¿Quién diseñó la transición española? ¿Torcuato Fernández Miranda?
¿Adolfo Suárez? ¿El Rey Juan Carlos? La sensación que dan todos estos
personajes es que los sucesos siempre discurrieron por delante de ellos:
siempre adoptaron decisiones a remolque de los acontecimientos políticos
traumáticos que iban sucediéndose; nunca estuvieron en condiciones de
adelantarse a ellos; nunca tuvieron la talla suficiente para preverlos; nunca,
absolutamente nunca, para anticiparse: Es posible (casi seguro) que ninguno de
ellos tuviera claro, inicialmente, hacia dónde debían encaminarse, ni que el
objetivo fuera transformar España en una democracia formal. Es, incluso
posible, que, si por ellos hubiera sido, se habrían limitado a dar unos cuantos
toques cosméticos de carácter gatopardista, para que, a fin de cuentas, no
cambiara nada. Fue eso, precisamente, lo que dijo explícitamente Adolfo
Suárez en la última reunión de lugartenientes provinciales de la Guardia de
Franco (milicia del Movimiento, no se olvide) que tuvo lugar unas semanas antes
de las elecciones de junio de 1977: “No es preocupéis, que nada va a cambiar…”.
Si hubo un “cocinero” -¡y claro que lo hubo!-, no tenía, desde
luego, carné de identidad español: optamos, más bien, por creer que la
transición española estuvo vinculada a la política norteamericana de conversión
de las “dictaduras mediterráneas” en “democracias formales”. El papel de Juan Carlos, Suárez o de Torcuato, consistió,
simplemente, en ser “pinches” de cocina, al servicio del “chef”. Intuían cuál
era su misión, pero no como cumplirla, sin despertar recelos de unos o de
otros. Sobre todo, no querían arriesgarse a nada que pusiera en peligro su
protagonismo futuro. Eso explica sus dilaciones, sus dudas y sus decisiones
tardías derivadas de sus constantes muestras de debilidad.
Sigamos repasando los hechos de aquellos agitados meses.
* * *
Empecemos por algunos “flecos” resueltos tras la “semana negra”.
El primero de todos, que tranquilizó a la opinión pública, fue la liberación
de los dos secuestrados por el GRAPO, Oriol y Villaescusa, sin derramamientos
de sangre, gracias a un infiltrado -Espinosa Pardo- que entró en contacto
con los GRAPO presentado por Antonio Cubillo, líder del MPAIAC, un movimiento
independentista canario, con base en Argelia, de escasa militancia y que, en
realidad, era un instrumento improvisado por Argelia que temía una salida en
falso de la cuestión del Sáhara que beneficiara a Marruecos. Esto ocurría el 11
de febrero de 1977. La sociedad española, respiró aliviada: todavía podía
confiarse en la eficiencia de las fuerzas de seguridad que, ese mismo día,
detuvieron a los tres responsables de la matanza de Atocha. Era como decir:
“golpeamos a la derecha, golpeamos a la izquierda, y adelante, aquí no ha
pasado nada…”
8.1. El fin de la presencia de exiliados neofascistas en España
Quedada, en aquel momento, un último fleco pendiente: los
neofascistas italianos exiliados en España. Desde
fuera se les veía como un solo grupo, pero, en realidad, existían dos muy
distintos: unos eran antiguos miembros de Ordine Nuovo, los otros pertenecían a
Avanguardia Nazionale. Se habían producido tránsitos de uno a otro y
Avanguardia había recuperado en España a los elementos más valiosos y siempre
contó con los mejores contactos, no solo en “altas esferas”, sino también entre
la militancia de extrema-derecha española. Avanguardia se había preocupado por
establecer “controles” y “cortafuegos” para evitar infiltraciones; sus
militantes (nunca fueron más de una decena de exiliados, mientras que los
ordinovistas eran bastantes más) se encontraban ilegalmente en España, pero, el
Comandante Borghese y Delle Chiaie habían logrado pactar con el gobierno
español, su inmunidad, en vida de Franco. Por el contrario, los militantes de
Ordine Nuovo solían comunicar a la policía, desde el momento mismo de su
llegada, los datos sobre su residencia y formular la petición de “asilo
político”. Durante su estancia en España, ambos grupos habían elaborado un
proyecto de fusión (que fracasó), pero en España esta comunidad en el exilio seguía
haciendo gala de cierta ósmosis. La experiencia italiana había enseñado a los
miembros de Avanguardia a desconfiar de confidentes policiales o de personajes que,
por algún motivo, no eran completamente “seguros”; mientras que Ordine Nuovo,
tendía a considerar como “camarada” a cualquiera que se aproximara a su
ambiente y a dar por sentado que España era “santuario” seguro…
La ingenuidad de los ordinovistas y el no conocer suficientemente
el terreno en el que pisaban, entrañaría el fin de la presencia de exiliados
neofascistas en España. En efecto, el
22 de febrero de 1977, cuando las cosas parecían haberse calmado después de un
inicio de año de infarto, una nueva noticia ocupó las primeras páginas de los
diarios: la policía había descubierto una “fábrica de armas” en la céntrica
calle Pelayo, nº 39 de Madrid, gestionada por neofascistas italianos. La
información decía que se había incautado material para la “fabricación de armas
de guerra”, y, entre otras, más en concreto, “fusiles ametralladores Ingram
M-10 Marietta”. Resultaron detenidos nueve ciudadanos italianos y dos
españoles. Uno de ellos era Mariano Sánchez Covisa, a nombre del cual estaba el
piso. La información añadía también que la policía había encontrado tres misteriosos
lingotes de oro…
Con esta información terminó el culebrón de los neofascistas
refugiados en España. Sin embargo, para valorar mejor la noticia, hay que
aportar algunos detalles complementarios. Como el lector podrá comprender,
fabricar un arma de precisión moderna de 9 mm de calibre y alta cadencia de
fuego (como es la Ingram M-10), no basta con unas pequeñas máquinas de bricolaje
casero. Con el material incautado, lo único que podía fabricarse eran
“bolígrafos pistola”, prácticamente inofensivos, siempre y cuando se tuviera
cuidado de que no estallaran en la mano al primer disparo. Cómo máximo, se
podían reparar armas cortas que requirieran piezas elaboradas manualmente por
torneros especializados; nada más. Así pues, el gran titular del día sobre
la “fábrica de armas” era torpe y mendaz. La operación fue llevada a cabo por
la Guardia Civil, no por la policía nacional. Detalle interesante, sobre
todo, si tenemos en cuenta que uno de los detenidos, Mariano Sánchez Covisa,
estaba considerado como confidente y colaborador habitual de la policía y
ya hemos visto las graves sospechas que albergábamos sobre él.
