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martes, 18 de marzo de 2025

GROENLANDIA, EL REARME ARANCELARIO Y LA ECONOMÍA DE LA CUARTA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL (I de IV) [revisado]

#Groenlandia #desglobalización #Trumppoliticaexterior #tierrasraras #guerraarancelaria #autarquia

Desde que Donald Trump asumió la presidencia de los EEUU, todos los informativos de los distintos medios de comunicación, en España, incluida la “cadena de los obispos” (COPE y Trece), repiten el mismo esquema: “las decisiones de Trump las toma a la ligera”, “conduce a una recesión económica mundial”, “ha abandonado a Europa a su suerte”, y, la mejor de todas, “su visión económica es hitleriana”. Para “confirmar” los dos primeros juicios de menciona la “guerra arancelaria”, para el tercero su proyecto de paz en Ucrania, finalmente, el último, se justifica con su intención de comprar Groenlandia. Dado que todos estos temas no están muy distanciados, vamos a abordarlos en este estudio, insistiendo particularmente en uno de los aspectos más novedosos de la nueva geopolítica: la importancia creciente del Círculo Polar Ártico.

PRIMERA PARTE:
DE LA GLOBALIZACIÓN A LA DESGLOBALIZACIÓN

GLOBALIZACIÓN SIN ARANCELES,
POSGLOBALIZACIÓN CON ARANCELES

Desde 1989, con la caída del Muro de Berlín y, posteriormente, con la victoria de EEUU en Kuwait, el mundo ha vivido la época de la globalización. No ha sido un período tranquilo: más bien, a lo largo de estos 36 últimos años, se han sucedido, con infernal cadencia, una situación de cambios forzados e inestabilidad continua. No es cierto que “todos” nos hayamos beneficiado con la globalización. De hecho, era el sistema más absurdo que pudiera diseñarse.

Con un ejemplo se entenderá mejor su inconsistencia: acabo de comprar en el mercado jengibre. Es un tubérculo cuyo cultivo no registra absolutamente ningún problema: incluso puede intercalarse en hileras de tomateras para impedir que los parásitos las invadan. Solo precisa sol y ningún cuidado especial. Es algo caro (100 gr. 1,5 euros, 1 kilo 15 euros…), por tanto, muy rentable para la agricultura. En uno de los supermercados a los que me he dirigido, el etiquetado indicaba que venía de Perú, en otro, de China… ¿Cómo es posible que se trasladen contenedores enteros de jengibre desde ambos países -en ambos casos, a más de 10.000 kilómetros en línea recta- teniendo en cuenta la “emergencia climática” y las “emisiones de CO2” generadas por los gigantescos barcos mercantes que los transportan,  “fatales para la atmósfera”, sobre todo, teniendo en cuenta que cualquiera, en un tiesto, puede cultivar este tubérculo o que en España hay miles de hectáreas abandonadas? ¿Hace falta buscar un producto tan sencillo de obtener como éste, en las antípodas? Mucho menos razonable parece traer un tubérculo de fácil cultivo, para favorecer, no tanto a campesinos chinos o peruanos, como para aumentar la cuenta de beneficios de los que lo comercializan. Los ejemplos de este sinsentido se han generalizado. No es lógico encargar a Ali-Baba o a Temu, un sencillo motor eléctrico que podría fabricarse, con mayor calidad, en Europa. ¿Es preciso traer de China el micrófono que acabo de adquirir para el ordenador? ¿Y el papel de lija? Se trata de elementos cuya producción no entraña ningún problema de “alta tecnología”. Baratos, incluso producidos en nuestro país… ¿Qué implica “externalizar” la producción de todo esto y de otras decenas de miles de productos similares?

LA PATÉTICA HISTORIA DE LA ORGANIZACIÓN MUNDIAL DEL COMERCIO

Tras la caída del Muro de Berlín, en el año 1993, 103 países firmaron el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT, General Agreetment on Tarifs and Trade). Hasta llegar a ese punto, el recorrido había sido largo: desde 1947, periódicamente, se convocaban “rondas” de conversaciones para reducir aranceles. El GATT se prolongó hasta la “Ronda Uruguay” de la que surgiría la Organización Mundial del Comercio establecida el 1º de enero de 1995. A pesar de su nombre, la OMC no forma parte del “sistema” de Naciones Unidas, ni está vinculada al Banco Mundial o al Fondo Monetario Internacional. Se trata de una organización nacida con un criterio ultraliberal que propone la desaparición de las regulaciones arancelarias. De hecho, ha nacido para eso. Agrupa a 164 miembros (entre ellos, la UE, y cada uno de sus países miembros) y 20 naciones como “observadores”. Su gestión corre a cargo de 650 funcionarios en la secretaria, con un presupuesto de 197 millones de francos suizos.

Desde su nacimiento no han faltado las polémicas. Se alude a negociaciones trucadas, a la marginación de las economías más débiles y a un protagonismo excesivo de los “países más fuertes” a los que se califica como “oligarquía de países ricos”, que llegan a acuerdos que luego se presentan a los países más débiles. Esta acusación viene generalmente acompañada por la de falta de transparencia: nunca está claro en función de qué datos o principios se toman los acuerdos negociados (en “rondas” que se prolongan hasta ¡15 años!). Para colmo, los acuerdos adoptados -que deben ser refrendados por los parlamentos nacionales- no siempre son respetados. Los países en vías de desarrollo se quejan de que son “convidados de piedra”, que se generan situaciones de dumping (cuando el precio de un producto se vende en un país importador, a precio inferior a como se vende el mismo producto en el país exportador). Y así sucesivamente… nunca llueve a gusto de todos, por supuesto, pero es que hay una serie de “realidades” que la OMC nunca ha tenido en cuenta, desde sus mismos orígenes.

Como su nombre indica, la OMC está compuesta por “Estados” sino por “comerciantes” y es obvio que los “comerciantes” no serán interesados en producir productos o bienes, sino en comerciar con ellos. Para ellos no existen políticas sociales, ni niveles de paro, ni endeudamiento, ni, por supuesto, problemas ecológicos. Sólo les importa la cuenta de beneficios obtenida por la compra a bajo precio y la venta al precio más elevado posible. Por otra parte, por mucho que los doctrinarios ultraliberales se empeñen, resulta imposible desregularizar todos los sectores económicos. Y, en última instancia, el comercio está sometido a elementos que se sitúan por encima de él: la seguridad nacional, por ejemplo, o bien el empleo que genera o destruye el comercio mundial… elementos que no se interesan en absoluto a los “comerciantes”.

