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jueves, 7 de abril de 2022

EL MALDITO ALGORITMO DE PEDRO SANCHEZ Y EL NUEVO ORDEN MUNDIAL

 

La mascarilla es un mal recuerdo en toda Europa. En España sigue siendo una presencia necesaria en interiores. Tanto es así que, después de 15 días en Prusia (desde Yalta concedida en parte a Polonia y en una mínima parte a Rusia) soy consciente de que lo que más me va a costar reubicarme es la coña de la mascarilla. Pedro Sánchez ha dicho que estamos “próximos” a que deje de ser obligatoria, pero no ha explicado el por qué sigue siéndolo. Resulta incomprensible que después de degradar el Covid a una simple “gripe” (lo que algunos decíamos, desde el principio que era), la mascarilla siga siendo obligatoria en España. Todo se debe al “algoritmo”.

No vale la pena hacer más distingos: hoy el mundo está dividido en dos partes, los que aceptan los designios del “nuevo orden mundial” emanados por el Foro Económico Mundial (FEM) en su aspecto político-económico y por la UNESCO en sus vertientes culturales, y frente a ellos, los que rechazan todo esto en función de proyectos nacionalistas, populistas o simplemente opositores. El eje FEM-UNESCO difunde la corrección política, el neo-liberalismo, el mundialismo universalista y la globalización. Enfrente están un racimo de opiniones que, en buena medida, ni siquiera son conscientes de contra quién se están enfrentando: piensan, por ejemplo, que Sánchez es la peste (que lo es), pero que cuando llegue un gobierno de derechas, todo se resolverá. Y se equivocan, por que el problema es mucho más amplio y profundo.

O se está en un frente o se está en el otro. Y si se está en la oposición al frente FEM-UNESCO, como estamos conscientemente algunos, hay que estarlo hasta el final. Aquí, como en un embarazo, no cabe decir aquello de “es que estoy medio en cinta”. O se está o no se está y si se está contra el “nuevo orden mundial” y los designios del consorcio FEM-UNESCO, hay que estarlo radicalmente, esto es, apuntando a las raíces del problema, a las bases mismas de la ideología mundialista y de la globalización económica.

Porque hay que reconocer al adversario coherencia en su proyecto: un gobierno mundial, regido por los “señores del dinero”, gobernado políticamente por “algoritmos”, cuya base es la técnica y cualquier signo de identidad (personal, nacional, de género, social, antropológica y cultural) contradice el principio de la “igualdad” y dificulta la “homogeneización mundial”.

Frente a este “gran adversario”, las posiciones distan mucho de estar unificadas. Por ejemplo, hay antimundialistas que, sin embargo, son liberales. Hay nacionalistas de derechas que apoyan las mieles de la globalización e internacionalistas de izquierdas que, sin embargo, son antiglobalizadores. Hay opositores ateos y cristianos, y la mayoría de los unos están poco dispuestos a colaborar con los otros y viceversa, sin olvidar que el “materialismo” ya está en el campo opuesto o que un cristianismo a lo Bergoglio, es una parte más del frente FEM-UNESCO. La ventaja que tiene el frente mundialista y globalizador es que, a pesar de que también existen diferencias en sus filas, hay un acuerdo en no torpedearse mutuamente: ni un solo “señor del dinero” tiene el más mínimo interés, por ejemplo, por las ideologías de género, pero son conscientes de que el “género” es un signo de identidad, por tanto, torpedear el concepto de “Hombre” y de “Mujer” es bueno para sus intereses.

Bien, y a todo esto, ¿qué pinta Sánchez y el sanchismo en todo este fregado? Sánchez no es más que una de las traducciones posibles de la ideología FEM-UNESCO en España. Esta ideología -en la peor acepción del término “ideología”, es decir, como esquema cerrado de interpretación de un momento dado de la historia que se pretende extrapolar a toda la historia- irrumpió en el PSOE tras el “felipismo”: la izquierda española se dio cuenta de que el “socialismo”, la “socialdemocracia”, “la izquierda”, ya se habían quedado sin caladeros de votos al disminuir en número la clase trabajadora. Y llegó ZP, un tipo sin formación marxista, sin bases culturales de ningún tipo, un simple trepa que vendía “talante” y poco más. Su ideología había tomado forma al calor de las lecturas del “Correo de la UNESCO” (no es cierto, ni que fuera masón, ni que fuera un marxista con piel de cordero: era simplemente un vendedor de la nueva ideología soft, blandurria, tontorrona, buenista. Era ZP.

