jueves, 15 de octubre de 2026

El Islam marroquí a fecha de hoy (3). ¿Islam pacifista o islam yihadista?

Ahora bien, sí, para un musulmán, las enfermedades del monarca marroquí son la evidencia de que ha sido abandonado por Alá, por sus muchas vulneraciones de la ley coránica, el hecho de que el monarca marroquí no haya sido derrocado por una revuelta yihadista, acaso ¿no sería el indicativo de que el fundamentalismo islámico es muy minoritario en Marruecos? Esta pregunta merece una respuesta algo detenida.

En efecto, la mayoría del islam marroquí no puede considerarse radical, ahora bien, en el mundo islámico existe una increíble tendencia a deslizarse inopinadamente y en poco tiempo, de posturas moderadas a posturas extremistas. Esta duplicidad es inherente a cualquier forma de Islam. Recordemos que unos años de la revolución islámica de Jomeini, Irán era, seguramente, un país occidentalizado, como lo era el Egipto de Nasser o los países en donde el partido Baas tenía presencia en Oriente Medio (Siria, Irak y Líbano); bastaron una serie de reformas e imprevistos (el terremoto de 1978 que causó 15.000 víctimas mortales, la desigualdad extrema que se percibió a partir de los fastos por el 2.500 aniversario del Imperio Persa en 1976, considerada como la fiesta más costosa de la historia, el enriquecimiento de la élite y la inflación que golpeó en los años 70 a las clase media y baja, el programa de modernización agraria que arruinó a los pequeños propietarios y el descontento de los pequeños comerciantes –el “bazar”– que perdieron terreno ante las grandes corporaciones occidentales, etc.) para que el fundamentalismo islámico despertara y se convirtiera en un fenómeno de masas. En Marruecos puede ocurrir algo parecido y casi por los mismos elementos. También en Irán, el imán Jomeini aludió en múltiples ocasiones al derecho a la revuelta contra un gobernante que trabajaba contra Alá.

El cómo se produjo un corrimiento del grueso de la población en apenas cinco años, desde posiciones musulmanas moderadas y occidentalizadas, hacia posiciones fundamentalistas, es algo que está dentro de la misma doctrina islámica. Basta leer el Corán, los hadiths (dichos del profeta), la Sira (biografías de Mahoma), la Sunna (el “camino”), el Fiqh (la jurisprudencia desarrollada por los eruditos, de las que existen distintas escuelas, una de las cuales, la malikita, es propia de Marruecos)… todos estos textos y tradiciones ocupan miles y miles de páginas, a las que hay que unir otros “textos sagrados” anteriores, entregados por Alá a varios profetas: la Toráh, recibida por Moisés (o Musa), los Salmos, entregados al rey Davi (o Dawud) y el Evangelio, entregado al “profeta Jesús” (Isa). Obviamente, en todo este material, a poco que se busque, puede encontrarse una afirmación y su contraria.

Esto hace que el Corán contenga numerosos versículos en los que se promueve la paz, el perdón, la santidad de la vida humana y la resolución pacífica de cualquier conflicto[1]. Pero, junto a ellas, aparecen afirmaciones que sostienen justo lo contrario y que, por lo demás, son de una violencia extrema en las que se ordena, indubitablemente y con todas las letras, el combate armado, la guerra y el uso de la fuerza; estos versículos que suelen denominarse “de la espada”[2].

Los juristas medievales y los fundamentalistas de nuestros días, no albergan la menor duda de que los versículos “pacifistas” fueron abrogados y anulados por los versículos que figuran con posterioridad, los de la etapa de Medina, los versículos bélicos, siendo anteriores los versículos “pacifistas” que corresponden a la etapa de La Meca. Así pues, ¿con qué islam nos quedamos? ¿con el “pacifista” o con el “ultrabelicista”? A fin de cuentas, solamente unas páginas separan a unos de otros dentro del mismo libro…

Cualquier imán, en su prédica, puede partir de bases “pacifistas”, para concluir llamando a la “yihad” por un simple desengaño personal, el replanteamiento de su fe o un sutil cambio de posición, de la misma forma que la comunidad musulmana, puede variar sus preferencias de unos versículos a otros, por circunstancias sociológicas, políticas o económicas.