En efecto, imaginemos un país que renuncia a tener producción agrícola propia, simplemente porque resulta más barato importar carnes y vegetales de otro país. En teoría, este comercio facilitaría el que los precios de las carnes y de los vegetales importados disminuyeran el precio, a pesar de que quedara desamparada la industria agroalimentaria del importador. Pero, la OMC vive de espaldas a cualquier cosa que no sean los intereses “comerciales” de sus promotores. ¿Son admisibles acuerdos comerciales que arrojen a miles de personas al paro en un país y se basen en salarios bajos y déficit de coberturas sociales en otro? O, peor todavía: un país que depende en materia alimentaria de las exportaciones llegadas de otros ¿puede considerarse verdaderamente “independiente, libre y soberano”? Difícilmente: está en manos del país exportador que, el día que decida cortar el flujo alimentario, verá cómo se le imponen condiciones draconianas si quiere sobrevivir. Y otro tanto puede decir de la dependencia del acero, de las manufacturas o de las nuevas tecnologías. La independencia, la soberanía, la seguridad y la estabilidad social están reñidas con la idea del “comercio mundial”.

UN SISTEMA QUE NUNCA HA FUNCIONADO BIEN

Es evidente que un Estado moderno precisa del “comercio mundial”: de importaciones y exportaciones, de comprar unos productos y vender otros en países extranjeros. Siempre, desde la más remota antigüedad, ha existido importación y exportación. Ahora bien: todo esto hay que supeditarlo a dos factores: la “razón de Estado” y la “estabilidad social”.

Lo cierto es que, si el sistema globalizado de “comercio mundial” funcionara razonablemente bien, resultaría difícil criticarlo. Si absorbiera bolsas de paro, si tendiera al abaratamiento de los productos, si el sistema económico mundial fuera estable, si se tratara de un sistema equilibrado en el que los países se especializaran en la producción de determinados productos y en su intercambio por otros cuya manufactura carece de posibilidades de realizarse en el propio territorio por falta de recursos económicos, de industria o de materia prima, y así sucesivamente, todo esto lo haría inatacable: pero no, el problema es que el sistema económico mundial no funciona correctamente y ha generado en algo más de tres décadas, asimetrías, desequilibrios y múltiples disfunciones.

La primera experiencia neoliberales, en Chile, a mediados de los años 70, promovidos por los “Chicago boy’s”, concluyó en un fracaso absoluto: la empresa nacional de fósforos debió de cerrar, porque las cerillas importadas de Canadá eran más baratas y vistosas (la base estaba hecha de madera, mientras que en las chilenas eran de cartón o papel encerado). El resultado fue que la Fosforera Nacional chilena cerró sus puertas. Pero eso ocurrió también en otros sectores de la economía y, si bien es cierto, que el precio de los fósforos no se disparó, también fue cierto que generó un problema nuevo de naturaleza social: cientos de trabajadores chilenos resultaron despedidos. El balance final dio como resultado un período de recesión y crisis social, destrucción de empleo y cifras macroeconómicas engañosas. Los beneficios del “comercio” quedaban anulados para la comunidad por los costes sociales generados directamente por ese mismo “comercio”. Ganaba el “comerciante”, perdía la comunidad nacional y el Estado que la encarnaba.

A partir de ahí, las fórmulas económicas que, tras la Segunda Guerra Mundial se habían adoptado (y que contemplaban en gran medida, subvenciones y ayudas), saltaron por los aires. Margaret Tatcher, liquidó buena parte de la minería británica, inspirada por las teorías de la “escuela austríaca” (Von Misses y Friedrich Hayek); la victoria en la Guerra de las Malvinas, hizo olvidar el fracaso de su concepción económica que, luego, al triunfar en EEUU con el inicio de la “era Reagan”, tras el colapso de la URSS, generó un mundo globalizado.

La idea -tal como se nos presentó- era que cada país se especializara en algún producto que pudiera exportar al resto a un precio razonable. Así participaría de un mercado único global en el que el resto de países harían otro tanto: cada uno compensaría a otro con aquello que no podía producir y, a su vez, se vería compensado en lo que no producía por lo producido por otros… Un mundo feliz, en definitiva, que partía de un presupuesto completamente falso y que, a nadie, con una capacidad mínima de razonamiento se le podía escapar: las condiciones de producción, no de un solo producto, sino del total de la producción, eran muy diferentes en cada país.

No existía, pues, el primer requisito para una competencia leal y efectiva: unos países tenían salarios altos, en otros eran bajos, unos países eran pequeño o con población limitada, otros grandes y otros, incluso, gigantescos, en unos países existían sindicatos, en otros, el Estado dictaba las reglas laborales sin apelación posible. Desde el momento en que se fueron levantando las barreras comerciales, era evidente que allí donde la producción era más cara (por salarios y por coberturas sociales, por fiscalidad y por alejamiento de las fuentes de materias primas) allí migrarían las empresas para cumplir la ley de oro del capitalismo (producir más al coste más bajo posible). Con este aliciente se inició el fenómeno de la deslocalización industrial: las plantas de producción migraron de Norte a Sur y de Occidente a Oriente.

Como era evidente que “Occidente” perdía competitividad, se articuló un fenómeno, que inicialmente, debía ser el contrapeso: paralelamente a la deslocalización industrial se inició el fenómeno migratorio cuyo objetivo no era otro que una ganancia de “competitividad” para las economías occidentales. En efecto, importando trabajadores se conseguía que el precio de la mano de obra bajara. Y fue por eso, inicialmente, en base a lo que se justificó la inmigración masiva hacia los países de Europa Occidental y EEUU.

Así pues, la globalización fue, en la práctica una ruta de dos direcciones: Deslocalización e inmigración masiva. El problema fue que, a medida que aumentaba el volumen de las deslocalizaciones, aumentaba también el flujo de inmigración, sin que se crearan nuevos puestos de trabajo capaces de absorber a las legiones de menesterosos procedentes del Tercer Mundo que, por otra parte, tenían una formación profesional muy limitada. A esto se unió el que los recién llegados -especialmente los procedentes del mundo islámico y del continente africano- se adaptaban muy mal a la cultura y a los ritmos europeos y atribuían su escaso poder adquisitivo al racismo y a la xenofobia… pero no a su mínima preparación profesional. En otras palabras: la inmigración no resolvía el problema de la competitividad y generaba más conflictos que resolvía situaciones. Hoy, en todos los países europeos, la inmigración se ha convertido en una bomba aspiradora de fondos públicos, un verdadero lastre presupuestario y una fuente creciente de conflictividad.

CHINA, EL GRAN BENEFICIARIO DE LA GLOBALIZACIÓN

Hacia finales del milenio, parecía muy claro que había que cortar esta autopista infernal de doble dirección. Ya se había puesto en claro que China se había convertido en la “factoría mundial” y que este país podía abastecer a todo el mundo de cualquier manufactura producida a un coste muy inferior a los países occidentales. Así que los puestos de trabajo que se crearon en Occidente para sustituir a los puestos de trabajo industrial perdidos, se concentraron en el “sector servicios”, en general, inestables y de mala calidad, salvo los que requieren determinadas capacidades profesionales.

