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lunes, 5 de noviembre de 2018

365 QUEJÍOS (187) – LA TEORÍA DEL “BIEN MENOR” (III de IV)


En las dos anteriores entregas hemos formulado una teoría que pretende superar la repugnancia a acudir a las urnas para entregar el voto al “mal menor” (sea cual sea). Proponíamos la teoría del “bien menor” cuyos límites intentábamos establecer. En la segunda entrega tratamos de definir el concepto de “zona crítica” para nuestro país, zona de la que es preciso alejarse; afirmábamos que el “sentido común” es el arma, el ancla y el apoyo para evitar caer por el precipicio, aunque eso suponga vulnerar la corrección política, negar el pensamiento único y enfrentarse decididamente a los constructores del “nuevo orden mundial”. Terminábamos recordando lo que, durante la Segunda Pública y desde las columnas de Acción Española se llamaba “ley de los afines”. En esta entrega vamos a describir el contenido mínimo que debe contener una propuesta que pueda ser considerada como “bien menor”.



11. CONTRA EL LIBERALISMO ¿CONTRA QUÉ LIBERALISMO?

Si recurrimos a la coherencia y al mundo de las ideas comprobaremos que el liberalismo ha jugado un papel desgraciado en los últimos pasos que nos han llevado hasta la globalización. Esta “ideología”, obviamente, ha tenido una gran importancia en el desarrollo de la economía en los últimos dos siglos y medios: tanto en lo mejor (la prosperidad económica) y en lo peor (una prosperidad rota por ciclos de crisis). Del estudio de estas crisis pueden establecerse una serie se conclusiones:
  1. Las crisis se producen siempre cuando se deja libre curso a los factores que intervienen en el Estado. Las crisis solamente se evitan cuando el Estado regula el “mercado”. De lo contrario, los agentes que participan en la vida económica no se rigen tanto por la ley de la oferta y la demanda como por la ley del máximo beneficio con la mínima inversión y los mínimos costes sociales.
  2. Las acumulaciones de capital, al igual que el poder de los grandes consorcios, al rebasar determinados límites se convierten en instituciones que acumulan más poder e influencia que los Estados. Perder la idea de que el Estado y la Economía son dos esferas diferentes supone abrir la posibilidad de que los “grandes” disten sus leyes sobre la totalidad de la población y que éste pierda la posibilidad de ser defendida por el Estado, encarnación jurídica de la comunidad nacional.
  3. La transformación de la economía productiva en especulativa, la búsqueda de beneficios y rentas no procedentes del trabajo sino de la actividad especulativa, unido a fenómenos como la deslocalización y la inmigración masiva, hacen inviable al sistema mundial globalizado, lo convierten en inestable, peligroso y deletéreo: inaceptable, en una palabra.

Si hemos llegado hasta ese punto es porque a finales de los años 70, Reagan y Margaret Tatcher impusieron los puntos de vista neoliberales. Su nombre ha quedado unido a la derrota de la URSS y a la liquidación de la Guerra Fría, pero lo que siguió, no fue un paso atrás, sino un paso hacia adelante en dirección al abismo: un mercado mundial globalizado, la financiarización de la economía y la sumisión del Estado a los grandes actores económicos olvidando que un Estado se justifica por su carácter de instrumento al servicio de la totalidad de los ciudadanos y no al servicio de los intereses de los poderosos.

Está claro que esta no era la idea de los doctrinarios del liberalismo del siglo XVIII y XIX… ni siquiera era lo que tenían en mente los liberales de los años 50 y 60. Pero, fatalmente, es a donde hemos llegado a causa del dogmatismo de personajes como Hayek o Von Misses, a de la “escuela de Chicago”, convertidos en gurús del “liberalismo”. Lo que demuestra lo ocurrido en los últimos 25 años es que el Estado no puede inhibirse se las cuestiones económicas, que el mercado no es “inteligente” sino que se encamina siempre, fatalmente, hacia sus últimas consecuencias: la ley del máximo beneficio con la mínima inversión, la ley de que los “grandes” se comen a los “pequeños” y la ley de que contra mayor es un acumulación de capital más se impondrá la voluntad de sus detentadores sobre los intereses de las mayorías.

