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viernes, 19 de abril de 2024

NO VIVIMOS EN LA ARCADIA FELIZ, SINO EN TIEMPOS DE EXCEPCIÓN

Ya he contado más de una vez que el “pare Valls”, el único padre escolapio al que llegué a apreciar, nos contaba cuando éramos párvulos, la diferencia entre “pecado venial” y “pecado mortal”. Y ponía como ejemplo la bata que llevábamos: cuando esa bata se manchaba por aquí o por allí, se lavaba y quedaba renovada, pero si, por el contrario, la bata estaba desgarrada, con costurones y remiendos por todas partes, desgastada por el uso, con manchas que se iban acumulando, no había remedio posible. Se tiraba y se compraba otra nueva. Aquel ejemplo se me quedó en la cabeza. Yo tenía entonces cinco años. Era 1957 y fue una de las primeras lecciones que recibí en el colegio de los Escolapios de la calle Balmes. Es hora de aplicar el mismo ejemplo a nuestro tiempo.

Hay situaciones “normales” que exigen abordarlas de manera “normal”. Por ejemplo, cuando alguien es detenido por un hurto. En una situación “normal”, cuando se da ese pequeño delito -pero muy molesto para la víctima- es razonable que el detenido disponga de una defensa jurídica eficiente, que reciba un trato esmerado en su detención y un juicio justo. Pero hay dos situaciones en las que esta política de “paños calientes” deja de ser efectiva: en primer lugar, cuando ese mismo delincuente ha sido detenido más de 100 veces y todavía está esperando que le llegue la citación para el primer juicio. En segundo lugar, cuando no es un delincuente, sino miles y miles de delincuentes los que operan cada día en toda nuestra geografía nacional.

Otro ejemplo: parece razonable que un inmigrante que entra ilegalmente en España pueda explicar los motivos que le han traído por aquí, incluso que un juez estime que son razonables, después de oír la situación que se vive en su país y que logre demostrar que es un perseguido político o un refugiado. Y parece razonable que ese inmigrante disponga de asistencia jurídica, servicio de traductores jurados y de un espacio para vivir mientras se decide sobre su situación. Y eso vale cuando el número de inmigrantes ilegales es limitado, pero, desde luego, no es aplicable en una situación como la nuestra en la que se han acumulado en poco tiempo, otros 500.000 inmigrantes ilegales. No puede esperarse a que todos los trámites policiales, diplomáticos y judiciales, se apliquen a cada uno de estos 500.000 inmigrantes, salvo que se multiplique por 20 el aparato de justicia. Y es que, cuando una tubería muestra un goteo ocasional, no hay que preocuparse excesivamente, pero cuando esa misma tubería ha sufrido una rotura y el agua sale a borbotones, no hay más remedio que actuar excepcionalmente: llamar al fontanero, cerrar la llave de paso, avisar al seguro…

Podemos multiplicar los ejemplos: no es lo mismo cuando en los años 60, un legionario traía un “caramelo de grifa” empetado en el culo, que cuando las mafias de la droga se han hecho con el control de determinadas zonas del Sur. En el primer caso, una bronca del capitán de la compañía bastaba para cortar el “tráfico”, en el segundo, como no se movilice la armada o se de a las fuerzas de seguridad del Estado potestad para disparar a discreción sobre las narcolanchas desde el momento en el que no atienden a la orden “Alto”, el problema se enquistará. De hecho, ya está enquistado. Y el problema es que hay que valorar qué vale más: la vida de un narcotraficante o la vida de los que consumen la droga que él trae, los derechos de un capo mafioso o bien el derecho de un Estado a preservar la buena salud de la sociedad. Si se responde en ambos casos que lo importante es “el Estado de Derecho y su legislación”, incurriremos en un grave error de apreciación. Esas normas, se han establecido para situaciones normales. Y hoy, España -de hecho, toda Europa Occidental- está afrontando situaciones excepcionales.