Segundo detalle. Todos los detenidos pertenecían a Ordine
Nuovo. Ninguno a Avanguardia Nazionale (sólo uno era próximo). ¿Por alguna
deferencia especial hacia la gente de Delle Chiaie? En absoluto: simplemente
porque los “avanguardistas” habían mantenido normas estrictas de
clandestinidad y los “ordinovistas” no.
En cuanto a los tres lingotes de oro ocupados, la prensa no
informó (seguramente porque lo ignoraba en su momento) que procedían del atraco
con “lanza térmica”, realizado por Bert Spaggiari en la cámara acorazada de la
Société Générale en Niza el 19 de julio de 1976, desvalijando 300 cajas de
seguridad. De ahí surgieron los tres lingotes. Spaggiari, antiguo miembro
de la OAS, aventurero exuberante rayano en lo temerario y con un sentido del
humor extraordinario, siempre había seguido manteniendo los contactos con la
extrema-derecha y la amistad, entre otros con Delle Chiaie, al que había
entregado los tres lingotes. Estos quedaron en un piso que, en la confusión de
aquellos días, un ordinovista (Massagrande o Pomar, lo ignoro), llevó al local
de calle Pelayo.
Della Chiaie, tras comprobar que solamente un
militante próximo a Avanguardia había sido detenido al acudir a su trabajo,
abandonó España, acompañado por dos capitanes del ejército que se despidieron
tras cruzar con él el control de pasaportes, con destino a Buenos Aires. Allí, entre Santiago de Chile y Buenos Aires,
permanecería entre la primavera de 1976 y el verano de 1977, para luego viajar
con cierta regularidad a París en donde volvimos a encontrarnos en el verano de
1978.
8.2. Delle Chiaie con un enviado de Martín Villa para aclarar el
secuestro de Oriol
Vale la pena dar algunos datos sobre las últimas semanas de Delle
Chiaie en España. Al publicarse las fotos sobre su presencia en Montejurra-76,
publicadas por Cuadernos para el Diálogo, militares de los servicios de
información del Estado, le informaron -como ya hemos mencionado- de la petición
que había recibido el ministerio del interior sobre su extradición a Italia, a
cambio de apoyo italiano al gobierno español, creo recordar que vinculados con
el ingreso de España en la UE. La inteligencia militar se negó a colaborar
en esta tarea e informó al interesado de lo que se estaba cociendo. Delle
Chiaie se entrevistó, acompañado por uno de los máximos responsables de la
inteligencia militar, con un alto cargo de interior. El encuentro tuvo lugar en
un edificio militar.
La conversación se inició con la cuestión de su presencia en
Montejurra: “Usted había prometido a Franco que no intervendría en asuntos
españoles”. Respuesta: “Si, pero, muerto Franco, me consideré liberado
de tal promesa”. Luego se produjo la pregunta fatal: “¿Ha tenido usted
algo que ver con el secuestro de Oriol?”. Respuesta, obviamente, negativa,
que el interlocutor, por lo demás, esperaba. No había nada más de que hablar,
salvo recordar pasados episodios y rebajar tensiones. La entrevista tuvo lugar
hacia finales de 1976 (Delle Chiaie comenta el episodio en la página 275 de sus
“memorias”).
Con la salida de Delle Chiaie y la desarticulación de la “fábrica
de armas” (o presunta tal…), termina el episodio de la presencia de los
neofascistas en España. Estábamos a finales del invierno de 1977. Apenas unas
semanas después se legalizaría el PCE y se convocarían las elecciones junio de
1977.
8.3. Sociología de la “transición”: las “dos España” en 1975
¿Había pasado lo más duro de la transición? En absoluto.
La tensión y los sobresaltos constantes se prolongarían hasta que
las elecciones de 1982 dieron la victoria al PSOE, partido que procedió a
realizar el objetivo de la transición: el ingreso en la UE y en la OTAN. A partir de ese momento, las tensiones desaparecieron y nos quedó
la “versión oficial” de lo que había sido aquel período. Y en eso estamos…
Pero existe una versión alternativa, en absoluto conspiranoica,
que apuntaba en otra dirección y en la que se pueden integrar y entender mejor
todos los elementos que habían tachonado de sangre España entre 1976 y 1982.
