Ahora bien, sí, para un musulmán, las enfermedades del monarca
marroquí son la evidencia de que ha sido abandonado por Alá, por sus muchas
vulneraciones de la ley coránica, el hecho de que el monarca marroquí no haya
sido derrocado por una revuelta yihadista, acaso ¿no sería el indicativo
de que el fundamentalismo islámico es muy minoritario en Marruecos? Esta
pregunta merece una respuesta algo detenida.
En efecto, la mayoría del islam marroquí no puede considerarse
radical, ahora bien, en el mundo islámico existe una increíble tendencia a
deslizarse inopinadamente y en poco tiempo, de posturas moderadas a posturas
extremistas. Esta duplicidad es inherente a cualquier forma de Islam.
Recordemos que unos años de la revolución islámica de Jomeini, Irán era,
seguramente, un país occidentalizado, como lo era el Egipto de Nasser o los
países en donde el partido Baas tenía presencia en Oriente Medio (Siria, Irak y
Líbano); bastaron una serie de reformas e imprevistos (el terremoto de 1978 que
causó 15.000 víctimas mortales, la desigualdad extrema que se percibió a partir
de los fastos por el 2.500 aniversario del Imperio Persa en 1976, considerada
como la fiesta más costosa de la historia, el enriquecimiento de la élite y la
inflación que golpeó en los años 70 a las clase media y baja, el programa de
modernización agraria que arruinó a los pequeños propietarios y el descontento
de los pequeños comerciantes –el “bazar”– que perdieron terreno ante las
grandes corporaciones occidentales, etc.) para que el fundamentalismo islámico
despertara y se convirtiera en un fenómeno de masas. En Marruecos puede ocurrir
algo parecido y casi por los mismos elementos. También en Irán, el imán Jomeini
aludió en múltiples ocasiones al derecho a la revuelta contra un gobernante que
trabajaba contra Alá.
El cómo se produjo un corrimiento del grueso de la población en
apenas cinco años, desde posiciones musulmanas moderadas y occidentalizadas,
hacia posiciones fundamentalistas, es algo que está dentro de la misma doctrina
islámica. Basta leer el Corán, los hadiths (dichos del profeta),
la Sira (biografías de Mahoma), la Sunna (el “camino”), el Fiqh
(la jurisprudencia desarrollada por los eruditos, de las que existen distintas
escuelas, una de las cuales, la malikita, es propia de Marruecos)… todos estos
textos y tradiciones ocupan miles y miles de páginas, a las que hay que unir
otros “textos sagrados” anteriores, entregados por Alá a varios profetas: la Toráh,
recibida por Moisés (o Musa), los Salmos, entregados al rey Davi (o
Dawud) y el Evangelio, entregado al “profeta Jesús” (Isa). Obviamente,
en todo este material, a poco que se busque, puede encontrarse una afirmación y
su contraria.
Esto hace que el Corán contenga numerosos versículos en los
que se promueve la paz, el perdón, la santidad de la vida humana y la
resolución pacífica de cualquier conflicto[1].
Pero, junto a ellas, aparecen afirmaciones que sostienen justo lo contrario y
que, por lo demás, son de una violencia extrema en las que se ordena,
indubitablemente y con todas las letras, el combate armado, la guerra y el uso
de la fuerza; estos versículos que suelen denominarse “de la espada”[2].
Los juristas medievales y los fundamentalistas de nuestros días,
no albergan la menor duda de que los versículos “pacifistas” fueron abrogados y
anulados por los versículos que figuran con posterioridad, los de la etapa de
Medina, los versículos bélicos, siendo anteriores los versículos “pacifistas”
que corresponden a la etapa de La Meca. Así pues, ¿con qué islam nos quedamos?
¿con el “pacifista” o con el “ultrabelicista”? A fin de cuentas, solamente unas
páginas separan a unos de otros dentro del mismo libro…
Cualquier imán, en su prédica, puede partir de bases “pacifistas”,
para concluir llamando a la “yihad” por un simple desengaño personal, el
replanteamiento de su fe o un sutil cambio de posición, de la misma forma que
la comunidad musulmana, puede variar sus preferencias de unos versículos a
otros, por circunstancias sociológicas, políticas o económicas.
Da igual la ruta elegida: para los eruditos islámicos, tanto si se
sigue la vía “pacífica” (siguiendo los preceptos ordenados por Mahoma y
enseñados en las mezquitas “moderadas”), como la vía de la “yihad” (la
muerte en la “guerra santa”), el fin que espera al musulmán en la “otra vida”
es el mismo: un paraíso sensualista repleto de jardines inmensos por los que
fluyen ríos de agua pura, leche de sabor inalterable, vino que no embriaga, y
miel purificada (Corán 47:15); la climatología no debe de preocuparle,
pues vivirá en una primavera perpetua, en donde “los bienaventurados visten
ropas de fina seda y brocado verde, y usan brazaletes de oro y plata” (Corán
18:31), con palacios y mansiones elevados con divanes cómodos donde descansar
eternamente, donde no existe sufrimiento ni dolor, vejez, ni muerte y donde,
por supuesto, no faltan huríes para aportar las satisfacciones personales más
deseables y lujuriosas…
Pues bien, este “paraíso” casi infantil se promete a todos los que
se benefician de la “misericordia divina”, tanto a los que mueren en la “yihad”,
como a los justos que lo hacen en su cama. ¿Cómo elegir entre una y otra vía?
