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viernes, 13 de diciembre de 2019

PARA ENTENDER MEJOR A LOS EEUU: LOS TRES GRANDES “DESPERTARES RELIGIOSOS” (4 de 4) – EL “DIOS” DE BUSH: RELIGIOSIDAD A LA CARTA


El «dios» de Bush: religiosidad a la carta

Pocos presidentes como Reagan y Bush han encarnado de una manera tan clara los valores de un Gran Despertar. Tiende a decirse que Bush es un accidente en la historia de los EEUU y que, solo la fatalidad, la acción de grupos de presión minoritarios que se convierten en mayoritarios a causa del alto absentismo electoral de la población y los extraños ataques terroristas del 11–S, han beneficiado su proyección nacional e internacional. No es así. Bush, lejos de ser un accidente en la historia americana, fue la encarnación de las fuerzas socio–político–religiosas que han creado los EEUU y que, por tercera vez se han manifestado con los cambios sociales que siguieron a los años sesenta. Antes que con Bush esas mismas fuerzas emergieron con Reagan, pero incluso en personajes tan distintos como Roosevelt, Carter, Lincoln o Washington, afloraban temporalmente con mayor o menor intensidad. En todos ellos, el mesianismo como destino histórico y misión de la nación americana, la simplicidad extrema y maniquea en los razonamientos y la existencia de un enemigo presentado inevitablemente como «eje del mal», ha hecho que la misma línea política emergiera una y otra vez. Si no hubiera sido con Bush habría reaparecido con cualquier otro.

Ahora bien, hay que reconocer a George W. Bush la importancia histórica de haber “descubierto” un enemigo. Si bien el mérito no le corresponde a él, sino a sus analistas de seguridad y, seguramente, a sus servicios especiales, lo cierto es que, desde 1990, la hiperpotencia americana se había quedado sin enemigo. La caída del comunismo le sumió en una profunda desorientación que los Fukuyama y Huntington intentaron disipar, pero que contribuyeron a enmarañar un poco más las dudas del stablishment norteamericano sobre quién era y dónde estaba su enemigo. Los providenciales ataques del 11–S crearon ese enemigo fantasma y, de manera aleatoria, para consolidar la presidencia de Bush que se basaba en una usurpación oligárquica y plutocrática, más que en la aritmética electoral.

En varias ocasiones, incluso en conversaciones privadas con dirigentes de distintos países, Bush ha reconocido que, de no haber tenido su revelación personal de Cristo, en este momento estaría tirado sobre la barra de cualquier bar de Texas. Bush era un «cristiano renacido» y compartía absolutamente todos los postulados de esta corriente que ya conocemos.

Si se prescinde de la naturaleza de estas creencias político–religiosas, se corre el riesgo de no entender absolutamente nada de la política exterior norteamericana. Ahora, con todo el bagaje que ya tenemos sobre los cristianos renacidos, comprendemos el porqué de la insistencia de invadir el territorio bíblico de Irak y la irracional y pertinaz persistencia en negarse a solucionar el conflicto árabe–israelí mediante el apoyo y el estímulo constante a las provocaciones de Ariel Sharon desde su irrupción en la explanada de las mezquitas (septiembre de 2000) hasta el asesinato por miembros del Mosad de un dirigente de Hamas radicado en Damasco, es decir, terrorismo puro y duro, al margen de cualquier interpretación del derecho internacional.

Lo que ocurrió fue que la América que ha heredado George W. Bush era un país en quiebra en todos los terrenos. La sociedad americana está sufriendo un proceso de fragilización que daba la razón al antropólogo Melvin Harris cuando en 1982 afirmó que EEUU está entrando en una guerra civil que será a la vez, racial y social y que, probablemente, siga al desplome de su economía a causa del desequilibrio en la balanza comercial. En 2003 aumentó la pobreza por segundo año consecutivo.


