Cuando ocurrían los sucesos de Ceuta, las miradas ya
convergían en torno a un joven de entonces apenas 22 años, el príncipe Moulay
El Hassan, nacido en 2003 que, a la vista de la salud de su padre, había ido
ganando protagonismo en los medios de comunicación y en actos oficiales. R.
Malek, periodista saharaui, planteaba el nudo de la cuestión: “En un país
tan centralizado como Marruecos, el rey no solo reina, sino que gobierna.
Sin él, toda la estructura institucional corre el riesgo de tambalearse” [1].
Más adelante, se añade: “La desaparición del rey abriría un período de
incertidumbre sin precedentes desde 1999. Mohammed VI no construyó un
régimen de miedo, sino un sistema oligárquico basado en la economía, los
servicios de seguridad y la diplomacia”.
Y este es el problema para España. históricamente,
sabemos que Marruecos ha ido generando desde su independencia crisis con sus
vecinos en momentos de tensiones políticas interiores. La sucesión brusca de
un sultán por un joven que todavía hoy tiene escasa experiencia puede generar
(y, de hecho, generará) luchas intestinas entre las distintas fracciones del
Majzén, en un momento en el que el país afronta problemas muy difíciles de
resolver: bolsas de paro, oposición unánime de la sociedad a los acuerdos con
el Estado de Israel, la inmigración como última esperanza de los jóvenes para
mejorar su vida, incluso las enfermedades del monarca han reavivado las
críticas procedentes de los fundamentalistas islámicos.
Estos, no dudan que su racimo de enfermedades es
un “castigo divino” y aprovechan para insistir en su rechazo al estilo de vida
occidentalizado, tanto de Mohamed VI, como de su heredero Muley Hasan. En otro país, esto no dejaría de ser la opinión
de una fracción minoritaria de la sociedad, pero en Marruecos, el sultán es
también Amir al-Mu'minin (Príncipe de los Crecientes), la máxima
autoridad religiosa (como si Felipe VI tuviera, a la vez, en su mano los
poderes políticos propios de una monarquía europea anterior a 1789 y los de la
Conferencia Episcopal). La teoría fundamentalista del “castigo divino”,
implica, necesariamente, la pérdida de legitimidad. Además de su presunta
“occidentalización”, no faltan argumentos de mayor calado: las alianzas
geopolíticas de Mohamed VI con Occidente, los acuerdos diplomáticos con Israel
y la proliferación del turismo internacional, la corrupción, el juego y el
alcohol en el país, demuestran que el monarca ha “traicionado” sus deberes
como guardián de la fe islámica.
El panorama se vuelve mucho más sombrío cuando los
fundamentalistas aluden al heredero del trono, Muley Hasán. En su tarea de
preparación de la sucesión, y con el fin de atraer a la juventud marroquí hacia
la figura del futuro sultán, el Majzén ha destacado sus aficiones al fútbol,
su conocimiento de las redes sociales, y su preparación en relaciones
internacionales. Para los fundamentalistas, todo esto supone un riesgo de
secularización y disolución de las estructuras propias de la tradición
islámica. El reiterado rechazo del besamanos o muestra de vasallaje del que
ha hecho gala en actos oficiales, les confirma en esa opinión.
Obviamente, todos esos gestos y la difusión de sus
aficiones, como todo lo que se refiere a la figura del heredero, no se ha
filtrado “espontáneamente” a los medios de comunicación, sino que ha sido
seleccionado y querido por el Majzén. La voluntad oficial es que la figura
del futuro rey parezca próxima a la juventud (dos terceras partes de la
población marroquí tienen menos de 35 años; su padre, incluso, cuando subió al
trono fue llamado en los primeros años “el rey de los pobres”, apelativo que se
ha ido diluyendo con el paso del tiempo… En realidad, Mphamed VI es la primera
fortuna de un país de pobres). Es en la juventud en donde los servicios
de inteligencia ven el verdadero peligro y no tanto en el fundamentalismo
islámico que siempre ha mostrado en Marruecos penetrable, manipulable y que
durante el reinado de Mohamed VI ha sido objeto de múltiples provocaciones.
