domingo, 19 de julio de 2026

NOSOTROS Y LA TRANSICIÓN A LA QUE ODIAMOS TANTO (8 de 10) – EL PAPEL CAPITAL DE LA VIOLENCIA EN LA TRANSICIÓN

¿Quién diseñó la transición española? ¿Torcuato Fernández Miranda? ¿Adolfo Suárez? ¿El Rey Juan Carlos? La sensación que dan todos estos personajes es que los sucesos siempre discurrieron por delante de ellos: siempre adoptaron decisiones a remolque de los acontecimientos políticos traumáticos que iban sucediéndose; nunca estuvieron en condiciones de adelantarse a ellos; nunca tuvieron la talla suficiente para preverlos; nunca, absolutamente nunca, para anticiparse: Es posible (casi seguro) que ninguno de ellos tuviera claro, inicialmente, hacia dónde debían encaminarse, ni que el objetivo fuera transformar España en una democracia formal. Es, incluso posible, que, si por ellos hubiera sido, se habrían limitado a dar unos cuantos toques cosméticos de carácter gatopardista, para que, a fin de cuentas, no cambiara nada. Fue eso, precisamente, lo que dijo explícitamente Adolfo Suárez en la última reunión de lugartenientes provinciales de la Guardia de Franco (milicia del Movimiento, no se olvide) que tuvo lugar unas semanas antes de las elecciones de junio de 1977: “No es preocupéis, que nada va a cambiar…”.

Si hubo un “cocinero” -¡y claro que lo hubo!-, no tenía, desde luego, carné de identidad español: optamos, más bien, por creer que la transición española estuvo vinculada a la política norteamericana de conversión de las “dictaduras mediterráneas” en “democracias formales”. El papel de Juan Carlos, Suárez o de Torcuato, consistió, simplemente, en ser “pinches” de cocina, al servicio del “chef”. Intuían cuál era su misión, pero no como cumplirla, sin despertar recelos de unos o de otros. Sobre todo, no querían arriesgarse a nada que pusiera en peligro su protagonismo futuro. Eso explica sus dilaciones, sus dudas y sus decisiones tardías derivadas de sus constantes muestras de debilidad.

Sigamos repasando los hechos de aquellos agitados meses.

*     *     *

Empecemos por algunos “flecos” resueltos tras la “semana negra”.

El primero de todos, que tranquilizó a la opinión pública, fue la liberación de los dos secuestrados por el GRAPO, Oriol y Villaescusa, sin derramamientos de sangre, gracias a un infiltrado -Espinosa Pardo- que entró en contacto con los GRAPO presentado por Antonio Cubillo, líder del MPAIAC, un movimiento independentista canario, con base en Argelia, de escasa militancia y que, en realidad, era un instrumento improvisado por Argelia que temía una salida en falso de la cuestión del Sáhara que beneficiara a Marruecos. Esto ocurría el 11 de febrero de 1977. La sociedad española, respiró aliviada: todavía podía confiarse en la eficiencia de las fuerzas de seguridad que, ese mismo día, detuvieron a los tres responsables de la matanza de Atocha. Era como decir: “golpeamos a la derecha, golpeamos a la izquierda, y adelante, aquí no ha pasado nada…”

8.1. El fin de la presencia de exiliados neofascistas en España

Quedada, en aquel momento, un último fleco pendiente: los neofascistas italianos exiliados en España. Desde fuera se les veía como un solo grupo, pero, en realidad, existían dos muy distintos: unos eran antiguos miembros de Ordine Nuovo, los otros pertenecían a Avanguardia Nazionale. Se habían producido tránsitos de uno a otro y Avanguardia había recuperado en España a los elementos más valiosos y siempre contó con los mejores contactos, no solo en “altas esferas”, sino también entre la militancia de extrema-derecha española. Avanguardia se había preocupado por establecer “controles” y “cortafuegos” para evitar infiltraciones; sus militantes (nunca fueron más de una decena de exiliados, mientras que los ordinovistas eran bastantes más) se encontraban ilegalmente en España, pero, el Comandante Borghese y Delle Chiaie habían logrado pactar con el gobierno español, su inmunidad, en vida de Franco. Por el contrario, los militantes de Ordine Nuovo solían comunicar a la policía, desde el momento mismo de su llegada, los datos sobre su residencia y formular la petición de “asilo político”. Durante su estancia en España, ambos grupos habían elaborado un proyecto de fusión (que fracasó), pero en España esta comunidad en el exilio seguía haciendo gala de cierta ósmosis. La experiencia italiana había enseñado a los miembros de Avanguardia a desconfiar de confidentes policiales o de personajes que, por algún motivo, no eran completamente “seguros”; mientras que Ordine Nuovo, tendía a considerar como “camarada” a cualquiera que se aproximara a su ambiente y a dar por sentado que España era “santuario” seguro…

