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lunes, 24 de agosto de 2020

CUANDO LOS COMUNISTAS SE PASABAN EN MASA EL FASCISMO (7 DE 10) - LA DERIVA DE DORIOT HACIA EL FASCISMO

 

La deriva hacia el fascismo

Hay que decir que, al margen de los calificativos que pudieran lanzar los comunistas contra el PPF y a pesar de lo que algunos de sus intelectuales quisieran ver en el partido, e incluso de los contactos internacionales que hubieran podido tener en Italia, Doriot no se había definido nunca como fascista. En 1936, L’Emancipation había publicado un artículo de Robert Loustau: “Estamos lejos de ser fascistas (…) Al contrario, somos demócratas y es por esto que rechazamos la forma actual de la democracia que oculta bajo la mentira de las palabras la tiranía hipócrita de un puñado de aprovechados, políticos y capitalistas”. Ramón Fernández, por su parte, escribía en la misma línea: “Fascistas, ¿por qué? ¿Por qué somos herederos de la más gloriosa unificación nacional, iríamos a copiar en una noción cuya independencia  y grandeza respetamos, pero cuyo destino es diferente al nuestro, dirección que podemos obtener con nuestras propias manos? ¿Por qué iríamos a copiar una disciplina de unificación nacional, cuando nosotros ya estamos unificados? ¿Por qué?”. Argumentos similares pueden encontrarse en Falange Española y más concretamente en Ramiro Ledesma. Sin embargo, queda algo por precisas en el caso del PPF.

A diferencia del “fascismo español”, el PPF partió con algo más de un tercio de su militancia procedente del Partido Comunista. Era imposible que, en esas circunstancias, el partido se declarase “fascista” con el riesgo de perder a parte de esa base que hasta pocos meses antes había sostenido posiciones “anti-fascistas”. En 1934, hay que recordarlo, el cimiento que unificó a los disidentes del PCF que formaron en torno suyo era la “unidad revolucionaria y el antifascismo” e incluso en el himno de los comunistas de Saint-Denis que la “célula mayoritaria” había seguido utilizando con posterioridad a la escisión la primera estrofa decía: “Ante el fascismo que nos amenaza | en nuestras filas se encuentra vuestro lugar | adelante Saint-Denis, adelante”…

Era imposible que el partido, una vez constituido, se declarara, pues, antifascista. Doriot rechazó esta actitud como también rechazó la posibilidad de ser un partido que se situara fuera del marco legal y parlamentario, que apostara por el partido único y la preparación de un golpe de Estado que llevara a un estado totalitario. Era perfectamente consciente de que su actuación se desarrollaba en una de las más viejas democracias europeas, bien arraigada que constituía una tradición que le sería difícil romper. Procedente de una tradición marxista, Doriot no podía evitar el realizar un “análisis de clase” y reconocer que buena parte de las clases medias (a diferencia de lo que había ocurrido en Alemania y en menor medida en Italia) estaban en contra de soluciones fascistas. Consideraba, como conclusión, que Francia no estaba “madura” para aceptar una forma de fascismo y que sería un suicidio proponerlo.

La cuestión era: en ese momento, hacia 1936-37, Doriot ¿era o no era fascista? Una vez más, es Victor Barthélemy, en esos años, interlocutor privilegiado del “jefe”, quien aporta el testimonio que le comunicó el propio Doriot: “No sé si soy fascista. El fascismo no se copia (…). No quiero copiar ni a Mussolini ni a Hitler. Quiero hace del PPF un partido de nuevo estilo, un partido como ningún otro en Francia. Un partido por encima de las clases. Durante mucho tiempo he creído en la lucha de clases como factor esencial de la revolución. Ahora ya no creo en esto”… Estas confidencias datan de octubre de 1936, una época en la que Hitler y Mussolini distaban todavía mucho de estar de acuerdo; el segundo, había constituido el “frente de Stresa” con Francia y Gran Bretaña. No sería sino unas semanas después cuando mejorarían sus relaciones y se crearía el “Eje Roma-Berlín”. No fue sino hasta principios de 1937 cuando puede decirse que el fascismo adquirió una “dimensión europea”. Hace falta recordar también que Eugenio Coselschi, dirigentes de los Comités de Acción por la Universalidad de Roma, la “internacional fascista”, seleccionaba a sus secciones nacionales en esa época en función de su fidelidad al fascismo… y de su hostilidad al Tercer Reich. Los Dinasos flamencos de Joris Van Severen eran extremadamente hostiles al NSDAP y en cuando a Bertrand de Jouvenel, cuya madre era judía, manifestaban la misma hostilidad.

Las cosas en 1936-1937 no estaban tan claras como pueden estarlo hoy. Doriot, en realidad, eludía la cuestión formulada por Barthélemy: sabía perfectamente que no era necesario “copiar” ni al régimen italiano, ni al alemán para “ser fascista”. Análogos razonamientos y reflexiones se habían realizado unos años antes en España y Portugal por parte de Ramiro Ledesma, José Antonio y Rolão Preto… Y al igual que el nacional-sindicalismo español, Doriot siempre quiso superar al PCF en “ímpetu revolucionario”. Y como los nacional-sindicalistas españoles se atribuyó rasgos comunes al fascismo “Un partido como el nuestro no es un partido como los demás; es un estado de espíritu, un alma, una doctrina, una mística”. A pesar de contar con aportaciones sociales y políticas muy distintas, parte de las reflexiones de Doriot y de los nacional-sindicalistas españoles eran muy similares. Y ambas se dirigían hacia el fascismo, no como fenómeno italiano en sentido estricto, sino en su acepción genérica. En su primer congreso, en noviembre de 1936, el PPF mostró todavía una ambigüedad en relación al fascismo, pero en él aparecen algunas fórmulas que ya dejan presagiar cierta influencia. La fórmula de juramento, por ejemplo: “En el nombre del pueblo y de la patria, juro fidelidad y entrega al PPF, a su ideal y a su jefe. Juro consagrar todas mis fuerzas  a la lucha contra el comunismo y al egoísmo social. Juro seguir hasta el sacrificio supremo la causa de la revolución nacional y popular de donde saldrá una Francia nueva, libre e independiente”. En cuanto al saludo no era más que un remedo del saludo fascista que nunca pudo establecerse del todo. Sabiani fue el primero en adoptar el saludo fascista brazo extendido en alto.

Es cierto que, por su origen, el PPF realizó una simbiosis de temas procedentes de la extrema-derecha y de la extrema-izquierda. Esto se evidencia de manera extraordinariamente gráfica en las celebraciones del partido: por una parte a Juana de Arco y por otra a la Comuna de París. La bandera del PPF era la que había lucido en la Fiesta de la Federación de 1790 (como decía L’Emancipation “evocaba un momento de nuestra historia que vuelve a ser actualidad ya que una vez más la Patria está en peligro”. Sin embargo, dentro de esa bandera, el emblema del partido, una francista estilizada, recordaba a la cruz céltica y/o a la esvástica.

El nuevo himno del PPF, estrenado en el I Congreso, France, libére-toi, cuya partitura había sido escrita por un obrero metalúrgico y la música compuesta por un empleado de banca, decía:

Libérate, Francia, libérate
Sacude el yugo de luchas fratricidas
Que el extranjero lleva a tu suelo
Bajo la apariencia de promesas pérfidas.
Que el francés sea dueño de sus leyes.
Fuera del país los provocadores de conflictos
Un admitimos vuestra tutela
Libérate, Francia, libérate

El resto de estrofas apunta contra la dictadura roja, nos habla de sangre, sufrimientos y enemigos y termina recordando la figura d Doriot: “Escucha a Doriot que te llama, hijo de Francia, hacia el más noble fin”. Hay algo en esta letra que remite a La Marsellesa. En cuanto a la antigua En avant Saint-Denis, cambió s estribillo por En avant Jacques Doriot. La consigna más habitualmente repetida era “PPF vencerá” (que en 1969 fue recuperada por Ordre Nouveau).