La tasa en el 2001 era de 11’7, al año siguiente pasaría al 12’1, esto es 34,6 millones de pobres con un aumento de 800.000 en apenas un año, a los que había que sumar 14 millones más en condiciones de extrema pobreza. El 16’7% eran niños pobres, esto es 12 millones, 400.000 más que en el 2001. Pero esto no había sido lo peor. Desde el inicio del milenio se fue afianzando la distancia que separaba a ricos de pobres: en 1985 una quinta parte de la población detentaba el 45% de la riqueza; en el 2001, habían acumulado ya el 55% de la riqueza. Solamente entre 1998 y 2001 la diferencia entre el 10% más rico y el 20% más pobre, hubo aumentado un 70% ¡en apenas tres años! Después de la crisis económica iniciada en 2007 estas distancias aumentaron todavía más
A pesar de ser un ex alcohólico, Bush y su administración han ido liquidando progresivamente programas sociales. En 2001, el propio Bush anuncio que la rehabilitación de alcohólicos y toxicómanos se realizaría, a partir de ese momento, no a través de programas de desintoxicación y reinserción social… ¡sino mediante la oración! Es previsible la catástrofe social que tendrá lugar en los próximos cinco años si se persiste en este insensato programa. La debilidad de la sociedad americana (la que detenta el mayor índice de analfabetismo real y estructural de todo el «primer mundo») se hará todavía más evidente y peligrosa. Al final del camino lo que espera a una política social de tal estilo es el desplome social. Pero hay más.

La sociedad americana, se ha dicho y repetido hasta la saciedad, es una sociedad extremadamente violenta. Doscientos millones de armas en manos de particulares generan una violencia inigualable en el espacio occidental e incluso en zonas degradadas del Tercer Mundo. El 2002 volvió a aumentar la violencia y los delitos cometidos: 11’8 millones, un 2’1% más que el año anterior. La cifra de asesinatos es insoportable: 15.980 al año, 44 al día. El número de violaciones es igualmente significativo por lo extrema: 90.491 violaciones al año en 2007, 245 al día. Y esto en un país que se jacta de tener un sistema que enfatiza el castigo penal del delito… pues bien, ni aun así.

En 2002 existían en EEUU, 2’1 millones de presos que representan una tasa desmesurada del 10 por 1000, diez veces más que en Europa. Ciertamente los afroamericanos que apenas representan el 13% de la población, aportan el 60% de los reclusos, dato a tener en cuenta. También en las tasas de pobreza los afroamericanos (después de 40 años de integración racial sin tregua) suponen el doble de la media nacional. Y en cuanto a la vigencia y generalización de la pena de muerte, tampoco ha supuesto un freno para el aumento de la delincuencia. La relajación e impreparación de los tribunales con jurado popular ha hecho que desde 1973 hasta 2003, un mínimo de 100 inocentes haya sido ejecutados. El propio Bush firmó en Texas, cuando era gobernador, 152 ejecuciones. Y, sin embargo, ahí estuvo sentado en el Despacho Oval de la Casa Blanca.

Está claro que EEUU está cambiando. Ya hemos visto que para que los dos Grades Despertares previos se han producido en situaciones de cambio acelerado. Ahora vuelve a aparecer uno de esos endiablados momentos de la historia en donde nada permanece por mucho tiempo sin mutar. El problema es si todas estas mutaciones van a ser «positivas» o «negativas» y si van a hacer avanzar a los EEUU, como ocurrió con los dos Despertares anteriores, o bien estos cambios van a debilitar al país y provocar un desplome interior (tal como pensamos).

Hasta la llegada de Reagan al poder, los presidentes de los EEUU, más o menos, tenían a gala mostrar sus convicciones religiosas. A nadie se le escapa que Clinton tenía muy poco de religioso y no lo habría demostrado de no haber sido por el caso Levinsky. Todos los presidentes de los EEUU, son sinceramente creyentes o simulan tener creencias religiosas. Habitualmente quienes si tenían tales criterios eran los ciudadanos de base. En contrapartida, la tensión religiosa estaba muy atenuada en la cúpula del stablishment, limitándose a ser una especie de atrezzo emotivo y sentimental en los discursos. Pero en las elecciones del 2000 todo esto cambia. Bush llega acompañado por una corte de intelectuales procedentes de la extrema–derecha conservadora ligada a los medios religiosos fundamentalistas y a los seguidores del filósofo y politólogo Leo Strauss. Estos núcleos confluyeron con otros grupos de presión tradicionales en la política norteamericana: el complejo militar–industrial, los petroleros y el lobby judío.