Los Estados occidentales, gobernados por aventureros sin escrúpulos y admiradores de los experimentos económicos surgidos del Foro de Davos y de círculos similares, parecían haber olvidado que China no era un país como cualquier otro: el eslogan “un país, dos sistemas”, propuesto por Deng Xiaoping, creado inicialmente para facilitar la integración en la República Popular China de Hong Kong y Macao, se extendió, posteriormente a todo el país. Inicialmente, esta doctrina planteaba que “de forma transitoria” existirían en todo el territorio zonas con sistemas económicos diferentes (las antiguas colonias en las que se practicaba el capitalismo) que coexistirían con el sistema socialista. El concepto iba también dirigido a intentar la integración de Taiwán e, incluso, se interesó por él, el Dalai Lama. El éxito del eslogan hizo que se ampliara a todo el territorio chino. El país asiático se convirtió en una gigantesca colmena humana dirigida con mano de hierro por el Partido Comunista, pero cuya economía aplicaba patrones capitalistas. China entendió perfectamente que podía aplicar los principios de la globalización para reforzarse, consolidarse y aspirar a la hegemonía económica mundial… que precede a la hegemonía política.

A partir de ese momento, se produjo un extraordinario superávit de la economía china que le permitió recuperar el tiempo perdido y constituirse como una de las grandes economías mundiales desde la segunda mitad de los años 90.

La política exterior china se basó durante ese período en tratar de ofrecer mano tendida a los EEUU y por eso, las bolsas norteamericanas -siempre necesitadas de yuanes, petrodólares, euros y yenes, para asegurar su consumo interior- se vieron beneficiadas por el dinero chino. La tesis era que los intercambios comerciales y las inversiones supondrían una política de “apaciguamiento”… mientras China no estuviera en condiciones militares y económicas de imponerse en la lucha por la hegemonía mundial.

Pero esta política tuvo un “bache” cuando se desencadenó la crisis económica de 2007-2011, especialmente en su primera fase. Al estallar en EEUU la burbuja inmobiliaria, el gobierno chino estuvo a punto de perder ¡medio billón de dólares! en las inversiones realizadas en las empresas que conceden y garantizan las hipotecas hechas en EEUU, Fannie Mae y Freddie Mac. Puesto en claro que ambas empresas estaban en quiebra y que el gobierno de George W. Bush no tenía intención de salvarlas, bastó una llamada del presidente chino Hu Jintao al despacho oval, para que el gobierno norteamericano cubriera la deuda de ambas financieras hipotecarias. Eso o China cesaba sus inversiones en EEUU… Con el paso de los años y desde entonces, el gobierno chino ha ido disminuyendo poco a poco sus inversiones en EEUU, a medida que iba aumentando su poder económico y su fuerza militar.

Mientras China se fortalecía con la globalización, Occidente se debilitaba inexorablemente con la pérdida de industria pesada y estratégica. En el sector primario ocurrió otro tanto. Especialmente en Europa, desde el momento en el que la UE empezó a trenzar “acuerdos preferenciales”, otorgando rangos de “países más favorecidos” a Estados no europeos con una alta producción agrícola y con regulaciones mucho más laxas, la cuestión era cómo liquidar la agricultura europea que, para la UE resultaba “odiosa” a causa de las “misiones de CO2”. El territorio de la UE, cada vez más, tiende a convertirse en el paraíso del “sector terciario” (servicios), mientras que la desertización industrial (“sector secundario”) y la inexplicable preferencia por las agriculturas no europeas (“sector primario”) están liquidando ambos sectores a marchas forzadas en el propio territorio de la Unión.

LAS PREGUNTAS CLAVE DE LA GLOBALIZACIÓN

Llegados aquí, se plantean varias cuestiones a las que respondemos sintéticamente:

1) ¿Quién estuvo interesado en desencadenar el proceso “globalizador”?

- En primer lugar, el capital financiero, que trataba de invertir en aquellos lugares más atractivos sin que existieran restricciones, especialmente por el aumento de su capital tras el proceso de “privatizaciones” promovido por el FMI y el Banco Mundial.

- En segundo lugar, las empresas multinacionales que, por su mismo concepto, necesitaban ampliar al máximo sus volúmenes de negocio y rebajar los costes de producción

- En tercer lugar, las empresas vinculadas a la logística mundial y al comercio internacional, especialmente navieras.

- En cuarto lugar, los países beneficiados con la deslocalización.

En general, los beneficiarios de la globalización ha sido el “dinero viejo”, las grandes acumulaciones de capitales surgidos al calor de la Segunda y Tercera Revolución Industrial, por un lado, y el Estado chino por otro.

2) ¿Cuál ha sido su balance?

- Un desequilibrio y una asimetría absoluta del comercio mundial.

- La desertización industrial que ha arrasado países, unido a la terciarización de la economía.

- El aumento del poder de las grandes concentraciones de capital, paralelo al debilitamiento de los Estados.

- Un proceso creciente de privatizaciones que termina afectando a la calidad de los servicios públicos, especialmente en los países occidentales.

- Una inestabilidad económica continua: la facilidad para la entrada y salida de capitales, hace que tan pronto estén interesados en un país, como pasen a estarlo en otro: esto genera una migración continua de capitales en busca de los horizontes más lucrativos. Países en lo que el crecimiento era continuo hasta el “día D”, el “día D+1” se han visto arruinados.

- En la globalización, las crisis económicas son “globales”, nacidas en algún país concreto, tienden a repercutir en todo el conjunto. Un país está más afectado por estas crisis en la medida en que su economía está más globalizada.

3) ¿Cuáles han sido las enseñanzas de la crisis mundial de 2007-2011?

- El capitalismo siempre ha sufrido crisis cíclicas (“burbujas”). La crisis de 2007-2011 fue mundial. Se redujo la liquidez y se contrajo el crédito.

- Los Estados impulsaron la emisión de deuda para “tapar” las consecuencias de la crisis. La emisión de deuda se convirtió, desde entonces, en una práctica habitual que aumenta sin observar el más mínimo criterio de prudencia.

- Con esa deuda de salvó a la banca, en primer lugar, y se aumentaron las subvenciones a los grupos más desfavorecidos (que, en Europa, eran siempre inmigrantes). Se creía que así se compraba la “paz social”, pero en realidad, se estaba comprando la “paz étnica” e invitando a más inmigrantes a llegar a Europa.

- A pesar de que era evidente que los capitales retirados del mercado habían ido a parar a “paraísos fiscales” y a reunirse allí con dinero procedente del narcotráfico y de la corrupción política, no se ha hecho nada para borrar de la faz del planeta esas áreas.

- Se hizo evidente que la globalización había beneficiado extraordinariamente a China y perjudicado a los países occidentales. Gracias a los réditos de la deslocalización, pudo acelerar su despegue económico, financiar su modernización, e invertir cantidades extraordinarios en bolsas y empresas occidentales.

4) ¿Cuál es el futuro de la globalización?

- A partir de la crisis de 2007-2011 era evidente que una economía mundial globalizada era completamente inestable y hubiera sido el momento de regular los flujos de capitales y el comercio mundial. Pero la solución elegida no fue “radical” (es decir, no tendía a resolver la raíz del problema), sino que se limitó a rebajar los tipos de interés y emitir deuda.

- Cuando se inició el conflicto ucraniano, los EEUU y sus vasallos impusieron a Rusia sanciones económicas y censura informativa. El proceso globalizador entró en crisis: la “sanciones” se habían impuesto olvidando la existencia de “países BRICS” (que, por supuesto, no las respetaron, ni las aplicaron).