La ingenuidad de los ordinovistas y el no conocer suficientemente el terreno en el que pisaban, entrañaría el fin de la presencia de exiliados neofascistas en España.  En efecto, el 22 de febrero de 1977, cuando las cosas parecían haberse calmado después de un inicio de año de infarto, una nueva noticia ocupó las primeras páginas de los diarios: la policía había descubierto una “fábrica de armas” en la céntrica calle Pelayo, nº 39 de Madrid, gestionada por neofascistas italianos. La información decía que se había incautado material para la “fabricación de armas de guerra”, y, entre otras, más en concreto, “fusiles ametralladores Ingram M-10 Marietta”. Resultaron detenidos nueve ciudadanos italianos y dos españoles. Uno de ellos era Mariano Sánchez Covisa, a nombre del cual estaba el piso. La información añadía también que la policía había encontrado tres misteriosos lingotes de oro…

Con esta información terminó el culebrón de los neofascistas refugiados en España. Sin embargo, para valorar mejor la noticia, hay que aportar algunos detalles complementarios. Como el lector podrá comprender, fabricar un arma de precisión moderna de 9 mm de calibre y alta cadencia de fuego (como es la Ingram M-10), no basta con unas pequeñas máquinas de bricolaje casero. Con el material incautado, lo único que podía fabricarse eran “bolígrafos pistola”, prácticamente inofensivos, siempre y cuando se tuviera cuidado de que no estallaran en la mano al primer disparo. Cómo máximo, se podían reparar armas cortas que requirieran piezas elaboradas manualmente por torneros especializados; nada más. Así pues, el gran titular del día sobre la “fábrica de armas” era torpe y mendaz. La operación fue llevada a cabo por la Guardia Civil, no por la policía nacional. Detalle interesante, sobre todo, si tenemos en cuenta que uno de los detenidos, Mariano Sánchez Covisa, estaba considerado como confidente y colaborador habitual de la policía y ya hemos visto las graves sospechas que albergábamos sobre él.

Segundo detalle. Todos los detenidos pertenecían a Ordine Nuovo. Ninguno a Avanguardia Nazionale (sólo uno era próximo). ¿Por alguna deferencia especial hacia la gente de Delle Chiaie? En absoluto: simplemente porque los “avanguardistas” habían mantenido normas estrictas de clandestinidad y los “ordinovistas” no.

En cuanto a los tres lingotes de oro ocupados, la prensa no informó (seguramente porque lo ignoraba en su momento) que procedían del atraco con “lanza térmica”, realizado por Bert Spaggiari en la cámara acorazada de la Société Générale en Niza el 19 de julio de 1976, desvalijando 300 cajas de seguridad. De ahí surgieron los tres lingotes. Spaggiari, antiguo miembro de la OAS, aventurero exuberante rayano en lo temerario y con un sentido del humor extraordinario, siempre había seguido manteniendo los contactos con la extrema-derecha y la amistad, entre otros con Delle Chiaie, al que había entregado los tres lingotes. Estos quedaron en un piso que, en la confusión de aquellos días, un ordinovista (Massagrande o Pomar, lo ignoro), llevó al local de calle Pelayo.

Della Chiaie, tras comprobar que solamente un militante próximo a Avanguardia había sido detenido al acudir a su trabajo, abandonó España, acompañado por dos capitanes del ejército que se despidieron tras cruzar con él el control de pasaportes, con destino a Buenos Aires. Allí, entre Santiago de Chile y Buenos Aires, permanecería entre la primavera de 1976 y el verano de 1977, para luego viajar con cierta regularidad a París en donde volvimos a encontrarnos en el verano de 1978.

8.2. Delle Chiaie con un enviado de Martín Villa para aclarar el secuestro de Oriol

Vale la pena dar algunos datos sobre las últimas semanas de Delle Chiaie en España. Al publicarse las fotos sobre su presencia en Montejurra-76, publicadas por Cuadernos para el Diálogo, militares de los servicios de información del Estado, le informaron -como ya hemos mencionado- de la petición que había recibido el ministerio del interior sobre su extradición a Italia, a cambio de apoyo italiano al gobierno español, creo recordar que vinculados con el ingreso de España en la UE. La inteligencia militar se negó a colaborar en esta tarea e informó al interesado de lo que se estaba cociendo. Delle Chiaie se entrevistó, acompañado por uno de los máximos responsables de la inteligencia militar, con un alto cargo de interior. El encuentro tuvo lugar en un edificio militar.

La conversación se inició con la cuestión de su presencia en Montejurra: “Usted había prometido a Franco que no intervendría en asuntos españoles”. Respuesta: “Si, pero, muerto Franco, me consideré liberado de tal promesa”. Luego se produjo la pregunta fatal: “¿Ha tenido usted algo que ver con el secuestro de Oriol?”. Respuesta, obviamente, negativa, que el interlocutor, por lo demás, esperaba. No había nada más de que hablar, salvo recordar pasados episodios y rebajar tensiones. La entrevista tuvo lugar hacia finales de 1976 (Delle Chiaie comenta el episodio en la página 275 de sus “memorias”).

Con la salida de Delle Chiaie y la desarticulación de la “fábrica de armas” (o presunta tal…), termina el episodio de la presencia de los neofascistas en España. Estábamos a finales del invierno de 1977. Apenas unas semanas después se legalizaría el PCE y se convocarían las elecciones junio de 1977.

8.3. Sociología de la “transición”: las “dos España” en 1975

¿Había pasado lo más duro de la transición? En absoluto.

