Mostrando entradas con la etiqueta Cuarta revolución industrial. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuarta revolución industrial. Mostrar todas las entradas

jueves, 26 de mayo de 2022

CRONICAS DESDE MI RETRETE: LO QUE VA DE LAS TRES REVOLUCIONES INDUSTRIALES ACTUALES A LA CUARTA (1)

Cualquier reflexión que se haga sobre la modernidad es hoy una reflexión sobre la tecnología. Más aún, no sobre la “técnica” grosso modo, sino sobre las “nuevas tecnologías”. Me hace gracia, cuando algunos amigos ensalzan y creen en la validez de análisis geopolíticos, mientras que otros rescatan antiguos textos escritos hace diez años por algunos de los “gurús” habituales en nuestro ambiente o bien leen y releen complejas teorías de escritores nacidos hace 130 años, destinados a describir el impacto de la tecnología en el ser humano. Todo esto, hoy, carece de sentido. Ha quedado, irremediablemente, atrás.

Jünger, sin ir más lejos, realizó un análisis de la técnica desde el punto de vista del combatiente de las trincheras que se enfrentaba a las fuerzas de destrucción desencadenadas por las tecnologías bélicas. Jünger llegó a escribir: “La técnica es la verdadera metafísica del siglo XX”. Hoy, incluso nosotros, los más persistentes admiradores de su obra, debemos reconocer que, simplemente, se equivocó. Otro tanto podría decirse de Julius Evola que vio en la “máquina” el organismo más perfecto en donde no existía nada superfluo, todo tenía una función y cualquier engranaje servía para una función que se realizaba sin intervención de nada ajeno a ella. Jünger volvió a tocar esta temática en El Libro del Reloj de Arena (Tusquets Editores, Barcelona, 1998).

Jünger daba el salto de la “técnica” al “trabajador”. Para Jünger, el “trabajador” moviliza las fuerzas puestas en marcha por la técnica. Toda técnica implica un “estilo” que es lo que debe ser el sello de una comunidad y expresión de su Ser y sentir. Es, decía Jünger, una forma de superar el individualismo y de trascender las relaciones económicas. Había que leer -y entender- el complicado entramado teórico de El Trabajador (Ediciones Tusquets, Barcelona, 1990) para realizar una lectura correcta de la concepción que su autor se realizaba de la “técnica” y de su encarnación. Tiempo perdido. La técnica a la que se refería Jünger era la derivada de la Segunda Revolución Industrial, la de la electricidad, el motor de explosión, los combustibles fósiles, la producción en serie, el taylorismo y poco más. El libro fue escrito en 1932. Ni siquiera -que recuerde- hay alusiones a la energía atómica, a los primeros modelos de computación o a la ingeniería aeroespacial que entonces se preocupaba de la cohetería…

Otros autores trataron el tema de la técnica. No, no me he preocupado de lo que dijeron al respecto, ni Heidegger, ni Ortega, ni Spengler, ni Gehlen, ni McLuhan, ni Ellul, ni siquiera Carl Schmitt que en 1962 llegó a escribir: “Aquél que consiga captar la técnica desencadenada e insertarla en un orden concreto, está más cerca de una contestación a la llamada actual que otro que busque aterrizar en la luna o en Marte con los medios de una técnica desencadenada. La doma de la técnica desencadenada: he aquí la hazaña de un nuevo Hércules”. Y no me he preocupado por la sencilla razón de que todo lo que no se haya escrito en los últimos cinco o siete años sobre la “técnica”, resulta ya hoy, a mayo de 2022, obsoleto y periclitado.

Este largo preámbulo, nos introduce en la temática de la técnica, no la de la segunda revolución industrial, la que vivieron Jünger y todos los filósofos que hemos mencionado, ni siquiera la de la tercera revolución industrial (la de la computación, el microchip y las redes informáticas integradas), sino la de la revolución que está teniendo lugar aquí y ahora, ante nuestros ojos.

Hay tres rasgos que llaman la atención en esta revolución:

- que discurre a mucha más velocidad que las anteriores.

- que se trata de una revolución global que afecta a todos los ámbitos de la vida humana.

