sábado, 28 de octubre de 2023

EL VERDADERO ESTADO DE LA NACIÓN (14): Las posibilidades de un “rearme moral”

Habrá quien sostenga que la crisis de Estado que atraviesa España en estos momentos, es circunstancial y que, antes o después, de impondrá la cordura, el sentido común y el sentido del Estado, tanto entre la población como en las cúpulas de los partidos políticas. Alguien podrá pensar que las crisis no son eternas, sino que, “cuando se toca fondo”, siempre el país se recupera y habrá quien recuerda la sentencia de Bismarck sobre España diciendo que desde hace siglos estamos intentando destruirnos pero que nunca lo conseguimos del todo. De todas estas opiniones, incluso la de Bismarck, es errónea. Se refieren a otras experiencias y períodos en la historia de España: pero, de la misma forma que un traje recién estrenado que tiene una pequeña mancha de grasa, no costará mucho quitarla, pero en otro traje, ajado por los años y el uso, manchado por todas partes, resulta imposible restituirle su brillo originario, así mismo, una nación, a partir de cierto nivel de decadencia, resulta completamente irrecuperable. Esta es la situación de España en estos momentos. La sociedad española, aquí y ahora, está enferma. Sufre múltiples enfermedades, pero no existe ningún "especialista" con valor suficiente para diagnosticarlas... porque, precisamente, han sido esos mismos especialistas quienes las han generado.

La sociedad española, en su conjunto, parece incapaz de generar hombres y mujeres dignos de tal nombre. Las parejas ya no producen hijos. Los padres de los pocos que nacen, se encuentran con una escuela que no educa, apenas informa y no forma en absoluto el carácter: y ellos carecen de tiempo para hacerlo. Nadie, por otra parte, les ha informado cómo educar a una nueva generación que, desde muy niños, se han habituado al “chupete electrónico”. Antes, los abuelos educaban a los hijos cuando los padres estaban en el trabajo, pero, ahora, la brecha generacional (unido a otras mutaciones culturales) hace que los “nativos digitales” tengan muy poco que ver con el mundo de los abuelos.


Las concepciones “progresistas”, por fin, han terminado desarmando cualquier posibilidad de recuperación: lo normal, cuando una vía se ha demostrado errónea, sería tratar de rectificar el rumbo y, sobre todo, hacerlo en dirección opuesta a la que ha generado todos los problemas que estamos viviendo en estos momentos. Pero, el progresismo sostiene que es preciso “avanzar”, “profundizar”, entendiendo por esto, ir más adelante en la misma dirección emprendida, entendiendo que, a pesar de que no nos haya llevado al mejor de los mundos, sino todo lo contrario, es precisamente porque no se ha aplicado íntegramente y en todos los campos: así pues, para comprobar si el progresismo conduce a la ruina o a un mundo feliz, es preciso apurarlo hasta el final. Criterio suicida y, sin embargo, generalizado, incluso entre la “derecha progresista”. Signo de los tiempos.



Aumento de los tratamientos contra la ansiedad en España entre 2011 y 2021:
se han multiplicado por ocho en apenas diez años.

Pero los tiempos van en una dirección muy distinta a la que habían previsto los progresistas desde principios de los 90: a nivel internacional, el Nuevo Orden Mundial planificado por los EEUU tras el hundimiento de la URSS y la guerra de Kuwait, ya no existe. Tras un período de “unilateralismo” norteamericano que acompañó al fenómeno económico de la globalización y al fenómeno ideológico-cultural del mundialismo, el conflicto ucraniano ha partido al mundo en dos: “Occidente” (los países de la OTAN) y los BRICS (países disidentes del unilateralismo norteamericano). Los primeros -España entre ellos- son solamente vasallos del Pentágono y del Departamento de Estado norteamericano. Harán lo que se cueza en esos laboratorios estratégicos. Los BRICS, por su parte, a pesar de que tienen distintas orientaciones y principios, intereses diversos, están de acuerdo en algo: el mundo debe ser multipolar. Si bien el interés chino es convertirse en la factoría mundial que fabrica desde un tornillo hasta un satélite interplanetario, uniendo lo peor del capitalismo (el consumismo) a lo peor del comunismo (la masificación) y el de Rusia es preservar su seguridad y su independencia, mientras que las potencias regionales ascendentes -India y Brasil, pero especialmente la primera- aspiran a un papel económico que les reporte fondos suficientes para aumentar el nivel de vida de su población, lo cierto es que todo apunta a que plantearán la batalla económica en un terreno en el que los EEUU no estaban preparados: contra la hegemonía del dólar. Cuando decidan hundir al dólar como moneda de cambio internacional -y lo harán lanzando una divisa común, digital o convencional- EEUU estará abocado a un desplome similar al que sufrió la URSS en el período 1988-2001.

