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sábado, 23 de abril de 2022

AÑOS 60: LA ENCRUCIJADA DEL NEOFASCISMO (QUE TERMINÓ POR DESMANTELARLO)

Juanjo Espada, antiguo falangista, pasado al trotskysmo y uno de los fundadores de la Liga Comunista Revolucionaria, para luego dar marcha atrás y concluir con algunos de nosotros en Nueva Europa, repasando cómo se diluyó el trotskysmo entre sus dedos como un azucarillo, nos dijo: "Todo empezó cuando modificamos una parte mínima de la construcción realizada por Trotsky. A partir de ese momento, todo se vino abajo". En efecto, se empieza criticando la tesis de Trotsky de que las "fuerzas productivas" no han crecido desde los años 30, se pasa a discutir sobre si la URSS era o no un "Estado proletario" y se termina negando el carácter revolucionario de la clase obrera". De la ideología originaria, en ese punto, ya no queda nada. He pensado muchas veces en aquella conversación con el bueno de Espada (uno de los "hombres de acción" de la LCR) y ahora reconozco que en el neofascismo ocurrió algo parecido en los años 60. Todas las modificaciones introducidas (que, por otra parte, eran necesarias) fueron modificando la fisonomía del ambientes que, especialmente, con el "segundo Thiriart", perdió toda posibilidad de hacerse con un espacio político. Hoy, además, creemos, que no se tuvieron éxitos, simplemente, porque no podían tenerse: cuando se juega con todos los factores en contra, resulta imposible sacar un proyecto político adelante. Esta es la primera parte de nuestras reflexiones sobre el neo-fascismo de los 60.

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En 1960, habían transcurrido 15 años desde el final de la Segunda Guerra Mundial que selló el fin de “los fascismos”. Por tanto, a partir de 1945, en rigor, debemos hablar de neo–fascismo. En el curso de esos 15 años, el neofascismo europeo (e iberoamericano) había adquirido suficiente experiencia y no siempre se mantenía a la defensiva. Los movimientos que se reclamaban de aquella tendencia habían obtenido algunos éxitos entre la juventud, especialmente en los países mediterráneos. Paradójicamente, a pesar de la proximidad de la Segunda Guerra Mundial y del “ruido” armado por los Procesos de Nuremberg, lo cierto es que la presión “antifascista” era mucho menor que en la actualidad, sin embargo, la presión judicial estaba mucho más presente. Normalmente, el antifascismo era protagonizado por antiguos “resistentes”, poredispuestos a magnificar sus acciones más allá de la realidad, pero no estaba continuamente presente en los medios de comunicación. El por qué la presión antifascista era menor se explica porque en 1960 vivían muchos que conocieron los regímenes fascistas, se acomodaron a ellos o fueron sus partidarios activos, y no estaban tan dispuestos a creer las enormidades que proclamaban los “antifascistas” y los vencedores del conflicto. Eran elementos que nunca habían percibido, ni sospechado.

Puede decirse que Alemania era una país vencido, pero no derrotado, en el sentido de que el destino de las armas le había sido desfavorable, pero la memoria histórica de los alemanes no había sido completamente borrada: los que estuvieron allí, recordaban quién y porqué se había desencadenado la Segunda Guerra Mundial, recordaban los bombardeos de terror anglosajones y recordaban los logros económico–sociales del régimen, sabían que para superar una crisis nacional como la que siguió al Tratado de Versalles o a la crisis económica de 1929, era preciso unificar a un pueblo, liquidar las querellas entre partidos y planificar la reconstrucción; incluso los más jóvenes recordaban las escuelas del Reich y seguían asumiendo ideales patrióticos.

En Alemania, todo cambió hacia 1966–69. Fueron los años en los que empezaron a entrar en las universidades y alcanzar la madurez, jóvenes que no se habían educado en las escuelas del Reich, ni se habían formado en sus valores. Desde su más tierna infancia, esta nueva generación había sido alimentada y modelada con imágenes del “Holocausto”, tenían asumido un “complejo de culpabilidad colectivo” que nunca aceptaron sus mayores y fueron permeables al lavado de cerebro propagandístico contra el que carecían de armas para defenderse.

Los años 60 fueron, en todos los terrenos, una época de cambios insospechados y vertiginosos, incluso imprevisibles. Al llegar a esa época, el neofascismo había acumulado en los 15 años anteriores, distintas experiencias, pero solo entonces empezaron a advertir que la lucha política iba a ser, para ellos, algo mucho más largo que para la generación que ideó los fascismos: de 1918 a 1923 en el caso italiano, esto es, apenas cinco años; de 1919 a 1933, catorce años en el caso del NSDAP y apenas siete si se cuenta solamente desde la reconstrucción del partido tras haber extinguido su condena por el golpe de Munich; sólo tres años en el caso español, desde 1933, cuando se funda Falange Española, hasta 1936 cuando se inicia la guerra civil.