La tensión y los sobresaltos constantes se prolongarían hasta que las elecciones de 1982 dieron la victoria al PSOE, partido que procedió a realizar el objetivo de la transición: el ingreso en la UE y en la OTAN. A partir de ese momento, las tensiones desaparecieron y nos quedó la “versión oficial” de lo que había sido aquel período. Y en eso estamos…

Pero existe una versión alternativa, en absoluto conspiranoica, que apuntaba en otra dirección y en la que se pueden integrar y entender mejor todos los elementos que habían tachonado de sangre España entre 1976 y 1982.

Es hora de dar “nuestra” versión alternativa de lo que fue la “transición” y, de ahí, conectar en el último parágrafo, con lo que está ocurriendo medio siglo después, viaje necesario para conocer la naturaleza de los lodos arrastrados desde entonces por las aguas, ya por entonces, turbias, de la transición.

Retrocedamos al 20-N de 1975. Cuarenta días antes, tras los fusilamientos de septiembre, la Plaza de Oriente se había vuelto a llenar con la “mayoría silenciosa” que apoyaba al gobierno de Franco. Poco después, ante su féretro desfilaron, interminablemente, miles de personas. Miente, pues, quien diga que el régimen carecía en 1975 de “fuerza social”. La tenía. Se trataba de una masa social amorfa, conformista, que necesitaba, lo que Franco le había dado “paz, orden y prosperidad económica”: ¿Las libertades políticas? “Está bien eso de votar, pero…”, tampoco era algo que se considerase imprescindible: “mejor bien gobernados sin derecho a voto, que mal gobernados votando a mansalva”, era la opinión dominante en un amplio sector de la sociedad antes de que Franco expirase. Esa “mayoría silenciosa”, dejaba que las cosas fluyeran y delegaba -por así decir- su voto al gobierno elegido por Franco del que no albergaba dudas sobre su eficiencia.

Ese sector, tenía una “minoría activa”, con la que no se identificaba necesariamente; eran los que estaban dispuestos a partirse la cara por el franquismo; se les había bautizado como “el búnker”. Eran los “excombatientes”, los católicos de estricta observancia que deploraban la actividad de los “curas obreros” y de la “izquierda cristiana”, eran los funcionarios del Movimiento y buena parte de los del Estado, que cobraban poco pero, a cambio, tenían la seguridad de trabajo e ingresos para toda la vida, eran los miembros de los grupos activistas del franquismo, eran los miembros de la OJE y del Frente de Juventudes, eran los que habían pasado por la Guardia de Franco o por la Sección Femenina, los blaspiñaristas, los falangistas del universo joseantoniano o que habían pasado por él, eran estudiantes que se veían obligados a estar callados en asambleas y deploraban las continuas huelgas que interrumpían estudios…

Y luego, en el otro lado, estaba la “oposición democrática”. Su eje central indiscutible, su columna vertebral, era el binomio, “Comisiones Obreras – Partido Comunista de España”. El PSOE no existía y la UGT era una entelequia fantasmal. La CNT estaba desmantelada desde principios de los años 50 e, incluso, un sector superviviente (los “cincopuntistas”) se habían integrado en el Sindicato Vertical a iniciativa de Solís Ruiz, “la sonrisa del régimen”. La “democracia cristiana”, apenas era una posibilidad improbable, rota en varias capillas y otro tanto ocurría con los “socialdemócratas”, hermanos de los anteriores, y con los “liberales”, eternamente dubitativos entre República o Monarquía. Todas estas capillas estaban mucho más preocupados por acudir a reuniones internacionales, que a salir a la calle e intentar convencer a alguien -¿a quién?- de las bondades de sus productos del “supermercado político”. Existía una extrema-izquierda (el Partido del Trabajo, el Movimiento Comunista, la Oposición de Izquierdas), restos de grupos maoístas (la ORT, el PCE(m-l)-FRAP, émulos de ETA en Cataluña y Galicia; trotskistas de todos los conventículos en los que se fraccionaba más y más los trotskistas de la IVª Internacional: los “pablistas”, los “mendelianos”, los “reconstruidos”, los “morenistas”, los “posadistas”, los “lambertistas” (y seguro que olvido alguno). En total: doctrinarios dogmáticos unos y agitadores descerebrados otros que, poco a poco, fueron entendiendo que constituían la periferia del PCE y de su Junta Democrática. Los que se negaron a aceptar esta realidad, terminaron en la “Plataforma Democrática de España”, flanqueando al PSOE y tratando de hacerse un hueco en sus filas. De hecho, la transición, especialmente en su primera fase, fue le “edad de oro” del “izquierdismo”; pero, en 1982, ya habían desaparecido la mayoría de siglas, integradas casi todas en las bases del PSOE (que protagonizaron, como los dirigentes catalanes de la OICE, los primeros escándalos económicos de este partido, ya en el gobierno, en la primera mitad de los 80).

En resumen, en 1975, la “oposición democrática” tenía tres sectores: el ampliamente mayoritario, controlado por Santiago Carrillo y por la clase política del PCE, el muy minoritario formado por las siglas de las distintas variantes de la izquierda comunista, y el ínfimo en el que formaban desde una calderilla de liberales, socialdemócratas, democristianos, nacionalistas, junto a un pequeño grupo rescatado de la indigencia y amamantada por el SPD alemán y por la Fundación Ebert, y que respondía a la sigla “PSOE”.