La mística de la muerte y del sacrificio era común a Falange Española. En el verano de 1936, en Argelia, fue asesinado un militante del PPF, Manuel Manchón y al año siguiente cayó en Marsella, el portaestandarte de la sección, Louis Revergat; en 1938, también en Marsella, moriría Nöel Arnaud. Doriot dedicó a estas tres víctimas su obra Refaire la France (Reconstruir Francia) que incluía el texto del largo discurso que pronunció en el II Congreso del partido. A partir de ese momento, en las ceremonias y actos del partido, se mencionaban los nombres de los afiliados asesinados, respondiendo la masa con un “¡presente!”.

El PPF, como hemos dicho, nunca extendió la uniformidad a toda la militancia, sin embargo, en los mítines del partido, el servicio de orden lucía camisa azul con distintivo del partido en el brazalete, pantalón azul marino y boina. En los grandes mítines del partido, el servicio de orden formaba en un lugar destacado ante la tribuna.

Con todos estos detalles sobre la uniformidad, la jerarquía interior, el sentido de la disciplina y la mística del jefe y de los camaradas muertos, los símbolos y el saludo, pretendemos demostrar que el PPF fue un partido genéricamente fascista en lo exterior, mucho antes que lo fuera en el programa o que se reconociera como tal. Así mismo, en sus publicaciones constan innumerables artículos aludiendo a la exaltación del instinto, a las "fuerzas espontáneas de la vida”, al “primado de la acción”, todas ellas características de una “concepción del mundo” próxima al fascismo, sino netamente fascista.

En cuanto a la violencia, el PPF mantuvo un servicio de orden, ciertamente eficaz, no tanto por su postura agresiva sino más bien para prevenir ataques procedentes del PCF que no podía tolerar competencia en zonas obreras de sus antiguos disidentes. Más que un partido “violento”, el PPF fue “contra-violento”. El “servicio de orden” que se constituía para proteger acto estaba compuesto mayoritariamente por parados de origen norte-africano. Existía también una “brigada especial” compuesta por un centenar de “hombre completamente seguros” que protegían los domicilios de los dirigentes, los acompañaban en sus desplazamientos y estaban con ellos en las manifestaciones. Pero no formaron nunca grupos paramilitares al estilo de otras formaciones de la época.

En la Costa Mediterránea, los dirigentes locales de Niza constituyeron un “servicio de orden” particularmente eficiente en la lucha callejera contra los comunistas, cuyo organizador fue Joseph Darnand que, tras un período de militancia en La Cagoule (la empresa que dirigía era utilizada para introducir armas procedentes de Italia), ingresó en el PPF. En Marsella, Sabiani, puso también en marcha un “terrible servicio de orden”, cuando ya se consideraba públicamente fascista.

En realidad, la “fascistización” del PPF se realizó poco a poco. Primero se evidenció en los gestos y en buena parte del aspecto exterior, luego en las consignas. Finalmente, afectó a la ideología y al programa. Uno de los temas a los que Doriot nunca renunció –a pesar de cobrar subsidios de distintas patronales- fue al “anticapitalismo”. Aludió en muchas ocasiones a la lucha “contra las 200 familias” que controlaban el capitalismo francés. En el programa de 1936 acusaba a los viejos partidos de haber arrasado el país y haber implantado un sistema incoherente de producción. Contantemente atacó al liberalismo al que consideraba superado y que tenía como responsable de la crisis de 1929.

En el II Congreso del partido insistió en la necesidad de alcanzar una “justicia social” (“Nuestra mística es la de la justicia y de la paz sociales (…). La paz social es el único terreno sobre el que se puede reconstruir Francia”. En los escritos de especialistas en economía del PPF como Loustau se perciben los ataques al “capitalismo financiero”, a la concepción del trabajo como mercancía y se pide una limitación a los beneficios del capital. Uno de los jóvenes que habían prestado su apoyo a la Unión de la Juventud Francesa, Maurice Duverger, que luego destacaría como politólogo, era precisamente ese aspecto anticapitalista: “Si tantos camaradas han dado la espalda a la patria, es porque no han visto en ella más que la máscara que el capitalismo ha puesto sobre su rostro y que la desfigura (…) Nosotros no suprimiremos el capital, sino que suprimiremos el capitalismo, es decir, la dominación del capital”. La propuesta de Doriot en este tema era que, a partir de cierto nivel de concentración de capital o de beneficios empresariales, el excedente fuera a parar directamente a un fondo social. A pesar de que el PPF no tuvo nunca escisiones por cuestiones socio-económicos, es cierto que en algunas delegaciones la sensibilidad social era más acusada. Sabiani, por ejemplo, reclamaba una reforma del derecho de propiedad y lo limitaba a la competencia y a la moralidad. Jean Paul Brunet en su historia del PPF y de Doriot, advierte con razón: “Sabiani no era el Gregor Strasser del PPF”. Existía un acuerdo unánime en condenar e liberalismo económico y la utilización del capital con fines egoístas.

Hacia 1938, el PPF asumió que su proyecto era “corporativo” y fundado sobre la solidaridad entre los miembros de la empresa. Se trata de un corporativismo clásico que no tiene elementos propios ni originales sino que remite al viejo corporativismo francés teorizado por René de La Tour du Pin y aplicado por el régimen mussoliniano. En general, el programa económico del PPF se adapta perfectamente a la imagen que tenemos del fascismo, algo que ya parece implícito desde el “primer encuentro de Saint-Denis” previo a la fundación del partido y en donde este se definió como “social y revolucionario”. 

Otro tanto cabe decir sobre el modelo de Estado. En marzo de 1938, Doriot declaraba que “Somos republicanos”, para añadir posteriormente que una discusión sobre este tema es “precipitada” y que “todavía no está madura por el momento”. Pero en el II Congreso del Partido ya aludirá al “Estado Popular Francés” que está diseñado casi como el Estado Corporativo italiano. En cuanto la religión, Doriot y el programa del PPF se muestran partidarios de dejar las cuestiones confesionales a la conciencia de las personas.

Lo que Doriot ha descubierto desde su marcha del PCF es la idea de “patria”: “Nuestro credo es la patria y nada más que la patria” había dicho en su discurso del II Congreso del PPF: “El PPF no quiere conocer otra doctrina más que el nacionalismo, yo diría incluso un nacionalismo intransigente”.

El antisemitismo no está presente en su planteamiento. En el I Congreso del PPF ya había apuntado claramente: “Nuestro partido no es antisemita. Es un gran partido nacional, que tiene cosas mejores que hacer que luchar contra los judíos. No tenemos intención de defender a los judíos ni de atacarlos (…) Pero rechazamos a los que se declaran judíos antes que franceses. No aceptamos que una categoría de ciudadanos haga pasar sus intereses raciales antes que el interés nacional”. Y al año siguiente amplió esta idea ante los estudiantes del partido: “personalmente no soy ni judío ni franc-masón y rechazaría ocuparte de estas tonterías cuando Francia corre el peligro de ser entregada al comunismo”. En realidad, la cuestión es mucho más compleja…

Doriot había obtenido cuantiosos fondos de tres bancos cuyos administradores eran judíos: la banca Rothschild, la banca Lazard y la banca Worms. En el Buró Político del PPF, así mismo, se encontraba un judío, Alexandre Abremski. El mismo Bertrand de Jouvenel, como ya hemos dicho, era hijo de madre judía. Pero también hay que mencionar que algunos miembros de la dirección –Paul Marion, Abel Bonnard o Drieu La Rochelle- eran notorios antisemitas. Bruscamente, algunos de estos problemas se solucionaron antes de que alcanzaran el nivel previo al estallido: Jouvenel abandonó el partido en enero de 1939 y un año antes, Abremski murió en accidente. En su elogio fúnebre, Doriot no mencionó el detalle de que era hijo de una familia judía de provincias. A partir de estas dos desapariciones, el antisemitismo creció dentro del partido, especialmente entre la sección argelina. La prensa del partido publicó un artículo firmado por G. Roux en el que se aludía a “la doble dominación de los judíos que desprecia  Francia y de los comunistas que la temen, pero ambos la odian”. En esos meses un proyecto legislativo promovido por el gobierno para penare l antisemitismo, desencadenó una corriente extremista y popular entre los europeos de Argelia que veían en la emancipación de los judíos un paso previo para la concesión de la ciudadanía francesa los musulmanes. Víctor Arrighi, en el curso del II Congreso de la sección norteafricana del PPF pronunció un alegato violento contra los judíos: “África del Norte debe ser totalmente liberada de la empresa judía. El PPF expulsará a los judíos de África del Norte”. Era una opinión que compartía la poderosa sección del partido en las colonias (la más fuerte después de la federación de París y de la del Mediterráneo).