Vayamos a otro terreno: el que Ceuta y Melilla estén sufriendo desde hace 40 años un proceso de marroquinización creciente, puede ser fruto de la proximidad de ambas ciudades a Marruecos y al deseo de los sucesivos gobiernos de España de no empeorar las relaciones con el único enemigo geopolítico que tiene nuestro país, el “enemigo del Sur”. Pero, cuando se sabe que el narcotráfico en Marruecos está regulado por el majzén y por personas próximas al entorno de la familia real marroquí, uno empieza a pensar que la situación no es “normal”. Esa sensación aumenta cuando se percibe con una claridad meridiana que el Ministerio del Interior español no despliega fuerzas suficientes para cortar de raíz el narcotráfico con Marruecos y que, incluso, boicotea a los policías y a las unidades más eficientes en su tarea. Ítem más: lo normal hubiera sido, por ejemplo, que España mantuviera su política exterior en relación al Sáhara inconmovible (las políticas exteriores fiables son las que no cambian, nadie confía en un país con una política exterior oscilante y variable). Pero Pedro Sánchez la cambió en el peor momento: sabiendo que perjudicaba a Argelia, nuestro principal proveedor de gas natural. Y, además, en un momento en el que el conflicto ucraniano suponía una merma en la llegada de gas natural ruso. Pero lo hizo. Luego ha ido entregando créditos sin retorno, cantidades de material de seguridad, ha permanecido mudo ante las constantes reivindicaciones de “marroquinidad” de Ceuta, Melilla y Canarias. Y esto mientras el ministerio del interior se negaba a reconocer que la comunidad marroquí encarcelada en prisiones españolas es más que significativa o que el número de delincuentes magrebíes es en gran medida responsable del repunte solo en 2023 de un 6% en la delincuencia. O que Marruecos es el principal coladero de inmigración africana a España. O el gran exportador de droga a nuestro país: y no solo de “cigarrillos de la risa”, sino de cocaína llegada de Iberoamérica y a la que se han cerrado los puertos gallegos. Sin contar los viajes de la Sánchez y Begoña a Marruecos… Y, a partir de todo esto, podemos inferir que hay “algo anormal” en las relaciones del pedrosanchismo con Marruecos. Demasiadas cuestiones inexplicables que permiten pensar que se vive una situación en la que “alguien” oculta algo y no tiene más remedio que actuar así, no porque sea un aficionado a traicionar a su propio país, sino porque en Marruecos alguien podría hundir a la pareja presidencial sin remisión. Sí, estamos hablando de chantaje a falta de otra explicación.

¿Seguimos? Se puede admitir que los servicios sanitarios españoles apliquen la “sanidad universal” y que cualquiera que sufra alguna enfermedad en nuestro país, sea atendido gratuitamente. Aunque, de hecho, en todos los países que he visitado de fuera de la Unión Europea, este “derecho” no era tal: si tenía algún problema, me lo tenía que pagar yo, y en muchos, se me ha exigido entrar con un seguro de salud obligatorio. Pero, cuando llegan millones de turistas o cuando España se ha convertido en una especie de reclamo para todo africano que sufre cualquier dolencia, es evidente que la generosidad puede ser considerada como coadyuvante del “efecto llamada” y que, miles y miles de personas querrán aprovecharse de ello. Todo esto en un momento en el que para hacer un simple análisis de sangre en la Cataluña autonómica hay que esperar dos meses y para hacer una ecografía se tardan nueve meses, sin olvidar que hay operaciones que se realizan con una demora de entre siete meses y un año. Una vez más, lo que es razonable en períodos “normales”, es un suicidio en épocas “anómalas”.

Hubo un tiempo “normal” en el que el gobierno español construía viviendas públicas. Ese tiempo hace mucho -décadas- que quedó atrás. Hoy, ni ayuntamientos, ni autonomías, ni por supuesto el Estado están interesados en crear vivienda: han trasvasado su responsabilidad a los particulares. “¿Tiene usted una segunda residencia?” Pues ahí puede ir un okupa. En Mataró -meca de la inmigración en el Maresme- hay en torno a medio millar de viviendas okupadas. Así resuelve el pedrosanchismo el “problema de la vivienda”… Esta semana se me revolvieron las tripas cuando un okupa que había robado la vivienda de una abuela de ochenta y tantos años, decía con chulería a los medios que “conocía la ley de los okupas”. Eso es hoy “normal”, lo verdaderamente anormal es que los vecinos y el enjambre de periodistas que acudió a cubrir el “evento”, no hubieran expulsado al par de okupas manu militari y restituido la vivienda a la que había sido vecina de toda la vida.