La crisis social que vive Marruecos (y que, en el
fondo, es uno de los factores que impulsan a los jóvenes a la emigración) puede
desembocar en cualquier momento en un aumento de la influencia del
fundamentalismo islámico, algo muy frecuente en el ámbito musulmán: cuando las
cosas van mal, eso es un indicativo de que Alá castiga al sultán[2] a través de su pueblo. Abandonado por Alá, el que
debía ser “defensor de los creyentes”, aparece como alguien que ha traicionado
a su dios. Y ahí están los versículos del Corán y de la Sunnah
para demostrarlo.
El Corán establece la obligación general de
obedecer a las autoridades en la Surah An-Nisa (4:59): "¡Oh, creyentes!
Obedeced a Alá, obedeced al Mensajero y a aquellos de vosotros que tengan
autoridad". Pero Mahoma estableció también que esta obediencia no
puede ser, en ningún caso, un cheque en blanco si el gobierno viola la ley
divina “El musulmán debe escuchar y obedecer [a su gobernante] tanto en
lo que le agrada como en lo que le desagrada, a menos que se le ordene cometer
un pecado. Si se le ordena un pecado, no hay obligación de escuchar ni de
obedecer" (Sahih al-Bukhari 7144). Esto se traduce en la máxima
jurídica islámica: “No hay obediencia a ninguna criatura si ello implica
desobedecer al Creador". Si un Estado prohíbe rezar, impone
el crimen o él mismo protagoniza crímenes, injusticias y actos condenables por
la ley coránica, el fiel tiene la obligación de desacatar esa orden específica.
En esos casos, las escrituras exigen una postura activa de denuncia contra los
abusos del poder.
Para Alá, la valentía política como una de las
mayores virtudes espirituales y no faltan sentencias de eruditos musulmanes que
lo reafirmaron posteriormente: "La mejor Yihad (esfuerzo/lucha) es
decir una palabra de verdad ante un gobernante tiránico" (Sunan Abi
Dawud). El Corán reprueba a las sociedades que callan ante la opresión. En
un hadiz narrado por Abu Bakr, el Profeta dice: "Cuando la gente ve
a un opresor y no le impiden [hacer el mal], es muy probable que Alá los
castigue a todos por igual".
Si tal es la doctrina islámica ante un gobierno
injusto y ante un gobernante abandonado por Alá, ¿cómo es que no se han
producido sublevaciones y disturbios durante el reinado de Mohamed VI?
Respuesta: si se han producido y no pocos: el más reciente, el estallido de la
llamada “Generación Z” en 2025 bajo la consigna de “Hospitales y escuelas,
no estadios” [3].
Las protestas estallaron tras una grave negligencia médica que costó la vida a
ocho mujeres que habían sufrido cesáreas[4].
El balance final fue de tres muertos, centenares de heridos y miles de
detenidos.
La anterior revuelta había tenido lugar en 2016 y
se extendió hasta 2017, a raíz de la confiscación arbitraria de la mercancía de
un vendedor de pescado que la policía arrojo al camión de la basura. Al
intentar recuperar la mercancía, murió triturado[5].
Las protestas que siguieron protagonizadas por el Hirak (o Movimiento
Popular del Rif) se convirtieron en una verdadera revuelta social con
reivindicaciones de empleo, educación, sanidad y reivindicaciones regionales.
La represión fue brutal y el líder del movimiento, Nasser Zeftafi, fue
condenado a 20 años en prisión de máxima seguridad.
En esa misma época, en la ciudad minera de Yerada,
se produjo otra sublevación tras la muerte de dos hermanos que cavaban
ilegalmente una mina de carbón abandonada para subsistir. La revuelta fue durísimamente reprimida, pero
demostró la falta de perspectivas y la pobreza extrema de algunas zonas del
país.
Antes aún, cuando estallaron las “primaveras
árabes”, Marruecos no se salvó del contagio, generándose manifestaciones
masivas que clamaban por el fin de la corrupción, la instauración de libertades
democráticas reales y la limitación de los poderes de la monarquía. Mohamed
VI introdujo algunas reformas gatopardistas (cambiar un poco para que todo siga
igual) menores que calmaron momentáneamente a la sociedad[6].
Esta sucesión no exhaustiva de las recientes revueltas
sociales explica, por sí misma, porqué el sultán recurre con frecuencia al
indulto con intención de rebajar la tensión social y mostrarse “generoso”.