Hasta ese momento, el gran problema que había encontrado el neofascismo era la falta de un liderazgo claro e indiscutible, como el que ostentaron los dirigentes históricos del fascismo. No habían aparecido nuevos “Hitler”, otros “Mussolini”, reencarnaciones de José Antonio, ni émulos de Codreanu o de Ferenc Szlazi A esto se unían los nuevos problemas derivados de los cambios económicos, sociales y tecnológicos, y la nueva situación internacional creada desde la irrupción oficial de la Guerra Fría en 1948 con el “golpe de Praga”. Sin olvidar el papel creciente de la televisión cuya utilización no estaba al alcance de los grupos neo–fascistas.

También es cierto que existía para todos los grupos en toda Europa –incluido en España, aunque por motivos diferentes a otros países de la “Europa democrática”–, limitaciones a la libertad de expresión, vigilancia continua por parte de los servicios de seguridad de los Estados, provocaciones a efectos descalificadores y, finalmente, prohibiciones fulminantes cuando alguno de los grupos neo–fascistas descollaban. Además, habían visto a lo largo de los años 50 como, uno tras otro, sus proyectos embarrancaban electoralmente o, simplemente, se frustraban por distintos motivos (enfoques erróneos, represión, medios insuficientes, campañas hostiles, etc), las iniciativas en las que habían depositado sus ilusiones –como veremos– lo más a menudo, por inadecuación de lo que defendían con la nueva situación global.

Lo cierto era que los cambios en las estructuras culturales en Europa y, especialmente, en la estructura económica, generaban un marco muy diferente al que se había dado en los años 20, tras las crisis generadas por el Tratado de Versalles, los problemas fronterizos entre, prácticamente, todas las naciones de Europa central y del Este, con el ascenso imparable de los nacionalismos y los problemas sociales generados por las crisis económicas (la hiperinflación de 1922 o la gran crisis económica de 1929). El marco capitalista y la amenaza bolchevique habían quedado atrás, al menos en la forma que tuvieron en los años 20. El capitalismo en el curso de los años 60 pasó de ser industrial a multinacional, mientras que el bolchevismo, a raíz de los acuerdos de Yalta, Postdam, etc, quedó varado en Europa Central: los EEUU y la URSS habían llegado a un acuerdo para repartirse Europa en zonas de influencia y, al menos, hasta el derrumbe de esta última, las dos partes respetaron sus zonas (lo que explica que “Occidente” no interviniera en los conflictos continuos que se registraron en todos los países del otro lado del “Telón de Acero”: incidentes en Berlín, sublevación en Hungría, invasión de Checoslovaquia, huelgas y manifestaciones en Polonia; y explica también por qué la URSS ayudó a los Partidos Comunistas lo suficiente como situarlos en Francia e Italia cerca del poder, pero no lo suficiente como para llegaran al poder, o porqué existió un mano a mano durante esa época para manipular organizaciones terroristas o se silenciaron maniobras de la CIA que tendían a mantener los equilibrios logrados en 1945).

El neo–fascismo, por su parte, no consiguió interpretar a tiempo lo que estaba ocurriendo en los años 50, no supo prever los cambios en el sistema económico, asumir las nuevas orientaciones culturales que se imponían en la sociedad, ni pudo prever (ni, por tanto, adaptarse) la evolución de la sociedad y las exigencias que, una tras otra, fueron imponiéndose como pautas de la realidad[1].

Esto hizo que las distintas estrategias adoptadas por los grupos neofascistas, cojearan desde el momento mismo en que se implementaron:

– El “electoralismo”, desde el principio se contentó con revestir las formas de un conservadurismo extremo, adaptarse al “mercado social”, practicar un anticomunismo –en ocasiones, delirante–, todo ello con el objetivo de forzar gobiernos de coalición con formaciones de centro–derecha.

– El “testimonialismo”, aspiraba a reproducir el esquema de los fascismos históricos, reprochando a los “electoralistas” haberlo traicionado; ese testimonialismo no fue homogéneo y tuvo siempre distintos niveles de “rigor”: en algunos, casi paródicos, se trataba de reproducir viejos esquemas que fascinaban a sus impulsores (el American Nazi Party, los movimientos integrados en la World Union of National Socialists o el Movimento Tradizionale Romano de Ildo Cella a finales de los 60), en otros existía una menor carga histórica, pero nunca desapareció del todo y siguió presente en rituales, cánticos, estética, etc (es el que se puede percibir en los grupos extraparlamentarios).

– Los intentos de resistencia armada, protagonizados en Iberoamérica por la Tacuara argentina, en Italia por las Squadri d’Azione Musolini, en Bolivia por la Falange Socialista Boliviana, en Francia por la OAS, habían demostrado suficientemente que, al carecer de una amplia base social, sus integrantes eran desarticulados con facilidad por las fuerzas de seguridad del Estado y los movimientos no tenían capacidad suficiente para reemplazar las bajas (por muertos, exiliados o encarcelados).

– El activismo que se había practicado un poco por toda Europa, incluso por las bases juveniles de los partidos electoralistas, a diferencia de en los años de ascenso de los fascismos históricos –años de crisis económica y moral– no estaba reportando adhesiones en la medida de los esfuerzos realizados. Y, lo que era peor, las nuevas adhesiones desaparecían del terreno activista al cabo de unos meses o años de lucha, reconociendo su impotencia y la necesidad de asumir empleos y funciones incompatibles con el activismo desenfrenado.