Así pues, a principios de 1976 el “mapa político” de España estaba dominado por una “mayoría silenciosa” a un lado y por una “oposición democrática” al otro. Eran las dos Españas de toda la vida… pero con la diferencia de que, salvo exiguas minorías a cada bando, nadie estaba dispuesto a matar a nadie, ni a dejarse matar por algo.

La relativa “popularidad” de los ideales de la “oposición democrática”, chocaba con el hecho de que, en Europa Occidental, el “comunismo” seguía siendo la “bicha”, maldita y al servicio de la geopolítica soviética, por mucho que el “eurocomunismo”, tras la invasión de Checoslovaquia en 1968, hubiera entendido que los modos estalinistas eran rechazados unánimemente en Europa Occidental. El PCE hacía redoblados esfuerzos por distanciarse de la URSS, que no siempre eran creíbles. Para colmo, en 1974, tras la caída del régimen salazarista en Portugal, el vecino país parecía abocado a caer en manos de un Partido Comunista de estricta observancia moscovita y con una extrema-izquierda intolerante y agresiva que lo condicionaba todo. El ejemplo portugués, reforzó a la “mayoría silenciosa” española en la idea de que había que aislar a los comunistas o el caos terminaría por irrumpir también en España.

La “mayoría silenciosa”, contaba también con el apoyo de los “poderes fácticos” (magistratura, ejército, policías y fuerzas de seguridad) eran “apolíticos”, pero su programa se reducía a “ley, orden, continuismo y seguridad”, sin piruetas ni saltos mortales. Así pues, estaban del lado de la “mayoría silenciosa”.

Por todo ello, no pudo haber “ruptura democrática” como pretendía el PCE. ¡La “oposición democrática” -repetimos la idea que parece no haber calado lo suficiente en la historiografía española- carecía de fuerza social suficiente para desencadenar la “ruptura” y, por tanto, hubo de conformarse con el “Plan B”, que le ofrecían los funcionarios neofranquistas, que aceptaban la necesidad de evolucionar, pero sin estridencias!

El cambalache al que se llegó tras la Ley de Reforma Política (cínicamente presentada entonces como la “última de las Leyes Fundamentales”), fue la transformación del Estado franquista en democracia formal, manteniendo la figura de juan Carlos I para dar a la “mayoría silenciosa” la sensación de “continuidad”, pero -detalle importante- con unas prerrogativas inferiores a las de cualquier monarquía constitucional europea, reducidas a una representación simbólica de la unidad y a aparecer como una especie de árbitro neutral, sin absolutamente ninguna atribución de relieve. Todas las decisiones del monarca necesitan la firma (el “refrendo”) de un ministro o del Presidente del Gobierno para tener validez. Lo único que se saldría de lo grisáceo de esta “neutralidad” es que, el Rey aparece como "inviolable", lo que significa que no puede ser juzgado ni castigado por sus decisiones formales... gracias a lo cual, se justificó también a posteriori, el desproporcionado número de “aforados” que no pueden ser juzgados por tribunales regulares en función de su cargo. Por lo demás, atendiendo a sus funciones reales, España se parece más a una república coronada que a una monarquía constitucional.

8.4. El “nuevo espacio centrista” y su periferia

Los que aparecían oficialmente como “impulsores” de la transición (Torcuato Fernández, Adolfo Suárez, etc.), siempre actuaron bajo presión, como hemos dicho antes, en ningún momento se adelantaron a los hechos: fueron estos los que les obligaron permanentemente a adaptarse a ellos, para no perder el timón. Contaban con el apoyo de los nuevos grupos mediáticos que habían irrumpido en el mundo de la comunicación en la segunda mitad de los 70, contaban con el discreto apoyo, entre bambalinas, del Departamento de Estado norteamericano, y con el apoyo de los grupos económicos nacionales e internacionales que aspiraban a una nueva legislación en materia de inversiones extranjeras que les permitiera realizar buenos negocios en España y/o en Europa.

A este esquema de partida se añadía un problema en cada una de las “dos Españas”:

- entre los partidarios de la “mayoría silenciosa”, el “bunker” era una especie de “vanguardia” activa: los que aspiraban a que nada cambiara y todo siguiera, contra viento y marea, igual.

- así mismo, entre los partidarios de la “oposición democrática”, el PCE y las ligas de extrema-izquierda, constituían la minoría operante y equivalente.

En otras palabras: neofranquismo contra neoestalinismo.

Puestas así las cosas, la transición era imposible, e incluso corría el riesgo de eternizarse, o incluso de acabar como el rosario de la aurora, o peor aún. Porque si bien ni los miembros de la “oposición democrática” ni los de la “mayoría silenciosa”, estaban dispuestos a matarse e iniciar una guerra civil, no podía decirse lo mismo de los miembros del “bunker” o de los grupos más agresivos de la izquierda.

La transición política hacia la democracia -el objetivo a alcanzar- solamente era posible si se daban dos circunstancias:

- la creación de un amplio “centro político” y

- se procedía al aislamiento de los extremos de cada bando.

