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miércoles, 29 de noviembre de 2023

EL PROBLEMA DE LA MONARQUÍA, EN LA ESPAÑA DEL PEDROSANCHISMO

1. Justificaciones doctrinales

Servidor se considera tradicionalista evoliano, ante todo y sobre todo. Julius Evola, como es bien sabido, envió tres o cuatro artículos a revistas publicadas por jóvenes neofascistas. Una embarcada, porque terminó en la cárcel y sentado en el banquillo de los acusados. Durante esos mismos meses envió decenas de artículos semanales a distintos medios monárquicos y siguió haciéndolo hasta su muerte. Solía colaborar con revistas monárquicas y se negaba a entrar en pleitos dinásticos, le interesaban solo “valores” y, en tanto que, tradicionalista, no podía ser sino monárquico

En el siglo XX hubo otro doctrinario monárquico que actualizó la temática que se había quedado atascada en las querellas dinásticas del XIX. Se trataba de Charles Maurras. En el primer tercio del siglo XX, la influencia intelectual de Maurras en los medios de la derecha nacionalista fue apabullante, incluso en España, tanto en los medios alfonsinos, como en el tradicionalismo carlista, como en el pensamiento joseantoniano e, incluso en el de la Lliga Regionalista de Cambó y pudo prolongar su influencia hasta el franquismo de los años 60.

Hoy mismo, he tenido ocasión de recordar con un investigador que está preparando el doctorado, que José Antonio Primo de Rivera y su círculo más inmediato (la llamada “corte literaria”) procedían todos de los medios monárquicos y todos, sin excepción, habían bebido de las fuentes maurrasianas. Ítem más: toda aquella corte intelectual madrileña trabajaba, tanto antes como después de la fundación de Falange Española, en medios de prensa monárquicos. Y, finalmente, reto de nuevo a alguien para que me cite una sola frase -una sola- en la que José Antonio se declarase antimonárquico o realizara alguna crítica a la monarquía. Y que nadie me venga con aquello de que la “monarquía feneció gloriosamente”, porque la frase, en sí misma, es tanto un elogio a la monarquía, como la constatación de un hecho histórico: no una crítica. La monarquía alfonsina no “feneció gloriosamente”: se ausentó sin dejar señas. José Antonio, simplemente, se dio cuenta en su gira como Secretario General de la Unión Monárquica Nacional, que el ideal monárquico en 1930 no atraía a los jóvenes. Eso es todo. Había -como se dice hoy- que cambiar el chip. Y lo cambió. Pero no abandonó el ideal monárquico exigiendo al secretario judicial que le tomaba declaración unos días antes de su fusilamiento “respeto para el que fue Rey de España”, cuando el funcionario se refirió a Alfonso XIII como “el Borbón”… Simplemente, consideró que había otras formas más atractivas para la juventud y propuestas más atractivas. De hecho, fue lo mismo que ocurrió en Francia, cuando, a partir de finales de los años 20, la Acción Francesa de Maurras empezó a tener disidencias a partir de las cuales se organizaron los grupos fascistas franceses, por los mismos motivos.

Harina de otro costal es el hecho de que los falangistas, a partir del incidente de Begoña y de encontronazos similares con antiguos “fascistizados” alfonsinos de Renovación Española (que, antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial, trabajados convenientemente por la Embajada Británica, se “desfascistizaran” y optaran por el bando aliado). De aquel rebote surgió el antimonarquismo falangista que todavía dura y que, desde luego, carece de apoyo doctrinal en las Obras Completas.  La rivalidad entre falangistas y carlistas, en cambio, era de otro talante, tanto antes como después de la guerra: habían colaborado con el SEU, incluso se habló de formar un “Frente Universitario” con los estudiantes católicos y las milicias falangistas y el Requeté, si rivalizaban en algo, fue en bravura, heroísmo y combatividad una vez estallada la guerra. La polémica antimonárquica entre falangistas, estalló inicialmente contra el sector alfonsino y juanista y por su actitud abiertamente aliadófila.

¿A qué viene todo esto? Respuesta: a que cada vez me siento más monárquico. Y explicaré los motivos. Si he recordado, en primer lugar, la opinión de Evola, el valor de las obras de Maurras o la falsedad del antimonarquismo de la Falange histórica, es para protegerme las espaldas de las incomprensiones que vendrán de mi propio ambiente político. Mi monarquismo no es una excentricidad, ni una opción extemporánea, sino la necesidad de volver a las fuentes y de asumir planteamientos políticamente válidos en la España de 2023. Está respaldado por el espíritu y por la letra de doctrinarios y referencias históricas.

2. Catolicismo, monarquía y el que suscribe

De la lectura de Maurras y de los clásicos del tradicionalismo español puede retenerse una primera idea a defender: el catolicismo y la monarquía han hecho a la nación española. Lo lamento por los antimonárquicos y por los paganos. España, desde la conversión de Recaredo hasta la muerte de Franco ha tenido al catolicismo y a la monarquía como constantes. ¿La república? De momento solo dos, la primera fugaz y caótica y la segunda algo más dilatada y también mucho mas caótica. Aunque el millón de muertos no fuera un millón, sino algo menos de la mitad, ahí están para recordarnos lo que fue aquel régimen. ¡Como para volver a intentarlo!