- que tiende a lograr un verdadero “fin de la historia”…

LA VELOCIDAD DE LA CUARTA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL

Julius Evola había escrito en uno de los ensayos que conforman su último libro El Arco y la Clava (Edizione Mediterranee, Roma, 2000):

“La oposición entre las civilizaciones modernas y las civilizaciones tradicionales puede expresarse del siguiente modo: las civilizaciones modernas son devoradoras del espacio, mientras que las civilizaciones tradicionales fueron devoradoras del tiempo”.

Evola resaltaba que las civilizaciones modernas dan se caracterizan por su “fiebre de movimiento y de conquista del espacio”, generan un inagotable arsenal de medios mecánicos capaces de “reducir todas las distancias, acortar todo intervalo, contener en una sensación de ubicuidad todo lo que está esparcido en multitud de lugares”. Otras características propias de estas civilizaciones serían “orgasmo del deseo de posesión, angustia oscura por todo lo que está alejado, aislado, lejano, profundo; impulso a la expansión, a la circulación, a la asociación, deseo de encontrarse en todas partes, aunque jamás en uno mismo”. Y en alusión a la técnica:

“[esta] refuerza y alimenta este impulso existencial irracional, a la vez que lo refuerza, lo alimenta, lo exaspera” (…) “El espacio terrestre ya no ofrece prácticamente ningún misterio” (…) La mirada humana ha sondeado los cielos más alejados, lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño. Ya no se habla de otras tierras, sino de otros planetas. Una simple orden y se produce la acción, fulminante, allí donde deseamos. Tumulto confuso de mil voces que, poco a poco, se funden en un ritmo lento, atonal, impersonal”.

Se diría que estas líneas han sido escritas anteayer: se aplican, en efecto, al estadio actual de la técnica: inmediatez, titanismo, globalidad… en una palabra; la velocidad ha comprimido el espacio y hoy ya no se mide en tiempo convencional humano, sino en microsegundos, nanosegundos, en el curso de los cuales, una simple “orden” y se producen millones de reacciones en las redes informáticas.

El espacio se ha comprimido hasta el punto de que el house-working nos obliga a trabajar en casa, no precisamos ni siquiera salir. Google Earth nos permite viajar moviendo solamente el mouse de nuestro ordenador. Los pisos en los que vivimos se reducen al mínimo de metros cuadrados. Incluso, las gafas de realidad virtual nos permiten prescindir completamente del espacio real. Es una línea de tendencia: a medida que la era de la técnica progresa e imprime al proceso una mayor velocidad, nuestro “espacio” se va comprimiendo. La última etapa lógica de este proceso es prescindir del espacio real y sumergirnos en mundos virtuales. A eso tienden alguno gurús de las nuevas tecnologías, con Mark Zuckerberg a la cabeza: el Metaverso, tal como lo concibe, no debe ser un medio de intercomunicación entre personas, sino convertirse en la realidad artificial a la que van a parar todos los despechados, decepcionados, disconformes o, simplemente, hartos de su triste cotidianeidad real. A los 13 años, cuando Zuckerberg celebró su Bar Mitzvah en la comunidad judía de Midtown Manhattan, ya albergaba este sueño loco.

Y a él nos estamos dirigiendo a marchas forzadas, sin apenas darnos cuenta. Porque la revolución industrial en curso, la cuarta, avanza a una velocidad inédita. Hasta ahora, las revoluciones industriales no mostraban tal aceleración entre su comienzo y las consecuencias de todo tipo -políticas, sociales, laborales, económicas- que implicaba su desarrollo. Sin embargo, en esta revolución industrial, la implicación en inmediata, las nuevas tecnologías se aplican a nivel universal inmediatamente salen del laboratorio: la aplicación del 5G revoluciona las comunicaciones en todo el mundo desde el mismo momento en que se implementa, la Inteligencia Artificial escapa de las manos de sus propios programadores desde el mismo momento en que se le lanza en red y empieza a automejorar utilizando los big-data. Incluso podemos preguntarnos como los grandes “dueños del dinero” (los Buffet, los Soros, los Schwab, los Rothschild, los Jay Rockefeller IV, etc.), tienen en torno a 90 años, o los han superado, y si no han adquirido esa longevidad gracias a los nuevos avances en técnicas de prolongación de la vida humana (desde el “estiramiento” de telómeros, hasta la técnica Crispr). Porque, y esto es lo importante, el espacio y la vida se comprimen para la masa… no para la élite. Todo se comprime para la vida de la masa, pero, paradójicamente, esta compresión está en razón inversa a la expansión que experimenta la vida de la “élite económica”. A medida que aumente la velocidad de la revolución industrial, esto se verá con mucha más claridad.