ZP seguía considerándose “socialdemócrata”. Pero llegó la crisis de 2007-2011. ZP y con él, el resto de la izquierda europea, se puso del lado del capital, de la banca y de los consorcios en crisis que se salvaron gracias a los dineros del Estado. Y entonces, en los años que siguieron, entre 2011 y 2020, se produjo la “gran mutación”. El “gran reseteo” del capitalismo no se produjo, como se ha dicho, después de la crisis del Covid, sino en la fase posterior de recomposición del panorama económico mundial tras la gran crisis económica iniciada en 2007.

Fue en esos años cuando se formó el “frente común” FEM-UNESCO y fue en esos años cuando se emprendió la lucha contra cualquier signo de “identidad”. El cerco se cerró: defender una opción nacional, afirmar un origen étnico o una impronta cultural, incluso considerarse “Hombre” o “Mujer”, pasaron a ser herejías. La historia, la filosofía, cualquier humanidad, incluso las matemáticas, se convirtieron en enemigas del objetivo igualitario final. La “igualdad” se había convertido en “homogeneidad”. El “poder mundial” no precisaba seres “libres e iguales” como decía la letanía aprobada desde la constitución americana: necesitaba individuos “homogéneizados y normalizados”, hechos a troquel. Sólo así viviríamos en un “mundo feliz”.

Sánchez, simplemente, se sumó a esta tendencia. O lo sumaron: es muy fácil comprar a un ambicioso sin escrúpulos, sin principios y sin otra cosa en la sesera que la ideología del trepa. Porque, Sánchez es eso y no es otra cosa: el problema es que no está claro si la “oposición” ha identificado al “enemigo”. Sánchez no es más que un mascarón, un pobre diablo, mentiroso, engañador, difuso, interesado solamente en mantenerse en el poder el máximo de tiempo posible. Nada de particular, otro político del montón. Pero no tengo muy claro que Feijó sea consciente de quién es el enemigo, incluso de que Feijó sea radicalmente diferente en su línea política a la de Sánchez. De hecho, ni siquiera tengo claro que dentro de Vox, esté completamente claro en todos los niveles de dirección, quién es el verdadero adversario y si el complejo FEM-UNESCO es señalado como el verdadero problema y no el botarate de Sánchez.

Y ¿qué tiene que ver todo esto con el “algoritmo”? Es muy sencillo: hoy el mundo lo gobiernan “algoritmos”. Y aquí debemos detenernos un momento para explicar lo que es un algoritmo: es una secuencia que trata de resolver los problemas más complejos de la forma más sencilla posible. Antes del algoritmo figuran solamente los datos de los que se parte, el IMPUT; después del algoritmo debe salir un resultado, el OUTPUT. Lo que hay entre ambos términos, es el algoritmo propiamente dicho, es decir, los pasos que se deben realizar para llegar, desde los datos iniciales, al resultado apetecido. A la hora de multiplicar, por ejemplo, 2 x 3, el IMPUT son el multiplicado (2) y el multiplicador (3), y el OUTPUT es 6, el algoritmo es las operaciones y pasos que debemos seguir. Hoy, nos movemos en un mundo en el que todo son algoritmos. Es posible que alguien no entienda que para multiplica 2 x 3 es preciso sumar 2 + 2 + 2, pero no importa: lo que importa es que el resultado siempre sea 6, aunque no se entienda el porqué debemos dar esos pasos intermedios. Y eso mismo es lo que le ocurre a Sánchez, el cree que debe dar 21.000 millones al “ministerio de la igualdad” para mantener contentos a sus aliados a Podemos hasta el final de la legislatura. Pero no es así: da los 21.000 millones para tratar como sea de atenuar las diferencias de género. Para eliminar la idea de “género”. Por lo mismo, destierra la filosofía y la historia cronológica de los programas de estudios, no porque, la ignorancia de las humanidades sea el camino más directo para terminar ignorando lo que es “Humano” y racional, sino porque cree que, si lo recomienda la UNESCO, debe ser porque es “bueno” para la humanidad y, de paso, porque le permite liberar horas lectivas para asignaturas inútiles o para entregarlas a las comunidades autónomas para lo que hagan de su capa un sayo.

El algoritmo manda. Ponga usted la tele: si ha intentado huir de los canales generalistas, se habrá abonado a alguna plataforma en streaming. Netflix, por ejemplo. Netflix se gestiona mediante un algoritmo que “sugiere” al abonado lo que le gustará y lo que encajará mejor con sus preferencias (según los “likes”, el me gusta o no me gusta, previos). Pero no es así: el algoritmo -y esto es lo esencial- no está hecho para favorecer al espectador, sino para amortizar las producciones del streaming… y, por tanto, está hecho para beneficiar al propietario de la marca. Los intereses del streaming están por encima y por delante de los intereses del espectador. Así, el propio streaming termina modelando los gustos del espectador. ¿Se entiende el proceso?