Mary Kaldor en su artículo Irak: una guerra sin igual (El País, 2 de abril, 2003) indicaba que  «la Administración de EEUU ha sido secuestrada por un grupo de ideólogos mesiánicos, que creen que pueden organizar el mundo según los intereses norteamericanos. Esta gente se compone de cuatro grupos que se solapan: individuos que participaron en la Administración Reagan y que sienten nostalgia de la lucha maniquea entre buenos y malos; representantes del complejo militar–industrial que saldrán beneficiados de la guerra y que han adoptado la fe en el poder militar; fundamentalistas cristianos de derechas; y defensores a ultranza de Israel». El historiador Gabriel Jackson, a quien ya hemos citado, reconocía en su artículo «La religión en la cruzada de Bush contra Irak» (El País, 24 de marzo de 2003)  «la importancia de la cristiandad bíblica como factor más destacable de la opinión pública en los EEUU». No es que Bush careciera de ideas, es que tenía «malas ideas»…

La «ideología» política de Bush, como la de Reagan ayer, pudo definirse en terminología europea como «reaccionaria». Intentaron seguir el camino marcado por Bill Graham y Jerry Falwell, inmediatamente después de los atentados del 11–S: revalidar la alianza entre Dios y su pueblo (EEUU) para que éste sitúe a los EEUU en el lugar que se merece como faro de las naciones. Volvemos a la doctrina del «destino manifiesto». Para ello, no es raro que el programa «social» que Bush propuso a la nación americana coincidiera en todo con el redactado por la Coalición Cristiana de Falwell: retorno de la religión a la escuela, protección a la familia, lucha contra el divorcio, el aborto, el feminismo y la homosexualidad. El gobierno Bush, evidentemente, no está formado «sólo» por fanáticos religiosos, pero estos si figuran entre sus rostros más conocidos. La revista El Viejo Topo recuerda que «La consejera de Seguridad Nacional, Condoleeza Rice, es hija de un predicador, el jefe de personal, A. Card, está casado con una ministra metodista, el secretario de Comercio, Don Evans, fue quien puso en contacto a Bush con la Biblia  el fiscal general, John Ashcroft, pertenece a un grupo extremista cristiano, lo mismo que el asesor Karl Rove. Un teólogo, Mike Gerson, escribe los discursos de Bush». Y el propio Bush fue ganado por los «cristianos renacidos» tras su experiencia con el alcohol y la cocaína.

En realidad, George W. Bush no hizo otra cosa que exasperar la doctrina Reagan, volverla más agresiva y directa y realizar «simulacros teatrales» de lo que Emmanuel Todd llamó la «estrategia del borracho»: dar miedo, fanfarroneando ante actores muy secundarios frente a los cuales la victoria está asegurada (el régimen talibán, el Irak de Saddam, el gobierno coreano o castrista…).

Diferente era la actitud de Reagan frente a la Unión Soviética que, efectivamente, tenía un potencial destructivo equiparable al de EEUU, un poder del que no disponen ni por asomo en los «estados fallidos» (Estados que han fracasado en su intención de organizar a la sociedad de una nación y han caído en manos de redes terroristas o de delincuentes) y «estados terroristas» (Estados controlados directamente por terroristas y que fomentan el terrorismo), integrados en el «eje del mal» tal como fue definido por Bush. Reagan hablaba del «Imperio del Mal» (el mundo comunista), Bush altera poco este concepto. El Viejo Topo terminaba su artículo explicando: «De la doctrina del eje del mal, con el cual no se negocia, derivan los rasgos característicos del equipo de la Casa Blanca: es dogmático en lo económico (ultraliberal) y en lo religioso (ultracristiano), inflexible con los enemigos, duro con los aliados si no son incondicionales (el odio a los tibios prescrito en la Biblia), prima la fuerza militar sobre la diplomacia (que cumple el secundario papel de arreglar los destrozos, no de evitarlos) y subordina la legalidad internacional a la estrategia nacional (sirve si es útil al proyecto de reforma moral y de expansión económica de la Casa Blanca; si no, es legal lo que lo favorece al Gobierno de EEUU). Inspirándose en la Biblia, la Casa Blanca reordena el mundo, dicta las nuevas prioridades, las nuevas normas, las nuevas jerarquías y las nuevas alianzas. Así parece que Dios es el artífice del nuevo orden mundial y que el Gobierno norteamericano es un simple instrumento de su voluntad». Con Obama no ha variado mucho estos planteamientos, tan solo han atenuado su carga fundamentalista, pero no sus contenidos, ni sus políticas.