Y aquí quiero hacer un inciso. Soy agnóstico. Lo lamento, pero la fe, cuando se pierde es como la virginidad, que ya nada puede reconstruirla. He de añadir que los escolapios en los que estudié me hicieron así: estaban más interesados en difundir el programa del PSUC que en transmitirnos una visión católica de la vida. Ciertamente, mi paso por aquella malhadada escuela se produjo durante el Vaticano II cuando empezó la confusión litúrgica y el “cristianismo de izquierdas”.

Maurras, por cierto, era, también de concepción agnóstico, pero tuvo la suficiente honestidad intelectual como para reconocer el papel del catolicismo en la formación de Francia. El Vaticano, por cierto, colocó su obra durante unos años en el índice de obras prohibidas, para congraciarse con la Tercera República. Fue sin duda el golpe más duro que recibió el catolicismo francés en el siglo XX. No se recuperaría jamás.

Se puede ser agnóstico y objetivo. Por eso siempre he repetido que, aunque soy agnóstico, también reconozco el papel de la Iglesia en la formación de España. Además, tengo en cuenta que el catolicismo fue la religión de mis padres y de mis abuelos, cuya memoria he podido reconstruir hasta el 1500. Y, lo lamento, pero yo no puedo traicionar a mi sangre, ni voy a lanzar ninguna piedra contra el edificio de la Iglesia.

3. El “representante” y “los principios”

¿Y la monarquía? Con frecuencia he oído decir: “la monarquía de los Reyes Católicos, no es la misma que la de los Borbones”. O aquello otro del himno de las JONS: “no más reyes de estirpe extranjera”… olvidando que los Austrias eran tan extranjeros como los Borbones (y olvidando también, por cierto, que fueron los monárquicos alfonsinos los que pagaron todas las empresas periodísticas de Ramiro Ledesma). Sí, ciertamente los Reyes Católicos fueron los últimos “reyes españoles”, pero se trata de un falso argumento. Si Isabel II fue una catástrofe nacional y Fernando VII traicionó a todos los que podía traicionar, su padre un apático interesado solo por la caza y poco amigo de las tareas de gobierno, Alfonso XII fue un tipo melancólico y Alfonso XIII quiso intervenir en política, pero no lo hizo con suficiente lucidez… más vale no hablar de Don Juan Conde de Barcelona o de su hijo, Juan Carlos I. No fueron ejemplos de nada, ni siquiera de simple liderazgo. Pero -como siempre advierten todos los defensores de la monarquía- no hay que confundir el principio con sus representantes, la institución con sus representantes temporales.

Y, ya que estamos en esto: el Rey de España, aquí y ahora, Felipe VI, no es Juan Carlos I. De la misma sangre, pero no de la misma “pasta”. No hay sombras de corrupción en su entorno, ni rastro de aquellos amigotes de Juan Carlos I que componían entramados corruptos que, una vez desvelados, el amigo del alma que creían les iba a cubrir, los dejaba en la estacada; no hay ejemplos catastróficos de vida familiar, correrías locuelas con putones desorejados, abandono de tareas de Estado para arrojarse en brazos de una periodista suiza mientras un ploter firmaba leyes, el humillante papel que soportó estoicamente y con una dignidad difícilmente igualable la Reina Sofía, etc., etc., etc. Llevamos casi 10 años de monarquía con Felipe VI y justo es recordar que los peores hábitos de su padre no se han reproducido en el hijo.

Debo de agradecer al Rey Felipe VI que, en lo peor de la payasada soberanista de Puigdemont, recordara la importancia de la unidad del Estado, de la Sociedad y de la Nación, mientras Mariano Rajoy se limitada a judicializar el “procés”. ¿Podía haber hecho más? No según el Título II de la Constitución. Protestas a los “padres” de la constitución que relegaron la monarquía a mero símbolo sin poderes reales y sin margen alguno de actuación.

El cinismo de los “padres de la constitución” fue tal que, lo importante no eran las atribuciones que figuran en el texto constitucional, sino que cada atribución nominal tenía una restricción real para su ejercicio. El resultado es que la función a la que quedaba reducida la monarquía española era a refrendar automática y mecánicamente las leyes y los decretos emanados del gobierno, además de “símbolo de unidad”.

No se establece en lugar alguno de la constitución la posibilidad de que el Rey pueda ejercer un veto, precisamente porque ese era el pacto al que llegaron en 1978 los miembros de la “oposición democrática” con los “franquistas evolucionistas”: que no hubiera vencedores ni vencidos, aparentemente, que existiera una constitución como quería la “oposición democrática”, pero también una monarquía como defendían los “franquistas evolucionistas”… pero sin funciones reales y con un mero papel representativo.