– En cuanto a los intentos de coordinación europea, hacia 1961 era evidente que tanto la intentona protagonizada por el Movimiento Social Europeo (MSE), tras la Conferencia de Malmoe, como la Oficina de Enlace Europeo, o el Nuevo Orden Europeo (NOE) y la Cumbre de Venecia que tenía como función lanzar un Partido Nacional Europeo (PNE), todos estos intentos se habían saldado con estrepitosos fracasos, ya fueran protagonizados por partidos electoralistas (MSE), por grupos ultranostálgicos (WUNS) o por grupos völkisch (NOE). Cuando no era por falta de medios (MSE), era por discrepancias (PNE) o bien por orientaciones excesivamente ideologizadas en un sentido que dificultaba la acción política al partir, monotemáticamente, del factor étnico (NOE).

Todos, absolutamente todas estas estrategias y proyectos, fueron fracasando unos tras otros. Cuando se extinguieron los ecos de la OAS (que, en realidad, distaba mucho de poder ser considerada como neo–fascista, aunque fuera apoyada por los neo–fascistas franceses y europeos, incluidos, en primera fila, los falangistas españoles), se abrió un período de reflexión. Para el neo–fascismo europeo, esta reflexión se inicia con la Conferencia de Venecia en 1961 y termina con la desintegración de los grupos más excéntricos nacidos en esa época, a lo largo de los meses en los que se prolongaron los efectos del embargo petrolero posterior a la guerra del Kom–kippur en 1973 que puso fin a los “30 años gloriosos” de la economía mundial, en los que se produjo un crecimiento económico constante, sin crisis, ni estallidos de burbujas.

Pues bien, ese tiempo –entre la Conferencia de Venecia (a la que asistieron los líderes de los partidos neofascistas más fuertes de Europa Occidental, sin presencia de españoles ni portugueses) y el fin de los grupúsculos “nazi–maoístas” italianos– consideramos que es un período de 12–13 años, rico en búsquedas, muy pobre en resultados, incomprendido en la actualidad por los propios neo–fascistas o por herederos del neo–fascismo (llámense corrientes “nacional–revolucionarias”, “nacional–populares”, “euro–revolucionarias”, “nacional–bolcheviques” y demás) y, lo que es peor, cuyos errores –y aberraciones, en algunos casos–, lejos de quedar vinculados a un pasado concreto, vienen reapareciendo con inusitada frecuencia en los medios herederos del neo–fascismo.

Dado que, hasta ahora, nadie ha realizado una crítica en profundidad, algunos de estos modelos pasan por ser “canónicos”, tienden a ser considerados como “experiencias dignas de ser emuladas” y “ejemplos de acción revolucionaria”. La realidad, fuera de las hagiografías, es que se trató de un período en el que el neo–fascismo entró en la una fase de dificultades insuperables.

– Antes, entre 1945 y 1965 el universo neo–fascista había perdido la iniciativa estratégica: ya no era capaz de elaborar una estrategia eficiente que marcara la ruta para la conquista de los objetivos políticos.

– A partir de 1965, además, es ganado por estrategias y temáticas que no tienen nada que ver con sus orígenes históricos ni con su identidad política, sino más bien con tradiciones políticas opuestas.

Varios grupos neofascistas europeos asumieron tesis, formas y expresividad propias de la extrema–izquierda, tratado de crear un nuevo espacio político no situado a la derecha de la derecha, ni en la extrema–derecha, ni más allá de la derecha–nacional, sino en un espacio que podría definirse como “ni de derechas, ni de izquierdas, pero son simpatías hacia los mitos de la extrema–izquierda”. Detrás de este rasgo característico existe cierta fascinación por la “nueva izquierda”, la búsqueda sincera de un nuevo espacio político, la creencia que, de ahí, podían salir apoyos, ayudas, simpatías y militantes y, finalmente, que sería más eficiente una lucha desde ese espacio nuevo que el que se había elegido en el período anterior (1945–1962).

Además, algunos sectores neo–fascistas optaron por basar esta transformación en un “modelo histórico”: el aportado por la “izquierda fascista” europeo anterior a 1939 (Otto Strasser y su “frente negro”, algunos sectores de la “revolución conservadora”, el “fascismo revolucionario” italiano, las ideas de Georges Valois y de la última etapa de su Faisceau, esto es de los Fascios de Acción Revolucionario, etc). Y volvió a ocurrir lo que ya había ocurrido en el período histórico: que esos intentos, jamás lograron cristalizar en verdaderos movimientos de masas, jamás consiguieron arrancar a militantes de izquierda de su “zona de confort” y llevarlos a la “izquierda fascista” y, que, finalmente, se extinguieron sin pena ni gloria.

