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martes, 21 de enero de 2020

Alemania 1930: 107 diputados con camisa parda (10 de 10) - ANEXO II - LOS SOCIALISTAS ABANDONAN EL NSDAP


A título de inventario, como anexo y para concluir esta serie de artículos sobre el despegue del NSDAP en 1930, presentamos este famoso artículo de Otto Strasser en el que justifica su disidencia del partido nacional-socialista. Hay que decir que la "fidelidad" de Strasser a su particular versión del nacional-socialismo le llevó (antes y después de la Segunda Guerra Mundial) a la completa esterilidad política: no existía un espacio para una "izquierda fascista". No lo decimos nosotros: lo prueba la historia de esa misma "izquierda fascista". De hecho, si hemos traído aquí el documento de Strasser es porque, tras las pretensiones de "ortodoxia", de "revolucionarismo" y de "fidelidad al socialismo", lo que se ocultaba era una ausencia completa de sentido táctico y la imposibilidad de armar, a partir de esos supuestos, una estrategia de conquista del Estado. Esto evidencia dos comportamientos y dos actitudes: o el "posibilismo revolucionario" representado por Hitler, o el "idealismo revolucionario" de Strasser. Dicho de otra manera: revolucionario no es aquel que repite más veces en menos tiempo la palabra "revolución", sino el que encuentra un camino para realizar un cambio efectivo en la sociedad. Y, desde luego, hay que reconocer que Strasser no lo encontró.  


Artículo publicado el 4 de julio de 1930

Lectores, camaradas, ¡amigos! Con profunda preocupación hemos contemplado en los últimos meses la evolución del N.S.D.A.P. y con creciente recelo nos hemos visto forzados a observar cómo cada vez más a menudo y en cuestiones cada vez más importantes el partido entra en conflicto con la idea esencial del nacionalsocialismo.

En numerosas cuestiones de política exterior, de política interior y, sobretodo, de política económica, ha ido tomando el partido un posicionamiento que cada vez con mayor dificultad puede considerarse acorde con el espíritu de los veinticinco puntos, en los cuales nosotros vemos el único (y exclusivo) programa del partido. Y todavía mucho más que eso ha pesado el creciente aburguesamiento del partido, una primacía de los intereses tácticos sobre los principios fundamentales, y la preocupante caciquización del apartado del partido, el cual cada vez más se ha convertido en la meta del movimiento y ha puesto sus intereses por encima de las exigencias programáticas de la causa.

Nosotros habíamos comprendido y comprendemos aún al nacionalsocialismo como un movimiento conscientemente antiimperialista, cuyo nacionalismo se centra en la conservación y protección de la vida y el desarrollo de la nación alemana, sin ninguna clase de tendencias dominantes sobre otros pueblos y tierras. Para nosotros había sido y sigue siendo aún, la negación del intervencionismo contra Rusia del capitalismo internacional y del imperialismo occidental, una exigencia esencial resultante tanto de nuestra ideología fundamental como de la necesidad de una política exterior propiamente alemana. Alrededor de esto, hemos considerado las posturas de la dirección del partido cada vez más abiertamente favorables a una guerra de intervención, como contraria a la causa nacionalsocialista y a las necesidades de una política exterior alemana.

Para nosotros había sido y sigue siendo todavía la solidaridad con el pueblo indio en su lucha por su libertad del yugo inglés y la explotación capitalista una necesidad, la cual resulta del hecho de que para una política de liberación alemana, cada debilitamiento de los poderes tras el Tratado de Versalles es favorable, así como la afirmación por la lucha de cualquier pueblo oprimido contra la explotación de los usurpadores, ya que es consecuencia forzada de nuestra idea del nacionalismo, que el derecho a la autoafirmación de cada pueblo a su manera, lo que nosotros exigimos para nosotros, también corresponda a los demás pueblos y naciones. En este aspecto para nosotros el concepto liberal de las bendiciones de la cultura (civilizadora) nos es completamente desconocido. Nosotros habíamos sentido por lo tanto la política de la dirección del N.S.D.A.P., la cual a menudo tomó partido por el imperialismo británico contra la libertad de la India, contrario a los intereses esenciales del nacionalsocialismo.