Es hora de dar “nuestra” versión alternativa de lo que fue la
“transición” y, de ahí, conectar en el último parágrafo, con lo que está
ocurriendo medio siglo después, viaje necesario para conocer la naturaleza de
los lodos arrastrados desde entonces por las aguas, ya por entonces, turbias,
de la transición.
Retrocedamos al 20-N de 1975.
Cuarenta días antes, tras los fusilamientos de septiembre, la Plaza de Oriente
se había vuelto a llenar con la “mayoría silenciosa” que apoyaba al gobierno de
Franco. Poco después, ante su féretro desfilaron, interminablemente, miles de
personas. Miente, pues, quien diga que el régimen carecía en 1975 de “fuerza
social”. La tenía. Se trataba de una masa social amorfa, conformista, que
necesitaba, lo que Franco le había dado “paz, orden y prosperidad económica”:
¿Las libertades políticas? “Está bien eso de votar, pero…”, tampoco era algo
que se considerase imprescindible: “mejor bien gobernados sin derecho a
voto, que mal gobernados votando a mansalva”, era la opinión dominante en
un amplio sector de la sociedad antes de que Franco expirase. Esa “mayoría
silenciosa”, dejaba que las cosas fluyeran y delegaba -por así decir- su voto
al gobierno elegido por Franco del que no albergaba dudas sobre su eficiencia.
Ese sector, tenía una “minoría activa”, con la que no se
identificaba necesariamente; eran los que estaban dispuestos a partirse la cara
por el franquismo; se les había bautizado como “el búnker”. Eran los “excombatientes”, los católicos de estricta observancia
que deploraban la actividad de los “curas obreros” y de la “izquierda
cristiana”, eran los funcionarios del Movimiento y buena parte de los del
Estado, que cobraban poco pero, a cambio, tenían la seguridad de trabajo e
ingresos para toda la vida, eran los miembros de los grupos activistas del
franquismo, eran los miembros de la OJE y del Frente de Juventudes, eran los
que habían pasado por la Guardia de Franco o por la Sección Femenina, los
blaspiñaristas, los falangistas del universo joseantoniano o que habían pasado
por él, eran estudiantes que se veían obligados a estar callados en asambleas y
deploraban las continuas huelgas que interrumpían estudios…
Y luego, en el otro lado, estaba la “oposición democrática”. Su
eje central indiscutible, su columna vertebral, era el binomio, “Comisiones
Obreras – Partido Comunista de España”. El PSOE no existía y la UGT era una
entelequia fantasmal. La CNT estaba desmantelada desde principios de los años
50 e, incluso, un sector superviviente (los “cincopuntistas”) se habían
integrado en el Sindicato Vertical a iniciativa de Solís Ruiz, “la sonrisa del
régimen”. La “democracia cristiana”, apenas era una posibilidad improbable,
rota en varias capillas y otro tanto ocurría con los “socialdemócratas”,
hermanos de los anteriores, y con los “liberales”, eternamente dubitativos
entre República o Monarquía. Todas estas capillas estaban mucho más preocupados
por acudir a reuniones internacionales, que a salir a la calle e intentar
convencer a alguien -¿a quién?- de las bondades de sus productos del “supermercado
político”. Existía una extrema-izquierda (el Partido del Trabajo, el Movimiento
Comunista, la Oposición de Izquierdas), restos de grupos maoístas (la ORT, el
PCE(m-l)-FRAP, émulos de ETA en Cataluña y Galicia; trotskistas de todos los
conventículos en los que se fraccionaba más y más los trotskistas de la IVª
Internacional: los “pablistas”, los “mendelianos”, los “reconstruidos”, los
“morenistas”, los “posadistas”, los “lambertistas” (y seguro que olvido alguno).
En total: doctrinarios dogmáticos unos y agitadores descerebrados otros que,
poco a poco, fueron entendiendo que constituían la periferia del PCE y de su Junta
Democrática. Los que se negaron a aceptar esta realidad, terminaron en la “Plataforma
Democrática de España”, flanqueando al PSOE y tratando de hacerse un hueco en
sus filas. De hecho, la transición, especialmente en su primera fase, fue
le “edad de oro” del “izquierdismo”; pero, en 1982, ya habían desaparecido la
mayoría de siglas, integradas casi todas en las bases del PSOE (que
protagonizaron, como los dirigentes catalanes de la OICE, los primeros
escándalos económicos de este partido, ya en el gobierno, en la primera mitad
de los 80).
En resumen, en 1975, la “oposición democrática” tenía
tres sectores: el ampliamente mayoritario, controlado por Santiago Carrillo y
por la clase política del PCE, el muy minoritario formado por las siglas de las
distintas variantes de la izquierda comunista, y el ínfimo en el que formaban
desde una calderilla de liberales, socialdemócratas, democristianos,
nacionalistas, junto a un pequeño grupo rescatado de la indigencia y amamantada
por el SPD alemán y por la Fundación Ebert, y que respondía a la sigla “PSOE”.