Es significativo que, en 1962, el propio Otto Strasser, que había fundado en 1956 la Deutsch–Soziale Unión con los mismos ideales con los que había sido expulsado del NSDAP en 1930, decidiera disolver esta organización en la conferencia de Butzbach celebrada el 25 de mayo de 1962. Cuatro años antes, en su única incursión electoral en el Lander de Renania del Norte–Westfalia, apenas había obtenido 540 votos, siendo la única vez que pudo presentar una lista electoral[2]. Como veremos, tres años después del reconocimiento de este fracaso, es cuando esa misma orientación se difunde en Europa Occidental como veremos a lo largo de este estudio. Se da, por tanto, la contradicción, de que la “estrategia de asimilación”, el “seguidismo hacia la extrema–izquierda”, el “neo–fascismo de izquierdas” o el “adaptacionismo revolucionario” que, termina ganado a algunas remas del neo–fascismo se adopta cuando ya ha demostrado su fracaso histórico en los años 30 y cuando Otto Strasser, icono de esta corriente, cesa en su actividad, reconocimiento implícitamente su fracaso. Un fracaso que el neo–fascismo, lejos de reconocer, reproduce e incluso intenta –como veremos– llevarlo más lejos.  

La tesis que sostenemos, por tanto, es que durante el período que estudiamos (1961–1973), al constatar el fracaso, la inviabilidad, la inadaptación o la lentitud de las fórmulas de lucha política ensayadas en la postguerra, los neo–fascistas empezaron a buscar nuevas alternativas estratégicas. Todas ellas fracasaron, pero la mitificación posterior (que dura hasta hoy), la ausencia de autocrítica sistemática, convirtieron tales fracasos en “episodios memorables” y a sus responsables en “brillantes doctrinarios”, lo que ha facilitado el que generaciones posteriores de militantes reprodujeran los mismos esquemas, una y otra vez, volvieran a intentarse, con el efecto que cabía esperar y que, de hecho, ya habían demostrado su inoperancia en los años 50–60 y en el período histórico: nunca existió como fenómeno político un “fascismo inmenso y rojo”. Existió solamente como abstracción, impotencia y declamación grandilocuente y arrebatada, imposible de traducir a estrategias asumibles por sectores de la sociedad, aunque sus impulsores, sobre el papel, se convencieran de lo contrario. Se olvidaba que “ser revolucionario” no es repetir más veces en menos tiempo las palabras fetiche (“revolución”, “liberación”, “antiimperialismo”, etc), sino hacer avanzar el propio proyecto político hacia la conquista de sus objetivos finales. Habitualmente, estas formaciones desembocaron en “paradojas” de las que sus impulsores se sentían orgullosos al “romper los esquemas” y no actuar como, generalmente, se creía que iba a actuar un movimiento neo–fascista. Eso les permitió llamar la atención brevemente en algunos medios de prensa, pero también, aceleró en la práctica su desintegración, al forzarles, cada vez más a asumir elementos de otras tradiciones políticas.

El autor de estas líneas, conoció el ambiente neo–fascista a partir de febrero de 1968 y estuvo en contacto con experiencias europeas e iberoamericanas desde ese mismo momento (con la fracción nacionalista–revolucionaria de la Tacuara argentina, con los núcleos que dieron vida a Lotta di Popolo y a Lutte du Peuple en Francia, con disidentes “por la izquierda” del NPD, con antiguo miembros de Giovane Europa y del Movimento Studentesco Europeo, etc.). Con la perspectiva que da el tiempo, hemos intentado realizar un esfuerzo crítico y entender qué ocurrió y porqué se dilapidó tanta energía…


[1] El único intento real de “comprensión” de la modernidad lo realizó Julius Evola y la diferencia entre sus obras escritas en aquella época (en 1951, Los hombres y las ruinas, y en 1961 Cabalgar el Tigre) denotan la riqueza y profundidad de los cambios que se estaban sucediendo atropelladamente. Evola, en el primer libro, marca la línea política de una “derecha nacional y tradicional”. Diez años después, rectifica lo esencial de Los hombres y las ruinas y sostiene que ya nada puede hacerse para evitar la decadencia, tan solo entenderla y refugiarse en la propia interioridad. Sin embargo, el problema del pensamiento evoliano es que Los hombres y las ruinas siguió influyendo en las opciones de derecha nacional, mientras que Cabalgar el Tigre, fue la lectura de una minoría que, o bien no la interpretó correctamente, o bien no la asumió. También fue visible que, cuando un grupo, más o menos coherente, de militantes neo-fascistas asumieron las tesis de Cabalgar el Tigre a finales de los 70, algunos de los fenómenos sobre los que Evola había llamado la atención (hipismo, revolución sexual, existencialismo, etc.) ya habían quedado atrás por un fenómeno que solamente dos décadas después empezó a llamarse “aceleración de la historia”.

[2] Un sector de la DSU optó por constituir la Unabhängige Arbeiter-Partei (Partido de los Trabajadores Independientes, UAP) haciendo referencia a las ideas de los hermanos Strasser. La AUP, se convirtió en los años 70 en una especie de “refugio momentáneo” para escindidos del NDP. Su mejor resultado electoral tuvo lugar en las elecciones de 1969, obteniendo en las elecciones federales apenas 3.959 votos y su última intervención electoral en Renania del Norte-Westfalia en 2010 con 108 votos. El 1 de noviembre de 2014 el partido optó por disolverse. También en este caso se cumplió la norma de que, el planteamiento de “izquierda nacional” no consiguió atraer a nuevos militantes procedentes de la izquierda, pero sí facilitó en tránsito de algunos cuadros a esa misma izquierda (o a Los Verdes).