UNA REVOLUCIÓN QUE AFECTA A TODOS LOS ÁMBITOS DE LA VIDA HUMANA

A esta inmediatez de la cuarta revolución industrial se une otro problema: es una revolución total, afecta a todos los campos de la actividad humana. No hay ninguno que pueda zafarse de él, ni siquiera aquellos campos en los que la naturaleza humana ponía una creatividad que nunca se hubiera pensado que podría ser sustituida por la máquina. Hoy, por ejemplo, se crea música -incluso orquestal- electrónicamente, un libro o un guion pueden ser escritos sin necesidad de que intervenga nada más que el algoritmo creado al efecto. Incluso con fotos, documentos sonoros, vídeos y notas escritas, puede “revivirse” electrónicamente a una persona muerta hace tiempo. Ya ni siquiera hace falta recurrir a la superstición, ni a las videntes y espiritistas, para “comunicarse” con los muertos.

Las fábricas serán “inteligentes” -lo están siendo-, fabricarán “bajo demanda”, y lo harán más eficientemente y con mayores controles de calidad que si lo hiciera un operario de carne y hueso. Podrán adaptarse en tiempo real y sin interrupciones a las exigencias de tal o cual cliente. No será necesario que exista un staff de mando en las fábricas, el algoritmo que las dirige, él mismo, toma las decisiones en tiempo real, a partir de todos los datos en su poder. Hoy, las compras y las ventas de los grandes consorcios de inversión ya no son realizadas por brokers, sino por algoritmos que se adaptan a cada inversor: inversores conservadores, inversores de alto riesgo, inversores diversificados, etc.

En el futuro veremos a jueces virtuales dictando sentencias y a abogados robots defendiendo a clientes con un dominio absoluto e inmediato tanto de la legislación vigente como de la jurisprudencia. No guiaremos nuestro vehículo; éste nos llevará a donde le pidamos con solo dictar la dirección al GPS; y, ni siquiera, porque éste estará conectado a nuestra agenda electrónica y allí habrá constancia de donde debemos ir.

¿Y el poder? Esta discusión es fundamental porque en todas las revoluciones industriales, los “dueños” la técnica han sido quienes han dictado la forma de organización del poder.

Aquí reside la gran contradicción, pero también la gran farsa de nuestra época: hoy existen dos poderes dentro de la misma revolución industrial: el procedente del “dinero viejo” (el obtenido en anteriores revoluciones industriales) y el “dinero nuevo” (el generado directamente por las nuevas tecnologías y las “empresas disruptivas”). Los primeros tienen experiencia, los segundos ambiciones: no quieren solo dirigir desde la sombra y por medio de políticos comprado al peso y troquelados bajo demanda, quieren ser ellos los que dicten las normas, dado que siempre, los Estados tendrán algún recurso legal para limitar sus ambiciones, moderar su rapacidad o enmendar sus ansias de dictadura tecnológica.

No está claro, como se resolverá esta contradicción. De momento, existe una entente, pero lo cierto es que el poder de los propietarios de las nuevas tecnologías y de las empresas disruptivas, al ser actividad de mucho más valor añadido que las actividades industriales clásicas, comerciales o especulativas, crece a mucha más velocidad que las acumulaciones de capital de las “dinastías económicas” convencionales. No está claro, pues, quien “inspirará” el futuro político, aunque en el Foro Económico Mundial existe un acuerdo provisional en que el “sector público” y el “sector tecnológico” tenderán a converger y a crear un “espacio gris” de cooperación, lo que implica, tal como proponen que el “poder tecnológico” gobernará sobre el “poder político” y que las decisiones, exigencias y necesidades del primero, se impondrán, por mucho que se sigan escenificando los rituales electorales cada cuatro años. Lo que no está tan clara es si la coexistencia pacífica entre el “dinero nuevo” y el “dinero viejo” se prolongará durante mucho tiempo y, cómo reaccionará este último ante su pérdida progresiva de terreno.