Esta doctrina extraña y anómala, enloquecida, es una constante de la política norteamericana desde el período de los «Padres Fundadores».




martes, 10 de diciembre de 2019

PARA ENTENDER MEJOR A LOS EEUU: LOS TRES GRANDES “DESPERTARES RELIGIOSOS” (1 de 4)


Se ha dado en llamar “despertares espirituales” a las distintas oleadas de renovación en materia de religiosidad (o seudo-religiosidad) producidas en los EEUU durante los últimos 250 años. A pesar de tratarse de un fenómeno local, estos “despertares” han tenido repercusión en el resto del mundo, en particular, el último, el llamado “Tercer Gran Despertar Espiritual”.

Este “despertar”, el actual, se inició a mediados de los años sesenta del siglo XX nacieron y alcanzaron una creciente influencia en EEUU, lo que se ha llamado genéricamente “nuevos movimientos religiosos”. Casi todos ellos, hunden sus raíces en movimientos anteriormente existentes, pero, la novedad es que irrumpen con una fuerza inusitada que antes no tenían. Siempre, desde finales del siglo XIX, habían existido movimientos religiosos, más o menos, exóticos, pero solamente a partir de los años sesenta del siglo XX alcanzan un carácter masivo, se sitúan más cerca de las esferas de poder y lograron implantarse a nivel planetario. Siempre, así mismo, han existido movimientos evangélicos cristianos, pero hasta las dos últimas décadas del siglo XX, no influyen decisivamente en la política y en la vida social americana.

Algo está pasando en América que no somos capaces de percibir en su totalidad; algo que nos salpicará a todos; mejor dicho, que nos está salpicando ya. Estamos perdidos en pleno bosque y la vegetación nos impide tener perspectiva del paisaje global, pero lo cierto es que se está produciendo una renovación religiosa que, partiendo de EEUU, tiende a crear un “nuevo orden religioso mundial”. Es, seguramente, un efecto de la globalización, pero es, también, algo más que eso. Vale la pena recordar la importancia de estos tres “grandes despertares espirituales”.

El Primer Gran Despertar Espiritual Norteamericano

Gottlieb Mittelberger, un observador alemán que recaló en las colonias de nueva Inglaterra, expresó con claridad la situación en 1754; recordó que en Filadelfia existían 12 iglesias, pero también 14 destilerías de ron… En esa época bullía lo que se ha dado en llamar «Primer Gran Despertar» que, que finalmente, cristalizó de la mano de George Whitefield, un predicador carismático, llamado el «Gran Itinerante». No le costaba reunir a 10.000 fieles reclutados entre los baptistas y la periferia más extrema del puritanismo, lo que nos indica que, a mediados del siglo XVIII, las excentricidades religiosas ya recogían el fervor de un sector mayoritario de la sociedad americana. Whitefield realizó en 30 años, siete giras continentales y su actividad hizo crecer la influencia del puritanismo más extremo y excéntrico. Otros siguieron su obra dentro del marco del Primer Gran Despertar.

Se trató, ciertamente, de un «despertar espiritual», pero que tuvo orientaciones muy diferentes. De un lado, es innegable que tuvo una componente «iluminista». Tampoco en este terreno nada ha cambiado en la modernidad con respecto a la tradición religiosa de los EEUU. El «iluminismo» cree en la posibilidad de una brusca comprensión de la verdad, mediante un diálogo directo con Dios. En este diálogo el síntoma más significativo es la caída de un velo y la percepción intuitiva de una nueva realidad. Uno de sus predicadores, Samuel Jhonson, lo había expresado magistralmente cuando definió lo que sintió al leer una obra de Francis Bacon: «me había sentido como aquel que emerge de las sombras y se encuentra de pronto con la luz de un día soleado». Este tipo de experiencias eran consideradas como «liberadoras» y, no hay absolutamente nada que separe esta visión de la que mantienen los «cristianos renacidos» en los EEUU desde los últimos años del siglo XX.

Pero lo importante es recordar también la otra tendencia del Primer Gran Despertar. Samuel Jhonson fue, así mismo, primer presidente del King’s Collage. Otro predicador puritano y congregacionista, Eleazar Wheelock fue, también, fundador de una escuela para niños indígenas que luego se convirtió en la Facultad de Dartmount especializada en estudios de los clásicos. Esta segunda tendencia del Primer Gran Despertar tuvo una repercusión particular en el terreno formativo y educativo y repercutió en el contenido mismo de las enseñanzas. Además, a partir de 1785, los anglicanos de Boston adoptaron una teología no trinitaria y se convirtieron en la primera «iglesia unitaria» de Norteamérica. A partir de ese momento, aparece un nuevo tipo de confesión religiosa que ya no tiene absolutamente nada que ver con las europeas.