Así pues, cuando hablemos de “liberalismo” habrá que convenir que no hay solamente una forma de “ser liberal” o de considerar el liberalismo como “una” teoría económica: tiene múltiples facetas, distintos grados de aplicación y de eficiencia. La libertad es un bien supremo, pero en materia económica, frecuentemente, se traduce en la aparición y el dominio por parte de intereses oligárquicos. Y, desde luego, el capital precisa ser controlado y disciplinado: controlado para evitar que la población vote una y otra vez, pero sea el capital el que dicte a los gobiernos las reglas y las políticas a aplicar. Así pues, si de lo que se trata es de aplicar la ley de “más economía y menos Estado”, hay que cerrar tajantemente el paso a ese liberalismo y defender la visión de que el Estado encarna la representación de todos los ciudadanos y, por tanto, debe preocuparse del bienestar, la paz, la convivencia, la prosperidad, la estabilidad, de todos los ciudadanos, esto es del Orden con mayúsculas. El lema sería, más bien, “el Estado marca el camino por el que debe discurrir el capital para convertirse en un instrumento social y dejar de ser un factor oligárquico”.

Todos estarán de acuerdo en que cierto grado de “liberalidad” y cierto talante “liberal”, en el sentido de admitir las discrepancias, el contraste de pareceres, incluso las leyes de mercado, es positivo, sano y favorable: pero confundir esto con el límite extremo al que nos ha llevado el liberalismo y/o el neo-liberalismo, constituye algo que, hoy, puede considerarse como extremadamente negativo para los pueblos e incluso para la estabilidad de la economía de las naciones.

El Estado debe regular la economía y debe tener en su mano los instrumentos para que la economía sirva a la sociedad, no a un pequeño grupo de actores privilegiados. Si se acepta esto, puede aceptarse en contrapartida algunos de los valores “liberales”, pero nunca, y menos en las actuales circunstancias, declararse “liberales”, sin realizar las matizaciones pertinentes. El neo-liberalismo -hay que recordarlo- ha sido el factor más importante que nos ha situado en la “zona crítica” previa al abismo. Asumir “todo el liberalismo” supone permanecer en la “zona crítica”, mostrar una incapacidad para salir de ella y, lo que es peor, no entender los procesos que nos han situado hasta allí. Claro está que poner coto a los límites extremos del neo-liberalismo solamente puede hacerse dentro del marco de una reivindicación del Estado, de su misión y de su destino y, para ello se precisa una regeneración de la clase política y que ésta recupere el “sentido del Estado”. Necesitamos “estadistas”, no politicastros.

12. POR ESPAÑA ¿QUÉ IDEA DE ESPAÑA?

Recuperar el patriotismo y la identidad nacional son factores que deben de estar presentes en cualquier opción que pueda ser considerada como un “bien menor”. Pero también aquí existe un problema. Si bien el patriotismo siempre es un recurso para movilizar masas, supone un riesgo el no reconocer que el período de los Estados-Nación está terminando y que la política mundial (desde la segunda guerra mundial, cuando los adelantos científicos y técnicos empequeñecieron al mundo), en la actualidad, ya no tiene como actores principales a Estados Nación. Desde 1945 entramos en la época del bilateralismo que cayó con el muro de Berlín en 1989. Tras una época de unilateralismo norteamericano, en la actualidad nos encontramos en marcha hacia una saludable época de multilateralismo protagonizado por “potencias regionales”.

La España que fue cobrando forma a lo largo del siglo XIX y XX, ya no está en condiciones de afrontar esta situación (como no lo han estado Francia y el Reino Unido). Desde los años 30 parece evidente que, desde el punto de vista tecnológico, económico, de recursos, materias primas, cultura, hay que pensar en términos de “grandes espacios” o “espacios continentales”.