Nosotros habíamos entendido y seguimos entendiendo al nacionalsocialismo, según toda su naturaleza, como un movimiento alemán, cuya labor en el interior del Estado no es únicamente es la creación de una gran Alemania popular, con el rechazo de pequeños Estados separados y privilegios particulares basados en criterios dinásticos, religiosos o puramente arbitrarios (¡intervención napoleónica!), los cuales impiden la reunificación de todas las fuerzas nacionales, imprescindibles para la liberación y la autodeterminación de Alemania. Nosotros hemos sentido por lo tanto la cada vez más abierta toma de posición de la dirección del partido a favor de este sistema de Estados y privilegios particulares, cuya salvación e incluso ampliación fue proclamada como una tarea propiamente del nacionalsocialismo, como perjudicial tanto para los intereses del Estado como enemiga de la idea de una gran unidad alemana.

Nosotros habíamos entendido y seguimos entendiendo al nacionalsocialismo como un movimiento republicano, en el que existe tan poco espacio para la monarquía hereditaria como para cualquier otro privilegio que no descanse en el servicio a la nación. Nosotros habíamos visto y seguimos viendo en él, el movimiento revolucionario que busca acabar con el Estado autoritario, del mismo modo que con la democracia formal, y que ve su meta para el Estado un modelo estatal orgánico de auténtica democracia germánica.

Nosotros habíamos sentido, por lo tanto, que los intencionados claroscuros entre republicanismo y monarquismo de la dirección del partido son un lastre; y el excesivo culto por el autoritarismo fascista, como se manifiesta cada vez con mayor fuerza en los puestos oficiales del partido, verdaderamente como un peligro para el movimiento y un crimen contra la causa.


Nosotros hemos considerado y seguimos considerando al nacionalsocialismo ante todo como el gran antídoto del capitalismo, el cual pone en práctica la idea del socialismo verdadero (aquel que está libre de la corrupción marxista) que lleva a la economía común de una nación para el bien de esta nación y rompe con él ese sistema de gobierno del dinero sobre el trabajo que impide el natural desarrollo de los pueblos y la verdadera creación de una economía popular.

Para nosotros el socialismo significa economía de necesidad en interés de la totalidad de los productores, participando en la posesión, dirección y ganancias de toda la economía de la nación, es decir, la quiebra del monopolio de la propiedad del sistema capitalista actual, y ante todo, la quiebra del monopolio de su poder de decisión, actualmente ligado a la propiedad. Nosotros hemos notado por lo tanto, y en contra del espíritu original de los veinticinco puntos, que las formulaciones de nuestra voluntad socialista quedan cada vez más descoloridas desde la dirección; y las múltiples atenuaciones de las exigencias socialistas del programa (considérese, por ejemplo, el punto 17) que se han tomado, como una falta contra el espíritu y el programa del nacionalsocialismo original, algo contra lo cual desde hace años hemos estado luchando con nuestra labor de enfatizar las exigencias socialistas del programa.

Nosotros habíamos sensibilizado y seguimos sensibilizando al nacionalsocialismo conforme a su esencia, como el enemigo tanto de la burguesía capitalista como del marxismo internacional, y vemos su tarea en la superación de ambos, a partir del hecho de que el sentimiento genuino socialista está unido en el marxismo a sus falsas enseñanzas del materialismo y del internacionalismo, y la burguesía, el de por sí correcto sentimiento nacionalista está unido a las falsas enseñanzas del racionalismo liberal y el capitalismo, y ambas fuerzas esenciales y acertadas (nacionalismo y socialismo) estarán condenadas a permanecer infructuosas en sus nefastas alianzas para la nación y para la Historia. Nosotros hemos visto y seguimos viendo por ello en nuestra lucha contra el marxismo y contra el capitalismo ninguna diferencia esencial, pues el liberalismo (y materialismo) existente en ambos es nuestro enemigo por igual.

Nosotros consideramos por tanto que las consignas de lucha de la actual dirección del N.S.D.A.P. siempre en una sola dirección, contra el marxismo, como insuficientes y vemos en medida creciente que en todo ello existe un guiño de simpatía a la burguesía, que bajo las mismas consignas defiende sus intereses particulares y capitalistas, con los que nosotros no hemos tenido ni tendremos nada en común.

Reforzados, subrayados y patentes se hicieron estos temores de naturaleza fundamental - 2 - al comprobar las preocupaciones sobre las vías tácticas tomadas por la actual dirección del partido.