En el fondo, la cuestión del impacto de las nuevas tecnologías en la sociedad resulta inquietante: porque, lo que está en juego no es la organización de la sociedad, sino la propia concepción del ser humano. Esta es la demarcación entre las dos posiciones únicamente sostenibles hoy:

- O bien se acepta que las nuevas tecnologías varíen el concepto que tenemos de “lo humano” y su misma naturaleza,

- O bien se exige a las nuevas tecnologías que respeten el concepto de “ser humano”.

Porque, en el fondo, todas las nuevas tecnologías, casi sin excepción, en sus consecuencias extremas, tienden a desvalorizar, rectificar o anular lo humano: la Inteligencia Artificial hace innecesaria la presencia de humanos en las palancas de decisión; determinados aspectos de las técnicas de ingeniería genética abolen las barreras entre lo humano y lo animal, insertando genes animales en cadenas de ADN humanas; más y más prótesis sustituirán a organismo del cuerpo humano que se vayan deteriorando, y, en el extremo, ya no estará claro si el resultado final seguirá siendo humano, o más bien un cyborg estilo Robocop. Por lo demás, la vida humana se podrá prolongar hasta los 320 años, quizás más, “rejuveneciendo” los telómeros celulares, pero no está claro cómo reaccionará el cerebro ante esta dilatación del ciclo vital. Los más alucinados, entre los transhumanistas (Elon Musk entre ellos con el programa Neurolink) buscan conectar el cerebro con el ordenador y realizar volcados en la nube de todo lo que llevamos en nuestro cerebro. “Nosotros” seguiremos existiendo en esa “partición de la nube” en donde está nuestro bagaje mental, el cual se podrá recargar en un robot absolutamente mecánico. Así lograremos el “don de la ubicuidad” (esta físicamente en un lugar, mientras una réplica robótica de nosotros mismos, recargada con nuestros datos, actúa en otro) o viajar a destinos lejanos en el espacio exterior. ¿Qué queda, pues, de lo humano? ¿Dónde empieza y donde termina lo humano a partir de ahora?

Las anteriores revoluciones industriales generaban diferencias de clase, diferencias económicas, diferencias entre actividades de distinto valor añadido. Ahora, las diferencias que se generarán serán entre “humanos” y “humanos modificados”, entre “humanos naturales” y “cyborgs”.

LA TÉCNICA COMO FIN DE LA HISTORIA

Cuando en 1989, cayó el Muro de Berlín, Francis Fukuyama enunció su teoría sobre el “fin de la historia” que fue incorporada al arsenal del pensamiento imperialista americano. La doctrina justificaba, por sí misma, el papel de los EEUU como única potencia mundial y, por tanto, guardián de la democracia urbi et orbe. No habría conflictos, luego no habría “historia”, y el futuro sería el propio de un “mundo feliz”. Doce años después, los extraños ataques del 11-S y las expediciones coloniales a Afganistán e Iraq, hicieron que la doctrina del “fin de la historia” fuera sustituida por la del “conflicto de civilizaciones”, enunciada por Samuel Huntington. La historia no había terminado. Seis años mas tarde, con el inicio de la crisis de las suprimes y desencadenamiento de la gran crisis económica mundial, lo que estuvo a punto de desaparecer fue el capitalismo. De todas formas, algo estaba cambiando.

La historia termina, o bien por una paz universal y el establecimiento de un “mundo feliz” con un gendarme dispuesto a reprimir a cualquier alborotador, o bien cuando las voces discordantes son desconectadas y se vive un simulacro de “paz universal” (descrito por Orwell en su novela 1984, como look más que como realidad). En la época en la que Fukuyama enunció su teoría, solamente era posible la primera opción. Pero el rodillo de las nuevas tecnologías ha creado un mundo nuevo: hoy, sí es posible generar la “ilusión” de un mundo sin historia, sin disidencias y sin crispaciones. Entendemos el término “ilusión” en su acepción próxima a espejismo y como cualidad propia del “iluso”.