Ese “centro político” debía anular la iniciativa del “búnker” y de las ligas de “extrema-izquierda” (e, incluso, limar las uñas a lo que quedaba de agresividad en el PCE). Así pues, se procedió de la misma manera que los cocinaros alemanes tratan a las salchichas: pinchando en los extremos para que eclosionara el centro. Tal fue lo esencial de la estrategia elegida. Y, como veremos, así se hizo.

En cuanto a las tácticas se aplicaron muchas:

- algunas eran inherentes a la psicología política de los miembros de las dos tendencias (en efecto, tanto entre los dirigentes más característicos de la “oposición democrática” como entre las filas de la “mayoría silenciosa”, lo esencial era “sobrevivir, adaptarse y salir adelante” y eso implicaba mejorar las situaciones personales y saber insertarse en la línea mayoritaria que terminaría triunfando; bastaba con poner una zanahoria delante del carro de UCD y del PSOE y eso bastaría para decantar a los “políticos vocacionales” en esas direcciones, excluyendo cualquier otra);

- otras, en cambio, requerían orquestar episodios traumáticos para la ciudadanía, especialmente de carácter terrorista o situación de especial tensión (“semana negra”, 23-F) provistas de suficiente impacto emocional como para que se difundiera la sensación de “peligro inminente” y la población optara espontáneamente por colocarse bajo el paraguas protector del Estado.

- Y luego estaban acuerdos abordados por las dos partes que supusieran encontrar niveles de cooperación entre ambos sectores (los Pactos de la Moncloa, por ejemplo, los pactos que dieron vida a la constitución).

- Finalmente, quedaba limar las uñas a las “vanguardias” de las dos Españas: integrar a los dirigentes de la extrema-izquierda en el PSOE y a los recuperables del “bunker” y del franquismo en UCD:

Este último aspecto merece ser considerado con algún detenimiento:

a.- Se trataba también de liquidar todo lo que estuviera fuera de este gran centro político formada por el centro-derecha (UCD) y el centro-izquierda (PSOE). El PCE fue completamente desactivado después de que Santiago Carrillo acudiera a EEUU a dar un ciclo de conferencias en Yale y Harvard y, de paso, entrevistarse con los miembros del CFR en noviembre de 1977. Regreso, oh maravilla de maravillas, el “gran estratega” pasó a ser un “patán organizativo”. La gran crisis del PCE se inició en el IX Congreso celebrado en abril de 1978. Carrillo, de repente, hacía todo lo posible para dinamitar PCE, destrozando literalmente, su sección madrileña, con mucho, la más fuerte. Al debate sobre el “leninismo”, siguió una “rebelión de las bases” que se saldó con una oleada de expulsiones, purgas y dimisiones en cadena dentro del Comité Provincial de Madrid que se prolongó hasta principios de los años 80, debilitando de manera irreversible el poder municipal y social que los comunistas tenían en la capital. El PCE nunca más volvió a levantar cabeza y el goteo de afiliados que se pasaban al PSOE se convirtió en riada.

b.- Así mismo, en el otro lado, tras la derrota de Alianza Popular, ocurrió exactamente lo mismo. Después de las elecciones de junio del 77, estallaron las disputas internas entre “moderados” y “radicales”. Areilza, fue el primero en irse. Cada uno de los “siete magníficos” que habían dado origen al partido, tomaron una actitud distinta ante la redacción de la constitución: Fraga, apoyó el voto afirmativo, López Rodó y los suyos optaron por la abstención. Federico Silva Muñoz (Acción Democrática Española) y Gonzalo Fernández de la Mora (Unión Nacional Española) votaron en contra. A finales de 1978 la Federación de Partidos de AP se desintegró: Silva Muñoz rompió con Fraga y abandonó la coalición en la primavera de 1978, Fernández de la Mora consumó su escisión y fundo con el anterior, la Derecha Democrática Española (DDE), buscando agrupar una "derecha nacional", a medio camino entre Fuerza Nueva y AP. En AP solo quedó Fraga y su Reforma Democrática que en 1979 formó la Coalición Democrática con algunos grupos liberales y de derechas minúsculos, que agrandó aún más su fracaso.

En estos dos partidos, PCE y AP, muchos optaron entre las elecciones del 77 y las del 79, por irse a casa, otros por pasar al PSOE y UCD, aportando cuadros ambiciosos necesarios para vertebrar el centro político que, hasta ese momento, estaba formado por dos amasijos de diputados ambiciosos de centro-derecha y de centro-izquierda, pero sin apenas bases.

Cuando se llegó a la creación de la “ponencia constitucional”, el 1 de agosto de 1977, que redactó el proyecto de constitución que todavía sigue en vigor, ya estaba claro el camino a seguir, el objetivo y la realidad generada por el resultado de las elecciones de junio de 1977. Los miembros de la potencia pertenecían sólo a los sectores centristas del escenario político: de centro-derecha (Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, José Pedro Pérez-Llorca, Gabriel Cisneros, Manuel Fraga) y de centro-izquierda (Gregorio Peces-Barba, Jordi Solé Tura), con la presencia de un regionalista (Miquel Roca). Los primeros pertenecían a UCD, salvo Fraga y su AP, y los de izquierda al PSOE, y al “eurocomunismo”. La constitución que elaboraron estaba hecha a medida de estos dos sectores y medio (el “medio”, por supuesto, eran los nacionalistas catalanes).