El resultado de este Primer Gran Despertar, previo a la lucha por la independencia de las colonias y que allanó el camino hacia este proceso, fue la constitución de una nueva forma religiosa basada en cinco puntos:
1) énfasis en la predicación,
2) ausencia casi completa de clero,

3) liturgia reducida a la mínima expresión,

4) aumento del valor de la experiencia individual y

5) moralismo como eje central aplicado a la vida cotidiana y a la enseñanza.
El logro fundamental fue que el Primer Gran Despertar dio una identidad común a todos los núcleos de población dispersos por la Costa Este. Hasta entonces, cada comunidad parecía aislada de las demás y tenía inevitablemente a una secta religiosa como corriente mayoritaria. Cada colonia era un mundo aparte y estaba vinculado con el exterior sólo a través de Londres. Con la aparición del Primer Gran Despertar, se forma una conciencia colectiva, se establece un denominador común, autónomo y autosuficiente, alejado de la metrópoli. Es significativo que, en realidad, Whitefield, predicador itinerante recorriera todas las colonias de forma incansable. Cuando murió, fue el primer norteamericano recordado tanto en Georgia como New Hampshire. Whitefield fue la primera figura pública «norteamericana». Gracias al Primer Gran Despertar y a sus predicadores las colonias comprendieron lo que tenían en común.

Como hemos visto, el Primer Gran Despertar espiritual norteamericano daría lugar al movimiento que cristalizó en la independencia nacional. A partir de ese momento, se inicia un período de rápido desarrollo económico, afluencia masiva de inmigrantes europeos que huían de las guerras napoleónicas y de los destrozos de la Revolución Francesa, y un espectacular crecimiento demográfico que hacía necesaria la producción de bienes en cadena.


El Segundo Gran Despertar Espiritual Norteamericano

Mientras todo este proceso socio-económico se activaba, los valores de Norteamérica, especialmente religiosos, seguían vivos. Pero a partir de 1790, cuando la lucha por la independencia empezaba a quedar atrás, apareció una nueva forma de religiosidad que ha dado en llamarse «Segundo Gran Despertar». Todavía harían falta 200 años más para que se generase el «Tercero», que prosigue todavía en nuestros días.

Ya ese Segundo Despertar tuvo como instigadores a predicadores itinerantes que organizaban grandes asambleas públicas generando histeria colectiva y crisis liberadoras para muchos asistentes. El movimiento irradió a partir del Estado de Kentucky. Los predicadores excitaban hasta el frenesí a los asistentes situándolos en una especie de trance profundo e innegable. En el punto culminante, algunos de los presentes caían al suelo con un grito penetrante, se convulsionaban, movían la cabeza de un lado a otro vertiginosamente y luego parecían como muertos. Algunos caían en una risa espontánea e irrefrenable, pero, en absoluto, contagiosa; en otros se producían extraños fenómenos paranormales, el sujeto, tras danzar, parecía estar ausente con una sonrisa beatífica en el rostro. Los había que «huían por miedo» según un testigo, y otros cantaban «con el cuerpo», sin que el sonido surgiera de sus labios. Puede parecer algo extraño, e incluso alguien sospechará que las descripciones están falseadas, pero, en realidad, nada de lo dicho es diferente de lo que ocurre, aquí y ahora, en las asambleas de los «cristianos renacidos», ni en sus principios, ni en su fenomenología.