Estaba implícito que si el Rey se salía del papel protocolario se rompían los pactos de la transición y la “oposición democrática” exigía referéndum sobre la república… Así de simple. Juan Carlos I, poco interesado en las tareas de gobierno, aceptó reducirse a “símbolo”. Y así ha quedado.

4. Lo que representa en 2023 estar a favor o en contra de la monarquía

Pero estamos en 2023, en uno de los momentos más negros de la historia de España. Al Rey es Felipe VI, nada puede reprochársele. A diferencia de Sánchez, al que se le puede reprochar todo y más, sumando cada día que pasa nuevos fracasos y cavando un poco más profunda su tumba política. La situación de España promete ser dramática en 2024 [ver los artículos sobre EL VERDADERO ESTADO DE LA NACIÓN en este mismo blog]. Como ha quedado demostrado sobradamente, Sánchez siempre termina cargando a otros con sus propios errores.

Felipe VI debe sentir ya en el cogote el aliento de Sánchez. Como todo presunto psicópata, Sánchez no tolera que nadie esté por encima suyo: lo suyo es lo primero, lo único, lo que debe colocarse ante todo y, sobre todo. Le molesta un protocolo que lo relega a la segunda fila. Le resulta imposible digerir que tantas y tantas veces, miles de españoles le hayan abucheado, para aplaudir acto seguido al Rey de España, que ha ido acumulando odio, resentimiento y deseos de venganza. Así es la tipología de todos los aquejados por este problema psicológico incurable.

Sánchez intuye que la próxima exigencia de los independentistas catalanes, tras la amnistía, el referéndum por la independencia (al que seguirá seguramente el indulto de Laporta por la cuestión de compra de árbitros a la hora de negociar los presupuestos del Estado… ¿apostamos?), será el referéndum por la monarquía… Es inevitable: el nacionalismo siempre quiere más y Sánchez no tiene más objetivo que mantenerse unos meses más en la Moncloa: así pues, deberá de ceder EN TODO. Su malformación psicológica le obliga a sacrificar a cualquiera para que él siga siendo el primero. (Recomendaría la lectura del post titulado PELIGRO: PSICÓPATAS ENTRE NOSOTROS, en este mismo blog. Parece un retrato de Pedro Sánchez a pesar de que fue escrito en los años 90…)

El problema que se plantea es muy claro: uno de los últimos rastros de la identidad nacional que quedan vivos es la monarquía, reducida a simple comparsa protocolaria y simbólica, sin poder político real… Y ahora pregunto: ¿Qué preferís la monarquía de Felipe VI o la futura república de los Puigdemont, de los Sánchez o de los etarras reciclados? No existe, en las condiciones actuales una “tercera vía”. Es así de sencillo: poner en la balanza una y otra posibilidad aquí y ahora y lo han representado ambas posibilidades en la historia de España. Y decidir.

Me da la sensación de que, cada vez más, el pueblo español, ya ha decidido: el 18 de noviembre las masas se dirigieron a la cueva de La Moncloa y hubieran llegado hasta las estancias de Pedro Sánchez de no haber enviado Marlaska a sus unidades antidisturbios más efectivas. Creo que la inmensa mayoría de aquellos manifestantes que fueron interceptados en plena autopista, no hubieran tenido inconveniente en vitorear al Rey Felipe VI sin que necesitara escolta policial… Pedro Sánchez -cuya expresión facial va cambiando a medida que pasan los días, cada vez más crispado, visiblemente adelgazado, siempre tenso- es, en estos momentos el hombre más odiado de España. No creo que nunca, en lo que le queda de vida, pueda pasearse por este país, ni él ni su familia, sin una escolta armada hasta los dientes… No es el “precio del poder”, es el “precio de la psicopatía”.

5. Una brizna de teoría “político-militar”

He empezado por un posicionamiento histórico y me gustaría acabar con otro político-militar. En todas las academias militares se enseña que la peor situación estratégica consiste en combatir en dos frente al mismo tiempo. Nunca se sobrevive a ataques desde los dos lados. Es lo que se enseña en las Academias Militares y lo que enseña la experiencia política.

El fascismo italiano fue, en un primer momento, la unión de socialistas intervencionistas, nacionalistas y futuristas para combatir a la izquierda anarquista, marxista y bolchevique. El nacional-socialismo alemán llegó al poder priorizando el ataque frontal contra la izquierda. Las teorías de los Strasser, cuando se aplicaron supusieron retrocesos en la lucha del partido y retrasaron el triunfo de la Revolución Nacional Socialista. Los fascismos históricos no esgrimieron nunca el “ni derechas, ni izquierdas”.

Falange Española, en cambio, sí lo hizo, a pesar de estar financiada por Renovación Española hasta la formación del Bloque Nacional. ¿De dónde procedía esa consigna? Es simple explicarlo: de los contactos que habían tenido con los “no-conformistas” franceses y concretamente con el grupo L’Ordre Nouveau que esgrimía esas consignas un par de años antes de que aparecieran en España.