Hasta ahora, los debates que se daban en la sociedad estaban marcados, por la contraposición de la idea de “progreso” frente a tradición en la primera revolución industrial; mientras que en la segunda revolución industrial el signo de los tiempos fueron las ideologías políticas contrapuestas; por su parte, en la tercera, la preeminencia de la discusión se centraba sobre la economía y, más explícitamente entre liberalismo y neo-liberalismo (habiéndose certificado y constatado la “muerte de las ideologías”). Pero, en la cuarta revolución industrial, todo esto ha quedado atrás, la única discusión que vale la pena abordar gira en torno a las nuevas tecnologías y a su impacto entre la sociedad. Para el “dinero viejo”, esto es, para las grandes dinastías económicas, las que generaron el impulso hacia una economía mundial globalizada, simplemente, porque la discusión tecnológica cubre y oculta la inviabilidad de un sistema mundial globalizado (inviabilidad que ya puso de relieve la gran crisis económica 2007-2011) que beneficia solamente a las élites económicas, pero no al conjunto de la población. De ahí que, en este terreno, también, los intereses del “dinero viejo” coincidan con los del “dinero nuevo” (esto es, con los dueños de las nuevas tecnologías y de las “empresas disruptivas”). Para el “dinero nuevo”, plantear la discusión en términos tecnológicos es jugar en el terreno propio, promoviendo y presentando los grandes logros que tenemos ante la vista y que ya están casi al alcance de la mano o implantados en este momento, eludiendo la discusión sobre los perjuicios que tales tecnologías pueden generar.

Por unos o por otros, sea como fuere, lo cierto es que hoy la única discusión posible, no es ni política, ni económica, es, por encima de todo y, sobre todo, una reflexión sobre la técnica y sobre el mundo generado por las nuevas tecnologías. La técnica, nos dicen los propietarios de estas tecnologías, generarán un “mundo feliz”, incluso si la realidad contingente no nos gusta, siempre tendremos una “realidad artificial” en la que sumergirnos. No habrá guerras porque nadie estará dispuesto ni a morir ni a matar fuera de los mundos virtuales. No habrá conflictos porque todos tendremos resueltos nuestros miedos, podremos culminar nuestras fantasías más íntimas, viviremos en un estado de felicidad y bienestar permanente generado por la técnica en la que no tendremos de qué preocuparnos. Habremos llegado, por tanto, a una era de paz que, gracias a la técnica, supondrá -ahora sí- el fin de la historia.

Se equivocarán, por supuesto, porque este planteamiento no tiene en cuenta ni los efectos negativos que puede generar la técnica (y que, de hecho, sin duda, generará en tanto que “ciencia sin conciencia”), ni permite que las voces disidentes tengan audiencia: el algoritmo construido e implementado en todas las redes sociales y en el motor de búsqueda más utilizado, Google, hace que la disidencia no tenga la posibilidad de expresarse en igualdad de oportunidades con el “pensamiento oficial”. Una vez más, llegamos a la situación descrita por Alexandr Solzhenitsyn, en su análisis del mundo soviético: “La diferencia entre el mundo socialista y el democrático, es que en el primero no puede decirse nada y en el segundo, puede decirse todo, pero no sirve para nada”. Las nuevas tecnologías han demostrado mucha más eficacia en relegar a un lugar secundario a la disidencia, que la GPU, la KGB y cualquier otra medida represiva practicada por el estalinismo. 

No hace falta prohibir a la disidencia expresarse, basta con que sus opiniones nunca ocupen los primeros puestos en los buscadores.