Este movimiento, que alcanzó a prácticamente toda la sociedad norteamericana, generó las grandes organizaciones religiosas específicamente norteamericanas en los años siguientes: cuáqueros, mormones, e incluso al movimiento dietista del doctor Kellogg, ya en la segunda mitad del siglo. El Segundo Gran Despertar duró casi 75 años y condujo directamente a la Guerra de Secesión.
En buena medida, el desencadenante emotivo de la guerra fue la novela de Harriet Beecher Stowe La Cabaña del Tío Tom. El libro presentaba una situación de inhumanidad con la que eran tratados los esclavos y no se correspondía absolutamente en nada a la realidad. De hecho, la Beecher jamás había viajado al Sur y todo lo relativo a los suplicios y crueldades a los que eran sometidos los negros, salió de su imaginación. Se trataba de una fanática presbiteriana que creía que el espíritu del Segundo Gran Despertar era imprescindible para la formación de la conciencia nacional americana. Pensaba que la sociedad de su tiempo vivía una fuerte corriente materialista que sólo podía ser contrarrestada mediante la práctica religiosa intensiva y enérgica. Religión, política y cultura debían caminar al mismo paso y ser hijas de la misma matriz, sostenía la Beecher. La única forma, para ella, de alcanzar esa meta era realizando un esfuerzo mesiánico que tensara las cuerdas de la sociedad americana y le diera un nuevo impulso. Ese esfuerzo era la conquista del Oeste (había dicho «está claro que el destino religioso y político de la nación habrá de decidirse en el Oeste»). Para ella, solamente el «evangelismo» podía unir a los hombres y mujeres de la frontera en un mismo ideal. Lo que entendía por «evangelismo» era exactamente el mismo concepto que hoy tenemos de «fundamentalismo cristiano». Y si era preciso movilizar conciencias contra el Sur en nombre de la lucha contra la esclavitud, no iba a reparar en los costes y en el dolor que generaría esa iniciativa: simplemente, para ella, la guerra civil era necesaria por el bien de Norteamérica.

En aquel momento, las dos confesiones más arraigadas eran los metodistas, confesión más extendida en 1844, seguidos por los baptistas en el sur. Pero, a partir de entonces aparecieron los movimientos escatológicos y milenaristas que hoy, nuevamente, han recuperado la iniciativa con los «cristianos renacidos».

En 1818, William Millar, un baptista del sur, estudió detenidamente los textos bíblicos y concluyó que el mundo terminaría en 1844. Reclutó a miles de seguidores. Llegada la fecha, nada ocurrió. Para la mayoría de sus fieles se produjo la «gran decepción», pero no así para un grupo de ellos instalados en Battle Creek que pasaron a llamarse Adventistas del Séptimo Día. Desde allí irradiaron a todo el mundo, hasta nuestros días, y se convirtieron en el centro de un imperio vegetariano desde que el doctor John H. Kellogg se hizo cargo del lugar.

Kellog basaba su teoría nutricionista en el desayuno con cereales. Parece banal, pero insertaba su estudio en las raíces culturales norteamericanas. La popularización de los cereales estaba, para Kellog, cargada de virtudes morales. Su mentora, Ellen Harmon, había tenido de adolescente un éxtasis místico en la que «vio» la santidad de los alimentos del desayuno. Gracias a los copos de maíz, los Padres Peregrinos del Mayflower habían salvado la vida; nada como el maíz era más norteamericano. De hecho, lo cultivaban los indios, pero, inicialmente, era inexistente en Europa. El maíz era un regalo de Dios y no podía ser un azar el que se lo hubieran encontrado los colonos. A partir de este principio visionario, el doctor Kellog utilizó todo su saber y sus artes de business management, para justificar y promocionar el consumo de copos de maíz. Si los movimientos religiosos del Segundo Gran Despertar, volvieron a emerger en los años 80, en forma de «cristianos renacidos», el movimiento de Kellogg se reencarnó en los distintos sectores de la New Age.

De aquel Segundo Gran Despertar surgieron, igualmente, los mormones. Fue mucho lo que aportaron a la conciencia nacional americana. De hecho, Joseph Smith, su fundador, proporcionó a América «raíces históricas profundas». Lo de menos era que se trataba de pura invención, lo importante es que, Norteamérica, a partir de Smith era, como mínimo tan «antigua» como la Vieja Europa.

Lo que nos cuenta Smith es que, en 1827 «un ángel», Moroni, le había revelado el emplazamiento de unas planchas de metal en las que estaba escrito la historia de una de las tribus perdidas de Israel. Gracias a unas piedras, Urim y Thurim, y a la colaboración de otro ángel, logró traducir el texto que, editado con el nombre de Libro de Mormon, describe la historia de un pueblo precolombino procedente de la torre de Babel, que cruzó el Atlántico -¡en barcazas!- y logró sobrevivir en el nuevo mundo. Así que «América» procedía, no de la oleada de navegantes y descubridores del siglo XV-XVI… sino del período incierto, pero, en cualquier caso, remoto, de la Torre de Babel. En el 384 de nuestra era, Moroni, hijo de Mormon, enterró las tablas que luego Joseph Smith «descubriría» y que, por cierto, nadie más que él logró ver. Esta locura colectiva logró asentarse y modelar el Estado de Utah hasta nuestros días, sin duda, hoy uno de los Estados más prósperos de los EEUU; allí la influencia mormona sigue siendo absoluta.