Desde siempre nos ha llenado de pesar y malestar, el que Adolf Hitler se haya explicado siempre tan a menudo en los círculos directores del empresariado y a los grandes capitalistas sobre los motivos y vías del N.S.D.A.P., pero (casi) nunca se ha tomado la molestia de hacer lo mismo con los círculos directores de los trabajadores y campesinos. Nosotros consideramos que el sentimiento resultante de ello, el de que el nacionalsocialismo está más cerca de los primeros círculos que de los segundos, como un gran obstáculo. Tanto más cuando la franqueza, nuestra voluntad socialista, debería excluir cualquier clase de entendimiento con esos círculos para los cuales la defensa de sus intereses capitalistas siempre será más importante que la realización de las metas nacionales y colectivas, sobre todo cuando esta realización tiene al socialismo como premisa.

Por los mismos motivos hemos visto con creciente preocupación la estrecha relación de la dirección con Hugenberg y con el partido nacional del pueblo alemán, y en parte también con los Cascos de Acero y los llamados patriotas alemanes, porque todos estos hechos, aún cuando por el bien del pueblo pueden ser aceptables en sus fines tácticos, parecen hechos expresamente para dar una equivocada imagen de nuestromovimiento.


Como punto fundamental del carácter revolucionario del nacionalsocialismo ha estado siempre y sigue estando para nosotros el rechazo frontal de cualquier clase de política de compromiso y/o coalición, pues toda coalición sólo puede servir a los intereses del sistema (y orden) establecido, el sistema de la explotación capitalista, y por lo tanto, contrario a la libertad nacional. Se nos muestra según la esencia del nacionalsocialismo y su tarea la realización de la revolución alemana, que es simplemente imposible elevar la consigna de entremos en el Estado, al cual todavía no hace dos años, con los Cascos de Acero, hemos combatido con toda la crudeza de la voluntad revolucionaria.

La decisión de la dirección del partido de llevar a cabo una coalición con partidos burgueses en Turingia, ha sacudido con fuerza nuestra fe en que nuestra idea de la esencia y tarea del nacionalsocialismo, que tanto en el programa como en la actividad del partido fueron expresados hasta ahora, puede seguir siendo sostenida. Nuestros reproches fueron dejados sin respuesta por la dirección. En ello se ha situado el N.S.D.A.P. en la misma situación que el partido socialdemócrata alemán tras 1918, cuando tomaron la decisión de ir junto a los enemigos de su voluntad político-económica, acabando con ello, forzosamente, traicionando sus metas originales.

Con implacables consecuencias se ha realizado en el N.S.D.A.P. la misma línea de traiciones a los fundamentos, como se muestra en su rebaja de los impuestos a particulares, el aumento de los alquileres y otras muchas políticas realizadas en Turingia.

La objeción de que el peligro de la persecución estatal obligue a tamaños sacrificios de las convicciones, no es sólo inexacta, como la prohibición en Baviera y en Prusia muestran, sino socava ante todo el carácter y el valor del movimiento, pues con este argumento de la cobardía toda traición puede quedar cubierta. Mientras que para nosotros toda táctica debe encontrar su fin en los fundamentos, la dirección del partido ha abandonado cada vez más a menudo y en cada vez aspectos más decisivos las cuestiones esenciales del nacionalsocialismo por consideraciones tácticas.

Junto con el aburguesamiento del partido ha venido también un creciente caciquismo que ha acabado por tomar formas estremecedoras. No sólo los llamados altos dirigentes de las S.A., sino, en creciente medida, también los funcionarios políticos del partido se han desarrollado según su actitud y su forma de vida de un modo que se encuentra en contradicción tanto con las leyes internas de nuestro movimiento revolucionario como con las mínimas exigencias de un carácter honrado. La entretanto casi general dependencia material directa o indirecta de los funcionarios del partido y su líder, ha dejado aparecer una tamaña atmósfera de indignidad, que hace virtualmente imposible la reivindicación de cualquier opinión independiente; asimismo ha llevado las cosas a un estado de corrupción material e ideal, que no se puede conseguir ayuda sin el apoyo de toda la organización (estructura) del partido. Los numerosos desacuerdos y problemas con los conflictos personales dentro del partido tienen aquí su más profunda y esencial causa.

Este desarrollo que nosotros aquí observamos con creciente preocupación, en los campos de fundamentos, tácticas y organización del partido, nos ha visto en cada hora del los últimos años como los primeros, profundos y severos enemigos y denunciantes.