Y era una consigna errónea. Porque no era una consigna “doctrinal”, formulada por teóricos que lo ignoraban todo sobre lo que es una estrategia política óptima: la doctrina falangista, como todas las variedades nacionales del fascismo genérico, incluía elementos procedentes de la derecha y de la izquierda, era un “pensamiento aglutinante” que incluía ideas procedentes de muy diversas fuentes. Pero esto es “doctrina”, no programa, ni mucho menos estrategia política. La “doctrina” se plasma en el platónico “mundo de las ideas”, pero, luego, al proyectarse sobre lo contingente se ve obligado a traducirse en estrategias políticas y es aquí en donde “luchar en dos frentes” es un error de bulto que ha fulminado a todas las formas de “tercerismo” antes o después.

Resulta mucho más razonable optar por elegir entre “enemigo principal” y “enemigo secundario”, esto es, entre el enemigo que constituye un peligro mortal aquí y ahora, ante el cual es necesario unificar fuerzas y orientar las baterías solamente hacia él. Destruido, ya habrá tiempo de ajustar cuentas con otros sectores. Mussolini se vio imposibilitado a hacerlo durante el Ventennio y solo rompió con la monarquía durante la República Social. Hitler, primer aplastó a la izquierda apoyándose en la derecha, para luego, en la “noche de los cuchillos largos” liquidar a la oposición de derechas, una obra maestra del maniobrerismo político.

Así pues, queridos amigos, os pregunta finalmente: ¿cuál creéis que es hoy vuestro “enemigo principal”? ¿El predrosanchismo o la monarquía española? Es más, incluso a la hora de definir a un “enemigo secundario”, todo induce a señalar a la derecha liberal y progresista, a lo Casado, como tal, no a la monarquía española cuyo margen de maniobra constitucional se reduce prácticamente a cero: un mero símbolo.

De hecho, resulta imposible establecer un programa de regeneración nacional sin exigir una profunda reforma constitucional que, entre otras cosas, debería de reforzar los poderes de la monarquía, su derecho de veto ante leyes y decretos aprobados por gobiernos que olvidan patriotismo, razón de Estado, ética y moral.

Yo no quiero un Rey que “reine, pero no gobierne”: quiero un líder que sea la conciencia nacional, habilitado por la constitución para decir a la clase política “las verdades del barquero”, para llamar al “pan, pan y al vino, vino”, un ejemplo para toda la nación, incluso para la clase política, que medie y modere, pero también que llame al orden, al que se le reconozca el derecho a tirar de las orejas a la clase política. Que una los tres poderes y que “recupere España”.


6. La leyenda indoeuropea del Rey Perdido

Una vieja leyenda indoeuropea, extendida a todas las monarquías), nos habla de un Rey apreciado por su pueblo (Arturo, Federico Barbarroja, el propio Don Rodrigo, etc.; ver artículo en este mismo blog: EL REY PERDIDO, UN MITO INDOEUROPEO. Amado por su pueblo, combatido por sus enemigos, un día desaparece misteriosamente. El buen pueblo no cree en su muerte, el buen pueblo proclama que está oculto, preparando a sus fieles para reaparecer en el momento de la batalla final contra las fuerzas del mal y ponerse al frente de sus leales. Yo quiero ese Rey. Quiero encontrar al Rey perdido. Quiero que marque el camino de la reconstrucción. Quiero que, si tiene que ser mujer, que sea como la Eowin, la princesa guerrera de Tolkien. No quiero una influencer de tik-tok o una habitual de la prensa del colorín…

*       *       *

Y por eso todo ello, defender a la monarquía española, hoy, supone mantener posiciones. Declararse “republicano” es BAJAR un peldaño hasta las mismísimas puertas del Hades mitológico, mientras que afirmar que se aspira a que una reforma constitucional reafirme y concentre poderes en la figura del Rey, supone SUBIR un peldaño hacia un modelo de gobierno estable que deje atrás la dependencia de la tiranía de los políticos corruptos, incapaces o enfermos mentales. Esa es la reforma constitucional que algunos queremos y que tiene como segundo objetivo, restar poder a la partidocracia (esa institución que ya no representa ideas sino intereses y que, en la práctica, representa solamente a sus propios miembros).

Dicho está y dicho queda.

 








 

lunes, 28 de septiembre de 2020

"NUEVO REY - NUEVA LEY". ANTE LA SITUACIÓN CRÍTICA FELIPE VI DEBE TOMAR LA INICIATIVA

La actual situación de España está caracterizada por siete contradicciones insuperables que han aparecido en el panorama y que no dejan lugar a dudas sobre la gravedad del momento que estamos viviendo y, lo que es peor, sobre la falta de perspectivas que tenemos por delante. El viejo refrán castellano dice “Nuevo Rey; nueva Ley”. Si Felipe VI quiere desvincularse de la herencia que ha recibido de su padre y de la genética de la rama española de los Borbones (que tocaron fondo con Fernando VII e Isabel II) debe de asumir este refrán como leit-motiv de su reinado. Vayamos primero a las siete contradicciones.