 

miércoles, 8 de enero de 2020

Alemania 1930: 107 diputados con camisa parda (2 de 10) - LA ESCISIÓN DE OTTO STRASER


Otto Johann Maximilian Strasser era el hermano más pequeño de Gregor. Había nacido en 1897. Combatió en la Primer Guerra Mundial y participó en los combates e 1919 que acabaron con la República Soviética de Baviera. Luego, su comportamiento político fue errático. Se afilió durante un corto período al Partido Socialdemócrata (SPD). Se opuso a las maniobras de la derecha en la primera mitad de los años veinte y solamente empezó a colaborar con el NSDAP a partir de la refundación del partido en 1925. Lo hizo como periodista y se integró en el ala izquierda del partido junto a su hermano Otto y a Joseph Goebbels. Fue uno de los partidarios de que el partido revisara su programa originario de 25 puntos, lo actualizada e insistiera más en los aspectos socialistas del mismo. 

La fracción mantuvo la iniciativa hasta la Conferencia de Bamberg en la que Goebbels se alineó definitivamente con Hitler y Gregor Strasser renunció a sus propuestas. Solamente Otto Strasser siguió sosteniendo posturas socialistas utilizando la editorial berlinesa que controlaba, la Kampfverlag (Ediciones La Lucha), a partir de la cual ideó su propia versión del nacional-socialismo. Los documentos difundidos por la editorial eran “un brebaje vago y ofuscante de nacionalismo místico radical, anticapitalismo estridente, reformismo social y antioccidentalismo”[1].

La empresa había sido constituida en 1926 por los hermanos Strasser en el momento en el que Gregor decidió abandonar su trabajo profesional como farmacéutico para dedicarse por entero a la política. Además de su hermano Otto, le secundó el que en aquel momento era gauleiter de Pomerania Theodor Vahlen que había ingresado en el partido el año anterior. En contraste con las ideas de la central de Baviera, la nueva editorial desde el principio estuvo enfocada para destilar una versión del nacional-socialismo que pudiera ser agradable y asumible por los sectores del proletariado urbano. Antes de la fundación de la editorial habían iniciado la publicación regular de las Nationalsozialistischen Briefe (Cartas nacional-socialistas). En poco tiempo, esta publicación fue el germen de una serie de publicaciones que empezaron a difundir las ideas de la “línea strasserista”. Su lema fue “Westlichen Kapitalismus wie dem östlichen Bolschewismus gleich feindlich” (el capitalismo occidental es igualmente enemigo como lo es el bolchevismo oriental).


Los costes de creación de la editorial ascendieron a 4.000 marcos contra la hipoteca sobre los beneficios generados por la farmacia de Gregor Strasser. En su momento álgido, la Kampfverlag publicó nueve diarios, el más importante de todos ellos, el publicado en la capital, el Berliner Arbeiterzeitung (Diario de los Trabajadores de Berlín), seguido por die Faust, Die Flamme y seis ediciones locales de Der Nationale Sozialist.

Ambos hermanos se distribuyeron los trabajos: Gregor quedó como editor de libros y folletos, además de cómo periodista y escritor, mientras que Otto fue el editor jefe de la cadena de diarios. Trabajaron en la empresa Hans Hinkel, Walther Darré y el dibujante Hans Schweitzer. Dos años después de su fundación, la editorial estaba en plena expansión y dio los primeros balances positivos. Sin embargo, a lo largo de su actividad, distintos procesos penales incoados contra los distintos medios que administraban los Strasser, dieron como consecuencias abundantes multas y penas de prisión de las que Gregor pudo escapar debido a su condición de parlamentario. Mucho peor fue la ruptura con Goebbels en 1926 que se convirtió en una verdadera pugna por el control del Gau de Berlín. Las Nationalsozialistischen Briefe y Der Angrif (Al ataque) publicado por Goebbels, competían como diario del NSDAP en la capital alemana.

En 1928, Gregor Strasser se plegó a las exigencias de Hitler a la vista de que su línea obrerista no había conseguido éxitos notables. Sin embargo, su hermano Otto persistió en las mismas posiciones.

En 1930, el grupo de intelectuales nacional-socialistas que rodeaban a Otto Strasser permanecía escéptico ante la línea que había impuesto Hitler. Optaron por un “anticapitalismo recalcitrante, abogaron por amplias nacionalizaciones, exigieron una alianza con Rusia o, apartándose de la línea trazada por el Partido, apoyaron movimientos huelguísticos locales”[2]. La polémica llegó a su punto álgido cuando Hitler formalizó el pacto con el DNVP para la compaña contra el Plan Young.