Todos estos elementos demuestran que si el PPF no era en el período 1936-1937 un partido “fascista”, iba camino de serlo. A pesar de que en esa época parecía estar más cerca de los no-conformistas que del fascismo y compartía sin fisuras la posición definida por Robert Aron y Arnaud Dandieu en La revolución necesaria (“No somos de derechas ni de izquierdas, pero si es absolutamente preciso situarnos en términos parlamentarios, repetimos que estamos a medio camino entre la extrema-derecha y la extrema-izquierda, por detrás del presidente y dando la espalda a la asamblea”). Esta posición era la única que podían aceptar los 30 ó 40.000 comunistas que siguieron a Doriot y que no habrían aceptado pasar directamente del PCF a una formación “fascista”. No era un tránsito infrecuente: apenas cinco años antes, el gobierno autónomo de Prusia había disuelto las cámaras ante la censura presentada por el NSDAP y el KDP. Y en 1932 el secretario de este último partido, Thaelmann vio como 1.200.000 votos comunistas fueron a parar al NSDAP… En 1938, el PPF era, pues, un partido en proceso de fascistización.

martes, 11 de agosto de 2020

CUANDO LOS COMUNISTAS SE PASABAN EN MASA EL FASCISMO (6 DE 10) - LA ORGANIZACIÓN DEL PPF

 

La realidad orgánica del PPF

El 16 de diciembre de 1936, Doriot habla en Clermont-Ferrand ante un pequeño auditorio de 200 personas en lo que no era nada más que una reunión privada. Sin embargo, también aquí el Frente Popular movilizó sus efectivos. Estallaron violentos disturbios en el centro de la ciudad, produciéndose numerosos heridos y destrozos en el mobiliario urbano y en los comercios de la zona. Estos incidentes apuntaban directamente contra la vida de Doriot que sufrió en esos años (entre 1936 y 1939) media docena de atentados o de intentos de agresión extremadamente graves. En 1937 su vehículo fue ametrallado en Mázières por miembros del PCF. Las balas impactaron en el vidrio trasero.

En medio de esta vorágine de violencia (en cierto sentido similar a la que sufrió Falange Española a partir de 1934, pero sin la efusión de sangre que se produjo en España), prosperar políticamente, implicaba emplear abundantes medios económicos, no solamente en agitación y propaganda, sino especialmente en el mantenimiento de un servicio de orden armado, permanentemente movilizado y siempre dispuesto a proteger al líder del partido, a las instalaciones del mismo y a las manifestaciones y mítines convocados. Se han hecho múltiples cábalas sobre el origen de esos medios, concluyéndose que en su mayor parte procedían de medios de la patronal francesa y de distintas bancas. Mientras duró el gobierno del Frente Popular, el PPF era la “mejor opción” a apoyar para contrarrestar la agresividad del PCF especialmente en los medios obreros. Durante el lanzamiento del PPF este flujo de fondos fue constante en la medida en que el Frente Popular había llegado al poder, pero a partir del verano de 1937, cuando la coalición de izquierdas empezó a tener problemas interior y sobre todo a partir de la constitución del gobierno Daladier el 10 de abril de 1938, cuando se dio por concluida esta experiencia, estos flujos disminuyeron a incluso cesaron.

Hasta ese momento, el PPF había realizado 2.000 reuniones y mítines. A finales de octubre de 1936, el partido declaraba 101.000 afiliados, que habrían ascendido a 120.000 en noviembre cuando se convocó el I Congreso. En abril del año siguiente, los efectivos ascendían a 280.000 (incluidos los 30.000 jóvenes afiliados a la Unión Popular de la Juventud Francesa, rama juvenil del partido) en diciembre, para pasar a ser 295.000 a mediados de enero de 1938. El crecimiento se seguiría manteniendo hasta la celebración del II Congreso del Partido en marzo de 1938 hasta alcanzar la cifra límite de 300.000 miembros en el otoño de ese año. A partir de ese momento, los efectivos disminuyeron (y entonces el PPF ya no dio oficialmente nuevas cifras de afiliación). Unos meses después, ya en el primer trimestre de 1939, los servicios de información franceses establecían que el PPF contaba con 50.000 afiliados… poco comparado con el Partido Social Francés del Coronel La Rocque (la formación creada después de la disolución de los Cruces de Fuego) que contaba en ese momento con 3.000.000 de afiliados. Por su parte, el PCF y la SFIO contaban cada uno con 600.000 miembros. A pesar de que los primeros meses de 1939 fueron bastante difíciles para el PPF (a raíz de la crisis interna provocada especialmente por la reacción de Doriot ante la coyuntura internacional) es probable que en esa época, las cifras de militancia fueran superiores a lo que registraba la inteligencia francesa: quizás en torno a los 100.000 afiliados.

La zona que había constituido inicialmente la cuna del partido, Saint-Denis y París-Norte, registraba una alta afiliación: 3.000 y 5.000 miembros respectivamente. Lo que pronto se conoció dentro del partido como “la República Autónoma de Marsella”, el grupo de Simon Sabiani en la región de Marsella, declaraba 15.000 afiliados y, en general, el partido disponía de una muy buena implantación en toda la costa mediterránea.

 Se conoce relativamente bien el origen social de todos estos miembros, a partir de las estadísticas realizadas entre los delegados del primer y segundo congreso del partido. En 1936, el 38,7% no habían militado políticamente en ninguna formación antes de afiliarse al partido, mientras que el 33% procedían de la izquierda (el 21,1% del PCF, el 8,6% de la SFIO y el 1,9% de los radicales). El 4,4% habían tenido una militancia previa en organizaciones católicas (especialmente la Juventud Obrera Católica y de la Alianza Democrática). Por su parte, un 23,6% procedían de la extrema-derecha (un 14,5% de los Cruces de Fuego y de los Voluntarios Nacionales del Coronel La Rocque, y un 5,1% de Action Française). Los grupos más o menos fascistizantes estaban representados muy débilmente (había presencia de unos pocos delegados que antes habían militado en las Juventudes Patrióticas de Taittinger, en Solidaridad Francesa de Jean Renaud y en el Francismo de Marcel Bucard).

En cuanto al origen socio-profesional se disponen de estadísticas realizadas en los dos congresos que pudo celebrar el partido antes de la Segunda Guerra Mundial. En el de 1936 aparecen un 49% como miembros de la clase obrera, pero dos años después esta cifra se reduce al 37%. Los comerciantes y las profesiones liberales permanecen casi igual, pasando del 21% al 22%. Los funcionarios y empleados están en torno al 40%. Esto indica claramente que se trataba de un partido interclasista y dar la razón al propio Doriot cuando explicó en el curso del I Congreso del PPF que “nuestro partido es ya una pequeña Francia reconciliada. Es el modelo de lo que Francia entera será mañana”. Esta idea sedujo particularmente a algunos intelectuales como Drieu y Jouvenel. Este último se vio seducido por el “tuteo revolucionario” definido por el partido como “la expresión de las relaciones calurosas entre los miembros dl partido”. El propio Jouvenel escribió: “Entrar en el PPF fue penetrar en un mundo para mí completamente nuevo, donde las actitudes, las relaciones, el lenguaje contrastaban con todo lo que me era familiar. Siempre me había declarado “de izquierda”, es decir, por l pueblo, pero le había constantemente ajeno (…). Es zambulléndome en Saint-Denis, adoptando el hábito de compartir la comida, de ser tuteado, es como he tomado contacto con el pueblo. Y me he visto profundamente sorprendido”.