Los cinco años de cartas nacionalsocialistas, dan aquí un claro testimonio, tanto en la opinión personal como expresada, que hemos tomado sin consideración a las presiones y tentaciones llegadas desde arriba. En ninguna hora hemos tomado en cuenta la posibilidad de variar nuestros posicionamientos por motivos oportunistas, y en numerosas ocasiones nos hemos encontrado ante la cuestión de si debíamos tomar una manifestación pública de nuestra disconformidad con la dirección del partido en sus duros choques con la esencia del nacionalsocialismo.

El que no hayamos hecho esto hasta el día de hoy se debe a que la dirección del partido no había renegado del programa de los veinticinco puntos abiertamente, y también porque confiábamos en que el espíritu revolucionario que vive sobretodo en los militantes base de las S.A. podría vencer sobre las actitudes de una dirección caciquista. Esta esperanza se ha hecho vana con el último acto de voluntad de la dirección del partido.

A través de una carta de Adolf Hitler del 30 de junio, el gauleiter de Berlín fue forzado a llevar a cabo una limpieza sin contemplaciones de todos los bolcheviques de salón del partido. Junto con esta exhortación fue decretada la exclusión de todos los militantes reconocidos o sospechosos de ser socialistas revolucionarios.

Con ello quedó pronunciado el definitivo divorcio del N.S.D.A.P. con las metas y exigencias de una revolución alemana, y también de los puntos socialistas del programa original.

Como firmes, indoblegables, partidarios del nacionalsocialismo, como ardientes luchadores de la revolución alemana, rechazamos este falseamiento del carácter revolucionario, de la voluntad socialista y de los fundamentos esenciales del nacionalsocialismo y permaneceremos al margen del N.S.D.A.P. convertido en ministerial, y siendo lo que siempre fuimos: nacionalsocialistas revolucionarios

Otto Strasser

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miércoles, 8 de enero de 2020

Alemania 1930: 107 diputados con camisa parda (2 de 10) - LA ESCISIÓN DE OTTO STRASER


Otto Johann Maximilian Strasser era el hermano más pequeño de Gregor. Había nacido en 1897. Combatió en la Primer Guerra Mundial y participó en los combates e 1919 que acabaron con la República Soviética de Baviera. Luego, su comportamiento político fue errático. Se afilió durante un corto período al Partido Socialdemócrata (SPD). Se opuso a las maniobras de la derecha en la primera mitad de los años veinte y solamente empezó a colaborar con el NSDAP a partir de la refundación del partido en 1925. Lo hizo como periodista y se integró en el ala izquierda del partido junto a su hermano Otto y a Joseph Goebbels. Fue uno de los partidarios de que el partido revisara su programa originario de 25 puntos, lo actualizada e insistiera más en los aspectos socialistas del mismo. 

La fracción mantuvo la iniciativa hasta la Conferencia de Bamberg en la que Goebbels se alineó definitivamente con Hitler y Gregor Strasser renunció a sus propuestas. Solamente Otto Strasser siguió sosteniendo posturas socialistas utilizando la editorial berlinesa que controlaba, la Kampfverlag (Ediciones La Lucha), a partir de la cual ideó su propia versión del nacional-socialismo. Los documentos difundidos por la editorial eran “un brebaje vago y ofuscante de nacionalismo místico radical, anticapitalismo estridente, reformismo social y antioccidentalismo”[1].

La empresa había sido constituida en 1926 por los hermanos Strasser en el momento en el que Gregor decidió abandonar su trabajo profesional como farmacéutico para dedicarse por entero a la política. Además de su hermano Otto, le secundó el que en aquel momento era gauleiter de Pomerania Theodor Vahlen que había ingresado en el partido el año anterior. En contraste con las ideas de la central de Baviera, la nueva editorial desde el principio estuvo enfocada para destilar una versión del nacional-socialismo que pudiera ser agradable y asumible por los sectores del proletariado urbano. Antes de la fundación de la editorial habían iniciado la publicación regular de las Nationalsozialistischen Briefe (Cartas nacional-socialistas). En poco tiempo, esta publicación fue el germen de una serie de publicaciones que empezaron a difundir las ideas de la “línea strasserista”. Su lema fue “Westlichen Kapitalismus wie dem östlichen Bolschewismus gleich feindlich” (el capitalismo occidental es igualmente enemigo como lo es el bolchevismo oriental).