Da igual la ruta elegida: para los eruditos islámicos, tanto si se sigue la vía “pacífica” (siguiendo los preceptos ordenados por Mahoma y enseñados en las mezquitas “moderadas”), como la vía de la “yihad” (la muerte en la “guerra santa”), el fin que espera al musulmán en la “otra vida” es el mismo: un paraíso sensualista repleto de jardines inmensos por los que fluyen ríos de agua pura, leche de sabor inalterable, vino que no embriaga, y miel purificada (Corán 47:15); la climatología no debe de preocuparle, pues vivirá en una primavera perpetua, en donde “los bienaventurados visten ropas de fina seda y brocado verde, y usan brazaletes de oro y plata” (Corán 18:31), con palacios y mansiones elevados con divanes cómodos donde descansar eternamente, donde no existe sufrimiento ni dolor, vejez, ni muerte y donde, por supuesto, no faltan huríes para aportar las satisfacciones personales más deseables y lujuriosas…

Pues bien, este “paraíso” casi infantil se promete a todos los que se benefician de la “misericordia divina”, tanto a los que mueren en la “yihad”, como a los justos que lo hacen en su cama. ¿Cómo elegir entre una y otra vía? Todo dependerá de los versículos del Corán que se tengan en cuenta y de las circunstancias personales: es muy posible que un joven, arrojado a la miseria, sin perspectivas personales, profesionales, ni esperanza en su promoción social, ya sea en los arrabales de Tánger o entre las destrucciones de Gaza, opte por la rapidez y quiera sacrificarse en la “guerra santa”, para disfrutar de los goces sensuales prometidos. Obviamente, un príncipe saudí o un magnate de Dubai tendrán mucha menos prisa por disfrutar de mieles de las que ya están disfrutando en este mundo.

Basta que aparezca un imán fundamentalista para que recalque los fragmentos problemáticos, o bien basta que el fiel “moderado” lea el Corán para que se convierta en un yihadista radical, si quiere gozar de todas las ventajas y dones que Alá entrega a quienes participan en la yihad. Nadie está exento de la obligación de practicar la yihad, tal como atestigua este fragmento: “38. ¡Creyentes! ¿Qué os pasa? ¿Por qué, cuando se os dice: «¡Id a la guerra por la causa de Dios!», permanecéis clavados en tierra? ¿Preferís la vida de acá a la otra? Y ¿qué es el breve disfrute de la vida de acá comparado con la otra, sino bien poco...? 39. Si no vais a la guerra, os infligirá un doloroso castigo. Hará que otro pueblo os sustituya, sin que podáis causarle ningún daño. Dios es omnipotente. 41. ¡Id a la guerra, tanto si os es fácil como si os es difícil! ¡Luchad por Dios con vuestra hacienda y vuestras personas! Es mejor para vosotros. Si supierais... 42. Si se hubiera tratado de una ventaja inmediata o de un viaje corto, te habrían seguido, pero el objetivo les ha parecido distante. Jurarán por Dios: ‘Si hubiéramos podido, os habríamos acompañado a la guerra’. Se pierden a sí mismos. Dios sabe que mienten”.  (Sura 9). El islamista que no acude a la llamada de la yihad, simplemente, “se pierde a sí mismo”…

Más adelante, por si esto no hubiera quedado claro, el Corán insiste en el mismo orden de ideas: «81. Los dejados atrás se alegraron de poder quedarse en casa en contra del Enviado de Dios. Les repugnaba luchar por Dios con su hacienda y sus personas y decían: “No vayáis a la guerra con este calor”. Di: “El fuego de la gehena es aún más caliente”. Si entendieran... 82. ¡Que rían, pues, un poco! Ya llorarán, y mucho, como retribución de lo que han cometido». (Sura 9). No practicar la yihad, pues, implica conocer el “fuego de la gehena” (el infierno). El yihadista recibirá de Alá un mayor reconocimiento y, sobre todo, más “premios”: “95. Los creyentes que se quedan en casa, sin estar impedidos, no son iguales que los que combaten por Dios con su hacienda y sus personas. Dios ha puesto a los que combaten con su hacienda y sus personas un grado por encima de los que se quedan en casa. A todos, sin embargo, ha prometido Dios lo mejor, pero Dios ha distinguido a los combatientes, por encima de quienes se quedan en casa, con una magnífica recompensa” (Sura 4).

Este otro fragmento, de brutalidad manifiesta, se sentencia que la muerte es la única “retribución” de los infieles: “190. Combatid por Dios contra quienes combatan contra vosotros. 191. Matadles donde deis con ellos, y expulsadles de donde os hayan expulsado. Tentar es más grave que matar. No combatáis contra ellos junto a la Mezquita Sagrada, a no ser que os ataquen allí. Así que, si combaten contra vosotros, matadles: ésa es la retribución de los infieles». (Sura 2).

Todo sea, en cualquier caso, por el botín: «94. Dios ofrece abundantes ocasiones de obtener botín» (Sura 4). En realidad, toda la Sura 8 está dedicada a este tema y se titula, precisamente: El Botín (Al–Anfal), cuyo primer versículo es explícito: “1. Te preguntan por el botín. Di: ‘El botín pertenece a Dios y al Enviado’”. Y, cómo no, las mujeres infieles son consideradas en tanto que “botín”: “50. ¡Profeta! Hemos declarado lícitas para ti a tus esposas, a las que has dado dote, a las esclavas que Dios te ha dado como botín de guerra” (Sura 33).

