del reinado de Mohamed VI”, en El País, 5 de
octubre de 2025. Versión on line: https://elpais.com/
[3]. “Las protestas
juveniles en Marruecos agudizan la crisis del reinado de Mohamed VI”,
Francisco de Andrés, en ABC, 2 de octubre de 2025, https://www.abc.es/
[4]. “Rif, la mayor
crisis del reinado de Mohamed VI en Marruecos”, José Colón y Sonia Moreno,
en El País, 26 de octubre de 2017, https://www.revista5w.com/
[5]. “Mohamed VI anuncia
un recorte de sus poderes en respuesta a las protestas”, El País, 10 de
marzo de 2011, https://elpais.com/