Pero nos equivocaríamos si pensáramos que todas
las escuelas islámicas siguen a Mahoma cuando alude al derecho a derrocar
gobernantes injustos. La corriente mayoritaria del islam suní tradicional y las
facciones salafistas que apoyan a las monarquías del Golfo Pérsico, prohíben
cualquier sublevación contra el poder político, y lo hacen utilizando la
“lógica absurda”, pero también versículos coránicos y textos sagrados. En
su particular “lógica absurda”, estas escuelas sostienen que una guerra
civil (fitna) causa más sufrimiento que un mal gobernante. Punto
redondo. En uno de estos textos, el Profeta instruye: "Es obligatorio
para ti escuchar y obedecer al gobernante en la adversidad y en la
prosperidad... incluso si se le da preferencia a otra persona sobre ti de forma
injusta". Item más: a la pregunta de qué hacer si el gobernante no
sigue la guía islámica y confisca bienes, el Profeta respondió: "Debes
escuchar y obedecer al gobernante, incluso si golpea tu espalda y se apodera de
tus riquezas; aun así, escucha y obedece". Para colmo, esta
doctrina conformista y resignada, concluye, con una ortodoxia incuestionable,
que si el gobernante es injusto, el pueblo debe limitarse a rezar por su
guía y tener paciencia; el tirano rendirá cuentas directamente ante Dios en el
Más Allá, de acuerdo con la Surah Hud (11:102) sobre el severo castigo
divino a los opresores.
Esto explica la pasividad de la mayor parte de
musulmanes ante las situaciones de abusos de poder, mala gestión, excesos y
situaciones, como la de Marruecos, prácticamente dictatoriales. También aquí es
lícito plantearse, si la resignación y espera ante gobiernos corruptos e
injustos, no puede cambiar bruscamente y allí donde al gobernante se le
permitía cualquier exceso para evitar males mayores, al día siguiente, esos
versículos y textos se olvidan y se pasa a recordar los revanchistas,
virulentos y vengativos.
[1] Reino frágil: ¿Qué
futuro le espera al Majzen después de Mohamed VI?, artículo publicado el 18
de julio de 2025, en Por un Sáhara Libre.org - PSUL,
https://porunsaharalibre.org
[2] Desde los años en los
que Mohamed V ostentaba el poder, Marruecos ha optado por presentar dos caras:
una hacia Occidente y otra hacia el Magreb. Algunos de los rasgos de la
monarquía marroquí son incomprensibles sin esta consideración. De cara a su
propio pueblo y a otros países islámicos, el monarca marroquí sigue siendo “el
Sultán”, pero, desde 1957, un año después de la independencia, decidió
abandonar formalmente esa denominación para adoptar el título de “Rey”, palabra
que le pareció más adecuada para transmitir la idea de “modernidad y progreso”,
distanciándose de la idea de “absolutismo y feudalismo” que acompañaba en las
mentes occidentales a la palabra “sultán”. Pero Mohamed Vi se cuidó de
conservar absolutamente todos los atributos que acompañaban al título de
“Sultán”, incluido el de “Príncipe de los Creyentes” o máxima autoridad
religiosa. El cambio de “sultán” a “rey”, fue solo formal y no implicó
absolutamente ninguna otra innovación.
[3] “La rabia de los
jóvenes amenaza la estabilidad del reinado de Mohamed VI”, en El Pais,
País, 5 de octubre de 2025. Versión on line:
https://elpais.com/internacional/2025-10-05/la-rabia-de-los-jovenes-amenaza-la-estabilidad-del-reinado-de-mohamed-vi.html
[4] “Las protestas
juveniles en Marruecos agudizan la crisis del reinado de Mohamed VI”, Francisco
de Andrés, en ABC, 2 de octubre de 2025,
https://www.abc.es/internacional/protestas-juveniles-marruecos-agudizan-crisis-reinado-mohamed-20251001193750-nt.html?ref=https%3A%2F%2Fwww.abc.es%2Finternacional%2Fprotestas-juveniles-marruecos-agudizan-crisis-reinado-mohamed-20251001193750-nt.html
[5] “Rif, la mayor
crisis del reinado de Mohamed VI en Marruecos”, José Colón y Sonia Moreno, en El
País, 26 de octubre de 2017,
https://www.revista5w.com/temas/movimientos-sociales/rif-la-mayor-crisis-del-reinado-de-mohamed-vi-en-marruecos-7587
[6] “Mohamed VI
anuncia un recorte de sus poderes en respuesta a las protestas”, El País, 10 de
marzo de 2011,
https://elpais.com/internacional/2011/03/09/actualidad/1299625222_850215.html