- La llegada de un empresario, Donald Trump, al gobierno de los EEUU, y la alianza del conservadurismo con el “dinero nuevo” (procedente de las empresas tecnológicas norteamericanas y del capital-riesgo), sentenció el destino de la globalización. Los medios anuncian una “guerra de aranceles” que, en realidad, es más propio llamar “desglobalización”, esto es una disminución de la interdependencia de las economías nacionales.

Y es así como llegamos a la situación actual que puede caracterizarse por cuatro factores:

1) Una reimplantación progresiva de aranceles, para conseguir relocalizar en EEUU las plantas de producción y desincentivar la producción en países con salarios más bajos y menores coberturas sociales.

2) Esa reimplantación tendería a reindustrializar a los países occidentales (o, al menos, a los que la pusieran en práctica) y a reducir la dependencia del comercio exterior y de los suministros alimentarios llegados del exterior.

3) Esto implicaría el descenso progresivo de algunos índices macroeconómicos (en especial el volumen mundial de intercambios comerciales), pero, tendría como contrapartida la creación de puestos de trabajo “de calidad”, una disminución del paro, con aumento paralelo de la capacidad adquisitiva de las familias y reducción de impuestos (unido a una buena administración de recursos y a un achicamiento del volumen de los Estados).

4) Los Estados y las empresas deberán de dejar de mirar continuamente al exterior, para concentrarse en los mercados interiores. Las empresas deberán vender más baratos sus productos en los mercados interiores al no poderlos exportarlos con tanta facilidad. Si el aceite de oliva o el jamón no se puede vender en EEUU, esto debería repercutir en una bajada de precios en España que debería compensar la subida de precios en otros productos.

4) Si bien, todavía no está claro, como afectaría una deslocalización (la consabida “guerra arancelaria”), está mucho más claro que disminuiría el comercio internacional y se debilitaría la demanda global. Algunos países quedarían más afectados que otros. La medida, sobre todo, afectaría a China que vería reducida drásticamente su producción. 


LA LÓGICA IMPLACABLE DE LA POLÍTICA ARANCELARIA DE DONALD TRUMP

Y este último punto, explica las medidas proteccionistas de la administración Trump. Como ya hemos analizado, con la nueva administración norteamericana se ha producido un vuelco geopolítico. Trump considera a China como “el enemigo”, mientras que Rusia ha pasado a ser “el adversario”: al enemigo se le destruye, al adversario se le debilita. Para EEUU, la administración Trump es la única posibilidad de no ser superada, económica y políticamente por China. Para las anteriores administraciones demócratas, el orden era inverso: un orden heredado de la guerra fría en el que Rusia seguía siendo considerada el “enemigo” y China solamente un adversario económico. Pero el crecimiento de China, la presencia de su flota en todos los mares y la alianza entre el Partido Comunista y las empresas tecnológicas, ha generado un nuevo escenario para el conservadurismo norteamericano que no se resigna a ser la segunda potencia mundial. Ser el segundo no es una opción para la Casa Blanca: implica considerarse derrotado.

En realidad, Trump, en su primera legislatura, se conformaba con reconstruir infraestructuras, liquidar la herencia de guerras iniciadas en períodos anteriores y mejorar la vida del americano medio. La aparición del “coronavirus” y la irrupción de la tecnología 5G dio al traste con estos propósitos. Aquel primer mandato se dispersó en medidas erráticas. Hay que tener en cuenta que, en 2017, cuando fue elegido frente a Hillary Clinton, ella era la representante del stablishment, mientras que Trump era un outsider, un empresario metido en política. No solamente se vio desbordado por unos engranajes que no conocía suficientemente, sino por una inclusión de neoconservadores -no compartían sus puntos de visto- al frente de los departamentos. El “segundo Trump”, sin embargo, tiene la piel más dura, conoce la administración pública, se ha rodeado de colaboradores más “radicales” y quiere implementar políticas más claras: sabe que China aspira a la hegemonía mundial y que el “segundo puesto” empobrecería más a los EEUU. De ahí la imposición de aranceles a los productos chinos.

¿Es esa imposición razonable? ¿conduce a una “guerra de aranceles”?

Uno de los elementos que más ha favorecido la reelección de Donal Trump es que se trató del primer presidente que no inició una guerra desde finales del siglo XIX. Esto equivale a otorgarle el adjetivo de “pacifista”, mientras que, desde el inicio del conflicto ucraniano, tanto Biden como sus socios europeos, aparecían visiblemente como “belicistas”. Nadie, está dispuesto, a morir por Zelensky… ni siquiera los que comparten los puntos de vista del gobierno de Kiev. Nadie. De ahí que el agit-prop mediático haya querido liquidar este aspecto “positivo” de Trump “el pacifista”, uniéndolo a una “guerra”: la de aranceles. Sin embargo, no se trata de una guerra. Como máximo cabría hablar de “rearme arancelario”. Y un rearme, puede, perfectamente, ser una decisión defensiva. Como lo es en este caso.

Las empresas norteamericanas que deseen vender sus productos en EEUU deberán relocalizarse o bien pagar aranceles… que desincentivarán su interés por producir en China o en cualquier otro país. El resultado previsible a corto plazo (por eso Trump ha iniciado su legislatura con esta medida desde el día 1 de su mandato) será un relanzamiento de la economía norteamericana, una absorción del paro, mientras que se generan en “el enemigo” problemas de muy difícil solución.

¿Alguien podría reprocharle a Trump esta escalada arancelaria? Los beneficiarios de la globalización, por supuesto. Pero, en realidad, tiende a llevar a la práctica el “American First”. Todos los Estados, en todas las épocas, han practicado el “egoísmo nacional”: sus ciudadanos y sus intereses y el de sus gentes han ido por delante; detrás, el de todos los demás países. Trump no hace sino aplicar esta ley de hierro que hoy el pudor de la corrección política impide asumir en voz alta. No es un belicista: es un conservador con amplia experiencia empresarial. Sabe cómo se negocia y cómo se gestiona una empresa: reducción de gastos, plan estratégico de viabilidad de la empresa a medio y largo plazo, no ceder ante otras empresas competidoras, no regalarles ventajas, no pensar en otros ciudadanos más que en los de su propia nación, negociar a partir de maximalismos, asegurarse los suministros básicos para su “empresa”: su “empresa” son los EEUU.

Resulta difícil reprochar una política de este tipo, especialmente en un país como España, cuyo gobierno (por un 50% de debilidad y otro 50% de traición tácita) se ha propuesto, por todos los medios, aupar al “enemigo del Sur”, considerar “amigo” al “enemigo” secular y tenderle mano hasta la humillación final, enviando fondos prácticamente continuos e ilimitados, abriendo las puertas de par en par a su inmigración y a sus mezquitas, a sus imagen, a su Corán e, incluso a la enseñanza en las escuelas de la religión islámica (pero no de la católica que no tiene nada parecido al “yihadismo” como uno de sus pilares), restringiendo el presupuesto de Defensa, aun cuando es evidente que Marruecos se está armando de forma masiva.