La gran contradicción que afecta a todos los movimientos “populistas” europeos radica es que, excitando el patriotismo, combinándolo con la defensa de la identidad nacional y de la justicia social, han obtenido éxitos atrayendo a sectores del electorado, por encima del 15% en buena parte de Europa, pero sus propios dirigentes son conscientes de que hace falta introducir algún elemento corrector que, hasta ahora, no encuentran cómo definir en sus campañas electorales. Está claro que el euro supone un avance en relación a la peseta o al franco, pero que la gestión del Euro se ha realizado mal y de manera desequilibrada, favoreciendo a algunos países y debilitando a otros seguramente porque antes había que haber igualado las distintas economías europeas en lugar de aprobar una moneda única tenida bajo control del “más fuerte”. Está claro que son necesarios elementos de corrección al nacionalismo y al patriotismo heredados del siglo XIX y XX y que hay que pensar -si se quiere estar en condiciones de asumir los desafíos tecnológicos del siglo XXI- en términos de “grandes espacios” de cooperación e integración entre Estados lo más homogéneos posible.

Y esto plantea algunas cuestiones importantes para nuestro país: la primera de todas es ¿cuál es nuestro lugar en el mundo? ¿hacia dónde tenemos que dar preferencia? ¿Hacia Europa o hacia Iberoamérica? Porque la historia, desde la época de los Grandes Austrias y las leyes universales de la geopolítica indican que una nación puede tener una orientación “oceánica” (hacia los mares) o bien “continental” (como potencia terrestre). Pero las dos son incompatibles e insostenibles. Y el problema que se plantea es: ¿la España del siglo XXI debe mirar hacia Europa o hacia Iberoamérica? Lo que

¿Y nuestras relaciones con Portugal? Algunos sostenemos que la relación a los problemas de España podría realizarse estableciendo una nueva relación con el vecino país, que de concluir en una federación orientaría definitivamente la Península Ibérica en dirección a Iberoamérica.
Sea como fuere, lo que está claro es que el patriotismo que puede ser un perfecto apoyo para salir de la “zona crítica” no puede ser el mismo que el que hemos conocido en el siglo XX y desde la época de Menéndez Pelayo. Hace falta proyectar ese patriotismo hacia el futuro y ser conscientes de que, de la misma forma que antes existieron los “reinos” y después las “naciones”, hoy la fórmula Estado-Nación encierra una inadecuación creciente y hará falta asumir el debate sobre la política de los grandes espacios.



13. CONTRA EL CAOS ¿QUÉ IDEA DE ORDEN?

La globalización solamente puede prosperar sobre el caos de lo indiferenciado y sobre la abolición de cualquier tipo de identidad. Es necesario recuperar la idea de “Orden” en un sentido que va mucho más allá del “orden público”. Solamente un progresista se atreverá hoy a discutir la necesidad de emprender una lucha sin tregua y sin perdón contra la delincuencia, contra las mafias, contra la corrupción, contra la neodelincuencia, y solamente un idiota negará la necesidad de una regeneración moral de nuestras sociedades. Parece demasiado evidente que después de 40 años de sistema judicial garantista, de políticas de reinserción, el balance es globalmente negativo: en 1975, contando presos políticos, la población penitenciaria estaba por debajo de 10.000 personas; en la actualidad está por encima de 100.000 y si las estadísticas indican que en los últimos años desciende ligeramente el número de presos, no es porque se cometan menos delitos, sino porque con las cárceles saturadas, los jueces evitan al máximo las condenas a prisión y las prisiones preventivas.