Drieu y Jouvenel no son los únicos intelectuales que se han sumado al PPF, el premio Nobel Alexis Carrel figuró también entre sus afiliados, al igual que los profesores Ernest Fourneau (del Instituto Pasteur) o Victor Balthasar (de la Academia de Medicina). Pero el contingente mayor, por supuesto, procedía de los medios periodísticos y literarios: Georges Suarez, Ramón Fernández, Jean de Fonteny, Paul Chack, Abel Bonnard de la Academia Francesa, etc. Sin embargo, los intelectuales no elaboraron la línea política del PPF. Esta correspondió al núcleo que defendió las ponencias en el I Congreso. En donde algunos sí participaron fue en la traducción de esta línea en forma de artículos para L’Émancipation National o La Liberté, diarios que durante unos años contaron con el concurso de toda esta corte de intelectuales de prestigio. Ramón Fernández fue el intelectual que colaboró de manera más activa en la construcción del partido, organizando las profesiones liberales y a los intelectuales.

Sobre cómo el partido consiguió mantener un ritmo de actividad existen distintas versiones todas ellas sometidas a dudas y envueltas en tinieblas. Lo cierto es que en octubre de 1936, el PPF estuvo en condiciones de adquirir un inmueble de seis pisos en el número 10 de la rue des Pyramides, uno de los lugares más exclusivos de París, en donde instaló sus oficinas centrales. En noviembre de ese año, apareció la edición nacional de L’Emancipation cuyo lanzamiento coincidió con el I Congreso del PPF. Entre los gastos de lanzamiento del diario y los gastos de organización del congreso, la cifra empleada ascendió a 500.000 francos. En 1937, Doriot compró el local de un cine en Saint-Denis y el diario La Liberté, se lanzaron millones de carteles, panfletos y folletos informativos y se pagaron los gastos de dos mil reuniones y mítines, algunos de ellos en las salas más grandes del país. Es difícil saber cómo pudo financiarse todo este esfuerzo de agitación, propaganda y organización.

En 1936 los carnés de adhesión se vendía al precio de 3 francos al año y las cuotas mensuales ascendían a 5 francos (1 franco para los parados y 10 francos para los que cobraran al mes más de 2.000 francos). Sobre un total de 100.000 afiliados el primer año de vida del partido y dando por supuesto que la administración central conseguía cobrar 7 meses de promedio por afiliado (en lugar de 12), el partido no debía de obtener más de 3.800.000 francos por este concepto. Lugo estaban los ingresos por donaciones y las suscripciones a las revistas y el dinero que procedía de las campañas de suscripción o de apoyo a los diarios (L’Emancipation National obtuvo 100.000 francos en apenas 15 días d campaña, por ejemplo). Sin embargo, quedan todavía varios millones de francos anuales por cubrir para explicar cómo el partido pudo funcionar tan bien entre los años 1936 y 1938.

En los Archivos de la Prefectura de Policía existen varios dossiers relativos a este tema que mencionan subsidios procedentes de distintas patronales (Comités Central de Empresas Hulleras, Círculo de Cámaras Sindicales de Francia, Asociación Nacional de Expansión Económica), de grupos de presión (Unión de los Intereses Económicos), directores de diarios (como el semanario Cyrano o la revista Choc del Coronel Guillaume), de banqueros (Maurice Petsche) e industriales (Jean Ayral propietario de Mazda, de la empresa Violet Frères, de los industriales laneros del Norte, etc). Pero las aportaciones más fuertes, sin duda, no han dejado rastros a pesar de que hoy se sabe que procedían de Gabriel Le Roy Ladurie, director de la Banca Worms, y del Comité de las Forjas que entregó a Doriot  4.367.000 francos en 1937, 5.713.000 e 1938 y 1.593.999 en 1939.

Sabiani, por su parte, había obtenido subvenciones para su sección procedentes de la alta burguesía y de los armadores marselleses. No era un caso aislado. Cada delegación del PPF estaba obligada a buscar subsidios y subvenciones en su zona. Esto explica la muy desigual implantación del partido en todo el país. Allí donde existían responsables que habían sabido obtener subsidios de patronales o de industriales, allí el partido había conseguido realizar una amplia tarea propagandística. La dirección parisina, cubría solamente los gastos de los servicios centrales del partido, no la financiación de las delegaciones. Solamente, en algunos casos vinculados a los medios de comunicación –y especialmente a La Liberté que se convirtió desde el primer momento en un lastre deficitario para el PPF- la central tuvo que asumir el pago de los salarios.

Se produjeron algunos escándalos y desviaciones de fondos. Jean Le Can, dirigente del partido en Burdeos y al mismo tiempo gran contratista de obras poseedor de una inmensa fortuna, había aportado la cantidad necesaria para comprar el diario La Liberté que atravesaba por grandes dificultades económicas. En enero de 1938, Doriot se puso en contacto con Le Can comunicándole que no había dinero para pagar el salario de los trabajadores del diario. Tras dudarlo, Le Can aportó la cantidad que cubría esos gastos… pero unos meses después, los trabajadores seguían sin cobrar. Las explicaciones de Doriot no satisficieron a Le Can, el cual abandonó el partido, reconociéndole que est aventura política le había costado 1.000.000 de francos.

Otro caso, igualmente relacionado con La Liberté, se produjo cuando Doriot visitó en marzo de 1938 a la duquesa Pozzo di Borgo, cuyo marido, ex miembro del Partido Social Francés y enfrentado con el Coronel La Rocque, acababa de ser puesto en libertad después de seis meses de prisión preventiva al estar relacionado con la desarticulación de La Cagoule (ver el número VII de la Revista de Historia del Fascismo, La Cagoule: ramificaciones internacionales). Doriot le recordó la actividad periodística desempeñada por La Liberté en pro de la libertad de su marido, obteniendo un cheque de 500.000 francos en señal de agradecimiento. Doriot comentó a algunos colaboradores (de los que uno sin duda era informador de la policía, pues relató esta anécdota en un informe que todavía se conserva en los archivos) que “en vista del éxito, volvería a repetir el truco”… En realidad, el apoyo a la liberación de Pozzo di Borgo no se debía más que al enfrentamiento que este tenía con el Coronel La Rocque y a un intento de debilitar a este partido de la derecha.

Otros informes sugieren que Doriot habría solicitado fondos a la Prefectura de Policía. De ser cierto, se trataría de cantidades muy reducidas. En cualquier caso, todas estas anécdotas y chascarrillos demuestran que el partido se fortalecía… a costa de vender su independencia.

Otra fuente de ingresos del PPF fue el gobierno italiano. Victor Barthélemy, miembro de la dirección del partido, cuenta que en julio de 1937, se organizó en Niza un encuentro entre la federación del PPF de aquella zona en la cual Victor Arrighi, otro de los dirigentes del partido, le informó que acababa de retornar de Italia en donde había podido entrevistarse con el Conde Ciano y otros dirigentes fascistas de primera línea.  El partido recibió 300.000 francos procedentes de Italia, una suma relativamente modesta (José Antonio Primo de Rivera recibía igualmente 250.000 liras cada trimestre procedentes de la misma caja y a partir de mediados de 1935 y hasta su encarcelamiento. Por lo demás, el interlocutor de José Antonio y de Arrighi era el embajador en París, Amadeo Landini). A cambio, el PPF enviaba algunos informes políticos sobre la situación en Francia. El 7 de septiembre de 1936, consta que Arrighi se entrevistó con Landini y le comunicó que el crecimiento del partido seguía a buen ritmo pero que se precisaba dinero para transformar L’Emancipation National de semanario en diario. Para tentarlo le hizo saber que el PPF había sido “contactado” por el NSDAP, pero que, momentáneamente, habían rechazado una ayuda en esa dirección. Hay que recordar que en ese momento, las relaciones entre Alemania e Italia eran todavía tensas y oscilantes. Landini transmitió la petición, añadiendo que dudaba de la eficacia de la “carta Doriot”. Ciano, por s parte, anotó en su diario: “A Doriot le daremos dinero, no armas”, lo que implica que también había solicitado equipamiento para su servicio de orden. A partir de ese momento se regularizaron los envíos de dinero procedentes de Italia. El PPF pasó a ser el aliado preferencial italiano en Francia, a despecho de Bucard y del francismo.  No parece, sin embargo, que Doriot hubiera recibido dinero de Alemania, al menos hasta antes de producirse la ocupación en junio de 1940.