No creemos que valga la pena insistir mucho más. Resulta evidente que, el espíritu y la letra de estos fragmentos, hablan por sí mismos y demuestran que no se está aludiendo a símbolos morales: se está hablando de guerra pura y simple, de botines y de formas de matar, se alude explícitamente a que el yihadismo es la forma más elevada de práctica el islamismo, por encima de cualquier otra.

Es evidente que todos los textos sagrados, escritos en épocas muy distantes a la nuestra, para sociedades primitivas, cometen los mismos excesos. Encontraríamos, así mismo, frases similares en el Antiguo Testamento, sin embargo, hay que reconocer que, en la actualidad, solamente hay una religión, sólo una, que considera estos versículos como preceptos y algunos de cuyos fieles, incluso, están dispuestos a ponerlos en práctica. Y lo que es peor: algunos de sus miembros se han deslizado hacia el fundamentalismo y de ahí al yihadismo ¡y los está poniendo en práctica!

Nada puede garantizar –absolutamente nada, salvo el evitar la predicación, la práctica y la presencia del islam en los países occidentales– que un musulmán “moderado” pase a ser “radical” por algún cambio en su vida (se sabe, por ejemplo, que las cárceles están consideradas como “aceleradores de la radicalización”: se entra como delincuente común y el imán de turno, otro preso común o el facilitado por la administración penitenciaria, convence de que solamente el yihadismo es la vía con la que Alá le concederá los dones deseados y olvidará tus faltas anteriores. El primitivismo, las supersticiones y las ambiciones ingenuas hacen todo lo demás…



[1]. Está presente un deseo de paz. Si el enemigo busca una tregua, se ordena aceptarla: “Y si se inclinan hacia la paz, inclínate tú también hacia ella y confía en Dios...” (Corán 8:61). Hay algo parecido a la idea cristiana de devolver bien por mal: “...y cuando los ignorantes los insultan, responden con palabras de paz”. (Corán 25:63). Se prohíben las agresiones injustificadas: “Combatid por la causa de Dios a quienes os combaten, pero no iniciéis las hostilidades, porque Dios no ama a los agresores”. (Corán 2:190). Se condena al asesinato: “...quien mata a una persona (...) es como si matase a toda la humanidad, y quien salva una vida es como si salvase a toda la humanidad”. (Corán 5:32). Se prohíben las conversiones forzadas al Islam: “No hay coacción en la religión...” (Corán 2:256)

[2]. Se establece la lucha armada como una obligación comunitaria: “Se os ha prescrito combatir, aunque os sea odioso...” (Corán 2:216). Esta lucha debe ser especialmente radical contra los idólatras: “...matad a los idólatras dondequiera que los encontréis, capturadlos, sitiadlos y tendedles emboscadas en todo lugar...” (Corán 9:5). Incluso se dan instrucciones tácticas para el combate: “Cuando os enfrentéis a los que se niegan a creer, golpeadlos en el cuello...” (Corán 47:4). De estas prescripciones no se salvan ni siquiera comunidades “próximas” al islam como el judaísmo y el cristianismo: “Combatid contra quienes (...) no siguen la religión de la verdad, de entre aquellos que recibieron la Escritura, hasta que paguen la jizya [impuesto] con sumisión...” (Corán 9:29) y podríamos seguir. El término “guerra” aparece en el Corán en 15 ocasiones y no como una palabra más, ni como una alegoría, sino como algo que se recomienda para ser recompensado por Alá. Hacer la guerra en nombre de Alá, aproxima al “paraíso”. Ser “infiel” implica, por el contrario, a hacerse acreedor de cualquier castigo: la guerra, el primero de todos. Véase por ejemplo lo que dice el Corán: “Retribución de quienes hacen la guerra a Dios y a Su Enviado y se dan a corromper en la tierra: serán muertos sin piedad, o crucificados, o amputados de manos y pies opuestos, o desterrados del país. Sufrirán ignominia en la vida de acá y terrible castigo en la otra”. Quedan exceptuados “quienes se arrepientan antes de caer en vuestras manos”. (Sura 5). O bien este otro fragmento que va en la misma dirección: “55. Los seres peores, para Dios, son los que, habiendo sido infieles en el pasado, se obstinan en su incredulidad. 57. Si, pues, das con ellos en la guerra, que sirva de escarmiento a los que les siguen. Quizás, así, se dejen amonestar. 59. ¡Que no crean los infieles que van a escapar! ¡No podrán! 60. ¡Preparad contra ellos toda la fuerza, toda la caballería que podáis para amedrentar al enemigo de Dios y vuestro y a otros fuera de ellos, que no conocéis pero que Dios conoce!” (Sura 8).

[5]. “Mohamed VI anuncia un recorte de sus poderes en respuesta a las protestas”, El País, 10 de marzo de 2011, https://elpais.com/