 

viernes, 20 de mayo de 2022

CRÓNICAS DESDE MI RETRETE: EL MITO DE LA “ECONOMIA COLABORATIVA”

En 2016 Klaus Schwab, presidente del Foro Económico Mundial lanzó, en su libro sobre La Cuarta Revolución Industrial, la idea de “economía colaborativa”. Desde entonces, todos aquellos -y no son pocos- que quieren congraciarse con las ideas que “mueven la modernidad”, repitieron la temática como papagayos. Si lo decía Schwab –“un hombre que sabe”- es que debería ser cierto. La idea de Schwab es que la “cuarta revolución industrial” modificará, también, la idea de “propiedad”. Ya no buscaremos ser dueños de tal o cual bien u objeto de consumo, sino que estaremos dispuestos a compartirlo con otros, dado que no lo necesitaremos continuamente. Además, todo lo incluido en este concepto de “economía colaborativa” implica la aparición de “nuevos modelos de negocio”.

A fuerza de repetir estas ideas una y otra vez, incluso miles de veces, y por “líderes” de los más diversos sectores sociales, el concepto ha terminado de calar y parece, incluso auténtico, veraz y actualmente aplicable. Se dice, por ejemplo, que Uber, la mayor empresa de taxis, no tiene un solo taxi en propiedad. O que Facebook, la mayor red social que difunde contenidos, no ofrece por sí misma ningún contenido. Se recuerda que AirBNB, la mayor empresa de alojamientos, no tiene un solo piso en propiedad en lugar alguno del mundo. De lo cual se deduce que estos “nuevos modelos de negocio” entran en ruptura con las concepciones pasadas de la industria y de la propiedad (lo cual es rigurosamente cierto).

Más aún, andamos por las ciudades y vemos bicicletas y patinetes eléctricos que son utilizados a precios económicos por cientos de propietarios. Han optado, antes que por comprarse uno de estos medios de transporte urbano, alquilarlos. Hoy están penetrando en España también al alquiler de ciclomotores y en China ya se está ensayando el alquiler de vehículos convencionales.

Los “gurús” de la posmodernidad nos cuentan que, en el futuro, nadie buscará ser propietario de una casa: viviremos en casas que compartiremos con otros. Hoy estaremos aquí, pero mañana nos mudaremos allá. Viviremos tranquilamente en un apartamento compartido con otros, como nosotros, que también precisarán de viviendas móviles. Cualquier cosa que utilicemos, un ordenador, una consola de videojuegos, un dron, todo será rigurosamente utilizado por unos y por otros, alquilado por horas a precios mínimos. Un buen día, nos daremos cuenta de que ya no necesitamos nada que pueda ser considerado como “nuestro”. En la “economía colaborativa” todo será de todo aquel que lo necesite y esté en condiciones de pagar un alquiler mínimo por uso. Apenas nos daremos cuenta. Y eso, además, nos liberará de los miedos que genera la “propiedad”: nadie podrá robarnos algo que sea “nuestro”. Si sustraen un objeto, lo habrán robado a una corporación y el seguro lo cubrirá sin que nos tengamos que preocupar de nada.

Los gurús nos dicen: “en la era digital, la economía no puede ser sino colaborativa”. Y, como no podía ser de otra manera, este modelo se justifica “para salvar al planeta” y crear un “desarrollo sostenible”.

El modelo se basa en la “colaboración mutua”: alguien tiene algo que yo necesito y, por tanto, se lo cedo a cambio de una pequeña compensación que contrasta con el gran valor del servicio que me presta. Este toma y daca, viene favorecido por las nuevas tecnologías informáticas, sin las cuales no sería posible la existencia de las empresas que hemos mencionado en los primeros párrafos. Hoy, un modesto patinete eléctrico de alquiler puede estar permanentemente localizado mediante GPS. La idea de propiedad y de consumo quedan modificadas: la economía colaborativa es la que corresponde a un “modelo sostenible”: se produce menos, pero lo que se produce puede ser utilizado por muchos. En la economía convencional una bicicleta habitualmente era utilizada únicamente por su propietario. En la economía colaborativa, esa misma bicicleta a lo largo de su vida útil puede ser utilizada por miles de usuarios. Se produce, por tanto, menos y el medio ambiente queda salvaguardado… ¡Qué maravilla!