Con todos estos medios, el funcionamiento del partido quedaba garantizado. A pesar de ser un partido que, estatutariamente, era de apariencia democrática, en la práctica, la dirección era centralizada y no muy diferente de cualquier otro partido fascista (aun antes de que el PPF se decantara por esta opción). Los dos principios organizativos eran la disciplina y la obediencia al “jefe”. Doriot había dicho en la tribuna del I Congreso del PPF: “La disciplina es la disciplina. La admites o no la admites”. Añadiendo: “Los miembros del partido deben saber que luchan por la causa general y no por su causa personal”. Sostenía que los miembros del partido no son robots, “no deben pensar en serie. Por el contrario. La dirección del partido acoge siempre las observaciones, las sugestiones, las críticas corteses y objetivas. La dirección no es omnisciente. Tiene necesidad de aprender de la vida de los hombres (…) Considera el partido como un inmenso laboratorio de ideas”.

Doriot se enfrentaba con la dificultad de forjar un partido con una serie de militantes y afiliados procedentes de los lugares más heterogéneos. Esto planteaba algunos problemas, el primero de todos eran las infiltraciones, especialmente las procedentes del PCF. Para evitarlo, los miembros que aspiraban a entrar en el partido debían de añadir un currículo político lo más amplio posible que, en algunos casos, se comprobaba. Además, Doriot prohibió a los miembros de su partido asistir a mítines y reuniones de otras formaciones. Existía una censura de los artículos publicados en los medios del partido que algunos colaboradores soportaron mal y terminaron rompiendo (Pierre Andreu, dejó de colaborar en L’Emancipation después de denunciar el caso de un patrono de Saint-Denis al que acusaba de “comportamientos antisociales”; el artículo fue censurado, sin duda por tratarse de algún benefactor del PPF).

En realidad, a pesar de que existía un Buró Político y un Comité Central y la estructura exterior no difería en absoluto de la de cualquier otro partido político, lo cierto es que el liderazgo estaba fuertemente concentrado en Doriot y que sus prerrogativas eran muy superiores a las de cualquier otro “jefe” de partido en Francia, salvo en los casos de formaciones de extrema-derecha. Ahora Doriot concentraba más poder del que había concentrado nunca, algo que no se le escapó al siempre observador Drieu La Rochelle quien escribió sobre esta “sensible transformación” a la que definió como “una nueva y prodigiosa metamorfosis”. Jouvenel, por su parte, vio en él la “jefe fascista” que necesitaba Francia: “impregnado de duro amor que liga al jefe fascista a los que le siguen” y de “esta exigencia viril de una disciplina que es la esencia del fascismo”. Y, sin embargo, el partido, todavía no se había definido como “fascista”.

sábado, 1 de agosto de 2020

> Doriot y el Partido Popular Francés - Cuando los comunistas pasaban en masa al fascismo (3 de 10) - La ruptura de Doriot con el bolchevismo


Fisuras en la gran muralla

En el otoño de 1926, Doriot asistirá al VIIº Congreso del Komintern. El tema central que acapara las discusiones es el comunismo chino y la situación en aquel país a la vista de que el Kuomintang y su jefe Chang Kai–Chek, se han distanciado de la política rusa, ha despedido a los consejeros militares soviéticos y detenido a varios dirigentes del Partido Comunista local. Stalin quiere evitar la ruptura definitiva y envía una delegación dirigida por Ealr Browder, deje del PC norteamericano, Rom Mann, del PC inglés y Jacques Doriot. Después de un corto período de puesta al día sobre la situación en China, abordan el Transsiberiano hasta Vladivostok y el 17 de febrero llegan a Canton para desplazarse luego a Hong–Kong, Nankin y Hankon. La delegación no puede evitar constatar la creciente hostilidad del Kuomintang hacia los comunistas y, a pesar de que los tres miembros de la delegación redactan un informe falsamente optimista, no pueden evitar que a su regreso a Moscú en mayo de 1927, la represión contra los comunistas chinos haya aumentado y la ruptura con el Kuomintang sea total.

Durante ese tiempo, Stalin ha sustituido a Zinoviev con Bujarin. Poco después, Trotsky será separado de la dirección bolchevique y enviado a Alma–Ata, en plena Siberia, para ser luego expulsado de la URSS en abril de 1928. El motivo de todos estos cambios es solo uno: Stalin empieza a comprobar las dificultades en utilizar al Komintern como instrumento de una “revolución mundial” y, a partir de entonces, cambia de estrategia. La Internacional Comunista, desde entonces hasta el final del organismo e, incluso, hasta el final de la URSS, no será otra cosa que una estructura internacional al servicio de las necesidades exteriores de Moscú. Los comunistas justifican esta actitud argumentando que en la URSS se había producido la primera “revolución proletaria” que era preciso apuntalar, defendiendo sus conquistas sociales y convirtiéndola en el foco emisor, en una segunda fase, de la “revolución mundial”.

Doriot acepta y asume esta versión, pero su espíritu crítico y realista y, especialmente, su viaje a China, le han demostrado suficientemente que el mundo es más complejo de lo que los razonamientos mecanicistas del Komintern sostienen. Y, entonces comete el peor pecado que podía cometer un soldado de la “revolución mundial” en la época: criticar, aunque fuera en privado, las posiciones de la organización en relación a China. Es la primera fisura en el rígido sistema de convicciones políticas defendido por Doriot en aquellos años, pero a partir de entonces, lo que ha empezado como una simple discrepancia sobre un tema secundario se va ampliando y terminará convertirse –en Doriot y en tantos otros militantes sinceros de la Internacional– en una brecha ante la que tendrán la sensación de encontrarse en el lado erróneo.

Los cambios en la URSS suponen también un cambio en la línea política de la Internacional y una intromisión creciente en la vida de los Partidos Comunistas occidentales. Mientras Doriot y la dirección comunista francesa propone una estrategia de colaboración con los socialistas, Moscú impone la estrategia de “clase contra clase” que excluye cualquier posibilidad de manos tendido hacia el partido de la pequeña burguesía progresista… Doriot, que tras regresar de Moscú se ha encontrado con una nueva condena de prisión y con la inmunidad parlamentaria levantada, ha ingresado en prisión el 18 de julio y liberado a principios de noviembre. En esos meses de cárcel, la pequeña fisura que se inició tras retornar de su estancia en China, se ha ido ampliando. Sus biógrafos estiman que ha sido en esa época cuando perdido su fe en Moscú.

Incluso está por no presentarse a las elecciones legislativas de 1928. Acepta finalmente, pero casi por inercia. La policía irá a detenerlo de nuevo al parlamento, pero conseguirá eludir el ingreso en prisión y se refugiará en la clandestinidad, volviendo a participar en la campaña electoral de 1928 con documentación y nombre falsos. Hablará en mítines en Saint–Denis, Lille o Valenciennes. No podrá evitar ser de nuevo detenido el 19 de abril de 1928. Diez días después será reelegido diputado. Doriot tenía razón en sus críticas a la política de Moscú: el partido pierde la mitad de sus 25 diputados.