Los costes de creación de la editorial ascendieron a 4.000 marcos contra la hipoteca sobre los beneficios generados por la farmacia de Gregor Strasser. En su momento álgido, la Kampfverlag publicó nueve diarios, el más importante de todos ellos, el publicado en la capital, el Berliner Arbeiterzeitung (Diario de los Trabajadores de Berlín), seguido por die Faust, Die Flamme y seis ediciones locales de Der Nationale Sozialist.

Ambos hermanos se distribuyeron los trabajos: Gregor quedó como editor de libros y folletos, además de cómo periodista y escritor, mientras que Otto fue el editor jefe de la cadena de diarios. Trabajaron en la empresa Hans Hinkel, Walther Darré y el dibujante Hans Schweitzer. Dos años después de su fundación, la editorial estaba en plena expansión y dio los primeros balances positivos. Sin embargo, a lo largo de su actividad, distintos procesos penales incoados contra los distintos medios que administraban los Strasser, dieron como consecuencias abundantes multas y penas de prisión de las que Gregor pudo escapar debido a su condición de parlamentario. Mucho peor fue la ruptura con Goebbels en 1926 que se convirtió en una verdadera pugna por el control del Gau de Berlín. Las Nationalsozialistischen Briefe y Der Angrif (Al ataque) publicado por Goebbels, competían como diario del NSDAP en la capital alemana.

En 1928, Gregor Strasser se plegó a las exigencias de Hitler a la vista de que su línea obrerista no había conseguido éxitos notables. Sin embargo, su hermano Otto persistió en las mismas posiciones.

En 1930, el grupo de intelectuales nacional-socialistas que rodeaban a Otto Strasser permanecía escéptico ante la línea que había impuesto Hitler. Optaron por un “anticapitalismo recalcitrante, abogaron por amplias nacionalizaciones, exigieron una alianza con Rusia o, apartándose de la línea trazada por el Partido, apoyaron movimientos huelguísticos locales”[2]. La polémica llegó a su punto álgido cuando Hitler formalizó el pacto con el DNVP para la compaña contra el Plan Young.

En enero de 1930, la polémica entre las dos fracciones continuaba in crescendo. Hitler, entonces, exigió la entrega de la empresa editorial. Ofreció 80.000 marcos por la editorial, prometiéndole en contrapartida el cargo de responsable de propaganda de la central del partido. Strasser rechazó la oferta. Unos meses después el 21 y 22 de mayo del mismo año, tuvo lugar una nueva reunión en la que estuvieron presentes Max Amann, Rudolf Hess, Gregor Strasser y su hermano y el propio Hitler. La reunión se prolongó durante siete horas; tras unos primeros intercambios de conceptos sobre el arte y las ideas revolucionarias (Hitler consideraba que el Arte era eterno y que todo lo que merecía ese nombre procedía del arte griego traído del Norte por aqueos y dorios), la conversación se encaminó sobre la economía, la personalidad y los problemas de la raza. Era evidente que Hitler estaba examinando a Otto Strasser, evaluando los puntos en los que podían existir desacuerdos. 

En último lugar tocó el tema del socialismo. Strasser dio su opinión. Era la trampa. Acto seguido, Hitler le acusó de sobrevalorar más la idea que él se forjaba del “socialismo” y situarlo por delante del principio de mando, el principio del Führer: “pretendía otorgar a todo partidario el derecho de decidir sobre la idea, incluso decidir si el Führer seguía o no siendo fiel a la misma”[3]. Hitler definió esta concepción como democracia de la peor especie y para la que, entre nosotros, no hay lugar reservado (…) Entre nosotros, Führer e idea forman una unidad indivisible y todo partidario ha de hacer lo que el Führer ordene, por cuando él encarna la idea y sólo él conoce la última meta”. Finalmente fue todavía mucho más claro, si ello era posible: no estaba dispuesto a que nadie, y menos un grupo de “literatos megalómanos” destrozara la disciplina de los miembros del partido[4].


El fondo de la cuestión no era lo que cada parte entendía por “socialismo”, sino un problema de mucho mayor calado. Otto Strasser pretendía introducir el principio democrático en el interior del partido. En su opinión, el Führer era la expresión de la voluntad popular de sus miembros, o dicho de otra manera, el escalón jerárquico superior, el Führer, surgía de la voluntad de la base[5]. Hitler no estaba dispuesto a asumir este concepto: su concepto era otro. Lo explicó en el curso de la reunión: “Yo soy socialista, muy diferente, por ejemplo, del riquísimo señor Graf von Reventlow. He empezado como simple obrero. No puedo, todavía hoy, ver que mi chófer tenga una comida distinta a la mí. Pero lo que usted entiende bajo la palabra socialismo es únicamente marxismo recalcitrante”[6].