Si el stablishment mundial ha impuesto en los medios la palabra “guerra comercial”, también suele denunciar la nueva política comercial norteamericana como “autarquía”, lo que remite a los “odiados fascismos”. En realidad, las economías autárquicas eran pre-fascistas y se basaban en una lógica aplastante: cada país debe procurar vivir de su propia producción, intercambiando los eventuales excedentes de esta producción por otros productos igualmente excedentarios en otros países. “Autarquía”, técnicamente, no ha significado nunca cierra de puertas y ventanas al comercio exterior (España, en sentido estricto no fue “autárquica” en los años 40, sino que la “autarquía franquista” fue la respuesta al aislamiento internacional decretado por Naciones Unidas), sino diversificación industrial, exportación de excedentes e importación de “faltantes”.

Seguramente la principal contradicción en la caen las Greta Thumberg y los defensores del “cambio climático” sea no oponerse, precisamente a la globalización que hace posible que un tubérculo de jengibre tenga que recorrer 10.000 de distancia para ser comprado en un supermercado español. Porque si hay algo que consume combustibles fósiles y emite CO2, es precisamente el comercio mundial

EN DEFENSA DE LAS ECONOMÍAS DE PROXIMIDAD

Por otra parte, la estabilidad de una sociedad y su sensación de seguridad, se basan en la confianza del consumidor en los productos servidos por el productor, en su calidad y en su “trazabilidad” (en el caso de productos alimentarios). Un cultivador que vende sus productos en el mercado del pueblo, debe procurar que estos sean de calidad aceptable, si quiere mantener su clientela. ¿Ocurre eso mismo con un productor situado en las antípodas? ¿Qué le importa a un productor marroquí regar sus hortalizas con aguas fecales contaminadas con hepatitis B? Cuándo un campesino colombiano rocía a sus mangos con sobredosis de vermicidas para afrontar una plaga tardía de gusanos, ¿piensa que los metabolitos generados por el producto afectarán negativamente a la salud de consumidores situados a 10.000 km de distancia? Hay, por tanto, un “interés sanitario” que, por sí mismo, justifica las economías de proximidad. Pero otro factor no es menos importante…

Un país cuya economía se basa en la importación es un país que no es dueño de su propio destino. Un país que no produce lo necesario para alimentar a su población, está, en realidad, a merced del que le vende provisiones. Tendrá su bandera y sus instituciones, sus fronteras trazadas sobre el papel y se creerá dueño de su propia soberanía: pero no lo será. Ésta podrá ser cuestionada en cualquier momento por sus proveedores en sectores básicos (alimentación, acero, energía). 

Trump ha entendido perfectamente esta lección y sus esfuerzos desde el día 1 de su segundo mandato van orientados a dos fines: el “American Firts” y a considerar a China como “enemigo”. A partir de ahí se entiende toda su política que, es, en definitiva, el resultado de la alianza del “conservadurismo” norteamericano con los grandes consorcios tecnológicos (ver el Cuaderno Para Entender Nuestro Tiempo nº 1), esto es, con el “dinero nuevo”.

Los medios de comunicación occidentales -desde la Sexta hasta la Trece- son hostiles a este planteamiento. Dependen de la publicidad del “dinero viejo” y del Estado (o de la Iglesia en el caso de COPE y del canal Trece), pero, sobre todo, dependen de conceptos y escalas heredados de tiempos que ya se han volatilizado: “globalización mejor que proteccionismo”, “todos los gobiernos buscan la paz y la armonía mundial”, “globalización bueno, autarquía malo”, “neoconservadurismo mejor que conservadurismo aliado con tecnológicas”, “Rusia es el enemigo que nos invadirá de un momento a otro”… y así sucesivamente. Tópicos de otra era, que ya no están vigentes, algo que los medios de comunicación españoles, incluidos los digitales, deberán reconocer antes o después. Acaso por eso son inatendibles y aquellos que tienen inquietudes optan por buscar ellos mismos -a costa de equivocarse a veces- en lugar de recurrir a información sesgada en defensa de la globalización.

El “rearme arancelario” supone retornar el sentido común a los intercambios comerciales, eliminar la irracionalidad del fantasmal “comercio mundial”: hacer, en definitiva, que un tubérculo de jengibre no tenga que viajar 10.000 km de distancia, sino que se cultive en el campo situado en las inmediaciones de las grandes ciudades. Que el agricultor, vecino mío, pueda vender sus productos en el mercado de la ciudad, con los menos intermediarios posibles: que venda su producto a un precio razonable y que no se dilapiden millones de litros de combustible fósil trasladándolo desde los lejanos campos chinos o desde la altiplanicie peruana. ¿Hay algo reprochable en esta lógica? ¿Algo que ofenda al sentido común? ¿Algo que sea injusto?

Por otra parte, la estabilidad de una sociedad y su sensación de seguridad, se basan en la confianza del consumidor en los productos servidos por el productor, en su calidad y en su “trazabilidad” (en el caso de productos alimentarios). Un cultivador que vende sus productos en el mercado del pueblo, debe procurar que estos sean de calidad aceptable, si quiere mantener su clientela. ¿Ocurre eso mismo con un productor situado en las antípodas? ¿Qué le importa a un productor marroquí regar sus hortalizas con aguas fecales contaminadas con hepatitis B? Cuándo un campesino colombiano rocía a sus mangos con sobredosis de vermicidas para afrontar una plaga tardía de gusanos, ¿piensa que los metabolitos generados por el producto afectarán negativamente a la salud de consumidores situados a 10.000 km de distancia? Hay, por tanto, un “interés sanitario” que, por sí mismo, justifica las economías de proximidad. Pero otro factor no es menos importante…

Un país cuya economía se basa en la importación es un país que no es dueño de su propio destino. Un país que no produce lo necesario para alimentar a su población, está, en realidad, a merced del que le vende provisiones. Tendrá su bandera y sus instituciones, sus fronteras trazadas sobre el papel y se creerá dueño de su propia soberanía: pero no lo será. Ésta podrá ser cuestionada en cualquier momento por sus proveedores en sectores básicos (alimentación, acero, energía). 

Trump ha entendido perfectamente esta lección y sus esfuerzos desde el día 1 de su segundo mandato van orientados a dos fines: el “American Firts” y a considerar a China como “enemigo”. A partir de ahí se entiende toda su política que, es, en definitiva, el resultado de la alianza del “conservadurismo” norteamericano con los grandes consorcios tecnológicos (ver el Cuaderno Para Entender Nuestro Tiempo nº 1), esto es, con el “dinero nuevo”.