Todo dependerá de los versículos del Corán que se tengan en cuenta y de
las circunstancias personales: es muy posible que un joven, arrojado a la
miseria, sin perspectivas personales, profesionales, ni esperanza en su
promoción social, ya sea en los arrabales de Tánger o entre las destrucciones
de Gaza, opte por la rapidez y quiera sacrificarse en la “guerra santa”, para
disfrutar de los goces sensuales prometidos. Obviamente, un príncipe saudí o un
magnate de Dubai tendrán mucha menos prisa por disfrutar de mieles de las que
ya están disfrutando en este mundo.
Basta que aparezca un imán fundamentalista para que recalque los
fragmentos problemáticos, o bien basta que el fiel “moderado” lea el Corán para
que se convierta en un yihadista radical, si quiere gozar de
todas las ventajas y dones que Alá entrega a quienes participan en la yihad.
Nadie está exento de la obligación de practicar la yihad, tal como
atestigua este fragmento: “38. ¡Creyentes! ¿Qué os pasa? ¿Por qué, cuando se os
dice: «¡Id a la guerra por la causa de Dios!», permanecéis clavados en tierra?
¿Preferís la vida de acá a la otra? Y ¿qué es el breve disfrute de la vida de
acá comparado con la otra, sino bien poco...? 39. Si no vais a la guerra,
os infligirá un doloroso castigo. Hará que otro pueblo os sustituya, sin que
podáis causarle ningún daño. Dios es omnipotente. 41. ¡Id a la guerra,
tanto si os es fácil como si os es difícil! ¡Luchad por Dios con vuestra
hacienda y vuestras personas! Es mejor para vosotros. Si supierais... 42. Si se
hubiera tratado de una ventaja inmediata o de un viaje corto, te habrían
seguido, pero el objetivo les ha parecido distante. Jurarán por Dios: ‘Si
hubiéramos podido, os habríamos acompañado a la guerra’. Se pierden a sí
mismos. Dios sabe que mienten”. (Sura 9). El islamista que no
acude a la llamada de la yihad, simplemente, “se pierde a sí
mismo”…
Más adelante, por si esto no hubiera quedado claro, el Corán insiste
en el mismo orden de ideas: «81. Los dejados atrás se alegraron de poder
quedarse en casa en contra del Enviado de Dios. Les repugnaba luchar por Dios
con su hacienda y sus personas y decían: “No vayáis a la guerra con este
calor”. Di: “El fuego de la gehena es aún más caliente”. Si entendieran...
82. ¡Que rían, pues, un poco! Ya llorarán, y mucho, como retribución de lo que
han cometido». (Sura 9). No practicar la yihad, pues, implica
conocer el “fuego de la gehena” (el infierno). El yihadista recibirá
de Alá un mayor reconocimiento y, sobre todo, más “premios”: “95. Los creyentes
que se quedan en casa, sin estar impedidos, no son iguales que los que combaten
por Dios con su hacienda y sus personas. Dios ha puesto a los que combaten
con su hacienda y sus personas un grado por encima de los que se quedan en
casa. A todos, sin embargo, ha prometido Dios lo mejor, pero Dios ha
distinguido a los combatientes, por encima de quienes se quedan en casa, con
una magnífica recompensa” (Sura 4).
Este otro fragmento, de brutalidad manifiesta, se sentencia
que la muerte es la única “retribución” de los infieles: “190.
Combatid por Dios contra quienes combatan contra vosotros. 191. Matadles
donde deis con ellos, y expulsadles de donde os hayan expulsado. Tentar es más
grave que matar. No combatáis contra ellos junto a la Mezquita Sagrada, a no
ser que os ataquen allí. Así que, si combaten contra vosotros, matadles:
ésa es la retribución de los infieles». (Sura 2).
Todo sea, en cualquier caso, por el botín: «94. Dios ofrece
abundantes ocasiones de obtener botín» (Sura 4). En realidad, toda la Sura 8
está dedicada a este tema y se titula, precisamente: El Botín
(Al–Anfal), cuyo primer versículo es explícito: “1. Te preguntan
por el botín. Di: ‘El botín pertenece a Dios y al Enviado’”. Y, cómo
no, las mujeres infieles son consideradas en tanto que “botín”: “50. ¡Profeta!
Hemos declarado lícitas para ti a tus esposas, a las que has dado dote, a las
esclavas que Dios te ha dado como botín de guerra” (Sura 33).