Marxismo por un lado y democratismo por otro, tales eran los dos ejes del ataque de Hitler a las posiciones de Otto Strasser. Éste se vio acorralado. Ni siquiera su hermano rompería una lanza por él en caso de negar la autoridad del Führer en los términos definidos por Hitler. Así que optó por pasar al ataque. Su campo era el socialismo así que preguntó a Hitler si en caso de llegar al poder modificaría la situación de la producción; el socialismo era precisamente eso: reparto de beneficios, participación de los obreros en las decisiones de la empresa, autogestión y/o cogestión, titularidad de los medios de producción, etc. Hitler tenía otra versión del “socialismo”: “¿Cree usted que estoy tan loco como para destrozar la economía? Sólo si tales personas [los capitalistas y patrones de las empresas] no actúan según los intereses de la nación, sólo entonces intervendría el Estado. Pero no es necesario recurrir, para ellos, a las expropiaciones ni al derecho de autodeterminación”

Hitler terminó resumiendo sus ideas: “siempre ha existido un solo sistema: responsabilidad hacia arriba, autoridad hacia abajo; así había sido durante siglos y no puede ser de otra manera”[7]. Otto Strasser le preguntó por “la revolución”, a lo que Hitler respondió, “Solamente hay una clase posible de revolución, y no es económica n política ni social, sino racial”. Lo prioritario era, pues, un Estado fuerte que fuera capaz de garantiza la producción en beneficio de los intereses del Reich, lo que incluía, de todos y cada uno de los habitantes del Reich.

Hitler, en su concepción del nacional-socialismo aspiraba a unificar los elementos opuestos: el socialismo era, para él la posibilidad de que el Estado velara por el individuo, mientras que el nacionalismo era el individuo el que debía contribuir a la grandeza de la nación. Es evidente que se trata de una concepción coherente, ante la cual, el “socialista” Otto Strasser no podía oponer gran cosa, aparte de una sincera búsqueda de justicia social, propuestas de orden anticapitalista, y poco más. Y para eso ya estaba la izquierda. Hitler partía de la integración de los dos conceptos “nacionalismo” y “socialismo”, mientras que para Strasser se trataba de dos concepciones distintas y que no se había planteado integrar en una síntesis. En realidad, parece que, la reunión que se celebró en el Hotel Sanssousi, en la Linkstrase, donde solía alojarse Hitler cuando se encontraba en Berlín fue lo más parecido a un diálogo de sordos. Hitler refutó las posiciones de Strasser, y recibió de éste indiferencia ante sus argumentos[8].


Dos semanas después de haber regresado a Berlín, profundamente disgustado por la actitud de Otto Strasser, la editorial de éste publicó el folleto titulado ¿Sillón ministerial o revolución? en el que reproducía las tesis que había defendido en la reunión del Hotel Sanssousi, eludiendo colocar las refutaciones de Hitler y acusándole de haber traicionado a los “socialistas” del NSDAP. Para colmo, en abril de 1930 estalló una huelga del sector metalúrgico en Sajonia. Hitler prohibió que se respaldase esa iniciativa; pero las publicaciones de la Kampfverlag siguieron haciéndolo[9].

Era evidente que los protagonistas estaban entrando en la última fase del conflicto. Parece increíble que Otto Strasser se atreviera a publicar un folleto que implicaba un enfrentamiento público con Hitler. Seguramente estaba demasiado confiado en que buena parte del NSDAP le apoyaría. Sin embargo, Hitler que, hasta ese momento, había optado por la prudencia, la negociación y el ofrecimiento de cargos a cambio de acatamiento a su autoridad (incluso la cantidad ofrecida por las acciones de la editorial Kampfverlag eran una mano tendida a la vista de lo deficitario y de las deudas acumuladas por la empresa), a partir de entonces se decidió por el enfrentamiento con todas las consecuencias. Estatutariamente ordenó al gauleiter de Berlín, Josep Goebbels, la expulsión inmediata de Strasser y de sus seguidores, fueran quienes fueran y a despecho de su rango y militancia anterior. Le escribió transmitiéndole estas órdenes y añadiendo:

“Ocultos tras la máscara de pretender luchar por el socialismo, se lleva a cabo una política que, de acuerdo, casi exactamente, con la de nuestros enemigos de tipo judeo-liberal-marxista. Lo que estos círculos solicitan corresponde al deseo de nuestros enemigos (….) [por tanto es] imprescindible expulsar sin contemplaciones y sin excepciones a estos elementos destructivos del Partido”[10].