Los medios de comunicación occidentales -desde la Sexta hasta la Trece- son hostiles a este planteamiento. Dependen de la publicidad del “dinero viejo” y del Estado (o de la Iglesia en el caso de COPE y del canal Trece), pero, sobre todo, dependen de conceptos y escalas heredados de tiempos que ya se han volatilizado: “globalización mejor que proteccionismo”, “todos los gobiernos buscan la paz y la armonía mundial”, “globalización bueno, autarquía malo”, “neoconservadurismo mejor que conservadurismo aliado con tecnológicas”, “Rusia es el enemigo que nos invadirá de un momento a otro”… y así sucesivamente. Tópicos de otra era, que ya no están vigentes, algo que los medios de comunicación españoles, incluidos los digitales, deberán reconocer antes o después. Acaso por eso son inatendibles y aquellos que tienen inquietudes optan por buscar ellos mismos -a costa de equivocarse a veces- en lugar de recurrir a información sesgada en defensa de la globalización.

El “rearme arancelario” supone retornar el sentido común a los intercambios comerciales, eliminar la irracionalidad del fantasmal “comercio mundial”: hacer, en definitiva, que un tubérculo de jengibre no tenga que viajar 10.000 km de distancia, sino que se cultive en el campo situado en las inmediaciones de las grandes ciudades. Que el agricultor, vecino mío, pueda vender sus productos en el mercado de la ciudad, con los menos intermediarios posibles: que venda su producto a un precio razonable y que no se dilapiden millones de litros de combustible fósil trasladándolo desde los lejanos campos chinos o desde la altiplanicie peruana. ¿Hay algo reprochable en esta lógica? ¿Algo que ofenda al sentido común? ¿Algo que sea injusto?

Pero, si la economía es lo que mueve el mundo, mucho más importante para el futuro que el “rearme arancelario” es la cuestión de las “tierras raras” -esenciales para el desarrollo de las tecnologías de la Cuarta Revolución Industrial en curso. Y ahí es donde entran Groenlandia y Ucrania, dos territorios de los que viene hablándose mucho desde principios de 2025.

 


 


 







sábado, 29 de octubre de 2022

CONFLICTO UCRANIANO: ESTAIS ASISTIENDO AL FINAL DE LA GLOBALIZACIÓN Y NO OS HABÉIS ENTERADO

George Bush padre, aquel en el que los conservadores habían depositado tantas esperanzas, proclamó solemnemente al acabar la guerra de Kuwait que los EEUU se consolidaban como única potencia garante de un Nuevo Orden Mundial. Fukuyama estaba tecleando, en esos momentos, su teoría sobre El fin de la historia. La guerra fría había concluido. La URSS estaba dando las últimas boqueadas y China no contaba (por entonces tenía un hospital para cada 3.000.000 de habitantes y se la consideraba potencia agrícola subdesarrollada y superpoblada, al igual que la India). Así pues, todo estaba dispuesto para iniciar la “globalización”, esto es, contemplar un mercado único mundial en el que el liberalismo económico y la desregulación, condujeran automáticamente a todos los pueblos del mundo al oasis democracia liderados por los EEUU. A fin de cuentas, si la URSS había caído por la imposibilidad de competir con el liberalismo, otro tanto ocurriría con China, con Cuba, con las dictaduras africanas y árabes, etc, etc, etc. Vanas alucinaciones que empezaron a disiparse en la primera década del milenio.

El primer “susto” fueron los extraños ataques del 11-S, casus belli para las expediciones coloniales de EEUU en Afganistán e Irak. De pronto, entendimos que al “fin de la historia” había que añadir el “conflicto entre civilizaciones” augurado por Huntington. Cuando esto permanecía aún en el horizonte apareció un segundo bache para la “globalización”: la crisis económica mundial de los años 2007-2011. Fue otro aviso de que el “libremercado mundial”, no solamente no era la solución, sino que además estaba lastrado por las malas decisiones, apresuradas, irreflexivas, optimistas o, simplemente, corruptas de los “agentes económicos”.

Aquella crisis económica se saldó, primero con un aumento del número de parados y mutó pronto en “crisis social”, para, finalmente, desembocar en “crisis política que tomó distintas formas en cada país, pero cuyos nuevos elementos fueron:

1) la victoria de Donald Trump en las elecciones norteamericanas de 2016,

2) la aparición de nuevos populismos de derechas e izquierdas, y

3) en un cierre el falso de la crisis, cuyas consecuencias se hicieron palpables en los años siguientes (aumento de la deuda mundial, inflación, inestabilidad económica).

En ese contexto, lo normal hubiera sido que los poderes políticos, a partir del 2008, reflexionaran sobre lo que había ocurrido: la desregularización económica mundial, no llevaba a la democracia ni al edén de las libertades, sino que reforzaba el poder político del gobierno chino que, gracias a la deslocalización, lejos de aumentar las libertades, iba concentrando más y más poder, invirtiendo los excedentes que no se utilizaban para modernizar y reforzar el país, en adquisición de influencia en el exterior… En ese momento, seguir apostando por la deslocalización y la desregularización mundial constituía un suicidio económico (lo que, nuevamente, garantizaba que, de ahí derivaría una crisis que mutaría pronto en “crisis social” y, finalmente en “crisis política”). Tras la crisis de 2007-2011, era un buen momento para reformular la “globalización”. No se hizo, sino que se hizo todo lo contrario.

Además, habían aparecido nuevos actores en escena:

1)   Rusia, desahuciada en 1989, había vuelto a ocupar un lugar en la escena internacional. El pueblo de la Federación Rusa demostraba formar un todo con sus dirigentes y no reivindicar una “partidocracia liberal” a la Occidental, sino una propia fórmula de gobierno y de liderazgo.

2)  El mundo islámico se había dividido en función de tes polos: Irán, Arabia Saudí y Turquía, cada uno de los cuales disponía de una “agenda” propia para convertirse en hegemónico dentro de su marco geográfico. Salvo Arabia Saudí, los otros dos polos miraban con buenos ojos el nuevo curso de Rusia en quienes veían cada vez más un aliado potencial.

3)  En los EEUU, las desigualdades sociales se habían convertido en endémicas y abismales: no solamente se habían instalado en los guetos negros de otros tiempos, sino que la pobreza alcanzaba a la clase media blanca.

4)  Los grandes consorcios tecnológicos habían demostrado ser los grandes beneficiarios de la globalización, estaban presentes en todo el mundo y obtenían beneficios multimillonarios, con inversiones relativamente modestas y poco personal pero muy especializado.

5)  Los populismos estaban normalizando su presencia en buena parte de los parlamentos nacionales y sus criterios suponían una ruptura con los de la “vieja derecha”, liberal a ultranza que aceptaba acríticamente algunas de las medidas propuestas en las “agendas” liberales: “feminismo”, “igualdad”, “inmigración”, “cambio climático”, “LGTBIQ+”, “corrección política”, etc. El populismo chocaba con todo esto y se enfrentaba a las nuevas orientaciones de la “vieja derecha liberal”.

6)  La pandemia demostró por espacio de dos años el poder de las “big-tech”: cuando todo el mundo está confinado, estas empresas fueron las únicas que garantizaron la comunicación. Esto evidenció la situación de oligopolio de este sector y el riesgo de que el gigantesco poder económico y la influencia mediática que habían conseguido terminara condicionando las decisiones de los poderes políticos nacionales.

Y así estaban las cosas a finales de 2021. Luego vino el conflicto ucraniano: y, a partir, de aquí, todo esto saltó por los aires.