En nuestro país hay una oleada de crímenes y delitos que se saldan sin posibilidades de satisfacción ni resarcimiento a las víctimas. Incluso está mal visto y castigado el actuar en defensa propia. Presos psicópatas son liberados por “buena conducta” con cumplimiento ridículos de sus condenas. El sistema penal es cómodo para los presos y breve, especialmente si se trata de menores. Esto ha generado que España registre en la actualidad una afluencia masiva de delincuentes llegados de todo el mundo, subvencionados dentro y fuera de la prisión. Discutir sobre esto cada vez tiene menos sentido: lo que pide la situación son medidas enérgicas y quirúrgicas para desactivar, desincentivar, desmotivar, castigar y resarcir a las víctimas. Discutir es demostrar debilidad. Anteponer los derechos de las víctimas a los derechos de los delincuentes es la única posición razonable derivada del sentido común. La reforma de las leyes y del sistema judicial y penal es urgente y no la va a realizar ninguno de los partidos que se sitúan dentro del “área crítica”.
 
Está claro que no hay “orden” sin orden público, pero que la idea de “Orden” no puede reducirse a este único nivel. El Orden es algo más: es la estabilidad de una sociedad, la defensa que el Estado asuma ante todos los riesgos que puedan alterarla y generar tensiones en su interior; es que los ciudadanos puedan vivir sin miedo a perder el trabajo, sin miedo a verse hipotecados toda su vida, sin miedo a que sus hijos tengan que irse al extranjero a buscar empleo, sin miedo al terrorismo yihadista, sin miedo a que el Estado se vea invadido por una clase política cleptomaníaca, ciega y psicópata, sin miedo a que en nombre de la “libertad de expresión” o de la “libertad de conciencia” se cometan y se ejecuten las mayores tropelías, se destruyan los fundamentos de la convivencia, se cuestione la propia identidad o aventureros irresponsables quieran forzar a martillazos un nuevo modelo de sociedad en ruptura y en contradicción con todos los valores que ha representado Europa en los últimos 2.700 años.

Nuestra sociedad, más que ninguna otra en Europa, precisa el restablecimiento del “Orden”: España es el único lugar en Europa en el que la idea de “autoridad” es mirada con desconfianza. Y nos ha sido nos ha ido: hemos visto como en las escuelas desaparecía la autoridad del maestro, cómo el Estado censuraba incluso a los padres en sus tareas educativas, cómo los médicos eran agredidos en los hospitales, los revisores en los trenes, las policías en el ejercicio de sus cargos, en ningún país como en España la “ocupación” de viviendas ha alcanzado los extremos, estamos en vanguardia en Europa de la despenalización de las drogas y los colgaos que antes iban a Amsterdam ahora lo hacen a nuestra ciudades. Vemos como repunta la siniestralidad vial, los accidentes laborales, cae en picado la eficacia de muchos servicios y, paralelamente, nuestras calles huelen a porro; hemos vivido campañas contra el tabaco, contra los accidentes de tráfico pero nunca hasta ahora ninguna contra el consumo de cannabis y demás drogas, como si denunciar sus riesgos fuera contrario a la “corrección política” y un insulto para los colgaos… que cada vez más están presentes en calles, plazas, centro de estudio, de trabajo.

El “Orden” es el “sentido común” individual aplicado a las decisiones de Estado. “Orden” es anteponer el interés nacional al interés de partido. “Orden” es anteponer los derechos de la comunidad a los derechos de los grupos oligárquicos, los derechos de las mayorías a los de las minorías, los derechos de los que generación tras generación han construido este país a los derechos del último recién llegado en busca de la sopa boba.

Para alejarse de la “zona crítica” hace falta asumir la defensa del “Orden” de manera decidida y sin complejos, de manera amplia porque lo contrario del “orden” es el “caos” y de la “zona crítica” hacia delante el rasgo más característico que encontraremos siempre es caos e inestabilidad.