No creemos que valga la pena insistir mucho más. Resulta
evidente que, el espíritu y la letra de estos fragmentos, hablan por sí mismos
y demuestran que no se está aludiendo a símbolos morales: se está hablando de
guerra pura y simple, de botines y de formas de matar, se alude explícitamente
a que el yihadismo es la forma más elevada de práctica el
islamismo, por encima de cualquier otra.
Es evidente que todos los textos sagrados, escritos en épocas muy
distantes a la nuestra, para sociedades primitivas, cometen los mismos excesos.
Encontraríamos, así mismo, frases similares en el Antiguo Testamento, sin
embargo, hay que reconocer que, en la actualidad, solamente hay una religión,
sólo una, que considera estos versículos como preceptos y algunos de cuyos
fieles, incluso, están dispuestos a ponerlos en práctica. Y lo que es peor:
algunos de sus miembros se han deslizado hacia el fundamentalismo y de ahí al yihadismo
¡y los está poniendo en práctica!
Nada puede garantizar –absolutamente nada, salvo el evitar la
predicación, la práctica y la presencia del islam en los países occidentales–
que un musulmán “moderado” pase a ser “radical” por algún cambio en su vida (se
sabe, por ejemplo, que las cárceles están consideradas como “aceleradores de la
radicalización”: se entra como delincuente común y el imán de turno, otro preso
común o el facilitado por la administración penitenciaria, convence de que
solamente el yihadismo es la vía con la que Alá le concederá los dones
deseados y olvidará tus faltas anteriores. El primitivismo, las supersticiones
y las ambiciones ingenuas hacen todo lo demás…
[1]. Está presente un deseo
de paz. Si el enemigo busca una tregua, se ordena aceptarla: “Y si se inclinan
hacia la paz, inclínate tú también hacia ella y confía en Dios...” (Corán
8:61). Hay algo parecido a la idea cristiana de devolver bien por mal: “...y
cuando los ignorantes los insultan, responden con palabras de paz”. (Corán
25:63). Se prohíben las agresiones injustificadas: “Combatid por la causa de
Dios a quienes os combaten, pero no iniciéis las hostilidades, porque Dios no
ama a los agresores”. (Corán 2:190). Se condena al asesinato: “...quien
mata a una persona (...) es como si matase a toda la humanidad, y quien salva
una vida es como si salvase a toda la humanidad”. (Corán 5:32). Se
prohíben las conversiones forzadas al Islam: “No hay coacción en la
religión...” (Corán 2:256)
[2]. Se establece la lucha
armada como una obligación comunitaria: “Se os ha prescrito combatir, aunque os
sea odioso...” (Corán 2:216). Esta lucha debe ser especialmente radical
contra los idólatras: “...matad a los idólatras dondequiera que los encontréis,
capturadlos, sitiadlos y tendedles emboscadas en todo lugar...” (Corán
9:5). Incluso se dan instrucciones tácticas para el combate: “Cuando os
enfrentéis a los que se niegan a creer, golpeadlos en el cuello...” (Corán
47:4). De estas prescripciones no se salvan ni siquiera comunidades “próximas”
al islam como el judaísmo y el cristianismo: “Combatid contra quienes (...) no
siguen la religión de la verdad, de entre aquellos que recibieron la Escritura,
hasta que paguen la jizya [impuesto] con sumisión...” (Corán
9:29) y podríamos seguir. El término “guerra” aparece en el Corán en 15
ocasiones y no como una palabra más, ni como una alegoría, sino como algo que
se recomienda para ser recompensado por Alá. Hacer la guerra en nombre de Alá,
aproxima al “paraíso”. Ser “infiel” implica, por el contrario, a hacerse
acreedor de cualquier castigo: la guerra, el primero de todos. Véase por
ejemplo lo que dice el Corán: “Retribución de quienes hacen la
guerra a Dios y a Su Enviado y se dan a corromper en la tierra: serán
muertos sin piedad, o crucificados, o amputados de manos y pies opuestos, o
desterrados del país. Sufrirán ignominia en la vida de acá y terrible castigo
en la otra”. Quedan exceptuados “quienes se arrepientan antes de caer en
vuestras manos”. (Sura 5). O bien este otro fragmento que va en la misma
dirección: “55. Los seres peores, para Dios, son los que, habiendo sido
infieles en el pasado, se obstinan en su incredulidad. 57. Si, pues, das
con ellos en la guerra, que sirva de escarmiento a los que les siguen. Quizás,
así, se dejen amonestar. 59. ¡Que no crean los infieles que van a escapar! ¡No
podrán! 60. ¡Preparad contra ellos toda la fuerza, toda la caballería que
podáis para amedrentar al enemigo de Dios y vuestro y a otros fuera de ellos,
que no conocéis pero que Dios conoce!” (Sura 8).
[5]. “Mohamed VI anuncia
un recorte de sus poderes en respuesta a las protestas”, El País, 10 de
marzo de 2011, https://elpais.com/