No importa que los tertulianos y los “analistas” políticos no hablen de ello en los medios de comunicación, ni la temática esté presente en los vídeos (censurados) de youTube, pero la realidad, es que en, en estos momentos, se está produciendo una verdadera revolución mundial. Esto es, una revolución que afectará a todo el mundo y que se superpondrá a otros conflictos. El causante directo, ha sido el conflicto ucraniano, pero no hay que olvidar las causas que han llevado a que la guerra, iniciada por fuerzas irregulares ucranianas en 2014, tras la secesión de las repúblicas del Donetsk y Lubanks, atizada por la llegada al gobierno de Kiev de una camarilla corrupta mediatizada por las oligarquías locales, ávida de los fondos de la Unión Europea, aceptara, para obtenerlos, pedir el ingreso en la OTAN. Si esto hubiera ocurrido en 1995 o, incluso en el 2002, no hubiera ocurrido absolutamente nada: pero ocurría justo en el momento en el que Rusia había reconstruido su poder, trazado una red de influencias y alianzas internacionales y, previsto lo que iba a ocurrir cuando pusiera las cartas sobre la mesa: “no habrá vectores nucleares a 1.000 km de Moscú”.

Era evidente que, con Donald Trump en la presidencia de los EEUU, este conflicto no hubiera tenido nunca lugar. Nadie hubiera empujado a Kiev al regazo de la OTAN, ni nadie hubiera puesto en riesgo la seguridad rusa en las circunstancias que ya se dieron durante el período trumpista. Ahora bien, con la llegada de un anciano decrépito a la Casa blanca, lo que llegaban eran los “ultraliberales”, los mercaderes de armas, los halcones, los que no estaban dispuestos a que los EEUU se encerraran en un aislacionismo que les permitiera reconstruir infraestructuras y rompiera con la globalización: han sido estos los que han puesto al pueblo ucraniano en el frente. El nacionalismo ucraniano ha hecho lo demás (de la misma forma que el nacionalismo polaco jugó un papel análogo en 1939).

Pero, desde que se inició el conflicto hemos asistido a algo imprevisto: cada parte ha utilizado sus mejores recursos adaptados para la guerra psicológica. Era normal que así ocurriera. Pero la novedad ha sido que estos esfuerzos se han vehiculizado a través de las big-tech. Y estas han impuesto sus reglas: corrección política, fair play a través de “verificadores”, unido al consabido “Rusia es culpable”… Todos los mensajes, incluso de líderes políticos, que no entraban dentro de estos parámetros, eran baneados de las redes sociales. En cuanto a los “verificadores”, todos, sin excepción, tomaban partido por una de las partes. Los intereses del gobierno norteamericano y de los gobiernos de buena parte de los países integrados en la OTAN, coincidían, al menos en esto, con los intereses de las big-tech y con los de las multinacionales clásicas.

¿Por qué adoptaron esta orientación “pro-occidental”?

Es muy fácil de explicar: las big-tech percibían la debilidad de los gobiernos occidentales. Bastaba con que un emisario de Facebook, de Google, de Amazon, de Apple o de Netflix, hablara con ellos, para que los gobiernos se plegaran a sus exigencias. Esto era imposible con otros gobiernos: de haber empleado el mismo tono en Pekín, Moscú, Teherán o Nueva Delhi, probablemente esos mismos emisarios y gestores habrían terminado entre rejas. Esta era la diferencia.

Así pues, en los primeros meses del conflicto ucraniano se han dado cuatro convergencias de intereses:

1) Convergencia de los intereses de las big-techs con los gobiernos occidentales.

2)   Convergencia de los intereses de las viejas multinacionales con las nuevas big-tech.

3)   Convergencia de los intereses del gobierno de los EEUU -una vez más- con el “complejo militar-petrolero-industrial” y con las tecnológicas.

4)  Convergencia de los intereses del gobierno de los EEUU con los gobiernos de Europa dentro del marco de la OTAN.

Todo esto genera un entrelazado endiablado de intereses que explican cómo hemos llegado al punto en el que nos encontramos.

Pero no hay que olvidar que, también, a partir de todo esto se han generado contradicciones insuperables. Se diría que los gobiernos occidentales se han visto arrastrados, casi sin darse cuenta, por una orgía de operaciones psicológicas, no solo a decantarse del lado de los EEUU, adoptando posiciones irreflexivas y prescindiendo de las consecuencias que pudieran tener para ellos mismos a corto plazo. Y, no digamos, de los efectos que se van a generar a medio plazo.

Estas contradicciones insuperables son:

1)      Contradicción entre los intereses de las poblaciones y los intereses de los gobiernos de Europa occidental: las decisiones apresuradas de los gobiernos están generando problemas de abastecimiento energético, inflación, inseguridad ante el futuro y van a redundar negativamente en su permanencia en el gobierno… con el consiguiente aumento de la cuota de votos de las opciones populistas de derechas e izquierdas.

2)   Contradicción entre los intereses globales de las big-tech, que aspiran a estar presentes en todo el mundo y que, a partir de ahora, solamente estarán presentes en una parte del mundo (“Occidente”), pero serán proscritos en la otra (Rusia y China) y sometidos a control de los Estados en otra parte. Esto implica, así mismo, que Rusia, China, India e Irán, especialmente, fomentarán la creación de sus propias “redes sociales” nacionales e impondrán controles a las big-tech con base en los EEUU. La merma de más del 50% de su campo potencial de operaciones puede general una caída en bolsa progresiva del valor de estas corporaciones.

3)    Contradicción entre los intereses del dólar norteamericano y su necesidad de seguir siendo “sobrevalorado” como “única moneda de cambio global” de un lado, y de otro, el hecho de que varios países estén en estos momentos estudiando la creación de otra monera de cambio común: conversaciones en las que están embarcados Rusia, China, India, Irán, con posibilidad de que se sumen otras potencias de tamaño medio. El gran riesgo para la economía mundial y, sobre todo, para la de los EEUU, es que el dólar se reduzca a su valor real: entre un 80 y un 40% inferior a su valor actual.

4)  Contradicción entre la inercia de la globalización abordada desde 1989 y cuyos “beneficiarios” se niegan a realizar rectificaciones, pensando que nada ha cambiado y que los objetivos que la motivaron siguen siendo válidos, y el fracaso del modelo que es constatable para la mayor parte de las poblaciones y de los Estados que pueden considerarse como “damnificados” por la globalización.

5)  Contradicción entre las “agendas globalistas” y la imposibilidad de aplicarlas más allá de “Occidente”. Las “agendas” abortistas, de muerte voluntaria, la agenda sobre el cambio climático y el conglomerado LGTBIQ+, los estudios de género, así como los “estudios de género” y el dogma de la igualdad a ultranza con la pérdida de cualquier identidad, es un fracaso fuera de “Occidente” y cada vez encuentra más resistencia en los países occidentales.