En enero de 1930, la polémica entre las dos fracciones continuaba in crescendo. Hitler, entonces, exigió la entrega de la empresa editorial. Ofreció 80.000 marcos por la editorial, prometiéndole en contrapartida el cargo de responsable de propaganda de la central del partido. Strasser rechazó la oferta. Unos meses después el 21 y 22 de mayo del mismo año, tuvo lugar una nueva reunión en la que estuvieron presentes Max Amann, Rudolf Hess, Gregor Strasser y su hermano y el propio Hitler. La reunión se prolongó durante siete horas; tras unos primeros intercambios de conceptos sobre el arte y las ideas revolucionarias (Hitler consideraba que el Arte era eterno y que todo lo que merecía ese nombre procedía del arte griego traído del Norte por aqueos y dorios), la conversación se encaminó sobre la economía, la personalidad y los problemas de la raza. Era evidente que Hitler estaba examinando a Otto Strasser, evaluando los puntos en los que podían existir desacuerdos. 

En último lugar tocó el tema del socialismo. Strasser dio su opinión. Era la trampa. Acto seguido, Hitler le acusó de sobrevalorar más la idea que él se forjaba del “socialismo” y situarlo por delante del principio de mando, el principio del Führer: “pretendía otorgar a todo partidario el derecho de decidir sobre la idea, incluso decidir si el Führer seguía o no siendo fiel a la misma”[3]. Hitler definió esta concepción como democracia de la peor especie y para la que, entre nosotros, no hay lugar reservado (…) Entre nosotros, Führer e idea forman una unidad indivisible y todo partidario ha de hacer lo que el Führer ordene, por cuando él encarna la idea y sólo él conoce la última meta”. Finalmente fue todavía mucho más claro, si ello era posible: no estaba dispuesto a que nadie, y menos un grupo de “literatos megalómanos” destrozara la disciplina de los miembros del partido[4].


El fondo de la cuestión no era lo que cada parte entendía por “socialismo”, sino un problema de mucho mayor calado. Otto Strasser pretendía introducir el principio democrático en el interior del partido. En su opinión, el Führer era la expresión de la voluntad popular de sus miembros, o dicho de otra manera, el escalón jerárquico superior, el Führer, surgía de la voluntad de la base[5]. Hitler no estaba dispuesto a asumir este concepto: su concepto era otro. Lo explicó en el curso de la reunión: “Yo soy socialista, muy diferente, por ejemplo, del riquísimo señor Graf von Reventlow. He empezado como simple obrero. No puedo, todavía hoy, ver que mi chófer tenga una comida distinta a la mí. Pero lo que usted entiende bajo la palabra socialismo es únicamente marxismo recalcitrante”[6].

Marxismo por un lado y democratismo por otro, tales eran los dos ejes del ataque de Hitler a las posiciones de Otto Strasser. Éste se vio acorralado. Ni siquiera su hermano rompería una lanza por él en caso de negar la autoridad del Führer en los términos definidos por Hitler. Así que optó por pasar al ataque. Su campo era el socialismo así que preguntó a Hitler si en caso de llegar al poder modificaría la situación de la producción; el socialismo era precisamente eso: reparto de beneficios, participación de los obreros en las decisiones de la empresa, autogestión y/o cogestión, titularidad de los medios de producción, etc. Hitler tenía otra versión del “socialismo”: “¿Cree usted que estoy tan loco como para destrozar la economía? Sólo si tales personas [los capitalistas y patrones de las empresas] no actúan según los intereses de la nación, sólo entonces intervendría el Estado. Pero no es necesario recurrir, para ellos, a las expropiaciones ni al derecho de autodeterminación”

Hitler terminó resumiendo sus ideas: “siempre ha existido un solo sistema: responsabilidad hacia arriba, autoridad hacia abajo; así había sido durante siglos y no puede ser de otra manera”[7]. Otto Strasser le preguntó por “la revolución”, a lo que Hitler respondió, “Solamente hay una clase posible de revolución, y no es económica n política ni social, sino racial”. Lo prioritario era, pues, un Estado fuerte que fuera capaz de garantiza la producción en beneficio de los intereses del Reich, lo que incluía, de todos y cada uno de los habitantes del Reich.

Hitler, en su concepción del nacional-socialismo aspiraba a unificar los elementos opuestos: el socialismo era, para él la posibilidad de que el Estado velara por el individuo, mientras que el nacionalismo era el individuo el que debía contribuir a la grandeza de la nación. Es evidente que se trata de una concepción coherente, ante la cual, el “socialista” Otto Strasser no podía oponer gran cosa, aparte de una sincera búsqueda de justicia social, propuestas de orden anticapitalista, y poco más. Y para eso ya estaba la izquierda. Hitler partía de la integración de los dos conceptos “nacionalismo” y “socialismo”, mientras que para Strasser se trataba de dos concepciones distintas y que no se había planteado integrar en una síntesis. En realidad, parece que, la reunión que se celebró en el Hotel Sanssousi, en la Linkstrase, donde solía alojarse Hitler cuando se encontraba en Berlín fue lo más parecido a un diálogo de sordos. Hitler refutó las posiciones de Strasser, y recibió de éste indiferencia ante sus argumentos[8].