La gran acusación lanzada por Hitler era la de que Otto Strasser y sus hombres actuaban como un club de debates literarios, elaboraban meras teorías, pero hacían poco para llevarlas a la práctica[11]. Goebbels, que había esperado durante largo tiempo esta decisión (e incluso que estuvo a punto de dimitir ante el retraso de la solución definitiva) recogió la acusación y la reprodujo por todos los medios a su alcance: los disidentes eran “literati”. Estaban dispuestos a hablar mucho, como si la lucha política fuera una tertulia de salón, pero mucho menos un combate a muerte contra el marxismo, tal como Hitler había decretado durante el proceso de reconstrucción del partido.

Hay dos cosas que llaman la atención de este proceso escisionista que se encaminaba hacia su último episodio. El primero fue el tiempo que Hitler tardó en tomar la resolución de expulsar al grupo rebelde. Existieron presiones constantes, como mínimo la última fase de la campaña contra el Plan Young, por parte de Herman Goering, Walter Buch y, por supuesto, de Geobbels, para que tomara drásticas medidas para acallar al ala izquierda del partido que parecía cada vez más envalentonada. Hitler, al menos en dos ocasiones, abandonó su tarea de agitación y propaganda cotidiana, para reunirse con Otto Strasser. Le ofreció dinero para compensar las pérdidas que había empezado a tener la editorial desde el momento en el que se inició la recesión económica mundial; cargos desde los que pudiera mantener una posición personal digna ajena por completo al aroma de la derrota y el sometimiento. Fueron muchas las anotaciones que el impaciente Goebbels garabateó en su diario quejándose de la falta de iniciativa del führer para resolver el problema[12]. No era indecisión, como se ha interpretado, esta actitud, era sentido táctico


Hay momentos en los que las expulsiones pueden dañar irreparablemente una organización revolucionaria. Se trataba primero de buscar “fórmulas amigables” para resolver el problema. De ahí la ronda de conversaciones con Strasser. No se trataba de negociar posiciones o de aplazar la resolución de los problemas. Se trataba de mantener la estrategia de conquista del poder emprendida y las decisiones adoptadas desde su salida de la prisión de Landsberg. Y si la ruptura se veía como inevitable, simplemente había que esperar el momento en el que se producirán menos daños. Hitler lo hizo: pocos días después de la expulsión, tal como se esperaba, el canciller Brüning declaró disuelto el Reichstag. El ruido de los escindidos quedaría acallado por la convocatoria de nuevas elecciones.

Finalmente, Goebbels obtuvo lo que pedía: una purga implacable en la sección berlinesa. El 3 de julio, Hitler aplazó el discurso que tenía previsto pronunciar en Berlín. Esa misma tarde redactó la carta de expulsión. Al día siguiente, 4 de julio, Otto Strasser y veinticinco miembros del partido que le apoyaban incondicionalmente lanzaron su carta “Los socialistas abandonan el NSDAP” (ver anexo). Inmediatamente, Goebbels convocó una reunión de los afiliados del Gau en el Berliner Hasenhaide. Allí fue claro: “El que no se someta será expulsado violentamente”. Así lo hizo con Strasser y un grupo de seguidores que habían acudido a la convocatoria no dándose por enterados de su expulsión. Strasser y los suyos calificaron esta expulsión de “stalinismo puro” y de “persecución al socialismo”, pero ya importaba poco lo que pudieran decir o hacer.

Gregor Strasser dimitió inmediatamente como redactor de los diarios de la Kampfverlag y se distanció lo que pudo de su hermano. El conde Von Reventlow y la mayoría de quienes hasta ese momento se habían mantenido en el “ala izquierda” del partido, hicieron otro tanto. La mayoría lo hicieron, no por la perspectiva de prebendas y para obtener una posición económica segura, sino simplemente por un sentido de la lealtad personal hacia Hitler que había sabido perdonarles tantos actos de infidelidad.