LAS SIETE CONTRADICCIONES PRESENTES
EN UNA SITUACIÓN ENDIABLADA

1) Contradicción entre la monarquía constitucional y el gobierno (lastrado por los republicanos de Podemos, pero que depende de su apoyo).

2) Contradicción entre el Estado Español y las comunidades autónomas que se definen como “naciones” y que aspiran a un Estado propio (Cataluña y en mucha menor medida el País Vasco).

3) Contradicción entre los partidos de centro-derecha y los de centro-izquierda que tiende a mantener la división histórica entre las “dos Españas”.

4) Contradicciones entre el poder central (gobernado por un partido) y los gobiernos autonómicos (gobernados por otros partidos que no son los del gobierno del Estado).

5) Contradicción entre los intereses del “eje franco-alemán” de la Unión Europa y los intereses de la “periferia europea” (en la que se encuentra España).

6) Contradicción entre la “España que trabaja y paga impuestos” y el binomio “España subsidiada por el gobierno parásito”.

7) Contradicción entre los “beneficiarios” de la globalización y del mundialismo y los “damnificados” por estos movimientos económico-culturales.

Las cuatro primeras contradicciones nos parecen demasiado evidentes para explicarlas.

La quinta deriva de la firma de los acuerdos del felipismo con la UE que, por sí mismos, liquidaron nuestra industria pesada y nos reservaron el puesto de geriátrico de Europa, zona de ocio con turismo y hostelería y desarrollo de la construcción: es decir, los sectores con menos “valor añadido”. A esto se unió el que, a los gobiernos posteriores, desde Aznar a Sánchez, se les ha ido tapando la boca con la caridad europea que ha bastado incluso para que, ni siquiera el sector agrícola haya salido beneficiado: se importan cítricos de Israel y del Magreb, mientras el “suelo” de la huerta valenciana está cubierto de naranjas que nadie recoge.

La sexta alude al paso de la “sociedad de los tres tercios” que hemos vivido desde los ochenta hasta la crisis de 2009-2011 (la formada por tres tercios parecidos en número: un tercio que vivía bien, trabajaba, cotizaba a la seguridad social; un segundo tercio que vivía a salto de mata, con períodos prolongados de paro, trabajos eventuales; y un tercer tercio que vivía en la indigencia, de las subvenciones y de la caridad pública), ha ido desapareciendo y hoy se vive lo que podríamos llamar “la sociedad piramidal de tres escalones”: un vértice pequeño formado por el gobierno, sus altos funcionarios, las élites económicas y las grandes fortunas que apenas pagan impuestos; una segunda franja más amplia en la que están todos los que tienen un nómina, mayor o menor, y viven de su trabajo; y una base, cada vez más amplia, de ni-nis, inmigrantes subsidiados, okupas, grupos que aspiran a vivir del salario social y cuyas necesidades se reducen a móvil-internet-fastos-porrito. La contradicción procede de que el grupo intermedio “financia” a todos los demás gracias a que su nómina permite detraer automáticamente impuestos.

En la séptima contradicción incluidos a todos aquellos que viven de la globalización (desde técnicos, propietarios y accionistas de empresas deslocalizadas, financieras, inversores de capital-riesgo, etc.), pero también a los que se alimentan del “mundialismo”, mediante ese régimen de subvenciones milmillonarias que se vierten sobre asociaciones que defienden ideologías de género, asociaciones que promueven los valores de la misma mundialización, la multiculturalidad y el mestizaje: están promoviendo una sociedad “ultra progresista”, que aspira a derribar cualquier resto de sociedad “tradicional”.

Ninguna de estas contradicciones son superables mientras siga la actual ordenación del Estado. Vale más que nos vayamos acostumbrando a que mientras se mantenga la misma situación, nada cambiará.

El problema es que las situaciones de crisis nunca posibilitan enderezamientos, ni “acuerdos nacionales” para planificar y establecer políticas más allá de las promesas electorales. Cuanto más profunda es una crisis y más contradicciones aparecen en el interior de un régimen, más se amplían LAS LÍNEAS DE FRACTURA. El hundimiento, a medio o largo plazo, resulta inevitable.

LA CRISIS DEL COVID-19 COMO
FACTOR DE EXTERIORIZACIÓN DE TODOS LOS PROBLEMAS

A partir de las últimas elecciones coincidieron varios elementos para dar lugar a una “tormenta perfecta”:

- Un vencedor electoral -Sánchez- con rasgos del psicópata de manual, con un ego sobredimensionado y patológico, más que cualquier otro presidente, sin prestigio, autoridad, ni siquiera mayoría parlamentaria, para gobernar.