Al multilateralismo puede llegarse mediante el pacto (como desean los conservadores trumpistas en EEUU) o mediante la carrera armamentística (en la que EEUU va perdiendo posiciones diariamente). Así pues, España está en el “bando” que tiene todas las de perder en este conflicto. Las empresas de comunicación, los tertulianos, los líderes empresariales y, por supuesto, una clase política incapaz, son partidarios de permanecer en el “bando progresista” con el que piensan que, finalmente, se llegará a una acuerdo (a fin de cuentas el modelo chino, es un modelo de síntesis entre capitalismo y comunismo, entre derecha e izquierda y el que se adapta mejor al “último hombre”, en la terminología nietzscheana, aquel que es solo masa, peso muerto, sin rostro, sin personalidad, sin carácter, sin criterio y sin saber nada esencial, ni sobre el mundo, ni sobre él mismo, ni sobre su origen, ni sobre su comunidad). 

Los problemas mentales de la sociedad española en 2016 según los datos de asistencia a los centros de asistencia primaria.

Cuanto más ignorancia existe de la propia identidad, más confusión sufre el individuo ante los problemas que le presenta la vida, menos ayuda tiene de sus "grupos naturales de apoyo" y más riesgo tiene de sufrir enfermedades mentales. En consecuencia, menos posibilidades tiene de reaccionar consciente y razonadamente ante las amenazas que le asaltan y los problemas cotidianos que sufre. Este proceso, no afecta solo a los individuos, sino a las sociedades enteras. Este es el gran problema que tiene la sociedad española en este momento y lo que explica el aumento asindótico de personas que sufren actualmente dolencias mentales.

Tal es el resultado de una sociedad cuyos valores se han "ablandado". Una sociedad sin valores o con valores puramente finalistas es una sociedad indefensa ante la realidad y que se derrumba al primer choque con la misma, cuando se comprueba que lo "real" no tiene nada que ver con lo "sugerido" por los medios de comunicación, por el sistema educativo o por lo aceptado en tanto que "moda".

La situación de la salud mental de nuestra infancia solo entre 2017 y 2021. La generación post-milenial promete ser la que necesite, antes que ninguna otra, asistencia mental. Este es el producto del actual ordenamiento de la sociedad y del sistema de valores promovidos por el stablishment.

Para una sociedad así conformadas, las posibilidades de un "rearme moral" son, prácticamente, nulas. Para que existiera un “rearme moral” de la sociedad española, serían precisas muchas circunstancias, ninguna de las cuales se da en el presente:

1º) La primera de todas sería un cambio en las orientaciones y en los programas educativos. Problemas: todas las reformas de la educación que han tenido lugar en los últimos 55 años, han tenido lugar, o bien de la mano de “progresistas de derechas” o, lo más habitual, de “progresistas de izquierdas” (socialistas e independentistas, en concreto). Desde principios de los años 70, las “fábricas de maestros”, las Escuelas Normales, están en manos del progresismo de izquierdas y los criterios educativos proceden de ese ámbito. Una profunda reforma educativa que rompiera con la tendencia que ha destruido el sistema educativo español, no podría aplicarse a corto plazo por falta de profesorado capaz de transmitirla.