Dos semanas después de haber regresado a Berlín, profundamente disgustado por la actitud de Otto Strasser, la editorial de éste publicó el folleto titulado ¿Sillón ministerial o revolución? en el que reproducía las tesis que había defendido en la reunión del Hotel Sanssousi, eludiendo colocar las refutaciones de Hitler y acusándole de haber traicionado a los “socialistas” del NSDAP. Para colmo, en abril de 1930 estalló una huelga del sector metalúrgico en Sajonia. Hitler prohibió que se respaldase esa iniciativa; pero las publicaciones de la Kampfverlag siguieron haciéndolo[9].

Era evidente que los protagonistas estaban entrando en la última fase del conflicto. Parece increíble que Otto Strasser se atreviera a publicar un folleto que implicaba un enfrentamiento público con Hitler. Seguramente estaba demasiado confiado en que buena parte del NSDAP le apoyaría. Sin embargo, Hitler que, hasta ese momento, había optado por la prudencia, la negociación y el ofrecimiento de cargos a cambio de acatamiento a su autoridad (incluso la cantidad ofrecida por las acciones de la editorial Kampfverlag eran una mano tendida a la vista de lo deficitario y de las deudas acumuladas por la empresa), a partir de entonces se decidió por el enfrentamiento con todas las consecuencias. Estatutariamente ordenó al gauleiter de Berlín, Josep Goebbels, la expulsión inmediata de Strasser y de sus seguidores, fueran quienes fueran y a despecho de su rango y militancia anterior. Le escribió transmitiéndole estas órdenes y añadiendo:

“Ocultos tras la máscara de pretender luchar por el socialismo, se lleva a cabo una política que, de acuerdo, casi exactamente, con la de nuestros enemigos de tipo judeo-liberal-marxista. Lo que estos círculos solicitan corresponde al deseo de nuestros enemigos (….) [por tanto es] imprescindible expulsar sin contemplaciones y sin excepciones a estos elementos destructivos del Partido”[10].

La gran acusación lanzada por Hitler era la de que Otto Strasser y sus hombres actuaban como un club de debates literarios, elaboraban meras teorías, pero hacían poco para llevarlas a la práctica[11]. Goebbels, que había esperado durante largo tiempo esta decisión (e incluso que estuvo a punto de dimitir ante el retraso de la solución definitiva) recogió la acusación y la reprodujo por todos los medios a su alcance: los disidentes eran “literati”. Estaban dispuestos a hablar mucho, como si la lucha política fuera una tertulia de salón, pero mucho menos un combate a muerte contra el marxismo, tal como Hitler había decretado durante el proceso de reconstrucción del partido.

Hay dos cosas que llaman la atención de este proceso escisionista que se encaminaba hacia su último episodio. El primero fue el tiempo que Hitler tardó en tomar la resolución de expulsar al grupo rebelde. Existieron presiones constantes, como mínimo la última fase de la campaña contra el Plan Young, por parte de Herman Goering, Walter Buch y, por supuesto, de Geobbels, para que tomara drásticas medidas para acallar al ala izquierda del partido que parecía cada vez más envalentonada. Hitler, al menos en dos ocasiones, abandonó su tarea de agitación y propaganda cotidiana, para reunirse con Otto Strasser. Le ofreció dinero para compensar las pérdidas que había empezado a tener la editorial desde el momento en el que se inició la recesión económica mundial; cargos desde los que pudiera mantener una posición personal digna ajena por completo al aroma de la derrota y el sometimiento. Fueron muchas las anotaciones que el impaciente Goebbels garabateó en su diario quejándose de la falta de iniciativa del führer para resolver el problema[12]. No era indecisión, como se ha interpretado, esta actitud, era sentido táctico


Hay momentos en los que las expulsiones pueden dañar irreparablemente una organización revolucionaria. Se trataba primero de buscar “fórmulas amigables” para resolver el problema. De ahí la ronda de conversaciones con Strasser. No se trataba de negociar posiciones o de aplazar la resolución de los problemas. Se trataba de mantener la estrategia de conquista del poder emprendida y las decisiones adoptadas desde su salida de la prisión de Landsberg. Y si la ruptura se veía como inevitable, simplemente había que esperar el momento en el que se producirán menos daños. Hitler lo hizo: pocos días después de la expulsión, tal como se esperaba, el canciller Brüning declaró disuelto el Reichstag. El ruido de los escindidos quedaría acallado por la convocatoria de nuevas elecciones.

Finalmente, Goebbels obtuvo lo que pedía: una purga implacable en la sección berlinesa. El 3 de julio, Hitler aplazó el discurso que tenía previsto pronunciar en Berlín. Esa misma tarde redactó la carta de expulsión. Al día siguiente, 4 de julio, Otto Strasser y veinticinco miembros del partido que le apoyaban incondicionalmente lanzaron su carta “Los socialistas abandonan el NSDAP” (ver anexo). Inmediatamente, Goebbels convocó una reunión de los afiliados del Gau en el Berliner Hasenhaide. Allí fue claro: “El que no se someta será expulsado violentamente”. Así lo hizo con Strasser y un grupo de seguidores que habían acudido a la convocatoria no dándose por enterados de su expulsión. Strasser y los suyos calificaron esta expulsión de “stalinismo puro” y de “persecución al socialismo”, pero ya importaba poco lo que pudieran decir o hacer.