Permanecerá en prisión hasta el 25 de octubre de 1929, Maurice Thorez, que había perdido su escaño como diputado comunista, perro fiel a Moscú hasta su muerte, lo denuncia por primera vez como “catalizador de las disidencias internar”. Le acusa de aproximarse a la socialdemocracia y desconsiderar los peligros del trostkysmo. Y una vez más, el Komintern desplaza a sus agentes a París y consiguen la eliminación de Sémard, considerado como demasiado “blando”, sustituyéndolo por el equipo formado por Thorez, Henri Barbé, Pierre Célor y Benoît Frachon, aunque formalmente será la asamblea del VI Congreso, celebrado en Saint–Denis la que suscriba la nueva dirección comunista.


De este equipo, Barbé es, sin duda, quien más cerca está de Doriot. Amos, por lo demás, se encuentran en situación de clandestinidad. La evolución política de Barbé fue similar a la de Doriot y ciertos aspectos de su biografía son de un paralelismo sorprendente. Tras haberle sucedido al frente de las Juventudes Comunistas de Francia, se convertirá, también como Doriot a una edad temprana, en uno de los principales jefes del partido. Tampoco podrá evitar terminar siendo acusado de “disidente” en 1931, expulsado del buró político, enviado a Moscú, degradado y, finalmente, en 1934, expulsado del partido poco después de que lo hubiera sido Doriot. Entre 1936 y 1939 se integrará en el PPF del que será secretario general. Durante la ocupación alemana pasará al RNP de Marcel Déat y será el secretario general del Frente Revolucionario Nacional, una especie de ampliación frontista del RNP. A diferencia de Doriot, Barbé sobrevivirá a la Segunda Guerra Mundial y en 1949 empezará a colaborar con publicaciónes anticomunistas, haciéndose bautizar en 1949 y colaborando hasta su muerte con la revista católico–tradicionalista francesa Itinéraires publicada por el pensador católico Jean Madiran. Pues bien, Henri Barbé, de cuyo testimonio no puede dudarse, tanto por esta evolución que terminó alejándolo del bolchevismo, como por su amistad con Doriot y su proximidad a él en los años veinte, explica la sensación que tuvo cundo se encontró con él en Bruselas, ambos en clandestinidad: “Se había transformado completamente. El monje fanático bolchevique devorado por la fe y la voluntad revolucionaria, se había transformado en un político astuto, escéptico, cáustico y pronto me di cuenta de que se burlaba e ironizaba sobre todo lo que pocos años antes había venerado”…

Algunos biógrafos de Doriot han considerado tales consideraciones de Barbé como “exageradas” o simplemente causadas por la distancia en la que fueron escritas (treinta años después de la entrevista). Otros consideran que en 1928, a pesar de sus primeras críticas a la política oficial del Komintern, siguió siendo un comunista fiel y abnegado. De todas formas, lo cierto es que cuando Barbé le pidió que participara en la “tribuna de discusión” de L’Humanité exponiendo sus posiciones, rechazó la oferta al estimar que nunca podría expresar sus verdaderos criterios. Hacia el inicio de la primavera de 1929, Barbé no dudó en atacarlo públicamente a través de las columnas del diario comunista  denunciando que en torno suyo se estaban agrupando oportunistas y traidores de los que podía esperarse cualquier reacción hostil e inesperada en el congreso del partido.

Quienes sostienen que Doriot seguía siendo entonces un comunista fiel al Komintern utilizan como argumento la autocrítica que realizó poco antes y durante la celebración del VIº Congreso del PCF. Unos días antes, en efecto, se había retractado de cualquier posición hostil: “To tengo el derecho de servirme de tales argumentos… Jamás nadie tiene el derecho de ser un auxiliar de la burguesía contra su propio partido”, había dicho. Pero, ni aun así, en esos verdaderos psicodramas colectivos que eran los congresos del PCF en aquella época, Doriot logró evitar que, sistemáticamente todos los oradores que fueron pasando por la tribuna del congreso rivalizaran por denunciar su posición y rechazar sus planteamientos. Es más, cuando le tocó a él mismo subir a la tribuna asumió sus “errores” y admitió que la dirección del partido hubiera emprendido una lucha titánica contra sus posiciones: “Rechazar reconocer los propios errores –dijo– supone cristalizar en torno a uno a todos los oportunismos. Se parte de una pequeña divergencia. Poco a poco la brecha se agrava. Y pronto uno se encuentra a la cabeza de la oposición a la Internacional Comunista. No jugaré jamás este papel”. Ni aun así, la dirección del partido consideró suficiente el nivel de la autocrítica. El delegado del  Komintern que manejaba los hilos del congreso (y del que todavía hoy se discute su personalidad, tratándose probablemente de Boris Mikhailov (a) “Williams”) reiteró el rechazo a la autocrítica: “Doriot no se ha encaminado de nuevo hacia el partido partiendo con el pie izquierdo, sino que lo ha hecho con el derecho…”.

Al día siguiente, Doriot volvió a tomar la palabra. Eran las 22:30 de la noche del domingo. Fue entonces cuando mostró que su carácter de hombre recio estaba por encima de su sumisión al Komintern. Asumió la parte de autocrítica que ya había realizado, pero se negó a ir más allá: “No quiero reconocer errores de otros que yo no he cometido”. Afirmó ante el silencio sepulcral de la asamblea que siempre estaría dispuesto a discutir cualquier tesis política en todo momento, y que toda tesis debía confrontarse a los hechos, en alusión al fracaso del partido en las últimas elecciones que le había llevado a perder la mitad de las actas de diputado.

El congreso tenía lugar en Saint–Denis. Era el lugar elegido por la dirección del partido para escenificar el juicio inquisitorial contra uno de sus dirigentes. La dirección entrante prohibió que Doriot figurase en la lista de candidatos para las elecciones municipales que deberían de celebrarse en mayo de 1929, pero a pesar de esta actitud hostil, hizo todo lo necesario para que la campaña comunista fuera un éxito. El partido, en efecto, progresó ampliamente obteniendo 104 alcaldías, de las que 26 eran en ciudades mayores de 5.000 habitantes. Después, su energía puesta al servicio del partido no cesó. Volvió a Alemania a preparar campañas junto a los dirigentes del Partido Comunista Alemán contra el Plan Young (que había sustituido al Plan Dawes para ordenar los pagos de indemnizaciones de guerra de Alemania). En otras intervenciones en el parlamento denunció cuestiones tan diferentes como el colonialismo o los efectos más perversos del Tratado de Versalles. Y luego, a principios de 1930 se produjo un episodio, no por inesperado menos trascendental para su carrera política.

Camille Villaumé, alcalde comunista de Saint–Denis que había resultado elegido en la lista en la que a él se le había prohibido figurar, dimitió de sus cargos en el partido y se lajeó de la organización junto a la mayoría de los concejales electos que constituyeron el Partido Obrero y Campesino. Fue preciso convocar elecciones anticipadas. Doriot figuraba en un puesto secundario y la lista estaba presidida por Gaston Venet, un obrero metalúrgico que resultó elegido alcalde en la segunda vuelta (tras la primera, los socialistas llamaron a votar por las listas de la derecha). Sin embargo, a los pocos meses, el partido ordenó a Venet volver a la fábrica y la prefectura de policía descubrió graves irregularidades de gestión que fueron comentadas en grandes titulares por toda la prensa. A partir de ese momento, ya no había posibilidad de nombrar otro alcalde que no fuera el propio Doriot. En el pleno municipal, finalmente, éste fue elegido por 30 votos a favor, 1 en contra y 5 abstenciones. A partir de entonces, Doriot, pasó a ser “el alcalde de Saint–Denis”, título que siempre lo ha caracterizado más que el de “diputado comunista” o “líder del PPF”…


Pero la alcaldía que hereda Doriot está sumida en una profunda crisis. La célula comunista de la localidad se ha derrumbado. Apenas cuenta con 200 afiliados y apenas 70 militantes. Tres equipos municipales en menos de un año y el grave deterioro de la imagen comunista habían pulverizado aquella célula. A partir de entonces, Doriot entiende que lo único que será capaz de remontar la situación es una gestión honesta y eficiente en la que lo que se haga sea justamente lo que se ha prometido en el programa. Es justamente lo que hace: adopta medidas sociales en todas direcciones, hacia los parados que están aumentando vertiginosamente a raíz de la crisis económica mundial de 1929, hacia la infancia desistida, hacia los ancianos… En 1934, 3.000 niños de Saint–Denis, gracias a Doriot, podrán disfrutar de vacaciones gratuitas en casas de colonias. A estas medidas se une la construcción de infraestructuras, así mismo de carácter social: en poco tiempo, Saint–Denis puede contar con una biblioteca pública, una piscina municipal cubierta, una guardería… También se inicia la publicación de un diario comunista local, L’Émancipation. A principios de 1931, la crisis de la célula comunista de Saint–Denis está superada y el partido vuelve a disponer en este municipio de la banlieu parisina de una sólida sección, bien asentada y sin que ninguna otra fuerza política, ni de derechas ni de izquierdas le pueda hacer sombra.