LA TEORÍA DEL "BIEN MENOR" - I PARTE
LA TEORÍA DEL "BIEN MENOR" - II PARTE
LA TEORÍA DEL "BIEN MENOR" - III PARTE

LA TEORÍA DEL "BIEN MENOR" - IV PARTE

viernes, 2 de noviembre de 2018

365 QUEJÍOS (186) – LA TEORÍA DEL “BIEN MENOR” (II de IV)


Recuérdese lo dicho y escrito ayer: se desaconsejaba ir a las urnas con la nariz tapada, experimentando cierta repugnancia por aquel al que se entrega el voto. Se atacaba la teoría del “mal menor” y se sugería que, para eso, era mejor no votar. Al mismo tiempo, se recordaba que España vive una “tormenta perfecta” o, según el concepto de Guillaume Faye, “una convergencia de catástrofes” que se escenifica en las distintas velocidades con que unas u otras opciones, hasta ahora mayoritarias, en esta España adormecida, descoyuntada y cuernilarga, nos precipitan al abismo. Frente a esto, se oponía la teoría del “bien menor”, es decir, de aquellas otras opciones que albergan la voluntad de invertir esa tendencia y cuyo programa -sin ser la opción ideal- busca, especialmente, alejarnos del abismo. Quedan ahora por precisar algunos aspectos de esta teoría.

6. EL CONCEPTO DE “ZONA CRÍTICA”

La primera de todas es relativa a la “velocidad de alejamiento de la zona crítica”. Definamos, en primer lugar, lo que es la “zona crítica”: es aquella en la que el proceso desintegrador resulta irreversible. Se entra en una “zona crítica” de la mano de un partido (como el PSOE) que cree realmente que España precisa una “ingeniería social” progresista y está dispuesto a conducirnos hacia ella, porque presume que ese destino es al que nos lleva el “pensamiento único” y la práctica de la “corrección política”. Hasta ahora, las ideologías de la izquierda iban destinadas a ser asumidas por los trabajadores y las clases más desfavorecidas, a partir de ZP van destinadas a los “grupos sociales” minoritarios que buscan “empoderarse” (ver artículo sobre el tema), tomados como icono sustitutivo de “los oprimidos”.

Ante esto, la derecha ha adoptado un talante pusilánime: deja hacer a la izquierda, no se opone a ninguna de sus medidas de ingeniería social (leyes igualitarias entre parejas gays y matrimonios heretosexuales, leyes sobre violencia de género, leyes sobre adquisición de la nacionalidad española, leyes sobre las cuotas de mujeres, subsidios a la inmigración masiva y descontrolada, etc, etc, etc). Durante casi siete años hemos visto la cara de monolito de Rajoy ignorando todos estos temas, mientras la corrupción se iba apoderando del PP y el partido representante de la derecha se convertía en un manso becerro castrado que seguía al PSOE en su inexorable marcha hacia el precipicio, no tanto por complicidad consciente, como por dejadez.

Sería difícil decir quién tiene mayores responsabilidades en la liquidación de España como país, si el centro-derecha o el centro-izquierda. Si, en materia económica, al felipismo le cabe el haber negociado a la baja el ingreso de nuestro país en la UE y haber desmantelado sectores enteros de la producción, a Aznar le cabe la responsabilidad de haber creado un sistema económico suicida, culpable de la crisis de 2008 y a ambos el haber aceptado mudos y pasivos la introducción de la UE -y con ella de nuestro país- en el mecanismo globalizador. Porque, a fin de cuentas, la “zona crítica” empieza allí donde se acepta que la globalización es nuestro destino y, con convicción ciega o con apatía se acepta su traslación cultural, el mundialismo. Solo algo más adelante, se encuentra “el abismo”.



7. LAS VELOCIDADES DE APROXIMACIÓN A LA “ZONA CRÍTICA”

A partir de ese momento, desde que se inicia esta “zona crítica”, la atracción del abismo es tal que importa poco la velocidad a la que nos dirijan. En el anterior artículo ya explicamos que entre Podemos (velocidad acelerada) y el PP (inercia apática), varía muy poco la situación: es cuestión de tiempo. Puede establecerse una ley: “la velocidad a la que España se puede precipitar al vacío está en razón inversa al nivel de progresismo del que hagan gala los gestores del poder”. Hoy con el PSOE, partido que siempre se las ha dado de progresista y feministo, vamos a mayor velocidad que bajo el gobierno del PP, conservador de boquilla y progresista por inercia.