Gregor Strasser dimitió inmediatamente como redactor de los diarios de la Kampfverlag y se distanció lo que pudo de su hermano. El conde Von Reventlow y la mayoría de quienes hasta ese momento se habían mantenido en el “ala izquierda” del partido, hicieron otro tanto. La mayoría lo hicieron, no por la perspectiva de prebendas y para obtener una posición económica segura, sino simplemente por un sentido de la lealtad personal hacia Hitler que había sabido perdonarles tantos actos de infidelidad.

Muy pocos siguieron a Otto Strasser y se reconocieron en su llamamiento Los socialistas abandonan el NSDAP. El nuevo partido, Kampfgemeinschaft Revolutionärer Nationalsozialisten (Comunidad de Lucha de los Nacionalsocialistas Revolucionarios) quedó oficialmente constituido en octubre de 1930, no llamó apenas la atención ni registró otras simpatías más que las procedentes de los sectores nacional-revolucionarios de la Revolución Conservadora, de los que, a fin de cuentas, formaban parte implícitamente. Se dotó de un órgano, Der Nationale Sozialist Zeitung que apenas editaba unos pocos miles de ejemplares y le era imposible rivalizar con el Der Angrif de Goebbels. Las magras huestes de Otto Strasser se vieron reforzadas por unos cuantos cientos de disidentes de las SA que habían seguido a Walter Stennes, agrupándose ambos bajo el rótulo de Schwarze Front (Frente Negro) que no fue mucho más lejos.

Cuando se conocieron los resultados de las elecciones y se vio el impresionante triunfo obtenido por Hitler, era normal que cualquier disidencia que se hubiera producido antes dentro del NSDAP tendiera a extinguirse o quedase reducida a la mínima expresión. La polémica en torno a las ideas de Otto Strasser cerró para siempre la discusión sobre lo que el nacional-socialismo entendía exactamente por “socialismo”. Nunca más, ni siquiera durante la Noche de los Cuchillos largos volvió a repetirse la discusión en los mismos términos.

La expulsión de los disidentes contribuyó (junto con el éxito electoral) a consolidar aún más, si ello era posible, la autoridad de Hitler. Las discusiones mantenidas con los disidentes en los meses previos a su expulsión habían servido como excusa para que Hitler pudiera explicar a la cúpula del partido sus posiciones. Incluso desde el punto de vista doctrinal, el proceso que había llevado a la decisión fatal de expulsar a los rebeldes había servido para dar un paso adelante en el afianzamiento de las posiciones doctrinales. Las elecciones que se avecinaban, finalmente, sirvieron para demostrar que los votantes no se inclinaban hacia el programa del NSDAP, sino hacia las promesas de su führer.




[1] I. Kersahw, Hitler, op .cit., pág. 327.
[2] Cf. J. Fest, op. cit., pág. 316.
[3] Ídem, pág. 317.
[4] Ídem.
[5] Strasser lo explicó así: “Un Caudillo debe servir a la Idea. Sólo a esto podemos consagrarnos por entero, puesto que ella es eterna, mientras que el Caudillo es efímero y puede cometer errores”. Hitler le respondió que este criterio era un disparate y que “Para nosotros el Caudillo es la Idea, y los miebros del partido tienen que obedecer todos solamente al Caudillo” (I. Kershaw, op. cit., pág. 328.
[6] Cf. J. Fest, op. cit., pág. 317-318.
[7] Siete años después, Hitler, al decir de Friedrich von Misses, había generado la forma más eficiente de “socialismo”: el Estado decidía lo que se producía, cuáles debían ser los márgenes de beneficio de los empresarios, los salarios de los obreros y los repartos de beneficios… No hizo falta realizar muchas más modificaciones para mejorar las condiciones de vida de la clase trabajadora. La economía nacional-socialista era una economía planificada en la que los distintos agentes estaban obligados a seguir las pautas trazadas por el Estado en tanto que éste tenía como misión velar por los intereses de todos los grupos sociales que componían la nación.
[8] J. Fest, op. cit., pág. 319.
[9] I. Kershaw, op. cit., pág. 327.
[10] J. Fest, op. cit., pág. 319.
[11] “Mientras yo lo dirija, el Partido nacionalsocialista no se convertirá en un club de debates literarios, desarraigados o de bolcheviques caóticos de salón, sino que seguirá siendo lo que hoy es: una organización de la disciplina que no fue creada para locuras doctrinarias de pájaros migratorios políticos, sino para lucha por el futuro de Alemania en la que se habrán destruido los conceptos de clase” (Ídem).
[12] “El Führer quiere que eche a los pequeños pero que no toque a los peces gordos. Es muy típico de Hitler. Hace promesas que no cumple” (Diario de Goebbels, anotación correspondiente al 25 de junio de 1930) “Hitler, el vacilante, siempre va aplazando las cosas” (ídem, anotación correspondiente al 28 de junio de 1930).