8.5. El papel de la violencia como motor de la transición

¿Cómo fue posible la creación de ese amplio espacio de centro? Este es, con mucho, el aspecto más problemático de la transición. La construcción de una élite dirigente del centrismo fue relativamente fácil (para ello, bastaba simplemente con insinuar por donde iría la transición y en donde radicaría el poder en los años venideros, la ambición haría el resto, para que se produjese tanto en “el bunker” como en la “izquierda comunista”, un abandono masivo de posiciones y una ocupación de ese territorio hasta entonces vacío), pero, antes de junio de 1977, no estaba claro el impacto que el “centrismo” tendría desde el punto de vista electoral. Y aquí es donde se introdujo en la ecuación una violencia artificial que resultaría decisiva. La violencia que se generó, suponía “pinchar” la salchicha a la que antes hemos aludido, por los extremos para que eclosionara en el centro

Nada resulta más fácil que crear situaciones de violencia. Los recursos al alcance del Maquiavelo emboscado de turno fueron múltiples:

1.- Por una parte, bastó con rebajar la tensión sobre áreas concretas del extremismo político: bastaba con descender temporalmente la presión sobre un grupo radical, para que sus dirigentes, los más radicales entre los radicales, se sintieran invulnerables, creyeran que tenían una fuerza y un apoyo muy superior al real, que la represión no podía con ellos, y elevaran el listón de sus acciones. En algunos casos (el FRAP, por ejemplo), existió infiltración interior en el grupo (especialmente en la cúpula) que facilitó de la militancia de base, en apenas media docena de asesinatos absurdos de policías aislados; y en otros (caso del GRAPO), la ausencia de presión policial durante los primeros meses del franquismo, tendió a reforzar al grupo en la opción elegida, la “lucha armada” y a dar sensación de fuerza e invulnerabilidad que se prolongaría hasta la liberación de Oriol y Villaescusa.

2.- Por otra parte, siempre hay grupos extremistas dispuestos a demostrar que lo son en cualquier circunstancia y predispuestos a realizar actos de violencia en cualquier momento, y, por supuesto, a enfrentarse a grupos políticos rivales para “darles una lección que no olvidarán” (nosotros mismos, en la época, en nuestra falta de experiencia, lo éramos). Para ello, basta con generar las condiciones para estos choques: fue lo que vimos en las Ramblas en el episodio del “jueves negro” en donde la policía se ausentó tres horas del escenario donde sabían que se iban a producir enfrentamientos entre grupos rivales.

3.- En otras ocasiones, actuaciones deliberadamente provocadoras de la policía llevaron a grupos radicales a enfrentamientos y desórdenes que, de otra manera, jamás habían podido producirse. Tras el asesinato del secretario general del Frente de la Juventud, a finales de 1980, la policía armada, inopinadamente, cargó contra el cortejo fúnebre, multiplicando por diez la ira de los que llevaban el féretro de su camarada asesinado a hombros. Aquella irresponsabilidad policial fue, por supuesto, deliberada y constituía la garantía de que la reacción sería extrema y los desórdenes de prolongarían en el centro de Madrid, en el barrio de Salamanca, durante horas.

4.- También, en aquellos años, se utilizó con cierta frecuencia el “terrorismo provocador” que hoy se conocería como “atentados de bandera falsa”: no se sabe quién los ha cometido, ni los firma nadie, los culpables nunca son detenidos y, si lo son, se trata de elementos radicales que pueden ser presentados como culpables de muchos pequeños episodios de violencia con lo que resulta creíble, aun sin pruebas, su participación en un gran crimen. ¿Un caso? La bomba que estalló en la revista El Papus y los detenidos que hubiera podido serlo desde año y medio antes, pero solamente lo fueron tras este atentado o el propio Frente de la Juventud que estuvo cometiendo atracos para pagar fianzas, multas, locales y propaganda, durante tres años, para ser finalmente desarticulados, cuando hubiera podido hacerse desde los primeros “golpes”.

5.- O puede ocurrir que un infiltrado en un grupo político, ya sea por iniciativa propia o siguiendo órdenes de quien guía su infiltración y se beneficia de ella, cometa un atentado terrorista para responsabilizar a una siglas políticas o sindicales. ¿Ejemplo? El suficientemente conocido “Casa Scala” que costó la vida a cuatro trabajadoras y determinó el principio del fin de la CNT en enero de 1978, atentado instigado por alguien que se presentaba como "el Viejo Anarquista" y había incitado agresivamente al grupo de jóvenes autores materiales del atentado a lanzar las botellas incendiarias diciéndoles: "¿Qué mierda de revolución vais a hacer con unos niñatos cagados como vosotros?". Tras el ataque, este misterioso personaje desapareció sin ser tocado por la policía. Solo años después se supo que se trataba de un confidente remunerado de la policía: Joaquin Gambín.

6.- La misma técnica provocadora utilizada por Gambín, con los jóvenes de la CNT, coincide en forma y fondo, con la que utilizaron algunos policías en Madrid en medio de extrema-derecha, incitándoles a utilizar la violencia para demostrar su “hombría”. Lo hemos explicado al aludir a la matanza de abogados de Atocha.