Lo importante es recalcar que, una vez situados en la “zona crítica”, se tarda más o menos, pero, finalmente, el país se precipita hacia el abismo. ¿Hay alguna posibilidad dentro de esa “zona” de que algo salga bien? Negativo: decir globalización implica decir mestizaje cultural, periferia económica, nación de servicios, pérdida de identidad, descoyuntamiento -inevitable- de la Nación Estado -no hay hacia una “política de grandes espacios”, sino a la centrifugación en pequeños nacionalismos periféricos (ver artículo sobre el tema: Más allá de la unidad nacional), tendencias sociales deletéreas (normalización del cannabis [ver artículo sobre el tema, ideologías de género [ver artículo sobre el tema], primitivización de la sociedad, desintegración del sistema educativo, etc, etc) que ya no están en condiciones de solucionarse mediante políticas de paños calientes (esto es, políticas centristas), especialmente cuando ni siquiera se quiere reconocer su existencia. 

No existe, por la vía de los partidos hasta ahora mayoritarios, la mínima posibilidad de invertir el sendero emprendido: de la mano de PP, del PSOE, de Podemos o de Cs, a distintas velocidades, caminamos en la misma dirección.

8. LA IMPORTANCIA DEL “SENTIDO COMÚN” EN EL ESFUERZO POR ALEJARSE DE LA “ZONA CRÍTICA”

Los electores de estas opciones pueden ser considerados como paracaidistas que han renunciado a saltar por la puerta del avión con un paracaídas: unos lo hacen con un porrito entre los labios (Podemos), otros protegidos por una rosa reseca (PSOE), otros con un pañuelo agujereado agarrado por los pulgares (PP) y, luego están los que ni siquiera se han dado cuenta de que han saltado del avión (Cs). ¿Y el sentido común? Dado que los medios de comunicación y los tertulianos de cámara van en dirección a las mismas opciones, la sociedad permanece sorprendida por lo que ocurre, muda y cada vez alberga más desconfianza hacia la clase política y hacia los medios de comunicación “oficialistas”.

El mundialismo tiende, sobre todo a despojar el ser humano de sus instintos naturales (instinto de reproducción, instinto de supervivencia, instinto de agresividad, instinto territorial) que, modulados por la racionalidad son los que garantizan la identidad de un pueblo, su continuidad, su integridad y su cohesión. Pero hay algo que no logran desarraigar completamente por mucho que el sistema educativo, las formas de ocio y el pensamiento hegemónico lo intente: vaciar a la sociedad de “sentido común”, considerada como la “facultad para orientarse en la vida práctica” (Bergson), la forma de distinguir entre lo probable, lo improbable y lo absurdo, la forma de juzgar razonablemente las cosas, etc.

El “sentido común” está repartido entre todos los grupos sociales. Hoy es el principal enemigo de la globalización y su ocaso es el resultado de procesos muy diversos (desde el exceso de información que mata a la información, hasta el miedo a la tiranía del pensamiento único). En el fondo, el “sentido común” no está presente más que en aquellos humanos que mantienen vivos los instintos propios de los mamíferos superes, modulados por la cultura y la racionalidad. No derivan ni del poder adquisitivo, ni de la posición en los mecanismos de producción, ni de la conciencia de clase que se tenga, ni de la raza: derivan, simplemente, de las posibilidades de captar la realidad y de los riesgos que conllevan unas opciones o de los beneficios que implican otras.