Así pues, a principios de 1976 el “mapa político” de España
estaba dominado por una “mayoría silenciosa” a un lado y por una “oposición
democrática” al otro. Eran las dos Españas de toda la vida… pero con la
diferencia de que, salvo exiguas minorías a cada bando, nadie estaba
dispuesto a matar a nadie, ni a dejarse matar por algo.
La relativa “popularidad” de los ideales de la “oposición
democrática”, chocaba con el hecho de que, en Europa Occidental, el “comunismo”
seguía siendo la “bicha”, maldita y al servicio de la geopolítica soviética,
por mucho que el “eurocomunismo”, tras la invasión de Checoslovaquia en 1968,
hubiera entendido que los modos estalinistas eran rechazados unánimemente en
Europa Occidental. El PCE hacía redoblados esfuerzos por distanciarse de la
URSS, que no siempre eran creíbles. Para colmo, en 1974, tras la caída del
régimen salazarista en Portugal, el vecino país parecía abocado a caer en manos
de un Partido Comunista de estricta observancia moscovita y con una
extrema-izquierda intolerante y agresiva que lo condicionaba todo. El ejemplo
portugués, reforzó a la “mayoría silenciosa” española en la idea de que había
que aislar a los comunistas o el caos terminaría por irrumpir también en
España.
La “mayoría silenciosa”, contaba también con el apoyo de los
“poderes fácticos” (magistratura, ejército, policías y fuerzas de seguridad)
eran “apolíticos”, pero su programa se reducía a “ley, orden, continuismo y
seguridad”, sin piruetas ni saltos mortales. Así
pues, estaban del lado de la “mayoría silenciosa”.
Por todo ello, no pudo haber “ruptura democrática” como pretendía
el PCE. ¡La “oposición democrática” -repetimos la idea que parece no haber
calado lo suficiente en la historiografía española- carecía de fuerza social
suficiente para desencadenar la “ruptura” y, por tanto, hubo de conformarse con
el “Plan B”, que le ofrecían los funcionarios neofranquistas, que aceptaban la
necesidad de evolucionar, pero sin estridencias!
El cambalache al que se llegó tras la Ley de Reforma Política
(cínicamente presentada entonces como la “última de las Leyes Fundamentales”), fue
la transformación del Estado franquista en democracia formal, manteniendo la
figura de juan Carlos I para dar a la “mayoría silenciosa” la sensación de “continuidad”,
pero -detalle importante- con unas prerrogativas inferiores a las de cualquier
monarquía constitucional europea, reducidas a una representación simbólica de la
unidad y a aparecer como una especie de árbitro neutral, sin absolutamente
ninguna atribución de relieve. Todas las decisiones del monarca necesitan la firma (el “refrendo”) de un ministro o
del Presidente del Gobierno para tener validez. Lo único que se saldría de lo
grisáceo de esta “neutralidad” es que, el Rey aparece como
"inviolable", lo que significa que no puede ser juzgado ni castigado
por sus decisiones formales... gracias a lo cual, se justificó también a
posteriori, el desproporcionado número de “aforados” que no pueden ser juzgados
por tribunales regulares en función de su cargo. Por lo demás, atendiendo a
sus funciones reales, España se parece más a una república coronada que a una
monarquía constitucional.
8.4. El “nuevo espacio centrista” y su periferia
Los que aparecían oficialmente como “impulsores” de la transición
(Torcuato Fernández, Adolfo Suárez, etc.), siempre actuaron bajo presión, como
hemos dicho antes, en ningún momento se adelantaron a los hechos: fueron estos
los que les obligaron permanentemente a adaptarse a ellos, para no perder el
timón. Contaban con el apoyo de los nuevos grupos mediáticos que habían
irrumpido en el mundo de la comunicación en la segunda mitad de los 70,
contaban con el discreto apoyo, entre bambalinas, del Departamento de Estado
norteamericano, y con el apoyo de los grupos económicos nacionales e
internacionales que aspiraban a una nueva legislación en materia de inversiones
extranjeras que les permitiera realizar buenos negocios en España y/o en
Europa.
A este esquema de partida se añadía un problema en cada una de las
“dos Españas”:
- entre los partidarios de la “mayoría silenciosa”, el “bunker”
era una especie de “vanguardia” activa: los que aspiraban a que nada cambiara y
todo siguiera, contra viento y marea, igual.
- así mismo, entre los partidarios de la “oposición democrática”,
el PCE y las ligas de extrema-izquierda, constituían la minoría operante y
equivalente.
En otras palabras: neofranquismo contra neoestalinismo.
Puestas así las cosas, la transición era imposible, e incluso
corría el riesgo de eternizarse, o incluso de acabar como el rosario de la
aurora, o peor aún. Porque si bien ni los
miembros de la “oposición democrática” ni los de la “mayoría silenciosa”,
estaban dispuestos a matarse e iniciar una guerra civil, no podía decirse lo
mismo de los miembros del “bunker” o de los grupos más agresivos de la
izquierda.
La transición política hacia la democracia -el objetivo a
alcanzar- solamente era posible si se daban dos circunstancias:
- la creación de un amplio “centro político” y
- se procedía al aislamiento de los extremos de cada bando.
Ese “centro político” debía anular la iniciativa del “búnker” y de
las ligas de “extrema-izquierda” (e, incluso, limar las uñas a lo que quedaba
de agresividad en el PCE). Así pues, se procedió de la misma manera que los
cocinaros alemanes tratan a las salchichas: pinchando en los extremos para que
eclosionara el centro. Tal fue lo esencial de la
estrategia elegida. Y, como veremos, así se hizo.