7.- La aparición de organizaciones “anómalas”, extrañas, sin tradición, ni apenas organización, de las que no sabían nada ni siquiera los propios miembros de otras organizaciones “hermanas”, que, bruscamente aparecen, realizan uno o dos atentados particularmente crueles y que generan un impacto dramático en la opinión pública, para ser luego desarticuladas y no tener continuidad, una vez cumplido ese rol. El caso más notable durante la transición fue el asesinato del exalcalde de Barcelona Viola Sauret y del industrial José María Bulto, por un grupo completamente desconocido, EPOCA (de la que se dijo que eran las siglas del Exércit Popular de Catalunya), un grupo independentista, de origen incierto, que utilizó una bomba pegada al cuerpo mediante un arnés, procedimiento que solamente se había utilizado por la “resistencia” durante la Segunda Guerra Mundial (y, en efecto, en el grupo EPOCA, originariamente compuesto por exiliados, alguno de los cuales había participado en la “resistencia” durante la ocupación alemana de Francia (amamantada por la inteligencia británica y por el OSS norteamericano), nació prácticamente de la nada, estuvo varios años entrenándose en la clandestinidad, para luego ser “quemado” en una sola acción (el asesinato del matrimonio Sauret; aplicada la amnistía sobre los detenidos, que, poco después, asesinaron por el mismo método al industrial Bultó, para volver a ser detenidos y no dar nunca más que hablar…).

8.- Puede darse incluso el caso de que algún funcionario policial “encargue” explícitamente a un grupo extremista, directamente, que cometa un atentado con víctimas mortales. En el Frente de la Juventud vivimos esta situación, cuando un conocido policía pidió al secretario general, asesinado dos años después, que nuestros militantes disparasen desde los tejados de viviendas militares sobre la manifestación que debía pasar en las inmediaciones del antiguo Ministerio del Aire. Juan Ignacio González, obviamente, se negó y nos trasladó el episodio. La manifestación tuvo lugar el 13 de diciembre de 1979 en Madrid: murieron dos personas por disparos de la policía nacional: Emilio Martínez Menéndez (20 años, estudiante de Económicas) y José Luis Montañés Gil (23 años, estudiante y trabajador). Los incidentes se produjeron cuando la manifestación en protesta por la Ley de Autonomía Universitaria (LAU), convergió con otra manifestación de los sindicatos contra del proyecto del Estatuto de los Trabajadores. Los incidentes y las muertes tuvieron lugar en los alrededores del madrileño barrio de Argüelles, la calle Princesa y las inmediaciones del Ministerio del Aire (en Moncloa). Estaba visto que alguien había decidido que ese día, allí, debían cosecharse muertos.

9.- Finamente, cabe hablar de grupos terroristas dispuestos a matar sin necesidad de excusas y que se sabe que lo harán en cuanto se vean reforzados y favorecidos por algún elemento exterior. Desde ese punto de vista, era evidente que la tolerancia de la que hizo gala el ministerio del interior y la presidencia del gobierno, ante los presos de ETA, con sucesivas amnistías, incluso por delitos de sangre (uno de los que se benefició de estas amnistías en 1977 fue el que luego sería llamado “el carnicero de Mondragón”, con 17 asesinatos a la espalda), era la garantía de que la organización terrorista multiplicaría los atentados. Los indultos pusieron en la calle a militantes muy agresivos que se tomaron su liberación como una “primera victoria”. A partir de ese momento, aplicaron el principio universal que mueve a toda organización terrorista: “si tu adversario muestra debilidad, aprovecha para macharle más duro de lo que lo has hecho hasta ese momento”. Y esto no era una novedad en la lucha contra el terrorismo en 1975: todos los manuales de lucha antiterrorista alertaban de lo peligroso que es “indultar” a miembros de un grupo terrorista, cuando éste no ha sido completamente desarticulado o ha negociado su rendición. ¿Por qué se hizo? ¿sólo por debilidad? En cualquier caso, la violencia de ETA se multiplicó a partir de entonces y contribuyó a un mayor enrarecimiento de la situación del orden público.

Todas estas técnicas (y seguramente alguna más que olvido) se utilizaron en esa “transición” española, definida como “modélica” y pacífica. ¿El motivo? Estas técnicas explican por sí misma la elevada cifra de 200 muertes en 1975 y 1982, sin contar las víctimas del accidente aéreo en el aeropuerto de Los Rodeos que costó la vida a 583 personal el 27 de marzo de 1977 (una bomba del vidrioso MPAIAC estalló poco antes en la floristería del aeropuerto provocando varios heridos graves, generando un caos aéreo que duró varias horas provocando directamente el choque de dos Boeing en lo que, todavía hoy, es considerado como el accidente más grave en la historia de la aviación) y, por supuesto, sin incluir a los 76 muertos en el Hotel Corona de Aragón en julio de 1979, del que, en aquel momento, se negó pertinazmente que fuera una atentado (hasta que, finalmente, en 2009, el Tribunal Supremo de España dictaminó legalmente que el incendio fue un “atentado terrorista”, lo que otorgó a los afectados los mismos derechos e indemnizaciones que a otras víctimas del terrorismo).