En el curso de este Segundo Gran Despertar norteamericano, aparecieron conceptos e ideas que venían de Europa en las valijas de los inmigrantes, pero que solamente en EEUU llegaron a convertirse en verdaderos movimientos de masas.

Del místico sueco Emmanuel Swedemborg y de los 38 densos volúmenes de sus escritos, emanaron las sectas más exóticas. Así mismo, fueron extremadamente bien acogidos el mesmerismo y la homeopatía que encontraron en el territorio americano su tierra de promisión. El hijo directo del messmerismo, el espiritismo, fue un producto típicamente americano que irradió a partir 1847 generando fenómenos de histeria colectiva en los que los protagonistas, mediums, afirmaban ponerse en contacto con «entidades desencarnadas» (almas de los muertos). Robert Owen, hijo del famoso socialista utópico inglés, pronunció una conferencia sobre este tema en la Casa Blanca, ante el escepticismo de Lincoln y la adhesión entusiasta de su mujer. Ésta, tras el asesinato del presidente, recurrió a médiums y técnicas espiritistas para comunicarse con él. En 1870, los espiritistas tenían 11 millones de adeptos en EEUU.

El pragmatismo norteamericano y la tendencia al misticismo de pacotilla, dio como resultado una nueva formulación religiosa basada en la aplicación práctica y utilitaria de los principios religiosos. Lo que aportó el Segundo Gran Despertar, fue la conciencia de que «no hay problema, por grave que sea, que no tenga solución». Cualquier enfermedad, por terrible y destructora que sea, puede curarse mediante la fe. Es la «auto-ayuda» (¿les suena el término?) llevada a sus últimas consecuencias. Esta corriente tuvo en Mary Baker Eddy a su principal exponente. Aquejada de dolores terribles que ninguna medicina oficial lograba paliar, fue, finalmente, curada por un tal Quimby, que practicaba el mesmerismo, una forma de curación mediante una mezcla de imposición de manos e hipnosis. A partir de ahí, intuyó el origen mental de cualquier dolencia y creó su propio sistema de curación espiritual basado en el principio de que toda realidad está en la mente y cualquier otra cosa es pura ilusión, tal como, por lo demás, afirmaba Swedemborg.

Pero este Segundo Gran Despertar y sus procedimientos de «autoayuda» debían de tener todavía otro profeta, junto a Mary Baker, el doctor Kellog, Joseph Smith y los adventistas, etc., se trataba de Ralph Waldo Emerson cuyos libros y tratados sobre el carácter han inspirado a generaciones de buscadores de textos de «auto-ayuda». Emerson era un utopista que promovió una comunidad que terminó en bancarrota. De él quedan sus libros reutilizados en sucesivos tratados editados desde entonces (mediados del siglo XIX, hasta nuestros días). Y aún hubo más.

Los emigrantes alemanes, ciertamente influidos por los socialistas utópicos, crearon comunidades florecientes como la Harmony de Pensilvania. Eran pietistas y proponían la confesión auricular, pero eran hábiles trabajadores y hubieran logrado perpetuar sus comunidades de no ser por que rechazaban el matrimonio y la procreación. Evidentemente, tenían “fecha de caducidad” y, en apenas una generación, se extinguieron. Otra de estas comunidades, la de Oneida, realizó experimentos avanzados y «sicalípticos». Practicaban el amor libre, el «matrimonio complejo» (decidido comunitariamente) y, finalmente, educaban a sus hijos como en los kibbutz actuales.

Todo este enjambre de sectas y confesiones exóticas cristalizó en el gran hallazgo de América: el impulso dado al sistema educativo. Educación es, ayer y hoy, progreso. A mediados del siglo XIX, ya existía un denso tejido educativo, público y privado, en los EEUU. El Estado se había hecho cargo de sostener económicamente la educación de millones de niños y adolescentes. Las escuelas públicas no estaban controladas por ninguna secta religiosa, pero extendían valores religiosos: para ellos, religión y educación eran terrenos inseparables. Pragmáticos, como siempre, intentaron que, más que una forma de culto, la educación difundiera una forma de comportamiento y actitud social, que luego, los padres, en el hogar, podían o no fortalecer.