Pero la situación a nivel nacional del partido es completamente diferente. Desde 1927, el PCF ha perdido a la mitad de sus adheridos. Es el resultado de la política sectaria dictada desde Moscú y ejecutada por los esbirros del Komintern dirigidos por Manouilski. Éste no dudará en cortar cabezas: primero cae Barbé, luego Pierre Célor, más tarde Genri Lezeray, todos ellos miembros de la dirección que, bruscamente, pasan a ser considerados como “responsables de un grupo fraccional”. Solamente la lealtad a Moscú es recompensada con reconocimientos y promociones. Maurice Thorez, perro fiel entre los perros fieles, será santificado por Manoulski (y por su segundo, Eugen Fried, un judío eslovaco de amplia experiencia agitativa que había participado en la revuelta húngara de Bela Khun en 1919) y elevado al rango de Secretario General en enero de 1936. Fried y Thorez, estrechamente unidos por una buena amistad que comenzó en 1931 y que hará que compartan incluso amantes. Los comunistas que en eso momento permanecen en el partido, son de un fuste diferente a las primeras promociones que se habían escindido del socialismo e integrado en la Internacional. Completamente acríticas, ciegos seguidores de las órdenes llegadas de Moscú, por mucho que desafiaran al sentido común y a la oportunidad política, se limitaban a cumplir órdenes, ya no eran militantes, eran, simplemente “creyentes”.

Ese no fue el proceso mental seguido por Doriot. Para él, los valores que le habían llevado al comunismo seguían incólumes y conservaban toda su actualidad, especialmente después de que hubiera estallado la crisis de 1929. En noviembre de 1931, en el parlamento francés volvió a elevar su voz: denunció las consecuencias del sistema de producción capitalista que había generado en poco tiempo tres millones de parados y a los hombres de la derecha que afirmaban seriamente que la mayoría de parados eran “profesionales de la holgazanería que recibían un subsidio por negarse gustosa y voluntariamente a trabajar”. Poco después, ataca en la sede del sindicato comunista, la CGTU, a León Blum quien sostenía también que la suerte de los trabajadores capitalistas era mucho mejor que la de los trabajadores soviéticos, en donde, recordaba Doriot, el paro había sido desterrado y los salarios aumentaban. A esto seguirá un nuevo discurso parlamentario en el que exigirá la jornada de 8 horas, 40 horas de trabajo a la semana, tres semanas de vacaciones por año, licencia por maternidad. Y mientras presentaba estas exigencias propagaba en sede parlamentaria los progresos en la construcción del socialismo en la URSS. ¿Estaba engañado Doriot sobre la realidad de la URSS? ¿era consciente de que estas proclamas eran mera propaganda? Es seguro que albergaba dudas y también parece claro que estaba desorientado por la política de Stalin, al menos así se lo confió a algunos amigos.

Sea como fuere, Doriot, a pesar del bache que supuso para él el VIº Congreso del PCF, logra reforzar su posición dentro del partido, consolidarla de cara a las elecciones generales que tendrán lugar en mayo de 1932 en donde será elegido para una tercera legislatura, obteniendo la mayoría absoluta en la primera vuelta después de una campaña particularmente dura. La victoria es todavía más sensible en la medida en que otros dirigentes comunistas de primera fila (Cachin, Duclos –que estará al frente del partido hasta los años 60– o Marty –futuro brigadista internacional en España conocido como “el carnicero de Albacete”) no conseguirán ser reelegidos diputados. El desastre electoral es memorable y le será reprochado a Thorez cuando tenga lugar el XIIº Congreso de la Internacional Comunista en Moscú. Doriot le acompaña e incluso tiene un enfrentamiento a puñetazos con él en las calles de Moscú, pero la desautorización que ha recibido Thorez supone una victoria para Doriot que regresa a París con posibilidades de dirigir el partido. Pero Fried, el amigo íntimo y compañero de correrías de Thorez, que ha permanecido en la capital francesa, recomienda a éste que permanezca unas semanas más en Moscú, aproveche para “trabajar” a algunos miembros del aparato de la Internacional, mientras él rompe en seis trozos la organización comunista de París y Banlieu de la que Doriot hubiera sido nombrado secretario general. Esta organización, en términos absolutos suponía el 35% de los votos del comunismo francés y el 32% de sus adheridos. De formar una organización única y poderosa pasó a ser desmembrada en seis delegaciones, solo una de las cuales –la de París Norte, a la que correspondía Saint–Denis– estaría dirigida por Doriot.

Los biógrafos de Doriot coinciden en que despreciaba a Thorez incluso antes del VIº Congreso del Partido Comunista. Le reprochaba falta de carácter, servilismo, de él decía que jamás se le había visto en cabeza de ninguna manifestación, lo que era cierto, pero más cierto todavía era que Thorez siempre se había sentido celoso de todo militante que gozara de aprecio y consideración por parte de las bases. Un aprecio del que él siempre estuvo huérfano, a pesar de haber dirigido el comunismo francés durante más de dos décadas.

Cuando tiene lugar la siguiente reunión de la Internacional Comunista en diciembre de 1933, Doriot, significativamente, no asistirá, sin embargo entregará a los delegados una propuesta en la que preconiza un “frente único” formado por la SFIO (el partido socialista) y el PCF, “no solamente en la “base, sino también en la cúspide”. Thorez se apresurará a criticar esta posición y la ejecutiva de la internacional la rechazará más rápidamente aún. Doriot no abandonará su propuesta, a pesar de que sabe perfectamente que, en caso de fracasar, será inmediatamente castigado con el ostracismo definitivo. En la reunión del Comité Central del PCF que tendrá lugar a principios de 1934, vuelve a la carga, sabiendo que los perros fieles del Komintern no admitirán asumir otra posición más que la dictada por Moscú.

Para entender el por qué Doriot actúa así es preciso aportar algunos datos complementarios. El 31 de octubre de 1933, Francia y Moscú habían suscrito un pacto de apoyo mutuo como respuesta a la llegada de Hitler al poder. El pacto se firmará finalmente en mayo de 1935, pero meses antes ya había sido denunciado por Doriot. Obviamente, dicho pacto perjudicaba a los intereses del PCF. El partido, persistentemente, había negado la existencia de negociaciones para llegar a dicho pacto y había calificado esa posibilidad como “calumniosa y absurda”. Sin embargo, las negociaciones habían sufrido distintos altibajos y, finalmente, el visto bueno por las dos partes se dio en abril de 1934, justo cuando se estaba gestando un cambio en la línea del PCF. A Doriot no se le escapaba que la victoria del NSDAP en Alemania suponía el final del Partido Comunista Alemán y que, a partir de ese momento, la situación internacional ser radicalizaría apareciendo de nuevo el peligro de guerra en Europa. La única posibilidad para evitarlo era que las izquierdas ascendieran al poder y eso solamente podía lograrse mediante un acuerdo entre las mismas: frente a la política stalinista de “clase contra clase”, Doriot seguía proponiendo cada vez con más vigor, la política de “unión de las izquierdas”. Pero había otro elemento que estaba precipitando la situación.