En cuanto a las tácticas se aplicaron muchas:
- algunas eran inherentes a la psicología política de los
miembros de las dos tendencias (en efecto, tanto entre los dirigentes más
característicos de la “oposición democrática” como entre las filas de la
“mayoría silenciosa”, lo esencial era “sobrevivir, adaptarse y salir adelante”
y eso implicaba mejorar las situaciones personales y saber insertarse en la
línea mayoritaria que terminaría triunfando; bastaba con poner una zanahoria delante
del carro de UCD y del PSOE y eso bastaría para decantar a los “políticos vocacionales”
en esas direcciones, excluyendo cualquier otra);
- otras, en cambio, requerían orquestar episodios traumáticos
para la ciudadanía, especialmente de carácter terrorista o situación de
especial tensión (“semana negra”, 23-F) provistas de suficiente impacto
emocional como para que se difundiera la sensación de “peligro inminente” y la
población optara espontáneamente por colocarse bajo el paraguas protector del
Estado.
- Y luego estaban acuerdos abordados por las dos partes que
supusieran encontrar niveles de cooperación entre ambos sectores (los
Pactos de la Moncloa, por ejemplo, los pactos que dieron vida a la constitución).
- Finalmente, quedaba limar las uñas a las “vanguardias” de las
dos Españas: integrar a los dirigentes de la
extrema-izquierda en el PSOE y a los recuperables del “bunker” y del franquismo
en UCD:
Este último aspecto merece ser considerado con algún detenimiento:
a.- Se trataba también de liquidar todo lo que estuviera fuera de
este gran centro político formada por el centro-derecha (UCD) y el
centro-izquierda (PSOE). El PCE fue completamente
desactivado después de que Santiago Carrillo acudiera a EEUU a dar un ciclo de
conferencias en Yale y Harvard y, de paso, entrevistarse con los miembros del
CFR en noviembre de 1977. Regreso, oh maravilla de maravillas, el “gran
estratega” pasó a ser un “patán organizativo”. La gran crisis del PCE se inició
en el IX Congreso celebrado en abril de 1978. Carrillo, de repente, hacía todo
lo posible para dinamitar PCE, destrozando literalmente, su sección madrileña,
con mucho, la más fuerte. Al debate sobre el “leninismo”, siguió una “rebelión
de las bases” que se saldó con una oleada de expulsiones, purgas y dimisiones
en cadena dentro del Comité Provincial de Madrid que se prolongó hasta
principios de los años 80, debilitando de manera irreversible el poder
municipal y social que los comunistas tenían en la capital. El PCE nunca más
volvió a levantar cabeza y el goteo de afiliados que se pasaban al PSOE se
convirtió en riada.
b.- Así mismo, en el otro lado, tras
la derrota de Alianza Popular, ocurrió exactamente lo mismo. Después de las
elecciones de junio del 77, estallaron las disputas internas entre “moderados”
y “radicales”. Areilza, fue el primero en irse. Cada uno de los “siete magníficos” que habían dado origen al partido,
tomaron una actitud distinta ante la redacción de la constitución: Fraga, apoyó
el voto afirmativo, López Rodó y los suyos optaron por la abstención. Federico
Silva Muñoz (Acción Democrática Española) y Gonzalo Fernández de la Mora (Unión
Nacional Española) votaron en contra. A finales de 1978 la Federación de
Partidos de AP se desintegró: Silva Muñoz rompió con Fraga y abandonó la coalición
en la primavera de 1978, Fernández de la Mora consumó su escisión y fundo con
el anterior, la Derecha Democrática Española (DDE), buscando agrupar una
"derecha nacional", a medio camino entre Fuerza Nueva y AP. En AP
solo quedó Fraga y su Reforma Democrática que en 1979 formó la Coalición Democrática
con algunos grupos liberales y de derechas minúsculos, que agrandó aún más su
fracaso.
En estos dos partidos, PCE y AP, muchos optaron
entre las elecciones del 77 y las del 79, por irse a casa, otros por pasar al
PSOE y UCD, aportando cuadros ambiciosos necesarios para vertebrar el centro
político que, hasta ese momento, estaba formado por dos amasijos de diputados ambiciosos
de centro-derecha y de centro-izquierda, pero sin apenas bases.
Cuando se llegó a la creación de la “ponencia constitucional”, el
1 de agosto de 1977, que redactó el proyecto de constitución que todavía sigue
en vigor, ya estaba claro el camino a seguir, el objetivo y la realidad
generada por el resultado de las elecciones de junio de 1977. Los miembros de
la potencia pertenecían sólo a los sectores centristas del escenario político: de centro-derecha (Miguel
Herrero y Rodríguez de Miñón, José Pedro Pérez-Llorca, Gabriel Cisneros, Manuel
Fraga) y de centro-izquierda (Gregorio Peces-Barba, Jordi Solé Tura), con la
presencia de un regionalista (Miquel Roca). Los primeros pertenecían a UCD,
salvo Fraga y su AP, y los de izquierda al PSOE, y al “eurocomunismo”. La
constitución que elaboraron estaba hecha a medida de estos dos sectores y medio
(el “medio”, por supuesto, eran los nacionalistas catalanes).