Muy pocos siguieron a Otto Strasser y se reconocieron en su llamamiento Los socialistas abandonan el NSDAP. El nuevo partido, Kampfgemeinschaft Revolutionärer Nationalsozialisten (Comunidad de Lucha de los Nacionalsocialistas Revolucionarios) quedó oficialmente constituido en octubre de 1930, no llamó apenas la atención ni registró otras simpatías más que las procedentes de los sectores nacional-revolucionarios de la Revolución Conservadora, de los que, a fin de cuentas, formaban parte implícitamente. Se dotó de un órgano, Der Nationale Sozialist Zeitung que apenas editaba unos pocos miles de ejemplares y le era imposible rivalizar con el Der Angrif de Goebbels. Las magras huestes de Otto Strasser se vieron reforzadas por unos cuantos cientos de disidentes de las SA que habían seguido a Walter Stennes, agrupándose ambos bajo el rótulo de Schwarze Front (Frente Negro) que no fue mucho más lejos.

Cuando se conocieron los resultados de las elecciones y se vio el impresionante triunfo obtenido por Hitler, era normal que cualquier disidencia que se hubiera producido antes dentro del NSDAP tendiera a extinguirse o quedase reducida a la mínima expresión. La polémica en torno a las ideas de Otto Strasser cerró para siempre la discusión sobre lo que el nacional-socialismo entendía exactamente por “socialismo”. Nunca más, ni siquiera durante la Noche de los Cuchillos largos volvió a repetirse la discusión en los mismos términos.

La expulsión de los disidentes contribuyó (junto con el éxito electoral) a consolidar aún más, si ello era posible, la autoridad de Hitler. Las discusiones mantenidas con los disidentes en los meses previos a su expulsión habían servido como excusa para que Hitler pudiera explicar a la cúpula del partido sus posiciones. Incluso desde el punto de vista doctrinal, el proceso que había llevado a la decisión fatal de expulsar a los rebeldes había servido para dar un paso adelante en el afianzamiento de las posiciones doctrinales. Las elecciones que se avecinaban, finalmente, sirvieron para demostrar que los votantes no se inclinaban hacia el programa del NSDAP, sino hacia las promesas de su führer.




[1] I. Kersahw, Hitler, op .cit., pág. 327.
[2] Cf. J. Fest, op. cit., pág. 316.
[3] Ídem, pág. 317.
[4] Ídem.
[5] Strasser lo explicó así: “Un Caudillo debe servir a la Idea. Sólo a esto podemos consagrarnos por entero, puesto que ella es eterna, mientras que el Caudillo es efímero y puede cometer errores”. Hitler le respondió que este criterio era un disparate y que “Para nosotros el Caudillo es la Idea, y los miebros del partido tienen que obedecer todos solamente al Caudillo” (I. Kershaw, op. cit., pág. 328.
[6] Cf. J. Fest, op. cit., pág. 317-318.
[7] Siete años después, Hitler, al decir de Friedrich von Misses, había generado la forma más eficiente de “socialismo”: el Estado decidía lo que se producía, cuáles debían ser los márgenes de beneficio de los empresarios, los salarios de los obreros y los repartos de beneficios… No hizo falta realizar muchas más modificaciones para mejorar las condiciones de vida de la clase trabajadora. La economía nacional-socialista era una economía planificada en la que los distintos agentes estaban obligados a seguir las pautas trazadas por el Estado en tanto que éste tenía como misión velar por los intereses de todos los grupos sociales que componían la nación.
[8] J. Fest, op. cit., pág. 319.
[9] I. Kershaw, op. cit., pág. 327.
[10] J. Fest, op. cit., pág. 319.
[11] “Mientras yo lo dirija, el Partido nacionalsocialista no se convertirá en un club de debates literarios, desarraigados o de bolcheviques caóticos de salón, sino que seguirá siendo lo que hoy es: una organización de la disciplina que no fue creada para locuras doctrinarias de pájaros migratorios políticos, sino para lucha por el futuro de Alemania en la que se habrán destruido los conceptos de clase” (Ídem).
[12] “El Führer quiere que eche a los pequeños pero que no toque a los peces gordos. Es muy típico de Hitler. Hace promesas que no cumple” (Diario de Goebbels, anotación correspondiente al 25 de junio de 1930) “Hitler, el vacilante, siempre va aplazando las cosas” (ídem, anotación correspondiente al 28 de junio de 1930).