El 6 de febrero de 1934, enfurecidos por las noticias diarias de corrupción que agitaban al país y especialmente por el llamado “affaire Stavinsky”, los excombatientes y las ligas fascistas llamaron a una concentración en la Plaza de la Concordia que debía atravesar el puente sobre el Sena y dirigirse a la sede de la Asamblea Nacional sitiándola. La Asociación Republicana de Antiguos Combatientes, dirigida por el PCF, se sumó extraoficialmente al acto de protesta. Doriot no pudo asistir al estar en ese momento ejerciendo como diputado en el interior del edificio de la Asamblea, sin embargo, era evidente que varios centenares de militantes comunistas que habían acudido a la Plaza de la Concordia, precedían de París Norte y seguían la consigna dada por él y por Barbé (que estuvo presente en los incidentes). El día 9, la manifestación convocada por el PCF como protesta por la masacre de entre 100 y 200 muertos en la jornada de protesta del día 4, fue prohibida, sin embargo, Doriot y Barbé, desafiando la prohibición y la recomendación de la dirección del PCF de evitar enfrentamientos, mantuvieron la convocatoria enfrentándose durísimamente a las fuerzas policiales en la zona de Gare de l’Est y luego del Faubourg Saint–Martin, muriendo nueve personas.


A raíz de todos estos incidentes los comunistas y socialistas de Saint–Denis lanzaron un llamamiento a la huelga general para el 12 de febrero que fue seguido masivamente. Doriot convocó un mitin en el teatro municipal de la población que pronto se convirtió en un escenario demasiado restringido para albergar a los miles de asistentes. Doriot, que en ese momento ya había decidido adoptar una línea política propia al margen de lo que decidiera el partido, propuso “unidad de acción” y la creación de un Comité de Vigilancia Anti–fascista del que formarían parte dos socialistas, dos comunistas, dos miembros de la CGT (sindicato socialista) y ocho de la CGTU (sindicato comunista). Una gigantesca manifestación recorrió las calles de Saint–Denis cuya envergadura no pudo ser eludida por L’Humanité. El diario comunista decidió aceptar los hechos consumados: “En Saint–Denis la roja, la calle pertenece a los obreros”.

Pero, al mismo tiempo, el Secretario General condenó la formación del Comité de Vigilancia que Franchon definió como “crimen contra la clase obrera”. Duclos y Thorez, los dirigentes comunistas de menos carisma pero más elevado por su fidelidad perruna a Moscú, aprovechaban para proponer la expulsión de Doriot. Duclos escribió en el diario comunista: “Una lucha eficaz contra la burguesía no puede disociarse de un lucha contra el Partido Socialista, su principal apoyo social”… la misma línea que había permitido el ascenso del NSDAP al poder en Alemania ante la impotencia de una izquierda divida e impotente. Conscientes de que la expulsión de Doriot en aquellas circunstancias entrañaría una revuelta generalizada de las bases del norte de París, decidieron enviar a agitadores para tratar de ganar a las bases que apoyaban a Doriot. Éste ya no fue autorizado para utilizar las columnas de L’Humanité para responder a los ataques reiterados, histéricos y venenosos que cada mañana difundían el tándem Duclos–Thorez. El propio director del diario, Maurice Cléroy dimitió seis meses después tras haber desarrollado una úlcera de estómago que él mismo achacó a la deshonestidad con la que la dirección del partido había tratado a Doriot. Éste, sin embargo, disponía de las columnas de L’Émancipation para contestar a los ataques. Era evidente que ambas partes habían pasado a una escalada de ataques que era imposible que terminara con una simple autocrítica o la exclusión de una sola persona. El PCF se encontraba en ese momento al borde de la escisión.

A principios de abril de 1934 se dio otro paso en esa dirección. Doriot publicó una Carta abierta a la Internacional Comunista con una tirada de 30.000 ejemplares, cuyo texto fue remitido a la dirección del partido y al ejecutivo del Komintern. El 21 de abril, “Moscú” respondió: las dos partes fueron convocadas a Moscú. Era evidente que el problema era demasiado grande para que el propio PCF pudiera superarlo por sus propios medios. Además, las dos partes estaban demasiado enfeudadas en sus posiciones, conscientes de sus fuerzas y habían desarrollado demasiada hostilidad mutua. Además, el Komintern era también consciente de que su política en Francia había resultado un inmenso fiasco y era preciso cambiar, especialmente en un momento en el que estaban llegando a buen puerto las negociaciones con la derecha y tras la firma del acuerdo, el pacto sería todavía más sólido con un gobierno de izquierdas en Francia. Los acontecimientos del 6 de febrero habían demostrado que la República podía haber caído en manos de un gobierno autoritario de derechas y si esto ocurría, el pacto franco–soviético podría darse por muerto. Sin olvidar que una escisión de los doriotistas podía hacer perder al PCF un tercio de sus efectivos. Por todo ello, “Moscú” estaba abierta a dialogar con las dos partes y proponer una solución de compromiso.

Pero Doriot, a estas alturas, ya estaba cansado de este juego. Despreciaba profundamente a Doriot y era ya perfectamente consciente de que la Internacional no era nada más que una pieza de la política exterior de la URSS. Se negó a ir a Moscú. El pretexto era extremadamente hábil: primero dimite de sus funciones como alcalde y concejal, luego convoca nuevas elecciones… lo que le impide viajar a la URSS. Los socialistas se suman a su candidatura que fácilmente agrupa el 57,6% de los votos. Doriot, el 13 de mayo, vuelve a ser alcalde de Saint–Denis…

Contra lo que podía suponerse, el Komintern alaba sus resultados en un visible intento de mejorar las relaciones con él. Pero insiste en su actitud: no irá a Moscú a arrodillarse ante los burócratas del Komintern: “Iré a Moscú cuando los jefes de la Internacional Comunista hayan desautorizado y rectificado lascalumnias y las mentiras que desde hace tres meses se han difundido sobre mí en la prensa del Partido y por los militantes del Comité Central”. La respuesta del partido no se hace esperar: Thorez pone en marcha una nueva campaña de desprestigio. Por una parte, los militantes fieles al aparato comunista ponen en marcha una discreta campaña de boca–oreja difundiendo los más increíbles rumores sobre la vida personal y el comportamiento de Doriot. Por otro, la prensa del partido prosigue sus ataques “intelectuales”. Se difunde la idea de que la “buena vida” ha llevado a Doriot a la “obesidad”. Se le achaca el que haya engordado… pero ninguna foto, ni ningún recuerdo de la época parecen dar la razón a esta “acusación”. Con todo, la campaña no tiene como objetivo denunciar los reales o supuestos cambios “estéticos” de Doriot, sino abrir el camino para su escisión procurando que sea lo menos gravosa para el partido.

La gran paradoja de este episodio y lo que realmente demuestra la vileza moral de los dirigentes del comunismo francés de la época, es que toda esta campaña se organiza justo cuando la Internacional lanza la idea de “frente común” con los socialistas y cuando Thorez y el Comité Central del PCF acaban de iniciar –por orden de Moscú, por supuesto– relaciones con los socialistas. Tenía razón L’Émancipación cuando publicó un artículo en el que se decía: “Permítasenos encontrar extraño que en el momento en el que se habla con los jefes socialistas, se prepare la expulsión de aquel que ha preconizado esta política. Un buen consejo a los futuros dirigentes del partido: no tengáis razón seis meses antes que los demás…”. Al final, Doriot tenía razón y lo había expresado por iniciativa propia, sin sumisión bovina a las directivas del Komintern, sin dejar de defender la posición que siempre fue más lógica y razonable, sin negar la realidad. En realidad, si se le expulsó, no fue porque no tuviera razón, sino porque no había demostrado ser lo suficientemente sumiso.

El 27 de junio de 1934, Jacques Doriot es definitivamente excluido del Partido Comunista de Francia. El 14 de julio de 1935 se constituiría el Partido Popular Francés. Queda explicar lo que ocurrió entre ambas fechas.