- Un “Unidas Podemos”, en crisis, con pérdida de votos, con un electorado desmovilizado y con pérdida de impulso interior, consciente de que no tendrá una segunda oportunidad y que si no aportaba los votos parlamentarios que le faltaban a Sánchez para formar gobierno, difícilmente podrían pagar deudas, casoplones, asistentas y tren de vida al que se habían habituado los propietarios de la marca.

- Un centro-derecha fragmentado, con un Ciudadanos en crisis, un PP en pérdida de identidad que dudaba en jugar un papel de centro-derecha o de derecha-derecha, y un Vox que entonces todavía aspiraba a ser un PP(auténtico) y cuyos votos procedían sobre todo de este sector.

- Un nacionalismo catalán que seguía teniendo buenos resultados electorales y una presencia en Madrid superior a sus posibilidades reales en Cataluña y que seguía victimizándose, continuaba sin renunciar a la fantasía independentista y condicionaba su apoyo a Sánchez a cambio de unos euracos de nada y un indulto a los líderes indepes presos y un nuevo referéndum.

- Un nacionalismo vasco, más consciente tras el fracaso indepe catalán, de que no soplan vientos favorables en Europa para nuevas nacioncillas de calderilla y que era mejor preocuparse sólo por seguir manteniendo y mejorando el régimen autonómico actual, pero con una izquierda abertzale crecida por la necesidad que Sánchez tiene de sus votos.

El resultado fue el gobierno PSOE-Podemos… que nacía con la ambición de distraer al personal con reivindicaciones y leyes sobre temas de “palpitante actualidad”, a saber: legislar el “no, es no” y las relaciones de alcoba, dar un paso adelante con la eutanasia, otro más para rectificar la “memoria histórica”, disminuir la presión sobre las drogas, acelerar la llegada de Menas e inmigrantes y dejar que pasaran las semanas y los meses con la “mesa de negociación” paritaria Estado-indepes.cat. Y entonces llegó el Covid-19…

LOS RESULTADOS DE LA NEFASTA ACTUACIÓN
DEL GOBIERNO ANTE LA PANDEMIA

La sanidad estaba en manos de Illa, alguien SIN REMOTA IDEA de cuestiones sanitarias. Hubiera bastado que se aplicase la ley 33/2011, Ley General de Salud Pública. Y, claro está, que, desde el principio, se formara un grupo de expertos que realizaran recomendaciones y estudios previos. En lugar de eso, a partir de enero de 2020, en tertulias de mediodía de TVE1, diversos tertulianos indocumentados sembraban el pánico en la población. El gobierno, no hacía nada: quería que las feminitudas pudieran vociferar el 8 de marzo y que el éxito se rematara en el Día del Orgullo Gay siguiente. Pero una semana después, teníamos el virus encastrado en el país y circulando de norte a sur a velocidad de vértigo.

Y hoy vamos por los 31.000 muertos (o, más bien, entre 50 y 54.000 reales, lo que nos hace el primer país del mundo en número de muertos por 100.000 habitantes), con una segunda ola encima, la economía paralizada y sin perspectivas, y un gobierno:

- que se niega a una auditoría independiente sobre su gestión durante el Covid-19.

- que está aislado de la UE a causa de la presencia de Podemos.

- que desde enero anda perdido, sin hoja de ruta, sin recurrir a expertos.

- que está más preocupado por su permanencia en el poder que por la salud pública.

- que trata de aprovechar en beneficio propio la crisis sanitaria, mucho más que de resolverla.

- que no volverá a recibir subsidios europeos sin la llegada de los “hombres de negro”.

- que no confía más que en la difusión de una vacuna para normalizar la situación.

- que carece por completo de prestigio y autoridad para ser creído o seguido en sus consejos.

- y cuya gestión en todas, absolutamente en todas las fases de la crisis, ha sido caótica, amateur y nefasta.

LO QUE TENEMOS ANTE LA VISTA:
CRISIS ECONÓMICA -> CRISIS SOCIAL -> CRISIS POLÍTICA

Si alguien duda de que tenemos por delante el caos a seis meses vista, mejor que vaya a graduarse la vista. Es mucho más razonable pensar que, con o sin vacuna, esta crisis no se va a resolver en breve. Es más, se va a reproducir el mismo esquema que era fácilmente previsible en 2008:

- primero crisis económica

- después crisis social

- finalmente, crisis política.

En breve volveremos a tener a:

- Seis millones de parados en el horizonte (calculando buena parte de los acogidos a los ERTE que no volverán a recuperar jamás su puesto de trabajo), un 25-30% del pequeño comercio que cerrará para siempre.

- Caos económico motivado, sí, por el Covid-19, pero también y sobre todo, agravado por la particular estructura económica de España como “país de servicios”, con sectores de poco valor añadido como pivotes de la economía, especialmente, el monocultivo turístico. Sin olvidar que, a pesar de la previsión de la banca a la hora de conceder hipotecas, el parón general, ocasionará también convulsiones bancarias (de ahí las fusiones de estos días) y retirada de capitales procedentes de los fondos de inversión (que habían invertido en compra de pisos turísticos).