En tanto que la globalización y el mundialismo suponen procesos que implican negación de los principios que hasta ahora han constituido lo esencial de lo humano, el “sistema” de valores hegemónicos culturales propiciado por minorías alucinadas por la entrada en la new-age (UNESCO) y que necesitan los “señores del dinero” para contar con una humanidad despojada del más mínimo sentido crítico, el sentido común se muestra como el obstáculo mayo que encuentra su rodillo.

Hasta ahora, la respuesta electoral con la que han contado las opciones “identitarias” y aquellas que tratan de alejarse de la “zona crítica” procede, precisamente, de grupos y personas que siguen teniendo el sentido común como ejes de sus vidas y a él hay que apelar para evitar entrar, o para salir, de la “zona crítica”.


9. DE LAS DISTINTAS VELOCIDADES DE ALEJAMIENTO DE LA “ZONA CRÍTICA”

Esto es hasta tal punto cierto que la lucha por la hegemonía cultural en estos momentos es una lucha entre el “sentido común” y las formas de “ingeniería social” que quieren forzar la construcción de una “new age” por convencimiento ideológico o por necesidad de imponer un proyecto económico globalizador que satisfaga sus intereses.

Ahora bien, lo importante es que, tomando como referencia el “sentido común” (que está universalmente presente en todas las opciones presentadas como “populistas”) es posible anclar primero y hacer retroceder después, a las sociedades, evitando su entrada en lo que hemos definido “zona critica”. El “sistema” avanza sólo en la medida en que es capaz de despojar a las sociedades del sentido común. ¿La prueba? La ausencia de pensamiento crítico de los medios de comunicación mayoritarios. Viéndolos, da la sensación de que el “sentido común” es como un superpoder o un carácter recesivo en la evolución de la sociedad.

Podemos afirmar que, hoy, el arte de asumir, interpretar, propagar y excitar el “sentido común” marca la diferencia entre los “partidos oficialistas” y los “partidos alternativos”. Los primeros se caracterizan por su desinterés, negación o abandono de los principios del sentido común. Los segundos se basan en el aprovechamiento de lo que podría llamarse “sanas reacciones populares” que todavía están presentes en las sociedades. A esta práctica se le llama despectivamente “populismo”.
No hay una forma de populismo, como tampoco hay una sola voluntad de caminar hacia el sentido común. También aquí el tránsito puede realizarse a distintas velocidades: cualquiera de ellas es buena, cualquier puede contribuir a hacernos salir de la zona crítica. Pero no es lo mismo si eso se hace con el apoyo del 0,05% del electorado que si se hace con el 5%.

10. UNA NUEVA “LEY DE LOS AFINES”

En los años 30, el grupo de intelectuales de derechas que estaban orbitados en torno a Ramiro de Maeztu crearon la revista, monárquica y maurrasiana, Acción Española que nos interesa aquí, solamente, porque fue capaz de enunciar lo que llamaron “la ley de los afines” que podía sintetizarse así: no atacar a nadie que se afín a nosotros.

Es importante no perder el objetivo y establecer una nueva objetividad: cualquiera que, fuera de su ubicación en la derecha, en la izquierda, en el populismo, en el área identitaria, en la extrema-derecha o en cualquier otro espacio, manifieste el reconocimiento de que hay que invertir la tendencia a caminar en dirección a la globalización y al mundialismo, es “nuestro afín”. No atacarlo es la garantía de que hemos comprendido la situación y estamos movidos por el sentido común antes que por las ambiciones de partido o por los intereses personales.

Está claro que distintas opciones políticas proponen distintas velocidades de alejamiento de la “zona crítica”: unos parecen más maximalistas, otros se muestran con mayores posibilidades de arrastrar masas. No importa, lo importante es, que surjan 100 formas de oponerse al pensamiento único, a la corrección política, a la globalización y al mundialismo y que millones de seres humanos, recuperen el sentido común y quieran expresarlo a través de determinadas opciones. Todos ellos son “nuestros afines”. El enemigo está en otra parte: “no atacar a los afines” parece lo más razonable.