Si es así -y es así y no de otra manera- se entenderá que las decisiones adoptadas por Sánchez dependan esencialmente de algoritmos. La idea es que “el algoritmo nunca se equivoca” y que, si los resultados no se corresponden con lo esperado, no es por culpa del algoritmo, sino de una población todavía lo suficientemente hosca e ignorante, que ni siquiera sabe lo que le conviene. Si hoy en España la mascarilla sigue siendo obligatoria, no es porque sea necesaria, ni siquiera porque sirva para algo (dudo de que haya servido para algo más que para que respiremos nuestros propios residuos de CO2, se nos hayan empañado las gafas y nos hayamos hecho la ilusión de que estamos blindados ante el virus...), sin embargo, llevamos dos años con este “adminículo” inútil y que genera más problemas de los que resuelve. En Europa es un recuerdo, en España una presencia y, fíjense si está adocenado nuestro pueblo, que acaso más de un 50% de la población sigue llevando mascarillas en la calle, a pesar de que desde hace ya meses no es, ni siquiera obligatorio.

Sánchez lleva casi un mes diciendo que “dentro de poco” la mascarilla dejará de ser obligatoria. ¿Por qué sigue siéndolo? No, desde luego, por razones sanitarias. Ni siquiera por prevención. Sigue siendo obligatoria porque las noticias del conflicto ucraniano tapan cualquier otra información. Y de lo que se trata, para Sánchez, es de que la retirada de las mascarillas en interiores sea rentable desde el punto de vista de su popularidad

Y entonces volvemos al algoritmo: aplicado este, es fácil suponer que ha dictaminado que deberá esperarse a un momento de asueto, en el que dejemos de mirar las noticias de la tele para preocuparnos de nuestro ocio, las vacaciones de Semana Santa. Entonces dejaremos de preocuparnos por el conflicto ucraniano, Zelensky será solo un nombre raro de un tipo en camiseta caqui que lanza lamentos a diestro y siniestro, y si podemos ir en un avión, o en un tren, o entrar en una disco sin mascarilla, será la mejor noticia que algunos hayan recibido en dos años. Pero, el cerebro del elector es pequeño, no cabe mucha información: se trata de que la desgracia ucraniana no tape la “gran concesión” de Sánchez. 

Al igual que Netflix, el “algoritmo” no es utilizado por Sánchez en beneficio de la población, sino en beneficio propio. Este dato es fundamental y vale la pena no olvidarlo. Platón en La República ya había dejado escrito que en la “polis” no se dio un solo caso de un político que actuara contra sus propios intereses. La diferencia entre un demagogo ateniente del siglo VI a.JC y Pedro Sánchez, es que a este le basta con aplicar un algoritmo ante cualquier problema. Y a eso le llama “gobernar”.

 

domingo, 6 de octubre de 2019

Crónicas desde mi retrete (21) – TRUMP: UNILATERALISMO YES - GLOBALIZACIÓN NEIN


Vaya por delante que el que llega a presidente de los EEUU no es un tipo normal: es el que, durante toda su vida se ha preocupado por llegar al límite del sueño americano (ser más que nadie) y, finalmente, lo ha conseguido, a costa de no tener vida personal, a costa de aceptar el hecho de que no es él quien manda en su totalidad sino sólo en una parte (y que, por tanto, debe tener en cuenta a otros actores: el complejo militar-industrial, el complejo petrolero-energético, la voluntad de las sectas mundialistas y, claro está, el poder de la alta finanza, sectores con los que debe convivir y compartir el poder), y a costa de que determinadas decisiones le entrañen ataques inmisericordes de enemigos políticos y económicos. Eso es lo que le ha pasado a Donald Trump que -como en el caso de Putin- tiene luces y sombras.

La diferencia de calidad entre Putin y Trump con los presidentes que les han precedido en sus respectivos países, Eltsin y Obama, es tal que apenas merece comentarse. Putin logró reconstruir un país convertido en ruinas por el mal hacer de un alcohólico bendecido en Washington. Y, en cuanto a Obama, defraudó a los que creían que un presidente negro sería algo diferente a un esclavo del capital financiero multinacional. Al menos, Trump, desde el principio, planteó su programa político en términos mucho más realistas: reconstrucción de infraestructuras, relocalización empresarial e impulso de la economía nacional. Lo va cumpliendo.

A pesar de lo que la prensa tiene tendencia a pensar, en las pasadas elecciones norteamericanas, la “halcón” era Hillary Clinton y su insidiosa manía de amenazar y declarar la guerra a quien no cumpliera las exigencias democráticas: es decir, a quien no aceptara la globalización y el unilateralismo norteamericano como irreversibles. Para Trump, en cambio, la globalización era un problema en la medida en que EEUU debía afrontar la competencia desleal de otras potencias. Es decir, Trump sigue siendo “unilateralista”, pero desconfía de las mieles de la globalización, especialmente cuando la desregulación obliga a EEUU a estar en una mala situación en el mercado de algunos productos.