Decir que aquello era una balsa de aceite religiosa es completamente inexacto. Las tensiones dramáticas en materia espiritual existieron desde los comienzos de la nación americana. No hace falta aludir a la «caza de brujas» que tuvo lugar en Salem en el siglo XVIII y que evidenció hasta dónde podía llegar la histeria colectiva y lo mínimos que podían ser los desencadenantes. En esa misma época, Thomas Merton quien intentó llevar a EEUU la costumbre pagana de la fiesta del «Palo de Mayo» se hizo acreedor de la persecución por motivos religiosos.

A partir del primer cuarto del siglo XIX, empezaron a llegar de forma masiva inmigrantes irlandeses, esto es, católicos, que encajaron mal con este panorama religioso. En los veinticinco años que siguieron, establecieron diócesis por todo el territorio de los EEUU y a partir de 1834 tuvieron que afrontar campañas anticlericales procedentes de distintos sectores evangélicos y masónicos. Aparecieron panfletos difamatorios, especialmente contra los conventos. No faltaban, al igual que en la literatura anticatólica europea, elementos pornográficos que colocaban un punto de picante en el relato. Tuvieron inmenso éxito. En 1834, un convento de monjas ursulinas fue incendiado en Boston. No hubo tribunal capaz de condenar a los instigadores y, hasta los propios jueces, estaban convencidos de que se asesinaba a niños ilegítimos en los inexistentes calabozos subterráneos del convento.

También apareció el temor a una «conspiración católica» destinada a conquistar el valle del Mississippi, dirigida por el Papa y el emperador austriaco. Escritores notables (Lyman Beecher o Samuel Morse) afirmaron que los emperadores europeos enviaban a América a sus súbditos para que se apoderaran del país. Era cierto que los inmigrantes católicos aceptaban salarios bajos y rompían el mercado de trabajo, pero era incuestionable que la riada migratoria no estaba inducida por ningún «centro oculto» de poder europeo. De todas formas, esta tendencia al «conspiracionismo» ha estado, a partir de entonces, implícita en un reducto de la población norteamericana que siempre ha integrado cualquier acontecimiento en su particular visión del mundo, por irracional que fuera. Aún hoy, en la América profunda, se cree que la ONU es una conspiración comunista destinada a esclavizar a América y quienes justifican este criterio no tienen dificultades en encontrar una amplia panoplia de argumentos paranoides…

Desde la autora de La Cabaña del Tío Tom hasta los conspiracionistas anticatólicos, pasando por los mentores del movimiento cuáquero, los mormones, los adventistas, los messmeristas, espiritistas, nutricionistas, etc., lo que se había creado era una propia «religión nacional» que influía decisivamente en la vida norteamericana y en la formación de la mentalidad y el carácter a través del sistema educativo público. Ciertamente, esta religión era indefinida, carecía de un culto único e incluso sus enfoques eran radicalmente distintos… pero coincidían en su rechazo a la esclavitud. Sin embargo, la esclavitud era tan antigua en Norteamérica como el gobierno representativo. Efectivamente, había aparecido en 1619 cuando un navío holandés llevó a los primeros esclavos al territorio de las colonias de Nueva Inglaterra.

Progresivamente, a lo largo del segundo tercio del siglo XIX, pudo comprobarse que el esclavismo y el espíritu religioso eran altamente incompatibles y terminaron desembocando en la guerra civil. No en vano Paul Jhonson dice en su Historia de los EEUU: «el Segundo Gran Despertar, con su aguda intensificación de la pasión religiosa, significará la sentencia de muerte de la esclavitud, del mismo modo que el Primer Despertar había firmado la sentencia de muerte del colonialismo británico».

Una vez terminada la guerra civil, América irradiará poderosamente, primero en Centroamérica (guerra contra México e intervención en distintos países centroamericanos, directamente o mediante “filibusteros”), después en el Caribe y el Pacífico (guerra contra España), para luego proyectarse sobre Europa (con las dos guerras mundiales), sobre el sudeste asiático (frustrada intervención en la Península Indochina) y más tarde sobre Oriente Medio y Asia Central (directamente o a través de la alianza privilegiada que EEUU mantiene con el Estado de Israel). Es indudable que esta expansión tiene una motivación fundamentalmente geopolítica y económica, pero el gran hallazgo de Norteamérica ha sido justificarla, no en función de las ambiciones territoriales o la intención manifiesta de depredación económica, sino por argumentos éticos y morales. En la etapa actual correspondió a los “cristianos renacidos” aportar las argumentaciones intervencionistas a la opinión pública.


http://eminves.blogspot.com/2016/04/ocultismo-y-politica-en-el-siglo-xx.html