- Caos social con un sector creciente de la población viviendo de subsidios, con un gobierno que sigue manteniendo -por principio, por convicción y por interés- la puerta abierta a la inmigración, a pesar de saber que son los impuestos de las clases medias, los que van a pagar su estancia en España, con licenciados que escapen hacia otros horizontes más benévolos, con aumento de las patologías por uso y consumo de drogas y tranquilizantes, y, para colmo con una “izquierda marciana” aumentando tensiones con leyes estúpidas, intemperantes, fuera de lugar o, simplemente, inútiles.

- Caos político que se traducirá en un aumento de los votos de Vox y en una mayor polarización del electorado: de un lado las “fuerzas constitucionales” (desde Podemos al PP) y de otros las “fuerzas populistas”, en una situación parecida a la que se ha dado en Francia (a un lado los “republicanos demócratas” y al otro lado Marina Le Pen). Porque, el fracaso de la experiencia de Podemos taponará durante muchas décadas, el que pueda salir otra repuesta “de extrema-izquierda” a la crisis. Podemos ha sido la vacuna.

LA MONARQUÍA,
O PROMUEVE LA “NUEVA LEY” O DESAPARECE

Espero que todo lo anterior haya servido para lanzar una visión bastante realista y poco esperanzadora ante la situación. Nos estamos jugando, no ya el “futuro de España”, sino más bien la existencia misma de España. Y no lo digo porque los independentistas catalanes tengan la más mínima posibilidad de éxito (que no la tienen), sino porque una España encarrilada hacia el precipicio solamente tiene como futuro:

- el ser gobernada por los “hombres de negro” enviados por la UE (la caída de España precipitaría la de toda la zona Euro y el fin de la moneda única, dadas las dimensiones de nuestra economía), y

- el resignarnos a ser un país irrelevante en el que votar solo sirve para elegir los rostros que aparecerán en los telediarios, pero que no tendrán ni peso ni responsabilidad en el gobierno efectivo de la nación.

¿Es posible difundir un programa político alternativo y que, de paso, sea realista ¿en qué sectores podría apoyarse un programa de este tipo? Vamos a intentar responder a esta cuestión.

1. El “poder” es importante. La “Autoridad” lo es más.- Hace falta un gobierno que sea respetado por la población, por TODA la población, no solamente por los que creen que se van a beneficiar de él. Sánchez hoy carece por completo de prestigio y autoridad por mucho que salga en televisión. Si la gente lleva mascarilla por la calle, no se debe a que lo haya prescrito el gobierno, ni siquiera a la eficacia de esta defensa (o, más bien, falta de ella), sino a causa de las multas. Tener “autoridad” quiere decir difundir una consigna y que esta sea seguida por la población; tener, sólo, “poder”, quiere decir que una consigna se sigue por miedo a la coerción. Por tanto, hace falta un GOBIERNO QUE EJERZA EL PODER CON AUTORIDAD.

2.- Un gobierno de salvación nacional.- no una simple coalición para lograr una cómoda mayoría parlamentaria, algo que ya hemos visto demasiadas veces y en lo que Sánchez insiste una y otra vez (con el Frankenstein político formado por indepes.cat, batasunos, podemitas con coleta, moño o gafas, o bien lanzando cables hacia Cs). El horno, ahora sí que no está para bollos, ni para un parche más: nuestra sociedad, nuestra nación, están agonizando y basta salir a la calle para advertirlo. Afrontamos una situación de “máximo riesgo”, como individuos, como sociedad y como nación. Hace falta un gobierno como el que no hemos tenido en décadas y lo llamamos un “gobierno de salvación nacional”, no un simple gobierno de gestión.

LAS TAREAS DE UN GOBIERNO DE SALVACIÓN NACIONAL

Un gobierno de salvación nacional, fundamentalmente, debería abordar cuatro tareas:

1.- Afrontar la lucha contra la pandemia, revisando la gestión del gobierno Sánchez mediante un “comité independiente de investigación”, formado por técnicos y expertos en sanidad, nacionales y extranjeros.

2.- Afrontar una reforma decidida de la economía, planificando y estimulando, el desarrollo de sectores de mayor valor añadido e iniciando el desenganche de la economía de servicios (dependiente de la hostelería y construcción)

3.- Renegociación de los acuerdos con la Unión Europea y denuncia de los firmados por Felipe González en enero de 1986, asumiendo la defensa y promoción de nuestra agricultura y de nuestra ganadería.

4.- Cierre de fronteras con tolerancia cero a la inmigración ilegal, repatriación de todos los Menas que se encuentren en el Estado Español para reunirlos con sus familias en los países de origen, repatriación de inmigrantes que hayan delinquido en nuestro territorio (con pérdida de la ciudadanía española si la han recibido) y de inmigrantes que, desde su llegada en España, no hayan cotizado unos mínimos a la seguridad social.