De ahí la “guerra comercial” con China y la multiplicación de aranceles que, por primera vez, esta semana, ha afectado a España. La primera medida, adoptada hace y meses, ha tenido como consecuencia de “desaceleración de la economía mundial”, es decir, del conjunto de intercambios comerciales entre los distintos países. Se tiene tendencia a pensar que ese es un índice fiable de la “salud económica” mundial. No lo es. Si cada país fuera autárquico, ese índice, tal como se concibe hoy, quedaría reducido a cero, pero eso no implicaría, necesariamente, que hubiera menos actividad económica mundial (sólo que ésta, en lugar de ser una cifra absoluta, sería la suma de la actividad económica de las distintas naciones).


No estoy muy seguro de que Trump tenga muy claro lo que es la globalización, lo que sí tengo claro es que defiende a la economía de su país y los puestos de trabajo. Eso es más que decir, “cerremos las fábricas de vehículos de los EEUU y traigamos coches de China o de India donde se fabrican mas baratos”, como también es más que decir: “convirtamos en leña los olivos del sur de los EEUU porque el aceite español es más barato”... Puedo entender a Trump y su política, lo que ya me resulta más difícil es entender la reacción del gobierno español.

Porque ante una subida de aranceles, la respuesta del otro país debe ser del estilo: “bien, no hay problema, pero, por cierto, el alquiler de las bases del Pentágono en España ha experimentado un repunte, o mire, Amazon tendrá que pagar un impuesto para trabajar en España”. ¿Qué la “guerra comercial” puede desembocar en “guerra política”? Evidentemente. A los aranceles contra productos europeos, se responde con menor participación de Europa en la OTAN, sin ir más lejos. ¿Y eso? Para reconocer que el mundo “unipolar” en inviable y que Europa apuesta por una política mundial multipolar. A fin de cuentas, una mesa se apoya mejor sobre cuatro patas que sobre una.

Pero, claro, todo eso perjudica a los grandes beneficiarios de la globalización cuyo terror es: ¿y qué ocurre si a la reimplantación de aranceles lleva al restablecimiento de fronteras para el movimiento de capitales? Eso sería el fin de la globalización. Y nos congratularíamos de que así ocurriera. El período de la globalización se inició con la caída del Muro de Berlín y la segunda guerra de Irak, llegó hasta el estallido de las subprimes, la crisis bancaria y la crisis de la deuda del período 2007-2012. Luego no se superó, se enmascaró: pero aquella crisis demostró que la globalización planetaria era imposible por la sencilla razón de que la Tierra es un planeta demasiado diverso y con muy distintos niveles de desarrollo para considerarla como un mercado único de producción y consumo. El suicidio mundialista ignoraba esta realidad y partía de la base de que lo ideal era un mundo uniformizado en el que, naturalmente, la economía fuera nuestro destino y la satisfacción de la cúpula de diosecillos de las finanzas se extrapolara al destino de toda la humanidad.

Por eso, cuando estalló la crisis de 2007 dijimos: no es una crisis puntual, es, más bien, la crisis de la globalización, “¿sistémica?” como le llamaron algunos. Lo sorprendente fue que nada se hizo para evitar que se reprodujeran crisis de este tipo: los paraísos fiscales siguieron siéndolo, la economía se desregularizó cada vez más, el capital financiero no encontró límites para migrar y extender sus sífilis, la deuda de los Estados aumento entre un tercio y el doble en apenas diez años… Y, finalmente, la inestabilidad económica ha ido reapareciendo: chispazos en Argentina, desaceleración en Alemania (en dos meses, recesión y, por tanto, recesión en todo el marco de la UE), disminución de la actividad económica mundial, guerra comercial con China, proximidad de nuevos repuntes en el precio del petróleo, etc, etc, etc. Y, en España, pensando en la sentencia del 1-O y en las elecciones del 10-N…

Tampoco me extraña que la figura de Trump sea objeto estos mismos días de un nuevo asalto por parte de los demócratas (en donde existe unanimidad globalizadora). Creo que fracasará, como han fracasado los anteriores, pero sería un error considerar que este ensañamiento se debe a los errores presidenciales y no a que sus medidas tienden a reducir los efectos de la globalización. Algo que la alta finanza internacional nunca le perdonará.

No sé de ningún partido que manifieste, clara y rotundamente, su oposición a la globalización y que contenga medidas para revertirla. Nadie, en ningún partido, piensa en un Plan B: un mundo que se haya desembarazado del mundialismo y de la globalización, sífilis ideadas en el siglo XIX, consagradas en 1945, construidas entre 1989 y 2007 y en crisis permanente desde entonces.