Dentro de la economía colaborativa, nada se deshecha hasta que resulta totalmente inservible. De ahí la multiplicación de apps de venta de bienes de segunda mano. Sí, por lo que sea, ya no necesitamos una cámara de vídeo siempre encontraremos a un coleccionista que le interese. Si nos hemos hartado de una prenda que ya hemos lucido demasiado, la ponemos a la venta. Un libro leído, puede ser vendido a otro que le pueda interesar.

Además, todos estamos dispuestos a compartir nuestra intimidad en forma de datos, para mejorar los servicios que precisamos. Empresas como AirBNB, Amazon, Facebook, Alibaba, Uber, Blablacar, etc, están cambiando la fisonomía económica de las sociedades y generando nuevas formas de relacionarse, trabajar, entretenerse, comprar o informarse.

Así pues, Klaus Schwab tiene razón y la cuarta revolución industrial que augura está ya aquí, operando, presente entre nosotros. Caminamos hacia nuevos modelos, hacia nuevos valores, hacia nuestros criterios de propiedad y de consumo, hacia nuevas formas de relaciones sociales… Estamos viendo como el futuro se construye ante nuestros ojos y nosotros mismos podemos participar en esa construcción.

Cualquier cosa que diga Schwab es repetida por papagayos emocionados de ser los primeros intérpretes de la nueva era y saber por dónde está discurriendo.

Pero, a decir verdad, el libro de Schwab contiene numerosos errores e imprecisiones, sobre todo en sus previsiones (que ya trataremos en otro momento). Pero, lo peor, no es eso, sino lo que oculta: porque una cosa es el modelo hacia el que caminamos, y otra muy diferente que esa evolución sea “positiva” y suponga un “progreso”.

En primer lugar, no hace falta emocionarse con esta idea de “economía colaborativa”. Es una vieja idea. Desde hace mucho tiempo, existen cientos de empresas de alquiler de automóviles. Es una buena idea. Yo mismo prefiero alquilar un automóvil en determinados momentos que tener uno en propiedad que apenas utilizaría. Tampoco las viviendas compartidas son una novedad. Se trata de una práctica que viene realizándose desde hace más de treinta años. No ha dado mucho resultado, a decir verdad. Cada inquilino ocasional de esa vivienda trata de aportar algún detalle de su personalidad (el “desordenado”, la entregará desordenará, el “original” introducirá variaciones discutibles en la decoración, el “guarro” la convertirá en un estercolero y el “aprovechado” la utilizará en los mejores momentos del año). Y luego está el “estafador” que convertirá una propiedad de este tipo en algo inutilizable que ha servido solamente para defraudar dinero a gentes bienintencionadas que han cometido el error de crear en la “bondad universal”. El “renting” de vehículos, por ejemplo, es la mejor alternativa actual a la “propiedad”, la más extendida, la más arraigada y la más efectiva para la mayor parte de la población.

Por otra parte, el nuevo rumbo de las tecnologías está en contradicción con la evolución de la sociedad, contribuirá a dar el carpetazo a algunas formas de “economía colaborativa”: el momento en el que una habitación que sobraba se ponía a disposición de turistas y viajeros, está descendiendo. En primer lugar, porque los hoteles se han visto a rectificar los precios a la baja y mejorar sus servicios. En segundo lugar, porque muchos propietarios han comprobado que el incivismo, las rarezas psicológicas, las molestias generadas por muchos de estos inquilinos ocasiones, son mucho mayores que las ventajas de este concepto de “economía colaborativa”. Los alquileres de pequeños objetos para desplazarse dentro de una gran ciudad, pueden tener cierto interés para el usuario, especialmente joven, pero el alquiler de turismo ya es otra cuestión y no parece que en nuestro ámbito cultural pueda tener el mismo éxito que se augura en China. En cuanto a las aplicaciones de venta de segunda mano, no es nada nuevo: hoy siguen existiendo tiendas de ropa de segunda mano de venta directa a las que acuden gentes con limitaciones económicas que no pueden comprar en los grandes centros comerciales.