8.5. El papel de la violencia como motor de la
transición
¿Cómo fue posible la creación de ese amplio
espacio de centro? Este es, con mucho, el aspecto más problemático de la
transición. La construcción de
una élite dirigente del centrismo fue relativamente fácil (para ello, bastaba
simplemente con insinuar por donde iría la transición y en donde radicaría el
poder en los años venideros, la ambición haría el resto, para que se produjese
tanto en “el bunker” como en la “izquierda comunista”, un abandono masivo de
posiciones y una ocupación de ese territorio hasta entonces vacío), pero, antes
de junio de 1977, no estaba claro el impacto que el “centrismo” tendría
desde el punto de vista electoral. Y aquí es donde se introdujo en la
ecuación una violencia artificial que resultaría decisiva. La violencia que se
generó, suponía “pinchar” la salchicha a la que antes hemos aludido, por los
extremos para que eclosionara en el centro…
Nada resulta más fácil que crear situaciones de
violencia. Los recursos al alcance del Maquiavelo emboscado de turno fueron
múltiples:
1.- Por una parte, bastó con rebajar la tensión
sobre áreas concretas del extremismo político: bastaba con descender
temporalmente la presión sobre un grupo radical, para que sus dirigentes, los
más radicales entre los radicales, se sintieran invulnerables, creyeran que tenían
una fuerza y un apoyo muy superior al real, que la represión no podía con
ellos, y elevaran el listón de sus acciones. En algunos casos (el FRAP, por ejemplo), existió infiltración interior en
el grupo (especialmente en la cúpula) que facilitó de la militancia de base, en
apenas media docena de asesinatos absurdos de policías aislados; y en otros
(caso del GRAPO), la ausencia de presión policial durante los primeros meses
del franquismo, tendió a reforzar al grupo en la opción elegida, la “lucha
armada” y a dar sensación de fuerza e invulnerabilidad que se prolongaría hasta
la liberación de Oriol y Villaescusa.
2.- Por otra parte, siempre hay grupos extremistas
dispuestos a demostrar que lo son en cualquier circunstancia y predispuestos a
realizar actos de violencia en cualquier momento, y, por supuesto, a
enfrentarse a grupos políticos rivales para “darles una lección que no olvidarán” (nosotros mismos, en la época, en nuestra falta
de experiencia, lo éramos). Para ello, basta con generar las condiciones para
estos choques: fue lo que vimos en las Ramblas en el episodio del “jueves
negro” en donde la policía se ausentó tres horas del escenario donde sabían que
se iban a producir enfrentamientos entre grupos rivales.
3.- En otras ocasiones, actuaciones
deliberadamente provocadoras de la policía llevaron a grupos radicales a
enfrentamientos y desórdenes que, de otra manera, jamás habían podido
producirse. Tras el asesinato del
secretario general del Frente de la Juventud, a finales de 1980, la policía
armada, inopinadamente, cargó contra el cortejo fúnebre, multiplicando por diez
la ira de los que llevaban el féretro de su camarada asesinado a hombros. Aquella
irresponsabilidad policial fue, por supuesto, deliberada y constituía la
garantía de que la reacción sería extrema y los desórdenes de prolongarían en
el centro de Madrid, en el barrio de Salamanca, durante horas.
4.- También, en aquellos años, se utilizó con
cierta frecuencia el “terrorismo provocador” que hoy se conocería como
“atentados de bandera falsa”: no se sabe quién los ha cometido, ni los firma
nadie, los culpables nunca son detenidos y, si lo son, se trata de elementos
radicales que pueden ser presentados como culpables de muchos pequeños
episodios de violencia con lo que resulta creíble, aun sin pruebas, su
participación en un gran crimen. ¿Un
caso? La bomba que estalló en la revista El Papus y los detenidos que
hubiera podido serlo desde año y medio antes, pero solamente lo fueron tras este
atentado o el propio Frente de la Juventud que estuvo cometiendo atracos para pagar
fianzas, multas, locales y propaganda, durante tres años, para ser finalmente
desarticulados, cuando hubiera podido hacerse desde los primeros “golpes”.
5.- O puede ocurrir que un infiltrado en un grupo
político, ya sea por iniciativa propia o siguiendo órdenes de quien guía su
infiltración y se beneficia de ella, cometa un atentado terrorista para
responsabilizar a una siglas políticas o sindicales. ¿Ejemplo? El suficientemente conocido “Casa
Scala” que costó la vida a cuatro trabajadoras y determinó el principio del fin
de la CNT en enero de 1978, atentado instigado por alguien que se presentaba
como "el Viejo Anarquista" y había incitado agresivamente al grupo de jóvenes autores
materiales del atentado a lanzar las botellas incendiarias diciéndoles: "¿Qué
mierda de revolución vais a hacer con unos niñatos cagados como vosotros?".
Tras el ataque, este misterioso personaje desapareció sin ser tocado por la
policía. Solo años después se supo que se trataba de un confidente remunerado
de la policía: Joaquin Gambín.
6.- La misma técnica provocadora utilizada por Gambín, con los
jóvenes de la CNT, coincide en forma y fondo, con la que utilizaron algunos
policías en Madrid en medio de extrema-derecha, incitándoles a utilizar la
violencia para demostrar su “hombría”. Lo hemos
explicado al aludir a la matanza de abogados de Atocha.