6)    Contradicción entre las sociedades arraigadas en sus valores tradicionales y las sociedades que han aceptado las “agendas progresistas” y, por tanto, asumen una pérdida de identidad absoluta, rechazan cualquier forma de “exclusión” y consideran que nunca hay suficientes grados de “libertad” e “inclusión”. Esta contradicción se da entre Estados-Nación, pero también en el interior de cada unidad nacional.

7) Contradicciones entre el momento histórico (revolución científico tecnológica que proseguirá a lo largo del siglo XXI) y la forma de gobierno de las Naciones-Estado anclada en principios y en formas que tienen su origen en la primera revolución industrial (siglo XVIII).

Todas estas contradicciones, algunas de ellas latentes desde el principio del fenómeno globalizador, han salido a la superficie desde el inicio del conflicto ucraniano.

¿Hacia dónde vamos?

La salida lógica a todas estas contradicciones puede preverse que generará -está generando- un nuevo escenario cuyas características principales serán:

1)  Ruptura de la globalización e imposibilidad de aplicar las “agendas progresistas” más allá de “Occidente”. Incluso en los países occidentales, a pesar de que exista una “derecha progresista” y una “izquierda progresista”, la irrupción de los populismos hace difícil el que estas “agendas” pudieran imponerse sin el concurso decidido de las big-tech.

2)      División del mundo en dos bloques: ya no queda nada de la “teoría del arco dorado de la paz mundial”, el logotipo de McDonald. Según esta teoría, dos países que tuvieran establecimientos McDonald nunca entrarían en guerra porque sus sociedades ya estaban unidas por los hábitos alimentarios… La salida de Mc Donald y de otras multinacionales occidentales de Rusia, escenifica a las claras que ya no hay “UN” mundo sino “DOS”. No es el esquema de la Guerra Fría, en donde existían dos imperios que disputaban la hegemonía, ahora lo que existen son dos “bloques” en posiciones antagónicas: uno sigue teniendo las mismas características de la Guerra Fría, la OTAN, pero el otro, es un frente amplio de países opuestos, a la globalización, al mundialismo, a las corporaciones multinacionales todopoderosas, que tienen incluso quintacolumnistas dentro de las naciones “occidentales” en forma de populismos (y viceversa, en la medida en que el mundialismo y la globalización también tienen “agentes” entre las élites del bloque antiglobalizador.

3)  Aumento de las tensiones internacionales: los conflictos internacionales, históricamente, han estallado cuando un país ha hecho valer su voluntad de poder tratando de imponerse sobre otros o bien cuando una élite cuestionada y en riesgo de perder su hegemonía, opta por generar un conflicto artificialmente en el exterior, para mantenerse en el poder, retrasar su caída o debilitar al contrario. La tendencia actual es a que, después de la pandemia (que contuvo la crisis inflacionaria durante dos años: encerrados en sus casas, el consumo cayó en picado y, por tanto, se hizo imposible la inflación), los EEUU de la administración Biden, harán todo lo posible para generar una crisis bélica en un escenario alejado de los EEUU (conflicto ucraniano) que mantenga en pie la política anglosajona en vigor desde el siglo XVIII: generar conflictos en el viejo continente para evitar el eje Paris-Berlín-Moscú. El complejo militar-petrolero-industrial y las big-tech, han impulsado el conflicto ucraniano, comprometiendo -a través de la OTAN y de los políticos de bajo nivel que gobiernan en Europa- el bienestar y la seguridad de las poblaciones europeas en beneficio de las exportaciones norteamericanas (de gas y de armamento).

4)   Exigencia en los países occidentales de que las big-tech sean vigiladas y tuteladas por los Estados: el peso de estas compañías ha crecido excesivamente y hoy se sienten en condiciones de dictar reglas. Personajes como Elon Musk tienen la seguridad de que cualquier declaración que hagan será reproducida inmediatamente en TODOS los medios de comunicación y redes sociales de todo el mundo inmediatamente y se permiten el lujo de especular con criptomonedas, crear de un día para otro burbujas que aumentan sus beneficios y hunden a pequeños accionistas e inversores, y sobre todo dictar sus normas a los gobiernos aterrorizados de que los propietarios de las redes sociales se vuelvan contra ellos en caso de no acceder a sus exigencias. Ante esto, la única salida es: gobiernos sólidos que impongan un rígido control a las corporaciones tecnológicas en todos los terrenos. Que sean consideradas como “empresas de utilidad pública” y, por tanto, sometidas a una vigilancia que excluya el que sus propietarios puedan intervenir políticamente a través de “lobbys” o de presiones sobre los gobiernos y se persigan sus vulneraciones a las legislaciones de cada país y sus ambiciones monopolistas.

5)   Exigencia de renovación política radical en los países occidentales con nuevas formas de liderazgo: ni Montesquieu, ni el parlamentarismo, ni la partidocracia, tienen lugar hoy. Han demostrado demasiadas veces su fracaso y han evidenciado que no están en condiciones ni de comprender ni, mucho menos, de gestionar el mundo del siglo XXI. Hace falta una profunda renovación política y cada vez es más visible que los partidos tradicionales no van a acceder a ello, ni a aplicar reformas constitucionales (y, mucho mejor, nuevas constituciones) que contemplen reformas políticas en profundidad.

6)  El sistema económico mundial pende de un hilo que puede romperse al constatar la ruptura de la globalización y cuando esta sea todavía más evidente. Sufrirán los eslabones más débiles de la cadena, esto es, aquellos países que han ido deslocalizando su industria en los últimos 25 años y que ahora tienen exceso de paro y altas tasas de endeudamiento público. Obviamente, el país más expuesto son los EEUU y en segundo lugar los países de Europa Occidental y la UE, verdadero enano político y puzle económico en el que cada uno de los asociados intenta suplir sus propias carencias, aprovechándose de los demás. Un pequeño tropiezo en la política norteamericana (¿quién sucederá dentro de dos años a Biden?), la caída del dólar, la retirada masiva de fondos de inversión chinos, petrodólares, inversores europeos, y yenes de las bolsas norteamericanas, ante el primer síntoma de crisis del dólar, puede llevar a la catástrofe en pocas horas a la economía norteamericana. La ruptura de la globalización, por lo demás, puede generar el desabastecimiento en Europa y alcanzar la hiperinflación que, en las actuales circunstancias, y por breve que fuera, supondría el colapso del sistema económico mundial, que generaría una crisis social de dimensiones incalculables y, por supuesto, una crisis política de la que las “partidocracias occidentales” no podrían recuperarse.

Todo esto es lo que puede deducirse de la observación de la marcha del conflicto ucraniano y de las reacciones intemperantes y poco meditadas de los gobiernos occidentales. El mundo está cambiando ante nuestros ojos: no lo vemos porque tenemos exceso de información, pero desde el momento en el que nos paramos a meditar e incorporamos informaciones que, poco a poco, van apareciendo en los medios, percibimos las tendencias y los entrecruzamientos complejos de intereses sin salida.

Es la hora en la que los marmolistas pueden empezar a cincelar una losa fúnebre: “RIP. Aquí yace la globalización. Lo que no pudo ser ayer, es imposible hoy”. Preparad las palas para cavar una fosa bien profunda.