2º) En segundo lugar, se trataría de adoptar un “modelo cultural propio”. Para el bloque de la derecha, ese modelo suele venir marcado por las orientaciones nacidas en EEUU e, incluso, son solidarios en muchos casos con el otro bloque de izquierdas en su aceptación del modelo cultural impuesto por la Agenda 2030. Se ha perdido la memoria de nuestras raíces profundas: cultura clásica, cultura tradicional española, sentido de nuestra historia. En este terreno se ha impuesto el eclecticismo (en determinados colegios hasta el 98% del alumnado es de origen extranjero, incluso en algunos se llega al 100%: ¿cómo se va a lograr interesar a un alumno cuyos padres son nigerianos, andinos o magrebíes por la cultura española, por la cultura clásica greco-latina o por la ciencia, la filosofía o el arte, áreas en las que no encontrará representantes en los que pueda identificarse?). Así pues, lo mejor es no insistir mucho en nada que puede suponer un signo de identidad que atente contra la sensibilidad de estos alumnos cuyas raíces etno-culturales no están en Europa, no sea que se sientan discriminados, minusvalorados o inferiores.

3º) En tercer lugar, la ausencia completa de “capacidad crítica” o la reducción unidimensional de la enseñanza progresista que impone al alumno “anteojeras” (como al asno o al caballo de tiro para que solamente vea lo que tiene delante), impide a los jóvenes someter a crítica cualquier cosa que consuman, piensen o vean. El empobrecimiento cultural al que hemos aludido era lo que cabía esperar después de la aparición de jóvenes poco exigentes respecto a lo que consumen. En lugar de “capacidad crítica”, se les han servido “modas”: quien no sigue la moda puede quedar aislado de su propia generación, marginado, fuera de juego. El “look” ha sustituido a la personalidad; la “frivolidad” a la capacidad intelectual, el cultivo del espíritu se ha visto apisonado por la apatía; las redes sociales han asfixiado la comunicación; los fakes se han impuesto a la realidad; los mundos virtuales terminarán siendo más apasionantes que la realidad cotidiana; el salario o la herencia universal, más atractivos que el trabajo, el aprendizaje; la “pastilla azul” de la ignorancia voluntaria, es infinitamente más consumida que la “pastilla roja” de la realidad incómoda.

No se ve en función de qué, ni de la mano de quien, ni los valores que podrían, en las actuales circunstancias, impulsar un “rearme moral” de nuestra sociedad. La Iglesia Católica se encuentra excesivamente deteriorada y confundida como para cumplir ese papel (que había desempeñado frecuentemente en la historia nacional). La Monarquía, que debería ser ejemplo para la Nación, se ha convertido en carne de prensa frívola y ha aceptado el ser una institución simbólica y sin prerrogativas esenciales a cambio de ser “próxima”, “popular”: cuando lo que hace grande a un Rey y a una Dinastía es, precisamente, la distancia, la lejanía, la elevación y el ejemplo. En cuanto a la Aristocracia, simplemente, ha desertado: los hijos de los aristócratas que, hasta los años 30, tuvieron un papel esencial en los sucesivos rearmes morales del país, simplemente, eluden estar en cabeza -e incluso que se conozca su título- de cualquier conato de revitalización de nuestra sociedad. Estos fueron los sectores que, junto con los jóvenes de clase media, han reaccionado históricamente contra los excesos del "progresismo", le han puesto freno y han supuesto "elementos de rectificación". Pero hoy, la clase media, bastante tiene con sus propios problemas, apisonada por un sistema fiscal que le ROBA, literalmente, más del 40% de sus ingresos, sometido a inseguridad laboral, a hipotecas, deudas y presiones de todo tipo, incluso entre los más jóvenes, ya no está en condiciones de rectificar ni siquiera su propia vida...

No existen grupos sociales lo suficientemente amplios y con las ideas claras como para, a partir de ahí, impulsar un proceso de reconstrucción nacional. Siempre existirán individuos aislados que seguirán constituyendo pequeños focos de luz en las tinieblas. Pero su acción se verá limitada, reducida a unos pocos círculos que poco pueden hacer frente a la marea progresista.

Y esta situación no es nueva. Son muchas décadas en las que, no solo hemos “tocado fondo”, sino que nuestra sociedad se va “arrastrando por el fondo”. No hay luces al final del túnel, sino apenas resplandores que verá aquel consciente de que ha caído al fondo de un pozo profundo. 


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