7.- La aparición de organizaciones “anómalas”, extrañas, sin
tradición, ni apenas organización, de las que no sabían nada ni siquiera los
propios miembros de otras organizaciones “hermanas”, que, bruscamente aparecen,
realizan uno o dos atentados particularmente crueles y que generan un impacto
dramático en la opinión pública, para ser luego desarticuladas y no tener
continuidad, una vez cumplido ese rol. El caso
más notable durante la transición fue el asesinato del exalcalde de Barcelona
Viola Sauret y del industrial José María Bulto, por un grupo completamente
desconocido, EPOCA (de la que se dijo que eran las siglas del Exércit Popular
de Catalunya), un grupo independentista, de origen incierto, que utilizó una
bomba pegada al cuerpo mediante un arnés, procedimiento que solamente se había
utilizado por la “resistencia” durante la Segunda Guerra Mundial (y, en efecto,
en el grupo EPOCA, originariamente compuesto por exiliados, alguno de los
cuales había participado en la “resistencia” durante la ocupación alemana de
Francia (amamantada por la inteligencia británica y por el OSS norteamericano),
nació prácticamente de la nada, estuvo varios años entrenándose en la
clandestinidad, para luego ser “quemado” en una sola acción (el asesinato del
matrimonio Sauret; aplicada la amnistía sobre los detenidos, que, poco después,
asesinaron por el mismo método al industrial Bultó, para volver a ser detenidos
y no dar nunca más que hablar…).
8.- Puede darse incluso el caso de que algún funcionario policial “encargue”
explícitamente a un grupo extremista, directamente, que cometa un atentado con
víctimas mortales. En el Frente de la Juventud
vivimos esta situación, cuando un conocido policía pidió al secretario general,
asesinado dos años después, que nuestros militantes disparasen desde los
tejados de viviendas militares sobre la manifestación que debía pasar en las
inmediaciones del antiguo Ministerio del Aire. Juan Ignacio González,
obviamente, se negó y nos trasladó el episodio. La manifestación tuvo lugar el 13 de diciembre de 1979 en Madrid: murieron dos
personas por disparos de la policía nacional: Emilio Martínez Menéndez (20
años, estudiante de Económicas) y José Luis Montañés Gil (23 años, estudiante y
trabajador). Los incidentes se produjeron cuando la manifestación en protesta
por la Ley de Autonomía Universitaria (LAU), convergió con otra manifestación
de los sindicatos contra del proyecto del Estatuto de los Trabajadores. Los
incidentes y las muertes tuvieron lugar en los alrededores del madrileño barrio
de Argüelles, la calle Princesa y las inmediaciones del Ministerio del Aire (en
Moncloa). Estaba visto que alguien había decidido que ese día, allí, debían
cosecharse muertos.
9.- Finamente, cabe hablar de grupos terroristas
dispuestos a matar sin necesidad de excusas y que se sabe que lo harán en
cuanto se vean reforzados y favorecidos por algún elemento exterior. Desde ese punto de vista, era evidente que la
tolerancia de la que hizo gala el ministerio del interior y la presidencia del
gobierno, ante los presos de ETA, con sucesivas amnistías, incluso por delitos
de sangre (uno de los que se benefició de estas amnistías en 1977 fue el que
luego sería llamado “el carnicero de Mondragón”, con 17 asesinatos a la
espalda), era la garantía de que la organización terrorista multiplicaría los
atentados. Los indultos pusieron en la calle a militantes muy agresivos que se
tomaron su liberación como una “primera victoria”. A partir de ese momento,
aplicaron el principio universal que mueve a toda organización terrorista: “si
tu adversario muestra debilidad, aprovecha para macharle más duro de lo que lo
has hecho hasta ese momento”. Y esto no era una novedad en la lucha contra
el terrorismo en 1975: todos los manuales de lucha antiterrorista alertaban de
lo peligroso que es “indultar” a miembros de un grupo terrorista, cuando éste
no ha sido completamente desarticulado o ha negociado su rendición. ¿Por qué se
hizo? ¿sólo por debilidad? En cualquier caso, la violencia de ETA se multiplicó
a partir de entonces y contribuyó a un mayor enrarecimiento de la situación del
orden público.
Todas estas técnicas (y seguramente alguna más que
olvido) se utilizaron en esa “transición” española, definida como “modélica” y
pacífica. ¿El motivo? Estas técnicas explican por sí misma la elevada cifra de
200 muertes en 1975 y 1982, sin contar las víctimas del accidente aéreo en el aeropuerto
de Los Rodeos que costó la vida a 583 personal el 27 de marzo de 1977 (una
bomba del vidrioso MPAIAC estalló poco antes en la floristería del aeropuerto
provocando varios heridos graves, generando un caos aéreo que duró varias horas
provocando directamente el choque de dos Boeing en lo que, todavía hoy, es
considerado como el accidente más grave en la historia de la aviación) y, por
supuesto, sin incluir a los 76 muertos en el Hotel Corona de Aragón en julio de
1979, del que, en aquel momento, se negó pertinazmente que fuera una atentado
(hasta que, finalmente, en 2009, el Tribunal Supremo
de España dictaminó legalmente que el incendio fue un “atentado terrorista”, lo
que otorgó a los afectados los mismos derechos e indemnizaciones que a otras
víctimas del terrorismo).