Un penúltimo ejemplo: si un régimen autonómico podía ser razonable en 1977 para Cataluña o el País Vasco, lo que ya no fue tan razonable fue lo que vino después de la mano de UCD: “el Estado de las Autonomías”, una verdadera sangría económica que se podría haber evitado.
Hubo un tiempo en el que se reconocían más derechos (“fueros”) a las provincias que habían demostrado más lealtad; hoy, en cambio, son las regiones que repiten más veces en menos tiempo la palabra “independencia”, las que se ven más favorecidas por el régimen autonómico. También aquí ocurre algo anómalo.

Y ahora el último: si se mira el estado de nuestra sociedad, de la economía de nuestro país, del vuelco étnico y antropológico que se está produciendo con una merma absoluta de nuestra identidad, si se atienden a las estadísticas que revelan el fracaso inapelable de nuestro sistema de enseñanza, el aumento no del número de delitos, sino especialmente del número de delitos más violentos, a la pérdida continua de poder adquisitivo de los salarios, al salvajismo de la presión fiscal y a la primitivización de la vida social, a la estupidez elevada a la enésima potencia vertida por los “gestores culturales”, a la corrupción política que desde mediados de los años 80 se ha convertido en sistémica, unida al empobrecimiento visible del debate político y de la calidad humana, moral y técnicas de quienes se dedican hoy a la política o a las negras perspectivas que se abren para la sociedad española en los próximos años, y así sucesivamente… lo más “anómalo” de todo esto que la sociedad española no reaccione y que individuos como Pedro Sánchez sigan figurando al frente del país y de unas instituciones que cada vez funcionan peor o, simplemente, han dejado de funcionar hace años.

Vale la pena que la sociedad española empiece a meditar con el hecho de que, si aspira a salir de su estado de crisis, no va a poder hacerlo por la “vía normal”. El cáncer está tan extendido que, hoy incluso podría dudarse de la eficacia del “cirujano de hierro” del que se hablaba hace algo más de 100 años. Lo único cierto hoy, es que, para salir de situaciones excepcionales, hacen falta, hombres excepcionales dispuestos a asumir medidas de excepción y a utilizar, de manera implacable, procedimientos de excepción que no serían razonables en situaciones “normales”, pero que son el único remedio cuando las cosas han ido demasiado lejos.

Esta reflexión es todavía más pertinente en el momento en que se ha rechazado la petición de extradición formulada por el gobierno de El Salvador, de un dirigente “mara” detenido en España. La extradición se ha negado con el argumento de que en el país dirigido por Bukele “no se respetan los derechos humanos”. Bukele entendió lo que hay que hacer para superar una situación excepcional: en dos años El Salvador pasó de ser el país más inseguro del mundo a ser un remanso de paz, orden y prosperidad. Porque, en una situación “normal”, los derechos de los ciudadanos, están por delante -muy por delante- de los derechos de los delincuentes. Priorizar los derechos de estos por encima de los de las víctimas, es precisamente, uno de los signos de anormalidad.

Se precisa una revolución. Nada más y nada menos. ¿Para qué? Para restablecer estándares de normalidad (esto es, todo lo que fortalece, educa y constituye el cemento de una sociedad), excluyendo todos los tópicos que nos han conducido a situaciones anómalas y que han demostrado suficientemente su inviabilidad. “Revolución o muerte”… sí, o la sociedad y el Estado cambian radicalmente, o se enfrentan a su fin. Tal es la disyuntiva.








jueves, 12 de julio de 2018

365 QUEJÍOS (74) – LO REVOLUCIONARIO HOY ES SER NORMAL


Me quejo de que la modernidad ha generado tal alteración en la sociedad que, en el límite, al que hemos llegado en los últimos dos o tres años, no solamente se hayan alterado todos los valores, sino que los comportamientos canónicos que hasta ahora se consideraban “normales”, simplemente, han dejado de serlo. Y lo que es más significativo, resulta incomprensibles e intolerables para los promotores de la corrección política. Y esto nos ha llevado hasta el punto en el que hoy lo más revolucionario y contracorriente es, coño, ser normal. De eso me quejo.