Esto último nos da una pista sobre la verdadera naturaleza del problema, aquella sobre la que Klaus Schwab no dijo ni una sola la palabra: el verdadero nudo de la cuestión. El dinero cada vez vale menos, la inflación cabalga a mas velocidad que las alzas salariales y esto se traduce desde principios de los años 70 en una pérdida de poder adquisitivo, especialmente de las clases medias hacia abajo. A esto se une, el que el ciudadano tiene que afrontar una oferta de consumo cada vez mayor y teme quedarse atrás: a partir de los años 80, la presencia de un ordenador personal empezó a ser necesario en los hogares. Luego vino el ordenador portátil. Más tarde el móvil y el Tablet. Y los drones. Y luego están cientos de pequeños adminículos que ayudan a aprovechar y disfrutar. O no tan pequeños: incluso para los que aspiran a “salvar al planeta”, la carrera por un “consumo responsable” les deja agotados: el coche eléctrico es caro y su mantenimiento más caro aún; los productos procedentes de cultivos biológicos y no contaminantes, además de ser más caros, resultan mas perecederos.

No se trata de que el ciudadano vea las necesidades de la “economía colaborativa”, sino que, en realidad, la pérdida de poder adquisitivo, le obliga a arrojarse en sus brazos, aunque no lo quiera. El avance en esa dirección, no puede considerarse como un “progreso”, sino como una muestra de crisis económica irreversible. Si no estamos en condiciones de poder pagar 40.000 euros para comprar un híbrido último modelo, ni siquiera bajo la forma de renting, siempre podemos hacernos la ilusión de que “salvamos al planeta” siendo uno de los miles de usuarios del mismo vehículo que cada día cambia endiabladamente de manos. Ignoramos si quien lo ha conducido antes es un patán o un conductor responsable, si ha llevado al vehículo hasta más allá del límite de sus capacidades y nosotros lo tomamos seriamente dañado.

No es optimismo lo que genera una observación de la sociedad: si tenemos ojos y miramos y entendimiento, nos daremos cuenta de que la sociedad no evoluciona hacia mayores niveles de educación, responsabilidad y civismo, sino a todo lo contrario. Una economía colaborativa en el mejor de los casos, sería viable si existiera una conciencia cívica, una honestidad, una responsabilidad, una seriedad y una estabilidad mental en las sociedades. Elementos todos de los que nos vamos alejando a marchas forzadas. Por eso están en regresión los alquileres de habitaciones en apps, por eso los usuarios de plataformas de compra-venta de segunda mano, están cada vez más alertados de estafas, timos, y problemas. Por eso las “viviendas de propiedad compartida” están en desuso y nunca han terminado de funcionar bien.

El fondo de la cuestión es que el ciudadano medio ya no tiene dinero suficiente para atender a toda la oferta de consumo que se presenta ante él. Por mucho que trabaje, por alto que sea su sueldo, siempre verá que hay objetos que se escapan a sus posibilidades (en muchos casos para atender a las necesidades básicas). Y, por tanto, no le queda más remedio de recurrir al concepto de “economía colaborativa”. Pero no es un “progreso”, sino el reconocimiento de una crisis que se viste con el habitual ropaje de “salvar al planeta” para presentarlo como una forma de economía necesaria en nuestros días.

Si la República Popular China es el modelo hacia el que la élite quiere conducirnos es porque se trata de una simbiosis entre un comunismo (que no es comunismo a la forma marxista-leninista) y de un capitalismo (que tampoco es el capitalismo liberal convencional). “Colectivismo” para la masa; “Propiedad” para la élite. La “economía colaborativa”, es una adaptación de la “economía colectivista” (todo es de todos y nadie posee nada en propiedad), pero no derivada de una revolución social, ni siquiera impuesta por una idea de “consumo responsable”, sino derivada de la imposibilidad de que la mayoría disfrutemos de los bienes de los que sí dispone la “élite económica”.

No nos imaginamos al barón de Rothschild compartiendo un Uber con el vástago de los Rockefeller. Los destinos de la élite van por otro lado. Los de la gran masa pasan por la “economía colaborativa” que se nos mostrará como un “progreso tecnológico”, cuando en realidad es un síntoma de carencia y de crisis.