Sumando a los casi 200 muertos “oficiales”, los de estos otros dos
atentados estamos en torno a los 859 muertos reconocidos. Demasiado, incluso
para la transición… En la transición “alguien”
trató de encontrar y aplicar la dosis justa de violencia: algo parecido a lo
que recomendaba el Buda, “si una cuerda no está tensa no suena, si lo está demasiado,
se rompe”.
8.6. El “arco” y la “maza”: su papel básico para
entender la transición
Desde tiempo inmemorial, el arte militar conoce
dos armas básicas: el arco y la maza. Con el arco se abaten objetivos lejanos;
con la maza, objetivos próximos. Desde el punto de vista político, todas estas técnicas
que hemos descrito, tenían dos objetivos.
- Uno era inmediato: se trataba de desplazar a lo
esencial de la población española, desde sus posiciones iniciales en noviembre
de 1975 (unos en la “mayoría silenciosa” y otros en la “oposición democrática”,
los primeros con el PCE como referencia y los segundos con “el búnker” como
punta de lanza) hacia el espacio centrista: para eso era preciso “pinchar en los extremos” para que la población se
desplazara hacia el “centro político” en el que estaban ubicadas todas las
democracias de Europa Occidental en la época, centro-derecha y centro-izquierda,
desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Eso se logró favoreciendo la
aparición de un clima de inestabilidad permanente, con bruscos sobresaltos,
amplificados por los altavoces de los grupos mediáticos comprometidos en la
transición.
La operación tuvo éxito: casi nadie en España
quería una nueva guerra civil. Cada atentado, cada episodio de violencia,
nada noticia alarmante sobre el terrorismo y la violencia política, tenía como
resultado, ir desplazando a sectores más grandes de la población hacia el
“espacio de centro”: “llovía” y, por tanto, era necesario situarse bajo el
paraguas protector del Estado. Cuando se convocan las elecciones de
junio de 1977, las cosas ya estaban lo suficientemente maduras como para que:
1) Unión de Centro Democrático (UCD) consiguiera
165 diputados, quedándose a 11
asientos de la mayoría absoluta, lo que convirtió a Adolfo Suárez en el primer
presidente del Gobierno de la democracia, mientras que el Partido Socialista
Obrero Español (PSOE), obtuvo 118 diputados, consolidándose de forma
indiscutible como la principal fuerza de la oposición parlamentaria y el
partido líder de la izquierda española. Sobre 350 diputados, 283 diputados
se ubicaban en el espacio centrista, sin el cual no hubiera existido
posibilidad de coronar la transición.
2) Los dos batacazos se los llevaron los extremos
situados fuera de este espacio centrista: el PCE, hasta dos años antes el único partido digno de tal nombre
existente en España, quedó reducido a un grupo de 20 diputados con apenas un 9%
de votos. Y en el otro lado, Alianza Popular (AP), la coalición
neofranquista encabezada por Manuel Fraga apenas llegó a 20 con un 8% de votos.
Se había dado el primer paso, pero la democracia
distaba mucho de estar asentada en España: el recuerdo del franquismo estaba
demasiado próximo y, a pesar de la euforia por las “libertades recuperadas”, la
proliferación de revistas y películas porno, diera una sensación de “cambio” y “libertad”,
también podía ocurrir que la población empezara a comparar cómo vivía dos años
y medio antes y como vivía en junio de 1977. En efecto, a finales de 1977, la
inflación había pasado a ser de casi el 20% en 1976 al 26,4%. E incluso durante
el verano alcanzó un 28%, máximo histórico en España. Nadie podía ser muy
optimista con esta perspectiva: las subidas salariales, apenas compensaban la
pérdida de poder adquisitivo y los llamados Pactos de la Moncloa firmados en
1978, unidos a la devaluación de la peseta, consiguieron moderar la inflación
que ese año “solamente” alcanzó una media del 19’7%... A todo esto, se unían
las tensiones políticas, los sobresaltos y la inestabilidad generalizada.
Las cortes de 1977 se declararon “constituyentes”.
A partir de ese momento, los medios de comunicación “sincronizados”, pasaron
elogiar y detallar cada “jornada de trabajo” de la comisión constitucional, por
tediosa que fuera. Pero a nadie se le ocultaba que existían “poderes
fácticos”, vinculados al franquismo, conservadores, que seguían sin ver clara
la evolución del régimen. Ahora se trataba de desmontar el gran peligro que
afrontaba la nueva situación: que esos poderes, a la vista de que nada estaba
yendo bien, se plantaran ante la presidencia del gobierno y exigieran una
rectificación de la línea política. Las elecciones del 77 se convocaron
cuando ya existía la seguridad de que vencería un centro amplio y, por tanto, el
uso de la “maza” había tenido éxito, Pero ¿hacía donde debía disparar el “arco”?
Ahora se trataba de aplicar un principio enunciado
por Sun Tzu en su Arte de la Guerra: Para cazar conejos hay que hacer
que salgan de la madriguera. En cuanto se logra, se los caza a placer y, los
que sobreviven, aprenden que nunca más deberán salir a descubierto. Fue lo que
se hizo, generando la situación que llevó al 23-F, operación que, lejos de ser
una malévola operación de la extrema-derecha, puede ser definida como el “golpe
para acabar con todos los golpes”: el golpe para asentar definitivamente la
democracia. A partir de la
aprobación de la constitución, estaba claro hacia donde se iban a apuntar las
flechas del “arco”…
