Sumando a los casi 200 muertos “oficiales”, los de estos otros dos atentados estamos en torno a los 859 muertos reconocidos. Demasiado, incluso para la transiciónEn la transición “alguien” trató de encontrar y aplicar la dosis justa de violencia: algo parecido a lo que recomendaba el Buda, “si una cuerda no está tensa no suena, si lo está demasiado, se rompe”.

8.6. El “arco” y la “maza”: su papel básico para entender la transición

Desde tiempo inmemorial, el arte militar conoce dos armas básicas: el arco y la maza. Con el arco se abaten objetivos lejanos; con la maza, objetivos próximos. Desde el punto de vista político, todas estas técnicas que hemos descrito, tenían dos objetivos.

- Uno era inmediato: se trataba de desplazar a lo esencial de la población española, desde sus posiciones iniciales en noviembre de 1975 (unos en la “mayoría silenciosa” y otros en la “oposición democrática”, los primeros con el PCE como referencia y los segundos con “el búnker” como punta de lanza) hacia el espacio centrista: para eso era preciso “pinchar en los extremos” para que la población se desplazara hacia el “centro político” en el que estaban ubicadas todas las democracias de Europa Occidental en la época, centro-derecha y centro-izquierda, desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Eso se logró favoreciendo la aparición de un clima de inestabilidad permanente, con bruscos sobresaltos, amplificados por los altavoces de los grupos mediáticos comprometidos en la transición.

La operación tuvo éxito: casi nadie en España quería una nueva guerra civil. Cada atentado, cada episodio de violencia, nada noticia alarmante sobre el terrorismo y la violencia política, tenía como resultado, ir desplazando a sectores más grandes de la población hacia el “espacio de centro”: “llovía” y, por tanto, era necesario situarse bajo el paraguas protector del Estado. Cuando se convocan las elecciones de junio de 1977, las cosas ya estaban lo suficientemente maduras como para que:

1) Unión de Centro Democrático (UCD) consiguiera 165 diputados, quedándose a 11 asientos de la mayoría absoluta, lo que convirtió a Adolfo Suárez en el primer presidente del Gobierno de la democracia, mientras que el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), obtuvo 118 diputados, consolidándose de forma indiscutible como la principal fuerza de la oposición parlamentaria y el partido líder de la izquierda española. Sobre 350 diputados, 283 diputados se ubicaban en el espacio centrista, sin el cual no hubiera existido posibilidad de coronar la transición.

2) Los dos batacazos se los llevaron los extremos situados fuera de este espacio centrista: el PCE, hasta dos años antes el único partido digno de tal nombre existente en España, quedó reducido a un grupo de 20 diputados con apenas un 9% de votos. Y en el otro lado, Alianza Popular (AP), la coalición neofranquista encabezada por Manuel Fraga apenas llegó a 20 con un 8% de votos.

Se había dado el primer paso, pero la democracia distaba mucho de estar asentada en España: el recuerdo del franquismo estaba demasiado próximo y, a pesar de la euforia por las “libertades recuperadas”, la proliferación de revistas y películas porno, diera una sensación de “cambio” y “libertad”, también podía ocurrir que la población empezara a comparar cómo vivía dos años y medio antes y como vivía en junio de 1977. En efecto, a finales de 1977, la inflación había pasado a ser de casi el 20% en 1976 al 26,4%. E incluso durante el verano alcanzó un 28%, máximo histórico en España. Nadie podía ser muy optimista con esta perspectiva: las subidas salariales, apenas compensaban la pérdida de poder adquisitivo y los llamados Pactos de la Moncloa firmados en 1978, unidos a la devaluación de la peseta, consiguieron moderar la inflación que ese año “solamente” alcanzó una media del 19’7%... A todo esto, se unían las tensiones políticas, los sobresaltos y la inestabilidad generalizada.

Las cortes de 1977 se declararon “constituyentes”. A partir de ese momento, los medios de comunicación “sincronizados”, pasaron elogiar y detallar cada “jornada de trabajo” de la comisión constitucional, por tediosa que fuera. Pero a nadie se le ocultaba que existían “poderes fácticos”, vinculados al franquismo, conservadores, que seguían sin ver clara la evolución del régimen. Ahora se trataba de desmontar el gran peligro que afrontaba la nueva situación: que esos poderes, a la vista de que nada estaba yendo bien, se plantaran ante la presidencia del gobierno y exigieran una rectificación de la línea política. Las elecciones del 77 se convocaron cuando ya existía la seguridad de que vencería un centro amplio y, por tanto, el uso de la “maza” había tenido éxito, Pero ¿hacía donde debía disparar el “arco”?

Ahora se trataba de aplicar un principio enunciado por Sun Tzu en su Arte de la Guerra: Para cazar conejos hay que hacer que salgan de la madriguera. En cuanto se logra, se los caza a placer y, los que sobreviven, aprenden que nunca más deberán salir a descubierto. Fue lo que se hizo, generando la situación que llevó al 23-F, operación que, lejos de ser una malévola operación de la extrema-derecha, puede ser definida como el “golpe para acabar con todos los golpes”: el golpe para asentar definitivamente la democracia. A partir de la aprobación de la constitución, estaba claro hacia donde se iban a apuntar las flechas del “arco”…