5.- Reforma de la administración pública estableciendo las titulaciones y las competencias que deben tener todos aquellos que ocupen un cargo público, incluido el de presidente de gobierno y ministros, para evitar que por conveniencias políticas, amiguismo o nepotismo, se nombren altos cargos que lo ignoran todo sobre el sector que les ha sido encomendado. Disminución de los gastos de personal de la administración del Estado, de las comunidades autónomas y de los ayuntamientos.

6.- Devolución de las competencias de sanidad y educación de las comunidades autónomas a la administración del Estado.

7.- Juicios sumarísimos y castigos ejemplares por responsabilidades en casos de corrupción, malversaciones, mala gestión, de anteriores gobiernos desde el inicio de la democracia, empezando por los errores criminales cometidos en el tratamiento de la pandemia.

LAS VIAS PARA LLEGAR A
UN GOBIERNO DE SALVACIÓN NACIONAL

Es evidente que este no es un “programa electoral”, ni siquiera un programa que para cumplirlo baste el tiempo que dura una legislatura. Es un programa para sanar una enfermedad que se ha vuelto endémica y resolver lo que ya hoy es una CRISIS NACIONAL. Hay solamente dos vías para poner en práctica un programa necesario como éste:

a) La vía “constitucional”, es decir que surgiera del parlamento actualmente elegido, un acuerdo entre todos los partidos que se confundiera con un “gobierno de unidad y salvación nacional”. Pero, dada la fragmentación actual del parlamento, a la vista de las rivalidades, rencillas, desconfianzas y antecedentes de todos los partidos políticos e, incluso, a causa del bajísimo nivel cultural y profesional del actual parlamento, no se nos oculta que una opción así, por adecuada que sea, resulta también inviable.

b) La segunda opción es la “postconstitucional”, es decir, la formación de un gobierno de técnicos y expertos, con participación corporativa de sectores profesionales (jurídicos, sanitarios, defensa, universidades, colegios profesionales) y apoyada, desde la calle, por la sociedad civil, capaz de recuperar el prestigio de la tarea de gobierno, la Autoridad necesaria para el ejercicio del gobierno, lograr nuevos consensos y adoptar medidas mínimas para enderezar la situación y preparar la base de una nueva constitución.

Se podrá achacar a Felipe VI falta de iniciativa, los límites de su reinado son los impuestos por una constitución en la que se mantuvo la figura del Rey simplemente, como elemento decorativo. Con Juan Carlos I, los gobiernos se habituaron a que el Rey firmara y callara. Ahora, todo eso ha terminado: la monarquía juancarlista ha estado ligada íntimamente a la constitución del 78. Nuevo Rey, nueva Ley. El miedo de algunos monárquicos es que la discusión por una nueva constitución, desembocara en un referéndum entre monarquía y república. Y tienen razón: por eso el Rey Felipe VI tiene que entrar en liza y ya no puede quedar como un simple actor pasivo: TIENE QUE TOMAR LA INICIATIVA, a la vista de que los partidos nos han conducido a un callejón sin salida. Felipe VI debe asumir lo que se espera de un Rey:

- que sea el unificador de la Nación, ante partidos e indepes, ante las brechas sociales abiertas o que se abrirán.

- que sea la máxima Autoridad de la Nación, la persona que encarna los valores y la historia de la Nación, en lugar de ser una figura decorativa y un actor pasivo, el ejemplo para la Nación.

- que sea el defensor de la sociedad ante la rapacidad e incapacidad de los partidos políticos, que no opte por la “neutralidad” ante los errores de los partidos, sino que estire de las orejas públicamente a políticos incapaces e inútiles, evidenciados en el fracaso de la gestión pública, y no tenga miedo en dar la patada a los que lo merezcan.

- que tenga asegurado el nivel de vida para él y para sus descendientes, a cambio de ser ejemplo de valores cívicos para la nación,

y velen siempre por el respeto a la ley, la eficiencia en la tarea de gobierno como un centinela custodia una fortaleza.

No creo que un “presidente de la República” se viera libre de las luchas entre partidos, ni mucho menos que haya sido educado desde su infancia para el ejercicio de la más alta institución o que pueda encarnar los valores de la nación durante cinco años. No creo, por tanto, ni siquiera en la “república presidencialista”. Creo que, de la actual crisis solamente puede salirse, aprovechando la ocasión para plantear una reforma constitucional en profundidad que debe ser capitaneada y dirigida desde el Palacio de la Zarzuela (o que puede terminar dirigida contra la monarquía si, como resultado de la crisis política en la que desembocará la crisis social generada por el hundimiento económico, Podemos encuentra un caballo de batalla en la lucha por la República)

Si hoy existe una consigna con fuerza suficiente para enviar al gobierno del petimetre atildado con aspecto de figurín de rebajas y del impresentable con aspecto de porrero que cada mañana tarda más tiempo en arreglarse el moño y elegir pendiente en la oreja que en la higiene diaria, y para evitar que impresentables como estos vuelvan al poder es:

¡VIVA EL REY Y MUERA EL MAL GOBIERNO!