En una conferencia, hace unos años, puse un ejemplo muy gráfico de lo que está ocurriendo: “Miren mi mano. Está cerrada. ¿Qué dirían si alguien les convenciera de que la muestro abierta? Seguirían diciendo que la mano está cerrada y que alguien está tratando, simplemente, de tomarles el pelo… porque la mano, véanla ustedes mismos y no se engañen, está cerrada”. Y esto tiene mucho que ver con lo que está pasando. El otro día en un debate televisivo en la primera cadena, a las 13:00, en la que todas sus protagonistas son mujeres de distintas  tendencias (ni un solo hombre… seguramente por aquello de que la “igualdad” es pura ficción) una de las tertulianas –ciertamente con mirada de trastornada- decía: “Hoy que los hombres quieran llevar falda o no es un debate interesante…”. Señora: esto no es Escocia, aquí los hombres  visten pantalones. Eso es lo normal.  Quien no acepte unas nociones mínimas de normalidad, está perdido y demuestra ser solamente un neurótico que, en lugar de ser tratado como tal, ve su obsesión “comprendida” y adquiere, inmediatamente, carta de ciudadanía como “una opción”: hombres con faldas, transexuales de quita y pon que tan pronto se operan castrándose como al día siguiente aspiran a volver a la mesa de operaciones para que les pongan testículos y picha de plexiglás (¿en el fondo, por qué no? ¿quién es la naturaleza para establecer el sexo con el que nacemos? El sexo se puede elegir como se elige el color de una camisa…).

Todo resulta comprensible, todo se acepta, todo es lícito porque todo es, en el fondo, un ejercicio de libertad y la libertad, como se sabe, solamente es tal cuando no tiene límites ni cortapisas. Así que si quiero casarme con una merluza o con un besugo puedo hacerlo y nadie podrá impedirme tener hijos que puedo adoptar en la lonja del pescado o en cualquier mercadillo de compra venta de niños africanos o asiáticos. No hay nada como mostrar lo absurdo de los extremos para empezar a vislumbrar el origen del problema. Y este origen es que se ha perdido la noción de “normalidad” en todos los terrenos.

¿Qué puede considerarse como normal? Lo que impone la naturaleza de la que nosotros mismos formamos parte de manera ineludible Ésta, por ejemplo, es conservadora (algo que el progresismo nunca le ha perdonado): la biología enseña incluso que ni siquiera los caracteres adquiridos se transmiten por herencia. Así que es preciso negar a la naturaleza. A esto se le llama titanismo: el Titán mitológico era aquel que emprendía una acción superior a él… y fracasaba allí donde el Héroe (la otra raza rival) triunfaba. Habitualmente, el Titán no medía sus capacidades ni la dimensión de la empresa en la que se embarcaba. Negar la naturaleza es mal asunto porque, como la mano que está cerrada, antes o después, la realidad se impone: yo no quiero “tener hijo”, quiero tener DESCENDENCIA de mi sangre y por la que discurra la sangre de sus antepasados. No quiero casarme con una merluza ni con un besugo, quiero casarme con una mujer. ¿Qué ocurre? ¿Qué no he encontrado al “hombre de mi vida”, que soy un “reprimido homófobo”? No, hombre, no: es que quiero que mi hijo salga del vientre de una mujer, no de una probeta, no quiero comprarlo al peso en un mercadillo persa, ni buscar un sucedáneo con un perro o un gato. Y, además, quiero hacerlo así porque es lo NORMAL. El Titán pretendía que la noche no siquiera al día, el “políticamente correcto” intenta otro tanto en nombre de “la libertad”. Pero lo normal es que el día suceda a la noche.

El ministerio de la verdad orwelliano ha actuado subrepticiamente a través de la UNESCO, la máxima difusora de los mitos políticamente correctos y de las ideologías de género. “La verdad es la mentira y la mentira es la verdad”. La mano que está cerrada, vamos a convencer a la masa de que, en realidad, está abierta. Hay que ser “libre” incluso de nuestros propios sentidos. Hay que destruir la idea de normalidad en todos los terrenos… Se aproximarán, pero no lo conseguirán. La especie humana tiene un rasgo que la distingue de los animales: dispone de conciencia de sí mismo y de la racionalidad. Borre usted al ser humano esos elementos y lo habrá convertido en un animalico. ¿Entendéis ahora porque las “ideologías de género” no pueden defenderse con argumentos racionales, sino que son los nuevos mitos de la modernidad, indiscutibles e intocables? De eso me quejo y por eso me siento más revolucionario que cuando quería incendiar el mundo con una tea: porque soy NORMAL.